sábado, 24 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


En aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegará Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a vosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡ No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió:
«Juan es su nombre.» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

Nacimiento de San Juan Bautista

Según se ha dicho bellamente, en aquel tiempo el aire de Jerusalén estaba encendido y como eléctrico de pura magia expectativa. El aire de Jerusalén, el de toda Judea y aun el del mundo entero. Herodes envejecía aislado en su palacio de Jericó, que su mano sangrienta había dejado vacío; inquietos presentimientos agitaban las almas, y en todas partes se aguardaba el cumplimiento de las profecías. Da repente, en el templo resuena una voz angélica, que es como una aurora de salud.

Entre los levitas de aquel tiempo figuraba un sacerdote llamado Zacarías. No vivía en Jerusalén, sino en Yuttah, una villa sacerdotal que se alzaba, cerca de Hebrón, en la falda de una colina, en medio de las montañas de Judea. Cuando a la familia de Abías, que era la suya, le llegaba la vez de atender al servicio del templo, él se dirigía a la Ciudad Santa, cumplía dignamente sus funciones y se apresuraba a recogerse en su retiro, al lado de Isabel, su mujer: «los dos esposos eran justos delante de Dios y caminaban sin tacha en las leyes y mandamientos del Señor». Ahora bien: un día llegó Zacarías a Jerusalén para cumplir con sus deberes sacerdotales. Cúpole en suerte quemar el incienso delante de Yahveh, rito importante, que se realizaba con mucha solemnidad. En medio del santo, entre el candelabro de los siete brazos y la mesa de los panes, brillaba el altar de oro en que debían ofrecerse los perfumes. Sólo un tenue velo separaba este lugar del Santo de los santos, vacío desde que desapareció el Arca de la Alianza. Zacarías entró con paso tembloroso, pensando en las predilecciones de Yahveh por su pueblo. Todo lo halló preparado: ardían las lámparas, resplandecía el pavimento de mármoles preciosos, y, en medio del altar, el fuego nuevo lanzaba su llama roja y alegre. El viejo sacerdote permaneció inmóvil con el incienso en las manos, hasta que allá afuera sonó una trompeta. Entonces vació la caja de oro y se dispuso a salir; pero una aparición misteriosa le detuvo...

Entre tanto, el pueblo se impacientaba. Esta ceremonia se realizaba dos veces cada día, pero los judíos asistían siempre desde los pórticos con una secreta inquietud, porque el sacerdote que entraba en el santuario era su representante, y el incienso representaba sus oraciones. Con emoción siempre nueva aguardaban el momento en que el sacerdote salía y los levitas entonaban los himnos sagrados, y la música del templo se juntaba a sus voces, formando una sinfonía que resonaba en las plazas de la ciudad. Pero ahora la nerviosidad era mayor que nunca; nunca habían tenido que esperar tanto; ningún sacerdote había tardado tanto tiempo en presentar su ofrenda. Al fin, Zacarías se presenta en la puerta: viene pálido, mudo, lleno de turbación y de miedo. Todo indica que una escena terrible se ha desarrollado allá dentro. Nada quiso decir entonces; pero más tarde, cuando recobró el uso de la lengua, contó esta historia maravillosa:

Acababa de entrar en el Santo, cuando a la derecha del altar, envuelto entre nubes de incienso, sintió batir de alas: un ángel acababa de aparecer delante de él. Lleno de espanto, empezó a temblar, pero oyó una voz que le decía: «No temas, Zacarías; tu oración ha sido escuchada; tu mujer, Isabel, concebirá un hijo, a quien pondrás el nombre de Juan. Será grande delante del Señor, y el Espíritu Santo lo llenará desde el seno de su madre.» Era una noticia demasiado venturosa para el viejo sacerdote: un hijo había sido durante muchos años el sueño de Zacarías y de su mujer; mas he aquí que se acercaban al sepulcro sin que hubiese la menor probabilidad de que se realizaran sus esperanzas. Zacarías no podía dar fe a las palabras del ángel; aquello era imposible: la nieve cubría su cabeza, y el rostro de Isabel estaba ya arrugado y apergaminado. «¿Cómo puedo creer lo que me dices?», exclamó, al fin. Para convencerle, el ángel se descubrió: «Yo soy Gabriel—le dijo—, uno de los espíritus que asisten delante de Dios. Y he aquí que, en castigo de tu incredulidad, permanecerás mudo y no podrán hablar hasta el día en que todas estas cosas se realicen.»

Estas cosas se realizaron a los nueve meses: Isabel dio a luz, el niño fue circuncidado con el nombre de Juan, Zacarías rompió a hablar de nuevo, y bendijo al Señor Dios de Israel; sus vecinos y parientes hicieron grandes regocijos, porque Dios había desplegado con ellos sus misericordias, y en todas las montañas de Judea, admiradas de tantos prodigios, las gentes se decían unas a otras: «¿Quién pensáis que será este niño? Porque la mano del Señor descansa sobre él.»

Pasaron los días, se desvanecieron los rumores, y en las montañas de Judea ya no se volvió a hablar del sacerdote de Yuttah. El niño milagroso desapareció del pueblo, sin que nadie supiese dónde había ido a parar, hasta que, treinta años más tarde, empezó a resonar la voz en el desierto. El desierto es la tierra desolada que se extiende en la ribera occidental del Mar Muerto: valles áridos, montañas peladas, ondulaciones de color de ceniza, arbustos raquíticos, vuelos de aves de presa y aullidos de lobos y chacales. Entre aquellos tristes barrancos pasó la infancia y la juventud el hijo de Isabel y Zacarías, errante como los antiguos profetas, hoy en una cueva, mañana en una ermita levantada junto a un enebro, solo, sin casa, sin tienda, envuelto en una piel de camello, ceñido por un cinturón de cuero, bebiendo el agua que caía del cielo y arrastraban los torrentes, alimentándose de saltamontes y de miel del campo. Consagrado a Yahveh desde su nacimiento, era un nazareno, un puro; nunca se había cortado el cabello, ni había probado vino ni sidra, ni había tocado mujer, ni había conocido otro amor que el amor de Dios. En aquella tierra maldita se vistió de austeridad y fortaleza; entre aquellas rocas graníticas, que parecían como el símbolo de su temperamento de hierro, se le reveló con toda claridad su glorioso destino. Conocía muy bien las palabras que el ángel había dicho a su padre delante del velo sagrado: «Caminará delante de Dios, con el espíritu y la virtud de Elías, para llevar el corazón de los padres hacia sus hijos, para infundir a los incrédulos la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo perfecto.» Estas palabras, su nacimiento, su existencia toda, se iluminan ahora con la lectura de los Libros Santos. El profeta Malaquías le habla del mensajero que enviará el Señor para abrir los caminos del Mesías. El vidente de Anatoth lleva hasta sus oídos los ecos de la voz que clama en el desierto: «Preparad los caminos del Señor; enderezad sus sendas: todo valle será levantado, y toda montaña allanada, y toda carne verá la salud de Dios.» El mensajero eres tú, le dice la voz interior; el reino de Dios se acerca, hay que domar el orgullo de los soberbios, hay que devolver la confianza a los que desesperan; hay que predicar la penitencia, la purificación, el cumplimiento de la ley.

Y un día, el solitario aparece en el valle de Jericó, junto a las aguas del Jordán, cerca del camino que cruzan las caravanas de Perea cuando van a Jerusalén. Alto, grave, medio desnudo, quemado el cuerpo por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino; sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras de maldición y espanto. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de su mirada. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, renace una aurora de salud, se aviva la fe en el Libertador, pues ha de vengar al pueblo de Dios de todos sus enemigos, y las muchedumbres llegan ávidas de recoger las enseñanzas del último de los profetas. Juan las recibe frente al vado del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela y bautiza. Anuncia el cumplimiento de las profecías, predice la próxima venida de Cristo, reprende a los pecadores y los sumerge en las aguas, simbolizando en la ablución externa el principio de la ablución interior. El solitario se ha convertido en un director de hombres; el silencioso habitante de la selva, en un posible caudillo de pueblos. áspero e iracundo, rígido e impaciente, ni sonríe ni acaricia; habla un lenguaje recio, en el que centellean vivas imágenes, arrancadas al mundo del hogar o a la naturaleza del desierto. Todo en Palestina está lleno de su aparición. Allí arriba, los pescadores del lago entretienen las esperas forzosas de su oficio repitiendo sus palabras; los israelitas piadosos empiezan a ver en él una gozosa esperanza, y los doctores del templo discuten acerca de sus anuncios misteriosos.

