martes, 30 de enero de 2018

Beato Columba Marmión

Dom Columba Marmión fue desde la primera mitad del siglo XX hasta nuestros días un gran maestro de la vida espiritual. Nació en Dublín (Irlanda), el 1 de abril de 1858. Su padre era irlandés y su madre francesa. En primer lugar estudió en un colegio de padres agustinos y más tarde con los jesuitas. Ingresó en el seminario diocesano para seguir los estudios que culminarían con su ordenación sacerdotal. Esto ocurrió en 1881, pero fue en Roma, adonde sus superiores lo enviaron para que continuase allí los estudios eclesiásticos en el centro de estudios de Propaganda Fide, donde tuvo de profesor al futuro cardenal Salotti, de cuyas lecciones de teología salió alumno aventajadísimo.

VOCACIÓN BENEDICTINA

Con un compañero suyo, que sentía cierta vocación a la vida monástica, visitó algunos monasterios benedictinos, entre ellos el de Maredsous (Bélgica). Allí llamó la atención por su piedad y descubrieron que el que tenía verdadera vocación benedictina era José Marmión, que ése fue el nombre que recibió en el bautismo. Después de unos años de ministerio sacerdotal y de profesorado en el seminario de su diócesis, ingresó en la abadía de Maredsous, fundada por el monasterio de Beuron (Alemania) y cuyo abad, dom Plácido Wolter, hermano del abad de Beuron y cofundador con su hermano de esa congregación monástica benedictina, la dirigía con los principios más estrictamente monásticos de la mejor tradición benedictina, muy semejante a la de Solesmes, fundada por dom Próspero Guéranger, del que eran grandes amigos y admiradores.

En Maredsous, al tomar el hábito benedictino recibió el nombre de Columba, en honor de San Columbano (-23 de noviembre), monje irlandés y gran apóstol de Europa. Tuvo por maestro de novicios a un monje muy austero y exigente, llamado Benito. Tuvo que sufrir. Pero lo soportó todo con gran espíritu de generosidad y de amor a Jesucristo, del que hablaría más tarde con gran entusiasmo y muchísimo fruto espiritual. El Señor lo recompensó con grandes gracias interiores que lo hicieron en poco tiempo un gran contemplativo. Ocupó diversos cargos en el monasterio, después de hacer su profesión monástica, sobre todo la enseñanza de la teología.

Cuando se fundó Mont César, cerca de Lovaina, el año 1899, dom Columba fue uno de los que formaron la primera comunidad, bajo la dirección de dom Robert de Kerchove, su primer abad. Dom Columba fue nombrado prior claustral, maestro de estudiantes y profesor. En los tres cargos hizo una labor excelentísima. Sus alumnos estaban encantados. Era normal que los alumnos terminasen las clases orando en la capilla o en el reclinatorio de la celda monacal. Uno de ellos, dom Pío de Hemptinne, fue el que más se distinguió en captar toda la excelente doctrina espiritual y teológica de dom Columba Marmión. Pertenecía a una familia noble de Bélgica y emparentado con insignes benedictinos, como dom Hildebrando de Hemptinne, abad de Maredsous y luego el primer abad primado de la Confederación Benedictina. Su hermano, dom Juan, fue arzobispo en el Congo. Dom Pío murió a los 27 años en Maredsous, dejando una gran fama de santidad. Se ha publicado su precioso diario espiritual. Con razón se dijo que se debería iniciar el proceso de beatificación y canonización de dom Pío.

La fama de dom Columba Marmión sobrepasó los límites de la abadía, sobre todo en Lovaina y muy principalmente en su famosa Universidad. Fueron muchos los que se dirigían y confesaban con dom Marmión, entre ellos el futuro cardenal Mercier, con quien tuvo una gran amistad hasta su muerte. Fueron muchos los que se aprovecharon de la doctrina y celo apostólico de dom Marmión, sobre todo sacerdotes, religiosos y religiosas de varios países, además de Bélgica, como Inglaterra, Irlanda y Francia.

ABAD DE MAREDSOUS, MAESTRO ESPIRITUAL

En 1909 fue elegido abad de Maredsous. Escogió como lema: «Más aprovechar que presidir» (Regla de San Benito, 64, 8) y lo cumplió con toda exactitud. Una de las cargas del abad en todo monasterio benedictino es exponer la doctrina espiritual y monástica a sus monjes. Dom Columba lo hizo maravillosamente. Un monje suyo, dom Ramón Thibaut, tuvo el cuidado de recoger en notas esas conferencias y luego fueron la trilogía marmoniana de Jesucristo, vida del alma; Jesucristo en sus misterios y Jesucristo, ideal del monje, que han tenido multitud de ediciones en Bélgica y se han traducido a las principales lenguas, entre ellas el español, con muchas ediciones también.

El papa Benedicto XV utilizaba las obras de dom Marmión para su vida espiritual. Un día dijo al metropolitano de Lwon, Andrés Szeptickij, mientras le mostraba un ejemplar de jesucristo, vida del alma: «Lea esto; es la doctrina de la Iglesia". Y cuando apareció Jesucristo en sus misterios felicitó al autor por haber mostrado en ambos libros «una singular aptitud para infundir y mantener la llama de la divina caridad».

Los monjes admiraban en su abad su estado de actual benevolencia, de bondad acogedora, no menos que su temperamento cariñoso, expansivo y generoso; una vida exuberante dispuesta siempre a prodigarse, con gran pureza de intención, servicialidad y entrega. Era una delicia en los recreos por su alto sentido del humor, su gran inteligencia, su extremada caridad. Se ha dicho de él que «su imaginación y su charla jovial contagiaba a todo el mundo. El recreo se había convertido en el mejor de los medios para promover la unidad de la comunidad monástica». Tenía un gran corazón. Pero, sobre todo dom Marión fue teólogo, un teólogo de la liturgia y de la vida espiritual, que él vivía antes plenamente. Un teólogo de fe ardiente, que poseía la virtud de convertir la teología en vida sobrenatural, que a todos cuantos le escuchaban encantaba y les hacía un bien inmenso.

CRISTO, CENTRO DE SU VIDA DE ORACIÓN

Toda la teología monástica de dom Marmión, como toda su teología espiritual de la que forma parte, está centrada en Cristo. Cristo es el ejemplar soberano de nuestra filiación adoptiva, el fundamento de todo mérito, la causa eficiente de la plenitud de las gracias. Todo nos viene del Padre por él, y todo vuelve al Padre por él: el culto divino y el esfuerzo ascético del monje, su oración, su trabajo, su caridad.

Tenía una gran devoción por el vía crucis que practicaba todos los días, incluso el Domingo de Pascua de Resurrección. Un monje puritano le dijo que cómo lo hacía en ese día en que todo debía estar polarizado por la Resurrección del Señor. Él le contestó que también el Domingo de Pascua celebraba la misa y ésta es la reactualización sacramental del sacrificio redentor del Calvario.

Solía decir que a Dios hay que buscarlo, tema importante en toda la espiritualidad benedictina, como lo buscaron los santos: infatigablemente, por encima de las arideces del camino, del aparente abandono del cielo, de las luchas incesantes. Con fidelidad, con perseverancia. Ahora bien, se pregunta dom Marmión, ¿cuál es la íntima razón de esta estabilidad en el bien y de dónde la sacaron los santos? ¿Cuál fue su secreto?» La respuesta es tajante: «La vida de oración. El alma que de ella vive, permanece unida a Dios; se adhiere a Dios participando de la inmutabilidad y eternidad divinas».

La oración, según dom Marmión, se reduce esencialmente a un coloquio del Hijo de Dios con su Padre del cielo para adorarle, alabarle, expresarle su amor, aprender a conocer su voluntad. En la oración nos presentamos delante de Dios en nuestra calidad de hijos. En otras palabras, la gracia de adopción anima toda nuestra relación con Dios.

El gran trabajo que siempre había tenido y, ahora, aumentado con su misión de abad de un gran monasterio, iba minando su vida. Después del jubileo de Maredsous en 1922, pensó dimitir de su cargo. La muerte se le adelantó el 30 de enero de 1923. Todos pensaban que había muerto un santo. De todas partes llegaron peticiones para que se iniciase su proceso de beatificación y canonización. Esto sólo pudo hacerse en 1957, en la diócesis de Namur (Bélgica), y concluyó en 1961. En aquella época los procesos de beatificación y canonización eran largos y complicados. Con el Concilio Vaticano II se han simplificado. Dom Columba Marmión fue beatificado el 3 de septiembre del año santo 2000, juntamente con Pío IX y Juan XXIII y otros dos siervos de Dios.

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