domingo, 30 de abril de 2017

MAÑANA día 1 de MAYO se inicia el "MES de MARÍA"

Domingo, 30-04-2017 3º Domingo de PASCUA

Reflexión de hoy

Lecturas


El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a un cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mi, pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabia que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Queridos hermanos:
Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con salgo corruptible con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



El evangelio de hoy es una verdadera catequesis sobre la resurrección de Jesús.

Los dos discípulos, que van camino de Emaus, una aldea cercana a Jerusalén, de regreso a su casa, son un vivo retrato de las ilusiones rotas, de las esperanzas frustradas.

Creen en Jesús como salvador de Israel, aguardan la instauración de su Reino, pero su muerte en cruz quiebra sus proyectos humanos.

Ahora, presos de la desilusión y el desencanto, vuelven al aburrimiento y la vida anodina de sus antiguos quehaceres.

Todo se ha perdido para ellos.

¡Cuántas veces experimentamos esta misma tristeza y abatimiento!

Ellos esperan un Mesías triunfador, y se encuentran con un hombre aparentemente derrotado, humillado y fracasado.

Nosotros esperamos un trabajo bien remunerado y una estabilidad política, económica y social, y nos encontramos con paro, ahogados por las deudas y a merced de la caridad pública.

Pero por muy postrados que nos hallemos por los problemas que se nos acumulan, casi siempre tenemos a alguien que nos eche una mano para elevar nuestra moral, dentro o fuera de nuestra familia.

Si este recurso falla, contamos con Jesús, el amigo que nunca nos abandona.

Al igual que con los discípulos de Emaus, Jesús se hace el encontradizo con nosotros, nos invita a aceptarle y camina a nuestro lado para hablarnos al corazón y disipar nuestra tristeza.

Las fuerzas del mal nos invaden por doquier, las esperanzas se frustran, las ilusiones se apagan, y queda un poso de amargura de lo que pudo ser y nunca fue.

El mundo deja desengaños, ídolos rotos, promesas incumplidas, injusticias hirientes y un inmenso vacío de soledad en quienes ponen su ideal en los bienes materiales y en el éxito.

Escuchar las Sagradas Escrituras es como una bocanada de aire fresco en el apagado ánimo de los discípulos. Arde, de nuevo, la alegría en su corazón.

¿Cuántas veces, en momentos de depresión, las abrimos para serenar el espíritu y dejarnos empapar del bálsamo relajante del mensaje salvador de Dios?

Por desgracia, vivimos frecuentemente como si Él no existiese, ajemos a planteamientos espirituales, e inmersos en ideologías cambiantes o ídolos emergentes, que no terminan de colmar nuestros sueños.


Necesitamos dar sentido a nuestra existencia, valorar lo que nos ha sido dado, crear cauces de unión, compartir sentimientos y, sobre todo, la fe inquebrantable, con la alegría de amar y sentirnos amados, sin esperar recompensa.

Jesús se ofrece, como un peregrino más en nuestro itinerario de búsqueda, a través de personas que nos le dan a conocer, nos acompañan, iluminan nuestros pasos y nos hacen sentir su presencia vitalizadota.

La Eucaristía es la parte final del encuentro con Jesús, muerto y resucitado, que se convierte para nosotros en alimento que vivifica y en bebida que nos fortalece.

Quienes hemos tenido la suerte de experimentar la proximidad de Jesús, de escucharle, de sentarnos con él a la mesa y de hacer memoria de su infinito amor, nos sentimos empujados a proclamar su evangelio con entusiasmo, contando con su seguro apoyo:

“Yo estoy con vosotros cada día hasta el fin del mundo” 
(Mateo 28, 20).

Los dos discípulos no aguardan la llegada del día.

En cuanto desaparece la visión de Jesús, después de la fracción del pan, regresan a toda prisa a Jerusalén.

Les apremia compartir cuanto antes todo lo sucedido por el camino y en su casa a los apóstoles y discípulos, que se hallan reunidos en el Cenáculo.

Ahora también nos sentimos huérfanos y desamparados. Tenemos cosas, pero nos falta amor.

No le dejemos pasar de largo a Jesús, como si fuera un extraño o un gorrón, que viene a alterar el pulso de nuestra vida.

Invitémosle, porque con él entra la regeneración a nuestra casa, se superan las penas y renace la esperanza perdida.

Digámosle, como los discípulos: “Quédate con nosotros, porque atardece, el día va de caída” (Lucas 24, 29) y nos movemos a tientas e inseguros por caminos peligrosos.

Quédate con nosotros, Señor, porque nos sentimos acosados por los vientos laicistas y necesitamos tu protección.