Juan dejaba decir y seguía su misión de preparar los corazones para recibir el Evangelio. Aturdidos por aquella palabra de fuego, que caía sobre ellos como un rayo, sus oyentes le decían: «¿Qué hemos de hacer para salvarnos?» Y él tenía para cada uno un consejo. A los escribas y a los fariseos les decía: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que está a punto de caer sobre vosotros? Haced frutos dignos de penitencia, y no digáis dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque yo os digo que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham.»

No es el entusiasmo patriótico el que inspira aquella voz terrible; el aspecto puramente nacional palidece ante el aspecto moral y religioso. No basta lavarse en el Jordán; es preciso limpiar el alma, mudar de conducta, arrepentirse del pasado. «Pues, ¿qué haremos, hombre de Dios?», preguntan las gentes, llorosas. Y el hombre de Dios pone delante de sus ojos el precepto de la caridad. «Que el que tiene dos túnicas—dice—dé una a quien anda desnudo, y que el que tiene pan lo reparta con el que tiene hambre.» Con los fariseos llegan los publicanos, los epulones, las cortesanas, los soldados. A unos les dice: «No exijáis más de lo que ha sido tasado.» A otros: «No os dejéis llevar de las concupiscencias de la carne.» A otros: «No hagáis extorsiones, no calumniéis; contentaos con vuestras pagas.» Aconseja la limosna, la justicia, el cumplimiento exacto de la ley; es la conciencia del mosaísmo en el momento de ser reemplazado por la religión del espíritu y la verdad.

Entre la multitud aparece un día un joven venido de las montañas de Galilea. Juan le mira y queda turbado: es Él; es el Libertador presentido y anunciado, el Esposo cuyo pensamiento iluminaba su alma en el retiro del desierto; el beldador que lanza al viento el trigo y la paja, para congregar la mies escogida de su Iglesia; el esperado misterioso en quien pensaba cuando decía a la concurrencia: «Yo os bautizo en el agua, pero en medio de vosotros está otro más poderoso que yo; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.» Sí, Él es. Juan ha presentido su venida. Es su pariente según la carne, pero no le conoce; no le conoce, pero en el fondo de su ser ha oído una voz que le dice: «Aquel sobre cuya cabeza vieres descender el Espíritu Santo, es el Deseado de las naciones.» Y al ver ahora cómo se acerca con los penitentes a la orilla, ha quedado turbado, anonadado, sobrecogido de admiración: «Yo soy—le dice con voz temblorosa—quien debe ser bautizado por Ti.» El Galileo insiste: doblega su cuello, porque hay que cumplir toda justicia; el agua resbala sobre su cuerpo virginal, la mano del Bautista toca su frente, el Cielo se abre, desciende la paloma simbólica, y en las alturas resuena la revelación del Padre: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias.» Y así, al arrodillarse delante del profeta del fuego, Jesús le daba el más alto de los testimonios: ha sido un leal mensajero, ha cumplido con su deber, ha realizado su misión sublime. Será para siempre el Precursor, el Bautista, el amigo del Esposo. «Entre los nacidos de mujer, no nació otro más grande que Juan el Bautista.» Lazo de unión entre el judaísmo y el cristianismo, tiene el espíritu de Elías y la palabra irresistible de Pablo; como el uno, anuncia las venganzas divinas; como el otro, predica al Salvador. Con igual valor que uno y otro, será mártir de su deber y pregonero del reino; morirá sin haber visto el triunfo definitivo del reino que anuncia.

Hoy el pueblo se reúne en torno suyo, le admira y le aclama; pero sabe que todo esto es pasajero; sabe que las muchedumbres que escuchan su doctrina se agruparán mañana en torno de Jesús. No obstante, cumple con alegría su destino, se esfuerza por apartar las miradas de sí mismo para llevarlas hacia el sol que nace; y sin dolor, sin amargura, sin envidia, confiesa su destino: «A mí me toca disminuir; a Él le toca crecer.» Sus discípulos se entristecen: han puesto en él toda su confianza y no se deciden a abandonarle. Pero él tiene bastante grandeza de alma para no ocultarles la verdad. Unas semanas después de su primer encuentro con el Salvador, le ve de nuevo caminando a la orilla del Jordán. Su cuerpo se estremece con un amor apasionado, su mirada se llena de compasión y de ternura, y de sus labios caen estas maravillosas palabras, que van a alejar de él a sus admiradores más entusiastas: «Ahí tenéis al Cordero de Dios, al que quita los pecados del mundo.» Otro día llega a su presencia una embajada del sanedrín. Las plazas de Jerusalén están llenas de su nombre; se dice que es el profeta anunciado por Moisés; se murmura que Elías, el vidente de los anatemas terribles, ha vuelto a aparecer en la tierra. Los príncipes de Israel están inquietos, y quieren saber la verdad de sus mismos labios: «¿Eres Elías?» «No.» »¿Eres el Profeta?» «No.» «¿Eres el Cristo?» «No.» Tres negaciones rotundas, en que descubrimos la grandeza de un carácter. No es nada. Y, sin embargo, el que es infalible le llamará un profeta, el mayor de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y su virtud. A sus ojos no es nada; es sólo la voz que clama; una voz, un soplo, una vibración que se pierde en el aire; un picapedrero del camino del Mesías, indigno hasta de desatar su zapato. Pero otro día para explicar mejor el sentido de su misión, encuentra en los profetas la imagen adorable del Esposo. Lo que ha sido Yahveh para el pueblo escogido, lo va a ser el Verbo para las almas de los creyentes. Él no es más que el amigo, pero la gloria de Aquel en quien ha puesto su amor, le hace plenamente feliz; «el amigo ve a su amigo y se goza al oír la voz del Esposo, y por esto mi alegría es perfecta».

Y así San Juan, el asceta terrible, el austero predicador de la penitencia, nos descubre el más tierno, el más dulce de los atributos de Cristo. Empezó por conmover a los hombres con asperezas y terrores, y termina introduciéndose en los más altos secretos del amor, proponiendo los dones celestes, las castas delicias, las glorias supremas de la mística unión.

viernes, 23 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».


Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobres vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso, para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

San José Cafasso

Este humilde sacerdote fue quizás el más grande amigo y benefactor de San Juan Bosco y, de muchos seminaristas pobres más, uno de los mejores formadores de sacerdotes del siglo XIX. 

Nació en 1811 en el mismo pueblo donde nació San Juan Bosco. En Castelnuovo (Italia). Una hermana suya fue la mamá de otro santo: San José Alamano, fundador de la comunidad de los Padres de la Consolata.

Desde niño sobresalió por su gran inclinación a la piedad y a repartir ayudas a los pobres.

En el año 1827, siendo Caffaso seminarista se encontró por primera vez con Juan Bosco. Cafasso era de familia acomodada del pueblo y Bosco era de una vereda y absolutamente pobre. Don Bosco narra así su primer encuentro con el que iba a ser después su Benefactor, su defensor y el que mejor lo comprendiera cuando los demás lo despreciaran: "Yo era un niño de doce años y una víspera de grandes fiestas en mi pueblo, vi junto a la puerta del templo a un joven seminarista que por su amabilidad me pareció muy simpático. Me acerqué y le pregunté: '¿Reverendo: no quiere ir a gozar un poco de nuestras fiestas?'. Él con una agradable sonrisa me respondió: 'Mira, amiguito: para los que nos dedicamos al servicio de Dios, las mejores fiestas son las que se celebran en el templo'. Yo, animado por su bondadoso modo de responder le añadí: 'Sí, pero también en nuestras fiestas de plaza hay mucho que alegra y hace pasar ratos felices'. Él añadió: 'Al buen amigo de Dios lo que más feliz lo hace es el participar muy devotamente de las celebraciones religiosas del templo'. Luego me preguntó qué estudios había hecho y si ya había recibido la sagrada comunión, y si me confesaba con frecuencia. Enseguida abrieron el templo, y él antes de despedirse me dijo: 'No se te olvide que para el que quiere seguir el sacerdocio nada hay más agradable ni que más le atraiga, que aquello que sirve para darle gloria a Dios y para salvar las almas'. Y de manera muy amable se despidió de mí. Yo me quedé admirado de la bondad de este joven seminarista. Averigüé cómo se llamaba y me dijeron: 'Es José Cafasso, un muchacho tan piadoso, que ya desde muy pequeño en el pueblo lo llamaban -el santito".

