sábado, 16 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente al 14º día de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha. Él hizo venir sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Fuiste arrebatado en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego; tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros, para aplacar la ira antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob. Dichosos lo que te vieron y se durmieron en el amor.


Cuando bajaban del monte, los discípulos preguntaron a Jesús:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». Él les contestó:
«Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

Palabra del Señor.

Santa Adelaida de Italia

¿Cómo es posible, señora—decía la bondadosa sirvienta—, que conservéis esa serenidad en medio de tantas desgracias?

—¿Y qué adelantamos con llorar?—respondió la reina—. Cierto que a veces es difícil dominar nuestros sentidos, pero cuando el dolor me agobia pienso en lo que Cristo sufría en la cruz, y eso me llena de consuelo.

—Pero, ¡es tan terrible lo que os ha pasado! En pocos días lo habéis perdido todo: los honores, las riquezas, el reino, el marido. Y ¡cuánta ingratitud en gentes que sólo beneficios habían recibido de vos!

—¡Vamos, Ingunda!, no me hagas creer que tiene algún mérito mi prisión. Todavía me quedas tú para consolarme; y no deja de aliviar un poco el poder repetir las palabras del santo Job: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; que sea bendito su santo nombre.»

Quienes así hablaban eran una reina destronada y su antigua camarera, la única servidora que le quedaba. Alta, bella, joven, la reina juntaba en su exterior todos los atractivos que añaden a la desgracia un nuevo motivo de compasión. El dolor sereno tenía en su rostro un brillo más amable que aquel otro con que antes le iluminaba la alegría de la felicidad, aquella felicidad que le había sonreído a la niña desde la cuna. Hija del rey de Borgoña, había crecido entre fiestas de palacios y castillos señoriales. A los dieciséis años, Lotario, rey de Italia, la hace su esposa. Pronto a la reina se junta en ella la madre. ¡Con qué transportes de júbilo había visto el nacimiento de Emma, regio vástago de un tálamo real! Pero su destino la había traído al mundo en aquel siglo oscuro, siglo de traiciones, de intrigas, de ocasos y levantes de imperios. Ella iba a ser uno de los juguetes de la marejada. Un día, el marqués de Ivrea, Berengario, codicia el reino de Italia. Lotario es traicionado, huye, muere: Adelaida cae en manos del usurpador, le arrancan a su hija de los brazos, la encierran en una fortaleza de la alta Italia. La pompa antigua se ha desvanecido como humo, y he aquí ahora a la joven reina encerrada en una habitación estrecha, oscura, húmeda e incómoda, estrechamente vigilada y expuesta a todas las humillaciones y malos tratamientos. De cuando en cuando entra un caballero de larga melena y cinturón reluciente, que le dice con altanería:

—Señora, es preciso que os decidáis de una vez.

Adelaida permanece silenciosa, dulce, pero inquebrantable; o bien dice sencillamente:

—¿Es posible que rompáis así vuestro juramento de fidelidad?

Otras veces la que entra en la prisión es una mujer que viene arrastrando sedas y dejando una estela de perfumes. La prisionera tiene que hacer esfuerzos inauditos para conservar su serenidad delante de ella. Esta importuna visitante es la nueva reina, Vila, la esposa del usurpador. Vila da comienzo a la entrevista con una suavidad mal disimulada. Promete libertad, honores, riquezas; pero quiere obtener una cosa: que su cautiva renuncie al trono en que ella se sienta injustamente. Adelaida sigue callando, no quiere discutir por temor a sus palabras; piensa en su hija, llora y reza. Su rival se irrita, amenaza, y hace estallar su cólera en golpes y puntapiés. Más de una vez Adelaida rueda por la habitación arrastrada de los cabellos.

A fuerza de resignación, la cárcel iba perdiendo su horror para la ilustre prisionera. Dios vivía con ella, y el pensamiento de sufrir por Él la inundaba de alegría, aunque no por eso dejaba de poner los medios para salir de su encierro. Imaginaba planes de evasión, aunque no veía el camino de realizarlos. Por la puerta era imposible escapar: los guardias vigilaban constantemente, y aunque hubiera podido burlarlos, se hubiera visto detenida por los fosos, las cadenas los puentes levadizos. Al asomar los ojos por la estrecha ventana, se estremecía viendo allá en el fondo las aguas cenagosas del lago de Garda, cuya profundidad le era imposible medir. Pero una noche llegó hasta ella una voz desde la habitación contigua:

—Señora, si podéis pasar hasta aquí, estamos salvos.

Dos guerreros custodiaban el corredor. Ingunda se acercó a ellos.

—Mi señora—les dijo—se va morir de tristeza, y desearía purificar su alma con el sacerdote de Cristo. A estas palabras acompañó un regalo, la última joya que la reina conservaba como recuerdo de su pasada grandeza. Los centinelas asintieron gozosos, y, guiadas por ellos, las dos mujeres entraron en la habitación del capellán. Este había hecho tiras con las mantas del lecho, y atándolas unas a otras, tenía la soga necesaria para descolgarse hasta el lago. El lago, en aquella extremidad, era, según él, poco profundo, y el agua misma podía facilitar la evasión. Ni Adelaida, ni Ingunda se asustaron del plan. Una tras otra se deslizaron por la estrecha saetera, y cautelosamente descendieron sujetándose a la cuerda improvisada. Siguiólas el clérigo. El agua les cubría hasta medio cuerpo; pero con la alegría de la libertad, ni siquiera la sentían. Avanzando lentamente, llegaron a tierra, y durante algún tiempo caminaron por la orilla del lago. El viento y la oscuridad favorecían la evasión. Al poco tiempo, el clérigo se separó para ir a dar la noticia a un castellano de las cercanías y pedirle su favor. Entre tanto, las dos mujeres se escondieron entre el follaje de la ribera, y allí permanecieron todo el día siguiente, aguardando la muerte de un momento a otro. Las gentes de la fortaleza las buscaban, y más de una vez pasaron cerca de su escondrijo. Llegó la noche y empezaron a sentir hambre, cuando, a la luz de la luna, vieron que una lancha se acercaba a la ribera, y dentro de la lancha no tardaron en descubrir a un pescador. Las dos fugitivas temblaron de pies a cabeza y hacían esfuerzos desesperados para ocultarse a las miradas de aquel desconocido. Fue inútil. Al verse descubiertas, decidiéronse a dejar las malezas, y, dirigiéndose al barquero, le dijeron con voz suplicante:

—Buen hombre, queremos confiarnos a tu bondad; somos unas pobres peregrinas que hemos perdido la ruta, y si no vienes en nuestro auxilio nos vamos a morir de necesidad.

El pescador se compadeció de ellas y las recogió en su barca.

—Poco es—dijo—lo que puedo ofreceros, pero aquí tengo agua y un pez grande que acabo de coger.

Además, como todos los que se dedican a pescar, dice el biógrafo, tenía fuego. Era bastante para remediar una necesidad urgente. Generosamente, puso el pez en el fuego, y cuando la piel empezó a tomar un color rosado, lo partió y lo puso delante de las dos mujeres. Fue una cena sencilla, pero sabrosa, interrumpida por un trote de caballos. AI oírle, Adelaida empezó a temblar, pensando que serian sus perseguidores. A punto estuvo de pedir al pescador que la llevase lago adentro. De pronto, apareció una sombra en la orilla, y al mismo tiempo se oyó una voz. ¡Oh alegría! Era el fiel capellán, que venía con un grupo de caballeros dispuestos a salvar a su antigua señora. Rápidamente la arrancaron de la lancha, y al amanecer entraban ya con ella en el castillo de Canosa.

Así salió la reina de Italia del poder de sus enemigos. Vino después el asedio de Canosa por Berengario, que quería recuperar su presa; pero en lo alto de los Alpes se oyen galopar de corceles y estruendos de tropas guerreras: es el rey de Germania, que viene a poner orden en las facciones italianas. Berengario huye delante de Otón; Adelaida cae de hinojos ante su libertador, llena de agradecimiento. El príncipe la levanta, y, prendado de su discreción, de su hermosura y de su historia, la hace su esposa. Nuevamente es reina de Italia, y los pueblos germánicos la llaman su señora. Nace el Imperio romano-germánico, y el Pontífice de Roma coloca sobre las sienes de Otón y Adelaida la corona de Carlomagno. Así suele dar vueltas la fortuna. Los antiguos verdugos se han convertido en humildes vasallos (951).

