sábado, 28 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas



Moisés habló al pueblo, diciendo:
- «Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo
el corazón y con toda el alma. Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: Que él será tu
Dios, que tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz. Hoy se compromete el Señor a aceptar lo que tú le propones. Que serás su propio pueblo, como te prometió, que guardarás todos sus preceptos, que él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y que serás el pueblo santo del Señor, como ha dicho.»


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo:
Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?
Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Palabra del Señor.

Beato Daniel Alejo Brottier

"Este religioso conocido como el comerciante del cielo era un ardiente misionero, pero su mala salud le obligó a abandonar su misión en África. Su arte e ingenio, junto a la gracia, revertió en una fecunda acción apostólica"

Nació en la localidad francesa de La Ferté Saint-Cyr el 7 de septiembre de 1876. Sus padres, Jean y Bertha, humildes y creyentes, le educaron en la fe, y en 1893 se dispuso a entregar su vida como sacerdote. El seminario de Blois fue el escenario donde cursó sus estudios eclesiásticos que culminaron con su soñada ordenación en 1899. Una de las primeras misiones que le encomendó el prelado fue la docencia. De modo que, por indicación suya, durante algunos cursos impartió clases en el colegio de Pontlevoy, centro dependiente de la diócesis. Pero en su corazón se abrió paso el espíritu misionero y convencido de que se trataba de un directo llamamiento de Dios, se vinculó a los religiosos de la Congregación del Espíritu Santo en 1902.

La certeza de haber sido elegido por Él no minimizó su sacrificio. Dio el paso contrariándose a sí mismo, como revela el escrito que dirigió el 6 de julio de ese mismo año al padre Genoud, que sería el responsable de su formación:«No pensé que sería tan dificil dejar el mundo atrás. Cuando se compara este sacrificio con lo que otras personas tienen que hacer, parece poca cosa, o casi nada, pero cuando te toca directamente se convierte en algo enteramente diferente. Sin embargo, me consuela que en la profundidad de mi ser, experimento el mismo entusiasmo que me motivó durante el retiro del año pasado». Era honesto y sincero. Su determinación irrevocable ponía de relieve la autenticidad de su vocación.

El Padre celestial, que todo lo conoce, no dilató el cumplimiento de ese anhelo evangelizador de Daniel. Valeroso, audaz, había sido motivo de descanso para su superior general haciéndole saber de primera mano, a través de la carta que le envió en septiembre de 1903, su plena disposición:«No quiero presumir nada, pero si tienes una misión muy peligrosa, en donde mi vida estaría en riesgo, con toda franqueza, estoy listo para ello». Efectuada su profesión, un més más tarde fue trasladado a Senegal y comenzó su labor en Dakar en noviembre.

Con gran ardor apostólico dio a conocer a Cristo entre las gentes de este país, con las que permaneció siete años, transmitiendo la fe en su propio idioma que se había ocupado de aprender, hasta que la dureza del clima afectó a su salud y tuvo que regresar a su país. Esta iba a ser la tónica de su labor misionera. Ese país africano, que ya llevaba grabado en sus entrañas, se le resistiría a causa de su endeble organismo. Los continuos ataques de migraña, remedando el flujo incesante de las olas marinas, le devolvían a su país hasta que definitivamente tuvo que entregar a Dios su misión. El proceso había sido harto doloroso. Obligado a regresar a Francia por vez primera en 1906, a indicación de sus superiores preocupados por la intensa y persistente afección, los cuidados médicos le permitieron regresar en 1907. Pero prácticamente no hizo más que llegar, y de nuevo surgió el tormentoso dolor de cabeza, con lo cual determinaron que Francia sería su lugar de destino permanente. Entonces, se dedicó a educar y asistir a la infancia y juventud abandonada. En junio de 1911, al ver disipada la opción de regresar a Senegal, hizo notar: «He prometido dejar todo en manos de la Providencia y no tomar ningún paso a favor ni en contra. Esa es la única manera para un religioso cumplir su deber».

Era un hombre de oración, sencillo y humilde, que se dejó llevar en todo momento por su confianza en la divina Providencia. Estaba adornado de muchas cualidades que, unidas a su celo apostólico, le permitieron realizar grandes gestas para Cristo: iniciativa, gran creatividad así como visión y dotes para la administración. África corría por sus venas de apóstol, y pensando en nuevas vías de asistencia que pudiera llevar a cabo desde el lugar en el que se hallaba, creó «Recuerdo Africano», un instrumento que le reportó los recursos suficientes para erigir la catedral de Dakar.

En medio de la labor apostólica educativa que signaba su acontecer le sorprendió la Primera Guerra Mundial. «¿Qué puedo hacer frente a esta barbarie que arrasa con la salud, la vida y la civilización?», se preguntó. Y se convirtió en capellán de los militares, lo cual le permitió atender a los soldados y a los moribundos durante cuatro años en los que recorrió distintos frentes con grave riesgo de su vida. Por su abnegada labor ejercida entre tantas víctimas de la ferocidad humana, que se habían visto arrastradas por la sinrazón de las armas, a las que consoló, animó y confortó, además de dar cristiana sepultura a los caídos en el campo de batalla, le galardonaron con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.

El ejemplo de Teresa de Lisieux alumbró su vida, y bajo su intercesión impulsó la casa de huérfanos de Auteuil, un magnífico proyecto que ya estaba materializado, pero que pusieron bajo su responsabilidad en 1923. Le dio un impulso decisivo. Tanto es así, que una decena de años más tarde dio como resultado la atención de un millar y medio de jóvenes. A su entusiasta labor se debe la construcción de una basílica dedicada a la santa de Lisieux también en Auteuil, bendecida en 1930. Otra de las acciones sociales en las que se implicó fue la Unión Nacional de Excombatientes, de carácter benéfico, que aglutinó nada menos que a dos millones de personas.

Es verdad que tenía arte e ingenio para despertar la solidaridad de la gente que promovía con innegable capacidad inventiva. Por ello se le ha denominado «comerciante del cielo». Pero en realidad su fecundidad apostólica se explica fundamentalmente por su insistente oración y fidelísima entrega. Consumido por el amor y extenuado por el esfuerzo continuo que había realizado, falleció en París el 28 de febrero de 1936. Fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984.

viernes, 27 de febrero de 2015

Milagros Eucaristicos 27-02-15

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice el Señor Dios:
“Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá.
No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá.
¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?
Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá.
Comentáis: “No es justo el proceder del Señor. “Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió.
Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida.
Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.»

Palabra del Señor.

Beata María Caridad Brader

Fundadora de las Franciscanas de María Inmaculada.

La madre Caridad Brader nació en Suiza donde, en plena juventud, ingresó en una comunidad de religiosas franciscanas dedicadas a la contemplación y la enseñanza. Junto con otras religiosas marchó como misionera a Ecuador y, años más tarde, a Colombia, donde pasó el resto de su larga vida. Para mejor responder a las numerosas y urgentes necesidades de sus gentes, fundó las Franciscanas de María Inmaculada, congregación que gobernó muchos años con sabiduría y prudencia, inculcando a sus religiosas tanto la dimensión contemplativa de sus vidas como su entrega a la acción evangelizadora.

María Caridad Brader, hija de Joseph Sebastián Brader y de María Carolina Zahner, nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, St. Gallen (Suiza). Fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Josefa Carolina.

Dotada de una inteligencia poco común y guiada por las sendas del saber y la virtud por una madre tierna y solícita, la pequeña Carolina moldeaba su corazón mediante una sólida formación cristiana, un intenso amor a Jesucristo y una tierna devoción a la Virgen María.

