lunes, 18 de junio de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



Por aquel tiempo, Nabot, el de Yezrael, tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria.
Ajab habló a Nabot diciendo:
«Dame ltu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré en cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata». Nabot respondió a Ajab:
«¡Dios me libre de cederte la herencia de mis padres!».
Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot de Yezrael:
«No te cederé la heredad de mis padres».
Se postro en su lecho de cara a la pared y se negó a comer. Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo:
«¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?» Él le respondió:
«Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó: “No te cederé mi viña”». Jezabel, su mujer, le replicó:
« ¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te alegrará el ánimo. Yo mismo me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael» Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él, enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.
En las cartas escribió lo siguiente:
«Proclamad un ayuno y sentad a Nabot al frente de la asamblea. Frente a él sentad a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en contra diciendo: “Tú has maldecido a Dios y al rey.” Entonces lo sacaréis fuera y lo lapidaréis hasta que muera». Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas remitidas a ellos.
Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabotal frente de la asamblea. Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se le sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo:
«Nabot ha maldecido a Dios y al rey».
Lo sacaron fuera de la ciudad y lo lapidaron a pedradas hasta que murió. Enviaron a decir a Jezabel:
«Nabot ha sido lapidado y está muerto».
En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab:
«Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto». Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yezrael, para tomar posesión de ella.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

Palabra del Señor.

Santa Isabel de Schönau

Tres monasterios alemanes han llevado el nombre de Schönau: la comunidad de monjes cistercienses vecina a Heidelberg; un convento de monjas en Franconia; y una doble casa de benedictinos, no lejos de Bonn, cuyos dos edificios fueron construidos a expensas de Hildelino, quien fue su primer abad, en 1125. En el gran convento para monjas ingresó, a la edad de doce años, una chiquilla humilde llamada Isabel. Unos seis años después, en 1147, hizo su profesión. Desde entonces se entregó con gran fervor a las actividades religiosas del convento y, a pesar de su mala salud, usaba una camisa de cerdas, se disciplinaba con cadenas y practicaba otras mortificaciones. Al referirse a sí misma en uno de sus libros, dice: «La más vil de Sus pobres creaturas, agradece a Dios que, desde el momento en que entró a la orden hasta hoy, Sus manos la han empujado con tanta insistencia, que nunca dejó de sentir sus dardos en el cuerpo». Desde que cumplió ventitrés años en adelante, estuvo sujeta a extraordinarias manifestaciones sobrenaturales, visiones celestiales y persecuciones diabólicas. En una carta dirigida a su amiga santa Hildegarda, describe Isabel la forma en que un ángel le mandó que anunciara la serie de calamidades que habrían de afligir a las gentes, a menos que hiciesen penitencia, y como ella tardó en cumplir con el mandato, el ángel se presentó de nuevo y la golpeó con un látigo, tan furiosamente, que estuvo enferma tres días. Pero algunas de las profecías hechas por boca de Isabel no se cumplieron y entonces volvió a aparecer el mensajero celestial para indicar que las gentes habían hecho penitencia y así se habían evitado las calamidades.

Por aquel entonces y durante largo tiempo, asaltaron a la santa terribles tentaciones; la mantenían en continuo sobresalto las súbitas apariciones en su celda o en otras partes del convento, de los demonios con hábitos de monjes, que se burlaban de ella y proferían horribles amenazas. En cierta ocasión vio al diablo en la forma de un gran toro negro que, al arrojarse sobre ella, se transformó en un haz de llamas de las que surgió un rebaño de cabras pestilentes. Pero aquel período de prueba sólo fue el preludio a una época de grandes consuelos y visitas de seres celestiales. Especialmente los domingos y fiestas de guardar, Isabel entraba en éxtasis durante la celebración de la misa. Según sus confesiones, durante los arrobamientos recibía admoniciones y mensajes de un ángel o del santo cuya fiesta se conmemoraba. Veía a sus visitantes celestiales con tanta claridad que, pasado el éxtasis, describía con lujo de detalles su aspecto, su vestimenta y la forma en que aparecían. De la misma manera, como si se representaran ante sus ojos corporales, presenciaba escenas de la Pasión, la Resurrección y la Ascensión del Señor. Algunas de sus visiones las reprodujo en cera, sobre tablillas y, a pedido del abad Hildelino, las enviaba a su hermano Egberto, un canónigo de Bonn, que posteriormente tomó el hábito en Schönau y sucedió a Hildelino en el cargo de abad. Esas notas, complementadas con sus explicaciones orales, aparecen en tres libros sobre las visiones de Isabel, compilados y publicados por Egberto, con un prefacio propio y una lista cronológica de las experiencias religiosas de su hermana.

El primero de esos libros está escrito con un estilo sencillo, como el que hubiera podido usar la propia Isabel; pero los otros tienen mayores complicaciones, tanto en el lenguaje como en las ideas y, en ocasiones, se pone en evidencia cierta inclinación a la teología que, sin duda pertenece a Egberto y no a Isabel. El caso se pone todavía en mayor evidencia en otro de sus trabajos: «El Libro de los Caminos de Dios», que fue escrito, al parecer, como una imitación al «Scivias» de santa Hildegarda. En él aparecen advertencias muy severas y rigurosas, dirigidas a varias clases del clero y a los laicos; contiene una advocación del antipapa «Víctor IV», a quien favorecían los amigos de Egberto; y de acuerdo con los términos de la denuncia contra el Cathari y de las invectivas contra los prelados mundanos y los sacerdotes infieles, se ponen claramente de manifiesto la mente y la pluma de Egberto. El último de los libros de Isabel y el más famoso, fue una contribución suya a la Leyenda Ursulina. El libro tiene una historia singular. Las excavaciones practicadas en diversas ocasiones desde los principios del siglo doce, en uno de los distritos de Colonia, dieron como resultado el descubrimiento de una cantidad considerable de restos humanos. El sitio recibió el nombre de "Ager Ursulinus" y se creyó que, entre las osamentas, se encontraban los restos de santa Úrsula y de sus once mil vírgenes. Sin embargo, entre los huesos había esqueletos masculinos, así como gran número de tablillas (ahora se ha comprobado que todas eran falsificadas), que ostentaban los nombres de supuestos mártires. Gerlac, el abad de Deutz, quien tomó parte activa en el traslado de las supuestas reliquias de santa Úrsula, en 1142, y que pasó nueve años buscando los restos de las vírgenes, sus compañeras, recurrió a Egberto con la esperanza de que por medio de las visiones de su hermana Isabel, se aclarase el asunto que tanto le preocupaba.

Parece ser que Egberto insistió tenazmente para que su hermana accediera a ayudarlo y, presionada de esta manera, escribió una nueva versión fabulosa de la ya fantástica historia de santa Úrsula y la de todos los mártires recientemente «descubiertos» con la introducción de un tal papa Ciríaco, que nunca existió. Que esta fábula extravagante, plagada de datos históricos, que con toda facilidad podía haberse comprobado que eran falsos, conquistase inmediatamente una amplia aceptación, ilustra de nuevo la inmensa e infortunada credulidad de la época. Por otra parte, esa rápida aceptación es también una prueba de la estima que se tenía por Isabel.

Sin duda que fue, en realidad, una mujer de buen juicio para los asuntos de la vida diaria, puesto que, de lo contrario, no habría podido soportar, como lo hizo, el cargo de superiora de su comunidad durante los últimos siete años de su vida. Su cargo era el principal, después del abad, quien gobernaba la doble comunidad. Isabel murió el 18 de junio de 1164, a los treinta y ocho años de edad. Una confusión entre las abadías con el mismo nombre de Schönau, motivó que se considerase a Isabel como una monja del Císter y como a tal la registrase Molanus, en 1568, en la nueva edición del Usuardo. De ahí se trasladó su nombre al Martirologio Romano en 1584 y, desde entonces, sigue en su lugar, sin referencia alguna a sus escritos. Nunca se ha llagado a canonizar o siquiera a beatificar formalmente a Isabel, y hay muchos puntos de vista divergentes en cuanto a la naturaleza de sus visiones. Sin embargo, todos los críticos admiten que la propia Isabel, su hermano y quienes la conocieron bien, estaban firmemente convencidos de que aquellas experiencias espirituales procedían de lo alto.

Lo que sabemos sobre la vida de Isabel procede, sobre todo, de unas memorias que su hermano Egberto escribió y agregó a la mencionada colección de sus visiones. Este material biográfico, junto con una carta del propio Egberto, se halla impreso en Acta Sanctorum, junio, vol. IV. La mejor de las ediciones sobre sus escritos y visiones, es la de F. W. E. Roth (1884). Este mismo editor sacó a la luz en 1886, lo que él llama Libro de Oraciones (Gebetbuch) de Isabel.

domingo, 17 de junio de 2018

Domingo, 17-06-2017 11º de TIEMPO ORDINARIO

Reflexión de hoy

Lecturas



Esto dice el Señor Dios:
«También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico.
Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas.
Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».


Hermanos:
Siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor.
Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo.
Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal.


En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Dijo también:
«¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

Beato Pablo Burali D'Arezzo

La palabra "reforma" fue reiteradamente proferida a lo largo del siglo XVI con las más dispares intenciones y con muy variada fortuna. Eran los días del Renacimiento. Toda Italia, hondamente sacudida por el afán de la cultura grecolatina, vivía en la embriaguez de la belleza y de las formas estéticas. Pero el retorno al clasicismo, perdida la moderación, no pudo verificarse sin grave daño para la piedad y la vida cristiana. El espíritu del paganismo se infiltraba en las artes plásticas y en la literatura, en las diversiones públicas y en las costumbres, llegando a contaminar al mismo clero.

  Lutero en los castillos de Germania lanzaba su grito de reforma aprovechando la corrupción reinante en ciertas esferas clericales para rebelarse contra el Pontificado y propagar los errores de su secta. El papa León X reunía en 1512 el V concilio de Letrán para promover una auténtica y sana reforma de costumbres, bajo el lema con que Egidio Canisio de Viterbo iniciaba el programa de renovación en el discurso inaugural del concilio: “Los hombres han de ser trocados por la religión, no la religión por los hombres", pero la legislación conciliar había quedado en letra muerta por la ineficacia de la acción oficial ante los estragos de la Roma pagana, que intentaba arrollar a traición la Roma de Pedro y de Pablo.

  El Oratorio del Amor Divino, aparecido en Roma y otras ciudades de Italia como un cenáculo de almas selectas dedicadas totalmente al servicio de Jesucristo y su Iglesia, brindaba un fermento de enorme capacidad constructiva y renovadora, creando un clima de austeridad y de vida sobrenatural que iniciaba la tan ansiada Reforma sobre las bases seguras de la santificación personal.

  Uno de los fundadores del Oratorio romano fue San Cayetano de Thiene, protonotario apostólico en la corte Pontificia. Pronto comprendió el virtuoso prelado que las metas del Oratorio del Amor Divino debían ser rebasadas con un despliegue más general de fuerzas y una estrategia más acusadamente sacerdotal y apostólica. Para ello, en aquel mismo ambiente de fervor religioso, elaboró su plan genial de reforma católica, cifrado en la restauración de la forma de vida apostólica para la santificación del clero, a fin de que, restituido éste a su excelsa categoría de sal de la tierra y luz del mundo, fuera digno instrumento para lograr, a las órdenes del Papa, la ansiada renovación de la vida cristiana.

  Con tan santos y ambiciosos proyectos fundaba Cayetano de Thiene en la basílica de San Pedro, el día de la Exaltación de la Santa Cruz de 1524, la Orden de los clérigos regulares, llamados después teatinos, en compañía de Juan Pedro Carafa, arzobispo de Brindis y obispo de Chieti, que había renunciado a las dos sedes; de Bonifacio de Coille y de Pablo Consiglieri. Sobre el mismo sepulcro de San Pedro, del centro de la iglesia santa, como escribió Pío XI, surgió, pues, el gran movimiento de la reforma católica encabezado por Cayetano y sus hijos, los cuales abrieron un nuevo capítulo en la historia del estado religioso al señalar rutas inéditas a la vida canónica sacerdotal y dar paso a las sucesivas Ordenes de clérigos regulares.

  Este fermento renovador de la obra de San Cayetano penetró en las altas esferas eclesiásticas y transfundió su savia a los más delicados órganos del gobierno pastoral. Cuando el papa Paulo III decidió, por fin, convocar un concilio ecuménico que acometiera la reforma católica con garantías de éxito, no podía fiarse del ambiente frívolo que le rodeaba, so pena de repetir la triste experiencia de una legislación inoperante. Era de absoluta necesidad crear un clima adecuado e instalar en la curia romana a los personajes más caracterizados por sus ardientes deseos de reforma para encargarles la preparación del concilio. Con tal motivo fueron llamados al Vaticano para recibir la púrpura cardenalicia las figuras más señeras del Oratorio del Amor Divino, y en primera línea el obispo de Chieti, Juan Pedro Carafa, el más ilustre compañero de San Cayetano y que más tarde fue Papa con el nombre de Paulo IV.

  Cuando, reunido ya el concilio de Trento, los Padres acuñaban en sapientísimos cánones todo el vasto programa de reforma católica, las Órdenes de clérigos regulares ofrecían en numerosas e importantes facetas de la vida y del apostolado sacerdotales la norma justa y esplendente que había preparado e hizo fructificar la reforma tridentina. Una vez terminado el concilio debía comenzar la ingente y humanamente ingrata tarea de poner en marcha todo el colosal engranaje de la legislación reformadora, la cual, sin un nutrido cuadro de obispos celosos y competentísimos, podía quedar reducida a un mero código, ineficaz.

  Uno de los mayores méritos que puede atribuirse a la obra de San Cayetano es el haber brindado a la Sede Apostólica una cantera de varones integérrimos que, elevados a las sillas episcopales, supieron infundir espíritu y vida a la legislación del Tridentino para implantar con firmeza y sabiduría en sus diócesis la auténtica reforma católica. Entre ellos destaca, con fulgores de santidad y exquisitas dotes de gobierno, el Beato Pablo Burali d'Arezzo.

  En la población de Itri, situada cerca de la costa meridional de Italia, entre Fondi y Gaeta, nacía en 1511 el segundo de los cuatro, hijos que concedió el cielo a los nobles esposos Pablo Burali de Arezzo y Victoria Olivers, siéndole impuesto en el bautismo el nombre de Escipión. La antigua familia de los Burali procedía de la ciudad toscana de Arezzo y se había distinguido por los meritorios servicios prestados a la monarquía en el reino de Nápoles. El padre de Escipión era gentilhombre del rey católico de España y diplomático al servicio de Clemente VII. Su madre, Victoria Olivers, pertenecía a la alta nobleza de Barcelona.

  La infancia del gentil retoño de los Burali se caracterizó por precoces manifestaciones de una inteligencia despejada, ardientes muestras de amor a Dios y generosos sentimientos de compasión y afecto hacia los pobres y desgraciados. En el año 1524, en que Cayetano de Thiene fundaba en Roma su Orden de clérigos regulares, la antigua universidad de Salerno abría sus puertas al joven Escipión, que en la flor de sus trece años emprendía la ruta de sus estudios literarios para ser más tarde gloria fulgente de la misma Orden.

  Pocos años después fue Bolonia, la milenaria y docta ciudad de las cien torres, la que con el prestigio de su rancio abolengo cultural atrajo las miradas y el corazón del joven D'Arezzo. En su célebre Universidad, que resplandecía como "antorcha del derecho", completó su formación intelectual y cursó con brillantez los estudios de derecho civil y canónico, desentrañando ágilmente los áridos latines del Digesto, del Decreto de Graciano y de las decretales de los pontífices, que eran los textos vigentes en aquel tiempo. En la grave teoría de sus togados profesores emerge la relevante figura de Hugo Buoncompagni, el futuro Papa reformador del calendario, del cual será Burali, al correr de los años, colega en el Sacro Colegio Cardenalicio. En una época en que no existía una clara línea divisoria entre las disciplinas sacras y profanas, el novel jurisconsulto fue investido a los veinticinco años con la birreta doctoral en ambos derechos, avalando su ciencia jurídica con una profunda formación en teología dogmática y moral.

  El foro napolitano fue la palestra donde, por espacio de doce años, ejerció el flamante jurista su carrera de abogado. Sus excepcionales dotes de prudencia y sinceridad, su insobornable lealtad y su acrisolado amor a los pobres, le granjearon bien pronto las generales simpatías de los napolitanos, los cuales rindieron homenaje a su sabiduría y a su virtud al designarle con este mote asaz honorable y expresivo: "el doctor de la verdad".

  En 1550 una fuerte crisis religiosa, acompañada de lacerantes escrúpulos, le obligó a dejar las ocupaciones del foro para retirarse a su amada soledad de Itri y buscar en el silencio y trato íntimo con Dios la ruta definitiva que diera paz y consuelo a su espíritu, A los dos años el virrey de Felipe II, don Pedro de Toledo, le llamó otra vez a Nápoles y le nombró consejero regio y juez de lo criminal. Con repugnancia, y sólo por consejo de su director espiritual, aceptó Burali estos importantes cargos, que procuró servir con toda fidelidad y diligencia.

  Cinco años antes, en 1547, había fallecido santamente, en la casa teatina de San Pablo el Mayor, Cayetano de Thiene. La bella Parténope, que había recibido con gozo el apostolado multiforme del fundador de los teatinos, postrada ahora ante su sepulcro, se nutría de su enjundiosa espiritualidad e imploraba su celestial protección. El padre Juan Marinonio, compañero e íntimo amigo de Cayetano, había recogido su herencia y presidía la Casa de San Pablo con la madurez de un magisterio lúcido en la dirección de los espíritus.

  El jurisconsulto Burali frecuentaba la Casa de San Pablo y era hijo espiritual de Marinonio, lo mismo que otro abogado famoso, Andrés Avelino, que era ya sacerdote. Conquistados ambos por la espiritualidad teatina, suplicaron a su director y prepósito de la Casa su ingreso en la Orden, haciendo juntos el noviciado bajo la sabia dirección del mismo Marinonio. Exquisita amistad de tres almas excelsas, que se compenetraron tan intensamente hasta escalar las tres cumbres de la santidad y ser venerados en los altares. Más tarde un discípulo de Avelino, el padre Lorenzo Escúpoli, acuñará en uno de los más famosos libros de ascética, El combate espiritual, esa recia espiritualidad teatina que provocó el clima de la reforma católica y troqueló tan egregias figuras de santidad.

  Al ingresar Burali, en 1557, en la Orden de clérigos regulares cambió su nombre de Escipión por el de Pablo, cuyo amor a Cristo deseaba imitar. La humildad y el desprecio absoluto de los bienes terrenos son notas básicas de la espiritualidad teatina. Por ello, al solicitar a sus cuarenta y seis años su entrada en la Orden, pidió ser admitido en calidad de hermano coadjutor, porque se reputaba indigno del ministerio sacerdotal. Marinonio no sólo no accedió a sus deseos, sino que, antes de terminar el noviciado, le mandó recibir las órdenes menores y el subdiaconado. En la festividad de la Purificación de María de 1558 emitió el antiguo consejero regio su profesión religiosa, y pocos meses después fue ordenado diácono y presbítero, celebrando su primera misa el domingo de Pascua de Resurrección.

  Entonces comenzó la lucha entre la humildad del padre Burali, que desplegaba toda su sagacidad para esquivar honores y dignidades, y la providencia del Señor, que se complacía en elevarlo a los más altos cargos para que fuera uno de los mejores adalides de la reforma católica, Venció el brazo de Dios, que quiso hacer cosas grandes en su siervo. Pero éste exclamará humildemente a lo largo de su vida, con los ojos arrasados en lágrimas: “Dios le perdone al padre Juan, que quiso que yo me ordenase sacerdote".

  El capítulo general le nombró en 1560 prepósito de la Casa de San Pablo, y poco después Felipe II le ofreció el obispado de Cortona y el arzobispado de Brindis. El padre Burali los rehusó muy de corazón, no sin haber recibido un aviso del papa Pío IV, que le decía: "Te ruego aceptes estos cargos, que podrán ser gravosos para ti, pero serán provechosos para las almas".

  En 1565, temerosos los napolitanos de que Felipe II implantara en el reino la Inquisición española, decidieron enviar a Madrid una embajada prestigiosa que disuadiera al monarca de tal propósito. La ciudad escogió al padre Burali para llevar a término tan delicada misión diplomática. La elección fue vista con muy buenos ojos por el virrey don Perafán de Ribera, duque de Alcalá, y por la misma Santa Sede. Burali se resistía con todas sus fuerzas. Carlos Borromeo, secretario de Estado de Pío IV, tuvo que escribirle varias cartas en nombre del Papa y, por fin, un mandato formal para que aceptara la embajada.

  El padre Burali fue acogido en Madrid con singulares muestras de consideración y de afecto. Felipe II le recibió con toda deferencia, escuchó atento el mensaje de la ciudad y prometió estudiarlo con cariño, queriendo que el embajador napolitano celebrara la misa en su presencia en la capilla del real alcázar. Con motivo de las fiestas de Navidad se ausentó el monarca de la capital, esquivando dar en un asunto tan vidrioso como el de la Inquisición una respuesta categórica. Burali se mantuvo impertérrito en la corte, fiel a su legacía. Después de varios meses de ausencia regresó Felipe II a Madrid y accedió, en parte, a los deseos de los napolitanos, a los cuales prometió en breve una visita. Conmovida la ciudad, tributó a su embajador un recibimiento triunfal, que revistió caracteres de fervoroso plebiscito.

  Nombrado en abril de 1567 prepósito de la Casa de San Silvestre, de Roma, el padre Burali pasó a residir en la Ciudad Eterna. El papa San Pío V desplegaba una enérgica actividad apostólica para convertir en sustancia y vida de la Iglesia los decretos reformadores del concilio de Trento. San Carlos Borromeo, cardenal arzobispo de Milán, implantaba en su sede la reforma con celo enardecido. La vecina diócesis de Plasencia vegetaba en franca decadencia religiosa. El padre Burali fue preconizado obispo de la misma en el consistorio de julio de 1568. Esta vez su humildad no pudo hallar escapatoria, Obligado por el Papa, recibió la consagración episcopal el 1 de agosto siguiente en la propia iglesia de San Silvestre, de manos del cardenal de Pisa, monseñor Escipión Rebiba, haciendo su entrada solemne en la diócesis el 29 de septiembre.

  El celo pastoral del prelado, unido al talento y sentido humano del antiguo jurista, transformaron en plazo breve la diócesis placentina, promulgando en ella la legislación del Tridentino. Animado por el espíritu litúrgico de la Orden, restauró la catedral y veló por el esplendor del culto divino, asistiendo cada domingo a la misa mayor y a las vísperas. Llamó a los teatinos, capuchinos y somascos para que fundaran en la diócesis. Pero centró toda su actividad apostólica en tres empresas importantísimas, pilares básicos de la reforma católica: la visita pastoral, que realizó meticulosamente varias veces; el sínodo diocesano, que celebró dos veces, y la fundación del seminario, uno de los primeros de Italia, y cuyo primer director espiritual fue San Andrés Avelino, el cual se multiplicaba para complacer a sus dos amigos Burali y Borromeo.

  En el consistorio del 27 de mayo de 1570, San Pío V creó al obispo de Plasencia cardenal presbítero del título de Santa Pudenciana. Otra gran "tribulación" para el obispo teatino —así calificaba él a los honores—, al cual no quedó más remedio que ir a Roma para recibir el capelo de manos de Su Santidad. Al retornar a su diócesis, toda Plasencia saltó de júbilo y dispensó al que llamaba "el obispo santo" un recibimiento apoteósico.

  Más los cantos de alegría se trocaron en lágrimas de dolor al ser promovido en 1576 a la sede arzobispal de Nápoles. Durante ocho años había laborado incansable en la diócesis placentina, en amigable colaboración con San Carlos Borromeo, asistiendo al III concilio provincial de Milán que éste convocó. Reunido en 1572 el cónclave que debía dar sucesor a San Pío V, los votos de los purpurados se polarizaron en torno a dos grandes figuras del Sacro Colegio: Hugo Buoncompagni y Pablo Burali. Elevado aquél al solio de San Pedro con el nombre de Gregorio XIII, quiso recompensar el celo reformador de su antiguo alumno de Bolonia enviándole a la sede de San Jenaro.

  En Nápoles desplegó el cardenal Burali el mismo celo apostólico y renovador. Pero a los dos años escasos, macerado por las mortificaciones y agobiado por los achaques, la fractura de una pierna le llevó al sepulcro. Devotísimo siempre de la Santísima Virgen, había hecho edificar un templo en su honor y visitaba con fervor sus imágenes más veneradas. Con frecuencia se le veía con el rosario en la mano y cada noche lo rezaba con sus familiares. Postrado ahora en el lecho del dolor, recibidos con ejemplar piedad los Santos Sacramentos, hizo colocar junto a su cama una imagen de María y, fijando en ella su mirada de hijo amantísimo, expiró santamente en el ósculo del Señor el día 16 de junio de 1578, a los sesenta y siete años de edad.

  El papa Clemente XIV, el día 18 de junio de 1772, procedió a la beatificación de este hijo insigne de San Cayetano, que por su extraordinario celo en favor de la reforma católica mereció el título de "obispo ideal del renacimiento tridentino".