Pero la emperatriz no sabe vengarse más que haciendo beneficios. En torno suyo reina el perdón, la suavidad, la mansedumbre. Ni en su frente hay altivez, ni orgullo en su corazón. Recuerda las vicisitudes pasadas y piensa en aquella primera gloria que se pasó como un sueño. Tal vez se decía en su interior, como el rey de la fábula:

A reinar, fortuna, vamos; no me despiertes, si sueño, y si es verdad, no me aduermas; mas sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa; si fuere verdad, por serlo, si no, por ganar amigos para cuando despertemos.

Obrar bien: tales son las palabras que resumen la vida de Adelaida en el palacio imperial durante casi cincuenta años: amar y admirar a su marido, educar a sus hijos, repartir su oro entre los pobres, levantar iglesias, castigar su carne y sembrar a su paso la alegría y el consuelo. Y los pueblos que llamaron a su marido Otón el Grande, le dieron a ella el título más hermoso de Adelaida la Santa.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente al 13º día de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Esto dice el Señor, tu libertador, el Santo de Israel:
«Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir.
Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar; tu descendencia como la arena, como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido aniquilado, ni eliminado de mi presencia».


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«¿A quién se parece esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo:
“Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Palabra del Señor.

Santa Virginia Centurione Bracelli

Virginia Centurione, viuda de Bracelli, nació el 2 de abril de 1587 en Génova (Italia). Fue hija de Jorge Centurione, dux de la República en el bienio 1621-1622, y de Lelia Spínola, ambos descendientes de familias de antigua nobleza. Bautizada dos días más tarde, recibió la primera formación religiosa y literaria de su madre y de un preceptor doméstico.

Aunque ya desde su adolescencia manifestó inclinación a la vida del claustro, tuvo que aceptar la decisión de su padre, que quiso que se casara, el 10 de diciembre de 1602, con Gaspar Grimaldi Bracelli, un joven rico, heredero de una ilustre familia, pero inclinado a una vida desordenada y al vicio del juego. De esa unión nacieron dos niñas: Lelia e Isabel.

La vida conyugal de Virginia duró poco tiempo. Gaspar Bracelli, no obstante el matrimonio y la paternidad, no abandonó su estilo de vida disipada, hasta el punto de poner en peligro su propia existencia. Virginia, con silenciosa paciencia, oración y amable atención, procuró convencer a su marido a emprender una conducta más morigerada. Desafortunadamente, Gaspar se enfermò, pero falleció cristianamente el 13 de junio de 1607 en Alessandria, asistido por su esposa, que se había trasladado allí para curarle.

Al quedarse viuda con sólo 20 años, Virginia hizo voto de castidad perpetua, rechazando las ocasiones de contraer segundas nupcias, tal como se lo propuso su padre, y vivió retirada en casa de su suegra, aplicándose a la educación y a la administración de los bienes de sus hijas y dedicándose a la oración y a la beneficencia.

En 1610 sintió más claramente la vocación especial a «servir a Dios en sus pobres».Aunque estaba severamente controlada por su padre, y sin descuidar nunca el cuidado de su familia, comenzó a trabajar en favor de los necesitados. Los atendía directamente, distribuyendo en limosnas la mitad de sus propias rentas, o por medio de las instituciones benéficas de aquel tiempo. 

Una vez que colocó de forma conveniente a sus hijas en el matrimonio, Virginia se dedicó por completo al cuidado de los muchachos abandonados, de los ancianos y de los enfermos, y a la promoción de los marginados. 

La guerra entre la República de Génova y el Duque de Saboya, apoyado por Francia, sembrando el desempleo y el hambre, indujo a Virginia, en el invierno de 1624-1625, a acoger en casa, primero a unas quince jóvenes abandonadas, y luego, al aumentar el número de los prófugos en la ciudad, a todos los pobres que pudo, especialmente mujeres, proveyendo en todo a sus necesidades.

Tras el fallecimiento de su suegra, en el mes de agosto de 1625, no sólo comenzó a acoger a las jóvenes que llegaban espontáneamente, sino que ella misma andaba por la ciudad, sobre todo por los barrios de peor fama, en busca de las más necesitadas y que se hallaban en peligro de corrupción.

Para salir al paso de la creciente miseria, dio origen a las Cien Señoras de la Misericordia protectoras de los Pobres de Jesucristo, una asociación que, en unión con la organización local de las «Ocho Señoras de la Misericordia», tenía la tarea específica de verificar directamente, a través de las visitas a domicilio, las necesidades de los pobres, especialmente si se trataba de pobres de solemnidad. 

Al intensificar la iniciativa de la acogida de las jóvenes, sobre todo durante el tiempo de la peste y de la carestía de 1629-1630, Virginia se vio obligada a tomar en arriendo el convento vacío de Montecalvario, a donde se trasladó el 14 de abril de 1631 con sus acogidas, a las que puso bajo la protección de Nuestra Señora del Refugio. Tres años después la Obra contaba ya con tres casas en las que residían casi 300 acogidas.Por esto Virginia consideró oportuno pedir el reconocimiento oficial al Senado de la República, que lo concedió el 13 de diciembre de 1635.

Las acogidas de Nuestra Señora del Refugio se convirtieron para la Santa en sus “hijas” por excelencia, con las que compartía la comida y los vestidos, y a las instruía con el catecismo y las adiestraba en el trabajo para que se ganasen el propio sustento.

Proponiéndose dar a la Obra una sede propia, después de haber renunciado a la adquisición del Montecalvario debido a su precio demasiado elevado, compró dos casitas contiguas en la colina de Carignano, que, con la construcción de una nueva ala y de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Refugio, se convirtió en la casa-madre de la Obra. 

El espíritu que animaba a la Institución fundada por Virginia Bracelli estaba ampliamente presente en la Regla redactada en los años 1644-1650. En ella se estable que todas las casas constituyen la única Obra de Nuestra Señora del Refugio, bajo la dirección y administración de los Protectores (laicos noble designados por el Senado de la República); se reafirma la división entre las «hijas» con hábito e «hijas» sin hábito; pero todas deben vivir - aunque no tengan votos - como las monjas más observantes, en obediencia y pobreza, trabajando y orando; además, deben estar dispuestas a ir a prestar servicio en los hospitales públicos, como si estuvieran obligadas por medio de un voto.

Con el tiempo la Obra se desarrollará en dos Congregaciones religiosas: las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio de Monte Calvario y las Hijas de Nuestra Señora en el Monte Calvario.

Después del nombramiento de los Protectores (el 3 de julio de 1641), que eran considerados los verdaderos superiores de la Obra, Virginia Bracelli no quiso inmiscuirse más en el gobierno de la casa: ella estaba sometida a su querer y seguía sus disposiciones, incluso en la aceptación de cualquier joven necesitada. Virginia vivía como la última de sus «hijas», dedicada al servicio de la casa: salía mañana y tarde a mendigar para conseguir el sustento para toda la casa. Se interesaba por todas como una madre, especialmente por las enfermas, prestándolas los servicios más humildes.

Ya en los años anteriores había comenzado una acción social sanadora, destinada a curar las raíces del mal y a prevenir las recaídas: a los enfermos y los inválidos se les había de internar en centros apropiados para ellos; los hombres útiles debían ser iniciados en el trabajo; las mujeres debían ejercitarse en los telares y en hacer labores de corte y confección; y los niños tenían la obligación de ir a la escuela. 

Al crecer las actividades y redoblarse los esfuerzos, Virginia vio disminuir a su alrededor el número de colaboradoras, sobre todo las mujeres burguesas y aristocráticas, que temían comprometer su reputación al tratar con gente corrompida y siguiendo a una guía que, aunque fuera noble y santa, aprecia un tanto temeraria en sus empresas.

Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra, y ocupando el último lugar entre las hermanas en la casa de Carignano, mientras que su salud física se debilitaba rápidamente, Virginia parecía que encontraba nueva fuerza en la soledad moral.

El 25 de marzo de 1637 consiguió que la República tomara a la Virgen María como protectora. Suplicó con insistencia ante el Arzobispo de la ciudad la institución de las Cuarenta Horas, que comenzaron en Génova hacia finales de 1642, y la predicación de las misiones populares (1643). Se interpuso para allanar las frecuentes y sanguinarias rivalidades que, por motivos fútiles, surgían entre las familias nobles y los caballeros. En 1647 obtuvo la reconciliación entre la Curia arzobispal y el Gobierno de la República, en lucha entre sí por puras cuestiones de prestigio.Sin perder nunca de vista a los más abandonados, estaba siempre disponible, independientemente del rango social, para cualquier persona que acudiese a ella para pedir ayuda. 

Enriquecida por el Señor con éxtasis, visiones, locuciones interiores y otros dones místicos especiales, entregó su espíritu al Señor el 15 de diciembre de 1651, a la edad de 64 años. El Sumo Pontífice Juan Pablo II la proclamó Beata, con ocasión de su viaje apostólico a Génova, el 22 de septiembre de 1985.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente al 12º día de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Yo, el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo:
«No temas, yo mismo te auxilio».
No temas, gusanillo de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-. tu redentor es el Santo de Israel.
Mira, te convierto en trillo nuevo, aguzado, de doble filo: trillarás los montes hasta molerlos; reducirás a paja las colinas; los aventarás, y el viento se los llevará, el vendaval los dispersará. Pero tú te alegrarás en el Señor, te gloriarás en el Santo de Israel.
Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca de sed.
Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.
Haré brotar ríos en cumbres desoladas; en medio de los valles, manantiales; transformaré el desierto en marisma y el yermo en fuentes de agua.
Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivares; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y alerces, para que vean y sepan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
Desde los días de Juan el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan.
Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que oiga».

Palabra del Señor.

San Nimatullah Kassab Al-Hardini

Nació en Hardin, en el norte del Líbano, el año 1808. En el bautismo recibió el nombre de Youssef. Pertenecía a una familia maronita, con seis hijos, que fueron educados en un profundo amor a Dios y a su Iglesia. Tres de sus hermanos siguieron, como él, la vida monástica o sacerdotal. Tanios fue párroco; Eliseo entró en la Orden Libanesa Maronita, en la que vivió como ermitaño durante cuarenta y cuatro años; Msihieh abrazó la vida claustral en el monasterio de San Juan Bautista, en Hrasch.

Pasó los primeros años de su infancia frecuentando los monasterios y eremitorios de su pueblo. Terminados los estudios, fue a vivir con su abuelo materno, Youssef Raad, párroco de Tannourin, cuyo ejemplo suscitó en él el amor al sacerdocio, vivido para el servicio de la Iglesia. En Tannourin, rezaba el oficio divino en el monasterio con los monjes o en la parroquia con su abuelo y los fieles. Ingresó en la Orden Libanesa Maronita a los veinte años. Fue enviado al monasterio de San Antonio de Qozhaya, cerca de la Qadischa ("Valle santo"), para hacer sus dos años de noviciado, durante los cuales se entregó con fervor a la oración comunitaria y al trabajo manual. Dedicaba todo su tiempo libre, e incluso parte del destinado al descanso, a visitar al santísimo Sacramento. Lo solían encontrar en la capilla, arrodillado, inmóvil, con las manos alzadas en forma de cruz y los ojos fijos en el sagrario.

Después de la profesión monástica, que emitió el 14 de noviembre de 1830, fue enviado al monasterio de San Cipriano y Santa Justina, en Kfifan, para estudiar la filosofía y la teología, a la vez que trabajaba en el campo; además, destacaba por su habilidad para encuadernar manuscritos y libros, oficio que había aprendido durante el noviciado. Durante ese período, a causa de su ascetismo y su intensa aplicación a los estudios, se enfermó. Para evitarle la gran fatiga del trabajo en el campo, su superior lo destinó a la sastrería.

Al ser ordenado sacerdote, fue nombrado director del estudiantado y profesor, labor que desempeñó hasta sus últimos años. Dividía su jornada habitualmente en dos partes: la primera mitad para prepararse a la celebración de la misa y la otra mitad para la acción de gracias después de la eucaristía. Vivía esta dimensión contemplativa juntamente con su amor a los hermanos y a la cultura. Fundó una escuela para instruir gratuitamente a la juventud.

Le tocó vivir dos guerras civiles (en los años 1840 y 1845), que fueron preludio de sangrientos acontecimientos de 1860, durante los cuales muchos monasterios fueron quemados, muchas iglesias devastadas y muchos cristianos maronitas asesinados. En ese marco civil y religioso tan difícil y doloroso, su hermano el padre Eliseo, ermitaño, lo invitó a abandonar la vida comunitaria para retirarse a un eremitorio, pero él respondió: "Los que luchan por la virtud en la vida comunitaria tendrán más mérito".

Era severo y duro consigo mismo, pero misericordioso e indulgente con sus hermanos. Radical en su opción, concebía la santidad en términos de comunión. Afirmaba: "La primera preocupación de un monje debe ser, día y noche, no herir o afligir a sus hermanos".

Fue grande su devoción a la Virgen María. En sus aflicciones invocaba la intercesión de María, su principal auxilio, por el Líbano y por su Orden. Rezaba el rosario todos los días con los demás monjes. Nunca se cansaba de repetir el nombre bendito de María. Practicaba el ayuno en su honor todos los sábados y las vísperas de sus fiestas; tenía devoción particular por el misterio de la Inmaculada Concepción. Después de rezar el Ángelus, repetía estas palabras: "Bendita sea la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen".

Se esforzó por inculcar a los fieles su devoción a María, formando cofradías. Fundó también dieciséis altares consagrados a la Madre de Dios; uno de estos, en el monasterio de Kfifan, fue llamado, después de su muerte, "Nuestra Señora de Hardini".

En 1845, a los 33 años, la Santa Sede lo nombró asistente general de su Orden con un mandato de tres años, por su celo en la observancia de las reglas monásticas. Para ese cargo fue reelegido otras dos veces, pero se negó siempre a aceptar el nombramiento de abad general de la Orden. Residía, con los demás asistentes, en el monasterio de Nuestra Señora de Tamich, casa general de la Orden, pero solía acudir al monasterio de Kfifan, tanto para continuar dando clases como para ejercer su trabajo de encuadernador, labor que realizaba con espíritu de pobreza, poniendo especial esmero en los manuscritos litúrgicos. De 1853 a 1859 tuvo entre sus alumnos a san Charbel, que asistió a la muerte de su maestro y a la conmovedora ceremonia de su funeral.

En lo más duro del invierno, mientras se encontraba en el monasterio de Kfifan para dar clases, debido al intenso frío, se vio afectado por una pulmonía; al agravarse, solicitó ser trasladado a una celda cercana a la iglesia para escuchar el canto del oficio y, tras una agonía de diez días, recibió la unción de los enfermos con un icono de la Virgen en las manos, e invocándola: "Oh María, te encomiendo mi alma". Falleció el 14 de diciembre de 1858, a los 50 años de edad.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente al 11º día de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



«¿Con quién podréis compararme, quien es semejante a mí?», dice el Santo.
Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿quién creó todo esto?
Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre. Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada.
¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: «Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos»?
¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.
Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan.


En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso, para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

Santa Lucia

Mérida es famosa por la mártir Eulalia, Roma por la gloria inmaculada de Cecilia, Zaragoza por la intrépida Engracia, Siracusa por la fortaleza inconmovible y la gracia delicada de Lucía. La figura de esta virgen siciliana se nos presenta hoy aureolada por el sortilegio de la leyenda, una leyenda que acaso sea menos bella que la realidad. Sucede con frecuencia que los héroes que el pueblo más admira, los que hieren más profundamente su imaginación, sufren en su historia las consecuencias de esa popularidad. Los rasgos primitivos se idealizan, se transforman, se confunden, y a lo histórico reemplaza lo legendario, como lo encontramos en las actas tardías de esta mártir, admirada e historiada por los monjes en la Edad Media, cantada después por los poetas, celebrada por los oradores y mil veces representada por los pintores y entalladores.

