viernes, 31 de enero de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá.
David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella.
David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron: - « Es Betsabé, hija de Alián, esposa de
Urías, el hitita.»
David mandó a unos para que se la trajesen.
Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David: - « Estoy encinta. »
Entonces David mandó esta orden a Joab: - «Mándame a Urías, el hitita.»
Joab se lo mandó.
Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra.
Luego le dijo: - «Anda a casa a lavarte los pies. »
Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa.
Avisaron a David que Urías no habla ido a su casa.
Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó.
Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa.
A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías.
El texto de la carta era: «Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera.»
Joab, que tenia cercada la ciudad, puso a Urías donde sabia que estaban los defensores más aguerridos.
Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
- «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también:
- «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

San Francisco Javier María Bianchi

Francisco Javier M..ª Bianchi nació en Arpino, patria de Cicerón, el 10 de diciembre de 1743, y fue bautizado el día de San Francisco Javier, cuyo nombre recibió con el agua lustral.

Su padre, Carlos Antonio, tenía una fábrica de tejidos de lana, en la que el buen ejemplo de las virtudes del propietario y la caridad con que éste conjugaba la justicia con las necesidades familiares de sus obreros, hacía del lanificio Bianchi un excelente modelo. La madre, Faustína Morelli, excedía al esposo en virtudes cristianas de toda clase, principalmente en la caridad, completamente entregada al servicio social de la ciudad arpinatense, habiendo transformado su casa en un hospital o asilo, donde se acogía continuamente a dieciséis enfermos o necesitados. Con el ejemplo de tantas virtudes se formé y templó el espíritu de nuestro santo, dando ya desde su más tierna infancia frutos prometedores de santidad.

Para completar su formación literaria, fue mandado al seminario de Nola, cursando el bachillerato, confirmándose en su ánimo la vocación religiosa, contribuyendo a ello la escogida dirección espiritual, que no escatimaba medios para poner a disposición de los futuros levitas los grandes maestros del espíritu. En este centro de formación conoció y trató con el fundador de los redentoristas, San Alfonso María de Ligorio.

Cursados los estudios de filosofía en Nola y pasado algún tiempo en Nápoles, donde tuvo que vencer muchas dificultades, entró en el instituto de los barnabitas en 1762, y habiendo hecho su profesión y realizado diversas pruebas, el año 1765 empezó el curso de teología en el colegio que los barnabitas tenían en San Carlos alle Mortelle, de Nápoles, y en esta misma ciudad recibió las órdenes mayores del subdiaconado, diaconado y presbiterado, los días 11, 18 y 25 de enero de 1767, celebrando su primera misa el día de San Francisco de Sales de dicho año.

Para reponer su salud, algo quebrantada, con los aíres de la patria, fue destinado a Arpino, enseñando en el gimnasio público retórica durante dos años, transcurridos los cuales, fue enviado de nuevo a Nápoles, al colegio de San Carlos, esta vez como profesor de filosofía. El año 1773 pasó al colegio que los barnabitas tenían en Santa María in Cosmedin o de Portanova, en la misma ciudad de Nápoles, con la misma misión pedagógica. No había aún cumplido los treinta años cuando fue nombrado propósito de dicho colegio, cargo que regentó durante doce años.

Los testigos, llamados a declarar en los procesos de beatificación, le llaman el San Felipe de Nápoles, porque ambos santos, el Bianchí y el Neri, como se decía agudamente, tienen muchos rasgos paralelos, no sólo por su largo apostolado de dirección espiritual, sino también por el don de discreción de los espíritus.

Durante estos doce años, su apostolado fue fecundo, principalmente en el confesionario y en el púlpito, y sobre todo, conforme exigían los calamitosos tiempos, con el ejemplo que dio siempre de la más observante disciplina regular. Director y consejero de la clase más escogida de Nápoles, su discreción y su cultura se propagaba entre los círculos concéntricos de su celda y del confesionario, a donde acudían cada día toda clase de personas. principalmente del ambiente intelectual. Movido por esta fama el rector magnífico de la Universidad de Nápoles, monseñor Mateo Genaro Testa Piccolomini, titular de la sede de Cartago, le ofreció una cátedra en el Estudio General, que Bianchi rehusó. A pesar de esto, el rector del Ateneo, el 15 de septiembre, extendió el nombramiento de profesor de teología dogmática y polémica a favor del padre Bianchí, y el 21 de marzo del año siguiente (1779), el príncipe de Francavilla, presidente de la Academia de Ciencias y Letras, propuso fuera nombrado socio de número de dicha Academia, propuesta que fue aceptada por unanimidad.

Debemos tener presente que el siglo XVII transmitió al XVIII gérmenes de ideas nuevas, que se manifestaban externamente en una fiebre de saber. Por otra parte. los barnabitas, con sus renombrados colegios. recogían este afán de cultura, manifestada en la amplitud y brillantez de conocimientos que comunicaban a los escolares de su tiempo, pero principalmente a los religiosos de su instituto, que habían de profesarlos en sus cátedras. San Francisco Javier alcanzó este afán, que él llamaba intemperantia Iitterarum, que fue moderada después por consideraciones espirituales, religiosas, que desembocaron en sus últimos años al apostolado de la predicación y del consejo, en medio del cual, como en su ambiente propio, terminó los últimos años de su sufrida existencia.

Así se explica la nutrida correspondencia que mediaba entre el tío, canónigo, y el sobrino, barnabita, pidiendo éste libros a don Antonio y reclamando éste su devolución. Un modelo de esta erudición son también las notas que preparaba para sus lecciones y conferencias. Y la variedad de sus conocimientos se adivina en la lista de los libros del Santo, en el cual figuran tratados de omnire scibili, desde las lenguas, hebreo, griego y latín, literatura italiana y cristiana, hasta la filosofía, cristiana y profana, entre cuyos autores se distinguen Voltaire y Rousseau, para combatirlos, pues sabían todos que había obtenido del Santo Oficio permiso para leer estos autores. Cuando fue decretada la persecución a las órdenes religiosas, intentó salvar d6s cosas: la caja o fondo de la beatificación de la madre Francisca de las Llagas, de la que era el promotor con permiso de sus superiores, y treinta cajas de libros que quiso poner a salvo de las ruinas y destrucciones, que van siempre emparejadas con todas las persecuciones religiosas.

Los procesos están llenos de testigos, que narran sucesos extraordinarios o experimentados en sus propias personas o presenciados u obrados en otros.

Queremos reducir a pocos casos verdaderamente atestiguados por personas que los presenciaron: se refieren a las erupciones del Vesubio, La revolución, y la invasión francesa después, habían creado en Nápoles un ambiente de materialismo capaz de ahogar el espíritu religioso y moral que había conservado la tradición de la ciudad y los grandes ejemplos de santidad dados por una legión de sacerdotes y religiosos edificantes y santos. Los terremotos habían agrietado muchas casas de la ciudad, y el Vesubio, de cuándo en cuándo, rugía arrojando de sus entrañas ríos de fuego vivo. El dedo de Dios, vengándose de tantas iniquidades, parecerá evidente a las personas más temerosas y religiosas; pero, en medio de tantas pruebas, era también potente el Dios consolador, que hacia surgir hombres extraordinarios para conservar su fe con sus prodigios.

Dos casos solamente. El 22 de mayo se hallaba el padre Bianchí en Torre del Greco, a las faldas del Vesubio, en el Retiro de la Visitación. Instantáneamente, las llamas del volcán se desbordan y avanzan hacia el Retiro. La destrucción de la casa religiosa parecía inminente. Los más desesperados intentaron salvar lo irreparable, poniendo a salvo muebles y enseres. Este nerviosismo contrastaba con la calma y serenidad del padre Bianchí, asegurando que no pasaría nada. Enfermo, a duras penas pudo subir a la terraza, y ante aquel espectáculo apocalíptico del fuego que avanza, se detiene, musita una oración rogando a Dios detuviera aquel torrente amenazador. Y la lava se detuvo al margen mismo del Retiro, y se solidificó, no pasando adelante. En el mismo muro, formado por la solidificación de la lava, el cardenal arzobispo Guillermo Sanfelice levantó una capilla.

