jueves, 31 de mayo de 2012

Homenaje a MARÍA en el último día de MAYO

Hoy es el último día del mes de MAYO, que es el mes de MARÍA, os pongo esta presentación que resumen cada día del mes de MAYO.

Reflexión de hoy


Lecturas


Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén.
El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.
El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás.
Aquel día dirán a Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos.
El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva.
Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta. »
Apartaré de ti la amenaza, el oprobio que pesa sobre ti.


En aquellos días, Mariah se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de Mariah, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
-« ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu Vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
María dijo:
-«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.


Palabra del Señor.

Santa Petronila Roma

Petronila, hija de san Pedro. Es el siglo primero y el lugar de la narración, Roma; Petronila está presentada como hija de san Pedro. Su máximo anhelo es padecer por Jesús que tanto quiso padecer por ella.

Una extraña enfermedad la mete en cama con agudísimos dolores imposibles de aliviar; pero su semblante alegre y su actitud llena de optimismo demuestran a todos los que van a visitarla la aceptación voluntariosa y complacida de Petronila que, por fin, puede sufrir algo por su Señor.

Se prolonga por mucho tiempo la postración. Entre los creyentes romanos se empiezan a correr rumores; ¿cómo es posible conciliar tamaño sufrimiento de Petronila con la actitud permisiva del padre Pedro, si es verdad que sólo su sombra llegaba a curar a enfermos, hace unos años, en Jerusalén?, ¿será que Pedro ha perdido virtud?, ¿será esto una muestra de falta de cariño?, ¿no deben preocuparse los padres por la salud de los hijos?... Un día Pedro reúne a una gran multitud de creyentes en Cristo en su casa y manda con imperio a su hija: «Petronila, levántate y sírvenos la mesa».

Asombrados y estupefactos contemplan a la dulce joven incorporarse del lecho y salir dispuesta al cumplimiento del encargo toda llena de facultades. Terminada su misión vuelve a la cama, recupera la enfermedad con incremento de sufrimiento y ya no se restablecerá hasta después del martirio de Pedro. No ha hecho mella en su físico el terrible padecimiento soportado, se han rejuvenecido sus facciones y hasta se diría que se ha multiplicado la belleza previa a la enfermedad.

Ahora dedica Petronila todas sus energías a la oración y a la caridad. Va solucionando problemas de cristianos: pobres, lisiados, enfermos, ciegos, leprosos y todo tipo de carenciales van a visitarla y salen pletóricos de felicidad. Por toda Roma corre un inmenso e imparable rumor que transmite de boca a boca la explosión de la caridad de Jesucristo patente en las obras de Petronila.

No es extraño el enamoramiento del joven Flaco que se acerca con gran séquito de criados y esclavos a solicitar el consentimiento para hacerla su esposa. La reacción ahora de la virgen es de indecible sorpresa; pero guarda las formas, agradece al noble joven enamorado el honor que le hace y pide suave y dulcemente tres días para reflexionar al término de los cuales debe Flaco enviarle sus doncellas y criadas para que la acompañen. Todo es llanto en Petronila. Jesucristo llena su corazón; no quiere romper la unidad del amor; sólo a Jesús quiere como Esposo.

Pasa los tres días encerrada, en compañía de Felícula, dada al ayuno, a continua oración, penitencias y súplicas al Señor. El último día del retiro llega el presbítero Nicodemus, le celebró la misa, le dio la Comunión y contempló cómo moría Petronila al pie del altar consumida de amor.-Las criadas de Flaco que ya esperaban jubilosas trocaron el cortejo de nupcial en fúnebre para llevarla a enterrar.

Quiso enseñarnos la ejemplar actitud de una mujer cristiana de los primeros tiempos que supo ser paciente en la enfermedad, descubrió en sus padecimientos la ocasión de participar de los redentores de Jesucristo a quien amó por encima de todas las cosas y en cualquier situación, por ello no descuidó la caridad con los demás, ese estilo de vida tiene gran repercusión sobrenatural en el cuerpo social.

Fue enterrada en el cementerio que había en el camino de Ardi, allí donde luego se construyó una iglesia con su nombre.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Queridos hermanos: Ya sabéis con qué lo rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.
Ahora que estáis purificados por vuestra obediencia a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente.
Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios viva y duradera, porque «toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, la flor se cae; pero la palabra del Señor permanece para siempre.»
Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos.


En aquel tiempo, los discípulos iban subiendo camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban, y los que seguían iban asustados. Él tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder:
-«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará.»
Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
-«Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó:
-«¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron:
-«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. »
Jesús replicó:
-«No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron:
-«Lo somos.»
Jesús les dijo:
-«El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo; está ya reservado. »
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo:
-«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen.
Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.
Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. »


Palabra del Señor.

SAN FERNANDO

La tarde agoniza. El regio cortejo avanza a través de las tierras salmantinas: picas y arcos, caballeros y peones, sabios, dueñas y doncellas en cuyas mejillas sonríe la juventud. Se oyen de pronto los cuernos guerreros, y la caravana se detiene. Es entre Salamanca y Zamora, en un bosque de hayas y quejigos. Los pajes se agitan, las hogueras levantan sus lenguas rojas, y bajo el alpende tupido de la fronda surge el real. Una tienda campa en el centro por su arte y su riqueza, y también por la concurrencia de damas y caballeros. Allí, una reina yace en su lecho, un rey vela nervioso, y una servidumbre vestida de sedas brillantes y mallas de guerra va y viene, llena de inquietud y expectación. Alguien dice súbitamente: « ¡Un principe! ¡Nos ha nacido un príncipe! » La voz se extiende por el campamento, el regocijo estalla en gritos y aplausos, los clérigos y los magnates se agolpan en torno a la tienda real, y el rey aparece levantando en sus grazos al recién nacido, al heredero de la corona. Aquel rey era Alfonso IX de León; aquella reina se llamaba Berenguela de Castilla, y aquel príncipe seria Fernando III el Santo, uno de los más grandes reyes de España. El niño creció entre los esplendores de la corte leonesa y entre las caricias y cuidados de su santa madre, «ca esta muy noble reina endereszó e crió a su fijo en buenas costumbres, y los sus buenos enseñamientos, dulces como miel, non cesaron de correr siempre a su tierno corazón, e con tetas de virtudes le dio su leche, enseñándole acuciosamente las cosas que placen a Dios e a los hommes, e mostrándole, non las cosas que pertenescían a mujeres, más lo que facie a grandeza de corazón e a grandes fechos». Pero un día, cuando apenas tenía quince años, advierte el niño algo extraño en torno suyo: su madre llora; su padre, siempre violento, estalla en terribles cóleras; los magnates y los obispos discuten. Al poco tiempo, Berenguela viene a despedirse de su hijo, le abraza, le besa largamente y desaparece de León. ¿Por qué? El pequeño príncipe no acierta a comprenderlo. Le dicen que es preciso obedecer a la ley de Dios, pero él llora también. Lo que había sucedido era esto: en Roma acababan de descubrir que Alfonso y Berenguela eran parientes cercanos, y no tardó en llegar la sentencia canónica: «O separación o entredicho.» Berenguela sintió que algo se desgarraba en lo más profundo de su alma, pero prefirió obedecer.

No obstante, el niño fue legitimado por Inocencio III, y preconizado por las Cortes heredero del reino leonés. Un valle de Galicia protegió su infancia. De cuando en cuando le llevaban a Burgos, reclamado por su madre. Gracias a la solicitud materna, atravesó incólume las dolencias de la niñez. A los diez años, la muerte acechaba en torno a su cuna; los médicos judíos habían perdido la cabeza y se desesperaba de su vida: non dormir nunca podía, non comía ne migalla.

En aquel trance la madre coge al pequeño en sus brazos, cabalga hasta el monasterio de Oña, reza, llora durante una noche entera ante la imagen de la Virgen, «y el meninno empieza a dormir, et depois que foi esperto, luego de comer pedía». Castilla recibió dos veces de aquella gran mujer al más grande de sus reyes. Desde este momento, la fortuna se hace inseparable compañera del amable príncipe: ella le pondrá en posesión de dos tronos, le abrirá los corazones de los hombres, y, sin traicionarle jamás, le pondrá en posesión de la victoria.

Una teja que hiere casualmente a su tío Enrique I mientras jugaba en el palacio episcopal de Palencia le hace rey de Castilla. La verdadera heredera es su madre, pero entonces aparece el genio político de la reina, el desinterés de la madre. Se apodera de su hijo, congrega Cortes en Valladolid, se hace proclamar reina de Castilla, y tomando luego la corona que fulgía en su frente, la coloca sobre la frente del mancebo; todo con una clarividencia, con una rapidez, con una decisión, que desconcierta a los magnates revoltosos, y quita al rey de León toda esperanza a la corona castellana. Algo más tarde, otra ceremonia memorable en Santa María de las Huelgas, junto a Burgos. Pontificaba el obispo don Mauricio: sobre el altar brillaban un escudo, una espada, una loriga y un yelmo. El obispo acaba de bendecirlos, haciendo sobre ellos la señal de la cruz; el rey se acerca, los toma él mismo del altar y se los viste; su madre le ciñe la espada, la espada que en las manos de Fernán González había creado a Castilla. Así fue armado caballero el joven rey don Fernando. Dieciocho años acababa de cumplir.

Desde este momento ha comprendido que su destino es ser caballero de Cristo. Aquella espada vencedora sólo podía desenvainarse contra los enemigos de la fe. No faltan magnates sediciosos; pero con ellos tiene un arma infalibre: la bondad; y las revueltas cesan desde el momento en que su sonrisa indulgente brilla sobre el suelo castellano. Sin embargo, él, que ha renunciado a derramar sangre cristiana, tiene que armarse contra su mismo padre. Alfonso IX pasa el Pisuerga con su ejército. Era un corazón valiente y un espíritu mezquino. Fernando se prepara a la defensa, pero antes escribe aquella carta admirable en que decía: «Señor padre, rey de León, don Alfonso, mi señor: ¿Adonde vos viene esa saña? ¿Por qué me facedes mal e guerra? Yo non vos lo he merecido. Bien semeja que vos pesa el mío bien, y mucho os habría de placer por haber un fijo rey de Castilla y que siempre será a vuestra honra; ca de Castilla non vos vendrá daño ni guerra en los míos días; aunque lo que vos facedes, uedarlo podría muy crudamente a todo rey del mundo, mas non puedo a vos, porque sodes mío padre e mío señor, y conviéneme de vos sufrir hasta que vos entendades lo que facedes.» Alfonso IX renunció a llamarse rey de Castilla; pero un escozor extraño le mordió el alma mientras vivió, una especie de tristeza por la gloria del astro que se alzaba, mezclada con un presentimiento de la preponderancia definitiva de Castilla. Al morir (1230) desheredó a su hijo; pero Fernando entró pacíficamente en posesión de su nuevo reino, sin derramar una sola gota de sangre. Su sola presencia conquistó al pueblo, a los obispos y a los magnates.

En León, lo mismo que en Castilla, las gentes le aman y bendicen. Todos gozan contemplando la figura del joven rey, rebosante de gracia y de bondad, «ca era—dice su hijo—muy fermoso ome de color en todo el cuerpo, et apuesto et muy bien faccionado». Elevada estatura, agilidad de movimientos, distinción y majestad en los ademanes, dulce y fuerte a la vez, amable con firmeza, reúne en una maravillosa armonía las cualidades del guerrero y las del hombre de Estado. Tiene la obsesión de la justicia, una piedad profunda informa todos sus actos, y si tiene el don de dominar a los hombres, es que antes ha logrado dominarse a sí mismo. Sin embargo, no es la suya una virtud triste ni arisca, ni su corte tiene el aspecto de un convento. Tiene el gusto de la magnificencia, ama las procesiones espléndidas, los desfiles guerreros, las largas teorías de clérigos que se agrupan en torno al altar cubiertos de dalmáticas deslumbrantes. Busca las ricas armaduras, arroja la lanza con destreza, cabalga con garbo, canta bellas trovas en loor de Santa María, viste con gentileza y es el primero de sus magnates, lo mismo en la iglesia que en el campo, lo mismo en la guerra que en los torneos. «Sabía bien bofordar; et alancear, et tomar armas, et armarse muy bien. Era muy sabidor de cazar toda caza, de jugar tablas, escaques y otros juegos buenos de buenas maneras; pagábase de omes cantadores e sabíalo él facer; et de omes de corte que sabían bien de trovar el cantar, et de joglares que sopiesen bien tocar estrumentos, et entendía quien lo facía bien e quien no.»

Pero la poesía, la guitarra y el ajedrez eran sólo una distracción en medio de las fatigas del campamento. Lo permanente en aquella vida heroica, la idea fija, la obsesión de todos los momentos, era la restauración de España, el retorno de Andalucía a la civilización cristiana. Veinticinco años tenía cuando se acercó por vez primera a las orillas del Guadalquivir, seguido del cortejo brillante de sus caballeros, inaugurando aquella gesta gloriosa de treinta años, que sólo la muerte pudo interrumpir. La victoria vuela sobre su yelmo de oro. Ni un tropiezo en su camino, ni una tentativa inútil, ni un solo descalabro. Batallas campales, asaltos de plazas, largos asedios, castillos arrasados. Castilla se ensancha sin cesar; los pequeños reinos andaluces desaparecen; caen Baeza, Córdoba, Jaén, Murcia, Sevilla, toda la Botica meridional hasta el Mediterráneo, hasta el océano. Granada queda en pie, como un gran señorío que debe pagar tributo y rendir vasallaje. Fernando de Castilla no es solamente un gran guerrero, como Jaime de Aragón; es, sobre todo, un jefe. Desdeña la aventura y evita la temeridad. Cuando alguno de sus magnates se expone a perder la vida en hazañas inútiles, le arresta. Tiene, sobre todo, tres grandes virtudes bélicas: la rapidez, la prudencia y la perseverancia. Cuando los enemigos le creen a las orillas del Duero, aparece ante los muros de Córdoba. Sabe prolongar los asedios para economizar la sangre. Cerca de un año acampa delante de Jaén.

El sitio de Sevilla fue una de las más notables empresas militares de aquel tiempo. Durante veinte meses, los moros resistieron con bravura; el calor y la enfermedad parecían luchar en favor suyo, y ya eran muchos los que hablaban de retirarse. Nada puede quebrantar el ánimo del rey. Organiza su hueste, levanta el campo y provee a todas las necesidades como si hubiera de permanecer allí toda la vida. El real tenía aspecto de una gran ciudad. Lo mismo el rey que sus guerreros, habían venido con sus mujeres y con sus hijos. Allí estaban también los futuros pobladores, hombres de todas las regiones de España, conocedores de toda clase de oficios. «Calles et plazas avía departidas de todos mesteres, cada uno sobre sí; una calle avía de los traperos e de los camiadores; otra de los especieros et de los alquimes de los melecinamientos, que avían los feridos menester; otra de los armeros; otra de los freneros; otra de los carniceros et los pecadores, e así de cada mester, de quantos en el mundo son; todas bien apuestas et ordenadas.»

No era el amor de la gloria lo que armaba aquel brazo victorioso, sino sólo el pensamiento de la patria y la preocupación del reinado de Cristo. Combatía por deber, y la voz de la conciencia satisfecha le daba la seguridad de la victoria. «Señor—dijo un día delante de su consejo—, Tú sabes que no busco una gloria perecedera, sino solamente la gloria de tu nombre.» Considerábase como el caballero de Dios, llamábase el siervo de Santa María y tenía a grande honor el título de alférez de Santiago. Aún se conserva una pequeña estatua de marfil que llevaba siempre consigo en el arzón de su caballo, que colocaba a la cabecera de su cama mientras dormía y delante de la cual pasaba largas horas arrodillado en los momentos difíciles de aquella existencia llena de azares y peligros. La entrada en Sevilla no fue el triunfo del conquistador, sino el de Santa María. Cientos de miles de hombres formaban la comitiva; gritos de júbilo atronaban el aire; las naves de Ramón Bonifaz cubrían el río, engalanadas y empavesadas; brillaban las armaduras heridas por el sol; resonaban los himnos sagrados en el grupo de los clérigos; y cerrando la marcha, caminaba la Virgen victoriosa, sobre su carro triunfal, adornado de joyas, tapices y brillantes. El rey seguía a su compañera en los campamentos y las batallas, rodeado de la reina, de los infantes y de los príncipes moros, entre constelaciones de joyas, bosques de picas y espirales de incienso. «Grandes mercedes e honras e bienandanzas—decía luego el rey—nos fizo et mostró aquel que es comienzo e fuente de todos los bienes, y esto non por los nuestros merecimientos, mas por la su gran bondad, e por la su gran misericordia, e por los ruegos e merecimientos de Cristo, cuyo caballero nos somos, e por los ruegos de Santa María, cuyo siervo nos somos, e por los merecimientos de Santiago, cuyo alférez nos somos, e cuya enseña traemos, e que nos ayudó siempre a vencer.»

