sábado, 24 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


En aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegará Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a vosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡ No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió:
«Juan es su nombre.» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

Nacimiento de San Juan Bautista

Según se ha dicho bellamente, en aquel tiempo el aire de Jerusalén estaba encendido y como eléctrico de pura magia expectativa. El aire de Jerusalén, el de toda Judea y aun el del mundo entero. Herodes envejecía aislado en su palacio de Jericó, que su mano sangrienta había dejado vacío; inquietos presentimientos agitaban las almas, y en todas partes se aguardaba el cumplimiento de las profecías. Da repente, en el templo resuena una voz angélica, que es como una aurora de salud.

Entre los levitas de aquel tiempo figuraba un sacerdote llamado Zacarías. No vivía en Jerusalén, sino en Yuttah, una villa sacerdotal que se alzaba, cerca de Hebrón, en la falda de una colina, en medio de las montañas de Judea. Cuando a la familia de Abías, que era la suya, le llegaba la vez de atender al servicio del templo, él se dirigía a la Ciudad Santa, cumplía dignamente sus funciones y se apresuraba a recogerse en su retiro, al lado de Isabel, su mujer: «los dos esposos eran justos delante de Dios y caminaban sin tacha en las leyes y mandamientos del Señor». Ahora bien: un día llegó Zacarías a Jerusalén para cumplir con sus deberes sacerdotales. Cúpole en suerte quemar el incienso delante de Yahveh, rito importante, que se realizaba con mucha solemnidad. En medio del santo, entre el candelabro de los siete brazos y la mesa de los panes, brillaba el altar de oro en que debían ofrecerse los perfumes. Sólo un tenue velo separaba este lugar del Santo de los santos, vacío desde que desapareció el Arca de la Alianza. Zacarías entró con paso tembloroso, pensando en las predilecciones de Yahveh por su pueblo. Todo lo halló preparado: ardían las lámparas, resplandecía el pavimento de mármoles preciosos, y, en medio del altar, el fuego nuevo lanzaba su llama roja y alegre. El viejo sacerdote permaneció inmóvil con el incienso en las manos, hasta que allá afuera sonó una trompeta. Entonces vació la caja de oro y se dispuso a salir; pero una aparición misteriosa le detuvo...

Entre tanto, el pueblo se impacientaba. Esta ceremonia se realizaba dos veces cada día, pero los judíos asistían siempre desde los pórticos con una secreta inquietud, porque el sacerdote que entraba en el santuario era su representante, y el incienso representaba sus oraciones. Con emoción siempre nueva aguardaban el momento en que el sacerdote salía y los levitas entonaban los himnos sagrados, y la música del templo se juntaba a sus voces, formando una sinfonía que resonaba en las plazas de la ciudad. Pero ahora la nerviosidad era mayor que nunca; nunca habían tenido que esperar tanto; ningún sacerdote había tardado tanto tiempo en presentar su ofrenda. Al fin, Zacarías se presenta en la puerta: viene pálido, mudo, lleno de turbación y de miedo. Todo indica que una escena terrible se ha desarrollado allá dentro. Nada quiso decir entonces; pero más tarde, cuando recobró el uso de la lengua, contó esta historia maravillosa:

Acababa de entrar en el Santo, cuando a la derecha del altar, envuelto entre nubes de incienso, sintió batir de alas: un ángel acababa de aparecer delante de él. Lleno de espanto, empezó a temblar, pero oyó una voz que le decía: «No temas, Zacarías; tu oración ha sido escuchada; tu mujer, Isabel, concebirá un hijo, a quien pondrás el nombre de Juan. Será grande delante del Señor, y el Espíritu Santo lo llenará desde el seno de su madre.» Era una noticia demasiado venturosa para el viejo sacerdote: un hijo había sido durante muchos años el sueño de Zacarías y de su mujer; mas he aquí que se acercaban al sepulcro sin que hubiese la menor probabilidad de que se realizaran sus esperanzas. Zacarías no podía dar fe a las palabras del ángel; aquello era imposible: la nieve cubría su cabeza, y el rostro de Isabel estaba ya arrugado y apergaminado. «¿Cómo puedo creer lo que me dices?», exclamó, al fin. Para convencerle, el ángel se descubrió: «Yo soy Gabriel—le dijo—, uno de los espíritus que asisten delante de Dios. Y he aquí que, en castigo de tu incredulidad, permanecerás mudo y no podrán hablar hasta el día en que todas estas cosas se realicen.»

