sábado, 19 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, hablaba Josué continuó al pueblo diciendo:
«Pues bien: temed al Señor, servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río y en Egipto; y servid al Señor. Pero si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor». El pueblo respondió:
«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos. Además el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor: ¡porque él es nuestro Dios!». Y Josué dijo al pueblo:
«No lograréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, él también se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os maltratará y os aniquilará». El pueblo le respondió:
«¡No! Nosotros serviremos al Señor». Josué insistió:
«Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirle» Respondieron:
«¡Testigos somos!». Josué contestó:
« Entonces, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, e inclinad vuestro corazón hacia el Señor, Dios de Israel». El pueblo respondió:
«¡Al Señor, nuestro Dios serviremos y obedeceremos su voz».
Aquel día, Josué selló una alianza con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina que hay en el santuario del Señor,. Y dijo Josué a todo el pueblo:
«Mirad esta piedra será testigo contra nosotros, porque ha oído todas las palabras que el Señor nos ha dicho. Ella será testigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios». Luego Josué despidió al pueblo, cada cual a su heredad.
Y después de todo esto, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.


En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.
Jesús dijo:
«Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos».
Les impuso las manos y se marchó de allí.

Palabra del Señor.

San Ezequiel Moreno y Díaz

Martirologio Romano: En Monteagudo, de Navarra, en España, tránsito de san Ezequiel Moreno Díaz, obispo de Pasto, en Colombia, de la Orden de los Recoletos de San Agustín, que trabajó y, por anunciar el Evangelio, dio su vida tanto en las Islas Filipinas como en América del Sur (1906).

Fecha de canonización: Juan Pablo II lo canonizó en la ciudad de Santo Domingo el 11 de octubre de 1992, presentándolo al mundo como ejemplo de pastor y de misionero en el V Centenario de la evangelización de América.

Ezequiel Moreno nació en Alfaro (La Rioja, España), el 9 de abril de 1848. Siguiendo el ejemplo de su hermano Eustaquio, el 21 de septiembre de 1864 vistió el hábito en el convento de los agustinos recoletos de Monteagudo (Navarra) y tomó el nombre de fray Ezequiel de la Virgen del Rosario.

En 1869, después de sus estudios de teología, fue enviado a las islas Filipinas, tierras de sus sueños, con 17 hermanos. Llegó a Manila el 10 de febrero de 1870. Recibió la ordenación sacerdotal el 3 de junio de 1871 y fue destinado enseguida a la isla de Mindoro, con su hermano Eustaquio. Como capellán demostró su celo apostólico en la colonia militar y sus anhelos misioneros en la búsqueda de pueblos que no conocían a Dios. Las fiebres le obligaron a volver a Manila. Poco después fue nombrado párroco de Calapan y vicario provincial de los agustinos recoletos de la isla de Mindoro; de 1876 a 1880 ocupó los cargos de párroco de Las Piñas y de Santo Tomás en Batangas y de 1880 a 1885 ejerció los oficios de predicador del convento de Manila, párroco de Santa Cruz y administrador de la casahacienda de Imus.

El capítulo provincial de 1885 nombró a fray Ezequiel prior del convento de Monteagudo, donde se modelaban les conciencias de los futuros misioneros. Terminado su mandato de superior de ese convento, se ofreció como voluntario para restaurar la orden en Colombia. Nombrado jefe de una expedición, partió de España a finales de 1888 con otros seis religiosos voluntarios, llegando a Bogotá el 2 de enero de 1889. Su primer objetivo fue restablecer la observancia religiosa en las comunidades.

En 1893 fray Ezequiel fue nombrado obispo titular de Pinara y vicario apostólico de Casanare; recibió la ordenación episcopal en mayo de 1894. Habría preferido acabar sus días en medio de sufrimientos y privaciones—como manifiesta en una de sus cartas—, pero Dios lo había destinado a una misión más ardua y delicada. En 1895 fue nombrado obispo de Pasto. Cuando se le comunicó la noticia, le vino a la mente una pregunta angustiante: “¿Me habré hecho indigno de sufrir por Dios, mi Señor?”. En su nueva misión le esperaban situaciones mucho más difíciles y amargas: humillaciones, burlas, calumnias, persecuciones e incluso el abandono de parte de sus superiores inmediatos.

En 1905 se vio afectado por una grave enfermedad—cáncer en la nariz—, que le hizo saborear hasta la última gota el cáliz del dolor. Los médicos le animaron a volver a Europa para operarle, pero él se negaba a abandonar su grey. Aconsejado por los fieles y los sacerdotes, en diciembre de aquel mismo año regresó a España para someterse a varias operaciones. Con el fin de conformarse más con Cristo, rechazó la anestesia. Soportó las dolorosas operaciones sin un lamento y con una fortaleza tan heroica que conmovió al quirurgo y a sus asistentes.

Sabiendo que estaba herido de muerte, quiso pasar los últimos días de su vida en el convento de Monteagudo, junto a la Virgen. El 19 de agosto de 1906, después de de haber padecido acérrimos dolores, con los ojos clavados en el crucifijo, entregó su alma al Señor. Fue beatificado por Pablo VI el 1 de noviembre de 1975. 

viernes, 18 de agosto de 2017

ORACIÓN POR LOS FALLECIDOS EN BARCELONA


Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, Josué reunió todas las tribus de Israel en Siquén y llamó a los ancianos de Israel, a los jefes, ja los jueces y a los magistrados. Y se presentaron ante Dios.
Josué dijo a todo el pueblo:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “Al otro lado del rio Eufrates vivieron antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, y servían a otros dioses. Yo tomé a Abrahán vuestro padre del otro lado del Río, lo conduje por todo la tierra de Canaán y multipliqué su descendencia dándole un hijo, Isaac. A Isaac le di dos hijos: Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.
Envié a Moisés y Aarón y castigue a Egipto con los portentos que hice en su tierra. Luego os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con sus carros y caballos hasta el mar Rojo, pero ellos gritaron al Señor y el tendió una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después hizo que se desplomara sobre ellos el mar, que los anaegó. Con vuestros propios ojos visteis lo que hice con Egipto.
Después vivisteis en el desierto muchos años. Os llevé luego a la tierra de los amorreos que vivían al otro lado del Jordán: ellos os atacaron, pero yo os los di. Así tomasteis posesión de sus tierras, y yo los exterminé a vuestra llegada. Entonces se alzó Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, para atacar a Israel; y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijera; pero yo no quise escuchar a Balaán, que no tuvo más remedio que bendeciros, y así os libré de sus manos.
Pasasteis después el Jordán y llegasteis a Jericó. Los jefes de Jericó ( y los amorreos, perizitas, cananeos, hititas, guirgascos, heveos y jebuseos) os atacarán, pero yo os los di; mandé delante de vosotros avispas, que expulsaron, al llegar vosotros, a los dos reyes amorreos: no fue con tu espada ni con tu arco. Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado y de cuyos frutos ahora coméis”».


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?». Él les respondió:
« ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
Ellos insistieron:
« ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla? ». Él les contestó:
«Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer - no hablo de unión ilegítima - y se casa con otra, comete adulterio». Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse». Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».

Palabra del Señor.

San Alberto Hurtado Cruchaga

Alberto Hurtado Cruchaga nacido en Viña del Mar, Chile, el 22 de enero de 1901. Quedó huérfano de padre a la edad de 4 años. Su madre se vio obligada a vender en condiciones desfavorables su propiedad para pagar las deudas de la familia. Como consecuencia de ello, Alberto y su hermano debieron ir a vivir con parientes, y a menudo a transferirse de uno a otro de ellos. Así experimentó desde pequeño la condición de los pobres, sin casa y dependiendo de otros. Una beca le permitió estudiar en el Colegio San Ignacio de Santiago. Aquí se hizo miembro de la Congregación Mariana (lo que hoy son las Comunidades de Vida Cristiana, CVX) y como tal se interesó vivamente por los pobres, yendo a trabajar con ellos a los barrios más miserables todos los domingos por la tarde.

