miércoles, 1 de julio de 2026

Reflexión del 01/07/2026

Lecturas del 01/07/2026

Buscad el bien, no el mal, y viviréis, y así el Señor, Dios del universo, estará con vosotros, como pretendéis.
Odiad el mal y amad el bien, instaurad el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo vuestras fiestas —dice el Señor—, no acepto vuestras asambleas.
Aunque me presentéis holocaustos y ofrendas, no me complaceré en ellos, ni miraré las ofrendas pacíficas con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones; no quiero escuchar la melodía de tus cítaras.
Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne».
En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos.
Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos: « ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara».
Jesús les dijo: «Id».
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Palabra del Señor.

01 de Julio 2026 – San Oliver Plunkett

Nació en 1 de Noviembre de 1629. Oliver fue educado, desde su juventud, en la devota religiosidad viril, propia de la "isla de los santos". Imposibilitado de poder realizar los estudios teológicos en su patria, se fue a Roma a los dieciséis años; recibió allí las sagradas órdenes y trabajó benéficamente como profesor de teología moral en el Colegio de la Propaganda. El 9 de julio de 1669, fue consagrado arzobispo de Armagh y llegó a su sede en marzo de 1670.

Los siguientes diez años no nos muestran ningún hecho sorprendente, ninguna aparición estrepitosa en público. Sólo el trabajo callado y arduo del arzobispo Oliver. Superando la fatiga, visitaba las parroquias dispersas, sin tener en cuenta los caminos largos y peligrosos. Consolaba a los abatidos, administraba los sacramentos y, cuando una parroquia se encontraba abandonada, enviaba un sacerdote que no temiera la pobreza o la persecución.

Entre sus paisanos, Oliver Plunket se convirtió de nuevo en un completo irlandés. Se sacrificaba por ellos y ellos le agradecían incluyéndolo cada mañana en su oración, antes de comenzar la tarea diaria. Eran agricultores o ganaderos sedentarios, pero ninguno era rebelde. Cualquier idea sobre una conspiración era ajena a su manera de ser; a pesar de eso, el 23 de julio de 1680, se encontró el arzobispo ante el tribunal de Dundalk, debido a la absurda acusación de haber contratado a setenta mil irlandeses católicos para asesinar a todos los protestantes. Uno de los llamados cazadores de sacerdotes, había seguido el rastro del primado cuando asistía al anciano obispo de Meath, durante su agonía. Aquellos cazadores recibían de parte de las autoridades como otros Judas, 10 libras esterlinas por el arresto de un obispo o de un jesuita.

Después de una larga detención en su "querida y cara celda" Dublín, Oliver Plunket fue trasladado a la torre de Londres; se formuló la acusación de "alta traición" la sentencia del jurado fue "culpable".

Se le había negado el término necesario para poder llamar de Irlanda a sus testigos de exoneración de tal manera que él mismo que defender con fuego y pasión y no entregó su nombre honrado sin luchar. Indignado, rechazó la suposición de haber comprado vida libertad por medio de un testimonio falso: "Muy señor mío, morir diez mil veces a robarle a un ser humano injustamente un centavo de sus bienes, o un día de su libertad, o un minuto de su vida".

Cuando, el 11 de julio de 1681, Oliver Plunket fue llevado al cadalso, se detuvo, una vez más, ante la multitud que rodeaba el patíbulo, para pronunciar un discurso maravilloso de defensa; perdonó a sus acusadores y asesinos y rezó, en voz alta, por los miembros de la familia real inglesa. Después dijo el solemne "Miserere" hasta que la soga apagó sus últimas palabras. Su cuerpo fue partido en cuatro partes.

Después de la muerte del arzobispo cesó la gran persecución.