Estas cosas se realizaron a los nueve meses: Isabel dio a luz, el niño fue circuncidado con el nombre de Juan, Zacarías rompió a hablar de nuevo, y bendijo al Señor Dios de Israel; sus vecinos y parientes hicieron grandes regocijos, porque Dios había desplegado con ellos sus misericordias, y en todas las montañas de Judea, admiradas de tantos prodigios, las gentes se decían unas a otras: «¿Quién pensáis que será este niño? Porque la mano del Señor descansa sobre él.»

Pasaron los días, se desvanecieron los rumores, y en las montañas de Judea ya no se volvió a hablar del sacerdote de Yuttah. El niño milagroso desapareció del pueblo, sin que nadie supiese dónde había ido a parar, hasta que, treinta años más tarde, empezó a resonar la voz en el desierto. El desierto es la tierra desolada que se extiende en la ribera occidental del Mar Muerto: valles áridos, montañas peladas, ondulaciones de color de ceniza, arbustos raquíticos, vuelos de aves de presa y aullidos de lobos y chacales. Entre aquellos tristes barrancos pasó la infancia y la juventud el hijo de Isabel y Zacarías, errante como los antiguos profetas, hoy en una cueva, mañana en una ermita levantada junto a un enebro, solo, sin casa, sin tienda, envuelto en una piel de camello, ceñido por un cinturón de cuero, bebiendo el agua que caía del cielo y arrastraban los torrentes, alimentándose de saltamontes y de miel del campo. Consagrado a Yahveh desde su nacimiento, era un nazareno, un puro; nunca se había cortado el cabello, ni había probado vino ni sidra, ni había tocado mujer, ni había conocido otro amor que el amor de Dios. En aquella tierra maldita se vistió de austeridad y fortaleza; entre aquellas rocas graníticas, que parecían como el símbolo de su temperamento de hierro, se le reveló con toda claridad su glorioso destino. Conocía muy bien las palabras que el ángel había dicho a su padre delante del velo sagrado: «Caminará delante de Dios, con el espíritu y la virtud de Elías, para llevar el corazón de los padres hacia sus hijos, para infundir a los incrédulos la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo perfecto.» Estas palabras, su nacimiento, su existencia toda, se iluminan ahora con la lectura de los Libros Santos. El profeta Malaquías le habla del mensajero que enviará el Señor para abrir los caminos del Mesías. El vidente de Anatoth lleva hasta sus oídos los ecos de la voz que clama en el desierto: «Preparad los caminos del Señor; enderezad sus sendas: todo valle será levantado, y toda montaña allanada, y toda carne verá la salud de Dios.» El mensajero eres tú, le dice la voz interior; el reino de Dios se acerca, hay que domar el orgullo de los soberbios, hay que devolver la confianza a los que desesperan; hay que predicar la penitencia, la purificación, el cumplimiento de la ley.

