domingo, 20 de febrero de 2011

Homilía


“AMAD A VUESTROS ENEMIGOS”

Amor a los enemigos

El mensaje del Sermón de la Montaña que hemos venido escuchando estos últimos Domingos, se nos concreta hoy todavía más al descubrirnos Jesús una de las características destacadas del amor providente de Dios “que hace salir el sol sobre buenos y malos, justos y pecadores”. Él perdona siempre, no se deja llevar por el odio y por la venganza, no nos castiga como merecen nuestros pecados, sino que ofrece siempre nuevas oportunidades para que el hombre se regenere.

El amor, incluso a los enemigos, aparece en Jesús como un mandamiento nuevo.
Se contrapone con el “ojo por ojo, diente por diente”, de la Ley del Talión, que tantas catástrofes han deparado al pueblo judío a lo largo de su historia.
El conflicto árabe-israelí es una sucesión constante de represalias que no resuelve el problema que existe en el trasfondo: el diálogo, para salvar las diferencias. Si nadie cede y todos se sienten agraviados, la espiral de violencia continuará.

Renunciar a la violencia y tender la mano al adversario es la única vía posible cuando los enconamientos se enquistan. No hay combate si uno no quiere. Y el alma humana no es tan cruel como para perder definitivamente la sensibilidad.

Tenemos que creer en el hombre. De lo contrario, estaríamos perdidos.
¿Qué pasaría si Dios no hubiera apostado por nosotros?

La alternativa de Jesús, que para muchos es una cobardía, requiere un gran esfuerzo de voluntad, porque cuando el corazón está sacudido por sentimientos de venganza es muy difícil sobreponerse, poner la otra mejilla y dar cabida al perdón y a la paz. Sólo las personas fuertes moralmente lo consiguen.

Ejemplos edificantes

Me contaba un compañero que, siendo capellán en una conocida cárcel española, contó con la ayuda inestimable de un preso, que había sido condenado a varios años de reclusión por un asesinato, pero que se había arrepentido de su crimen. Sentía la necesidad de acercarse a los presos convictos de semejantes delitos, para ayudarles.
Les decía: "No dejéis que el odio corroa vuestro corazón; pedid perdón y perdonad”
Todos le respetaban y le querían. Se había convertido en el ángel bueno de la cárcel.

En mi época de seminarista conocí en Malgrat de Mar (Barcelona) a Joan Alsina. Yo era estudiante de Teología y Joan, coadjutor de la parroquia del pueblo. Le llamaban Mosén “Ye-Ye” por su estilo abierto y desenfadado. Guardaba sonrisas para todo y le querían con locura, sobre todo los jóvenes. Había nacido en Castelló de Ampuries (Girona). Su inquietud le llevó a inscribirse en el IEME (Instituto Español de Misiones extranjeras) que tenía su sede en Burgos. Por entonces, recién ordenado sacerdote, ejercía su misión sacerdotal con la mirada puesta en Chile, su futuro destino.
Y en Chile encontró la muerte al advenimiento del General Pinochet. Como tantos otros fue declarado indeseable y tomado como comunista por un régimen dictatorial, aunque él permanecía ajeno a la política y entregado totalmente a los pobres y a la atención del hospital. Días antes de su muerte, presintiendo su final, les escribía a sus padres rememorando la huída del Exodo y el pan molido y triturado de la Eucaristía.

Sabía que venían a por él.

Habríamos ignorado la historia de su fusilamiento, si su verdugo, posteriormente arrepentido, no hubiera testificado las impresiones vividas.
“No era una persona como los demás. Se negó a que le vendara los ojos y mirándome fijamente afrontó con serenidad los últimos momentos incitándome a que hiciera lo que tenía que hacer, “Quiero mirarte a los ojos” para que sepas que no te guardo rencor y que te perdono de corazón” Su imagen de bondad continúa todavía en mi mente.

Bondad del ser humano

Hemos de creer en la bondad del corazón humano, capaz de superar el odio, y en la necesidad de tender puentes, no zancadillas. El mismo Buda insistía en las actitudes del dominio de sí mismo, en la resignación y en no dar cabida al odio, cuando a uno le van aserrando, uno a uno, los miembros del cuerpo.

Asistimos últimamente, por desgracia, a brotes de violencia en diversas partes del mundo, casi todos ellos motivados por la intolerancia ideológica, cultural, racial o religiosa.

El terrorismo islamista está sembrando de muerte y odio a minorías de otras religiones, a quienes pretende convertir por la fuerza, marginándolas o simplemente asesinándolas. Los hechos son todavía más graves cuando vienen alentados por imanes o escuelas que adoctrinan hacia la Guerra Santa. Volvemos a épocas medievales ya olvidadas.
En Pakistán, China, Irak, Nigeria o Egipto los cristianos sufren persecuciones o tienen que soportar leyes que los discriminan.

El Papa Benedicto XVI ha tenido que intervenir condenando los hechos y defendiendo la libertad de culto de los cristianos, lo cual ha despertado las iras de algunos políticos, más interesados en mantener el apoyo de las mayorías que en implantar la justicia.
Nuestra misma democracia se va progresivamente adulterando en la medida que los políticos ejerzan su autoridad sectariamente en lugar de servir a todo el pueblo.
Constatamos, por otro lado, un crecimiento progresivo del fanatismo y de los nacionalismos egoístas que no pronostican nada bueno, pero precisamente por eso los que nos sentimos cristianos debemos crear un fermento de paz y de concordia, en lugar de meternos en ese dinamismo de muerte.

No es fácil cuando uno se siente acosado, pero la auténtica medida del amor radica en el perdón, incluso a los enemigos.

Debemos confiar, a pesar de todo, en la bondad del ser humano, creado para el bien.

¡Ojalá que lleguemos a un mundo donde puedan convivir todas las religiones, culturas, razas e ideologías en respeto y armonía!

¿Cuándo llegará la concordia y la paz a nuestra maltratada Tierra?


Parece que actualmente es un ideal muy lejano, pero no imposible.

El evangelio sigue siendo fuente perenne de regeneración.

Consideremos, como dice San Pablo, que “la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios” (I Cor 3,19), y mantengamos la esperanza de que el amor prevalecerá sobre el odio.

No hay comentarios: