viernes, 26 de mayo de 2017

Ofrenda diaria a MARÍA día 26 de Mayo

26 de MAYO - MES de MARÍA

Reflexión de hoy

Lecturas



Cuando estaba Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión:
- «No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».
Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Pero, siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo:
- «Éste induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la Ley».
Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Galión dijo a los judíos:
- «Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharos con paciencia; pero, si discutís de palabras, de nombres y de vuestra ley, vedlo vosotros. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».
Y les ordenó despejar el tribunal.
Entonces agarraron a Sostenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.
Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria con Priscila y Áquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «En verdad, en verdad os digo, vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.
La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.
También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Palabra del Señor.

Santa Mariana de Jesús Azucena de Quito


Santa Mariana: No dejes nunca de orar por América

Su nombre completo era Mariana de Jesús Paredes Flórez. Nació en Quito (Ecuador) en 1618. Desde los cuatro años quedó huérfana de padre y madre y al cuidado de su hermana mayor y de su cuñado, quienes la quisieron como a una hija. 

Desde muy pequeñita demostró una gran inclinación hacia la piedad y un enorme aprecio por la pureza y por la caridad hacia los pobres. Ya a los siete años invitaba a sus sobrinas, que eran casi de su misma edad, a rezar el rosario y a hacer el viacrucis.

Se aprendió el catecismo de tal manera bien que a los ocho años fue admitida a hacer la Primera Comunión (lo cual era una excepción en aquella época). El sacerdote que le hizo el examen de religión se quedó admirado de lo bien que esta niña comprendía las verdades del catecismo. Al escuchar un sermón acerca de la cantidad tan grande de gente que todavía no logró recibir el mensaje de la religión de Cristo, dispuso irse con un grupo de compañeritas a evangelizar paganos. Por el camino las devolvieron a sus casas porque no se daban cuenta de lo grave que era la determinación que habían tomado. Otro día se propuso irse con otras niñas a una montaña a vivir como anacoretas dedicadas al ayuno y a la oración. Afortunadamente un toro muy bravo las devolvió corriendo a la ciudad. Entonces su cuñado al darse cuenta de los grandes deseos de santidad y oración que esta niña tenía trató de obtener que la recibieran en una comunidad de religiosas. Pero las dos veces que trató de entrar de religiosa, se presentaron contrariedades imprevistas que no le permitieron estar en el convento. Entonces ella se dio cuenta de que Dios la quería santificar quedándose en el mundo.

Se construyó en el solar de la casa de su hermana una habitación separada, y allí se dedicó a rezar, a meditar, y a hacer penitencia.

Había aprendido muy bien la música y tocaba hermosamente la guitarra y el piano. Había aprendido a coser, tejer y bordar, y todo esto le servía para no perder tiempo en la ociosidad. Tenía una armoniosa voz y sentía una gran afición por el canto, y cada día se ejercitaba un poco en este arte. Le agradaba mucho entonar cantos religiosos, que le ayudaban a meditar y a levantar su corazón a Dios. Su día lo repartía entre la oración, la meditación, la lectura de libros religiosos, la música, el canto y los trabajos manuales. Su meditación preferida era pensar en la Pasión y Muerte de Jesús.

En el templo de los Padres Jesuitas encontró un santo sacerdote que hizo de director espiritual y le enseñó el método de San Ignacio de Loyola, que consiste en examinarse tres veces por día la conciencia: por la mañana para ver qué peligros habrá en el día y evitarlos y qué buenas obras tendremos que hacer. El segundo examen: al mediodía, acerca del defecto dominante, aquella falta que más cometemos, para planear como no dejarse vencer por esa debilidad. Y el tercer examen por la noche, acerca de todo el día, analizando las palabras, los pensamientos, las obras y las omisiones de esas 12 horas. Esos tres exámenes le fueron llevando a una gran exactitud en el cumplimiento de sus deberes de cada día.

