martes, 9 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Salomón se puso en pie ante el altar del Señor frente a toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo:
- «Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra, tú que guardas la alianza y la fidelidad a tus siervos que caminan ante ti de todo corazón.
¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!
Inclínate a la plegaria y a la súplica de tu siervo, Señor, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu siervo entona hoy en tu presencia. Que día y noche tus ojos se hallen abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que declaraste: “Allí estará mi Nombre”. Atiende la plegaria que tu servidor entona en este lugar. Escucha la súplica que tu siervo y tu pueblo Israel entonan en este lugar. Escucha tú, hacia el lugar de tu morada, hacia el cielo, escucha y perdona. »

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)
Y los fariseos y los escribas le preguntaron:
-«¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
Él les contestó:
-«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.”
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Y añadió:
-«Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. Pero vosotros decís: “Si uno le dice a su padre o a su madre: los bienes con que podría ayudarte son ‘corbán’, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».

Palabra del Señor.

Beato Leopoldo de Alpandeire

«El virtuoso capuchino, santo limosnero, conquistó incontables almas para Cristo haciendo de su misión un campo abonado para que germinase el bien en los corazones afligidos. En todos infundió su excelsa devoción por la Virgen María»

¡Cuántos integrantes de la vida santa han alcanzado la gloria sin notoriedad alguna! Incontables. En un mundo, como el nuestro, abocado al éxito, fama y oropeles de diverso calado, la existencia de personas como este beato no viene sino a corroborar la futilidad de los títulos humanos. Éstos fenecen casi a la par que lo hace cada uno, salvo contadas excepciones, en las que existe una cierta perdurabilidad de la trayectoria de alguien concreto por razones históricas, literarias, etc. En cambio, la perennidad en la memoria de todos de quienes tuvieron como único objeto de su vida a Dios es inextinguible. La sencillez y la humildad, su existir en la sombra, por así decir, en estos casos se tornan en una luminaria que no se apaga nunca. Es resultado de algo tan simple, y a la par tan poco valorado, como sobrenaturalizar la misión que cada uno haya recibido, por modesta que sea, y acogerla gozosamente creyendo que es enviada por Dios, una aceptación, como es sabido, que presupone un completo desasimiento.

Leopoldo de Alpandeire Sánchez Márquez (su nombre de pila era Francisco Tomás), nació el 24 de junio de 1864 en Alpandeire, Málaga, España. Era el primogénito de cuatro hermanos. Sus padres trabajaban en el campo, labores en las que él se empleó en cuanto tuvo edad para ello. A esta ocupación dedicó treinta y cinco años de su vida, dejando un reguero de caridad en las personas que halló a su paso. Alimento, escasas pertenencias y dinero, el poco que tenía, salían de su zurrón y bolsillos a costa de mermarlo a su familia y a sí mismo, con tal de asistir a cualquiera que consideraba más pobre que él. Compasión, generosidad, penitencia y misericordia, junto con su amor a la Eucaristía y admirable devoción mariana, fueron algunas de sus muchas virtudes. Adolecía de formación, pero tenía la sabiduría adquirida con su oración, que es lo que cuenta, y su gran corazón era incomparable con cualquier enseñanza académica.

A la bella localidad de Ronda llegaron los capuchinos para celebrar la beatificación de fray Diego José de Cádiz. Y el recogimiento y la fuerza con la que hablaban de Dios fue todo un descubrimiento para él: «Yo quiero ser un fraile como éstos», se dijo. Le costó la admisión cuatro años de espera por diversos contratiempos humanos ajenos a su voluntad; mientras, perseveraba en su empeño. En medio, ante las dudas por la falta de respuesta, incluso pensó en el matrimonio, pero siempre sin desistir de su vocación que no ocultó a la joven. Finalmente, en 1899 un sacerdote al que confió la situación que le impedía convertirse en religioso intervino en el asunto, solventándolo. El 16 de noviembre de ese año ingresó en Sevilla. Allí le dieron el nombre de Leopoldo, reconociendo después que esa elección «le había caído como un jarro de agua fría». Este comentario era una nimiedad porque desde el primer instante, labrando la huerta, como se le encomendó, llevó una vida edificante, y así lo constataron sus hermanos de comunidad que vieron en él un fraile humilde, obediente, discreto, fiel a la regla, lleno de fervor.

Fue hortelano sucesivamente en Antequera y Granada, último destino. En éste se le confiaron las misiones de sacristán y limosnero. Inclinado a la contemplación, tomó la labor de pedir limosna como signo de la voluntad divina. Y con esta disponibilidad salió a la calle en la que fue dejando el poso de su admirable virtud. Su convicción: «Dios da para todos», sintetiza su quehacer apostólico y el espíritu orante con el que sobrenaturalizó esta misión ejercida durante medio siglo, incluso en situaciones de grave intolerancia. En incontables ocasiones, el precio de una modesta limosna fue el insulto, el desaire, la violencia verbal y física. Comprensivo y paciente le decía a su compañero de camino: «Hermano, vamos pidiendo y tenemos que recibir de buen grado todo lo que nos den; lo bueno y lo malo». Si algún obrero lo tildaba de holgazán y le instaba a trabajar en lugar de pedir, respondía aplicándose en el tajo con tanta destreza que dejaba a todos atónitos. Era el momento de recordar que un fraile no era un vago, hablándoles a continuación del amor de Dios que se extiende sobre todos. Las gentes que ya lo conocían y estimaban, tras haber sido apedreado le libraron de la muerte.

Este prudente limosnero solo aceptaba las dádivas que consideraba justas, las que no menoscababan las posibilidades del donante. Siempre entregaba a otros parte de su limosna, como hacía en conventos de religiosas, y no rivalizaba con los pobres, a los que dejaba la vía abierta para mendigar si se cruzaba con ellos. En el ejercicio de su misión logró convertir a muchos, medió por los débiles, evitó injusticias. Contrarrestaba las blasfemias prorrumpiendo en alabanzas. Era especialmente querido por los niños que salían a su encuentro llamándole «Fray Nipordo». Muchos buscaban sus palabras de consuelo y él rezaba con profunda devoción tres avemarías, que atemperaban las preocupaciones de los que acudían a él, seguros de que la divina Providencia les ayudaría gracias a la bondad del religioso. Al juicio sobre debilidades de un hermano, replicaba con admirable piedad: «Es santo a su manera». Y si alguien protestaba, recordaba: «Para ganar el cielo hay que tragar mucha saliva».

Como la prensa local se hizo eco de sus bodas de oro, con peculiar gracejo manifestó a uno de los hermanos: «¡Qué jaqueca, hermano, nos hacemos religiosos para servir a Dios en la oscuridad y, ya ve, nos sacan hasta en los papeles!». Acogió de buen grado todas las contrariedades de la vida y los padecimientos que fueron llegando. A los 89 años mientras mendigaba se fracturó el fémur. Impedido para salir, pudo dedicarse por entero a la contemplación, recóndito anhelo que había pervivido en su corazón. Murió el 9 de febrero de 1956 dejando consternada a la ciudad que siempre vio en él a un santo. Fue beatificado el 12 de septiembre de 2010.

lunes, 8 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, congregó Salomón a los ancianos de Israel en Jerusalén - todos los jefes de las tribus y los cabezas de familia de los hijos de Israel ante el rey - para hacer subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de David, Sión.
En torno al rey Salomón se congregaron todos los varones de Israel. En el mes de etanín, el mes séptimo, por la fiesta, vinieron todos los ancianos de Israel y los sacerdotes condujeron el Arca e hicieron subir el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro, con todos los objetos sagrados que había en ella.
El rey Salomón y todo Israel, la comunidad de Israel reunida en torno a él ante el Arca, sacrificaron ovejas y bueyes en número no calculable ni contable.
Los sacerdotes acarrearon el Arca de la Alianza del Señor al santuario del templo, el Santo de los Santos, a su lugar propio bajo las alas de los querubines. Estos extendían las alas sobre el lugar del Arca, cubriendo el Arca y sus varales.
No había en el Arca más que las dos tablas de piedra que Moisés deposito allí en el Horeb: las tablas de la alianza que estableció el Señor pactó con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto.
Cuando salieron los sacerdotes del santuario - pues ya la nube había llenado el templo del Señor -, no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor.
Dijo entonces Salomón:
«El Señor puso el sol en el cielo, mas ha decidido habitar en densa nube. He querido erigirme una casa para morada tuya, un lugar donde habites para siempre».

En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron.
Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban.

Palabra del Señor.

Santa Josefina Bakhita

«Su estremecedora vida no puede dejar a nadie indiferente. Encarnó de forma sublime el precepto evangélico: hasta setenta veces siete, perdonando a sus crueles verdugos y agradeciendo que indirectamente la hubieran acercado a Dios»

La conmovedora existencia de esta mártir africana, doctora del perdón, una de las más impresionantes que han desfilado en esta sección de ZENIT, dio la vuelta al mundo cuando el beato Juan Pablo II la canonizó el 1 de octubre de 2000. Fue la suya una vida que interpela sobre ese insondable misterio del amor de Dios que se impone sobre la felonía y brutalidad de algunos seres humanos. Ya es verdaderamente trágico pasar por la vida siendo verdugo de otros, de tantas formas como se manifiesta la agresión en los distintos escenarios donde discurre la convivencia, siempre que en ella campea el egoísmo. Pero cuando se alcanzan cotas como las que que tuvo que padecer esta santa, enmudecen las palabras y uno siente que el latido del corazón se queda en suspenso. Si a eso se le añade su insólita capacidad para perdonar, movida sin duda alguna por la gracia, el amor brilla con poderosísima fuerza en medio de tanta fiereza, y no cabe otra salida que volver los ojos al cielo donde habita la unidad, la verdad, la bondad y la belleza, atributos del Absoluto, porque en Él radica la explicación de tan excelsa respuesta. Ella encarnó admirablemente la indicación de Cristo de perdonar sin límites: «hasta setenta veces siete» (Mt, 18, 22).

Vino al mundo en un continente con una tradición de siglos de esclavitud aterradora. Nunca supo ni su fecha exacta de nacimiento, aunque pudo producirse en torno a 1870 en Olgossa-Darfur, Sudán, en la tribu de los dagiu, y tampoco recordó su nombre, borrado para siempre por la conmoción de un hecho espantoso que le acaeció alrededor de sus 9 años. Fue capturada por dos negreros mientras paseaba con una amiga. Inocente y temerosa siguió a los extranjeros que intimaron a su compañera: «Deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta. Mientras, tú puedes continuar tu camino; te alcanzaremos dentro de poco». Una vez aislada de su amiga, uno de los malhechores la sujetó mostrando un cuchillo que aplicó a su costado, y en tono amenazador, revelando sus aviesas intenciones, advirtió: «¡Si gritas, te mato! ¡Adelante, camina, síguenos!'». La infeliz criatura no fue capaz de decir su nombre cuando se lo preguntaron, y entonces la denominaron Bakhita, «afortunada», aunque el simbolismo encerrado en este significado le sería develado por completo a través de un atroz camino signado por la cruz. Tenía tres hermanos y dos hermanas, una de ellas era su gemela. Otra había desaparecido antes en manos de diferentes negreros; tan cruel separación produjo una honda amargura en toda la familia.

Bakhita fue vendida a cinco amos distintos, siendo maltratada junto a otros esclavos como «bestias de carga», encadenada, brutalmente golpeada, pasando hambre y sed, hacinada en nauseabundos espacios. Inútilmente intentó fugarse. El cuarto amo al que la entregaron en torno a sus 13 años la tatuó con una cuchilla marcándola con 114 incisiones: «seis en el pecho, setenta en el vientre y cuarenta y ocho en el brazo derecho». Para evitar infecciones le aplicaron sal durante un mes: «Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal». En 1882 fue comprada por el cónsul italiano Calixto Legnani: «Esta vez fui realmente afortunada porque el nuevo patrón era un hombre bueno y me quería mucho […]. No había reproches, ni castigos, ni golpes, y a mí me parecía imposible gozar de tanta paz y tranquilidad». Con este amo y su amigo Augusto Michieli viajó a Italia. La señora Michieli no tuvo escrúpulos en manifestar su deseo de poseer numerosos esclavos, y el cónsul se desprendió de Bakhita, a la que su nueva ama destinó como niñera de su hija Minnina.

Los negocios obligaron al matrimonio a residir fuera de Italia, y dejaron a Bakhita y a Minnina bajo el amparo de las cannosianas de Venecia. El administrador de la familia, Cecchini, le regaló un crucifijo que ella contemplaba sintiendo una indescriptible emoción en lo más íntimo de su ser. A través de la formación recibida, comprendió que el Dios de los cristianos «había permanecido en su corazón» y le había ayudado a soportar la esclavitud. En un momento dado, expresó: «Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa». ¿Quién puede decir algo así, con una trayectoria tan dramática como la suya, si no es por una gracia que procede de lo alto?

El 9 de enero de 1890 recibió el bautismo, la comunión y la confirmación de manos del cardenal de Venecia, tomando el nombre de Josefina Margarita Afortunada. Cada día era ocasión para conocer más al Dios «que me ha traído hasta aquí de esta extraña forma». Aún trataron de aherrojarla con las cadenas a través de la señora Michieli, quien a su regreso de Sudán quiso llevársela con ella. Con enorme valentía Bakhita se negó y se quedó con las religiosas canossianas. La esclavitud era ilegal en Italia y esa baza jugada a su favor la rescató. A los 38 años de edad se convirtió en una de las hermanas de la orden. Trasladada a Venecia desempeñó trabajos humildes, limpiando y cocinando, a la par que cuidaba a los pobres.

No fue agraciada con dones extraordinarios, pero su fama de santidad la precedía. Impresiona su sentido del humor y su alegría en medio de la tragedia que asoló su existencia. En 1929 tuvo que narrar su vida por obediencia y comenzó a viajar por Italia impartiendo conferencias. El 8 de febrero de 1947 en Schio (Italia) sucumbía su débil organismo aquejado por el dolor y la enfermedad. Decía a su enfermera: «¡Por favor, desatadme las cadenas… es demasiado!». Sus últimas palabras fueron: «¡Madonna! Madonna!». El papa la denominó Nuestra Hermana Universal.

domingo, 7 de febrero de 2016

Domingo, 07-02-2016 5º de T.Ordinario


Reflexión de hoy

Lecturas


El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.
Junto a él estaban los serafines, y se gritaban uno a otro, diciendo:
- « ¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloría!»
Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
Yo dije:
- « ¡Ay de mi, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor del universo».
Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
- «Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».
Entonces, escuché la voz del Señor, que decía:
- «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?»
Contesté:
- «Aquí estoy, mándame».

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.
Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros.

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra.
Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
- «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
- «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse.
Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
- «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón:
- «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


El relato evangélico gira hoy en torno a las faenas cotidianas de la pesca en el lago de Galilea.

Los protagonistas son Jesús y cuatro de sus discípulos.

Estos han pasado toda la noche pescando sin éxito.

Jesús prueba su fe mandándoles entrar mar adentro, en pleno día y a una hora no habitual para pescar.

La escena está cargada de simbolismo.

La barca representa a la Iglesia.

En ella, como Pedro, todos estamos llamados a echar las redes.

Tal vez hemos trabajado denodadamente fiándonos de nuestras capacidades y de programas elaborados minuciosamente para conseguir grandes éxitos pastorales en nuestra parroquia, sin haber logrado nada y continuando la gente tan fría como antes.

Sucede a menudo cuando creemos que los triunfos y fracasos dependen de nosotros.

Pero no es así.

Tiene que hacerse presente Jesús en la orilla para invitarnos a vivir y actuar de otra manera según la dinámica de Dios.

Entonces ocurre lo imprevisible, lo inesperado para nuestro asombro.

Las palabras de Pedro: “Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador” (Lucas 5, 8) demuestran hasta qué punto el alma se siente anonadada ante la propia pequeñez y la grandeza del que nos dice: “Rema mar adentro”.

Es el preámbulo de toda llamada.

Es más importante seguirle a Él que aprovecharse de la pesca capturada para engrosar las arcas de la economía familiar.

Muchos cristianos nos quedamos a la orilla mojándonos los tobillos en las cálidas aguas de la playa.

No corremos riesgos.

Tenemos las necesidades básicas cubiertas y nos sentimos cómodos asistiendo a misa, dando nuestra limosna a los necesitados o incluso asistiendo a grupos de profundización en la fe.

Terminamos sabiendo mucho de Dios, pero no le dejamos entrar plenamente en los entresijos de nuestro ser por miedo al compromiso y a las exigencias que conlleva.

No debe ser así.

La vocación es una llamada a salir de nuestro mundo estrecho para ser protagonistas de la misión y no únicamente receptores de la misma.

Los primeros discípulos entendieron pronto el mensaje de Jesús y lo dejaron todo para explorar otros mares: “Os haré pescadores de hombres”.

Esta maravillosa narración de la llamada “pesca milagrosa” nos interpela a todos.

Pedro se fía de Jesús y echa la red en aguas profundas, en un lugar donde antes no había capturado peces.

Y obtiene como recompensa el reconocimiento del Maestro y su llamada a cambiar de vida junto con los otros tres compañeros pescadores.

Es el comienzo de la misión.

Carecen de medios para evangelizar, pero andan sobrados de entusiasmo y generosidad.

No son los mejores, humanamente hablando, lo ignoran casi todo y tienen clara conciencia de sus grandes limitaciones.

Sin embargo, Jesús les da a entender que no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige, de modo que el protagonismo emana del mismo Dios.

La experiencia de los primeros discípulos entronca con la vocación de Isaías.

El profeta -primera lectura- se siente indigno, con labios impuros y miembro de un pueblo impuro, pero responde con generosidad a la llamada de Yahvé.

También San Pablo -segunda lectura- después de su conversión en el camino de Damasco y de ser elegido Apóstol por Jesús se considera el último de todos, como un “aborto” por haber perseguido a la Iglesia de Dios, pero reconoce que su éxito en la predicación del evangelio no es un mérito suyo, sino obra de la gracia de Dios que le acompaña.

Hoy nos subimos a la barca de Pedro, que es nuestra parroquia, nuestra congregación religiosa o el grupo eclesial donde vivimos la fe y donde nos sentimos arropados, reconocidos y queridos.

La soledad es una mala consejera cuando vivimos al margen de la sociedad que nos rodea y nos apartamos de los problemas para no ser vulnerables.

Esta es una actitud egoísta y estéril como lo es igualmente “subir a la barca” y refugiarme en una especie de “apartamento estufa” por miedo a sortear los peligros de la calle.

Es fácil correr dos riegos en la vivencia de la fe; uno por defecto: entrar en una endogamia que, lejos de ser testigo de la presencia de Jesús atufa a humo de chimenea y ahuyenta a los que quieren entrar, y otro por exceso: confiar tanto en la fuerza del grupo y las programaciones pastorales que no se da margen al Espíritu.

La medida del amor nos la da el mismo Jesús al invitarnos a entrar en la barca de la Iglesia y responder en clave misionera, como Isaías: "Aquí estoy, mándame”

Aquí estoy, podemos decir cada uno de nosotros, dispuesto, no para quedarme en ella, sino para sortear los mares en busca de nuevos horizontes.

En el “aquí esto, mándame” está la clave del verdadero misionero.

El buen misionero está dispuesto a servir con amor generoso en la forma y manera que quiere Jesús.

El buen misionero obra con rectitud, justicia, tolerancia y paciencia.

Es decir: ajusta su comportamiento con el prójimo siendo testigo creíble de la presencia de Jesús entre nosotros.

El buen misionero afronta las críticas y descalificaciones de este mundo materialista sin herir a nadie con palabras o gestos. Al contrario, en medio de las incomprensiones asume la responsabilidad de ser mensajero de paz y de concordia.

El buen misionero busca en la oración y el silencio la luz que necesita para andar el camino y ser guía para la gente que ha perdido la fe y, en muchos casos, la razón suprema de su existencia.

Aquí estoy, Señor, hoy me invitas, con mi nombre y apellido, a subir a la barca para remar contra corriente.

No te importan mis pecados ni mi fragilidad.

Tan solo quieres que te siga, aún sabiendo que puedo fallar.

A tu lado, contigo como timonel, no temo la tempestad.

Limpia mi mente y mi corazón de toda maldad, despiértame cuando duerma y alivia mi cansancio en esta dura travesía, que aguarda a cuantos queremos pisar tus huellas por la tortuosa vereda de la cruz, antesala de la gloria.

Beato PIO IX –Papa-

Cuando Juan Pablo II anunció su decisión de beatificar juntos a los papas Pío IX y Juan XXIII (-11 de octubre), los medios de comunicación social de todo el mundo pusieron el grito en el cielo y desataron un turbia polémica —una más— para golpear con ella el rostro de la Iglesia. Guiándose de sus peculiares criterios, como siempre, utilizaron el enfrentamiento para comparar a Juan XXIII con Pío IX, no queriendo recordar que precisamente éste fue uno de los papas que más interés y empeño tuvo en la beatificación de Pío IX. Pero esto les hubiera llevado a la integración, elemento que no suelen utilizar los medios de comunicación, porque lo que vende es el enfrentamiento y la polémica y lo que hace daño es el enfrentamiento y no la integración, que es precisamente la que lleva a la paz. Olvidada ya la polémica, podemos recordar que Pío IX fue beatificado el 3 de septiembre del año 2000 juntamente con Juan XXIII, Tomás Regio, arzobispo de Génova; Guillermo José Chaminade (-22 de enero), fundador de los marianistas, y Columba Marmión, monje benedictino.

ESTUDIAR PARA SERVIR A LOS DEMÁS

Juan María Mastai Ferretti, que así se llamaba quien fuera después el papa Pío IX, había nacido en Senigallia (Italia), el 13 de mayo de 1792, en una familia perteneciente a la nobleza local. De constitución física delicada, pero dotado de una gran inteligencia, la cultivó con esmero en los primeros estudios junto con una intensa vida piadosa. A los 15 años, en 1809, se trasladó a Roma para cursar estudios superiores. En 1810 hizo ejercicios espirituales de los cuales sacó algunos propósitos: luchar contra el pecado, estudiar no por ambición de saber, sino para poder servir a los demás y abandonarse en las manos de Dios. A los 20 años, una enfermedad no diagnosticada con precisión, le obligó en 1812 a suspender sus estudios y a conseguir la exención del servicio militar. Pero en 1815 ingresó en la Guardia Noble Pontificia, aunque pronto se vio obligado a dejarla por causa de su enfermedad. Por entonces, se encomendó a la Virgen de Loreto, y se fue curando gradualmente de su latosa enfermedad, mientras San Vicente Pallotti (r 22 de enero) le anunció que llegaría a papa. En 1816, participó como catequista en una importante misión en su ciudad natal, que le sirvió para descubrir su vocación eclesiástica, siendo ordenado sacerdote en 1819 y revelándose en seguida como un hombre de oración, dedicado al ministerio de la Palabra, al confesonario y, sobre todo, al servicio de los más humildes y necesitados. Supo unir admirablemente la acción y la contemplación, atender con esmero las necesidades pastorales y sociales de sus fieles, ser devoto de la Eucaristía y de María, y practicar diariamente la meditación y el examen de conciencia.

UN JOVEN OBISPO DE 35 AÑOS

Tras una breve estancia en Chile (1823-25), acompañando al nuncio Juan Muzzi, volvió a Italia para hacerse cargo del Hospicio de San Miguel, una grandiosa institución religiosa, pero necesitada de una reforma a fondo. Cuando estaba consiguiendo resultados satisfactorios en su tarea, León XII le nombró en 1827, a los 35 años de edad, arzobispo de Spoleto, donde desplegó su mejor celo pastoral y donde cosechó abundantes sufrimientos. Durante la revolución de 1831, el arzobispo Mastai no quiso derramamiento de sangre, sino que se dedicó a restañar las heridas de la violencia, a conseguir la calma social y a lograr la paz y el perdón para todos.

En 1832, fue trasladado como obispo a Ímola, donde continuó con su predicación persuasiva y fecunda, con su atención asidua al crecimiento material y espiritual de su diócesis, con su preocupación por el clero y los seminaristas, con su aliento a las comunidades religiosas, logrando ganarse los corazones de sus diocesanos con su bondad, su espíritu conciliador, su tendencia reformadora y su ausencia de espíritu partidista. Todo ello colaboró a que fuera nombrado cardenal cuando apenas había cumplido los 48 años.

EL PONTIFICADO MÁS LARGO DE LA HISTORIA

Cinco años más tarde, el 16 de junio de 1845, el cardenal Mastai era elegido papa por el cónclave de cardenales, eligiendo el nombre de Pío IX, en memoria de Pío VII. Su pontificado fue el más largo de la historia, 32 años, y ciertamente difícil, pero, por eso mismo, Pío IX fue uno de los grandes papas de la Iglesia.

Como soberano de los Estados Pontificios, comenzó su pontificado con un acto de generosidad: la amnistía de todos los delitos políticos. Esto juntamente con su tendencia liberal despertó en muchos grandes esperanzas. En 1847, promulgó, para los Estados Pontificios, un decreto en defensa de una amplia libertad de prensa, y otro instituyendo la guardia civil, el consejo comunal, el Consejo de Estado y el Consejo de Ministros, y en 1848 intentó que se constituyera un Parlamento bicameral.

A Pío IX le preocupaba la cuestión de la independencia italiana, que él sentía y defendía, pero, cuando el rey del Piamonte, Carlos Alberto (1798-1849), quiso obligarle a que hiciera la guerra a los austriacos, se negó rotundamente, por lo que fue declarado traidor a Italia. Al ser asesinado el jefe de Estado, Pellegrino Rossi, el 15 de noviembre de 1848, Pío IX tuvo que refugiarse en Gaeta, en el reino de Nápoles, como huésped de Fernando II (1810-1859). Tras la proclamación de la República Romana, el 9 de febrero de 1849, se trasladó a Portici primero (4 de septiembre de 1849), desde donde regresó a Roma el 12 de abril de 1850, apoyado por los franceses, asumiendo desde entonces una posición hostil, como es comprensible, contra los liberales. No obstante, reordenó el Consejo de Estado, dio una nueva amnistía más amplia que la primera, y en 1856 aprobó los planes del ferrocarril Roma-Civitávecchia, que comenzó a funcionar en 1859. Y en 1857 visitó todos los Estados Pontificios, siendo aclamado por el pueblo en todas partes.

Pero la unificación de Italia era imparable. Víctor Manuel II (1820-1878), con su ministro Cavour, fue anexionándose inexorablemente por expropiación los diversos territorios pontificios, ante cuyo expolio Pío IX excomulgó a cuantos participaron en él. Y el 20 de septiembre de 1870 Pío IX vio cómo caía Roma en manos de los insurgentes y cómo perdía la Iglesia todos sus Estados Pontificios. La caída de los Estados Pontificios, desde el punto de vista histórico, fue un duro acto de violencia y rapiña sin paliativos. Pero, desde el punto de vista eclesial y espiritual, fue una bendición de Dios, algo providencial, pues liberó a la Iglesia de una enorme rémora que hipotecó durante doce siglos su independencia y la puso en contraste evidente con su misión de servicio universal de salvación para todos los hombres. El dolorido pontífice se encerró en el Vaticano y se consideró prisionero en él, se resistió al expolio y lo condenó, pues no era fácil para él comprender aquellos huracanes de libertad, generados en el siglo XIX ni su propia situación, en la que se sentía acosado, cercado y solo, en todos los frentes, a pesar de que tenía el cariño de todos los buenos católicos.

Sin embargo y a pesar de todo, el papa Pío IX no por eso dejó de ejercer su potestad espiritual en la Iglesia a lo largo de su larguísimo pontificado. Es más: desplegó una inmensa actividad. Su primera encíclica fue un anticipo de su programa papal y un anuncio de las condenas de la masonería y el comunismo. Firmó numerosos concordatos, como el de España en 1851, y el de Austria en 1855; restableció la jerarquía católica en Inglaterra en 1850; tres años más tarde, en 1853, en Holanda; en Escocia en 1878, y en otros muchos países de misión, a los que envió durante los años 1855 y 1856 misioneros al Polo Norte, a Birmania, a la India, a China y al Japón; definió en 1854, el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, y consagró la basílica de San Pablo, después de reconstruirla de un incendio que sufrió en 1823.

Además, publicó una serie de notables documentos magisteriales como la encíclica Quanta cura y el Syllabus (1864), en el que condenaba lo errores del modernismo y el documento Non Fxpedit(1877), sobre la participación de los católicos en la vida pública; en 1862 instituyó un dicasterio para las cuestiones orientales y en 1867 celebró, con particular solemnidad, el XVIII centenario del martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo en Roma.

Todavía, antes de caer Roma en poder de los insurgentes, en 1869 pudo recibir allí el homenaje de todo el mundo con motivo de sus bodas de oro sacerdotales y, el 8 de diciembre de 1869, inaugurar el Concilio Vaticano 1, la perla de su pontificado, que tuvo que suspenderse el 18 de julio de 1870, al estallar la guerra franco-prusiana. Este concilio definió como verdad dogmática la infalibilidad del papa en materia de fe y costumbres.

Ya enfermo, aún tuvo fuerzas para dirigir un discurso a los sacerdotes de la Ciudad Eterna (2 de febrero de 1878). Murió cinco días después en Roma, el 7 de febrero de 1878. Pío IX había vivido el pontificado más largo de la historia.

SEMBLANZA ESPIRITUAL

Después de más de un siglo, estudiando su vida y su obra, siempre con fama de hombre bondadoso y habiéndose probado la heroicidad de sus virtudes, Juan Pablo II lo declaró Beato el 3 de septiembre de 2000. Su semblanza espiritual la hizo Juan Pablo II el día de su beatificación al decir de Pío IX en la homilía: «En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de incondicional adhesión al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel en toda circunstancia a los compromisos de su ministerio, supo siempre dar la supremacía absoluta a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue ciertamente fácil y tuvo que sufrir mucho en el cumplimiento de su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado. Pero fue precisamente en medio de estos contrastes donde brilló más resplandeciente la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones fortalecieron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre las vicisitudes humanas nunca dudó. De aquí nacía la profunda serenidad de Pío IX, incluso en medio de las incomprensiones y los ataques de tantas personas hostiles. A quien estaba a su lado gustaba decir: "En las cosas humanas hay que contentarse con hacer lo mejor que se pueda y en el resto abandonarse a la Providencia, la cual saneará los defectos y las insuficiencias del hombre". Sostenido por esta interior convicción, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano 1, que aclaró con magistral autoridad algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre la fe y la razón. En los momentos de la prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana brilla en la Virgen la luz de Cristo más fuerte que el pecado y que la muerte».

ORACIÓN. Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad.

sábado, 6 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el rey Salomón acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo:
- «Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
- «Has actuado con gran benevolencia hacía tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
Pues bien, Señor, mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo esta en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre bien. Pues, cierto ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tan inmenso?».
Agradó a Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
- «Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas».

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
-«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra del Señor.

Mártires de Japón

San Francisco Javier había arrojado la semilla; pero fue después de su muerte cuando se inauguró el período de las conversiones en masa en el Imperio del Japón. Todo parecía presagiar que un mundo nuevo se preparaba a entrar en la Iglesia. Alrededor de 1590, los cristianos japoneses pasaban de trescientos mil. Acababa de convertirse uno de los más grandes doctores del país, el médico Dosan, y con él ochocientos de sus discípulos. La mayoría de los daimíos habían sido bautizados; y algunos de los más notables personajes, como Justo Ucondono, jefe de las guardias imperiales; Agustín Isucamídono, almirante de la flota; y Simón Condera, comandante de la caballería, figuraban entre los más entusiastas partidarios de la nueva religión. El mismo seugún parecía favorecer aquella expansión religiosa.

El seugún, en el Japón, era lo que el mayordomo de palacio entre los reyes merovingios. El mikado reinaba, pero el seugún gobernaba. En los últimos decenios del siglo xvi ocupaba este alto puesto un hombre enérgico y perspicaz, que de simple mozo de cuadra había llegado a hacerse amo del ejército, del emperador y del Imperio. Llamábase Hideyoshi; pero él prefería los nombres de Taicosama el señor altísimo, y Cabucondono, el arca del tesoro. Hábil, inteligente y ambicioso, había logrado sacar al Imperio del caos feudal en que se encontraba desde hacía siglos, afirmando su autoridad en las islas más apartadas. Ensoberbecido por la fortuna, creyó que podría conquistar nuevos reinos, preparó una armada contra China y quiso Dominar también en las islas Filipinas, que acababan de conquistar los españoles. La carta que envió al gobernador don Gómez Pérez de las Marinas nos ofrece un testimonio curioso del endiosamiento de aquel arrivista. «Todo aquí era confusión—dice—; no se podía enviar un pliego de una parte a otra, hasta que yo vine al mundo para hacer que todo sea uno, y yo señor de todo, porque no ha quedado reino que no se sujetase a mi obediencia. Siendo antes pequeño y de poca estima, el Cielo me ha sido tan favorable, con evidentes señales que hubo en mi nacimiento, que durante diez años no he entrado nunca en batalla sin salir vencedor. Los que debajo del Cielo están y encima de la tierra, todos son mis vasallos, y a los que no quieren obedecerme, les sujeto con mis soldados y capitanes. Ahora quiero ir a ganar la China, y no entendáis que esto es obra mía, sino que viene de los altos Cielos. Por tanto, sin tardanza, humillad vuestra bandera y reconoced mi señorío, porque si no viniereis luego a hacerme reverencia, postrados delante de mí, pecho por tierra, estad seguro que enviaré mi ejército y os haré asolar y destruir.»

Ni que decir tiene que los españoles se rieron de este mensaje, y desde entonces Taicosama empezó a mirar recelosamente todo lo europeo. Poco a poco, en cada predicador del Evangelio empezó a ver un espía de España, y no tardó en considerar la religión cristiana como algo incompatible con el espíritu japonés. «En materias religiosas—decía—el Japón es el reino de !os carnes, los dióses que proceden de Zi, principio de todas las cosas. El buen orden del Imperio depende del exacto cumplimiento de las leyes en que se funda, y esas leyes fueron establecidas por los camíes. La nueva religión sólo serviría para introducir una división perjudicial al bien del Estado.» Así razonaba aquel gobernante su política religiosa. La persecución no se hizo esperar. Por un decreto de 1587, Taicosama ponía toda suerte de dificultades a la propaganda de los misioneros, pero sin llegar a la efusión de sangre. Después, entretenido en sus empresas guerreras, no volvió a pensar en asuntos de religión. Vino luego el fracaso de sus armas en China, seguido del desaire del gobernador español. Amargado y humillado, volvió todos sus odios contra los europeos y europeizantes del interior. El 9 de diciembre de 1596, nueve religiosos fueron detenidos en Miaco y en Osaka. Al mismo tiempo, los agentes imperiales trabajaban en formar la lista de los que frecuentaban el trato de los misioneros. El anuncio de la persecución estremeció de gozo a los cristianos de ambas ciudades. Justo Ucondono se presentó a reclamar la palma del martirio. Un octogenario, que había sido uno de los más esforzados guerreros del Japón, no sabiendo que cuando se muere por Cristo se debe aceptar el golpe sin resistencia, preparábase a vender cara su vida. Pero un día, entrando en casa de su nuera, vio a los criados y a los niños que disponían sus relicarios, sus rosarios y crucifijos. Preguntó la causa de aquella agitación, y le respondieron que se preparaban para el combate «Pero ¿qué armas son ésas y a qué combate aludís?», exclamó; y dirigiéndose luego a su nuera, le dijo: « ¿Qué estás haciendo aquí, hija mía?» «Arreglo un vestido—contestó ella—, a fin de que esté más decente para cuando nos crucifiquen, porque dicen que todos los cristianos vamos a ser crucificados.» La dulzura con que fueron pronunciadas estas palabras desconcertó al anciano; quedó un instante en silencio, y luego, arrojando sus armas, exclamó: «Bueno, también yo quiero dejarme crucificar.»

Todos los cristianos pensaban en el martirio; todos se preparaban con júbilo a la muerte. Fue admirable el caso de una joven princesa que pasaba por la mujer más hermosa e inteligente del Imperio. Su marido, el virrey de Tango, aguijoneado por los celos, la tenía siempre encerrada en alguno de sus palacios, unas veces en Tango, otras en Osaka. Libre del afecto apasionado que de ordinario se apodera del corazón de los japoneses, ella ocupaba las horas de su retiro estudiando las ciencias y la Historia. A los veinticuatro años discutía de filosofía y mitología japonesa con los sabios más distinguidos. Después de haber examinado personalmente las doctrinas de todas las sectas, se adhirió a la escuela de los ateos, que creen que todo ha salido del caos, que todo vuelve al caos, y que el alma no es más que un soplo que se pierde en el vacío. Sin embargo, la incertidumbre la atormentaba, y en vano luchó para salir de sus dudas, hasta que una joven amiga la habló de la doctrina de Cristo, puso en sus manos el Evangelio, y devolvió la tranquilidad a su espíritu. Llena de sozo, la princesa pidió el bautismo y recibió el nombre de Engracia. Fueron inútiles los ruegos y las amenazas de su marido para hacerla apostatar. El puñal se caía de sus manos ante el renejo de felicidad que iluminaba su semblante, y si la encerraba con otras mujeres, la elocuente neófita las transformaba en siervas de Jesucristo. A los primeros ecos de la persecución. Engracia reunió a sus criadas y empezó con ellas a confeccionar trajes espléndidos para presentarse, como ella decía, con toda pompa en el día del triunfo.

Asustado de aquel santo frenesí, Taicosama revocó la sentencia, alegando que no quería despoblar el Imperio. Sólo serían ajusticiados los misioneros detenidos y algunos de sus más entusiastas auxiliares. Al frente de ellos estaba el comisario de los franciscanos, fray Pedro Bautista, natural de San Esteban, en el obispado de Avila. Los otros españoles eran el vergarés fray Martín de la Ascensión, el gallego fray Francisco Blanco y el castellano fray Francisco de San Miguel, nacido en Parrilla, junto a Valladolid. Figuraba, además, un mejicano, fray Felipe de Jesús, y todos los demás eran japoneses. Entre estos últimos se distinguían dos niños de coro llamados Antonio y Luis, y el jesuíta Pablo Micki. Formaban entre todos un brillante escuadrón de veintiséis elegidos. Y no fueron los más pequeños los menos valientes. Cuando, al entrar en la cárcel se les cortó a todos un poco de la oreja derecha, vióse al niño Luis recoger su pedazo y mostrárselo al guardia diciendo: «Me parece poco.» Hombres y mujeres rodeaban, acariciaban y besaban al pequeño héroe, y los mismos idólatras estaban maravillados de su valor.

Los confesores debían ser paseados por las ciudades importantes del Imperio. Colocados de tres en tres en carretas tiradas por un buey, recorrieron primero las calles de Meako entre las burlas y los insultos de la población. «Otro día—escribía fray Pedro desde la cárcel—nos llevaron con las manos atadas hasta Osaka; de allí nos sacaron y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad. Lleváronnos a Zakay, y allí hicieron lo mismo con público pregón. Pedimos a todos que oren por nosotros con mucho fervor, que, según creo, el viernes que viene nos crucificarán. En viernes también nos cortaron las orejas, y tenemos por gran merced de Dios todo lo pasado.» Llegaron a Nangasaki después de recorrer más de cien leguas. Tan heridos llevaban los pies y tan quebrantado el cuerpo, que algunos tenían que ser transportados en grandes cestos por los soldados. Las cruces estaban colocadas en una colina de las que rodean a Nangasaki, dando vista al mar. Un fuerte cordón de soldados la rodeaba y una multitud inmensa cubría las inmediaciones. Los mártires la subieron animosos, derramando bendiciones sobre los cristianos, que se arrodillaban delante de ellos. Al llegar a la cima, viendo dos cruces más pequeñas, los niños corrieron a ellas alborozados, las contemplaron, las abrazaron y las besaron apasionadamente. Uno de ellos, viendo a su padre, que había venido para despedirse de él. le dijo estas palabras: «Ya sabes, padre mío, que el hombre debe sacrificarlo todo para asegurar su salvación.» «Lo sé—respondió el valiente japonés sin derramar una lágrima—, y doy gracias a Dios que te ha escogido para dar testimonio de la verdad.»

Los sayones empezaron a cumplir con su misión. Cada mártir fue colocado en un madero con los brazos colocados sobre el palo transversal. Una argolla sujetaba el cuello y sendas correas las manos y los pies. Un bosque palpitante iba cubriendo poco a poco la colina. Cada cruz que se alzaba, promovía entre los espectadores un murmullo confuso, en que se mezclaban los sollozos, las oraciones, las chanzas y las injurias. Cuando las veintiséis cruces quedaron clavadas en el suelo, un silencio sepulcral envolvió el calvario. De pronto, uno de los héroes, fray Martín de la Ascensión, empezó a predicar con voz potente desde lo alto de la cruz, entre el estupor de todos los circunstantes. Después fray Pedro Bautista entonó el Benedictus, y los demás continuaron. Entre tanto, el verdugo cruzaba por entre los cantores, atravesando sus cuerpos con una lanza. Las voces se extinguían en medio de un verso. Cada vez eran más débiles, cada vez más lentas. Pablo Micki, antes de inclinar la cabeza y cerrar los ojos, rezó en voz alta por los perseguidores. Desde su cruz, fray Pedro contemplaba a sus compañeros, y con la mano atada hacía lo posible por dibujar una cruz sobre aquellos que expiraban. Ya sólo quedaban él, y a su lado los dos niños. Laúdate, pueri, Doninum, entonó, dirigiéndose hacia ellos; y mientras él quedaba sumido en meditación profunda, los dos acólitos continuaron: «Alabad el nombre del Señor.» La lanza les atravesó el pecho, y fueron a continuar el salmo en el paraíso. Cuando a él le llegó la llora, fray Pedro Bautista seguía bendiciendo, y su mano permaneció trazando una línea en el aire. Después la multitud arrolló a los guardias, se apoderó de los cuerpos sagrados, recogió la sangre del suelo, y las cruces, los cordeles, los mantos, las argollas, todo fue arrebatado como el más rico de los tesoros. Era el día 5 de febrero de 1596.

viernes, 5 de febrero de 2016

Reflexión 1er. domingo de CUARESMA


Y luego después el Espíritu impelió a Jesús al desierto.

Un desierto...; éste es el panorama que la Cuaresma presenta a nuestros ojos.

Adiós a las rosas de Jericó, a los lirios del campo, al reír de la corriente, al azul turquí del lago, al humo lila que flota sobre la aldea, al «massalam» del amigo y a ese consuelo del hablar, que, como dice el autor de la Imitación, «alivia el corazón fatigado de pensamientos diversos».

En lugar de todas estas cosas, la arena amarilla, el espanto de las fieras, las olas de polvo, el garabato del buitre en la altura, la roca grisácea y los montones de piedras en el monte duro y arisco, donde no nace la fuente ni espiga el grano, donde solamente crecen los lagartos verdosos y las espinas punzantes.

A pesar de todo, el desierto tiene sus encantos.

Recuerdo a este propósito aquella glosa reciente del maestro Eugenio d'Ors sobre la soledad. No hay nada tan angustioso —nos decía—, no hay tragedia tan profunda como la de aquel que anda su camino en la vida sin una palabra de apoyo, sin una sonrisa de consuelo, sin sentir el latido de un corazón que palpite al ritmo del suyo.

Me impresionaron aquellas palabras, y Poco después las vi confirmadas en estos versos de Rabbí Dom Sem Tom de Carrión:

“Non ay mejor riquesa que la buena hermandad, nin tan mala pobresa commo es la soledad”.

Pero el desierto no es lo mismo que la soledad.

En la soledad no se habla voz alguna; y, en cambio, el silencio del desierto, habla, como decía Psichari. Más soledad puede darse entre el bullicio de la ciudad que entre las dunas del Sahara.