Terminados los estudios secundarios en 1917 quiso hacerse jesuita, pero le recomendaron postergar la realización de su deseo con el fin de que se pudiera ocupar de su madre y su hermano menor. Trabajando por las tardes, logró mantener a los suyos y al mismo tiempo estudiar en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica. En este período continuó dedicándose a los pobres, a quienes seguía visitando cada semana. El deber del servicio militar le hizo interrumpir sus estudios, pero luego pudo graduarse al inicio de agosto de 1923.

El 14 de este mes entró al Noviciado de la Compañía de Jesús en Chillán, Chile. En 1925 se trasladó a Córdoba, Argentina.

En 1927 fue enviado a España para realizar sus estudios de filosofía y teología. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas de este país en 1931 le obligó a partir a Bélgica y continuar la teología en Lovaina. Allí fue ordenado sacerdote el 24 de agosto de 1933. En 1935 obtuvo el doctorado en Pedagogía y Psicología. Después de realizar la experiencia de Tercera Probación en Drongen (Bélgica), regresó a Chile en enero de 1936.

Una vez que volvió a su patria, su celo apostólico se fue extendiendo paulatinamente a todos los campos. Comenzó su actividad como profesor de Religión en el Colegio San Ignacio y de pedagogía en la Universidad Católica y el Seminario Pontificio. Escribió varios artículos sobre educación y acerca del orden social cristiano. Construyó una casa de Ejercicios Espirituales en un pueblo que hoy lleva su nombre. Fue director de la Congregación Mariana de los jóvenes del colegio, a quienes invitó a ser catequistas en medios populares. Dio Ejercicios Espirituales en incontables ocasiones. Fue director espiritual de muchos jóvenes, acompañando a varios en su respuesta a la vocación sacerdotal, y contribuyendo notablemente a la formación de muchos laicos cristianos.

En 1941 el Padre Hurtado publicó su libro más famoso: «¿Es Chile un país católico?». En el mismo año se le confió el cargo de Asesor de la rama juvenil de la Acción Católica de la Arquidiócesis de Santiago, y al año siguiente, de toda la nación. Desempeñó el cargo con extraordinario espíritu de iniciativa, dedicación y sacrificio.

En octubre de 1944, mientras daba un retiro, sintió una imperiosa necesidad de llamar a la conciencia de sus auditores acerca de la necesidad que pasaban muchos pobres en la ciudad, y en especial muchos niños que vivían en las calles. Esto despertó una pronta reacción generosa. Fue el inicio de la iniciativa que ha hecho más conocido al P. Hurtado: se trata de aquella forma de actividad caritativa que ayuda a gente sin techo, dándole no sólo un lugar para vivir sino un verdadero hogar: el Hogar de Cristo.

A través de la contribución de benefactores y con la activa colaboración de laicos comprometidos, el Padre Hurtado abrió una primera casa de acogida para niños, luego una para mujeres y otra para hombres. Los pobres comenzaron a tener en el Hogar de Cristo un ambiente de familia en el cual vivir. Estas casas se fueron multiplicando y adquiriendo nuevas formas y características: en algunos casos se convirtieron en centros de rehabilitación, en otros, de educación artesanal y muchos otros. Todo se inspiraba en los valores cristianos, que empapaban la obra entera.

En 1945, el P. Hurtado viajó a Estados Unidos, y estudió cómo adaptar al país el movimiento «Boys Town». Los últimos años de su vida los dedicó al desarrollo de las varias formas en las que el Hogar de Cristo había llegado a existir y operar.

En 1947 fundó la Asociación Sindical Chilena (ASICH), con el objetivo de promover un sindicalismo inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia.

Entre el 1947 y 1950 escribió tres importantes libros: Sindicalismo, Humanismo Social y El Orden Social Cristiano en los Documentos de la Jerarquía Católica. En 1951 fundó la Revista Mensaje, conocida revista de los jesuitas chilenos dedicada a dar a conocer y explicar la doctrina de la Iglesia.

Un cáncer al páncreas terminó con su vida en pocos meses. En medio de los grandes dolores solía repetir: «Contento, Señor, contento».

Después de haber pasado su existencia manifestando el amor de Cristo a los pobres, fue llamado por Él el 18 de agosto de 1952.

Desde su regreso a Chile vivió solamente poco más de quince años: fue un tiempo de intenso apostolado, expresión profunda de su amor personal por Cristo y, precisamente por eso, caracterizado por una gran dedicación a los niños pobres y abandonados, por un celo ardiente por la formación de los laicos, y por un vivo sentido de justicia social cristiana.

El Padre Hurtado fue beatificado por Juan Pablo II el 16 de octubre de 1994.

jueves, 17 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, el Señor dijo a Josué:
«Hoy mismo voy a empezar a engrandecerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés. Tú dales esta orden a los sacerdotes portadores del Arca de la Alianza: “En cuando lleguéis a tocar el agua de la orilla de Jordán, deteneos en el Jordán”». Josué dijo a los hijos de Israel:
«Acercaos aquí a escuchar las palabras del Señor, vuestro Dios». Y añadió:
Así conoceréis que el Dios vivo está en medio de vosotros y que va a expulsar ante vosotros a los cananeos. Mirad, el Arca de la Alianza del Dueño de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros.
Y cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el Arca del Señor, Dueño de toda la tierra, pisen el agua del Jordán, la corriente de agua del Jordán que viene de arriba quedará cortada y se detendrá formando como un embalse». Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza caminaron delante de la gente.
En cuanto los portadores del Arca de la Alianza llegaron al Jordán y los sacerdotes que la portaban mojaron los pies en el agua de la orilla (el Jordán baja crecido hasta los bordes todo el tiempo de la siega), el agua que venía de arriba se detuvo y formó como un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adán, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba hacia el mar de la Arabá, el mar de la Sal, quedó cortado del todo. La gente pasó el río frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras todo Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos.


En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

Santa Beatriz de Silva y Meneses

Estamos ya en el último siglo de la Reconquista. Los reinos cristianos de la península Ibérica se van extendiendo hacia el sur y pasan al Africa. Una de las últimas plazas ganadas a los árabes para el reino de Portugal fue Ceuta (1415). El capitán de esta hazaña y primer gobernador de la ciudad conquistada fue don Pedro Metieses, conde de Viana y descendiente de los reyes de Castilla. En la conquista de esta plaza había intervenido también el caballero don Ruy Gómez de Silva, cuyo ejemplar comportamiento le mereció el aprecio de su capitán, hasta el punto de ofrecerle en matrimonio a su hija Isabel.

 El año 1422 se formó el nuevo hogar Silva-Meneses, en el que vería la luz Beatriz. Su padre fue este aguerrido caballero, don Ruy Gómez de Silva, tan distinguido en la cruzada contra los árabes. Su madre, doña Isabel Meneses, procedía de ilustre sangre real y era la segunda de los cuatro hijos de don Pedro Meneses.

 La vida del nuevo matrimonio transcurrió entre Ceuta y Campo Mayor, cuya alcaidía le fue concedida a Ruy Gómez de Silva por el rey portugués. Campo Mayor es una ciudad fronteriza con España, del distrito de Portalegre y diócesis de Evora. Aunque no faltan historiadores antiguos que dan a Beatriz por nacida en Ceuta. la tradición del primer convento concepcionista de Toledo considera a Campo Mayor como la patria de su madre fundadora y en esta villa portuguesa se conservan los mejores recuerdos de la infancia de Beatriz. Como fecha de su nacimiento se señala el año 1424.

 La madre de Beatriz, siguiendo la tradición familiar, era muy devota de la Orden de San Francisco y por ello encomendó la educación religiosa de sus once hijos a los padres franciscanos, que sembraron en sus almas un amor especial a la Inmaculada Concepción. El quinto de los hermanos de Beatriz, llamado Juan y luego Beato Amadeo de Silva, tomó el hábito de San Francisco y fundó la asociación llamada de los "amadeístas".

