miércoles, 28 de septiembre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Respondió Job a sus amigos: «Sé muy bien que es así: que el mortal no es justo ante Dios.
Si quiere pleitear con él, de mil razones no le rebatirá ni una.
Él es sabio y poderoso ¿quién, le resiste y queda ileso?
Desplaza montañas sin que se note, y cuando las vuelca con su cólera.
Estremece la tierra en sus cimientos, hace retemblar sus pilares; manda al sol que no brille y guarda bajo sello las estrellas.
Él solo despliega los cielos y camina sobre el dorso del Mar.
Creó la Osa y Orión, las Pléyades y las Cámaras del Sur.
Hace prodigios insondables, maravillas sin cuento.
Si cruza junto a mí, y no lo siento, si en algo hace presa, ¿quién se la impedirá?; ¿quién le reclamará? ¿“Qué estás haciendo”?
Cuánto menos podré yo replicarle o escoger argumentos contra él. Aunque tuviera yo razón, no respondería, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara y me respondiera, no creo que me hiciera caso ».

En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madriguera, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
-«Sígueme»
Él respondió:
-«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
-«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
-«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia».
Jesús le contestó:
-«El que echa mano al arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor.

Santo Tomás de Aquino

Muchos son los que ven en Santo Tomás la luz del mundo, y a boca llena le llaman el doctor incomparable; pero no todos conocen su verdadera fisonomía. Se le imagina hierático, impasible, y en realidad es un atleta, un luchador.

De su infancia sabemos muy poco. Transcurre en Montecasino, en la casa matriz de la Orden de San Benito. Desde la edad prematura de los cinco años viste ya el hábito del patriarca de los monjes, canta salmos en el coro y aprende las artes liberales en la escuela monacal. Sus padres, los condes de Aquino, creen prepararle de esta manera para ser abad del monasterio, es decir, uno de los señores más ricos y poderosos de Italia. Pero en 1239 estalla la guerra entre el emperador Federico II y el papa Gregorio IX. Montecasino, ciudadela del papismo, es sitiado y saqueado; los monjes evacúan el claustro, la juventud se dispersa, y Tomás vuelve al castillo familiar.

De esta primera parte de la vida del Doctor Angélico hay que retener dos anécdotas, que son verdaderos presagios. «Sucedió—dice el biógrafo—que su madre fue a bañarse a la playa de Nápoles, y llevó consigo al niño y a la nodriza. Habiendo ésta dejado al niño en un soportal donde suele sentarse la gente, tomó él un trozo de pergamino que estaba tirado en el suelo. Quiso la nodriza arrebatárselo de la mano, pero el niño empezó a llorar fuertemente, apretando su tesoro de tal manera, que la nodriza se vio obligada a ceder. Acudió la madre, y más afortunadamente que la nodriza, pudo ver que en el pergamino estaba escrita la salutación de la gloriosa Virgen María.» El biógrafo añade que cuando el niño se echaba a llorar, para acallarle bastaba ponerle en la mano un papel, que en seguida se llevaba a la boca. En este hecho vieron los antiguos un pronóstico de la ciencia del futuro devorador de libros y del amor que había de tener a la Santísima Virgen el piadoso comentarista del Avemaría.

Ya en la escuela de Montecasino, cuando Tomás tenía apenas siete años, preguntaba con frecuencia a sus maestros: ¿Qué es Dios? Tratábanselo de explicar, pero su inteligencia infantil buscaba siempre respuestas más luminosas. Toda la vida de aquel que iba a ser uno de los más grandes doctores de la cristiandad iba a consumirse en la solución de este problema; y cuando un día el Cielo se le abra para darle la respuesta completa, la pluma se caerá de sus manos y no tardará en enmudecer.

Al salir de la abadía, Tomás fue llevado a la Universidad de Nápoles. Sus padres no habían abandonado el proyecto de hacer de él un abad cumplido. Pero el joven estudiante se encontró allí con los Hermanos Predicadores, que acababan de fundar un convento en la ciudad. El personal universitario se sentía entonces arrastrado hacia la Orden de Santo Domingo, recién instituida; Tomás se dejó llevar del contagio, y se acercaba ya a los veinte años cuando fue vestido del hábito blanco. Aquí empieza su primera lucha. Su padre había muerto; pero su madre, Teodora de Theate, de la familia de los Caraccioli, de la raza de los terribles jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo, era una condesa feudal autoritaria, dura y altiva. Al sentir que se frustraban sus planes, se presentó en el convento con séquito numeroso y reclamó a su hijo. Le dijeron que fray Tomás estaba camino de Roma, y hacia Roma se dirigió ella. En Roma, un nuevo chasco. Fray Tomás acababa de marchar, acompañando al general de la Orden. Irritada, furiosa por aquel ultraje hecho a su autoridad materna, envió un despacho a sus hijos, que estaban en el ejército de Federico II, ordenándoles que vigilasen los caminos y le trajesen preso a su hermano.

Precisamente, el general dominico, que se dirigía a Bolonia, tenía que pasar junto a los lugares donde estaban acantonadas las tropas imperiales. Era un día de primavera. Un poco antes de llegar a Aquapendente, los viajeros se sentaron a la sombra de unos arbustos para tomar su frugal alimento. De pronto, galopar de caballos. Entre los jinetes distinguió Tomás a su hermano Rainaldo. Estaba descubierto. A pesar de las reclamaciones del general, la soldadesca se arrojó sobre él, y después de intentar inútilmente quitarle el hábito, le colocó en una de las cabalgaduras y partió a todo galope.

Alegróse la condesa de ver a su hijo, pero era la alegría de la victoria, no la del amor. Es probable que nunca desapareciera de su alma el resentimiento provocado por aquellas idas y venidas. Ni siquiera intentó ganar la voluntad del joven por la ternura maternal. Al contrario, desde el primer momento mandó que le encerrasen en una torre del castillo señorial. Sólo sus dos hijas Marotta y Teodora podían acercarse a él para convencerle, con caricias y argumentos, de que tomase el hábito que había llevado de niño. No se le trató inhumanamente, pero sí con severidad. El encierro era bastante oscuro, aunque había la luz suficiente para leer, y un dominico de Nápoles logró, burlando la vigilancia de los guardias, hacer llegar hasta el prisionero mensajes de consolación y libros de meditación y de estudio, como la Biblia, los Sofismas de Aristóteles y las Sentencias de Pedro Lombardo. Tomás estudiaba y rezaba; y aunque se cerraba a todas las súplicas de sus hermanas, recibía gustoso sus visitas.

La vigilancia se hizo más estrecha cuando los dos hermanos vinieron del ejército. Acostumbrados a la vida galante de los palacios, a las costumbres sensuales de la caballería—Rainaldo fue uno de los buenos poetas eróticos de aquel tiempo—, resolvieron someter al bello adolescente a una prueba brutal. Trajeron de Nápoles una de sus amigas, célebre por su belleza, y después de decirle lo que deseaban de ella, la introdujeron una noche en la torre. Todo el mundo sabe lo que sucedió; todo el mundo sabe cómo Tomás, cogiendo de la chimenea un tizón inflamado; hizo huir a aquella pobre mujer, y luego al demonio tentador, trazando una cruz negra en la muralla. Bien sabido es también lo que pasó aquella noche: cuando Tomás dormía profundamente, entraron en su habitación dos ángeles, se acercaron a él y le pusieron un ceñidor incandescente. El joven lanzó un grito de angustia y despertó. En adelante no volvería a sentir en su alma las mordeduras de lo que llamaba San Pablo el aguijón de la carne.

Tanta constancia llegó a cansar a los carceleros. La condesa se vio virtualmente vencida; sus hijos tuvieron que ausentarse de nuevo, y las dos hermanas no acertaban a comprender del todo el motivo de aquella oposición. El fraile napolitano que surtía de libros al preso creyó llegado el momento de tentar un golpe atrevido. Tiróle una soga desde el pie de la fortaleza, le invitó a bajar por ella a favor de la oscuridad, y en el exterior aguardó él con dos cabalgaduras. La aventura tuvo un éxito completo.

Un año después, fray Tomás figuraba ya entre los oyentes de Alberto Magno en el colegio de Santiago, de París. Fue el discípulo más humilde y más dócil, verdadero modelo de disciplina intelectual hasta para los más altos espíritus. Pasivo, en el noble sentido que da a esta palabra la filosofía tomista, entregóse a la meditación tenaz de la enseñanza del maestro, a una labor íntima y constante de asimilación, de integración. Este carácter reflexivo le alejaba de los recreos, de las discusiones, de las conversaciones. Era un taciturno. Sus condiscípulos empezaron a darle un mote, que aunque tenía su punta de desdén, no era del todo desgraciado. Llamábanle el «buey mudo». El mismo exterior de fray Tomás justificaba el apelativo. Era de una talla gigantesca, gordo y algo pesado. Sus carnes eran blandas, fofas, las «carnes molles», que él juzgará después las más favorables para el esludio. Era una estructura fisiológica más norteña que meridional, más germánica que griega. Tres calificativos—magnus, grossus, brumus—resumen los rasgos esenciales de aquella fisonomía. La tez morena era precisamente lo que había en él de meridional, lo que había heredado de su padre, juntamente con una sensibilidad exquisita, pues era, como dice el biógrafo, «maravillosamente pasible».

Los genios se atraen o se rechazan, pero se comprenden, y si Tomás pasó algún tiempo inadvertido a los ojos de sus condiscípulos, no le sucedió lo mismo con el maestro. Precisamente, la cualidad suprema de Alberto el Grande era la penetración. Enteramente auténtico es el episodio que se ha llamado, con justicia, la revelación del genio de Santo Tomás de Aquino. Tomás tenía veinticinco años. Su maestro creyó llegado el momento de darle a conocer, y lo provocó a una discusión delante de todos los discípulos. De una y otra parte, los argumentos partían certeros, profundos, sutiles. Los estudiantes estaban mudos de admiración; pero hubo un momento en que ya creyeron vencido a su compañero. De pronto, Tomás acertó con una distinción feliz, y así acabó la disputa.

—Resuelves la cuestión como doctor, no como discípulo
—le dijo Alberto Magno.
—Maestro—respondió él—, no me es posible hacer otra cosa.

Durante aquel mismo año, el discípulo redactó el curso que el maestro acababa de dar sobre los nombres divinos.

Tenemos muestras de la escritura de Tomás en esta época: es una letra fea, desgarbada e insuficientemente articulada. No era un calígrafo. El pensamiento tenía demasiada rapidez para que la mano pudiese seguirle.

Seguían entre tanto los esfuerzos de la familia para torcer aquella vocación decidida; pero las violencias se habían transformado en súplicas y sollozos. Terribles desgracias acababan de caer sobre los de Aquino. Rotas de nuevo las hostilidades entre el emperador y el Papa, la condesa Teodora y sus hijos habían combatido contra los germanos. El castillo fue sitiado y saqueado; Rainaldo, el trovador, ejecutado, y Teodora tuvo que andar de una parte a otra buscando un refugio. Sólo Tomás podía restaurar el prestigio de la familia aceptando la abadía de Montecasino. El Papa Inocencio IV aprobaba y casi solicitaba; pero fue imposible conseguir de Tomás que dejase su hábito blanco. Desolada con esta negativa, hizo la condesa un esfuerzo supremo, logrando que el Pontífice ofreciese a su hijo el arzobispado de Nápoles. Nada pudo conmover el ánimo del joven estudiante. A su lado estaba el gran sabio del tiempo, Alberto Magno, indicándole su verdadera vocación: la doctrina cristiana corría riesgo de verse sumergida por la invasión del aristotelismo, importado de España. Era preciso absorberla, asimilarla, encauzarla; y, espíritu observador, Alberto vio en aquel discípulo el hombre destinado a realizar la grande hazaña.

Renunciando a toda mira egoísta, considerando solamente el avance de la cultura y la religión, el maestro resolvió dejar su cátedra de la Universidad de París al discípulo. Todo el mundo vio en esta conducta un despropósito. Tomás tenía veintisiete años, y las leyes exigían treinta y cinco para ocupar aquel puesto. El general de la Orden se opuso, pero hubo presiones de Roma que le obligaron a ceder. Empezó Tomás comentando con un éxito prodigioso al Maestro de las Sentencias. Los mugidos del «buey mudo» empezaban a oírse por toda la cristiandad. Desde el primer momento se vio que el discípulo aventajaba al maestro, si no en la amplitud de la erudición, sí, ciertamente, en la precisión, claridad y profundidad de las ideas. Memoria prodigiosa, penetración agudísima, potencia formidable para el trabajo; no le faltaba nada de cuanto hace a los hombres de genio. Pero el mayor asombro procedía de la novedad de su enseñanza. Se le consideraba como un novador. Artículos nuevos, maneras nuevas, nuevas razones, luz nueva, opiniones nuevas, nuevas tesis y métodos nuevos, tales son las expresiones de Guillermo de Tocco cuando nos habla de su sistema. El nombre de Aristóteles brota constantemente de sus labios. Ha empezado a realizar su obra de refundición aristotélica, ha visto ya la metafísica y la moral del Peripato como el marco apropiado para recibir el contenido de la teología cristiana. Era una audacia enorme. Durante todo el primer tercio del siglo XIII, los libros de Aristóteles habían sido reiteradamente prohibidos en las escuelas, y es que el filósofo griego era únicamente conocido a través del filósofo español Averroes.

Las consecuencias de aquel atrevimiento, o, mejor, de la envidia de los demás profesores contra el joven intruso, fueron una lucha prolongada y encarnizada, a que dio fin Tomás cincuenta años después de muerto, al ser canonizado por el Papa Juan XXII. De una parte, estaban los agustinianos, los defensores de la filosofía tradicional, mandados por Guillermo de Santo Amore; al lado opuesto, ya dentro del campo de la herejía, se agrupaban los averroístas, a quienes dirigía otro profesor parisiense, el amable y optimista Siger de Brabante; en medio, defendiéndose de unos y otros, atacando victoriosamente, realizando su labor admirable de síntesis, seguro de su ciencia y de su fe, rodeado de enemigos poderosos, pero protegido siempre por los Papas; descollaba la figura majestuosa de Tomás de Aquino. Esta lucha ocupa toda la vida del gran doctor, y es preciso tenerla en cuenta para comprender sus obras. No nacieron, como se cree, en la pasividad de una contemplación solitaria, sino en el movimiento de una existencia prodigiosamente activa y militante. La anécdota famosa que nos presenta a Santo Tomás en el palacio de San Luis dando un puñetazo en la mesa y diciendo: «He acabado con los maniqueos», tiene un sentido simbólico y nos recuerda que el Doctor Angélico es el atleta de la fe, el pugil fidei, como le ha llamado la tradición.

Profesor de París o teólogo de los Papas, en el colegio de Santiago o en la corte pontificia, Tomás enseñaba y escribía; escribía y publicaba lo que antes había enseñado en la clase. Apareció primero su Comentario sobre los cuatro libros de las Sentencias; después, su obra Sobre la verdad. sus grandes comentarios bíblicos, y la Suma contra los gentiles, que le preparaba para componer la Summa Theologica. Con el libro De unitate intellectus destruía los errores averroístas, que habían comprometido la causa de un sano aristotelismo. Al mismo tiempo estudiaba al Estagirita en traducciones directas, emprendía análisis críticos acerca de sus obras, leía la antigua literatura de la Iglesia, y, después de comparar los lugares más importantes, componía una obra célebre, titulada Cadena de oro. Su obra maestra, la Summa Theologica, empezada en 1267, es de los años en que se hace más furiosa la batalla entre averroístas, platónico-agustinianos y aristotélicos. Su intención fue recoger en una vasta síntesis el ciclo completo de todas las cuestiones que había tratado en su vida de escritor y profesor, y precisar, con respecto a ellas, su pensamiento definitivo. Al mismo tiempo, realizaba el prodigio de condensar, de unificar, de armonizar todo el caudal filosófico y religioso de dos civilizaciones diversas y opulentísimas: la helénica y la cristiana, conciliación audaz y maravillosamente realizada, que contará siempre como una de las mayores hazañas del pensamiento humano.

Esta actividad intelectual tan fuerte, tan intensa, se juntaba con una vida de la más alta y férvida oración. En Santo Tomás, el teólogo eclipsa casi al místico, pero hay un momento en su vida en que el místico hace enmudecer por completo al teólogo. No era muy dado a penitencias extraordinarias; aunque solía leer frecuentemente las Conferencias de Casiano con los Padres del desierto. Amaba el ayuno y el silencio, y por uno de sus discípulos sabemos que uno de sus solaces favoritos consistía en pasearse solo por el claustro, con pasos lentos y grandes, la cabeza descubierta y levantada hacia el cielo. En París se abstenía de todo trato con el exterior. En relaciones constantes con el rey, el cual le enviaba sus decretos por la tarde para que los revisase durante la noche, sólo una vez quiso aceptar su mesa. Su conducta se resume en estos consejos que daba a los demás: «Sé lento para hablar. Ama la celda. No rompas el hilo de tu meditación. No te familiarices con nadie, porque la familiaridad distrae del estudio. Evita, sobre todo, el ir y venir sin finalidad ninguna.»

La especulación y la oración eran dos hermanas excelentes en la vida del gran doctor: se ayudaban, se mezclaban, se fundían. «Cada vez que fray Tomás tenía que enseñar, discutir, escribir o estudiar—dice fray Reginaldo, su tierno amigo—, acudía secretamente a la oración, y muy frecuentemente derramaba lágrimas antes de consagrarse al estudio de las verdades divinas.» Este doctor, que nos imaginamos flotando en las regiones serenas de la fría intelectualidad, tenía un alma impregnada de mística piedad. Diciendo misa, descubriendo un alto misterio, cantando el responsorio Media vita en el coro, las lágrimas inundaban sus mejillas. Y muchas veces a las lágrimas sucedía el éxtasis. En él se juntaban dos éxtasis de difícil demarcación: el especulativo y el místico. Una vez tuvo el médico que cauterizarle la pierna. Como era tan sensible, temióse que no resistiría; pero él se echó algún tiempo antes en el lecho, absorbióse en sus especulaciones, y no sintió la quemadura. Esta manera de anestesiarse le fue muy útil en varias ocasiones, y la empleaba, sobre todo, siempre que el cirujano del convento tenía que abrirle la vena para sangrarle.

Como se ve, tenía una predisposición natural para los éxtasis verdaderamente sobrenaturales, que al fin de su vida se hicieron en él casi diarios. Es famoso aquel en que oyó una voz que le decía:
—Bien has escrito de Mí, Tomás; ¿qué recompensa quieres recibir?
—Sólo Vos mismo, Señor—respondió el santo.

Un reflejo de esta vida ascética lo encontramos en la liturgia incomparable del Santísimo Sacramento, y muy particularmente en los sermones del santo. Predicó entre la concurrencia estudiantil de la Sorbona, en la corte pontificia y en los grandes concursos del vulgo. En Nápoles habló diariamente durante una cuaresma, y su emoción al exponer la Pasión de Cristo era tan comunicativa, que se veía precisado a interrumpir el discurso para dejar llorar a los fieles. Estos sermones populares son modelos de claridad, de espontaneidad, de unción y, a veces, de lirismo.

Decíamos que en Tomás el místico eclipsó al teólogo. Veamos por qué. El 6 de diciembre de 1273 decía fray Tomás la misa en la capilla de San Nicolás, de Nápoles. Arrebatado en éxtasis, tuvo una visión extraordinaria, y tan tenaz, que fue preciso volverle en sí violentamente. Desde entonces quedó extrañamente transformado. Había llegado en la Summa al tratado de los Sacramentos, y no escribió más. Muy triste de que aquella grande obra quedase incompleta, fray Reginaldo le importunaba, diciendo:

—Padre, ¿cómo podéis dejar así ese libro, que habéis empezado para la gloria de Dios y la iluminación del mundo?

Tomás respondía:

—No puedo más.

Pero de tal modo insistió aquel buen amigo, consejero, amanuense y confesor del santo, que Tomás se vio obligado a revelar su secreto:

—No puedo más—le dijo—; lo que he escrito, comparado con lo que he visto, me parece ahora como el heno.

Algún tiempo después fue fray Tomás a pasar unos días en casa de su hermana la condesa de San Severino, a quien amaba tiernamente. Le agasajaron con esplendidez y con cariño; pero apenas pudieron sacar de él algunas palabras.

—¿Qué le pasa a mi hermano?—preguntó la condesa—; le hablo y no responde; está como estupefacto.

Fray Reginaldo respondió:

—Desde el día de San Nicolás se encuentra en este estado, y no ha vuelto a escribir más.

No obstante, era preciso dirigirse al concilio de Lyon, para el cual había recibido Tomás una invitación personal del Papa Gregorio X. En el camino hizo un rodeo para visitar a su sobrina Francisca, en el castillo de Paenza. Apenas había llegado, cuando se sintió gravemente enfermo, de una enfermedad extraña, que el médico no acertaba a comprender. Había perdido completamente el apetito. Como le insistiesen que debía tomar alguna cosa, pidió sardinas frescas; pero no las probó. Era un capricho de enfermo. Deseando morir en una casa religiosa, mandó que le transportasen al monasterio vecino de Fossanova. Al llegar, pronunció estas palabras: «Aquí está mi descanso.» La hospitalidad de los hijos de San Benito se unía aquí a la gratitud más profunda por el hombre que había construido el gran edificio de la sistematización teológica del cristianismo. Los monjes se deshacían para alegrar y consolar sus últimos días. Veíaseles trayendo sobre sus hombros la leña que había de calentar su cuarto en aquellas duras mañanas del invierno. El maestro, emocionado, les preguntó cómo podía pagarles tanta solicitud, y ellos le pidieron que les comentase el Cantar de los Cantares. Fue el supremo esfuerzo; poco después, el 7 de marzo de 1274, fray Tomás moría, sometiendo todos sus escritos «a la corrección de la Santa Iglesia Romana». Moría de haber visto a Dios; aquella enfermedad misteriosa había empezado aquel día 6 de diciembre, en que su espíritu ávido se paseó por lo más alto de los Cielos. «Nadie que vea a Dios puede vivir.»

martes, 27 de septiembre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Job abrió la boca y maldijo su día diciendo: 
«¡ Muera el día en que nací, y la noche que anunció: “Se ha concebido un varón”!
¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?
¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?
Ahora descansaría dormiría tranquilo, ahora dormiría descansado con los reyes y consejeros de la tierra que se hacen levantar mausoleos, o con los nobles que amontonan oro, que acumulan plata en sus palacios.
Como aborto enterrado, no existiría, igual que criatura que no llega a ver la luz.
Allí acaba el ajetreo de los malvados, allí reposan los que están desfallecidos.
¿Por qué se da luz a un desgraciado y vida a los que viven amargados que ansían la muerte que no llega y la buscan más escondida que un tesoro, que gozarían al contemplar el túmulo, se alegrarían al encontrar la tumba, al hombre que no encuentra camino porque Dios le cerró la salida?».

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.
Y envió mensajeros delante de él.
Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.

Palabra del Señor.

San Vicente de Paúl

El Señor Dios que es tan bueno, siga enviando al mundo muchos Vicentes como este, para bien de todos los necesitados. Dichoso el que se compadece del pobre. Dios lo bendecirá (Salmo 41). 

Vicente significa: "Vencedor, victorioso".

Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.

Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote.

Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes.

1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos.

2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: "Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero". A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: "Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa".

3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma "la noche oscura". A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. Cae a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres. Se pone bajo la dirección espiritual del Padre Berule (futuro cardenal) sabio y santo, hace Retiros espirituales por bastantes días y se lanza al apostolado que lo va a volver famoso.

Dice el santo "Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable". Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: "Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?".

San Vicente contaba a sus discípulos: "Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades". Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión".

Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.

Vicente se hace amigo del Ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos. Y allí descubre algo que no había imaginado: la vida horrorosa de los galeotes. En ese tiempo para que los barcos lograran avanzar rápidamente les colocaban en la parte baja unos grandes remos, y allá en los subterráneos de la embarcación (lo cual se llama galera) estaban los pobres prisioneros obligados a mover aquellos pesados remos, en un ambiente sofocante, en medio de la hediondez y con hambre y sed, y azotados continuamente por los capataces, para que no dejaran de remar.

San Vicente se horrorizó al constatar aquella situación tan horripilante y obtuvo del Ministro, Sr. Gondi, que los galeotes fueran tratados con mayor bondad y con menos crueldad. Y hasta un día, él mismo se puso a remar para reemplazar a un pobre prisionero que estaba rendido de cansancio y de debilidad. Con sus muchos regalos y favores se fue ganando la simpatía de aquellos pobres hombres.

El Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas. Y allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos y veredas y el éxito fue clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. Son ahora 4,300 en 546 casas.

El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que son ahora la comunidad femenina más numerosa que existe en el mundo. Son ahora 33,000 en 3,300 casas y se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: "No me queda más dinero para darle", y el santo le respondió: "¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?", y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia.

Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: "Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario".

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: "No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también".

El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Un día los hijos de Dios se presentaron ante el Señor; entre ellos apareció también Satán.
El Señor le preguntó a Satán:
«¿De dónde vienes?».
Satán respondió al Señor:
«De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».
El Señor añadió:
«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal».
Satán contestó al Señor:
« ¿Y crees que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden por el país. Extiende tu mano y daña sus bienes y ¡ya verás cómo te maldice en la cara».
El Señor respondió a Satán:
«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques».
Satán abandonó la presencia del Señor.
Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del hermano mayor, llegó un mensajero a casa de Job con esta noticia:
«Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el ganado. Sólo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y a los pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Una banda de caldeos, divididos en tres grupos, se ha echado sobre los camellos y se los ha llevado, después de apuñalar a los mozos. Sólo yo pude escapar para contártelo».
No habla acabado de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Sólo yo pude escapar para contártelo».
Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:
«Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo, Job no protestó contra Dios.

En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado.
Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir».
Jesús le respondió:
-«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».

Palabra del Señor.