Y un día, el solitario aparece en el valle de Jericó, junto a las aguas del Jordán, cerca del camino que cruzan las caravanas de Perea cuando van a Jerusalén. Alto, grave, medio desnudo, quemado el cuerpo por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino; sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras de maldición y espanto. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de su mirada. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, renace una aurora de salud, se aviva la fe en el Libertador, pues ha de vengar al pueblo de Dios de todos sus enemigos, y las muchedumbres llegan ávidas de recoger las enseñanzas del último de los profetas. Juan las recibe frente al vado del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela y bautiza. Anuncia el cumplimiento de las profecías, predice la próxima venida de Cristo, reprende a los pecadores y los sumerge en las aguas, simbolizando en la ablución externa el principio de la ablución interior. El solitario se ha convertido en un director de hombres; el silencioso habitante de la selva, en un posible caudillo de pueblos. áspero e iracundo, rígido e impaciente, ni sonríe ni acaricia; habla un lenguaje recio, en el que centellean vivas imágenes, arrancadas al mundo del hogar o a la naturaleza del desierto. Todo en Palestina está lleno de su aparición. Allí arriba, los pescadores del lago entretienen las esperas forzosas de su oficio repitiendo sus palabras; los israelitas piadosos empiezan a ver en él una gozosa esperanza, y los doctores del templo discuten acerca de sus anuncios misteriosos.

Juan dejaba decir y seguía su misión de preparar los corazones para recibir el Evangelio. Aturdidos por aquella palabra de fuego, que caía sobre ellos como un rayo, sus oyentes le decían: «¿Qué hemos de hacer para salvarnos?» Y él tenía para cada uno un consejo. A los escribas y a los fariseos les decía: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que está a punto de caer sobre vosotros? Haced frutos dignos de penitencia, y no digáis dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque yo os digo que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham.»

No es el entusiasmo patriótico el que inspira aquella voz terrible; el aspecto puramente nacional palidece ante el aspecto moral y religioso. No basta lavarse en el Jordán; es preciso limpiar el alma, mudar de conducta, arrepentirse del pasado. «Pues, ¿qué haremos, hombre de Dios?», preguntan las gentes, llorosas. Y el hombre de Dios pone delante de sus ojos el precepto de la caridad. «Que el que tiene dos túnicas—dice—dé una a quien anda desnudo, y que el que tiene pan lo reparta con el que tiene hambre.» Con los fariseos llegan los publicanos, los epulones, las cortesanas, los soldados. A unos les dice: «No exijáis más de lo que ha sido tasado.» A otros: «No os dejéis llevar de las concupiscencias de la carne.» A otros: «No hagáis extorsiones, no calumniéis; contentaos con vuestras pagas.» Aconseja la limosna, la justicia, el cumplimiento exacto de la ley; es la conciencia del mosaísmo en el momento de ser reemplazado por la religión del espíritu y la verdad.

Entre la multitud aparece un día un joven venido de las montañas de Galilea. Juan le mira y queda turbado: es Él; es el Libertador presentido y anunciado, el Esposo cuyo pensamiento iluminaba su alma en el retiro del desierto; el beldador que lanza al viento el trigo y la paja, para congregar la mies escogida de su Iglesia; el esperado misterioso en quien pensaba cuando decía a la concurrencia: «Yo os bautizo en el agua, pero en medio de vosotros está otro más poderoso que yo; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.» Sí, Él es. Juan ha presentido su venida. Es su pariente según la carne, pero no le conoce; no le conoce, pero en el fondo de su ser ha oído una voz que le dice: «Aquel sobre cuya cabeza vieres descender el Espíritu Santo, es el Deseado de las naciones.» Y al ver ahora cómo se acerca con los penitentes a la orilla, ha quedado turbado, anonadado, sobrecogido de admiración: «Yo soy—le dice con voz temblorosa—quien debe ser bautizado por Ti.» El Galileo insiste: doblega su cuello, porque hay que cumplir toda justicia; el agua resbala sobre su cuerpo virginal, la mano del Bautista toca su frente, el Cielo se abre, desciende la paloma simbólica, y en las alturas resuena la revelación del Padre: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias.» Y así, al arrodillarse delante del profeta del fuego, Jesús le daba el más alto de los testimonios: ha sido un leal mensajero, ha cumplido con su deber, ha realizado su misión sublime. Será para siempre el Precursor, el Bautista, el amigo del Esposo. «Entre los nacidos de mujer, no nació otro más grande que Juan el Bautista.» Lazo de unión entre el judaísmo y el cristianismo, tiene el espíritu de Elías y la palabra irresistible de Pablo; como el uno, anuncia las venganzas divinas; como el otro, predica al Salvador. Con igual valor que uno y otro, será mártir de su deber y pregonero del reino; morirá sin haber visto el triunfo definitivo del reino que anuncia.

Hoy el pueblo se reúne en torno suyo, le admira y le aclama; pero sabe que todo esto es pasajero; sabe que las muchedumbres que escuchan su doctrina se agruparán mañana en torno de Jesús. No obstante, cumple con alegría su destino, se esfuerza por apartar las miradas de sí mismo para llevarlas hacia el sol que nace; y sin dolor, sin amargura, sin envidia, confiesa su destino: «A mí me toca disminuir; a Él le toca crecer.» Sus discípulos se entristecen: han puesto en él toda su confianza y no se deciden a abandonarle. Pero él tiene bastante grandeza de alma para no ocultarles la verdad. Unas semanas después de su primer encuentro con el Salvador, le ve de nuevo caminando a la orilla del Jordán. Su cuerpo se estremece con un amor apasionado, su mirada se llena de compasión y de ternura, y de sus labios caen estas maravillosas palabras, que van a alejar de él a sus admiradores más entusiastas: «Ahí tenéis al Cordero de Dios, al que quita los pecados del mundo.» Otro día llega a su presencia una embajada del sanedrín. Las plazas de Jerusalén están llenas de su nombre; se dice que es el profeta anunciado por Moisés; se murmura que Elías, el vidente de los anatemas terribles, ha vuelto a aparecer en la tierra. Los príncipes de Israel están inquietos, y quieren saber la verdad de sus mismos labios: «¿Eres Elías?» «No.» »¿Eres el Profeta?» «No.» «¿Eres el Cristo?» «No.» Tres negaciones rotundas, en que descubrimos la grandeza de un carácter. No es nada. Y, sin embargo, el que es infalible le llamará un profeta, el mayor de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y su virtud. A sus ojos no es nada; es sólo la voz que clama; una voz, un soplo, una vibración que se pierde en el aire; un picapedrero del camino del Mesías, indigno hasta de desatar su zapato. Pero otro día para explicar mejor el sentido de su misión, encuentra en los profetas la imagen adorable del Esposo. Lo que ha sido Yahveh para el pueblo escogido, lo va a ser el Verbo para las almas de los creyentes. Él no es más que el amigo, pero la gloria de Aquel en quien ha puesto su amor, le hace plenamente feliz; «el amigo ve a su amigo y se goza al oír la voz del Esposo, y por esto mi alegría es perfecta».

Y así San Juan, el asceta terrible, el austero predicador de la penitencia, nos descubre el más tierno, el más dulce de los atributos de Cristo. Empezó por conmover a los hombres con asperezas y terrores, y termina introduciéndose en los más altos secretos del amor, proponiendo los dones celestes, las castas delicias, las glorias supremas de la mística unión.

viernes, 23 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».


Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobres vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso, para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

San José Cafasso

Este humilde sacerdote fue quizás el más grande amigo y benefactor de San Juan Bosco y, de muchos seminaristas pobres más, uno de los mejores formadores de sacerdotes del siglo XIX. 

Nació en 1811 en el mismo pueblo donde nació San Juan Bosco. En Castelnuovo (Italia). Una hermana suya fue la mamá de otro santo: San José Alamano, fundador de la comunidad de los Padres de la Consolata.

Desde niño sobresalió por su gran inclinación a la piedad y a repartir ayudas a los pobres.

En el año 1827, siendo Caffaso seminarista se encontró por primera vez con Juan Bosco. Cafasso era de familia acomodada del pueblo y Bosco era de una vereda y absolutamente pobre. Don Bosco narra así su primer encuentro con el que iba a ser después su Benefactor, su defensor y el que mejor lo comprendiera cuando los demás lo despreciaran: "Yo era un niño de doce años y una víspera de grandes fiestas en mi pueblo, vi junto a la puerta del templo a un joven seminarista que por su amabilidad me pareció muy simpático. Me acerqué y le pregunté: '¿Reverendo: no quiere ir a gozar un poco de nuestras fiestas?'. Él con una agradable sonrisa me respondió: 'Mira, amiguito: para los que nos dedicamos al servicio de Dios, las mejores fiestas son las que se celebran en el templo'. Yo, animado por su bondadoso modo de responder le añadí: 'Sí, pero también en nuestras fiestas de plaza hay mucho que alegra y hace pasar ratos felices'. Él añadió: 'Al buen amigo de Dios lo que más feliz lo hace es el participar muy devotamente de las celebraciones religiosas del templo'. Luego me preguntó qué estudios había hecho y si ya había recibido la sagrada comunión, y si me confesaba con frecuencia. Enseguida abrieron el templo, y él antes de despedirse me dijo: 'No se te olvide que para el que quiere seguir el sacerdocio nada hay más agradable ni que más le atraiga, que aquello que sirve para darle gloria a Dios y para salvar las almas'. Y de manera muy amable se despidió de mí. Yo me quedé admirado de la bondad de este joven seminarista. Averigüé cómo se llamaba y me dijeron: 'Es José Cafasso, un muchacho tan piadoso, que ya desde muy pequeño en el pueblo lo llamaban -el santito".

Cafasso que era un excelente estudiante tuvo que pedir dispensa para que lo ordenaran de sacerdote de sólo 21 años, y en vez de irse de una vez a ejercer su sacerdocio a alguna parroquia, dispuso irse a la capital, Turín, a perfeccionarse en sus estudios. Allá había un instituto llamado El Convictorio para los que querían hacer estudios de postgrado, y allí se matriculó. Y con tan buen resultado, que al terminar sus tres años de estudio fue nombrado profesor de ese mismo instituto, y al morir el rector fue aclamado para reemplazarlo, y estuvo de magnífico rector por doce años hasta su muerte.

San José Cafasso formó más de cien sacerdotes en Turín, y entre sus alumnos tuvo varios santos. Se propuso como modelos para imitar a San Francisco de Sales y a San Felipe Neri, y sus discípulos se alegraban al contestar que su comportamiento se asemejaba grandemente al de estos dos simpáticos santos.

En aquel entonces habían llegado a Italia unas tendencias muy negativas que prohibían recibir sacramentos si la persona no era muy santa (Jansenismo) y que insistían más en la justicia de Dios que en su misericordia (rigorismo).

El Padre Cafasso, en cambio, formaba a sus sacerdotes en las doctrinas de San Alfonso que insiste mucho en la misericordia de Dios, y en las enseñanzas de San Francisco de Sales, el santo más comprensivo con los pecadores. Y además a sus alumnos sacerdotes los llevaba a visitar cárceles y barrios supremamente pobres, para despertar en ellos una gran sensibilidad hacia los pobres y desdichados.

Cuando el niño campesino Juan Bosco quiso entrar al seminario, no tenía ni un centavo para costearse los estudios. Entonces el Padre Cafasso le costeó media beca, y obtuvo que los superiores del seminario le dieran otra media beca con tal de que hiciera de sacristán, de remendón y de peluquero. Luego cuando Bosco llegó al sacerdocio, Cafasso se lo llevó a Turín y allá le costeó los tres años de postgrado en el Convictorio. El fue el que lo llevó a las cárceles a presenciar los horrores que sufren los que en su juventud no tuvieron quién los educara bien. Y cuando Don Bosco empezó a recoger muchachos abandonados en la calle, y todos lo criticaban y lo expulsaban por esto, el que siempre lo comprendió y ayudó fue este superior. Y al ver la pobreza tan terrible con la que empezaba la comunidad salesiana, el Padre Cafasso obtenía ayudas de los ricos y se las llevaba al buen Don Bosco. Por eso la Comunidad Salesiana ha considerado siempre a este santo como su amigo y protector.