Entre tanto, su madre velaba más allá de los puertos, manteniendo la paz en los pueblos y enviando víveres a las tropas. Conocedora de los hombres, inteligente y compasiva, abnegada y generosa, Berenguela administraba el reino con energía, sujetaba a los levantiscos, negociaba con los demás Estados de la Península, y entregaba sus joyas para mantener la guerra. «Espejo era de Castilla, e de León e de toda España—dice su nieto Alfonso el Sabio—; et fue muy llorada, cuando murió, de todos los conceios et de todas las gentes de todas las leyes, et de los fidalgos pobres a quienes ella mucho bien facía.» San Fernando tenía en ella una confianza ciega; buscaba su consejo, lo mismo en las cosas de la paz como en las de la guerra; le abandonaba el cuidado de muchos negocios, y, según dice un contemporáneo, aparecía delante de ella «como un humilde mozo so la palmatoria del maestro». No obstante, de cuando en cuando solía cruzar el Guadarrama para visitar personalmente a sus vasallos, y entonces el hombre de la guerra se convertía en el padre de su pueblo. «Oía a todos—nos dice un escritor que le conoció—; la puerta de su tienda estaba abierta de día y de noche, amaba la justicia, recibía con singular agrado a los pobres y los sentaba a su mesa, los servía y los lavaba los pies.» «Más temo—solía decir— la maldición de una pobre vieja que todos los ejércitos de los moros.» Todo lo que podía contribuir a la grandeza y prosperidad de su tierra tenía cabida en su alma generosa.

Con la misma esplendidez que a los trovadores provenzales, recibía a los artistas y a los sabios. Creó la Universidad de Salamanca, buscó profesores dentro y fuera de España, concedió grandes privilegios a los estudiantes, amplió las libertades de los consejos, ordenó la traducción del Fuero Juzgo en lengua castellana y abrió una nueva era de esplendor artístico para su patria. Bajo su protección, al abrigo de la paz y con ayuda del botín de tantas conquistas, España se cubrió con el manto espléndido de sus catedrales góticas:

Burgos, Toledo, León, Osma, Palencia... El mismo rey inauguraba las obras, alentaba a los artistas y volcaba liberalmente sus tesoros. Bajo su mirada paternal, el agricultor trabajaba en paz, el comerciante se enriquecía, el guerrero se cubría de gloria y el genio del artista se desenvolvía en producciones maravillosas. Fue el más afortunado de los hombres. Mientras su primo San Luis caminaba al Cielo por la adversidad, Dios quiso llevarle a él por el camino de las venturas. Tuvo cuanto puede apetecer un rey: riquezas en abundancia, una corte magnífica, una espada invencible, la dirección experimentada de una madre santa, el consejo de un hombre genial, el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada; la ayuda de un gran almirante, la colaboración de excelentes capitanes, la adoración de un ejército aguerrido y el amor inalterable de su pueblo. Dios le bendecía, y la misma Naturaleza parecía ser su esclava, «ca en el su tiempo anno malo nin fuerte en toda Espanna non vivo, et sennaladamente en la su tierra».

Esta protección visible del Ciclo sólo le sirvió para acrecentar su fe. En el entusiasmo de su fervor religioso, derramaba lágrimas de agradecimiento, y en la exaltación de su amor a Cristo hubiera deseado llevar triunfalmente por todo el mundo la enseña de la Cruz. No teniendo ya nada que conquistar en la Península, pensó llevar sus armas al suelo africano. Era joven todavía: cincuenta y dos años. Cien mil hombres aguardaban el momento de la partida en las riberas del Guadalquivir; una flota numerosa evolucionaba en el Estrecho; en las armerías toledanas y en los arsenales del Cantábrico se trabajaba con febril actividad, y ya los príncipes marroquíes enviaban embajadas suplicantes. Pero la muerte viene a detener los pasos del conquistador; aquella muerte admirable, que Alfonso el Sabio nos ha contado en uno de los capítulos más conmovedores de su Historia general de España. El que lo ha leído una vez no podrá olvidar la escena del fraile que entra con el sagrado Viático, y los caballeros que lloran, y el rey que salta de su lecho, se postra en tierra, coge una soga y se la echa al cuello. Después, la oración inflamada y los besos apasionados a la Santa Cruz, «feriendo en los sus pechos muy grandes feridas, llorando muy fuerte de los ojos et culpándose mucho de los sus pecados»; y las últimas recomendaciones al heredero, y la despedida de los obispos y los compañeros de armas, y las palabras postreras, que revelaban una vez más la grandeza de aquel corazón. «Fijo—decía el moribundo a su hijo Alfonso el Sabio—, rico en fincas de tierra e de muchos buenos vasallos, más que rey alguno de la cristiandad; trabaja por ser bueno y facer el bien, ca bien has con qué.» Y al fin, aquel postrer consejo, en que el amor de la patria se viste de un amable humorismo: «Sennor te dexo de toda la tierra de la mar acá, que los moros ganar ovieron del rey Rodrigo. Si en este estado en que yo te la dexo la sopieres guardar, eres tan buen rey como yo: et si ganares por ti más, eres meior que yo: et si desto menguas, non eres tan bueno como yo.» Pero los últimos latidos debían ser para Dios. El moribundo ya no lloraba. Un resplandor celeste iluminaba su rostro. Sereno y alegre, pidió la candela «que todo cristiano debe tener en mano al su finamiento, y alzando los oíos contra el su Criador dixo: Sennor, dísteme reyno que non avía et onrra et poder más que yo non merescí; dísteme vida, et non durable, cuanto fue tu placer, Sennor, gracias te do, et entrégote el reyno que me diste, con aquel aprovechamiento que yo en él pude facer, et ofréscote la mi alma para que la recibas entre companna de los tus siervos». Después bajó las manos, adoró el cirio como símbolo del Espíritu Santo, y mientras los clérigos cantaban el Te Deum, él «muy simplemiente et muy paso endino los oios et dió el espíritu a Dios».

Así murió el gran rey, «rey mucho mesurado et cumprido en toda cortesía, muy sabidor et de buen entendimiento, muy fuerte et muy leal muy bravo et muy verdadero; et ensalzador del cristianismo y abaxador del paganismo, mucho homildoso contra Dios, mucho obrador de sus obras, muy católico, muy eclesiástico y mucho amador de la Iglesia ca en Dios tuvo su tiempo, sus oios y su corazón». Día de llanto fue aquél para toda España. Los mismos moros lloraban la muerte del más piadoso de los conquistadores, «ca era dellos mucho amado, por la gran lealtad que siempre les guardaba. ¿Qui podrie decir—pregunta el rey Sabio—la maravilla de los grandes llantos que por este santo et noble et bienaventurado rey fueron fechos por todos los reinos de Castilla et de León? ¿Et quién vio tanta duenna de tanta guisa et tanta doncella andar descabennadas et roscadas, rompiendo las faces et tornándolas en sangre et en la carne viva? ¿Quién vio tanto ome andando baladrando, dando voces, mesando sus cabellos et rompiendo las frentes et faciendo en sí fuertes cruezas?» Era el homenaje debido a la grandeza de alma, al brillo de la gloria, a la más alta santidad. Los moros agradecían en él la lealtad caballeresca, la generosidad, el respeto a la fe jurada; la nobleza lloraba al hombre de la más alta cortesanía, del corazón abierto al desinterés, a la gratitud, a la munificencia; el pueblo echaba de menos al héroe que le defendía y le enriquecía, al príncipe que garantizaba su trabajo en la paz y la justicia; los Concejos y las ciudades se entristecían por la desaparición del legislador que había ampliado sus fueros y mantenido las libertades públicas y trabajado infatigablemente por el bienestar general. Todos sabían que un rey como aquél, «rey de todos los fechos granados», sólo alguna que otra vez aparece en la tierra.

martes, 29 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Queridos hermanos:
La salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros.
El Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, les declaraba por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría; ellos indagaron para cuándo y para qué circunstancia lo indicaba el Espíritu.
Se les reveló que aquello de que trataban no era para su tiempo, sino para el vuestro.
Y ahora se os anuncia por medio de predicadores que os han traído el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo.
Son cosas que los ángeles ansían penetrar.
Por eso, estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura:
«Seréis santos, porque yo soy santo.»


En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
-«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo:
-«Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna.
Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»


Palabra del Señor.

San Felix Zaragoza

Todo Aragón, con Zaragoza, está dominado por los sarracenos que hace más de medio siglo llegaron a España. Los discípulos de Jesucristo, tienen que pagar tributos especiales al moro si quieren seguir haciendo las prácticas cristianas. Así, disgustados y humillados como muchos otros, viven los hermanos Voto y Félix que son gente perteneciente a la nobleza, piadosos y buenos con los pobres. Voto es amante de la caza.

Ha herido a un ciervo en el monte, y recorre la maleza para atraparlo. Alertado por los ladridos, ve al animal que va huyendo; espolea su caballo. El ciervo se despeña por un precipicio y, cuando Voto quiere darse cuenta, se ha desbocado el caballo. Se encomienda a san Juan Bautista y el caballo se inmoviliza, en el borde de la sima. (Aún hoy los vecinos muestran la peña y las huellas que dejaron allí los hierros del animal) Inspecciona Voto el lugar, encontrando entre las matas y arbustos una ermita dedicada a san Juan Bautista.

En su interior tiene un hombre muerto y una escritura donde se lee: «Yo, Juan, eremita en este sitio, habiendo despreciado al mundo, fundé como pude esta ermita en honor de san Juan Bautista, y aquí descanso en paz. Amén.» No sabe qué hacer ¡son tantas las cosas sucedidas en tan poco tiempo!... decide dar sepultura al muerto y regresa a su casa con el alma encogida y ansiando poner al corriente de los acontecimientos a su hermano Félix.

Deducen que el muerto bien pudiera ser Juan, el de Atarés, de quien nadie daba razón desde hacía años; si acertaran en su conjetura, todo se explica por el retiro a una vida solitaria y santa. Ahora todo se les junta en la cabeza: la presencia de los moros y las dificultades para ser hombres íntegros de fe.

Deciden repartir sus bienes entre los pobres y se marchan al monte Panno; construyen dos ermitas junto a la que ya había y comienzan un retiro en paz. Allí contemplan con piedad la Pasión de Cristo, meditan las verdades eternas; alimento de raíces, hierbas y frutos que da el campo, en alguna trampa caen animales y, sorbetean algunos huevos de nidadas salvajes.

Descubierta su presencia, van agregándose gentes que construyen otras cabañas donde vivir en la proximidad y abrigo de los eremitas.

Voto muere primero, el día 29 de mayo, algo después Félix. Su fiesta se celebra el mismo día por la unión mantenida en el sitio, tiempo y modo de santidad. Esa ermita primera, fue el origen de San Juan de la Peña, cuna del resurgimiento aragonés, en donde se veneran los restos de los dos santos, con los del eremita Atarés.

lunes, 28 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.
Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.


En aquel tiempo, cuando salta Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
-«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó:
-« ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó:
-«Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
-«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
-«¡ Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! » Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
-«Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por todo el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban:
-«Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
-«Es imposible para los hombres, no para Dios.
Dios lo puede.


Palabra del Señor.

San Germán Borgoña

Germán, obispo († 576) Nació Germán en la Borgoña, en Autun, del matrimonio que formaban Eleuterio y Eusebia en el último tercio del siglo V.

No tuvo buena suerte en los primeros años de su vida carente del cariño de los suyos y hasta estuvo con el peligro de morir primero por el intento de aborto por parte de su madre y luego por las manipulaciones de su tía, la madre del primo Estratidio con quien estudiaba en Avalon, que intentó envenenarle por celos. Con los obispos tuvo suerte. Agripin, el de Autun, lo ordena sacerdote solucionándole las dificultades y venciendo la resistencia de Germán para recibir tan alto ministerio en la Iglesia; luego, Nectario, su sucesor, lo nombra abad del monasterio de san Sinforiano, en los arrabales de la ciudad.

Modelo de abad, con el ejemplo en la vida de oración, la observancia de la disciplina, el espíritu penitente y la caridad. Comienza a manifestarse en Germán el don de milagros, según el relato de Fortunato. Se había propuesto el santo abad que ningún pobre que se acercara al convento a pedir se fuera sin comida; un día reparte el pan reservado para los monjes porque ya no había más; llegan al convento dos cargas de pan y, al día siguiente, dos carros llenos de comida para las necesidades del monasterio.

El obispo, celoso por las cosas buenas que se hablan de Germán, lo manda poner en la cárcel sin motivo; las puertas se le abrieron al estilo de lo que pasó al principio de la cristiandad con el apóstol, Germán no se marchó antes de que el mismo obispo fuera a darle la libertad; con este episodio cambió el obispo celos por admiración.

El rey Childeberto usa su autoridad en el 554 para que sea nombrado obispo de París a la muerte de Eusebio y, además, lo nombra limosnero mayor. También curó al rey cuando estaba enfermo en el castillo de Celles, cerca de Melun, donde se juntan el Yona y el Sena, con la sola imposición de las manos.

El buen obispo parisino murió octogenario, el 28 de mayo del 576. Se enterró en la tumba que se había mandado preparar en san Sinfroniano. El abad Lanfrido traslada más tarde sus restos, estando presentes el rey Pipino y su hijo Carlos, a san Vicente que después de la invasión de los normandos se llamó ya san Germán. Hoy reposan allí mismo -y se veneran- en una urna de plata que mandó hacer a los orfebres el abad Guillermo, en el año 1408.

domingo, 27 de mayo de 2012

Final del tiempo de Pascua 27-05-2012 "PENTECOSTES"

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 27 de mayo 2012, Fin del tiempo de Pascua PENTECOSTES resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy


Lecturas


Al Regar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
- « ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»


Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.


Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.


Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



El aliento que insufla vida y la paz son gestos que aparecen desde los comienzos de la Biblia, en representación de Dios, que busca la plenitud del hombre y su desarrollo en libertad.
Consecuencia del mal uso de esa libertad es el estropicio que los hombres hemos hecho del mundo, fruto del egoísmo y las profundas injusticias.
Jesús ha venido a sacarnos de esa postración, que atenta contra el proyecto inicial de Dios, y se ha ofrecido a sí mismo para salvarnos. Este es el sentido de su misión, que no acaba con su muerte y resurrección, sino que comienza desde sus seguidores, encargados de llevar adelante su obra. La comunidad de creyentes- lo que llamamos Iglesia- se investirá desde el principio con la fuerza del Espíritu que Jesús prometió, que acompañará a los hombres y les guiará en libertad hasta el fin de los tiempos.
Todo está pues por completar.
No podemos quedarnos cruzados de brazos, esperando que el Reino de Dios descienda como algo prefabricado o pagado a plazos.
Los discípulos comprendieron el día de Pentecostés que debían cambiar y construir el mundo, salir de su encierro de miedo e incertidumbre y lanzarse a su conquista, con la más valiosa de todas las “armas”, la fuerza de Jesús.
Desde entonces proclamarán sin descanso la esperanza firme de que Jesús vive y está presente entre los hombres. Y lo celebrarán en los grandes acontecimientos de su vida, que compartirán en el ágape eucarístico.
Ya no habrá obstáculo humano que pueda parar la irrupción evangélica.


Hoy es el día de la Iglesia, la comunidad nacida de la predicación de Jesús, que a lo largo de más de dos milenios de historia ha acompañada a los hombres, envueltos en sus luces y en sus sombras, como testigo directo de la presencia salvadora de Jesús.
Si analizamos la realidad de la Iglesia que vivimos en España, quizás nos tengamos que llevar las manos a la cabeza y asombrarnos de las barbaridades que proferimos con nuestros labios y a través de nuestras actitudes.

La imagen pública de la Iglesia en España que reflejan los medios de comunicación, deja mucho que desear. Todos lo sabemos. Hay silencios sospechosos que distorsionan la verdadera imagen de lo cristiano y la polarizan en lo negativo y en los sesgadamente “oficial”. Existe una religiosidad muy superficial y una ignorancia culpable de lo que ha sido y es la Iglesia en el mundo.

El abismo que se ha abierto entre clérigos y laicos, jerarquía y fieles, es responsable de que los medios hablen de la Iglesia de modo peyorativo.
Y no basta con descargar las responsabilidades en los clérigos, y eximir de las mismas. A las asociaciones religiosas de laicos.
Habrá que preguntarse a qué responde tanto insulto gratuito y tanta desvergüenza en la calumnia sistemática y malintencionada.

