domingo, 31 de enero de 2016

Domingo, 31-01-2016 4º de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas


En los días de Josías, el Señor me dirigió la palabra:
“Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones.
Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo, o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte - oráculo del Señor -».

Hermanos:
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; más, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra: quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
- «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
- «¿No es éste el hijo de José?»
Pero Jesús les dijo:
- «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió:
- «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se seguía su camino.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


La primera lectura del profeta Jeremías y el apartado del evangelio según San Lucas, que acabamos de escuchar, guardan gran similitud.

En ambos, tanto Jeremías como Jesús, se sienten llamados para una misión:

“Antes de formarte en el vientre materno, te escogí” (Jeremías 1,5).

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lucas 4,21).

Jeremías recibe del Señor la seguridad de no estar sólo ante los problemas que le van a venir y el apoyo que necesita ante sus adversarios.

Jesús, por su parte, convencido de ser el “ungido”, anuncia la libertad y no se arredra en proclamar un mensaje, que choca frontalmente con los santones de su tiempo.

Intentan apedrearlo, porque ha defraudado sus expectativas, pero se aleja entre ellos, sin que nadie ose tocarlo.

Tanto el mensaje de Jeremías como el de Jesús siguen operativos hoy.

Muchos cristianos son perseguidos por confesar su fe y porque su mensaje y su forma de vivir son rechazados en algunos países marcados por la intolerancia y el fanatismo.

Ambos no habrían tenido problemas si hubieran claudicado ante las exigencias de sus conciudadanos.

Les bastaba con transigir, mirar a otro lado o proferir palabras políticamente correctas que halagaran sus oídos.

Jesús, al afirmar que “hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír”, habría salido triunfante de su pueblo con la vitola de ser el Mesías prometido revestido de poder y con la magnanimidad de los que tienen en sus manos la solución de todos los problemas.

Con rodearse de un buen equipo de propaganda y mantener inmaculada su imagen de milagrero, habría tenido suficiente.

Pero, en cambio, se presenta como un predicador fracasado, que no busca las estrategias habituales de los que persiguen fines proselitistas.

Actúa extrañamente, para lo se acostumbra ver.

No comprenden su actitud.

Los habitantes de Nazaret, que intentan manejar su imagen y explotar su contrastada capacidad taumatúrgica, se sienten defraudados.

Jesús, que venía a su pueblo a proclamar la libertad, no podía esclavizarse a intereses egoístas.

Se equivocan al juzgar a Jesús por creer conocerle demasiado.

Nunca se conoce a la persona ni los proyectos de Dios sobre ella. Las apariencias engañan.

Jesús no había venido a Nazaret para complacer a sus paisanos ni a predicar el Año de Gracia del Señor sólo para ellos.

Lo hace para todos, porque pertenece a todos.

Por eso les recuerda a dos extranjeros -la viuda de Sarepta y Naamán, el sirio- curados respectivamente por los profetas Elías y Eliseo, mientras ningún israelita recibió ese favor.

No podemos someter a Dios a nuestro servicio ni exigir milagros por formar parte de su pueblo y con derecho a privilegios y prebendas.

Los esquemas quedan obsoletos con el paso del tiempo, las estructuras cambian y los particularismos ante el empuje de la universalidad que predica Jesús, porque ya no hay una tierra santa, porque toda la tierra es santa, ni pueblo elegido, porque todos los pueblos somos elegidos, ni fronteras excluyentes, porque todos formamos una sola nación y poseemos la misma dignidad dentro de una misma familia, la familia de los hijos de Dios.

Debemos pensar, más bien, que la salvación es un don gratuito y la fe cristiana una muestra de su benevolencia

Ahora entendemos por qué este amor no pasa nunca.

Pasarán las lenguas, las naciones, las profecías, el saber, los dones de lenguas.

Sólo el AMOR permanece para siempre.

Y; Dios, el eternamente fiel, ES AMOR.

¿Qué hermosa es la apología del amor de San Pablo, que tantas veces hemos leído a los novios con ocasión de su boda?

A fuerza de repetirla parece trillada: “el amor es comprensivo, es servicial, no tiene envidia, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que disfruta de la verdad. Disculpa, cree, espera...”

Este amor, llevado a la práctica en la vida matrimonial y en las relaciones humanas, es lo que da consistencia a nuestra sociedad y nos permite vislumbrar el amor que Dios nos tiene.

Una vida sin amor es como un campo sin flores o como una tierra sin agua.

Ocultar esta realidad con sucedáneos de promesas estériles de poder, gloria, dinero y posesión de cosas, jamás nos llevará a crecer como personas y sí a sembrar vacíos de soledad, desánimo y muerte.

El amor da sentido a todo, aunque adulteremos su contenido.


San Francisco Javier María Bianchi

Francisco Javier María Bianchi nació en Arpino, patria de Cicerón, el 10 de diciembre de 1743, y fue bautizado el día de San Francisco Javier, cuyo nombre recibió con el agua lustral.

Su padre, Carlos Antonio, tenía una fábrica de tejidos de lana, en la que el buen ejemplo de las virtudes del propietario y la caridad con que éste conjugaba la justicia con las necesidades familiares de sus obreros, hacía del lanificio Bianchi un excelente modelo. La madre, Faustína Morelli, excedía al esposo en virtudes cristianas de toda clase, principalmente en la caridad, completamente entregada al servicio social de la ciudad arpinatense, habiendo transformado su casa en un hospital o asilo, donde se acogía continuamente a dieciséis enfermos o necesitados. Con el ejemplo de tantas virtudes se formé y templó el espíritu de nuestro santo, dando ya desde su más tierna infancia frutos prometedores de santidad.

Para completar su formación literaria, fue mandado al seminario de Nola, cursando el bachillerato, confirmándose en su ánimo la vocación religiosa, contribuyendo a ello la escogida dirección espiritual, que no escatimaba medios para poner a disposición de los futuros levitas los grandes maestros del espíritu. En este centro de formación conoció y trató con el fundador de los redentoristas, San Alfonso María de Ligorio.

Cursados los estudios de filosofía en Nola y pasado algún tiempo en Nápoles, donde tuvo que vencer muchas dificultades, entró en el instituto de los barnabitas en 1762, y habiendo hecho su profesión y realizado diversas pruebas, el año 1765 empezó el curso de teología en el colegio que los barnabitas tenían en San Carlos alle Mortelle, de Nápoles, y en esta misma ciudad recibió las órdenes mayores del subdiaconado, diaconado y presbiterado, los días 11, 18 y 25 de enero de 1767, celebrando su primera misa el día de San Francisco de Sales de dicho año.

Para reponer su salud, algo quebrantada, con los aíres de la patria, fue destinado a Arpino, enseñando en el gimnasio público retórica durante dos años, transcurridos los cuales, fue enviado de nuevo a Nápoles, al colegio de San Carlos, esta vez como profesor de filosofía. El año 1773 pasó al colegio que los barnabitas tenían en Santa María in Cosmedin o de Portanova, en la misma ciudad de Nápoles, con la misma misión pedagógica. No había aún cumplido los treinta años cuando fue nombrado propósito de dicho colegio, cargo que regentó durante doce años.

Los testigos, llamados a declarar en los procesos de beatificación, le llaman el San Felipe de Nápoles, porque ambos santos, elBianchí y el Neri, como se decía agudamente, tienen muchos rasgos paralelos, no sólo por su largo apostolado de dirección espiritual, sino también por el don de discreción de los espíritus.

Durante estos doce años, su apostolado fue fecundo, principalmente en el confesionario y en el púlpito, y sobre todo, conforme exigían los calamitosos tiempos, con el ejemplo que dio siempre de la más observante disciplina regular. Director y consejero de la clase más escogida de Nápoles, su discreción y su cultura se propagaba entre los círculos concéntricos de su celda y del confesionario, a donde acudían cada día toda clase de personas. principalmente del ambiente intelectual. Movido por esta fama el rector magnífico de la Universidad de Nápoles, monseñor Mateo Genaro Testa Piccolomini, titular de la sede de Cartago, le ofreció una cátedra en el Estudio General, que Bianchi rehusó. A pesar de esto, el rector del Ateneo, el 15 de septiembre, extendió el nombramiento de profesor de teología dogmática y polémica a favor del padre Bianchí, y el 21 de marzo del año siguiente (1779), el príncipe de Francavilla, presidente de la Academia de Ciencias y Letras, propuso fuera nombrado socio de número de dicha Academia, propuesta que fue aceptada por unanimidad.