Quédate con nosotros, Señor, porque nos sentimos solos y atemorizados por el ambiente hostil a la religión que nos rodea.

Quédate con nosotros, Señor, porque somos débiles y el poder seductor del mal nos arrastra por derroteros alejados de ti.

Quédate con nosotros, Señor, porque nuestra fe flaquea y nos sentimos confundidos por mensajes contradictorios, que apagan la esperanza y endurecen el corazón.

Quédate con nosotros, Señor, porque estamos enfermos y necesitamos la medicina curativa de tu Palabra y de tu Amor.

Quédate con nosotros, Señor, para que, con el calor de tu presencia, no se enfríe nuestro corazón.

Quédate con nosotros, Señor, porque te necesitamos para dar sentido a la enfermedad, el dolor y la muerte.

Quédate, Señor, para que, al compartir con nosotros el pan, te reconozcamos como nuestro Salvador y Señor.

Quédate, Señor, con nosotros, para que no vacilen nuestros pasos e inundes de gozo los senderos de nuestras vidas.

Quédate, Señor,  y confórtanos con tu Espíritu, para que llevemos el anuncio de tu muerte y la proclamación de tu resurrección hasta que vuelvas.


Santa María de la Encarnación Guyart


Gracias a la iniciativa del Papa Francisco, la Iglesia universal celebra este año por primera vez la fiesta de la “madre de la Iglesia canadiense”, que integró negocios y contemplación.

El 3 de abril de 2014, el Papa Francisco hizo un regalo a la Iglesia canadiense y a su población: inscribió en el catálogo de los santos a la hermana María de la Encarnación (1599-1672), fundadora del convento de las ursulinas en Quebec, y a Francisco de Laval (1623-1708), primer obispo canadiense y fundador del seminario de Quebec.

Estas canonizaciones, llamadas “equivalentes”, es decir, sin milagro y sin que tenga lugar una celebración formal, muestran que la vida de estos dos modelos de evangelizadores es una especie de milagro.

Si Francisco de Laval es considerado el padre de la Iglesia canadiense, María de la Encarnación es la madre. La vida y los escritos de esta gran mística siempre continúan atrayendo a la gente. Algunos se reúnen aquí y allá para profundizar en su mensaje.

Nacida como María Guyart, se convirtió en la señora Martín y después en la hermana María de la Encarnación. Mujer de acción y contemplación, plantó su experiencia espiritual y misionera en el jardín de su vida cotidiana.

Contribuyó a traer al mundo a un pueblo de creyentes en tierras americanas tras integrar perfectamente el servicio al prójimo y el amor a la Trinidad.

Mujer de negocios y de Dios

Cuarta hija de Jeanne Michelet y del panadero Forent Guyart, María nació el 28 de octubre de 1599 en Tours. A los 7 años, vio a Jesús en un sueño, que le pedía: “¿Quieres ser mía?”. Ella respondió espontáneamente: “¡Sí!”.

En 1617, sus padres le dieron en matrimonio a Claude Martin, un fabricante de telas y sedas que falleció dos años más tarde.

La joven viuda quedó con un hijo de seis meses en los brazos y un comercio en bancarrota. Arregló las deudas, liquidó los bienes y se fue con su padre con su pequeño hijo Claude. No quería casarse en seguida y se ocupó de su hijo y de su padre.

Durante este periodo, el más tranquilo de su vida, desarrolló el gusto por Dios y por la oración. La víspera de la Anunciación del 1620, tuvo una experiencia de la misericordia divina que la marcó para siempre y que llamó “el día de mi conversión”.

En medio de una gran luz, tomó conciencia de su miseria, y al mismo tiempo, se vio inmensa en la Sangre de Cristo. Más tarde, en 1654, escribiría a su hijo: “Volví a nuestra casa, cambiada en otra criatura, pero cambiada con tanta fuerza que ya no me conocía a mí misma”.

María Guyart desarrolló su unión con Cristo en medio de exigentes ocupaciones. En 1621, trabajó en la empresa de transporte de su hermano, junto al Loira, negociando contratos, ocupándose de los empleados, cuidando caballos.

En esta trepidante existencia, vivió una gran intimidad amorosa con la Trinidad, integrando los negocios y la oración. Ayudaba a la gente hablándoles de Jesús.

Misionera en Nueva Francia

Tras repetidos llamamientos del Señor, entró en la congregación de las religiosas ursulinas en Tours en 1631 y recibió el nombre de María. Pidió que se le añadiera el de la Encarnación por su certeza de saber a Dios encarnado en los hombres.