Conocedora del talento y aptitudes de su hija, su madre procuró darle una esmerada educación. En la escuela de Kaltbrunn hizo, con gran aprovechamiento, los estudios de la enseñanza primaria; y en el instituto de María Hilf de Altstätten, dirigido por una comunidad de religiosas de la Tercera Orden Regular de san Francisco, los de enseñanza media. Luego, su madre la envió a Friburgo para perfeccionar sus conocimientos y recibió el diploma oficial de maestra.

Cuando el mundo se abría ante ella atrayéndola con todos sus halagos, la voz de Cristo resonó en su corazón, y decidió abrazar la vida consagrada. Esta elección de vida, como era previsible, provocó al inicio la oposición de su madre, pues era viuda y Carolina era su única hija.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten, que regentaba un colegio como servicio necesario a la Iglesia católica de Suiza.

El primero de marzo de 1881 vistió el hábito de franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo. El 22 de agosto del año siguiente emitió los votos religiosos. Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio anexo al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, celoso misionero de san Vicente de Paúl y Obispo de Portoviejo (Ecuador), escribió una carta a las religiosas de María Hilf, pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones era la madre Caridad Brader. La beata María Bernarda Bütler, superiora del convento, la cual encabezó el grupo de las seis misioneras, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en sumo grado, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía, podrá prestar a la misión grandes servicios».

El 19 de junio de 1888 la madre Caridad y sus compañeras emprendieron el viaje hacia Chone, Ecuador. En 1893, después de duro trabajo en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la madre Caridad fue destinada para una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su celo misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando las embravecidas olas del océano, las intrincadas selvas y el frío intenso de los páramos. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían todavía el Evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras para tan vasto campo de apostolado, apoyada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la congregación de Franciscanas de María Inmaculada. La Congregación estuvo compuesta al inicio de jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la madre Caridad. A ellas se unieron pronto las vocaciones autóctonas, sobre todo de Colombia, que hicieron crecer la naciente Congregación y se extendieron por varios países.

La madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar muy bien la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción». «No olviden -les decía- que cuanto más instrucción y capacidad tenga la educadora, tanto más podrá hacer a favor de la santa religión y gloria de Dios, sobre todo cuando la virtud va por delante del saber. Cuanto más intensa y visible es la actividad externa, más profunda y fervorosa debe ser la vida interior».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían donde quiera que la necesidad lo requería. Cuando se trataba de cubrir una necesidad o de sembrar la semilla de la Buena Nueva, no existían para ella fronteras ni obstáculo alguno.

Alma eucarística por excelencia, halló en Jesús sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Llevada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministro de Dios.

Amante de la vida interior, vivía en continua presencia de Dios. Por eso veía en todos los acontecimientos su mano providente y misericordiosa, y exhortaba a los demás a «ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

Como superiora general, fue la guía espiritual de su Congregación desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940, año en que manifestó, en forma irrevocable, su decisión de no aceptar una nueva reelección. A la superiora general elegida le prometió filial obediencia y veneración. En 1933 tuvo la alegría de recibir la aprobación pontificia de su Congregación.

A los 82 años de vida, presintiendo su muerte, exhortaba a sus hijas: «Me voy; no dejen las buenas obras que tiene entre manos la Congregación, la limosna y mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las hermanas, la adhesión a los obispos y sacerdotes».

El 27 de febrero de 1943, en Pasto (Colombia), de repente dijo a la enfermera: «Jesús, me muero». Fueron las últimas palabras, con las que entregó su alma al Señor.

Apenas se divulgó la noticia de su fallecimiento, comenzó a pasar ante sus restos mortales una interminable procesión de devotos que pedían reliquias y se encomendaban a su intercesión.

Los funerales tuvieron lugar el 2 de marzo de 1943, con la asistencia de autoridades eclesiásticas y civiles y de una gran multitud de fieles, que decían: «ha muerto una santa». Después de su muerte, su tumba ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

Las virtudes que practicó se conjugan admirablemente con las características que su Santidad Juan Pablo II destaca en su Encíclica «Redemptoris Missio» y que deben identificar al auténtico misionero. Entre ellas, como decía Jesús a sus apóstoles: «la pobreza, la mansedumbre y la aceptación de los sufrimientos».

La madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Como misionera en Chone, experimentó el consuelo de sentirse auténticamente pobre, al nivel de la gente que había ido a instruir y evangelizar. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

La aceptación de los sufrimientos, según el Papa, es un distintivo del verdadero misionero. ¡Qué bien realizado encontramos este aspecto en la vida espiritual de la madre Caridad! Su vida se deslizó día tras día bajo la austera sombra de la cruz. El sufrimiento fue su inseparable compañero y lo soportó con admirable paciencia hasta la muerte.

Otro aspecto de la vida misionera que destaca el Papa es la alegría interior que nace de la fe. También la madre Caridad vivió intensamente esa alegría en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la Beatificación. Se diría que Dios ha querido ratificar la santidad de la madre Caridad con un admirable milagro concedido por su intercesión en favor de la niña Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había producido un daño cerebral que le impedía el habla y la deambulación. Al término de una novena que hizo su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, adquiriendo en poco tiempo la normalidad. Hoy, está aquí, en Roma, para agradecer a la madre Caridad en su solemne Beatificación.

jueves, 26 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor y rezó así al Señor,
Dios de Israel:
«Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti, pues yo misma me he expuesto al peligro. Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido.
Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos.
Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices.
A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?
Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!
En resumen: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas.»

Palabra del Señor.

Santa Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes

Paula Nació el 11 de octubre de 1799 en un pequeño pueblo de pescadores y constructores de barcos de la provincia de Cataluña, Arenys de Mar. Paula miraba al mar y soñaba. Soñaba con los ojos abiertos cosas que según algunos, eran imposibles...

Sus padres se llamaban Ramón Montal y Vicenta Fornés; su padre éra cordelero y su madre hacía bordados y encajes de bolillos. Paula era la mayor de sus hermanos de padre y madre, la seguían Benito, María y Joaquín; Salvador el más pequeño, falleció antes de cumplir un año. El hogar de Paula era sencillo y cristiano, de trabajo y alegría.

Mientras la pequeña Paula iba creciendo, trabajaba en casa para ayudar a su madre económicamente, y cuidando de sus hermanos, ya que a los 10 años se quedó sin padre. ¡Paula llego a ser una estupenda puntaire...! Pero los sueños de Paula seguían, dos amores se iban destacando: los niños y la Virgen. Ella era la mejor catequista que tenía el Párroco de Arenys. Los niños de la catequesis la adoraban: jugaba con ellos, les enseñaba a rezar... El sueño de Paula se iba perfilando... con sus ojos soñadores descubría en los niños grandes posibilidades, grandes capacidades que solo necesitaban de alguien que los acompañase, les ayudase a que descubrieran sus propios sueños. Paula en su edad joven tenia gran devoción a María y así se lo enseñaba y trasmitía a los niños: “María os ayudara a descubrir el sueño de Dios sobre vosotros”.

Cuando Paula tenía 23 años sintió que Dios le pedía algo y no sabía todavía bien qué era. Lo que sí sabía era que se sentía feliz en medio de los niños. Paula seguía dedicando parte de su tiempo a los niños, colaborando en el apostolado parroquial, ayudando en casa... y así con el paso del tiempo, y la ayuda de alguna persona para clarificar su inquietud interior, decidió consagrar toda su vida a la educación de las niñas pobres y marginadas.

Paula acoge esta llamada de Dios con total disponibilidad y así en 1829 marcha a Figueras, donde abre una escuela para niñas. Lleva una compañera Inés Busquet y a estas dos se le unieron en estos primeros inicios algunas más. Paula tiene un ideal “Salvar a las familias educando a la niñas en el Santo Temor de Dios ”.

Se ha dado cuenta Paula, que la familia es algo fundamental en la sociedad, que la base de la familia es la mujer y por ella Paula “ofrece” todos sus desvelos.

