sábado, 18 de agosto de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



Me fue dirgida esta palabra del Señor:
«¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel?: “Los padres comieron agraces, y los hijos tuvieron dentera”
Por mi vida - oráculo del Señor Dios - que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel, porque todas las vidas son mías; la vida del padre como la del hijo. El que peque, ese morirá.
Si un hombre es inocente y se comporta reta y justamente; si no come en los montes ni levanta sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; si no deshonra a la mujer de su prójimo ni se une a su mujer durante la menstruación; si no oprime a nadie, si devuelve la prenda empeñada; si no despoja a nadie de lo suyo, si da de su pan al hambriento y viste al desnudo; si no presta con usura ni acepta intereses; si se mantiene lejos de la injusticia y aplica con equidad el derecho entre las personas; si se comporta según mis preceptos y observa mis leyes, cumpliéndolos fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá -oráculo del Señor -. Si ese hombre engendra un hijo violento y sanguinario, que comete contra su prójimo alguna de estas malas acciones, ciertamente no vivirá. Por haber cometido todas esas acciones detestables, morirá irremediablemente y será responsable de su propia muerte.
Pues bien, os juzgaré, a cada uno según su proceder, casa de Israel - oráculo del Señor Dios -.
Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no tropezaréis en vuestra culpa. Aparta de vosotros los delitos que habéis cometido, renovad vuestro corazón y vuestro espíritu. ¿Por qué habríais de morir, casa de Israel?
Yo no me complazco en la muerte de nadie - oráculo del Señor -. Convertíos y viviréis».


En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.
Jesús dijo:
«Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos».
Les impuso las manos y se marchó de allí.

Palabra del Señor.

Beato Manes de Guzmán

Caleruega, en el corazón de la provincia burgalesa, se nos ofrece todavía como un ejemplar de aquellas aldeas, con su caserío agrupado junto a la silueta recia y protectora de un viejo torreón medieval, maltratado por los siglos, pero aún erguido con noble apariencia retadora. Caleruega es, en la actualidad, un pueblecito de unos mil habitantes que mira por el Mediodía hacia una vasta llanura, árida y monótona, y distingue hacia el Norte una agreste región que a lo lejos se empina en sierras fieramente dentadas de riscos y precipicios. Adosado a su torreón, de trazo rectangular, que conserva cierta inflexible esbeltez, se levantó en un tiempo el castillo de los Guzmanes, finalmente destinado, en 1270, por Alfonso el Sabio, para monasterio de dominicas.

Muchos años antes, a mediados del :siglo XII, habitaba el castillo una familia que dio a la Iglesia dos santos y un beato en sólo el curso de dos generaciones.

Suena bien el apellido de Guzmán en oídos españoles. Las páginas de nuestra historia le recuerdan con frecuencia y aparece entre las estrofas del Romancero por mor de la hazaña de Guzmán el Bueno en la defensa de Tarifa. Pero en los tiempos a que nos referimos ya no se luchaba por los campos de Burgos, y don Félix de Guzmán, a quien el monarca había confiado la defensa de aquella plaza, pudo cultivar en paz las sólidas virtudes de religiosidad y dulzura hogareña que anidaban en su corazón, profundamente fervoroso y cristiano.

Noble apellido el de don Félix. Pero nada tenía que envidiarle el de su esposa, doña Juana de Aza, dama acaudalada, cuyos padres residían y mandaban en la villa de este nombre, entre Aranda y Roa, y de dotes tan elevadas y escogidas que la llevaron, tras una vida ejemplar, a los altares, donde hoy la ofrece la Iglesia a la devoción de los fieles entre la corte admirable de sus santos.

Unidos por el amor, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, en un tiempo en que los valores del espíritu resplandecían sobre toda clase de apreciaciones materialistas, y compitiendo sus almas en celo religioso y nobleza de sentimientos, era lógico que formaran un hogar donde Dios recogiera frutos de evangélica belleza y la Iglesia encontrara paladines para sus empresas y moradores para sus cenáculos.