Debemos tener presente que el siglo XVII transmitió al XVIII gérmenes de ideas nuevas, que se manifestaban externamente en una fiebre de saber. Por otra parte. los barnabitas, con sus renombrados colegios. recogían este afán de cultura, manifestada en la amplitud y brillantez de conocimientos que comunicaban a los escolares de su tiempo, pero principalmente a los religiosos de su instituto, que habían de profesarlos en sus cátedras. San Francisco Javier alcanzó este afán, que él llamaba intemperantia Iitterarum, que fue moderada después por consideraciones espirituales, religiosas, que desembocaron en sus últimos años al apostolado de la predicación y del consejo, en medio del cual, como en su ambiente propio, terminó los últimos años de su sufrida existencia.

Así se explica la nutrida correspondencia que mediaba entre el tío, canónigo, y el sobrino, barnabita, pidiendo éste libros a don Antonio y reclamando éste su devolución. Un modelo de esta erudición son también las notas que preparaba para sus lecciones y conferencias. Y la variedad de sus conocimientos se adivina en la lista de los libros del Santo, en el cual figuran tratados de omnire scibili, desde las lenguas, hebreo, griego y latín, literatura italiana y cristiana, hasta la filosofía, cristiana y profana, entre cuyos autores se distinguen Voltaire y Rousseau, para combatirlos, pues sabían todos que había obtenido del Santo Oficio permiso para leer estos autores. Cuando fue decretada la persecución a las órdenes religiosas, intentó salvar d6s cosas: la caja o fondo de la beatificación de la madre Francisca de las Llagas, de la que era el promotor con permiso de sus superiores, y treinta cajas de libros que quiso poner a salvo de las ruinas y destrucciones, que van siempre emparejadas con todas las persecuciones religiosas.

Los procesos están llenos de testigos, que narran sucesos extraordinarios o experimentados en sus propias personas o presenciados u obrados en otros.

Queremos reducir a pocos casos verdaderamente atestiguados por personas que los presenciaron: se refieren a las erupciones del Vesubio, La revolución, y la invasión francesa después, habían creado en Nápoles un ambiente de materialismo capaz de ahogar el espíritu religioso y moral que había conservado la tradición de la ciudad y los grandes ejemplos de santidad dados por una legión de sacerdotes y religiosos edificantes y santos. Los terremotos habían agrietado muchas casas de la ciudad, y el Vesubio, de cuándo en cuándo, rugía arrojando de sus entrañas ríos de fuego vivo. El dedo de Dios, vengándose de tantas iniquidades, parecerá evidente a las personas más temerosas y religiosas; pero, en medio de tantas pruebas, era también potente el Dios consolador, que hacia surgir hombres extraordinarios para conservar su fe con sus prodigios.

Dos casos solamente. El 22 de mayo se hallaba el padre Bianchí en Torre del Greco, a las faldas del Vesubio, en el Retiro de la Visitación. Instantáneamente, las llamas del volcán se desbordan y avanzan hacia el Retiro. La destrucción de la casa religiosa parecía inminente. Los más desesperados intentaron salvar lo irreparable, poniendo a salvo muebles y enseres. Este nerviosismo contrastaba con la calma y serenidad del padre Bianchí, asegurando que no pasaría nada. Enfermo, a duras penas pudo subir a la terraza, y ante aquel espectáculo apocalíptico del fuego que avanza, se detiene, musita una oración rogando a Dios detuviera aquel torrente amenazador. Y la lava se detuvo al margen mismo del Retiro, y se solidificó, no pasando adelante. En el mismo muro, formado por la solidificación de la lava, el cardenal arzobispo Guillermo Sanfelice levantó una capilla.

El día 12 de agosto, desde Pietra Bianca, escribe a las religiosas del refugio de Vía dei Portici que se pongan a salvo, pues el Vesubio quiere vengarse. La carta llegó al día siguiente; pero aquella noche, a las doce, el volcán irrumpió de nuevo y la casa fue destruida. El volcán estaba imponente y ante el gran peligro que todos presentían, el padre Bianchí fue llevado casi a cuestas al encuentro de la lava, y al hallarse frente a frente, venció la oración del padre Bianchí, pues la lava se detuvo instantáneamente a los pies del Santo.

La alcantarina Francisca de las Llagas le predijo una enfermedad larga y dolorosa. Y el vaticinio fue cumplido al pie de la letra. Empezó con una hinchazón en las piernas, que ni la ciencia de los médicos ni los cuidados de los amigos podían detener. Y en medio de terribles sufrimientos, recluido en la soledad de su celda, continuaba su apostolado de consejo y de edificación. A sus médicos les pedía sufrimientos, pues sus dolores eran las misericordias de Dios. Un alma eucarística como la suya sufría solamente ante el temor de no tener fuerzas para celebrar la santa misa. Sus amigos lo bajaban a la iglesia, y cuando ni esto podía hacer, le fue concedida la gracia de celebrarla en su celda. Durante la misa todos notaban la alegría que se leía en su semblante, como si le hubieran pasado todos los dolores. Se probó todo, incluso el cambio de clima; su amigo Buoncore le hospedó en su casa de Castelamare durante los años 1804-05. Un poco de alivio animaba a Bianchi físicamente; pero las calamidades morales que se cernían sobre la Iglesia y sus amigos le atormentaban extraordinariamente y quiso volver a animar a todos desde su soledad de Portanova. La dispersión de las órdenes religiosas fue un golpe duro para su alma apostólica. El párroco de Santa María in Cosmedin se arregló para que la celda que ocupaba en el contiguo colegio de Portanova fuese considerada como formando parte íntegramente de la parroquia, atendida la impotencia en que se hallaba el padre Bianchi. Esto sucedió el año 1910. Un cáliz más amargo tuvo que apurar hasta las heces: el abandono casi total de sus amigos, precisamente cuando más necesitaba de ellos: hubo tiempo en que era un peligro para el gobierno el trato con el padre Bianchi, Y el espionaje funcionaba.

Los últimos días de su existencia no tenía fuerzas para celebrar; pero cada día tuvo el consuelo de recibir la santa Eucaristía. El último aviso llamó a su puerta el día 27 de enero de 1815 bajo la apariencia de un accidente simple y fortuito. En virtud de una especie de contrato que había hecho con la venerable Francisca de las Llagas, ésta se le apareció para anunciarle que había llegado la hora de recibir el Viático, para el cual se preparó sonriente y alegre con todos los que le visitaron. El 31 del mismo mes de enero, muy de mañana, insistió en que le administraran la sagrada Eucaristía, habiendo recibido la noche anterior la extremaunción, y poco después de haber sido confortado con el pan de los ángeles, plácidamente expiró.

La fama de su santidad corrió rápidamente después de su muerte. Las gracias por él concedidas eran innumerables. Probáronse con la suficiencia requerida los milagros necesarios, y el barnabita padre Francisco Javier Bianchi fue solemnemente canonizado por la Iglesia.

Para el mundo, la vida es un hombre entre dos fechas: 2 diciembre 1743 - Francisco Javier María Bianchi - 31 de enero 1815.

Para el cielo, una estrella que brilla eternamente.

sábado, 30 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el Señor envió a Natán a David. Entró Natán ante el rey y le dijo:
- «Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
Llegó una peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogío la cordera del pobre y la aderezó para l hombre que había llegado a casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
-«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
- «Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado, y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita, Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, e, cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol” »
David respondió a Natán:
- «He pecado contra el Señor»
Y Natán le dijo:
- «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá. sin remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.

Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
-«Vamos a la otra orilla.»
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
-«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:
-«¡ Silencio, enmudece! »
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
-«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
-« ¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! »

Palabra del Señor.

San Muciano María Wiaux

Religioso Lasallisa. El Hermano que siempre ora

Martirologio Romano: En Malonne, lugar de Bélgica, san Muciano María Viaux, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que dedicó toda su vida con constancia y generosidad a la formación de los jóvenes (1917).

Fecha de canonización: 10 de diciembre de 1989 por el Papa Juan Pablo II.

En Mellet, una pequeña población de Bélgica, nació el santo hermano Muciano María. Su padre, Juan Wiaux, era el herrero del pueblo, conocido por su jovialidad y caridad cristiana. Su madre, Elisabeth Badot atendía una tienda y una hospedería además de la educación y el cuidado de sus hijos que en total fueron seis. Luis José nació el 20 de marzo de 1841. De niño frecuentó la escuela del maestro Carlos Dandois que era respetado y admirado por la gente del pueblo. Luis José terminó la escuela a los once años y empezó a ayudar a su padre en la herrería. Pronto se despertó en él la vocación religiosa y pidió ingresar con los hermanos de las Escuelas Cristianas que recientemente habían llegado a la vecina población de Gosselies. Sus mismos padres, viendo en ello una bendición de Dios, aunque les costaba alejarse de su hijo más querido, lo llevaron personalmente ante el hermano Noce, director de novicios. El martes de pascua de 1856 ingresó como postulante en el noviciado de los Hermanos de la Salle. El 2 de julio recibió el hábito, comenzando el noviciado y tomando el nombre de hermano Muciano María.