Bajo la guía de los Padres escolapios, Paula estructura definitivamente el grupo con espiritualidad y reglas calasancias. Ella junto con tres compañeras, hace su profesión religiosa el 2 de febrero de 1847 en Sabadell, a los tres votos: castidad, pobreza y obediencia, Paula añadió un cuarto voto, el de enseñanza. Eran las primeras Hijas de María Escolapias. Al mes siguiente, el 14 de marzo, se celebró el Capítulo en el que no se eligió a Paula como Madre General, ni como consultora... así empezó su camino de humildad y dedicación plena y escondida a la Congregación.

“Olesa de Montserrat fue como el granito de trigo q ue tiene que ocultarse y morir para comunicar vida. Paula fue como un soplo del Espíritu de amor, que dejó en todos los rincones la huella de una vida gastada por Cristo para el bien de todas las personas. En el “anonimato” ... en todas partes se puede hacer bien a los demás, se puede amar, se puede orar...” (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 6)

En Sabadell, Madre Paula, como maestra de novicias, enseño a orar para aprender a amar y a dedicarse a la educación de las niñas. Todo el día debía de ser, “ estar en el amor de Dios”, porque lo que importa es amar, devolviendo amor al Amor escondido en los niños, en la naturaleza, en las personas...” (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 16)

Después de 13 años en Figueras, Paula abre una segunda escuela en Arenys de mar y una tercera en Sabadell. Por encargo de lo Superiora General Paula irá fundando e impulsando nuevos colegios, Igualada, Vendrell, Masnou, Gerona, Blanes, Barcelona, Sóller , Olesa de Montserrat, y siempre con la misma entrega, el mismo entusiasmo, el mismo esfuerzo, y sobre, todo la misma confianza en Dios.

Paula estuvo sus 30 últimos años en la casa de Oles a de Montserrat, casa que fundo ella misma. Esta fundación costó sacrificios indecibles y tuvo que superar muchos obstáculos, la vida “oculta” de Madre Paula se expresó siempre, en todo momento y circunstancia, del mismo modo. Su vida se resumía en “un amor callado” . Así se iban pasando sus últimos años, sin dejarse sentir... Ella sabía la misión que Dios le había encomendado y a esta tarea consagró su vida como suave brisa y con la mirada puesta en Jesús.

El querer de Dios se hace real en la disponibilidad de Paula, en su Sí a la invitación de Dios para seguirle y para hacer surgir en la Iglesia un nuevo carisma. “Ser maestra y escolapia, nada más y nada menos.” De la educación de los niños depende el futuro de la humanidad, por ello Paula empeña y entrega su vida a ello. Sus escuelas serán profundamente cristianas, la educación en la fe tendrá un lugar destacado, así como el amor a María, todo esto sin dejar de lado una enseñanza cualificada y rigurosa para sus alumnas. Ser verdaderas escolapias, era asegurar la calidad de educación que Paula quería, transformar la tarea educativa no en un trabajo o dedicación, sino en ministerio que exige la consagración de la vida entera ... “De los niños es el reino de los cielos”. Hacerse como niños es sintonizar con el corazón de Dios mismo.

Paula Montal “le apremia” hablar de Cristo y por ello consagró su vida a la misión evangelizadora de la Iglesia, concretada en la educación integral cristiana de niñas y jóvenes, en la promoción de la mujer. El amor de Dios que llenaba su corazón le hizo apóstol del mensaje de Jesús “en la escuela”. Paula es la fundadora de la primera congregación femenina española del siglo XIX, dedicada exclusivamente a l a educación.

Paula Montal necesitó, creó el grupo, y vivió en comunidad. Hay testimonios abundantes del vivir y del hacer comunitario de Paula, siendo supriora de la comunidad y sin serlo. Y siempre en comunión fraterna con sus hermanas escolapias. Su vida proclamó que el amor y el perdón, la verdad y la justicia, la libertad y la ternura son posibles para crear una Nueva Humanidad. (Espiritualidad Escolapia nº 3 página 39) En Sabadell como maestra de novicias enseño a las novicias la importancia de la vida de comunidad y ella era vivo ejemplo de ello.

La actuación de Paula Montal con respecto a la marcha de la Congregación fue disminuyendo poco a poco a partir de 1857. Las circunstancias se imponían y ella supo aceptar y vivir con alegría esta realidad. En Olesa de Montserrat procuró para su colegio un ambiente familiar, donde se integraba ilusión y trabajo. Dedico sus esfuerzos en el bien de las familias, de las alumnas más necesitadas y en las hermanas de comunidad. En estos últimos años de Olesa destaca su vida de oración, su humildad y su amor a los pobres.

La serenidad de Madre Paula, que sembraba en todas partes alegría y paz, era fruto de un itinerario de humildad y amor. Nunca se sintió sola. Ella sentía siempre y en toda circunstancia la compañía del Señor compartiendo con ella dificultades, los sufrimientos... Madre Paula sabía muy bien que la providencia amorosa de Dios hablaba por medio de detalles sencillos. (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 24)

Hay testimonios que nos dicen que los últimos años de vida de madre Paula en Olesa fueron los de una vida entregada a Dios y a los demás, no sólo a las alumnas y exalumnas, sino también a cualquiera que se acercara a ella. Todos los testimonios recalcan su absoluta entrega a la misión. “Su acción educadora se basaba en hacer conocer y amar a Jesús.” Paula se dejo transformar por Dios en una “criatura ” nueva y así lo quiso transmitir a sus alumnas.

Paula ha vivido sus treinta primeros años en su pueblo natal, Arenys de Mar. Los otros treinta, desplegando una actividad intensa, fundando colegios. Los últimos treinta años en su última fundación Olesa de Montserrat. Últimos treinta años en los que poco a poco le fueron despojando de sus cargos (Consejera, Superiora, Pro vincial). Años de anonadamiento y humildad, de sufrimiento y vida silenciosa ...

Paula muere en Olesa de Montserrat, el 26 de febrero de 1889, gozando de fama de santidad. Su vida puede definirse: vocación de amor y servicio a la niñez y juventud femeninas, a través de la educación cristiana y promoción integral y humana de las mismas. La actividad educativa era la expresión práctica de su amor a Di os, de su caridad. Paula es mujer digna de ser alabada, dio en su tiem po insigne testimonio de piedad; fue un bello testigo del Reino para la Iglesia Universa s, y desarrolló un magnífico apostolado. Que su ejemplo admirable sea un poderoso aviso para los hombres y mujeres de hoy, y un firme3 apoyo con el que más fácilmente soporten las dificu ltades, y con más certeza, caminen hacia Jesús. (Espiritualidad Escolapia nº 20 página 39 )

La vida de Paula fue de servicio total para Dios y los hombres, tuvo fama de santidad, sobre todo en Olesa de Monstserrat. A su muerte est a fama no se apagó, sino todo lo contrario, se extendió y consolidó en la congregación de Hijas de María Escolapias. El 28 de noviembre de 1988, madre Paula Montal es proclamada Venerable por el Papa Juan Pablo II, al reconocer la heroicidad de sus vi rtudes. El 18 de abril de 1993, fue beatificada por Juan Pablo II en Roma y 25 del mes de noviembre , del año 2001 Paula Montal es proclamada Santa en la Basílica de San Pedro en Roma por el Pa pa Juan Pablo II.

Las última palabras de madre Paula fueron “Mare, Mare meva” “Madre, Madre mía”. La devoción de Madre Paula a María, es desde su más tierna infancia y así lo enseña siendo catequista de la pa rroquia de Arenys... Su primer colegio en Figueras la dedica y lo pone bajo la protección de María ”Nuestra Señora de la Providencia”... Ella quiso que su obra estuviera también al amparo y protección de María, por ello l a congregación que fundo quiso que se llamara “Hijas de María religiosas Esc olapias”. Esta devoción a María de Paula Montal, se le reforz ó desde la espiritualidad calasancia, Calasanz también fue un gran devoto de María Esta espiritualidad y devoción mariana esta refleja da en todas las escuelas de Madre Paula y así se lo transmitía a sus hermanas escolap ias, a las familias y por supuesto a las niñas.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Relexión de hoyf

Lecturas


Vino la palabra del Señor sobre Jonás:
- «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.»
Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando:
«¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.
Llegó el mensaje al rey de Nínive; se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive:
«Hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y animales; invoquen fervientemente a Dios, que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos.»
Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»

Palabra del Señor.

Beata María Ludovica de Angelis

Nacida el 24 de octubre de 1880 en Italia (en San Gregorio, pueblito de los Abruzzos, no lejano de la ciudad de L'Aquila), Sor María Ludovica De Angelis, con su llegada, primera de ocho, había colmado de alegría a sus padres quienes en la misma tarde del día del nacimiento, en la fuente bautismal, habían elegido, para su primogénita, el nombre de Antonina.

Con el correr de los años, en contacto con la naturaleza y la dura vida del campo, la niña, crecida límpida, abierta, trabajadora y ricamente sensible, se había transformado en una joven fuerte y al mismo tiempo, delicada, activa y reservada, como toda la gente de aquella espléndida tierra.

El 7 de diciembre del mismo año del nacimiento de Antonina, fallecía en Savona una hermana, que había optado dar plenitud a la propia vida siguiendo las huellas de Aquel que dijo: «Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre... Todo cuanto hagan a uno solo de estos hermanos míos, a Mí lo hacen...», era Santa María Josefa Rossello la cual dio vida, en Savona, en 1837, al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia: una Familia Religiosa que caminaba por los senderos del mundo, proponiendo con la fuerza del ejemplo el mismo ideal a muchas jóvenes.

Antonina sentía en su corazón que sus sueños encontraban eco en los sueños que habían sido los de la Madre Rossello.

Ingresó con las Hijas de la Misericordia el 14 de noviembre de 1904; en la Vestición Religiosa toma el nombre de Sor María Ludovica y tres años después de su ingreso, el 14 de noviembre de 1907, zarpa hacia Buenos Aires, donde arriba el 4 de diciembre sucesivo. Desde este momento se da en ella un florecer ininterrumpido de humildes gestos silenciosos en una entrega discreta y emprendedora.

Sor Ludovica no posee una gran cultura, al contrario. Sin embargo, es increíble cuánto logra realizar ante los ojos asombrados de quiénes la circundan. Y, si su castellano es simpáticamente italianizado, con algún toque pintoresco de "abruzzese", no le cuesta entender ni hacerse entender.

No formula programas ni estrategias, pero se dona con toda el alma.

El Hospital de Niños, al cual es enviada, y que inmediatamente adopta como familia suya, la ve, primero, solícita cocinera, luego, convertida en responsable de la Comunidad, infatigable ángel custodio de la obra que, en torno a ella, se transforma gradualmente en familia unida por un único fin: el bien de los niños.

Serena, activa, decidida, audaz en las iniciativas, fuerte en las pruebas y enfermedades, con la inseparable corona del Rosario entre las manos, la mirada y el corazón en Dios y la infaltable sonrisa en los ojos, Sor Ludovica llega a ser, sin saberlo ella misma, a través de su ilimitada bondad, incansable instrumento de misericordia, para que a todos llegue claro el mensaje del amor de Dios hacia cada uno de sus hijos.

Único programa expresamente formulado, es la frase recurrente: «Hacer el bien a todos, no importa a quién». Y se realizan así, con subvenciones que solo el cielo sabe cómo Sor M. Ludovica consigue obtener, salas de cirugía, salas para los pequeños yacentes, nuevas maquinarias, un edificio en Mar del Plata destinado a la convalecencia de los niños, una capilla hoy parroquia, y una floreciente chacra para que sus protegidos tuviesen siempre alimento genuino.

Durante 54 años Sor M. Ludovica será amiga y confidente, consejera y madre, guía y consuelo, de cientos y cientos de personas in City Bell de toda condición social.

El 25 de febrero de 1962 concluye su camino, pero quienes permanecen todo el personal médico en particular no olvidan, y el Hospital de Niños asume el nombre de «Hospital Superiora Ludovica».

martes, 24 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mí voluntad y cumplirá mi encargo.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seas como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.”
Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

Palabra del Señor.

San Pretextato

Pacíficamente alimentaba su rebaño. Era bueno, sencillo, afable en su trato y dotado de un profundo sentimiento de justicia. Tal vez, algo débil. Nada parecía presagiar que su vida había de ser una de las más trágicas en la historia de los francos. Pero un día llegó a Rouen, donde Prerextato, presidía dignamente, un hijo de Chilperico, rey de Neustria, que se llamaba Meroveo. Meroveo se echó a las plantas del obispo rogando que le casase con la viuda de su tío Sigeberto, la bella Brunequilda, reina de Austrasia. Y como el obispo no podía negar nada al príncipe, porque era su ahijado y le amaba entrañablemente, presidió aquel casamiento, tal vez sin darse cuenca de que obraba contra los cánones. Esta flaqueza fue el origen de todas sus desgracias. La culpa la tuvo su buen corazón. Desde el día en que tuvo en las fuentes bautismales al desgraciado príncipe, había concebido por él uno de esos afectos abnegados, absolutos, irreflexivos, de que sólo una madre parece capaz.

Vino después el destierro de Meroveo, expulsado por su padre, odiado a muerte por su madrastra, la terrible Eredegunda. En tocio el reino de Neustria sólo un hombre tenía el valor de proclamarse su amigo: el obispo Pretéxtalo. Como no se preocupaba de disimular su afecto, no tardó el rey en hallarse al tanto de todo, estallando en una de esas cóleras mezcladas de temor, durante las cuales se abandonaba por completo a Fredegunda, que era su ángel malo. Esta mujer alimentaba contra el obispo un odio profundo, uno de esos odios que en ella no acababan sino con la vida del que había tenido la desgracia de excitarlos. No le fue difícil persuadir al rey de que debía acusar al obispo su enemigo, ante un concilio de obispos, como culpable de lesa majestad.

Detenido en su casa, el obispo fue conducido a la residencia real, y en un interrogatorio se puso de manifiesto que tenía en su poder algunos objetos preciosos, que Brunequilda le había entregado al salir de Rouen: dos cajas de telas y alhajas, evaluadas en tres mil sueldos, y un saco de monedas de oro, que valdría dos mil. Gozoso con este descubrimiento, Chilperico se apresuró a confiscar el saco y las cajas. Los obispos, llamados con urgencia, empezaban a reunirse en París. Tras ellos llegó el rey, acompañado de una muchedumbre de guerreros, cuya misión era coaccionar las deliberaciones de los Padres.

Cuando quedó abierta la asamblea y se introdujo al reo, el rey, en lugar de dirigirse a los jueces, dio algunos pasos hacia su adversario, y le apostrofó diciendo: «Obispo, ¿cómo se te ocurrió casar a mi enemigo Meroveo, que nunca debió ser más que mi hijo, con la viuda de su tío? Esto es un crimen; pero aún tienes otro mayor: has conspirado contra mí, has repartido dádivas para hacerme asesinar, has seducido al pueblo con dinero.» Estas palabras, oídas por los leudes francos que estaban en el pórtico de la iglesia donde se habían reunido los obispos, provocaron un murmullo de indignación. Los miembros del concilio, alarmados por el tumulto, dejaron sus asientos, y fue necesario que el mismo rey se presentase a calmar los ánimos de sus gentes. Habló luego en su defensa el obispo de Rouen, pidiendo perdón de haber infringido las leyes canónicas, pero negando rotundamente las imputaciones de conspiración y de traición. A una señal del rey, comparecieron algunos hombres de origen franco, trayendo objetos de valor, que pusieron ante el reo, y diciendo: «¿Reconoces esto? Es lo que nos diste para que prometiésemos fidelidad a Meroveo.» El obispo replicó serenamente: «Es cierto; os hice presentes, pero no fue para expulsar al soberano de su reino. Cuando veníais a ofrecerme un hermoso caballo, ¿no era razón que yo devolviese dádiva por dádiva?»

