miércoles, 17 de octubre de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley.
Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

En aquel tiempo, dijo el Señor:
«¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!
Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello.
¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas!
¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!».
Le replicó un maestro de la Ley:
«Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros».
Jesús replicó:
«¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cagáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos! ».

Palabra del Señor.

San Ignacio de Antioquía

«Por quinta vez—escribe Luciano de Samosata—asistía yo— a los juegos olímpicos, logrando finalmente encontrar un espectáculo interesante en la hazaña de un filósofo que se quemó vivo en presencia de la multitud.» Intrigado por aquel caso insólito, el famoso escritor trató de averiguar los precedentes de aquel extraño personaje. Tratábase de un habitante de Paros, llamado Peregrino, que a consecuencia de una vida aventurera se había visto obligado a abandonar su patria. En Palestina se afilió a la secta de los cristianos, con tan fervoroso entusiasmo, que no tardó en hacerse su jefe. Componía libros, interpretaba las Escrituras y estaba poseído de un ardor tal de proselitismo, que no tardó en ser blanco de la persecución imperial. Arrojado en el calabozo, cargado de cadenas, ganóse la veneración de sus correligionarios. Hicieron éstos lo imposible para libertarle, consiguiendo únicamente suavizar su cautiverio. Los más influyentes en el cristianismo conseguían sobornar a sus guardas, y desde el amanecer veíasele rodeado de huérfanos, pobres y viudas. Traíanle ricos presentes, y empezaba a ser mirado como un nuevo Sócrates. Las ciudades de Asia estaban en continua relación con el prisionero. Él les enviaba sus consejos y enseñanzas, ellas respondían con sus socorros y consolaciones; «porque estos desgraciados—dice el de Samosata—son capaces de todos los sacrificios. Imaginándose que son inmortales, desprecian la muerte; y como su primer legislador les hizo creer que son todos hermanos, desdeñan los bienes de la tierra y los reparten entre sí».

Considerándole como un loco, el gobernador de Siria soltó a su prisionero. Siguiendo su vida de aventuras. Peregrino se afilió a la escuela de los cínicos, dándose a conocer por la libertad de su lenguaje y la singularidad de sus costumbres, La sed de renombre le atormentaba, y ella le inspiró una resolución que, a su entender, le había de dar fama imperecedera: la de presentarse en Olimpia y morir en la hoguera, con motivo de la celebración trienal de los juegos.

Cumplió su promesa como bueno, atizando él mismo las llamas.

Este relato no es más que la caricatura grotesca de una de las venerables figuras del cristianismo primitivo. Luciano de Samosata, demoledor irreverente y regocijado de los dioses y los héroes de la religión antigua, dejó también caer sobre los héroes de la nueva el veneno de su cínico humorismo, deformando la historia del gran mártir cristiano, poniéndole en ridículo con caprichosas tergiversaciones y haciendo pasar como vana ostentación la actitud más bella en presencia de la muerte.

El hombre que dio ocasión al satírico para su relato impío, fue San Ignacio de Antioquía. Hay momentos en que la historia de Peregrino y de Ignacio se confunden. Discípulo de los Apóstoles, Ignacio era el hombre de más prestigio entre los cristianos del Asia, a raíz de la muerte de San Juan.

Atraídos por su vida evangélica, los cristianos de Antioquía le escogieron para gobernar esta iglesia, que cincuenta años antes había organizado y presidido San Pedro. La vehemencia de su celo acumuló sobre él la enemiga de los paganos. A consecuencia, tal vez, de un movimiento popular, fue detenido, juzgado, condenado a muerte, y, como no era ciudadano romano, escogido para ser enviado a Roma y entregado a las fieras en el anfiteatro. Era costumbre que los más ilustres de los condenados en las provincias, los más bellos, los que tenían algún lustre de autoridad o de nobleza, debían ser destinados para saciar la curiosidad del pueblo romano. Tal fue la suerte del obispo de Antioquía.