En sus lienzos y esculturas han escogido los artistas todos los detalles de aquella pasión maravillosa. Hay una bellísima estatua en que Andrés della Robbia representa a la virgen de labios sonrientes, de cabellos encrespados, de mirada extática, recogiendo en una copa la sangre que brota de su garganta. Es una alusión a la espada que segó su vida. Tiépolo la representa con un fulgor divino de inocencia en la frente, recogiendo sus últimos alientos para recibir el sacramento eucarístico que le trae un diácono, mientras un ángel aparece sobre la escena dejando caer la corona del triunfo. Otras veces, como en el famoso cuadro de Altichieri y Aranzo, en Padua, vemos a Lucía delante del tribunal discutiendo con el prefecto romano. Pascasio, que está enamorado de sus mansos ojos de becerra, hace esfuerzos para convencerla de la bondad del paganismo. Como no consigue nada, se impacienta y dice a la acusada:

—Cesarán las palabras para empezar los tormentos.

—A los que tienen el Espíritu de Dios—responde la virgen—las palabras no pueden faltarles nunca.

—¿Y qué? ¿Le tienes tú?—pregunta Pascasio.

—Le tienen todos los que viven casta y piadosamente—replica la mártir.

—Bueno—exclama el juez con sarcástica y brutal ironía—; me alegro de oír esa declaración; ahora mismo voy a mandarte a un lugar donde el Espíritu Santo va a tener que abandonarte.

Dos satélites cogen a la virgen de los brazos, pero no la pueden mover. Parece como si hubiera echado raíces en el suelo. Se acercan otros más fuertes, pero con la misma fortuna. Atan sogas a su cuerpo, y los nuevos esfuerzos dan el mismo resultado que los anteriores. Pascasio tuvo que renunciar a su proyecto de llevarla a un lupanar. Además, Lucía le había dicho unas palabras que, aunque misteriosas, no habían dejado de impresionarle:

—Si contra mi voluntad me hiciereis violencia, la virginidad tendrá en mí un doble galardón.

Nuestros imagineros del Siglo de Oro crearon otra manera característica de representar a la dulce heroína siciliana. Para ellos, Lucía es la joven de los ojos bellísimos que lanzan rayos irresistibles. Un joven la persigue deslumbrado por aquella claridad. Ella se enfada, se ruboriza, sin comprender el porqué de aquella insistencia. Pero al fin lo sabe; lo advierte o se lo dice su perseguidor: son sus ojos los que tienen la culpa. Una palabra evangélica repercute en el fondo de su corazón:

«Si tu ojo es causa de pecado, sácatele y arrójale de ti.» Y sin dudar un instante, Lucía se arranca aquellos hermosos luminares en que se abrasaban las almas.

Este relato no se encuentra en las actas; es más, está en contradicción con ellas. Pero ya sabemos que muchas veces el arte se ríe de la historia; y así, al examinar nuestros retablos antiguos, nos encontraremos con frecuencia una figura amable, que parece mirarnos con sus cuencas vacías, que recoge pudibunda su manto con la mano izquierda, y con la diestra sostiene en una bandeja aquellos dos ojos que se arrancó por Cristo. Y el pueblo cristiano, movido tal vez por el arte, o inspirado acaso por el nombre —Lucía es lo mismo que luminosa—, invoca a la indomable siracusana contra las enfermedades de los ojos.

martes, 12 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente al 10º día de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



«Consolad, consolad a mi pueblo - dice vuestro Dios -; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados».
Una voz grita:
«En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos - ha hablado la boca del Señor -.»
Dice una voz: «Grita». Respondo: «¿Qué debo gritar?».
«Toda carne es hierba y su belleza corno flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba, es el pueblo; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre». Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá:
«Aquí está vuestro Dios.
Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede.
Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían».


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la pérdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

Palabra del Señor.

Nuestra Señora de Guadalupe de México

En diciembre de 1531, diez años después de tomada la ciudad de Méjico por Cortés. Caminando el indito Juan Diego por el rumbo del Tepeyac—colina que queda al norte de la metrópoli—, oyó que le llamaban dulcemente. Era una hermosísima Señora, que le habló con palabras de excepcional ternura v delicadeza; que le dijo: "Yo soy la siempre virgen Santa María Madre del verdadero Dios, por quien se vive", y le pidió que fuera al obispo (Zumárraga) para contarle cómo ella deseaba que allí se le alzara un templo. El obispo, con muy católica prudencia, le respondió que pidiera a la Señora alguna prueba de su mensaje. Obtúvola Juan Diego: unas rosas y otras flores que en pleno invierno y en la cumbre estéril cortó él por mandato de la Señora y recogió en su tilma o ayate—suerte de capa de tela burda que, atada al cuello, usaban los indios más humildes—; y, al extender ante el obispo Zumárraga la tilma, cayeron las flores y apareció en ella pintada la imagen de la Virgen.

Ese mismo ayate es el que se venera en nuestra basílica de Gaudalupe. Sus dos piezas están unidas verticalmente al centro por una tosca costura: lo menos adecuado y elegible humanamente para pintar una efigie de tan benigna y encantadora suavidad, que por cierto mal puede apreciarse en las múltiples copias que corren por el mundo. Lo mejor es, modernamente, la directa fotografía a colores. Técnicos en ésta y otras novísimas especialidades afines han estudiado con asombro, en nuestros días, la pintura original, como antaño la estudiaron el célebre pintor Miguel Cabrera o el cauteloso investigador Bartalache.

Un contemporáneo de las apariciones, don Antonio Valeriano, indio de noble ascendencia y de relevante categoría intelectual y moral, alumno fundador del colegio franciscano de Tlalateloco hacia 1533, narra el milagro según lo conocemos. Su relato, en lengua náhuatl, desígnase—como las encíclicas—por las palabras con que empieza: Nican Mopohua. El maruscrito autógrafo perteneció a don Fernando de Alba Ixtlixóchitl, pasó luego a poder del sabio Sigüenza y Góngora—quien da memorable testimonio jurado de su autenticidad—y fue reproducido en letra de molde por Lasso de la Vega en 1649, incorporándolo en el volumen náhuatl que conocemos por sus primeras palabras: Huei Tlamahuizoltica. Este volumen fue traducido en su integridad al castellano, en 1926, por don Primo Feliciano Velázquez y publicado a doble página—fotocopia de la edición azteca y versión española—por la Academia Mejicana de Santa María de Guadalupe. Hay nueva edición, de 1953, bajo el título de mi estudio Un radical problema guadalupano, donde se escudriña con rigor la autenticidad del Nican Mopohua, el más antiguo relato escrito de la "antigua, constante y universal" tradición mejicana.

Esta, lejos de obscurecerse o arrumbarse al paso del tiempo, se ha robustecido con los modernos y exigentes estudios críticos, que, sobre todo a partir del cuarto centenario (1931), han desvanecido objeciones y confirmado la historidad de lo que el pueblo mejicano viene proclamando, desde los orígenes hasta hoy, con un plebiscito impresionante.

Porque el caso de nuestra Virgen de Guadalupe es singular. En otros países católicos hay diversas advocaciones de gran devoción—digamos las Vírgenes del Pilar, o de Covadonga, o de Montserrat en España—, pero que tienen mayor o menor ímpetu y arraigo según las zonas geográficas o las inclinaciones personales; mas ninguna de ellas concentra la totalidad de la nación en unidad indivissible, y ninguna de ellas—como tampoco la de Lourdes, en Francia, por ejemplo—viene a ser el símbolo indiscutido de la patria. Y en Méjico así es. A tal punto que hasta un liberal tan notorio como don Ignacio Manuel Altamirano llegó a estampar: "El día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mejicana, sino hasta el recuerdo de los moradores de la Méjico actual".

Por otra parte, la Iglesia, siempre tan prudente y parsimoniosa en estas cuestiones, así como ha corregido o eliminado ciertas lecciones inspiradas en vetustos relatos píos, pero inseguros, ha obrado al contrario tratándose del caso del Tepeyac; y así, al aproximarse la esplendorosa coronación de nuestra Virgen en 1895, y habiéndose recibido y considerado en Roma los estudios y gestiones del grupito que a la sazón ponía en tela de juicio la historicidad del milagro, fue el sapientísimo León XIII quien concedió para nuestra fiesta del 12 de diciembre nuevo oficio litúrgico, en que se narra el prodigio "tal como nárralo la antigua y constante tradición (uti antiqua et constanti traditione mandatur); y el 12 de octubre de 1945, al celebrarse el cincuentenario de dicha coronación, fue el docto y santo Pío XII quien, hablando por radio, en lengua española, desde el Vaticano para Méjico, afirmó rotundamente el milagro: "en la tilma del pobrecito Juan Diego, pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima", y llamó a nuestra Patrona no sólo "Reina de Méjico", sino, con anchura continental sin restricción, "Emperatriz de América": de toda América.

Y ahora cabe dilucidar un problema sugeridor: el de la identidad del nombre de la Virgen de Guadalupe de Méjico y de la Virgen de Guadalupe de Extremadura.

A cuenta de ello, y por manera sumamente explicable y natural, muchos españoles y aun escritores distinguidísimos han sufrido larga confusión, entendiendo que se trata, si no de la misma cosa, al menos de una especie de prolongación o trasplante a América de la Virgen extremeña. Y, al encontrar la proliferación del nombre de Guadalupe en documentos, lugares y templos del Nuevo Mundo, han supuesto que todo toma su origen en la advocación peninsular, cuando en la enorme mayoría de los casos lo toma en la devoción mejicana

Y huelga decir que el esclarecer y precisar una distinción de orden rigurosamente histórico no implica, por el más remoto y furtivo de los asomos, la tontería pueblerina y anticatólica de poner como en pugna o emulación dos advocaciones de la mismísima Señora del cielo. Se trata sólo de que los hechos se conozcan y difundan como son.

Por lo demás, y acá de tejas abajo, tan gloriosa puede sentirse la Madre española como la Hija mejicana de aquel portento del Tepeyac, que nos dejó la única imagen en el orbe no pintada por humano pincel. Lo cual arrancó al Pontífice Benedicto XIV aquella memorable aplicación de la palabra de la Escritura: Non fecit taliter omni nationi.

Expongamos sintéticamente el fruto de una dilatada reflexión.

De venerable antigüedad, la imagen extremeña, escondida para salvarla cuando la invasión sarracena, fue encontrada a fines del siglo XIII por el pastor Gil Cordero. Ello dió origen a la fundación de la iglesia y más tarde del estupendo monasterio de Guadalupe. Una intensa devoción halló centro en aquella casa espléndida donde el arte, la ciencia y la caridad resplandecieron. Allá en vísperas de su aventura oceánica, fue Cristóbal Colón, y por la Virgen extremeña puso nombre a la isla de Guadalupe, en las Antillas. Hernán Cortés, cuando volvió a España (antes de 1531), llevó como exvoto al monasterio un alacran de oro, Y como el propio don Hernando y otros conquistadores traían en el alma y en la costumbre aquella devoción, lógico y fácil era que la hubiesen trasplantado a nuestras tierras de América. Y de hecho la trasplantaron.

Explícase así sobradamente que, desde lejos y sin particularísimo estudio del caso del Tepeyac, se haya formado y difundido en España la impresión de que la Virgen de Guadalupe mejicana es la misma Virgen de Guadalupe extremeña, o siquiera su proyección más o menos modificada. Pero no es así.

En Méjico todos sabemos cómo en 1531 la Virgen se mostró varias veces al indito Juan Diego, cómo le hizo cortar unas rosas por seña de su embajada al obispo y cómo al extender el indio su tilma ante Zumárraga, apareció misteriosamente impresa en ella la Señora del Tepeyac.

Esas apariciones y esa tilma prodigiosamente pintada no tienen la más leve relación con la preexistente imagen de Extremadura. Trátase absolutamente de otra cosa. Es un hecho distinto y nuevo, como nuevo y distinto era el hecho del descubrimiento y mestizaje de América.

Así como por su origen y su historia, también por su imagen y su culto son perfecta y radicalmete distintas la Virgen de Extremadura y la Virgen del Tepeyac.

La extremeña es una escultura: lleva al Niño en el brazo izquierdo y representa la maternidad de María; la tepeyacense es una pintura: sin Niño, las manos juntas, representa la Inmaculada Concepción. No hay en las efigies ni la más remota semejanza.

Y, en cuanto al culto, el mejicano nació y se ha engrandecido durante cuatro siglos única y precisamente al pie de la tilma del milagro, sin la más tenue conexión con la imagen de Extremadura, cuya existencia misma es evidente que ignoran millones y millones de indígenas y otros compatriotas no ilustrados que vierten su dolor y su ternura ante la Madre del Tepeyac.

Pero ¿por qué entonces, si se trata de casos tan absolutamente apartados y autónomos, ambas imágenes se designan con el mismísimo nombre de Guadalupe?

Que se llame así la de Extremadura es natural: tomó el nombre del sitio en que fue encontrada y donde se le alzó templo: Guadalupe, vocablo arábico que -siempre la divergencia entre etimologistas- significa río de luz, o río de lobos, o río encendido.

Pero ¿por qué se llama de Guadalupe la Virgen mejicana? No se nombraba así, sino Tepeyac, el sitio donde Ella apareció y donde se levantó su ermita primera. La Virgen no tomó el nombre del lugar; más tarde el lugar tomó el nombre de la Virgen.

Lo que parece insoluble y a muchos despista tiene, no obstante, un motivo muy claro y muy concreto: la Virgen misma, al mostrarse a Juan Bernardino, tío de Juan Diego le dijo: "Que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre virgen Santa María de Guadalupe".

Así consta textualmente en el Nican Mopohua la más vetusta relación del milagro, escrita no en castellano ni por un español, sino en lengua azteca y por un indio ilustre, don Antonio Valeriano. El cual, en su texto náhuatl original, incorpora en castellano las palabras Santa María de Guadalupe".

La Señora del Tepeyac quiso, pues, ser designada con el nombre de Guadalupe. ¿Por qué? Esto no lo sabemos. Pero, aunque no lo sabemos, creo que razonablemente podemos avanzar una plausible conjetura.

Podemos nosotros conjeturar que quiso la Señora darse un nombre que fuera familiar y atrayente para los españoles, sobre todo extremeños como Cortés, que consumaron la conquista, y que, al favorecer con predilección a Juan Diego, representante de los vencidos, quiso al propio tiempo atraer con dulzura a los vencedores, y a unos y a otros hermanarlos en la misma devoción. No vino Ella a abrir abismos entre vencedores y vencidos: vino a cerrarlos. Y, al sublimar con un privilegio excepcional a los postergados, halló un medio suavísimo de que a los dominadores sonara a tradición la novedad y a cosa propia y familiar la extrañeza.

Y de hecho, como históricamente consta, se dió el caso extraordinario de que, desde los años primerísimos, conquistados y conquistadores fraternizaran a los pies de la Virgen del Tepeyac. Ella, que—contra lo comúnmente repetido—no muestra fisonomía ni color de india, sino de mestiza, anunció el beso de las razas que fundaría la nacionalidad que estaba amaneciendo. Y así como juntó plásticamente en el milagro al español Zumárraga y a Juan Diego el aborigen, y así como con rosas de Castilla se estampó para siempre en el ayate sublimado del indio, quiso en todo ser nuncio. ejemplo y símbolo de la fusión amorosa que forjaría a Méjico. De la fusión amorosa que forjaría a toda Hispanoamérica y traería al mundo este coro magnifico de pueblos que hoy llamamos la Hispanidad.

Por eso, en expansión cargada de sentidos, ha rebasado las fronteras nuestra Virgen de Guadalupe.

Ella, en Méjico, se identifica con la substancia de la patria. Presidió el nacimiento de nuestra nacionalidad. Aceleró la propagación del Evangelio. Fue lábaro de nuestra independencia. Congrega en tumultuoso plebiscito a todas las almas y conquista el respeto o la ternura aun de los descreídos y renuentes. Ella ha amparado y reverdecido nuestra fe después de más de un siglo de ataques insidiosos o brutales. A ella van nuestras lágrimas, nuestras alegrías, nuestras esperanzas. Ella es emblema autóctono, negación de exotismos desintegradores, vínculo sumo de unidad nacional. En los cimientos del Tepeyac están los cimientos de la Patria.

Pero la Madre y Patrona de Méjico es también, por viva instancia de los países indoibéricos que el santo Pío X sancionó en 1910, Madre y Patrona de toda la América hispana. Pío XI, en 1935, incluye en el patronato a las islas Filipinas, hondamente vinculadas con el mundo español. Y en 1945 Pío XII la proclama a boca llena Emperatriz de América. Y—sin contar repercusiones impensadas y sorprendentes en el corazón de los Estados Unidos, y de Francia, y de otros países ilustres—en 1950 la vieja madre de la estirpe, al coronar espléndidamente en Madrid a nuestra Virgen de Guadalupe, coronó espléndidamente el ciclo de esa expansión providencial. El sentido histórico del mensaje cobró así su plenitud.