Nada pudo probarse acerca del punto esencial de la conspiración, y así el rey, descontento de esta primera tentativa, dejó la iglesia para volver a su alojamiento. Al poco rato entró el arcediano de la catedral de París, y dirigiéndose a los obispos, que departían familiarmente, les dijo: «Escuchadme, sacerdotes del Señor: esta ocasión es grande para vosotros. O vais a honraros con el prestigio de una buena fama, o vais a perder en la opinión de todo el mundo el título de ministros de Dios. Mostraos firmes, y no dejéis perecer al hermano inocente.» No se hizo caso de esta advertencia. La mayor parte de aquellos obispos eran míseros lacayos del rey. Sólo uno se mostró digno: fue Gregorio de Tours; el historiador, a quien su actitud trajo toda suerte de molestias.

A los pocos días celebróse otra sesión. Chilperico acudió con puntualidad, y sin más preámbulo leyó esta disposición del Derecho eclesiástico: «El obispo convicto de robo debe ser depuesto.» Admirados los prelados de tal comienzo, preguntaron quién era el obispo a quien se imputaba ese crimen: «Él—contestó Chilperico, volviéndose hacia Pretéxtalo—. ¿No habéis visto lo que nos ha robado?» Y sin decir de dónde procedían, señaló las dos cajas de telas y el saco de dinero. Sin perder su mansedumbre ante tan ultrajante acusación, Pretéxtalo dijo a su adversario: «Creo recordaréis que después de haber dejado Brunequilda la ciudad de Rouen, fui a veros y os dije que en mi casa guardaba en depósito los efectos de aquella reina. Me he desembarazado de una parte de ellos, según vuestras indicaciones; pero aún no he tenido ocasión de hacer otro tanto con lo demás.» Dando otro giro a la acusación, y dejando el papel de querellante por el de fiscal, replicó el rey: «Si eras depositario, ¿por qué has abierto una de las cajas y sacado una franja de túnica tejida con hilo de oro para repartirla entre tus partidarios?» El acusado repuso, siempre ecuánime: «Te he dicho ya una vez que esos hombres me habían hecho presentes. No teniendo nada mío con que pagarles, lo cogí de ahí, sin creer obrar mal. Miraba como mis propios bienes lo que pertenecía a mi hijo Meroveo, a quien tuve en las fuentes bautismales.»

El rey no supo qué contestar y declaró disuelta la sesión. Era una nueva derrota. Lo sentía, sobre todo, por la acogida que había de hacerle la imperiosa Fredegunda. Fue ella la que, después de una tormenta doméstica, se encargó del asunto. Llamó a los dos prelados más adictos que tenía en el concilio, y les encomendó esta misión: «Id a ver a ese hombre y decidle: Ya sabes que el rey es bueno; humíllate ante él y dile que has hecho las cosas de que te acusa. Entonces todos nosotros nos echaremos a sus pies y obtendremos el perdón.» El de Rouen se dejó coger en el lazo. Al día siguiente, reanudado el concilio, después de una ligera discusión con el rey, cayó de rodillas, y, con la frente en el suelo, dijo: «¡Oh rey misericordioso, he pecado contra el Cielo y contra ti!» El rey, antes irritado, se apaciguó, recobrando su habitual hipocresía; y como a impulsos de un exceso de emoción, prosternóse también él, exclamando: «¿Lo oís. piadosísimos obispos? ¿Oís al criminal confesando su execrable atentado?» Hubo un momento de confusión. Los miembros del concilio saltaron de sus asientos y corrieron a levantar al rey, unos enternecidos hasta romper en llanto, otros riéndose en su interior de la infame farsa que se estaba jugando. Después se leyó un canon que había sido interpolado y falsificado por el mismo rey. Mudo de estupor, vio Pretéxtalo que le desgarraban la túnica por la espalda, y oyó estas palabras del presidente: «Escucha, hermano, no puedes ya seguir en comunión con nosotros ni disfrutar de nuestra caridad hasta que el rey te otorgue su perdón.» Unos hombres armados dieron fin a la escena apoderándose del pobre obispo y sepultándole en una prisión, de donde fue sacado para marchar a una pequeña isla del canal de la Mancha.

Fueron siete años de destierro y de miseria entre pescadores y corsarios, hasta que un día los magnates de Rouen desembarcaron en la isla y se lo llevaron de nuevo a su iglesia. Hizo su entrada en la ciudad escoltado de inmensa muchedumbre, en medio de las aclamaciones del pueblo, que de su propia autoridad le volvía a colocar en su sede. Chilperico había muerto, los condenados salían de las cárceles, los proscritos regresaban a sus casas, y Fredegunda huía de París, odiada por el pueblo y por los leudes. Su destino la llevó a buscar un refugio en las cercanías de Rouen. Más de una vez se encontró en las ceremonias y reuniones públicas con el obispo, cuyo retorno era un mentís a su poder. En uno de esos encuentros, no pudiendo contener su despecho, exclamó la reina, bastante alto para que lo pudieran oír todos los presentes: «Ese hombre debiera saber que puede volver otra vez al destierro.» Pretéxtalo recogió la frase, y, afrontando las iras de aquella mujer terrible, respondió: «En el destierro o fuera de él, seré siempre obispo. Tú, en cambio, ¿puedes decir que gozarás siempre del poderío real? Desde el fondo de mi destierro, si a él vuelvo. Dios me llamará al reino de los cielos, y tú, desde tu reino en este mundo, serás precipitada a la sima del infierno.»

Fredegunda calló entonces; pero algunos días más tarde llegó su respuesta. Era un domingo de febrero. El obispo llegó temprano a la basílica. Sus clérigos ocupaban los asientos del coro y él presidía. Mientras los cantores ejecutaban la salmodia, Pretéxtalo se arrodilló en un reclinatorio, con la cabeza apoyada en las manos. Aprovechando esta actitud, un hombre se acercó sigilosamente, y, sacando el cuchillo pendiente de su cintura, hirióle en una axila y salió corriendo de la iglesia. El anciano pudo levantarse solo, y aún tuvo fuerza para subir al altar, conteniendo la sangre de la herida. Allí extendió las manos ensangrentadas para coger de encima del altar el cáliz de oro que, suspendido de unas cadenas, guardaba la Eucaristía, tomó una partícula del pan consagrado y comulgó, y luego, dando gracias a Dios por haberle dado tiempo para confortarse con el santo viático, cayó desvanecido en brazos de los clérigos, que le transportaron a su vivienda.

Allí tuvo una visita, la de la reina, que quiso darse el espantoso gusto de ver a su enemigo agonizante. Disimulando el gozo que sentía, dijo:

—Es triste para nosotros, ¡oh santo obispo!, que haya sobrevenido semejante desgracia.

—¿Y quién ha descargado este golpe—dijo el moribundo, clavando en Fredegunda los ojos—sino la mano que mató reyes, que vertió tanta sangre inocente y tantos males desató en el reino?

Sin revelar la menor turbación, continuó ella con un tono todavía más afectuoso:

—Hay en torno nuestro médicos muy hábiles; ellos te curarán esta herida.

La paciencia del obispo no pudo sufrir ya tanto cinismo, y recogiendo todas las fuerzas que le quedaban, exclamó:

—Siento que Dios me llame; pero tú, que eres quien me ha asesinado, serás por los siglos objeto de execración y sobre tu cabeza vengará mi sangre la justicia divina.

La reina se retiró sin añadir palabra, y a los pocos instantes expiró el obispo. Los habitantes de Rouen recogieron sus restos, los sepultaron y se arrodillaron en su tumba como en la tumba de un mártir. Entre tanto, el asesino declaraba que la reina le había armado el brazo, dándole cien monedas de oro y prometiéndole la libertad.

lunes, 23 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


El Señor habló a Moisés:
- «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles:
“Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de Dios. Yo soy el Señor.
No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dormirá contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.
No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu conciudadano. No andarás con cuentos de aquí para allá, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.
No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado.
No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor.”»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones.
El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.”
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”
Y el rey les dirá:
“Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”
Y entonces dirá a los de su izquierda:
“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.”
Entonces también éstos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”
Y él replicará:
“Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo, “
Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor.

San Sereno o Sireno o Sinerio de Sirmio

Sus actas, breves, pero auténticas, tienen el sello más delicioso de humanidad y realismo. Griego de origen, Sereno se estableció en Sirmio como jardinero, pues era el único oficio que conocía. Al estallar la persecución de Diocleciano, el temor de la tortura le indujo a ocultarse durante algunos meses, pero no tardó en volver a su jardín. Un día, estaba trabajando, cuando llegó cerca de él una mujer acompañada de dos muchachas.

—¿Qué es lo que buscas aquí?—preguntó el viejo jardinero.

—Me gusta pasear, y por eso he venido—respondió ella.

—¡Vaya un matrona!—respondió el jardinero con sorna—. ¡Que le gusta pasear, y a plena luz! Vamos, vamos, ya será alguna galantería lo que buscas. Bueno; largo de aquí, y ten cuidado de parecer una mujer honrada.

Huyó la desconocida, ciega de cólera, más por haber perdido la ocasión que por aquella áspera acogida, e inmediatamente escribió a su marido, empleado en el servicio de Maximiano, para quejarse de la grosería del jardinero.

El marido llevó el asunto al emperador:

—Señor—le dijo—, mientras nosotros te servimos en el palacio, nuestras mujeres son ultrajadas en nuestras casas.

El emperador le autorizó a vengarse por medio del gobernador de la provincia. Presentóse en Sirmio al gobernador, y entregándole las letras imperiales, le dijo:

—Venga la injuria que mi mujer ha sufrido durante mi ausencia.

—¿Quién tuvo osadía para injuriar a la mujer de un oficial de la guardia?

—Un miserable rústico, un hortelano que se llama Sereno.

El acusado fue traído a la curia.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el gobernador.

—Sereno.

—¿Cuál es tu oficio?

—Jardinero.

—¿Por qué has insultado a la mujer de un noble personaje?

—No he injuriado a ninguna mujer de calidad.

—Háblale tú mismo—dijo el gobernador al oficial—para que reconozca su insolencia.

—Recuerdo—dijo Sereno sin inmutarse—que una mujer entró en mi huerto a una hora intempestiva. Repróchela su proceder, diciendo que una mujer que sabe respetarse no sale a tales horas de su casa si no es con su marido.

El oficial lo comprendió todo, ruborizóse y calló; pero en aquella declaración había algo extraño. Sólo un cristiano—debió de pensar el gobernador—puede mirar mal que una mujer pasee en un jardín a tales horas. Y reanudó el interrogatorio:

—¿Qué eres tú?

—Cristiano.

—¿Dónde te has ocultado hasta ahora? ¿Cómo hiciste para no sacrificar?

—Según el beneplácito de Dios, que me reservó hasta este momento, yo era como una piedra excluida del edificio; pero ahora Dios me señala un lugar. Puesto que ha querido que fuese descubierto, preparado estoy para sufrir por su nombre, a fin de tener parte en el reino de los demás santos.

Fuera de sí por esta actitud enérgica, dijo el gobernador:

—Puesto que has escapado hasta hoy a mi vigilancia, y has dado a conocer tu desprecio a los edictos, ocultándote y negándote a sacrificar, serás decapitado.

Inmediatamente se le llevó al lugar de las ejecuciones, y los ministros del demonio le cortaron la cabeza. Era el 23 de febrero. Honor y gloria y reino a Jesucristo nuestro Señor por todos los siglos. Amén.

El martirio de este amable jardinero es uno de los últimos que hizo la persecución de Diocleciano en la parte occidental del Imperio. Los primeros representantes de la tetrarquía empezaban ya a cansarse de sangre inútilmente derramada, y además tenían harto que hacer con ponerse de acuerdo acerca de sus ambiciones y apetitos. El cesar Severo pagaba su rebelión contra los augustos abriéndose las venas; en Roma, Majencio, que veía su trono vacilante todavía, fingía aceptar la religión cristiana para captarse las simpatías de una parte importante del pueblo; en la Galla y en España, Constantino seguía su política tolerante y humana, y Maximiano Hércules, el viejo ambicioso, tras haber derramado tanta sangre, huérfano ahora de sus tesoros y abandonado de sus soldados, arrastraba su púrpura errante, de provincia en provincia, y no pensaba más que en restaurar su poder y en convencer a Diocleciano que saliese de su retiro para salvar su obra amenazada. Pero su antiguo colega le despedía con esta ironía famosa: «No me hablarías así si vieses las coles que hago brotar en mi huerto de Salona.»

domingo, 22 de febrero de 2015

Domingo 22/02/2015 1º de Cuaresma

Reflexión de hoy

Lecturas


Dios dijo a Noé y a sus hijos:
- «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»
Y Dios añadió:
- «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Queridos hermanos:
Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios.
Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos –ocho personas se salvaron cruzando las aguas.
Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
-«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


El Espíritu impulsa a Jesús al desierto para ser tentado por Satanás.

Es el momento de demostrar que la fuerza de Dios vence siempre al pecado.

La breve narración de Marcos tiene un alto contenido simbólico, y utiliza términos como “desierto”, “cuarenta días”, “Satanás”, “fieras y “ángeles”, que conviene explicar.

La palabra “desierto”, bíblicamente hablando, evoca un lugar, no tanto físico como de encuentro del hombre con Dios.

Aquí, la soledad, el silencio, las fuerzas de la naturaleza y también las tentaciones se alían para enfrentar al hombre a su destino y clarificar su misión.

Jesús es probado con las mismas tentaciones que sufrimos los hombres.

Pero, a diferencia de Adán, que sucumbe a la tentación, Jesús la supera y restablece en su persona la condición primigenia del hombre cuando no había sido desfigurado por el pecado.

El término “cuarenta días” nos retrotrae a los cuarenta días del Diluvio y a los cuarenta años que duró la travesía del Pueblo de Israel por el desierto.

Es una cifra simbólica de plenitud, que quiere reflejar que Jesús fue siempre tentado.

San Marcos no se detiene en pormenorizar las tres grandes tentaciones de Jesús, descritas en San Mateo y San Lucas.

Escribe sobre la tentación en singular, porque no le interesa el modo o forma de ser tentado, sino el hecho mismo de ser tentado, que tiene un denominador común: frustrar en nosotros el plan salvífico de Dios, tanto a nivel individual como comunitario.

“Satanás” simboliza al mal, que es un obstáculo para la implantación del Reino de Dios.

San Marcos presenta a Jesús, en muchas páginas del evangelio, echando demonios. De esta manera expresa la primacía del Reino de Dios en la persona que se abre a la acción salvadora de Jesús.