 Hay una tradición conservada en Campo Mayor, que es todo un símbolo de la belleza angelical que distinguía a la joven Beatriz. En una de sus iglesias se venera un cuadro de la Virgen con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, sosteniendo sobre sus rodillas al Niño. A su lado están arrodillados San Francisco y San Antonio. Las facciones de esta Virgen, según la tradición, son copia del rostro candoroso de Beatriz. Su padre quiso tener un cuadro de la Virgen para la capilla de su residencia y con este fin mandó venir a un pintor italiano. El artista expuso al padre que el mejor modelo para la Virgen sería su misma hija. Esta, por obediencia, accedió a ello, pero, poseída de un inocente pudor en servir de modelo para un cuadro de María Inmaculada, no abrió sus ojos ante el pintor Así resultó una imagen de la Virgen sumamente expresiva y delicada, conocida con el nombre de la "Virgen de los ojos cerrados".

 En 1447 Juan II de Castilla contraía matrimonio con Isabel, princesa de Portugal. Esto dio lugar a que la nueva reina de Castilla pidiese al alcaide de Campo Mayor a su hija Beatriz como primera dama. Tenía ya entonces veintitrés años, y, al decir de la Historia manuscrita de 1526, "allende venir de sangre real, era muy graciosa doncella y excedía a todas las demás de su tiempo en hermosura y gentileza". La corte de Castilla residía por entonces en Tordesillas, al oeste de Valladolid, en plena meseta castellana, junto al río Duero. El ambiente palaciego estaba dominado por intrigas y frivolidades cortesanas de la época. Estas fueron las espinas que encontró Beatriz en Tordesillas, haciendo más bella y fragante la flor de su virginidad.

 Fuese por intrigas de algún caballero resentido ante la negativa de Beatriz a sus pretensiones, fuese por celos de la reina, que llegó a ver en ella una amante rival, cayó en desgracia de ésta. "Viendo la grande estimación que todos hacían de la sierva de Dios, la reina hubo celos de ella y del rey, su marido, y fueron tan grandes que, por quitarla de delante de los ojos, la encerró en un cofre, donde la tuvo encerrada tres días, sin que en ellos se le diera de comer ni de beber". Fue todo un torbellino de pasión, que quiso tronchar la vida de esta delicada flor, pero acudió en su defensa la Reina del cielo.

 "La Virgen María se le apareció con hábito blanco y manto azul y el Niño Jesús en brazos, y, luego de haberla confortado con cariño maternal, le intimó que fundara en su honor la Orden de la Purísima Concepción, con el mismo hábito blanco y azul que ella llevaba. Ante tan señalada merced de su Reina y Señora, Beatriz se ofreció por su esclava y le consagró, rebosante de gratitud, el voto de su virginidad y le rogó confiadamente la librara de aquella prisión. La Reina celestial accede sonriente y desaparece.

 La intervención de don Juan Meneses, tío de Beatriz, hizo que la reina Isabel abriese el cofre pasados tres días, esperando que su dama fuese ya cadáver. La sorpresa de todos fue impresionante. Beatriz apareció con más belleza y lozanía que antes de ser encerrada. Todos adivinaron que la bella dama portuguesa había sido favorecida en aquellas horas obscuras y tenebrosas con alguna luz especial del cielo. La Santísima Virgen la había escogido para dama suya. Era preciso cambiar de palacio. "A los tres días de verse libre del encierro, sin más dilación, pidió salir de Tordesillas, dirigiéndose a Toledo, acompañada de dos doncellas, "

 Camino de Toledo tiene lugar, al pasar por un monte, la aparición de dos frailes franciscanos. Beatriz pensó que eran enviados por la reina para confesarla antes de morir a manos de un verdugo. "Entonces, declarando ella su pena y temor, díjole un fraile de aquéllos, que parecía portugués, que no llorase, porque no solamente no eran ellos mensajeros de su muerte, más antes la venían a consolar y la hacían saber que había de ser una de las mayores señoras de España, y que sus hijos serían nombrados en toda la cristiandad. A esto respondió que era doncella y que, con el emperador que la demandase, no se casaría en ninguna manera, porque tenía hecho voto de limpieza a la Reina del cielo. Y dijéronle ellos: "Lo que hemos dicho ha de ser". Sigue describiendo la Historia anónima de 1526 cómo, después de consolarla, al llegar a una posada y disponerse para comer, desaparecieron aquellos dos frailes misteriosos, "y Beatriz creyó firmemente que el Señor le había enviado para consolarla e instruirla a San Francisco de Asís y a San Antonio de Padua, a los cuales celebró fiesta en adelante todos los años".

 En Toledo florecían por esta época numerosos monasterios de todas las principales Ordenes, especialmente cistercienses, dominicas y clarisas. Razones que la historia no nos ha transmitido hicieron que Beatriz escogiese el monasterio cisterciense de Santo Domingo de Silos (vulgarmente "El Antiguo"); tal vez relaciones muy personales con alguna de las religiosas de este monasterio, perteneciente a la nobleza portuguesa o castellana; tal vez el haber encontrado en este monasterio las condiciones más a propósito para la vida retirada que ella pensaba llevar, sin ser religiosa.

 En este vetusto solar de Toledo buscó Beatriz su casita de Nazaret, como "señora de piso", y en él vivió treinta años dedicados a la oración, al sacrificio y al desprecio del mundo. "La sierva de Dios fue muy humilde en sus acciones, despreciando su persona en actos exteriores; ...era su vida heroica y ...vivió treinta años en Santo Domingo, ejercitándose en toda virtud." Hay un dato muy significativo que revela su enérgica decisión de romper con el mundo: "Dende que salió de la corte del rey Don Juan hasta que murió ningún hombre ni mujer vio su rostro enteramente descubierto, si no fue la reina Doña Isabel (la Católica) y la que le daba de tocar, porque, aun para comer delante de solas sus criadas, apenas descubría del todo la boca".

 A la mortificación y vida retirada unía la práctica de la oración prolongada y una liberalidad magnánima para emplear todos sus bienes en dar culto a Dios y socorrer al pobre. Con sus rentas hizo labrar un nuevo claustro y la sala capitular del monasterio donde residía; con ellas favoreció también a cuantos pobres solicitaron su ayuda. Con el trabajo de sus manos, hilando o bordando, santificó también los ratos libres.

 Mientras tanto la Providencia iba preparando los acontecimientos para que Isabel la Católica se interesase por la fundación de la Orden concepcionista. Había sido proclamada reina en 1474 y algún año después entraba en Toledo; venía a cumplir la promesa hecha en la batalla de Toro de edificar un templo a San Juan Evangelista. El lugar escogido está próximo al monasterio donde residía Beatriz. En todos estos años turbulentos, en medio de campañas guerreras, cuando la reina venía a Toledo buscaba tiempo para ir a conversar con Beatriz, la dama que la había mecido en sus brazos cuando niña. En 1479, "con la ayuda de Dios y de la gloriosa Virgen María, su Madre", se firmó la paz definitiva entre Castilla y Portugal. Esto pudo ser un motivo especial para que la Reina Católica, tan devota de la Inmaculada, apoyase la fundación de la Orden concepcionista, que la Virgen había confiado a Beatriz. Por estos años "se dice que se le apareció (a Beatriz) la Madre de Dios otra vez, distinta de la referida del cofre, volviéndola a mostrar cómo había de ser el hábito que traerían sus monjas".

 El año 1484 Isabel la Católica concertaba con Beatriz la donación de unas casas de los palacios reales de Galiana, junto a la muralla norte de Toledo. Le donaba también la capilla adjunta, dedicada a Santa Fe por la reina Doña Constanza, esposa de Alfonso VI. Con doce compañeras (entre ellas una sobrina) pasó Beatriz a ocupar esta nueva mansión toledana. "En esta casa entró tan desacomodada con gran alegría, y dio orden de irla fabricando al modo necesario para que pudiese ser convento de religiosas."

 Cinco años pasó Beatriz echando los cimientos de la Orden concepcionista, bajo la protección de Santa Fe. El nombre de esta santa francesa decía muy bien con la fe que había demostrado Beatriz desde que salió de Tordesillas. Isabel la Católica se serviría del patrocinio de esta misma Santa en la conquista de Granada, con una fe paralela a la de Beatriz.

 La aprobación de la Orden concepcionista, pedida al Papa por mediación de la Reina Católica, era firmada por Inocencio VIII el 30 de abril de 1489. En este mismo día se presentó en el torno del convento provisional de Santa Fe un personaje misterioso, preguntando por doña Beatriz de Silva y comunicándola la firma de la bula por el Papa. "De esta manera lo supo ella en Toledo, cuando se otorgó en Roma, por revelación divina y creyó, sin duda, que este mensajero era San Rafael, porque desde que supo decir el Avemaría le había sido muy devota y le rezaba cada día alguna cosa en especial.

 Tres meses más tarde llega a Toledo la noticia de que la bula se había ido al fondo del mar, por haber naufragado la nave donde venía. "De esto recibió grandísima tristeza, y con mucha ansia de su corazón no hizo tres días sino llorar. Al cabo de ellos fue a abrir un cofre para cierta cosa necesaria, y, no sin mucha maravilla, halló allí la dicha bula encima de todo." Toda la ciudad de Toledo se asoció con gran júbilo a la procesión en que se trasladó la "bula del milagro" desde la catedral al convento de Santa Fe. Tuvieron lugar todos estos festejos en los primeros días del mes de agosto de 1491. Actuó en la procesión, misa pontifical y sermón el insigne padre franciscano Francisco García de Quijada, obispo de Guadix, y anunció que a los quince días tendría lugar en la capilla de Santa Fe la toma de hábitos y velos por Beatriz y sus compañeras.

 Pero... "a los cinco días, estando (Beatriz) puesta en muy devota oración en el coro, aparecióle la Virgen sin mancilla..., la cual le dijo: "Hija, de hoy en diez días has de ir conmigo, que no es nuestra voluntad que goces acá en la tierra de esto que deseas". El mismo día 16 de agosto, que se había acordado para la toma de hábitos, tuvo lugar la tranquila muerte de Beatriz. El mismo padre confesor le impuso el hábito y velo concepcionistas y recibió su profesión religiosa.

 "Al tiempo de su muerte fueron vistas dos cosas maravillosas: la una fue que, como le quitaron del rostro el velo para darle la unción, fue tanto el brillo que de su rostro salió que todos quedaron espantados; la otra fue que en mitad de la frente le vieron una estrella, la cual estuvo allí puesta hasta que expiró, y daba tan gran luz y resplandor como la luna cuando más luce, de lo cual fueron testigos seis religiosos de la Orden de San Francisco". Había sido escogida como estrella para guiar a generaciones de vírgenes, que consagrarían a Dios su amor y su pureza, en honor de María Inmaculada. Se iba al cielo para guiarlas mejor desde allí.

 "Siendo viva esta señora doña Beatriz y yendo una vez a maitines, según acostumbraba, halló la lámpara del Santísimo Sacramento muerta, y poniéndose en oración. vióla manifiestamente encender, no viendo quién la encendía; tras esto oyó una voz, según ella después lo descubrió, que bajamente le dijo: "Tu Orden ha de ser como esto que has visto, que toda ha de ser deshecha por tu muerte, mas como la Iglesia de Dios fue perseguida al principio, pero después floreció y fue muy ensalzada, así ella florecerá y será multiplicada por todas las partes del mundo, tanto que en su tiempo no se edificará casa alguna de otra Orden".

 Así sucedió, en efecto. Recién fallecida, se apareció Beatriz en Guadalajara al padre fray Juan de Tolosa, franciscano, diciéndole que se encaminase a Toledo para defender su Orden. Las religiosas de Santo Domingo pretendían que fuese enterrado en su monasterio el cuerpo de Beatriz y que se fusionasen con ellas sus compañeras, en vez de llevar adelante la nueva Orden concepcionista. La intervención del padre Tolosa evitó la extinción de la incipiente Orden. Cuatro años después surgió una nueva tempestad al fusionarse el vecino monasterio de monjas benedictinas de San Pedro de las Dueñas con el de Santa Fe y tener lugar grandes desavenencias. La abadesa de Santa Fe, madre Felipa de Silva, sobrina de Beatriz, resolvió abandonar su convento y trasladarse al de religiosas dominicas de la Madre de Dios, en la misma ciudad, llevándose consigo las reliquias de su venerable tía. Otro fraile franciscano, el cardenal Cisneros, volvió a encender la lamparilla de la Orden concepcionista, trasladando el convento de Santa Fe al que habían ocupado los padres franciscanos, muy próximo a él, y apoyando la fundación de nuevos conventos concepcionistas.

 A este último convento fueron trasladadas definitivamente las venerables reliquias de Beatriz, comenzando a recibir culto público poco después de su muerte. El afán por poseerlas es una buena prueba de ello. Los menologios de la Orden franciscana, cisterciense y benedictina la dan el título de "Beata". Abundan los relatos de favores milagrosos obtenidos por su intercesión. El año 1924 el papa Pío XI confirmó el culto inmemorial tributado a Beatriz como a Beata, con lo que nuevamente podía recibir culto público después de las normas prohibitivas de Urbano VIII en el siglo XVI. Reanudada la causa de canonización por Pío XII, todas sus hijas esperan venerarla pronto como Santa. Después de más de cuatro siglos de existencia y a pesar de las grandes pruebas por las que ha tenido que pasar la vida de clausura, aún conserva la Orden concepcionista más de 120 conventos diseminados por Europa y América Latina: de ellos corresponden a España más de 90. Esta es la gran gloria de la Beata Beatriz de Silva, adalid de la Inmaculada varios siglos antes de su definición dogmática.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, todo Neftalí, el territorio de Efraín y de Manasés, y todo el territorio de Judá hasta el mar occidental, el Negueb y la comarca del valle de Jericó (La ciudad de las palmeras) hasta Soar; y le dijo:
«Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: “Se la daré a tu descendencia.” Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella». Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como había dispuesto el Señor.
Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Fegor; y hasta el día de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba.
Moisés murió a la edad de ciento veinte años; no había perdido vista ni había decaído su vigor. Los hijos de Israel lloraron a Moisés en la estepa de Moab durante treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés.
Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos, los hijos de Israel lo obedecieron e hicieron como el Señor había mandado a Moisés.
No surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto contra el faraón, su corte y su país; ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

San Esteban Rey de Hungría

En los umbrales de setiembre nos recibe esta figura austera, con su corona de oro, su cruz de gemas y su espada en alto: el rey, el apóstol y el legislador. Es un hombre de la raza de San Luis de Francia y San Eduardo de Inglaterra, un gobernante de los que saben hacer felices a los pueblos, de aquellos a quienes los pueblos lloran inconsolablemente, porque saben que sólo alguna que otra vez aparecen en la Historia. Hay una diferencia entre San Eduardo y San Esteban: el primero fue pacífico por temperamento y guerrero por deber; el segundo, en cambio, fue pacífico por deber y guerrero por temperamento. Con él se civiliza un pueblo, se moderan los ímpetus salvajes de una raza que durante un siglo había sido el terror de Europa.

En el año 900, Italia, siempre hermosa y opulenta, aun después de haber sido hollada y despojada por tantos extranjeros, se estremece ante el anuncio de una nueva invasión. Aquel torrente humano baja de las cimas de los Alpes, se extiende por las llanuras del Po y siembra el pánico en campos y ciudades. Son hombres feroces y codiciosos, que pasan ahogando obispos, quemando patricios y llenando sacos de oro. Vienen de la Escitia lejana y de las cercanías del mar Caspio; y como los humanos, sus antecesores, tienen los rasgos y los instintos de la barbarie: cuerpo deforme, rostro pálido, cráneo aplastado. Las madres muerden a sus hijos en las mejillas para acostumbrarles al dolor. Los guerreros cortan las crines a sus caballos para que no pueda cogerlos el enemigo. Se alimentaban de hierbas silvestres y de carnes casi crudas, que ellos calentaban en su propio cuerpo o entre la silla y el lomo de sus caballos. Del Po pasan al Rhin; saquean las ciudades alemanas, destruyen los grandes monasterios, recorren las provincias del Imperio franco, y los degenerados sucesores de Carlomagno tiemblan impotentes ante el galopar de sus bandas rapaces. Entre tanto, los monjes discuten para averiguar si aquél es el pueblo de Og y Magog, vaticinado por el Apocalipsis como precursor del fin del mundo; los fieles hacen procesiones cubiertos de cilicios para hacer frente al huracán, y en sus himnos y letanías la Iglesia conjura al Señor que avente aquella gente pérfida de las fronteras de los creyentes.