Cafasso que era un excelente estudiante tuvo que pedir dispensa para que lo ordenaran de sacerdote de sólo 21 años, y en vez de irse de una vez a ejercer su sacerdocio a alguna parroquia, dispuso irse a la capital, Turín, a perfeccionarse en sus estudios. Allá había un instituto llamado El Convictorio para los que querían hacer estudios de postgrado, y allí se matriculó. Y con tan buen resultado, que al terminar sus tres años de estudio fue nombrado profesor de ese mismo instituto, y al morir el rector fue aclamado para reemplazarlo, y estuvo de magnífico rector por doce años hasta su muerte.

San José Cafasso formó más de cien sacerdotes en Turín, y entre sus alumnos tuvo varios santos. Se propuso como modelos para imitar a San Francisco de Sales y a San Felipe Neri, y sus discípulos se alegraban al contestar que su comportamiento se asemejaba grandemente al de estos dos simpáticos santos.

En aquel entonces habían llegado a Italia unas tendencias muy negativas que prohibían recibir sacramentos si la persona no era muy santa (Jansenismo) y que insistían más en la justicia de Dios que en su misericordia (rigorismo).

El Padre Cafasso, en cambio, formaba a sus sacerdotes en las doctrinas de San Alfonso que insiste mucho en la misericordia de Dios, y en las enseñanzas de San Francisco de Sales, el santo más comprensivo con los pecadores. Y además a sus alumnos sacerdotes los llevaba a visitar cárceles y barrios supremamente pobres, para despertar en ellos una gran sensibilidad hacia los pobres y desdichados.

Cuando el niño campesino Juan Bosco quiso entrar al seminario, no tenía ni un centavo para costearse los estudios. Entonces el Padre Cafasso le costeó media beca, y obtuvo que los superiores del seminario le dieran otra media beca con tal de que hiciera de sacristán, de remendón y de peluquero. Luego cuando Bosco llegó al sacerdocio, Cafasso se lo llevó a Turín y allá le costeó los tres años de postgrado en el Convictorio. El fue el que lo llevó a las cárceles a presenciar los horrores que sufren los que en su juventud no tuvieron quién los educara bien. Y cuando Don Bosco empezó a recoger muchachos abandonados en la calle, y todos lo criticaban y lo expulsaban por esto, el que siempre lo comprendió y ayudó fue este superior. Y al ver la pobreza tan terrible con la que empezaba la comunidad salesiana, el Padre Cafasso obtenía ayudas de los ricos y se las llevaba al buen Don Bosco. Por eso la Comunidad Salesiana ha considerado siempre a este santo como su amigo y protector.

En Turín, que era la capital del reino de Saboya, las cárceles estaban llenas de terribles criminales, abandonados por todos. Y allá se fue Don Cafasso a hacer apostolado. Con infinita paciencia y amabilidad se fue ganando los presos uno por uno y los hacía confesarse y empezar una vida santa. Les llevaba ropa, comida, útiles de aseo y muchas otras ayudas, y su llegada a la cárcel cada semana era una verdadera fiesta para ellos.

San José Cafasso acompañó hasta la horca a más de 68 condenados a muerte, y aunque habían sido terribles criminales, ni uno sólo murió sin confesarse y arrepentirse. Por eso lo llamaban de otras ciudades para que asistiera a los condenados a muerte. Cuando a un reo le leían la sentencia a muerte, lo primero que pedía era: "Que a mi lado esté el Padre Cafasso, cuando me lleven a ahorcar" (Un día se llevó a su discípulo Juan Bosco, pero éste al ver la horca cayó desmayado. No era capaz de soportar un espectáculo tan tremendo. Y a Cafasso le tocaba soportarlo mes por mes. Pero allí salvaba almas y convertía pecadores).

La primera cualidad que las gentes notaban en este santo era "el don de consejo". Una cualidad que el Espíritu Santo le había dado para saber aconsejar lo que más le convenía a cada uno. Por eso a su despacho llegaban continuamente obispos, comerciantes, sacerdotes, obreros, militares, y toda clase de personas necesitadas de un buen consejo. Y volvían a su casa con el alma en paz y llena de buenas ideas para santificarse. Otra gran cualidad que lo hizo muy popular fue su calma y su serenidad. Algo encorvado (desde joven) y pequeño de estatura, pero en el rostro siempre una sonrisa amable. Su voz sonora, y encantadora. De su conversación irradiaba una alegría contagiosa (que San Juan Bosco admiraba e imitaba grandemente). Todos elogiaban la tranquilidad inmutable del Padre José. La gente decía: "Es pequeño de cuerpo, pero gigante de espíritu". A sus sacerdotes les repetía: "Nuestro Señor quiere que lo imitemos en su mansedumbre".

Desde pequeñito fue devotísimo de la Sma. Virgen y a sus alumnos sacerdotes los entusiasmaba grandemente por esta devoción. Cuando hablaba de la Madre de Dios se notaba en él un entusiasmo extraordinario. Los sábados y en las fiestas de la Virgen no negaba favores a quienes se los pedían. En honor de la Madre Santísima era más generoso que nunca estos días. Por eso los que necesitaban de él alguna limosna especial o algún favor extraordinario iban a pedírselo un sábado o en una fiesta de Nuestra Señora, con la seguridad de que en honor de la Madre de Jesús, les concedería su petición.

Un día en un sermón exclamó: "qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo". Y así le sucedió: murió el sábado 23 de junio de 1860, a la edad de sólo 49 años.

Su oración fúnebre la hizo su discípulo preferido: San Juan Bosco.

El Papa Pío XII canonizó a José Cafasso en 1947, y nosotros le suplicamos a tan bondadoso protector que logremos imitarlo en su simpática santidad.

jueves, 22 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
¡Ojalá me toleraseis algo de locura! aunque ya sé que me la toleráis.
Tengo celos de vosotros, los celos de Dios; pues os he desposado con un solo marido, para presentaros a Cristo como una virgen casta.
Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo.
Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que os he predicado, u os propone recibir un espíritu diferente del que recibisteis, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptasteis,
lo toleráis tan tranquilos.
No me creo en nada inferior a esos superapóstoles.
En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos os lo hemos demostrado.
¿O hice mal en abajarme para elevaros a vosotros, anunciando de balde el Evangelio de Dios?
Para estar a vuestro servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio.
Mientras estuve con vosotros, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada.
Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Gracia me quitará esta satisfacción.
¿Por qué?, ¿porque no os quiero? Bien sabe Dios que no es así.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra del Señor.

San Paulino de Nola

Una granja opulenta a orillas del Garona, un cristianismo incoloro y difuso, una universidad floreciente y decadente a la vez: tal es el medio geográfico, religioso e intelectual en que se desarrolla la juventud de este amable rapsoda de Cristo. Meropio Poncio Anicio Paulino pertenecía a una de las más ilustres familias de Roma. Su padre, después de ejercer las funciones de prefecto del pretorio en las Gallas, había fijado su residencia en los alrededores de Burdeos. Y allí creció el hijo entre los fuertes muros de la villa paterna, que era a la vez centro agrícola, taller y residencia señorial; que empezaba ya a erizarse de torres y a tomar el aspecto de un castillo; que se animaba con el murmullo de una tropa innumerable de esclavos, libertos, colonos, clientes y locatarios. En los patios y los jardines se veían estatuas de dioses y héroes de la mitología helénica, pero el Dios de la casa era Cristo, desde que, medio siglo antes, aquellos aristócratas habían abandonado la religión de sus antepasados. Pero era aquél un cristianismo que se armonizaba perfectamente con una dulce tolerancia; un espiritualismo clásico que miraba con repugnancia el celo indiscreto y la virtud excesiva, y en el cual, paganos y cristianos se encontraban sin choques ni estridencias. Paulino se dejó llevar dulcemente de ese ideal risueño, en que todos los extremismos están templados por el sentido del gusto, por la filosofía del equilibrio y la mesura, y por el arte del buen parecer. Todo aquello, muy conforme con las tendencias de una sociedad que, en vísperas de morir, saboreaba el placer de la vida, estaba también de acuerdo con su naturaleza sensible y delicada.