Para recordar frecuentemente que iba a morir y que tendría que rendir cuentas a Dios, se consiguió un ataúd y en el dormía varias noches cada semana. Y el tiempo restante lo tenía lleno de almohadas que semejaban un cadáver para recordar lo que le esperaba al final de la vida.

Se propuso cumplir aquel mandato de Jesús: "Quien desea seguirme que se niegue a sí mismo". Y desde muy niña empezó a mortificarse en la comida, en el beber y dormir. En el comedor colocaba una canastita debajo de la mesa y se servía en cantidades iguales a todos los demás pero, sin que se dieran cuenta, echaba buena parte de esos alimentos en el canasto, y los regalaba después a los pobres. Uno de los sacrificios que más la hacían sufrir era no tomar ninguna bebida en los días de mucho calor. Pero la animaba a esta mortificación el pensar en la sed que Jesús tuvo que sufrir en la cruz. Se colocaba en la cabeza una corona de espinas mientras rezaba el rosario. Muchísimos rosarios los rezó con los brazos en cruz.

Como sacrificio se propuso no salir de su casa sino al templo y cuando alguna persona tuviera alguna urgente necesidad de su ayuda. Así que el resto de su vida estuvo recluida en su casa. Solamente la veían salir cada mañana a la Santa Misa, y volver luego a vivir encerrada dedicada a las lecturas espirituales, a la meditación, a la oración, al trabajo y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores. Se propuso llenar todos sus días de frecuentes actos de amor a Dios. Cada día rezaba 12 Salmos de la S. Biblia. Ayunaba frecuentemente.

María recibió de Dios el don de consejo y así sucedía que los consejos que ella daba a las personas les hacían inmenso bien. También le dio a conocer Nuestro Señor varios hechos que iban a suceder en lo futuro, y así como ella los anunció, así sucedieron (incluyendo la fecha de su muerte, que según anunció sería un viernes 26). Tenía un don especial para poner paz entre los que se peleaban y para lograr que ciertos pecadores dejaran su vida de pecado. A un sacerdote muy sabio pero muy vanidoso le dijo después de un brillantísimo sermón: "Mire Padre, que Dios lo envió a recoger almas para el cielo, y no a recoger aplausos de este suelo". Y el padrecito dejó de buscar la estimación al predicar.

En una enfermedad le sacaron sangre y la muchacha de servicio echó en una matera la sangre que le habían sacado a Mariana, y en esa matera nació una bellísima azucena. Con esa flor la pintan a ella en sus cuadros. Y azucena de pureza fue esta santa durante toda su vida.

Sucedieron en Quito unos terribles terremotos que destruían casas y ocasionaban muchas muertes. Un padre jesuita dijo en un sermón: - "Dios mío: yo te ofrezco mi vida para que se acaben los terremotos". Pero Mariana exclamó: - "No, señor. La vida de este sacerdote es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no soy necesaria. Te ofrezco mi vida para que cesen estos terremotos". La gente se admiró de esto. Y aquella misma mañana al salir del templo ella empezó a sentirse muy enferma. Pero desde esa mañana ya no se repitieron los terremotos.

Una terrible epidemia estaba causando la muerte de centenares de personas en Quito. Mariana ofreció su vida y todos sus dolores para que cesara la epidemia. Y desde el día en que hizo ese ofrecimiento ya no murió más gente de ese mal allí.

Por eso el Congreso del Ecuador le dio en el año 1946 el título de "Heroína de la Patria".

Acompañada por tres padres jesuitas murió santamente el viernes 26 de mayo de 1645. Desde entonces los quiteños le han tenido una gran admiración. Su entierro fue una inmensa ovación de toda la ciudad. Y los continuos milagros que hizo después de su muerte, obtuvieron que el Papa Pío IX la declarara beata y el Papa XII la declarara santa.

jueves, 25 de mayo de 2017

Ofrenda diaria a MARÍA día 25 de Mayo

25 de MAYO - MES de MARÍA

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, Pablo dejó Atenas y se fue a Corinto. Allí encontró a un tal Aquila, judío natural del
Ponto, y a su mujer Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma.
Se juntó con ellos y, como ejercía el mismo oficio, se quedó a vivir y trabajar en su casa; eran tejedores de lona para tiendas de campaña. Todos los sábados discutía en la sinagoga, esforzándose por convencer a judíos y griegos. Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicó enteramente a predicar, dando testimonio ante los judíos de que Jesús es el Mesías. Como ellos se oponían y respondían con blasfemias, Pablo sacudió sus vestidos y les dijo:
- «Vuestra sangre recaiga sobre vuestra cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles».
Se marcho de allí y se fue a casa de Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba al lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia; también otros muchos corintios, al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver».
Comentaron entonces algunos discípulos:
- «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?» Y se preguntaban:
- «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice».
Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo:
- «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría».

Palabra del Señor.

Santa Magdalena Sofía Barat


Año 1779. Al final de un sendero bordeado de álamos, traspasado el puente sobre el Yvonne, el río pacífico con fondo de bosques lejanos y vecinos viñedos, los tejados rojo y vivo de Joigny, un lugar perdido en la Borgoña. Aquí, París; allí, Lyón. Unos minutos cuesta arriba de la calle Mayor y el barrio de los artesanos: casas minúsculas, blanqueadas, de ventanas chicas y puerta baja. Jacobe Barat, el tonelero dueño de las viñas que crecen junto al Larry, vive allí a la derecha. Madeleine, su mujer, todo un carácter, en la noche del 12 de diciembre, repitiendo el gozo de la escena comentada por Jesucristo, alza en los brazos una hijita nueva. La casa frontera arde en tanto, y esa niña, llegada entre el resplandor, contestará balbuceando que "C'est le feu", "el fuego", cuando las vecinas le pregunten entre sonrisas: "¿Quién te trajo al mundo?" Va a ser la glorificadora del Corazón ardiente de Jesucristo, que vino a incendiar la tierra. Se llamará Magdalena Sofía.

 Sofía, desde la ventana de su buhardillita, otea los viñedos extensos y vuelve a sus libros. Luis, su hermano, su padrino, su maestro, es recio, exigente y hasta un poco exagerado. Estudia para llegar a sacerdote y se empeña en hacer de su hermana un doctor sesudo. Sofía era endeblita como una flor de secano, y los librotes, densos e inacabables. Profundo conocimiento de la filosofía, literaturas clásicas y modernas, el latín y el griego. Llegó a ser —decía ella— casi "más virgiliana que cristiana". Curioso este plan de estudios. Curioso por desproporcionado para una aldeana y extraño para su época, fuera de los espíritus selectos. Para colmo, estudiaba ciencias exactas, astronomía, botánica y física. Como un premio recibió el permiso para dedicarse a las lenguas vivas, y cultivó con cariño especial la española y la italiana. Más de una vez se la veía entusiasmada con el Quijote y el Castillo interior o Moradas de Santa Teresa, quien la convenció de que el español es la "langue faite pour parler à Dieu", "la lengua nacida para hablar con Dios".

 Tuvo Sofía una afición hispánica intensa. Lo más medular de su espiritualidad misma osciló siempre entre la gran Teresa de Avila y San Francisco Javier y San Ignacio. Así lo afirman todos sus biógrafos cuando comentan el estilo de las constituciones o reglas de la Sociedad del Sagrado Corazón, defendido con viril tesón contra todos los intentos de cambio. A la fundación primera en España, solicitada por las niñas catalanas alumnas del Sagrado Corazón en Perpiñán, contestó: "Doy mi adhesión con el corazón entero". Un hombre del temple hasta brusco de Luis Barat guió a su hermana por un camino áspero en exigencia y en métodos. Toda su vida, desde el corazón a la cabeza cruzando los sentidos, su jornada entera y su calendario, estaban sometidos a la brida y bocado de esta mano dura, que exigía a una débil criatura todo lo que a sí mismo. Tan sólo permitía el preceptor un paréntesis en el trabajo intelectual en las épocas de mayor labor campestre, durante las que la hija ayudaba a su madre en los afanes de la alegre vendimia. En aquellas ocasiones recitaba en su propio marco fragmentos de la mejor literatura bucólica.