Por otra parte sigue pesando el lastre de la dolorosa herencia del “nacional catolicismo” y de los slogan que gratuitamente proferimos por la calle:”con la Iglesia hemos topado”.

Con todo ello ha ido creciendo un ambiente manifiestamente hostil, bajo el pretexto de laicidad, imparcialidad, progresismo... que afecta a la escuela y a la mayor parte de las instituciones, contaminadas por los tópicos al uso, en una sociedad ,mimetista y farisaica, donde se permite sin rubor exhibir “piercing” en la oreja, en el ombligo o en la nariz y se vetan los crucifijos o símbolos religiosos. Libertad y comprensión para unos; dictadura e incomprensión para otros.

No es lo mismo un estado laico, aconfesional, pero respetuoso con la religión y la cultura, que una actitud laicista y hostil, que pretende ignorarla y eliminarla de la vida pública, reduciéndola al ámbito de la privacidad.

Ya va siendo hora que pongamos la realidad en su sitio y, sin protagonismos por parte de nadie o demagogias baratas, reconocer la luz que resplandece sobradamente por encima de las sombras. Quizás hoy más que nunca.

A pesar de orquestadas campañas en su contra, la Iglesia sigue siendo en España el último y el primer reducto al que se acogen los pobres y donde acuden, incluso los denostadores de su imagen. Echemos un vistazo a nuestras parroquias, a los centros de mayores sin recursos, la asistencia a los enfermos, emigrantes, perseguidos...
La Iglesia siempre es la primera en ofrecer ayuda altruista a los necesitados y la última que recibe apoyo, comprensión y subvención con el dinero público. Algo que se facilita con generosidad a instituciones de dudosa moralidad.
Hay injusticias que claman al cielo.


Necesitamos un nuevo Pentecostés que despierte nuestras conciencias y nos abra a la sabiduría, a la bondad, al temor de Dios, al amor...
Debemos estar atentos a los signos de los tiempos y ser dóciles al soplo del Espíritu que sigue presente en su Iglesia. Atisbo cada vez más el papel de los laicos en la misma como poseedores del mismo Espíritu e impulsores de una renovación profunda que empape la sociedad en la que vivimos con un talante de esperanza e inquietud por la transformación de las personas.
De esta manera, cuando el verdadero protagonista de la Iglesia sea el pueblo de Dios, su imagen será más auténtica y visible.


Confiemos en el Espíritu, capaz de sembrar en la esterilidad y resucitar lo que está muerto, como rezamos en la bellísima secuencia de la Eucaristía.
Juan XXIII calificó el Concilio Vaticano II por él convocado como “nueva primavera de la Iglesia”.
Pronzato dice que el “día de Pentecostés nació, no la Iglesias de las respuestas, sino la Iglesia que suscita preguntas”.
Hay una Iglesia , como estructura y organización, y la Iglesia formada por personas con distintos dones, servicios y carismas, llena de vitalidad y abierta a nuevos caminos.
En este último ámbito, yo, cristiano practicante, he de plantearme cuál es mi papel creyente, el don que poseo y mi misión en la vida.
Porque son estas cualidades, personales y únicas, las que deben estar en el centro de mi misión en la vida.
Hemos nacido, por singular gracia de Dios, “como criaturas originales, no copias”, (en palabras de Javier Gafo), para contribuir con nuestro esfuerzo a impulsar una nueva humanidad.

Nos aguardan tiempos difíciles por causa de la recesión económica mundial y de la mala gestión de nuestros gobernantes.
La subida de impuestos, la rebaja de salarios a los funcionarios y pensionistas y la destrucción continúa de empleo, nos obligará a apretarnos el cinturón y demostrar hasta dónde llega nuestra solidaridad y nuestras auténticas convicciones cristianas.

Pidamos al Espíritu que “no deje de realizar hoy en el corazón de los fieles aquellas mismas maravillas que obró en los comienzos de la predicación apostólica,... para que nos lleve al conocimiento pleno de la verdad revelada” (liturgia del día).

SAN AGUSTÍN DE CANTORBERY, Obispo

En el foro de Roma hormigueaba una muchedumbre de esclavos de todos los países: sirios de largo manto, negros de la Nubia, africanos de espaldas desnudas, griegos de hermoso perfil y hombres del Norte cubiertos de pieles. Por el mercado discurrían sacerdotes y monjes mezclados a la turba de compradores y vendedores. Entre ellos estaba Gregorio, el dulce abad de Monte Celio. Su alma piadosa le detuvo ante un grupo de jóvenes. Habíale sorprendido vivamente la belleza de aquellos mancebos, la blancura de su tez y la largura de sus cabellos rubios.

— ¿De dónde son estos esclavos?—preguntó el mercader.
—De la isla de Bretaña—dijo éste—, donde aún no se conoce a Cristo.
—¡Qué lástima—exclamó Gregorio—que la gracia de sus frentes coincida con un alma vacía de la gracia interior! Pero, ¿cuál es su nación?
—Son anglos.
—Sí, figura de ángeles tienen, y es preciso que lleguen a ser hermanos de los ángeles del Cielo. ¿Y su provincia?
—Su provincia es Deïra, uno de los reinos de Nortumbría.
— ¡Nombre simbólico también! De ira eruti, porque serán sacados de la ira de Dios para ir a la misericordia de Cristo. Y el rey de este país, ¿cómo se llama?
—Alle.
—Otro nombre de buen augurio; pronto se cantará el Alleluia en su reino.

Así cuenta el Venerable Beda el incidente que dio origen a la evangelización de Inglaterra. El buen abad compró los bellos esclavos y se los llevó á su monasterio de San Andrés, y en su cabeza brotó la idea de ir a la tierra de los anglos. Pero el pueblo romano no lo dejó, y poco después fue aclamado Papa y se llamó Gregorio Magno.

Había en su monasterio un prior muy santo y muy noble que se llamaba Agustín; y a él encomendó el gran Pontífice la misión que personalmente no había podido realizar. Aquel monasterio, hoy iglesia de San Gregorio, que se levantaba en la parte occidental del Monte Celio, entre el gran Circo, las termas de Caracalla y el Coliseo, había de ser la cuna de la civilización inglesa.

De allí salió Agustín con otros cuarenta compañeros en el año de gracia de 596. A pie y descalzos, llegaron a la famosa abadía de Leríns, donde les contaron terribles relatos acerca del pueblo que iban a convertir. Dijéronles, en resumen, que en aquel pueblo de bestias salvajes les aguardaba una muerte segura. Agustín volvió a Roma para representar a Gregorio tales peligros; pero recibió la orden de seguir adelante.

A pesar de las cartas pontificias, nuestros misioneros tuvieron que sufrir en muchas partes las burlas y aullidos de niños y mujeres, que se extrañaban de ver aquel pelotón de hombres mal trajeados y cubiertos del polvo del camino. A principios del año 597 desembarcaron en la región del Thanet, cerca del puerto romano de Richborugh, entre Sandwich y Ramsgate, en el mismo lugar donde había desembarcado Julio César y Hengist, el conquistador anglosajón.

Estaban en la tierra del reino de Kent, que obedecía entonces a Etelberto. Era éste generoso y liberal, aunque pagano. Al principio no permitió a los monjes romanos pasar adelante. Poco después, él mismo salió a su encuentro, pero los recibió debajo de una encina, temiendo que sería víctima de algún maleficio si se hallaba bajo un mismo techo con aquellos extranjeros. Sentáronse los cuarenta monjes delante de él, y Agustín expuso el objeto de su venida. La respuesta del rey fue sincera y leal: «Bellas son las palabras y promesas que nos traéis; pero, como podéis comprender, todo esto es nuevo e incierto para mí. No puedo dar fe a ello inmediatamente, abandonando todo lo que mi nación viene observando hace tanto tiempo. Mas, puesto que habéis venido para comunicarnos lo que, a vuestro juicio, es la verdad y el bien supremo, no os haremos ningún mal; al contrario, os daremos hospitalidad y medios de vivir; os dejaremos libertad para predicar vuestra religión y convertiréis a los que podáis.»

El carácter inglés tiene fama de amplio y liberal, y aunque no siempre ha sido consecuente consigo mismo, estas primeras relaciones de unos reyes con la Iglesia están de acuerdo con el artículo fundamental de sus cartas y libertades.