Este ambiente es el que se respiraba en la vida de Hebromago y en las escuelas de la ciudad cercana, Burdeos. El rey en ellas era el profesor Ausonio, retórico y poeta, de quien se ha podido dudar si era un bautizado o uno de aquellos espiritualistas del paganismo que veían en las fábulas de la mitología simples símbolos y personificaciones de los atributos de Dios. Este hombre frívolo y superficial, que gozaba jugando con las palabras, sin llegar jamás al fondo de las cosas; que si había dado su nombre, como parece, a la nueva religión, estaba, por sus gustos y afinidades espirituales, unido estrechamente al pasado, fue el maestro, el guía, el consejero del joven patricio. Toda su gloria la puso en la formación de aquel discípulo, brillante y dócil, en quien veía despuntar sus mismas cualidades. Paulino empezaba a distinguirse en la poesía y en la elocuencia. En sus primeros ensayos se nos revela como un versificador ágil, ingenioso y diestro para tratar con gracia y agudeza temas sin importancia. El sentimiento poético del maestro no conocía mayores exigencias. Al mismo tiempo, Paulino estudiaba la jurisprudencia, que ningún romano de alta alcurnia podía desconocer. Como San Agustín, aprendió el griego, pero sin llegar a ser un verdadero helenista. Movido ya por aquella inquietud que debía llevarle a tomar resoluciones definitivas, se apasionaba también por los estudios filosóficos, penetrando primero en el mundo de las ideas platónicas, que eran en Burdeos la enseñanza oficial, y recorriendo luego, uno tras otro, todos los sistemas, sin que ninguno llegase a satisfacerle; con el estudio de la filosofía junta el de las ciencias naturales, hacia las cuales se inclinaban su curiosidad de sabio y su naturaleza de artista.

Tal es la adolescencia de aquel ilustre heredero de una regia fortuna; años fáciles y venturosos, alegrados por los éxitos y los aplausos, iluminados por el encanto de la amistad, sostenidos por el afecto de los maestros y la admiración de los condiscípulos. De piedad. Paulino aún no sabe nada. Ni piensa siquiera en recibir el bautismo. Toda su vida está orientada hacia el mundo, hacia los triunfos de las letras y las esperanzas de la política. A los veinte años, hereda un patrimonio inmenso: granjas, bosques, minas, esclavos, vías y ciudades enteras, derramadas por las provincias de Italia y las Galias. Se presenta en Roma, donde ya es considerado como uno de los más grandes personajes del Imperio; entra a formar parte del cuerpo del Senado, se distingue entre sus compañeros por su elocuencia, por su fastuosidad y por su talento práctico; y, nombrado cónsul en 378, consigue realizar el sueño de todos los grandes patricios de Roma.

El consulado había perdido ya toda su importancia efectiva; pero Roma, ciudad de la tradición, seguía adornando la sombra con una pompa incomparable. Paulino conoció la embriaguez de aquel cortejo triunfal, que antaño se reservaba únicamente para los generales vencedores. Vistió la púrpura consular; recibió los dípticos de marfil donde estaba esculpido su retrato y grabado su nombre; recibió los saludos estruendosos de la multitud en un amanecer primaveral: atravesó las calles engalanadas de la ciudad sobre un carro de chapas de oro, que arrastraban blancos corceles, rodeado de los 600 senadores, precedido por los lictores con sus hachas adornadas de cintas rojas, seguido de sus criados, que avanzaban sembrando las calles de monedas de oro; de los colegios de artesanos, que se agrupaban en torno de sus banderas; del grupo de los magistrados, envueltos en sus níveas togas; de las facciones del circo, que se distinguían por sus brillantes colores, y de un público inmenso, que le aclamaba frenético y le aplaudía y llenaba el carro triunfal de rosas, de siemprevivas y de ramos de mirto y de laurel. Así, hasta el Capitolio. A la puerta del templo de Júpiter, Paulino recibió la silla curul, pero no quiso sacrificar al dios, ni consultar las observaciones de los augures. Entró en posesión de sus funciones; las inauguró con la más dulce de sus prerrogativas: la liberación de esclavos; y, habiéndose dirigido al circo, tomó asiento en el estrado consular, agitó un lienzo de seda, y así dio a entender que comenzaban los juegos.

Aquel consulado dejó en el pueblo de Roma una impresión de magnificencia que duraba aún cuando, tres lustros más tarde, el ilustre patricio volvía a atravesar el Foro con el bastón de peregrino en la mano y a la espalda el manto de la humildad. Sólo Paulino parece haber quedado descontento. Lo mismo que los sistemas filosóficos, las dignidades más ambicionadas dejaban su alma insatisfecha. Cuando, al dejar las fasces consulares, recibe el gobierno de la provincia de Campania, su único anhelo es descansar, meditar, entrar dentro de sí mismo. No quiere residir en Capua, capital de su provincia, sino en Nola, pequeña ciudad que formaba parte de su patrimonio familiar. Y es que en Nola estaba el sepulcro del mártir San Félix, cuya leyenda le atrae, cuyos milagros le impresionan vivamente. Allí empieza a encenderse su devoción; allí, como él mismo dice, germina en su alma la primera simiente de las cosas divinas. «A las puertas de aquella iglesia—dirá más tarde—sentí que mi alma se volvía hacia la fe y que una luz nueva abría mi corazón al amor de Cristo.» Al abandonar su gobierno, «sin que la espada de la autoridad se hubiera tenido ron sangre de humanas cabezas», quiso sellar la nueva orientación de su vida con una ceremonia extraña. Cuenta Suetonio que Nerón consagró a Júpiter Capitolino su barba, encerrada en una caja de oro con engastes de perlas. Siguiendo este rito de origen pagano, Paulino hizo a San Félix la ofrenda de su primera barba.

Aquello era sólo el principio de una conversión. El joven patricio no piensa aún en dejar el mundo, y menos en recibir el bautismo. Al volver a su tierra, se encuentra en España a una joven de gran familia y rara virtud, y hace de ella su mujer. La figura de esta ilustre matrona, cuyo nombre fue inmortalizado muchos siglos después por la mística de ávila, nos recuerda uno de esos retratos antiguos que el tiempo ha llegado a borrar y oscurecer, pero que aún nos ofrecen algunos rasgos nobles y graciosos, reveladores de un alma privilegiada. Una esposa buena y dulce es ya una de las obras maestras salidas de la mano del Criador. Y esta obra maestra era Teresa, la compañera de Paulino; pero en ella había algo más todavía: su puesto estaba entre ese grupo selecto de almas grandes, sin desfallecimiento, altivas en la humildad, generosas sin ostentación, que realizan el tipo perfecto del ideal cristiano. Paulino encontraba en ella un modelo de vida cristiana, y al mismo tiempo toda la gracia y la ternura de la esposa más amante. «Extranjero —dice Paulino, hablando con Dios—, llegué; guiado por Ti, al país de los iberos; allí tomé una esposa según las leyes humanas; ganaste dos vidas al mismo tiempo; te aprovechaste del yugo de la carne para poner en salvo a dos almas, compensando con los méritos de la una las dudas e inquietudes de la otra.»

