sábado, 27 de agosto de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría, de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así - como está escrito - «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
-”Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.”
Su señor le dijo:
-”Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
-”Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
Su señor le dijo:
-”Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó el que había recibido un talento y dijo:
-”Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.”
El señor le respondió:
-”Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y rechinar de dientes”».

Palabra del Señor.

viernes, 26 de agosto de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.
Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios.
Pues está escrito:
«Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces».
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido?
Dios en necedad la sabiduría del mundo?
Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados - judíos o griegos -, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
¨¡ Que llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Palabra del Señor.

Beato Junípero Serra

Petra (Mallorca, España), 24-noviembre-1713 + Monterrey (California, EE.UU.), 28-agosto-1784 

Mallorca, la isla mediterránea, con su celebrado horizonte marítimo, es la patria de Miquel Serra Ferrer. Cuando aún no se había acabado del todo la Guerra de Sucesión, en una de las antiguas villas del Pla de Mallorca, con el nombre latino de la piedra, Petra, conservado durante la dominación musulmana, nace allí, Miquel, el día 24 de noviembre de 1713. El día 25 de noviembre, en la bella y grandiosa parroquia gótica de San Pedro, entonces aún en construcción, recibe las aguas bautismales, de manos del vicario Bartomeu Lladó, y, como de costumbre en los varones, se le añadió el nombre de José. Miquel Josep figura en la partida bautismal de la parroquia, aunque en otros libros figura solamente como Miquel.

Sus padres Antonio y Margarita, un matrimonio entre los dos mil doscientos habitantes que tenía la villa, vivían pobremente del trabajo honrado de cantero y labrador del padre. A lo menos desde los seis años de Miguel, viven en la calle Barracar, situada en la parte más antigua de la población, muy cerca del convento de San Bernardino de los Franciscanos Menores. Entre almendros, higueras, manzanos, perales, unos pocos naranjos y sobre todo cultivos de cereales y legumináceas, propios del Pla de Mallorca, el trabajo del cultivo del campo y de los sillares de marés para la construcción, trabajos de la gente humilde del pueblo, pasará su infancia y adolescencia el muchacho Miguel. Buen principio y óptima vivencia, para quien querrá unir en su día, la cruz con el arado y con las construcciones.

En el corazón de cualquier hijo de Petra está en un lugar preeminente la ermita de Nuestra Señora de Bonany, del Buen Año, de la Buena Cosecha; hasta en California, cuando ya viejecito, se acordará del título de María del Buen Año para ponerlo en su bautismo a una pequeña nativa.

El mundo del santo de las Florecillas, San Francisco (-4 de octubre), empezará a entrar en su mente y hasta en su ideal de vida. En el convento se inicia el contacto con los hijos de San Francisco; allí aprende las primeras letras, el canto litúrgico, sirve al altar. A los trece años se traslada a Palma, ya con la intención de poder entrar en la provincia de Mallorca de los hijos de San Francisco. Muy bajo de estatura, poca salud y raquítico, cosas que le dificultaban la entrada, que por fin consiguió del padre Antonio Perelló, provincial, también hijo de Petra. Como de costumbre cambió su nombre de pila con la profesión religiosa y fue el humilde compañero de San Francisco, el hermano Junípero de los Fioretti, quien le sustituyó su bautismal Miguel. Junípero, será en el futuro su nombre inseparable Junípero, como Ramón Llull (-27 de noviembre), cuyo sepulcro se guarda en el convento franciscano de Palma, donde residió siempre después de su profesión, tenía la meta de la sabiduría y también, como en Ramón Llull, irá naciendo en su interior la preocupación por la predicación del Evangelio entre los no cristianos. Inteligente y aprovechado estudiante, antes de la ordenación sacerdotal ya le vemos como profesor de Filosofía en el convento de San Francisco de Palma; pero muy pronto, ocupará un lugar preeminente en la Universidad de Mallorca, será catedrático de Prima de Teología Escotista, cuando aún no ha cumplido los treinta años. En los archivos de la Universidad consta el doctor Junípero en tesis, exámenes, actos académicos. El padre Francisco Palou, en su Relación Histórica, hace referencia al sermón sobre el Beato Ramón Llull, el sermón de la fiesta de la Universidad, anotando el juicio de uno de los personajes del momento diciendo sobre el mismo que habría que imprimirlo con letras de oro.

Su actividad no es sólo la de las clases en la Universidad Mayoricense, predica en diversas poblaciones, especialmente las cuaresmas, que entonces iban unidas a predicaciones continuas; diversos lugares de Mallorca recuerdan su presencia.

Pero él pensaba en las multitudes de los indios de América, quería ser misionero. El Patronato de los Reyes de España y Portugal condicionaba que, para ejercer en aquellas tierras, era necesario un nombramiento específico. Lo solicitó él y el padre Francisco Palou. No les llegaba. Estando acabando la predicación de la Cuaresma en Petra, por fin lo tuvieron entre sus manos. Junípero, como de costumbre, hizo el último sermón cuaresmal el martes de Pascua en el santuario de la Virgen de Bonany; se despidió de sus paisanos y de sus mismos padres, guardando total secreto sobre su partida para tierras americanas. Al cabo de muy pocos días dejó su Mallorca para siempre. Era el domingo «in albis», 13 de abril de 1749. Tenía entonces treinta y cinco años, muy bien aprovechados y con mucho futuro.

«SIEMPRE ADELANTE, NUNCA HACIA ATRÁS»

Ésta es la frase que pone en la carta que dirigió a sus ancianos padres, escrita en la lengua materna. Se despide de ellos como hijo que les amaba y les dice que si comprendiesen bien lo que significa la empresa misionera que ha iniciado en su vida, ellos mismos serían los que le animarían a ir siempre adelante y nunca retroceder. Ésta fue su manera de actuar. Con humildad, con espíritu de servicio, a la manera franciscana, no retrocedió nunca en aquello que era bueno para el servicio de Dios y la conversión y el bien de los que iba evangelizando, especialmente en las obras que llevó a cabo entre los indios.

