miércoles, 30 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Era el mes de Nisán del año veinte del rey Artajerjes. Tenla el vino delante, y yo tomé la copa y se la serví. En su presencia no debía tener cara triste.
El rey me preguntó:
-«¿Qué te pasa, que tienes mala cara? Tú no estás enfermo, sino triste.»
Me llevé un susto, pero contesté al rey:
-«Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está en ruinas, y sus puertas consumidas por el fuego?»
El rey me dijo:
-«¿Qué es lo que pretendes?»
Me encomendé al Dios del cielo y respondí:
-« Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá a reconstruir la ciudad donde están enterrados mis padres. »
El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron:
-«¿Cuánto durará tu viaje, y cuándo volverás?»
Al rey le pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir, Pero añadí:
-«Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, superintendente de los bosques reales para que me suministren tablones para las puertas de la ciudadela de templo, para el muro de la ciudad y para la casa donde me instalaré. »
Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos e dijo uno: -«Te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió: -«Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: -«Sígueme.»
Él respondió: -«Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: -«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: -«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: -«El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Palabra del Señor.

San Francisco de Borja

«Ante el cadáver de una emperatriz, este gran jesuita con numerosos títulos nobiliarios, que también fue ejemplar esposo y padre, comprendió la futilidad de la vida y se convirtió. Fue el tercer prepósito general de la Orden»

Como es sabido, la memoria de Francisco de Borja viene celebrándose en España el 3 de octubre, pero las biografías ofrecidas en esta sección de ZENIT se rigen rigurosamente por las fechas insertas en Santi, beati e testimoni que le incluye en el día de hoy (también lo hace el Martirologio romano), por lo cual se respeta el mismo criterio seguido en otros casos similares al suyo.

Era hijo del III duque de Gandía, Valencia, España, donde nació el 28 de octubre de 1510, y bisnieto del papa Alejandro VI. Tuvo seis hermanos de padre y madre, y cuando su progenitor contrajo segundas nupcias, engendró doce vástagos más. Así que formaba parte de una larga descendencia. Perdió a su madre a la edad de 9 años, cuando ya habían apreciado en él virtudes singulares para su edad, marcada por la inocencia y la piedad. Precisamente los dones que advirtió en él, indujo a su tío materno Juan de Aragón, arzobispo de Zaragoza, a llevárselo con él proporcionándole una excelente formación integral.

Por deseo de su padre llegó a la corte cuando tenía 12 años. Contrajo matrimonio con la portuguesa Eleanor de Castro a los 19, y de esta unión nacieron ocho hijos. Con la prematura muerte de la emperatriz Isabel de Portugal a la que había servido fielmente, se produjo una inflexión en su acontecer. Tras contemplar el rostro marchito, cuando yacía en su lecho mortuorio, profirió esta apasionada exclamación: «¡No serviré nunca más a un señor que se pueda morir!». Era más que una declaración de intenciones. Habiendo comprendido la futilidad de la vida, selló su acontecer. Él mismo lo recordaba periódicamente en su diario: «Por la emperatriz que murió tal día como hoy. Por lo que el Señor obró en mí por su muerte. Por los años que hoy se cumplen de mi conversión».

En 1539 –el mismo año en el que falleció Isabel, y siendo ya marqués de Lombay– el emperador lo designó virrey de Cataluña. Sin embargo, ni estos títulos, y otros que obtuvo, como el ducado de Gandía y el de Grande de España, ni la vanidad de la corte, ensombrecieron su piedad, la que en su infancia le hizo aspirar a la vida monástica, anhelo truncado por sus padres que lo destinaron a servir en Tordesillas. Por eso, tal circunstancia, aparte de la experiencia que le deparó y del vínculo conyugal que le unió a Eleanor, como no disipó sus anhelos, permanecieron vivos en su interior. Así, al establecerse en Barcelona, tomó contacto con san Pedro de Alcántara y con el beato jesuita Pedro Fabro. Este religioso fue decisivo en su vida. Puede que al conocerlo recordara el doloroso episodio que había presenciado en Alcalá de Henares cuando tenía 18 años. El hecho que le impactó fue ver a un hombre conducido ante la Inquisición; se trataba de Ignacio de Loyola.

Francisco se convirtió en bienhechor de la Compañía y además fundó un colegio en Gandía. Su conducta evangélica chocaba con el ambiente; sus convicciones suscitaban recelos entre algunas personas relevantes que quizá pensaron que no era oportuno mezclar la fe con el trabajo. Pero seguía el dictado de su espíritu y nada de ello hizo mella en él. Enfermó Eleanor y suplicó al cielo por ella. Una locución divina le advirtió: «Tú puedes escoger para tu esposa la vida o la muerte, pero si tú prefieres la vida, ésta no será ni para tu beneficio ni para el suyo». Con mucho dolor y lágrimas, expresó: «Que se haga vuestra voluntad y no la mía». Ella murió en 1546; su hijo pequeño tenía 7 años. Coincidió que pasó el P. Fabro por Gandía y, sin perder más tiempo hizo los ejercicios espirituales, y emitió los votos de perfección ese mismo año de 1546. Con ellos se comprometía a integrarse en la Compañía.

En Roma, Ignacio acogió con gozo la noticia, pero puso una nota de prudencia aconsejándole que aplazase su ingreso efectivo hasta solventar el tema de la educación de su prole, y que tuviese cautela evitando airear su decisión. Al año siguiente, con la anuencia del santo, Francisco emitió los votos privadamente. Por fin, en agosto de 1550, después de renunciar a sus títulos y dejar a sus hijos enderezados, viajó a Roma para hablar con el fundador de la Compañía, y se vinculó a ella para siempre. En mayo de 1551 recibió el orden sacerdotal en Oñate, y celebró su primera misa en Vergara. Carlos V lo propuso como cardenal, pero él rehusó. Era un hombre bueno, humilde, austero, se entregaba a las mortificaciones y a duras penitencias; no esquivaba los momentos de humillación. Llegó a sentirse más indigno que Judas, a quien el Redentor le había lavado los pies, considerándole por ello con una dignidad superior a la suya.

Durante un tiempo estuvo en Oñate realizando tareas domésticas sencillas, forjándose en la vida religiosa, sufriendo por amor a Cristo muchos instantes de contrariedad porque fue tratado con más severidad de lo acostumbrado dada su antigua condición nobiliaria. Después inició una ardiente evangelización por las localidades colindantes, extendiendo el campo de acción a Castilla, Andalucía y Portugal. Tenía dotes extraordinarias para la organización, virtud y gran celo apostólico; era devotísimo de la Eucaristía y de la Virgen. En 1566 tras el óbito del P. Laínez se convirtió en el prepósito general de la Compañía. Fundó más de una veintena de colegios en España, construyó en Roma la iglesia de San Andrés en el Quirinale, impulsó el noviciado y el Colegio Romano, puso las bases para la construcción del Gesù y logró que la Compañía se expandiera por distintos continentes, entre otras acciones. Sometió a consideración de Pío V la creación de la Congregación para la Propagación de la Fe. Escribió tratados espirituales, y auxilió a los afectados por la peste que asoló Roma en 1566. Dos días antes de morir expresó su deseo de volver al santuario de Loreto. Su fallecimiento se produjo en Roma el 1 de octubre de 1572. Urbano VIII lo beatificó el 23 de noviembre de 1624. Clemente X lo canonizó el 12 de abril de 1671.

martes, 29 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas.
Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él.
Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
-«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. »
Natanael le contesta:
-«¿De qué me conoces?»
Jesús le responde:
-«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió:
-«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó:
-«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»
Y le añadió:
-«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

Beato Francesc Castelló i Aleu

«Un ingeniero químico brillante con un futuro prometedor junto a su novia. Joven enamorado de Cristo que aconsejaba ser apóstoles de alpargata huyendo de las comodidades. Fue mártir de la fe en la guerra civil española de 1936»

Hoy se celebra la festividad de los santos arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael. Y junto a otros santos y beatos, la vida de Francesc, uno de los mártires de la fe que cayeron en el transcurso de la trágica contienda española de 1936. Como todos los que sucumbieron en ella, tenía sus anhelos particulares, sueños que se vieron truncados de la noche a la mañana. Era un joven de su tiempo, ejemplar, atractivo, brillante ingeniero químico, con un proyecto de vida en común fraguado con su novia Mariona, sustentado en una vida espiritual sólida. Miraba a su alrededor con los ojos de Cristo y ese fue el legado más preciado que nos ha dejado a todos.

Nació en Alicante el 10 de abril de 1914. Era el benjamín de tres hermanos; único varón. Dios había escuchado los ruegos de Teresa, su madre, que pedía un hijo«guapo y santo». Huérfano de padre al poco tiempo de nacer, Teresa se instaló con sus tres vástagos en Lérida. Ocho años más tarde, su actividad laboral como maestra de escuela, una vez ganadas las oposiciones condujo a todos a diversas localidades hasta que en el otoño de 1923 se establecieron en Juneda y allí hizo Francesc su primera comunión en 1924. Estudió con los maristas de Lérida en régimen de internado, y no perdía ocasión para hacer todo el bien posible a su alrededor. No era un joven pusilánime, precisamente, aunque su fuerte carácter iba quedando neutralizado con la educación y formación que recibía. Era muy devoto de la Eucaristía y de la Virgen María; los tres hermanos la tomaron por Madre, a iniciativa de Francesc, cuando murió Teresa en 1929 a consecuencia de una enfermedad que no fue tratada convenientemente.

Acogidos y ayudados económicamente por una tía paterna, Francesc, que mostraba interesantes aptitudes para la física y la química, pudo iniciar la carrera universitaria. Por mediación del P. Calaf, un jesuita amigo de su tía, obtuvo una beca que le permitió cursar estudios de química en la localidad barcelonesa de Sarrià. Otro jesuita, el P. Galant, le ayudó a superar la profunda crisis humana y espiritual que sufrió en esa época. El carisma ignaciano con los ejercicios espirituales apaciguó su angustia y le fortaleció. A partir de entonces se comprometió con pautas de vida que sostuvo con firmeza hasta el fin de sus días; entre otras acciones incluía la recepción periódica de los sacramentos. Se afilió a la Congregación Mariana y dentro de ella realizó una actividad apostólica ejemplar. En él se aunaban visión, oración y experiencia. Sabía cómo se conquistan las vocaciones: «Las almas hemos de ganarlas con esfuerzo y oración», y cuál es el «espacio» en el que debe moverse el apóstol: «En el apostolado no os tiente nunca ni la silla cómoda, ni la cosa fácil. Sed personas de alpargata».

En 1932 ingresó en la «Federació de Joves Cristians de Catalunya». Un año antes se había proclamado la Segunda República, y los ánimos estaban encrespados. Mientras, y por sugerencia del P. Galant, se trasladó a Oviedo para terminar su carrera; se licenció en Química en 1934. Al año siguiente fue contratado como ingeniero químico en la empresa CROSS de Lérida. Y se volcócon los pobres del barrio del Canyeret; daba clases a los obreros y ayudaba a sus propios compañeros de trabajo. Enamorado de Mariona Pelegrí, una joven piadosa de familia creyente y comprometida, los jóvenes se prometieron formalmente en mayo de 1936. Ella formaba parte de la Acción Católica y Francesc la secundó.

Reclutado en el ejército el 1º de julio de ese año como soldado de complemento, el 20 del mismo mes su fe católica le llevó a la cárcel del castillo de Lérida. No llegó a cumplir dos meses de reclusión cuando el 12 de septiembre lo trasladaron a la cárcel provincial. El 29 no se arredró ante el tribunal popular ad casum, que sin rigor alguno, determinado a cumplir la sentencia de muerte ya fraguada de antemano, quiso conocer la filiación religiosa del beato. «¡Sí, soy católico!», confirmó respondiendo con firmeza y claridad, humilde al mismo tiempo, acogiendo con sencillez el gesto bronco y desafiante de sus interlocutores, sin juzgar tan execrable conducta, llevado por el perdón. Mientras aguardaban el cumplimento de la pena impuesta en la improvisada cárcel del ayuntamiento, animaba a sus compañeros. Inmediatamente escribió a su novia, a sus hermanas y al P. Galant.

Fragmentos de las cartas ponen de relieve su altura humana y espiritual. A su novia le dijo: «Me pasa una cosa extraña: no puedo sentir ninguna pena por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte me embarga. Quisiera escribirte una carta triste de despedida, pero no puedo. Estoy rodeado de ideas alegres como un presentimiento de la gloria…». A sus hermanas: «Acaban de leerme la pena de muerte y nunca he estado más tranquilo que ahora […]. La Providencia de Dios ha querido escogerme como víctima de los errores y de nuestros pecados. Yo voy con gusto y tranquilo a la muerte. Nunca como ahora tendré tantas probabilidades de salvación. Ya se ha acabado mi misión en esta vida, ofrezco a Dios los sufrimientos de esta hora». Al P. Galant: «Le escribo estas letras estando condenado a muerte y faltando unas horas para ser fusilado. Estoy tranquilo y contento, muy contento. Espero poder estar en la gloría dentro de poco rato. Renuncio a los lazos y placeres que puede darme el mundo y al cariño de los míos. Doy gracias a Dios porque me da una muerte con muchas probabilidades de salvarme». Cuando estas cartas llegaron a Pío XI las leyó sin poder contener la emoción; no fue capaz de desprenderse de ellas. Consideró que tales misivas cursadas por un hijo como Francesc «correspondía al padre guardarlas».

El beato y los seis condenados dieron gozoso testimonio de su fe, con esperanza y valentía, entonando el credo mientras iban camino de su sepultura.Lamadrugadadel 29 de septiembre cobardes fusiles terminaron con su vida en el umbral del cementerio. Juan Pablo II beatificó a Francesc el 11 de marzo de 2001.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, vino la palabra del Señor de los ejércitos:
«Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Sión, gran cólera en favor de ella.
Así dice el Señor: Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén. Jerusalén se llamará Ciudad
Fiel, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte Santo.
Así dice el Señor de los ejércitos: De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle.
Así dice el Señor de los ejércitos: Si el resto del pueblo lo encuentra imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos? - oráculo del Señor de los ejércitos -.
Así dice el Señor de los ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y del país de occidente, y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia.»

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante.
Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
-«El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mi; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado.
El más pequeño de vosotros es el más importante.»
Juan tomó la palabra y dijo:
-«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir.»
Jesús le respondió:
-«No se lo impidáis; el que no está contra vosotros está a favor vuestro. »

Palabra del Señor.

San Wenceslao, duque de Bohemia

Dos mujeres, dos partidos, dos religiones, y entre ellos, rodeado de odios, ambiciones y de envidias, el niño llamado a gobernar el pueblo de Bohemia. Unos le adulan, otros le acarician, otros le envenenan, y él, heredero de un trono a los ocho años, llora al verse juguete de tantos vientos contrarios. Ama la dirección de su abuela Ludmila, una santa mujer que conoció en su infancia a Metodio, el apóstol de los eslavos, que recibió tal vez de sus manos el bautismo y que sigue apasionadamente adherida a los principios de la religión cristiana. Pero enfrente de ella está la madre del príncipe, Dragomira, con su apego obstinado a los dioses del país, con su odio a la religión extranjera, su ambición y su apetito de venganza. En este ambiente creció el pobre niño. La anciana le rodea de clérigos y monjes, le hace aprender las letras latinas y eslavas y la enseña a ser casto y compasivo, a rezar y a oír misa. Al mismo tiempo, Dragomira le inculca el amor a las tradiciones patrias, le hace asistir a los sacrificios con que honra a Perún, el dios del rayo; le habla del poder de Tcernobotch, el dios negro, autor del bien y del mal, y le cuenta las historias de Estribog, rey de los vientos, y de Valoss, el que preside a los rebaños y habita entre los bosques. Al niño, las imágenes de estos genios feroces le horrorizan; sufre cuando ve los templos paganos guarnecidos de cascos y corazas y ornamentos de cuernos, y busca la primera ocasión para huir de los besos de su madre y esconderse en el regazo de la santa vieja, que le habla de la bondad de Jesús, o entre el corro de sus maestros, que le leen el Evangelio o le hacen aprender de memoria los salmos de David.

Al principio es Ludmila la que dirige el palacio y gobierna en nombre de su nieto. Su prudencia y su discreción se imponen; su bondad le gana el respeto de sus mismos enemigos. Poco a poco, sin embargo, la intriga empieza a tejer su red en torno a ella, se entorpece su acción, se conjura contra su vida, la corte se llena de gritos furibundos y miradas llenas de veneno, y ella, que no era ambiciosa, que sólo quería hacer bien a su patria, acaba por retirarse a uno de sus castillos, con la única condición de que la dejen morir en paz. Es el triunfo de Dragomira, la hora de la juventud, la reacción del paganismo. El rayo de Perún ha derribado la cruz de Cristo. El niño llora, preso de su madre y de sus guerreros. No tiene libertad ni para ir a misa, ni para rezar, ni para guardar siquiera un crucifijo. En su presencia se blasfema de Cristo y él tiene que callarse, o, si habla, le llaman rebelde, inútil, díscolo y traidor a su patria. Aunque lejos de la corte, Santa Ludmila le sostiene con sus consejos, pero los emisarios llegan con dificultad hasta él, y un día la anciana aparece muerta, ahogada en su lecho. Entonces comprendió hasta dónde podían llegar sus carceleros. Seguramente no les importaría suprimirle también a él para reemplazarle por su hermano Boleslao, más dócil a los consejos de Dragomira, más amante de los dioses del país, más adicto a la política imperante. Dióse cuenta de que le convenía tener paciencia y disimular. Sin embargo, en el interior de su cámara pasaba largas horas pidiendo a Dios que se compadeciese de su pueblo. Amigo del saber, escondía los códices entre su lecho o debajo de su túnica, y aprovechaba las tinieblas de la noche para ir en busca de sus maestros y tratar con ellos las dificultades que encontraba en sus lecturas. Descubiertos estos paseos nocturnos, empezaron a vigilarle con más rigor, llegando a irritarle de tal manera, que un día, delante de su madre y de todos los cortesanos, el animoso muchacho se plantó: «¡Malvados, perjuros! —dijo a sus carceleros—, ¿por qué me impedís aprender la ley de mi Señor Jesucristo y practicar sus mandamientos? Si vosotros no queréis entrar en el Cielo, ¿por qué cerráis la puerta a los demás? Pero se han acabado vuestras violencias; desde hoy sacudo vuestro yugo y le desprecio. Nadie podrá impedirme servir a mi gusto al Dios omnipotente.» Habló con tal decisión, que todos comprendieron que en adelante el duque, el vaivoda, sería él. La corte se alborotó, hubo una revolución palaciega, se derramó sangre, «pero el partido de los justos, aunque era más pequeño—recogemos las palabras del biógrafo—, prevaleció contra la turba, siempre más numerosa, de los malignantes». La madre del príncipe abandonó el palacio, pero, junto, en él dejaba a su hijo menor, heredero de sus instintos perversos y de su ciega ambición.

Wenceslao era entonces un bello adolescente de quince años, de mirada mística y soñadora, de cuerpo fuerte y espigado, de carácter serio y reflexivo, pero confiado y alegre. Son los únicos rasgos que acerca de la fisonomía de Wenceslao podemos sacar después de leer los largos elogios que el biógrafo le dedica; y eso que el biógrafo era un sobrino suyo, que podía conocerle muy bien. Pero la biografía de San Wenceslao se parece a ese tipo de biografías, tan frecuente en la Edad Media, que nos presenta los personajes casi como verdaderas abstracciones, como formas aéreas, despojadas de sus caracteres individuales, para hacer de ellas una personificación de la perfección cristiana, sistema monótono para el literato, desesperante para el historiador, y sólo provechoso para una piedad ingenua y poco exigente. «Wenceslao, desde su infancia, fue guardador de la disciplina del Señor, veraz en sus palabras, justo en sus juicios, fiel en sus promesas, piadoso sobre toda ponderación humana, y consolador de los huérfanos, de las viudas de pobres y de los desconsolados; cubría a los desnudos, visitaba a los enfermos, enterraba a los muertos, honraba a los monjes y a los ministros de Dios, enseñaba a los extraviados el camino de la verdad, y observaba sin desmayo las virtudes de la humanidad, de la paciencia, de la mansedumbre y de la caridad.» El elogio es magnífico; pero tiene el inconveniente de que pudiera aplicarse a cualquier santo. Nos gustaría más conocer algunos episodios en que se manifestasen estas virtudes, pero al biógrafo medieval le interesa, sobre todo la idea simple y genérica de la santidad. Le pedís un retrato, y os responde con un programa. El de San Wenceslao añade que una de las cosas más admirables en su héroe era el amor con que recibía en su propia casa a los huéspedes y peregrinos. Era un deber capital entre los eslavos. El extranjero obtenía el primer puesto en su hogar o en su mesa, las frutas más exquisitas eran para él, para él el pescado más fresco y la habitación más lujosa. Si negaba el solicitado asilo, su campo era talado, su casa derribada. Hasta podía robársele lo que fuese necesario para tratar al forastero decorosamente.

De todas maneras, sabemos una cosa: que Wenceslao había puesto todo su empeño en cumplir todos sus deberes de príncipe y de cristiano. Se le veía en pleno invierno caminar de iglesia en iglesia con los pies descalzos, dejando huellas de sangre sobre la nieve; salir en busca de los pobres por los tugurios; reprender en las plazas a los violadores de la moral pública. Era severo con los que se embriagaban y alborotaban la ciudad, pero a su exquisita sensibilidad le repugnaban los rigores cuando se trataba de administrar justicia. Aquellos príncipes eslavos, cuya fiereza era proverbial, se habían hecho tan humanos desde que conocieron a Cristo, que ni siquiera se atrevían a castigar los crímenes. Algo más tarde, Wladimiro enviará las causas criminales al metropolitano de Kiev, «porque, ¿quién soy yo —decía—para condenar a otros a muerte?» Wenceslao tenía con frecuencia en los labios aquella sentencia evangélica: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados.» Cuando presidía con sus magnates un juicio en el que peligraba la vida de un hombre, buscaba cualquier pretexto para levantarse y huir lejos. Suprimió los tormentos, destruyó los patíbulos, transformó las cárceles en hospitales y concedió a los eclesiásticos un poder utilísimo en aquellos pueblos nuevos y un prestigio encaminado a disminuir las arbitrariedades del soberano. Él mismo se sometía con la mayor humildad a aquella influencia bienhechora. «Si alguna vez—leemos en la biografía—, contra su costumbre, se extralimitaba en la bebida, cosa bien disculpable en quien tenía que vivir con las fieras que eran aquellos bárbaros guerreros, la noche se la pasaba sollozando; y apenas amanecía, iba en busca de un sacerdote, se despojaba de sus vestidos preciosos, se los entregaba al ministro del Señor, y, postrándose a sus pies, le pedía que implorase el perdón de su pecado.» Era aquél un tiempo en que nadie se presentaba en el templo sin llevar la ofrenda de pan y vino, que se iba a transformar en el cuerpo y en la sangre del Señor; y tal empeño había puesto el duque en este rito, que la preparación de la ofrenda era una de las primeras preocupaciones de su vida. Durante el verano, se dirigía de noche a su campo con un escudero, para recoger el trigo o las uvas, que él mismo llevaba a casa sobre sus hombros, y molía y amasaba y exprimía y elaboraba con manos temblorosas de fe y de amor. Tenía envidia de los sacerdotes, y muchas veces pensó dejar su corona para conseguir la corona más alta de los que podían tener en sus manos al mismo Dios. Gobernaba solamente por deber, pero el gobierno se le hacía muy pesado, y solía decir que su vida se prolongaba con exceso. Parecíale demasiado lenta la cristianización y civilización de su pueblo. Destruía templos paganos, despedazaba ídolos, y derramaba por el país a los predicadores de la verdad; pero en unas partes encontraba indiferencia, en otras resistencia, en otras incomprensión. El partido pagano disimulaba y aguardaba el momento oportuno. El pueblo amaba al duque, porque le veía espléndido, generoso, amigo de la paz y valiente en la guerra. Todo el mundo sabía que, para evitar derramamiento de sangre, Wenceslao había luchado en combate singular con un rival que le disputaba la corona. El ejército le quería también, porque tenía siempre bellas armas, lujosos vestidos y equipaje en abundancia. Pero había quien le odiaba: era su madre, que no podía resignarse a ver su influencia mermada; era su hermano, que no podía dormir devorado por la fiebre de mandar; eran los magnates, que ya no podían robar, asesinar, ni atropellar como antaño.

La conjuración se formó a los ojos mismos del príncipe. Sólo su santo y amable candor, su despreocupación admirable de la vida y del reino pudieron caer en el burdo lazo.

Un día el duque recibió en su palacio de Praga este mensaje de su hermano Boleslao: «Ven a celebrar conmigo las fiestas de San Cosme y San Damián y luego celebraremos en santa compañía la de San Miguel.» Boleslao vivía en la ciudad que, de su nombre, se llamaba Boleslavia. Allí se presentó el príncipe. Un gran banquete se festejó en su honor, y en él debía quitársele la vida. Los convidados llevaban el puñal bajo sus túnicas, pero el terror les paralizaba las manos. Como de costumbre, Wenceslao se levantó y se despidió de los comensales. En un corredor, su ayudante se acercó a él y le dijo: «Señor, todo esto me huele muy mal; estáis rodeado de traidores; los he visto acariciar las armas, palidecer, mirarse unos a otros con ademanes significativos; poneos en salvo inmediatamente. A la puerta tengo un caballo para vos.» El duque no hizo caso del aviso. Para indicar que no tenía miedo, volvió a la sala, pidió un poco de vino y lo bebió con la mayor jovialidad, después de pronunciar este brindis: «Amigos míos, pasado mañana, San Miguel Arcángel; bebamos en su honor esta copa, a fin de que se digne llevar nuestras almas al festín de la gloria. Amén.» Respondieron algunos leales, mientras los otros murmuraban palabras ininteligibles. A todos los abrazó él, y luego se fue a acostar. Al día siguiente, al romper el alba, ya caminaba en dirección a la iglesia. Al pisar el pórtico se encontró con su hermano, y entusiasmado al verle tan pronto para los divinos oficios, le abrazó, diciendo: «Que Dios te bendiga, hermano mío, por el rato delicioso que anoche me hiciste pasar.» «Ayer era ayer—respondió Boleslao—; hoy es otro el servicio que quiero hacerte.» Y, sacando la daga, hirió al duque en la cabeza. El herido le cogió el arma sin turbarse, y le dijo: «Está muy mal lo que haces, hermano; mira, pudiera acabar contigo, pero sería poco digno de un cristiano. Aquí tienes el puñal.» «¡Aquí, a mí los míos!», clamaba entre tanto el fratricida. A sus gritos acudieron los traidores, y el magnánimo príncipe quedó cosido a puñaladas en los mismos umbrales de la iglesia.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Domingo 27/09/2015 26º de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida.
Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento.
Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: - «Eldad y Medad están profetizando en el campamento.»
Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: - «Señor mío, Moisés, prohíbeselo.»
Moisés le respondió: - «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado.
Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego.
¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final!
El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos.
Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:
- «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.»
Jesús respondió:
-«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.
Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga.
Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno.
Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


El texto que hoy escuchamos del Libro de los Números supone un avance en el camino de todo hombre religioso, pues el don de Dios no está ligado a un lugar concreto o a un pueblo concreto, sino a la persona allí donde se encuentre.

El hecho de que Edad y Medad profeticen en el campamento sin estar autorizados, da pie al rechazo de Josué, ayudante de Moisés, y a una breve reflexión por parte de éste como mediador por excelencia entre Dios y el pueblo:

“¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!” (Números 11, 29).

El evangelio nos relata un hecho similar protagonizado por los discípulos de Jesús, que impiden echar demonios en nombre de Jesús y provocan la respuesta del Maestro:

“No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí” (Marcos 9, 39).

Ambos textos contienen un mensaje que no debemos olvidar: la libertad soberana de Dios en su obrar y la estrechez de miras de quienes pretenden encerrarle en los angostos espacios de la justicia humana.

El control de la fe, o si queremos, de defender los presuntos derechos de Dios, está en la base de los radicalismos religiosos y de intolerancias que tanto daño hacen a los creyentes.

Muchos de nosotros somos testigos de hechos deleznables, afortunadamente en franco descenso, ocurridos en parroquias o centros religiosos donde, en lugar de acoger a la gente se la espanta por una serie de normas impuestas que nada tienen que ver con la caridad y respeto que todos merecen.

El mismo Papa Francisco los denuncia.

Los derechos de los hombres son también los derechos de Dios.

Jesús ha venido a salvar a todos y ninguna comunidad puede arrogarse poseerlo en exclusiva.

Es mejor levantar barreras y abrir puertas que establecer baremos y clasificar la sociedad en buenos y malos.

Los “buenos” son los que siguen la doctrina de la Iglesia y los “malos”, por supuesto, los que viven alejados de ella. Todo muy simple y perverso.

Pero los hechos nos confirman día a día que abundan las personas no cristianas que mantienen una conducta intachable y practican la misericordia y la compasión como algo natural que sale de su corazón bondadoso.

Entran de lleno en la salvación universal de Dios.

La liturgia nos alerta sobre dos tipos de escándalo: el primero afecta a los ricos, a quienes Santiago fustiga por amontonar riquezas, abusar de sus obreros y negarles el justo salario; el segundo afecta a los que dan malos ejemplos a los más pequeños.

En ambos casos las palabras son muy duras.
Santiago escribe:

“Vosotros los ricos gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla.

Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego” (Santiago 5, 1-4).

Jesús dice:

“El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar” (Marcos 9,42).

Es un escándalo que la mayoría de las riquezas de la tierra estén en manos de unos pocos, que los pobres sean sistemáticamente explotados y millones de seres humanos se vean abocados a la miseria y al hambre.

Esta mala distribución de la riqueza ya fue denunciada por los Santos Padres de la Iglesia. Alguno afirmaba que todo lo que les sobra a los ricos pertenece a los pobres y que en caso de necesidad todos los bienes son comunes.

Por fortuna proliferan los grupos, cada vez más sensibilizados por los derechos humanos, implicados en denunciar las injusticias y en presionar a las instituciones, pero el poder de las multinacionales, los intereses creados, la carrera de armamentos, las cuotas de poder y todas las lacras alimentadas por la ambición, apagan las voces discordantes.

Y los escándalos, aireados por los medios de comunicación social, siguen su curso creciente a medida que se van descubriendo las corrupciones económicas, políticas y sociales.

¿Qué hacer ante esta situación?

No podemos medir a todos por el mismo rasero.

Condenar al rico por ser rico y enaltecer al pobre por ser pobre es una postura simplista que no resuelve nada.

Hay “ricos” que erigen empresas, crean puestos de trabajo, pagan salarios justos y se preocupan por el bienestar de sus obreros, y pobres cuyo deseo principal es ocupar el lugar de los ricos. La ambición humana no tiene medida.

La doctrina social de la Iglesia denuncia los abusos de poder y promueve la justa distribución de los bienes materiales, respetando siempre los derechos humanos y, en consecuencia, la dignidad de la persona humana.

Desde esta postura, cada uno debe valorar sus posesiones, donar lo superfluo, analizar sus comportamientos para no ser motivo de escándalo e involucrarse en la correcta solución de los problemas.

Por otro lado, los escándalos a los más pequeños ocupan hoy muchas páginas de periódicos y amplia difusión por el cine y la tv.

La pederastia, que es un pecado abominable, es objeto de un trato especial, sobre todo si los abusos provienen de autoridades eclesiásticas, porque llaman más la atención.

Pero la pederastia abunda más en las familias, escuelas, gimnasios…

El daño viene marcado por la explotación sexual inmisericorde.

En este capítulo entra también la corrupción de menores y la prostitución.

El Papa Francisco está muy implicado en cortar de raíz estas lacras, que junto a otras, como la ecología, que son sujeto de su preocupación por la supervivencia de nuestro planeta a través de la encíclica “Laudato si”, forman parte de su lucha cotidiana por la limpieza del medio ambiente y de las costumbres.

Por esta razón emplazó en Roma a los alcaldes de las principales ciudades. Acudieron 60 a la llamada, entre ellos el de París, Nueva York, Bogotá y Madrid.

La reunión se celebró a mediados de Julio y se abordó lo relativo al cambio climático y a las nuevas formas de esclavitud, con el fin de crear una conciencia ecológica e influir en la toma de decisiones de la “Cumbre de la ONU sobre el clima”.

El Papa no habló del cielo, sino del infierno en la tierra, cuyas cabezas de puente son la delincuencia, el fanatismo y los falsos ideales que martirizan a nuestro mundo.

Resumiendo: Hemos de apoyar a los que hacen el bien y anuncian el evangelio, aunque no sean cristianos y no permanecer impasibles ante las desigualdades económicas y los escándalos que salpican a nuestra sociedad.

Beato Lorenzo de Ripafratta

En Pistoia, en la Toscana, beato Lorenzo de Ripafratta, presbítero de la Orden de Predicadores, que vivió fielmente durante sesenta años la vida regular, y fue asiduo en la escucha de los pecadores.

El llamado «Gran Cisma de Occidente», durante el cual los papas sufrieron un «cautiverio babilónico» en la ciudad de Aviñón, fue indudablemente una época de grandes pruebas para todas las instituciones católicas, y por supuesto que la Orden de Predicadores no se salvó de las dificultades: en aquel período padeció de relajamientos y de un enfriamiento en su antiguo fervor; en Italia y otros países vecinos, los trastornos que sufría la Orden, se agravaron por los brotes de epidemias que despoblaron los conventos. Pero Dios no abandonó a los hijos de santo Domingo y les envió a un hombre como el beato Raimundo de Capua para iniciar un movimiento de reforma. Entre los que con mayor entusiasmo ayudaron al de Capua, se hallaba el beato Juan Dominici, arzobispo de Ragusa, quien fue el descubridor de las muy valiosas habilidades y virtudes de Fray Lorenzo de Ripafratta.

Lorenzo había ingresado a la orden en Pisa, cuando ya era diácono y, al término de sus estudios y al cabo de algunos años de predicación, fue nombrado maestro de novicios en el priorato de Cortona. Aquel era un puesto para el cual Lorenzo estaba bien calificado. Era el más decidido defensor de la observancia rigurosa, pero sabía perfectamente cómo adaptar en las distintas circunstancias las constituciones de su orden y, como estaba dotado de grandes conocimientos psicológicos, advertía el momento en que el corazón de alguno de sus novicios estaba verdaderamente inflamado por el amor de Dios y a ése le encaminaba por la ruta de la obediencia y la docilidad. Entre los que hicieron el noviciado bajo su dirección, se encontraban san Antonino, el beato Angélico y su supuesto hermano Benedicto de Mugello. Fue Lorenzo quien alentó a los dos mencionados en último término a dedicarse a la pintura, puesto que la predicación puede resultar tan eficaz por medio de las imágenes como por la palabra y, en cierto aspecto, más ventajosa: «La lengua más elocuente enmudece con la muerte -les decía-, en cambio, vuestras maravillosas pinturas celestiales hablarán de los valores de la religión y de las virtudes a través de los siglos».

En lo que respecta a sus conocimientos bíblicos, a Lorenzo, como a san Antonio de Padua, se le llamaba «Arca de los Testamentos» y, por cierto que empleaba su ciencia para predicar por toda la región de Etruria con mucho éxito. Cuando se le nombró vicario general de los prioratos que habían aceptado las reformas, estableció su residencia en Pistoia donde, poco después, abandonó Lorenzo sus deberes administrativos para dedicarse por entero a ayudar a los que sufrían y, como sucede tantas veces, la mayoría de los que se mostraban sordos a la prédica, se sintieron impulsados a la penitencia ante el ejemplo de abnegación y caridad de los sacerdotes que atendían sin temor a los apestados, para aliviar sus sufrimientos corporales y cuidar de sus almas. Al morir el beato Lorenzo, a una edad muy avanzada, san Antonino escribió a los dominicos de Pistoia para condolerse con ellos por la irreparable pérdida y para elogiar la memoria del desaparecido: «¡Cuántas almas fueron arrebatadas al infierno por sus palabras y su ejemplo, que las llevaron de la depravación a la más alta perfección! ¡Cuántos enemigos se reconciliaron y cuántos desacuerdos se ajustaron! ¡A cuántos escándalos puso fin! También lloro lo que he perdido yo mismo, hermanos, puesto que ya nunca volveré a recibir aquellas tiernas cartas suyas que atizaban mi fervor en el cumplimiento de mis deberes pastorales». La tumba del beato Lorenzo fue el escenario de muchos milagros, y en 1851 el papa Pío IX confirmó su culto.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Alcé la vista y vi a un hombre con un cordel de medir. Pregunté -«¿Adónde vas?»
Me contestó:
-«A medir Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.»
Entonces se adelantó el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel e salió al encuentro, diciéndole:
- «Corre a decirle a aquel muchacho: “Por la multitud de hombres y ganado que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella - oráculo del Señor-.”»
«Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti -oráculo del Señor-. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío, y habitaré en medio de ti.»

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos:
-«Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.»
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Palabra del Señor.

Beato Luis Tezza

El Padre LUIS TEZZA nace en Conegliano (Treviso) el 1 de Noviembre de 1841, siendo sus padres el médico Augusto y Catalina Nedwiedt. Hijo único, huérfano de padre a la edad de nueve años, va a vivir, junto con su madre, a Padua, donde contiúa sus estudios.

A la edad de 15 años entra en la Orden de los religiosos “camilos” (Ministros de los Enfermos de San Camilo de Lellis). La madre, después de haberlo confiado al noviciado de los camilos de Verona, convencida de la perseverancia del hijo, entra en el monasterio de la Visitación de Padua, dejando Fama de mujer y religiosa excepcional.

Ordenado de sacerdote, se le confía la dirección de los religiosos jóvenes. Después de cuatro años se le presenta la posibilidad de ir a las misiones africanas, que le atraían intensamente desde hacía tiempo, pero renuncia a ello por obediencia a sus legítimos superiores.En vez de ello es trasladado a Roma como vicemaestro de novicios.

Innovador y fundador

En 1871 el Padre Luis es enviado a Francia como maestro de novicios de la nueva provincia religiosa, de la cual llegará a ser el primer superior provincial. Con su celo y su empeño logra establecer la vida común dentro la comunidad y, hacia fuera, el específico ministerio camiliano: la asistencia corporal y espiritual de los enfermos.Después de la supresión de las órdenes religiosas, en 1880, es expulsado de Francia como extranjero, pero retorna clandestinamente después de algunos meses, logrando reunir a los religiosos entonces dispersos.De esa manera, la joven provincia pudo no sólo resistir la represión sino también poner las bases para su ulterior desarrollo.

Elegido procurador y vicario general, retorna a Roma, donde, en 1891, tiene un encuentro provincial: conoce a Josefina Vannini (beatificada el 16 de octubre de 1994). Propone a esta joven un proyecto que lleva en su corazón desde hace algún tiempo: constituir un grupo de mujeres consagrado a Dios en el servicio a los enfermos según el espíritu y el carisma de San Camilo de Lellis.

Nace así el 2 de febrero de 1892 la Congregación de las Hijas de San Camilo que, dentro del carisma camiliano, pone en evidencia características típicamente femeninas como la ternura, la acogida, la capacidad de escucha y la intuición.Cualidades de sensibilidad y de corazón que San Camilo quería para sus religiosos en la asistencia a los enfermos.Aprovado en 1931 por la Santa Sede, el Instituto ha tenido una rápida y constante expansión.

El apóstol de Lima

Parecía ahora que la actividad del Padre Luis hubiese llegado a su fin. Sin embargo, le esperaban otros trabajos. A la edad de 59 años es enviado a Perú como visitador para reformar la comunidad camiliana de Lima, que había estado separada durante más de un siglo de la casa central de Roma y corría peligro de ser cerrada. Debía ser una breve estancia, pero su presencia en esta cuidad fue tenida como indispensable por el Arzobispo y por el Delegado Apostólico, Monseñor Pedro Gasparri, que lo definía como un “hombre inspirado por Dios y providencial para Lima”. Él acepta la voluntad de Dios y se entrega confiadamente a la Providencia. Así estará 23 años en Lima hasta su muerte.

Durante estos años derrama en su entorno tesoros de caridad y de amor de Dios, a través de un intenso apostolado. Además de trabajar por el restablecimiento de la disciplina regular en su comunidad, se dedica a la asistencia de los enfermos particularmente pobres tanto en las casas privadas y en los hospitales como en las cárceles. Es confesor y director espiritual del seminario de la archidiócesis y de diversas congregaciones religiosas; es buscado como apreciado consejero por la Nunciatura apostólica y la diócesis. Ayuda con éxito a otra fundadora, la sierva de Dios Teresa Candamo, que tenía dificultades con su Institución recién fundada. Tanto su trabajo discreto, inteligente y lleno de amor, como su carácter firme y dulce, contribuyeron a darlo a conocer como “el santo de Lima”. Aquí fue donde murió el Padre Luis Tezza el 23 de septiembre de 1923. Una persona anónima escribió en el cemento de la parte posterior de su piedra sepulcral las “el apóstol de Lima”.

Considerado como “el sacerdote más santo de la diócesis de Lima”, según las palabras del cardenal Lauri, a la hora de su muerte los fieles difundieron un significativo recordatorio que revela los trazos de su santidad: “fue querido como Padre y venerado como Santo. Él no existe, pero desde su tumba nos hace oir sus enseñanzas. Su figura y continente era la de un ángel; su palabra era siempre la de un ministro del Evangelio; su corazón era depósito de nobilísimos afectos; su amistad fue cadena de oro que aprisionó sin violencia miles de corazones y su misión fue siempre salvadora. Pasó por en medio de nosotros como una visión celestial, siempre bondadoso y humilde, siempre cariñoso y caritativo. La fe era el principio de sus obras y la bondad le servía como de manto y de diadema”.

Sus restos mortales reposan en la casa general de las Hijas de San Camilo de Vía Anagnina e Grottaferrata (Roma) al lado de la Cofundadora, la Beata Josefina Vannini.

Mensaje

A la luz del evangelio se comprende fácilmente la actualidad del mensaje del Padre Luis Tezza. Jesús tuvo especiales atenciones con los enfermos y, además, se identificó él mismo con los hermanos enfermos: “Estaba enfermo y me visitasteis. Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

El Padre Luis Tezza fue escogido por Dios no sólo para vivir sino también para transmitir el carisma de la misericordia hacia los enfermos a través de la fundación del Instituto de las Hijas de San Camilo, dedicado al servicio de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Él señala a todo cristiano cómo ponerse delante del mundo del sufrimiento, cómo curarlo y aliviarlo y, sobre todo, cómo valorarlo en beneficio de la propia santificación y de la redención de los demás.

El Padre Luis, además, nos estimula a creer y obrar según el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. De hecho, él hizo girar su existencia sobre un gozne: la obediencia aDios. Y vivió realmente en un constante estado de búsqueda y de actuación de la voluntad de Dios . En los signos de los tiempos, en los hechos de la vida ordinaria, en las decisiones de sus superiores, él ha visto siempre el proyecto de Dios, que había que seguir a costa de cualquier sacrificio.

Él nos repite a cada uno de nosotros su convencimiento para que llegue a ser el nuestro:

viernes, 25 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


El año segundo del reinado de Darlo, el día veintiuno del séptimo mes, vino la palabra del Señor por medio del profeta Ageo:
«Di a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote, y al resto del pueblo: “¿Quién entre vosotros vive todavía, de los que vieron este templo en su esplendor primitivo? ¿Y qué veis vosotros ahora? ¿No es como si no existiese ante vuestros ojos?
¡Ánimo!, Zorobabel -oráculo del Señor—, ¡Ánimo!, Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote; ¡Ánimo!, pueblo entero -oráculo del Señor-, a la obra, que yo estoy con vosotros -oráculo del Señor de los ejércitos-.
La palabra pactada con vosotros cuando salíais de Egipto, y mi espíritu habitan con vosotros: no temáis. Así dice el Señor de los ejércitos: Todavía un poco más, y agitaré cielo y tierra, mar y continentes. Pondré en movimiento los pueblos; vendrán las riquezas de todo el mundo, y llenaré de gloria este templo - dice el Señor de los ejércitos -. Mía es la plata y mío es el oro - dice el Señor de los ejércitos -. La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero - dice el Señor de los ejércitos -; y en este sitio daré la paz – oráculo del Señor de los ejércitos.-”»

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
-«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron:
-«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó:
-«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo:
-«El Mesías de Dios.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
-«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. »

Palabra del Señor.

Santo Niño de La Guardia

Es sabido que uno de los problemas más enconados y agudos de nuestra historia durante el siglo XV fue el suscitado por los conversos del judaísmo. Las persecuciones y matanzas de 1391, las predicaciones de apóstoles como San Vicente Ferrer, las controversias religiosas y la misma coacción de las leyes civiles y eclesiásticas de la época aumentaron de tal modo el número de los convertidos, que éstos, por su cuantía, la frecuente doblez de su conversión y su considerable poder, llegaron a constituir peligro social muy fuerte. Fracasados los esfuerzos persuasorios, los Reyes Católicos logran en 1478 de Sixto IV la bula que establecía la Inquisición, y en 1480 se nombran los primeros inquisidores, que al año siguiente comienzan a actuar contra los falsos conversos.

La resistencia de éstos al establecimiento e iniciales actuaciones de los tribunales inquisitoriales fue inmediata, y no sólo en forma diplomática y pacífica. Conocido es el complot que contra los inquisidores primeros suscitó Diego Susán con otros varios conversos de los más acaudalados de Sevilla. En Zaragoza logran asesinar a media noche y en plena Seo, en septiembre de 1485, al inquisidor Pedro de Arbués. En Teruel impiden durante casi dos años la entrada de los inquisidores, y la misma violenta oposición comprobamos en Valencia y Barcelona. Dentro de este mismo ambiente de violencia ha de encuadrarse el trágico episodio del Santo Niño de La Guardia, en la provincia de Toledo.

Precisamente fue esta capital, a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, sangriento campo de lucha contra los conversos. Ya en 1449 estalló el cruento motín promovido por Diego Sarmiento y el bachiller Marquillos. En julio y agosto de 1467 repítense los alborotos, que en años posteriores se extienden a Córdoba, Jaén y Segovia. En 1485 comienza a actuar la Inquisición toledana. Una relación coetánea nos cuenta que pasaron bien quince días sin que nadie se presentara a reconciliación, "por cuanto los conversos que en esta çibdad vivían tenían ordenada una traiçión para el día del Corpus Christi, cuando la gente christiana fuese en procesión con el cuerpo de Ihesu Christo, salir en las cuatro calles y matar a los dichos inquisidores e a los otros señores e caballeros e toda la gente christiana..." Descubierta la trama y ahorcados los más comprometidos, a partir de este momento los autos de fe menudean en Toledo, especialmente desde febrero de 1486 a julio de 1488, años en que varios miles son penitenciados y al pie de un centenar relajados o muertos. Impresionantes serían aquellas procesiones de centenares de reconciliados vecinos de las diversas parroquias, en que hombres y mujeres desfilaban descalzos, sin bonetes y descubiertos, ellos y ellas con candelas en las manos.

La comitiva, salida de una de las parroquias de la ciudad, recorría ésta siguiendo el itinerario de la procesión del Corpus hasta llegar a la iglesia mayor. Entrando por su puerta hacíanles a cada uno en la frente la señal de la cruz, y llegados al cadalso, donde estaban los padres subidos, les predicaban y les decían misa. Tras ella, alzábase un notario llamando a cada uno por su nombre y pregonando públicamente la manera en que había judaizado. Después señalábanles dura y humillante penitencia.

Fácil es comprender que judaizantes y judíos, presos de pánico inmenso, ante la reiteración de espectáculos tan amargos, buscaran salvarse aun por los medios más absurdos. Así debió de surgir en el amedrentado ánimo de los cinco judíos y seis judaizantes que intervinieron en el martirio del Santo Niño de La Guardia la idea de liberarse de los inquisidores mediante extraño sortilegio o encantamiento logrado por el corazón de un muchacho cristiano y una hostia consagrada. El crimen, como señaló bien el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media la superstición popular atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos, cuya sangre luego mezclaban en los panes ácimos de la Pascua hebrea para usos de rito judaico. El caso del Santo Niño es muy diverso. A mitad del 1487 ó 1488, Alonso Franco es traído a la vergüenza pública como judaizante y debió de ser sometido a penitencia lúgubre, o procesión, de sangrienta disciplina en la villa de La Guardia. Parece que él y sus tres hermanos —Pedro García, Iohan y Lope— se pusieron en contacto con el médico de Tembleque Yuçá Tazarte, judío perito en sortilegios, que les aconsejó trabajaran por hacérselas con un muchacho cristiano. Se supone que el mismo auto en que fue penitenciado Alonso terminó en quema de otros reos en el Horno de la Vega, extramuros de Toledo; a ella asistieron el referido judaizante Juan y el judío de Tembleque Mosé Franco, quien, apesadumbrado, como su compañero, de aquel espectáculo, dijo al converso que todo ello podía remediarse si lograran el corazón de un niño cristiano.

Pronto decidieron actuar, y parece que fue Juan, entre dichos hermanos judaizantes, dedicados al comercio y el transporte, quien raptó al niño en Toledo, donde aquél fuera a vender una carretada de trigo. Hecha la venta, a la tarde apoderóse del muchacho en la Puerta del Perdón de la catedral. Tratábase de un inocente chiquillo de tres a cuatro años, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, a la cual hacen ciega algunos relatos. Engañado aquél con una chuchería (un nuégado o unos borceguillitos...) sustrájole el raptor, ayudado probablemente por Benito García, de las Mesuras, judío bautizado, cardador de oficio. Habiendo tenido escondido al infante en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, los confabulados idearon la diabólica traza de que, pues se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, era buena ocasión para repetir en aquella indefensa criatura la pasión de Cristo. Trasladáronse, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias. La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron, abofetearon y repelaron, y poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, le colocaron también parte de éstas en las espaldas y plantas de los pies. El propio Yucé teníale de un brazo al niño desangrándose, dióle repelones y bofetadas y fue en abrirle el costado con un cuchillo y sacarle el corazón. A la vez, como si tuvieran presente la persona de Jesucristo, colmaban al mártir de vituperios mientras le azotaban: "A este bellaco, traidor hechicero, que con sus hechizos y embaucamientos venía a engañar y tornar a los judíos cristianos, y a echar pajarillas a volar, y que hacía cesar a los pescados en la mar y que a sus discípulos que tenía mandaba que los fuesen a tomar con redes, y que cabalgaba sobre el sol". Y también: "A este traidor, engañador, que cuando predicaba, predicaba mentiras contra la Ley de Dios y contra la Ley de Moisén...". Y así otras muchas oprobiosas palabras. Expiró al fin el atormentado y crucificado niño, quien quitado de la cruz, aquella misma noche fue llevado a enterrar en lugar secreto donde de él no se pudiese tener noticia, en una heredad próxima a Santa María de Pera.

Cumplida la primera parte de su delito, judaizantes y judíos juntáronse de nuevo en el secreto de la misma cueva días más adelante, concertados en practicar ciertos conjuros y experimentos de hechizos con el referido corazón infantil y una hostia consagrada que el sacristán de La Guardia, Juan Gómez, sobrino de Alonso Franco, proporcionó al cómplice Benito García sacrílegamente. Objeto del conjuro y experimento diabólico era lograr que los inquisidores y demás cristianos muriesen rabiando, pereciese la ley y la fe católica y los judíos se enseñoreasen y la ley mosaica fuera ensalzada. Mas, como vieran que el experimento no salía a medida de sus deseos, al cabo de un tiempo los confabulados reuniéronse una vez más en cierto lugar y, de común acuerdo, enviaron a Benito de las Mesuras con el mencionado corazón y otra hostia consagrada a ciertos judíos de Zamora a quienes ellos tenían por sabios, para que verificasen el hechizo de forma eficaz. Descubierto el emisario en Astorga a mediados de 1490, dio con sus huesos en la cárcel inquisitorial, en la que pronto ingresaron los demás cómplices todavía vivientes. Interesantísimas resultan las 68 piezas de los actos del proceso seguido a Yucé Franco, uno de los que más paladinamente cantaron amarrado a la escalera del tormento. Los otros procesos no han aparecido aún, si bien conservamos una relación que en 1569 tres secretarios del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sacaron de los archivos de la Inquisición vallisoletana con desuno a la iglesia parroquial de La Guardia.

De los once complicados en el crimen, tres habían muerto ya cuando la Inquisición dictó su sentencia condenatoria el 16 de noviembre de 1491: "Mosé Franco, David de Perejón y Yuçá Tazarte; el octogenario judío Ça Franco, fue, sin duda, perdonado; los otros siete cómplices perecieron amarrados a sendos postes en el Brasero de la Dehesa, de Avila, ya atenazados y quemados vivos a fuego lento, ya estrangulados antes de abrasados por confesar arrepentidos su culpa. Más tarde se agregó a la lista de acusados el nombre de Fernando de Rivera, tachado de haber ejercido el papel de Pilatos en el simulacro de pasión referido.

La repercusión popular que el crimen y el proceso aludidos tuvieron pronto en toda España fue inmensa. Sabemos que en Avila el escándalo del pueblo contra los judíos fue tal que los Reyes Católicos tuvieron que poner a éstos bajo su guarda, por diciembre de 1491, y algunos piensan que en el decreto expulsorio de los judíos en 1492 tuvo no escasa parte la desastrada muerte del Niño de La Guardia. Que en ésta y los territorios vecinos la conmoción fue, como era de esperar, amplísima e intensa, lo prueba una carta de noviembre de 1491 en que un notario de Avila, dirigiéndose a autoridades y pueblo de La Guardia, refiérese a las "chismerías" que por la villa corrían y al mandato dado de que se publicara la sentencia y la noticia de la ejecución de los reos para que "cada uno calle su boca, porque el asno está enalbardado", con lo que se alude al refrán do vino el asno vendrá la albarda.

Pronto también una exaltada piedad rompió los frenos y la leyenda se apoderó del santo niño inocente, tratando de aplicarle todos y cada uno de los pormenores de la pasión y muerte de Cristo y hasta de su resurrección gloriosa. Incluso trató de verse en La Guardia y sus parajes circunvecinos la más exacta correspondencia topográfica con Jerusalén y pueblos aledaños. Fue desde entonces cuando se trocó el nombre del infante en el de Cristóbal, comenzándole a invocar como a otro Cristo en pequeño.

Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo; sólo desde 1580 se votó para en adelante la celebración el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II. El papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

Carecemos de espacio para aludir siquiera debidamente al cúmulo de milagros que desde el mismo momento de la sangrienta muerte del mártir se atribuyeron a su mediación: la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso pendían del santuario de La Guardia.

También la poesía, así latina como castellana, cantó la pasión del infante toledano, a quien se refiere el popular romance:

Del Quintanar y Tembleque se parten ocho judíos.

Con dañados corazones en busca del santo niño.

Y no es de extrañar que, al ponderar don Francisco de Quevedo en el memorial por el patronato de Santiago cuánto le sobra al Niño de La Guardia para compatrón y aun para patrón de España, escribiese al rey: "No es traslado de la pasión de Cristo en una parte, es un original espantoso, con exceso de azotes en falta de años. Este es, Señor, grande abogado que puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo".

jueves, 24 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


El año segundo del rey Darío, el mes sexto, el día primero, vino la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote:
«Así dice el Señor de los ejércitos:
Este pueblo anda diciendo:
“Todavía no es tiempo de reconstruir el templo.”»
La palabra del Señor vino por medio del profeta Ageo:
«¿De modo que es tiempo de vivir en casas revestidas de madera, mientras el templo está en ruinas?
Pues ahora - dice el Señor de los ejércitos meditad vuestra situación: sembrasteis mucho, y cosechasteis poco, comisteis sin saciaros, bebisteis sin apagar la sed, os vestisteis sin abrigaros, y el que trabaja a sueldo recibe la paga en bolsa rota. Así dice el Señor: Meditad en vuestra situación: subid al monte, traed maderos, construid el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria - dice el Señor -.»

En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía: -«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?»
Y tenía ganas de ver a Jesús.

Palabra del Señor.

San Vicente María Strambi

Poco antes de la medianoche del 23 de diciembre de 1823, San Vicente María Strambi fue despertado urgentemente, requerido por Su Santidad León XII, que se encontraba gravemente enfermo.

Desde finales de noviembre, habiendo renunciado el obispado de Macerata y Tolentino, habitaba en el palacio del Quirinal, llamado por Su Santidad como consejero particular y director espiritual de su alma.

Consternado por la infausta noticia, San Vicente María Strambi voló a la cabecera del augusto enfermo. Con afecto de hijo y corazón de santo preparó a Su Santidad a recibir el santo viático, decidido a quedarse a su lado para asistirle en los últimos momentos con el conforto espiritual.

Mientras la respiración del Santo Padre se hacía cada vez más afanosa, San Vicente, movido de sobrenatural impulso, pidió al Papa poder celebrar inmediatamente la santa misa para obtener su curación. Se notó que aquella misa votiva pro infirmo, celebrada en la misma capilla papal, fue más larga que de costumbre, y el rostro del Santo, transformado por el recogimiento, causó maravilla en los presentes. A la Víctima del Calvario se unió la personal de San Vicente por la salud temporal de León XII.

Al alborear del día el Santo pasionista visitó de nuevo a Su Santidad, y en íntima confidencia personal le reveló el secreto: curaría y su vida terrena se prolongaría cinco años y cuatro meses, Dios había aceptado la inmolación de San Vicente María Strambi; el ofrecimiento de su vida por la del Papa había sido satisfactoriamente recibido por la divina Justicia.

El 28 de diciembre San Vicente sufre un ataque apoplético y el 1 de enero de 1824 entrega su alma a Dios. Este acto sublime del venerable anciano de setenta y nueve años era el epílogo y recapitulación de una vida consagrada al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice.

Nacido en Civitavecchia el 1 de enero de 1745, le concedió Dios la gracia de ser educado por unos padres de acendrada piedad. Consiguió la realización de su vocación pasionista en 1769 a la hermosa edad de veinticuatro años, después de haber terminado la carrera sacerdotal y haber ocupado los cargos de prefecto y rector del seminario.

La herencia del crucifijo que pide de rodillas a su padre la recibe realmente de manos de San Pablo de la Cruz, que, a la hora de la muerte, le encarga el cuidado de la Congregación. Ocupa en ella los cargos más altos y delicados de educación y gobierno, admirado por su espíritu de observancia y de oración.

En la soledad de los "retiros" pasionisias intensifica su preparación a la futura vida apostólica con la oración y el estudio. Serán deliciosas las horas pasadas a los pies de Jesús crucificado, siempre sediento de la sangre divina, a la que honrará con particular devoción.

Pero sobre todo heredará de su santo fundador el espíritu apostólico. Será en este ancho campo de la predicación donde sus servicios a la Iglesia le conseguirían el renombre de santo y de misionero.

Orador por excelencia, dotado de una extraordinaria capacidad de adaptación al auditorio, procuraba no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes para instruirlos, sino llegar a lo más íntimo de su corazón y de su voluntad para arrastrarles.

Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido por los romanos pontífices para predicar las misiones en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares. Preferido más de una vez para dar los ejercicios espirituales al Colegio Cardenalicio y al alto clero de la Ciudad Eterna, dejará admirada la selecta asamblea por su unción apostólica y por su exacta y vasta doctrina, confirmando el parecer común que le consideraba "sumo" en este género de predicación.

Durante veinticinco años recorrió la Italia central en todas direcciones, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y quizá el más grande catequista de su siglo. Volcaba en el púlpito su corazón de padre, de pastor, de apóstol y de santo; sobre todo de santo. El fuego divino que le abrasaba se comunicaba con fuerza irresistible a su auditorio, ablandando el corazón de los pecadores más endurecidos, que venían a descargar sus culpas a los pies de aquel hombre extraordinario.

Identificado con Cristo crucificado, el argumento de su pasión fue siempre el tema preferido de sus predicaciones y el secreto de su elocuencia dulce y avasalladora. Cuando San Vicente hablaba de la víctima divina no hacía más que descubrir los tesoros de vida eterna que su alma contemplativa había descubierto en las llagas del Redentor. Siempre presente en el Calvario, ocupado en la contemplación extática de su amor crucificado, no es de admirar que su caldeada palabra transmitiese al auditorio la virtud divina que irradia desde la cruz.

En el confesonario, donde recogía los frutos de los trabajos apostólicos, fue admirada su bondad, creyéndose cada penitente objeto especial de sus atenciones. Gaspar del Búfalo, Ana María Taigi y un nutrido grupo de almas selectas encontraron en San Vicente María Strambi al director eximio, práctico y experimentado en el camino de la perfección y en los recónditos secretos de la mística, que no sólo sabía calmar sus dudas con el consejo oportuno, sino también descubrirles los amplios horizontes de la santidad más encumbrada, lanzándoles resueltamente por las más altas vías del espíritu.

Dotado de una gran potencia asimiladora, sus incesantes lecturas le permitieron usar de la pluma para ensanchar y perfeccionar su acción apostólica. Inspirado en la santísima pasión de Cristo, ella fue el tema preferido de sus escritos. Nada de especulación árida, fría, de vana y ostentosa erudición. El descubrimiento de los tesoros que tenemos en Jesucristo no tenía en su pluma otro fin que convencer al alma cristiana del amor que debemos a Cristo y decidirla a la práctica de las virtudes que Él nos dio ejemplo.

En 1801 le imponía Pío VII la aceptación del obispado de Macerata y Tolentino. En vano se resistió. La voluntad decidida y terminante del Papa puede más que todo. Consagrado obispo, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales fueron desde entonces su modelo, copiando el celo apostólico del uno y la dulzura del otro.

Recibido como un don de Dios para ambas diócesis, comenzó su actividad episcopal organizando grandes misiones, que predicó personalmente. Con una entrega total y sin reserva a los suyos, procuró, ante todo, conocerlos, examinando de cerca todos sus problemas para darles la más perfecta solución. A este fin empezó casi inmediatamente la visita pastoral, que se puede decir fue continua e interrumpida solamente por el destierro.

Su unión con Dios, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones del gobierno pastoral, era continua y profunda. Dedicaba no menos de cinco horas diarias a la oración, viviendo todo el día como en un ambiente místico y celestial en íntima unión con Dios. Este contacto ininterrumpido con la Divinidad envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios.

Su primera preocupación fueron los eclesiásticos, a cuya elevación y santificación consagró sus mejores energías. Empezó por el seminario, renovando, además del edificio material, el programa escolar y el reglamento, deseoso de acomodarlo a las necesidades de su tiempo. El seminario, en su concepto, debía ser únicamente el semillero perpetuo de los ministros de Dios, excluyendo, contra la mentalidad reinante, todo joven que no diese pruebas claras de vocación divina.

Los dos puntos básicos de la formación espiritual de los futuros ministros del santuario eran la comunión fervorosa, que deseaba fuese cotidiana, y la oración mental. Consideraba este ejercicio de la meditación como algo indispensable y fundamental en la vida de un sacerdote, por lo cual sometía a los ordenandos a un riguroso examen, no sólo del conocimiento teórico de la meditación, sino también de la práctica y de los frutos reales en ella conseguidos. Para facilitar a su clero el cumplimiento de esta obligación compuso una serie de meditaciones sobre los principales deberes del estado clerical y otra sobre los novísimos, que en poco tiempo alcanzó la quinta edición.

Con estos medios y su asidua vigilancia consiguió, en un tiempo en que la formación sacerdotal dejaba mucho que desear, elevar su seminario a un nivel tal de ciencia y santidad, que no sólo se presentaba como modelo de organización y disciplina, sino también de la piedad más acendrada. Adelantándose a su tiempo como sagaz previsor de las necesidades de la Iglesia, instituyó prácticas y métodos entonces desconocidos y que son hoy normas corrientes de formación de nuestros mejores seminarios.

Durante los veintidós años que duró su episcopado no dejó un solo día de seguir con vigilante y escrutadora mirada, con los más asiduos cuidados y desvelos, la educación de sus queridos seminaristas, a los que amaba como a las niñas de sus ojos. Era un padre, y como tal deseaba estar junto a sus hijos. Con ellos convivió los últimos años de su vida, preocupándose personalmente por cada uno, formándoles con su ejemplo, su consejo y sus exhortaciones. Legando su herencia al seminario, quiso perpetuar su influjo benéfico hasta después de su muerte.

Al par que la santidad, exigió siempre de su clero la ciencia, mostrándose inflexible en el examen obligatorio para todos los sacerdotes antes de conferirles la cura de almas o la facultad de oír confesiones.

Diligentísimo en el cumplimiento de todos sus deberes de obispo, no perdonó sacrificio ni molestia cuando se trataba de la gloria de Dios o de la salvación de las almas. Precedido por la fama de su santidad, su presencia se consideraba como una gracia especial de Dios, y, bajo el influjo de aquella vida sobrenatural, que no podía ocultar su humildad, se entregó sin reservas a la reforma y saneamiento moral de sus diocesanos, consiguiendo una profunda transformación religiosa.

Experimentado misionero, se sirvió con profusión del ministerio de la palabra para enseñar a sus diocesanos el conocimiento de la religión, convencido ser éste el único fundamento para conseguir que la práctica religiosa fuese sólida y constante. Contra el parecer e inercia de muchos, restableció la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños y al pueblo. Procuró ante todo el aumento numérico de asistencia, perfeccionó los maestros y hasta reeditó el catecismo, adaptándolo a las necesidades del tiempo e individuos.

Personalmente llevó la instrucción de la juventud que frecuentaba el liceo y la universidad de Macerata, predicándoles todos los domingos.

Confiando en que "Dios no es pobre" y convencido que los pobres eran los verdaderos "dueños" y sus "acreedores", la generosidad de San Vicente María Strambi rayó frecuentemente en el heroísmo más sublime y desinteresado.

Vivía en extrema pobreza con el fin de economizar para los indigentes. Sus manos eran un canal que nada retenían. Se reconocía en él una gracia especial para pedir, que supo utilizar para alivio de los necesitados. Con frecuencia se hizo mendigo por amor de Cristo, llamando a las puertas de sus potentados amigos de Milán y de Roma, incluido el Romano Pontífice. Estará para abandonar definitivamente la diócesis camino de Roma, y dará en limosna el anillo episcopal, que era lo único que le quedaba.

En estas acciones caritativas era dominado por dos sentimientos diametralmente opuestos: extraordinario amor a la pobreza y un deseo vivísimo de poseer. El aparente contraste se reducía a perfecta unidad en el amor a los pobres, en quienes veía a Jesucristo. En las largas horas de oración a los pies del crucifijo, consiguió descubrir las sublimes e inefables relaciones que existen entre el Cuerpo real de Jesucristo y su Cuerpo místico, que es la Iglesia, entre el divino Paciente que agoniza en la cruz y sus miembros que sufren en los pobres.

Durante su vida religiosa la voz del Vicario de Cristo fue para San Vicente María Strambi la voz de Dios, y cuando los sucesores de Pedro le transmitieron su voluntad, el misionero pasionista cumplió los encargos con afectuosa y diligente sumisión filial.

Aceptado el obispado por directa intervención de Pío VII, que confesó hacerlo por inspiración divina, consideró como superior inmediato al Romano Pontífice. El respeto, amor y obediencia de San Vicente María Strambi al Papa es una de las notas más características de su santidad.

Su fe inquebrantable en la Cátedra de Pedro le hacia considerar al Santo Padre como el centro de la autoridad, el padre común de todos los fieles, el oráculo de la verdad. A toda orden del Papa, mejor, a la más mínima manifestación de su voluntad, San Vicente María Strambi repetía con fe viva y amor ardiente: "Voluntad de Dios". A tal grado llegó esta obediencia, que, invitado por obispos y cardenales a predicar las misiones en sus diócesis, exigía antes de aceptar el consentimiento expreso del Romano Pontífice.

Sin miramientos humanos salía en defensa del Vicario de Cristo, y el general francés Lemarois se vio contradicho enérgicamente por el santo obispo, admirando los demás oficiales tan intrépida fortaleza.

La convicción que tenía del Primado de San Pedro le hacía hablar con tanta elocuencia, que causaba maravilla a sus auditores, mereciendo ser calificados estos discursos entre las mejores piezas oratorias del Santo.

Las circunstancias por donde le tocó atravesar le dieron ocasión de probar, con la heroicidad de los hechos, los sentimientos que albergaba en su corazón. Su amor a la Iglesia y al Papa debían pasar por el crisol de la prueba, dándonos la oportunidad de conocer su profundidad y su extraordinaria grandeza.

Como consecuencia de la conquista del Estado pontificio por las huestes napoleónicas en 1808, San Vicente María Strambi se vio condenado al destierro por no consentir en el juramento que se pretendía imponer a los obispos. Prefirió obedecer al Santo Padre antes que mancillar su alma con semejante cobardía. Intrépido defensor de los derechos del Papa y de la Iglesia, se vio arrancado violentamente de su amado pueblo, que le despidió con las lágrimas en los ojos, testimoniando con ello el afecto con que era circundado.

Durante los seis años que se vio relegado en Milán a forzado e involuntario reposo, ocupó su tiempo en obras de caridad. Pero sobre todo, como otro Moisés, no cesó de levantar los brazos y los ojos al cielo en continua oración para que Dios se apiadase de su esposa la Iglesia. Con el corazón desgarrado por los sufrimientos del supremo pastor Pío VII, al que veneraba como a un santo, le seguirá en todas las estaciones de su Viacrucis, buscando ocasión de hacerle menos dolorosos aquellos días de persecución.

El poder consolar con sus cartas al "dulce Cristo en la tierra" y socorrer con subsidio pecuniario al prisionero de Savona fue para San Vicente María Strambi, más bien que un simple acto de caridad, el cumplimiento de un acto de religión.

Lejos de los suyos corporalmente, siguió gobernando sus diócesis por medio de los vicarios generales, con los que se mantuvo en continuo contacto.

Volvió a Macerata en 1814; pero haciéndole ver su humildad que era incapaz para el gobierno de su grey, en 1823 insistió en la renuncia. León XII la aceptaba con la condición de que transcurriera los últimos días a su lado. En los planes de la divina Providencia el mismo Vicario de Cristo había escogido la víctima que se inmolaría por él, por el Santo Padre, para que la santa Iglesia no quedase en momentos tan borrascosos sin el capitán que la gobernase.

Y San Vicente María Strambi, como lo había hecho durante toda su existencia, apenas comprendió lo que Dios le pedía, se ofreció con la generosidad de hijo, que entonces se siente profundamente feliz cuando puede dar hasta la propia vida por su amado padre.