Vencidos por los emperadores germánicos, pero no aniquilados, los invasores fueron a establecerse a orillas del Danubio, en las ricas provincias de Panonia y de Moravia. El contacto con el Occidente les había ensenado a transformar sus tiendas en moradas fijas y a pedir a la tierra el sustento, que antes aguardaban de sus espadas. Sus mismos ídolos empezaron a perder a sus ojos el prestigio antiguo. Si un tiempo les habían dado la victoria, al fin se habían dejado vencer por el Dios de los occidentales. Además, era aquel un momento en que todos los pueblos eslavos de volvían hacia Cristo. En Kiew, el voluptuoso y terrible Wladimiro, Wladimiro el Grande, echaba al río la estatua de oro del dios Perún, dispersaba su harén, pedía misioneros a Constantinopla, y él, que antes quemaba sus prisioneros delante de las estatuas, temblaba ahora cuando la ley le obligaba a ordenar una pena de muerte. Comentábanse estas noticias por las riberas del Danubio, cuando apareció un obispo germánico, un hombre que tenía todos los ardores del verdadero apóstol, y que no tardaría en sellar su predicación con el testimonio. Era San Adalberto, obispo de Praga. Su talla gigante, su vida austera, su grave continente, impresionaron a aquellos hombres que cincuenta años antes penetraron en Europa ahorcando obispos. El duque Geisa le llevó a su palacio, le escuchó religiosamente y le pidió el bautismo. Con el duque lo recibió su hijo Voik, un joven de diecisiete años, de aspecto serio, de mirada inteligente y reflexiva, de noble y grave semblante. Como si quisiese indicar que estaba dispuesto a ser el primer mártir de la causa cristiana entre sus compatriotas, Voik recibió desde entonces el nombre de Esteban. Sucedió todo esto, en el año 996.

Un año después, Esteban era proclamado duque o vaivoda de los húngaros. Desde el primer momento revelóse como un gran carácter. El primer punto de su programa de gobierno debía ser la cristianización del país. Su conversión no había sido un puro acto de política, sino un paso decisivo, que implicaba la entrega a Cristo de su corazón, de su inteligencia, de su vida y de todo su pueblo. Su padre se había hecho cristiano sin comprender por completo las exigencias de la nueva ley. Cuando San Adalberto le reconvenía por su empeño en seguir rindiendo culto a sus antiguos dioses juntamente con el Dios de la Cruz, él, señalando los tesoros amontonados en cuatro generaciones de rapiñas, contestaba: «Soy bastante rico para adorar a todos los dioses juntos.» Esteban, en cambio, había consagrado todo su ser a la religión evangélica, y, más feliz que el duque de los rusos, fue a buscar luz y apoyo en la fuente de toda luz y toda verdad, en Roma. En los últimos meses del año 1000 se presentaban en la Ciudad Eterna los legados de Hungría, con la misión de ofrecer un pueblo nuevo a la Iglesia romana, de conseguir para su joven príncipe el título de rey, y de alcanzar los poderes necesarios para establecer iglesias y diócesis entre los pueblos nuevamente convertidos. Todo lo concedió jubilosamente el Pontífice Silvestre II. «Vuestra feliz legación—decía al regio neófito—ha obtenido la sanción divina antes de haber sido oída por mí. Ante todo, damos gracias a Nuestro Señor Jesucristo, que en nuestros días ha suscitado un hombre según su corazón, para apacentar, iluminado por una luz celeste, a Israel su pueblo, a la nación escogida de los húngaros. Pero no quiero extenderme en vuestras alabanzas, pues no necesita estos aplausos el hombre a quien Dios mismo enaltece y cuyos hechos gloriosos en favor de Cristo lleva la fama hasta los confines de la tierra.» Al mismo tiempo que esta carta y el título de rey, los legados llevaron a su tierra una corona de oro, en que se veían esculpidas las figuras de los doce apóstoles, y una cruz, que debía ser el paladión sagrado del nuevo reino.

Fuerte con la aprobación del Romano Pontífice, Esteban prosiguió su obra con nuevo entusiasmo. En poco tiempo la tierra quedó cubierta de iglesias, de escuelas y de monasterios. Predicadores numerosos recorrían el país predicando la doctrina cristiana y exponiendo la voluntad del rey. La Iglesia quedó organizada bajo la dirección del metropolitano de Gran o Estrigonia, a quien estaban sujetos otros diez prelados. El mismo rey se había convertido en un misionero. Discutía con sus magnates, iba de ciudad en ciudad reuniendo asambleas y exponiendo las ventajas de la nueva doctrina, y reprimía enérgicamente los brotes de la reacción. Los monjes y los sabios cristianos estaban siempre seguros de encontrar en él acogida generosa. El programa que exponía al pueblo era una armonía perfecta entre la más amplia hospitalidad para todo lo bueno, y el respeto más profundo a las sanas tradiciones de los mayores. «Uno de los pilares de la dignidad real—decía—es la recepción amable de los extranjeros; y aquí está el origen de la grandeza romana. Roma seguiría siendo una esclava si los compañeros de Eneas no le hubieran llevado la libertad. Un imperio se enriquece siempre que se le agregan nuevas lenguas, nuevas costumbres, nuevas experiencias y nuevas disciplinas. Todo esto honra un palacio y reprime la arrogancia de los enemigos.» Pero no se le ocultaba al rey que el alma de un pueblo es su historia, su pasado, su tradición. Por eso añadía: «La gloria mayor de un rey es seguir a los reyes sus antepasados, imitar a sus padres famosos y mantener el espíritu de la raza. Ni los griegos se gobiernan según las costumbres latinas, ni los latinos se hubieran convertido en amos del mundo siguiendo las costumbres de los griegos.»

La verdadera eficacia de aquella actividad religiosa estaba en el ejemplo mismo del rey. El descendiente de Arpad, el espanto de las naciones europeas, el que sacó aquellas tribus indómitas de entre las quebradas del Ural, se había convertido en el más escrupuloso representante de la justicia y de la misericordia. Verdadero padre de su pueblo, no había necesidad que no remediase, ni enfermedad que no consolase. Era de los reyes que se sientan bajo una encina para recibir las quejas de los más humildes; de los que dejan siempre abiertas las puertas de su palacio para que puedan entrar en él todos los menesterosos. Un húngaro podía llegar descuidado a cualquiera de las grandes ciudades del mundo cristiano; en Roma, en Constantinopla, en Jerusalén, encontraba mesa y cama en hospitales construidos por su rey. Con frecuencia se veía al joven príncipe paseando de noche por calles y plazas, entrando en las chozas de los pobres para dejar su limosna, vigilando a los malhechores y buscando a los peregrinos que dormían en los soportales o bajo la techumbre del cielo estrellado, para llevarlos al palacio real. «Y una vez—cuenta el biógrafo— unos varones perversos entre los cuales acababa de vaciar su saco, devorados por una codicia insaciable, le rodearon con irrespetuosos ademanes y exigencias indignas, llegando hasta mesarle la barba. Entonces el caballero de Cristo, rebosando de gozo, se dirigió al altar de la bienaventurada Madre del Creador, y, dando gracias, dijo: ¡Oh Reina del Cielo y mía! mira cómo han honrado los hombres al que tú colocaste en el solio real; pero yo sé que no hay sufrimiento sin recompensa, y por eso no me entristecen las injurias.»

Lleno de mansedumbre cuando se trataba de su persona, Esteban era inflexible para vengar los ultrajes hechos a la ley. Era severo por naturaleza, y comprendía que la compasión, cuando iba contra la justicia, más que compasión podía llamarse debilidad. La suavidad evangélica no había logrado borrar en él los últimos residuos de la dureza escítica de sus antepasados. Serio desde su infancia, la responsabilidad del gobierno había acabado de dar a su carácter un tinte de gravedad, que le hacía enojosas las fiestas cortesanas y los juegos de la juventud. Metido desde los dieciocho años en todas las complicaciones de la política y en todos los peligros de la guerra, puede decirse que Esteban no fue joven nunca. De él, como de San Adalberto, su padre espiritual, dijeron los respectivos biógrafos que rara vez se les vio reír. No contribuyeron poco a entristecer su vida las oposiciones con que tropezó en aquel empeño generoso de civilizar y cristianizar a su pueblo. Apenas había recogido la herencia paterna, cuando se encontró con la rebeldía de los magnates, que no querían resignarse a poner en libertad a los esclavos cristianos. El joven príncipe los vence, los humilla, y aniquila a su competidor. El duque de Pensilvania patrocina la causa de los descontentos y entra en Hungría con una hueste poderosa; pero Esteban sale a su encuentro, le derrota, le mata en la batalla y reúne un nuevo ducado a su reino. El rey de Bulgaria, envidioso del engrandecimiento de su vecino, es también derrotado y obligado a pedir la paz. En 1030, otra guerra con el Imperio germánico. Esteban, que estaba casado con una hermana del emperador San Enrique, se contenta con resistir y afirmar la independencia completa de su nación; y en vista de su energía, las tropas alemanas se vuelven a su tierra sin honra. «Eres un niño—decía el santo rey a su hijo—, formado en las delicias de la corte y en las blanduras de la almohada; no sabes de las luchas, de los trabajos, las expediciones y las incursiones de diversas gentes, entre las cuales he gastado yo mi vida.» Su mirada estaba fija en las amenazas de los eslavos del Este y en las exigencias de los teutones al Oeste, y al mismo tiempo sofocaba todas las revueltas y todos los conatos de reacción pagana en el interior. Las reprimía con mano dura y justiciera. Una noche oyó un ruido metálico cerca de su lecho. Era una espada que acababa de caer en el mosaico de la habitación. Esteban salta del lecho, se adelanta y se encuentra frente a frente a un grupo de asesinos que habían conspirado contra su vida. «Todos ellos, dice el biógrafo, recibieron su merecido.» En otra ocasión, el rey mandó un salvoconducto a un grupo numeroso de familias eslavas para que viniesen a establecerse en su reino; pero apenas habían atravesado la frontera, cuando fueron atacadas y despojadas por unos caballeros húngaros, que aún no habían caído en la cuenta de que había terminado el tiempo de la rapiña y el saqueo. Pero cuando se preparaban a repartir la presa, apareció el rey, los prendió, los ahorcó y mandó colgar sus cadáveres en los puertos principales del reino.

Guerrero afortunado, juez severo y administrador diligente, Esteban era también un místico. Sus noches eran noches de oración, lo mismo en la paz que en la guerra, lo mismo en el palacio que en el campamento. Sus familiares le encontraban a veces levantado en el aire, y, en una ocasión, el ímpetu de su fervor fue tal, que juntamente con él fue arrebatada en alto la tienda en que vivía. «La práctica de la oración—decía a su hijo—es la garantía de la salud del reino. Y así, no te olvides nunca de repetir aquellas palabras de Salomón: «Envía, Señor, tu sabiduría desde el trono de tu grandeza, para que viva conmigo y trabaje conmigo y sepa en todo tiempo lo que es grato delante de Ti.»

Esta sabiduría que el santo rey pedía en su plegaria favorita fue la inspiradora de todo su gobierno, lo que le salvó en los múltiples peligros de su azarosa existencia y lo que todavía podemos ver reflejado en su obra legislativa. Aún se conservan las leyes que dictó a su pueblo, leyes fuertes, simples, rígidas y austeras, retrato de un alto espíritu de gobernante y de un gran corazón de apóstol. Pero donde con más claridad descubrimos el ideal político de San Esteban, es en las normas de gobierno que dejó a su hijo. Un reino es como un templo sostenido por diez columnas: primera, la solidez de la fe; segunda, el esplendor de la Iglesia ; tercera, la pureza y sabiduría de los eclesiásticos: cuarta, la fidelidad, la fortaleza, la confianza y el amor de los barones y caballeros; quinta, la generosidad con los extranjeros; sexta, la recta administración de la justicia; séptima, la sabia organización del consejo; octava, el respeto a las tradiciones de los mayores; nona, el auxilio de la oración; décima, la práctica de la piedad y la misericordia. «El rey que no escucha la voz de la misericordia—decía Esteban—es un tirano. Por eso, hijo mío, amadísimo, dulzura de mi corazón, esperanza de la generación futura, te encargo que tengas entrañas de madre, no sólo para tus parientes, no sólo para los jefes del ejército y los potentados, sino para todo el pueblo. Las obras de la piedad serán la base de tu bienaventuranza. Sé paciente no sólo con los ricos, sino también con los menesterosos. Sé fuerte, de modo que ni la fortuna te levante, ni te desaliente la adversidad. Sé humilde, que Dios se encargará de ensalzarte. Sé dulce, sin olvidar la justicia y sin castigar irreflexivamente. Sé casto y evita los estímulos de la concupiscencia como ladridos de muerte. Estas son las piedras preciosas de una corona real. Sin ellas perderás el reino de la tierra, sin conseguir aquel que no se acaba.»

martes, 15 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Se abrió en el cielo el santuario de Dios y apareció en su santuario el arca de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otra signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, destinado el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».


Hermanos:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después al final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza. Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies.


En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres”
- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor.

La Asunción de la Santísima Virgen al Cielo

La vida de la Virgen es toda ella una fulgurante sucesión de divinas maravillas. Primera maravilla: su Inmaculada Concepción. Última maravilla: su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Y, entre la una y la otra, un dilatado panorama de gracia y de virtudes en el cual resplandecen como estrellas de primera magnitud su virginidad perpetua, su divina Maternidad, su voluntaria y dolorosa cooperación a la redención de los hombres.

 La perpetua virginidad de María y su divina Maternidad fueron ya definidos como dogmas de fe en los primeros siglos del cristianismo. La Inmaculada Concepción no lo fue hasta mediados del siglo XIX. Al siglo XX le quedaba reservada la emoción y la gloria de ver proclamado el dogma de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

 Memorable como muy pocos en la historia de los dogmas aquel 1 de noviembre de 1950. Sobre cientos de miles de corazones, que hacían de la inmensa plaza de San Pedro un único pero gigantesco corazón —el corazón de toda la cristiandad—, resonó vibrante y solemne la voz infalible de Pío XII declarando ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

 Esta suprema decisión del Romano Pontífice es el coronamiento de un proceso multisecular. Nosotros gustamos el dulce sabor de ese fruto sazonado de nuestra fe, pero su savia y sus flores venían circulando y abriéndose en el jardín de la Iglesia desde la más remota antigüedad cristiana.

 En la encíclica Munificentissimus Deus, que nos trajo la jubilosa definición del dogma, se hace un minucioso estudio histórico-teológico del mismo. Siglo tras siglo y paso por paso se va siguiendo con amoroso deleite el camino recorrido por la piadosa creencia hasta llegar, ¡por fin!, a la suprema exaltación de la definición ex cathedra.

 En efecto, ya desde los primeros siglos cristianos palpita esta verdad en el seno de la Iglesia. Es una verdad perenne como todas las contenidas en el sagrado arcano de la Revelación. Pero en el correr de los tiempos aquella suave palpitación primera fue acentuándose y haciéndose cada vez más fuerte, más insistente, más apremiante.

 Comienza la encíclica recordando un hecho. Nunca dejaron los pastores de la Iglesia de enseñar a los fieles, apoyándose en el santo Evangelio, que la Virgen Santísima vivió en la tierra una vida de trabajos, angustias y preocupaciones; que su alma fue traspasada por el fiero cuchillo profetizado por el santo anciano Simeón; que, por fin, salió de este mundo pagando su tributo a la muerte como su Unigénito Hijo... ¡Ah! Pero eso no impidió ni a unos ni a otros creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro ni fue reducido a cenizas el augusto tabernáculo del Verbo divino.

 Esa misma creencia, presente y viviente en las almas, fue tomando formas tangibles y grandiosas dimensiones a medida que la tierra se fue poblando de templos erigidos a la Asunción de la Virgen María. Sólo en España son 28 las catedrales consagradas a la Virgen en ese su sagrado misterio. Y si los templos son muchos, infinitamente más son las imágenes que pregonan a voces el triunfo de la Madre de Dios. Añadid ahora las ciudades, diócesis y regiones enteras, así como Institutos religiosos que se han puesto bajo el amparo y protección de María en esta gloriosa advocación, y tendréis un definitivo argumento de la pujanza de dicha creencia en la masa del pueblo cristiano.

 También los artistas, fieles intérpretes del pensamiento cristiano a través de los tiempos, han rivalizado a su vez en la interpretación plástica del gran misterio asuncionista. Ya en el famoso sarcófago romano de la iglesia de Santa Engracia, en Zaragoza, muy probablemente de principios del siglo IV, aparece una de estas representaciones. El tema se repite después con una profusión deslumbradora en telas, en marfiles, en bajorrelieves, en mosaicos. Basta recordar los nombres de Rafael, Juan de Juanes, el Greco, Guido Reni, Palma, Tintoretto, el Tiziano... Y no son todos. A la misma altura y con la misma elocuencia que ellos con sus pinceles, proclamaron su fe con su gubia nuestros incomparables imagineros del Siglo de Oro, reproduciendo el episodio en retablos desbordantes de luz y colorido.

 Pero de modo más espléndido y universal aún —comenta la encíclica de la definición— se manifiesta esta fe en la sagrada liturgia. Ya desde muy remota antigüedad se celebran en Oriente y Occidente solemnes fiestas litúrgicas en conmemoración de este misterio. Y de ellas no dejaron nunca los Santos Padres de sacar luz y enseñanzas, pues sabido es que la liturgia, siendo también una profesión de las celestiales verdades..., puede ofrecer argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana.

 Podrían multiplicarse indefinidamente los testimonios de las antiguas liturgias, que exaltan y ponderan la Asunción de María. Unos brillan por su mesura y sobriedad, como, generalmente, los de la liturgia romana; otros se visten de luz y poesía, como los de las liturgias orientales. Pero todos ellos concuerdan en señalar el tránsito de la Virgen como un privilegio singular. Dignísimo remate, indispensable colofón reclamado por los demás privilegios de la Madre de Dios.

 Pero lo que sobre todo emociona y convence es ver cómo la Asunción se abrió camino con tal éxito y señorío entre las demás solemnidades del ciclo litúrgico, que muy pronto escaló la cumbre de los primeros puestos. Ello estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. San Sergio I, al prescribir la letanía o procesión estacional para las principales fiestas marianas, enumera juntas las de la Natividad, Anunciación, Purificación y Dormición de María. Más tarde, San León IV quiso añadir a la fiesta, que para entonces había ya recibido el título de Asunción de María, una mayor solemnidad litúrgica, y prescribió se celebrara con vigilia y octava, y durante su pontificado tuvo a gala participar él mismo en su celebración, rodeado de una innumerable muchedumbre de fieles. Fue durante muchos siglos hasta nuestros días una de las fiestas precedidas de ayuno colectivo en la Iglesia. Y no es exagerado afirmar que los Soberanos Pontífices se esmeraron siempre en destacar su rango y su solemnidad.

 Los Santos Padres y los grandes doctores, tanto si escriben como si predican a propósito de esta solemnidad, no se limitan a celebrarla como cosa admitida y venerada por el pueblo cristiano en general, sino que desentrañan su alcance y contenido, precisan y profundizan su sentido y objeto, declarando con exactitud teológica lo que a veces los libros litúrgicos habían sólo fugazmente insinuado.

 Cosa fácil sería entretejer un manojo de textos patrísticos como prueba palmaria de lo que venimos diciendo. Bástenos el testimonio de San Juan Damasceno, del que el mismo Pío XII asegura que "se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición. considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de sus restantes privilegios". "Era necesario —dice el Santo— que aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, le contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios."

 Parecidos conceptos expresa San Germán de Constantinopla. Según él la raíz de este gran privilegio de María está en la divina Maternidad tanto como en la santidad incomparable que adornó y consagró su cuerpo virginal. "Tú, como fue escrito —le dice el Santo—, apareces radiante de belleza y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo y por esta razón es preciso que se vea libre de convertirse en polvo y se transforme, en cuanto humano, en una excelsa vida incorruptible: debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y partícipe de la plenitud de la vida."

 Siguiendo esta misma trayectoria, los pastores de la Iglesia, los oradores sagrados, los teólogos de todos los tiempos, empleando unas veces el lenguaje sobrio y circunspecto de la ciencia teológica, y hablando otras veces con la santa libertad de la entonación oratoria, en períodos rozagantes de vibrante y encendida elocuencia, han acumulado un sinnúmero de razones que con mayor o menor fuerza parecen exigir y reclamar este hermoso privilegio de María. En su afán de penetrar en la entraña misma de las verdades reveladas y mostrar el singular acuerdo que existe entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve la conexión y la armonía que enlaza la Asunción de la Virgen con las demás verdades que sobre Ella nos enseña la Sagrada Escritura. Para ellos este gran privilegio es como una consecuencia necesaria de amor y la piedad filial de Cristo hacia su Santísima Madre, y encuentran sus raíces bíblicas en aquel insigne oráculo del Génesis que nos presenta a María asociada con nuestro divino Redentor en la lucha y la victoria contra la serpiente infernal. Y por lo que al Nuevo Testamento se refiere, consideran con particularísimo interés las palabras con que el arcángel saludó a María: Dios te salve, la llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres.Según ellos el misterio de la Asunción puede ser un complemento lógico de la plenitud de gracia otorgada a la Virgen y una particular bendición, contrapuesta por el Altísimo a la maldición que recayó un día sobre la primera mujer.

 El alma de María estuvo siempre exenta de toda mancha; su cuerpo inmaculado no experimentó nunca la mordedura de la concupiscencia; su carne fue siempre pura y sin mancilla, como puros y sin mancilla fueron siempre su espíritu y su corazón. En María todo fue ordenado, nada hubo de lucha pasional, ninguna inclinación al pecado, todo respiraba elevación, virginidad y pureza, ¿Cómo, pues, podría un cuerpo que era todo luz y candor convertirse en polvo de la tierra y en pasto de gusanos? Y aún cobra mayor fuerza esta argumentación si tenemos en cuenta que la carne de María era y es la carne de Jesús: de qua natus est Iesus. ¿Podría Cristo permitir que aquel cuerpo inmaculado, del que se amasó y plasmó su propio cuerpo, sufriera la humillante putrefacción del sepulcro, secuela y efecto del pecado original? Si el desdoro y humillación de la madre redunda y recae siempre sobre los hijos, ¿no redundaría sobre el mismo Hijo de Dios esta humillación de la Virgen, su Madre?

 El cuerpo de María había sido el templo viviente en que moró durante nueve meses la persona adorable del Verbo encarnado. En ese cuerpo virginal puso el Altísimo todas sus complacencias. Lo quiso limpio de toda mancha. Para ello no escatimó mimos de Hijo ni prodigios de Dios, primero al ser concebido en el seno de Santa Ana, y después al encarnarse en sus entrañas el Hijo del Altísimo. Y si realizó tales prodigios, que implican una rotunda derogación de las leyes por Él mismo establecidas, ¿puede concebirse siquiera que no lo preservara después de la corrupción del sepulcro, cuando para ello bastaba anticipar una prerrogativa que al final de los tiempos disfrutarán todos los elegidos?

 El dogma de la Asunción de la Virgen, en estricto rigor teológico, puede entenderse y explicarse prescindiendo en absoluto del hecho histórico de su muerte. Su núcleo central lo constituye la traslación anticipada de María en cuerpo y alma a los cielos, sea que para ello rindiera tributo a la muerte (como lo hizo el mismo Jesucristo), sea que su cuerpo vivo recibiera inmediatamente el brillo de la suprema glorificación. No han faltado en el correr de los siglos, ni faltan tampoco en nuestros días, quienes juzgan más glorioso para María la glorificación inmediata, sin pasar por la muerte. A nosotros no nos seduce semejante postura, en la que más bien creemos descubrir un error de perspectiva.

 Creemos sinceramente que murió la Virgen, de la misma manera que murió su Hijo Jesucristo.

 "Quiso Dios que María fuese en todo semejarte a Jesús —dice el gran cantor de la Virgen San Alfonso María de Ligorio—; y, habiendo muerto el Hijo, convenía que muriera también la Madre." "Quería, además, el Señor —prosigue el gran doctor napolitano— darnos un dechado y modelo de la muerte que a los justos tiene preparada; por eso determinó que muriera la Virgen María, pero con una muerte llena de consuelos y celestiales alegrías."

 Creemos sinceramente que la Virgen murió. Si su cuerpo hubiera alcanzado la glorificación definitiva pasando sobre la muerte, ¿dejaría de haber en la primitiva literatura cristiana ecos de esa luz y de ese perfume? En la misma literatura canónica no se explicaría fácilmente que no quedaran vestigios de tan extraña y sorprendente maravilla...

 Pero no hay nada. Señal más que probable de que María entregó su vida en un dulcísimo sueño de amor, a la manera que un nardo que se consume al sol exhala en los aires su postrer aroma.

 Mas añadamos en seguida que su muerte fue muy distinta de nuestra muerte.

 "Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de María no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna" (San Alfonso).

 Nada de parecido puede haber, al punto de morir, entre Ella y nosotros. Ni angustias, ni apegos, ni gestos o tirones violentos. Todo en su dichoso tránsito fue apacible y gozoso como la luz que se va, deslizándose dulcemente, silenciosamente, sobre la tierra y el mar por primera y última vez, en excepcional rito fúnebre, la muerte dejó su fatídica guadaña para empuñar en sus manos una llave de oro. Era la llave del paraíso, cuyas puertas se abrían del par en par dejando paso a la Mujer aclamada con voz unánime por los bienaventurados como su Reina y Señora. Los poetas dirían que la muerte de María fue como "el parpadeo de una estrella que, al llegar la mañana, se esconde en un pliegue del manto azul del cielo; como el susurro de la brisa que pasa riendo a través de los rosales; como el acento postrero de un arpa; como el balanceo de una espiga dorada que mecen los vientos primaverales. Así se inclinaría el cuerpo de la Virgen María; así sería el último suspiro de su casto corazón; así brillarían sus ojos purísimos en la hora postrera".

 Esto nos dirían los poetas, tratando primero de adivinar y después de traducir a su lenguaje humano las realidades inenarrables del alma de María al despedirse de la tierra.

 Pero los teólogos nos han dicho más. Remontándose por encima de las realidades de este mundo visible, han querido penetrar en las raíces mismas de esa muerte única que fue la muerte de María, encontrando dichas raíces en la llama inextinguible de amor a su Dios, que consumió y redujo a pavesas su existencia terrena.

 San Andrés Cretense habla de un sueño dulcísimo, de un ímpetu de amor, expresiones que se repiten con frecuencia en otros Padres orientales, como Teodoro de Abucara, Epifanio el Monje, Isidoro de Tesalónica, Nicéforo Calixto, Cosme Vestitor y otros autores.

 Razonamientos similares añoran aquí y allí en los escritores ascéticos y en los más profundos teólogos, como Santo Tomás de Villanueva, Suárez, Cristóbal de Vega, Bossuet, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio. Por ser ambos dos doctores de la Iglesia, citaremos unos textos bellísimos de los dos últimos autores.

 San Francisco de Sales escribe emocionado: "Y pues consta ciertamente que el Hijo murió de amor y que María tuvo que asemejarse a su Hijo en el morir, no puede ponerse en duda que la Madre murió de amor..., Este amor le dio tantas acometidas y tantos asaltos, esta llaga recibió tantas inflamaciones, que no fue posible resistirlas, y, como consecuencia, tuvo que morir...

 Después de tantos vuelos espirituales, tantas suspensiones y tantos éxtasis, este santo castillo de pureza, este fuerte de la humildad, habiendo resistido milagrosamente mil y mil veces los asaltos del amor, fue tomado por un último y general asalto; y el amor, que fue el triunfador, se llevó esta hermosa paloma como su prisionera, dejando en su cuerpo sacrosanto la fría y pálida muerte". Y en otro pasaje dice que, "como un río que dulcemente tornase a su fuente, así Ella se volvía hacia esta unión tan deseada de su alma con Dios... Y habiendo llegado la hora de que la Santísima Virgen debía abandonar esta vida, fue el amor el que verdaderamente hizo la división entre su cuerpo y su alma".

 El autor de Las glorias de María, a su vez, no cede en delicadeza y emoción al obispo de Ginebra. "Entonces se presentó la muerte —escribe el Santo—, no con ese aparato de luto y de tristeza que ostenta cuando se presenta para dar el golpe fatal a los demás hombres, sino rodeada de luz y de alegría. Digo que se presentó la muerte, y digo mal, porque no la muerte, sino el amor divino fue el que rompió el hilo de esta preciosa vida. Y así como una lámpara, antes de extinguirse, entre los últimos destellos lanza uno más brillante y luego se apaga, así también María. Y, al sentir que su Hijo la invitaba a que le siguiera, como una mariposa inflamada en las llamas de caridad, y exhalando grandes suspiros, da uno más intenso y más amoroso, y luego sucumbe y muere. De esta suerte aquella alma grande, aquella paloma del Señor, rompiendo los lazos que la aprisionaban a la tierra, levanta el vuelo y no para hasta llegar a descansar en la gloria bienaventurada, donde tiene su trono y reinará como Señora por eternidades sin fin."

 Sobre las circunstancias de la muerte de María la tradición ha guardado un respetuoso silencio. Pero la piedad ardiente del pueblo cristiano supo tejer una dorada leyenda que, a partir del siglo V, ha iluminado el ocaso de aquella vida con fulgores de estrellas y revoloteos de espíritus celestes, con perfume de azucenas y músicas angélicas. La leyenda nace en el Oriente, pero muy pronto se difunde, en alas del fervor religioso, por todos los ámbitos de la cristiandad, que recibe con avidez todo cuanto exalta la gloria de su Reina. Primero se asoma a las páginas de los libros ascéticos; después se engalana con todas las preseas de la poesía, y por fin se adueña de todas las artes, encaramándose en los retablos de las catedrales, luciendo en la pintura y escultura y vibrando en la música.

 María recibe la palma de su triunfo de manos de un ángel; los apóstoles, dispersos a la sazón por el mundo, se congregan milagrosamente en torno a aquel lecho, que más que lecho mortuorio parece un altar; cantan los ángeles tonadas celestiales... Y Jesús desciende a recoger el alma de su Madre, que se desprende de su cuerpo como un fruto maduro se desprende del árbol.

 Los apóstoles sepultan aquel cadáver sacrosanto, y al tercer día asisten a su triunfal resurrección. He aquí, en síntesis, la dorada leyenda, a un tiempo lírico y dramático, cuyo relato ha enternecido a tantas generaciones cristianas.

 La piedad de nuestros tiempos, más ilustrados y más conscientes, no necesita de leyendas y fantasías para levantar a la Virgen al lugar que por su grandeza le corresponde. No reprochamos, sin embargo, a nuestros mayores su bella y deliciosa ingenuidad. Ni ella fue obstáculo para transformarlos a ellos en unos grandes enamorados de María, ni quiera Dios que nuestra petulante perspicacia nos impida a nosotros amarla tan apasionadamente como los buenos hijos han amado siempre a su madre.