viernes, 24 de noviembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Judas y sus hermanos propusieron:
«Nuestros enemigos están vencidos; subamos, pues, a purificar el santuario y a restaurarlo». Se reunió toda el ejército y subieron al monte Sion.
El año ciento cuarenta y ocho, el día veinticinco del mes noveno (es decir, casleu), todos madrugaron para ofrecer un sacrificio, según la ley, en el nuevo altar de los holocaustos que habían reconstruido.
Precisamente en el aniversario del día en que lo habían profanado los gentiles, lo volvieron a consagrar, cantando himnos y tocando cítaras, laúdes y timbales. Todo el pueblo se postró en tierra adorando y alabando al Cielo, que les había dado el triunfo. Durante ocho días celebraron la consagración, ofreciendo con alegría holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza. Decoraron la fachada del santuario con coronas de oro y escudos. Restauraron también el portal y las dependencias, poniéndoles puertas. El pueblo celebró una gran fiesta, que invalidó la profanación de los gentiles.
Judas, con sus hermanos y toda la asamblea de Israel, determinó que se conmemorara anualmente la nueva consagración del altar con solemnes festejos, durante ocho días a partir del veinticinco del mes de casleu.

En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles:
«Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”». Todos los días enseñaba en el templo.
Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían que hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

Palabra del Señor.

Santas Flora y María

Arreciaba en Córdoba la persecución musulmana. Los cristianos llenaban las cárceles, y uno de los primeros que habían entrado en ellas era el ilustre doctor Eulogio, que consolaba y alentaba a los demás. Entre las tinieblas del calabozo se encontró Eulogio con una joven medio sevillana, medio cordobesa, cuya imagen había quedado profundamente grabada en su alma desde que la vio por vez primera unos años antes. Se llamaba Flora, y era—nos dice él mismo—una virgen en quien habían florecido todos los encantos de la gracia y todas las gracias de la naturaleza. A la hermosura juntaba una extremada discreción, una voluntad decidida y una riqueza de ingenio muy andaluza. Pero tenía, sobre todo, una bellísima historia, capaz de emocionar al cantor de los mártires.

Su madre era una rica matrona de las montañas de Córdoba; su padre, un árabe influyente de Sevilla, que había fijado su residencia en la capital. Hija de un matrimonio mixto, estaba obligada por la ley a seguir la secta de Mahoma; pero, habiendo perdido a su padre en la más tierna edad, su madre la educó en la religión cristiana, desarrollando en ella un vivo amor a las prácticas ascéticas del cristianismo. Cuando sólo tenía doce años repartía todos los viernes a los pobres la comida que le daban. Pero el hermano mayor, musulmán fanático, espiaba todos sus pasos; y así Flora rara vez podía ir al templo de los cristianos, y con frecuencia se veía obligada a tomar parte en los ritos de las mezquitas. Su carácter, sin embargo, no era para andar mucho tiempo con actitudes simuladas. Su conducta le pareció insostenible desde un día en que leyó estas palabras evangélicas: «Al que me confesare delante de los hombres, Yo le confesaré delante de mi Padre, que está en los Cielos; mas al que me negare delante de los hombres. Yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los Cielos.»

Ya no titubeó. Un día, burlando toda vigilancia, sin decir siquiera una palabra a su madre, desapareció de casa, arrastrando consigo a su hermana Baldegotona. Su hermano dióse a buscarlas por todos los conventos de Córdoba, pero inútilmente. En vano hizo prender a los clérigos de quienes sospechaba que habían estado en relaciones con la desaparecida, porque les había visto entrar en su casa para llevarle diariamente la comunión; nada pudo conseguir con sus pesquisas, hasta que la magnánima doncella, viendo que otros sufrían por causa de ella, salió de su escondrijo, y presentándose en esa, dijo a su hermano: «Ya sé con qué afán me buscas y cuánto te preocupas por mí; pues bien: aquí me tienes. Vengo armada de la señal de la cruz. Ahora arráncame esta fe, sepárame de Cristo, si puedes; creo que será difícil, porque estoy dispuesta a sufrir por Él todos los suplicios. Esto es hablar reciamente, ¿verdad? Pues bien: en medio del martirio estaré más firme todavía.»

El mahometano llevó a su hermana a la presencia del cadí. Lo era entonces Moad ben Otmán el Xabaní, hombre bastante discreto y de carácter suave, dispuesto a pensar lo mejor de los reos que llegaban a su presencia. Pudo hacer degollar a la joven, pero se contentó con un escarmiento: dos hombres sujetaron sus brazos, y otro le desgarró la nuca a latigazos. Cuando la víctima estaba ya sin sentido, dijo el juez a su hermano:

—Ahora, cúrala e instruyela en nuestra religión, y si no adelantas nada, tráemela de nuevo.

El musulmán la recogió, y llevándola a su casa, hízola cuidar y adoctrinar por las mujeres de su harén. A los pocos días Flora empezó a meditar la fuga. Vio que la vigilaban con cuidado; pero una noche, a favor de las tinieblas, subió a una habitación que daba sobre el patio; desde allí escaló rápidamente la pared, y, dando un salto temerario, llegó hasta el suelo felizmente. Caminó después durante algún tiempo, sin saber a dónde iba, hasta que su buena ventura la llevó a casa de un cristiano conocido. Allí vio a Eulogio por primera vez. El sacerdote sintió una fuerte sacudida ante aquella joven extraordinaria. Su belleza bravía, la seducción de su palabra animada y ardiente, la resolución de su espíritu, el entusiasmo de su fervor religioso, todo ejerció un poder casi magnético sobre la imaginación de Eulogio. Desde entonces una luz bella penetra su vida; es una luz perfectamente humana, aunque divinizada por su virtud y por aquella costumbre, que tanto le había costado, de dominarse y reprimirse. La imagen de Flora se clavará en su corazón como la de una mujer ideal, la heroína del cristianismo, el tipo de la mujer fuerte y discreta que había visto pintada en la Biblia. Concibió por ella una amistad espiritualizada, en que la admiración y el respeto se mezclaban al amor; un amor puro e intelectual, como debe sentirse en la mansión de los bienaventurados. Diez años después recordaba todavía con emoción esta primera entrevista como uno de los acontecimientos más venturosos de su vida. El recuerdo se había hecho más vivo, el amor, más sobrenatural y un martirio glorioso había venido no a romper, sino a coronar aquel anhelo amistoso de una más alta categoría que había germinado en el corazón de un santo: «Y yo, pecador—dirá, pensando en este día—; yo, rico sólo de iniquidades, que gocé su amistad desde el principio de su martirio, tuve la dicha de tocar, juntando mis manos, las cicatrices de aquella cabeza santísima y delicadísima, despojada de la cabellera virginal por la fuerza de los azotes.»

Después, mientras Eulogio seguía trabajando por su ideal espafiolista y cristiano, Flora sale de la capital y va a esconderse en Osera, un pueblo de la diócesis aceituna (Martos). Tal vez la había perdido de vista, mas he aquí que ahora, estando en la prisión, oye pronunciar su nombre, y se estremece. Primero sólo pudo recoger noticias incompletas; mas pronto le dijeron toda la verdad. Era una verdad hermosa, que inundó de alegría su alma.