Fray Junípero y el padre Francisco Palou no llegarán a México, fin de su destino, hasta casi ocho meses después. Pasan por Málaga y llegan a Cádiz para desde allí cruzar el Atlántico. Tienen que unirse a otros religiosos, franciscanos y dominicos, pero algunos de ellos cuando ven el mar y la frágil nave que los había de transportar, se vuelven atrás. Es entonces cuando ofrecen los nombres de otros religiosos de la provincia franciscana de Mallorca: el padre Juan Crespí, el padre Rafael Verger y el padre Guillermo Vicens. En el futuro, será una constante la llegada de nuevos compañeros para misioneros en tierras americanas, desde la provincia franciscana de Mallorca. Esta presencia mallorquina será especialmente importante en la gran obra de California.

Pasan por la isla de Puerto Rico, descanso de las muchas penalidades del viaje, incluida la sed. Pero los quince días que están allí los aprovecha el padre Serra y sus compañeros para predicar una misión popular a los que vivían en la isla. Poco antes de su llegada a México pasan uno de los momentos más difíciles del viaje, estuvieron a punto de naufragar.

El 7 de diciembre, después de más de noventa días, ponen el pie en el continente americano. Exhaustos del viaje necesitaban descansar; para ello tienen a disposición unos carruajes que les transportarían de Veracruz a México, unos 550 kilómetros; pero Junípero lleva el espíritu franciscano de sencillez y pobreza hasta el extremo y él y otro religioso de Andalucía pedirán para hacer el viaje a pie, viviendo de la caridad y no sabiendo dónde reclinar la cabeza. En este viaje Junípero empieza a tener en su cuerpo una presencia molesta, inseparable, en algunos momentos preocupante que le acompañará toda la vida: es su pierna llagada, probablemente por la picadura en aquellos días de un zancudo tropical. Una visita al santuario de Guadalupe en el último día del año 1749, y la celebración de la misa en el día de Año Nuevo, es el comienzo de su misión en tierras de México.

El Apostólico Colegio de San Fernando de México será desde ahora, hasta su muerte en 1784, el centro de su vida, residiendo allí, o bien como lugar que programaba y dirigía las actividades misioneras de los franciscanos. Allí estará, después de su llegada, cinco meses como un noviciado o preparación para la obra evangelizadora entre los gentiles.

Junio de 1750 hasta septiembre de 1758: las misiones en Siena Gorda, su primer destino. Ocho años incansables, que pasará en compañía del padre Francisco Palou. Catequesis, erradicación de la idolatría, promoción humana. Aprendió la lengua pame de los indios para poder llegarles a su inteligencia y a su corazón. Trae de México un maestro albañil, que ayudado de una veintena de indios, con el hasta hace poco tiempo catedrático universitario, fray Junípero, haciendo de peón, trasladando vigas sobre sus hombros como los indios, levantaron la preciosa iglesia de Xalpán. Retablos dorados y hasta un órgano de tubos, que tocaba un indio. Agricultura, comercio de los productos, trabajo para las mujeres. Una vida humana y organizada, tal como hará después en la Alta California. El Evangelio, según la mentalidad del hijo de la pobre familia de agricultores y canteros de Petra, va unido a la consecución de una vida digna, fruto del trabajo. Será la constante de la obra de liberación humana, siguiendo el Evangelio, de nuestro Junípero y sus compañeros franciscanos.

Llega una carta del padre guardián de San Fernando. Los padres Junípero y Palou son solicitados para una difícil y arriesgada tarea misional en Texas, entre los indios apaches, en una misión en la zona del río San Sabá, afluente del Colorado. Los padres Alonso y Santisteban habían regado la tierra misional con su sangre; se pudo salvar el tercer miembro de la comunidad, el padre Molina. Había que seguir el camino iniciado por los hermanos, los padres Serra y Palou dejan Sierra Gorda, contentos con el nuevo destino, en el cual era muy posible que diesen la máxima prueba de amor, dar su vida por el Evangelio de Jesucristo.

Diversas circunstancias hicieron que, lo que parecía un cambio inmediato y urgente, tuviese que esperar. No dependía de ellos, ya que la obra misionera cristiana, desgraciadamente, iba unida a los intereses políticos, y hasta a la misma ayuda económica de la Corona española y sus representantes los virreyes de México. La obra de la Alta California, como veremos, padecerá continuamente los graves problemas que acarreaba esta sujeción y ayuda. Pero, si uno quería ser misionero, tenía que pasar por aquí.

La expectativa de ir a misionar a los apaches, por fin no se hará realidad para fray Junípero, sino que desde 1758 hasta julio de 1767 tendrá su centro de actuación en el colegio misional de San Fernando de México: maestro de novicios, comisario de la Inquisición, misiones populares a los fieles en diversas partes de Nueva España.

HACIA CALIFORNIA

La supresión de los jesuitas por Carlos III impone, sobre todo a franciscanos y dominicos, nuevas responsabilidades misionales al tenerlos que sustituir. El nombre de California entonces empieza a ir unido a la persona y compañeros de fray Junípero. Hay la Baja California, la península, que actualmente forma parte de la República de México y la Alta California, que desde 1848 llegará a ser uno de los estados de la Unión Americana. Fray Junípero empieza su labor misionera por la Baja California, adonde llega en marzo de 1768. Será el prólogo de su gran obra, la Alta California. Dieciséis misioneros jesuitas son sustituidos por dieciséis franciscanos.

Fray Junípero es elegido presidente, lo cual quiere decir que une la función de superior religioso a la de ordinario eclesiástico de las nuevas Iglesias. En lenguaje canónico actual vendría a ser como un prefecto apostólico de las tierras californianas, pero con menor jurisdicción y menores competencias. La Baja y la Alta California forman una unidad misional, hasta que, en 1772, las misiones de la Baja California pasan a los dominicos. El padre Francisco Palou será el vicepresidente, con misión de sustituirle en caso de muerte o imposibilidad: dos almas siempre unidas desde la juventud. El guardián de San Fernando venía a ser el provincial, con responsabilidad sobre todas las misiones que tenían encomendadas.