Tal era la nueva influencia que se cruzaba en la vida del opulento consular. Las dudas desaparecieron, los recuerdos paganos empezaron a desvanecerse en la lejanía, y el bautismo vino a consagrar aquella evolución lenta y casi imperceptible. Sin embargo, ni Paulino ni Teresa se acuerdan todavía del sacrificio supremo. Ella dirige la casa, dulce, grave y austera; él llena sus días con la administración de sus bienes, las relaciones de sociedad, las arengas del foro y el ejercicio de los cargos públicos. Una oración poética, que compone por este tiempo, nos descubre la discreción excesiva de su ideal: vivir felizmente y sin reproche, no despertar ni sentir la envidia, ser accesible a los desgraciados, gozar del cariño fiel de su esposa y de las delicias de la amistad, tener una mesa bien abastecida y conseguir el paraíso sin sacudidas ni estremecimientos. Por esta época conoció Paulino a San Martín de Tours. El apóstol de la Galia le recibió bondadosamente, le distinguió con su amor, y habiendo visto sus ojos enfermos, se los ungió con aceite y se los curó. Más íntimo parece haber sido el trato con San Ambrosio. «Al venerable Ambrosio—decía Paulino más tarde—yo le considero como mi padre espiritual, puesto que él me ha instruido en los misterios de la fe, y su consejo me ayuda todavía a cumplir con los deberes del sacerdocio.» Todo parecía conjurarse para acercar aquel corazón al ideal evangélico, cuando vino el golpe definitivo: la intervención de la familia en la política revuelta de aquel tiempo; la muerte violenta de su hermano, y para él la perspectiva de la misma suerte. La espada estaba ya suspendida sobre su cabeza, y se hablaba de confiscar sus bienes. «¡Oh Padre celeste!—dirá luego—. Tú arrancaste mi vida al suplicio, y al fisco mis riquezas. Tú me reservaste con ellas para el Cristo mi Señor. Entonces toda mi vida cambió; por la fe dejé el mundo, mi patria, mi hogar y huí a una tierra lejana; con el precio de todas las riquezas compré el derecho de llevar mi cruz; con todos mis bienes de la tierra pagué la esperanza del Cielo, porque la esperanza y la fe valen más que todos los bienes de la carne.»

Esto era en 390. Los dos esposos pasan los Pirineos y se establecen en España, no sobre las rocas escarpadas de Calahorra, ni bajo los peñascos imponentes de Bílbilis, como decía Ausonio, sino al abrigo de quintas deliciosas, situadas en las cercanías de Barcelona y Zaragoza. Si no son todavía unos ascetas, caminan poco a poco hacia la existencia monacal. Paulino, ahora estudia los libros santos, se entrega con insistencia a la oración, parafrasea los salmos de David en armoniosos hexámetros y compone sentidos poemas de inspiración cristiana. El advenimiento de un hijo al hogar parece alejarle un momento del camino emprendido; pero el niño muere al. poco tiempo de nacer, y sus padres le entierran en Compluto, junto a las reliquias de los niños mártires Justo y Pastor. «Largo tiempo—canta el poeta—le hablamos deseado, pero se apresuró a marchar a las moradas celestes. En otro tiempo yo fui pecador; tal vez esta pequeña gota de mi sangre sea mi luz.» Iban a dar el último paso. Desde entonces Paulino y Teresa se miraron como dos hermanos, dieron el último adiós al mundo y empezaron a desprenderse de sus riquezas. San Jerónimo, a quien habían consultado, les respondía: «No dudéis un momento: romped el cable que sujeta la barca a la orilla, no perdáis tiempo en desatarle.» San Paulino había preguntado, además, qué ocupaciones serían convenientes para su nueva vida, pues había resuelto renunciar a las letras profanas, y, por otra parte, el estudio de la Biblia se le presentaba lleno de dificultades. Como era de esperar, el solitario de Belén le aconseja el trabajo intelectual. «La santidad en la ignorancia—decía—sólo es útil para sí misma; edifica la Iglesia de Dios; pero puede también perjudicarla, puesto que no sabe defenderla.» Y empezó la venta de tierras, la manumisión de esclavos, las donaciones a las iglesias, las limosnas, las liberalidades, las recompensas inverosímiles. «Paulino—escribe un contemporáneo—abrió sus graneros a todos los que venían a él, y venían de las últimas regiones del Imperio. Sacó a muchos de la prisión, dio libertad a muchos cautivos y pagó las deudas a muchas personas que gemían en la cárcel.» Así quedaron despedazados sus reinos —como decía Ausonio—; así alcanzó la verdadera riqueza, según su propia expresión, «porque, aunque poseyese el mundo entero—añadía—, ¿es que todo ello valdría algo comparado con el Señor Jesús?» En el gran mundo se le trató de loco, de necio, de cobarde; sus parientes se reían de él, y sus amigos le abandonaron: «Se diría que tienen vergüenza de conocerme—decía él mismo—; los que antes me adulaban son ahora mis perseguidores.» Hay uno, sin embargo, que no puede olvidarle: es el viejo maestro. Ausonio no comprende nada de todas aquellas cosas, que él considera como hazañas de un demente. No obstante, se acuerda de su discípulo, «prisionero de los celtíberos», le escribe largos poemas y le invita a volver a su patria para cantar juntos a las musas y recordar los años pasados. Ni sus versos ni sus cartas logran romper el .silencio; pero él no se desalienta: vuelve a escribir, manejando nuevos argumentos y prorrumpiendo en los gemidos desgarradores de la amistad despreciada. «Los mismos enemigos—dice—se saludan cuando van a matarse; nada mudo hay en la Naturaleza. No necesitas decirme muchas cosas: Buenos días y adiós; un saludo, un deseo de felicidad en el papel.» La culpa era de los correos. Cuatro años tardaron las tres primeras cartas del profesor Aquitano en llegar a su destino. Paulino se llenó de alegría al recibirlas, pero no pudo aceptar la invitación de su maestro: «¡Oh padre! —le decía—, ¿por qué me mandas que me acuerde de las musas, a las cuales he renunciado para siempre? Dios no sufre rivales, y están cerrados para Apolo los corazones consagrados a Cristo.» Reconoce que todo en su vida pasada se lo debe a su maestro; los estudios, las dignidades, el saber, la gloria de la palabra, de la toga y del nombre; pero eso le importa ya muy poco: «Toda mi angustia ahora, todo mi afán, es librarme de mis pecados antes de la muerte. Con el pensamiento de este día, las fibras de mi corazón se estremecen de terror; mi alma tiembla en la previsión del porvenir y gime al verse encadenada a un cuerpo miserable y de no poder levantarse con ala ligera al encuentro del Rey. Mi temor y mi tormento es que el último día no me sorprenda dormido en las tinieblas, ocupado en cosas estériles y derrochando mi vida en inútiles cuidados, a fin de aguardar la muerte terrible con un corazón tranquilo. Si esto te parece bien, felicita a tu amigo de su magnífica esperanza; si lo repruebas, me basta ser aprobado por Cristo.»

Al despojarse de sus bienes, Paulino sólo tenía un pensamiento: retirarse a Nola para hacer vida ascética junto al sepulcro de San Félix. Mas he aquí que en 392, asistiendo en Barcelona a las funciones de Navidad, el pueblo se arrojó sobre él, le arrastró hasta el altar y obligó al obispo a que le ordenase. Paulino se resistía, pero hubo de contentarse con imponer una condición: que no se le obligase a adscribirse a ninguna Iglesia. Era una ordenación anticanónica; las leyes de la Iglesia empezaban a condenar estos piadosos tumultos; aunque hay que reconocer que el pueblo tenía un instinto maravilloso para escoger sus sacerdotes: San Agustín, San Ambrosio, San Basilio y San Gregorio de Nacianzo habían subido de esta manera a las órdenes sagradas. Poco canónica era también aquella libertad que Paulino reclamaba, pero el santo mártir de Campania le atraía invenciblemente. Dos años más tarde tomaba el camino de Italia juntamente con su mujer, que ahora era su hermana. En Roma su paso despertó curiosidad y contradicción. El pueblo aclamó en hábito de monje al cónsul que años antes había conducido al Capitolio. Pero entre una porción del clero y la aristocracia, su presencia fue recibida con sarcasmos y desprecios. Hasta el Pontífice Siricio, «hombre simple, que juzgaba a los otros según su propia condición», se mantuvo con él en una actitud de reserva y desconfianza. En cambio, el grupo de ascetas que había dirigido San Jerónimo le recibió con entusiasmo y admiración, y desde Milán le llegaban las felicitaciones amistosas de San Ambrosio. «¿Qué dirán los senadores cuando sepan estas cosas?—había dicho ya antes el gran obispo—. ¡Un hombre de su nacimiento, de su familia, de su carácter, de su elocuencia, abandonar el Senado! ¡Interrumpir la sucesión de su casa! Eso no se puede tolerar. Los hombres que se rapan los cabellos y las cejas al ser iniciados en los misterios de Isis, rasgan indignados sus vestidos si alguno, por el celo de la religión de Cristo, cambia la toga por la túnica monacal. ¿No es triste ver tanta consideración por la mentira y tanto desdén por la verdad?»

Paulino se apresuró a refugiarse en su retiro de Nola. Allí va a pasar el resto de su vida, bajo la claridad del cielo napolitano, entre una Naturaleza riente, poblada de limoneros y geranios gigantes, perfumada por hálitos de jardines y viñedos, animada por sinfonías de cantos y colores, y enriquecida por el tesoro de un cuerpo santo, en torno del cual se multiplican los milagros y las bendiciones del Cielo. Vive como un monje, y su vida sigue siendo la misma, cuando en 409 los habitantes de Nola ponen sobre sus hombros el peso del episcopado. Algunos amigos le acompañan, y allí está también Teresa, su mujer. Come pan y legumbres en escudillas de madera; su cocinero es un asceta venido de Aquitania, más rico en virtudes que en habilidades profesionales; su vestido, un cilicio de pelos de camello, regalo de un antiguo condiscípulo suyo, Sulpicio Severo, que ahora es monje en un monasterio de San Martín. «Haces muy bien—le contestaba Paulino—en enviar a un pecador como yo un vestido semejante. Cuando esté prosternado en la presencia divina, la aspereza de este tejido servirá para recordarme que debo estremecerme de horror con el pensamiento de mis pecados; que la contrición debe desgarrar mi alma al mismo tiempo que el cilicio atormenta y crucifica mi carne.» Su morada es un hospital que ha hecho construir junto a la iglesia. Vive con sus amigos en el piso superior; debajo tiene a los pobres, a los enfermos y a los peregrinos. Él les visita, les consuela, les lava los pies, les lleva la comida, les hace olvidar el sufrimiento con su bondadosa solicitud, y en estos oficios de caridad se pasa una buena parte del día. A medianoche, la pequeña comunidad se reúne en la iglesia para rezar maitines. Después Paulino reza, estudia las Sagradas Escrituras, cultiva un pequeño trozo de tierra, que llama «jardín de San Félix»; medita, combate a los pelagianos y escribe sus bellas cartas en prosa y verso. Sus corresponsales son San Delfín de Burdeos, Sulpicio Severo, San Ambrosio, San Jerónimo, Alipio y San Agustín. Cada año abandona una vez su retiro para celebrar la fiesta de San Pedro en Roma. Hijo de patricios, Paulino conserva el gusto del arte y de la suntuosidad. Su vida es sencilla y pobre, pero todas las magnificencias le parecen pocas para su mártir: amplía su templo, construye junto a él otras dos basílicas, las rodea de pórticos, las llena de alhajas preciosas, las adorna de pinturas y las decora de versos.

La poesía sigue siendo para él una ocupación, un arma y un juego. Pero ya no vuelve a acordarse del Helicón ni del coro sagrado de las musas. Canta la vida de San Félix, relata los milagros que se obran en su sepulcro, describe las multitudes pintorescas y ruidosas de los peregrinos, celebra las dulzuras de la vida interior y exhala sus temores, sus ansiedades, sus esperanzas y sus más íntimas preocupaciones. Su estro se remonta a veces hasta las alturas del orden teológico, y se detiene complacido en la pintura de las maravillas celestes. No es propiamente un lírico, pero no es raro encontrar en sus composiciones acentos de un alto lirismo. Algunos de sus relatos milagrosos anuncian el estilo de los fabliaux, como ciertas escenas dialogadas de Prudencio hacen pensar en los misterios de la Edad Media. Paulino posee las dos cualidades, al parecer contradictorias, del observador y el moralista humorístico: la simpatía en la ironía. Se deleita contemplando a los paisanos sencillos y ruidosos que rezan, lloran, amenazan y negocian cerca del sepulcro de San Félix, y al mismo tiempo se ríe bondadosamente de sus maneras pintorescas. Hasta se siente conmovido ante los ladrones, a causa de la gloria que su arrepentimiento y confesión añaden al santo. Tiene el sentido de lo popular y goza en la familiaridad con las cosas humildes de la Naturaleza y del campo. Sabe trazar con pocas palabras siluetas inolvidables, animar sus figuras, comunicarlas una fisonomía propia con un arte que ha heredado de los grandes historiadores latinos. Sabe crear; se inspira en el corazón más que en el espíritu; ama lo que canta, y hace del canto una íntima efusión. En cuanto al mundo exterior, su concepto poético es enteramente nuevo: nada de vaguedad ni de sentimentalismo panteísta; ni la criatura se confunde con el Criador, ni puede prescindir de Él, y en este contraste se encuentra su mayor grandeza. Es el concepto cristiano de las cosas y de la vida. Del clasicismo pagano sólo quedan las formas: ritmos, reminiscencias, giros, frases consagradas. Peca por exceso de facilidad; es poco preciso, y él mismo reconoce que su pluma es demasiado prolija y abundante. Sin embargo su humildad le hace presentarnos sus poemas, «más bien como señales de su pereza y su imprudencia que como fruto de un espíritu iluminado por las claridades del Cielo y cultivado por el estudio de las ciencias humanas». San Jerónimo era más justo cuando, después de alabar su facilidad, la naturalidad de su palabra y la pureza de su estilo, le decía: «Si consigues un conocimiento más profundo de la Escritura y te decides a dar la última mano a tus obras, no tendremos nada más bello, más sabio, más suave y más elegante.» Y añadía: «Como brillaste en el Senado, debes brillar también en la Iglesia. No puedo sufrir en ti nada mediocre; lo quiero todo perfecto, impecable.» Sin duda, Jerónimo hallaba deleite en aquellos deliciosos poemas, pero quería algo más preciso, más fuerte, más saturado de ciencia bíblica.

Pero más que sus versos, lo que llevaba el nombre de Paulino por todo el mundo romano era su conversión, su vida ascética, su celo y su caridad. «¿Qué provincia, qué desierto—preguntaba un discípulo suyo—no debe algún beneficio a Paulino? ¿Quién salió triste de su presencia? ¿Quién cayó, sin que su mano piadosa le ayudase a levantarse? Fue bueno para todos, y a nadie despreció jamás; alentaba a los tímidos, calmaba a los violentos, edificaba a unos con sus palabras y a otros con sus acciones. Era caritativo y portador de la paz; mendigaba para hacer ricos a los demás; servía a los pobres y trabajaba por la salvación de los poderosos. En su tribunal nunca se olvidaba de la misericordia. No quiso pertenecer a esa clase de obispos que inspiran el miedo a las gentes, sino que trabajó por hacerse amar de todos. Por eso todos querían verle y hablarle, y los que no podían contemplarle con sus ojos, querían al menos gozar de su trato por medio de sus cartas, siempre dulces y amables, y de sus versos llenos de encanto y suavidad.» Su amigo Sulpicio Severo quiso poner su retrato al lado del de San Martín, en una iglesia que acababa de levantar, y encargó a un pintor que reprodujese su figura. Asustado del proyecto, Paulino le escribía: «La humildad te ha vuelto loco. ¿Qué figura es la que quieres? Sin duda, la del hombre espiritual; pues bien: me avergonzaría de dejarme pintar como soy, y no quisiera que me representasen como no soy. Odio lo que soy y amo lo que no soy.» Severo despreció estos escrúpulos, y consiguió el retrato; pero Paulino se vengó enviándole unos versos, que debía poner debajo de las dos imágenes. La malignidad no hubiera podido imaginar una sátira más picante: «Vosotros los que entráis para purificar a la vez vuestras almas y vuestros cuerpos, mirad aquí los dos caminos abiertos a la santidad: Martín os ofrece el modelo de la vida perfecta; Paulino os enseña cómo se consigue el perdón. Pecadores, aquí tenéis vuestro retrato; justos, contemplad el espejo de la justicia.»