Después de breves experiencias apostólicas como profesor en Chimay y Bruselas, fue trasladado a Malone al colegio de San Bertuino, uno de los mejores planteles educativos Belgas. Los primeros meses en aquel colegio fueron difíciles pues su preparación no estaba a la altura de las circunstancias. Con la ayuda del hermano Maixentis, quien le dio clases de dibujo y música, se capacitó para desempeñar diversos oficios que le asignaron durante cincuenta y siete años que permaneció en aquel centro educativo. Lo que más llamaba la atención del hermano Muciano María era su capacidad de oración y unión con Dios. Sin dejar de cumplir sus deberes de maestro de música y dibujo todos lo conocían como el hermano que oraba siempre y en todas partes. Tenía una gran devoción a la Santísima Virgen: con frecuencia se le veía arrodillado junto a su imagen que estaba en el jardín: a una de sus sobrinas escribió lo siguiente: “Viendo el papel que María asume en el gran negocio de nuestra salvación, no cesaré nunca de aconsejarte que acudas frecuentemente a la intercesión de esta divina Madre. Puedes estar segura de que ella se tomará la amorosa obligación de condescender a tus oraciones”.

Aunque durante su vida gozó de muy buena salud, llegó el momento en que las fuerzas se le agotaron y el médico le aconsejó retirarse de la vida activa. Todavía buscaba, con gran voluntad, seguir las distribuciones regulares de la comunidad hasta que, anciano, fue enviado a la enfermería. Entre las últimas visitas que recibió estuvo la del hermano Maixentis, quien fuera su protector. Antes de morir agradeció a Dios el don del bautismo, y otros dones que le había concecido. También invocaba con frecuencia: “Sagrado Corazón de Jesús protege a Bélgica, salva a Bélgica”. En medio de esta acción de gracias, murió el 30 de enero de 1917.

A causa de la guerra, los funerales fueron sencillos y poco concurridos. El hermano Maixentis casi no se despegó del féretro y, sintiéndose solo, exclamó: “hermano Muciano, ven a buscarme”. Al día siguiente del sepelio del hermano Muciano también él murió.

El papa Pablo VI beatificó a Munciano el 30 de octubre de 1977 y el papa Juan Pablo II lo canonizó el 10 de diciembre de 1989.

viernes, 29 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


A la vuelta de un año, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel. Masacraron a los amonitas y sitiaron Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.
Una tarde David, se levantó de la cama y se ouso a pasear por la terraza del palacio. Desde allí divisó a una mujer que se estaba bañando, de aspecto muy hermoso.
David mandó averiguar quién era aquella mujer.
Y le informaron:
- «Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita.»
David envió mensajeros para que la trajeran.
Ella volvió a su casa.
Quedó encinta y mandó este aviso a David:
- «Estoy encinta. »
David, entonces, envió esta orden a Joab:
- «Mándame a Urías, el hitita.»
Joab se lo mandó.
Cuando llegó Urías, David le preguntó como se encontraban Joab y la tropa y cómo iba la guerra.
Luego le dijo:
- «Baja a tu casa a lavarte los pies».
Urías salió del palacio y tras de él un regalo del rey. Pero Urías se acostó a la puerta del palacio, con todos los servidores de su señor, y no bajo a su casa.
Informaron a David:
- «Urías no ha bajado a su casa».
David le invitó a comer con él y le hizo beber hasta ponerle ebrio.
Urías salió por la tarde a acostarse en su jergón con los servidores de su señor, pero no bajo a su casa.
A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab, que le mandó por Urías.
En la carta había escrito:
«Poned a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Y luego retiraos de su lado, para que lo hieran y muera.»
Joab observo la ciudad y situó a Urías en el lugar en el que sabía que estaban los hombres más aguerridos.
Las gentes de la ciudad hicieron una salida. Trabaron combate con Joab, y hubo bajas en la tropa, entre los servidores de David. Murió también Urías, el hitita.

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
-«El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también:
-« ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar en su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

Beata Vilana delle Botti

«Esta beata pasó del lujo a la pobreza. En la historia de su conversión se halla el trazo de la fealdad que percibió un día ante un espejo, viendo desdibujadas en él sus hermosas facciones. El resto de su vida fue una gran penitente»

La convicción de que nada sucede porque sí, sino que la voluntad de Dios se halla de por medio buscando siempre lo mejor para sus hijos, es un sentimiento que no se despega de quienes le siguen. Si no lo comprenden enseguida, lo verán plasmado después en sus biografías. Que Él permita que otros se dediquen a torcer caminos ajenos no es más que un signo de la libertad en la que nos ha creado. A Vilana sus padres le indujeron a tomar una vía que no se hallaba en sus planes. Eligieron por ella hasta que ella decidió por sí misma; esa es la diametral diferencia que marca la frontera entre quien se deja arrastrar por las circunstancias o presiones, y la de quien se sobrepone y, con la gracia de Dios, ejerce una supremacía frente a éstas. Unida a su conversión, el Altísimo quiso bendecirla con la de una parte de su familia, y dispuso su ánimo para aceptar con fortaleza el sufrimiento prematuro que le aguardaba. Antes, supo arrancarse otra de las enfermedades del alma: la espesa vanidad que cercena el progreso personal y espiritual.

Pertenecía a una acaudalada familia florentina ya que su padre, Andrea di Messer Lapo delle Botti, había hecho fortuna como comerciante. Vilana nació en Florencia en 1332, una época histórica harto compleja para la ciudad, signada por vaivenes de índole político, pero que iban a tener grave repercusión a nivel económico y espiritual. En este entramado, su familia, como el resto de los ciudadanos florentinos, verían condicionada su vida seriamente. Por si fuera poco, otras agresiones imprevisibles de carácter atmosférico que también se manifestaron, ya hicieron acto de presencia cuando ella tenía un año de vida aproximadamente. Así en 1333 Florencia quedó devastada a causa de una gravísima inundación. La beata era contemporánea de santa Catalina de Siena. No sintió la llamada a la conversión y al seguimiento de Cristo siendo niña, como le sucedió a Catalina, pero el hecho religioso no le resultaba indiferente. Y siendo adolescente, incluso intentó vincularse a la vida conventual, aunque la edad, unos 13 años, constituía un veto para su admisión. Además, como comprobaría más tarde, su padre tenía otros planes para ella.

Entretanto, a la opresión ejercida por el duque de Atenas sobre la población, con el consiguiente levantamiento de ésta, siguió en 1348 la epidemia de peste que asoló Europa. La crisis financiera y los efectos de esta catástrofe provocada por este nuevo azote que diezmó la ciudad, perdiendo la vida decenas de miles de florentinos, sumió a aquélla en un caos de grandes proporciones. En años sucesivos se fue constatando hasta qué punto llegó a influir en la conducta de los ciudadanos, si bien no afectó tanto a hogares como el de Vilana. Llegada la hora, su familia la empujó al matrimonio en contra de su voluntad. Se casó en 1351 con Piero di Stefano Rosso Benintendi, y junto a él pudo frecuentar selectos círculos sociales. Muy pronto se le olvidaron los influjos de la vida religiosa. Se insertó de lleno en el ambiente del lujo y oropeles, sin mayores preocupaciones que dejarse llevar por ellos.

Un día, mientras se engalanaba para una de las fiestas fastuosas a las que solía acudir, el espejo le devolvió una imagen espantosa. Otros espejos a los que recurrió para contemplarse mostraban esa misma faz horrenda. No pudo sostener su mirada, y quedó tan sobrecogida por la visión, entendiendo que era su propia alma, que acudió de inmediato a Santa María Novella, buscando el perdón que ardientemente brotaba de lo más recóndito de su ser. Este instante marcó el inicio de su conversión. Cuando atravesó el dintel del convento de los dominicos era una mujer completamente distinta, que quería expiar su disoluta conducta anterior. Siguió unida a su esposo, pero llevando vida austera, marcada por la oración, penitencia y piedad. Mientras, llena de caridad, incluía en sus acciones cotidianas la asistencia a los pobres para los que no dudó en mendigar. Obtuvo la conversión de su padre, e influyó de manera determinante en la de su esposo, que ponía en solfa la fe, conduciéndole a una existencia sosegada, con esperanza. En su momento, de acuerdo con él, después de liberarse de sus bienes, tomó el hábito como terciaria dominica. Entre sus lecturas se hallaba el Evangelio, con especial atención a las cartas de san Pablo, y biografías de santos, entre otros textos espirituales.

No había llegado a la treintena cuando la enfermedad comenzó a hacer mella en su vida. La acogió como signo de personal expiación, gozosa de poder ofrecerse a Cristo a quien dulcemente llamaba: «Cristo Jesús, amor mío crucificado». Sus experiencias místicas fueron creciendo exponencialmente, y fue bendecida por numerosos favores extraordinarios como, por ejemplo, visiones de Cristo crucificado y de la Virgen María. A veces, conforme iba arreciando la enfermedad, rogaba a su confesor que no pidiese por su recuperación. Quería ofrendarla, con paciencia y gozo místico, por los desmanes de su pasado. Y en medio de consuelos celestiales, aspiraba a asumir el sufrimiento para asemejarse más a Cristo. El maligno la asedió en numerosas ocasiones, incluido el instante en el que se hallaba en su lecho de muerte, cuando paralizada por completo en sus extremidades, en el momento de recibir la Unción, el diablo apareció vestido de anacoreta; quería inducirla a pensar que estaba siendo abandonada. Pero ella, segura de la presencia de Cristo, lo arrojó fuera de sí. Murió en Florencia el 29 de enero de 1361, a los 29 años, mientras leían el texto evangélico de la Pasión. Su culto fue confirmado por León XII el 27 de marzo de 1824.

jueves, 28 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Después de que Natán habló a David, el rey vino a presentarse ante el Señor y dijo:
-«¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre, para que me hayas engrandecido hasta tal punto? Y, por si esto fuera poco a los ojos de mi Dueño y Señor, has hecho también a la casa de tu siervo una promesa para el futuro. ¡Esta es la ley del hombre, Dueño mío y Señor mío!
Constituiste a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios.
Ahora, pues, Señor Dios, confirma la palabra que has pronunciado acerca de tu siervo y de tu casa y cumple tu promesa. Tu nombre sea ensalzado por siempre de este modo: “ ¡El Señor del universo es el Dios de Israel y la casa de tu siervo David permanezca estable en tu presencia”.
Pues tú, Señor del universo, Dios de Israel, has manifestado a tu siervo: “Yo te construiré una casa”.
Por eso, tu siervo ha tenido ánimo para dirigirte esta oración. Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios. Tus palabras son verdad y has prometido a tu siervo este bien.
Dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca para siempre ante ti. Pues tú, mi Dueño y Señor, has hablado, sea bendita la casa de tu siervo para siempre».

En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
- «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no haya nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Les dijo también:
- «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.»

Palabra del Señor.

Santo Tomás de Aquino

Muchos son los que ven en Santo Tomás la luz del mundo, y a boca llena le llaman el doctor incomparable; pero no todos conocen su verdadera fisonomía. Se le imagina hierático, impasible, y en realidad es un atleta, un luchador.

De su infancia sabemos muy poco. Transcurre en Montecasino, en la casa matriz de la Orden de San Benito. Desde la edad prematura de los cinco años viste ya el hábito del patriarca de los monjes, canta salmos en el coro y aprende las artes liberales en la escuela monacal. Sus padres, los condes de Aquino, creen prepararle de esta manera para ser abad del monasterio, es decir, uno de los señores más ricos y poderosos de Italia. Pero en 1239 estalla la guerra entre el emperador Federico II y el papa Gregorio IX. Montecasino, ciudadela del papismo, es sitiado y saqueado; los monjes evacúan el claustro, la juventud se dispersa, y Tomás vuelve al castillo familiar.

De esta primera parte de la vida del Doctor Angélico hay que retener dos anécdotas, que son verdaderos presagios. «Sucedió—dice el biógrafo—que su madre fue a bañarse a la playa de Nápoles, y llevó consigo al niño y a la nodriza. Habiendo ésta dejado al niño en un soportal donde suele sentarse la gente, tomó él un trozo de pergamino que estaba tirado en el suelo. Quiso la nodriza arrebatárselo de la mano, pero el niño empezó a llorar fuertemente, apretando su tesoro de tal manera, que la nodriza se vio obligada a ceder. Acudió la madre, y más afortunadamente que la nodriza, pudo ver que en el pergamino estaba escrita la salutación de la gloriosa Virgen María.» El biógrafo añade que cuando el niño se echaba a llorar, para acallarle bastaba ponerle en la mano un papel, que en seguida se llevaba a la boca. En este hecho vieron los antiguos un pronóstico de la ciencia del futuro devorador de libros y del amor que había de tener a la Santísima Virgen el piadoso comentarista del Avemaría.

Ya en la escuela de Montecasino, cuando Tomás tenía apenas siete años, preguntaba con frecuencia a sus maestros: ¿Qué es Dios? Tratábanselo de explicar, pero su inteligencia infantil buscaba siempre respuestas más luminosas. Toda la vida de aquel que iba a ser uno de los más grandes doctores de la cristiandad iba a consumirse en la solución de este problema; y cuando un día el Cielo se le abra para darle la respuesta completa, la pluma se caerá de sus manos y no tardará en enmudecer.

Al salir de la abadía, Tomás fue llevado a la Universidad de Nápoles. Sus padres no habían abandonado el proyecto de hacer de él un abad cumplido. Pero el joven estudiante se encontró allí con los Hermanos Predicadores, que acababan de fundar un convento en la ciudad. El personal universitario se sentía entonces arrastrado hacia la Orden de Santo Domingo, recién instituida; Tomás se dejó llevar del contagio, y se acercaba ya a los veinte años cuando fue vestido del hábito blanco. Aquí empieza su primera lucha. Su padre había muerto; pero su madre, Teodora de Theate, de la familia de los Caraccioli, de la raza de los terribles jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo, era una condesa feudal autoritaria, dura y altiva. Al sentir que se frustraban sus planes, se presentó en el convento con séquito numeroso y reclamó a su hijo. Le dijeron que fray Tomás estaba camino de Roma, y hacia Roma se dirigió ella. En Roma, un nuevo chasco. Fray Tomás acababa de marchar, acompañando al general de la Orden. Irritada, furiosa por aquel ultraje hecho a su autoridad materna, envió un despacho a sus hijos, que estaban en el ejército de Federico II, ordenándoles que vigilasen los caminos y le trajesen preso a su hermano.

Precisamente, el general dominico, que se dirigía a Bolonia, tenía que pasar junto a los lugares donde estaban acantonadas las tropas imperiales. Era un día de primavera. Un poco antes de llegar a Aquapendente, los viajeros se sentaron a la sombra de unos arbustos para tomar su frugal alimento. De pronto, galopar de caballos. Entre los jinetes distinguió Tomás a su hermano Rainaldo. Estaba descubierto. A pesar de las reclamaciones del general, la soldadesca se arrojó sobre él, y después de intentar inútilmente quitarle el hábito, le colocó en una de las cabalgaduras y partió a todo galope.

Alegróse la condesa de ver a su hijo, pero era la alegría de la victoria, no la del amor. Es probable que nunca desapareciera de su alma el resentimiento provocado por aquellas idas y venidas. Ni siquiera intentó ganar la voluntad del joven por la ternura maternal. Al contrario, desde el primer momento mandó que le encerrasen en una torre del castillo señorial. Sólo sus dos hijas Marotta y Teodora podían acercarse a él para convencerle, con caricias y argumentos, de que tomase el hábito que había llevado de niño. No se le trató inhumanamente, pero sí con severidad. El encierro era bastante oscuro, aunque había la luz suficiente para leer, y un dominico de Nápoles logró, burlando la vigilancia de los guardias, hacer llegar hasta el prisionero mensajes de consolación y libros de meditación y de estudio, como la Biblia, los Sofismas de Aristóteles y las Sentencias de Pedro Lombardo. Tomás estudiaba y rezaba; y aunque se cerraba a todas las súplicas de sus hermanas, recibía gustoso sus visitas.

La vigilancia se hizo más estrecha cuando los dos hermanos vinieron del ejército. Acostumbrados a la vida galante de los palacios, a las costumbres sensuales de la caballería—Rainaldo fue uno de los buenos poetas eróticos de aquel tiempo—, resolvieron someter al bello adolescente a una prueba brutal. Trajeron de Nápoles una de sus amigas, célebre por su belleza, y después de decirle lo que deseaban de ella, la introdujeron una noche en la torre. Todo el mundo sabe lo que sucedió; todo el mundo sabe cómo Tomás, cogiendo de la chimenea un tizón inflamado; hizo huir a aquella pobre mujer, y luego al demonio tentador, trazando una cruz negra en la muralla. Bien sabido es también lo que pasó aquella noche: cuando Tomás dormía profundamente, entraron en su habitación dos ángeles, se acercaron a él y le pusieron un ceñidor incandescente. El joven lanzó un grito de angustia y despertó. En adelante no volvería a sentir en su alma las mordeduras de lo que llamaba San Pablo el aguijón de la carne.

Tanta constancia llegó a cansar a los carceleros. La condesa se vio virtualmente vencida; sus hijos tuvieron que ausentarse de nuevo, y las dos hermanas no acertaban a comprender del todo el motivo de aquella oposición. El fraile napolitano que surtía de libros al preso creyó llegado el momento de tentar un golpe atrevido. Tiróle una soga desde el pie de la fortaleza, le invitó a bajar por ella a favor de la oscuridad, y en el exterior aguardó él con dos cabalgaduras. La aventura tuvo un éxito completo.

Un año después, fray Tomás figuraba ya entre los oyentes de Alberto Magno en el colegio de Santiago, de París. Fue el discípulo más humilde y más dócil, verdadero modelo de disciplina intelectual hasta para los más altos espíritus. Pasivo, en el noble sentido que da a esta palabra la filosofía tomista, entregóse a la meditación tenaz de la enseñanza del maestro, a una labor íntima y constante de asimilación, de integración. Este carácter reflexivo le alejaba de los recreos, de las discusiones, de las conversaciones. Era un taciturno. Sus condiscípulos empezaron a darle un mote, que aunque tenía su punta de desdén, no era del todo desgraciado. Llamábanle el «buey mudo». El mismo exterior de fray Tomás justificaba el apelativo. Era de una talla gigantesca, gordo y algo pesado. Sus carnes eran blandas, fofas, las «carnes molles», que él juzgará después las más favorables para el esludio. Era una estructura fisiológica más norteña que meridional, más germánica que griega. Tres calificativos—magnus, grossus, brumus—resumen los rasgos esenciales de aquella fisonomía. La tez morena era precisamente lo que había en él de meridional, lo que había heredado de su padre, juntamente con una sensibilidad exquisita, pues era, como dice el biógrafo, «maravillosamente pasible».

Los genios se atraen o se rechazan, pero se comprenden, y si Tomás pasó algún tiempo inadvertido a los ojos de sus condiscípulos, no le sucedió lo mismo con el maestro. Precisamente, la cualidad suprema de Alberto el Grande era la penetración. Enteramente auténtico es el episodio que se ha llamado, con justicia, la revelación del genio de Santo Tomás de Aquino. Tomás tenía veinticinco años. Su maestro creyó llegado el momento de darle a conocer, y lo provocó a una discusión delante de todos los discípulos. De una y otra parte, los argumentos partían certeros, profundos, sutiles. Los estudiantes estaban mudos de admiración; pero hubo un momento en que ya creyeron vencido a su compañero. De pronto, Tomás acertó con una distinción feliz, y así acabó la disputa.

—Resuelves la cuestión como doctor, no como discípulo

—le dijo Alberto Magno.

—Maestro—respondió él—, no me es posible hacer otra cosa.

Durante aquel mismo año, el discípulo redactó el curso que el maestro acababa de dar sobre los nombres divinos.

Tenemos muestras de la escritura de Tomás en esta época: es una letra fea, desgarbada e insuficientemente articulada. No era un calígrafo. El pensamiento tenía demasiada rapidez para que la mano pudiese seguirle.

Seguían entre tanto los esfuerzos de la familia para torcer aquella vocación decidida; pero las violencias se habían transformado en súplicas y sollozos. Terribles desgracias acababan de caer sobre los de Aquino. Rotas de nuevo las hostilidades entre el emperador y el Papa, la condesa Teodora y sus hijos habían combatido contra los germanos. El castillo fue sitiado y saqueado; Rainaldo, el trovador, ejecutado, y Teodora tuvo que andar de una parte a otra buscando un refugio. Sólo Tomás podía restaurar el prestigio de la familia aceptando la abadía de Montecasino. El Papa Inocencio IV aprobaba y casi solicitaba; pero fue imposible conseguir de Tomás que dejase su hábito blanco. Desolada con esta negativa, hizo la condesa un esfuerzo supremo, logrando que el Pontífice ofreciese a su hijo el arzobispado de Nápoles. Nada pudo conmover el ánimo del joven estudiante. A su lado estaba el gran sabio del tiempo, Alberto Magno, indicándole su verdadera vocación: la doctrina cristiana corría riesgo de verse sumergida por la invasión del aristotelismo, importado de España. Era preciso absorberla, asimilarla, encauzarla; y, espíritu observador, Alberto vio en aquel discípulo el hombre destinado a realizar la grande hazaña.

Renunciando a toda mira egoísta, considerando solamente el avance de la cultura y la religión, el maestro resolvió dejar su cátedra de la Universidad de París al discípulo. Todo el mundo vio en esta conducta un despropósito. Tomás tenía veintisiete años, y las leyes exigían treinta y cinco para ocupar aquel puesto. El general de la Orden se opuso, pero hubo presiones de Roma que le obligaron a ceder. Empezó Tomás comentando con un éxito prodigioso al Maestro de las Sentencias. Los mugidos del «buey mudo» empezaban a oírse por toda la cristiandad. Desde el primer momento se vio que el discípulo aventajaba al maestro, si no en la amplitud de la erudición, sí, ciertamente, en la precisión, claridad y profundidad de las ideas. Memoria prodigiosa, penetración agudísima, potencia formidable para el trabajo; no le faltaba nada de cuanto hace a los hombres de genio. Pero el mayor asombro procedía de la novedad de su enseñanza. Se le consideraba como un novador. Artículos nuevos, maneras nuevas, nuevas razones, luz nueva, opiniones nuevas, nuevas tesis y métodos nuevos, tales son las expresiones de Guillermo de Tocco cuando nos habla de su sistema. El nombre de Aristóteles brota constantemente de sus labios. Ha empezado a realizar su obra de refundición aristotélica, ha visto ya la metafísica y la moral del Peripato como el marco apropiado para recibir el contenido de la teología cristiana. Era una audacia enorme. Durante todo el primer tercio del siglo XIII, los libros de Aristóteles habían sido reiteradamente prohibidos en las escuelas, y es que el filósofo griego era únicamente conocido a través del filósofo español Averroes.

Las consecuencias de aquel atrevimiento, o, mejor, de la envidia de los demás profesores contra el joven intruso, fueron una lucha prolongada y encarnizada, a que dio fin Tomás cincuenta años después de muerto, al ser canonizado por el Papa Juan XXII. De una parte, estaban los agustinianos, los defensores de la filosofía tradicional, mandados por Guillermo de Santo Amore; al lado opuesto, ya dentro del campo de la herejía, se agrupaban los averroístas, a quienes dirigía otro profesor parisiense, el amable y optimista Siger de Brabante; en medio, defendiéndose de unos y otros, atacando victoriosamente, realizando su labor admirable de síntesis, seguro de su ciencia y de su fe, rodeado de enemigos poderosos, pero protegido siempre por los Papas; descollaba la figura majestuosa de Tomás de Aquino. Esta lucha ocupa toda la vida del gran doctor, y es preciso tenerla en cuenta para comprender sus obras. No nacieron, como se cree, en la pasividad de una contemplación solitaria, sino en el movimiento de una existencia prodigiosamente activa y militante. La anécdota famosa que nos presenta a Santo Tomás en el palacio de San Luis dando un puñetazo en la mesa y diciendo: «He acabado con los maniqueos», tiene un sentido simbólico y nos recuerda que el Doctor Angélico es el atleta de la fe, el pugil fidei, como le ha llamado la tradición.

Profesor de París o teólogo de los Papas, en el colegio de Santiago o en la corte pontificia, Tomás enseñaba y escribía; escribía y publicaba lo que antes había enseñado en la clase. Apareció primero su Comentario sobre los cuatro libros de las Sentencias; después, su obra Sobre la verdad. sus grandes comentarios bíblicos, y la Suma contra los gentiles, que le preparaba para componer la Summa Theologica. Con el libro De unitate intellectus destruía los errores averroístas, que habían comprometido la causa de un sano aristotelismo. Al mismo tiempo estudiaba al Estagirita en traducciones directas, emprendía análisis críticos acerca de sus obras, leía la antigua literatura de la Iglesia, y, después de comparar los lugares más importantes, componía una obra célebre, titulada Cadena de oro. Su obra maestra, la Summa Theologica, empezada en 1267, es de los años en que se hace más furiosa la batalla entre averroístas, platónico-agustinianos y aristotélicos. Su intención fue recoger en una vasta síntesis el ciclo completo de todas las cuestiones que había tratado en su vida de escritor y profesor, y precisar, con respecto a ellas, su pensamiento definitivo. Al mismo tiempo, realizaba el prodigio de condensar, de unificar, de armonizar todo el caudal filosófico y religioso de dos civilizaciones diversas y opulentísimas: la helénica y la cristiana, conciliación audaz y maravillosamente realizada, que contará siempre como una de las mayores hazañas del pensamiento humano.

Esta actividad intelectual tan fuerte, tan intensa, se juntaba con una vida de la más alta y férvida oración. En Santo Tomás, el teólogo eclipsa casi al místico, pero hay un momento en su vida en que el místico hace enmudecer por completo al teólogo. No era muy dado a penitencias extraordinarias; aunque solía leer frecuentemente las Conferencias de Casiano con los Padres del desierto. Amaba el ayuno y el silencio, y por uno de sus discípulos sabemos que uno de sus solaces favoritos consistía en pasearse solo por el claustro, con pasos lentos y grandes, la cabeza descubierta y levantada hacia el cielo. En París se abstenía de todo trato con el exterior. En relaciones constantes con el rey, el cual le enviaba sus decretos por la tarde para que los revisase durante la noche, sólo una vez quiso aceptar su mesa. Su conducta se resume en estos consejos que daba a los demás: «Sé lento para hablar. Ama la celda. No rompas el hilo de tu meditación. No te familiarices con nadie, porque la familiaridad distrae del estudio. Evita, sobre todo, el ir y venir sin finalidad ninguna.»

La especulación y la oración eran dos hermanas excelentes en la vida del gran doctor: se ayudaban, se mezclaban, se fundían. «Cada vez que fray Tomás tenía que enseñar, discutir, escribir o estudiar—dice fray Reginaldo, su tierno amigo—, acudía secretamente a la oración, y muy frecuentemente derramaba lágrimas antes de consagrarse al estudio de las verdades divinas.» Este doctor, que nos imaginamos flotando en las regiones serenas de la fría intelectualidad, tenía un alma impregnada de mística piedad. Diciendo misa, descubriendo un alto misterio, cantando el responsorio Media vita en el coro, las lágrimas inundaban sus mejillas. Y muchas veces a las lágrimas sucedía el éxtasis. En él se juntaban dos éxtasis de difícil demarcación: el especulativo y el místico. Una vez tuvo el médico que cauterizarle la pierna. Como era tan sensible, temióse que no resistiría; pero él se echó algún tiempo antes en el lecho, absorbióse en sus especulaciones, y no sintió la quemadura. Esta manera de anestesiarse le fue muy útil en varias ocasiones, y la empleaba, sobre todo, siempre que el cirujano del convento tenía que abrirle la vena para sangrarle.

Como se ve, tenía una predisposición natural para los éxtasis verdaderamente sobrenaturales, que al fin de su vida se hicieron en él casi diarios. Es famoso aquel en que oyó una voz que le decía:

—Bien has escrito de Mí, Tomás; ¿qué recompensa quieres recibir?

—Sólo Vos mismo, Señor—respondió el santo.

Un reflejo de esta vida ascética lo encontramos en la liturgia incomparable del Santísimo Sacramento, y muy particularmente en los sermones del santo. Predicó entre la concurrencia estudiantil de la Sorbona, en la corte pontificia y en los grandes concursos del vulgo. En Nápoles habló diariamente durante una cuaresma, y su emoción al exponer la Pasión de Cristo era tan comunicativa, que se veía precisado a interrumpir el discurso para dejar llorar a los fieles. Estos sermones populares son modelos de claridad, de espontaneidad, de unción y, a veces, de lirismo.

Decíamos que en Tomás el místico eclipsó al teólogo. Veamos por qué. El 6 de diciembre de 1273 decía fray Tomás la misa en la capilla de San Nicolás, de Nápoles. Arrebatado en éxtasis, tuvo una visión extraordinaria, y tan tenaz, que fue preciso volverle en sí violentamente. Desde entonces quedó extrañamente transformado. Había llegado en la Summa al tratado de los Sacramentos, y no escribió más. Muy triste de que aquella grande obra quedase incompleta, fray Reginaldo le importunaba, diciendo:

—Padre, ¿cómo podéis dejar así ese libro, que habéis empezado para la gloria de Dios y la iluminación del mundo?

Tomás respondía:

—No puedo más.

Pero de tal modo insistió aquel buen amigo, consejero, amanuense y confesor del santo, que Tomás se vio obligado a revelar su secreto:

—No puedo más—le dijo—; lo que he escrito, comparado con lo que he visto, me parece ahora como el heno.

Algún tiempo después fue fray Tomás a pasar unos días en casa de su hermana la condesa de San Severino, a quien amaba tiernamente. Le agasajaron con esplendidez y con cariño; pero apenas pudieron sacar de él algunas palabras.

—¿Qué le pasa a mi hermano?—preguntó la condesa—; le hablo y no responde; está como estupefacto.

Fray Reginaldo respondió:

—Desde el día de San Nicolás se encuentra en este estado, y no ha vuelto a escribir más.

No obstante, era preciso dirigirse al concilio de Lyon, para el cual había recibido Tomás una invitación personal del Papa Gregorio X. En el camino hizo un rodeo para visitar a su sobrina Francisca, en el castillo de Paenza. Apenas había llegado, cuando se sintió gravemente enfermo, de una enfermedad extraña, que el médico no acertaba a comprender. Había perdido completamente el apetito. Como le insistiesen que debía tomar alguna cosa, pidió sardinas frescas; pero no las probó. Era un capricho de enfermo. Deseando morir en una casa religiosa, mandó que le transportasen al monasterio vecino de Fossanova. Al llegar, pronunció estas palabras: «Aquí está mi descanso.» La hospitalidad de los hijos de San Benito se unía aquí a la gratitud más profunda por el hombre que había construido el gran edificio de la sistematización teológica del cristianismo. Los monjes se deshacían para alegrar y consolar sus últimos días. Veíaseles trayendo sobre sus hombros la leña que había de calentar su cuarto en aquellas duras mañanas del invierno. El maestro, emocionado, les preguntó cómo podía pagarles tanta solicitud, y ellos le pidieron que les comentase el Cantar de los Cantares. Fue el supremo esfuerzo; poco después, el 7 de marzo de 1274, fray Tomás moría, sometiendo todos sus escritos «a la corrección de la Santa Iglesia Romana». Moría de haber visto a Dios; aquella enfermedad misteriosa había empezado aquel día 6 de diciembre, en que su espíritu ávido se paseó por lo más alto de los Cielos. «Nadie que vea a Dios puede vivir.»

miércoles, 27 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
-«Ve y habla a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?
Desde el día en que hice subir de Egipto a los hijos de Israel hasta hoy, yo no he habitado en casa alguna, sino que he estado peregrinando de acá para allá, bajo una tienda como morada. Durante todo el tiempo que he peregrinado con todos los hijos de Israel, ¿acaso me dirigí a alguno de los jueces a los que encargué pastorear a mi pueblo Israel, diciéndoles: ‘Por qué no me construís una casa de cedro?’”
Pues bien, di a mi siervo David: “Así dice el Señor de universo. Yo te tomé del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo Israel.
He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus enemigos ante ti y te he hecho tan famoso como los de la tierra.
Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando nombraba jueces sobre mi pueblo Israel.
A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa.
En efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino.
Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.
Yo seré para él padre y él será para mi un hijo. Si obra mal,yo lo castigaré con vara y con golpes de hombres. Pero no apartaré de él mi benevolencia, como la aparté de Saúl, al que alejé de mi presencia.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mi, tu trono durará para siempre.
Natán traslado a David estas palabras y la visión.

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyendolos:
-«Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»
Y añadió:
-«El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Cuando se quedó solo, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo:
-«A vosotros se os han dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen. “»
Y añadió:
-«¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Palabra del Señor.

Santa Ángela de Mérici

Es la fundadora de las Hermanas Ursulinas. Su nombre significa "Mensaje de Dios".

Nació en Italia en 1474 y tiene el mérito de haber fundado la primera comunidad religiosa femenina para educar niñas.

Se crió en una familia campesina muy creyente, donde cada noche leían la vida de un Santo, y esto la enfervorizaba mucho y la entusiasmaba por la religión.

Quedó huérfana de padre y madre cuando aún era muy niña y esto la impresionó muchísimo. Después durante toda su vida le pediría perdón a Dios por no haber confiado lo suficientemente en su juventud en la Providencia Divina que a nadie abandona.

Su infancia es muy sufrida y tiene que trabajar duramente pero esto la hace fuerte y la vuelve comprensiva con las niñas pobres que necesitan ayuda para poderse instruir debidamente.

Se hace Terciaria Franciscana y sin haber hecho sino estudios de primaria, llega a ser Consejera de gobernadores, obispos, doctores y sacerdotes. Es que había recibido del Espíritu Santo el Don del Consejo, que consiste en saber lo que más conviene hacer y evitar en cada ocasión.

Viendo que las niñas no tenían quién las educara y las librara de peligros mortales, y que las teorías nuevas llevaban a la gente a querer organizar la vida como si Dios no existiera, fundó la Comunidad de Hermanas Ursulinas (en honor a Santa Ursula, la santa mártir del siglo IV, que dirigía el grupo de muchachas llamadas "Las once mil vírgenes, que murieron por defender su religión y su castidad).

Lo que más le impresionaba era que las niñas de los campos y pueblos que visitaba no sabían nada o casi nada de religión. Sus papás o no sabían o no querían enseñarles catecismo. Por eso ella organizó a sus amigas en una asociación dedicada a enseñar catecismo en cada barrio y en cada vereda.

Angela era de baja estatura pero tenía todas las cualidades de líder y de guía para influir en los demás. Y además tenía mucha simpatía y agradabilidad en su trato.

En Brescia fundó una escuela y de allí se extendió su Comunidad de Ursulinas por muchas partes. Un grupo de 28 muchachas muy piadosas se vino a vivir en casa de Angela y con ellas fundó la Comunidad. En una visión contempló un enorme grupo de jóvenes vestidas de blanco que volaban hacia el cielo, y una voz le dijo: "Estas son tus religiosas educadoras".

La gente consideraba a Santa Ursula como una gran líder o guía de mujeres. Por eso Angela puso a sus religiosas el nombre de Ursulinas.

La Comunidad de Ursulinas fue fundada en 1535, y cinco años después murió su fundadora, Santa Angela, el 27 de enero de 1540. Fue canonizada en 1807.

Un hombre le preguntó un día en plena calle: ¿Qué consejo me recomienda para comportarme debidamente? Y ella le respondió: "Compórtese cada día como deseara haberse comportado cuando le llegue la hora de morirse y de darle cuenta a Dios".

Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, yo te amo".

Que estas sean también las palabras que nosotros digamos no sólo al tiempo de morir, sino muchísimas veces durante toda nuestra vida.

martes, 26 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día.
Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.
No te averguences de dar testimonio de nuestro Señor y de mi, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar.
Estaba mucha gente sentada a su alrededor.
Le dicen:
- «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.»
El les responde:
- «¿Quién es mi madre y mis hermanos?»
Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice:
- «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor.

Santa Paula Romana

Evitaba yo las miradas de las nobles mujeres de Roma; pero ésta puso tanto empeño, me asedió de una manera tan importuna, que al fin triunfó de mi reserva.» Así cuenta San Jerónimo el origen de sus conferencias en el Aventino. La importuna era Marcela, la iniciadora de aquellas tendencias de la nobleza romana hacia el ascetismo, que había convertido su palacio en un monasterio, y ahora quería hacer de él un liceo cristiano.

Diariamente, a las diez de la mañana, el sabio asceta atravesaba los pórticos y subía la escalinata de mármol. En el tablinum, en el salón central, le esperaba el piadoso auditorio. Y empezaba la charla; charla ascética, teológica, bíblica; bíblica, sobre todo. Con el códice sagrado entre sus manos enflaquecidas por el ayuno, el conferenciante descubre en su bello latín; abundante, erudito, nervioso y satírico, los misterios de Dios y de su Cristo. Cerca de él está Marcela, radiante aún de hermosura, a pesar de sus años; a continuación, la madre de Marcela, Albina, y Ásela, su hermana, asombro de Roma por su vida penitenie; más lejos, otras matronas y doncellas, descendientes de los Julios, los Flavios y los Emilios; cubierta la cabeza de toscos velos, o deslumbrantes con el oro de los collares, con la seda de las túnicas, con el bermellón de los labios y las mejillas, con el gracioso nudo de cabellos que les cuelga sobre la frente.

Con frecuencia, el puesto de honor se lo cede el ama de la casa a una mujer de pequeña estatura, de cara fina, de cuerpo menudo, que es una de las que escuchan con más atención y asisten con más asiduidad. Es Paula, amiga inseparable de Marcela y admiradora incondicional del dálmata. «Imposible—dice Jerónimo—encontrar un espíritu más dócil que el suyo.» Descendiente del clan nobilísimo de los Escipiones y de los antiguos reyes de Micenas, esta linajuda dama lleva en sus venas la sangre más pura de Roma y de Grecia. Tiene tres hijas, que se sientan a su lado en estas conferencias del Aventino; es viuda y se encuentra en plena juventud. Estamos en el año de 383. En su adolescencia leyó los poetas y los filósofos de Roma y de Atenas. Casada a los quince años con un consular, acertó a reproducir en torno suyo el tipo de las romanas de los viejos tiempos, juntando al mismo tiempo la gracia, la distinción, la altivez y el sentido severo del honor. Celosa de la dignidad de su estirpe, esta hija opulenta de los Gracos era, en expresión de San Jerónimo, la mujer más dulce y más clemente para los pequeños, para los plebeyos, para los esclavos.

Viuda a los treinta años, Paula conservaba un amargo recuerdo de lo que ella llamaba el período de su vida mundana. La faltas ligeras llegaban a parecerle grandes crímenes; las frivolidades propias de la alta sociedad de Roma, un vivir lleno de pecados. «Es preciso afear—decía—este rostro que en otro tiempo pinté de rojo, de blanco y de negro; afligir este cuerpo que gustó las delicias del placer; compensar con las lágrimas el reír prolongado de antaño, y reemplazar los finos lienzos por el cilicio. Preocúpeme en otro tiempo de agradar a mi marido y al mundo; ahora sólo quiero agradar a Cristo.» Cuando San Jerónimo la conoció, dos años después de esta transformación, estaba ya consumida por la penitencia, débil a consecuencia del ayuno, ciega casi, por efecto de las lagrimas, y afeada por el tosco sayal monástico.

La llegada de aquel hombre elocuente, apasionado de los métodos ascéticos a que ella se entregaba, familiarizado con las tradiciones religiosas de Tierra Santa, conocedor como nadie de la literatura de la Iglesia, fue una de las más grandes alegrías de su vida. Desde aquel momento se hace la más abnegada de sus discípulas, la más fiel de sus admiradoras. Le escucha en el Aventino, se entrega a su dirección, se aconseja con él para el gobierno de su casa, le escribe, recibe sus cartas, y le da entrada en su palacio, convertido en convento, como el palacio del Aventino. Entre sus hijas había una, sobre todo, que escuchaba con particular agrado las palabras del sacerdote: era Eustoquia, niña de un carácter dulce, tímido y algo reservado, que no tardó en consagrar a Dios su virginidad, movida por las exhortaciones del asceta. Pero la mayor, Blesila, era mucho más mundana. Viva, inteligente, ingeniosa, Blesila estaba, sobre todo, orgullosa de su espléndida cabellera rubia. ¿Pasábase el día en el tocador—dice Jerónimo—, siempre delante del espejo, consultándole minuciosamente. Tiernas esclavas la pintaban, la peinaban, la frisaban con infinito cuidado, y tan delicada era, que ni aun en un lecho de plumas podía descansar.» Pero a los veinte años acometióla una fiebre maligna, que fue para ella la voz de Dios. Poco después hacía voto de continencia perpetua, ponía el velo sobre su cabeza, rodeaba su cintura con un ceñidor de lana, abrazaba el ascetismo, y se entregaba al estudio del hebreo con tal ardor, que algo más tarde salmodiaba ya en esa lengua, juntamente con su madre y con su hermana. No obstante, la fiebre seguía minando su juventud, y en un año la llevó al sepulcro.

Celebráronse los funerales con gran solemnidad; toda la aristocracia romana acompañaba el féretro, cubierto de un paño de oro, y la población entera se apiñaba en torno de la basílica. La pobre madre, presumiendo demasiado de sus fuerzas, quiso seguir a su hija hasta la última morada; pero el dolor la derribó al borde del mausoleo, y hubo que llevarla de allí medio muerta. Un sordo murmullo se levantó entonces de entre la concurrencia: «He aquí lo que nosotros decíamos: llora a su hija, a quien ha matado a fuerza de ayunos. ¿Cuándo expulsarán de Roma a esa casta insoportable de monjes? ¿Por qué no los echan al Tíber? ¡Pobre señora! Llora a sus hijos como no los ha llorado ninguna mujer pagana; buena prueba de que la han engañado, de que no quería ser monja.»

El primer blanco de estas críticas era, como puede fácilmente adivinarse, el mismo San Jerónimo. Extranjero, secretario del Papa San Dámaso, mimado por la aristocracia de la ciudad, Jerónimo tenía muchos envidiosos entre los individuos del clero, que él nos pinta perfumados, adornados de anillos y cadenas, excesivamente cuidadosos de las uñas y el pelo, andando sobre las puntas de los pies para no manchar sus pequeños zapatos blancos, informándose de los nombres de las matronas y de sus casas. A fines del año 384 muere San Dámaso, y su consejero queda expuesto a la furia de sus enemigos, más irritados que nunca por la acritud temible de su lenguaje. Los intrigantes trabajan en la curia y en el foro: él acata sin acobardarse, pero su gran corazón está herido. Refugiase en la atmósfera de pura y santa afección que se respira en la casa de Paula. Allí se le escucha, se le venera, se le consuela. El les paga aquel bien que le hacen con sus austeros consejos de una dulce gravedad. Después de la muerte de su hija, Paula se niega a comer y beber, enloquecida por el dolor. En aquel trance, su amigo la sostiene y la hace reaccionar en un sentido cristiano. «Te irritas. Paula—le dice en nombre de Dios—, porque tu hija ha llegado a ser mi hija; te indignas de mi proceder y te opones a mi posesión con tus lágrimas rebeldes. Bien sabes lo que pienso de ti y de los tuyos. Rehúsas todo alimento para dar rienda a tu dolor. No amó esa frugalidad. ¿Es esto lo que me habías prometido? Avergüénzate de aquella pagana que se consolaba pensando que su marido había sido trasladado al Cielo, tú que te resistes a que tu hija permanezca a mi lado.»

Entretanto, la campaña arreciaba, el barco se abría, según expresión del mismo Jerónimo. «Muchos que me besaban la mano—añade—, me hubieran desgarrado con sus dientes de víboras: fingían dolerse de lo que les llenaba de placer.» En la primavera del año 385, malas lenguas empezaron a incriminar las visitas del doctor al palacio de Paula. Un miserable se encargó de esparcir la calumnia. Llevado ante los tribunales por Jerónimo, declaró que no sabía nada; pero hay victorias que dejan rastros desagradables. Algunos días después, el perseguido, a punto de embarcarse, escribía a Marcela: «He sufrido horrorosamente; pero esto, ¿qué importa para quien combate bajo el estandarte de Cristo? Me han imputado un crimen infamante, pero sé ir al reino de los Cielos por la infamia y por la buena fama. Saluda a Paula y a Eustoquia, mías en Cristo, que quieran o no quieran. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, y entonces se verá cómo ha vivido cada uno.»

Unos meses después. Paula y Eustoquia se embarcaron también en dirección a Oriente. En Chipre salió a recibirlas San Epifanio, que algunos años antes había sido su huésped en Roma. En Antioquía las aguardaba San Jerónimo. Proyectóse, ante todo, recorrer en visita minuciosa todos los Santos Lugares y las soledades famosas de los anacoretas egipcios. Fue una peregrinación piadosa y, a la vez, científica, que sirvió mucho a San Jerónimo para sus futuros trabajos. La ilustre patricia, que antaño no salía de casa sino llevada en litera por eunucos, viajaba ahora sobre los lomos de un asnillo. Con ellos iba un rabino de Antioquía, buen conocedor de los lugares bíblicos. Al llegar a Jerusalén, Paula se encontró rodeada de los pajes del procónsul, que venían a ofrecerle habitación en el palacio del pretorio; pero ella rehusó, agradecida, contentándose con un humilde alojamiento. Regó con sus lágrimas los sitios que recordaban la Pasión del Señor; besó las piedras del Calvario, «y lamió—dice San Jerónimo—la del Santo Sepulcro, como si quisiera apagar la sed sobrenatural que la devoraba». En Belén su impresión fue aún más profunda: «Yo te saludo—exclamaba—, te saludo con el rostro inundado de lágrimas; ¡oh Belén!, casa del pan celeste; yo te saludo, Efratá, fértil región cuyo fruto es el mismo Dios. ¡He aquí que he sido juzgada digna, yo, miserable pecadora, de besar el pesebre donde el Dios Niño exhaló sus primeros vagidos y de rezar en la gruta donde la Virgen Madre dio a luz al Redentor. Aquí está el lugar de mi descanso, porque ésta es la patria de Jesús; en ella habitaré, porque el Señor la ha escogido, y en ella prepararé una pequeña lámpara para Cristo.»

Este proyecto, nacido en un momento de exaltación religiosa, realizóse rápidamente. Un año más tarde, terminada la peregrinación a través de Egipto y Palestina, Paula comenzaba a construir dos grandes monasterios junto a la iglesia de la Natividad. Antes de acabarse las obras ya estaba reclutado el personal, y Paula podía escribir a su amiga Marcela rogándole que viniese a ocupar un puesto de honor en la nueva fundación: «¡Oh—exclamaba—, cuándo llegará el día en que el correo venga sin aliento a anunciamos que nuestra Marcela ha pisado las playas de Palestina! ¡Qué alegría entre los monjes y las vírgenes! Correremos, iremos a pie, te cogeremos las manos, veremos tu rostro, y nadie podrá arrebatarnos de tus brazos.» La paz anunciada por los ángeles en aquel mismo lugar, protegía la doble fundación. Paula gobernaba la comunidad de mujeres, Jerónimo la de hombres; mejor dicho, uno y otra intervenían en ambas, poniendo el santo su ciencia, y la santa su dulzura y su intuición femenina. Paula pedía a Jerónimo que ilustrase al mundo con sus escritos. Mujer inteligente, sufría de aquello que Jerónimo llamaba la latina paupertas, la escasez de la exégesis bíblica de los occidentales. A estas solicitudes el doctor oponía siempre las repugnancias de la humildad; pero en estos conflictos—igual le había pasado con Marcela—llevaba las de perder. Aunque muy santa. Paula no dejaba de ser mujer, y de un espíritu muy fino y penetrante. Pues bien: pidióle que, al menos, escribiese alguna cosa sobre la más pequeña de las Epístolas de San Pablo, la dirigida a Filemón, aunque no fuese más que un folio de cuarenta líneas. Jerónimo cayó en el lazo; hizo lo que se le pedía, y el resto vino después. El resto son sus grandes comentarios paulinos. «Para que veas—decía—lo que puede sobre mí tu voluntad.»

En realidad, esto era en él un deber. Paula le había levantado el monasterio, le libraba de toda preocupación material, compraba todos los libros que necesitaba para sus trabajos, le proveía de secretario para aliviar sus ojos, casi ciegos de tanto leer; pagaba a los buenos judíos que le ayudaban en sus tareas bíblicas, y, además, era para él una consejera fiel y abnegada. Dios había puesto junto a él esta influencia dulce y santa, de que se aprovechó para su bien propio y el bien de la Iglesia.

Aquella unión se prolongó aún durante quince años. Paula gobernaba a su gente con disciplina romana. A medianoche, el canto del alleluia despertaba a las vírgenes y las reunía en el coro. Durante el día trabajaban, rezaban y estudiaban. La abstinencia de carne era perpetua. Las tendencias sensuales se maceraban a fuerza de ayunos. «La exquisitez en el vestido—decía la superiora—es una impureza del alma.» Jerónimo decía, satisfecho, escribiendo a Roma: «Las que en otro tiempo gemían bajo el peso de las joyas y brocados, andan ahora miserablemente vestidas, preparan las lámparas, encienden el fuego, barren los pisos, limpian las legumbres, echan en la olla hirviente el perol de hierbas, preparan las mesas y corren de acá para allá disponiéndolo todo.» Estas palabras se refieren a Paula y su hija. Bajo una naturaleza algo taciturna y el exterior de una deferencia respetuosa, llena de suavidad. Santa Paula escondía un carácter enérgico, capaz de los mayores heroísmos. A los que, definiendo su actitud frente a San Jerónimo, la han llamado «oveja modelo», se les podría recordar aquellas palabras que Santa Teresa decía a Gracián: «¡Ay, Padre mío, qué poco sabe de mujeres vuestra reverencia !»

De hecho, la descendiente de los Escipiones había llegado a la cima de la virtud cristiana. «¿Qué cosa más admirable—preguntaba San Jerónimo—que la virtud de esta mujer, opulenta antiguamente y hoy reducida a la última indigencia?» Por su parte, ella decía: «Dios me es testigo que no hago nada sino por su nombre, y que sólo tengo un deseo: morir en la miseria y ser enterrada en un lienzo prestado.» No era menos admirable su mortificación. Habíase prohibido la carne, la miel, el vino, el aceite, los huevos y el pescado. Habiendo caído enferma, vino a visitarla San Epifanio, de cuya influencia quiso aprovecharse San Jerónimo para hacerla tomar un poco de vino. El venerable obispo accedió; pero apenas había empezado a hablar, cuando la enferma le dijo, sonriendo: «Esto viene de Jerónimo.» Todo fue inútil. «¿Qué hay?»—preguntó Jerónimo al prelado al verle salir. « ¡Ah! —respondió el chipriota—, si me quedo un poco más, a esta edad de los noventa años me hubiera convencido de que no hay que beber vino.» Esta mortificación, continuada año tras año, acabó de gastar las fuerzas de aquel cuerpo, no muy vigoroso de suyo. Era lo que ella quería. «He amado tu casa, Señor—decía al tiempo de morir—. ¡Qué hermosos son tus tabernáculos, rey de las virtudes! Yo suspiro y mi alma desfallece en los atrios del Señor.»

Aun después que el tiempo había borrado la primera impresión, podía preguntar San Jerónimo: «¿Quién podrá hablar con los ojos secos de aquella muerte bienaventurada?»