Sufrió la separación de su hijo de diez años que le lanzaba gritos bajo las ventanas del convento, pero sentía que el Señor le preparaba otra cosa. ¡Cuántas lágrimas, de todas maneras!, pero su relación fue de una gran profundidad, tejida de vínculos de intimidad fuera de lo común.

Durante treinta años, mantuvo una correspondencia regular con este hijo, que se convirtió en monje benedictino. Gracias a él, conocemos la vida mística de su madre, sus estados de oración, sus recuerdos íntimos, sus inicios en Nueva Francia, su experiencia trinitaria.

Para ella, el Padre es su Padre; el Verbo, su Esposo; el Espíritu, quien actúa en ella. Se ve como una nada perdida en este gran Todo. Ella ve el mundo a la luz eterna de la Trinidad.

En 1634, en un nuevo sueño, ve “un lugar muy difícil” que reconoce a su llegada a Quebec. Recibe del mismo Dios el don del “espíritu apostólico” que la hace viajar espiritualmente a distintos países.

Mientras tanto, es nombrada asistente de la maestra de novicias y les ofrece conversaciones espirituales que se publicarán más tarde. Descubre que la verdadera oración es más una cuestión de corazón que de cabeza.

La religiosa recibe del padre Poncet la Relación de 1634 en la que las misioneras piden una “valiente maestra” para dirigir una escuela de niñas. Se siente llamada a esta misión.

Pide a san José que la ayude, viéndolo como el guardián de este gran país: “Sentía en el alma que Jesús, María y José no debían ser separados”. La devoción a la Sagrada Familia será importante en Nueva Francia y san José será proclamado patrón de Canadá.

En París, los jesuitas confiaron al padre Poncet que escribiera a María de la Encarnación para anunciarle que la querían en Canadá, aunque fuera en clausura. El arzobispo de Tours autorizó que se ocupara de un seminario de niñas.

Finalmente partió para Quebec, a los cuarenta años, con otras religiosas y una viuda rica de Alenzón, Madeleine de La Peltrie, que quiso consagrar su fortuna a la conversión de las jóvenes amerindias. Seis años antes, ella ya la había visto en un sueño sin conocerla.

María no volverá a ver a su hijo, que entonces tenía casi veinte años.

La travesía fue larga y peligrosa, el barco incluso chocó contra un iceberg. El 1 de agosto de 1639, María desembarcó finalmente en Quebec, que contaba con unas 250 personas.

Todo estaba por hacer: construir un monasterio, aprender las lenguas indias, acoger a las niñas para enseñarles la fe cristiana, recibir a visitantes amerindios y franceses, componer diccionarios, catecismos e historias de santos en las lenguas amerindias. Además, mantuvo una correspondencia constante con su hijo, sus amigos y bienhechores de Francia: en total escribió unas 13.000 cartas.

La Teresa del Nuevo Mundo

La vida no era nada fácil: duro invierno, amenaza iroquesa, enfermedades, incomprensión de las autoridades, incendios –entre ellos el del monasterio a finales de diciembre de 1659, que ella reconstruyó.

En 1654, en respuesta a las peticiones de su hijo Claude, convertido en superior de los benedictinos de Saint-Maur, le envió su autobiografía, la Relación de su vida. Este texto, una de las obras maestras de la literatura mística, hizo decir a Bossuet que María de la Encarnación era la “Teresa del Nuevo Mundo y de nuestro tiempo”.

De 1639 a 1672, María da a luz a esta joven Iglesia de América sin salir de su clausura: es una verdadera epopeya mística la fundación de este Canadá. Ella nutrió a la joven Iglesia con su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que irradiaba desde lo profundo de su alma, constantemente en espera, en oración.

“Dios nunca me ha conducido a través de un espíritu de miedo, sino por el del amor y la confianza”, escribió en 1668. Sus múltiples ocupaciones no la alejaron de la presencia de Dios en su vida.

La palabra que puede resumir mejor la vida de esta gran mística es el amor. Ya fuera María Guyart, la señora Martín, la madre de Claude o la hermana María de la Encarnación, siempre fue una gran enamorada de Dios y de las almas, hasta su entrada en la vida eterna el 30 de abril de 1672 a los 72 años, unos meses después del fallecimiento de la señora de La Peltrie.

Su hijo escribió una primera biografía: “Rindió su bella alma a los brazos de aquel por quien había suspirado toda su vida” (don Claude Martin).

Juan Pablo II la proclamó beata el 22 de junio de 1980. Vio en ella una “alma profundamente contemplativa”, “maestra de vida espiritual” en quien “la mujer cristiana se realiza plenamente y con un extraordinario equilibrio”. El Papa Francisco la canonizó con Francisco de Laval el 3 de abril de 2014.

sábado, 29 de abril de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído a Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla algunas.
Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el
Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.