Siempre bondadoso, Paulino, al ver que se le acercaba la muerte, admitió en el seno de la Iglesia a todos aquellos que había tenido que excluir por motivos de disciplina. Después, dice un testigo de vista, sintiendo que volvía a Dios, pidió que celebrasen los divinos misterios junto a su lecho. Todos pudimos verle inundado de un espíritu angélico y divino. De repente, preguntó en alta voz: «¿Dónde están mis hermanos?» Creyeron que se refería a dos obispos que le asistían; pero él continuó: «Quiero hablar de mis hermanos Jenaro y Martín, que conversaban ahora conmigo y me dijeron que no tardarían en volver.» Alguien le recordó que debía cuarenta monedas para los pobres, y él sonrió, diciendo: «No te inquietes por eso; ya llega el que nos trae ese dinero.» Poco después entró en la habitación un sacerdote con un saquito de oro. A medianoche se levantó a maitines, como los demás días, y volvió a acostarse de nuevo. Repentinamente, una sacudida conmovió la celda en que agonizaba. Todos en torno suyo caían instintivamente de rodillas; él, entre tanto, levantaba los ojos, extendía los brazos y cantaba lentamente: «He preparado una lámpara para mi Cristo.» Y la última nota fue su postrer suspiro. «Hemos presenciado—dice su biógrafo— la muerte de un justo; la hemos presenciado con lágrimas y sollozos, y al mismo tiempo con alegría; hemos visto a los hombres lamentándose por la pérdida del más bondadoso de todos los sacerdotes; y hemos oído a los judíos y a los paganos que decían entre sollozos: «También nosotros hemos perdido un padre; también nosotros hemos perdido un protector.»

miércoles, 21 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.
Siempre seréis ricos para toda largueza, la cual, por medio de nosotros, suscitará acción de gracias a Dios.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

San Luis Gonzaga

San Luis Gonzaga, nació el 9 de marzo, de 1568, en el castillo de Castiglione delle Stivieri, en la Lombardia. Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres en Lombardia y príncipe del Imperio y Marta Tana Santena (Doña Norta), dama de honor de la reina de la corte de Felipe II de España, donde también el marqués ocupaba un alto cargo. La madre, habiendo llegado a las puertas de la muerte antes del nacimiento de Luis, lo había consagrado a la Santísima Virgen y llevado a bautizar al nacer. Por el contrario, a don Ferrante solo le interesaba su futuro mundano, que fuese soldado como el.

Desde que el niño tenía cuatro años, jugaba con cañones y arcabuces en miniatura y, a los cinco, su padre lo llevó a Casalmaggiore, donde unos tres mil soldados se ejercitaban en preparación para la campaña de la expedición española contra Túnez. Durante su permanencia en aquellos cuarteles, que se prolongó durante varios meses, el pequeño Luis se divertía en grande al encabezar los desfiles y en marchar al frente del pelotón con una pica al hombro.

En cierta ocasión, mientras las tropas descansaban, se las arregló para cargar una pieza de la artillería, sin que nadie lo advirtiera, y dispararla, con la consiguiente alarma en el campamento. Rodeado por los soldados, aprendió la importancia de ser valiente y del sacrificio por grandes ideales, pero también adquirió el rudo vocabulario de las tropas. Al regresar al castillo, las repetía cándidamente.

Su tutor lo reprendió, haciéndole ver que aquel lenguaje no sólo era grosero y vulgar, sino blasfemo. Luis se mostró sinceramente avergonzado y arrepentido de modo que, comprendiendo que aquello ofendía a Dios, jamás volvió a repetirlo.

Despierta su vida espiritual

Apenas contaba siete años de edad cuando experimentó lo que podría describirse mejor como un despertar espiritual. Siempre había dicho sus oraciones matinales y vespertinas, pero desde entonces y por iniciativa propia, recitó a diario el oficio de Nuestra Señora, los siete salmos penitenciales y otras devociones, siempre de rodillas y sin cojincillo. Su propia entrega a Dios en su infancia fue tan completa que, según su director espiritual, San Roberto Belarmino, y tres de sus confesores, nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal.

En 1577 su padre lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, Italia, dejándolos al cargo de varios tutores, para que aprendiesen el latín y el idioma italiano puro de la Toscana. Cualesquiera que hayan sido sus progresos en estas ciencias seculares, no impidieron que Luis avanzara a grandes pasos por el camino de la santidad y, desde entonces, solía llamar a Florencia, "la escuela de la piedad".

Un día que la marquesa contemplaba a sus hijos en oración, exclamó: «Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, "¡qué dichosa sería yo!". Luis le dijo al oído: «Yo seré el que Dios escogerá.». Desde su primera infancia se había entregado al la Santísima Virgen. A los nueve años, en Florencia, se unió a Ella haciendo el voto de virginidad. Después resolvió hacer una confesión general, de la que data lo que él llama «su conversión».

A los doce años había llegado al más alto grado de contemplación. A los trece, el obispo San Carlos Borromeo, al visitar su diócesis, se encontró con Luis, maravillándose de que en medio de la corte en que vivía, mostrase tanta sabiduría e inocencia, y le dio él mismo la primera comunión.

Fue muy puro y exigente consigo mismo

Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que, según la descripción de un historiador, "formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie". Pero para un alma tan piadosa como la de Luis, el único resultado de aquellos ejemplos funestos, fue el de acrecentar su celo por la virtud y la castidad.

A fin de librarse de las tentaciones, se sometió a una disciplina rigurosísima. En su celo por la santidad y la pureza, se dice que llegó a hacerse grandes exigencias como, por ejemplo, mantener baja la vista siempre que estaba en presencia de una mujer. Sea cierto o no, hay que cuidarse de no abusar de estos relatos para crear una falsa imagen de Luis o de lo que es la santidad. No es extraño que en los primeros años, después de una seria desición por Cristo, se cometan errores al quererse encaminar por la entrega total en una vida diferente a la que lleva el mundo. El mismo fundador de los Jesuitas explica que en sus primeros años cometió algunos excesos que después supo equilibrar y encausar mejor. Lo admirable es la disponibilidad de su corazón, dispuesto a todo para librarse del pecado y ser plenamente para Dios. Además, hay que saber que algunos vicios e impurezas requieren grandes penitencias. San Luis quiso, al principio, imitar los remedios que leía de los padres del desierto.

Algunos hagiógrafos nos pintan una vida del santo algo delicada que no corresponde a la realidad. Quizás, ante un mundo que tiene una falsa imagen de ser hombre, algunos no comprenden como un joven varonil pueda ser santo. La realidad es que se es verdaderamente hombre a la medida que se es santo. Sin duda a Luis le atraían las aventuras militares de las tropas entre las que vivió sus primeros años y la gloria que se le ofrecía en su familia, pero de muy joven comprendió que había un ideal más grande y que requería más valor y virtud.

Fue en Montserrat donde se decidió la vocación de Luis.

Hacía poco más de dos años que los jóvenes Gonzaga vivían en Florencia, cuando su padre los trasladó con su madre a la corte del duque de Mántua, quien acababa de nombrar a Ferrante gobernador de Montserrat. Esto ocurría en el mes de noviembre de 1579, cuando Luis tenía once años y ocho meses. En el viaje Luis estuvo a punto de morir ahogado al pasar el río Tessin, crecido por las lluvias. La carroza se hizo pedazos y fue a la deriva. Providencialmente, un tronco detuvo a los náufragos. Un campesino que pasaba vio el peligro en que se hallaban y les salvó.

Una dolorosa enfermedad renal que le atacó por aquel entonces, le sirvió de pretexto para suspender sus apariciones en público y dedicar todo su tiempo a la plegaria y la lectura de la colección de "Vidas de los Santos" por Surius. Pasó la enfermedad, pero su salud quedó quebrantada por trastornos digestivos tan frecuentes, que durante el resto de su vida tuvo dificultades en asimilar los diarios alimentos.

Otros libros que leyó en aquel período de reclusión son , Las cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en aquel país, le suscitó la idea de ingresar en la Compañía de Jesús a fin de trabajar por la conversión de los herejes y Compendio de la doctrina espiritual de fray Luis de Granada. Como primer paso en su futuro camino de misionero, aprovechó las vacaciones veraniegas que pasaba en su casa de Castiglione para enseñar el catecismo a los niños pobres del lugar.

En Casale-Monferrato, donde pasaba el invierno, se refugiaba durante horas enteras en las iglesias de los capuchinos y los barnabitas; en privado comenzó a practicar las mortificaciones de un monje: ayunaba tres días a la semana a pan y agua, se azotaba con el látigo de su perro, se levantaba a mitad de la noche para rezar de rodillas sobre las losas desnudas de una habitación en la que no permitía que se encendiese fuego, por riguroso que fuera el tiempo.

Fue inútil que su padre le combatiese en estos deseos. En la misma corte, Luis vivía como un religioso, sometiéndose a grandes penitencias. A pesar de que ya había recibido sus investiduras de manos del emperador, mantenía la firme intención de renunciar a sus derechos de sucesión sobre el marquesado de Castiglione en favor de su hermano.

Madrid

En 1581, se dio a Ferrante la comisión de escoltar a la emperatriz María de Austria en su viaje de Bohemia a España. La familia acompañó a Ferrante y, al llegar a España, Luis y su hermano Rodolfo fueron designados pajes de Don Diego, príncipe de Asturias. A pesar de que Luis, obligado por sus deberes, atendía al joven infante y participaba en sus estudios, nunca omitió o disminuyó sus devociones.

Cumplía estrictamente con la hora diaria de meditación que se había prescrito, no obstante que para llegar a concentrarse, necesitaba a veces varias horas de preparación. Su seriedad, espiritualidad y circunspección, extrañas en un adolescente de su edad, fueron motivo para que algunos de los cortesanos comentaran que el joven marqués de Castiglione no parecía estar hecho de carne y hueso como los demás.

Resuelto a unirse a la Compañía de Jesús

El día de la Asunción del año 1583, en el momento de recibir la sagrada comunión en la iglesia de los padres jesuitas, de Madrid, oyó claramente una voz que le decía: «Luis, ingresa en la Compañía de Jesús.»

Primero, comunicó sus proyectos a su madre, quien los aprobó en seguida, pero en cuanto ésta los participó a su esposo, este montó en cólera a tal extremo, que amenazó con ordenar que azotaran a su hijo hasta que recuperase el sentido común. A la desilusión de ver frustrados sus sueños sobre la carrera militar de Luis, se agregaba en la mente de Ferrante la sospecha de que la decisión de su hijo era parte de un plan urdido por los cortesanos para obligarle a retirarse del juego en el que había perdido grandes cantidades de dinero.

De todas maneras, Ferrante persistía en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, accedió de mala gana a dar consentimiento provisional. La temprana muerte del infante Don Diego vino entonces a librar a los hermanos Gonzaga de sus obligaciones cortesanas y, luego de una estancia de dos años en España, regresaron a Italia en julio de 1584.

Al llegar a Castiglione se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis y éste encontró obstáculos a su vocación, no sólo en la tenaz negativa de su padre, sino en la oposición de la mayoría de sus parientes, incluso el duque de Mántua. Acudieron a parlamentar eminentes personajes eclesiásticos y laicos que recurrieron a las promesas y las amenazas a fin de disuadir al muchacho, pero no lo consiguieron.

Ferrante hizo los preparativos para enviarle a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de Luis. Luego de haber dado y retirado su consentimiento muchas veces, Ferrante capituló por fin, al recibir el consentimiento imperial para la transferencia de los derechos de sucesión a Rodolfo y escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas.»

El Noviciado

Inmediatamente después, Luis partió hacia Roma y, el 25 de noviembre de 1585, ingresó al noviciado en la casa de la Compañía de Jesús, en Sant'Andrea. Acababa, de cumplir los dieciocho años. Al tomar posesión de su pequeña celda, exclamó espontáneamente: "Este es mi descanso para siempre; aquí habitaré, pues así lo he deseado" (Salmo cxxxi-14). Sus austeridades, sus ayunos, sus vigilias habían arruinado ya su salud hasta el extremo de que había estado a punto de perder la vida.

Sus maestros habían de vigilarlo estrechamente para impedir que se excediera en las mortificaciones. Al principio, el joven tuvo que sufrir otra prueba cruel: las alegrías espirituales que el amor de Dios y las bellezas de la religión le habían proporcionado desde su más tierna infancia, desaparecieron.

Seis semanas después murió Don Fernante. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar para ingresar en la Compañía de Jesús, había transformado completamente su manera de vivir. El sacrificio de Luis había sido un rayo de luz para el anciano

No hay mucho más que decir sobre San Luis durante los dos años siguientes, fuera de que, en todo momento, dio pruebas de ser un novicio modelo. Al quedar bajo las reglas de la disciplina, estaba obligado a participar en los recreos, a comer más y a distraer su mente. Además, por motivo de su salud delicada, se le prohibió orar o meditar fuera de las horas fijadas para ello: Luis obedeció, pero tuvo que librar una recia lucha consigo mismo para resistir el impulso a fijar su mente en las cosas celestiales.

Por consideración a su precaria salud, fue trasladado de Milán para que completase en Roma sus estudios teológicos. Sólo Dios sabe de qué artificios se valió para que le permitieran ocupar un cubículo estrecho y oscuro, debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros.

Luis suplicaba que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles. Cierto día, hallándose en Milán, en el curso de sus plegarias matutinas, le fue revelado que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Aquel anuncio le llenó de júbilo y apartó aún más su corazón de las cosas de este mundo.

Durante esa época, con frecuencia en las aulas y en el claustro se le veía arrobado en la contemplación; algunas veces, en el comedor y durante el recreo caía en éxtasis. Los atributos de Dios eran los temas de meditación favoritos del santo y, al considerarlos, parecía impotente para dominar la alegría desbordante que le embargaba.

Una epidemia

En 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.

Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión.

Luis contrajo la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía.

Pensó que iba a morir y, con grandes manifestaciones de gozo (que más tarde lamentó por el escrúpulo de haber confundido la alegría con la impaciencia), recibió el viático y la unción. Contrariamente a todas las predicciones, se recuperó de aquella enfermedad, pero quedó afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, le redujo a un estado de gran debilidad.

Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre: «Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias.» En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama.

En todas las ocasiones que le fue posible, se levantaba del lecho, por la noche, para adorar al crucifijo, para besar una tras otra, las imágenes sagradas que guardaba en su habitación y para orar, hincado en el estrecho espacio entre la cama y la pared. Con mucha humildad pero con tono ansioso, preguntaba a su confesor, San Roberto Belarmino, si creía que algún hombre pudiese volar directamente, a la presencia de Dios, sin pasar por el purgatorio. San Roberto le respondía afirmativamente y, como conocía bien el alma de Luis, le alentaba a tener esperanzas de que se le concediera esa gracia.

En una de aquellas ocasiones, el joven cayó en un arrobamiento que se prolongó durante toda la noche, y fue entonces cuando se le reveló que habría de morir en la octava del Corpus Christi. Durante todos los días siguientes, recitó el "Te Deum" como acción de gracias.

Algunas veces se le oía gritar las palabras del Salmo: "Me alegré porque me dijeron: ¡Iremos a la casa del Señor!" (Salmo Cxxi - 1). En una de esas ocasiones, agregó: "¡Ya vamos con gusto, Señor, con mucho gusto!" Al octavo día parecía estar tan mejorado, que el padre rector habló de enviarle a Frascati. Sin embargo, Luis afirmaba que iba a morir antes de que despuntara el alba del día siguiente y recibió de nuevo el viático. Al padre provincial, que llegó a visitarle, le dijo:

-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos ...!
-¿A dónde, Luis?
-¡Al Cielo!
-¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati.

Al caer la tarde, se diagnóstico que el peligro de muerte no era inminente y se mandó a descansar a todos los que le velaban, con excepción de dos. A instancias de Luis, el padre Belarmino rezó las oraciones para la muerte, antes de retirarse. El enfermo quedó inmóvil en su lecho y sólo en ocasiones murmuraba: "En Tus manos, Señor. . ."

Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses.

Los restos de San Luis Gonzaga se conservan actualmente bajo el altar de Lancellotti en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.

martes, 20 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Os informamos, hermanos, de la gracia que Dios ha concedido a las Iglesias de Macedonia: en las pruebas y tribulaciones ha crecido su alegría, y su pobreza extrema se ha desbordado en tesoros de generosidad.
Puesto que, según sus posibilidades, os lo aseguro, e incluso por encima de sus posibilidades, con toda espontaneidad nos pedían insistentemente la gracia de poder participar en la colecta a favor de los santos.
Y, superando nuestras expectativas, se entregaron a sí mismos, primero al Señor y la demás a nosotros, conforme a la voluntad de Dios.
En vista de eso, le pedimos a Tito que concluyera esta obra de caridad entre vosotros, ya que había sido él quien la había comenzado.
Y lo mismo que sobresalís en todo - en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado - sobresalid también en esta obra de caridad.
No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor.
Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor.