domingo, 17 de febrero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Esto dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como un cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío. Su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto».


Hermanos:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.


En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados!, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».

Palabra del Señor.

San Flaviano de Constantinopla

Constantinopla continuaba siempre enfrente de Alejandría; Juan de Antioquía, contra San Cirilo. La muerte de estos dos personajes hizo creer en la reconciliación definitiva. «El Oriente y Egipto quedan unidos en lo sucesivo», decía Teodoreto de Ciro, y añadía: «La envidia ha muerto y la herejía ha sido sepultada con ella.» Eran puras apariencias; cuatro años más tarde, la querella de Theotócos renacía de súbito, como la llama de un incendio mal extinguido.

El causante del mal fue un archimandrita, un abad septuagenario de la ciudad imperial, a quien trescientos monjes respetaban y obedecían; hombre austero, temperamento inflexible, cabeza estrecha y cuadrada, espíritu ayuno de toda cultura seria. Jactábase de no haber salido nunca del convento que le había recibido en su juventud. Había leído la Biblia, y ésa era toda su ciencia. Con la petulancia de los pedantes, solía decir que, siendo el libro de Dios, está en él todo lo que conviene saber. Si Nestorio tenía la hinchazón de la ciencia, de que habla San Pablo, Eutiques—asi se llamaba este archimandrita—tenía la hinchazón, todavía más terrible, de la ignorancia.

Frente a este monje fanático, aparece en la Historia la figura noble y serena de Flaviano, sacerdote de la ciudad imperial, sin ambiciones, pero también sin apocamientos. Tenía virtud y saber, pero nadie hubiera adivinado en su naturaleza, bondadosa y pacífica, que había de ser hombre de lucha. En 446 la sede patriarcal de Constantinopla está vacante. Dos candidatos son indicados para ocuparla: el archimandrita tiene el apoyo de la corte; el sacerdote triunfa por la aclamación del clero y el pueblo. Este fue el primer encuentro de Flaviano, el patriarca y de Eutiques, el heresiarca.

A pesar de su ignorancia, o tal vez a causa de ella, Eutiques era un dogmatizador empedernido. Admirador incondicional de San Cirilo, leía sus libros sin entenderlos, adoptaba sus fórmulas bastardeándolas. Cirilo había dicho que las dos naturalezas formaban un solo Cristo; Eutiques, comentándolo, decía que antes de la unión había dos naturalezas; después, una sola. Cirilo había dicho, siguiendo a San Pablo, que el primer hombre, salido de la tierra, era terrestre y el segundo, venido del Cielo, espiritual; Eutiques añadía que el cuerpo de Jesús había sido formado de una sustancia divina y eterna. Con pretexto de hacer resaltar todo lo posible la divinidad, le convertía en un ser completamente extraño a la humanidad. En consecuencia, María ya no era verdadera madre de Jesucristo; caía por tierra el misterio de la Redención y se desvanecía la realidad misma del Mesías.

El patriarca de Constantinopla se dio pronto cuenta de la gravedad del peligro. Comprendió que permitir continuar su obra al fogoso archimandrita era exponerse a ver muy luego, de un confín a otro del Imperio, inculcar una enseñanza en la que hubiese ido a pique la realidad histórica del Evangelio, comprometida frecuentemente por fantasías místicas. Sin embargo, por caridad y mansedumbre de corazón, se había limitado a suplicar al imprudente agitador que tuviese piedad de las iglesias de Dios, bastante probadas ya con las perturbaciones precedentes. A este ruego, el monje contestó orgullosamente: «No hemos condenado a Nestorio para dejar que se extienda su doctrina.» Más decidida fue la oposición que encontró Eutiques en un obispo asiático, Eusebio de Dorilea, que procedía de las filas de Cirilo. Este Eusebio, que, siendo simple laico, había interrumpido a Nestorio en un sermón, delató ahora a Eutiques como hereje en un sínodo de Constantinopla (448), pidiendo que compareciese delante de los obispos. Flaviano, que conocía la influencia del archimandrita, trató de calmarle, pero no era Eusebio hombre para retroceder ante las razones de la prudencia humana.

Cuando los delegados del concilio llegaron al monasterio, Eutiques les contestó: «Yo he entrado aquí para no salir jamás de mi santo encierro. Además, las divinas Escrituras, que estudio sin cesar, valen más que las definiciones de los Padres.» Eutiques era testarudo, necesitaba ganar tiempo, y además temía que, entre obispos avezados a todas las sutilezas teológicas, se descubriese su ignorancia. No obstante, después de dos semanas de prórroga, compareció roeado de monjes y soldados. Sus respuestas fueron contradictorias. Tan pronto hacía declaraciones de carácter ortodoxo, como se deslizaba por las pendientes del error. El debate se eternizaba, hasta que alguien pidió que el acusado aceptase explícitamente las dos naturalezas en Cristo después de la unión. «¡Eso nunca!», dijo él con calor, atrayendo sobre su cabeza la voz unánime del concilio: «Sea anatema.» Llorando y gimiendo por su pérdida, Flaviano declaró a Eutiques condenado, depuesto y excomulgado.

El monje dejó la asamblea pisando firme y lanzando altaneras miradas. Se sentía fuerte contra todos aquellos anatemas, En su monasterio, verdadera cindadela de la herejía, los trescientos monjes le recibieron como a un héroe. En la corte, el eunuco Crisafo le ofreció su apoyo incondicional. Crisafo era un antiguo esclavo, que por su aspecto noble y porte majestuoso había llegado a ser el amo del palacio y del emperador. Consideraba a Eutiques como su padre, porque era el que le había sostenido en la fuente bautismal. Flaviano, en cambio, era su enemigo. Un día, encontrándose en un corredor del palacio, le había dicho el favorito: «Es preciso que pongas el velo a esa mujer, de cualquier manera que sea.» Esa mujer era Pulquería, la hermana del emperador, cuya influencia seguía temiendo el eunuco. Flaviano salió sin decir una palabra, pero se guardó muy bien de cumplir la orden sacrilega.

Favorecido por el hombre más poderoso en la política, Eutiques logró también el apoyo del más alto prestigio de la Iglesia oirental: Dióscoro, patriarca de Alejandría. Dióscoro era el nuevo Faraón, como dijeron sus contemporáneos, el azote de Egipto, el lobo entre las ovejas. Codicioso, sus visitas episcopales eran temidas como una invasión de bárbaros. Nada podía saciar su cínica rapacidad ni su desaforada ambición. Sin tiempo para profundizar en los problemas de la teología, parecióle que Eutiques defendía la doctrina tradicional de su iglesia, y se hizo fanático del monofisismo, ganándose al mismo tiempo las simpatías del privado.

Eutiques, Crisafo y Dióscoro formaban un funiculus triplex, muy difícil de romper. Era evidente que el heresiarca caminara hacia el triunfo y el patriarca hacia la ruina. En 449 salió un decreto imperial que obligaba a los obispos orientales a reunirse en Éfeso para tratar la cuestión candente, bajo la presidencia del patriarca de Alejandría. Flaviano acudió también. Aunque preveía lo que iba a suceder, estaba tranquilo. Una carta de San León, obispo de Roma, acababa de aprobar su manera de proceder. El plan del concilio era bien claro: rehabilitar a Eutiques y deponer a Flaviano. El primer acto de la comedia transcurrió sin dificultades mayores: el archimandrita fue reintegrado a su cargo y celebrado como un confesor de la fe. Pero cuando el presidente anunció la segunda parte del programa, levantóse un alboroto general. Unos obispos se pusieron pálidos, otros quedaron paralizados de estupor, otros se opusieron abiertamente, y hubo algunos que, cayendo a los pies del tirano y abrazando sus rodillas, decían:

—No hay motivo para esto. Flaviano es inocente. Perdónale.

Insensible a los ruegos y a las lágrimas, Dióscoro se levantó furioso, y gritó:

—¡Qué! ¿Pretendéis amotinaros? Soldados, ¿dónde estáis?

A esta voz, una horda de pretorianos irrumpe en la basílica, y tras ellos entra una falange de monjes armados de palos, cadenas y lanzas. El tumulto fue horrible. Los legados del Papa se evadieron, lanzando el costradicitur sacramental. Los recalcitrantes cedieron a la coacción.

—Hacedles firmar—dijo Dióscoro a los soldados, entregándoles un pergamino.

En medio del desorden, Flaviano permanecía en pie, sereno, impasible. En esa actitud le encontró un oficial que, sin conocerle, le ofreció el papel para que firmase. Rechazólo él fríamente, y, volviéndose hacia el patriarca alejandrino, dijo solamente esta palabra: Apelo.

Ciego de cólera y perdiendo toda dignidad personal, Dióscoro bajó de su trono, se lanzó contra su rival, le arrojó en tierra de un golpe formidable y le pisoteó furioso. Algunos de sus partidarios imitaron su ejemplo, golpeando e injuriando al caído, y el jefe de aquellos monjes bandoleros hincó su lanza en el cuerpo del mártir. Cuando, unas horas más tarde, volvió en sí del desmayo provocado por los malos tratamientos, el santo patriarca se halló solo, en una prisión húmeda, envuelto en su propia sangre. Aquel mismo día le obligaron a salir para el destierro, pero aún no se había puesto el sol cuando él entraba en la patria verdadera.

Dos años después la justicia divina caía sobre sus asesinos. Eutiques marchaba desterrado. Dióscoro bajaba ignominiosamente de su silla, y los seiscientos Padres de Calcedonia coronaban de gloria inmortal a la víctima del Latrocinio de Éfeso.

sábado, 16 de febrero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: « ¿Dónde estás?».
Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
El Señor Dios le replicó: « ¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor dijo a la mujer: « ¿Qué has hecho?».
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».
El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ella te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».
A la mujer le dijo: «Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará».
A Adán le dijo: «Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí, maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo.
Comerás el pan con sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás».
Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.
El Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió.
Y el Señor Dios dijo: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él, coma y viva para siempre».
Y el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado.
Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida.


Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos»
Le replicaron sus discípulos: « ¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?».
Él les preguntó: « ¿Cuántos panes tenéis?».
Ellos contestaron: «Siete».
Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.
Tenían también unos cuantos peces; Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también.
La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil y los despidió; y enseguida montó en la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor.

Beata Felipa Mareri

Virgen de la Segunda Orden (1190‑1236). Concedió oficio y misa en su honor Pío VII el 29 de abril de 1806.

Nació en Rieti en 1190, hija de Pietro Mareri y Donna Imperatrice, ambos de familia noble. Creció piadosa, reflexiva e inteligente. Tuvo la dicha de ver con frecuencia a San Francisco de Asís, quien en sus peregrinaciones por el Valle de Rieti se hospedaba en casa de la familia Mareri. Le llamó la atención la asidua oración y el desprendimiento de las cosas que caracterizaban a San Francisco. Ella decidió seguirlo. Cuando su padre le propuso unas nupcias acordes con su nobleza, ella le dijo que sólo quería por esposo a Jesucristo. Esto le desencadenó una terrible persecución sobre todo por parte de su hermano Tomás. Ella permaneció firme. Finalmente, con algunas compañeras, se retiró a un eremitorio junto a la montaña vecina y comenzó una vida de soledad.

Conmovido Tomás por la firmeza de Felipa, le ofreció la iglesia de San Pedro en el antiguo monasterio que él había reparado. Felipa aceptó la propuesta y comenzó una vida claustral junto con otras compañeras, adoptando la Regla de las Damas pobres de Asís. Por un tiempo San Francisco dirigió a la pequeña comunidad, que luego encomendó a Fr. Rogerio de Todi, su discípulo. Pronto muchas jóvenes decidieron consagrarse a Dios bajo la dirección de la Beata Felipa Mareri, quien, para las hermanas era más que abadesa, una madre amorosa, pronta a animarlas a la perfección, consolarlas en los sufrimientos. Siguiendo el ejemplo de San Francisco y del Beato Rogerio, amó la pobreza, confió en la providencia. Postrada ante un gran crucifijo lloraba pensando en lo mucho que se ofendía al Señor, hacía penitencia e imploraba la misericordia de Dios. Una sobrina suya que había ingresado al monasterio, era raptada a la viva fuerza por su familia; con su oración logró que sus parientes no lograran moverla de la clausura.

Predijo su muerte con mucha anticipación. Reunió a sus hermanas en torno a su lecho de muerte, las exhortó a la oración, a la concordia, al amor a la pobreza seráfica: «No lloréis, hijas queridas, no lloréis sobre mí. Vuestra tristeza se convertirá en gozo, desde el Paraíso os ayudaré más. Deseo morir para poder vivir en Cristo, para que mi heredad esté en la tierra de los vivientes. Consolaos en el Señor. Perseverad en el servicio de Dios. Acordaos de todas las cosas que he hecho. La paz del Señor, que supera todo sentido, guarde vuestro corazón y vuestro cuerpo». Terminadas estas exhortaciones, se encomendó humildemente a Cristo Jesús, fortalecida con la santa Eucaristía y los otros sacramentos, en presencia del beato Rogerio y de otros Hermanos Menores, entre las lágrimas de sus cohermanas, el 16 de febrero de 1236 pasó felizmente al Señor. Tenía 46 años.

viernes, 15 de febrero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



La serpiente era el más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”».
La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se le abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se pasaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín.


En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá» (esto es: «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor.