domingo, 30 de diciembre de 2012

Homilía


R.Tagore, poeta indio y premio Nobel de Literatura, cuenta la historia de un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su choza pensando en su marido, y todos los que pasaban se quedaban prendados de la belleza de su cabello negro, largo, como hebras brillantes salidas de su rueca. El iba cada día al mercado a vender algunas frutas. Se sentaba a la sombra de un árbol y sujetaba con los dientes una pipa vacía, ya que no tenía dinero para comprar una pizca de tabaco.

Se acercaba el aniversario de la boda y la mujer se preguntaba qué podría regalar a su marido y de dónde podría sacar el dinero. Tuvo una idea: vender su bello cabello para comprarle un poco de tabaco. Sintió un escalofrío de tristeza, pero, al decidirse, su cuerpo se estremeció de gozo. Lo vendió y sólo obtuvo unas pocas monedas, con las que compró un estuche del más fino tabaco...

Al llegar la tarde regresó el marido. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer, que acababa de comprar, tras vender su pipa...

Esta historia enternece, pero se corresponde con la realidad de centenares de familias anónimas que crecen en el amor al calor del hogar.
Ya decía León Tolstoi en su libro “Ana Karenina” que “las familias felices no tienen historia”. ¡Mejor!.

Si el prototipo de familia fuera como el que nos presentan buena parte de las películas de cine, las revistas del corazón y las tertulias de la tv, apaga y vámonos.
Se airean los escándalos, las infidelidades, los insultos, las últimas andanzas y aventuras de los protagonistas, la venta de exclusivas de sus matrimonios... como muestra de modernidad, prostituyendo lo más sagrado en las relaciones humanas: el amor.

Sería absurdo negar la crisis de la familia actual que en nada se parece a la de los tiempos de Jesús.
Las condiciones de vida han variado en la medida que la mujer tiene libre acceso al trabajo y logra independizarse económicamente de la tutela del marido, se ha ido liberalizando en el vestido y en las formas, participa en la política, tiene voz en las empresas y, aunque todavía existe cierta discriminación y machismo, puede tomar decisiones sin que la presión social esté en su contra.

El mismo tipo de sociedad donde debe desenvolverse la familia se ha disgregado a causa del trabajo, de los hobbys, los desplazamientos, las vacaciones, el cómputo del tiempo libre...

La sociedad es también más hedonista, independiente y experimental, lo que conlleva que muchas parejas no se soporten en cuanto llegan los primeros problemas y disminuya el atractivo de los cuerpos. Abundan las separaciones en un porcentaje elevadísimo.

Sin embargo, si preguntáramos a los jóvenes en qué lugar colocan a la familia dentro de un sistema de valores, la mayoría respondería que en primer lugar. Lo que prueba que , en el fondo no encuentran alternativas válidas que sustituyan al afecto, la acogida, la comprensión, el apoyo que se desarrollan dentro de la propia familia.

El mismo Jesús quiso formar parte de la familia de Nazaret. Allí forjó su personalidad y el aprendizaje de las costumbres judías, aprendió a convivir bajo la vigilancia de sus padres, a quienes estuvo sujeto y obedeció.
El evangelio según San Lucas nos dice que “iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres”(Lc.2,52)

La familia es un tesoro, una bendición que es necesario cuidar como se cuida delicadamente una flor, porque sufre muchas agresiones exteriores que pretenden desestabilizarla y crear otro tipo de cultura familiar, basada más en la unión de los cuerpos que de los corazones, con matrimonios de conveniencia y parejas a prueba como si la persona fuera el motor de un coche o un utilitario de trabajo que se toma y se deja.

Si es tan importante la familia en un hipotético sistema de valores, es lógico que se potencie desde las más altas instituciones, pero, sobre todo, que cada uno de nosotros nos lo creamos y lo compartamos con la boca grande y no a hurtadillas y con la boca pequeña como si nos avergonzáramos de lo que decimos.

A raíz del Concilio Vaticano II han nacido varios movimientos de apoyo a la familia que sería largo enumerar. Todos ellos insisten en la necesidad de una preparación adecuada para el matrimonio que englobe el diálogo y la comunicación de los esposos, la apertura al mundo y el encuentro con Dios.

Dialogo y comunicación; he aquí el gran secreto de la felicidad conyugal.

Que cada día los esposos reserven un tiempo para los dos- sin periódicos, sin tv, sin otras distracciones, pero centrándose en ellos mismos- en el que se aborden los acontecimientos de la jornada, se manifiesten mutuamente sus sentimientos y compartan sus pensamientos. No importa que haya discrepancias
Pero los sentimientos –dicen los entendidos- están a la base de toda buena comunicación. Conocer los sentimientos del cónyuge ayuda a comprenderle, a valorarle y a que se realice como persona.

Confiar los sentimientos a la persona que se quiere supone correr el riesgo de ser más vulnerable, pero merece la pena en la medida que se aumenta la mutua confianza.
Amar es aceptar al otro tal cual es sin pretender cambiarle para manipularle al propio antojo.

Cuando se ama no se intenta cambiar al otro; cada uno se cambia a sí mismo para hacerse merecedor de su amor.
Dar la callada por respuesta, dejar que los problemas se pudran o se disimulen pensando que el tiempo los cubrirá con un tupido velo, es una grave equivocación, que termina pasando factura. El silencio se convierte así en la tumba de muchos matrimonios.
Por eso se insiste tanto en preparar adecuadamente a las novios para el matrimonio, ya que la sociedad actual tiende a que los esposos vivan una vida de casados-solteros; cada uno en sus aficiones particulares, en una cohabitación de tolerancia, pero sin riesgos ni problemas. La prioridad está en profundizar en la relación de pareja, que permitirá que la prole actual o por venir crezca en un clima de amor y aceptación.

En un mundo autosuficiente reafirmar la fe en Dios y confesar nuestra dependencia de El nos ayuda a descubrir, al mismo tiempo, la fuerza de la gracia y la limitación del ser humano.
Muchas familias acostumbran a rezar cada día una oración en común y a mantener viva la presencia de Dios.

Seguramente la familia de Nazaret rezaba asiduamente la “shema, Israel” (escucha, Israel), con la que el pueblo recordaba sus raíces y se sentía elegido y amado por Dios.
Difícilmente hubiera pronunciado Jesús la expresión: “abba”(papaíto) si no la hubiera experimentado previamente en su infancia al lado de José y de María.

Mirando a la familia de Nazaret iremos desvelando el misterio de la vida humana, que es una explosión de amor: de Dios y de nuestros padres.

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