Los cuarenta misioneros hicieron luego su entrada triunfal en la capital de Kent, Cantorbery. Iban procesionalmente. San Agustín les precedía; su alta estatura y su prestancia patria atraían las miradas, pues su cabeza y sus hombros se alzaban por encima de la cabeza de los demás. Junto a él, un monje llevaba la cruz de plata y otro un estandarte de madera en que se veía dibujada la imagen de Cristo. Cuarenta voces cantaban en el ritmo gregoriano: «Conjurámoste, Señor, por tu misericordia, que apartes tu ira de esta ciudad y de tu santa casa, porque hemos pecado. Alleluia.» «La historia de la Iglesia—dice Bossuet—no tiene nada más bello que la entrada de este santo monje Agustín en el reino de Kent con cuarenta de sus compañeros, que precedidos de la cruz y de la imagen del gran Rey, Cristo, hacían votos solemnes por la conversión de Inglaterra.»

Agustín empezó la conquista espiritual derramando a sus monjes por el reino. Mucho le ayudó la reina Berta, que era católica y descendiente de Clodoveo. Dios quiso bendecir con grandes prodigios estos primeros trabajos, y grandes muchedumbres iban a pedir el bautismo; el mismo rey, el bueno y generoso Etelberto, renunció a la religión de Odín el día de Pentecostés del año 597. Como prueba de la sinceridad de su conversión, cedió a Cristo su palacio, que desde entonces fue la iglesia catedral de Cantorbery y primada de Inglaterra.

San Gregorio no pudo contener el arrebato de su alegría cuando supo tales sucesos. Esa alegría se desborda en las cartas que escribió por esta época: «Gloria a Dios—escribía a su amigo Agustín—; gloria a Dios en lo más alto de los Cielos; gloria a Dios, que no ha querido reinar solamente en los Cielos; cuya muerte es nuestra vida; cuya debilidad es nuestra fuerza; cuyo amor nos envía a buscar hasta la isla de Bretaña hermanos desconocidos; cuya bondad nos hace encontrar lo que buscábamos sin conocerlo. ¿Quién podrá contar la exaltación de todos los corazones fieles desde que la nación inglesa, por la gracia de Dios y su trabajo fraternal, está inundada de la santa luz y se prosterna ante el Dios Todopoderoso?»

«Ved esa Bretaña—decía predicando—, cuya lengua no sabía más que lanzar bárbaros sonidos; ved cómo hace resonar el Alleluia de los hebreos. Ved esos mares furiosos que se humillan dócilmente a los pies de los santos, y esas razas salvajes que los principes de la tierra no podían doblar por el hierro, encadenadas por las palabras de los sacerdotes. Ese pueblo fiero se turba ante la lengua de los humildes; tiene miedo, pero del pecado, y sus concupiscencias han sido encaminadas hacia la gloria eterna.»

Al mismo tiempo escribía al jefe de los misioneros, exhortándole a la humildad, a pesar de los milagros que Dios hacía por su mano, y dándole tan sabios consejos sobre la organización de la misión, que alguien ha llamado a esa epístola el «código de las misiones». En el año 601 le enviaba el palio arzobispal, con el poder de erigir cuantos obispados creyese convenientes. A la vez llegaba a Inglaterra una nueva colonia de monjes romanos. Agustín envió algunos de ellos al reino del Sur, Essex, donde también se abría camino la luz del Evangelio.

La mies era mucha, los operarios pocos. El arzobispo quiso aprovechar la ayuda de los sacerdotes y monjes bretones del País de Gales; pero éstos odiaban a los anglosajones, que les habían arrojado de su tierra. La mayor parte de estos monjes pertenecían al monasterio de Bangor, donde vivían entonces 3.000 religiosos. En la primera conferencia que San Agustín tuvo con ellos, no pudo conseguir nada, a pesar de que Dios había confirmado su misión con un milagro. Reunióse otra conferencia, a la que asistieron los más sabios doctores de Bangor. Estos habían consultado a un santo monje, preguntándole si debían escuchar a Agustín y abandonar sus tradiciones sobre la Pascua, sobre la tonsura y sobre la administración del bautismo.

—Sí—les había dicho el anacoreta—, con tal de que sea un hombre de Dios.
—Y ¿cómo sabremos esto?
—Si es dulce y humilde de corazón, es prueba de que lleva el yugo de Cristo; si es duro y orgulloso, no debéis escucharlo. Para conocerlo, dejadlo llegar el primero al lugar del Concilio; si se levanta al veros, es un siervo de Jesucristo; si no se levanta, devolved desprecio con desprecio.

Desgraciadamente, cuando llegaron los bretones, Agustín estaba ya sentado more romano, y no se levantó para recibirlos; lo cual hizo fracasar todas las negociaciones. Esta vez San Agustín se despidió diciendo a los monjes de Bangor: «Puesto que no queréis enseñar a los ingleses el camino de la vida, recibiréis de ellos el castigo de la muerte.»

Algunos años más tarde, Etelfrido, rey de los anglos del Norte, todavía paganos, invadió la región de Cambria. Al empezar el combate vio una columna de hombres sin armas, postrados en tierra; preguntó quiénes eran, y le dijeron que los monjes de Bangor, venidos para rezar por sus hermanos durante la lucha. «Si rezan por mis enemigos, combaten contra mí», dijo el rey, y mandó dirigir contra ellos el primer ataque. Mil doscientos monjes murieron allí, mártires de la fe y de su patria.

San Agustín continuó la evangelización, prescindiendo del clero indígena; en muchas partes, los neófitos subían por millares de las aguas heladas del Támesis, de suerte que se vio obligado a crear los obispados de Londres y Rochester.

No faltaban, sin embargo, los trabajos. Muchas veces los paganos los recibían con burlas y desprecios, y en cierta ocasión un pueblo marítimo salió contra los misioneros, arrojándoles las colas y desperdicios de los peces, que se pegaron a los hábitos de los siervos de Dios.

La vida de este gran apóstol fue muy corta; pero al morir dejaba organizada la magna empresa de la evangelización de los anglosajones. Su muerte acaeció en 605, dos meses después de la de San Gregorio, y su apostolado sólo había durado siete años, espacio muy breve para la obra que realizó.

sábado, 26 de mayo de 2012

Lecturas


Al emigrar (el hombre) de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí.
Y se dijeron unos a otros:
- «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos.»
Emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de cemento.
Y dijeron:
- «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos, y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.»
El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo:
- «Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.»
El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad.
Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.


Hermanos:
Sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.
Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.
Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve?
Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.
Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.


El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba:
- «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba.
- Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.»
Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él.
Todavía no se habla dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.


Palabra del Señor.

Reflexión de hoy


Lecturas


Cuando llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con un soldado que lo vigilase.
Tres días después, convocó a los judíos principales; cuando se reunieron, les dijo:
- «Hermanos, estoy aquí preso sin haber hecho nada contra el pueblo ni las tradiciones de nuestros padres; en Jerusalén me entregaron a los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, tuve que apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo he querido veros y hablar con vosotros; pues por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas.»
Vivió allí dos años enteros a su propia costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.


En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Al verlo, Pedro dice a Jesús:
- «Señor, y éste ¿qué?»
Jesús le contesta:
- «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.»
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?»
Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo.


Palabra del Señor.

San Felipe Neri

De niño corría por las calles de Florencia, crecía en un hogar piadoso y bien acomodado, y, aunque no era travieso, y ya entonces le solían llamar Felipe el Bueno, hacía también alguna trastada, como subirse a un asno que por casualidad habían dejado a la puerta de su casa y galopar sobre él hasta que el animal lanzaba dos corcovos, bajaba el cuello, meneaba las orejas y tiraba al suelo su pequeña carga. Entonces Felipe, como todos los niños, lloraba. Ya adolescente, pasa a San Germano, al pie de Montecasino, como ayudante de comercio, al lado de un tío suyo. Los escudos brillan en sus manos, pero el joven los desprecia. «Felipe no será nunca un buen comerciante—dice su tío con pena—; yo se lo dejaría todo en herencia si no fuese por esa manía de rezar.» Efectivamente, más que entre las mercancías, el joven vivía en las iglesias; y cuando algún muchacho se presentaba en la tienda, en vez de regatear con el fin de hacer un buen negocio, como acostumbra todo buen comerciante, Felipe se entretenía preguntando a sus clientes si sabían el Padrenuestro, si había uno o tres Dioses, si habían comulgado por Pascua florida y otras cosas semejantes. él mismo comprendió que no estaba hecho para aquello, y un buen día, sin despedirse de nadie, desapareció de casa y tomó el camino de Roma. Tenía entonces veinte años.

En Roma estudia elocuencia, filosofía y teología, y vive dando lecciones. Por lo demás, sus gastos no eran muchos; como alimento cotidiano, le basta un pan y un vaso de agua. Busca el desprecio con el mismo arte que otros ponen en conquistar la admiración, y escribe poemas para su propio deleite y entretenimiento; como todos los florentinos, hace versos italianos y compone también elegías en latín como pocos sabían hacerlo. Son versos de amor, pero de amor a lo divino, llenos de aquella unción ardorosa que ya entonces inspiraba su vida. «Yo amo—exclamaba en un soneto—; y no puedo dejar de amar. Quiero que mi amor se haga vuestro y el vuestro mío; quiero que, por un trueque admirable, seas Tú yo, y yo Tú. ¡Ah! Venga pronto el momento feliz en que yo salga de mi horrible prisión, de y el poeta termina su apasionada efusión con este bello pensamiento: « !Oh dulce sonrisa de la tierra! ¡Oh canto de la brisa que pasa entre el follaje! ¡Cielo claro y aguas tranquilas! Nunca el sol me pareció tan brillante. Los pájaros dicen: ¿Quién es el que no se alegra y no ama? Yo solamente; no puede alegrarse el alma con las alas rotas.» Algo más tarde todo había cambiado: el alma de Felipe era un ascua encendida en la llama divina. En el exceso de sus arrebatos amorosos, veíase obligado a exclamar: «Basta, Señor, basta, que no lo puedo sufrir.» Y su cuerpo temblaba agitado por la vehemencia del amor divino. Desde entonces su corazón empezó a palpitar de una manera tan violenta, que levantaba su túnica y hacía oscilar los objetos que se hallaban junto a él.

A los treinta años el estudiante abandonó los libros y se entregó por completo a las obras de caridad. Las noticias que llegan a Roma de las proezas apostólicas de San Francisco Javier le deciden a marchar a las Indias para predicar el Evangelio; pero cuando se dispone a poner en práctica su proyecto, oye una voz que le dice: «Felipe: la voluntad de Dios es que vivas en esta ciudad como si estuvieras en un desierto.» Desde entonces se le ve buscando a los pobres y a los peregrinos, para darles comida y alojamiento, para instruirles y guiarles a través de las basílicas de Roma. Camina de basílica en basílica, visitando los altares, buscando a los hombres piadosos y entreteniéndose con los mendigos que piden limosna a la puerta. él mismo duerme en los pórticos y en las sacristías. Le gusta, sobre todo, andar con los niños y los jóvenes. Les recoge, les procura piadosas diversiones, conciertos y alegres paseos, que él sabe transformar en peregrinaciones. él mismo juega con la tropa infantil, la adiestra en la carrera, en la música y en la declamación. Aún se visita el pequeño oratorio, donde pasaba largos ratos con San Carlos Borromeo, San Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola y San Félix de Cantalicio. Allí, bajo una eminencia del Janículo, que domina toda Roma; y que fue transformada por él en anfiteatro, a la sombra de los árboles, hacía representar a los muchachos pequeñas comedias, propias para inspirar la piedad y la virtud. Era una manera de santificar y ennoblecer el arte. Solía decir:

«La experiencia enseña que, alternando los ejercicios serios con los espectáculos agradables, se atrae lo mismo a los pequeños que a los grandes. ¿Acaso nuestro Señor no se servía de estas redes para cazar las almas?» Era un verdadero sembrador de alegría. «Jugad—decía a su tropa—, gritad, divertíos; lo único que os pido es que no cometáis un solo pecado mortal.» Y cuando le preguntaban cómo podía resistir la algazara infernal de los chiquillos, contestaba:

«Con tal de que no ofendan a Dios, pueden cortar leña sobre mi espalda, si les place.»

A los cuarenta años, el catequista, ordenado de sacerdote, se hace director de almas. Jamás se vio un confesor más paciente, más amable, más sugestivo; jamás se vio tan formidable cazador de almas. Su gran preocupación era que nadie se despidiese triste, que nadie se desalentase, que ningún pecador desconfiase de convertirse. Y con la dulzura, solía decir, se consigue más que con la aspereza. A una dama que le preguntaba si podía llevar zapatos con altos tacones para parecer más alta, dióle esta respuesta: «Llévelos, hija mía, llévelos, pero cuide de no caerse.» Muchos de sus penitentes, llevados del deseo de recoser su doctrina, iban diariamente después de comer al hospital donde el santo tenía su residencia. Felipe los recibía en una habitación, se sentaba en el borde de su cama y se entretenía con ellos hablando dé cosas espirituales. Poco a poco los discípulos en una iglesia, y al fin la concurrencia creció tanto, que se hizo necesario distribuirla en grupos, al frente de los cuales puso el maestro a uno de sus discípulos más aprovechados. Así nació el instituto del Oratorio, sin más reglas que los cánones, sin más votos que los compromisos del bautismo y de la ordenación, sin más vínculos que los de la caridad. Las reuniones empezaban siempre con una lectura; a continuación venía el comentario del que presidía; después empezaba una enseñanza dialogada, y, finalmente, uno de los ayudantes del santo, al principio César Baronio, recordaba algún punto de Historia eclesiástica y sacaba de él la enseñanza teológica o moral. La Congregación del Oratorio quedó establecida definitivamente en 1575.

Esta actividad crecía al mismo tiempo que el fuego que inflamaba aquella vida. Era tal, que tenía que hacer continuos esfuerzos para no levantarse en el aire. Cuando ofrecía el Sacrificio, su alma quedaba enajenada; sus ojos, inmóviles, y sus brazos, levantados. Tenía que hacer un gran esfuerzo para bajarlos otra vez y volver a la tierra. Al pronunciar el Agnus Dei, su ayudante solía dejarle solo durante dos horas, y cuando volvía le encontraba con frecuencia en éxtasis. La ley de la gravitación física no parecía hecha para él. Veíasele rodeado de luz. A veces, San Ignacio y él se encontraban en la calle o a la entrada de una iglesia, y entonces los dos fundadores se miraban silenciosamente durante largo rato, y se despedían sin pronunciar palabra. Lo mismo que Ignacio, Felipe andaba muy demacrado; comía poco y dormía menos, y cuando le aconsejaban que tomase algún alimento sustancioso, respondía graciosamente:

«Tengo miedo a engordar.» Tuvo el don de milagros y el de lágrimas. Sus ojos parecían hechos para llorar. Lloró tanto, que todos se extrañaban de que conservase la vista.

Cuanto más subía a los ojos de los hombres, más bajaba a sus propios ojos. «Señor—decía—, guardaos de mí; si no me sujetáis bien con vuestra gracia, os haré traición hoy mismo, y cometeré yo solo los pecados del mundo entero.» Espíritu lleno de suavidad, Dios le dio la gracia de una muerte dulce y tranquila. «Hay que morir», repetía en sus últimos días. El 25 de mayo de 1595 dijo la misa como de ordinario; confesó, rezó y comió como de costumbre. Después abrazó a sus discípulos y se retiró a acostar. Aquella noche preguntó « ¿Qué hora es» «Las tres», le respondieron. «Tres y dos, cinco—murmuró él—; tres y tres seis; después, la partida.» A las cinco se levantó y empezó a pasear por la habitación; y algo después volvía a echarse en el lecho para no levantarse más. Eran las seis de la madrugada.

SANTA MARIANA DE JESÚS

La Azucena de Quito nace el año siguiente de la muerte de Santa Rosa de Lima. Mariana es una santa criolla, es decir, hispanoamericana. Su padre fue el capitán toledano Jerónimo de Paredes; su madre se llama doña Mariana Gra-nobles Jaramillo, y descendía de los Jaramillo de Alcalá de Henares, pero nació en Quito. Rosa y Mariana se parecen de tal manera, que es como si el espíritu de la una hubiera pasado a la otra: las dos tocan la guitarra, las dos viven en sus respectivas casas entregadas a las más terribles penitencias; las dos buscan la misma clase de suplicios para atormentar su cuerpo, y si la una reza a coro con los mosquitos, la otra invita a los pájaros para que acudan a acompañarla en su oración.

La vida de Mariana es un prodigio constante desde la más tierna edad. Al año ya sabe cuándo llega el viernes para abstenerse del pecho materno; a los tres años juega ya a dormir en el suelo; a los cuatro se cae al agua en su hacienda de Granobles, pero flota milagrosamente sobre la corriente del río; a los seis la encuentran en el bosque de Sagüanches, azotándose despiadadamente con un manojo de ortigas; a los siete, cual otra Teresa de Avila, sale de casa para ir a misiones con otros niños, viéndose obligada a volver ante la presencia de un toro, que le cierra el paso en el camino de la Virgen de Pichincha, y ya por esta fecha nos hablan sus biógrafos de procesiones con la cruz a cuestas, de disciplinas, de cilicios de zarzas, de garbanzos en los chapines, de lechos de cantos y de abrojos, del renunciamiento definitivo a las sedas y a las joyas. Y, no obstante, será una santa en el mundo, aunque se llame, no Mariana de Paredes, sino Mariana de Jesús. Todo estaba preparado para su ingreso en el convento de Santa Catalina, pero Dios la detiene por medio de sus directores; vivirá en la casa de sus hermanos, en el rincón más escondido, para no salir más que a la iglesia o a sus ejercicios de caridad; y su aposento se convierte, según la expresión de su biógrafo, en una espantosa armería. Su panoplia la forman manojos de varas de membrillo y de ortigas, cadenas de hierro, látigos de pita anudados, unos con una trenza, otros con estrellas de acero como agujas, cilicios de alambre, de cerdas, de cardas de hierro; cruces diversas, de pesos imponentes, sin que falte, como lecho, el potro o escalera de dar tormento, ni el ataúd con un leño vestido de sayal franciscano, al que la virgen llama su efigie, y rocía de agua bendita al salir y al entrar en la habitación, diciendo muy seriamente: «¡Dios te perdone, Mariana! »

Ningún anacoreta del yermo hizo penitencias tan escalofriantes. En una esquela escrita a los doce años expone la niña a su director el régimen de vida que, movida por Dios, se propone llevar: «A las cuatro me levantaré, haré disciplina, pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la Pasión de Cristo; de cinco y media a seis, meditación y repaso de la Pasión; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete me confesaré. De siete a ocho, el tiempo de una misa, prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Esposo. Después que le haya recibido, el tiempo de una misa, daré gracias a mi Padre Eterno por haberme dado su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa, le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve sacaré ánimas del purgatorio y ganaré indulgencias por ellas. De nueve a diez rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. De diez, el tiempo de una misa, me encomendaré a los santos de mi devoción, y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré, si tuviere necesidad. A las dos rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco, ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de amor; de cinco a seis, lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve, oración mental, y tendré mucho cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez saldré de mi aposento por un jarro de agua, y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce, oración mental. De doce a una, lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro dormiré: los viernes, en mi cruz; las demás noches, en la escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes de los advientos y cuaresmas, la oración, desde las diez hasta las doce, la tendré en cruz; los viernes, garbanzos en los pies; y me pondré una corona de cardas; ayunaré sin comer toda la semana. Los domingos comeré una onza de pan, y todos los días comenzaré con la gracia de Dios.»

Mariana murió joven, a los veintiséis años. Naturalmente, dirá acaso un lector poco experto en las cosas de Dios; y es que, miradas esas penitencias con los ojos de la carne, nadie podrá librarse de considerarlas como una carnicería y casi como un suicidio. Pero hay normas que están por encima de la dirección común, que apuntan a la santidad heroica, por la cual hay que dar, si Dios lo manda, la salud y la vida misma. Nada importan cien años robustos, pero flojos en la virtud, al lado de veinte años elevados a las cimas de la perfección, y para la gloria de Dios y provecho del prójimo más vale un ejemplo alto y señero que muchas obras buenas esparcidas a lo largo de la vida, o muchos sermones y muchos libros llenos de sabiduría. Esto es lo que debió pensar el director de la santa quiteña, Padre Camacho, del cual son estas palabras: «Sus penitencias fueron raras y mayores que las que naturalmente parece pudiera tolerar un cuerpo débil; si bien por estar persuadido, después de mucha atención y examen, de que eran inspiradas de Dios, se las permití.» Y aun le permitió aumentarlas: la onza de pan, de diaria, pasó a alterna; después se redujo a un cuarto de onza cada quince días, y al final, durante siete años, se suprimió totalmente, siendo el único alimento de la santa la Sagrada Comunión; las cuatro horas de sueño se acortaron a tres, a dos, a una; los cilicios y las disciplinas, en cambio, aumentaban sin cesar.

Y, sin embargo, ninguna de estas austeridades podía desfigurar la gracia y frescura de aquel rostro juvenil. Dios la había concedido este privilegio excepcional, para que nadie pudiese criticar aquella entrega voluntaria a los tormentos, y aun para ocultarla, aunque, a la larga, todo ocultamiento fue imposible. A través de la ciudad de Quito y de todo el virreinato se hablaba de las penitencias de la hija del capitán toledano, de las obras prodigiosas que Dios hacía por ella, de cómo recibía en sus manos el Cuerpo vivo del Niño Jesús, y jugueteaba con él, y caminaba por la calle sin mojarse; y reunía en torno suyo a las golondrinas de los alrededores, y resucitaba a una india apuñalada por su marido, y multiplicaba diariamente el pan que daba a los pobres. «Su corazón—se decía—es un ascua de amor para todos los necesitados; sus manos estaban como cuajadas de perlas». Si la penitencia las ajaba, la caridad se encargaba de convertirlas en las más hermosas manos que se vieron en el mundo. Diariamente amasaba dos onzas de pan, y con ellas tenía para alimentar a tantos pobres, que a las puertas de su casa se veían verdaderas procesiones. Nunca se supo el origen de aquel pan, y por eso se le llamaba pan de los ángeles.

Víctima propiciatoria de su siglo, sabía, no obstante, Mariana de Paredes conjugar maravillosamente sus maceraciones con una alegría nunca turbada y derrochar su afecto con los desconocidos, y más todavía en el círculo de sus selectas amistades, y recrearse con ellos tocando el clave y la vihuela; y levantarlos por encima de las cosas de la tierra con la lectura de los escritos de Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Sena; y enfervorizarlos comunicándoles los episodios inefables de sus místicos arrebatos.

—Hermana Petrona, ¡qué de cosas hay en el Cielo!—exclamaba un día al volver de uno de aquellos éxtasis, dirigiéndose a su amiga Petronila de San Bruno, que había ido a visitarla y le había rogado que tocara la guitarra, el instrumento con que de ordinario glosaba sus cantos religiosos.

No obstante, de su vida interior sabemos muy poco, pues le repugnaba escribir lo que sentía, en la convicción de que toda palabra es pobre ante la grandeza y la riqueza de las experiencias sublimes del amor divino. En cierta ocasión, obligada por su director, escribió unas páginas acerca de las ascensiones de la oración; pero al día siguiente encontraron el papel enteramente limpio. Sabemos, sólo por confesión del Padre Camacho, «que nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discursos, y en amarle sin interrupción».

«Largos años de santidad en cortos años de vida», pudo decir un predicador al pronunciar su oración fúnebre; vida cortada, al fin, por una entrega definitiva en un acto heroico de caridad. Fue el 26 de marzo de 1645. Tronaba aquel día su confesor contra los vicios en un sermón apasionado, que terminó ofreciéndose como víctima por los pecados de la ciudad. Mariana, que le oía, considerando que su vida era menos útil para la gloria de Dios, rogó a nuestro Señor que cambiase la oferta, pero que retirase la peste que afligía a sus conciudadanos. La peste cesó, efectivamente, pero ella, al volver a su casa, empezó a sentir una fiebre que en dos meses acabó con su vida. Una sed furiosa la consumía; un dolor terrible la atenazaba la cabeza, los costados, los huesos todos; pero ni aun entonces se quitó los cilicios, ni dejó la corona de espinas, ni cambió su régimen diario. Cuatro días antes de morir, recibió el viático, y a las pocas horas perdió el habla, como lo había pedido al Señor, «porque ese tiempo no era para hablar con los hombres, sino para estarse con Dios». Poco después recibió la visita de Cristo y de su Madre, que venían acompañados de Santa Teresa y Santa Catalina, y el 26 de mayo se durmió en el Señor. Sus funerales fueron un triunfo. La ciudad entera pasó a venerar su cuerpo; tres hábitos fueron destrozados por el fervor de la multitud, ávida de reliquias, y gracias a una guardia de soldados, no se llevaron los virginales despojos. La ciudad de Quito no se olvidó nunca de ella; los poetas la cantaron; los predicadores hicieron su panegírico, y bien pronto corrieron varios libros contando sus virtudes y sus prodigios.