Vivía en las montañas de Córdoba una familia piadosa que había dado ya un mártir a la fe, Walabonso. Walabonso tenía una hermana que no podía consolarse de su muerte. Era monja en el monasterio de Cuteclara, a unas leguas de Córdoba, y se llamaba María. Una profunda tristeza la devoraba, hasta que, un día, otra religiosa le contó que el mártir se le había aparecido y le había dicho estas palabras: «Di a mi hermana que cese de llorar por mí, y que pronto estará conmigo en el Cielo.» Desde entonces las lágrimas se trocaron en impaciente anhelo de morir por Cristo; y un día, dejando su convento, dirigióse a Córdoba para presentarse al cadí. De camino encontró la iglesia de San Acisclo, y en ella entró para encomendar a Dios su empresa. Arrodillóse al lado de otra joven, que parecía como arrebatada en el éxtasis de la contemplación, y en la cual creyó reconocer a Flora, la generosa virgen que había conmovido con su valor, cinco años antes, a los cristianos cordobeses. Era Flora, efectivamente. En la soledad de su retiro, había oído a Cristo, que le decía: «Otra vez vengo a ser crucificado»; y alentada por esta voz, acababa de llegar a Córdoba y se preparaba con la oración a morir. Fuera de sí María con aquel feliz encuentro, llevó a un lado a su compañera, la hizo conocer su resolución, y las dos jóvenes juraron, abrazándose, no separarse ni en la vida ni en la muerte. María se abrasaba en deseos de reunirse con su hermano; Flora pensaba en el abrazo eterno de Cristo, su esposo. Llenas de entusiasmo, salen de la iglesia, se presentan al juez, se declaran cristianas, y llaman a Mahoma malhechor, adúltero, mago y seudoprofeta.

El juez—lo era ahora Said ben Soleimán—quedó escandalizado al oír tales blasfemias, y en el acceso de su rabia no se le ocurrió más que prorrumpir en gritos descompasados, en gruesas injurias y en horribles amenazas, que las jóvenes oían con la mayor tranquilidad. Desahogada la cólera, mandó prender a las vírgenes y ponerlas en la cárcel juntamente con las mujeres de mala vida.

Esto es lo que supo Eulogio en el mes de octubre de 851. Su corazón se llenó de una alegría exaltada que le hizo olvidar las molestias de la reclusión. Pero, bien pronto, otras noticias vinieron a llenarle de angustia: «Flora—le dijeron—está a punto de abjurar la fe. Los emisarios de Recafredo, el obispo, los del cadí y los de su hermano, no la dejan un instante tranquila. Es difícil que pueda resistir este asedio constante. Otro tanto le sucede a su compañera.»

No era precisamente una abjuración de la fe lo que se las pedía; bastaba que se retractasen de las palabras que habían dicho contra Mahoma; y esto empezó a hacerlas vacilar. Vino después la amenaza de que las sacarían al mercado y las venderían como esclavas, y entonces su terror ya no tuvo límites. Antes oraban, ayunaban, meditaban, cantaban himnos de alegría; ahora no cesaban de llorar. De este desmayo vino a sacarlas un largo escrito en que se hacía la alabanza del martirio y se les aseguraba que la prostitución y la deshonra eran compatibles con la integridad del alma. La voz de Eulogio llegaba hasta ellas. Rápidamente, con la decisión heroica de quien se lanza al peligro para salvar a la persona amada, el ilustre doctor les enviaba desde el calabozo un bello y emocionante tratado, al cual había puesto por título «Documento martirial». Su elocuencia íntima y familiar tuvo el éxito más completo. Las dos jóvenes mostraron, después de leerle, una firmeza y un entusiasmo de que el mismo Eulogio estaba maravillado. El 13 de noviembre Flora compareció por última vez en la curia.

—¿Cuál es tu última resolución?—preguntó el cadí.

—La misma de siempre—respondió ella—. Y si os empeñáis, vais a oír cosas más desagradables que otras veces.

Cuando volvió a la cárcel, Eulogio logró tener una entrevista con ella. Tal vez era un favor que no se podía negar a la que pronto subiría al cadalso. «Creía—nos dice el iluminado sacerdote—ver un ángel. Una claridad celestial la rodeaba; su rostro resplandecía de gozo; parecía gustar ya las alegrías de la celeste patria. Con la sonrisa en los labios, me dijo lo que el cadí le había preguntado y lo que ella respondió. Cuando hube escuchado este relato de aquella boca tan dulce como la miel, procuré confirmarla en su resolución, mostrándole la corona que la esperaba. Yo la adoré, me prosterné delante de su figura angelical, me encomendó a sus oraciones, y, reanimado por sus palabras, volví menos triste a mi oscura prisión.»

Las dos vírgenes subieron al patíbulo el 20 de noviembre. San Félix de Valois les cede galantemente su puesto en este libro, para ir él a juntarse con su amigo y colaborador San Juan de Mala.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, los funcionarios reales, encargados de imponer la apostasía, llegaron a Modin, para que la gente ofreciese sacrificios, y muchos israelitas acudieron a ellos.
Matatías y sus hijos se reunieron aparte. Los funcionarios del rey tomaron la palabra y dijeron a Matatías:
«Tú eres un personaje ilustre, un hombre importante en esta ciudad, y estás respaldado por tus hijos y parientes. Adelántate el primero, haz lo que manda el rey, como lo han hecho todas las naciones, y los mismos judíos, y los que han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibiréis el título de Amigos del rey; os premiarán con oro y plata y muchos regalos». Pero Matatias respondió en voz alta:
«Aunque todos los súbditos del rey le obedezcan apostatando de la religión de sus padres, y aunque prefieran cumplir sus órdenes, yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la Alianza de nuestros padres. ¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión ni a derecha ni a izquierda». Nada más decirlo, un judío se adelantó a la vista de todos, dispuesto a sacrificar sobre el ara de Modin, como lo mandaba el rey.
Al verlo, Matatias se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y, acto seguido, mató al funcionario real que obligaba a sacrificar y derribó el ara. Lleno de celo por la ley, hizo lo que Pinjás a Zimrí, hijo de Salu. Luego empezó a decir a voz en grito por la ciudad:
«Todo el que sienta celo por la ley y quiera mantener la Alianza, que me siga!». Y se echó al monte, con sus hijos, dejando en la ciudad todo cuanto tenía.
Por entonces, muchos decidieron bajar al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir santamente de acuerdo con el derecho y la justicia.

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía:
«¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.
Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

Palabra del Señor.

Santa Felicidad y sus siete hijos

En tiempo del emperador Antonino se produjo una agitación entre los Pontífices, y Felicidad, mujer ilustre, fue martirizada con sus siete hijos. Después de enviudar, había consagrado a Dios su castidad. No cesaba de orar noche y día, y era un objeto de admiración y edificación para las almas puras. Viendo que, gracias a ella, iba en aumento la gloria del nombre cristiano, se dirigieron al emperador Antonino Augusto y le dijeron: «Esta viuda y sus hijos ultrajan a los dioses; si no nos esforzamos en obligarla a sacrificar, sepa vuestra piedad que nuestros dioses se irritarán de tal manera, que no podremos aplacarlos.»

Así empiezan las actas que nos cuentan uno de los más célebres episodios de las persecuciones. El emperador Antonino, de quien nos hablan, es Marco Aurelio Antonino, el emperador filósofo. Hombre honrado, corazón bondadoso hasta la debilidad, tierno hasta la candidez, sin arrogancia, sin odio, sin énfasis, de una exquisita sensibilidad, de una elevación admirable, el buen Marco Aurelio empezó derramando sangre de cristianos. Fue supersticioso hasta el punto que no le bastaban los dioses del Imperio; fue acogedor con todos los ritos, devoto de todos los misterios, amigo de todos los charlatanes. Su desprecio lo guardaba únicamente para la religión de los cristianos. Y he aquí que el colegio de los augures y de los flámines de Roma llega ante él diciéndole que los ídolos están irritados; que ni Júpiter, ni Venus, ni Hermes, ni Juno, ni Marte podrán salir en defensa del Imperio mientras una de las más ilustres matronas de la ciudad no se incline delante de ellos presentando la copa de las libaciones.