La alusión del texto a las “fieras” evoca la comunión inicial del hombre con los animales en el Paraíso y un tributo al Supremo Hacedor, que hace un pacto con Noé - primera lectura- para proteger a todos los seres vivientes y sellar, con el arco iris como testigo, la amistad universal.

Los “ángeles”, como todas las criaturas, sirven y participan en el proyecto de Dios.

Nosotros vivimos actualmente años de duras pruebas, marcados por una aguda crisis económica, que está dejando sin empleo a millones de trabajadores y acabando con el llamado “estado de bienestar”.

Hay familias que pasan graves necesidades, incluso alimenticias.

La crisis del sistema pone en evidencia otra serie de carencias: la insolidaridad, el hedonismo, el individualismo, el pasotismo..., que terminan desembocando en relativismo moral.

Muchos reducen las creencias a las apetencias del momento o se dejan arrastrar por la inercia de prácticas cultuales, sin compromiso alguno que condicione su libertad.

El ejercicio de austeridad, aunque venga impuesto por la coyuntura económica del momento, quizás nos venga bien para recuperar la fuerza de la familia y el apoyo de los vecinos y la gente de bien para afrontar juntos las dificultades que nos aguardan.

No se puede construir una sociedad al margen de Dios sin arriesgarnos a caer en el más cruel de los vacíos.

Hoy, más que nunca, debemos volver a oír y vivir las palabras de Jesús:

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Noticia” (Marcos 1, 15).

Las prácticas cuaresmales, que nos sugiere la Iglesia: oración, ayuno, penitencia y limosna, forman parte del itinerario seguido primero por Jesús como ejercicio de purificación y acercamiento a Dios.

Nos conviene hacer un alto en el camino, detenernos a reflexionar y mantener un equilibrio físico y moral, para lo cual es saludable la moderación en la comida y en la bebida, así como el cultivo espiritual a través de la lectura de la Sagrada Escritura, la oración personal y comunitaria y todo lo que ayuda a relacionarnos con Dios y con el prójimo.

Hemos ido perdiendo durante los últimos años el sentido de la penitencia individual y comunitaria; apenas nos confesamos ni nos damos tiempo para compartir nuestros proyectos, ideas o sentimientos.

De la misma manera que se preconizan cambios, reajustes estructurales o reforma laboral para reactivar la economía y acelerar la creación de empleo, también necesitamos reajustes en nuestra vida en forma de cambio de mentalidad, de actitudes y de sensibilidad ante situaciones injustas.

En otras palabras: urge que recuperemos la identidad cristiana, clarifiquemos sus objetivos y reformulemos los valores que nos sustentan.

Esto sólo se logra con la conversión, que comienza cuando reconocemos los propios fallos, pedimos perdón y abrimos nuestro corazón a la misericordia y a la paz.

No hay reconciliación sin perdón.

Nuestra historia personal no se diferencia mucho de la que exponemos a continuación.

No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas adyacentes discutieron por primera vez después de cultivar juntos, durante 40 años, los campos, compartir la maquinaria e intercambiar cosechas y bienes de forma continua.

Rompieron la relación por un pequeño malentendido, que fue creciendo hasta explotar en un intercambio de palabras amargas y semanas de silencio.

Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis, el hermano mayor.
Al abrirla, encontró a un hombre con herramientas de carpintero, pidiendo trabajo por unos días.
- Bien, dijo Luis. Tengo un trabajo para usted.
- Mire al otro lado de la granja; allí vive mi hermano menor.

La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros, pero él cogió su tractor y desvió el cauce del río para alejarse de mí.
Creo que pudo hacer esto para enfurecerme.
Por eso le voy a dar una lección.

Quiero que me construya una cerca de dos metros de altura, porque no quiero verlo nunca más.
- Comparto la situación, añadió el carpintero.
- Muéstreme dónde están los clavos y la pala, para hacer los hoyos de los postes, y le entregaré pronto un trabajo del que quedará satisfecho.

Puestos de acuerdo, Luis salió todo el día a comprar comida en el pueblo. El carpintero trabajó duro toda la jornada hasta terminar el encargo.

Cuando Luis regresó, se quedó atónito y admirado al contemplar la obra:

¡¡¡No había ninguna cerca de dos metros, sino un puente que unía las dos granjas por encima del río!!!

En ese momento, su hermano menor vino desde su granja, abrazó a su hermano y le dijo:
- Eres un gran tipo.
¡¡¡Mira que construir este hermoso puente después de lo que dije e hice!!!

Mientras estaban reconciliándose los dos hermanos, el carpintero tomó sus herramientas para marcharse.

- ¡No, espera!, le dijo el hermano mayor. Quédate unos días, porque tengo proyectos para ti.

- Me gustaría quedarme, respondió el carpintero, pero tengo muchos puentes que construir”.


Santa Margarita de Cortona

Una infancia triste en un pueblecito umbro, Laviano, en el hogar menesteroso de un campesino cuya única riqueza era su honradez; a los siete años, la sombra del ataúd de su madre, con sus miedos y sus tristezas; luego, la tiranía de una madrastra, que odia a la huerfanita, que tiene envidia de la gracia que poco a poco va revelándose en el cuerpo menudito de la niña. Como no encontró la alegría en el hogar, buscóla fuera: en el bullicio de la plaza, en el trato con sus compañeras, en la libertad de los regocijos populares. A los quince años era ya una mujercita, una rosa abierta entre la juventud de Laviano. La fortuna había sido parca con ella; la Naturaleza, generosa: estatura no muy alta, pero elegante talle, óvalo perfecto enmarcado en una cabellera de ébano, suave mirar, belleza fina y morena, inteligencia viva, corazón ardiente. Era hermosa como la imagen de un camafeo antiguo.

Poco después, entre regocijos que dieron lugar a torrentes de lágrimas, Margarita, conoció al hijo de un gran señor de las cercanías. «Ven conmigo—le dijo el joven castellano—; quiero sacarte de ese infierno en que vives. Soy dueño de Valiano y los Palazzi, y en Montepulciano tengo mi castillo señorial.» Rehusó la hermosa aldeana. Era la deshonra lo que la ofrecían. Pero el caballero, fascinado, ciego ante su belleza, suplicó, prometió, adornó su cuello con el brillo de finas perlas, y la joven cayó en el lazo; siguió a su seductor; pero, ¡ay!, nunca sería castellana de sus castillos. Era una noche aciaga la que protegió aquella huida pecaminosa. A medio camino les cerraron el paso las lagunas de Chiana. Subieron a una barquilla que había junto a la ribera, y el joven empezó a remar; de pronto, un choque; la embarcación zozobra y los fugitivos caen al agua. Nadando en medio de la oscuridad, el caballero acertó a coger su presa, la sacó a la orilla, y, con ella en brazos llamó a la puerta de un aldeano que vivía cerca de allí. Tal fue la primera aventura de aquel amor dramático. Margarita temblaba pensando que aquello era un aviso de Dios.

Al día siguiente estaban a salvo detrás de los muros almenados de Montepulciano. «Acuérdate—decía más tarde Nuestro Señor a su sierva—de aquel paso que hiciste de noche a través de las aguas cuando ibas a renovar los suplicios de mi Pasión; acuérdate de los nueve años que viviste en poder del engañador, que preparó asechanzas a tu pureza.» Fueron nueve años de pecado y remordimiento.

La pobre hija del campo, demasiado sencilla ante los engaños de la pasión, habíase dejado arrastrar por las seducciones de la vida. Había salido de su pobreza, pero sin conseguir la felicidad. En vano le ofrecían la opulencia, el lujo de sus arcas y sus tapices, los obsequios de sus servidores y las seducciones más embriagadoras de los sentidos, aquellas salas amplias del castillo señorial; en vano se reunían en torno de ella todos los atractivos de la adulación, de la riqueza y del placer. La voz de la conciencia venía a turbar todas aquellas alegrías. La vista de una azucena le recordaba las negruras de su alma; en la sonrisa de los transeúntes creía ver un reproche; y el recuerdo de su madre inmóvil en el ataúd le hacía estremecer. «En Montepulciano—dirá más tarde—perdí el honor, la dignidad y la paz; perdílo todo, menos la fe.» Esta llama santa no pudo ser ahogada por la pasión. Margarita echaba de menos aquella casa paterna, donde había sido desgraciada, pero inocente, y como el oro llegaba a sus manos en abundancia, ella lo distribuía generosamente entre los menesterosos, creyendo de esta manera rescatar su pecado. Muchas veces, buscando una soledad en el jardín, rompía en llanto, diciendo: «¡Oh! ¡Qué bien se podría rezar aquí! ¡Qué sitio más a propósito para hacer penitencia!» En más de una ocasión, cuando sus amigas encomiaban su belleza y la gracia con que llevaba sus galas, contestó ella: «No hagáis caso de esto; día vendrá en que me llaméis santa y vayáis con el bordón de los peregrinos a visitar mi sepulcro.»

La conversión presentida vino de una manera fulminante. A principios de 1273 vivía Margarita en la casona de los Palazzi. De súbito, el lebrel favorito del señor de Valíano se acerca a ella lanzando aullidos lastimeros, lame la mano de su dueña y coge con los dientes su túnica de seda, como diciendo: «Ven conmigo.» Ella le sigue temblorosa y llega al bosque de Petrignano. Allí, frente a una encina, el animal se detiene, renovando sus lúgubres alaridos. Pálida, convulsa, Margarita observa en torno, ve un montón de ramas artificiosamente dispuesto, las retira haciendo un esfuerzo supremo, y, nadando en un charco de sangre, reconoce a su amante, apuñalado. Aquel horrible espectáculo la hizo caer al suelo desmayada, y al mismo tiempo la iluminó. Allí mismo, bajo el peso de un dolor centuplicado por el remordimiento, tomó la resolución de expiar su caída.

Unos días más tarde, cubierta de un sencillo vestido negro, contrita y deshecha en llanto, se presentaba en la casa paterna. Esperaba el perdón, pero al lado de su padre estaba la madrastra. El buen labriego umbro tuvo que escoger entre la esposa y la hija, la hija del escándalo, como decía aquella mala mujer. Margarita bajó la cabeza y salió en silencio. ¿Dónde ir? Allí, junto a la cabaña donde había nacido, había un huerto, y en el huerto una higuera. Sentóse a su sombra la pobre muchacha, y lloró largamente. «No te apures—le decía una voz—; aún eres joven y hermosa; puedes gozar del amor, y el mundo llenará tu copa de divinas dulzuras.» Margarita cerró los ojos, apretó los dedos y dijo con decisión heroica: «No, eso no volverá.» Oirá voz le dijo: «A Cortona; los hijos de San Francisco se compadecerán de tí y te dirán lo que tienes que hacer.» Y echando a andar, recorrió las doce millas que la separaban de Cortona. Tenía entonces alrededor de veinticinco años.

A la pecadora reemplazó la penitente. Ha caído la negra cabellera, han terminado las fiestas y banquetes, y el rostro que fue admiración de gentiles hombres está ahora marchito por el ayuno, cubierto de hollín, ensangrentado por los golpes. Un domingo, la pobre pecadora como a sí misma se llama Margarita, entra en la iglesia de Laviano, vestida de harapos, llevando una cuerda al cuello, y, de rodillas, pide a sus compatriotas que perdonen los escándalos de su vida. Vuelve otra vez a Cortona obsesionada por el anhelo de purificación. Horas y horas se pasa de rodillas delante del crucifijo, diciendo sus congojas y escuchando palabras misteriosas. Un día oye una voz que le dice: «Tus pecados te han sido perdonados.» Otro día, los labios del Cristo se abren de nuevo para preguntar: «¿Qué quieres, mi pobre pecadora?» Y ella responde: «Señor Jesús, no quiero más que a Vos; no busco más que a Vos.»

El amor de Dios va dominando aquel corazón apasionado. Se presenta con todos sus arrebatos y sus divinas locuras: éxtasis, visiones, apariciones, íntimos coloquios, gritos desgarradores, lágrimas abrasadas. La penitente ha subido a las cumbres vertiginosas de la unión, ha conocido la crucifixión. «Un Viernes Santo—dice el narrador de su vida, que fue su propio director—vino a decirme que no me ausentase del convento, porque Dios le preparaba algo extraordinario. Después de la misa conventual, fue arrebatada en espíritu. A su vista desarrollóse todo el drama de la Pasión. Vio al Salvador vendido por el beso de Judas, negado por San Pedro, abandonado por los Apóstoles, insultado por los pretorianos. Oyó los golpes de los azotes, los gritos del populacho, el ruido del martillo cuando le clavaban las manos y los pies. Me explicó todas las escenas de la Pasión, sin advertir la presencia de la población de Corteña, que había venido para presenciar tan extraordinario suceso. Tenía los brazos en cruz y las contracciones de su rostro reflejaban la violencia de sus emociones. A la misma hora en que expiró la víctima del Calvario, inclinó la cabeza, y pareció que ella también expiraba. Los que estaban presentes no cesaban de sollozar.»

A la caída de la tarde dejó la iglesia para encerrarse en su celda. Nueva Magdalena, iba preguntando a todos los que encontraba, con voces desoladas: «¿Dónde habéis puesto al Señor mi Dios? ¡Desventurada de mí! ¿Dónde iré a buscarle? Busco y suspiro y velo y sufro y desfallece mi corazón; pero, ¡ay!, no te encuentro. Respondedme, oh ángeles; tened piedad de mí, oh hijos de los hombres; ¿dónde está mi amor crucificado? ¡Oh dulce Jesús, mi soberano bien, delicias de mi alma, ¿por qué me has abandonado? ¿Dónde te has ocultado?»

No faltaban personas que se preciaban de suficientemente discretas para mirar con buenos ojos estas explosiones inocentes del amor. Hablaban de teatralidad, de hipocresía, de locura; reíanse de aquellos excesos, que ellos tachaban de imprudentes; o bien se indignaban pensando en los sortilegios infames que debían de ser la causa de los fenómenos extraordinarios. Para unos, la penitente era una alucinada; para otros, una poseída del demonio. Los mismos doctores franciscanos se reunieron para deliberar sobre el carácter divino o diabólico de todo aquello. Margarita sufría en silencio. En medio de las calumnias, sonreía, diciendo a su amado: «Donde estáis Vos, allí está el paraíso.» Iba de casa en casa pidiendo limosna para los enfermos, pasaba el día sirviendo a los apestados del hospital, y a las injurias de sus enemigos contestaba con los tesoros de su caridad. En los últimos años de su vida, sintiendo necesidad de mayor aislamiento, encerróse junto a una ermita que había al pie de la ciudadela, en la cima del monte que dominaba la ciudad. Sentía ansias de acercarse al Cielo. En su habitación no había más que dos cosas: un crucifijo colgado en la pared, y en un ángulo, un montón de juncos que le servía de lecho. ¿Para qué más? Cristo la iluminaba constantemente con su presencia, y esto le bastaba a la santa reclusa. Para la antigua pecadora, el mundo empezaba a desvanecerse en la lejanía. Absorta en la contemplación de la luz increada, apenas se acordaba ya de su cuerpo. Los días se le pasaban sin comer, y en los últimos veinte días de su vida no probó un solo bocado. Hasta que un día el muro se desmoronó, y la verdadera reclusa, el alma, huyó con el júbilo de la libertad eterna.