lunes, 31 de agosto de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza.
Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.
Esto es lo que os decimos como palabra del Señor:
Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos.
Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar.
Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire.
Y así estaremos siempre con el Señor.
Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: -«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.
Y decían: -«¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: -«Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: - «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel habla muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos habla en Israel en tiempos de] profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Palabra del Señor.

Santo Domingo del Val

Una flor a la orilla del Ebro, derramando su perfume a los pies de la Virgen del Pilar; una rosa llena de frescura mañanera: una figura luminosa, sangrante y sonriente. Es Santo Dominguito del Val. Su norte y su meta fue la cruz. Una cruz roja se destacaba sobre los jazmines de su carne infantil; una cinta de carmín se ocultaba bajo la corona de oro de sus cabellos. Y su madre, Isabel, veía en aquello un presagio, y se figuraba a su hijo emulando las glorias de los héroes de la Reconquista y penetrando en alguna ciudad mora, montado en un caballo blanco, con el casco empenachado, la coraza resplandeciente y en la mano el estandarte triunfador de la cruz. Su abuelo había sido un guerrero famoso. Vivió un siglo antes, cuando el Ebro aún era musulmán, cuando Alfonso el Batallador asedio la ciudad de Zaragoza. Los moros se resistieron; el sitio se prolongaba; muchos caballeros caían en el combate; otros, cansados y desalentados, abandonaban el campamento. Todos los cruzados de Francia se volvieron a su país; todos, menos uno. «Fue nuestro antepasado—decía Sancho del Val a su hijo, contándole esta historia—. El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres, y dándole casas, tierras y esclavos.» Y añadía, enseñándole los blasones de la familia: «Esas armas él las ganó para que sean nuestra enseñanza y nuestra fortaleza. La cruz debe ser el ideal que Donine nuestra vida; el color rojo de los gules quiere decir que por ella hemos de dar, si es, preciso, hasta la última gota de nuestra sangre; las cuatro estrellas son las cuatro vil ludes del caballero: la fe para con Dios, la lealtad cara con el rey, el amor de la gloria y la caridad para con los desvalidos.»

Sancho del Val es uno de los mejores vasallos de Jaime el Conquistador; ilustre y leal, inteligente y entero. Zaragozano de nacimiento, buscó para su hogar una mujer zaragozana, con quien se unió en su parroquia de San Miguel de los Navarros. Aunque admiraba las proezas de sus antepasados, él prefirió seguir la carrera de las letras: estudió latín, aprendió leyes, se hizo notario y puso su firma en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de los condes y prelados. Por la senda del estudio quiere encauzar también la vida de su hijo, la senda que lleva a las mitras, a los Consejos y a la confianza del príncipe. Todas las mañanas, al salir el sol, Dominguito, con sus apuntes bajo el brazo, recorre presuroso el camino que hay desde el barrio de San Miguel hasta la catedral. En la catedral cumple primero su oficio de monaguillo. Ayuda a misa con la misma gracia con que hubiera podido ayudar San Juan Evangelista; cuando en las procesiones lleva los cirios, se diría que la verdadera luz brilla en su frente; cuando toca la campanilla, parece como si hubiera aprendido a tocar en la misma gloria. Pero su placer más grande era cantar en el coro, alabar a Dios con aquella voz tan fresca, tan dulce, tan inocente, que parecía traer en las alas blancas de sus vibraciones ecos y añoranzas de un mundo donde no existe el pecado.

Después, el pequeño artista bajaba al claustro, y allí se encontraba con sus compañeros. A la sombra de las arcadas elegantes, o entre los arbustos del jardín capitular, los niños charlaban, jugaban y corrían, hasta que llegaba el capiscol o el maestro de canto para llamarles a las tareas cotidianas. Entonces Domingo cogía las tablillas o los pergaminos y se sentaba a estudiar: se esforzaba por retener en la memoria los salmos, aprendía a leer, a contar, a escribir, empezaba a penetrar en las primeras dificultades de la gramática latina y se adiestraba con particular deleite en la música de la Iglesia. Esta era su vida mañana y tarde. En casa, unas veces seguía trabajando y leyendo en alta voz; otras pasaba el rato contando a su madre lo que le ocurría con sus condiscípulos o repitiendo las muchas cosas de que se iba llenando su rubia cabecita. No siempre llegaba solo: sucedíale ver que algún compañero suyo, pobre o huérfano acaso, se quedaba jugando en la calle, y le decía: « ¿Por qué no vas a comer?» Pronto se daba cuenta de la realidad: era que en casa no tenía nada, o tenía una madrastra iracunda y cruel, o bien el padre se había ido a trabajar lejos; teniendo que cerrar la puerta hasta la noche. «Ven conmigo—decía entonces el bondadoso muchacho—; mi comida servirá para los dos.» Una tarde, según iba a su casa, vio un niño que tiritaba junto a la Cruz de los Mártires. Lleno de compasión, se acercó a él y le dijo: « ¿Tienes padres? «Sí—respondió el desconocido—; pero mi padre está en la cárcel, donde le metió un judío, porque le debía unos sueldos y no podía pagar, y mi madre se quedó enferma en la cama.» « ¡Pobrecillo! Ven a mi casa; mi padre podrá hacer algo por ti.» Así dijo el amable muchacho, derramando casi lágrimas de sentimiento y cogiendo de la mano a aquel infeliz.

En su sentir, no había cosa imposible para la influencia y el saber de su padre. Y, ciertamente, por su oficio, Sancho del Val conocía a maravilla las trapisondas de los hebreos, y con su espíritu de justicia había deshecho muchas de sus intrigas y especulaciones Por eso en el barrio de la judería se le odiaba cordialmente. Todo un cuartel de la ciudad pertenecía a aquella gente sin entrañas. Dominguito conocía bien aquellas calles de la Verónica, de los Callizos, de la Sartén, del Cíngulo, de los Graneros, donde se escondía la población de los circuncisos. A veces, atravesaba por ellas cuando volvía de la catedral a su casa, porque era un camino más corto. Lo que más le repugnaba en aquellas gentes era el odio que tenían a la cruz, que llevaba en su corazón, en su cuerpo y en su escudo. Muchas veces veía a los hebreos entregados a sus ritos y abluciones, o escuchaba los sonidos guturales de sus rezos, pronunciados en un lenguaje desconocido para él. Entonces sus sentimientos cristianos se exacerbaban, y, como una protesta para todo aquello, se ponía a cantar las cosas que le enseñaban en la catedral: antífonas, motetes, himnos a la Virgen y a los santos. Aquello podía significar un desafío, y así lo tomaron efectivamente los habitantes del barrio. Por las estrechas ventanucas salían dardos de miradas inflamadas, manos amenazantes, gritos de venganza.

Un sábado celebraban los judíos su función semanal bajo las bóvedas de la sinagoga. Comenzó, como de costumbre, con el cántico de los salmos; después, uno de los ancianos que presidían leyó varios capítulos de la Torah; cantóse nuevamente, y a continuación otro anciano, perteneciente a la tribu de Leví, dio comienzo a la lectura de los profetas. Levantóse, finalmente, el gran rabino, y gravemente, reposadamente, empezó a comentar los textos que se acababan de leer. Tal vez en su discurso hubo alguna alusión al odiado notario de San Miguel; tal vez habló de la audacia de su hijo, que se atrevía a turbar las calles del ghetto con los himnos litúrgicos de los cristianos. «Además —dijo—, necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Yahvé podrá echarnos en cara nuestra negligencia.» Este argumento convenció a toda la asamblea. Para mantener vivo el odio contra los discípulos del Crucificado, los judíos solían amasar los panes ázimos con la sangre de un niño robado a los cristianos. La Historia ha conservado los nombres de algunas de estas víctimas inocentes, y entre ellas figuran Simón el Livolés, Ricardo de Norwirk y el niño de La Guardia. Como no era posible encontrar víctimas todos los días, se transmitía de unas sinagogas a otras, y aunque se secase en las botellas o reDonas, no por eso perdía su virtud. De cuando en cuando, un niño desaparecía misteriosamente; ya nadie volvía a hablar más de él. A veces era imposible evitar imprudencias, y el crimen se descubría, despertando la indignación popular. «Oyemos decir—escribía Alfonso el Sabio en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val—que los judíos ficieron et facen el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños non pueden haver.»

Y sucedió que una tarde cruzaba Domingo por el barrio hebreo, cuando, de súbito, un lienzo cayó sobre su rostro; oyó una carcajada burlona y sintióse arrastrado por una mano brutal que le oprimía el cuello. Quiso gritar, pero sólo pudo exhalar un débil quejido: « ¡Madre mía!» El agresor era Mosé Albayucet, un usurero de cara demacrada y cerosa, en la cual era fácil ver el reflejo de la astucia y la crueldad. Sus ojos, pequeños y escondidos entre enormes pestañas, despedían ese brillo pálido que parece dejar la contemplación voluptuosa del oro. Su nariz le daba aspecto de ave de presa. Su nido estaba en un baburril lóbrego de la calle que hoy se llama de Santo Dominguito del Val. En la reunión del último sábado, Albayucet había prometido aprontar la víctima reclamada por el rabino. Y he aquí que cumplía su palabra. Varios días se pasó en acecho. Al fin, aquella tarde sintió pasos, pasos de niño. Sacó la nariz para olfatear en la calle. Todo estaba tranquilo. Como un relámpago, cayó sobre el infeliz rapazuelo, le llevó a su casa y le metió dentro de un cofre, en espera del momento oportuno para el rito sanguinario. Al principio, el muchacho lloró todo lo que puede llorar un niño; después pensó en la cruz de su cuerpo y en la de su escudo, y ofreció generosamente su vida.

Aquella misma noche, a favor de las sombras, Domingo fue trasladado a la casa de uno de los rabinos principales, un edificio suntuoso que se alzaba en aquella misma calle. Allí aguardaban los príncipes de la sinagoga; vientres abultados, rostros amarillentos, narices ganchudas, luengas barbas, arrugadas frentes, cabezas peladas y ojos rebosantes de alegría cruel y experiencia maliciosa. Dominguito temblaba, apretando entre sus manos el crucifijo que colgaba de su cuello.

—Querido niño—le dijo una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.

—Eso, nunca—dijo Domingo con una energía impropia de sus años—. Es mi Dios.

—Pues tienes que pisar a tu Dios.

—No, no y mil veces no.

Entre tanto, aquellos malvados se impacientaban, «Acabemos pronto», decían, no sin cierta nervosidad. Y empezó la trágica y sacrilega parodia. Alguien presentó el martillo y los clavos; otro rodeó las sienes del niño con una corona de zarzas; otro sujetó las tiernas manos, y Mosé Albayucet las clavó al muro de cuatro golpes. Después algunos recibieron el encargo de abrir las venas y recoger en frascos y copas la sangre que caía. El pequeño cuerpo se estremece en espasmos de dolor. Domingo reza en voz baja y suspira. Se oyen algunas de su palabras: « ¡Madre mía!... ¡Jesús mío!... ¡Santa María!... Vuelve a nosotros esos tus ojos...» Los suyos están cerrados; pero de cuando en cuando se abren para dirigirse suplicantes hacia el Cielo. Su respiración se hacía más débil por momentos, la vida se le escapaba, su cuerpo se iba quedando sin sangre y sin fuerzas, los vasos estaban llenos, la rubia cabecita colgaba inerte sobre el pecho como una rosa tronchada. Mientras los demás verdugos se lavaban las manos, Albayucet desclavó el yerto cadáver y le mutiló. Quedóse él con la cabeza y las manos y entregó el tronco a uno de sus compañeros. Rápidamente desaparecieron las manchas sanguinolentas del suelo y de la pared, y daban las doce en el reloj de la Seo cuando los rabinos desfilaban silenciosamente hacia sus casas. Así terminaba en la judería zaragozana el 31 de agosto y empezaba el 1 de septiembre. Era en el año de gracia de 1250.

Las noches siguientes, llantos en la casa del notario, inquietud en la ciudad, luminarias a orillas del Ebro, y en un patio del ghetto, junto a un pozo profundo, un porrazo negro que no cesaba de lanzar alaridos. Era el perro del notario de San Miguel. Sólo el notario pudo hacerle callar. Se agotó el pozo, y en el fondo aparecieron las dos manilas taladradas y la cabeza coronada de espinas. Después, unos pescadores vinieron con el cuerpo magullado, truncado y agujereado por las navajas y los puñales. Todo estaba descubierto. El mismo Albayucet no tenía más que repetir lo que adivinaba el vulgo.

—Sí, yo he sido—decía, agitándose como un epiléptico—. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos.

Era una persecución de amor. El mártir mereció el arrepentimiento para su asesino. Albayucet fue bautizado, y después subió tranquilo a la horca.

En el barrio de la judería de Zaragoza se puede ver todavía la calle de Santo Dominguito del Val, estrecha y lortuosa, como cuando el niño la atravesaba con las tablillas de cera bajo el brazo. En ella se abre una mansión con aspecto de palacio: amplia fachada de ladrillo, grandiosa portada, arco flanqueado de finas pilastras del Renacimiento, y, arriba, una victoria y dos ángeles con palmas y coronas. Es la antigua casa del Talmud, un lugar santo regado con la sangre del pequeño atleta. Allí fue martirizado y crucificado. En un patio contiguo hay un pozo, cerrado con una bovedilla: el que ocultó antaño durante dos días la cabeza de Domingo y sus manos agujereadas. El agua conserva todavía para los devotos del niño efluvios de gracia y de inocencia. La presencia de aquel héroe infantil es tan viva en la catedral, que se os figura escuchar su voz bajo las bóvedas ojivales y llegáis a pensar que; al trasponer algunos de aquellos pilares macizos, vais a sorprender su mirada sonriente. Y es verdad: los aleteos de su gracia, blancos como antaño, los rizos de su roquete, os rozan suavemente el corazón. A mano derecha hallaréis la capilla del santo: bello altar adornado con profusión; columnas torneadas y cubiertas de racimos y follajes; un nicho protegido por una reja de hierro artísticamente labrada; una urna de alabastro, recubierta de cristal; sobre la urna, un ángel con un cartelón, y sobre el cartelón esta leyenda: «Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo.» Y recordamos la estrofa de Prudencio, el gran poeta hispanolatino: «Alcázar poblado de protectores poderosos, esta ciudad no teme la suerte del mundo perecedero, pues para retener las iras del Cielo le basta ofrecer a Cristo las joyas brillantes que en su seno guarda. Es Cristo, sí, es Cristo quien ha dotado a Zaragoza de una nueva gloria: ella es la mansión sagrada del mártir siempre viviente.»

domingo, 30 de agosto de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Moisés habló al pueblo, diciendo:
- «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.
No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.”
Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

Mis queridos hermanos:
Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra.
Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas.
Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos.
La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.
(Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús:
- «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»
El les contestó:
- «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:
- «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, -fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Este quinto libro del Pentateuco, denominado Deuteronomio = Nuevas Leyes, representa la más auténtica tradición monoteísta de Israel:

“Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno” (Dt. 6, 4-9).

Refleja en todas sus páginas la primacía de Dios y su acción salvadora en la historia.

Israel, que conoce y se siente ser el pueblo elegido por Yahvé, proclama su presencia en medio de ellos y le da constantes gracias, porque sabe que, a pesar de todo, El asume la iniciativa y guiará sus pasos.

Las palabras del texto de hoy:

“¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos? (Deuteronomio 4, 7)”, refleja la confianza y seguridad que tienen en El.

El gobierno teocrático, que nace de la Alianza del Sinaí, establece, como norma suprema de conducta, los Diez Mandamientos, que se resumen en dos: amar a Dios y al prójimo.

El pueblo los asume, no como una imposición, sino como una propuesta salvadora, como queda reflejado en el salmo responsorial y, sobre todo en la Carta del Apóstol, Santiago:

“La religión pura e intachable a los ojos de Dios es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo” (Santiago.1, 27).

Todo judío debe poner las mejores diligencias en secundar los deseos divinos a través de una obediencia leal y sumisa, que se distingue por la observancia de la Ley.

Sin embargo, ese “no añadir ni suprimir nada” de la tradición judía traería consecuencias negativas.

La llegada del fundamentalismo de los fariseos, erigidos en defensores de la Ley, transforma la mentalidad del pueblo, que se siente esclavizado por tanto precepto imposible de cumplir.

Todo ello deriva en una práctica religiosa, más impulsada por el temor que por el amor.

Jesús respeta la Ley, pero ante las imposiciones de los fariseos, actúa con rotundidad, acusándolos de hipócritas y de haber desvirtuado el mandamiento de Dios por tradiciones humanas, a menudo ridículas y contra el sentido común.

La grandeza del corazón de Jesús y su radical libertad no puede quedar empañada por la estrechez de miras de los fariseos en lo referente a las purificaciones.

El evangelio según San Marcos, que hoy hemos vuelto a retomar, critica duramente estas actitudes, no porque sean malas en sí mismas, sino porque apartan al hombre del verdadero espíritu y sustancia de la Ley, que no es otro que

“la misericordia, la justicia y la lealtad” (Mateo.23, 23).

Lo que realmente hace daño al creyente y lo convierte en impuro no viene de fuera, sino de dentro de su corazón.

“El sábado, según Jesús, ha sido concebido al servicio del hombre, no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27).

San Pablo añadirá que la práctica estricta de la letra de la Ley, sin amor de trasfondo, mata, pero el espíritu la vivifica.

Como en los tiempos de Jesús, lo prioritario, lo que enriquece el corazón y la mente del cristiano sigue, y seguirá siendo, la preocupación por los pobres, los parados, los huérfanos, los marginados y los enfermos, quizás los más pobres de entre los pobres, pues su vida depende de la caridad de sus cuidadores.

La Iglesia debe ser samaritana, sensible con las necesidades de los hombres y comprometida en la lucha contra la corrupción y los abusos de toda índole.

Que las palabras del profeta Isaías nos ayuden a meditar sobre el alcance de nuestra fe y nuestra entrega al prójimo:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (Mateo 15, 8-9).

También nos puede servir la plegaria eucarística V/b:

“Danos entrañas de misericordia ante toda miserias humana; inspíranos el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano sólo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido.

Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

Beato Eustaquio van Lieshout

Nació en Aarle-Rixtel (Países Bajos), en la diócesis de Hertogenbosch, el 3 de noviembre de 1890. Fue bautizado el mismo día, con el nombre de Humberto.

Era el octavo de once hermanos de una familia muy católica, en la que cada día se rezaba el Ángelus y el rosario. Se asistía a la celebración de la Eucaristía no sólo los domingos sino también muchas veces entre semana. En casa había un ambiente de serenidad y trabajo, así como de mucha solidaridad entre los hermanos. De niño, Humberto, asistió a la escuela de las Hermanas de la Caridad de Schijndel y después a la del maestro católico Harmelinck.

De carácter jovial y sociable, era muy apreciado tanto en casa como fuera. Pronto sintió la llamada al sacerdocio, por lo cual quiso hacer estudios secundarios, contra el parecer de su maestro, que no lo consideraba dotado para ello. Su padre lo quería para las labores del campo. Humberto logró, finalmente, que su padre le permitiera estudiar. Fue a Gemert para asistir a la escuela secundaria y allí permaneció dos años. Habiendo leído la biografía del padre Damián de Veuster, decidió entrar en la congregación de los Sagrados Corazones. Ingresó en 1905 en la escuela apostólica que esa congregación tenía en Grave y allí continuó los estudios de secundaria. A pesar de las dificultades que encontraba en los estudios, especialmente en las lenguas, se esforzó mucho y los profesores lo animaron, dada su voluntad y su disposición para la vida religiosa misionera.

Terminados los estudios secundarios, el 23 de septiembre de 1913, fue admitido al noviciado, que en aquel tiempo se encontraba en Tremeloo (Bélgica). Tomó el nombre de Eustaquio, con el que se le conoce desde entonces. Ante la invasión alemana de Bélgica en aquel año, tuvo que regresar a su casa. Esta situación duró poco tiempo y pudo continuar el noviciado en los Países Bajos, haciendo su profesión temporal el 27 de enero de 1915 en Grave (Países Bajos) y la profesión perpetua el 18 de marzo de 1918 en Ginneken (Países Bajos). En 1916 concluyó los cursos de filosofía y durante los años 1916-1919 hizo los estudios teológicos en Ginneken. Sus profesores, admitiendo que no estaba muy dotado para las cuestiones metafísicas, sin embargo consideraban que iba adquiriendo una buena visión teológica y un buen criterio en las cuestiones de práctica pastoral. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1919.

Ejerció el ministerio en su patria durante cinco años. El primer año lo pasó en Vierlingsbeek como asistente del maestro de novicios. Los superiores, motivados sobre todo por su piedad y estricta observancia de la Regla, lo dedicaron al ámbito de la formación. Luego pasó dos años en Maasluis en el servicio pastoral a los obreros del cristal que eran valones de lengua francesa y se habían refugiado en los Países Bajos. Con ellos demostró un gran celo apostólico, que fue reconocido por el Estado belga, el cual lo condecoró por sus servicios a esa minoría.

Por último, durante dos años ejerció el ministerio en Roelofarendsveen como vicario del párroco, p. Ignacio Herscheid. Aquí su actividad fue muy intensa con las organizaciones parroquiales, así como en el confesionario y en la asistencia a los enfermos. En el mes de diciembre de 1924 fue enviado a España para aprender español, ya que en principio pensaban destinarlo a una misión en Uruguay; sin embargo, después fue enviado a Brasil. El padre Eustaquio deseaba ser misionero y ese deseo se vio cumplido cuando se erigió la provincia de los Países Bajos y el nuevo provincial, p. Norbert Poelman buscó una misión en América Latina para la provincia naciente.

El p. Eustaquio llegó a Río de Janeiro el 12 de mayo de 1925. Trabajó como misionero durante dieciocho años en Brasil, diez en Agua Suja, seis en Poá y los dos últimos años de su vida, breves estancias en varias casas de la Congregación: Río de Janeiro, Fazenda de San José de Río Claro, Patrocinio, Ibiá y, por último, en Belo Horizonte como párroco de Santo Domingo, donde murió el 30 de agosto de 1943.

El 23 de abril de 1925 partieron de Amsterdam el p. Norbert Poelman, provincial, con los tres primeros misioneros para Brasil: Gilles van de Boogaard, Eustaquio van Lieshout y Mathias van Roy. Llegaron el 12 de mayo y tuvieron que esperar hasta el 15 de julio para tomar posesión de la parroquia de Agua Suja, que actualmente se denomina Romaría, en la diócesis de Uberaba, en la región conocida como "Triángulo Minero". La parroquia tenía el santuario diocesano de Nuestra Señora de la Abadía. En principio el p. Eustaquio colaboró como vicario, asumiendo la atención pastoral de la parroquia de Nova Ponte y sus capillas.

Posteriormente, a partir del 2 de marzo de 1926, fue nombrado párroco de Agua Suja. Era una parroquia donde la gente se dedicaba fundamentalmente a la búsqueda del oro en las orillas del río Bagagem. Dada la incertidumbre de los resultados de aquellos trabajos, la situación económica y social era difícil. El p. Eustaquio se dedicó plenamente a sus feligreses y trató de atenderlos tanto física como espiritualmente. Su empeño por mejorar las condiciones humanas y religiosas de aquella población dio buenos frutos. Especial dedicación prestó siempre a los pobres y a los enfermos, produciéndose ya entonces algunas curaciones por su medio.

El 15 de febrero de 1935 tomó posesión de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes de Poá, en la región metropolitana de São Paulo. Recibió también el encargo del cuidado pastoral del barrio de San Miguel Paulista, actualmente sede de la diócesis. Si la parroquia de Romaría era difícil no lo era menos la de Poá. A su llegada carecía de templo parroquial, con problemas con las sectas espiritistas y bastante indiferencia entre la gente. El p. Eustaquio se dedicó de nuevo con gran celo a visitar a las familias, los enfermos, los pobres, los niños, así como a la organización parroquial. A partir de 1937 su apostolado asumió una connotación particular: el don de curación por intercesión de san José. Especialmente orientó esta actividad a fortalecer la fe del pueblo y a liberarla de la tendencia a la superstición. Es entonces cuando su fama comenzó a extenderse por el país y de todos lados comenzaron a llegar personas que querían verle y obtener por su medio el favor de la curación. La afluencia de la gente era cada vez mayor, llegando a pasar por Poá unas diez mil personas al día. Dadas las limitaciones de aquella parroquia para admitir tanta gente, la autoridad civil comenzó a intervenir y posteriormente los superiores se vieron obligados a trasladar al p. Eustaquio. Una vez recibida la orden de sus superiores, actuó prontamente y salió de Poá el 13 de mayo de 1941.

Los dos últimos años de su vida constituyeron una verdadera peregrinación. En todos los sitios a donde llegaba, incluso tratando de esconderse de la gente, había personas que lo buscaban para pedirle ayuda, consuelo y curación. En Río de Janeiro permaneció unos quince días y también allí hubo grandes concentraciones de personas que lo buscaban. De nuevo fue trasladado, esta vez tratando de ocultar su destino. De hecho permaneció con otro nombre, p. José, en la Fazenda de Río Claro y allí se dedicó a la oración, a la lectura y también a atender a los ochocientos colonos de la factoría. Algunos obispos y sacerdotes, a pesar del carácter incógnito de este tiempo, le solicitaron bendiciones y oraciones para los enfermos, cosa que realizó con el permiso de sus superiores.

Del 13 de octubre de 1941 al 14 de febrero de 1942, fue enviado a Patrocinio. Allí pudo ejercer de nuevo el apostolado en forma pública con algunas condiciones. En cualquier caso también allí por su medio hubo numerosas conversiones. Después fue trasladado a Ibiá, en Minas Gerais, como párroco una vez más, ya que parecía que la situación se había estabilizado. Después de tres meses en los que pudo ejercer serenamente su actividad parroquial, los superiores creyeron conveniente trasladarlo como párroco a Belo Horizonte, a la parroquia dedicada a los Sagrados Corazones. Allí permaneció desde el 7 de abril de 1942 hasta su muerte.

Además de todas las actividades parroquiales ordinarias, cada día recibía a unas cuarenta personas en el confesionario, que llegaban a él provistas de un billete, como habían dispuesto los superiores para evitar concentraciones. Especialmente se ocupaba de las confesiones de los enfermos. Ante las peticiones de otras parroquias, acudía con presteza y escuchaba muchas confesiones. Ciertamente todos lo consideraban un verdadero misionero y un santo.

El 20 de agosto, atendiendo a un enfermo de tifus exantemático, él mismo contrajo la enfermedad. En principio se le diagnosticó una pulmonía, pero después se constató que se trataba de esa grave enfermedad, que por entonces era incurable. Consciente de la proximidad de su muerte y habiendo pronosticado él mismo que se produciría en pocos días, se preparó a ella con la oración y la recepción de los sacramentos. Los testigos afirman la gran fortaleza con la que afrontó aquella situación hasta el final. Sus últimas palabras, dirigidas al p. Gil, fueron: "Padre Gil, ¡Deo gratias!"; diciendo esto, expiró.

sábado, 29 de agosto de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Acerca del amor fraterno no hace falta que os escriba, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros los unos a los otros.
Como ya lo hacéis con todos los hermanos de Macedonia.
Hermanos, os exhortamos a seguir progresando: esforzaos por mantener la calma, ocupándoos de vuestros propios asuntos y trabajando con vuestras propias manos, como os lo tenemos mandado.

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecia a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
-«Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»
Y le juró:
-«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»
Ella salió a preguntarle a su madre:
-«¿Qué le pido?»
La madre le contestó:
-«La cabeza de Juan, el Bautista.»
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
-«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.

Palabra del Señor.

Santa María de la Cruz (Juana Jugan)

«Fundadora de las Hermanitas de los Pobres. Injustamente postergada, alumbró su obra entregada a los pobres y a los enfermos. Por su labor humanitaria fue galardonada por la Academia Francesa con el premio Montyon»

Nació en Cancale, Francia, el 25 de octubre de 1792. Su padre era un honrado pescador en las costas de Terranova y un día el mar bravío lo engulló. Ella tenía cuatro años. Después fue de gran ayuda para su madre, que debía alimentar a todos los hijos; cuidaba un rebaño mientras rezaba y mantenía viva la presencia de Dios en su corazón. En 1810 obtuvo empleo como ayudante de cocina en casa de la vizcondesa de la Chouë. A los 18 años la cortejó un marinero. No quiso comprometerse entonces y al cumplir los 24 el enamorado insistió. Su madre juzgaba que el matrimonio sería ventajoso, pero a Juana le movía esta poderosa convicción: «Dios me quiere para Él. Él me guarda para una obra que no es aún conocida...». En 1816 participó en una «Misión». Y en medio de la oración brotó el afán de consagrarse a Dios y de asistir a los pobres por amor a Él, vinculada a la Tercera Orden del Corazón de la Madre Admirable, obra de san Juan Eudes. Comenzó a trabajar como ayudante de enfermería en el hospital «du Rosais» de Saint-Servan, hasta que en 1823 cayó enferma por causa de gran fatiga. Pero ya había hecho acopio de una excelente formación que iba a ayudarle en su misión, y mostrado gran sensibilidad para comprender y paliar el dolor ajeno. Convivió con Marie Lecoq doce años. Compartían el mismo ideal: misa diaria, oración, visitas a los pobres de la parroquia, y la formación catequética a los niños. Ella ayudó a Juana a restablecerse.

Lecoq murió en 1835. Pocos años más tarde, la santa alquiló una vivienda junto a François Aubert, que era conocida suya. Inició la fundación en el invierno de 1839 con la acogida de una anciana viuda, pobre, ciega y enferma de la que tenía referencia directa. La ubicó en su dormitorio portándola en sus brazos, y ella se mudó al granero. Las siguientes integrantes fueron Virginia, una joven de 17 años, que sanó gracias a sus cuidados, y otra persona mayor, soltera, que había servido gratuitamente a un matrimonio sin recursos y que no tenía a donde ir. La demanda crecía y pronto escaseó el espacio. Abnegada, generosa, llena de piedad y misericordia por los pobres desvalidos, los buscaba en barrios marginales y en toda clase de tugurios. En 1840 pusieron en marcha una asociación caritativa junto al vicario del lugar, Augusto Le Pailleur; éste sería su cruz. François tuvo en cuenta su avanzada edad, y prefirió quedarse en la retaguardia. Esta mujer, Juana y Magdalena Bourges, otra enferma cobijada en casa que la fundadora auxilió, fueron las primeras integrantes de las Hermanitas de los Pobres.

Para alimentar a tantas personas recogidas y a falta de ingresos, mendigaban. Lo habían hecho antes las ancianas, pero pidieron a Juana que las sustituyera. Y ella aceptó animada por un religioso de san Juan de Dios. Tuvo que vencerse y hacer un ímprobo esfuerzo, pero salió a la calle y plantó cara muchos desplantes y chanzas. Sufrió las inclemencias meteorológicas y la penalidad de los largos trayectos. Tenía dotes para la colecta, y obtenía no solo dinero sino también ayuda en especies. Un día le dieron una bofetada, y ella respondió mansamente: «Gracias; eso es para mí. ¡Pero ahora deme algo para mis pobres, por favor!». Una persona que poseía cuantiosos bienes juzgó que era suficiente con la notable cantidad que le entregó; no llevó bien que Juana volviese de nuevo en otra ocasión y la trató sin miramiento. Pero ella no se arredró. Le recordó que precisaban comer todos los días. El hombre, impresionado, se avergonzó y se convirtió en uno de sus benefactores. La santa también infundía el amor al trabajo a los ancianos, que ayudaban con lo que sabían hacer para costear los gastos.

En 1843 fue unánimemente reelegida superiora por sus compañeras. En 1845 la Academia Francesa le concedió el premio Montyon por su labor humanitaria; el dinero que le dieron lo invirtió en reparar un techo. También la logia masónica premió su labor con una medalla de oro que fundió para hacer un cáliz. Su fama crecía, aunque ella no la buscara. Sin embargo Le Pailleur tenía aspiraciones que no discurrían por el camino evangélico. Su intención era manejar a su antojo la fundación y pensando que no podría intervenir en ella si Juana estaba al frente, poco tiempo después de la elección, dando por inválida su designación, la relegó a la colecta sin más atribuciones. Como siempre, un santo obra milagros en la adversidad y arrebata las gracias con su virtud. Juana, que no perseguía el poder, obedeció y asumió con mansedumbre la decisión y las humillaciones que siguieron después, incluido el trato prepotente y altivo de la nueva y joven superiora.

Enviada a Rennes a mendigar, fundó allí en 1846 y luego abrió casas en distintos puntos del sur de Francia. Devotísima de san José, logró que los ancianos se encomendaran a él, y obtuvieran lo que pedían. En 1852 Le Pailleur, que le prohibió también pedir limosna, la envió a la casa fundadora. Allí permaneció cerca de tres décadas realizando tareas domésticas, completamente postergada, íntima y profundamente unida a Cristo, amando a los pobres, en quienes le veía: «No olviden nunca que el pobre es nuestro Señor». Desde el anonimato se ocupó de mantener en pie la Orden, impulsándola, gozándose íntimamente en su sencillez de los frutos que se cosechaban. ¡Qué corazón tan grande! Con sus propios matices, es la noble y conmovedora historia que late en las fundaciones porque quienes las impulsaron murieron día a día a sí mismos buscando únicamente la gloria de Dios. La obra fue aprobada por León XIII en marzo de 1879. El 29 de agosto de ese año ella murió en silencio, como hizo en las décadas de humano ostracismo mientras que su espíritu iba inundándose con la luz divina. Muchas de las hermanas supieron después que era la fundadora. Juan Pablo II la beatificó el 3 de octubre de 1982. Benedicto XVI la canonizó el 11 de octubre de 2009.

viernes, 28 de agosto de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos:
Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante.
Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.
Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada, que os apartéis del desenfreno, que sepa cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.
Y que en este asunto nadie ofenda a su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos.
Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino sagrada. Por consiguiente, el que desprecia este mandato no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.
Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz: - ¨¡ Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas: - “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.”
Pero las sensatas contestaron: -”Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.”
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: - “Señor, señor, ábrenos.”
Pero él respondió: - “Os lo aseguro: no os conozco.”
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor.

San Agustín

La historia de San Agustín es la historia de un alma y de un siglo. El alma tiene acaso más interés que todo el ambiente que la rodea. Arrastrada por dos amores, el amor infinito, que la atrae irresistiblemente, y el amor creado, que busca a Dios hasta cuando parece que le huye, nos ofrece el tipo del corazón humano sediento de verdad y felicidad. Este doctor insigne, el pensador a quien más debe el mundo occidental, nació en una pequeña ciudad de Numidia, Tagaste, que hoy se llama Souk-Aras. Hijo de una madre profundamente piadosa: Santa Mónica. Fue educado desde sus primeros años cristianamente, pero sin recibir el bautismo. Tres grandes ideas hicieron viva impresión en su inteligencia infantil: la de un Dios Providencia, la de un Cristo Salvador y la de una vida futura. No tardó en revelarse como un niño prodigiosamente dotado. No obstante, odiaba los libros, era perezoso y disipado y tenía particular aversión a la lengua griega. En sus rezos infantiles pedía al Señor que le librase del azote del maestro, y él mismo nos dice que todo su afán era divertirse. Sin embargo, su inteligencia era tal, que pronto aprendió todo lo que podían enseñarle en la escuela de Tagaste. Alentado por aquellos primeros éxitos, su padre, que no era rico, hizo un esfuerzo para llevarle a estudiar en las escuelas de Madaura, la ciudad de Apuleyo. Allí empezó a hacer versos, imitando los de la Eneida. Leía con pasión los poemas virgilianos, los estudiaba y los aprendía de memoria. La aventura de Dido, sobre todo, le arrancaba lágrimas ardientes, envolvía su alma en una atmósfera de ensueño, y le llenaba de gozo pensando en la embriaguez del amor. Más tarde, cuando llegue la hora del desengaño, conocerá las inefables dulzuras del verdadero amor. Entonces podrá decir con la autoridad de quien lo ha experimentado todo: «La delectación del corazón humano en la luz de la verdad y en la abundancia de la sabiduría, la delectación del corazón humano, del corazón fiel; del corazón santificado, es única. No encontraréis nada en ningún placer que se la pueda comparar. No digáis que es un placer menor, porque lo que se llama menor no tiene más que crecer para ser igual. Es otro orden, es una realidad distinta.»

A los dieciséis años, Agustín sabía tanto como sus maestros de Madaura. Fuéle preciso volver a Tagaste, en el momento en que empezaba para él la crisis de la pubertad. Allí la vida ociosa fue fatal a su virtud. Abandonado a sí mismo, se entrega a los placeres con toda la vehemencia de su temperamento africano. Al principio, reza, pero sin deseo de ser oído. «Dame, ¡oh Señor!, la castidad; mas no ahora.» Cuando al terminar el año 370 llega a Cartago para proseguir sus estudios, la fascinación de la vida sensual y pagana le envuelve como un torbellino irresistible. Contrae una relación culpable, que le atormenta y le tiraniza, y sólo después de varios años, «desgarrado por los aguijones encendidos de los celos, azotado por las sospechas, los temores y la ira», empezó a sentir la necesidad de abandonar lo que él llamó «el pantano de la carne». La lectura del Hortensio, un libro de Cicerón, hoy perdido, imprime a su vida una dirección nueva y despierta en su alma un ideal más puro. «De repente, toda vana esperanza apareció vil a mis ojos, y con un ardor increíble del corazón empecé a desear la inmortalidad de la sabiduría.» Desde este momento la retórica se convierte para él en una carrera; la filosofía, en el anhelo de todo su ser. Pero este amor ciego del saber le hace caer, cuando iba a cumplir los veinte años, en la herejía de los maniqueos. Se deja deslumbrar, por las promesas de una filosofía libre de freno de la fe, que le promete descorrer ante sus ojos el velo de los fenómenos más misteriosos de la Naturaleza, y le libra de las contradicciones aparentes de la Sagrada Escritura, y resuelve el problema del mal, que atormenta su espíritu, con la teoría de los dos principios opuestos de la lucha entre la luz y las tinieblas. Precisamente, Agustín era un enamorado de la luz. Ningún escritor la ha celebrado con más entusiasmo; y no sólo la luz de la bienaventuranza inmortal, sino también la luz que alegra los ojos, la de los campos de áfrica, la del sol y las estrellas, la de la tierra y el mar.

El joven estudiante se entregó a la secta maniquea con todo el ardor de su carácter y con toda la fogosidad de su juventud. Leía todos sus libros, defendía todas sus opiniones, era un proselitista formidable, y atacaba la fe católica; según él mismo nos dice, con una locuacidad miserable y furiosísima. Sus amigos y condiscípulos quedaron deslumbrados por la magia de su lenguaje. Este período herético de su vida coincide con el pleno desarrollo de sus facultades literarias. Al terminar los cursos se abrieron delante de él las perspectivas del foro, en que había brillado Cicerón, uno de los hombres a quienes más admiraba; pero, más inclinado hacia la carrera de las letras, prefirió volver a Tagaste y abrir una escuela de gramática. Allí encontró un amigo de la infancia, un joven que, acosado por las angustias de la muerte, pidió la gracia del bautismo. Agustín, que velaba a su cabecera, se burló de aquella ceremonia; pero el moribundo le reprendió ásperamente. No obstante, aquella muerte le dejó abrumado y deshecho. «El dolor—dice él mismo—cubrió mi corazón de tinieblas. Por todas partes no veía más que la muerte. Mi patria se me convirtió en un suplicio; la casa paterna, en una increíble calamidad. Todo lo que me recordaba a mi amigo me llenaba de angustia. Mis ojos le buscaban día y noche, sin poderle encontrar en ninguna parte. Todo me parecía odioso, hasta la misma luz. Sólo las lágrimas y los sollozos podían contentarme.»

Quiso olvidar el dolor buscando la gloria en un teatro más vasto y brillante, y esto le decidió a abrir en Cartago una escuela de retórica, o, como él dice, una tienda de palabras. Siguiéronle allí sus discípulos y sus amigos, entre los cuales estaba el inseparable Alipio, que irá con él de la herejía a la ortodoxia, de la ortodoxia al episcopado, y del episcopado a las cimas de la santidad. Agustín sigue entregándose apasionadamente al estudio de todas las artes liberales; enseña y aprende, discute con calor, lee sin tregua, triunfa en los certámenes, interviene en una justa poética, consigue el primer premio y recibe de manos del procónsul la corona del vencedor. Entonces es también cuando compone su primer libro, un libro hoy perdido, que trataba de la belleza. Esta actividad no logró ahogar por completo su inquietud religiosa. Ni aun en la época de sus primeros entusiasmos había llegado a sosegar su espíritu con las enseñanzas maniqueas. El vacío espantoso de una filosofía «que lo destruía todo sin edificar nada», la inmoralidad de sus adeptos, en oposición con su virtud fingida, la mediocridad intelectual de sus jefes, empezaron a desvanecer una ilusión que iba durando años y años. Se le había prometido la ciencia, es decir, el conocimiento de la naturaleza y de sus leyes, pero el tiempo pasaba sin que las doctrinas de Manes viniesen a iluminar su inteligencia: «Ten paciencia—le decían los elegidos, los altos personajes de la secta—; Fausto pasará por aquí, y te lo explicará todo.» Fausto, el más famoso de los obispos maniqueos, llegó al fin a Cartago, recibió al ya ilustre catecúmeno, se esforzó por resolver sus dificultades; pero todas sus respuestas sirvieron únicamente para descubrir al rétor vulgar; al charlatán sin sustancia, sin el más leve barniz de cultura científica. Aquella entrevista dio al traste con las ilusiones maniqueas de Agustín. No rompió inmediatamente con la secta; pero desde entonces empezó a buscar la verdad en otra parte.

Esta triste experiencia y la insubordinación de los estudiantes de Cartago despertaron en él la idea de buscar en Roma una situación más brillante y discípulos más dignos de su fama. En Roma abrió una cátedra de elocuencia, y no tardó en verse rodeado de una juventud que, si le admiraba y le escuchaba con más respeto que la de áfrica, encontraba toda clase de pretextos para no pagar las lecciones. El joven profesor prefiere asegurar su vida, y consigue que le designen para ocupar una cátedra que había quedado vacante en el Municipio de Milán. Dos años de lucha interior le separaban aún del triunfo definitivo. Pasa primero por un período de filosofía y de escepticismo sombrío. Se había separado de los maniqueos, pero las escuelas académicas no le ofrecían más que dudas. Se resuelve a permanecer en el catecumenado de la Iglesia católica aguardando alguna cosa mejor. Entra luego en una fase de entusiasmo neoplatónico. La lectura de las obras de Platón y de Plotino le devuelven la esperanza de encontrar la verdad. Si poco antes se creía incapaz de concebir un ser espiritual, al examinar ahora las profundas teorías platónicas sobre el mal, que es esencialmente privación, sobre la luz inmutable de la verdad, sobre Dios, ser incorpóreo e infinito, fuente de los seres, y sobre el Logos del filósofo griego, que le parecía idéntico al Verbo del Evangelio, sintióse arrebatado por el ímpetu de una nueva pasión, más noble y más fuerte que las anteriores. Pensó un momento que sería feliz consagrándose a la investigación de la verdad y llevando en compañía de algunos amigos una vida sencilla y casta, iluminada por la más alta actividad espiritual.

Pronto se dio cuenta de que todo aquello era un sueño. Las pasiones le encadenaban aún a la existencia de los sentidos; una mujer le había seguido desde áfrica y un hijo de ambos se sentaba en los bancos de la escuela. Sigue el último combate, y con él un período de esfuerzos desesperados y lacerantes. Pero su madre está junto a él; la dulce influencia de Mónica, la noticia de los heroísmos de los anacoretas orientales, y, finalmente, la conversión al catolicismo del célebre retórico Victorino, acaban por abrir su corazón a la gracia, que le rinde a los treinta y tres años de edad, en el jardín de su casa de Milán. El mismo ha escrito en sus Confesiones el relato de aquel drama íntimo con palabras inolvidables. «Sufría—dice—dando vueltas a las cadenas, que no me retenían más que por un débil eslabón, pero que, sin embargo, me retenían. Yo me decía: «¡Ea!, ¡vamos!, ¡ahora mismo!, ¡inmediatamente!» Me resolvía a comenzar, y no comenzaba. Y volvía a caer en el abismo. Y cuanto más próximo estaba el inaprehensible instante en que iba a cambiar mi ser, más me sobrecogía el terror. Y las naderías de naderías, y las vanidades de vanidades, y mis amistades antiguas me agarraban por la ropa de mi carne, y me decían al oído: «¿nos despides? ¿Cómo? ¿Y no podremos hacerte compañía?» Ahora no me asaltaban de frente, como en otros tiempos, atrevidas y exigentes, sino con tímidos cuchicheos murmurados a mi oído. Y la violencia de la costumbre me decía: «¿Podrás vivir sin ellas?»

«Mas del lado por donde yo temía pasar resonaba una voz de aliento. La casta majestad de la continencia extendía hacia mí sus manos piadosas; y me mostraba, desfilando a mis ojos, una multitud de niños, doncellas, viudas venerables, mujeres envejecidas en la virtud y vírgenes de todas las edades. Y con un tono de dulce y confortante ironía, parecía decirme: ¿Y qué? ¿No podrás tú lo que éstos y éstas?» Esta lucha interior era como un duelo conmigo mismo. Avanzaba hacia el fondo del jardín, dejaba correr mis lágrimas, y exclama entre sollozos: «¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? ¡Mañana!... ¡Mañana!... ¿Por qué no ahora?» Clamaba y lloraba con toda la amargura de mi corazón roto. Y, repentinamente, oigo salir de una casa vecina como una voz de niño o doncella, que cantaba y repetía estas palabras:

« ¡Toma y lee! ¡ Toma y lee! » Hice memoria para recordar si era algún estribillo usado en los juegos infantiles; de nada parecido me acordé. Volví al lugar donde antes me hallaba y en donde había dejado el libro de las Epístolas de Pablo. Le tomé, le abrí, y mis ojos se encontraron con estas palabras: «No viváis en los banquetes ni en el libertinaje, sino revestíos de Jesucristo.» No quise, no tuve necesidad de leer más. Inmediatamente se difundió por todo mi ser como una luz de seguridad que disipó las tinieblas de mi incertidumbre. Fui en busca de mi madre. Le referí todo lo sucedido. Alegróse al escucharme. Triunfaba y te bendecía, Señor, a Ti, que eres poderoso para concedernos más de lo que pedimos y pensamos.»

Esto sucedía en otoño del año 386. Inmediatamente Agustín renunció a su cátedra para retirarse a Casicíaco, una finca de los alrededores de Milán, con la intención de entregarse al estudio de la verdadera filosofía en compañía de su madre, de su hijo Adeodato y de sus amigos. Empieza ahora en su vida un período de diez años, durante el cual se realiza en su espíritu la fusión de la filosofía platónica con la doctrina revelada. El retiro de Casicíaco parece realizar el sueño tanto tiempo acariciado. El mismo Agustín ha recordado varias veces en sus obras aquella vida de quietud, animada por la sola pasión de la verdad. A él le enojaba la administración de la finca y el trato con esclavos y colonos, pero su salud exigía esta distracción. Al mismo tiempo completaba la formación de sus amigos por medio de lecturas literarias y conversaciones filosóficas acerca de la verdad, de la certidumbre, de la felicidad en la filosofía, del orden providencial del mundo y del problema del mal; en una palabra, de Dios y del alma. Aquellas charlas con sus discípulos, a quienes había comunicado su desprecio del mundo y su repugnancia por la vida de los sentidos, le dieron, recogidas por los estenógrafos, la sustancia de sus primeros libros: los Soliloquios, los Diálogos acerca de la vida bienaventurada, del orden, de la inmortalidad y de las doctrinas de los académicos.

El filósofo vivía aún en Agustín, y vivirá hasta la última hora de su vida; pero sobre el filósofo vivía el cristiano, el penitente. Su filosofía no es ya la que condenan los Libros Santos; es la «santa filosofía», la que ama y aprueba Mónica, que interviene en aquellas conferencias, donde se ventilan los más santos problemas, y pone en ellas la voz de su corazón y las intuiciones de su alma exquisita. Agustín ha vencido el orgullo de la inteligencia y el de la carne: ahora su ignorancia le aterra, su miseria moral le horroriza, el recuerdo de sus desórdenes le llena de dolor. Renuncia al dinero, a la enseñanza y al matrimonio. Su única esposa será la sabiduría. «Por la libertad de mi alma—nos dice él mismo—me sujeté a no tomar mujer.» Toda su alma de catecúmeno está en aquel grito de los Soliloquios: «Haz, oh Padre, que yo te busque.» Bautizado en la primavera de 387, no tiene más que continuar la vida comenzada antes del bautismo. Su único deseo es abandonar el mundo, vivir una vida humilde y oculta, entregada al estudio de la Sagrada Escritura y a la contemplación de Dios. Más de una vez, sus enemigos le acusarán de haberse convertido por ambición. El odio les cegaba, y con el odio, la envidia. Es difícil encontrar conversión más sincera, más desinteresada y a la vez más heroica. Agustín estaba en el momento más brillante de su vida. Hay hombres a quienes las cosas abandonan a su pesar; él abandonaba todas las grandes cosas con que los hombres sueñan, abandonaba todo lo que había amado con frenesí.

Un año después de su bautismo le vemos en Tagaste planeando su programa de vida perfecta: vende sus bienes, distribuye el dinero entre los pobres, y se consagra a una vida de pobreza, de oración y de estudio. El nuevo convertido es ya un apologista y un polemista. En un alma de fuego, como la suya, a la conversión tenía que seguir el proselitismo. Continúa la serie de sus obras filosóficas, combate a los maniqueos, oponiendo sus fingidas virtudes a la santidad auténtica de la Iglesia, y empieza a preocuparse por las grandes cuestiones teológicas. La apologética cristiana se hace más amplia y profunda. «Se trata de demostrar—dice Agustín, con una fórmula audaz—, primero, que es razonable el creer, y luego, que el no creer sería una locura.» La santidad del cristianismo y la transformación moral del mundo eran los fenómenos que más impresión hicieron en la mente de Agustín. La Iglesia se presentaba a sus ojos como una demostración puesta al alcance de todos. Examina los dogmas cristianos en sus relaciones con el alma, deteniéndose, sobre todo, en las doctrinas antropológicas del pecado y de la gracia, tomando como punto de partida el aspecto humano y psicológico; la felicidad, el hicístenos, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.

En Tagaste, Agustín hacía vida monacal, vida de penitencia de caridad y de trabajo. Apenas se atrevía a salir de su celda por temor a que pusiesen sobre sus hombros la carga del episcopado; pero un día tuvo que trasladarse a Hipona, llamado por un amigo, y estaba en la iglesia rezando fervorosamente, cuando el pueblo se echó sobre él y le arrastró a presencia del obispo, pidiendo que se le ordenase de sacerdote. Cinco años más tarde, en 396, Agustín tuvo que aceptar el episcopado, también de una manera violenta. La residencia episcopal quedó convertida en monasterio, que fue un semillero de nuevas fundaciones, derramadas por toda el áfrica. Por ellas se ha podido considerar a San Agustín como el patriarca de la vida religiosa en su tierra y como el renovador de la vida clerical. Pero fue, sobre todo, el pastor de las almas y el defensor de la verdad. Modelo de obispos, no se desdeñaba de descender a los mil detalles de la administración. Las Iglesias tenían entonces grandes posesiones, que eran el patrimonio común de los fieles: fincas, tierras, talleres, artesanos, libertos, agricultores, artistas, fundidores, cinceladores y bordadores. Una multitud de trabajadores vivía bajo la vigilancia de Agustín y bajo su cuidado. Mil alusiones y comparaciones rústicas que se notan en sus sermones prueban que no desconocía nada de cuanto se refiere a la administración de una finca, a la vida de los campesinos y a las diversas tareas de los trabajadores. Los procedimientos de las oficinas, las fórmulas de rentas y contratos, el funcionamiento de las prensas y los molinos le eran tan familiares como las ideas de Platón o los versos de los Salmos. Entre aquellas funciones episcopales, había una, sobre todo, que le repugnaba: era la de escuchar los pleitos y dictar las sentencias. Teodosio acababa de legalizar la competencia jurídica de les obispos en materia civil. El obispo de Hipona tenia su tribunal en el pórtico de la basílica. Diariamente daba audiencia hasta mediodía, y a veces hasta la puesta del sol. En cuanto aparecía, los litigantes se le acercaban tumultuosamente, le rodeaban, le apretujaban, le constreñían a que se ocupase de sus asuntos. Agustín los recibía con toda su bondad, pero al día siguiente les increpaba con palabras como estas del Salterio: «Apartaos de mí, malvados, y dejadme estudiar los mandamientos de mi Dios. Puedo afirmar por mi alma—añadía—que si mirase mi comodidad personal, me gustaría más ocuparme en el trabajo manual, y disponer del tiempo restante para leer, orar y meditar las escrituras divinas.»

Pero la mirada del gran doctor se extiende hasta la extremidad del mundo romano y su voz repercute en toda la Iglesia. En Oriente y Occidente, el obispo de Hipona era considerado como el intérprete del Evangelio, como el atleta de la fe. Se ha dicho, con razón, que el Imperio prolongaba únicamente su agonía para dar paso a la acción ejercida por este hombre extraordinario en la historia universal. Es increíble la actividad de Agustín durante los treinta y seis años de su episcopado. Dirige, gobierna, administra, organiza concilios, recorre las vastas provincias de áfrica, alimenta a su pueblo con aquella palabra sublime y familiar al mismo tiempo, que los hombres no han vuelto a escuchar otra vez; discute con los herejes, y con un fervor proselitista que no se fatiga nunca, prosigue sus campañas contra todos los enemigos de la Iglesia. Demuestra, contra los maniqueos, que Dios ha preferido sacar el bien del mal, antes que no permitir el mal, negando la libertad a la criatura; contiene, deshace y aniquila a fuerza de inteligencia y de paciencia el formidable poder del cisma donatista, y cuando Pelagio y Celestio empiezan a propagar sus doctrinas, sale al campo con toda la fuerza de su genio en favor de la gracia. También él había afirmado, con una intensidad de emoción que pocos hombres habrán igualado, la existencia de una voluntad libre, mediante la cual el hombre es señor de su destino entre las solicitaciones contrarias del bien y del mal. Sin embargo, esta clara visión del libre albedrío no le impedía confesar la existencia de dos grandes fuerzas que se disputan el corazón humano: la concupiscencia, fruto del pecado original, y la gracia. En sus Confesiones, publicadas en el año 400, había dicho: «Señor, dadnos lo que mandáis, y mandad lo que queráis.» Pero la atracción moral de la gracia no aminora la facultad de obrar, sino que la acrecienta. Agustín lo afirma con esta poderosa fórmula: «Los hombres son movidos para que obren, no para que permanezcan inertes.»

Estas polémicas agustinianas eran la señal de que existía en el mundo un poder nuevo. En el mundo grecorromano, el arte de raciocinar había servido al sofista para propagar el error; ahora, en presencia de Agustín, era forzoso reconocer que el cristianismo poseía no tan sólo la verdad, sino también todos los recursos de la dialéctica para defenderla. Y hubieron de reconocerlo los paganos, lo mismo que los herejes. Viendo el Imperio a punto de desmoronarse, idólatras y cristianos se echaban mutuamente la culpa de haber causado su ruina. La perturbación de los espíritus era general. Roma, la Roma eterna, cuyo culto se había asociado a las viejas divinidades nacionales, y que continuaba siendo a los ojos de los escépticos una especie de divinidad, estaba ahora a merced de los invasores. Todos los que amaban el orden y la tradición se hallaban profundamente desorientados, y no faltaban creyentes que dudaban de su fe al pensar en la catástrofe de la Roma cristiana. El genio de Agustín había previsto el peligro, y desde 412 ocupaba los ocios de su laborioso ministerio en la composición de una obra, que debía absorberle catorce años de meditación y trabajo, y que fue La Ciudad de Dios. Con las Confesiones, La Ciudad de Dios ocupa un lugar aparte en el arsenal inmenso de su obra literaria. Las Confesiones son la psicología vivida de un alma individual; La Ciudad de Dios es la filosofía de la historia de la Humanidad. Ante el problema suscitado por la caída del Imperio romano, Agustín, por un vuelo de su genio, derrama su vista a través de los siglos y considera el panorama completo de la Humanidad en sus relaciones con la religión cristiana. La Ciudad de Dios es para él la sociedad de todos los fieles en todos los tiempos y todos los países; la ciudad terrestre es la sociedad de todos los enemigos de la verdadera religión. La erudición de esta gran obra ha podido envejecer en parte; pero su idea dominante, que es la de trazar un vasto plan de los conflictos de la fe y la incredulidad a través de la historia humana, es siempre de actualidad.

En medio de la catástrofe, Agustín continuaba enseñando, discutiendo y escribiendo. Sufría por la ruina de un mundo amado, pero se consolaba pensando que era ciudadano de un Imperio inmortal. A su pueblo, que palidecía ante el anuncio del avance de los vándalos, que recorrían el áfrica incendiando y destruyendo ciudades, le decía: «¿Es cosa nueva ver que se caen las piedras y que se mueren los hombres?» Los que no le comprendían llegaron a acusarle de insensible. Sus últimos días tienen toda la grandeza de los viejos ciudadanos romanos. Genserico ha llegado delante de Hipona: ochenta mil vándalos bloquean la ciudad por mar y tierra. Viejo y achacoso, Agustín alienta los ánimos de sus fieles y los excita a la defensa. Habla en el pulpito y en la calle, consuela, dirige y aconseja. Al mes tercero del sitio, agotado por la fatiga, se ve obligado a guardar cama. «Hasta esta postrera enfermedad—escribe su discípulo Posidio—no había cesado de predicar al pueblo. Diez días antes de su separación definitiva nos rogó que nadie entrase en su alcoba sino en la hora de visita de los médicos o cuando le llevaban los alimentos. Cumplimos sus deseos, y él empleó todo aquel tiempo en la oración. Conservó hasta el último momento el uso de sus sentidos, y en nuestra presencia, ante nuestros ojos, confundidas nuestras preces con las suyas, se durmió con sus padres.»

Tenía entonces setenta y seis años. Había muerto; y empezaba a vivir en el mundo con una vida más alta. Después de quince siglos, sigue viviendo en las familias religiosas que le reconocen por Padre, en el culto de la Iglesia, en la piedad cristiana, en todas las almas que le deben el retorno a Dios y la consolidación de la fe, en todas las escuelas filosóficas y teológicas y en todos los horizontes intelectuales descubiertos por su genio. Su obra es inmortal. Ella le coloca entre ese pequeño grupo de hombres superiores, orgullo de la Humanidad, que se pueden contar con los dedos de la mano. Se ha dicho que, después de Pablo y Juan, a nadie debe la Iglesia tanto como a él. Desde cualquier aspecto que se le mire, su genio es prodigioso. Unos, sorprendidos por la profundidad y originalidad de sus concepciones, han visto en él el gran sembrador de ideas; otros han alabado la maravillosa armonía de las cualidades superiores de su espíritu, o la universalidad y amplitud de su doctrina, o la riquísima psicología, en que aparecen unidos y combinados el saber y la agudeza de Orígenes, la gracia y la elocuencia de Basilio y el Crisóstomo, las profundas perspectivas científicas de Aristóteles y la dialéctica poderosa de Platón. El filósofo es en él tan profundo como el teólogo, y el teólogo tan admirable como el exegeta. Tal vez nunca se ha unido en un grado tan eminente el talento especulativo helénico con el genio práctico del mundo latino; tal vez nunca se han encontrado en un alma un rigor de lógica tan inflexible con tal ternura de corazón. Lo que le caracteriza es la íntima fusión del más alto intelectualismo con el misticismo más arrebatado. Nadie ha dado más luces al espíritu de los hombres, y nadie ha hecho derramar tantas y tan dulces lágrimas a su corazón. La verdad no es para él únicamente un espectáculo, es algo que hay que poseer necesariamente. La verdad es sangre, es vida eterna e inmutable. La verdad es Dios, no el Dios abstracto, objeto de los pacientes análisis de la escolástica, sino el Dios vivo, bueno y bello, «patria del alma». De aquí aquel diálogo conocido de los Soliloquios:

—¿Qué deseas conocer?

—Dios y el alma.

—¿Nada más?

—Nada absolutamente.

Y en Dios, más que el poder, más que la majestad, contempla Agustín la belleza. «Tu belleza me arrebataba hacia Ti», escribía en las Confesiones. «Ya entonces—añade—yo vi, ¡oh Dios mío!, tus bellezas invisibles en las cosas visibles que has sacado de la nada.» Este pensamiento le inspira páginas de fuego, que sólo en él podemos encontrar.

Otro rasgo de Agustín, que nos explica en parte su originalidad y su grandeza, es su penetración psicológica y su facilidad como pintor de las observaciones íntimas. Esto le da su fisonomía propia entre los grandes doctores. Ambrosio examina también el lado práctico de las cuestiones; pero no se eleva tan alto, ni remueve el corazón tan profundamente como aquel retórico de Milán, discípulo suyo, a quien al principio debió de mirar con un poco de desdén; Jerónimo es más exegeta, más erudito y más estilista; pero a pesar de sus ímpetus, es menos penetrante, menos cálido, menos profundo; Atanasio es, ciertamente, tan sutil en el análisis de los dogmas, pero no se apodera del alma como el doctor africano; Orígenes tuvo en la Iglesia de Oriente una misión de iniciador comparable con la que Agustín desempeñó en Occidente; pero esa influencia, menos pura y menos vasta que la del águila de Hipona, se reduce a la esfera de la inteligencia especulativa. La influencia de Agustín es más universal, porque brota de los dones del corazón y del espíritu. Trasciende los confines de las escuelas, inspira la vida íntima de la Iglesia y penetra en las multitudes, difícilmente accesibles al genio puramente especulativo. Con sus confidencias íntimas ha llegado tan hondo hasta millones de almas, ha pintado con tal exactitud su estado interior, ha trazado de la confianza una imagen tan viva e irresistible, que lo que él vivió y sintió sigue viviéndose y sintiéndose a través de los siglos; y toda nuestra vida está todavía impregnada de ideas, de sentimientos, de expresiones esencialmente agustinianas.

jueves, 27 de agosto de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos, en medio de todos nuestros aprietos y luchas, vosotros, con vuestra fe, nos animáis; ahora nos sentimos vivir, sabiendo que os mantenéis fieles al Señor.
¿Cómo podremos agradecérselo bastante a Dios?
¡Tanta alegría como gozamos delante de Dios por causa vuestra, cuando pedimos día y noche veros cara a cara y remediar las deficiencias de vuestra fe!
Que Dios, nuestro Padre, y nuestro Señor Jesús nos allanen el camino para ir a veros.
Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos.
Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejarla abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
¿Dónde hay un criado fiel y cuidadoso, a quien el amo encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
Pues, dichoso ese criado, si el amo, al llegar, lo encuentra portándose así. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si el criado es un canalla y, pensando que su amo tardará, empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo hará pedazos, mandándolo a donde se manda a los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»

Palabra del Señor.

Santa Mónica – Madre de San Agustín

Estamos cansados de oír decir que el porvenir del hombre está en manos de aquellos que guían sus primeros pasos en la vida. La historia de Santa Mónica nos ofrece un doble ejemplo de esta verdad. Si a su solicitud maternal debemos uno de los santos más excelsos que han iluminado la Iglesia, una de las más puras glorias de la Humanidad, ella misma creció en un ambiente de austeridad, por no decir de dureza. En su pequeña ciudad de Tagaste había cristianos y paganos, católicos y maniqueos; pero en la casa de Mónica la fe auténtica era una tradición secular. Sus padres eran católicos hasta la obstinación; católicos, también, los domésticos que la rodeaban. Pero la que dictaba la ley en aquel hogar romanoafricano, donde con la fe y la virtud reinaba el tranquilo bienestar de una áurea medianía, era la nodriza, una vieja esclava que había nacido en casa, que había visto nacer a todos los hijos y los había llevado sobre sus hombros, y, en su fidelidad inviolable, llevaba la defensa de los intereses familiares más lejos que sus amos. En su niñez lejana había asistido a las escenas sangrientas de la última persecución, y ahora las contaba con exaltado apasionamiento, y vivía como si las hogueras pudiesen encenderse de nuevo. Era una aya severa en materia de disciplina. Su intransigencia encontraba en todas partes motivos de pecado y cosas que prohibir. Bajo su férula, ni el agua podía probarse fuera de las comidas: orden terrible para aquellos pequeños africanos que vivían cerca de la Tierra de la Sed. Pero la vieja les decía: «Ahora bebéis agua, porque no tenéis vino; más tarde, cuando os caséis y tengáis a vuestra disposición todas las llaves, no sabéis dónde os arrastrará la costumbre de beber.»

Mónica llevaba camino de realizar aquel pronóstico de la experiencia. No era santa todavía, pero tenía fama de discreta, y por eso la mandaban a la bodega para sacar el vino. Empezó por mojar los labios al momento de echarlo en la jarra. Eso era bastante para su garganta, poco acostumbrada al licor de Dionisios. Más que por gusto, lo hacía por travesura, por hacer una mala jugada a la nodriza, pero al poco tiempo ya no le bastaron las gotas del principio y terminó por beber una taza entera. Y he aquí que un día la vieja apareció en el umbral mientras la niña vaciaba el vaso; vino el regaño consiguiente; Mónica se rebeló; pero en medio de la disputa soltó la palabra fea, terrible, humillante: «¡ Borracha! » La muchacha quedó como abrumada bajo el peso del apóstrofe; nada replicó, salió humilde del subterráneo, y ya no volvió a probar el vino cuando la enviaba a sacarlo. Así terminó en ella una pasión naciente por obra del amor propio, unido a una rara energía. Ya entonces podía adivinarse un carácter, un alma dura y reservada, fría en apariencia, pero apasionada en el fondo.

Apenas salida de la infancia, Mónica se vió unida en matrimonio con un hombre a quien, sin duda, no conocía. Era la costumbre del tiempo. Había que casarse porque así lo exigían las conveniencias, y éste era un negocio que corría por cuenta de los padres. El marido, llamado Patricio, nos ofrece el tipo del africano romanizado. Pertenecía al Consejo municipal de la villa, y aunque no podía considerársele más que como un pequeño propietario rural, tenía todo el prestigio de un personaje entre sus convecinos. Hombre activo, violento, brutal, pero de excelente corazón. No era cristiano, pero estaba libre de todo fanatismo religioso. Su paganismo rutinario se parecía mucho al escepticismo. En sus cóleras, hubiera pegado tal vez a su mujer, pero ella se le imponía con su reserva y con su dignidad de cristiana. Mónica tenía libertad completa para cumplir sus deberes religiosos. Acaso era ya un poco rigorista, como la sirvienta que la había educado; pero estaba dotada de un tacto admirable y de una dulzura inalterable, que templaba la intransigencia de su carácter. Fiel a su marido, pero fiel también a todas las exigencias de su fe. Salía con frecuencia en compañía de una esclava de confianza para asistir a los Oficios, para visitar a los enfermos, para hacer limosnas. Cuando llegaba una fiesta, se pasaba la mayor parte de la noche en la basílica. Los domingos, según una costumbre supersticiosa que del paganismo se había infiltrado en la nueva religión, iba al cementerio con sus provisiones de vino, pan y bolas de carne picada, y en compañía de sus amigas celebraba piadosamente el banquete funerario en honor de los mártires.

Estas salidas empezaron a inquietar a su marido, que, como buen africano, sentía también la mordedura de los celos, excitados más que por sus propias sospechas, por los cuentos que le llevaban los domésticos. Además, en casa estaba también la suegra de Mónica, demasiado solícita de los intereses de su hijo. Pero fué tal la paciencia, la dulzura y la obsequiosidad de la joven esposa, que pronto logró convencer a la anciana de su conducta irreprochable. La africana se enfadó con los esclavos, los denunció a Patricio, y Patricio, como buen padre de familia, los hizo azotar. La armonía reinó desde entonces en el hogar. Las amigas de Mónica estaban maravilladas: «¡Es extraño!—le decían; enseñándole las cicatrices de los golpes que recibían de sus maridos—. Y, sin embargo, tu marido es colérico, y pagano, por añadidura. ¿Cómo te las arreglas?» Y Mónica respondía: «Cuidad de vuestra lengua.» Su regla de conducta era cerrar los ojos sobre los desórdenes de los maridos, callar cuando se irritaban, obrar con sumisión en los negocios domésticos. Tanta virtud consiguió la conversión de Patricio.

Después de Dios, después de su marido, Mónica vivía para sus hijos. A fines del año 354 había tenido uno, a quien puso por nombre Agustín. Y no era el primero. Pero en él concentrará sus más tiernos cuidados, lo mejor de sus solicitudes maternales. Un día, Patricio le trajo la noticia «de que Agustín se había revestido de la inquietud de la adolescencia como de la toga pretexta». Como buen pagano, Patricio veía con júbilo esta promesa de posteridad; pero ella, temerosa de los peligros que podría correr la virtud de su hijo, le llamó aparte y le habló seriamente. Agustín, desde la cumbre de sus dieciséis años, se burló de «las zozobras de la buena mujer, que no sabía lo que decía». Y empezó a rodar por la pendiente que había previsto el amor maternal. Va a Madaura estudiante de dogmática, y la vida empieza a seducir su corazón apasionado y su imaginación ardiente; luego, a Cartago, «donde crepita, como aceite hirviendo, la efervescencia de los vergonzosos amores». El error le ha envuelto en sus redes, el vicio ha dominado su corazón. Cuando a los veinte anos vuelve a Tagaste profesor de retórica y dialéctico terrible, es ya un maniqueo convencido y un joven pervertido. Patricio ha bajado ya al sepulcro; Mónica ha ido progresando en los caminos de la vida cristiana. Con el fervor de su fe, ha crecido su austeridad. Dos veces cada día, mañana y tarde, se la ve en el templo. No va—dirá más tarde su hijo—para tomar parte en los comadreos de las devotas, sino para escuchar la palabra de Dios en las homilías, y para que Dios escuche su palabra en las oraciones.

Pero mientras la madre iba acercándose a Dios, el hijo se alejaba cada vez más. Sus maneras de mozo emancipado desentonaban en aquella casa, donde todo respiraba seriedad. Vinieron los reproches inevitables. Agustín no se contentaba con sostener sus errores, sino que hacía gala de ellos, y a las amonestaciones respondía con el desdén. Cristiana de aquella tierra de áfrica donde había florecido Tertuliano y la mártir Perpetua, absoluta en su fe, heroica en sus decisiones, Mónica prohibió al rebelde que comiese en su mesa y que durmiese bajo su techo. Le arrojó de casa.

Eso al joven le importaba poco. No tardó en encontrar buenos mecenas que le ofrecieron su dinero, su palacio, su protección. Entre tanto, la pobre madre, con el corazón sangrante, rezaba sin cesar. Ya empezaba a arrepentirse del paso que había dado, cuando tuvo una visión que llenó su alma de consuelo. «Parecióle—dice Agustín—que estaba en pie sobre una regla de madera; y he aquí que vió llegar a un joven resplandeciente de luz, que le sonreía, mientras ella estaba hundida en la tristeza. Preguntóla el joven la causa de su aflicción, y como ella contestase que lloraba mi perdición: «No temas—replicó el mancebo—; donde tú estás, allí estará él también.»

Llena de alegría por esta promesa, Mónica se apresuró a llamar a su hijo. El amor de una madre no se detiene ante las humillaciones. Agustín volvió con aire de vencedor y con argucias de sofista. «Puesto que, según tu sueño—decía a su madre, intentando robarle la felicidad—, los dos debemos estar en la misma regla, parece evidente que tú llegarás a ser maniquea.» «No—replicaba Mónica—; no me dijeron que yo estaré donde tú estás, sino que tú estarás donde yo estoy.» Esta respuesta, inspirada por el buen sentido, hizo impresión al joven, pero no le convirtió. Como último recurso, Mónica llamó en su ayuda a un obispo que tenía fama de buen escriturista; pero tal era ya la reputación de Agustín como dialéctico, que el buen prelado no se atrevió a medirse con él. La compasión y la bondad de su alma le inspiraron entonces aquella expresión sublime que todo el mundo conoce: «No te preocupes tanto, mujer; no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas.» Más tarde, Agustín verá en estas lágrimas de su madre el primer bautismo de su regeneración. Llorando, a causa de Agustín, Mónica le dió la vida del espíritu, después de haberle parido según la carne.

Pero aún le queda mucho que llorar. Hubo una tarde en que llegó a creer que no le quedarían más lágrimas. Agustín se iba a marchar lejos; dejaría la casa paterna, atravesaría el mar, llegaría hasta Roma. Para la rígida africana, Roma era otra Babilonia llena de inmundicias y plagada de errores. Ese nombre la hacía temblar aún más que el de Cartago, que tantas amarguras le estaba ocasionando. Y, abrazándose al fugitivo, le conjuraba con lágrimas que no la abandonase. Y Agustín tuvo que acudir a un engaño, cuyo recuerdo debió ser luego un tormento de su vida. «Voy al puerto—le dijo Agustín—para despedir a un amigo que se embarca.» «Yo iré contigo», replicó ella. sospechando la verdadera intención de su hijo. Llegaron a la playa. Era una tarde de verano, húmeda y sofocante. Ni una ráfaga de aire turbaba las aguas. Y las horas pasaban sin que el navío pudiese zarpar. Viendo a su madre abrumada por el calor y la fatiga, Agustín le aconsejó pérfidamente que fuese a pasar la noche en el pórtico de una ermita cercana, «puesto que, según se decía, el barco permanecería en el puerto hasta el amanecer». Así lo hizo. Durante largo tiempo rezó por su hijo al glorioso mártir San Cipriano, ofreciendo a Dios «la sangre de su corazón», «porque deseaba verse a su lado—nos dice él mismo—con un anhelo mucho más grande que las otras madres». Rezaba y lloraba, tratando de esconder sus lágrimas a los ojos de los viajeros y los mendigos que habían buscado un refugio junto a ella, hasta que, vencida por la emoción, se durmió. Entre tanto, Agustín subía a la nave. Había logrado su objeto, pero estaba triste. En vano brillaban en la altura los blancos parpadeos de la Vía Láctea como flores de un jardín celeste; en vano le pintaba su imaginación los triunfos que le aguardaban en la Ciudad Eterna; en vano le abrazaba uno de sus amigos, repitiéndole aquel verso de Terencio: «Este día, que te trae una vida nueva, exige de ti un hombre nuevo.» El despertar de aquella pobre madre le llenaba de angustia.

Después, la lucha de la ambición, la lucha del espíritu, la lucha de la carne. Las desilusiones y las tristezas. Aquel maniqueísmo a que Agustín se había entregado con toda su generosidad juvenil, es un pantano hediondo. Y viene también la enfermedad. El profesor africano ve que la muerte se le acerca; pero apenas piensa en la otra vida; ni siquiera pide el bautismo, como en los días de su infancia, cuando le sucedió un caso semejante. Dios le protege: «Si el corazón de mi madre hubiera sido traspasado por la noticia de mi pérdida final, no habría curado nunca. Me es imposible decir con qué alma me amaba.» Pero las noticias que Mónica recibió fueron más venturosas: Su hijo está en Milán, es un personaje, un maestro famoso, un orador aplaudido; hace los elogios de los emperadores; se ha conquistado una posición en el mundo; tiene una casa cerca del palacio imperial, y cerca de la casa, un jardín. Además, el maniqueísmo ya no le interesa. «Ya se acerca a la verdad», dice Mónica en un transporte de alegría. Eso es lo que más le interesa, que su hijo camina hacia la regla donde ella ha fijado su pie. Y va en su busca para ayudarle en su peregrinación espiritual. La viuda de Patricio se ha convertido ya en una santa. La oración, el ayuno y las lágrimas han purificado y abrasado su alma, la han levantado al reino de las realidades espirituales. El barco en que navega sufre los embates de una tempestad furiosa; la tripulación tiembla, el capitán ha perdido la esperanza. Sólo ella está serena. «No temáis—dice a los navegantes—; llegaremos salvos al puerto; estoy segura.» Había visto con claridad su destino, tenía que llevar su mensaje, tenía que salvar del naufragio al más grande de los doctores.

En Milán prosigue su vida de oración y de penitencia. Asiste a los Oficios de la basílica y se la ve suspendida de los labios de Ambrosio. Como en Tagaste, va a los cementerios con su cestillo de pan y vino; pero un día el portero le cierra el paso, alegando que en Milán está prohibida esa costumbre. Y se somete con humildad. Cuando Ambrosio lo ha prohibido, tendrá sus razones. A sus ojos, Ambrosio era el hombre providencial que conduciría a su hijo hasta la fe. De cuando en cuando, el obispo y el profesor se encontraban y cambiaban amables saludos. Ambrosio felicitaba a Agustín, no de sus éxitos retóricos, sino de tener una madre como aquélla; pero esto le llenaba de alegría más que los aplausos de la multitud. Mónica seguía vigilante la dolorosa tragedia que se desarrollaba en el alma de su hijo. Era una lucha tenaz contra la pasión, una exploración angustiosa de la verdad, una agonía interna que la desgarraba el alma... Hasta aquella tarde en que el joven entró en la habitación de su madre con los ojos rojos del llanto y el alma inundada de paz. Era después de la escena del jardín, en que cruzaron el aire las misteriosas palabras que le traían el último rayo de luz: «Toma y lee.» Y ahora venía a anunciar a su madre su conversión absoluta, definitiva.

Llegó, por fin, el tiempo de los consuelos; los días del bautismo, de los coloquios a solas entre la madre y el hijo, de las charlas inolvidables de Casicíaco. En aquella quinta que florece junto a la capital vive el convertido en unión con sus amigos y algunos de sus discípulos, entregado a la dulce tarea de gustar los encantos de la verdad, tanto tiempo deseada. Mónica tenía allí también su puesto. El menaje de la casa estaba en sus manos, y en todo ponía la dulzura de su bondad y el hechizo de una abnegación conmovedora. «Cuidaba de nosotros—dice Agustín—como si todos fueramos sus hijos, y nos servía como si cada uno fuera su padre.» A veces entra en la sala de las discusiones para limpiar las sillas o para anunciar que la mesa está puesta. Su hijo la invita a quedarse, pero ella sonríe humildemente, extrañada y casi ruborizada del honor que se le hace. «Madre —!e dice Agustín—, ¿es que tú no amas la verdad? ¿Por qué me avergonzaría de darte un puesto entre nosotros? Por muy débil que fuese tu amor a la verdad, yo debiera recibirte y escucharte; mucho más sabiendo que la amas más que a mí; y yo sé muy bien cuan grande es el amor que me tienes. Ninguna cosa podría separarte de la verdad, ni el temor, ni el dolor, ni la muerte misma. ¿No es éste el grado más alto de la filosofía? No lo dudes; es para mí un gran honor confesarme tu discípulo.» Confusa por estas palabras, Mónica deja escapar un dulce reproche: «¡Cállate. bobo! ¡Jamás has proferido tantos disparates!»

Aquellos días pasaron pronto. Agustín ya no tenía más que un deseo: volver a su tierra, vivir en la humildad y el retiro, entregarse por completo a Dios. Era también el deseo de su madre. Nuevamente atravesaron los campos de Lombardía, saludaron a Roma desde lejos, y, en marcha lenta y fatigosa, entre el fuego y el polvo de un día estival, llegaron al puerto de Ostia. Ostia, ciudad bulliciosa de marinos y mercaderes, el puerto de Roma, iba a ser el puerto de la eternidad para aquella mujer admirable. Ella lo presentía, y todo el tiempo le parecía poco para comunicarse con aquel hijo que tanto tiempo había estado separado de ella. El mismo Agustín nos ha contado, con palabras que no mueren, uno de aquellos últimos coloquios. Estaban los dos asomados a una ventana que se abría sobre el jardín de la casa donde se habían hospedado. A un lado se extendía el vasto horizonte del Agro Romano; a otro, el mar sereno, agitado apenas por el soplo tibio de la tarde; en la lejanía, la línea azul del horizonte, confundiéndose con el cielo.

«Una tras otra—dice Agustín—miramos nosotros todas las cosas corporales, hasta el cielo mismo.» La gran llanura desolada, los inmensos campos estériles, tenidos aquí y allá de color rosa y verde; los bosquecillos de pinos y avellanos, las ondulaciones de las colinas romanas, envueltas en un halo de infinita melancolía, tenían un encanto indefinible para las miradas del amor en aquel suave atardecer, cuando las ventanas del mediodía se abren al relente crepuscular después de pasadas las horas de, calor. Apoyados en el alféizar, Agustín y Mónica contemplaban. «Y admiramos la belleza de tus obras, oh Dios mío. Y desde ellas nuestros espíritus se lanzaron hacia las alturas.» Era el vuelo misterioso de la contemplación. Habituada a sus prodigiosas experiencias, Mónica conducía a su hijo por aquellas regiones sublimes para saciar su anhelo de verdad. «Busca por encima de nosotros», le habían dicho las criaturas, y su madre le cogía de la mano para asistirle en medio de las aventuras de aquella exploración magnífica. «Y llegamos—continúa Agustín—hasta el fondo de nuestras almas, pero no nos detuvimos allí, sino que pasamos adelante, hasta aquella patria, oh Señor, donde Tú sacias eternamente a Israel con el pan de la vida. Y mientras hablábamos y caminábamos sedientos hacia aquella región divina, tocamos en ella un instante, con un salto de nuestro corazón. Hasta que caímos suspirando, dejando allí adheridas las primicias de nuestro espíritu, y volviendo a los balbuceos de nuestros labios, a esta palabra mortal, que empieza y que acaba.»

Nuevamente se hallaban en la tierra, envueltos en los colores agonizantes del crepúsculo, en la tristeza sombría del Agro, en un aire de nostalgia, que parecía subir de la llanura de la tierra y de la planicie del mar. Entonces fué cuando Mónica descubrió su íntimo secreto: «Hijo mío—dijo, dirigiéndose a Agustín—; para mí ya no hay encanto alguno en esta vida. No sé lo que hago ya, ni por qué sigo viviendo. Una sola cosa hacía que quisiese continuar aquí algún tiempo: era el deseo de verte, antes de morir, en el seno de la Iglesia. Mi Dios me ha escuchado. ¿Qué hago ya en este mundo?» Había cumplido su mensaje, había consumido la esperanza del siglo, y el vuelo definitivo no podía demorarse para ella. Aquel éxtasis le había servido para levantar la punta del velo.

Unos días más tarde le atacó la fiebre, la fiebre del Agro, el mal que espía siempre al viajero en aquel terreno pantanoso. Sólo sentía morir lejos de su tierra; mas pronto se dió cuenta de que esa pena era poco cristiana, y, volviéndose a los que la rodeaban, les dijo: «Enterrad este cuerpo donde queráis; no os preocupéis por eso. Lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis.» Era el sacrificio supremo; pocas horas después exhalaba su espíritu. Agustín le cerró los ojos; y quedó como petrificado por el dolor. Sin embargo, no lloraba. Un amigo suyo comenzó un salmo, los demás continuaron. Después se le vió consolar a los demás hablando de la liberación del alma fiel y de las bienaventuranzas eternas. Se le hubiera creído insensible, pero una noche de tristeza envolvía su corazón. Con esfuerzos heróicos trataba de disipar las nubes del dolor con la luz de la fe, pero a los dos días ya no pudo más: una ola de abatimiento le invadió, empezó a sollozar de repente, y al verse privado de las ternuras de aquella madre única, lloró, inconsolable, largo tiempo.