Estas palabras fueron como una iluminación en el palacio imperial. Por vez primera se presentaba lleno de sombras el horizonte de Roma. Antonino Pío acababa de desaparecer, hablando, en el delirio de la agonía, de los reyes que amenazaban las fronteras. El espectro de la invasión aparece por todas partes: los moros entran en la península ibérica; los pictos se agitan en Bretaña, los santos pasan el Danubio; los partos avanzan en Armenia; un gobernador romano es vencido; otro se mata de desesperación; el Tíber se desborda, y el hambre aflige a la Ciudad Eterna. Y el pueblo piensa: los dioses nos han abandonado; hay que desarmar su cólera; hay que buscar víctimas para sus altares. Estas víctimas eran siempre las mismas. Tertuliano dirá unos años más tarde: «Los cristianos son la causa de todos los desastres, de todas las calamidades públicas; si el Tíber inunda a Roma, si el Nilo no inunda los campos egipcios, si tiembla la tierra, si se cierra el cielo, si estalla la guerra, si viene el hambre, si se declara la peste, siempre se levanta el mismo grito: «Mueran los cristianos; los cristianos, a los leones.»

La víctima ahora es la ilustre dama romana, que se distinguía en el seno de la comunidad de los cristianos por su fervorosa piedad. Incapaz de oponerse al clamor de las turbas, crédulo y supersticioso como un vulgar legionario, Marco Aurelio mandó al prefecto que examinase el asunto de Felicidad y de sus hijos. El prefecto era Publio Salvio Juliano, célebre jurisconsulto que redactó el Edicto perpetuo y estaba al frente de una de las escuelas jurídicas de Roma. Publio, continúan las actas, quiso primero ver a Felicidad en su propia casa. La recibió muy amablemente, y puso en juego todos los medios de seducción para hacerla sacrificar. Pero viendo que nada conseguía con dulces palabras, le puso ante los ojos la perspectiva de los suplicios. «Ni tus caricias, ni tus amenazas—respondió ella—podrán hacerme vacilar. Dentro de mí tengo al Espíritu Santo, que no me dejará vencer por el diablo.» «Desgraciada—replicó el prefecto—, si para ti es dulce morir, deja vivir a tus hijos.» «Mis hijos—repuso valientemente la dama—vivirán si no sacrifican a los ídolos; pero si cometen este crimen, irán a la muerte eterna.»

Al día siguiente, Publio tuvo audiencia en el Foro de Marte, y ordenó que le presentasen a los siete muchachos y a su madre. Esta vez el interrogatorio era oficial. Publio empezó diciendo a la intrépida cristiana:

—Ten piedad de tus hijos, que son buenos muchachos y están todavía en la flor de la adolescencia.

—Tu piedad—contestó la matrona—es impía; tu exhortación es cruel.

Y volviéndose hacia sus hijos, añadió:

—Levantad al Cielo los ojos, hijos míos, y mirad a la altura en que Cristo os aguarda con sus santos. Combatid por vuestras almas y mostraos fieles en el amor de Cristo.

Al oír estas palabras, Publio ordenó que la abofeteasen, y dijo:

—Te has atrevido a aconsejar en mi presencia el desprecio a las órdenes de nuestros señores.

En ciertos momentos, las actas hablan de varios emperadores, y es que Marco Aurelio tenía como colega en el Imperio al libertino Lucio Vero, que en el momento de este interrogatorio luchaba en la frontera oriental contra los partos.

Después, el prefecto mandó comparecer, uno tras otro, a los siete hijos de la santa. Al primero, Jenaro, le prometió riquezas y honores, y al mismo tiempo le amenazó con las varas si rehusaba sacrificar. Jenaro respondió:

—Tus consejos son insensatos; la sabiduría de Dios me sostiene, y ella me hará vencer tus tormentos.

El juez mandó que le azotasen y le volviesen a la prisión. El segundo, que se llamaba Félix, contestó a la orden de sacrificar:

—Nosotros adoramos a un solo Dios, y le rendimos el culto de una devoción piadosa. No creas que podrás alejarme del amor de mi Señor Jesucristo, ni a mí ni a ninguno de mis hermanos. Nuestra fe no puede ser vencida ni alterada.

A continuación, los lictores trajeron al tercero de los hijos, que se llamaba Felipe. El prefecto habló, y dijo:

—Nuestro señor, el emperador Antonino, ha ordenado que sacrifiquéis a los dioses omnipotentes. A lo cual contestó el muchacho:

—Ni son dioses ni son omnipotentes; sino vanos simulacros, que sólo pueden traer la muerte a los que los adoran.

Con la misma energía respondieron Silvano, Vital, Alejandro y Marcial, como se llamaban los demás hijos de la ilustre heroína. Alejandro, que era acaso el más joven, despertó más que ninguno de sus hermanos la compasión del juez. Se le prometieron dignidades y bienandanzas; se hizo brillar delante de sus ojos el título de augustal, de amigo del cesar; pero él contestó generosamente:

—Soy servidor de Cristo; le confieso con la boca y a Él estoy unido con el corazón. Esta edad tan tierna, que te conmueve, tiene la prudencia de la vejez y adora a un solo Dios.

Publio mandó encerrar en la prisión a Felicidad y a sus hijos, y envió al emperador el proceso verbal de lo que había hecho. Marco Aurelio encomendó a diversos jueces la ejecución de la sentencia. La madre fue decapitada; uno de sus hijos apaleado hasta morir, otro arrojado en un precipicio, y los restantes degollados.

Los descubrimientos arqueológicos del pasado siglo han venido a confirmar el relato de las actas, a disipar las dudas y a deshacer las suspicacias. Voltaire había dicho con su ligereza de siempre: «Santa Felicidad y sus siete hijos —siempre se necesitan siete—es interrogada con ellos, juzgada y condenada por el prefecto de Roma en el Campo de Marte, donde no se juzgaba a nadie. El prefecto juzgaba en el pretorio, pero no se miraban las cosas tan de cerca.» Voltaire confundía el Campo de Marte con el Foro de Marte, y además ignoraba que el Foro de Marte había sido construido por Augusto precisamente para administrar justicia, según cuenta Suetonio. Mas he aquí el testimonio lejano de las catacumbas, la ancha placa de mármol que en sus bellos caracteres filocalianos nos habla del bienaventurado mártir Jenaro; la inscripción que nos recuerda el lugar donde fue enterrada Felicidad, los nombres de Marcial, Vital y Alejandro entre estucos del siglo II, entre adornos de flores, de espigas y racimos, entre representaciones de escenas campestres y personajes bíblicos, y en otra parte, encuadrada por dos árboles, iluminada por la imagen flotante de Cristo, la figura de aquella madre admirable, que extiende los brazos como si enseñase a rezar a los siete adolescentes, que se agrupan a su alrededor levantando en sus manos las coronas. Creemos escuchar las sentidas frases de San Pedro Crisólogo: «Mirad esta madre, a quien la vida de sus hijos devolvió la seguridad. Feliz aquella cuyos hijos serán en la gloria futura como un candelero de siete brazos. Feliz ella, porque el mundo no pudo arrebatarle ninguno de aquellos que le pertenecían. En medio de los cadáveres mutilados y sangrientos de aquellas prendas queridas, pasaba más alegre que antaño al lado de sus cunas, porque con los ojos de la fe veía una palma en cada herida, en cada suplicio una recompensa, sobre cada víctima una corona. ¿Qué más diré? No es una verdadera madre la que no sabe amar a sus hijos como ella amó a los suyos.»

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
En extremo admirable y digno de recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor. Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua patria:
«Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley». Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando.
Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por Amigo y le daría algún cargo. Pero como el muchacho no le hacía ningún el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.
Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma patrio:
«¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié durante tres años y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos». Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo:
«¿Qué esperáis? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. Pero tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios».

En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.
Dijo, pues:
«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.
Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:
“Negociad mientras vuelvo”.
Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo: “No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.
Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo:
“Señor, tu mina ha producido diez”. Él le dijo:
“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.
El segundo llegó y dijo:
“Tu mina, señor, ha rendido cinco”. A ese le dijo también:
“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.
El otro llegó y dijo:
“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, porque eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”. Él le dijo:
“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.
Entonces dijo a los presentes:
“Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez minas”.
Le dijeron:
“Señor, si ya tiene diez minas”.
“Os digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”». Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor.