martes, 31 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos dias, Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó. Lo vio uno y avisó a Joab: «¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!»
Agarró Joab tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo.
El centinela gritó y avisó al rey. El rey dijo:
«Retírate y espera ahí.»
Se retiró y esperó allí. Y en aquel momento llegó el etíope y dijo:
« ¡Albricias, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!» El rey le preguntó:
«¿Está bien mi hijo Absalón?» Respondió el etíope:
« ¡Acaben como él los enemigos de vuestra majestad y cuantos se rebelen contra ti! »
Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía:
« ¡ Hijo mío, Absalón, hijo mío! i Hijo mío, Absalón! ¡ Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!» A Joab le avisaron:
«El rey está llorando y lamentándose por Absalón.»
Así la victoria de aquel día fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate.



En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
-«Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando:
-«¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron:
-«Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado? “ »
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
-«Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
-«Tu hija se ha muerto.
¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
-«No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:
-« ¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
-«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.


Palabra del Señor.

San Juan Bosco

NIÑEZ

En la pág. 19 de sus Memorias, D. Bosco tiene una afirmación asombrosa: "A los 10 años, tenía ya una especie de oratorio festivo".

Y ¿cuáles son los elementos constitutivos, fundamentales, de aquel primer oratorio festivo? Los enumera enseguida:

..."Se trataba de conocer Las inclinaciones de mis compañeros" Es una característica que quedará en su oratorio para siempre: el muchacho, el joven, será el libro más leído, más meditado por Don Bosco. Conservamos aún en el Archivo Salesiano, cuadernos en los que D. Bosco hacia la lista de los nombres de los muchachos y junto a cada uno apuntaba reflexiones y consejos. "Conocer las inclinaciones para secundar las mejores de estas inclinaciones", será indicado por él como uno de los elementos fundamentales de su "sistema preventivo" (ver entrevista con Don Bosco, del 25 de abril 1884. T. Bosco: Don Bosco, una biografía nueva", LDC p. 416

Me querían bien y al mismo tiempo, me respetaban".Es su síntesis propia de la familiaridad y de la disciplina. La amistad hace que teman hacer lo que te disgusta, lo que indicas claridad y decisión: "Esto no está bien". *En su vida D. Bosco repetirá este pensamiento (reflexionando sobre tantas dificultadas que muchos de sus salesianos tenían para "tener disciplina de tres maneras diferentes: "Hazte amar, si quieres hacerte temer". "Hazte amar, antes de hacerte temer ". "Hazte amas más que hacerte temer".

" Cada uno me querían como amigo y juez en lo peleas. Trataban de tenerme como amigo, para que en el caso de peleas en el juego, los defendiese" Donde quiera que los muchachos juegan, suceden altercados. Y en el oratorio los casos son dos: 0 está presente el animador activo (salesiano o no) y los muchachos recurren a él para resolverlas. 0 este animador no existe (y no es un caso teórico) y entonces se crean pequeños líderes que cada vez se convierten en verdaderos dueños del oratorio: se recurre a ellos, se atienen a su juicio, se busca (por todos los medios) su amistad. Es una de las consecuencias más nefastas de la ausencia del animador activo.

Lector en los establos en invierno. (Memorias, p. 20). Comienza a asomar a la mente de
Juanito la importancia de tener siempre lista una "bella narración" para finalizar una lección de catecismo, o para llenar un tiempo vacío.

Notables son las tres líneas que siguen: "en los alrededores se decía: vamos al sermón", porque antes y después de mis narraciones hacíamos la señal de la cruz y recitábamos un Ave María .

Comienza a surgir la característica abiertamente cristiana de la diversión propuesta por Juan Bosco.
- Juegos al aire libre en el prado, en verano. (Memorias pp. 20 21). Le costaban mucha
preparación, cansancio, caídas ("Crece ROBUSTO").

El punto esencial del espectáculo es una celebración cristiana: "Invitaba a todos a recitar el Rosario y a cantar un canto religioso. Luego subía sobre una silla y les decía el sermón: o sea, repetía la homilía escuchada por la mañana durante la S. Misa, o narraba algún hecho interesante que había escuchado o leído en algún libro".

Aparece un elemento nuevo (que Reffo lamentará no existir en el oratorio de Don Cocchi): "De mis funciones excluía a los que habían blasfemado, hablado mal y a quienes no querían rezar con nosotros".

Don Bosco no será nunca inflexible , pero decidido sí, ingenuo no: no permitirá nunca en su patio y en sus juegos a quien obstinadamente rechaza los mínimos elementos cristianos. De otro modo, se sentiría convertido en un director de gimnasio o en un malabarista. (Estamos todavía en esta línea? Conozco muchachos que frecuentan diariamente el oratorio salesiano, y desde hace tres años cuando su admisión no van nunca a misa).

SUEÑO DE LOS 9 AÑOS

He aquí tu campo, he aquí donde debes trabajar". A Juan Bosco se le asignó un campo bien preciso donde hará, no solo cosas imposibles, sino milagrosas: el campo de los muchachos pobres, en peligro, dispersos, semejantes a animales salvajes. Fuera de ahí, Juan Bosco y sus hijos no tienen la garantía de ningún milagro, tampoco de ningún éxito positivo.
He aquí tu campo. He aquí donde debes trabajar"

"Hazte humilde, fuerte y robusto".

HUMILDE. Jesús debe crecer en los Jóvenes, no tú, educador, A Jesús debes querer; el educador, como Juan Bautista, debe, cada vez más, desaparecer de su vida a medida que deja el lugar a Jesús; es un desaparecer que, duele. Lo saben especialmente los que desean sobresalir. FUERTE no desanimarse ante los fracasos, los abandonos; es necesario recomenzar, renunciar al agradable coloquio con muchos "penitentes". para empolvarse con los chicos.

ROBUSTO. Toma en cuenta, por anticipado, que trabajar con estos muchachos es agotador: ved, sino, un campo de verano, colonias. Y ved también, a los animadores eternamente cansados, tirados en la banca desde la cual vigilan "desde lejos".

"A su tiempo todo lo comprenderás". Es tal vez la enseñanza más descuidada por los educadores. No desalentarse, no cortar el esfuerzo si el resultado, no llega "en poco tiempo". Con los jóvenes es necesario saber esperar "tiempos lejanos". El grano crece y madura en nueve meses, el joven tal vez en nueve años...

VIDA EN CHIERI

Es la primera vez que Juan Bosco entra en una ciudad (si bien pequeña). Y Don Valimberti, el primer sacerdote de quien se convierte en amigo, “me daba óptimos consejos sobre el modo de portarme y de mantenerme alejado de los peligros de la ciudad". Quisiera notar en voz baja que los muchísimos muchachos llegados a nuestras ciudades, también esperan estos " consejos de nosotros. Nuestro frecuentísirno. ¿Qué tal? no debería quedarse como una pregunta sin respuesta, sino como el inicio de “examen de la situación" en la familia, escuela, amigos, lugares frecuentados, películas vistas...

Sociedad de la alegría. En Juan Bosco, ya jovencito, nacen actitudes nuevas, ya evolucionadas. Por primera vez (y lo hará toda su vida! ) apenas se encuentra rodeado de muchos jóvenes, elige r los rnejores y funda un grupoY una sociedad que no se aparte de los otros, sino que se convierta en el ala buena, en el fermento de los otros. Quien boicotea los "grupos formativos" salesianos, quien no los forma en cuanto puede, quien los ha sustituido por GRUPOS meramente deportivos, está fuera de la perspectiva de Don Bosco.

De nuevo por vez primera (y lo. hará. por toda la vida) traza un mini-reglamento de la "sociedad” . Para Don Bosco ésta se convertirá en una especie de manía: pocas reglas, claras, sencillas, pero con que se sepa de inmediato quién pertenece, qué se debe hacer, qué no se debe hacer.

El reglamento de la Sociedad de la Alegría tiene sólo dos puntos: (1. Ninguna acción, ninguna palabra que no sea digna de un cristiano. 2. Exactitud en los deberes escolares y religiosos). Pero inmediatamente antes, don Bosco ha anunciado un tercer punto “implícito" en el reglamento de toda sociedad que fundará: "Quien blasfemaba, pronunciaba el nombre de Dios sin respeto, tenía malas conversaciones, debía retirarse de la Sociedad”. Aún más, quien no pretende esta mínima participación cristiana de los jóvenes de un oratorio, de una organizaci6n nuestra; quien se conforma con que el número sea grande y que venzan en los torneos, está muy lejano de la sensibilidad de Don Bosco.

Las actividades son las ya encontradas en Valdocco: "Organizar juegos, tener conversaciones, leer libros que contribuyeran a la alegría de todos" y paseos (Memorias p. 38).

Durante las vacaciones escolares.' He continuado ocupándome de los muchachos. Los atraían mis narraciones, los juegos amenos, los cantos. Muchos, aún entre los mayores, no conocían de la verdad de la fe. Entre juegos y narraciones, les enseñaba el catecismo y las oraciones cristianas. Era una especie de oratorio". Interesante esta definición de oratorio: Catecismo y oraciones entre juegos y narraciones.

Pero se da cuenta de que para dar vida cristiana, es necesario nutrirse de vida cristiana, y en la misma página de las Memorias (p. 66), anota: “en aquellas vacaciones escolares dejé de hacerla de saltimbanqui y me dediqué a la lectura de libros religiosos. Debo confesar con vergüenza que hasta aquel tiempo los había descuidado".

ENCUENTRO CON CALOSSO

Es un sacerdote anciano, pero Don Bosco nos lo presenta como el primer animador modelo: "era un sacerdote muy bueno, anciano. Caminaba todo encorvado, y sin embargo recorría todo aquel camino para escuchar con nosotros la misión" (Memorias, p. 24 25). "Me animó a frecuentar la confesión y la Comunión. Me enseñó a hacer todos los días una pequeña lectura espiritual. Todo mí tiempo Ubre, lo pasaba con él". (Memorias, pp. 25 26).

En contraste con el animador modelo Don Calosso, Don Bosco presenta cinco páginas, después (Memorias p. 3 l) un modelo negativo de animadores: Los sacerdotes de Castelnuevo: "Me sucedía con 'frecuencia encontrar por el camino al párroco y al vicario.

Los saludaba desde lejos, me acercaba con cortesía, pero ellos solamente respondían a mi saludo y continuaban su camino. Entristecido decía: ."Sí yo fuera sacerdote, no me portaría así. Trataría de acercarme a los muchachos, les daría buenos consejos, les diría buenas palabra” .

Notemos bien los valores que él destaca en el buen animador y 1os que quisiera encontrar en los animadores inhábiles: participación, aun sacrificada, en lo que hacen los jóvenes, poner el propio tiempo a disposición para ayudar y animar a la lectura espiritual; acercarse a los muchachos, decirles palabras agradables y buenos consejos. (Sería facilísimo documentar cómo Don Bosco hizo todo esto en muchas circunstancias, p. ej. en la estación de Caramognola cuando escuchó por primera vez la voz de Miguel Magone: se acercó a los muchachos, trató de participar en sus juegos con el riesgo de perder el tren, dijo buenas palabras, dió consejos, y terminó. . . por enganchar una "vocación" para su colegio de Turín, donde –si hubiese vivido Miguel Magone habría tenido todas las posibilidades de llegar a ser un buen salesiano).

Quisiera subrayar una característica fundamental que aquí ya exige Don Bosco del educador animador: la presencia física y activa, no sólo para impedir el mal (asistencia negativa) sino para un encuentro grato, disponible, que anime la vida del muchacho con la palabra, que suscite la alegría y el sentido de Dio< (asistencia positiva). Estoy dispuesto a afirmar que un educador que considera "perdido" un medio día pasado con los muchachos, que huye a refugiarse en leo libros dejándolos solos, que encuentra sólo en los libros y no también en la conversación con los muchachos argumento de reflexión seria, no tiene el estilo de Don Bosco. SACERDOTE

Terminados los que he llamado “ 17 años de animador ”, Don Bosco comienza los 47 años de sacerdote. Continuará siendo animador, pero aparecen nuevos elementos que sólo el sacerdote puede desarrollar entre los jóvenes. En otras palabras: el estilo educativo permanece igual, los valores siguen siendo los mismos, pero en adelante comienza el apostolado intensísimo de la confesión dirección espiritual. Y de inmediato comprenderá que para santificar a los muchachos debe hacerse santo él y para convertir a los muchachos debe rezar y sacrificarse por ellos. De ahora en adelante en el sacerdote educador Juan Bosco, encontraremos estos dos núcleos paralelos de valores:

Estar, hablar con alegría, narrar historietas, jugar, dar catecismo, hacerlos rezar;
Reflexionar sobre libros religiosos (me&taci6n), orar, sacrificarse, santificarse para hacer eficaz su apostolado entre los muchachos.

INICIO DEL ORATORIO

En las cárceles. El encuentro con los jóvenes encarcelados es una fuerte lección para Don Bosco. (Ha asistido también a condena en la horca de una veintena). Les enseña catecismo. Y comprende que "es necesario hacerlos convenirse en cristianos si se quieren reintegrar a la vida civil. Escribía: "A medida que les hablaba de la dignidad del hombre, en cuanto hacía resonar en sus mentes el principio moral y religioso, experimentaban en el corazón un placer del que no sabían dar razón, pero que los hacía .resolverse a hacerse más buenos" (MB 11, 107). Comprendió que a muchos jóvenes debe hacérseles descubrir el tesoro que llevan dentro: "ser hijos de Dios".

Al primer muchacho, Bartolomé Garelli, como ya lo he recordado ampliamente) le propone de manera muy sencilla, casi rudimentaria: la recuperación de la familia (que ya no la tiene) al encontrarse juntos como amigos; la recuperaci6n de la cultura (que no tendrá nunca la sociedad de aquel tiempo) a través de un poco de escuela; la recuperación de la dignidad de hijo de Dios (que está perdiendo) a través de un catecismo (Memorias, p. 105).

A los párrocos que se lamentan porque Don Bosco no manda a los muchachos del Oratorio a sus respectivas parroquias, responde: No pocos son disipados, indisciplinados tan catecismo y oración si son atraídos por recreos y paseos" (Memorias, p. 126).

No parece que Don Bosco " instrumentalizara " recreos y paseos que luego los “ hiciera pagar; esos recreos y paseos, con catecismo y oraciones. En otras ocasiones (ver los paseos al Monferrato) demuestra que comprende cuan valiosos son en sí mismos los paseos y recreos. Pero los subordina siempre al fin superior y se inquieta si alguien lo acusa de "chantajear" así a los muchachos. El quiere a los jóvenes y les hace el bien; la mamá que endulza una medicina para hacerla tomar a su hijo y curarlo, no le parece, de hecho, una chantajista".

Después de un paseo a Superrga, donde, con su muchachos, lanzó al cielo una novedad absoluta para aquel tiempo: una mongolfiera (paseo en globo), comenta:
"Aquellos paseos encendían en los jóvenes un entusiasmo enorme. El Oratorio, aquella mezcla de oraciones, juegos y paseos, era ya su vida. Cada muchacho era de tal manera mi amigo, que no sólo obedecía a la menor señal, sino que estaba ansioso de hacer algo por mi (Memorias, p. 15).

Creo que esta definición, al vuelo, de "oratorio a lo Don Bosco", es notable. Ya no cambiará. El oratorio salesiano es ya definitivamente esto: una mezcla de oraciones, juegos, paseos, amistad con el animador, ansias de colaborar con él que lo orientará a una meta casi única: tomar parte en su apostolado, convertirse en apóstol como él. Estamos en 1846. Dentro de 10 años, en 1856, Domingo Savio fundará la "Compañía de la Inmaculada": la realización plena y total del espíritu del oratorio salesiano.

Valdocco, el oratorio definitivo

Una pequeña iglesia para reunir a los muchachos. Cuando Don Bosco, desahuciado de todos, llega a encontrar en el lombardo Francisco Pinardi la última persona que confía en él, y que está dispuesto a alquilarle el terreno. Don Bosco, para hacer el oratorio le pide: "una pequeña iglesia para reunir a los muchachos". El cobertizo que Pinardi le ofrece le sirve, sólo tendrá que ser adaptado, hacerle escalones, cambiarle el pavimento", así servirá para reunir a los jóvenes en torno de un altar. Sólo después de haber resuelto esta cuestión fundamental, Don Bosco pide alquilar también el prado que lo rodea, para que los muchachos jueguen. (Memorias, p. 139).