Porque Juan Diego no era sólo Juan Diego, sino la desvalida encarnación de todas las razas aborígenes. Zumárraga no era solo Zumárraga, sino la ardiente personificación de todos los evangelizadores hispanos. Y las rosas de Castilla exprimieron la policromía de sus jugos, símbolo de la savia toda de España, para embeberse en el ayate del indio, fundirse con él y estampar en sus fibras, transfiguradas y extasiadas para siempre, la imagen celeste de María. Y por eso el milagro de Santa María de Guadalupe maravillosamente simboliza, resume y señorea este humano milagro de la Hispanidad. Y ambos portentos, lejos de encerrarse en un ámbito exclusivo, se dilatan por todos los horizontes y abren los brazos en un anhelo universal—católico—de amor.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente aldía de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo.
Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos:
«Sed fuertes, no temáis.
¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto, y corrientes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial.
En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas, cañas y juncos.
Habrá un camino recto. Lo llamarán «Vía Sacra». Los impuros no pasarán por él. Él mismo abre el camino para que no se extravíen los inexpertos.
No hay por allí leones, ni se acercan las bestias feroces.
Los liberados caminan por ella y por ella retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros.
Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción.


Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo:
«Hombre, tus pecados están perdonados».
Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos:
«¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?». Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo:
- «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil: decir “Tus pecados te son perdonados”, o decir “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados - dijo al paralítico-: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”». Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, punto, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios
El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían:
«Hoy hemos visto maravillas».

Palabra del Señor.

San Dámaso I – Papa

El último tercio del siglo IV marca el período de mayor influencia de España en Roma. Tres nombres gloriosos llenan ese espacio de tiempo, cada uno en su campo propio y los tres ligados de alguna manera entre sí. Dámaso honra el Pontificado; Teodosio, el Imperio, y Prudencio, la poesía cristiana. España, que tanto había recibido de Roma, que aprendió a amar en latín a Jesucristo, pagó con creces la deuda contraída. Aun prescindiendo de otros nombres ilustres, con los tres mencionados bastaba para probarlo.

San Dámaso es, entre los Pontífices antiguos, el que más cerca está de nosotros por sus gustos de intelectual y escriturista y por sus aficiones de arqueólogo. Su diplomacia firme, aunque discreta, contribuyó a consolidar la posición del cristianismo frente a los últimos ataques del paganismo; supo mantener el prestigio de la Sede Apostólica, expresión que comienza a circular durante su pontificado, y salvaguardar la unidad de la fe, tan amenazada por el arrianismo y otras herejías cristológicas o trinitarias; fue el mecenas de San Jerónimo y alentó sus trabajos bíblicos, que reconocería doce siglos después el concilio de Trento al adoptar como texto seguro la traducción de la Vulgata. Por último, sus aficiones de arqueólogo le llevaron a restaurar las catacumbas, salvando la memoria de los mártires y orientando la piedad de los fieles hacia su culto.

San Dámaso nació en Roma el año 305, de una familia de ascendencia española, cuyo padre, Antonio, había hecho toda su carrera eclesiástica no lejos del teatro de Pompeyo, junto a los archivos de la Iglesia romana, siendo "notario, lector, levita y sacerdote". Su madre se llamaba Laurencia y llegó a la edad de noventa y dos años. Tuvo también otra hermana menor, llamada Irene, la cual se consagró a Dios vistiendo el velo de las vírgenes.

El Santo se formó a la sombra del padre, en un ambiente elevado, teniendo ocasión de relacionarse con lo mejor de la sociedad romana, tan compleja, pues alternaban los cristianos fervorosos con los viejos patricios adictos al paganismo, los herejes irreductibles y los empleados públicos, cuyas convicciones variaban según soplasen los aires de la política imperial.

La educación de Dámaso fue exquisita, y desde el primer momento se orientó hacia la carrera eclesiástica, destacándose entre el clero de la Urbe. Como toda persona de mérito, tuvo que sufrir la calumnia o la enemistad, y, por su labor entre las damas piadosas, que solicitaban su dirección, le motejaron los envidiosos de halagador de oídos femeninos: auriscalpius feminarum.

Ya desde su infancia, encendida su imaginación con el relato de las muertes heroicas de los mártires, debió despertarse en él la vocación de cantor de los que dieron su vida por la fe, recogiendo ávidamente las noticias que circulaban oralmente, como en el caso de los Santos Pedro y Marcelino, en que el mismo verdugo le contó su martirio:

Percussor retulit Damaso mihi, cum puer essem.

Era diácono cuando falleció el 24 de septiembre de 366 el papa Liberio. El Imperio había sido repartido en 364, tomando Valente el Oriente y Valentiniano I el Occidente. Desde 358 había un antipapa, Félix III (467), y, aunque Dámaso se había mostrado partidario suyo, después se reconcilió con Liberio y trabajó en reconciliar al antipapa.

Por el gran ascendiente que gozaba en Roma, Dámaso fue elegido Papa en la basílica de San Lorenzo in Lucina por la mayoría del clero y del pueblo, siéndole favorable la nobleza romana. Sin embargo, los opositores se reunieron en Santa María in Trastevere y eligieron a Ursino, que se hizo consagrar rápidamente por el obispo de Tibur, no haciéndolo Dámaso hasta un domingo posterior, que fue el 1 de octubre, por el obispo de Ostia.

Parece como si Dios pusiera en la existencia de los santos ocultas espinas que les puncen para purificarles. Ursino fue el aguijón de Dámaso.

Desde que el 26 de octubre el emperador Valentiniano dió orden de destierro contra el antipapa, la revuelta se apoderó de Roma. Los partidarios de Ursino se hicieron fuertes en la basílica Liberiana, teniendo que soportar un verdadero asedio de los seguidores de Dámaso, donde dominaban los cocheros y empleados de las catacumbas. Armados de sus herramientas de trabajo y de hachas, espadas y bastones, se aprestaron al asalto de la basílica. Algunos lograron subir al techo y lanzaron contra los leales de Ursino no precisamente pétalos de rosas, conmemorativos de la nieve legendaria que diera pie a la erección del templo, sino teas encendidas, que ocasionaron 160 muertos.

Ursino fue desterrado, y, si bien el emperador le permitió volver el 15 de septiembre de 267, le expulsó de nuevo el 16 de noviembre. El antipapa no cede: desde su destierro maquina nuevas intrigas y en 370 consigue envolver a San Dámaso en un proceso calumnioso. En 373 se abre un nuevo proceso contra Dámaso ante los tribunales de Roma. Esta vez el acusador es un judío convertido, Isaac, detrás del cual se reconocen fácilmente los manejos de Ursino. El emperador Graciano interviene personalmente y falla la causa. Absuelve a Dámaso y destierra a Isaac a España, y a Ursino a Colonia.

En 378 ha de justificarse ante un concilio de obispos italianos que él mismo había convocado. Los obispos estaban inquietos a causa de las dudas que provocó la usurpación de Ursino. Pidieron que los obispos no pudieran ser llevados a otros tribunales que a los eclesiásticos, formados por sus propios colegas, y, en caso de apelación, que ésta se hiciera al Papa. Que éste sólo pudiera ser juzgado, en caso de necesidad, por el emperador en persona.

Todavía en 381 Ursino vuelve a la carga. El concilio de Aquilea, reunido por entonces, fue la ocasión. El antipapa quiere llevar la resolución del caso al propio emperador. Mas a partir de entonces todo se apacigua. Ursino debió de morir, porque no se vuelve a hablar más de él.

Los partidarios de Ursino no fueron los únicos en crear preocupaciones a San Dámaso. Al lado del antipapa se agitaban durante todo este tiempo los titulados obispos cismáticos; luciferianos, donatistas y novacianos. Roma era un avispero de sectas, y el Papa tuvo que luchar contra su intransigencia, como en el caso de los donatistas, descendientes de los antiguos montanistas africanos. Su campeón, el presbítero Macario, condenado al destierro, murió de las heridas que recibiera al ser apresado, aunque la elección de otro obispo significó un nuevo competidor contra Dámaso.

En medio de tantas dificultades, el gran Papa pensaba en la Iglesia universal. En punto a herejías, su mayor preocupación era el arrianismo. Roma se había pronunciado abiertamente contra las doctrinas arrianas en el concilio de Nicea y siempre había mantenido una línea clara en este punto. Al tiempo de la elección de San Dámaso eran arrianos los obispos Restituto de Cartago y Auxencio de Milán, y otros muchos del Ilírico y, sobre todo, de la región del Danubio. El emperador no quería problemas por causa del arrianismo, y la situación era dudosa. En 369 San Atanasio escribe ad Afros, a los obispos de Egipto y Libia, y habla del "querido Dámaso", pero muestra su inquietud por el estado de cosas de Occidente. Un poco después otra carta del mismo santo obispo habla de recientes concilios reunidos en las Galias y España, y en la misma Roma, en que se tomaron medidas contra Auxencio de Milán. El concilio de Roma nos es conocido por la carta Confidimus, del propio San Dámaso a los obispos de Ilírico. Esta carta es una firme declaración de los principios de Nicea. Pero fue necesario esperar la muerte de Auxencio, en 374, para reemplazarle por un obispo ortodoxo: San Ambrosio. En la región dalmaciana (Ilírico) el arrianismo conservó durante mayor tiempo su hegemonía, aunque en 481 el concilio de Aquilea, en el que San Dámaso no llegó a intervenir, condenó vigorosamente los manejos de los herejes.

En Oriente la política religiosa del Papa tuvo menos éxito, porque la situación era más embrollada. Los católicos estaban divididos a causa del cisma de Antioquía. Los unos eran partidarios de Melecio, que había sido elegido según regla: los otros se inclinaban a favor de Paulino. San Basilio de Cesarea era el jefe de los primeros, y con él casi todo el episcopado oriental. Pero Roma, bajo la influencia de San Atanasio, se había pronunciado por el segundo. A partir de 371 fueron llevadas a cabo largas y penosas negociaciones por San Basilio para obtener la condenación explícita de Marcelo de Ancira y después la de Apolinar de Laodicea, así como el reconocimiento de Melecio de Antioquía. San Dámaso se contentó con remitir la carta Confidimus del concilio romano de 370. El asunto de Marcelo de Ancira se resolvió con la muerte del hereje, y el de Apolinar con su condenación en 375. El caso de Melecio fue más complicado, porque la solución dependía en gran parte de aceptar o rechazar por parte de San Basilio la terminología trinitaria usada en Roma. San Dámaso comenzó por mostrarse intransigente en este punto (carta ad gallos episcopos, 374); después hizo concesiones, aunque un concilio romano de 376 parecía volver al estado primitivo. Sin embargo, la muerte de San Basilio el 1 de enero de 379 allanó el arreglo, más necesario que nunca.

Un gran concilio reunido en Ancira aquel mismo año aceptó las fórmulas propuestas por el Papa. Mas este concilio, presidido por el propio Melecio, no podía ser grato a Dámaso, que era partidario de Paulino. Muerto aquél el año 381, no pasó, empero, Paulino a la silla de Antioquía, como hubiera deseado el Papa, sino Flaviano, lo cual contribuyó en alguna forma a aislar el Oriente de Roma por no resolverse el mencionado cisma.

Por aquella misma época se convocaba en Zaragoza (380) otro concilio para condenar a Prisciliano, cuyas doctrinas ascéticas resultaban sospechosas. Este, que había llegado a obispo de Avila, recurriló al Papa, a quien llama senior et primus. San Dámaso, sin condenarle expresamente, no admitió su requisitoria: EI hereje español tuvo el mal acuerdo de elevar su causa al emperador, y a pesar de las protestas de San Martín de Tours y de otros obispos, el efímero emperador Máximo avoca la causa a su tribunal y juzga y condena a Prisciliano en 385 por el delito de magia. El y otros cuatro más son decapitados. Ya tienen los panfletistas el primer caso de "relajación al brazo secular''.

En 382 fue convocado en la misma Roma un concilio al que San Dámaso tal vez pensaba darle carácter universal, pero que resultó de escasos frutos. Como el propio San Jerónimo acudiera a la ciudad de las siete colinas, fue ocasón de que le conociera San Dámaso y se trabara entre ambos una estrecha amistad, que tan beneficiosa seria para las ciencias bíblicas. Durante tres años (382-385) el Papa le retuvo por secretario. Le alentó en sus trabajos escriturísticos y en sus versiones de las Sagradas Escrituras del hebreo y griego al latín, lo que nos porporciorló la Vulgata, versión que todavía hoy utiliza como oficial la Iglesia Romana. Sin embargo, San Jerónimo tenía un carácter independiente y excitable, muy difícil para la vida de la curia. Añorando su soledad, muerto ya el Papa, donde siempre los que han servido al señor difunto encuentran enrarecido el ambiente, se retiró a Belén con sus libros y sus penitencias.

En otoño del año 382, Dámaso, sin entrar en escena, obtuvo en Roma un triunfo importante para el cristianismo: la remoción de la estatua de la Victoria de la sala del Senado.

Una vez que Constantino concedió por el edicto de Milán del 313 la paz a la Iglesia y comenzaron a surgir en la Urbe las grandes basílicas cristianas, nos cuesta trabajo entender que Roma siguiera siendo "oficialmente" pagana todavía casi a fines del glorioso siglo IV.

El edicto de Milán propiamente no cambió la situación legal del paganismo. Seguían abiertos los templos paganos, seguían expuestas en plazas, foros y paseos las estatuas de los dioses, seguían recibiendo los sacerdotes del antiguo culto sus subvenciones estatales. Gran número de las familtias de la nobleza romana seguían apegadas a sus antiguas creencias.

El poeta español Prudencio, que hizo una visita a Roma a primeros del siglo V, pudo todavía contemplar a los sacerdotes coronados de laurel cuando se dirigían apresurados al Capitolio, por el amplio espacio de la vía Sacra, conduciendo las víctimas mugientes. Allí vió el templo de Roma, adorada como una divinidad, y el de Venus, quemándose el incienso a los pies de ambas diosas. Como en los versos de Horacio, vió a las vestales taciturnas acompañar al Pontífice según subían las gradas de altar.

El mundo en que vivió San Dámaso casi pudiera decirse que, con emperadores ya cristianos, seguía siendo pagano, y era frecuente sentir el balanceo de la hegemonía de una u otra religión. Quizá donde estaba simbolizada esta lucha era en la susodicha estatua de la Victoria, el símbolo más venerable del paganismo oficial. Toda de oro macizo, representaba a una mujer de aspecto marcial y formas opulentas, que desbordaban los pliegues holgados de su túnica, ceñido el talle por un cinturón guerrero. La diosa, ágil y robusta, apoyábase sobre un pie desnudo, extendiendo, como un ave divina, sus ricas alas, en actitud de cobijar a la augusta asamblea.

Delante de la estatua había un altar, donde cada senador, al entrar en la curia, quemaba un grano de incienso y derramaba una libación a los pies de la diosa protectora del Imperio.

Esta estatua, que para los cristianos era objeto de escándalo y para muchos miembros del patriciado como el postrer vestigio de la pujanza política del paganismo, sufrió numerosas vicisitudes. Verdadero símbolo de la vieja religión, compartió con ella su suerte. Durante la lucha de los cultos, que llena todo el siglo IV, la Victoria desciende de su pedestal cuantas veces el cristianismo sale triunfador, y vuelve a encumbrarse en el solio cuando el culto de los dioses reanuda su ofensiva.

El emperador Constante la retira, la vuelve a restablecer. En el viaje a Roma de Constantino la manda de nuevo retirar. Salido Constantino de Roma, la mayoría pagana del Senado la restablece en su sitio. Joviano la deja en paz. Valentiniano la tolera; pero la suprime una orden de Graciano, el primero de los emperadores que se mostró cristiano en la vida pública y en la privada.

El dolor de los senadores paganos fue grande, y enviaron una comisión a Milán, donde residía el emperador, para pedirle la revocación de la orden; pero los cristianos del Senado se adelantaron, pues llegó antes a Milán una carta de San Dámaso, y Graciano se negó a recibir a los comisarios, persistiendo en su resolución.

Todavía la lucha perdura, pues a la muerte trágica de Graciano, ocurrida al año siguiente, ocupa el trono Valentiniano II, de quien creyeron poder obtener en su inexperiencia lo que negara resueltamente el anterior emperador. Entonces entran en juego dos hombres importantes. Símaco, prefecto de la ciudad de Roma, pagano acérrimo de la vieja escuela, que presenta un alegato lleno de nostalgia por los dioses paganos, que dieron el poderío y grandeza a Roma a través de mil doscientos años de su historia, y San Ambrosio, que vindica la causa cristiana.

En fin, son los últimos estertores del paganismo clásico. También Prudencio, en su poema Contra Simmacum, nos ha contado los últimos incidentes de este duelo, que acabó con la victoria definitiva del cristianismo.

Vincendi quaeris dominam? Sua dextera cuique est et Deus omnipotens.

"¿Quieres saber cuál es la diosa Victoria? El propio brazo de cada uno y la ayuda de Dios todopoderoso." La Victoria pagana ha plegado definitivamente sus alas para abrirlas al lábaro de la cruz.

Nos queda considerar, por último, el aspecto que ha hecho más popular a San Dámaso, y también aquel cuya influencia ha sido mayor para la posteridad, el que le ha merecido el título de 'Papa de las catacumbas". Él se preocupó, en medio de la agitación de su pontificado, de propagar el culto de los mártires, restaurando los cementerios suburbanos donde reposaban sus cuerpos, de hacer investigaciones para encontrar sus tumbas, olvidadas, como en el caso de San Proto y San Jacinto, en la vía Salaria; de honrarlos con bellas inscripciones métricas, que después grababa en hermosas letras capitales su calígrafo Furio Dionisio Filócalo, cuyos trazos barrocos todavía podemos admirar hoy en alguna lápida íntegra que nos ha llegado de entre el medio centenar que debió esculpir.

A finales del siglo IV eran muy borrosas las noticias que se tenían en Roma de los mártires de las persecuciones. Cierto que ya Constantino se preocupó de levantar en su honor espléndidas basílicas, como las de San Pedro, San Pablo, San Lorenzo y Santa Inés. Pero no era posible hacer otro tanto con los que yacían enterrados en los lóbregos subterráneos de las catacumbas, pues hubieran hecho falta sumas enormes.

La idea de San Dámaso fue darles veneración en los mismos lugares de su enterramiento, según la tradición romana, que ligó siempre el culto a la tumba del mártir.

Mas para facilitar la visita de los fieles eran necesarios trabajos importantes, pues debían abrirse nuevas entradas, ensanchar las escaleras y hacerlas más cómodas, adornar las salas o cubículos donde reposaban los cuerpos santos.

San Dámaso se entregó con entusiasmo a esta obra. La cripta de los Papas del siglo lll, uno de los más sagrados recintos de la cristiandad, la adornó con columnas, arquitrabes y cancelas, y en el fondo colocó una de sus famosas inscripciones, que todavía puede leerse, recompuesta en pedazos:

Hic congesta iacet quaeris si turba piorum Corpora sanctorum retinente veneranda sepulcra.

"Si los buscas, encontrarás aquí la inmensa muchedumbre de los santos. Sus cuerpos están en los sepulcros venerables, sus almas fueron arrebatadas a los alcázares del cielo..."

Nos podemos imaginar al augusto Pontífice, acompañado de sus más asiduos colaboradores, tal vez el propio San Jerónimo, emprendiendo aquellas investigaciones que le llevaban a encontrar la pista de algún santo olvidado. ¡Qué alegría entonces, como se refleja aún en la inscripción a través de los siglos!:

Quaeritur inventus colitur fovet omnia praestat.

"Tras los trabajos de búsqueda es encontrado, se le da culto, se muestra propicio, lo alcanza todo."

Resulta emocionante saber que San Dámaso emprendió esta obra de exaltación de los mártires en agradecimiento por haber conseguido la reconciliación del clero tras el cisma de Ursino.

Pro reditu cleri, Christo praestante trinmphans martyribus sanctis reddit sua vota sacerdos.

Podrá objetarse que el santo Pontífice no siempre tuvo buenas fuentes de información, excepto el caso ya citado, en que el propio verdugo dió testimonio. Casi siempre ha de recurrir a la tradición oral: Fama refert... Fertur... Haec audita refert Damasus... En algunos casos ha de dejar el juicio al propio Cristo: probat omnia Christus.

Esta pobreza de sus informaciones se manifiesta ya en las descripciones genéricas que hace del martirio, o en no saber decir los nombres o el tiempo de su triunfo, usando una frase imprecisa: "en los días en que la espada desgarraba las piadosas entrañas de la Madre": tempore quo gladius secuit pia víscera matris.

Otras veces será la estrechez de la lápida, que no le permite espacio para mayores noticias, como en la inscripción de la cripta de los Papas. Sin embargo, hay que confesar que ya por la dificultad de expresarse en verso, ya por su propensión a lo genérico e indeterminado, su poesía es vaga y obscura, aun cuando no podían faltarle noticias concretas, como en los epitafios de su madre Laurencia o de su hermana Irene. Esta pobreza de expresión se manifiesta, además, en sus imitaciones virgilianas, que ocurren a cada paso, y en lo reducido de su lenguaje, que definió De Rossi "como un perpetuo e invariable ciclo" en que se repiten hemistiquios y aun versos enteros.

A pesar de todo, los pequeños poemas damasianos llegan a conmovernos, porque reflejan el entusiasmo del poeta y el afecto vivísimo que alimentaba hacia los atletas de Cristo, de donde sus cálidas invocaciones: "Amado de Dios que seas propicio a Dámaso te pido ¡oh santo Tiburcio!'

O en el de Santa Inés: "¡Oh santa de toda mi veneración, ejemplo de pureza!, que atiendas las plegarias de Dámaso te pido, ínclita mártir".

Se comprende que los peregrinos medievales copiasen con verdadera ilusión estos versos, merced a lo cual han podido salvarse en códices y bibliotecas muchos de ellos, cuyos fragmentos filocalianos hallaron posteriormente De Rossi y otros investigadores de las catacumbas.

Digamos también que San Dámaso, que tuvo el honor de transformar las catacumbas en santuarios, fue, a la vez, el que introdujo el culto de los mártires en Roma. Al fundar un "título" o iglesia parroquial en su propia casa, junto al teatro de Pompeyo, según la costumbre, le dió su propio nombre: "in Damaso", pero le ligó al recuerdo de un mártir español, San Lorenzo. Y aunque la iglesia iba dedicada a Cristo, como todas las de entonces, al poner el nombre del santo diácono como una invitación a honrarle más especialmente, sentó un precedente que evolucionaría con toda rapidez. Las iglesias se dedicarían a los santos, como ya hoy es normal. El nombre del fundador caería en desuso y quedaría el del patrón.

San Dámaso murió casi octogenario el 11 de diciembre de 384. Al final de la inscripción a los mártires en la cripta del cementerio de Calixto, el santo Papa había manifestado su deseo de ser allí enterrado, aunque por humildad o por escrúpulo de arqueólogo no se atreviera a tanto.

Hic fateor Damasus volui mea condere membra sed cineris timui sanctos vexare piorum.

Entonces se hizo preparar para él y su familia una basílica funeraria en la vía Ardeatina, no lejos del área donde estaban los mártires queridos. Esta capilla se presentaba a los peregrinos medievales como una etapa entre Roma y la visita de las catacumbas. Compuso tres epitafios; para su madre, su hermana y el suyo. Este es particularmente humilde y lleno de fe. Recuerda la resurrección de Lázaro por Cristo y termina con esta hermosa frase: "De entre las cenizas hará resucitar a Dámaso, porque así lo creo".

Sus reliquias fueron llevadas posteriormente a la iglesia de San Lorenzo in Damaso y están conservadas debajo del altar mayor.

Su gran amigo San Jerónimo hizo de él este hermoso elogio en su tratado De la virginidad: Vir egregius et eruditus in Scripturis, virgo virginis Ecclesiae doctor: "Varón insigne e impuesto en la ciencia de las Escrituras, doctor virgen de la Iglesia virginal".

La liturgia también le es deudora de sabias reformas. Además de su devoción acendrada a los mártires, la construcción del baptisterio vaticano y la firmeza apostólica en reprimir las herejías, le cabe la gloria de haber introducido en la misa, conforme a la costumbre palestinense, el canto del aleluya los domingos y la reforma del viejo cursus salmódico para darle un carácter más popular.