Así fue, en efecto. Félix de Guzmán murió en olor de santidad y su cuerpo duerme el sueño de los justos en el monasterio de San Pedro, de Gumiel de Izán. Doña Juana, elevada, como hemos dicho, a los altares, fue sepultada primero al lado de su esposo, y descansa ahora en San Pablo de Peñafiel. De tres hijos suyos nos habla la historia. El mayor, Antonio, se consagró a Dios en el sacerdocio, y, desdeñando altos beneficios y dignidades eclesiásticas, muy posibles dada la posición de su noble familia, se enterró en vida en un hospital, para cuidar de los pobres y los peregrinos que acudían por entonces en gran número al sepulcro de Santo Domingo de Silos. El menor fue aquella gran figura de la hagiografía hispana que el mundo conoce por Santo Domingo de Guzmán. Entre ambos Manés, a quien están dedicadas las presentes líneas.

A menudo resulta difícil discriminar lo histórico de lo legendario cuando se pretende presentar la biografía de los santos de la Edad Media. Ello ocurre aun con figuras del más destacado relieve, de aquellos que brillaron con acusado fulgor en el firmamento de las glorias cristianas. Bien conocido parece ser Santo Domingo de Guzmán y harto evidentes resultan la mayoría de sus hechos, andanzas y milagros. Y, sin embargo, sus propios biógrafos suelen hacer constar esta premisa de carácter general y los más escrupulosos se afanan en presentar por separado lo que en sus investigaciones han hallado como historia cierta de aquello otro que no se atreven a desarraigar totalmente del campo de la leyenda, tan fecundo en profundos barroquismos de maravillas, éxtasis y revelaciones.

Si tal sucede con el propio fundador de la Orden de Predicadores y creador del rezo del rosario, imagínense las dificultades que se encontrarán para sacar a luz la existencia de su hermano Manés que, sencillo y humilde como florecilla perdida en ubérrimo valle, pasó por el mundo sin apenas dejar otro recuerdo que el olor de una bondad fragante y una abnegación silenciosa.

Su propio nombre resulta dudoso, pues hay quienes le llaman Mamés y otros Mamerto, y hasta la fecha de su nacimiento se ignora, aunque hubo de ser antes, probablemente no mucho, del año 1170, en que, según todas las probabilidades (tampoco esto es seguro), vino al mundo su hermano Santo Domingo.

Ocupa, pues, Manés, en la cronología familiar, el puesto intermedio entre sus dos hermanos Antonio y Domingo, y este lugar parece encerrar cierto simbolismo que refleja algunas de las particularidades de su carácter. De lo que no cabe duda es de que fue callado y de pocas iniciativas: hombre de ideas sencillas y dulce carácter: firme en su profunda devoción y amor a Dios y a sus semejantes: aficionado a la oración y meditativo. Se le conoce como Manés el contemplativo: su alma era transparente como el cristal y nunca perdió la pura inocencia, que es una de las características de muchos de los elegidos del Señor.

Manés se sintió atraído y como subyugado por la férrea voluntad y el trepidante dinamismo de Domingo: se unió a éste, y a su lado permaneció largos años, siempre dispuesto a secundarle en sus empresas y a obedecer sus indicaciones, tan calladamente que apenas se le nombra de tarde en tarde por los historiadores del fundador de los dominicos, pero con una efectividad operante que surge como con destellos propios cada vez que esto ocurre.

Gran parte de su juventud la pasó Manés al lado de su santa madre, entregado a la práctica de la piedad y de las virtudes cristianas y a la lectura de Ios libros santos hasta que marchó a unirse a su hermano Domingo en tierras francesas del Lanquedoc, donde aquél trabajaba en la conversión de los herejes, a lo que también se entregó Manés, prodigando sus sermones y sus exhortaciones, que alternaba con la oración fervorosa y las más severas penitencias.

Tarea había, ciertamente, para todos en la gran empresa en que Santo Domingo se encontraba enfrascado. Sus luchas contra los errores y las malicias de los albigenses requerían el mayor número posible de auxiliares, y, al fundar aquél la Orden dominicana, a la que dio como especiales características las del estudio y la contemplación, Manés fue uno de los primeros miembros de la misma que en manos de su propio hermano hizo profesión de seguirle y cooperar al acrecentamiento de la obra de Dios.