La entrada en la Alta California era razón de Estado de la Corona española. Si no se ocupaban aquellas tierras, Rusia lo haría; además los ingleses, con sus colonias americanas, no estaban tan lejos. Las tierras de clima mediterráneo del Oeste Americano interesaban a otros; por esto hay la orden y hasta prisa de ocuparlas anticipadamente. El conjunto de los franciscanos busca la cristianización y promoción de los indios; con esto, consciente o inconscientemente, eran los máximos colaboradores de la Corona, y como siempre, están bajo su patronato y subvención económica. Era así, y no faltarán muchos disgustos por este motivo, en la obra californiana del Beato Junípero. No podemos ignorar que estamos en el siglo de la Ilustración y faltan pocos años para la Revolución Francesa.

La llaga de la pierna... aparece más virulenta y más inoportuna que nunca, en este camino hacia la Alta California. Siempre será su terrible acompañante, una prueba del Señor que hubiese arredrado a cualquiera. Le aconseja el gobernador, Gaspar de Portolá, que se retire a descansar a la cercana misión para restablecerse; pero él ante esta proposición responde: «No me hable de esto, porque yo confío en Dios que me ha de dar fuerzas para llegar a San Diego, como me las ha dado para venir hasta aquí; y, en caso de no convenir, me conformo con su santísima voluntad. Aunque me muera en el camino, no vuelvo atrás; a bien que me enterrarán, y quedaré gustoso entre los gentiles, si es la voluntad de Dios». Pidió a Dios su curación, porque no podía seguir y no consentía que le llevasen en parihuelas los indios neófitos. Llamó al arriero Juan Antonio para que le curase; al decirle éste que sólo había curado las mataduras de las bestias, le respondió: «Haz cuenta que soy una bestia y hazme el mismo medicamento que aplicarías a una bestia». Tomó sebo con hierbas, lo machacó, lo frió y se lo aplicó. Durmió aquella noche y quedaron admirados de que recobrase tan repentinamente la salud.

PADRE DE CALIFORNIA

El día 1 de julio de 1769 llegaron a la costa del Pacífico, el deseado Puerto de San Diego. Empieza su máxima obra, la fundación de California. Ésta es obra de un conjunto de personas; pero, básicamente, Junípero será considerado por la historia y en la conciencia popular, padre de una cristiandad y padre de un pueblo. El padre Palou continúa en la Baja California, actuando de presidente hasta que dejaron estas misiones. El padre Juan Crespí será el buen compañero de Junípero hasta su muerte, acaecida el 1 de enero de 1782. Hay otro pequeño grupo de esforzados franciscanos, que después irá creciendo, siempre menos de los que eran necesarios. El catalán Gaspar de Portolá es el primer gobernador y jefe militar de la expedición. Serra y Portolá sintonizaron perfectamente. Catalanes son en buena parte los soldados de la última expedición expansiva española en América, llevada a término después del decreto de Nueva Planta. Los soldados serán en algunas ocasiones rémora en la evangelización y civilización de los indios, pero serán más frecuentemente imprescindibles colaboradores para dar seguridad a las misiones, y normalmente pondrán sus manos y saber en la construcción de edificios y en las tareas de asentamiento de poblaciones a la manera europea. La obra de California no fue una acción bélica sangrienta, sino que fue básicamente de diálogo y comprensión mutua respecto a los nativos, promovida en buena parte por los misioneros.

LAS «MISIONES», ORIGEN DE CALIFORNIA

San Diego, 16 de julio, la alegría de empezar a ser realidad. En el lugar escogido, la Cruz es levantada, la veneran; colgaron la campana y la tocan festivamente; bendijo el agua y con ella los terrenos que iban a albergar la misión; se preparó una barraca para que sirviese de capilla y una vez cantado el Veni Creator Spiritus, se dio por fundada la misión. Se abrieron los libros parroquiales. Desde cero han de conseguir la amistad de los indios. No conocen sus lenguas. Han de aminorar y hasta si es posible destruir el recelo de la presencia de aquellos nuevos instalados en sus tierras, sin duda para la mayoría de indios, considerados como unos intrusos, si no como enemigos. Así, en todas y cada una de las Misiones que se fundan.

1770, San Carlos de Monterrey, futura residencia del padre Junípero y primera capital de California. En 1771 se sitúan junto al río Carmelo, a poca distancia de Monterrey.
1771, San Antonio de Padua.
1771, San Gabriel Arcángel. Cerca de allí, se levantará el pequeño poblado de Nuestra Señora de Los Ángeles, origen de la gran urbe actual de Los Ángeles.
1772, San Luis Obispo de Tolosa.
1776, San Francisco, misión fundada por el padre Francisco Palou, origen de la ciudad actual.
1776, San Juan Capistrano.
1777, Santa Clara de Asís.
1782, San Buenaventura.

Sus sucesores continuarán la obra de construcción y constitución de misiones hasta veintiuna. El padre Francisco Palou y sobre todo el padre Fermín Lasuén y el padre Mariano Payeras, seguirán al Beato Junípero, dignamente y eficientemente, en la presidencia de las misiones. Algunos de los nombres de sus compañeros, a lo menos los primeros, no pueden ignorarse: los padres Francisco Dumetz y Lluís Jaume, de Mallorca; padre Ángel Somera, mexicano y Benito Gambón, gallego; padres Miquel Pieras y Bonaventura Sitjar, de Mallorca; padres Josep Cavaller y Domingo Juncosa, de Cataluña; padres Antonio Paterna, de Andalucía, y Antonio Cruzado de la provincia de Los Ángeles. El padre Junípero se emparejó, como un misionero más, con el padre Juan Crespí.

Normalmente cada misión juniperiana es una lucha entre la ilusión y valentía del grupo de franciscanos y las dificultades de diversa índole y procedencia que se tenían que solucionar o a veces simplemente sufrir pacientemente a la expectativa que llegasen tiempos mejores. La escasez de bienes materiales fue muy frecuente, hasta en algún momento hay que hablar de hambre: «Siempre adelante, nunca retroceder. Recordemos algunos hechos y circunstancias en que se encontraron.