En Turín, que era la capital del reino de Saboya, las cárceles estaban llenas de terribles criminales, abandonados por todos. Y allá se fue Don Cafasso a hacer apostolado. Con infinita paciencia y amabilidad se fue ganando los presos uno por uno y los hacía confesarse y empezar una vida santa. Les llevaba ropa, comida, útiles de aseo y muchas otras ayudas, y su llegada a la cárcel cada semana era una verdadera fiesta para ellos.

San José Cafasso acompañó hasta la horca a más de 68 condenados a muerte, y aunque habían sido terribles criminales, ni uno sólo murió sin confesarse y arrepentirse. Por eso lo llamaban de otras ciudades para que asistiera a los condenados a muerte. Cuando a un reo le leían la sentencia a muerte, lo primero que pedía era: "Que a mi lado esté el Padre Cafasso, cuando me lleven a ahorcar" (Un día se llevó a su discípulo Juan Bosco, pero éste al ver la horca cayó desmayado. No era capaz de soportar un espectáculo tan tremendo. Y a Cafasso le tocaba soportarlo mes por mes. Pero allí salvaba almas y convertía pecadores).

La primera cualidad que las gentes notaban en este santo era "el don de consejo". Una cualidad que el Espíritu Santo le había dado para saber aconsejar lo que más le convenía a cada uno. Por eso a su despacho llegaban continuamente obispos, comerciantes, sacerdotes, obreros, militares, y toda clase de personas necesitadas de un buen consejo. Y volvían a su casa con el alma en paz y llena de buenas ideas para santificarse. Otra gran cualidad que lo hizo muy popular fue su calma y su serenidad. Algo encorvado (desde joven) y pequeño de estatura, pero en el rostro siempre una sonrisa amable. Su voz sonora, y encantadora. De su conversación irradiaba una alegría contagiosa (que San Juan Bosco admiraba e imitaba grandemente). Todos elogiaban la tranquilidad inmutable del Padre José. La gente decía: "Es pequeño de cuerpo, pero gigante de espíritu". A sus sacerdotes les repetía: "Nuestro Señor quiere que lo imitemos en su mansedumbre".

Desde pequeñito fue devotísimo de la Sma. Virgen y a sus alumnos sacerdotes los entusiasmaba grandemente por esta devoción. Cuando hablaba de la Madre de Dios se notaba en él un entusiasmo extraordinario. Los sábados y en las fiestas de la Virgen no negaba favores a quienes se los pedían. En honor de la Madre Santísima era más generoso que nunca estos días. Por eso los que necesitaban de él alguna limosna especial o algún favor extraordinario iban a pedírselo un sábado o en una fiesta de Nuestra Señora, con la seguridad de que en honor de la Madre de Jesús, les concedería su petición.

Un día en un sermón exclamó: "qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo". Y así le sucedió: murió el sábado 23 de junio de 1860, a la edad de sólo 49 años.

Su oración fúnebre la hizo su discípulo preferido: San Juan Bosco.

El Papa Pío XII canonizó a José Cafasso en 1947, y nosotros le suplicamos a tan bondadoso protector que logremos imitarlo en su simpática santidad.

jueves, 22 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
¡Ojalá me toleraseis algo de locura! aunque ya sé que me la toleráis.
Tengo celos de vosotros, los celos de Dios; pues os he desposado con un solo marido, para presentaros a Cristo como una virgen casta.
Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo.
Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que os he predicado, u os propone recibir un espíritu diferente del que recibisteis, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptasteis,
lo toleráis tan tranquilos.
No me creo en nada inferior a esos superapóstoles.
En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos os lo hemos demostrado.
¿O hice mal en abajarme para elevaros a vosotros, anunciando de balde el Evangelio de Dios?
Para estar a vuestro servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio.
Mientras estuve con vosotros, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada.
Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Gracia me quitará esta satisfacción.
¿Por qué?, ¿porque no os quiero? Bien sabe Dios que no es así.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra del Señor.