Sabido es que Domingo, una vez confirmada la Orden por el papa Honorio III, decidió dispersar sus frailes por el mundo, haciéndoles salir del monasterio de Prulla, verdadera cuna de la Orden, para que establecieran en diversos países nuevas casas que sirvieran de centros irradiadores de la verdad evangélica.

La dispersión tuvo lugar el día de la Asunción de Nuestra Señora, de 1217, fecha que ha pasado a las crónicas de la Orden con el calificativo de Pentecostés dominicano. La despedida del fundador fue tierna y patética. Se apartaban de él quienes primero se le habían unido y a su lado habían rezado y predicado, y entre ellos se encontraba el hermano, Manés, que formaba parte del grupo que salió con dirección a París, para, como atestigua Juan de Navarra, "estudiar, predicar y fundar un convento" en la capital de Francia.

Es curioso que, a la par que estos religiosos, salieran otros para España y que Manés figurase, no obstante, entre los primeros. No parece arriesgado presumir que Santo Domingo lo decidiera así por parecerle más difícil la lucha evangélica en Francia que en España, dando con ello una prueba de la confianza que tenía en su hermano. No era, por otra parte, Manés el único español que figuraba en el grupo, sino que había otros dos más entre los siete que lo componían. La labor que todos ellos llevaron a cabo fue magnífica. A su llegada a París se acomodaron en una vivienda modesta, frente al palacio del obispo; pero poco más tarde les concedieron una casa de mayor amplitud, donde fundaron el convento de Santiago, que no tardó en convertirse en uno de los de más nombradía de la Orden, tanto por aquel tiempo como en los posteriores.

Pero aún había de conferir Domingo a su hermano otra misión, si no de tanta trascendencia, quizá más delicada y difícil, y a la que el santo fundador concedía importancia singular.

Iniciadas las Comunidades de dominicas, Santo Domingo tuvo decidido interés en destinar a cada una de ellas algún vicario de la propia Orden que las gobernase, dirigiese y santificase. "Proveyólas principalmente —dice a este respecto el grave historiador Hernando del Castillo— de maestros y padres espirituales que las enseñasen, guardasen, amparasen, alumbrasen, consolasen y desengañasen en los muchos y varios casos y cosas a que en la prosecución de tan santa y nueva vida se les habían de ofrecer. Y, después de pintar cuáles son las virtudes que deben hacer de las comunidades religiosas, "congregaciones de ángeles", añade: "Para tales las criaba Santo Domingo, y por eso fue su primer cuidado dejar en su guarda y compañía a quien pudiese ser maestro y padre de la perfección que buscaron dejando el mundo y de la que prometieron buscando a Dios".

Si éstos eran el pensamiento y los deseos de Santo Domingo, puede suponerse con cuánto cuidado elegiría a aquellos de sus monjes que habían de encargarse de la función de vicarios en las Comunidades religiosas dominicas. Para esto también resultaban insuperables las dotes de Manés, virtuoso, prudente, reflexivo y fiel cumplidor de las reglas de la Orden y de las advertencias de su fundador.

Por eso, sin duda, cuando en Madrid se estableció la primera Comunidad de dominicas en el monasterio que más adelante se conoció con el nombre de Santo Domingo que gozó de la protección del rey San Fernando, designo para vicario de la misma a su hermano Manés, que con este motivo se reintegró a la madre patria para continuar en ella su vida religiosa.

Manés cumplió su misión a plena satisfacción de Santo Domingo, que, desde Roma, dirigió a la superiora de la Comunidad de Madrid una carta, en la que desborda el cariño que experimentaba por su hermano y la alta estima que las dotes y virtudes de éste le merecían. Dice así aquella tierna misiva:

"Fray Domingo, maestro de los frailes Predicadores, a nuestra muy amada priora y hermanas del monasterio de Madrid, salud y acrecentamiento de virtudes.