Y los muchachos, después de una larga jornada de trabajo, vienen a dar una mano a Don Bosco para preparar el oratorio: no a nivelar el prado, no a trazar líneas, sino a construir su Iglesia.

lunes, 30 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: «Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.»
Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén:
« ¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.»
David subió la cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza, y subían llorando.
Al llegar el rey David a Bajurin, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venia.
Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey, y le maldecía:
« ¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.» "Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: «Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? i Déjame ir allá, y le corto la cabeza! »
Pero el rey dijo: « ¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?»
Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos:
«Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita!
Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.»
David y los suyos siguieron su camino.



En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos.
Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre, poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello:
-«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.»
Porque Jesús le estaba diciendo:
-«Espíritu inmundo, sal de este hombre.»
Jesús le preguntó:
-«¿Cómo te llamas?»
El respondió:
-«Me llamo Legión, porque somos muchos.»
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:
-«Déjanos ir y meternos en los cerdos.»
El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago.
Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados.
Los que lo hablan visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país.
Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
-«Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.»
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.


Palabra del Señor.

Santa Jacinta Mariscotti

Religiosa de la Tercera Orden Regular (1585‑1640). Canonizada por Pío VII el 24 de mayo de 1807.

Jacinta nació en Vignanello, cerca de Viterbo, en 1585. Su hermana mayor se había hecho religiosa en el convento de San Bernardino, de Viterbo. Jacinta no manifestaba ninguna inclinación por la vida claustral. Amiga de fiestas, donde pudiera lucir su gracia y elegancia.

Su padre, preocupado por su espíritu mundano, decidió recluirla en el convento con su hermana. En el convento no cambió de vida. Cuando su padre fue a visitarla, le dijo: “Aquí me tienes de monja, como has querido, pero yo quiero vivir de acuerdo con mi condición social”.

Pidió para sí una alcoba lujosamente amoblada, comidas especiales y diversiones no ciertamente convenientes a una religiosa. Durante diez años vivió en el monasterio como una joven noble. Un día se enfermó. Le enviaron el confesor a la celda. El fraile, viendo tanto lujo, se negó a confesar a aquella monja mundana. Dijo: “El paraíso no se hizo para hermanas soberbias y vanidosas”. “Entonces – contestó la joven – ¿habré entrado al convento para mi condenación?” Respondió el confesor: “Debes cambiar de conducta y reparar el mal ejemplo que has dado a las cohermanas”.

Impresionada con estas palabras, Jacinta lloró amargamente. Luego tomó a la letra las palabras del confesor. Quiso reparar el mal ejemplo, llegando a ser no sólo una religiosa perfecta, sino una franciscana santa. Cambió la soberbia en paciencia, la ambición en humildad. Su devoción adquirió impulso y fervor. Ejerció una caridad llena de dulcísima delicadeza para con sus cohermanas y para con la población de Viterbo, a la cual Jacinta socorría en toda ocasión. Instituyó la devoción de las 40 horas durante los tres últimos días de carnaval, para atraer la gracia divina sobre las gentes distraídas por las diversiones.

Alrededor de Jacinta brotaron flores de caridad, milagros y prodigios. También tuvo el don de profecía. Dejó un pequeño diario autógrafo con algunos breves pensamientos, que reflejan su espiritualidad, nutrida de piedad eucarística, de ardiente sed de mortificación, de piedad mariana, para llevar a las almas a la perfección.

Viterbo es la ciudad de Santa Rosa y de Santa Jacinta. A su muerte, acaecida el 30 de enero de 1640, a los 45 años de edad, sonaron todas las campanas de la ciudad y todos los corazones se conmovieron por el nacimiento para el cielo de esta nueva flor de santidad.

domingo, 29 de enero de 2012

Domingo 29-01-2012 Escuchar

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 29 de enero 2012, 4º Domingo Tiempo Ordinario resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy



Lecturas



Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir, “
El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.” »



Hermanos:
Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.
Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.



En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
«¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el
Santo de Dios.» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



En la lectura de Dt.18, 15-20, que hoy proclamamos, como en otros pasajes de la Biblia, vemos cómo Dios toma la iniciativa en la relación con su Pueblo y llama a determinadas personas, para ser sus guías y hablar en su nombre.
Lo hace con Moisés y establece un plan sobre su vida liberándolo de sus viejas ataduras para encaminar sus pasos como futuro caudillo de su Pueblo.
Llama a Elías, a Isaías, a Jeremías, a Samuel... En todos los casos se repite casi la misma expresión: “no tengas miedo, pondré mis palabras en tu boca”.
El A.T. nos muestra con frecuencia la comunicación existente entre Dios y su Pueblo hasta llegada la plenitud de los tiempos (EEB.1, 2) con la encarnación del Verbo, el Hijo de Dios, en las entrañas de la Virgen María.
El es la Palabra, el Hijo amado a quien debemos escuchar (Lc.9, 35).

Escuchar a Jesús nos lleva también a descubrir el plan de Dios sobre nuestra vida, que se nos suele revelar por medio de otras personas, amigos, padres, acontecimientos, la naturaleza, la creación, pero sobre todo por la Sagrada Escritura.


El Papa Benedicto XVI le respondía así a un seminarista que preguntaba (17-02-07) sobre cómo escuchar a Dios:
“Es importante leer la Sagrada Escritura, por una parte, de modo muy personal, como dice San Pablo, no como palabra de un hombre o como un documento del pasado, como leemos a Homero o Virgilio, sino como una palabra de Dios, siempre actual, que habla conmigo. Aprender a escuchar en un texto, que históricamente pertenece al pasado, la palabra viva de Dios, convierte la lectura en una conversación con Dios”.

“Llamé muchas veces a la puerta de esta Palabra- decía San Agustín-. Hasta que pude percibir lo que Dios mismo me decía”

Escuchar a Dios nos ayuda a escuchar a los demás, de la misma manera que escuchar a los demás facilita nuestra escucha a Dios. Hay una mutua dependencia.

Estamos en la era de las comunicaciones a través de la radio, la tv, las cadenas musicales y medios de todo tipo. Percibimos sonidos por doquier. Sin embargo: ¿escuchamos de verdad?
En esta vorágine de ruidos, que marcan el devenir diario por la ciudad, impera la confusión y el desconcierto; buena parte de la gente no se siente escuchada ni en el trabajo, ni en la calle, ni en su casa con su familia.

Para escuchar es necesario mantener la mente despierta y el corazón abierto hacia lo que la persona me va diciendo, procurando alcanzar su problema, identificarme con ella y vencer juntos su soledad.
La buena escucha apunta al corazón y convierte la palabra en viva y eficaz.


La gente que sigue a Jesús se asombra de las palabras que salen de su boca, acostumbrada como está a escuchar a escribas y fariseos. Estos, buenos conocedores de la Torá- la Ley y los Profetas- hablan y repiten sobre los conocimientos adquiridos.
Son fríos, calculadores; no se mezclan con la plebe, porque tienen claro sus “status” social de rabinos. Se extrañarán y escandalizarán cuando vean a Jesús hablar con una prostituta.
En cambio, Jesús habla desde su experiencia personal con el Padre; conoce el “alma” del pueblo y comparte sus problemas. Sus palabras llegan al corazón.

Por eso, los pobres, las viudas, los niños, los marginados de todo tipo, los llamados impuros, ven en El la recuperación de su propia dignidad y una esperanza liberadora, acostumbrados como están a ser explotados, despreciados y humillados.

Jesús no impone nada; tan sólo propone a sus oyentes caminar con El para crear el Reino de Dios, donde todos encuentren hallen para vivir y para encontrarse definitivamente con nuestro Padre del cielo, que nos ama.
Para los más perfectos, los que pretenden identificarse con El en el seguimiento, Jesús propone negarse primero a sí mismo y abrazar la cruz.


A lo largo del evangelio según San Marcos, cuya lectura continua proclamamos este año litúrgico, se suceden numerosos episodios donde aparece Jesús expulsando demonios. Es una reafirmación de Jesús como el Hijo de Dios, que vence al mal, personificado en ellos.
El evangelio habla de endemoniados, no de endiablados.

Los judíos hacían clara distinción entre el Diablo, el Tentador, y los demonios.
Llamaban endemoniadas a todas las personas con enfermedades mentales (epilépticos, locos...) y de otro tipo, como la lepra. Cualquier enfermedad era atribuible a un mal. Propio o de sus antepasados familiares.
También los trasgresores de la Ley eran declarados impuros, endemoniados, por el simple hecho de haber entrado en contacto con cerdos o no lavarse las manos antes de comer.
Había tal cantidad de leyes que mucha gente se sugestionaba y vivía perpetuamente en tensión por miedo a la impureza legal.
Resultaba fácil, y a veces rentable, colocarle a uno la etiqueta de pecador para mancillar su imagen y provocar sobre él o ella la desgracia pública. Lo intentaron con el mismo Jesús para desacreditarle, pero El hizo valer su autoridad para declarar los límites entre lo impuro y lo impuro. La enfermedad, los alimentos, las normas externas prescritas por la Ley... no hacen impuro al hombre, sino el mal que nace del interior: malos pensamientos, adulterios, homicidios, avaricias... (Mc.7, 21-23)


Como cristianos nos hemos identificado, a través del Bautismo, con Cristo para luchar contra la injusticia y el pecado.
Y, el pecado está presente en el mundo en forma de guerras, explotación, esclavitud, drogas, terrorismo, violencia del género... y lacras sin fin que condicionan nuestra convivencia.

No podemos combatir el mal con nuestras solas fuerzas, pero sí con la fuerza del Espíritu que habita en nosotros. La lucha será sin cuartel hasta el final de nuestra vida. Entonces, asociados a su Muerte y Resurrección, habremos vencido definitivamente.

Mientras tanto, debemos seguir dando testimonio de su presencia salvadora con frutos de buenos obras, imitando su ejemplo.

En conclusión, podríamos hacernos estas preguntas para meditar sobre la Palabra que hoy hemos escuchado:
¿Personas que le suplantan?

¿En qué forma y hasta qué punto estoy implicado, como cristiano que soy, en la lucha contra el mal?

San Pedro Nolasco

Nació cerca de Barcelona, España, hacia 1189.

A los 15 años quedó huérfano de padre, y dueño de grandes posesiones. La madre le colaboró en todos sus deseos de hacer el bien y de obtener santidad.

Estando en edad de casarse hizo una peregrinación a la Virgen de Monserrat y allí se puso a pensar que las vanidades del mundo pasan muy pronto y no dejan sino insatisfacción y que en cambio lo que se hace para la vida eterna dura para siempre. Entonces promedió a la Virgen mantenerse puro y se le ocurrió una idea que iba a ser de gran provecho para muchas gentes.

En aquel tiempo la cuestión social más dolorosa era laesclavitud que muchísimos cristianos sufrían de parte de los mahometanos. Estos piratas llegaban a tierras donde había cristianos y se llevaban a todos los hombres que encontraban. Las penalidades de los prisioneros cristianos en las tenebrosas cárceles de los mahometanos sobrepasaban lo imaginable. Y lo más peligroso era que muchos perdían su fe, y su moralidad se dañaba por completo.

Esto fue lo que movió a Pedro Nolasco a gastar su gran fortuna en libertar al mayor número posible de esclavos cristianos. Cuando se le presentaba la ocasión de gastar una buena cantidad de dinero en obtener la libertad de algún cautivo recordaba aquella frase de Jesús en el evangelio: "No almacenen su fortuna en esta tierra donde los ladrones la roban y la polilla la devora y el moho la corroe. Almacenen su fortuna en el cielo, donde no hay ladrones que roben, ni polilla que devore ni óxido que las dañe". (Mt. 6,20) Y este pensamiento lo movía a ser muy generoso en gastar su dinero en ayudar a los necesitados.

Y sucedió que, según dicen las antiguas narraciones, que una noche (agosto de 1218) se apareció la Sma. Virgen a San Pedro Nolasco y al rey Jaime de Aragón (que era amiguísimo de nuestro santo) y les recomendó que fundaran una Comunidad de religiosos dedicados a libertar cristianos que estuvieran esclavos de los mahometanos.

Consultaron al director espiritual juntos, que era San Raimundo de Peñafort, y éste los llevó ante el Sr. Obispo de Barcelona, al cual le pareció muy buena la idea y la aprobó. Entonces el militar Pedro Nolasco hizo ante el obispo sus tres votos o juramentos. de castidad, pobreza y obediencia, y añadió un cuarto juramento o voto: el de dedicar toda su vida a tratar de libertar cristianos que estuvieran siendo esclavos de los mahometanos. Este cuarto voto o juramento lo hacían después todos sus religiosos.

Los antiguos dicen que la Virgen les recomendó: Fundad una asociación con hábito blanco y puro que sea defensa y muro de la cristiana nación.

San Raimundo predicó con gran entusiasmo en favor de esta nueva Comunidad y fueron muchos los hombres de buena voluntad que llegaron a hacerse religiosos. El vestido que usaban era una túnica blanca y una cruz grande en el pecho. San Pedro Nolasco fue nombrado Superior General de la Congregación y el Papa Gregorio Nono aprobó esta nueva Comunidad.

San Pedro Nolasco ayudó al rey Don Jaime a conquistar para los cristianos la ciudad de Valencia que estaba en poder de los mahometanos, y el rey, en agradecimiento, fundó en esa ciudad varias casas de la Comunidad de los Mercedarios.

El rey Jaime decía que si había logrado conquistar la ciudad de Valencia, ello se debía a las oraciones de Pedro Nolasco. Y cada vez que obtenía algún resonante truinfo lo atribuía a las oraciones de este santo.

San Pedro hizo viajes por muchos sitios donde los mahometanos tenían prisioneros cristianos, para conseguir su libertad. Y viajó hasta Argelia, que era un reino dominado por los enemigos de nuestra santa religión. Allá lo hicieron prisionero pero logró conseguir su libertad.

Como había sido un buen comerciante, organizó técnicamente por muchas ciudades las colectas en favor de los esclavos y con esto obtuvo abundante dinero con los cuales logró la libertad de muchísimos creyentes.

sábado, 28 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, el Señor envió a Natán a David.
Entró Natán ante el rey y le dijo: «Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped. »
David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: «Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte. No quiso respetar lo del otro; pues pagará cuatro veces el valor de la cordera. »
Natán dijo a David: « ¡Eres tú! Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías, el hitita, y matándolo a él con la espada amoníta.
Así dice el Señor: “Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día.” »
David respondió a Natán: « ¡He pecado contra el Señor!»
Natán le dijo: «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. Pero, por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá.»
Natán marchó a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo.
Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos.



Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vamos a la otra orilla.»
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: -«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: -« ¡Silencio, cállate! »
El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: -« ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»
Se quedaron espantados y se decían unos a otros: -« ¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! »


Palabra del Señor.

Santo Tomás de Aquino, Presbítero y Doctor de la Iglesia.

Muchos son los que ven en Santo Tomás la luz del mundo, y a boca llena le llaman el doctor incomparable; pero no todos conocen su verdadera fisonomía. Se le imagina hierático, impasible, y en realidad es un atleta, un luchador.

De su infancia sabemos muy poco. Transcurre en Montecasino, en la casa matriz de la Orden de San Benito. Desde la edad prematura de los cinco años viste ya el hábito del patriarca de los monjes, canta salmos en el coro y aprende las artes liberales en la escuela monacal. Sus padres, los condes de Aquino, creen prepararle de esta manera para ser abad del monasterio, es decir, uno de los señores más ricos y poderosos de Italia. Pero en 1239 estalla la guerra entre el emperador Federico II y el papa Gregorio IX. Montecasino, ciudadela del papismo, es sitiado y saqueado; los monjes evacúan el claustro, la juventud se dispersa, y Tomás vuelve al castillo familiar.

De esta primera parte de la vida del Doctor Angélico hay que retener dos anécdotas, que son verdaderos presagios. «Sucedió—dice el biógrafo—que su madre fue a bañarse a la playa de Nápoles, y llevó consigo al niño y a la nodriza. Habiendo ésta dejado al niño en un soportal donde suele sentarse la gente, tomó él un trozo de pergamino que estaba tirado en el suelo. Quiso la nodriza arrebatárselo de la mano, pero el niño empezó a llorar fuertemente, apretando su tesoro de tal manera, que la nodriza se vio obligada a ceder. Acudió la madre, y más afortunadamente que la nodriza, pudo ver que en el pergamino estaba escrita la salutación de la gloriosa Virgen María.» El biógrafo añade que cuando el niño se echaba a llorar, para acallarle bastaba ponerle en la mano un papel, que en seguida se llevaba a la boca. En este hecho vieron los antiguos un pronóstico de la ciencia del futuro devorador de libros y del amor que había de tener a la Santísima Virgen el piadoso comentarista del Avemaría.

Ya en la escuela de Montecasino, cuando Tomás tenía apenas siete años, preguntaba con frecuencia a sus maestros: ¿Qué es Dios? Tratábanselo de explicar, pero su inteligencia infantil buscaba siempre respuestas más luminosas. Toda la vida de aquel que iba a ser uno de los más grandes doctores de la cristiandad iba a consumirse en la solución de este problema; y cuando un día el Cielo se le abra para darle la respuesta completa, la pluma se caerá de sus manos y no tardará en enmudecer.

Al salir de la abadía, Tomás fue llevado a la Universidad de Nápoles. Sus padres no habían abandonado el proyecto de hacer de él un abad cumplido. Pero el joven estudiante se encontró allí con los Hermanos Predicadores, que acababan de fundar un convento en la ciudad. El personal universitario se sentía entonces arrastrado hacia la Orden de Santo Domingo, recién instituida; Tomás se dejó llevar del contagio, y se acercaba ya a los veinte años cuando fue vestido del hábito blanco. Aquí empieza su primera lucha. Su padre había muerto; pero su madre, Teodora de Theate, de la familia de los Caraccioli, de la raza de los terribles jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo, era una condesa feudal autoritaria, dura y altiva. Al sentir que se frustraban sus planes, se presentó en el convento con séquito numeroso y reclamó a su hijo. Le dijeron que fray Tomás estaba camino de Roma, y hacia Roma se dirigió ella. En Roma, un nuevo chasco. Fray Tomás acababa de marchar, acompañando al general de la Orden. Irritada, furiosa por aquel ultraje hecho a su autoridad materna, envió un despacho a sus hijos, que estaban en el ejército de Federico II, ordenándoles que vigilasen los caminos y le trajesen preso a su hermano.

Precisamente, el general dominico, que se dirigía a Bolonia, tenía que pasar junto a los lugares donde estaban acantonadas las tropas imperiales. Era un día de primavera. Un poco antes de llegar a Aquapendente, los viajeros se sentaron a la sombra de unos arbustos para tomar su frugal alimento. De pronto, galopar de caballos. Entre los jinetes distinguió Tomás a su hermano Rainaldo. Estaba descubierto. A pesar de las reclamaciones del general, la soldadesca se arrojó sobre él, y después de intentar inútilmente quitarle el hábito, le colocó en una de las cabalgaduras y partió a todo galope.

Alegróse la condesa de ver a su hijo, pero era la alegría de la victoria, no la del amor. Es probable que nunca desapareciera de su alma el resentimiento provocado por aquellas idas y venidas. Ni siquiera intentó ganar la voluntad del joven por la ternura maternal. Al contrario, desde el primer momento mandó que le encerrasen en una torre del castillo señorial. Sólo sus dos hijas Marotta y Teodora podían acercarse a él para convencerle, con caricias y argumentos, de que tomase el hábito que había llevado de niño. No se le trató inhumanamente, pero sí con severidad. El encierro era bastante oscuro, aunque había la luz suficiente para leer, y un dominico de Nápoles logró, burlando la vigilancia de los guardias, hacer llegar hasta el prisionero mensajes de consolación y libros de meditación y de estudio, como la Biblia, los Sofismas de Aristóteles y las Sentencias de Pedro Lombardo. Tomás estudiaba y rezaba; y aunque se cerraba a todas las súplicas de sus hermanas, recibía gustoso sus visitas.

La vigilancia se hizo más estrecha cuando los dos hermanos vinieron del ejército. Acostumbrados a la vida galante de los palacios, a las costumbres sensuales de la caballería—Rainaldo fue uno de los buenos poetas eróticos de aquel tiempo—, resolvieron someter al bello adolescente a una prueba brutal. Trajeron de Nápoles una de sus amigas, célebre por su belleza, y después de decirle lo que deseaban de ella, la introdujeron una noche en la torre. Todo el mundo sabe lo que sucedió; todo el mundo sabe cómo Tomás, cogiendo de la chimenea un tizón inflamado; hizo huir a aquella pobre mujer, y luego al demonio tentador, trazando una cruz negra en la muralla. Bien sabido es también lo que pasó aquella noche: cuando Tomás dormía profundamente, entraron en su habitación dos ángeles, se acercaron a él y le pusieron un ceñidor incandescente. El joven lanzó un grito de angustia y despertó. En adelante no volvería a sentir en su alma las mordeduras de lo que llamaba San Pablo el aguijón de la carne.

Tanta constancia llegó a cansar a los carceleros. La condesa se vio virtualmente vencida; sus hijos tuvieron que ausentarse de nuevo, y las dos hermanas no acertaban a comprender del todo el motivo de aquella oposición. El fraile napolitano que surtía de libros al preso creyó llegado el momento de tentar un golpe atrevido. Tiróle una soga desde el pie de la fortaleza, le invitó a bajar por ella a favor de la oscuridad, y en el exterior aguardó él con dos cabalgaduras. La aventura tuvo un éxito completo.
Un año después, fray Tomás figuraba ya entre los oyentes de Alberto Magno en el colegio de Santiago, de París. Fue el discípulo más humilde y más dócil, verdadero modelo de disciplina intelectual hasta para los más altos espíritus. Pasivo, en el noble sentido que da a esta palabra la filosofía tomista, entregóse a la meditación tenaz de la enseñanza del maestro, a una labor íntima y constante de asimilación, de integración. Este carácter reflexivo le alejaba de los recreos, de las discusiones, de las conversaciones. Era un taciturno. Sus condiscípulos empezaron a darle un mote, que aunque tenía su punta de desdén, no era del todo desgraciado. Llamábanle el «buey mudo». El mismo exterior de fray Tomás justificaba el apelativo. Era de una talla gigantesca, gordo y algo pesado. Sus carnes eran blandas, fofas, las «carnes molles», que él juzgará después las más favorables para el esludio. Era una estructura fisiológica más norteña que meridional, más germánica que griega. Tres calificativos—magnus, grossus, brumus—resumen los rasgos esenciales de aquella fisonomía. La tez morena era precisamente lo que había en él de meridional, lo que había heredado de su padre, juntamente con una sensibilidad exquisita, pues era, como dice el biógrafo, «maravillosamente pasible».

Los genios se atraen o se rechazan, pero se comprenden, y si Tomás pasó algún tiempo inadvertido a los ojos de sus condiscípulos, no le sucedió lo mismo con el maestro. Precisamente, la cualidad suprema de Alberto el Grande era la penetración. Enteramente auténtico es el episodio que se ha llamado, con justicia, la revelación del genio de Santo Tomás de Aquino. Tomás tenía veinticinco años. Su maestro creyó llegado el momento de darle a conocer, y lo provocó a una discusión delante de todos los discípulos. De una y otra parte, los argumentos partían certeros, profundos, sutiles. Los estudiantes estaban mudos de admiración; pero hubo un momento en que ya creyeron vencido a su compañero. De pronto, Tomás acertó con una distinción feliz, y así acabó la disputa.

—Resuelves la cuestión como doctor, no como discípulo

—le dijo Alberto Magno.

—Maestro—respondió él—, no me es posible hacer otra cosa.

Durante aquel mismo año, el discípulo redactó el curso que el maestro acababa de dar sobre los nombres divinos.

Tenemos muestras de la escritura de Tomás en esta época: es una letra fea, desgarbada e insuficientemente articulada. No era un calígrafo. El pensamiento tenía demasiada rapidez para que la mano pudiese seguirle.

Seguían entre tanto los esfuerzos de la familia para torcer aquella vocación decidida; pero las violencias se habían transformado en súplicas y sollozos. Terribles desgracias acababan de caer sobre los de Aquino. Rotas de nuevo las hostilidades entre el emperador y el Papa, la condesa Teodora y sus hijos habían combatido contra los germanos. El castillo fue sitiado y saqueado; Rainaldo, el trovador, ejecutado, y Teodora tuvo que andar de una parte a otra buscando un refugio. Sólo Tomás podía restaurar el prestigio de la familia aceptando la abadía de Montecasino. El Papa Inocencio IV aprobaba y casi solicitaba; pero fue imposible conseguir de Tomás que dejase su hábito blanco. Desolada con esta negativa, hizo la condesa un esfuerzo supremo, logrando que el Pontífice ofreciese a su hijo el arzobispado de Nápoles. Nada pudo conmover el ánimo del joven estudiante. A su lado estaba el gran sabio del tiempo, Alberto Magno, indicándole su verdadera vocación: la doctrina cristiana corría riesgo de verse sumergida por la invasión del aristotelismo, importado de España. Era preciso absorberla, asimilarla, encauzarla; y, espíritu observador, Alberto vio en aquel discípulo el hombre destinado a realizar la grande hazaña.

Renunciando a toda mira egoísta, considerando solamente el avance de la cultura y la religión, el maestro resolvió dejar su cátedra de la Universidad de París al discípulo. Todo el mundo vio en esta conducta un despropósito. Tomás tenía veintisiete años, y las leyes exigían treinta y cinco para ocupar aquel puesto. El general de la Orden se opuso, pero hubo presiones de Roma que le obligaron a ceder. Empezó Tomás comentando con un éxito prodigioso al Maestro de las Sentencias. Los mugidos del «buey mudo» empezaban a oírse por toda la cristiandad. Desde el primer momento se vio que el discípulo aventajaba al maestro, si no en la amplitud de la erudición, sí, ciertamente, en la precisión, claridad y profundidad de las ideas. Memoria prodigiosa, penetración agudísima, potencia formidable para el trabajo; no le faltaba nada de cuanto hace a los hombres de genio. Pero el mayor asombro procedía de la novedad de su enseñanza. Se le consideraba como un novador. Artículos nuevos, maneras nuevas, nuevas razones, luz nueva, opiniones nuevas, nuevas tesis y métodos nuevos, tales son las expresiones de Guillermo de Tocco cuando nos habla de su sistema. El nombre de Aristóteles brota constantemente de sus labios. Ha empezado a realizar su obra de refundición aristotélica, ha visto ya la metafísica y la moral del Peripato como el marco apropiado para recibir el contenido de la teología cristiana. Era una audacia enorme. Durante todo el primer tercio del siglo XIII, los libros de Aristóteles habían sido reiteradamente prohibidos en las escuelas, y es que el filósofo griego era únicamente conocido a través del filósofo español Averroes.

Las consecuencias de aquel atrevimiento, o, mejor, de la envidia de los demás profesores contra el joven intruso, fueron una lucha prolongada y encarnizada, a que dio fin Tomás cincuenta años después de muerto, al ser canonizado por el Papa Juan XXII. De una parte, estaban los agustinianos, los defensores de la filosofía tradicional, mandados por Guillermo de Santo Amore; al lado opuesto, ya dentro del campo de la herejía, se agrupaban los averroístas, a quienes dirigía otro profesor parisiense, el amable y optimista Siger de Brabante; en medio, defendiéndose de unos y otros, atacando victoriosamente, realizando su labor admirable de síntesis, seguro de su ciencia y de su fe, rodeado de enemigos poderosos, pero protegido siempre por los Papas; descollaba la figura majestuosa de Tomás de Aquino. Esta lucha ocupa toda la vida del gran doctor, y es preciso tenerla en cuenta para comprender sus obras. No nacieron, como se cree, en la pasividad de una contemplación solitaria, sino en el movimiento de una existencia prodigiosamente activa y militante. La anécdota famosa que nos presenta a Santo Tomás en el palacio de San Luis dando un puñetazo en la mesa y diciendo: «He acabado con los maniqueos», tiene un sentido simbólico y nos recuerda que el Doctor Angélico es el atleta de la fe, el pugil fidei, como le ha llamado la tradición.
Profesor de París o teólogo de los Papas, en el colegio de Santiago o en la corte pontificia, Tomás enseñaba y escribía; escribía y publicaba lo que antes había enseñado en la clase. Apareció primero su Comentario sobre los cuatro libros de las Sentencias; después, su obra Sobre la verdad. sus grandes comentarios bíblicos, y la Suma contra los gentiles, que le preparaba para componer la Summa Theologica. Con el libro De unitate intellectus destruía los errores averroístas, que habían comprometido la causa de un sano aristotelismo. Al mismo tiempo estudiaba al Estagirita en traducciones directas, emprendía análisis críticos acerca de sus obras, leía la antigua literatura de la Iglesia, y, después de comparar los lugares más importantes, componía una obra célebre, titulada Cadena de oro. Su obra maestra, la Summa Theologica, empezada en 1267, es de los años en que se hace más furiosa la batalla entre averroístas, platónico-agustinianos y aristotélicos. Su intención fue recoger en una vasta síntesis el ciclo completo de todas las cuestiones que había tratado en su vida de escritor y profesor, y precisar, con respecto a ellas, su pensamiento definitivo. Al mismo tiempo, realizaba el prodigio de condensar, de unificar, de armonizar todo el caudal filosófico y religioso de dos civilizaciones diversas y opulentísimas: la helénica y la cristiana, conciliación audaz y maravillosamente realizada, que contará siempre como una de las mayores hazañas del pensamiento humano.

Esta actividad intelectual tan fuerte, tan intensa, se juntaba con una vida de la más alta y férvida oración. En Santo Tomás, el teólogo eclipsa casi al místico, pero hay un momento en su vida en que el místico hace enmudecer por completo al teólogo. No era muy dado a penitencias extraordinarias; aunque solía leer frecuentemente las Conferencias de Casiano con los Padres del desierto. Amaba el ayuno y el silencio, y por uno de sus discípulos sabemos que uno de sus solaces favoritos consistía en pasearse solo por el claustro, con pasos lentos y grandes, la cabeza descubierta y levantada hacia el cielo. En París se abstenía de todo trato con el exterior. En relaciones constantes con el rey, el cual le enviaba sus decretos por la tarde para que los revisase durante la noche, sólo una vez quiso aceptar su mesa. Su conducta se resume en estos consejos que daba a los demás: «Sé lento para hablar. Ama la celda. No rompas el hilo de tu meditación. No te familiarices con nadie, porque la familiaridad distrae del estudio. Evita, sobre todo, el ir y venir sin finalidad ninguna.»

La especulación y la oración eran dos hermanas excelentes en la vida del gran doctor: se ayudaban, se mezclaban, se fundían. «Cada vez que fray Tomás tenía que enseñar, discutir, escribir o estudiar—dice fray Reginaldo, su tierno amigo—, acudía secretamente a la oración, y muy frecuentemente derramaba lágrimas antes de consagrarse al estudio de las verdades divinas.» Este doctor, que nos imaginamos flotando en las regiones serenas de la fría intelectualidad, tenía un alma impregnada de mística piedad. Diciendo misa, descubriendo un alto misterio, cantando el responsorio Media vita en el coro, las lágrimas inundaban sus mejillas. Y muchas veces a las lágrimas sucedía el éxtasis. En él se juntaban dos éxtasis de difícil demarcación: el especulativo y el místico. Una vez tuvo el médico que cauterizarle la pierna. Como era tan sensible, temióse que no resistiría; pero él se echó algún tiempo antes en el lecho, absorbióse en sus especulaciones, y no sintió la quemadura. Esta manera de anestesiarse le fue muy útil en varias ocasiones, y la empleaba, sobre todo, siempre que el cirujano del convento tenía que abrirle la vena para sangrarle.

Como se ve, tenía una predisposición natural para los éxtasis verdaderamente sobrenaturales, que al fin de su vida se hicieron en él casi diarios. Es famoso aquel en que oyó una voz que le decía:

—Bien has escrito de Mí, Tomás; ¿qué recompensa quieres recibir?

—Sólo Vos mismo, Señor—respondió el santo.

Un reflejo de esta vida ascética lo encontramos en la liturgia incomparable del Santísimo Sacramento, y muy particularmente en los sermones del santo. Predicó entre la concurrencia estudiantil de la Sorbona, en la corte pontificia y en los grandes concursos del vulgo. En Nápoles habló diariamente durante una cuaresma, y su emoción al exponer la Pasión de Cristo era tan comunicativa, que se veía precisado a interrumpir el discurso para dejar llorar a los fieles. Estos sermones populares son modelos de claridad, de espontaneidad, de unción y, a veces, de lirismo.

Decíamos que en Tomás el místico eclipsó al teólogo. Veamos por qué. El 6 de diciembre de 1273 decía fray Tomás la misa en la capilla de San Nicolás, de Nápoles. Arrebatado en éxtasis, tuvo una visión extraordinaria, y tan tenaz, que fue preciso volverle en sí violentamente. Desde entonces quedó extrañamente transformado. Había llegado en la Summa al tratado de los Sacramentos, y no escribió más. Muy triste de que aquella grande obra quedase incompleta, fray Reginaldo le importunaba, diciendo:

—Padre, ¿cómo podéis dejar así ese libro, que habéis empezado para la gloria de Dios y la iluminación del mundo?

Tomás respondía:

—No puedo más.

Pero de tal modo insistió aquel buen amigo, consejero, amanuense y confesor del santo, que Tomás se vio obligado a revelar su secreto:

—No puedo más—le dijo—; lo que he escrito, comparado con lo que he visto, me parece ahora como el heno.

Algún tiempo después fue fray Tomás a pasar unos días en casa de su hermana la condesa de San Severino, a quien amaba tiernamente. Le agasajaron con esplendidez y con cariño; pero apenas pudieron sacar de él algunas palabras.

—¿Qué le pasa a mi hermano?—preguntó la condesa—; le hablo y no responde; está como estupefacto.

Fray Reginaldo respondió:

—Desde el día de San Nicolás se encuentra en este estado, y no ha vuelto a escribir más.

No obstante, era preciso dirigirse al concilio de Lyon, para el cual había recibido Tomás una invitación personal del Papa Gregorio X. En el camino hizo un rodeo para visitar a su sobrina Francisca, en el castillo de Paenza. Apenas había llegado, cuando se sintió gravemente enfermo, de una enfermedad extraña, que el médico no acertaba a comprender. Había perdido completamente el apetito. Como le insistiesen que debía tomar alguna cosa, pidió sardinas frescas; pero no las probó. Era un capricho de enfermo. Deseando morir en una casa religiosa, mandó que le transportasen al monasterio vecino de Fossanova. Al llegar, pronunció estas palabras: «Aquí está mi descanso.» La hospitalidad de los hijos de San Benito se unía aquí a la gratitud más profunda por el hombre que había construido el gran edificio de la sistematización teológica del cristianismo. Los monjes se deshacían para alegrar y consolar sus últimos días. Veíaseles trayendo sobre sus hombros la leña que había de calentar su cuarto en aquellas duras mañanas del invierno. El maestro, emocionado, les preguntó cómo podía pagarles tanta solicitud, y ellos le pidieron que les comentase el Cantar de los Cantares. Fue el supremo esfuerzo; poco después, el 7 de marzo de 1274, fray Tomás moría, sometiendo todos sus escritos «a la corrección de la Santa Iglesia Romana». Moría de haber visto a Dios; aquella enfermedad misteriosa había empezado aquel día 6 de diciembre, en que su espíritu ávido se paseó por lo más alto de los Cielos. «Nadie que vea a Dios puede vivir.»

viernes, 27 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá.
David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron:
-«Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita.»
David mandó a unos para que se la trajesen.
Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David:
-«Estoy encinta. »
Entonces David mandó esta orden a Joab:
-«Mándame a Urías, el hitita.»
Joab se lo mandó.
Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra.
Luego le dijo:
-«Anda a casa a lavarte los pies. »
Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa.
Avisaron a David que Urías no habla ido a su casa.
Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó.
Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa.
A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías.
El texto de la carta era:
«Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera.»
Joab, que tenia cercada la ciudad, puso a Urías donde sabia que estaban los defensores más aguerridos.
Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.



En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra.
Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también:
-« ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.
Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.


Palabra del Señor.

Santa Ángela de Mereci, Virgen.

Es la fundadora de las Hermanas Ursulinas. Su nombre significa "Mensaje de Dios".

Nació en Italia en 1474 y tiene el mérito de haber fundado la primera comunidad religiosa femenina para educar niñas.

Se crió en una familia campesina muy creyente, donde cada noche leían la vida de un Santo, y esto la enfervorizaba mucho y la entusiasmaba por la religión.

Quedó huérfana de padre y madre cuando aún era muy niña y esto la impresionó muchísimo. Después durante toda su vida le pediría perdón a Dios por no haber confiado lo suficientemente en su juventud en la Providencia Divina que a nadie abandona.

Su infancia es muy sufrida y tiene que trabajar duramente pero esto la hace fuerte y la vuelve comprensiva con las niñas pobres que necesitan ayuda para poderse instruir debidamente.

Se hace Terciaria Franciscana y sin haber hecho sino estudios de primaria, llega a ser Consejera de gobernadores, obispos, doctores y sacerdotes. Es que había recibido del Espíritu Santo el Don del Consejo, que consiste en saber lo que más conviene hacer y evitar en cada ocasión.

Viendo que las niñas no tenían quién las educara y las librara de peligros mortales, y que las teorías nuevas llevaban a la gente a querer organizar la vida como si Dios no existiera, fundó la Comunidad de Hermanas Ursulinas (en honor a Santa Ursula, la santa mártir del siglo IV, que dirigía el grupo de muchachas llamadas "Las once mil vírgenes, que murieron por defender su religión y su castidad).

Lo que más le impresionaba era que las niñas de los campos y pueblos que visitaba no sabían nada o casi nada de religión. Sus papás o no sabían o no querían enseñarles catecismo. Por eso ella organizó a sus amigas en una asociación dedicada a enseñar catecismo en cada barrio y en cada vereda.

Angela era de baja estatura pero tenía todas las cualidades de líder y de guía para influir en los demás. Y además tenía mucha simpatía y agradabilidad en su trato.

En Brescia fundó una escuela y de allí se extendió su Comunidad de Ursulinas por muchas partes. Un grupo de 28 muchachas muy piadosas se vino a vivir en casa de Angela y con ellas fundó la Comunidad. En una visión contempló un enorme grupo de jóvenes vestidas de blanco que volaban hacia el cielo, y una voz le dijo: "Estas son tus religiosas educadoras".

La gente consideraba a Santa Ursula como una gran líder o guía de mujeres. Por eso Angela puso a sus religiosas el nombre de Ursulinas.

La Comunidad de Ursulinas fue fundada en 1535, y cinco años después murió su fundadora, Santa Angela, el 27 de enero de 1540. Fue canonizada en 1807.

Un hombre le preguntó un día en plena calle: ¿Qué consejo me recomienda para comportarme debidamente? Y ella le respondió: "Compórtese cada día como deseara haberse comportado cuando le llegue la hora de morirse y de darle cuenta a Dios".

Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, yo te amo".

Que estas sean también las palabras que nosotros digamos no sólo al tiempo de morir, sino muchísimas veces durante toda nuestra vida.

jueves, 26 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día.
Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.
No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mi, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.



En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Miras que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, por que el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed los que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios.”

Palabra del Señor.

San Timoteo, Obispo.

Iconium, la capital de Licaonia, queda atrás; enfrente, la cadena interminable del Tauro; a derecha e izquierda, llanuras pantanosas, tristes arenales, estepas abrasadas del sol, sobre las cuales caminan las ovejas en rebaños numerosos y saltan los asnos salvajes. Dos hombres atraviesan estas landas, las más pobres del Asia Menor. Un sombrío macizo, que corona un volcán apagado, desprendiéndose de la cadena montañosa, se yergue en medio de la llanura. Es el Kara Dagh, el cabezo negro. A sus pies se acurruca la pequeña ciudad de Listris, donde acaban de entrar los dos peregrinos.

Lo que después sucedió es bien conocido por el relató de San Lucas: un paralítico echa a andar milagrosamente; los sencillos habitantes se conmueven: «Son dos dioses del Olimpo», se dicen unos a otros; Bernabé, el hombre de la bella y majestuosa presencia, es transformado en Júpiter; Pablo, feo y pequeño, pero elocuente, debe ser seguramente Mercurio. Llega el sacerdote con las víctimas; el pueblo se dispone a adorar y sacrificar, mientras los extranjeros se hurtan al entusiasmo popular. Entretanto, aparecen los judíos que persiguen a Pablo por todas las ciudades del Asia; discuten, intrigan, calumnian, y los que antes eran dioses se convierten ahora en infames hechiceros. La chusma los insulta, los apedrea, y, medio muertos, los arroja fuera de la ciudad. Al día siguiente, al recobrar el conocimiento, Pablo se encontró en una casa modesta, donde dos mujeres y un adolescente rodeaban su lecho. Las dos mujeres se llamaban Eunice y Lois, y el adolescente, hijo de Eunice, respondía al nombre de Timoteo. Los tres eran fervientes israelitas, amantes de la ley de Moisés y asiduos en la lección de las Escrituras. «No obstante, dominados por la elocuencia de su huésped, aceptaron fácilmente su doctrina y pidieron el Bautismo. » Esto sucedió el año 46 de nuestra Era.

Un lustro después, recorriendo nuevamente las iglesias del Asia, Pablo encontró en el hogar de Eunice la misma fe, la misma hospitalidad, el mismo entusiasmo por la nueva doctrina. El germen plantado en el alma del adolescente habíase desarrollado de una manera espléndida. Viole «transformado en un hombre perfecto, constituido en la plenitud de Cristo», tan amable por la gracia como por la naturaleza. Ardiendo en deseo de lanzarle al ministerio de la predicación evangélica, preguntó por él en Listris, en Derbe, en Iconium; y como en todas partes le hablaban del joven con elogio, asocióle a sus trabajos y le puso en el número de los pastores de la Iglesia. El Apóstol y todos los sacerdotes impusieron sobre él las manos, y la gracia descendió con una fuerza que el Apóstol no olvidará jamás. En los últimos meses de su vida hablaba de ella como de un fuego que había consumido en su discípulo todo espíritu de temor, propio de la Antigua Alianza, para reemplazarlo por el espíritu de Jesús, «espíritu de fuerza, de amor y de sabiduría».

Pero, hijo de matrimonio mixto, Timoteo era un incircunciso, y esto le impedía subir a la tribuna de las sinagogas y entorpecía su ministerio entre los israelitas. Para obviar estos inconvenientes, Pablo, hombre de resoluciones, obró con rapidez. «Tomando al joven—dice San Lucas—, le circuncidó por su propia mano, a causa de los judíos, pues todos sabían que su padre había sido pagano.» Era un gesto de concordia, un cálculo de diplomacia. El rito exterior le importaba poco. Jamás consintió que Tito se sometiese a él, pues semejante condescendencia hubiera sido el triunfo de los judaizantes. «Ni la circuncisión—decía—ni el prepucio valen nada; lo que importa es guardar los mandamientos.»

Irreprochable delante de Israel, Timoteo pudo seguir a su maestro «y ayudarle en la predicación del Evangelio como un hijo ayuda a su padre». Desde este momento le vemos a su lado como el discípulo amado, como el más fiel de sus compañeros. San Pablo le llama su verdadero hijo, su hijo amantísimo y fiel en el Señor, el participante de su espíritu, su alma misma, su otro yo, su hermano, su colaborador, el esclavo de Jesucristo, el ministro de Dios, el imitador perfecto de las virtudes apostólicas. Aunque de temperamento diferente, estaban hechos para entenderse. Es verdad que el discípulo no tendía a la acción por impetuosidad natural, como el maestro; dulce de carácter, pronto a las lágrimas, fácilmente impresionable, afrontaba la lucha con repugnancia, manteniéndose instintivamente en una tímida reserva. Pero lo que le faltaba de audacia lo tenía de fidelidad de lealtad profunda y sincera, de abnegación y desinterés absoluto. «No hay nadie—aseguraba el Apóstol—que esté tan unido a mí de corazón y de espíritu.» Era una intimidad preciosa para ambos, en la cual el alma viril de Pablo comunicaba a Timoteo la fuerza de su pensamiento y de su doctrina, recibiendo, en cambio, de él el cariño abnegado de que tienen necesidad los más grandes genios. En vez de aquellas «hermanas» que seguían a los demás Apóstoles, el cielo le había dado a él en el joven licaonio un alma pura, elevada, capaz de comprender sus grandes arrebatos apostólicos y de adaptarse a su prodigiosa actividad.

Más que con su inteligencia, Timoteo sirvió a Pablo con su ternura fervorosa e incansable. Fue el consuelo del Apóstol en las crisis dolorosas de la enfermedad y en las múltiples pruebas del apostolado; fue su ayudante, su confidente, su enfermero, su secretario. Escribió sus cartas, llevó sus bagajes por los caminos, le asistió en la cárcel, fue encarcelado con él, veló a la cabecera de su lecho, siempre sumiso, siempre contento de que la Providencia le hubiera colocado al lado del gran hombre. Le acompañó en su segunda y tercera misión; fue con él a Corinto, a Atenas, a Macedonia; le siguió a Éfeso, a Jerusalén, a Roma, a España. En los últimos días. Pablo le amaba todavía con amor de padre; Timoteo, ciertamente, no era ya joven en el año 67; pero a los ojos del padre el hijo no envejece nunca, y Pablo habla aún a su discípulo como cuando le encontrara en Listris.
En veinte años, sólo algunas separaciones, breves, rápidas, porque ni uno ni otro pueden sufrir la ausencia. Pero Pablo se hace viejo; ya no puede correr, como el rayo, de Oriente a Occidente; además, una y otra vez las cadenas le oprimen. En las iglesias de Asia las herejías aparecen, brotan las disensiones, intrigan los judaizantes. Tiene que poner allí un hombre de toda confianza, y se resigna a enviar a su discípulo. Timoteo fija su residencia en Éfeso, la metrópoli del mundo asiático, y desde allí se esfuerza en conservar y acrecentar la grande obra en que había colaborado con su maestro. El recuerdo del Apóstol le sostiene, y con el recuerdo, sus noticias y sus cartas. En el año 65 Pablo le escribe desde Macedonia una epístola, que es el manual del ministerio pastoral. Familiarmente, como cuando charlaban sentados en los bancos de los mesones, le va recordando los varios aspectos de su actividad evangélica: buen orden en las asambleas litúrgicas, deferencia respetuosa con los poderes romanos, sumo cuidado en la elección de los jefes de las comunidades, armonía, honradez y pureza en las familias cristianas, circunspección y firmeza para mantener la autoridad de una Iglesia «que es la asamblea del Dios vivo, la columna y firmamento de la verdad y la mirada mística donde se realiza el gran misterio de la piedad», y, sobre todo, mucha vigilancia frente a la charlatanería de los herejes y sus fábulas y sus genealogías interminables: locuras impertinentes, cuentos de viejas, doctrinas diabólicas, enseñadas por hipócritas, cuya conciencia está tiznada con los vicios, a pesar de su aparente austeridad, que los llevaba a condenar el matrimonio y el uso de la carne. Por la delicadeza de su estómago, y acaso también para evitar la vana ostentación de los impostores, el maestro ruega a su discípulo, con una afectuosa condescendencia, que use un poco de vino en sus comidas. Las prácticas externas valen poco; la piedad es lo que importa; la piedad, que es útil para todo.

Dos años más tarde. Pablo está preso en Roma. Ya ha sufrido un interrogatorio y aguarda el segundo. Presiente su fin cercano, y sólo una cosa le duele: no tener junto a sí en los últimos momentos al más querido de sus discípulos. En este trance le escribe otra vez. Es una carta doliente y apremiante: «Mi corazón está triste; voy a terminar mi peregrinación; todos me abandonan, me siento aislado; ven a mi lado, pasa por Troade y tráeme la pénula, los libros y los pergaminos que dejé en casa de Cazpo; ven pronto, que esto se acaba.»

Aquí terminan las noticias auténticas del más ilustre de los discípulos de San Pablo. Eusebio de Cesarea cuenta que volvió y que murió mártir años después. Lo cierto es que fue a juntarse en el cielo con el que tanto le quiso en la tierra. Combatió el buen combate, fijo siempre su corazón «en el Dios que hace vivir todo lo que vive», y la mirada de su mente en la última recomendación de su maestro: ¡Oh Timoteo!, guarda el depósito que te he confiado.»