El día 12 de agosto, desde Pietra Bianca, escribe a las religiosas del refugio de Vía dei Portici que se pongan a salvo, pues el Vesubio quiere vengarse. La carta llegó al día siguiente; pero aquella noche, a las doce, el volcán irrumpió de nuevo y la casa fue destruida. El volcán estaba imponente y ante el gran peligro que todos presentían, el padre Bianchí fue llevado casi a cuestas al encuentro de la lava, y al hallarse frente a frente, venció la oración del padre Bianchí, pues la lava se detuvo instantáneamente a los pies del Santo.

La alcantarina Francisca de las Llagas le predijo una enfermedad larga y dolorosa. Y el vaticinio fue cumplido al pie de la letra. Empezó con una hinchazón en las piernas, que ni la ciencia de los médicos ni los cuidados de los amigos podían detener. Y en medio de terribles sufrimientos, recluido en la soledad de su celda, continuaba su apostolado de consejo y de edificación. A sus médicos les pedía sufrimientos, pues sus dolores eran las misericordias de Dios. Un alma eucarística como la suya sufría solamente ante el temor de no tener fuerzas para celebrar la santa misa. Sus amigos lo bajaban a la iglesia, y cuando ni esto podía hacer, le fue concedida la gracia de celebrarla en su celda. Durante la misa todos notaban la alegría que se leía en su semblante, como si le hubieran pasado todos los dolores. Se probó todo, incluso el cambio de clima; su amigo Buoncore le hospedó en su casa de Castelamare durante los años 1804-05. Un poco de alivio animaba a Bianchi físicamente; pero las calamidades morales que se cernían sobre la Iglesia y sus amigos le atormentaban extraordinariamente y quiso volver a animar a todos desde su soledad de Portanova. La dispersión de las órdenes religiosas fue un golpe duro para su alma apostólica. El párroco de Santa María in Cosmedin se arregló para que la celda que ocupaba en el contiguo colegio de Portanova fuese considerada como formando parte íntegramente de la parroquia, atendida la impotencia en que se hallaba el padre Bianchi. Esto sucedió el año 1910. Un cáliz más amargo tuvo que apurar hasta las heces: el abandono casi total de sus amigos, precisamente cuando más necesitaba de ellos: hubo tiempo en que era un peligro para el gobierno el trato con el padre Bianchi, Y el espionaje funcionaba.

Los últimos días de su existencia no tenía fuerzas para celebrar; pero cada día tuvo el consuelo de recibir la santa Eucaristía. El último aviso llamó a su puerta el día 27 de enero de 1815 bajo la apariencia de un accidente simple y fortuito. En virtud de una especie de contrato que había hecho con la venerable Francisca de las Llagas, ésta se le apareció para anunciarle que había llegado la hora de recibir el Viático, para el cual se preparó sonriente y alegre con todos los que le visitaron. El 31 del mismo mes de enero, muy de mañana, insistió en que le administraran la sagrada Eucaristía, habiendo recibido la noche anterior la extremaunción, y poco después de haber sido confortado con el pan de los ángeles, plácidamente expiró.

La fama de su santidad corrió rápidamente después de su muerte. Las gracias por él concedidas eran innumerables. Probáronse con la suficiencia requerida los milagros necesarios, y el barnabita padre Francisco Javier Bianchi fue solemnemente canonizado por la Iglesia.

Para el mundo, la vida es un hombre entre dos fechas: 2 diciembre 1743 - Francisco Javier María Bianchi - 31 de enero 1815.

Para el cielo, una estrella que brilla eternamente.

jueves, 30 de enero de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


Después que Natán habló a David, el rey fue a presentarse ante el Señor y dijo:
- « ¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor!
Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. Ahora, pues, Señor Dios, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y su familia, cumple tu palabra. Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: “ ¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel! “ Y que la casa de tu siervo David permanezca en tu presencia.
Tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: “Te edificaré una casa”; por eso tu siervo se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu siervo.
Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu siervo. »

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:
- «¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Les dijo también:
- «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.»

Palabra del Señor.

Santa Jacinta de Mariscotti

Santa Jacinta Mariscotti, hija de Marcantonio Mariscotti y de Ottavia Orsiní, condesa de Vignanello, lugar cercano a Viterbo, nació en Vignanello el año 1585, al parecer el 16 de marzo. El matrimonio Mariscotti tuvo cuatro hijos más, que fueron los siguientes: Ginebra, que el año 1594 ingresó religiosa en el convento de Terciarias Franciscanas de San Bernardino de Viterbo, donde, con el nombre de sor Inocencia, vivió santamente hasta su muerte, que tuvo lugar en el mes de julio de 1631. Hortensia (1586-1626), joven virtuosa, el año 1605 casó con Paolo Capizucchi, marqués de Podio Catino. Sforza (1589 - 1655) casó en 1616 con Vittoría Ruspoli, y heredó el título de la familia de los Mariscotti. Galeazzo (1599 -1626) fue abreviador de las letras apostólicas, y murió en la Curia Romana.

Jacinta, a quien en el bautismo habían impuesto el nombre de Clarix, niña aún, fue enviada por sus padres al monasterio de San Bernardino de Viterbo, al lado de sor Inocencia, para que al ver de cerca la santa vida que practicaba su hermana y las venerables sor Inés Guerrien, virgen romana, y sor Lucrecia Fracassini, tenidas por muy virtuosas dentro y fuera del convento, se educara en el santo temor de Dios. Pero estos buenos ejemplos y los de otras piadosas religiosas influyeron poco en el ánimo de la joven Clarix, que no pensaba más que en la mejor manera de hacer resaltar su conocida hermosura y hablar con vanidad y jactancia de la prosapia de su familia. Como no soñaba más que en llevar una vida mundana, y no soportó por más tiempo el retiro del monasterio, se determinó a abandonarlo para regresar al lado de sus padres.

Bella y coqueta, tenía sus pretensiones y aspiraba conseguir un matrimonio brillante; por eso fue para ella una gran decepción cuando vio que su hermana Hortensia, más joven, pero muy prudente y virtuosa, casaba con el noble romano Paolo Capizucchi, mientras que a ella no se le presentaba ningún partido ventajoso. Se volvió entonces más ligera y mundana, no pensando más que en afeites y reuniones profanas y parecía incapaz de poder tener alguna idea seria. Sus padres estaban preocupados con esta hija que, al no poder casarse, llevaba una vida tan extraviada que podía terminar en su completa ruina espiritual, por lo que deciden, aunque la joven manifiesta una extrema repugnancia hacia la vida religiosa, convencerla para que ingrese en un monasterio. Accedió Clarix, con más despecho que vocación y afecto a la nueva vida que se proponía abrazar, a tomar el hábito de Terciaria Franciscana en el mismo convento de San Bernardino de Viterbo que unos años antes habla abandonado, cambiando el nombre de pila por el de Jacinta con que ahora la conocemos. Sucedió esto el 9 de enero de 1605, cuando nuestra joven contaba veinte años de edad. Los asistentes derramaron abundantes lágrimas en el rito de la vestición, mientras que ella no dio señales de la menor emoción al pronunciar las palabras rituales de su total entrega a Dios.

Durante los diez primeros años (1605-1615) lleva en el convento una vida mundana, detestando de las pequeñas habitaciones de las religiosas, por lo que se hace construir para sí una celda magnífica que adorna con todo lujo, más propio de una princesa mundana que de una servidora de Cristo. Practica con tibieza los ejercicios de piedad y soporta con fastidio los rigores prescritos por la regla del convento, amando sobre todo la vida regalada y cómoda. Ni las amonestaciones de los superiores, ni las exhortaciones de sus parientes, ni siquiera el asesinato de su padre, perpetrado el 4 de septiembre de 1608 por Ubaldino y Hércules de Marsciano en el lugar de Parrano, fueron suficientes para volverla a una conducta de vida más conforme con el espíritu del santo instituto que había profesado.

