martes, 21 de febrero de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


Hijo, si te acerques a servir al Señor, permanece firme en la justicia y en el temor y prepárate para la prueba.
Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad.
Pégate a él y no te separes para que al final seas enaltecido.
Todo lo que te sobrevenga, acéptalo y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. Confía en Dios y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él.
Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis.
Los que teméis al Señor, confiad en él, y no sé retrasará vuestra recompensa.
Los que teméis al Señor, esperad bienes, gozo eterno y misericordia.
Los que teméis al Señor, amadlo, y vuestros corazones. se llenarán de luz. Fijaos en las generaciones antiguas y ved:
¿Quien confió en el Señor y quedó defraudado?, o ¿quién perseveró en su temor y fue abandonado?, o ¿quién lo invocó y fue desatendido?
Porque el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia, protege a aquellos que lo buscan sinceramente.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía:
«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».
Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

Palabra del Señor.

San Roberto Southwell

A San Roberto la Iglesia de Inglaterra le debe gran parte de su vida. En su apostolado fue incansable. Recorrió gran parte de la isla. Sus escritos y poemas dieron un toque de arte al catolicismo postrado.

Niñez y juventud. 

Roberto nace a fines de 1561, en Horsham, muy cerca de Norwich, en Inglaterra. Isabel estaba en el trono desde hace tres años.

Su abuelo fue el comisionado real para vigilar la supresión del priorato benedictino de la Santa Fe. En una propiedad que quita a los monjes, construye su casa. Cuando joven toma parte en un falso testimonio contra Santo Tomás Moro. En los cambios religiosos de la reina María, Sir Richard Southwell navega audazmente entre dos aguas. Sobrevive a la transición por hacer sido escolta de la princesa María cuando ésta vivía en desgracia.

Su padre, también de nombre Ricardo, contrae matrimonio con Bridget Copley, de gran fortuna. El es protestante. Thomas Copley, el cuñado también fue compañero de una princesa caída, pero de Isabel. Más aún, Thomas, durante el reinado de María, toma la fe protestante. Isabel le agradeció siempre el gesto.

Sin embargo los Southwell mantienen, en su castillo, a un sacerdote católico. Por lo menos en los primeros años de Roberto. No sabemos por qué. Tal vez porque Bridget es católica. Su hermano Thomas ha vuelto a la fe de Roma al leer en 1562 las actas del Concilio de Trento. Con María se hizo protestante y con Isabel se hace católico.

La niñez de Roberto es muy tranquila. El es el menor de una familia de ocho hijos, cinco mujeres y tres hombres. En todo es semejante a la de otros niños nobles de la región.

De su infancia sólo conocemos un episodio. Pequeñito, en el parque del castillo, fue raptado por una mujer gitana la que dejó en la cuna a su propio hijo. Pero un instante después el aya puso a todos en movimiento y el niño fue rescatado. Y Roberto, para ella, guarda los mejores sentimientos de aprecio. Más tarde, ya sacerdote, la busca. Con amor la reconcilia con la fe católica.

En ambiente católico.

En 1571 su madre Bridget pasa una temporada larga en casa de su hermano Thomas Copley. Roberto tiene diez años y va con ella. En esa costa sur de Inglaterra el catolicismo es fuerte y se practica la fe en muchas casas. Los sacerdotes llegan, celebran misas, instruyen y confiesan.

Poco a poco Roberto comienza a practicar la fe de su madre. Ya se habla de los sacerdotes que se forman en el continente, en el Seminario fundado en Flandes por Sir William Allen quien se ha exiliado por la fe. Bridget, cuando vuelve a Horsham deja a Roberto en casa de los tíos. Allí podrá asegurar la fe que ha encontrado.

Poco después, Thomas Copley y su familia determinan exiliarse. Para la fe es más seguro vivir en el continente. Roberto pasa a vivir a casa de su primo John Cotton ubicada en una ensenada de la costa de Warblington. La familia Cotton es muy católica. El hijo mayor, Ricardo, es alumno de un Colegio jesuita en Bégica.

En el continente.

En 1576 Roberto y su primo John atraviesan el Canal y pasan a Francia. Desde Parí el agente los hace pasar a Flandes y los entrega sanos y salvos en manos de Sir William Allen. El Diario del Colegio Inglés de Douai tiene un registro fechado el 10 de junio: “Mr Cotton y Mr Southwell, ambos hijos de nobles, fueron traídos a nosotros desde Inglaterra por el mismo agente”.

El arreglo para Roberto consiste en que él vivirá en el Colegio Inglés, pero será alumno del Colegio de la Compañía de Jesús.

En el Colegio Inglés viven ciento veinte muchachos de diversas edades, entre 15 y 25 años. Todos vienen de Inglaterra y tienen buenos estudios. Los tutores son en su mayoría graduados de Oxford. El objetivo de Sir William Allen es preparar sacerdotes para Inglaterra.

El Colegio jesuita de Douai tiene mil alumnos. Es el primero de Bélgica. El currículo es el clásico.

Roberto se matricula en Humanidades. Estudia Cicerón y algo de Virgilio, Horacio, Ovidio y Cátulo. El griego, es lo necesario para entender el Nuevo Testamento y algunas homilías de San Juan Crisóstomo. Ejercita algo el teatro y se inscribe en la academia de oratoria. Pero su afición es la poesía y los jesuitas lo alientan. Escribe en inglés y traduce al latín. Como profesor tiene al célebre P. Leonardo Lessio.

Al término del año solicita formalmente ingresar en la Compañía de Jesús. Los Superiores le piden esperar, pues es muy joven. El discernimiento debe hacerlo con más calma.

Francia.

Su tío Thomas Copley y la familia viven en Lovaina. Lo visitan y Roberto pasa unos días con ellos. Thomas Copley insiste y convence a los dos primos a trasladarse a París, al famoso Colegio jesuita de Clermont.

En París, Roberto se dirige espiritualmente con el P.Thomas Darbyshire, célebre jesuita y uno de los primeros ingleses que dieron su nombre a la Compañía.

En París dos cosas importantes suceden a Roberto Southwell. Primero, comienza a formar su estilo literario. Después, continúa con su discernimiento.

Discernimiento vocacional.

Roberto fluctúa ahora entre la Cartuja que lo atrae por sus austeridades y la Compañía de Jesús que le puede hacer posible el regreso a Inglaterra a predicar la fe. El P. Darbyshire no influye. En la oración debe encontrar el camino. Le enseña a orar. Le da los Ejercicios. La calma vuelve, pero la decisión todavía no es clara.

El 15 de junio de 1577, Roberto vuelve a Flandes. Allí tomará la determinación definitiva. Su estadía en París ha sido de seis meses.

En Douai vuelve a la carga. Ora mucho y hace penitencia. El sabe que debe entregarse, pero la consolación no llega. De nuevo trata con un jesuita, esta vez con el P. Columbus. Al fin se decide por la Compañía de Jesús.

Pide el ingreso. Pero nuevamente es postergado. Es muy joven y es inglés. No tiene la licencia de los padres. Además es aficionado a los versos.

Roma.

Roberto Southwell decide viajar a Roma. Tal vez piensa en el joven Estanislao de Kostka que diez años antes viajó desde Viena a la ciudad eterna. Con el sacerdote Edmund Holt y otros tres muchachos ingleses emprende el camino. Pasan por París. En el Colegio de Clermont saluda a su amigo el P. Darbyshire, obtiene su bendición y sigue viaje.

En Roma se aloja en el albergue de los peregrinos ingleses. Se pone en contacto con el jesuita inglés P. Roberto Persons y por tercera vez postula a la Compañía.

Ingreso al Noviciado.

El 17 de octubre de 1578 fue recibido en el Noviciado de San Andrés del Quirinal. En la misma casa, hace once años ingresó en la Compañía San Estanislao de Kostka. Roberto Southwell también tiene diecisiete años.

Es un buen novicio. Se conservan algunos apuntes espirituales sobre la firmeza de su vocación y la oración de contemplación, en un hermoso inglés.

Para el segundo año de noviciado Roberto es trasladado al Colegio Romano. La formación es confiada al P. Persons.

Los estudios.

En el Colegio Romano debe repasar los estudios de filosofía, hechos con algún desorden en Douai y en París. Entre sus profesores figuran San Roberto Bellarmino, Suárez y Clavius.

En los primeros días de abril de 1580 tiene el consuelo de conocer personalmente a San Edmundo Campion. Desde Praga ha sido llamado para iniciar la gran aventura de la evangelización inglesa. Roberto lo admira. Tienen las mismas aficiones por las letras y la poesía. Los dos son jesuitas y anhelan volver a la patria. Con cierta pena, alegría y nostalgia Roberto ve partir a sus amigos, los PP. Persons y Campion, en esa misión envidiable. Les pide rogar por él para, un día, unirse en la reconquista de Inglaterra.

El 18 de octubre de 1580 pronuncia los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. “Mi alma está ahora unida al Crucificado. El parecido total es el amor. El no parecerme es el olvido”.

En 1581 da su examen final de filosofía. Se conserva el testimonio de un amigo: “Su talento y capacidad lo hicieron triunfar. Lo digo sin exageración. Fue el más brillante de todos”.

En el Colegio Inglés de Roma.

Inmediatamente Roberto es trasladado al Colegio Inglés, en el Campo de Fiori. Debe iniciar los cursos de teología en la Universidad Gregoriana y al mismo tiempo ser tutor de estudios filosóficos de sus compatriotas ingleses.

El Colegio Inglés crece. Roberto recibe con entusiasmo a los 22 jóvenes que desde Inglaterra envía su amigo Campion. Los alumnos son ahora casi setenta. ¡Qué juventud tan excelente!. Diez de estos jóvenes morirán mártires, otros veinte pasarán años en las cárceles, diez morirán antes de terminar los estudios. Solamente unos pocos vivirán ocultos predicando la fe.

Roberto anima. Escribe incansable cartas a todos, a los amigos de Francia, Flandes y Nápoles. Redacta y publica las Cartas Anuas del Colegio Inglés. La situación de la Iglesia de Inglaterra pasa a ser muy conocida y la ola de simpatía se expande por los países del continente. Solamente las autoridades de la isla se esfuerzan por aminorar los esfuerzos de los católicos.

Entre los discípulos de Roberto Southwell hay algunos verdaderamente célebres. Entre ellos cuenta a San Enrique Walpole quien muy pronto pasa a la Compañía. También están los bienaventurados George Haydock, Christopher Bailey, Edmund Duke, John Ingram, Christopher Buxton y Polidoro Plasden.

La ordenación sacerdotal.

En 1585, a los veinticuatro años recibe en Roma la ordenación sacerdotal. No sabemos exactamente la fecha. De inmediato es nombrado Prefecto general de estudios y Director de la Congregación mariana en su querido Colegio Inglés.

El trabajo sigue igual. Pero el corazón de Roberto está en Inglaterra. Una y otra vez reza y discierne.

“El deseo del martirio está siempre muy presente en mí, con fuerza, humildad y devoción. Sin embargo no puedo estar seguro de que este deseo sea una garantía de dar la vida por defensa de la fe. He manifestado mis deseos al Superior, que él decida. La vida y la muerte están en tus manos, querido Jesús. Cualquiera que des no es pérdida para ti, pero la muerte para mí es ganancia. Entonces, déjame morir y venir a Ti, querido Jesús. No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú. Que se haga tu voluntad”.

La ciudad de Roma, la que quiere dejar, está en su apogeo. Ha vivido en ella casi ocho añs. Gregorio XIII es el gran pontífice que gobierna a la Iglesia. Tan amante de Inglaterra. El P. Claudio Acquaviva es el General de la Compañía, otro gigante. Roberto asiste, con gozo, a la inauguración de la Universidad Gregoriana. Toma parte activa, con sus alumnos, en la consagración de la Iglesia del Gesù. Presencia la llegada de los japoneses enviados desde Oriente. Se conmueve con el ingreso del príncipe Luis Gonzaga a la Compañía de Jesús.

El discernimiento final.

En enero de 1586 envía al P. Claudio Acquaviva su informe sobre la marcha del Colegio Inglés. Al final pone un párrafo con su petición tanto tiempo discernida.

“Respecto a mí deseo agregar una sola cosa. La he rezado mucho y la deseo con toda el alma. Ha decidido usted que yo me entregue a los ingleses, aquí en Roma. Pero también puede ser decisión suya, con inspiración de Dios, que yo tenga la misma misión en Inglaterra, con el martirio como objetivo. Jamás dejaré de competir con Dios, en la oración, para conseguir esta gracia. Al Señor le pido que a usted lo conserve por muchos años”.

Al P. General le toca ahora discernir. No quiere desprenderse del P. Southwell. Sir William Allen y el P. Roberto Persons han pedido expresamente a Roberto Southwell. La misión inglesa lo necesita. Ora mucho y decide: los PP. Enrique Garnet y Roberto Southwell irán a Inglaterra.

El viaje a la patria.

En la mañana del ocho de mayo de 1586 tres jinetes atraviesan el viejo puente Milvio. El P. Persons quiere cabalgar un poco con sus dos amigos. Los acompaña hasta la vía Flaminia. Les da instrucciones y los nombres de quienes pueden ayudarlos en Londres. Les suplica visitar a su anciana madre y confortarla. Los bendice y vuelve a su trabajo.

Garnet y Southwell se detienen en Loreto, después en Modena, Parma Piacenza y Milán. Siempre en casas de la Compañía. Atraviesan los Alpes y van a Francia. Los espías del gobierno inglés ya han informado de su partida. “Dos jesuitas van a Inglaterra. Los dos son muy jóvenes. El P. Southwell y el P. Garnet. Dios sea propicio”.

En junio llegan a los Países Bajos. Douai es la casa espiritual de Southwell, por mil razones. Descansan quince días. En Saint Omer, los jesuitas los reciben y les preparan la travesía hacia la patria. El 15 de julio está todo listo. Saldrán al día siguiente. San Roberto escribe su última carta del continente, a su amigo el P. John Deckers que vive en el Colegio de Douai.

“Por fin he llegado al borde de la muerte. Te pido me ayudes con tus oraciones. Bien veo adónde me encamino. El Señor es quien me envía. Yo no temo, pues El estará a mi lado para ayudarme”.

Inglaterra.

En la madrugada del día subsiguiente levantan anclas. Tienen viento contrario durante toda la noche con gran angustia de la tripulación. Al amanecer el viento cambia.

En una playa solitaria, entre Dover y Folkestone, desembarcan.

A los dos días llegan a Londres. Proceden con extrema cautela. Algunos católicos les indicaron que eran buscados. Southwell y Garnet pasan a vivir a la casa de Sir Francis Browne, convertido a la fe católica seis años antes por el P. Roberto Persons. Allí se entrevistan con el P. William Weston, el único jesuita que ha logrado eludir a los cazadores de sacerdotes.

Como el cerco se estrecha, el P. William Weston los conduce a Hurleyford a casa de Richard Bold, un recién convertido de Weston, que tiene un amplio espacio en su casa de campo. Richard Bold y su mujer viven en paz y practican fervorosamente su fe.

Los primeros planes.

En Hurleyford, los jesuitas organizan todo el plan de acción. Los sacerdotes que llegan del continente son cada día más numerosos y es necesario distribuirlos en lugares seguros.

A su regreso a Londres Roberto Southwell se instala en la mansión de Lord William Vaux, en Hackney. El hijo es poeta y se aficiona a Roberto. La casa pasa a ser el centro de operaciones apostólicas. De día, ora y escribe. De noche, se desliza por las calles de Londres. Con su amigo Henry Vaux, su ángel guardián, visita a todos los católicos. Termina por conocer de memoria las calles de su querida ciudad.

Para la instrucción, formación y consuelo de sus amigos escribe numerosas cartas, libros y poemas. Tiene tiempo en las muy largas horas del día. Todos ellos son impresos en la pequeña tipografía instalada en la casa de la condesa de Arundel.

El continuo asedio.

La búsqueda de las autoridades inglesas es incesante. Hay un verdadero odio por los escritos de Southwell y la fortaleza de los católicos que lo defienden. Dos veces están a punto de detenerlo.

Los cazadores llegan a las seis de la mañana. Antes que pueda dar la alarma, el piquete detiene a la portera. Southwell está en la capilla con dos sacerdotes al final de la Misa. Al ruido en el primer piso, baja Lord William Vaux y con aplomo exige guardar las espadas. Si es absolutamente necesario hacer un registro, éste debe hacerse con dignidad. Muy inglés. Después de un diálogo que trata de alargar, permite pasar a los soldados. Entretanto Lady Vaux esconde los vasos sagrados e introduce a los sacerdotes en el escondite. “Yo oí cómo ellos me buscaban. Golpearon los muros y rompieron maderas buscando el lugar secreto. No me encontraron, a pesar de estar separado de ellos por un tabique”.

La mansión es sitiada y Roberto permanece varios días en el lugar secreto. “La casa de tal manera fue vigilada que yo por muchas noches debí dormir con mi ropa puesta, en un sitio muy estrecho e inconfortable. Estoy todavía libre, pero obligado a sufrir el encierro”.

Con la condesa de Arundel.

En el mes de diciembre Roberto recibe un llamado de la condesa de Arundel, Ana Dacre, esposa del futuro Bienaventurado Felipe Howard, prisionero en la Torre de Londres, y a quien la Compañía de Jesús debe extraordinarios servicios. Ella vive en un barrio casi enteramente protestante. Con valentía Roberto va y la conforta. Decide también aceptar su invitación y trasladarse a su casa. En esa parte de Londres, los cazadores de sacerdotes no buscan presas.

Durante dos años Roberto Southwell hace allí una vida oculta y solitaria. Es un huésped venido de lejos, un pariente enfermo. Su verdadera identidad es ignorada por todos, a excepción de los señores. Cualquier criado puede denunciar por una recompensa. No se asoma a la ventana y come en su aposento. Si alguna vez sale, lo hace de noche y disfrazado de sirviente.

El apostolado lo hace, las más de las veces, a través de la condesa de Arundel, siempre dispuesta a acudir allí donde hay una necesidad o una obra buena que cumplir. El P. Roberto Southwell puede acompañarla como un miembro más de su servicio.

Campeón de la fe.

La admiración hacia Southwell crece cada día entre los católicos, y aún entre no pocos protestantes. Nadie puede explicar cómo este hombre se multiplica. Sus escritos están en todas partes.

Escribe “Una Carta de Consuelo a los Sacerdotes, nobles y laicos perseguidos por la Fe católica”. Es un documento que conmueve a los cristianos perseguidos. De inmediato va a la imprenta y es profusamente difundido. Es una carta que revive los días de la gran devoción de Inglaterra. La excelencia y ritmo de su estilo entusiasma a los ingleses. “Nuestra infancia es un sueño, nuestra juventud una locura, nuestra edad adulta un combate, toda nuestra edad muy débil, nuestra muerte un horror. Cuando Inglaterra fue católica, tuvimos gloriosos confesores, hoy nuestra gloria son los mártires”.

Escribe también una carta hermosísima a Felipe Howard, el conde de Arundel, prisionero en la Torre y sentenciado a muerte desde el 18 de abril de 1589. En esa carta expone sus mejores sentimientos y argumentos. La gracia del martirio es el mejor medio para demostrar a Dios el amor hacia El y a la Iglesia. Es un documento entre dos Santos. La carta de San Roberto Southwell sostiene de una manera increíble a San Felipe Howard once años, hasta su santa muerte en la carcel, el 19 de octubre de 1591.

Roberto tiene en Londres una serie de sacerdotes trabajando con él. Del Colegio Inglés de Roma están sus antiguos alumnos Richard Leigh, Christopher Buxton, Robert Moreton, futuros mártires, Robert Charnock y Robert Gray. Del Colegio de Rheims llegan dos magníficos misioneros, Anthony Middleton y William Gunter, quien también será mártir. Todos están alojados por él en una casa de la condesa de Arundel, en Londres.

San Roberto escribe al P. General: “A pesar de todo, la fe crece en la tormenta, y nuestra Arca de Noé exultante remonta las olas”.

La Invencible Armada.

La invasión de Inglaterra por la fe, conmueve a San Roberto. Todo el mundo sabe que Felipe II prepara la Invencible Armada. Los ingleses no quieren la guerra. Sólo anhelan paz y libertad. San Roberto sufre, porque a los católicos se los quiere presentar como a enemigos de su propia patria. El se multiplica. Habla y escribe. El inglés católico es fiel y obediente a la reina. No quiere su derrota.

En septiembre de 1588 el peligro ha terminado. Hay un suspiro de alivio. Pero pronto se transforma en nueva angustia. La persecución religiosa atemperada por el peligro y el deseo de asegurar la simpatía de la población, se hace ahora más dura. Una carta de San Roberto al P. Acquaviva da un muy buen testimonio.

“No sé si el llorar en soledad las penas de mi tierra sea mejor que exponer su miseria a las naciones extranjeras. Yo sé que la historia de nuestros sufrimientos mueve a la piedad. Tengo mucho miedo de que la tiranía de nuestros perseguidores será un mayor daño para el nombre de Inglaterra que la gloria por la valentía de los mártires. Cuando el peligro de la guerra termina y la armada es dispersada, nuestros gobernantes vuelven los ojos a nosotros. El odio hacia los españoles se descarga sobre los ingleses. Los infortunados que caen en prisión son llevados con violencia a las cortes. Allí son examinados. No, sobre lo que han hecho, sino sobre lo que pensaban hacer. ¿Qué intenciones habrían tenido si la derrota hubiera caído sobre Inglaterra­?. Si uno se niega a contestar, es acusado de rebelión y traición. Si alguno dice que nunca hubiera actuado contra la reina y el país, es considerado hipócrita y mentiroso. La única respuesta que esperan los jueces es la que sirve para llevar a la condenación. No se saca nada con atestiguar firmemente la obediencia y lealtad a la reina. Los sacerdotes dicen que han sido ordenados y que no recuerdan el nombre del obispo. Los laicos aseguran que desean luchar por la reina y el país, contra todos sus agresores. Esas respuestas de nada valen. Los jueces deciden la muerte sólo porque son sacerdotes, porque han ayudado a sacerdotes o porque se han reconciliado con la Iglesia de Roma”.

Entre los que sufren condenas están sus sacerdotes amigos William Gunter y Richard Leigh. En las dos sentencias San Roberto está presente.

Los condenados por el desastre de la Invencible Armada son treinta y tres.

Ministerios.

“Todo el viaje lo hice a caballo, recorriendo una gran parte de Inglaterra en los días más duros del año. Escogí los peores caminos y el clima más riguroso. Con torrentes de lluvia y viento los mensajeros de la reina no vigilan. Camino sin preocuparme del frío. Las tormentas que levantan los enemigos son más temibles. Pero lo peor de todo es el frío del alma. Ruegue por mí, para que algún día pueda cabalgar tranquilo, para que pronto llegue la primavera y las flores de nuestros campos entreguen a todos su aroma. Deseamos esto con toda el alma, en esta nación pedregosa y desierta. Cada seis meses hacemos una confesión general el uno con el otro, y renovamos los votos. En esto tenemos consolación, en la montaña de trabajos”.

Uno de los ministerios preferidos de Roberto es el visitar las cárceles. Con uno u otro pretexto se las arregla para llegar a los prisioneros. A veces como un criado de la familia que envía algún socorro. Otras veces, disfrazado de pariente. Siempre alegre, siempre servicial. Para todos es consuelo.

No descansa. Visita a los católicos fieles, también a los débiles. Confiesa, dice Misas, predica y escribe sermones y poemas.

En octubre de 1589 escribe una carta muy larga a su padre, Richard Southwell que ha tenido la debilidad de aceptar exteriormente prácticas de la nueva fe. Todo por las deudas contraídas. San Roberto lo insta a volver y a mantenerse firme en la fe católica.

Con los jesuitas recién llegados, Edward Oldcorne, futuro mártir beatificado y John Gerard, compañero inseparable, recorre de nuevo buena parte de Inglaterra. El Superior, el P. Enrique Garnet envía con ellos al fiel carpintero San Nicolás Owen para que prepare los escondites.

Así, el nombre del P. Roberto Southwell pasa a ser conocido como uno de los más célebres jesuitas, entre los perseguidores y los católicos perseguidos.

En 1589 y 1590 San Roberto asiste a muchas muertes. Entre los mártires, están sus amigos sacerdotes Christopher Bailey, Anthoney Middleton y Edward Jones. Pero a quien se busca es a él, Roberto Southwell, “el Jefe principal de los Papistas”.

Se estrecha el cerco.

En el año 1591 las autoridades terminan por estrechar el cerco sobre Roberto Southwell. Ya no tienen dudas. El es el principal causante de la resistencia católica. El el autor de los impresos que corren en Londres e Inglaterra. Urge detenerlo y su captura es recomendada a los principales espías y cazadores de sacerdotes.

En el primer semestre de ese año Roberto Southwell y su compañero jesuita John Gerard, a caballo recorren buena parte del país. El 14 de octubre regresan a Londres para asistir a la reunión convocada por el P. Enrique Garnet. Es un retiro de oración y renovación de votos. Se reúnen once jesuitas en la casa de San Roberto. Garnet da las pautas de oración y después señala las nuevas misiones. Es una muy buena organización del Superior. El día 18, festividad de San Lucas, aniversario del ingreso de Roberto renuevan todos los votos de la Compañía. En la misma tarde se despiden los primeros cuatro sacerdotes.

A las cinco de la mañana del día 19, cuando los sacerdotes restantes están en Misa y oración, a punto de dispersarse, las calles que rodean la casa son bloqueadas. El inmenso portón de entrada es violentado y los cazadores pretenden entrar al patio. Los sirvientes con horquetas los rechazan. El tumulto es grande.

Dejemos la palabra al P. John Gerard, presente ese día:

“El P. Roberto Southwell estaba al comienzo de la Misa, los demás estábamos en oración. De repente oí el alboroto en la puerta principal. También oí a los sirvientes que impedían el acceso. El P. Southwell también oyó el griterío. De inmediato adivinó lo que estaba sucediendo. Rápidamente se sacó los ornamentos y desmontó el altar. Mientras lo hacía, nosotros tomamos todas nuestras cosas. No dejamos nada que pudiera delatar la presencia de un sacerdote. Algunos salieron y dieron vuelta los colchones de las camas para engañar a los que fueran a inspeccionarlas. Afuera, los rufianes gritaban y chillaban, pero los sirvientes sostenían la puerta. Dijeron que la dueña de casa estaba en el piso superior, pero que vendría a conversar. Este forcejeo entre sirvientes y asaltantes nos dio tiempo para acarrear todo y meternos en el estrecho escondite secreto.

Cada uno de nosotros procuró que los cálices, ornamentos y cualquier signo religioso fueran llevados al escondrijo. La dueña de casa se ocultó para no ser detenida y tener que dejar solos a sus pequeños hijos. La hermana menor se hizo pasar como responsable.

Los cazadores buscaron en toda la casa. Dieron vuelta todo lo imaginable. Cada cosa fue examinada rigurosamente, los guardarropas, los baúles y también las camas. Por suerte no revisaron los establos donde estaban ensillados los caballos. Después de horas, Ana Vaux los invitó a desayunar. Comieron y se fueron.

Cuando no hubo peligro, salimos como Daniel desde el horno. El escondite estaba bajo la tierra y el agua cubría totalmente el suelo. Yo estuve con los pies en el agua todo el tiempo. Allí estaba también el P. Garnet, el P. Southwell, el P. Oldcorne, el P. Stanney y yo. También con nosotros, dos sacerdotes seculares y tres laicos”.

En los últimos meses de 1591 Roberto Southwell escribió su “Una Humilde Súplica” dirigida a la reina Isabel. Este documento de 50 páginas es una conmovedora apología de la lealtad de los católicos y un llamado angustioso a cesar la persecución. La imprenta se encarga de reproducirlo y de hacerlo llegar a todos los ingleses. Los fieles a la antigua religión quedan confortados; las autoridades se afirman en el odio.

En la casa clandestina de Londres ordena sus escritos y los da a la imprenta. Su célebre poema “El dolor de Pedro” lo dedica “A mi benemérito y querido pariente, el maestro W.S” y lo firma “Tu amante primo, R.S.”. Para los críticos ese primo es el escritor William Shakespeare, inclinado a la fe católica. Son muchos los argumentos que avalan este juicio. Por lo demás, Shakespeare siempre admiró la poesía de Southwell.

Traicionado.

En 1592 es traicionado. En el pequeño pueblo de Woxingdon vive la familia Bellamy, católica, dirigida antes por el P. Persons y ahora por Southwell. La hija, Ana Bellamy, fervorosa católica, es detenida. Prisionera en la Torre de Londres, es violada y espera un hijo. A los tres meses, en abril de 1592 cede a los tormentos. Para obtener la libertad, acepta ser instrumento para la captura del P. Roberto Southwell. Richard Topcliffe, el más célebre cazador, se encarga de hacer cumplir el compromiso.

Ana Bellamy pide al Padre que la visite, pretextando tratar cosas de su alma. El Padre acude y es recibido con la cordialidad de siempre. Confiesa, celebra la Misa y da la comunión a los de la casa. Pero, a medianoche Topcliffe y un grupo armado llegan a la casa. No es posible huir y todos se reúnen en el gran hall. El cazador no conoce a Southwell, pero su porte es semejante al que le han contado.

¿Quién es usted?, pregunta Topcliffe. “Un huésped”, responde Southweell.

Topcliffe grita: “Ud. no tiene derecho a usar esa palabra. Ud. es sacerdote, un traidor y jesuita”.

Southwell contesta: “Eso, usted debe probarlo”. Dice esto para no comprometer a la familia.

En el grupo de Topcliffe hay un renegado católico. Este jura que es Southwell y que él lo ha visto celebrar la Misa. El cazador, entonces lo detiene. Como el prisionero es importante el jefe de guardia escribe de inmediato a la Reina:

“Persuádase Su Majestad, que nunca he logrado apresar a una persona más importante”. Y solicita la licencia para iniciar torturas. Es el 5 de junio de 1592.

Prisión.

La prisión y el lugar de tormentos, en los primeros días, es la propia casa de Topcliffe, en Westminter. No sabemos exactamente cuál haya sido el instrumento usado para atormentar a Southwell.

El P. John Gerard anota: “Era un instrumento muchísimo peor que el ecúleo. Suspendían al Padre en una pared, atándole las muñecas con unos hierros que tenían una argolla afilada. Por ser la celda muy baja, para que los pies no llegaran al suelo, le doblaban las piernas amarrándolas a los muslos. Así podían tenerlo colgado, por horas, hasta producir el desmayo. Desmayado, lo soltaban y lo hacían volver en sí con aguardiente provocándole vómitos de sangre. Y luego volvía el tormento”.

El mismo P. Roberto Southwell, en el tribunal, poniendo a Dios por testigo y ante Topcliffe, presente, aseguró que se le había sometido diez veces a ese tipo de tortura.

En la Torre de Londres.

El 30 de junio de 1592 es trasladado a la cárcel de Gatehouse y allí arrojado en el subterráneo. A los dos meses le presentan ante los jueces. Su estado es verdaderamente lastimoso. Cubierto por parásitos, conmueve aún a los más endurecidos.

Su padre, Richard Southwell aterrado, se presenta a la Reina y le suplica acordarse de que su hijo ha nacido noble. Si es culpable, que sea condenado. Pero suplica que no lo dejen morir de esa forma en la cárcel.

Accede la Reina a que el padre le entregue ropa y libros, pero será trasladado a la Torre de Londres con estricta incomunicación. Southwell recibe un breviario y las obras de San Bernardo pedidas por él.

Dos años y medio permanece en la Torre. En el breviario, escribe con una aguja:

“Mi Dios y mi todo. Dios se dio a ti. Entrégate tú a EL”.

No sabemos más acerca de esos largos meses.

Sabemos, eso sí, que estuvo preso en un sitio cercano al de San Enrique Walpole y al de San Felipe Howard. Su Superior, el P. Enrique Garnet, escribió más tarde a Roma:

“Mientras estuvo allí jamás pudo celebrar Misa ni confesarse. No pudo hablar con nadie que pudiera darle algún consuelo. Y sin embargo llegó al juicio y a la condena con un ánimo entero, tranquilo y dueño de sí. Como si hubiera estado en compañía de amigos y gozado de una celebración”.

Las acusaciones.

A los dos años y medio es enviado a la prisión de Newgate, la más dura de las cárceles inglesas. Tres o cuatro días permanece en el Limbo, la celda subterránea donde los condenados esperan el llamado del verdugo. El carcelero le hace entrega de una cama y de unas candelas las que ha hecho llegar un católico desconocido. El 20 de febrero de 1595 es conducido al tribunal.

Al llegar, Southwell saluda cortésmente. No conoce al Presidente. Alguna vez ha visto al Procurador general. Y muchas veces a Richard Topcliffe.

Se le acusa formalmente de haberse ordenado sacerdote fuera de Inglaterra, no obstante las leyes del Reino. De haberse hospedado en casa de los Bellamy para sus ministerios.

El P. Roberto Southwell responde con serenidad: “No niego que he regresado a Inglaterra, aún conociendo las leyes que lo prohiben. Tampoco niego que yo soy sacerdote por autoridad del Romano Pontífice. Más bien doy gracias a Dios por ello. Invoco a Dios por testigo de que al regresar a mi patria no he tenido ni el más m¡nimo pensamiento de perjudicar a la reina, al país o a la seguridad pública, sino sólo el deseo de hacer bien a las almas”.

El Presidente interrumpe con violencia: “No se trata de responder a la acusación. Usted debe declarar si se reconoce culpable, o no”.

Southwell dijo: “No soy culpable de ninguna traición”.

Los jueces llevan la interrogación al terreno de la restricción mental. El P. Roberto Southwell es acusado de haber enseñado a Ana Bellamy de que ella puede asegurar, aún bajo juramento, no haberlo visto. Es una doctrina pestilencial, dice el fiscal, capaz de arruinar a cualquier gobierno.

Southwell responde: “Permítanme demostrar que ustedes no son buenos súbditos ni amigos fieles de la reina”.

“Hágalo”, dice el fiscal.

Southwell inicia su argumento: “Supongamos que la reina, injustamente perseguida por un rey enemigo, se refugia en un escondite conocido sólo por ustedes. Díganme ¿qué deberían ustedes hacer en conciencia, si quisieran obligarlos a delatarla?. ¿Serían malos súbditos si juraran no saber nada?.

El fiscal, sorprendido, dice: “Su caso es diferente”.

“No, señor, es el mismo”, responde Southwell, “solamente están cambiadas las personas”.

Después el fiscal ante los doce jurados, diserta sobre las palabras de Cristo: “Dad al César lo que es del César”. Con ello pretende demostrar que la reina no tiene en la tierra ningún superior, en lo humano y en lo divino. Dice también que el acusado, obedeciendo al Papa, se ha rebelado contra su legítima soberana. Se ha convertido así en su enemigo.

San Roberto Southwell contesta: “Muy justo es, que se dé al C‚sar lo que es del César. Ni yo, ni ningún católico, negamos a la reina lo que en justicia se debe a un príncipe temporal, que es lo que exactamente significa la palabra “César”. Pero, ¿dónde queda la otra parte de las palabras de Cristo: “Dad a Dios lo que es de Dios”?. ¿En qué Evangelio encuentra el señor fiscal que la religión, la fe, las almas y cuanto es necesario para la eterna salvación, como son los Sacramentos, y el orden sobrenatural y divino, pertenece a un príncipe temporal?. ¿Dónde ha leído que Cristo haya dado la investidura del reino espiritual y el poder de las llaves a otra persona que no sea Pedro, y en Pedro a sus legítimos sucesores?. ¿No sería mejor repetir aquí las palabras de los Apóstoles ante el Concilio: Juzgad vosotros si debemos obedecer a los hombres antes que a Dios?

Condenación a muerte.

El jurado está ausente sólo un cuarto de hora. El presidente impone silencio y lee la sentencia: muerte.

Al día siguiente el carcelero le avisa que debe prepararse para el suplicio.

“Gracias por la noticia. Es lo mejor que yo puedo recibir en este mundo”, le contesta Southwell. Y le regala su birrete de jesuita.

El carcelero, a pesar de ser protestante, tiene en mucho aprecio este regalo. Jamás quiso cederlo, por más que los católicos se lo pidieran con ruegos, razones y ofertas.

Martirio.

Antes de salir a Tyburn, el lugar de la ejecución, le dan a beber un brebaje. No lo rechaza, lo bebe entero. “Gracias, está muy bueno. Esto alegra el corazón”.

Afuera, en el crudo aire matutino, con un nudo en la garganta, él contempla la carreta en los adoquines. “Es un buen púlpito para un siervo tan inútil”. Un campesino, que espera con la multitud dice: “Dios te bendiga y te dé fuerzas”.

La procesión continúa siguiendo la pendiente de las aguas servidas. Una joven, una de sus primas, se acerca a pesar de los guardias, se arrodilla y dice: “Padre Roberto, ruegue por mí para que yo pueda seguir por el camino que usted me enseñó”.

El la bendice, con sus manos atadas: “Querida prima, gracias. Yo te ruego rezar por mí”.

Después le dice que tenga cuidado con el barro que levantan los caballos. Pero como ella sigue junto a él, le insiste en que no debe arriesgarse. “Ellos te van a detener y te pondrán en prisión”.

Cruzan el río y apuran el paso en el campo abierto. Hay mucha gente en el camino. Roberto, tratando de sonreír con esfuerzo, saluda siempre. Su porte esbelto y joven, los cabellos rubios y los tristes ojos azules gana a muchos. Es el condenado más simpático que han visto las multitudes en el último tiempo.

Al llegar a Tyburn, el verdugo le enjuga la cara y las manos con un pañuelo. Roberto mira hacia la multitud. Parece buscar a alguien. Después hace un ovillo con el pañuelo y lo tira hacia la persona que buscaba.

En el cadalso pregunta al verdugo si puede decir unas palabras. Sí, por supuesto. Hace el signo de la cruz y habla: “Cuando vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; en la vida y en la muerte somos del Señor”.

El ayudante del capitán lo interrumpe: “Termina, pide a Dios que tenga misericordia de ti”.

Con calma Roberto le suplica: “Déjeme hablar, diré solamente unas palabras. No diré nada ofensivo de la reina ni del estado”.

Es evidente que la gente quiere oírlo. Lo dejan.

“He llegado aquí para el último acto de mi pobre vida. Ruego y suplico a nuestro Salvador Jesucristo, por cuya pasión y muerte espero salvarme, que me perdone todos los pecados de mi vida. Confieso que soy sacerdote católico de la Santa Iglesia de Roma y pertenezco a la Compañía de Jesús. Doy gracias a Dios por ello”.

De nuevo es interrumpido. Esta vez es el capellán de la Torre: “Usted acepta los decretos del Concilio de Trento. Según ellos nadie puede estar seguro de obtener la salvación. Si usted dice que será salvado, está contradiciendo al Concilio. Si usted tiene dudas, también nosotros debemos dudar necesariamente”.

San Roberto le dice: “Querido señor ministro, por favor, déjeme terminar. Por el amor de Dios, déjeme hablar”. El ministro no quiere hacerlo, pero la multitud comienza a gritar: “Déjenlo. El rezará por la reina, dejen que lo haga”.

Siguiendo los deseos de la turba, San Roberto dice:

“Respecto a la reina, el Dios Omnipotente sabe que jamás intenté algo contra su persona. Todos los días he rezado por ella. En este corto tiempo que me queda de vida yo imploro al Todopoderoso, por su tierna misericordia, por su sangre preciosa y por sus gloriosas llagas que le dé a ella el poder usar todos los dones y gracias que el mismo Dios y la Naturaleza le han dado. Pido que ella pueda agradar y glorificar a Dios, que pueda conseguir la felicidad de nuestro país y que obtenga la salvación del cuerpo y del alma. Encomiendo además a Dios Todopoderoso a éste mi pobre país para que por su infinita misericordia conozca la verdad y lo glorifique. Por último, pido a Dios por mí¡. Esta es mi muerte. Es el fin de esta pobre vida y el inicio de la vida eterna”.

El capellán y los oficiales no lo dejan terminar. Con gritos le dicen que no ha pedido perdón de sus crímenes a la reina. Ya un poco cansado contesta:

“Si yo he ofendido a la reina con mi regreso, humildemente deseo que lo olvide. Yo acepto este castigo con agradecimiento. Pido a todos los católicos que recen conmigo para no turbarme y debilitarme en este trance. He vivido y ahora muero como católico”.

El verdugo se acerca entonces con la capucha de cuero y la soga. Roberto se vuelve a él y le ayuda a desenredar el nudo. Levanta el mentón para que pueda colocarla. Después dice:

“Santa María, siempre Virgen, los ángeles y los santos me ayuden”.

Cuando pronuncia las palabras: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”, el verdugo quita el carro y Roberto queda en la horca. Sin embargo el lazo no está bien puesto y por lo tanto no aprieta totalmente la garganta. Queda suspendido, vivo, medio ahogado, con los ojos abiertos, y el rostro sereno. Con la mano derecha hace el signo de la cruz. Con esfuerzo dice: “En tus manos, Señor…”.

El verdugo se cuelga, entonces, de sus piernas. En ese momento muere.

De inmediato le abre el pecho y le saca el corazón para mostrarlo al pueblo. Rompe los miembros, conforme a la sentencia y los echa al caldero.

Es el 22 de febrero de 1595 y Roberto tiene 33 años.

Glorificación.

San Roberto Southwell es canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con San Edmundo Campion, San Alexander Briant, San Enrique Walpole y con otros cuatro ingleses y dos galeses, todos mártires jesuitas. También el mismo día es canonizado San Felipe Howard, el esposo de la condesa de Arundel en cuya casa vivió San Roberto Southwell.

lunes, 20 de febrero de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


Toda sabiduría viene del Señor y está con él eternamente.
La arena de los mares, las gotas de la lluvia y los días del mundo, ¿quién los contará?
La altura de los cielos, la anchura de la tierra y la profundidad del abismo, ¿quién las escrutará?
¿Quién ha escrutado la sabiduría de Dios, que es anterior a todo.
Antes que todo fue creada la sabiduría, y la inteligencia prudente desde la eternidad.
La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas y sus canales son mandamientos eternos La raíz de la sabiduría, ¿a quién fue revelada? y sus recursos, ¿quién la conoció?
La ciencia de la sabiduría, ¿a quién fue revelad? y su mucha experiencia, ¿Quién la conocía? Uno solo es sabio, temible en extremo: el que está sentado en su trono.
El Señor mismo creó la sabiduría, la vio, la midió y la derramó sobre todas sus obras.
Se la concedió a todos los vivientes y se la regaló a quienes lo aman.

En aquel tiempo, Jesús y los tres discípulos bajaron del monte y volvieron a donde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor, y a unos escribas discutiendo con ellos.
Al ver a Jesús, la gente se sorprendió, y corrió a saludarlo. Él les preguntó:
«¿De qué discutís?».
Uno de la gente le contestó:
«Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no le deja hablar y, cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen, no han sido capaces». Él, tomando la palabra, les dice:
«¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo».
Se lo llevaron.
El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.
Jesús preguntó al padre:
«¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él:
«Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua, para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos». Jesús replicó:
«¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe». Entonces el padre del muchacho gritó:
«Creo, pero ayuda a mi falta de fe».
Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo:
«Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él». Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió.
El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto. Pero Jesús lo levantó, cogiéndolo de la mano, y el niño se puso en pie.
Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas:
«¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?». Él les respondió:
«Esta especie solo puede salir con oración».

Palabra del Señor.

Beatos Francisco y Jacinta Marto


Francisco: Nacío Aljustrel, 11-junio-1908 murió en Aljustrel, 4-abril-1919

Jacinta: Nacío Aljustrel, 11-marzo-1910 murió Lisboa, 20-febrero-1920

El 13 de mayo de 1917 ha pasado a la historia de la Iglesia y de la humanidad como el día en que tres niños portugueses de Aljustrel-Fátima, pueblo hasta entonces desconocido, vieron a la Virgen María sobre una encina, mientras cuidaban de un pequeño rebaño familiar: Lucía dos Santos, de diez años, y sus primos hermanos Francisco, de nueve años, y Jacinta, de siete.

El 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II beatificaba en el mismo lugar de las apariciones a dos de aquellos niños, muertos prematuramente —los hermanos Francisco y Jacinta Marto—, en presencia de su prima, sor Lucía dos Santos, única superviviente de los tres pastorcillos. Francisco y Jacinta Marto son los beatos más jóvenes del calendario cristiano, si exceptuamos a unos pocos niños mártires.

DOS NIÑOS MUY NORMALES

Sencillos, traviesos, alegres, juguetones, criados en dos familias en un ambiente cristiano de máxima sencillez. Aún pueden verse las casas de ambas familias en Aljustrel, un caserío cercano al pueblo de Fátima. La vida de las familias Marto y Dos Santos era la vida de los campesinos pobres, cuyo patrimonio se limitaba a unos trozos de tierra donde se cultivaban las hortalizas y frutas para su propio alimento, y unas cuantas ovejas, que los niños sacaban a pastar por los cabezos y valles cercanos.

Los padres de Francisco y Jacinta fueron Manuel Pedro Marto y María Rosa, hermana de Antonio dos Santos, el padre de Lucía.

Francisco había nacido el 11 de junio de 1908. Su hermana Jacinta, el 11 de marzo de 1910. Ambos fueron bautizados en la iglesia parroquial de Fátima. Eran muy diferentes de temperamento: más tranquilo y condescendiente Francisco, y más caprichosa la pequeña Jacinta.

Para acercarnos a la realidad de los dos hermanos y de los acontecimientos de sus cortos años de vida en la tierra, contamos con el testimonio de la mejor testigo: su prima Lucía, que escribió sus Memorias entre 1935 y 1941, a petición del obispo de Leiría-Fátima, monseñor José Alves Correira da Silva. Así recuerda la hermana Lucía a Francisco:

La amistad que me unía a Francisco era sólo debido al parentesco y la que traía consigo las gracias que el cielo se dignó concedernos.

Francisco no parecía hermano de Jacinta, sino en la fisonomía del rostro y en la práctica de la virtud. No era tan caprichoso y vivo como ella. Al contrario, era de un natural pacífico y condescendiente.

Cuando, en nuestros juegos, alguno se empeñaba en negarle sus derechos de ganador, cedía sin resistencia, limitándose a decir sólo:

—¿Piensas que has ganado tú? Está bien. Eso no me importa.

No manifestaba, como Jacinta, la pasión por la danza; gustaba más de tocar la flauta, mientras otros danzaban.

En los juegos, era muy animado, pero a pocos les gustaba jugar con él; porque perdía casi siempre. Yo misma confieso que simpatizaba poco con él, porque su natural tranquilidad excitaba a veces los nervios de mi excesiva viveza. A veces, tomándole por el brazo le obligaba a sentarse en el suelo, o en alguna piedra, pidiéndole se estuviera quieto; y él me obedecía como si yo tuviese una gran autoridad. Después sentía pena e iba a buscarlo asiéndole por la mano, y regresaba con el mismo buen humor como si nada hubiera acontecido. Si alguno de los otros niños porfiaba en quitarle alguna cosa que le era propia, decía:

·         ¡Deja ya!, ¿a mí qué me importa?

Lo que más le entretenía, cuando andábamos por los montes, era sentarse en el peñasco más elevado y tocar su flauta o cantar. Si su hermana bajaba conmigo para echar algunas carreras, él se quedaba entretenido allí con su música y sus cantos.

En nuestros juegos, tomaba parte, siempre que le invitábamos, pero a veces manifestaba poco entusiasmo, diciendo:

·         Voy; pero sé que perderé.

Los juegos que sabíamos y en los cuales nos entreteníamos eran: el de las chinas, el de las prendas, pasar el aro, el del botón, el de la cuerda, la malla, la brisca, descubrir los reyes, los condes y las sotas, etc. Teníamos dos barajas: una mía y otra de ellos. El juego que más gustaba a Francisco era el de las cartas: la brisca (L. Dos Santos: Memorias de la Hermana Lucía, Cuarta Memoria, 24 ed., Fátima, 1985, págs. 118, 120)

En cuanto a Jacinta, éstas son las palabras de Lucía, en su Primera Memoria:

La menor contrariedad, que siempre hay entre niños cuando juegan, era suficiente para que enmudeciese y se amohinara, como nosotros decíamos. Para hacerle volver a ocupar su puesto en el juego, no bastaban las más dulces caricias que en tales ocasiones los niños saben hacer. Era preciso dejarle escoger el juego y la pareja con la que quería jugar. Sin embargo, ya tenía muy buen corazón y el buen Dios le había dotado de un carácter dulce y tierno, que la hacía, al mismo tiempo, amable y atractiva. No sé por qué, tanto Jacinta como su hermano Francisco, sentían por mí una predilección especial y me buscaban casi siempre para jugar. No les gustaba la compañía de otros niños, y me pedían que fuese con ellos junto a un pozo que tenían mis padres en el huerto. Una vez allí, Jacinta escogía los juegos con los que íbamos a entretenernos. Los juegos preferidos eran, casi siempre, jugar a las chinas o a los botones, sentados a la sombra de un olivo y de dos ciruelos, detrás de las losas. Debido a este juego, me vi muchas veces en grandes apuros, porque, cuando nos llamaban para comer, me encontraba sin botones en el vestido; pues casi siempre ella me los había ganado y esto era suficiente para que mi madre me regañase. Era preciso coserlos de prisa; pero ¿cómo conseguir que ella me los devolviera, si además de enfadarse, tenía también el defecto de ser agarrada? Quería guardarlos para el juego siguiente y así no tener que arrancar los suyos. Sólo amenazándola de que no volvería a jugar más, era como los conseguía. Algunas veces no podía atender los deseos de mi amiguita (Obra citada, pág. 20 s)

NIÑOS CRISTIANOS

La influencia de la familia, primera escuela e iglesia doméstica, es definitiva. Y las familias Marto y Dos Santos querían que sus hijos fueran cristianos. La oración en familia, especialmente el rezo del rosario, formaba parte de la jornada diaria. Y las madres les contaban vidas de los santos a sus hijos. Algo de este ambiente religioso evoca Lucía en su Primera Memoria:

A los dos pequeños, les costaba mucho separarse de mí. Por ello, pedían continuamente a su madre que les dejase, también a ellos, guardar su rebaño. Mi tía, tal vez para verse libre de tantas súplicas, a pesar de que todavía eran muy pequeños, les confió el cuidado de sus ovejas. Radiantes de alegría, fueron a darme la noticia, y a planear cómo juntaríamos todos los días nuestros rebaños. Una vez juntos, decíamos cuál sería el pasto del día; y para allá íbamos felices y contentos, como si fuésemos a una fiesta.

Aquí tenemos a Jacinta, en su nueva vida de pastorcita. A las ovejas nos las ganábamos a fuerza de distribuir entre ellas nuestra merienda. Por eso, cuando llegábamos al pasto, podíamos jugar tranquilos, porque ellas no se apartaban de nosotros. A Jacinta le agradaba mucho oír el eco de la voz en el fondo de los valles. Por ello, uno de nuestros entretenimientos era sentarnos en un peñasco del monte y pronunciar nombres en alta voz. El nombre que mejor eco hacía, era el de María. Jacinta decía a veces, el Avemaría entero, repitiendo la palabra siguiente sólo cuando la anterior había terminado su eco.

Nos agradaba también entonar cantos; entre varios profanos —de los que, infelizmente, sabíamos bastantes-, Jacinta prefería: «Salve, nobre Padroeirau «Virgem Pura», Anjos, cantai conmigo». Éramos, sin embargo, muy aficionados al baile; cualquier instrumento que oíamos tocar a los otros pastores, nos hacía bailar; Jacinta, a pesar de ser tan pequeña, tenía para eso un arte especial.

Nos habían recomendado que, después de la merienda, rezáramos el rosario, pero como todo el tiempo nos parecía poco para jugar, encontramos una buena manera de acabar pronto: pasábamos las cuentas diciendo solamente: ¡Ave María, Ave María, Ave María! Cuando llegábamos al fin del misterio, decíamos muy despacio simplemente: ¡Padre Nuestro!, y así, en un abrir y cerrar de ojos, como se suele decir, teníamos rezado el rosario.

A Jacinta le agradaba mucho tomar los corderitos blancos, sentarse con ellos en brazos, abrazarlos, besarlos y, por la noche, traérselos a casa a cuestas, para que no se cansasen.

Un día, al volver a casa, se puso en medio del rebaño.

—Jacinta ¿para qué vas ahí en medio de las ovejas? —pregunté.
—Para hacer como Nuestro Señor, que, en aquella estampa que me dieron, también estaba así, en medio de muchas y con una en los hombros (Obra citada, pág. 26 s.)

1916: LAS APARICIONES DEL ÁNGEL

Mientras Europa estallaba y la violencia era el clima habitual de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Aljustrel y sus cercanías vivían ajenas a la contienda. Y los tres pastorcillos, ni se enteraron de que otros países de Europa —¡quedaba tan lejos!— sufrieran el azote de la guerra. Ellos continuaban con sus ovejas, con sus juegos, con sus rezos... Y el Ángel de la Paz se hizo presente, en la primavera de 1916, tanto en un cabezo a las afueras de Aljustrel como junto al pozo de la casa de Lucía. Ella misma cuenta cómo fueron las apariciones en el Hoyo del Cabezo: habían merendado y rezado el rosario 'breve', cuando ven acercarse una figura de joven...

A medida que se aproximaba, íbamos divisando sus facciones: un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros, dijo:

·         ¡No temáis! Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo.

Y arrodillándose en tierra, dobló la frente hasta el suelo y nos hizo repetir por tres veces estas palabras:

·         ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman. Después, levantándose, dijo:

·         Rezad así. Los corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

Sus palabras se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados. Entonces, les recomendé que era preciso guardar silencio, y esta vez, gracias a Dios, me hicieron caso.

Pasó bastante tiempo y fuimos a pastorear nuestros rebaños a una propiedad de mis padres. Después de haber merendado, acordamos ir a rezar a la gruta que queda al otro lado del monte. Las ovejas consiguieron pasar con muchas dificultades.

Después que llegamos, de rodillas, con rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo, etc. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando vimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos levantamos para ver lo que pasaba y vimos al Ángel, que tenía en la mano izquierda un cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de Sangre dentro del Cáliz. El Ángel dejó suspendido en el aire el Cáliz, se arrodilló junto a nosotros, y nos hizo repetir tres veces.

—Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.

Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:

—Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

Y, postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: »Santísima Trinidad..., etc.', y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa (Obra citada, Segunda Memoria, pág. 61 s.)

13 DE MAYO DE 1917: PRIMERA APARICIÓN DE LA VIRGEN

La humanidad occidental seguía en guerra. Rusia estaba a punto de caer en manos de los revolucionarios bolcheviques: el 17 de marzo de 1917 quedaba suspendida la monarquía rusa y, entre mayo y noviembre se fue fraguando el triunfo del comunismo: a partir del triunfo de la Revolución de noviembre, iniciaría su andadura lo que luego se llamó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), cuyo líder indiscutible era Lenin.

De todo esto, que estaba sucediendo aquel mismo año, nada sabían los pastorcillos. Será la Virgen quien les informe, más adelante, de los graves problemas de Rusia y de la humanidad.

Después de las apariciones del Ángel, los niños estaban en mejor situación espiritual para recibir la visita de la Virgen. Para conocer con detalle la primera aparición de la Virgen, acudimos nuevamente a las Memorias de Lucía:

«Día 13 de mayo de 1917. Estando jugando con Jacinta y Francisco encima de la pendiente de Cova de Iria, haciendo una pared alrededor de una mata, vimos, de repente, como un relámpago.

—Es mejor irnos para casa —dije a mis primos—, hay relámpagos; puede haber tormenta.

—Pues, sí.

Y comenzamos a descender la ladera, llevando las ovejas en dirección del camino. Al llegar poco más o menos a la mitad de la ladera, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago; y, dados algunos pasos más adelante, vimos sobre un carrasco una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Nos detuvimos sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que nos quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que ella irradiaba. Tal vez a metro y medio de distancia más o menos.

Entonces Nuestra Señora nos dijo:

·         No tengáis miedo. No os voy a hacer daño.
·         ¿De dónde es usted? —le pregunté.
·         Soy del cielo.
·         ¿Y qué es lo que usted quiere?

—Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí una séptima vez.

—Y yo, ¿también voy al cielo?

·         Si; vas.
·         Y ¿Jacinta?
·         También.
·         Y ¿Francisco?
·         También; pero tiene que rezar muchos rosarios (...).
·         ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que él quiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

—Sí, queremos.

·         Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.

Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etc.) cuando abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como un reflejo que de ellas se irradiaba, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos íntimamente: »Oh Santísima Trinidad, yo os adoro. Dios mío, Dios mío; yo os amo en el Santísimo Sacramento».

Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió: —Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra.

En seguida comenzó a elevarse suavemente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la lejanía. La luz que la rodeaba iba como abriendo camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que habíamos visto abrirse el cielo ( Obra citada, Cuarta Memoria, págs. 157-159).

LA FAMILIA NO CREE A LOS NIÑOS

Después de la aparición, hubo un pacto entre los tres: no decir nada a nadie. Pero Jacinta no pudo ocultar a su madre lo que había visto en Cova de Iria. Y ahí comenzó el calvario para los tres. Primero, los padres y hermanos. En sendas entrevistas con Juan Marto y Carolina dos Santos, hermanos de los videntes, me confirmaron que nadie en casa les creía: eran fantasías infantiles, algo parecido a lo que habían oído leer a mamá en las vidas de los santos.

Hablé con Juan Marto el 13 de mayo de 1987, setenta años después de la primera aparición. Ésta fue la entrevista que emitió TVE:

·         Señor Juan Marto, ¿qué edad tenía usted el año de las apariciones?

·         Once años.

—¿Qué recuerda de aquel día 13 de mayo de 1917, cuando sus hermanos menores llegaron a casa y Jacinta contó lo que había visto?

·         Me acuerdo cuando Jacinta llegó a casa y le dijo a mamá: Mamá, he visto a Nuestra Señora». Mamá no la creyó, pensaba que mentía. Mi hermana insistía que sí, que sí, que era una Señora muy, muy hermosa, con las manos juntas, que tenía un rosario en las manos... que era muy, muy blanca, más blanca que la leche.

—Así que mamá no creía nada de eso...

·         Mamá no creía nada.

—¿Y papá?

·         Papá, sí.

—¿Y usted, Juan, creía o no?

·         Yo no creía lo que decía Jacinta. ¿Cuándo comenzaron a creer?

·         El 13 de octubre...

En la entrevista que mantuve con Carolina dos Santos, hermana de Lucía, el mismo día 13 de mayo de 1987, Carolina me recordó que ella tenía quince años, cinco más que su hermana Lucía, en el momento de las apariciones.

—¿Usted creía que era verdad lo que contaba Lucía?

·         No. Yo creía que eran mentiras. Mi madre tenía la costumbre de contarnos vidas de santos, lo que les pasaba a los santos...

—¿Desde cuándo comenzó a creer la familia en la palabra de Lucía?

·         Desde el 13 de octubre, cuando vimos el milagro.

APARICIONES, ENTRE LA INCOMPRENSIÓN Y LA PERSECUCIÓN

De mayo a octubre, la familia Marto y la familia Dos Santos pensaban que se trataba de mentiras o imaginaciones de los pequeños. El párroco, don Manuel Márques Ferreira, interrogó cauteloso a los niños. Las opiniones, de la familia, del pueblo, de la jerarquía, estaban divididas. Y, en medio, los pequeños elegidos por la Virgen para comunicar a la humanidad un mensaje de salvación y de paz.

Llegó el 13 de junio, día señalado por la Virgen para su segunda aparición. Mucho les costó a los niños conseguir que sus familias les dejaran ir a Cova de Iria, donde ya había grupos de devotos y curiosos, más numerosos porque el día del gran santo portugués San Antonio (de Padua), era fiesta. Cuando estaban rezando el rosario, llegó la Virgen y se posó sobre la misma carrasca:

·         Quiero que vengáis aquí el 13 del mes que viene; que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer... A Jacinta y a Francisco los llevaré pronto (al cielo).

El 13 de julio aumentó la muchedumbre. Los medios informativos habían aireado ampliamente las noticias de Cova de Iria. Y, puntualmente, llegó la Virgen:

—Quiero que vengáis aquí el 13 del mes que viene, que continuéis rezando el rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo ella lo puede conseguir... En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para creer... Si atendéis a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz...

La Señora les dejó ver el infierno: un mar de fuego, en palabras de Lucía.

No fue posible ir a Cova de Iria el 13 de agosto. Las apariciones habían conmovido a la sociedad portuguesa y adquirían categoría de acontecimiento público, y el Administrador de Vila Nova de Ourem tenía órdenes de atajar lo que consideraban veleidades de pobres niños. Y justamente el 13 de agosto se ofreció a llevarlos en su vehículo, pero en lugar de dirigirse a Cova de Iria los llevó a Vila Nova, donde, primero con halagos y luego con amenazas, los conminó a desmentirse de lo que contaban, so pena de cárcel. Y los niños prefirieron la cárcel, en donde estuvieron recluidos dos días, contentos de sufrir por amor a Jesús, por la conversión de los pecadores y para desagravio de las ofensas al Corazón de María, como la Virgen les había dicho.

Cuando volvieron a Aljustrel y reanudaron la vida normal, la Virgen acudió a su cita mensual y se apareció a los pastorcillos, no el día 13 en Cova de Iria, sino en el lugar que llaman Valiños y seguramente (Lucía no precisa el día con exactitud), el día 19. Los citó para el encuentro del día 13 de septiembre, al que acudió la Señora con puntualidad en Cova de Iria, y anunció que en octubre se realizaría el gran milagro. Según decían los videntes al canónigo Manuel Nunes Formigao, aquella Señora era bellísima, la mujer más bella que jamás habían visto.

13 DE OCTUBRE: EL MILAGRO DEL SOL

Docenas de miles de personas de todo Portugal habían acudido a Cova de Iria. Unos, esperando que nada extraordinario sucediera y quedaran en ridículo aquellos niños incultos que tenían embaucado a medio Portugal. Otros, con la esperanza de que se cumpliera la promesa de la Señora con un milagro patente que convenciera a todos. En mi entrevista con Juan Marto, al preguntarle por los ánimos que había en casa este día, me dijo que todos, menos sus hermanos Francisco y Jacinta, estaban dominados por el pánico. Y lo mismo me dijo Carolina dos Santos de su hermana Lucía y de su familia. Carolina acudió, entre dudas y esperanzas, a Cova de Iria. Juan Marto no se atrevió a llegar hasta el lugar de las apariciones. Siguió de lejos los acontecimientos, temiendo que la muchedumbre linchara a sus hermanos Francisco y Jacinta y a su prima Lucía, y, de rechazo, también fuera él objeto de injurias y ataques del gentío, si fracasaban las predicciones de sus hermanos.

Veamos cómo lo cuenta Lucía en su Cuarta Memoria:

'Día 13 de octubre de 1917. Salimos de casa bastante temprano, contando con las demoras del camino. El pueblo estaba en masa. Caía una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese el último día de mi vida, con el corazón partido por la incertidumbre de lo que iba a suceder, quiso acompañarme. Por el camino se sucedían las escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el barro de los caminos impedía a esa gente arrodillarse en la actitud más humilde y suplicante. Llegados a Cova de Iria, junto al carrasco, transportada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el rosario. Poco después, vimos el reflejo de la luz y, seguidamente, a Nuestra Señora sobre la encina.

—¿Qué es lo que quiere usted de mí?

—Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mí honor que SOY LA SEÑORA DEL ROSARIO; que continúen rezando el rosario todos los días. La guerra va a acabar y los soldados volverán con brevedad a sus casas.

—Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a algunos enfermos y si convertía a algunos pecadores; etc.

—Unos, sí; a otros no. Es preciso que se enmienden; y que pidan perdón por sus pecados.

Y tomando un aspecto más triste:

—No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

Y, abriendo sus manos, las hizo reflejarse en el sol. Y, mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.

He aquí, excelentísimo señor obispo, el motivo por el cual exclamé que mirasen al sol. Mi fin no era llamar la atención de la gente hacia él, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia. Lo hice sólo llevada por un movimiento interior que me impulsaba a ello.

Desaparecida Nuestra Señora en la inmensa lejanía del firmamento, vimos, al lado del sol, a San José con el Niño y a Nuestra Señora vestida de blanco, con un manto azul. San José con el Niño parecían bendecir al mundo, con unos gestos que hacían con la mano en forma de cruz. Poco después, desvanecida esta aparición, vimos a Nuestro Señor y a Nuestra Señora (Obra citada, págs. 169-171)

Todos pudieron contemplar, y algunos fotografiar, el sol que apareció de repente, daba vueltas sobre sí mismo e iluminaba el firmamento hasta entonces dominado por los nubarrones y la intensa lluvia. La palabra milagro estaba aquel día en todos los labios, y al día siguiente en todos los periódicos.

Todo eran felicitaciones y alabanzas. Parecía que el calvario de Francisco y Jacinta, con su prima Lucía, había terminado.

FRANCISCO MARTO, AL CIELO

Poco iba a disfrutar Francisco en la tierra de aquella bonanza que siguió al 13 de octubre. Sus buenas cualidades humanas y cristianas se acentuaron visiblemente: fue todo un ejemplo de virtudes cristianas y de madurez sobrenatural.

Lo que los portugueses llamaban la gripe española» llegó a Aljustrel y entró en casa de los Marto. Francisco iba a ser una de sus primeras víctimas. Los familiares hacían votos por la recuperación de su Francisco. Pero él y Jacinta sabían que también en este punto se cumplirían las palabras de la Virgen: el 13 de junio les dijo que pronto se llevaría al cielo a Francisco y a Jacinta. Francisco esperaba ese momento con serenidad, aceptando la enfermedad con plena lucidez y entereza cristiana. Él, que no había podido oír la voz de la Señora en sus primeras apariciones, iba a ser el primero que escuchara la invitación de la Madre a irse con ella al cielo. El 4 de abril de 1919, apenas año y medio después de la última aparición, se fue a ver cara a cara a Dios y a su Madre, a los once años de edad.

De la enfermedad y muerte de su primo Francisco, escribe Lucía:

«Durante la enfermedad, Francisco se mostró siempre alegre y contento. A veces le preguntaba:

–Francisco, ¿sufres mucho?

–Bastante, pero no importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor; y después de aquí, al cielo... Voy a confesarme para comulgar y morir después. Y querría que me dijeras si me viste hacer algún pecado y que fueses a preguntar a Jacinta si ella me vio hacer alguno...

Cuando volví al anochecer, ya estaba radiante de alegría. Se había confesado y el cura le había prometido llevarle al día siguiente la Sagrada Comunión. Después de comulgar al día siguiente, decía a su hermanita:

–Hoy soy más feliz que tú, porque tengo dentro de mi pecho a Jesús escondido. Yo me voy al cielo, pero desde allí voy a pedir mucho al Señor y a la Virgen para que pronto os lleve también allí. (...)

Cuando era de noche me despedí de él:

–Adiós, Francisco, hasta el cielo.

–Adiós, hasta el cielo.

Y el cielo se aproximaba. Allá voló al día siguiente a los brazos de la Madre celestial (Obra citada, Cuarta Memoria, págs. 143-145).

JACINTA, PROBADA EN EL DOLOR

La pequeña Jacinta estaba convencida de que pronto se iría al cielo con su hermano Francisco. La misma gripe española» le afectó tanto que tuvieron que internarla en el hospital de Vila Nova de Ourem en los calurosos meses de julio y agosto de 1919, sin hallar mejoría. Todo lo sufría complacida y sonriente, sabiendo que Dios aceptaba sus sufrimientos y los unía a los de Cristo en la cruz, para la conversión de los pecadores.

El camino del calvario de Jacinta fue más largo que el de Francisco. Ambos comenzaron a sentir los primeros síntomas de la gripe en diciembre de 1918. Francisco moría a los cinco meses y Jacinta habría de cargar con la cruz hasta volar al cielo el 20 de febrero de 1920, pasando por Aljustrel, Vila Nova y el hospital de Doña Estefanía de Lisboa, donde fue operada al vivo, sin anestesia, para extraerle dos costillas. Quince meses de intensos dolores, aceptados con la serenidad de los santos. Su cadáver exhalaba un perfume inexplicable humanamente. Y cuando, el 12 de septiembre de 1935, fueron exhumados sus restos para trasladarlos del cementerio de Aljustrel a la basílica, el cuerpo de Jacinta permanecía incorrupto.

Lucía evoca el cambio operado en su prima Jacinta después de las apariciones de la Virgen. Aquella niña que 'era el número uno del capricho», ya era otra:

Lo que yo sentía (junto a Jacinta) era lo ordinario que se siente al lado de una persona santa, que en todo parece comunicar a Dios. Jacinta tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecía reflejar la presencia de Dios en todos sus actos, propio de personas de edad avanzada y de gran virtud... Las personas venidas de lejos que, por curiosidad o devoción, nos visitaban, parecían sentir algo de sobrenatural junto a ella. A veces al venir a mi casa para hablar conmigo, decían: Venimos de hablar con Jacinta y Francisco; junto a ellos se siente un no sé qué sobrenatural (Obra citada, Cuarta Memoria, págs. 181 s).

En la Primera Memoria, Lucía deja constancia de algunas apariciones de la Virgen a su prima Jacinta, durante su enfermedad, en las que la confortaba. Todos los que rodearon a la pequeña vidente en los últimos años de su vida, especialmente las niñas de su pueblo, eran conscientes de que estaban al lado de una santa.

13 DE MAYO DE 2000: BEATIFICACIÓN DE FRANCISCO Y JACINTA

Han pasado 83 años de las apariciones de Nuestra Señora. Y Juan Pablo II, el papa de Fátima, llegaba como peregrino a Cova de Iria cuando el Año Jubilar estaba en su ecuador. Iba a beatificar a Francisco y Jacinta. E iba, como dijo en la homilía, a «celebrar, una vez más, la bondad que el Señor tuvo conmigo cuando, herido gravemente aquel 13 de mayo de 1981, fui salvado de la muerte».

Allí estaba, como testigo de excepción, la hermana Lucía, con sus 93 años, y estaba María Emilia Santos, en quien se obró el milagro que hizo posible la beatificación: enferma de tuberculosis de los huesos, vivió paralizada durante veintidós años, hasta su curación, por intercesión de Francisco y Jacinta, el 20 de febrero de 1989. Una curación que, según declaró el equipo de consultores médicos, el 28 de enero de 1999, fue «rápida, completa, duradera y científicamente inexplicable». En presencia del presidente de la República y altos cargos civiles, nueve cardenales, cientos de obispos, 1.200 sacerdotes y casi un millón de fieles, el papa habló de los nuevos beatos en la homilía de la beatificación el 13 de mayo de 2000:

«Lo que más impresionaba y absorbía al Beato Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer «muy triste», como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: «Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él». Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de «consolar y dar alegría a Jesús».

En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños.

Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí».

Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: Da muchos saludos de mi parte a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores». Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Jacinta bien podía exclamar con San Pablo. Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Expreso mi gratitud a la Beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a quien había visto en gran sufrimiento.

«Yo te bendigo, Padre, porque has revelado estas verdades a los pequeños». La alabanza de Jesús reviste hoy la forma solemne de la beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta. Con este rito, la Iglesia quiere poner en el candelero estas dos velas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus horas sombrías e inquietas.»