Yo no recuerdo en mi vida una hora tan terriblemente solitaria como la de una tarde en que me encontré envuelto en las oleadas de gente y el alegre murmullo de la Puerta del Sol.

Para el alma vigorosa, para el que sabe que lleva dentro una gran riqueza, el desierto, con sus paisajes sin matices, sus peñas oscuras y sus arenas blancas, es una invitación a explorar, a descubrir los veneros íntimos del ser.

Este es el desierto por el cual caminaba Elias para huir la venganza de la reina; y en este ambiente se preparaba Moisés para recibir la revelación de la Ley.

Con ellos, también Jesús va a buscar ese silencio, que oprime y aplasta, y al alejar al hombre del mundo le pone más cerca de sí mismo.

Todavía están húmedos sus cabellos con las aguas del Jordán, acaba de ser proclamado Hijo muy amado de Dios, y Juan le ha presentado a sus compatriotas como el Mesías prometido.

Parece el momento propicio para lanzarse a su misión; pero el Espíritu, que ha bajado sobre Él en forma de paloma, le empuja hacia el desierto a replegarse sobre Sí mismo, a meditar. Y en el desierto tiene también su guarida el tentador.

Allí había relegado al demonio el ángel Rafael; allí, en el día de la expiación, arrojaba el gran sacerdote a los animales cargados con los pecados de Israel.

Jesús se encuentra con estas bestias simbólicas; a los cuarenta días de ayuno tiene hambre, y Satán, que acechaba impaciente, cree llegado el momento propicio de aparecer en escena.

Es una lucha emocionante, una batalla en tres embestidas que tienen presentes todas las brechas posibles en el corazón humano. ¿Quien es este extraño ayunador?, debía de preguntarse el adversario, según plausible suposición de los Santos Padres. ¿Habrá brotado ya aquella «semilla» de que se habló en el día de la primera culpa, ante el árbol de la ciencia del bien y del mal?

Este anacoreta no ayuna como los fariseos. ¿Está acaso destinado a quebrantar la cabeza de la serpiente? Para salir de duda, hay que jugar la última carta, echar mano de todos los resortes de la astucia diabólica, acudir a una experiencia larga y sutil de la psicología humana.

El proceso es insidioso. Satán sabe bastante teología para comprender que un Hijo de Dios puede saciar el hambre, fácilmente; además, parece tener compasión del solitario.

—Si eres Hijo de Dios—le dice—, haz que estas piedras se conviertan en pan.

Prudencia, mansedumbre, moderación en la respuesta; y esa respuesta, la eterna verdad que afirma los dos mundos: el visible y el invisible; las dos grandes realidades que nos rodean y que somos la materia y el espíritu, el espíritu por encima de la materia; y más arriba todavía. Dios alimentando al hombre con su palabra.

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Está visto; aquel, hombre no tiene un corazón débil que se deje dominar fácilmente del apetito del sentido. Pero el tentador dispone de otras armas, «Todo cuanto hay en el mundo—dice San Juan—es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.» Son las tres raíces del pecado, las tres fuentes de toda tentación las tres redes malditas lanzadas sobre aquel mundo, en que pronto va a brillar la luz de la buena nueva: el placer, la riqueza y el mando; el griego; el hebreo y el romano; Corinto, la ciudad manchada con todas las abominaciones del paganismo; Jerusalén, cuyos moradores, como decía el profeta, «desde el primero hasta el último están consumidos por la avaricia»; Roma, donde se recoge el axioma de Cesar: «Si por alguna cosa hay que violar el derecho, es por el ansia de reinar.»

El tentador saca otra flecha de su aljaba. Jesús está en pie en la torre más alta del templo, la muchedumbre hormiguea en los pórticos circundantes; que se tire de aquella altura, porque los ángeles le recogerán en sus manos y las turbas le aclamarán.

¡Qué ocasión para empezar su vida de libertador de Israel! Pero este segundo desafío es tan infructuoso como el primero. Jesús no quiere ser un prestidigitador; hará milagros, compadecido de los pequeñuelos abandonados, pero no le importa la curiosidad movediza de las multitudes.

Ni la concupiscencia de la carne ni la soberbia de la vida pueden inquietar su corazón; ¿tendía más poder sobre Él la concupiscencia de los ojos? Un espectáculo deslumbrador se descorre a su vista: riquezas fabulosas, vastos imperios, esplendor de oro y de gloria. Todo esto se lo ofrece el adversario si se inclina delante de él y le adora. Jesús responde: «Atrás, Satanás, que está escrito: Adora al Señor tu Dios y a El sólo sirve.»

El agresor marchó despechado. Su aljaba estaba vacía.

Este encuentro entre el genio del mal y «el que pasó haciendo bien» es, ante todo, la primera parábola evangélica hablada y representada a la vez, y como parábola nos la ofrece la liturgia al empezar la Cuaresma.

Toda la liturgia del año es un itinerario de purificación espiritual; pero lo es muy particularmente esta etapa de la Cuaresma. Hasta el siglo XVI los cristianos no hacían ejercicios espirituales, en el sentido que ahora tiene esta palabra; pero tenían el año litúrgico, que era para ellos una suave corriente de ascesis, y en el año litúrgico, la Cuaresma, con su carácter enérgicamente purgativo.

Este evangelio de la tentación acaba de introducirnos en la atmósfera espiritual que debe dominarnos a través del camino cuaresmal. También a nosotros el Espíritu nos lleva al desierto, y allí nos pone frente a frente de nuestro enemigo.

Entre el ruido mundanal los ataques apenas se advierten. No existen casi, porque no se necesitan. Por eso hay muchas gentes que no creen en el diablo, cuya última astucia es hacer creer que se ha muerto. Pero el que sube al monte de la Cuarentena para hallar a Dios, el grande, el puro, el que tiene hambre de la palabra divina, ése tiene el peligro, la seguridad casi, de encontrarse con él armado de aquellas tres flechas enherboladas con que acometió a su Maestro.

Y en esa lucha, en la consideración de sí mismo, en la gimnasia espiritual, en esa elocuencia íntima del silencio, hallará la garantía de la purificación y el oráculo de la victoria; porque desde la cumbre del monte se divisan las maravillas de la tierra prometida, y Jericó está cerca con sus rosas y sus palmeras, y allá en el otro extremo de la avenida cuaresmal arden las antorchas de la Pascua, con sus misterios de amor, que son todo el objeto de nuestro viaje.