Las autoridades civiles y militares. Estamos en una época de influencia del enciclopedismo francés; de un poder absoluto regio, el cual, en su parcela de poder, lo imitaban los poderes secundarios y dependientes de las tierras coloniales; con el regalismo, que suponía la sujeción de la Iglesia al dictamen de los poderes temporales. La Corona necesitaba a los misioneros; pero todos los que tuvieron poder político en California, exceptuados el primer gobernador Portolá y el virrey Bucarelli, después del contacto personal y el informe que le presentó el padre Junípero en México en 1773, fueron normalmente una pesadilla, una dificultad y un sufrimiento constante para fray Junípero. El Estado español corría con los gastos, y el misionero ponía su dedicación personal. Hecho histórico que ha de ser discutido y quizás también comprendido, pero que creó grandes problemas en el régimen y promoción de las misiones. ¡Cómo hubiesen gozado nuestros celosos e intrépidos misioneros, de poder contar con los modernos medios de la organización de la acción misional! El Beato Junípero y sus compañeros mallorquines pensaban en sus once conventos franciscanos, para que les ayudasen. La vida del padre Francisco Palou sobre su entrañable hermano desde la juventud, laRelación Histórica de Fray Junípero Serra, está dedicada precisamente a la provincia franciscana de Mallorca para que colaborasen.

Hasta el guardián de San Fernando, el también mallorquín padre Rafael Verger, se suma a las dificultades, al enviar en 1770 un informe, donde no comparte el entusiasmo de fray Junípero y sus compañeros ante la empresa californiana y dicta algunas normas de gobierno inaceptables: «Fúndense las misiones; pero sea como se debe, de modo que se verifique lo que significa el verbo fundar, que no es fundar perspectivas»; pero, no obstante, concluirá en el escrito: «Si tengo algún consuelo, es ver el gusto y alegría con que marcharon. Sus trabajos han sido y son indecibles. Y solo la divina Providencia pudo conservarles la vida; que si se hubieran muerto los más, no causara admiración alguna». Ante los cálculos humanos y hasta las maledicencias, nuestro Beato Junípero respondería: Paz y paciencia..., y siempre adelante». La verdad es que si no hay la ilusión de las perspectivas, no se llega nunca a las realidades. Hay que recordar que después de la larga presencia del Beato Junípero en 1773 en México y leído al padre Verger el informe que presentó al virrey, el padre Verger cambió de juicio.

RELACIÓN CON LOS INDIOS

El contacto y la acción con los indios, otro capítulo importante. Lenguas diferentes. Actitudes variables ante los nuevos venidos: desde el recelo hasta la oposición violenta, y podríamos decir que era bien natural. Los misioneros eran los encargados de acercarse a ellos amigablemente; les hablaban de una religión inimaginable para su manera de pensar y de convivir. Allí estaban con ellos haciéndose presentes en sus vidas. Les promovían en el trabajo agrícola e industrial. Vivían comunitariamente los nuevos indios cristianos en las misiones. El Beato Junípero, en uno de sus escritos, se lamenta de la obligación que tienen de enseñarles castellano; dice que la evangelización sería mucho más rápida y eficiente si se hiciese en sus respectivas lenguas. El padre Bonaventura Sitjar estudió las variadas lenguas de los indios californianos. El padre Junípero con su Representación» al virrey Bucarelli, hace la declaración de derechos de los indios, y pone los principios para su bienestar físico y espiritual.

Los niños y los jóvenes indios estuvieron en las prioridades de la acción misionera. Las relaciones con los indios tienen un capítulo singular y sangriento en la misión de San Diego, noviembre de 1775. Allí estaban el padre Luis Jaume, de la villa de San Juan de Mallorca y el padre Vicente Fuster, de la provincia de Aragón. Dos indios bautizados que vivían en la misión, fueron por la sierra a decir a los otros indios que los misioneros querían hacerles cristianos a la fuerza. Así convencieron a muchos y se presentaron de noche en la misión, robaron en la iglesia e incendiaron las edificaciones. Los soldados se defendieron y el padre Fuster se pudo esconder. El padre Luis Jaume se acercó a los indios y les saludó a la manera mallorquina de la época: Amar a Dios». Lo agarraron, lo llevaron al bosque, lo desnudaron, le dieron con porras y lo asaetearon hasta que murió. El hecho produjo una gran consternación entre los misioneros y pobladores. Cuando lo supo el padre Junípero, dio gracias a Dios porque se había regado la tierra con la sangre de un mártir, pero, por otra parte, no podía ocultar la tristeza de su muerte y el gran problema sobre la seguridad que planteaba. Ante este hecho, el Beato Junípero no aceptó la pena de muerte para los culpables. «A1 matador dejarle para que se salve, que es el título de nuestra venida. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias y procúrese no su muerte, sino su vida eterna». Y esto lo tenía establecido para él y para todos los misioneros. Obra de paz, no de guerra, todo lo contrario de los conquistadores humanos. Y esto en un tiempo que la ejecución capital era frecuente en nuestras plazas.

La nueva Iglesia de California no recibía la plenitud del don del Espíritu Santo a través del sacramento de la Confirmación. Por concesión de Clemente XIV, pudo el padre presidente administrar el sacramento. El breve apostólico pasó todos los trámites que imponía el Regalismo: Pase Regio, Corte Virreinal. Hasta 1778 no llegó a manos de fray Junípero. Así que empuña su bastón y a recorrer las misiones; a preparar a los que lo tenían que recibir; a superar obstáculos, como siempre, sobre todo su salud, que continuaba muy deteriorada, de manera especial la llaga de la pierna. En ciertos momentos no podía tenerse en pie y el asma le oprimía el pecho, como un intenso dolor que le ahogaba. Pero su ansia apostólica puede más y es, además, la ocasión para contactar con todas las misiones. Cuando vuelve a la misión de San Carlos Borromeo, la suya, dirá humildemente: «Edificado vengo de lo que he visto han trabajado en las otras misiones; aquí siempre nos quedamos atrás. Los seis últimos años de vida del padre Serra, estando de gobernador don Felipe de Neve, fueron de una lucha agotadora contra la intromisión y persecución solapada del nuevo gobernador, que se consideraba señor absoluto de todo lo que estaba bajo su mando, misioneros incluidos. Puso la falsa excusa que la concesión papal de confirmar no tenía el placet regio y se lo prohibió. Junípero contó con el apoyo incondicional de los misioneros. El escándalo público fue inevitable. Tuvieron que acudir al virrey de Nueva España, que certificó que la concesión pontificia estaba en regla. Don Felipe de Neve tuvo que saborear su amargo fracaso... ¿Es que los misioneros no tenían otros problemas que resolver y otras cosas en que ocuparse...?

UN SANTO, UN HÉROE

Llegamos a los últimos días del Beato Junípero, a quien llamaban los indios «el Padre viejo». A pesar del mal estado de salud, quiso hacer una última visita a las misiones, administrando la Confirmación, después del incidente sobre el asunto con el gobernador. Había visto nacer y crecer las comunidades cristianas de California: «Su gozo y su corona». Estaba a punto de poder decir: «He acabado la carrera», que podríamos adjetivar en términos deportivos, «de obstáculos».

Fray Junípero estaba muy enfermo, toda su vida fue una lucha entre sus graves dolencias y el ánimo, el ardor de su espíritu que las superaba, diríamos que casi milagrosamente. Cuando le hablaban de remedios decía que no valía la pena. Quiso tener consigo a su amigo del alma y sucesor el padre Francisco Palou; el otro gran compañero, el padre Juan Crespí, le había precedido y tenían junto a ellos su sepulcro y su recuerdo. Deseaba despedirse personalmente de todos, para ello quiso que se acercasen a Monterrey los misioneros a recoger la parte anual del abastecimiento que les enviaban. Palou afirma que fray Junípero conocía la hora de su muerte. Se concentró unos días de retiro espiritual, y al final hizo una ejemplar confesión general de sus pecados.

La última prueba, difícil y punzante como pocas, le sobrevino pocos días antes de su muerte. Se intentaba sustituir a los franciscanos de la Alta California por los dominicos. Veía tambalearse el edificio de unas misiones que prometían mucho y que habían levantado a base de mucho sacrificio. ¿Tan mal lo habían hecho ellos? Las misiones deben continuar, a pesar de la falta de misioneros. Piensan Junípero y Palou en sus hermanos de Mallorca. Fue tres días antes de la muerte de Junípero, cuando Palou decide escribir su vida y enviarla a Mallorca para animarles, después de conocer la grandeza de su vida apostólica y franciscana, a que les enviasen los refuerzos que necesitaban. Nos encontramos ante el supremo sacrificio que se pide al padre de California antes de su muerte, como Abraham con Isaac. Con esta pena murió él, aunque el cambio no se consumó después de su muerte.

LA HORA DEL DESCANSO Y DE LA GLORIA

El 25 y 26 de agosto los pasó muy mal, pidió que le dejasen tranquilo todo el día dentro de su recogimiento. Amaneció el día 27 y solicitó el Viático. Le pidieron que estuviese tranquilo en su pobre celda y que cuando quisiese se lo llevarían. El enfermo se opuso, era él quien tenía que ir al encuentro del Señor. Se organizó una singular procesión presidida por un moribundo. Le acompañaban los dos misioneros, el comandante del fuerte, un destacamento de soldados y todos los indios. El padre Palou, incensario en mano, comenzó la ceremonia, fray Junípero entonó el Tantum ergo con voz y entusiasmo. Cumplieron escrupulosamente todas las rúbricas en la administración del Viático. Se retiró después a la soledad de su celda. Se sentó en la rústica mesa y quedó sumido en profunda contemplación todo el día. Aquella noche solicitó la Unción de los Enfermos, que recibió sentado en su humilde e incómoda silla de cañas. Rezó los salmos penitenciales y las letanías de los Santos, los amigos que le acompañarían en el viaje. Sólo encontraba un poco de alivio estando en el suelo. Parecía que quería morir sobre la madre tierra. Quiso recibir la absolución general con gran gozo del espíritu.

Amaneció el 28 de agosto. A los marineros amigos, que no había visto desde hacía tiempo les pide: «Háganme la caridad y obra de misericordia de echarme un poco de tierra encima, que mucho se lo agradeceré». Y al padre Palou le dijo: «Deseo que me entierre en la iglesia, cerquita del padre Juan Crespí, por ahora, que cuando hagan la iglesia de piedra me tirarán donde quisieren». Palou, emocionado pidió que rogase por ellos; le respondió: «Prometo que si el Señor, por su infinita misericordia, me concede la eterna felicidad, que desmerecen mis culpas, que así lo haré por todos, y el que se logre la reducción de tanta gentilidad que dejo sin convertir».

Sintió una turbación, un miedo intenso. Pidió que le leyesen la recomendación del alma, él contestaba con toda devoción. Acabadas las preces, dando muestras de alegría, exclamó: «Gracias a Dios ya se me quitó totalmente el miedo».

Se sentó nuevamente a la mesa y llegó el mediodía, y dijo a los presentes: ,Vamos a descansar. Quedó solo en su pequeña habitación, se tumbó vestido con su sayal franciscano sobre las pobres tablas, y abrazándose a la cruz que había llevado desde su Mallorca, de los tiempos de su noviciado, se durmió en el tiempo, para despertarse en la eternidad. Era un poco más de las dos de la tarde del día de San Agustín de 1784. Tenía setenta años, nueve meses y cuatro días de edad.

Fray Francisco Palou, al percatarse de tanto silencio, entró en la habitación y vio que había expirado. Le colocaron en un ataúd de sequoia vestido del simple hábito franciscano como él quería. Todos querían tocarlo y tener alguna reliquia. Tuvo los honores de general en plaza, aquel que tanto había hecho para el bien de todos; las campanas de su misión anunciaron su muerte, y su cuerpo, ya sin vida, reposa desde entonces el sueño de los justos en su querida misión. Todos oraron por él y con él en solemnes funerales, acompañados de las lágrimas de aquellos que tanto le querían.

