viernes, 4 de noviembre de 2016

Beata Teresa Manganiello

Nació en Montefusco (Italia) el año 1849 en el seno de una familia numerosa campesina. Nunca fue a la escuela y desde niña colaboró en las tareas de casa y del campo. Muy pronto consagró en privado su vida a Dios. Quiso ser religiosa, pero su familia la retuvo en casa porque la necesitaba. Cuando el P. Ludovico Acernese, capuchino, fundó en su pueblo la Tercera Orden Franciscana fue la primera en inscribirse, y cuando quiso fundar con las terciarias una congregación religiosa, la tuvo a ella como alma y primera superiora del proyecto de fundación. Asistía todos los días a misa, su oración era continua y profunda, practicaba ásperas mortificaciones a la vez que era amable y atenta con todos, y destacaba muy mucho en las obras de caridad hechas con amor y delicadeza. Se le declaró la tuberculosis en 1874 y murió el 4 de noviembre de 1876. Cinco años después, el P. Acernese fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas Inmaculatinas, de la que es considerada «Piedra angular» y «Madre espiritual». Fue beatificada el año 2010.

Nació el 1 de enero de 1849. Su vida fue breve -sólo vivió veintisiete años-, sencilla, pero muy intensa, humanamente rica y sobre todo digna de Dios. Pero para todos fue modelo de humildad y se distinguió por su espíritu de penitencia, su amor al prójimo y su vida de oración y contemplación.

Era la undécima hija de un matrimonio de campesinos, que vivían cerca del convento capuchino de San Egidio, en Montefusco (Avelino, Italia). Pasó toda su existencia entre las paredes del hogar y en el ámbito de su aldea. No fue nunca a la escuela; se dedicó fundamentalmente a los quehaceres domésticos y a menudo también al trabajo del campo.

Todos la veían como una muchacha normal y sencilla. Se divertía con sus coetáneas, pero estaba dispuesta a criticar con valentía sus charlas y actitudes, que le parecían frívolas. Ya a la edad de doce años hizo voto de virginidad. Una de sus hermanas menores había escogido la vida religiosa y ella misma manifestó el fuerte deseo de consagrarse a Dios, pero sus padres no quisieron privarse de su valiosa ayuda en la familia.

A los dieciocho años por fin pudo realizar su sueño de entregarse plenamente a Dios. Lo hizo en la Tercera Orden Franciscana. Sin dejar de llevar a cabo sus acostumbrados quehaceres domésticos, bajo la guía de su director espiritual recorrió un intenso itinerario de espiritualidad franciscana. Tanto los religiosos como la gente la estimaban y admiraban; ella se esforzaba por vivir en la humildad y la ocultación. Sobre todo estaba impregnada de espíritu de pobreza.

Después de la profesión de los tres votos religiosos al final del año de noviciado, el 15 de mayo de 1871, vistió el hábito de terciaria con el permiso de Pío IX con ocasión de un viaje a Roma por sugerencia de su director. Solía orar a la Inmaculada con esta jaculatoria: «Madre mía, hermosa, haz que no entre en mí lo que Jesús no quiere». Fue extraordinaria su docilidad y obediencia a sus padres.

Vivía el espíritu penitencial también a través del sufrimiento físico. Decía que Jesús se lo pedía para reparar los pecados del mundo. Así quería asemejarse a Jesucristo crucificado y demostrarle todo su amor.

Teresa no sólo sufría por amor a Dios; también estaba totalmente llena de amor al prójimo. Soportaba también las ofensas y los reproches injustos. Para todos tenía palabras amables. Amaba especialmente a los numerosos pobres que llamaban a la puerta de su casa. Los dos últimos años de su vida sufrió de tuberculosis. Y los dos últimos meses tuvo que guardar cama. Precisamente en ese tiempo brillaron más que nunca sus cualidades humanas y espirituales. Nunca salió de sus labios una queja. Siempre estaba serena y alegre. Pasaba el tiempo en oración y contemplación.

A quienes la visitaban, y eran muchos, les regalaba sonrisas y palabras amables. Nunca se mostró preocupada por su salud, y cuando su director espiritual le dijo que se estaba acercando el momento de la muerte, respondió con la alegría que brotaba de su gran fe: «Padre, ¡qué hermosa noticia me da!». Murió en la madrugada del viernes 4 de noviembre de 1876.

CARIDAD NO DE PALABRAS SINO DE OBRAS 
Crónica de la beatificación (22-V-2010)

Dedicación a la oración, espíritu de penitencia y ayuda a los necesitados. Así trazó el arzobispo Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, los rasgos característicos de la nueva beata Teresa Manganiello (1849-1876). El rito, presidido por el prelado en representación del Santo Padre, tuvo lugar el sábado 22 de mayo por la tarde en la plaza «Risorgimento» de la ciudad italiana de Benevento, y no en la basílica de Santa María de las Gracias como estaba previsto, debido a la gran afluencia de fieles.

El arzobispo Amato puso de relieve algunos aspectos de la vida y de la espiritualidad de la nueva beata. En particular, subrayó que «fue fulgurada por la santidad de Dios, llegando a ser incandescente de caridad. Un testigo afirma que albergaba un fuego ardiente en su interior, un río desbordante de amor a Dios». Entre las principales ocupaciones de esta terciaria capuchina destacaba la caridad hacia el prójimo. «Era generosa -dijo monseñor Amato- ante todo en la familia: quehaceres, trabajos, tareas diversas. Siempre se mostraba disponible, de día y de noche, no sólo para cumplir su parte de servicios, sino también para aliviar la fatiga de su madre, de sus hermanas e incluso de sus cuñadas». Y en la familia encontró también el modo de santificarse cultivando la paciencia y la comprensión hacia una de sus cuñadas, que la insultaba continuamente. Muchos testigos han afirmado que su generosidad no se detenía ante nada ni nadie. Acogía sin distinción a todos los enfermos y mendigos. «Para nuestra beata -puso de relieve monseñor Amato- la caridad no consistía sólo en palabras, sino también en gestos concretos y generosos».

El prefecto de la Congregación para las causas de los santos destacó a continuación el itinerario humano y espiritual de la nueva beata, considerando el contexto social en el que vivió. «Su biblioteca no fue la de una escuela, pues nunca asistió a clases -explicó el prelado-, sino la de la Palabra de Dios, que en su participación diaria en la misa la instruía, la educaba y la transformaba». El pueblo la denominaba la «monjita santa», pero después de su maduración espiritual, como campesina ignorante de Montefusco, se convirtió en «la joven sabia, ejemplo y maestra de vida cristiana». Un testigo declaró que, con su ejemplo, Teresa «infundía el deseo del bien en todos: hermanos, amigos...». «Los testigos -subrayó el prefecto- concuerdan en que su paciencia al soportar las humillaciones impulsaba a la bondad y a la conversión. Por ejemplo, un sacerdote suspendido a divinis volvió al buen camino, edificado por la santidad de Teresa». Este episodio hizo que en la congregación de las Religiosas Franciscanas Inmaculatinas, nacidas por su inspiración, «hubiera un compromiso especial de oración por los sacerdotes».

Después, el arzobispo puso de relieve el aspecto penitencial de Teresa, pero insertándolo en la sensibilidad del tiempo y considerándolo como un ejercicio que no era fin en sí mismo, sino con vistas a un bien mayor. «El espíritu de mortificación -dijo- era consecuencia de su deseo de oración y de íntima comunión con la pasión de Cristo y con su sacrificio redentor. En la historia de la Iglesia siempre ha habido santas penitentes y reparadoras, como por ejemplo santa Verónica, santa Jacinta, santa Rosa, la beata Ludovica, la beata Ángela de Foligno, todas ellas santas tercianas, santa Francisca de las cinco llagas, y santa Isabel de Hungría. Se puede decir que la juventud de Teresa fue un verdadero holocausto reparador».

El prelado recordó luego algunos episodios de la vida de Teresa relativos a sus practicas penitenciales. «A menudo ponía ceniza y hierbas amargas en las bebidas. Al ir a la santa misa, le daba los zuecos a su hermana y ella caminaba descalza. Hacía la oración y la penitencia lejos de ojos indiscretos, en una cueva cerca de su casa. En espíritu de penitencia aceptó la enfermedad -la tuberculosis- con serenidad e incluso con alegría, sufriendo dolores indecibles con la sonrisa en los labios».

«Hoy algunas de estas formas de penitencia -afirmó monseñor Amato- ya no se acostumbran y resultan incomprensibles. Pero entonces estas mortificaciones corporales eran frecuentes en las almas sedientas de perfección. Siempre se realizaban con el permiso explícito de los superiores religiosos, sobre todo de los directores espirituales, que en ese tiempo eran severos».

El arzobispo concluyó diciendo: «Nuestra cultura ya no cree en el infierno, y hace todo lo posible para transformar en infierno la existencia. Teresa, en cambio, creía en el Paraíso y vivió en la tierra transformando sus pocos años en momentos de luz y de esplendor».

Al día siguiente, domingo 23 de mayo [de 2010], el Santo Padre, después del Ángelus, recordó la figura de la nueva beata con las siguientes palabras:

«Ayer; en Benevento, fue proclamada beata Teresa Manganiello, fiel laica, perteneciente a la Tercera Orden Franciscana. Nacida en Montefusco, undécima hija de una familia de campesinos, llevó una vida sencilla y humilde, entre los quehaceres domésticos y el compromiso espiritual en la iglesia de los Capuchinos. Como san Francisco de Asís, trataba de imitar a Jesucristo ofreciendo sufrimientos y penitencias para reparar los pecados, y estaba llena de amor al prójimo: se prodigaba por todos, especialmente por los pobres y los enfermos. Siempre sonriente y dulce, con sólo 27 años partió al cielo, donde ya habitaba su corazón. Demos gracias a Dios por esta luminosa testigo del Evangelio».

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