Mucho nos alegramos y damos gracias a Dios por haberos favorecido en esa santa vocación y haberos librado de la corrupción del mundo. Combatid, hijas, el antiguo enemigo del género humano, dedicándoos al ayuno, pues nadie será coronado si no pelease. Guardad silencio en los lugares claustrales, esto es, en el refectorio, dormitorio y oratorio, y en todo observad la regla. Ninguna salga del convento, y nadie entre, no siendo el obispo y los superiores que viniesen a predicar y hacer visita canónica. Aficionaos a vigilias y disciplinas; obedeced a la priora; no perdáis tiempo en inútiles pláticas. Como no podemos procuraros socorros temporales, tampoco os obligamos a hospedar religiosos ni otras personas, reservando esta facultad a la priora con su consejo. Nuestro carísimo hermano fray Manés, que no ha omitido sacrificio alguno para conduciros a tan santo estado, adoptará cuantas disposiciones le parezcan convenientes para que llevéis santa y religiosa vida. Le autorizamos para visitar y corregir a la Comunidad y, si fuese preciso, para sustituir a la priora, con el parecer de la mayoría de vosotras, y para dispensar en algunas cosas, según su discreción. Os saludo en Cristo".

Después de la muerte de Santo Domingo, ocurrida en el convento de San Nicolás, en Bolonia, el 6 de agosto de 1221, apenas se vuelven a tener noticias del Beato Manés. Consta, sin embargo, que siguió su vida religiosa en España y que guardó siempre un inextinguible cariño y una profunda veneración por aquel hermano que había sido su estrella y su guía y a cuyo amparo, y, por así decirlo, a sus inmediatas órdenes, estaba acostumbrado a actuar. Muchos de sus esfuerzos debieron dirigirse a procurar que los fieles le tributaran culto y a que su memoria perdurara en el discurrir de los tiempos.

A este respecto refiere Rodrigo de Cerrato, contemporáneo del Santo, que, "cuando en España se supo que era canonizado el bienaventurado Domingo, su hermano fray Manés vino a Caleruega, y, predicando al pueblo, los excitó a que en el lugar donde el Santo había nacido edificaran una iglesia, y añadió: "Haced ahora una iglesia pequeñita, que será ensanchada cuando a mi hermano le placiere".

Efectivamente, se construyó la iglesia y, según el mismo historiador, "lo que el varón venerable predijo con espíritu de profecía de que aquella pequeñita iglesia sería agrandada lo vemos en nuestros días cumplido, pues Don Alfonso, rey ilustrísimo de Castilla y de León, hizo que allí se edificase un monasterio con toda magnificencia, donde sirven al Señor Dios religiosas de nuestra Orden".

Manés continuó su vida humilde de oración, predicación y estudio, hasta el año 1234, en que, hallándose de nuevo en Caleruega, Dios le llamó a compartir en el cielo la gloria del hermano a quien tanto había amado y ayudado en la tierra, y fue enterrado en el panteón de su familia, en el monasterio de San Pedro, del cercano pueblo de Gumiel de Izán.

El dominico Bernardo Guidón lo confirma así: "Descansa en un monasterio de los monjes blancos en España, donde es esclarecido con milagros. Es reputado santo y conservado en una sepultura cerca del altar. Así lo refirió un religioso español, socio del prior provincial de España, que asistió al Capítulo general celebrado en Tolosa el año 1304, y había visitado dicho sepulcro".

Cuando principiaron a darle culto trasladaron sus reliquias del panteón de su familia al altar mayor, y allí estaban expuestas a la veneración pública, juntamente con otras muchas de otros santos, traídas de Colonia. El padre fray Baltasar Quintana, prior del convento de Aranda de Duero, enviado por el padre provincial a Gumiel para examinar lo referente al sepulcro de los Guzmanes, dice en carta escrita el año de 1694, al padre maestro fray Serafín Tomás Miguel, autor de una vida de nuestro padre Santo Domingo, que "la venerable cabeza de San Manés y otras reliquias suyas se hallaban en el altar mayor y tenían esta inscripción: Sancti Mamerti Ordinis Praedicatorum, Fratris Sancti Dominici de Caleruega in Hispania".

Después las benditas reliquias pasaron por varias vicisitudes y, a excepción de un pedazo del cráneo que conservaron las dominicas de Caleruega, se desconoce lo ocurrido con el resto, si bien es muy probable que desapareciera cuando los desórdenes y quemas de conventos de los años 1834 y 35 en Barcelona, adonde, según todas las apariencias, las había llevado el por entonces procurador general de la Orden, padre fray Vicente Sopeña.

Como quiera que fuese, el culto a San Manés se difundió mucho después de su muerte. Canonizada su madre por el papa León XII, a ruegos del rey de España Don Fernando VII y de los magnates de la nación, estos mismos grandes señores elevaron a Roma sus solicitudes para que el segundo hijo de Santa Juana de Aza recibiera también los honores del culto y, efectivamente, Manés fue proclamado Beato por el papa Gregorio XVI, sucesor de León XII.

viernes, 17 de agosto de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo del hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén.
Di: “Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día en que naciste.
Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo.
Te hice crecer como un brote de campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio.
Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda.
Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento, hice alianza contigo - oráculo del Señor Dios - y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre, que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda.
Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza.
Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina.
Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti - oráculo del Señor -. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba.
Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste - oráculo del Señor -».


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió:
«¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Ellos insistieron:
«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla? ». Él les contestó:
«Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer - no hablo de unión ilegítima - y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».

Palabra del Señor.

San Jacinto de Cracovia

En 1220, Domingo de Guzmán es el hombre más popular de Roma. Predica, aconseja, comenta las epístolas de San Pablo, resucita muertos y envía órdenes a sus conventos lejanos. De todas partes se le juntan compañeros, y las grandes familias feudales empiezan a temer por sus hijos. Su voz arrastra, su mirada hipnotiza. Este es el momento en que Ives Odrowantz, obispo de Cracovia, se presenta en el Vaticano a pedir la confirmación pontificia. Allí se encuentra con el fundador español. También él se siente subyugado por aquel hombre extraordinario. Conmuévele su virtud, admira su obra y quiere llevarse a su tierra algunos de sus discípulos. Pero si las vocaciones son muchas, no bastan aún para llenar las nuevas fundaciones. En cinco años, Domingo ha levantado cuarenta conventos. No tiene frailes para enviar a Polonia.

Ahora bien: en compañía del obispo habían llegado dos sobrinos suyos, canónigos de su iglesia, Jacinto y Ceslao de Konski. Nacidos en un castillo de Silesia, pertenecían a una familia nobilísima, y estaban destinados a ocupar las más altas dignidades del reino. Ceslao era un hombre de carácter dulce, de inclinaciones hacia la vida solitaria y contemplativa. Jacinto, en cambio, tenía la naturaleza enérgica y ardiente de los magnates que por aquellos días se inmortalizaban resistiendo la avalancha de los tártaros. Su primer biógrafo no se olvida de presentar las piedras preciosas o la flor de un rojo purpúreo que llevaban su mismo nombre, como un símbolo del alma de fuego que ardía en el futuro apóstol de Polonia.

La presencia del maestro Domingo entusiasmó de tal modo a los dos hermanos, que no tardó en decidirles a ingresar en la nueva Orden. Jacinto y Ceslao recibieron el hábito blanco de los Hermanos Predicadores, y con tal ardor se entregaron a la dirección del fundador, que a los tres meses, iniciados ya en la disciplina y en el espíritu de la Orden, hacían la profesión entre las manos mismas del fundador. Los meses contaban por años en aquellos primeros días de entusiasmo organizador. Después Domingo abrazó a sus nuevos discípulos, les dio la bendición y les envió a su tierra. Estaba más contento que nunca. Cerca de aquella tierra estaban los montes Cárpatos, y entre los Cárpatos debían de vivir aquellos cumanos misteriosos cuya evangelización le inquietaba desde su juventud. Su gran sueño, el espejismo que perseguía desde hacía tantos años, y que siempre se alejaba en el horizonte, se realizaría al fin por obra de aquellos discípulos, en cuyos ojos adivinaba el anhelo fulgurante de las grandes impaciencias misioneras.

Ya en su tierra, Jacinto se reveló como un misionero infatigable. Luchaba contra la corrupción, contra la ignorancia y contra la idolatría. Recorría las provincias, dejando a su paso llamaradas de fe y de fervor religioso, reuniendo discípulos y fundando conventos. Sólo una idea le guiaba: ganar almas a Cristo. Austero como su maestro, despreciaba el sueño y la comida. Dormía donde le cogía la noche, con frecuencia a la intemperie y sobre los hielos septentrionales. Su alma era un volcán. Las horas se le pasaban en oración extática, Iluminada muchas veces con maravillosas apariciones. Su luz en los caminos era la Virgen María. Mientras su hermano se dirigía al reino de Bohemia, él se internaba en las regiones heladas del Báltico, se dirigía hacia los confines de Pomerania y evangelizaba las riberas del Oder. Las encinas sagradas caían a su paso; los idólatras destruían sus ídolos y temblaban ante su gesto de taumaturgo. En la península de Gedán, desierta entonces, pidió un lugar para construir un convento. La posición era peligrosa e insana; pero él empezó a construir entre las bulas de todos. Algo más tarde se levantaba allí la gran ciudad de Dantzig.

Inquieto como una llama, Jacinto camina sin cesar; camina siempre a pie, entre bosques y pantanos, cruzando ríos inmensos y llanuras cubiertas de nieve. Va del Oder al Dniéper, del Dniéper al Vístula, del mundo eslavo al mundo escandinavo. Aparece en Suecia y Noruega, y surge de improviso en el corazón de las estepas moscovitas. Cuando él era niño, en los castillos polacos se repetia con terror el nombre de un caudillo famoso, Gengis-Khan, el señor del Asia. La ambición del gran conquistador tártaro parece haber pasado al hijo de los condes de Konski. Pero él busca conquistas más altas y más puras. Él representa al Occidente europeo y católico. Se ha dado cuenta de que en el momento en que él vive no hay más que dos fuerzas en el mundo: Tartaria y Catolicidad, y, con esfuerzos de gigante, lucha para alejar el peligro asiático. Los gengiskhánidas siguen buscando la llave de Europa, pero frente a ellos se yergue este dominico belicoso. Al oriente de Polonia, un príncipe inteligente, Daniel Romanowicz, se esfuerza por restaurar el imperio de Wladimiro el Grande, despedazado por la invasión. Jacinto acude a su lado, logra inclinarle hacia la Iglesia romana y le presenta la corona real en nombre de Inocencio IV. Sigue avanzando por el interior de Rusia, y, con sus, exhortaciones, el gran duque de Moscovia, Yaroslaw, se adhiere a la unidad católica. Desciende luego hacia el Sur, llega hasta el mar Negro, predica en el archipiélago de Grecia, remonta después el curso del Danubio, vuelve a su tierra, y allí su cuerpo se rinde a la fatiga y a la muerte cuando su espíritu suena aún en más lejanas empresas. Muere triste al ver que parte de sus sueños se desmoronan. Se fió de los príncipes rusos y rutenos, sin acordarse de que habían aprendido en la escuela de Bizancio a quebrantar la fe jurada. Kiew, Haliez y Moscú vuelven la espalda a la catolicidad para girar en la órbita asiática. Romanowicz rechaza con arrogancia a los enviados de Alejandro IV, y Neuski, sucesor de Yaroslaw, prefiere rendir vasallaje al Gran Mogol antes que humillarse al poder espiritual de Roma.

jueves, 16 de agosto de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son un pueblo rebelde.
Así pues, tú, hijo del hombre, prepara tu equipaje para el destierro, y emigra en pleno día, a la vista de todos; a la vista de todos emigra a otro sitio. Tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.
Sacarás tu equipaje de deportado en pleno día, a la vista de todos; partirás al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro.
A la vista de todos abre una brecha en el muro y saca por allí tu equipaje.
Cárgalo al hombro a la vista de todos, sácalo en la oscuridad. Cúbrete la cara para no ver la tierra, porque hago de ti un signo para la casa de Israel».
Yo hice todo lo que me había ordenado. Saqué mi equipaje como quien va al destierro, en pleno día; al atardecer abrí una brecha en el muro con las manos, lo saqué en la oscuridad y me lo cargué al hombro, a la vista de todos.
A la mañana siguiente me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías?
Pues respóndeles:
“Esto dice el Señor Dios: Este oráculo toca al príncipe en Jerusalén y a toda la casa de Israel que vive allí.
“Di: “Yo soy un signo para vosotros: como yo he hecho, así harán con ellos. Serán deportados irán al destierro.
El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el equipaje, en la oscuridad saldrá, por una brecha que abrirán en el muro para sacarlo, se cubrirá la cara para no ver su tierra con sus propios ojos”».


En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.”
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.”
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.”
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.