El Beato Junípero Serra, como extraordinario amigo de Dios, evangelizador singular que nunca se desalentó, y artífice de la promoción humana, es merecedor de tenerle en nuestra memoria para estimularnos en el camino del bien y obtener su intercesión. Mallorca, su amada patria, y la orden franciscana son especialmente herederas de su persona. Éstas ofrecieron la vida grandiosa de Junípero a las tierras americanas, para enriquecerlas como donación generosa, más que como posesión egoísta de una colonización. Junípero está entre los egregios misioneros que han hecho historia.

Su vida extraordinaria, como seguidor de Jesucristo, va más allá del don sobrenatural de la fe y del sacerdocio, que ofreció desgastándose, inmolándose, especialmente al servicio y en beneficio de los más pobres. Es un gran héroe humanamente hablando. Su vida llega e impregna a la sociedad civil, constituyéndole padre de un pueblo, la California de nuestros días. Juan Pablo II, declaró ante su sepulcro, el 17 de septiembre de 1987: «Ejerce una influencia permanente sobre el patrimonio espiritual de esta tierra y de su pueblo, con independencia de su religión».

Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió la California juniperiana a los Estados Unidos de América. El nuevo pueblo de cultura inglesa, que se instala en estas tierras, se ha hecho suya de una manera inimaginable la herencia del humilde fraile mallorquín. Parece que les encanta que una de las potencias económicas, culturales, artísticas, turísticas, industriales, agrícolas del mundo, California, esté capitaneada en los comienzos de su historia por un voluntariamente humilde hijo de San Francisco, que luchó contra el desaliento, que sabía agarrar la azada junto a los libros y que lo dio todo por aquellas tierras californianas, que se convirtieron en su patria de adopción.

Los monumentos a su memoria se sitúan por doquier; las misiones, The Missions, las veintiuna, son la primera y más preciada historia de California, son los grandes centros de la memoria de su pasado, que miman su conservación en todos los aspectos. Devolvieron las misiones a la Iglesia católica, después que los mexicanos, una vez obtenida su independencia, habían aplicado una desamortización a su manera vendiéndolas, al mismo tiempo que destruían la obra social instituida para los indios por el Beato Junípero Serra. El día 1 de marzo de 1931, la bella y grandiosa estatua de Junípero Serra llegaba a Washington y era colocada en la Galería de la Fama en el Capitolio, entre los próceres y héroes de cada uno de los Estados, el suyo el de California, donde sus representantes democráticos no permitieron que fuera sustituido por otro personaje: Junípero Serra era el primer californiano sin discusión.

La Iglesia desde el 25 de septiembre de 1988, por decreto de Juan Pablo II, le tributa el honor de los altares como beato. En el culto restringido, propio de los beatos, Mallorca y la orden franciscana celebran su fiesta el 26 de agosto, porque el día 28 es la fiesta de San Agustín. Los Estados Unidos de América hacen coincidir la conmemoración litúrgica con su entrada en California, cuando se fundó la primera misión, la de San Diego.

jueves, 25 de agosto de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la
Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia que Dios que se os ha dado en
Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. En verdad os digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Palabra del Señor.

San Luis IX

San Luis, rey de Francia, es, ante todo, una Santo cuya figura angélica impresionaba a todos con sólo su presencia. Vive en una época de grandes heroísmos cristianos, que él supo aprovechar en medio de los esplendores de la corte para ser un dechado perfecto de todas las virtudes. Nace en Poissy el 25 de abril de 1214, y a los doce años, a la muerte de su padre, Luis VIII, es coronado rey de los franceses bajo la regencia de su madre, la española Doña Blanca de Castilla. Ejemplo raro de dos hermanas, Doña Blanca y Doña Berenguela, que supieron dar sus hijos, más que para reyes de la tierra, para santos y fieles discípulos del Señor. Las madres, las dos princesas hijas del rey Alfonso VIII de Castilla, y los hijos, los santos reyes San Luis y San Fernando.

En medio de las dificultades de la regencia supo Doña Blanca infundir en el tierno infante los ideales de una vida pura e inmaculada. No olvida el inculcarle los deberes propios del oficio que había de desempeñar más tarde, pero ante todo va haciendo crecer en su alma un anhelo constante de servicio divino, de una sensible piedad cristiana y de un profundo desprecio a todo aquello que pudiera suponer en él el menor atisbo de pecado. «Hijo -le venía diciendo constantemente-, prefiero verte muerto que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

Es fácil entender la vida que llevaría aquel santo joven ante los ejemplos de una tan buena y tan delicada madre. Tanto más si consideramos la época difícil en que a ambos les tocaba vivir, en medio de una nobleza y de unas cortes que venían a convertirse no pocas veces en hervideros de los más desenfrenados, rebosantes de turbulencias y de tropelías. Contra éstas tuvo que luchar denodadamente Doña Blanca, y, cuando el reino había alcanzado ya un poco de tranquilidad, hace que declaren mayor de edad a su hijo, el futuro Luis IX, el 5 de abril de 1234. Ya rey, no se separa San Luis de la sabia mirada de su madre, a la que tiene siempre a su lado para tomar las decisiones más importantes. En este mismo año, y por su consejo, se une en matrimonio con la virtuosa Margarita, hija de Ramón Berenguer, conde de Provenza. Ella sería la compañera de su reinado y le ayudaría también a ir subiendo poco a poco los peldaños de la santidad.

En lo humano, el reinado de San Luis se tiene como uno de los más ejemplares y completos de la historia. Su obra favorita, las Cruzadas, son una muestra de su ideal de caballero cristiano, llevado hasta las últimas consecuencias del sacrificio y de la abnegación. Por otra parte, tanto en la política interior como en la exterior San Luis ajustó su conducta a las normas más estrictas de la moral cristiana. Tenía la noción de que el gobierno es más un deber que un derecho; de aquí que todas sus actividades obedecieran solamente a esta idea: el hacer el bien buscando en todo la felicidad de sus súbditos.

Desde el principio de su reinado San Luis lucha para que haya paz entre todos, pueblos y nobleza. Todos los días administra justicia personalmente, atendiendo las quejas de los oprimidos y desamparados. Desde 1247 comisiones especiales fueron encargadas de recorrer el país con objeto de enterarse de las más pequeñas diferencias. Como resultado de tales informaciones fueron las grandes ordenanzas de 1254, que establecieron un compendio de obligaciones para todos los súbditos del reino.

El reflejo de estas ideas, tanto en Francia como en los países vecinos, dio a San Luis fama de bueno y justiciero, y a él recurrían a veces en demanda de ayuda y de consejo. Con sus nobles se muestra decidido para arrancar de una vez la perturbación que sembraban por los pueblos y ciudades. En 1240 estalló la última rebelión feudal a cuenta de Hugo de Lusignan y de Raimundo de Tolosa, a los que se sumó el rey Enrique III de Inglaterra. San Luis combate contra ellos y derrota a los ingleses en Saintes (22 de julio de 1242). Cuando llegó la hora de dictar condiciones de paz el vencedor desplegó su caridad y misericordia. Hugo de Lusignan y Raimundo de Tolosa fueron perdonados, dejándoles en sus privilegios y posesiones. Si esto hizo con los suyos, aún extremó más su generosidad con los ingleses: el tratado de París de 1259 entregó a Enrique III nuevos feudos de Cahors y Périgueux, a fin de que en adelante el agradecimiento garantizara mejor la paz entre los dos Estados.

Padre de su pueblo y sembrador de paz y de justicia, serán los títulos que más han de brillar en la corona humana de San Luis, rey. Exquisito en su trato, éste lo extiende, sobre todo, en sus relaciones con el Papa y con la Iglesia. Cuando por Europa arreciaba la lucha entre el emperador Federico II y el Papa por causa de las investiduras y regalías, San Luis asume el papel de mediador, defendiendo en las situaciones más difíciles a la Iglesia. En su reino apoya siempre sus intereses, aunque a veces ha de intervenir contra los abusos a que se entregaban algunos clérigos, coordinando de este modo los derechos que como rey tenía sobre su pueblo con los deberes de fiel cristiano, devoto de la Silla de San Pedro y de la Jerarquía. Para hacer más eficaz el progreso de la religión en sus Estados se dedica a proteger las iglesias y los sacerdotes. Lucha denodadamente contra los blasfemos y perjuros, y hace por que desaparezca la herejía entre los fieles, para lo que implanta la Inquisición romana, favoreciéndola con sus leyes y decisiones.

Personalmente da un gran ejemplo de piedad y devoción ante su pueblo en las fiestas y ceremonias religiosas. En este sentido fueron muy celebradas las grandes solemnidades que llevó a cabo, en ocasión de recibir en su palacio la corona de espinas, que con su propio dinero había desempeñado del poder de los venecianos, que de este modo la habían conseguido del empobrecido emperador del Imperio griego, Balduino II. En 1238 la hace llevar con toda pompa a París y construye para ella, en su propio palacio, una esplendorosa capilla, que de entonces tomó el nombre de Capilla Santa, a la que fue adornando después con una serie de valiosas reliquias entre las que sobresalen una buena porción del santo madero de la cruz y el hierro de la lanza con que fue atravesado el costado del Señor.

A todo ello añadía nuestro Santo una vida admirable de penitencia y de sacrificios. Tenía una predilección especial para los pobres y desamparados, a quienes sentaba muchas veces a su mesa, les daba él mismo la comida y les lavaba con frecuencia los pies, a semejanza del Maestro. Por su cuenta recorre los hospitales y reparte limosnas, se viste de cilicio y castiga su cuerpo con duros cilicios y disciplinas. Se pasa grandes ratos en la oración, y en este espíritu, como antes hiciera con él su madre, Doña Blanca, va educando también a sus hijos, cumpliendo de modo admirable sus deberes de padre, de rey y de cristiano.

Sólo le quedaba a San Luis testimoniar de un modo público y solemne el gran amor que tenía para con nuestro Señor, y esto le impulsa a alistarse en una de aquellas Cruzadas, llenas de fe y de heroísmo, donde los cristianos de entonces iban a luchar por su Dios contra sus enemigos, con ocasión de rescatar los Santos Lugares de Jerusalén. A San Luis le cabe la gloria de haber dirigido las dos últimas Cruzadas en unos años en que ya había decaído mucho el sentido noble de estas empresas, y que él vigoriza de nuevo dándoles el sello primitivo de la cruz y del sacrificio.

En un tiempo en que estaban muy apurados los cristianos del Oriente el papa Inocencio IV tuvo la suerte de ver en Francia al mejor de los reyes, en quien podía confiar para organizar en su socorro una nueva empresa. San Luis, que tenía pena de no amar bastante a Cristo crucificado y de no sufrir bastante por Él, se muestra cuando le llega la hora, como un magnífico soldado de su causa. Desde este momento va a vivir siempre con la vista clavada en el Santo Sepulcro, y morirá murmurando: «Jerusalén».

En cuanto a los anteriores esfuerzos para rescatar los Santos Lugares, había fracasado, o poco menos, la Cruzada de Teobaldo IV, conde de Champagne y rey de Navarra, emprendida en 1239-1240. Tampoco la de Ricardo de Cornuailles, en 1240-1241, había obtenido otra cosa que la liberación de algunos centenares de prisioneros.

Ante la invasión de los mogoles, unos 10.000 kharezmitas vinieron a ponerse al servicio del sultán de Egipto y en septiembre de 1244 arrebataron la ciudad de Jerusalén a los cristianos. Conmovido el papa Inocencio IV, exhortó a los reyes y pueblos en el concilio de Lyón a tomar la cruz, pero sólo el monarca francés escuchó la voz del Vicario de Cristo.

Luis IX, lleno de fe, se entrevista con el Papa en Cluny (noviembre de 1245) y, mientras Inocencio IV envía embajadas de paz a los tártaros mogoles, el rey apresta una buena flota contra los turcos. El 12 de junio de 1248 sale de París para embarcarse en Marsella. Le siguen sus tres hermanos, Carlos de Anjou, Alfonso de Poitiers y Roberto de Artois, con el duque de Bretaña, el conde de Flandes y otros caballeros, obispos, etc. Su ejército lo componen 40.000 hombres y 2.800 caballos.

El 17 de septiembre los hallamos en Chipre, sitio de concentración de los cruzados. Allí pasan el invierno, pero pronto les atacan la peste y demás enfermedades. El 15 de mayo de 1249, con refuerzos traídos por el duque de Borgoña y por el conde de Salisbury, se dirigen hacia Egipto. «Con el escudo al cuello -dice un cronista- y el yelmo a la cabeza, la lanza en el puño y el agua hasta el sobaco», San Luis, saltando de la nave, arremetió contra los sarracenos. Pronto era dueño de Damieta (7 de junio de 1249). El sultán propone la paz, pero el santo rey no se la concede, aconsejado de sus hermanos. En Damieta espera el ejército durante seis meses, mientras se les van uniendo nuevos refuerzos, y al fin, en vez de atacar a Alejandría, se decide a internarse más al interior para avanzar contra El Cairo. La vanguardia, mandada por el conde Roberto de Artois, se adelanta temerariamente por las calles de un pueblecillo llamado Mansurah, siendo aniquilada casi totalmente, muriendo allí mismo el hermano de San Luis (8 de febrero de 1250). El rey tuvo que reaccionar fuertemente y al fin logra vencer en duros encuentros a los infieles. Pero éstos se habían apoderado de los caminos y de los canales en el delta del Nilo, y cuando el ejército, atacado del escorbuto, del hambre y de las continuas incursiones del enemigo, decidió, por fin, retirarse otra vez a Damieta, se vio sorprendido por los sarracenos, que degollaron a muchísimos cristianos, cogiendo preso al mismo rey, a su hermano Carlos de Anjou, a Alfonso de Poitiers y a los principales caballeros (6 de abril).

Era la ocasión para mostrar el gran temple de alma de San Luis. En medio de su desgracia aparece ante todos con una serenidad admirable y una suprema resignación. Hasta sus mismos enemigos le admiran y no pueden menos de tratarle con deferencia. Obtenida poco después la libertad, que con harta pena para el Santo llevaba consigo la renuncia de Damieta, San Luis desembarca en San Juan de Acre con el resto de su ejército. Cuatro años se quedó en Palestina fortificando las últimas plazas cristianas y peregrinando con profunda piedad y devoción a los Santos Lugares de Nazaret, Monte Tabor y Caná. Sólo en 1254, cuando supo la muerte de su madre, Doña Blanca, se decidió a volver a Francia.

A su vuelta es recibido con amor y devoción por su pueblo. Sigue administrando justicia por sí mismo, hace desaparecer los combates judiciarios, persigue el duelo y favorece cada vez más a la Iglesia. Sigue teniendo un interés especial por los religiosos, especialmente por los franciscanos y dominicos. Conversa con San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, visita los monasterios y no pocas veces hace en ellos oración, como un monje más de la casa.

Sin embargo, la idea de Jerusalén seguía permaneciendo viva en el corazón y en el ideal del Santo. Si no llegaba un nuevo refuerzo de Europa, pocas esperanzas les iban quedando ya a los cristianos de Oriente. Los mamelucos les molestaban amenazando con arrojarles de sus últimos reductos. Por si fuera poco, en 1261 había caído a su vez el Imperio Latino, que años antes fundaran los occidentales en Constantinopla. En Palestina dominaba entonces el feroz Bibars (la Pantera), mahometano fanático, que se propuso acabar del todo con los cristianos. El papa Clemente IV instaba por una nueva Cruzada. Y de nuevo San Luis, ayudado esta vez por su hermano, el rey de Sicilia, Carlos de Anjou, el rey Teobaldo II de Navarra, por su otro hermano Roberto de Artois, sus tres hijos y gran compañía de nobles y prelados, se decide a luchar contra los infieles.

En esta ocasión, en vez de dirigirse directamente al Oriente, las naves hacen proa hacia Túnez, enfrente de las costas francesas. Tal vez obedeciera esto a ciertas noticias que habían llegado a oídos del Santo de parte de algunos misioneros de aquellas tierras. En un convento de dominicos de Túnez parece que éstos mantenían buenas relaciones con el sultán, el cual hizo saber a San Luis que estaba dispuesto a recibir la fe cristiana. El Santo llegó a confiarse de estas promesas, esperando encontrar con ello una ayuda valiosa para el avance que proyectaba hacer hacia Egipto y Palestina.

Pero todo iba a quedar en un lamentable engaño que iba a ser fatal para el ejército del rey. El 4 de julio de 1270 zarpó la flota de Aguas Muertas y el 17 se apoderaba San Luis de la antigua Cartago y de su castillo. Sólo entonces empezaron los ataques violentos de los sarracenos.

El mayor enemigo fue la peste, ocasionada por el calor, la putrefacción del agua y de los alimentos. Pronto empiezan a sucumbir los soldados y los nobles. El 3 de agosto muere el segundo hijo del rey, Juan Tristán, cuatro días más tarde el legado pontificio y el 25 del mismo mes la muerte arrebataba al mismo San Luis, que, como siempre, se había empeñado en cuidar por sí mismo a los apestados y moribundos. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y cuarenta de reinado.

Pocas horas más tarde arribaban las naves de Carlos de Anjou, que asumió la dirección de la empresa. El cuerpo del santo rey fue trasladado primeramente a Sicilia y después a Francia, para ser enterrado en el panteón de San Dionisio, de París. Desde este momento iba a servir de grande veneración y piedad para todo su pueblo. Unos años más tarde, el 11 de agosto de 1297, era solemnemente canonizado por Su Santidad el papa Bonifacio VIII en la iglesia de San Francisco de Orvieto (Italia).

San Luis IX es el Patrono de la Tercera Orden Franciscana u Orden Franciscana Seglar.