Pero en 1615, cuando tenía treinta años de edad, el Señor se dignó echar sobre ella una mirada de su divina misericordia. Sor Jacinta cayó gravemente enferma, y aquejada de agudos dolores, dio en pensar horrorizada qué seria de su alma sí en aquel estado calamitosa y de infidelidades fuera llamada a juicio delante de Dios Nuestro Señor. Pidió, pues, con insistencia la presencia de un sacerdote que la oyera en confesión, y para atenderla espiritualmente llegó al monasterio el franciscano P. Antonio Bianchetti, varón de sólida piedad, el cual, al penetrar en una habitación tan suntuosamente enriquecida con tantos objetos lujosos impropios de la pobreza franciscana, retrocediendo rehusó oírla en confesión, declarando que el paraíso no estaba reservado para los soberbios y las religiosas de vida cómoda.

Ante esta enérgica decisión por parte del padre franciscano, muy dolorida de todos sus pecados, hizo al día siguiente confesión general de todos ellos, determinándose resueltamente a cambiar de la vida que llevaba. Pronto dio evidentes señales de este sincero arrepentimiento. No obstante la grave enfermedad que la aquejaba, se levantó del lecho en que estaba postrada, y después de cambiar por un tosco sayal la fina ropa de seda que hasta entonces usaba, presentóse en el refectorio, donde se dio la disciplina en presencia de sus hermanas las religiosas, a quienes pidió perdón con lágrimas en los ojos. Las religiosas, llenas de alegría, en vista de esta súbita transformación, la consolaban y animaban a continuar en esta santa vida, prometiéndole por su parte la ayuda de sus mejores Oraciones. Jacinta, que comenzaba a vivir para el Señor, no quiso que en lo sucesivo le recordaran la grandeza de los Mariscotti, para lo cual rogó que le llamaran solamente sor Jacinta de Santa María.

Eligió por patronos en el cielo a santos que como ella se habían dejado arrastrar en los primeros años de su vida por los atractivos de las vanidades mundanas: por padre escogió a San Agustín; por madre, a Santa María Egipciaca; por hermano, a San Guillermo; por hermana, a Santa Margarita de Cortona; por tío suyo, a San Pedro; finalmente, por sobrinos, a los tres niños del horno de Babilonia. Con la ayuda de esta familia celestial que ella misma se había elegido, se proponía más fácilmente conseguir los fines que se había propuesto: santificarse en esta vida y ganar el cielo en la otra. Abrazó entonces una vida de penitencia tan austera que no podemos pensar en ella sin estremecernos. Se impuso el sacrificio de no volver a ver a sus parientes y amigos mientras no se lo ordenara abadesa, para practicar de esta manera la virtud de la obediencia que tantas veces había despreciado; Jesucristo sufriendo por nosotros en la cruz, será desde ahora su único pensamiento y su único amor,

Jacinta poseía la virtud de la humildad en sumo grado. Rica en todos los dones de la naturaleza y de la gracia, verdaderamente santa a los ojos de Dios y de los hombres, se consideraba la mujer más pecadora. La más pobre hermana conversa tenía un hábito mejor que el suyo y una habitación menos pobre. Aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para ejercitar la virtud santa de la humildad. Frecuentemente iba al refectorio con una cuerda echada al cuello, y en estas condiciones besaba los pies a las religiosas pidiéndoles perdón por los escándalos que les había dado con su mala vida pasada. Cuando la nombraron vicesuperiora del convento y maestra de novicias, tuvieron que imponérselo por obediencia, pues ella no quería aceptarlo, pretextando que, no sabiendo gobernarse a si misma, mal podía gobernar a las demás.

Profundamente convencida de los grandes pecados por ella cometidos, Santa Jacinta soportaba con una tranquilidad y una calma perfectas los sufrimientos que Dios tenía a bien enviarle y que ella consideraba el mejor medio para limpiarse y purificarse de su vida pasada. Durante diecisiete años fue atacada de cólicos casi continuos, producidos por las malas comidas a las que se había sometido y por las austeridades excesivas que se había impuesto. El demonio, que veía con furor cómo esta alma privilegiada se le escapaba de las manos, ensayó contra ella toda clase de tentaciones y astucias; pero los poderes del infierno no prevalecieron contra la esposa de Cristo, sostenida por el amor de su Dios y la gracia del Espíritu Santo, las largas meditaciones al pie del Crucificado, la lectura de los buenos libros y los sabios consejos de su confesor el P. Bianchetti.

Sentía hacia los pecadores una inmensa piedad, que se traducía en palabras y oraciones tan tiernas, que no podían menos de prometerle la enmienda y la vuelta al seno de la Iglesia. Entre los pecadores de Viterbo sobresalía Francisco Pacini, hombre atrevido, poderoso y deshonesto, a quien la Santa no solamente convirtió al Señor y lo convenció a llevar una vida de ermitaño, sino que fue en lo sucesivo su principal colaborador en la organización y desarrollo de las dos Cofradías por ella fundadas.

La primera fue la Compagnia del Sacconí (o Cofradía de los encapuchados de Viterbo), que Santa Jacinta fundó en 1636, con sede en la iglesia de Santa María delle Rose, regida por unos Estatutos que, compuestos por los mismos cofrades, fueron aprobados por el cardenal Tiberio Mutí († 1636), obispo de Viterbo. El fin de la Cofradía era procurar el cuidado material de los enfermos y ayudarles a bien morir espiritualmente. Santa Jacinta añadió a los Estatutos de los cofrades especiales ejercicios que se habían de hacer en los últimos días de carnaval, con públicas procesiones y visita a las iglesias donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, por lo que introdujo entre estos cofrades la práctica del piadoso ejercicio de las Cuarenta horas, que en el siglo anterior ya había adoptado el papa Clemente VIII.

La Congregación de los oblatos de María, fundada también por Santa Jacinta en 1638, estableció su sede en la vieja iglesia de San Nicolás, en el llano de Ascazano, donde los oblatos de San Carlos Borromeo les hicieron donación del hospicio que ellos habían erigido en 1611 para ancianos e inválidos. La Congregación de los oblatos de María fue aprobada, después de no pequeñas dificultades, por el ordinario, Francisco María, cardenal Brancacci, el 5 de julio de 1639; el mismo ordinario aprobó, el 2 de marzo de 1643, las Constituciones de los dichos oblatos, redactadas por Santa Jacinta. Según las mismas, la Casa Madre era conocida con el nombre de Il Fratello (el Hermano); se prescribe un año de probación, y el noviciado, el Oficio divino, oraciones y varias meditaciones, austeridades y abundantes penitencias. Esta legislación, que más convenía a monjas contemplativas de clausura que a una congregación de seglares, dados a obras de caridad y actividades apostólicas. fue la causa principal de que la Congregación de los oblatos de María tuviera escasa duración.

Sería muy largo enumerar aquí todas las conversiones que consiguió la Santa, los conventos que ella reformó por medio de severas cartas dirigidas a superioras demasiado remisas en el cumplimiento de sus obligaciones; las villas donde la fama de su santidad cambió en reuniones piadosas las asambleas mundanas y frívolas. De todas partes le pedían consejos y oraciones. Debido a su iniciativa, Camila Savellí. duquesa de Farnesio y de Savella, fundó dos monasterios de clarisas en Farnesio y en Roma; las novicias acudían al convento de Viterbo para marchar bajo su dirección por el camino de la vida espiritual, muchas de las cuales, entre otras la Beata Lucrecia, siguieron tan a la letra sus enseñanzas que murieron en olor de santidad.

Habia en el coro del convento siete capillas donde las religiosas podían ganar las indulgencias de las siete iglesias de Roma. Todas las noches, aun en invierno, Jacinta recorría las siete capillas orando devotamente delante de las imágenes de Jesucristo y de la Santísima Virgen y de los demás santos que allí se veneraban. Hacia esta especie de peregrinación llevando los pies desnudos y con una pesada cruz sobre sus espaldas, practicando al mismo tiempo otras duras penitencias. Tenía gran devoción al arcángel San Miguel, cuya asistencia invocaba en todas sus necesidades. Mas su principal abogada en el cielo era la Santísima Virgen, de manera que su corazón se consumía de amor cada vez que pronunciaba su dulce nombre. El santo sacrificio de la misa, donde el Salvador se ofrece todos los días como víctima expiatoria por los pecados de los hombres, le hacía derramar abundantes lágrimas. Oraba continuamente y sacaba de sus oraciones el consuelo y la esperanza que necesitaba para sobrellevar los sufrimientos de su vida. Dios quiso recompensar ya a su sierva en este mundo concediéndole el don de profecía, de milagros, de penetración de los corazones, abundantes éxtasis y arrebatos espirituales y otros favores que sería largo enumerar aquí. Una vida tan rica en méritos y en virtudes no podía ser coronada más que con una muerte preciosa delante del Señor. El 30 de enero de 1640 el alma de sor Jacinta volaba a las eternas moradas del cielo.

Desde el momento en que la nueva de su muerte se extendió por la villa de Viterbo, la emoción de las gentes fue general, e inmenso el número de los que concurrieron a sus funerales. Los muertos que ella resucitó, los enfermos que ella curó y tantos otros prodigios por ella realizados después de su muerte manifestaron claramente el gran poder de que ella gozaba delante de Dios. Esta ilustre virgen fue beatificada en 1762 por Benedicto XIII, de, la familia de los Orsiní, a la cual pertenecía Ottavia. la madre de nuestra Santa, como ya hemos visto; el 24 de mayo de 1807 el papa Pío Villa inscribió en el catálogo de los santos. El cuerpo de Santa Jacinta descansa en el monasterio de Terciarias Franciscanas de San Bernardino de Viterbo, que había sido testigo de sus virtudes heroicas, después de dos siglos, allí se conserva incorrupto a la veneración de los fieles.

miércoles, 29 de enero de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
- «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?
Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?”
Pues bien, di esto a mi siervo David: “Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel.
Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra.
Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.
Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía.
Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza.
Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.
Yo seré para él padre, y él será para mi hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.” »
Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago.
Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar:
- «Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»
Y añadió:
- «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo:
- «A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen. “»
Y añadió:
- « ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Palabra del Señor.

San Pedro Nolasco

Últimos del sigo XII. El brutal egocentrismo de los señores feudales hace de tea incendiaria. Unos señores baten sus espadas con otros. Y los más poderosos se enfrentan con los propios monarcas en interminables y sangrientas luchas.

Los gremios estaban constituidos por hombres libres, dedicados a la industria y al comercio. Dueños del dinero, influían decisivamente.

El pueblo bajo, la víctima de siempre, estaba entre los dos fuegos: el monarca y la organización gremial, por un lado; el feudalismo, por otro, La miseria era asombrosa. La esclavitud, humillante. De ahí que fuese materia aptísima, en cualquier momento, para una revolución. Tuviese o no matiz religioso. Díganlo los albigenses, explotadores maravillosos del hambre del pueblo, injustamente sojuzgado por la sórdida avaricia y la espada caprichosa.

Con todo - y quizá por esto mismo -, estamos en la edad de la Caballería. Los paladines de la justicia, del idealismo, del venerable respeto al humilde y al oprimido. Los caballeros, en la Edad Media, son la fruta más genuina del tiempo. Los bravos leones, amamantados por el cristianismo, furiosos ante la opresión. Procedían de cualquiera de las categorías sociales. Sin distinción.

Nuestro caballero es "un piadoso mercader". Pertenece, pues, a la clase gremial. Comerciante, no al estilo de nuestros modernos y pacatos comerciantes de hoy. Eran, a la vez, valientes soldados. Lo encontramos en Barcelona y Valencia, ya a principios del siglo XIII. Jinete sobre un alma gigante. Dispuesto a deshacer el mayor entuerto de entonces: la esclavitud de los cautivos. La brillante estrella de su Dulcinea divina le alienta e ilumina en el andante caminar.

¿Cuál es el nombre suyo? Pedro Nolasch, O'Nolasch, Nolasco, De Nolasco. El porte que lleva, entre humilde y señorial, no dice bien a las claras si es barcelonés, o si corre sangre irlandesa por sus venas. Más bien, con los gestos y ademanes finísimos, parece indicarnos ser oriundo del bajo Languedoc. Concretamente del pueblecillo MasSaintes Puelles, entre Carcasona y Tolosa, cerca del viejo Recaudum, en la vía del Imperio Romano. Al fin, asevera algún historiador, "languedocines y catalanes venían a formar entonces un solo pueblo".

Este hidalgo, nacido hacia el año 1180, privado pronto de sus padres cristianísimos, va a lanzarse a la más perentoria empresa de La época como quien es: cual pundonoroso y ardiente caballero, y cual generoso y hábil mercader. La cuestión social más acuciante salta a la vista: es el cautiverio y, por él, la apostasía. En el reino de Granada, por ejemplo, había más de quinientos mil individuos que, negando la fe católica, abrazaron locamente la secta de Mahoma. Y si esto ocurría en la Península, ¿qué no sucedería fuera de España... Amén de la pérdida de la fe y la moral, el cautiverio bañaba en lágrimas y vestía de enlutados crespones a un porcentaje inmenso de hogares. Las penalidades del cautivo en mazmorras sobrepasaban lo imaginable.

La redención de cautivos venia ya realizándose por órdenes e instituciones religiosas, desde las mismas órdenes de caballería hasta los trinitarios. Pero los remedios no eran contundentes, cual lo exigía la candente cuestión social. La redención no pasaba de ser cosa accidental. A le sumo se dedicaba a ella una tercera parte de algunos bienes. A fuer de fogoso caballero, Nolasco dedicaría el mayor esfuerzo a esa magna labor, hasta quedarse en rehenes por los cautivos, perdiendo vida y libertad, si fuera preciso; y, a fuer de experto mercader, implanta nuevos métodos, ensayando las colectas de limosnas, dedicadas entera y exclusivamente a la redención, fundando cofradías en pueblos estratégicos para la recolección de las mismas limosnas, y organizando las procesiones de redimidos y redentores por los pueblos.

Cuando inicia la campaña de misericordia, así planeada, fue en momentos difíciles. Si bien habían sido abatidos los almohades en la batalla de las Navas, las divisiones y guerras intestinas entre los príncipes y reyes cristianos esterilizaron el fruto de la victoria. Jaime I de Aragón y Fernando el Santo de Castilla no estaban aún capacitados para las grandes conquistas. Los sarracenos dominaban media España y eran señores del Mediterráneo. No admitían consulados cristianos en sus Estados, ni embajadas. Echase de ver lo heroico de la gesta de Nolasco, con su puñado de compañeros, en circunstancias tales.

Para epopeya social y cristiana de tal calibre no era suficiente aquel puñado de desprendidos y animosos. Había que consolidarla con una milicia auténtica. Dios mismo se lo dio a entender a Nolasco con la visión del olivo, de frondosidad extraordinaria, plantado en un espacioso atrio, a quien nadie podría destruir jamás.

La Santísima Virgen, que siempre había sido la invisible capitana e inspiradora de tan excelso soldado - desde niño, más intensamente desde que se había arrodillado en Montserrat para hacer su consagración mariana y, sobre todo, desde que la había declarado la dama de sus empresas caballerescas de misericordia -, pasa ahora, desde este instante, a ser visible maestra y orientadora práctica. Fue en la templada noche agosteña de 1218, Día 2. La visión es clara, terminante, imperativa:

Fundad una religión
con hábito blanco y puro
que sea defensa y muro
de la española nación;
de cautivos redención,
y de la Iglesia columna
en esta adversa fortuna
del francés y el español.

Raimundo de Peñafort, jurista de fama y confesor de Nolasco, rubrica: "No puede estar más clara y patente la voluntad divina". El rey Jaime I, conocedor y entusiasta admirador de los planes nolasquinos de redención, presta su decisiva ayuda a la fundación y organización de esa orden religiosa. Y es en la catedral de Barcelona, ante el obispo Berenguer de Palou, año de gracia 1218, cuando Nolasco y sus compañeros emiten los tres votos religiosos, añadiendo el cuarto, peculiar y distintivo de los mercedarios: quedar en rehenes por los cautivos, si necesario fuera.

La milicia está ya en marcha. Los frailes, caballeros como Nolasco, lucen inmaculados sayales; sobre sus pechos aguerridos campeará luego el escudo de atletas: cruz blanca de la catedral de Barcelona, barras catalanas. Caminan decididos, heroicos, con gesto humilde. Bajo las alas, siempre protectoras y maternales, de la Santísima Virgen de la Merced, con el sincero apoyo de Jaime el Conquistador. Hacia rutas sangrantes de la misericordia, jamás tan valiente y redentoramente practicada. Gregorio IX, desde Perusa, a 17 de enero del 1235, dáles el espaldarazo de la confirmación canónica.

Fundaciones en Barcelona, Perpiñán, Mallorca, Valencia, Tarragona, Tortosa, etc. El blanco ejército de cruzados lánzase en tromba. Redenciones, marúrios, Nolasco, al frente, les arenga con el ejemplo y la palabra: "Alegrement sien aparelats tots temps los frares daquest Orde, si mester es, posarlos visa axi com Jesuchrist lo pus por nos" (Primeras constituciones) Y no hay páginas más hermosas, después de las del Evangelio, como las que Nolasco escribió con la sangre propia y la de sus hijos, en los anales de la caridad cristiana. Guillén de Bas, Bernardo de Corbera, Arnaldo de Carcasona, Pedro de Amer, con varios más, forman el estado mayor, de estas huestes marianas, en torno al fundador. Se inicia el interminable escuadrón de redentores, mártires y misioneros, que llega hasta el siglo XX, pasando por el norte de Africa, el Nuevo Mundo, y los pueblos todos de España y, cuyo pendón triunfante se sostiene en las manos de San Ramón Nonato, San Serapio, San Pedro Armengol, Santa María de Cervellón, Bartolomé de Olmedo y Francisco Echeverz. Al lado, integrando el mismo ejército, bajo el mando del mismo jefe, San Pedro Pascual encabeza la sabia corporación de intelectuales: teólogos. filósofos, dramaturgos, místicos. Aquí se enrolan Francisco de Zumel, Saavedra, Tirso de Molina, Serafín Freitas; y fray Juan Falconi, Con la escuela mística mercedaria, exuberante y original como ninguna otra. ¿Y las ramas femeninas, cargadas de frutos riquísimos, en que el olivo de la merced proliferó: monjas mercedarias de clausura, mercedarias misioneras, hermanas mercedarias de la caridad, mercedarias del Santísimo Sacramento, etc...?

Desde 1218 hasta el año 1249, fecha de su muerte, Pedro Nolasco llevó el timón y organizó el instituto por él fundado, hizo redenciones, acompañó a Jaime I en la conquista de Valencia y Mallorca, y a Fernando el Santo en la toma de Sevilla (1248). Podía morir tranquilo el cónsul de los cautivos. La obra estaba en marcha. ¿Qué obra? La muy soñada por él: "Que la obra de misericordia, la más candente del momento actual (en tiempo de Nolasco era la redención de cautivos, en el curso de los tiempos serán otras), fuera afrontada de modo heroico, con el espíritu del cuarto voto mercedario". Y para que esto se realizase conveniente, permanentemente, buscó la prolongación de sí mismo. En la Orden de la Merced. No es, pues, la redención de cautivos, la exclusiva razón de ser de la Merced. Demasiado gigante fue su fundador para dejarse aprisionar en las cadenas de lo transitorio; él, que rompiera tantas cadenas de esclavos. La permanencia siempre actual de las obras de misericordia, realizadas a la manera esforzada de Cristo, como Redentor, fue su meta y quiso que fuera el programa de sus hijos.

Quizá un trece de mayo, fiesta de la Ascensión, haya sido el día de su tránsito. Los sumos honores de los altares, mediante la demostración del culto inmemorial, se los dará Urbano VIII, en 1628. Desde siempre, la historia le venera como a héroe, la sociedad le canta como bienhechor insigne, la Iglesia le honra como a santo, y la Orden de la Merced como a padre.

martes, 28 de enero de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta.
Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado.
E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino.
Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas.
Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado.
David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno.
Después se marcharon todos, cada cual su casa.

En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dijo:
- «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. »
Les contestó:
- «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
Y, paseando la mirada por el corro, dijo:
- «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor.

Santo Tomás de Aquino

SU VIDA

Nace en el Castillo de Rocaseca, cerca de Nápoles, Italia, en 1225.

Es el último hijo varón de una numerosa familia de doce hijos. Su padre se llamaba Landulfo de Aquino.

Alto, grueso, bien proporcionado, frente despejada, porte distinguido, una gran amabilidad en el trato, y mucha delicadeza de sentimientos.

Cerca del Castillo donde nació estaba el famoso convento de los monjes Benedictinos llamado Monte Casino. Allí lo llevaron a hacer sus primeros años de estudios.

Los monjes le enseñaron a meditar en silencio. Es el más piadoso, meditabundo y silencioso de todos los alumnos del convento. Lo que lee o estudia lo aprende de memoria con una facilidad portentosa.

Continúa sus estudios por cinco años en la Universidad de Nápoles. Allí supera a todos sus compañeros en memoria e inteligencia. Conoce a los Padres Dominicos y se entusiasma por esa Comunidad. Quiere entrar de religioso pero su familia se opone. El religiosos huye hacia Alemania, pero por el camino lo sorprenden sus hermanos que viajan acompañados de un escuadrón de militares y lo ponen preso. No logran quitarle el hábito de dominico, pero lo encierran en una prisión del castillo de Rocaseca.

Tomás aprovecha su encierro de dos años en la prisión para aprenderse de memoria muchísimas frases de la S. Biblia y para estudiar muy a fondo el mejor tratado de Teología que había en ese tiempo, y que después él explicará muy bien en la Universidad.

Sus hermanos al ver que por más que le ruegan y lo amenazan no logran quitarle la idea de seguir de religioso, le envían a una mujer de mala vida para que lo haga pecar. Tomás toma en sus manos un tizón encendido y se lanza contra la mala mujer, amenazándola con quemarle el rostro si se atreve a acercársele. Ella sale huyendo y así al vencer él las pasiones de la carne, logró la Iglesia Católica conseguir un gran santo. Si este joven no hubiera sabido vencer la tentación de la impureza, no tendríamos hoy a este gran Doctor de la Iglesia.

Esa noche contempló en sueños una visión Celestial que venía a felicitarlo y le traía una estola o banda blanca, en señal de la virtud, de la pureza que le concedía Nuestro Señor.

Liberado ya de la prisión lo enviaron a Colonia, Alemania, a estudiar con el más sabio Padre Dominico de ese tiempo: San Alberto Magno. Al principio los compañeros no imaginaban la inteligencia que tenía Tomás, y al verlo tan robusto y siempre tan silencioso en las discusiones le pusieron de apodo: "El buey mudo". Pero un día uno de sus compañeros leyó los apuntes de este joven estudiante y se los presentó al sabio profesor. San Alberto al leerlos les dijo a los demás estudiantes: "Ustedes lo llaman el buey mudo. Pero este buey llenará un día con sus mugidos el mundo entero". Y así sucedió en verdad después.

Sus compañeros de ese tiempo dejaron este comentario: "La ciencia de Tomás es muy grande, pero su piedad es más grande todavía. Pasa horas y horas rezando, y en la Misa, después de la elevación, parece que estuviera en el Paraíso. Y hasta se le llena el rostro de resplandores de vez en cuando mientras celebra la Eucaristía.

A los 27 años, en 1252, ya es profesor de la famosísima Universidad de París. Sus clases de teología y filosofía son las más concurridas de la Universidad. El rey San Luis lo estima tanto que lo consulta en todos los asuntos de importancia. Y en la Universidad es tan grande el prestigio que tiene y su ascendiente sobre los demás, que cuando se traba una enorme discusión acerca de la Eucaristía y no logran ponerse de acuerdo, al fin los bandos aceptan que sea Tomás de Aquino el que haga de árbitro y diga la última palabra, y lo que él dice es aceptado por todos sin excepción.

En 1259 el Sumo Pontífice lo llama a Italia y por siete años recorre el país predicando y enseñando, y es encargado de dirigir el colegio Pontificio de Roma para jóvenes que se preparan para puestos de importancia especial.

En 4 años escribe su obra más famosa: "La Suma Teológica", obra portentosa en 14 tomos, donde a base de Sagrada Escritura, de filosofía y teología y doctrina de los santos va explicando todas las enseñanzas católicas. Es lo más profundo que se haya escrito en la Iglesia Católica.