Un gran emperador, Trajano, gobernaba entonces el Imperio. Aunque hijo de España, se había identificado por completo con el espíritu conservador de la aristocracia senatorial. La honradez austera, legalista, dura, altanera y amiga de la tradición de este general, que se había cubierto de gloria, podía ser más perjudicial a los cristianos que el despotismo caprichoso de los primeros cesares y la mentalidad burguesa de los Flavios. Así sucedió; efectivamente. «No hay que ir a buscar a los cristianos—escribía Trajano a Plinio el Joven, su lugarteniente en Asia Menor—; aunque si se les denuncia y son convencidos, es preciso castigarlos. Pero ten bien en cuenta—añadía el emperador, con acento que revelaba al hombre de mando—que no es lícito recibir denuncias anónimas. Sería dar un ejemplo detestable, que no cuadra bien con nuestro siglo.» La solución era ilógica e inmoral. «Se prohíbe buscar a los cristianos como inocentes—observaba Tertuliano—, y se les condena como culpables; se perdona y se castiga. ¿No es esto una contradicción palpable?» Contradicción o no, ésta será la política religiosa de los emperadores romanos en el siglo de oro del Imperio; una persecución sin violencias, una fiebre larga y lenta, que, sin causar convulsiones, ocasiona un profundo malestar. Entre sus primeras víctimas hay que contar a Ignacio de Antioquía.

Su viaje a Roma por las costas de Asia, de Macedonia y de Grecia, llegó a tener, en ciertos momentos, apariencias de triunfo. No es que le faltasen molestias. «En tierra y en mar—escribía—, de día y de noche, tengo que combatir contra las bestias, pues estoy atado a diez leopardos, si así puedo llamar a los soldados que me vigilan, y que se muestran tanto más perversos cuanto más bien se les hace. Gracias a ellos voy entrenándome para la lucha del anfiteatro.»

En Esmirna, el prisionero tuvo que detenerse largo tiempo, pudiendo recibir las embajadas de un gran número de iglesias. A estas solicitudes respondía él con epístolas llenas de enseñanzas y sabios consejos. Los correos iban y venían sin cesar, rodeando al cautivo de una aureola que impresionó a los mismos paganos. Aún conservamos parte de aquella correspondencia, en que se palpa la vibración elocuente de las horas supremas. El estilo es vivo y original, la frase armoniosa y a veces incorrecta por la vehemencia del sentimiento. Vemos el desahogo espontáneo de un corazón abrasado en las llamas del amor a Cristo y a su Iglesia. Hay dos cosas que le preocupan muy particularmente: la lucha contra los docetas judaístas, que no creían en la realidad de la carne de Cristo, y el pensamiento de la jerarquía. «Hay un médico único—dice escribiendo a los efesios—, carne y espíritu a la vez, hecho y no hecho, de María y de Dios, pasible primero y después impasible, Dios existente en el hombre, vida verdadera en el seno de la muerte, Jesucristo, Nuestro Señor.» Recordando el principio católico de la autoridad, escribía a los de Filadelfia: «Vosotros sois los hijos de la luz y de la verdad; huid la división y las malas doctrinas. Ahora bien: donde se encuentra el pastor, allí está el lugar de las ovejas. Todos los que son de Dios y de Jesús están con el obispo. No penséis en celebrar más que una sola cena: porque sólo hay una carne de Nuestro Señor Jesucristo; sólo hay un cáliz que nos hace participar en su sangre, sólo un altar, sólo un obispo con su colegio de sacerdotes y diáconos.»

De todas las cartas de Ignacio, la más famosa es la que desde su prisión de Esmirna escribió a la Iglesia de Roma. Sabía que desde Oriente llegaban súplicas pidiendo el perdón del condenado; sabía que los fieles de Roma empezaban a poner en juego toda su influencia con el emperador, y el ver que un exceso de caridad le iba a arrebatar la palma del martirio, le inspira estas páginas maravillosas. No hay monumento alguno en la antigüedad cristiana, ni en la antigüedad de ningún pueblo, que tenga el sublime patetismo de esta epístola inmortal, que «Ignacio, el Teóforo, el porta-Dios, dirige a la santa Iglesia, que preside la sociedad del amor». No tenemos el relato auténtico de aquel martirio, pero tenemos algo mejor: la imagen viva, sincera, vigorosa del mártir, el alma de aquel gran cristiano, retratada en el momento en que se dirige al martirio, cuando se le presenta la furia de los leones, y detrás de ellos la gloria de Cristo, que le abrasa y transfigura con sus rayos, como el sol de un glorioso atardecer.

«A fuerza de oraciones—dice el confesor de la fe—he conseguido ver vuestros santos rostros; he conseguido más de lo que me atrevía a esperar, pues voy a saludaros en calidad de prisionero de Cristo, si Dios me da la gracia de perseverar hasta el fin. El comienzo ha sido bueno; que nada me impida ahora alcanzar la herencia que me está reservada. Sólo temo vuestra caridad. Vosotros no tenéis nada que perder; pero yo, si lográis salvarme pierdo a Dios. Si os quedáis tranquilos, seré de Dios; si me amáis con un amor carnal, volveré a ser arrojado a la vida de este mundo. Dejadme sacrificar mientras el altar está preparado. Unidos todos en un coro por la caridad, cantaréis en torno: Dios se ha dignado enviar de Oriente a Occidente al obispo de Siria. Es bueno agonizar al mundo en Dios para levantarse a la vida.

«Jamás habéis hecho mal a nadie; habéis enseñado a los demás: es la hora de practicar vuestra doctrina. Pedid para mí la fuerza interior y exterior, a fin de que no solamente sea llamado cristiano, sino encontrado por tal cuando haya desaparecido del mundo. Lo que se ve es temporal, lo que no se ve es eterno. Jesucristo mismo es invisible desde que se volvió a su Padre. El cristianismo no es solamente una obra de silencio, sino también una obra de gloria y de grandeza. Escribo a las iglesias; a todas les digo que quiero morir por Dios, si vosotros no me lo impedís. Yo os conjuro que no me mostréis una ternura cruel. Dejadme ser alimento de las bestias, por las cuales me será dado gozar de Dios. Soy el trigo de Dios; necesito ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan limpio de Cristo. Acariciadlas para que sean mi sepulcro, y no sea gravoso a nadie con mis exequias. Así llegaré a ser verdadero discípulo de Jesucristo. Yo no os mando, como lo hacían Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un condenado; ellos eran libres, yo ahora soy un esclavo. Pero cuando sufra, seré liberto de Cristo y renaceré a la libertad. Hoy en las cadenas aprendo a no desear nada.

«Ninguna cosa, visible o invisible, me impedirá gozar de Jesucristo. Fuego y cruz, bestias y caballetes, mutilación de miembros y molimiento del cuerpo; que todos los suplicios vengan sobre mí, con tal que llegue a gozar de Cristo. Nada me importan el mundo y sus imperios. Sólo al que ha muerto por nosotros busco; sólo al que ha resucitado por nosotros quiero. Por piedad, hermanos, no me privéis de la verdadera vida. Dejadme recibir la luz pura; sólo entonces seré verdaderamente un hombre. Dejadme ser imitador de la Pasión de mi Dios. El que le lleva en su corazón, comprenderá lo que yo quiero y tendrá compasión de mí...

«Si cuando esté con vosotros hablare de otra manera, no me creáis; creed lo que hoy os digo. Os escribo en vida y deseando morir. Mi amor está crucificado, y ya no hay en mí anhelo material; no hay más que un agua viva, que murmura en mi interior y me dice: Ven hacia el Padre. Ya no me deleitan el alimento corruptible ni las alegrías de esta vida. Quiero el pan de Dios, el pan celeste, el pan de vida, que es la carne de Jesucristo, Hijo de Dios, nacido al fin de los tiempos de la raza de David y de Abraham; y quiero por bebida su sangre, que es el amor incorruptible y la vida eterna.»

Tal es la carta famosa que han admirado todos los siglos. Sólo Luciano pudo burlarse de ella, como se burló de todo lo más santo que hay en el mundo: de la virtud, del sacrificio, del amor. No era la vana ostentación lo que movía al gran obispo antioqueno; era el entusiasmo del amor divino. De la miserable inmortalidad histórica a la verdadera inmortalidad, hay un abismo: el abismo que media entre el ser y el no ser. Ignacio consiguió realizar su anhelo sagrado, y molturado por los dientes de las fieras, convirtiese en harina de Cristo. Fue en los últimos días del año 107, durante las fiestas organizadas para solemnizar los triunfos de Trajano en la Dacia. Hubo un regocijo continuado por espacio de ciento veintitrés días. Diez mil gladiadores perecieron para divertir al pueblo romano. Once mil bestias feroces fueron sacrificadas, después de haber sacrificado ellas a un gran número de condenados. Entre ellos estaba el ilustre obispo de Siria. El gran emperador se hubiera muerto de sorpresa si alguien le dijera que el oscuro oriental que contribuía a su triunfo con su muerte, pasaría a la posteridad con una gloria más pura que la suya.

martes, 16 de octubre de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud.
Mirad: yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.
Y vuelvo a declarar que todo aquel que se circuncida está obligado a observar toda la ley.
Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia.
Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor.

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuese a comer con él. Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo:
«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo».

Palabra del Señor.

San Gerardo Mayela

San Gerardo Mayela es uno de los más extraordinarios taumaturgos del siglo XVIII. Nació el 6 de abril de 1726 en la pequeña ciudad de Muro Lucano, provincia de Potenza, en el reino de Nápoles. Su vida fue muy breve: vivió exactamente veintinueve años, seis meses y siete días, según su primer biógrafo, el padre Tannoia, que descontaría los días incompletos del nacimiento y de la muerte. Pero en tan poco tiempo este buen obrero de Dios levantó un grandioso edificio de santidad.

Su padre, Domingo Mayela, tenía una humilde sastrería de barrio que sacaba la casa adelante; la madre, Benita Galella, ayudaba trabajando en el campo las horas que le dejaban libre las faenas domésticas.

Gerardo fue a la escuela desde los siete años hasta los doce; por su aplicación y buen ejemplo era el preferido del maestro: la doctrina cristiana se la sabía perfectamente, casi antes de comenzar a ir a la escuela.

Cuando tenía doce años perdió a su padre; Benita se quedaba viuda con Gerardo y tres hijas. Había que trabajar para ayudar a la madre; por eso le sacó ésta de la escuela y le puso de aprendiz de sastre con el maestro Martín Pannuto, con vistas a que pudiera establecerse por sí mismo en la que fue sastrería de su padre.

Pannuto era bueno, pero tenía un oficial que era una cosa mala; mal encarado, brutote y de mala entraña. En cuanto se percató que el chiquillo era bueno, manso y que olía a beato se le revolvió la bilis: con cualquier motivo le injuriaba, le abofeteaba y hasta le golpeaba con la vara de medir. Con razón se lee en una lápida de mármol puesta encima de lo que fue sastrería de Pannuto: "Aquí estuvo el taller de Pannuto, del cual hizo Gerardo escuela de virtudes".

Debió de estar hasta los quince años de aprendiz de Pannuto. A esa edad los milagros y las virtudes habían dado al muchacho fama de algo extraordinario: unos decían que era un santo; otros que era un loco. Como en tiempo de Cristo y... como siempre.

El primer milagro conocido es el que tuvo lugar varias veces en la pequeña iglesia de Capodigiano, dedicada a la Virgen de las Gracias.

No tendría Gerardo más de seis años: iba solito a rezar en aquella iglesita de las afueras; el Niño Jesús se bajaba de los brazos de su Madre y jugaba al escondite con el hijo de Benita: ¡cosas de niños! Luego, al despedirse, le daba un pan blanquísimo que puso en la pista a la madre y las hermanas para comprobar el hecho. Ahora la iglesia de Capodigiano es parroquia; la Virgen no es artística, pero tiene una gracia campesina propia del ambiente rural en que vive...

La afición de Gerardo a la oración, al ayuno, a la soledad y a los dolores de la pasión despertaron en él desde niño y cada día iban en aumento. La madre se desesperaba al ver que casi no comía y lo poco que tomaba lo mezclaba con hierbas amargas.

A los siete años, sin encomendarse a nadie más que a su amor a Jesús Sacramentado, se acercó a comulgar, pero el cura le puso mala cara y pasó de largo. Gerardo se quejó a Jesús y por la noche le dio la primera comunión nada menos que el arcángel San Miguel. La primera comunión oficial no la pudo hacer hasta los doce años, según costumbre de la época.

Cuando estuvo de aprendiz con Pannuto, el tiempo que no podía dar a la oración por el día lo daba por la noche. Era tío suyo el llavero de la catedral y se lo ganó para que le dejara las llaves, y se pasaba las noches enteras algunas veces. Allá oraba, se disciplinaba, cantaba y dormía; y hasta luchaba con los demonios que le querían asustar. Desde el sagrario le dijo Jesús: ¡Loquillo, loquillo!" Gerardo le respondió: ' Más loco eres Tú, que estás ahí encerrado por mi amor'.

Tuvo la santa obsesión de reproducir en su cuerpo los tormentos de la pasión: tomaba disciplinas de sangre, hacía que otros le azotaran y que le arrastraran los mozalbetes por las calles empedradas de Muro. Lo más difícil era que le crucificaran: pero también lo logró con motivo de representarse en la catedral el viernes Santo cuadros vivos de la Pasión: a los verdugos les rogó que le ataran fuerte para que resultara más al natural.

Su ilusión era hacerse religioso; pero le rechazaban por su aspecto enfermizo, hasta los capuchinos, donde tenía cierta esperanza por ser provincial un hermano de su madre, fray Buenaventura de Muro.

A falta de convento aprovechó la oportunidad para ponerse a servir al obispo de Lacedonia, monseñor Albini, que era muy bueno, pero tenía un genio que no había quien resistiera en palacio más de dos meses. Gerardo, encantado, con tal de huir del mundo y tener una capilla con su Amigo encarcelado, como llamaba a Jesús Sacramentado. Y estuvo unos tres años, hasta la muerte de su señor. Fue célebre el milagro que hizo cuando, al ir a sacar agua del pozo público, se le cayó la llave de palacio dentro del pozo. Para que no se enfadara monseñor descolgó a un Niño Jesús con la cuerda del pozo y el Niño le hizo limpio el mandado, subiendo del pozo con la llave en la mano: todavía se llama aquel pozo el Pozo de Gerardito.

Se puso otra vez a trabajar en varias partes y por fin pudo abrir la sastrería; pero los impuestos se la echaron abajo cuando la Real Cámara, con nuestro Carlos lll, impuso un régimen implacable de tributación.

El año 1749 se le presentó ocasión de forcejear de nuevo por entrar en un convento: fue la misión de Muro predicada por 15 misioneros de los recientemente fundados por San Alfonso María de Ligorio, dirigidos por el venerable padre Cafaro. Gerardo se pegó a los misioneros con idea de ganárselos para que le admitieran; el padre Cafaro, austero y de voluntad férrea, le dio una rociada de negativas tajante. Avisada por él la madre encerró a Gerardo el día de la marcha de los misioneros para que no se fuera con ellos; pero saltó por la ventana y los alcanzó y logró su intento. Para quitárselo de encima lo mandó al convento de Deliceto el padre Cafaro, convencido de que no duraría una semana.

Pero se engañó. Creían que, como estaba siempre en oración o en éxtasis, no valdría para trabajar; pero trabajaba por cuatro. Lo cual no le impedía escalar las alturas de la contemplación y de todas las experiencias místicas.

Su obsesión de copiar la pasión de Cristo se hizo más impresionante: eran espantosas las disciplinas de sangre y la crucifixión, ayudado por los criados del convento, a los que convencía para que hicieran de verdugos diciéndoles que no le dolía, sino que sentía mucho gusto.

El teatro de estas escenas solía ser una gruta, o mejor una chabola, que todavía se conserva, aunque casi inaccesible, razón por la cual no puedo describirla en el interior, y que ya en el siglo xv sirvió para los mismos menesteres al Beato Félix Corsano.

A pesar de su altísima oración desempeñaba a la perfección todos los oficios, aunque la sastrería fue siempre su oficina propia. Sobre todo fue el recadista ideal que recorrió los pueblos sembrándolos de milagros, de ejemplos de santidad y de celo de apóstol.

Por amor a la obediencia adivinaba las órdenes o los deseos de sus superiores; la llevaba tan a la letra que había que andar con cuidado; un día en que un superior le dijo la expresión: "Ande y métase en un horno", se metió en el horno del pan y se hubiera achicharrado allí si no le levantan la obediencia.

Simple lego como era se lo disputaban los párrocos, los conventos y los obispos para que fuera a arreglarles los asuntos de las almas. A veces iba con los misioneros ligorianos y confesaban éstos que hacía él con sus oraciones y con sus palabras y sus virtudes ­a veces con sus milagros­ más que todos los misioneros juntos. En los ejercicios que se predicaban en las residencias, Gerardo era un elemento decisivo; descubría con frecuencia las conciencias y no había pecador que se le resistiera. Fue una especialidad suya el enfervorizar los conventos de monjas, a veces bastante relajados, y ganar a muchas doncellas para esposas del Señor. Hay quien ha llamado a esta actividad de su celo su segunda vocación. En una ocasión llevó él mismo de una vez siete doncellas al convento. Con ocasión de sus salidas, para recados, para la postulación o para las misiones, a todas las jóvenes que podía las encaminaba a los conventos como medio para llevarlas a la perfección.

En mayo de 1754 fue víctima de una calumnia por parte de una joven; San Alfonso le llamó y, pareciéndole que la acusación presentaba indicios de verdadera, le impuso severos castigos; el más doloroso, privarle de la comunión. Hasta entonces había estado en residencia en Deliceto; con este vendaval de la calumnia fue de casa en casa sometido a encierro y vigilancia. Cuando, al mes y medio aproximadamente, apareció la verdad por retractación de los autores de la calumnia, le volvió a llamar San Alfonso y le preguntó con emoción: "¿Pero por qué no defendió su inocencia?" Gerardo replicó con dulzura: "Es que la regla prohíbe excusarse cuando reprende el superior". Aquella respuesta conmovió al santo fundador hasta las lágrimas y, entonces, más que por la fama de los milagros, comprendió que tenía un hermanito entre los suyos que era un santo de cuerpo entero.

Del paso por las casas en esta época dejó recuerdo indeleble por sus virtudes y por sus continuos éxtasis y milagros; fue célebre el que hizo en Nápoles metiéndose en el mar con capotto y todo, para traer hasta el puerto una barca de la mano, como a una criatura, cuando ya la daban por perdida en un galernazo imponente.

Su última residencia fue Materdómini, levantada en un alto sobre el pueblo de Caposele. Inmortalizó la portería con su caridad, que le valió el título de padre de los pobres, que le daban en toda la comarca. Entraba a saco por la despensa, la panadería y la cocina del convento; y cuando los encargados se iban a quejar al superior se encontraban con que había más abundancia que antes. Parecía que jugaba con Dios y su providencia a los milagros; así que el superior, padre Caione, le dejó seguir los vuelos de su caridad. Delante de los pobres se extasió mientras un ciego tocaba la flauta y cantaba una letrilla piadosa. Todavía hoy se conmemora el milagro en la comida a los pobres en Materdómini, servida con frecuencia por algún prelado.

Murió víctima de la obediencia, saliendo a la postulación en pleno verano y con fiebre hética. Tuvo en un pueblo una hemoptisis y volvió a Materdómini deshecho; para morir. Esto era en la segunda mitad de agosto de 1755: el 16 de octubre entregó su alma a Dios. Su enfermedad fue una serie de prodigios; dieron entonces su más vivo resplandor sus grandes amores: la Pasión, la Eucaristía, la Santísima Virgen.

Después de su muerte siguió prodigando los milagros. Su sepulcro es un imán de peregrinaciones. La del año 1955, segundo centenario de su muerte, doy fe de que fue... una locura. Aun cuando la abundancia de milagros hacía esperar su pronta canonización, por circunstancias adversas no llegó hasta el año 1904.

Aunque sin tener una aprobación oficial, se le llama patrono de las madres; ya las primeras imágenes, luego de morir, llevaban la inscripción: Insignis parturientium protector (Insigne protector en el trance de la maternidad).

Para terminar debo declarar que esta semblanza de San Gerardo está sacada de mi Vida de San Gerardo Mayela, documentada y crítica, publicada con motivo de los jubileos gerardinos de 1954 y 1955. Allí puede ver el lector la abundante bibliografía y los archivos consultados en Roma y Nápoles. Por no pasar los límites de esta semblanza, no traslado la nota bibliográfica y el detalle de los archivos consultados, además del abundante de su canonización, archivado en el Archivo de la Postulación de la Congregacion del Santísimo Redentor, en la Casa Generalicia de Roma. Pero por ahí puede deducir el lector que todo está basado en documentación auténtica y abundante, y que esta semblanza no es una Florecilla franciscana, aunque la figura del Santo es una tentación para pergeñarla.

Pero ya sabemos que los tiempos hipercriticos en que vivimos no están para ninguna clase de florecillas ni franciscanas ni ligorianas...

lunes, 15 de octubre de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas


Así obra el que teme al Señor, el que observa la ley alcanza la sabiduría.
Ella le sale al encuentro como una madre y lo acoge como una joven esposa.
Lo alimenta con pan de inteligencia y le da a beber agua de sabiduría.
Si se apoya en ella, no vacilará, si se aferra a ella, no quedará defraudado.
Ella lo ensalzará sobre sus compañeros y en medio de la asamblea le abrirá la boca.
Lo llenará del espíritu de sabiduría y de inteligencia y lo revestirá con un vestido de gloria.
Encontrará gozo y corona de júbilo, y un hombre eterno recibirá en herencia.

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.