 La revolución de 1789, la gran Revolución Francesa, descompuso esta paz del pequeño Joigny. Era la revuelta de espaldas a Dios. Ignoraba, al proclamar los "derechos del hombre", que el primer derecho del hombre es su salvación eterna. Fue la primera revolución que desprestigió esa palabra, "revolución", que hasta entonces se había podido aplicar a la obra radical promovida por el mismo Evangelio.

 Luis Barat sufrió prisión; pero, en medio de aquellos horrores, llegó a la ordenación sacerdotal, lo que venía entonces a ser sinónimo de voto de martirio, Con frecuencia en la Historia sucede algo así. Entretanto Sofía, con aquel desusado bagaje intelectual, educada en unas exigencias espirituales tan exquisitas, esperaba "un no sé qué". El ambiente de Joigny anunciaba a la muchacha el destino de una normal boda con alguno de sus buenos paisanos, cuando Luis, aspirando para su hermana desconocidos horizontes de Providencia, indicó algo que cayó como una bomba en la sencilla opinión familiar: Sofía debía salir de Joigny. La empresa era difícil, pero a la medida del tozudo Barat, hijo. A París fue él para más disimulando ejercicio de su ministerio en el secreto de las circunstancias revolucionarias. Y en casa de una heroica señora, madame Duval, fue aceptado como huésped que pagaba el pupilaje con la más cotizada moneda: la diaria celebración, estilo catacumbas, del santo sacrificio. Venía a ser una bautizada versión del pretencioso "París bien vale una misa" de aquel voluble rey francés. Poco después convive allí Sofía, alejada entre lágrimas de la paz hogareña. Prosigue su educación minuciosa, y son sus primeros ensayos educadores como catequista de los niños vecinos que crecían sin Evangelio.

 La dirección de su alma se hizo más posible en la capital y el amor de Dios aumentó entre las piras incendiarias y las guillotinas: "El Papa, desterrado de Roma, prisionero y expirando en Valence; los obispos, expatriados; las iglesias, profanadas; los conventos, destruidos: los niños, sin instrucción; los hombres, sin religión: el luto en las familias; miles de miserias públicas y privadas..." Ésta es la lista de congojas escrita entre lágrimas por Sofía. Las crueldades y ridiculeces de la revolución hastiaron a los franceses y la reacción religiosa llegó a su primera cumbre en 1797: libertad de cultos. Un celo devorador de apostolado sacudió Francia entera. Fue una vocación colectiva a la santidad. Sofía, preparada por largos años a esta llamada de la gracia, pasó tres años de preguntas a Dios: ¿por dónde? ¿El Carmelo acaso?

 En 1800 cruzaban la frontera francoalemana los Padres del Sagrado Corazón. Fundados por Tournélv. se dirigían entonces por un ex militar fogoso: el P. Varin. Varin tuvo una historia semejante a Loyola y fue jefe de esta milicia sacerdotal que acabó desembocando de hecho en la Compañía de Jesús. Luis Barat se adhirió a los Padres del Sagrado Corazón y habló al superior de su hermana como llamada por Dios. Pero ella seguía indecisa: "Lo pensaré". Pero Varin repuso: "Todo lo encamina Dios según sus designios, y la educación nada común que habéis recibido no parece ordenada por Él para ser sepultada dados los tiempos presentes. No, Sofía, ya no es hora de pensar. Cuando se conoce la voluntad de Dios hay que cumplirla... ¡Yo, en nombre suyo, os la declaro!". En Santa Magdalena Sofía aparece más su obra y ella en función de su obra. Nunca consintió ser llamada fundadora, y no fue superiora y no fue superiora hasta 1800, y extraordinariamente, a la fuerza; superiora general no se logró que lo fuera hasta 1806. Fue siempre a remolque de los destinos divinos. Las constituciones las escribe para asegurar la continuidad de su Sociedad contra asechanzas que pretendían desviar su espíritu corazonista y asesorada por los padres Varin y Druilhet. Ya de este momento vocacional escribe: "En cuanto a mí, nada preveía entonces; no hice sino aceptar lo que me proponían" Los nombres de sus colaboradoras —Deshayes, Duchesne, Maillucheau... —aparecen continuamente ligados a su vida.

 Sofía y sus compañeras, en un principio tan inclinadas al Carmelo, cedieron su vocación contemplativa a la activa, pero sin abandonar de ningún modo la contemplación. "Contemplar y entregar esa contemplación es más perfecto que sólo contemplar, lo mismo que alumbrar es más que el simple lucir", enseña Santo Tomás. Esta vida "mixta" es la escogida por la nueva sociedad religiosa. Une en armonía la contemplativa y la activa, y resulta superior a las dos. Por eso una mujercita afanosa que alimenta sus labores diarias caseras con su diaria oración y no trabaja bien si bien no ora, y no ora bien si bien no trabaja; un oficinista que en su oración diaria halla la alegría de su trabajo monótono y oscuro, y que, a fuerza de intención sobrenatural, transfigura los papeleos en la máquina, están haciendo la más perfecta vida: contemplar y dar fruto para los demás.

 Claro que la misma Sofía notará toda su vida situada en tensión entre la oración y la acción: "Lo esencial es conservar el espíritu interior en medio de este jaleo", escribirá. No siempre parece posible elevar la intención lo bastante para justificar cara a Dios largas tareas de profesor, o de enfermero, o de burócrata: "Soy como un secretario de ministro. No tengo tiempo de respirar. Las visitas, los asuntos se suceden y, en medio de este caos, ¿se puede encontrar a Jesucristo?". El motivo de esta vida tan tensa sólo es uno. En las primeras reuniones de la Sociedad preguntó el P. Varin: "¿Cuál debe ser el espíritu de la obra?". Rápidamente fue ésta la respuesta común: "La generosidad, el Corazón de Jesús, no quiere sino almas grandes".

 ¿Y por qué precisamente el Sagrado Corazón? Hasta el siglo XVII las revelaciones del Corazón de Jesús fueron conocidas sólo por alguna de las monjas de los monasterios medievales. Cuando Jansenio helaba las almas con sus herejías, que pretendían achicar el amor divino, Dios suscitaba apóstoles de su Corazón enamorado de los hombres. San Juan Eúdes, Santa Margarita María, el Beato de la Colombière y San Pompilio María Pirroti.

 Siglo XVII: San Juan Eúdes transforma la devoción corazonista en culto litúrgico, y ya en 1672 obtiene que la fiesta del Sagrado Corazón se solemnice en los seminarios de su Congregación. Y sobreviene en este siglo el gran aldabonazo del amor: las revelaciones a Santa Margarita María en Paray-le-Monial con la gran promesa, que acerca mensualmente al Sacramento como seguro de salvación. En el hecho de que los "primeros viernes" rara vez suelan lograrse completos seguidos hay algo de divina estratagema para hacernos pasar la vida en comunión.

 Con Santa Margarita de Alacoque, la Visitación, con su confesor el Beato de la Colombière, la Compañía —apóstol universal del Corazón de Cristo—, son dos las Ordenes religiosas envueltas en el nuevo fuego, que comenzará vivo en la Congregación eudista. San Pompilio María Pirroti —ya en el XVIII— embarca en la empresa a la Orden de las Escuelas Pías al propagar por Italia la primera novena al Sagrado Corazón. El siglo XIX completa el conjunto con nuestra Santa Magdalena Sofía, también en clara línea de reacción antijansenista: "¡Si se conociera qué encantador es Jesús, qué amable en los brazos de su Madre, cómo su pequeño corazón ya está latiendo por nosotros! ¡Es grande el Señor y merece ser alabado! ¡Es pequeño y merece ser amado! Hacedlo conocer y pronto se le amará; sobre todo hacedlo conocer a esas devotas ridículas que ponen diques a la misericordia de Dios". Aquí asoman sus viejas lecturas literarias: "dévotes ridicules" recuerda las "preciosas ridículas" del gran Moliére. Pero la originalidad de Santa Magdalena Sofía está en el fin apostólico de su Sociedad, que anhela la glorificación del corazón de Cristo por la educación de la juventud, "para devolver a las almas su fe en amor" (P. Charmot).

 El nombre de "Sociedad del Sagrado Corazón" fue conservado por la madre Barat contra viento y marea: desde el momento en que los vendeanos, al levantarse en armas, lo habían ostentado, usarlo parecía unirse a un partido político. Pero el nombre era el estilo y había de perdurar. La segunda y más íntima originalidad de la Santa era que su entrega al Corazón divino, más que una devoción, era una consagración. Santa Margarita María seguía al corazón en sus sangrientas horas de la Pasión. La santa madre Barat abarcó en la consagración de su Sociedad una visión que abarcaba esto y más: el amor de Dios en su vida humana entera, todo el Evangelio como fruto cordial de Jesucristo. "Todos los misterios de amor y salvación han brotado del Sagrado Corazón de Jesús. Desde que la santa humanidad del Salvador fue unida a la divinidad en el seno de María, su pequeño Corazón nos dedica ya sus primeros sentimientos: se ofrece al Padre para expiar y para salvarnos". Por eso cuando, en 1853, conoció la misa del Sagrado Corazón "Egredimini", de ornamento blanco —en contraste con la de ornamento rojo "Miserebitur", más acorde con el estilo de Santa Margarita—, la pidió a Roma para las casas de la Sociedad como totalmente de acuerdo con su visión del Corazón de Jesús. El doble aspecto de este estilo se manifiesta en los evangelios "Aprended de Mí" y "He venido a traer fuego a la tierra"; el primero como escuela interior, el segundo como mística de acción. Sí; era el fuego, ya desde niña, el móvil de su vida.

 La ciudad de Amiéns fue la cuna de la obra. Siguieron Grenoble, Belley, Poitiers, Niort... París, Turín, Roma. En vida de la fundadora llegan a 111 las casas. Hoy 7.000 religiosas y 180 casas llenan Europa, América, Japón, China, Egipto, Congo belga y la India.

 En Francia habían ocurrido muchas cosas. Usurpador tras usurpador, el gobierno del país había caído en las manos férreas de Napoleón. "Fue siempre costumbre de los usurpadores, al querer instalarse pacíficamente, apelar a la religión para legitimar el poder conquistado y rodearlo de una aureola que lo hiciese venerable a la faz del pueblo. Y en semejantes ocasiones el tirano permite al pueblo incluso mantener sus creencias y aun en forma espectacular ejecuta los ritos que antes había, si cabe, pisoteado". Así escribe Carlo Castiglioni en su Historia de los Papas. Y Napoleón pretendió resucitar para su utilidad una ceremonia imponente que desde tres siglos atrás no se había celebrado: la coronación imperial por manos del Papa. Pío VII temió por la cristiandad entera si se negaba y, después de abundantes y duras condiciones al flamante emperador, accedió. Fue entonces cuando, de paso el Pontífice por Lyón hacia París, camino del rito, Pío VII se digna recibir a la madre Barat y bendecir la Sociedad.

 En los años 1808-1816 las pruebas divinas sobre la fundadora hicieron de ella "una de las santas más crucificadas de su siglo". El capellán de la casa de Amiéns, Saint-Estéve, que, junto con los padres Varin y Druilhet, había recibido el encargo de colaborar en la redacción de las constituciones, se dejó seducir por la idea de que a él sólo correspondían las atribuciones de fundador. Así sugestionado, se lanzó a escribir unas constituciones que fueron rechazadas por la mayoría de las religiosas. Sin embargo, un grupo, las de Gante, en Bélgica, engañadas por una falsa aprobación romana apañada por el artero "fundador", y temiendo siempre por la sospecha de galicanismo que atraía envuelto indistintamente todo lo francés, siguieron a Saint-Estéve y se separaron de la fundadora. En este matiz el culto, estilo y nombre del Sagrado Corazón quedaban suprimidos. Nombrado secretario del embajador francés en Roma, hizo Saint-Estéve allí lo que pudo y lo que nunca debió hacer para lograr el triunfo de su facción; hasta falsificó documentos y cartas. Entretanto la madre Barat, sola, pues el padre Varin estaba en pleno noviciado en la Compañía, sostuvo su fe y la de sus atribuladas hijas: "Aceptemos la cruz desnuda. Jesús, a pesar de todo, callaba; estas tres palabras son toda mi fuerza". La crisis, por fin, pasa porque Roma acaba siendo la verdad y, desprestigiado el pobre Saint-Estéve, León XII aprueba en 1826 las constituciones de la Madre. Pero en 1839 todo el separatismo eclesiástico francés se revuelve en contra del traslado a Roma de la casa madre, y en 1848 la revolución expulsa al Sagrado Corazón de Suiza y del Piamonte. Nuevas pruebas para un corazón generoso.

 Al observar en las almas santas estas virtudes heroicas es preciso notar que no aparecen en ellas de un modo como mágico, automáticamente. Son el resultado de un lentísimo proceso de entrega trabajosa de sí mismo a la voluntad divina, de una sucesiva unión con las virtudes de Jesucristo cooperando con su gracia. El secreto de la vida interior de Santa Magdalena Sofía es un armónico combinado de la ascética ignaciana de los "Ejercicios" en su aspecto de contemplación familiar de la vida del Señor, las revelaciones a Santa Margarita y el año litúrgico.

 Es aquí donde aparece extraordinaria la sabiduría de la madre Barat. Actualmente ya no resulta rara esta cotización del culto en la escala interior de perfección, pero entonces el movimientos litúrgico no había hecho sino empezar, y he aquí una religiosa que ya cimienta en él la adquisición de su forma de vivir de Dios. Aun hoy es difícil para muchas almas acompasar la espiritualidad personal, el caliente momento psicológico, con el de la santa Iglesia, y Pío XII ha tenido que romper lanzas por la pretendida enemistad entre lo que han dado en llamar "piedad objetiva" —la litúrgica— y "piedad subjetiva" —la íntima—. Para la madre Barat sí que no existió este enemiga. 'La liturgia es mi pasión dominante", escribió. Y este encontrar su corazón en la liturgia, en el año litúrgico, fue normal en su vida. El padre Brou tiene un estudio admirable sobre cómo plegó con toda naturalidad su devoción personal a la piedad oficial de la Iglesia la fundadora.

 Por otra parte, su ascética fue también lo que hoy se llama "de unidad", la ascética de "salvarse en racimo". "Una hija del Sagrado Corazón no se debe salvar sola." El dogma de la comunión de los santos, que haría trazar a Pío XII una de sus más luminosas cartas encíclicas, la del Cuerpo místico, era ya cosa vivida por esta gran mujer, que llevó el ignaciano "sentir con la Iglesia" hasta las más escondidas fibras de su estilo.

 La sencilla fecundidad de la enseñanza y el ejemplo de Santa Magdalena Sofía, la extraordinaria vigencia actual de su personalidad, se presta a una prolija consideración personal y provechosísima. "El jueves vamos al cielo", dijo, y amaneció aquél el 25 de mayo de 1865. Pero no se acabará nunca de ir de entre nosotros esta dulce y fuerte mujer. Revive en cada religiosa del Sagrado Corazón, perdura en la caliente presencia de sus escritos. "Al irse al corazón de Dios, que tanto había amado, le quedaron —como escribe Granada— las arcas llenas y las manos sanas".