En Italia la gente se agolpaba para escucharle con gran respeto como a un enviado de Dios, y lloraban de emoción al oírle predicar acerca de la Pasión de Cristo, y se emocionaban de alegría cuando les hablaba de la Resurrección de Jesús y de la Vida Eterna que nos espera.

El Romano Pontífice le encargó que escribiera los himnos para la Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, y compuso entonces el Pangelingua y el Tantumergo y varios otros bellísimos cantos de la Eucaristía (dicen que el Santo Padre encargó a Santo Tomás y a San Buenaventura que cada uno escribiera unos himnos, pero que mientras oía leer los himnos tan bellos que había compuesto Santo Tomás, San Buenaventrua fue rompiendo los que él mismo había redactado, porque los otros le parecían más hermosos). Después de haber escrito tratados hermosísimos acerca de Jesús en la Eucaristía, sintió Tomás que Jesús le decía en una visión: "Tomás, has hablado bien de Mi. ¿Qué quieres a cambio?". Y el santo le respondió: "Señor: lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más".

De tal manera se concentraba en los temas que tenía que tratar, que un día estando almorzando con el rey, de pronto dio un puñetazo a la mesa y exclamó: "Ya encontré la respuesta para tal y tal pregunta". Después tuvo que presentar excusas al rey por estar pensando en otros temas distintos a los que estaban tratando los demás en la conversación.

Pocos meses antes de morir tuvo una visión acerca de lo sobrenatural y celestial, y desde entonces dejó de escribir. Preguntado por el Hermano Reginaldo acerca de la causa por la cual ya no escribía más, exclamó: "Es que, comparando con lo que vi en aquella visión, lo que he escrito es muy poca cosa".

Santo Tomás logró que la filosofía de Aristóteles llegara a ser parte de las enseñanzas de los católicos. Este santo ha sido el más famoso profesor de filosofía que ha tenido la Iglesia.

Tan importantes son sus escritos que en el Concilio de Trento (o sea la reunión de los obispos del mundo), los tres libros de consulta que había sobre la mesa principal eran: la Sagrada Biblia, los Decretos de los Papas, y la Suma Teológica de Santo Tomás.

Decía nuestro santo que él había aprendido más, arrodillándose delante del crucifijo, que en la lectura de los libros. Su secretario Reginaldo afirmaba que la admirable ciencia de Santo Tomás provenía más de sus oraciones que de su ingenio. Este hombre de Dios rezaba mucho y con gran fervor para que Dios le iluminara y le hiciera conocer las verdades que debía explicar al pueblo.

Su humildad: Cumplía exactamente aquel consejo de San Pablo: "Consideren superiores a los demás". Siempre consideraba que los otros eran mejores que él. Aun en las más acaloradas discusiones exponía sus ideas con total calma; jamás se dejó llevar por la cólera aunque los adversarios lo ofendieran fuertemente y nunca se le oyó decir alguna cosa que pudiera ofender a alguno. Su lema en el trato era aquel mandato de Jesús: "Tratad a los demás como deseáis que los demás os traten a vosotros".

Su devoción por la Virgen María era muy grande. En el margen de sus cuadernos escribía: "Dios te salve María". Y compuso un tratado acerca del Ave María.

SU MUERTE

El Sumo Pontífice lo envió al Concilio de Lyon, pero por el camino se sintió mal y fue recibido en el monasterio de los monjes cistercienses de Fosanova. Cuando le llevaron por última vez la Sagrada Comunión exclamó: "Ahora te recibo a Ti mi Jesús, que pagaste con tu sangre el precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí manifiestan mi fe en Jesucristo y mi amor por la Santa Iglesia Católica, de quien me profeso hijo obediente".

Murió el 7 de marzo de 1274 a la edad de 49 años.

Fue declarado santo en 1323 apenas 50 años después de muerto. Y sus restos fueron llevados solemnemente a la Catedral de Tolouse un 28 de enero. Por eso se celebra en este día su fiesta.

Oración a Santo Tomás de Aquino

Angélico doctor Santo Tomás, gloria inmortal de la religión, columna firmísima de la Iglesia, varón santísimo y sapientísimo, que por los admirables ejemplos de tu inocente vida fuiste elevado a la cumbre de una perfección consumada, y con tus prodigiosos escritos eres martillo de los herejes, luz de maestros y doctores, y milagro estupendo de sabiduría;

¡Oh! quien acertara, Santo mío, a ser en virtud y letras verdadero discípulo, aprendiendo en el libro de vuestras virtudes y en las obras que con tanto acierto escribiste la ciencia de los santos, que es la verdadera y única sabiduría. 

¡Quién supiera hermanar, como vos, la doctrina con la modestia, y la alta inteligencia con la profunda humildad! Alcanzadme del Señor esta gracia, junto con el inestimable don de la pureza y haced que, practicando tu doctrina y siguiendo tus ejemplos, consiga la eterna bienaventuranza. Amén.

lunes, 27 de enero de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:
-«Hueso tuyo y carne tuya somos: ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tu serás el jefe de Israel”»
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.
Tenía treinta años cuando empezó a reinar, y reinó cuarenta años; en Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá.
El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseas que habitaban el país.
Los jebuseos dijeron a David:
-«No entrarás aquí. Te rechazarán los ciegos y los cojos.»
Era una manera de decir que David no entraría.
Pero David conquistó el alcázar de Sión, o sea, la llamada Ciudad de David.
David iba creciendo en poderío, y el Señor de los ejércitos estaba con él.

En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
- «Tiene dentro a BeIzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.»
Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas:
- « ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra si mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. »
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Palabra del Señor.

Santa Ángela de Merici

Es la fundadora de las Hermanas Ursulinas. Su nombre significa "Mensaje de Dios".

Nació en Italia en 1474 y tiene el mérito de haber fundado la primera comunidad religiosa femenina para educar niñas.

Se crió en una familia campesina muy creyente, donde cada noche leían la vida de un Santo, y esto la enfervorizaba mucho y la entusiasmaba por la religión.

Quedó huérfana de padre y madre cuando aún era muy niña y esto la impresionó muchísimo. Después durante toda su vida le pediría perdón a Dios por no haber confiado lo suficientemente en su juventud en la Providencia Divina que a nadie abandona.

Su infancia es muy sufrida y tiene que trabajar duramente pero esto la hace fuerte y la vuelve comprensiva con las niñas pobres que necesitan ayuda para poderse instruir debidamente.

Se hace Terciaria Franciscana y sin haber hecho sino estudios de primaria, llega a ser Consejera de gobernadores, obispos, doctores y sacerdotes. Es que había recibido del Espíritu Santo el Don del Consejo, que consiste en saber lo que más conviene hacer y evitar en cada ocasión.

Viendo que las niñas no tenían quién las educara y las librara de peligros mortales, y que las teorías nuevas llevaban a la gente a querer organizar la vida como si Dios no existiera, fundó la Comunidad de Hermanas Ursulinas (en honor a Santa Ursula, la santa mártir del siglo IV, que dirigía el grupo de muchachas llamadas "Las once mil vírgenes, que murieron por defender su religión y su castidad).

Lo que más le impresionaba era que las niñas de los campos y pueblos que visitaba no sabían nada o casi nada de religión. Sus papás o no sabían o no querían enseñarles catecismo. Por eso ella organizó a sus amigas en una asociación dedicada a enseñar catecismo en cada barrio y en cada vereda.

Angela era de baja estatura pero tenía todas las cualidades de líder y de guía para influir en los demás. Y además tenía mucha simpatía y agradabilidad en su trato.

En Brescia fundó una escuela y de allí se extendió su Comunidad de Ursulinas por muchas partes. Un grupo de 28 muchachas muy piadosas se vino a vivir en casa de Angela y con ellas fundó la Comunidad. En una visión contempló un enorme grupo de jóvenes vestidas de blanco que volaban hacia el cielo, y una voz le dijo: "Estas son tus religiosas educadoras".

La gente consideraba a Santa Ursula como una gran líder o guía de mujeres. Por eso Angela puso a sus religiosas el nombre de Ursulinas.

La Comunidad de Ursulinas fue fundada en 1535, y cinco años después murió su fundadora, Santa Angela, el 27 de enero de 1540. Fue canonizada en 1807.

Un hombre le preguntó un día en plena calle: ¿Qué consejo me recomienda para comportarme debidamente? Y ella le respondió: "Compórtese cada día como deseara haberse comportado cuando le llegue la hora de morirse y de darle cuenta a Dios".

Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, yo te amo".

Que estas sean también las palabras que nosotros digamos no sólo al tiempo de morir, sino muchísimas veces durante toda nuestra vida.

domingo, 26 de enero de 2014

Domingo 26/01/2014 3º de Tiempo Ordinario Ciclo A

Reflexión de hoy



Lecturas


En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftali; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo. »
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftali.
Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: - «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: - «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo: - «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



El profeta Isaías trata de insuflar esperanza a un pueblo devastado, oprimido y humillado por la invasión de los crueles invasores asirios; una tarea harto difícil por las divisiones existentes en Israel entre las tribus del Norte, por un lado, la llamada “Casa de José”, que engloba a las tribus de Efraín, Manasés y Benjamín y se reúnen en torno a Siquén, y, por otro lado, las del Sur, conocidas como “Casa de Judá”, que integra a las tribus de Rubén, Simeón y Leví, y tienen por centro Jerusalén y el Templo.

El resto de las tribus carecen de importancia. Entre éstas figuran las de Zabulón y Neftalí, que ocupan las tierras de la Baja Galilea, pobladas por los gentiles y gente de la plebe, despreciada por sus costumbres paganas y sus libertades de expresión. Son además mal vistas por los más puritanos, pues no hay en ellas grandes profetas ni grandes santuarios.

Isaías aprovecha este marco natural para romper la maldición que pesa sobre sus habitantes y anunciar la llegada de un acontecimiento singular, que cambiará el curso de la historia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló” (Isaías 4, 12-13).

San Mateo centra la razón de este anuncio profético en la persona de Jesús, que empieza a actuar como Mesías en Cafarnaún, centro de sus correrías evangélicas.

Cafarnaún, ubicada junto al lago de Galilea y capital geográfica de estas dos tribus, es un lugar privilegiado de paso de caravanas y cruce de culturas y religiones, que la convierten en centro comercial y económico de la región. Jesús establece aquí su “cuartel general”.

Los galileos son gentes abiertas y hospitalarias. No están acostumbrados a los rigorismos religiosos de Judea ni aceptan de buen grado sus imposiciones. No les queda más remedio que obedecer ante los dictámenes opresores de las fuerzas de ocupación romanas y ante el afán recaudatorio de las autoridades religiosas judías de Jerusalén, justificado por el mantenimiento del Templo.

Jesús inicia en esta ciudad el anuncio del evangelio a una multitud ávida de recibir un mensaje liberador, que eleve sus descaídos ánimos. Hacía pocos días que Jesús había bajado de Nazaret y declarado “cumplido el plazo” de su presentación al mundo y de la llegada de los tiempos nuevos.

Campesinos, ganaderos, agricultores, comerciantes, artesanos… escuchan atónitos un mensaje nuevo, que alegra los corazones y aporta una bocanada de aire fresco en la larga mediocridad de sus vidas.

Todo empieza por la conversión que preconiza Jesús, que supone la aceptación de la primacía de Dios en la mente y el corazón de cada hombre que asume de buen grado su mensaje y se deja interpelar por Él.

Esto implica un cambio radical en las actitudes, paso previo para que el Reinado de Dios sea efectivo y empape todo el tejido afectivo y social del nuevo creyente.

La predicación de Jesús rompe moldes hasta entonces inamovibles y limpia la imagen del Dios justiciero que castiga y oprime al pueblo, para proyectar la del Padre bueno y misericordioso, que ama y perdona.

El Padre nuestro, enseñado a sus discípulos, nos invita a ver a Dios como un Ser que busca nuestro bien y quiere tener con nosotros una relación de amor, no de miedo y temor.

Jesús llama personalmente y por su nombre a Pedro y a su hermano Andrés, al igual que a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Los cuatro son pescadores. Éstos responden dejándolo todo y siguiéndole.

La vocación es como un reto que Dios nos plantea en la vida para encontrarnos con la verdad última, la que envuelve nuestros pensamientos, palabras y acciones.
En toda vocación, sea a la vida religiosas, sacerdotal o consagrada hay una llamada y una respuesta. En todos los casos el protagonista, el que elige, es Jesús, que lo puede hacer en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.

Julien Green cuenta la historia de un pensador ruso, que se fue a un monasterio, atenazado por una fuerte crisis interior. Le asignaron una habitación, que tenía un cartelito con su nombre en la puerta. Como no lograba por la noche conciliar el sueño, salió al claustro para pasear, pero, al regresar a su habitación, no logró distinguir el letrero, y no queriendo despertar a los monjes a esas horas intempestivas se pasó toda la noche dando vueltas por el oscuro corredor. Con las primeras luces del alba, distinguió, al fin, cual era su habitación, por la que había pasado numerosas veces.

Pensó entonces que su deambular por la noche era figura de lo que nos sucede, a menudo, a los hombres. Pasamos por la puerta que nos conduce al camino, de la llamada de Dios, pero nos falta luz para verlo.

La mayor desgracia que puede sufrir una persona es desconocer la voluntad de Dios sobre ella, ignorar que Él tiene un plan para cada uno de nosotros, único e irrepetible, porque somos especiales a sus ojos. Nadie puede ocupar nuestro lugar en el mundo ni dar respuesta por nosotros a la razón última por la que hemos sido creados.
Por eso, no debemos pasar por la vida sin conocer ni dar una respuesta a su plan.

Conocer a Jesús nos impulsa a amarle; amarle nos lleva a seguir sus huellas, y seguirle nos arrastra a comprometernos con Él y con su mensaje.
Esto hicieron los Apóstoles y lo han hecho multitud de personas a lo largo de la historia, empezando por Abraham y continuando por los patriarcas y los profetas hasta nuestros días.

Personajes ilustres como Charles de Foucault en las dunas del Sahara, Luther King, defendiendo la igualdad de derechos civiles entre blancos y negros, Gandhi en la búsqueda constante de la paz, Nelson Mandela, recientemente fallecido, promoviendo la concordia y la desaparición del “apartheid”, o Teresa de Calcuta y Vicente Ferrer, paliando el hambre y asistiendo a los moribundos, supieron dar respuesta a las exigencias de su vocación.

Hoy son un punto de referencia para todos: cristianos, musulmanes, judíos, animistas e incluso ateos.

Cualquier sitio es bueno y las llamadas son diversas. La variedad de vocaciones enriquece las relaciones humanas y contribuyen a que seamos felices. Dios lo quiere así.

Los malos gestos, con los que proyectamos amarguras, desplantes, críticas mordaces… son señal inequívoca de no haber encontrado nuestro sitio en la sociedad.

Todos sabemos que la persona que actúa por vocación, humanamente hablando, es más eficiente que la que trabaja únicamente por intereses económicos.

Lo esencial de la vocación cristiana está en el seguimiento de Jesús, y es común a todos los que creemos en Él, sea en la vida matrimonial, célibe o consagrada.

La diferencia está en la exigencia, que es radical en la vida consagrada, porque conlleva dejarlo todo para estar con Jesús y ser copartícipes de su misión salvadora: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4,19).

Aunque parezca paradójico y muchos no lo entiendan, quienes dejan casas, familias y hacienda no lo pierden todo. Lo encuentran de nuevo en otros hogares y en otras familias donde prevalece la fuerza de amar y sentirse amados, que es la mayor de todas las riquezas humanas.

El mundo de hoy demanda mensajeros, que sean, al mismo tiempo, testigos, para hacer realidad lo profetizado por Isaías: “Conduciré a los ciegos por el camino que no conocen y ante ellos convertiré la tiniebla en luz” (Isaías 42, 16).

La recompensa que ofrece el Señor no se puede comparar en grandiosidad con ninguna otra: “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,2).

Santa Paula Romana y su hija Santa Eustoquio

"Noble por su sangre, pero mucho más noble por su santidad..., poderosa por sus riquezas, pero mucho más insigne por la pobreza de Cristo, De la estirpe de los Gracos, del linaje de los Escipiones.... prefirió Belén a Roma y trocó el resplandor de los dorados artesonados por la vileza de una choza de barro".

Así resume San Jerónimo, en su elocuente panegírico, la vida "de esta mujer admirable" que vino a ser la primera de sus hijas espirituales, "mínima entre todas para superarlas a todas".

La conoció en Roma, más que mediado el siglo IV (el de los grandes Padres de la Iglesia), con motivo del concilio convocado en 382 por el papa español San Dámaso, al que asistieron algunos obispos orientales, como San Paulino de Antioquía y San Epifanio. Venía con ellos Jerónimo, en calidad de intérprete y secretario, con unos cuarenta y dos años de edad, macerado ya su temperamento volcánico en las asperezas del desierto, disciplinada su retórica en el estudio de las Escrituras, Su fama, empero, corría por la Ciudad de los Césares y había un palacio en el Aventino, del que era dueña la noble viuda Santa Marcela, donde un grupo de vírgenes y matronas del patriciado sabía, hasta de memoria, las cartas que escribiera desde el yermo el literato convertido en asceta.

Al enterarse Marcela de que el Papa, gran protector de su cenáculo, retenía en Roma a Jerónimo, decidió lograr semejante maestro para las que esbozaban una vida monástica, a imitación del Oriente, y ansiaban un guía para entrar en el huerto cerrado de los sagrados libros. Jerónimo, que ni miraba el rostro de mujer alguna, fue vencido en su hosquedad por la importunidad de la solicitante y sin buscarlo siquiera, dio con la magnífica ocasión de plantar el estandarte de la cruz en el corazón mismo de esa Roma patricia y cesárea, cristiana desde Constantino, pero sin renunciar del todo al paganismo, porque eran los dioses sus antepasados y porque la invadían ahora los cultos y los refinamientos orientales que venían de la corte de Bizancio.

Su portaestandarte fue Paula. Llevaba, con treinta y cinco años, los velos de la viudez. De su esposo Toxocio, que heredó "la altísima sangre de Eneas y de los Judíos" le habían quedado cinco hijos: un niño, del mismo nombre y de la misma religión pagana que su padre, y cuatro jovencitas: Blesila, viuda de diecisiete años, aún pendiente del mundo y del tocador; Eustoquio la perla de todo el collar, virgen consagrada por el papa Liberio en sus dieciséis primaveras; Paulina y Rufina,

Jerónimo revolucionó aquel hogar, haciendo de Paula un espejo de virtudes evangélicas y una heroína de la ciudad. Eustoquio era ya en Roma, "joya preciosa de la virginidad y de la Iglesia"; Blesila, que se defendía de la influencia de tal maestro, cedió por fin al dardo certero de una cruel enfermedad que la convirtió de lleno a la vida ascética; Paulina, de vocación más corriente, dio su mano al senador Pamaquio, gran amigo de San Jerónimo, de quien reza también el martirologio romano. A través de esta familia privilegiada el Santo revolucionaba también a la alta sociedad romana, que se veía invadida por la virtud de la palabra evangélica. Era una constelación jerónima la que giraba en torno suyo: Marcela, la doctora en Sagradas Escrituras; Lea, que de su palacio hizo un convento; Asela, la virgen penitente que en la ciudad populosa vivía como en un desierto; Fabiola, la arrepentida de su divorcio, precursora de las fundaciones de caridad; Principia, Marcelina, la hermana de San Ambrosio... Sin embargo, "así como el brillo del sol eclipsa y oscurece las lucecitas de las estrellas", así - asegura Jerónimo, hablando de Paula –"superó con su humildad las virtudes de todos". "Su cántico eran los salmos, su palabra el Evangelio, sus delicias la continencia1 su vida el ayuno" (Epist. 38).

La temprana muerte de Blesila, atribuida a sus penitencias, fue la tea que, en manos del maligno, hizo arder de indignación a todo el patriciado. La misma Paula, madre al fin, no fue dueña de su corazón ni de sus demostraciones excesivas. Había que acabar con la raza detestable de los monjes! Para colmo de desamparo, Dámaso había muerto, ¡había que desterrar de Roma a Jerónimo! Se urdió contra él una calumnia, se le rodeó de una persecución que le hizo exclamar: "¡Oh malicia de Satanás, que siempre persigues a los santos! ¿No hubo otras romanas que merecieran las habladurías de la ciudad fuera de Paula y Melania que despreciadas sus riquezas, levantaron la cruz del Señor como un estandarte de piedad? ¡Por la buena y por la mala fama hay que llegar al reino de los cielos! "Con todo, el que ayer era el consejero de Dámaso, el que a juicio de todos" era estimado "digno del sumo pontificado" tuvo que huir y embarcarse para el Oriente, no sin llorar antes su despedida en tumultuosa carta a Asela: "Saluda a Paula y a Eustoquio le decía ; quiera o no quiera el mundo, mías en Cristo".

En Roma dejaba Jerónimo la primera semilla de vida monástica que prendió en el Occidente. Paula no tardó en reaccionar. Pensó que había llegado la hora de visitar los Santos Lugares, de beber, en su propia tierra esa sabiduría bíblica que había hincado en su alma su sabio director. Superando el llanto de los hijos Toxocio y Rufina, que desgarraba sus entrañas embarcó un día en el puerto de Ostia, con su inseparable Eustoquio, "compañera de propósito y de navegación".

San Jerónimo, que la esperaba en Antioquía, ha narrado detenidamente aquella maravillosa peregrinación que llevó a Paula, con su cortejo de doncellas, a recorrer toda la Tierra Santa, bajo la dirección del Doctor máximo en la exposición de las Sagradas Escrituras. Visitó con él los monasterios egipcios, poblados por los Macarios, los Arsenios, los Serapiones y "otras columnas de la soledad" y hubiera permanecido en sus yermos a no haber sentido el llamamiento divino que la hirió en Belén.

"Yo miserable pecadora – exclamaba Paula, después de un éxtasis memorable en la gruta de Belén -, he sido juzgada digna de besar el pesebre en el que el Dios Niño dio sus primeros vagidos y de orar en la cueva donde la Virgen Madre dio a luz el Divino Infante. He aquí el lugar de mi descanso, porque es la patria de mi Señor. Prepararé una lámpara para mi Cristo. Mi alma vivirá para mi y mi linaje le servirá".

Durante veinte años la patricia Paula, convertida en humilde conciudadana del Salvador, se abatió tanto por la humildad que parecía la última de sus criadas. Su ensayo monástico de Roma llegó en Belén a la perfección. Más de cien vírgenes formaban su corona. Ninguna la sobrepasaba en la penitencia y en la oración. Dormía sobre el duro suelo, ayunaba sin cesar, pasaba noches enteras velando en la plegaria. El don de lágrimas cegaba casi sus ojos, la caridad dispersaba su inmenso patrimonio. Quería que, al morir, tuvieran que pedir de limosna la sábana en que la enterraran. Todo le parecía poco sin embargo, para proveer a Jerónimo rodeado de discípulos, de los textos griegos, hebreos, siriacos, que necesitaba para su ímproba tarea de traducir al latín la Sagrada Biblia en estudio directo sobre los textos originales.

Fue una enamorada del Verbo Encarnado y de todas sus divinas palabras. de las que le decía Jerónimo que eran como una segunda Eucaristía. Se sabia las Escrituras de memoria, se revestía de ellas "como de la armadura de Dios" en todos sus duelos y tribulaciones, que fueron grandes. A su luz fundó y dirigió el triple monasterio, organizado como las centurias romanas e inspirado en la regla de San Pacomio donde se vivía una vida sencilla y celestial, alabando al Señor de noche y de día como los ángeles, sirviéndole en el trabajo, intelectual y manual, en la caridad y en la mortificación.

San Jerónimo. que encontró en Paula una discípula incansable, una hija y una madre, ha referido también su muerte, que fue un epitalamio. Sufría él y lloraba Eustoquio, "la perla de las vírgenes" con todas sus compañeras. Ella veía "quietas y tranquilas" todas las cosas y moría exclamando: "¡Señor he amado la belleza de tu casa y el lugar donde habita tu gloria! ¡Qué deliciosos son tus tabernáculos! Elegí ser despreciada en la casa de mi Dios, mejor que habitar en las tiendas de los pecadores".