domingo, 10 de febrero de 2013

Santa Escolástica

A pesar de su vida humilde, retirada y desconocida—una vida que parece concentrarse enteramente en los secretos del corazón y en las hablas interiores con Dios—, Santa Escolástica es la madre y maestra de la legión inmensa de vírgenes que han servido a Dios en los monasterios benedictinos. Su existencia transcurre silenciosa, embalsamando el huerto cerrado del Esposo. Pero unos días antes de llevarla a su gloria, quiso Dios presentarla al mundo como ascua encendida en el brasero del Espíritu, como rosa espléndida de la humildad y del amor.

La página en que habla de ella San Gregorio Magno es una de las más bellas e inspiradas del gran pontífice. Escolástica vive con sus monjas en un valle pintoresco de Campania; desde su ventana descubre allá, en la altura, sobre la cima de Montecasino, el monasterio de su hermano. Entre los dos monasterios hay una casita rústica y sencilla. Allí es donde los dos hermanos tienen su entrevista anual. Una vez al año, Escolástica sube con algunas monjas, y Benito baja acompañado de algunos hermanos. Así desde hace cinco lustros. Ahora los dos se han hecho viejos. Penosamente han recorrido la distancia que los separa de la casita, y se han encontrado una vez más. Es un día de febrero; día frío e invernal, pero sereno y luminoso, día precursor de la primavera.

Los dos hermanos se saludan. Benito bendice a Escolástica. Escolástica deja escapar unas lágrimas; su voz tiembla. Tiene el presentimiento de que ésta es la última entrevista. Está más locuaz que nunca. Quiere sacar su corazón y ponerlo en la palma de la mano; quiere decir todas las cosas que no se atrevía a decir otras veces, porque ante la gravedad de su hermano le parecían niñerías. Recuerda las alegrías de la infancia, los días de Nursia, el encanto del amor fraterno, sus ansias, sus temores, cuando el hermano, un adolescente todavía, se fue a estudiar a Roma; sus tristezas cuando desapareció de la ciudad para irse al desierto. A veces se ruboriza de tener la mente puesta en aquellas cosas tan humanas, tan baladíes. Pero el patriarca la conforta. Es antes de emigrar cuando la golondrina se adhiere más a la tierra en que crió sus pequeñuelos y al nido que le sirvió de abrigo durante el verano contra el sol y las tormentas.

El temor de la monja se serena. Las palabras de su hermano son oráculos para ella. Le ama entrañablemente, le admira con un respeto de niña. Para ella es el hombre heroico que ha sabido dejar todas las cosas para seguir a Cristo, el creador de una escuela perfecta de ascetismo, el maestro, el organizador, el sabio, el fundador. Sin su ejemplo, ¿cómo hubiera encontrado ella la paz del claustro? Benito; en cambio, cree encontrar en su hermana el germen de su alta vocación. ¿Qué era él, con toda la sabiduría presuntuosa de las escuelas romanas, con sus figuras retóricas, con sus sueños de ambición juvenil? Nada, cuando fijaba la mirada en aquella niña linda, modesta, humilde, inocente, que sólo pensaba en su hermano; una rosa infatuada que abre su púrpura en el tallo más enhiesto del rosal; una rosa embriagada en su propio perfume y en su fuego.

—Mas de pronto te veo a mis pies, escondida, ruborosa, como una violeta entre la hierba espesa de julio. Y tú tenías razón.

Así decía Benito, pero su hermana no estaba conforme con él. Discutieron con ese tesón a la inversa que tienen los santos; pero el abad tenía más razones y argumentos que la abadesa. Y fue el abad el que quedó amo del campo y dueño de la palabra. Habló largamente, habló con la maestría de quien había aprendido tanto y enseñado tanto; con la serenidad y el calor de quien estaba lleno del espíritu de todos los justos, con la seguridad de quien había explorado tan diligentemente los escalones de la humildad, por los cuales se baja hasta el fuego central del amor. Pasaban las horas ligeras; escuchaba la monja en actitud extática; la luz se apagaba en la habitación; en la cumbre del monte, el monasterio de San Benito aparecía envuelto en la calma indulgente y dorada del crepúsculo. Entre las sombras de la noche, llegan los ecos de la campana monacal; el esquilón de las monjas los repite en el valle. Benito se levanta y pide la cogulla.

—¿Qué es eso, hermano mío?—pregunta Escolástica, levantándose también.
—Han tocado a Completas; tenemos el tiempo medido para llegar al monasterio. Adiós, recibe mi bendición.
—¡Una hora más, hermano mío!—suplicó Escolástica—. Habla, dime más cosas todavía.
—No es posible. Además, te lo he dicho todo.
—Llegabas al punto preciso en que todo queda por decir.
—Y en que no se puede añadir una palabra más.
—La palabra de Dios reemplazará la tuya. Rezaremos, cantaremos, cantaremos toda la noche hasta el amanecer. ¡Toda la noche para Dios!
—Calma, hermana mía; no pidas cosas imposibles; la Regla obliga al abad como a los monjes.
—Escucha: es la última vez; el año que viene será tarde.
—¡Oh hermana mía!
—Sí, soy tu hermana; y tú eres Benito, mi hermano. Sabes que soy vieja; que mi hora se acerca, que no me verás ya en este mundo. ¿Cómo podrás negarme lo que te pido?
—No insistas, me llenas de pesar. Creí que habías llegado a comprender mejor el espíritu de la obediencia.
—Y yo creía, permíteme que te lo diga sencillamente, humildemente, creía que habías llegado a comprender el espíritu del amor.
— ¡Escolástica!
—Vete, pues; ya sé a quién dirigirme para conseguir la última alegría de mi vida. Voy a pedírselo al que lee en el fondo de los corazones, al que no puede negármelo.
—Eso es tentar al Cielo, hermana mía.
—No es tentar al Cielo abrirle nuestro corazón. Un momento: si el Cielo calla, podrás irte.

Una suavidad infinita vibraba en estas postreras palabras. Benito aguarda en pie, algo inquieto. Escolástica se sienta, fija los brazos en la mesa de nogal, y esconde la cara entre las manos. Ora y llora; su llanto es una oración. Al mismo tiempo, el cielo se oscurece, la tormenta ruge en las cumbres cercanas, se la siente avanzar, los relámpagos cruzan el cielo, los truenos hacen temblar la pobre casita, y el agua baja, torrencial, por los flancos de la montaña. Un monje enciende una lámpara. En este momento, Escolástica levanta la cabeza, sonríe a su hermano y le dice:

—Qué, ¿piensas marchar?
—Pero, ¿has sido tú?...—empieza a preguntar Benito.
—¡Oh!—responde ella—; no creas que tengo poder alguno sobre la lluvia.
—¿Entonces?...
—Puedes irte a tu monasterio. Es el precepto de la Regla, sí; pero ya ves: el amor no lo quiere.
—¿De suerte que el amor es más fuerte que la Regla? Sin embargo, nuestra Regla es una Regla de amor.
—Sí, lleva al amor; pero el amor sube más arriba.
—Es verdad, hermana mía, perdóname; ya te dije antes que tú tienes razón; la tienes siempre. Eres como un jardín lleno de perfumes, como una fruta madura para la mesa del gran Rey, como una fuente que nunca se agota, como una flor hermoseada por la frescura del rocío. Obedezcamos al amor; quedémonos aquí hablando de los gozos de la vida celeste, y cuando nos falten las palabras, mirémonos en silencio.

Benito volvió a sentarse y a hablar, a decir los altos conceptos de la sabiduría del Cielo. A veces se interrumpía y contemplaba en silencio a su hermana, y parecía decirse: «¿Por qué me escucha con tanta atención, si ella sabe más que yo, si ha llegado más alto en la única ciencia necesaria? Ha vencido, ha podido más que yo, y eso porque ha amado más que yo.» Otra vez pasaron las horas vertiginosamente, las horas del silencio de la noche, en el cual habla Dios a las almas que le buscan. ¿Quién pudiera saber lo que se dirían aquellos dos santos, abrasados en el fuego del divino Espíritu? ¡Con qué pena vería Escolástica filtrarse a través del ventanillo los primeros albores del amanecer! Pero ahora ya no se podía pedir una nueva tregua. Había que separarse. Era la última bendición, el adiós postrero, la postrera y más larga de las miradas. «Hasta el año que viene», dijo Benito; pero ella no contestó; clavó en el Cielo sus ojos dulcísimos, y al mismo tiempo dejó escapar una sonrisa melancólica, que parecía decir: «Lo que Dios quiera.»

Dos días después, desde la ventana de su celda, veía el patriarca una paloma de nieve—pureza y amor, humildad y dulzura—que, saliendo del monasterio del llano, hendía el aire y se perdía entre los celajes del Cielo: era el vuelo luminoso del alma de Escolástica hacia la mansión de los elegidos.

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