lunes, 25 de julio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó:
-«¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
-«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu
Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos.
Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Hermanos:
El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.
Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
-¿«Qué deseas?»
Ella contestó:
-«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? »
Contestaron:
-«Lo somos».
Él les dijo:
-«Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús reuniéndolos, les dijo:
-«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor.

Santiago Apóstol

Oíd mi voz, celtíberos generosos. Luego me crucificaréis, — si es vuestro gusto, pues es preciso que beba el cáliz que mi Señor y mi Dios me ha prometido. Os anuncio a ese Dios, que es único Dios verdadero, el que hizo la tierra, el mar y las montañas. No tiene templo entre los hombres, pero el empíreo es su morada. Desde él vio un día la miseria de su heredad terrena; vio al poderoso bebiendo el sudor del débil; vio al esclavo aplacando su sed con sus propias lágrimas; vio al vicio asentado con veste sacerdotal sobre el ara de la virtud. Y para devolver la alegría al que llora, para evangelizar a los pobres, para sacar a los presos de la cautividad, envió a su Hijo vestido de nuestra propia carne; le envió menesteroso y desnudo, en el dolor y en la tristeza, para enseñar a sufrir a los que sufren, y compadecerse de los que no tienen consolador. Nació en un establo y murió en una cruz. Compañero de su vida, yo puedo dar testimonio de sus obras. En el país lejano que riega el Jordán, conviví con El y fuí uno de sus amigos. Yo le vi poner su mano sobre el cuerpo de una niña, marchito por la muerte, y devolverle en un segundo la vida; yo le vi saciar el hambre de muchos miles de hombres con cinco panes. Una mirada suya transformaba las almas; una palabra suya arrancaba a los muertos de las hoscas murallas del sepulcro. Envuelto en su candida túnica de lino, con gesto de gracia y de dulzura, nos anunciaba el reino de su Padre; nos mandaba amarnos los unos a los otros; nos hablaba de un Dios bueno, protector de los que lloran, de los pacíficos, de los pequeños; castigador de los soberbios, de los injustos, de los engañadores....»

Así hablaba el Apóstol de las Españas. Hablaba con vehemencia y con pasión. Era la suya un alma de fuego, y a pesar de que los años y las fatigas iban doblando su cuerpo, todavía conservaba la vehemencia de la juventud. Como su hermano Juan, era audaz e impetuoso. Un día, bastó que Jesús les dijese una palabra para que se consagrasen a Él con toda la violencia de su alma. Ni Juan ni Santiago podían olvidar aquel momento: las riberas de Genezareth, doradas del sol viejo; las garzas dibujando en la paz del aire y de las aguas su vuelo de plata y de rosa; las casas de Cafarnaúm, empenachadas de humo azulado, y ellos en la barca con su padre Cebedeo, remendando la jábega rota, envueltos en el hálito del lago y en el perfume de los manzanos floridos. De repente, la llegada del Profeta, y su mirada y su llamada: «Venid en pos de Mí; Yo os haré pescadores de hombres», y siguieron a Cristo apasionadamente. Fueron dos elegidos entre los elegidos. Juntamente con San Pedro, formaron un triunvirato al lado de Jesús. Impetuosos y ardientes como el rayo, merecieron que el Maestro les bautizase con el nombre de Boenerges, Hijos del Trueno. Tenían las violencias de la tempestad. Ellos son los que, indignados de la conducta de los samaritanos, que no habían querido recibir a Jesús, le hacen con la mayor seriedad esta proposición: «¿Quieres que digamos que caiga fuego del Cielo y los abrase?» Pero esta misma intolerancia es una prueba de su amor y de su fe.

Cuando, después de la Resurrección, los Apóstoles se reparten el mundo, Santiago quiere la provincia más lejana, la más desconocida, la más misteriosa para un sencillo habitante de las riberas de Genezareth; las regiones nebulosas de Tarsis, adonde iban las naves de Salomón; el país situado en el confín de la tierra, flotando sobre las olas rugientes del mar tenebroso. Sus habitantes son altivos, ásperos, rebeldes al yugo extranjero. Toda la Iberia está sembrada de huesos de las legiones romanas, y sus campos fueron regados con sangre de cónsules y tribunos. El Hijo del Trueno necesita aventuras peligrosas: sombras de naufragios, océanos ignotos, selvas impenetrables; necesita arrostrar el tormento y la muerte. Nada sabemos de su itinerario hispánico. La tradición le representa evangelizando a través de las vías romanas, recorriendo los valles galaicos, subiendo a la meseta de los vácceos y los arévacos, atravesando los campos del Ebro y del Duero. El anuncio de la buena nueva brota, como el óleo santo, de sus labios; sus manos hacen saltar los prodigios, y su camino se constela de maravillas. Aquí y allá algunos ojos lloran al oírle hablar, algunos corazones se conmueven, y algunos ídolos ruedan hechos pedazos. Pero son muchos los que ríen escépticos, como si dijesen:

«Un nuevo dios que nos viene del Oriente.» En poco tiempo han visto llegar muchos dioses: los fenicios les trajeron a Molok y Astarté; los griegos, a Apolo y Artemis; los romanos, a Júpiter y al César. Últimamente han venido los predicadores de Isis, la egipcia de cabeza de vaca, y los predicadores de Mitra, el señor del disco solar. Ninguno de estos intrusos vale más que las antiguas divinidades: Mainake, la diosa que protege a los marinos; Ategina, la dulce enfermera que sabe de medicina tanto como Esculapio; Endovélico, «el muy bueno», que infunde valor a los guerreros cántaros, descubre el oro a los pescadores del Sil y da las buenas cosechas a los agricultores de Clunia, Deóbriga y Palancia.

Y he aquí que este judío viene hablando de un nuevo Dios oriental; un Dios que ha sido crucificado por sus enemigos, y predica la mansedumbre y la pobreza, y declara bienaventurados a los que aman la paz. Aquellos hombres, que se embriagaban en el ardor guerrero, que prefieren la libertad a la vida, que dejan en el campo los cuerpos de sus héroes para que las águilas y los buitres lleven sus almas a los palacios radiantes del sol, contemplan atónitos al extranjero, levantan los hombros y desfilan juntando y meneando los pulgares y los índices de ambas manos, como si dijeran con este remedo burlón del pico de la cigüeña:

«¡Este hombre está loco!»

Cuentan que, al llegar a César Augusta, sintióse el apóstol envuelto en una nube de mortal congoja. A la fatiga se juntaba el desaliento, y al desaliento la melancolía de la nostalgia. También el Hijo del Trueno sentía la hora de la carne, que hacía germinar el asco de la vida en el alma gigantesca del Apóstol de las Gentes. De repente, una luz delante de él, y un susurro y una ráfaga de aromas. No son las flores que crecen junto al Ebro, ni el cantar de las aguas en el cauce profundo; es una aparición celeste, una mirada que él conoce muy bien, que otras veces ha iluminao su corazón y ha encaminado su vida: es la Virgen María, que le sonríe y le habla y le consuela... Dicen que en aquel momento tuvo Santiago la visión de un glorioso porvenir. No había trabajado en vano: regada con sus sudores, la semilla evangélica germinaría en aquellas almas tercas, para producir frutos espléndidos de renunciamiento y de santidad. Su corazón fulmíneo pasaría a inflamar al gran pueblo ibérico, levantándole hasta la cumbre de los heroísmos cristianos.

En los primeros meses del año 44, el hijo del Cebedeo aparece de nuevo en Jerusalén, y los libros santos van a recoger por última vez su nombre. Protegido por Roma, el reyezuelo Herodes Agripa gobierna las regiones del Jordán. A la flexibilidad de su raza, este nieto de Herodes el Grande juntaba un arte maravilloso para intrigar e insinuarse en el espíritu de los amos del Imperio. Un momento estuvo a punto de traicionarle su estrella. Un capricho de Tiberio le lanzó desde la corte a la cárcel; otro de Calígula le subió de la cárcel al trono. Rey de Galilea, de Judea, de Samaria y de la parte oriental del Jordán, logra restablecer el Imperio de su abuelo Herodes el Grande. Más por política que por convicción, tiene el celo del mosaísmo. Embellece a Jerusalén, cuelga en el templo las cadenas de oro que le había regalado Calígula como recuerdo de su cautividad, adopta actitudes místicas, ofrece el diezmo del comino y la mostaza como el más puritano de los fariseos, se presenta en el santuario con el canastillo de las primicias, llora de emoción cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la Ley, y ofrece en un día millares de víctimas. Los judíos están orgullosos de aquel príncipe, cuya gloria empezaba a recordarles el esplendor del trono de David. Hay, sin embargo, una sombra que inquieta el sueño de los ortodoxos: es la obstinación de los discípulos del Crucificado, que se empeñan en introducir la división dentro de Israel. Estimulado por los celadores de la Ley, Agripa decide acabar con ellos. «En aquel tiempo—dicen los Actos—, Herodes hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan.» El ardor del Hijo del Trueno, su fogosidad, su entusiasmo, le señalaban entre todos al odio de los perseguidores. Un día, Cristo le había preguntado:

«¿Puedes beber el cáliz que voy a beber Yo?» Y su respuesta fue digna de un discípulo del Señor: «Puedo.» Y siguió la promesa del Salvador, que Santiago veía constantemente sobre su cabeza, como una corona de oro: «Pues bien, beberás mi cáliz.» Y le bebió sin temblar, el primero de los Apóstoles. En el siglo segundo, los ancianos de Alejandría contaban que el delator del apóstol, admirado de la firmeza con que confesaba su fe, se hizo discípulo de Jesucristo y compartió con su víctima los horrores del martirio. Habiéndose encontrado con el apóstol en el camino del suplicio, rogóle que le perdonase. Santiago se detuvo, le abrazó y le dijo: «Que la paz sea contigo.» Unos instantes después las dos cabezas rodaban por el suelo.

La persecución dispersa a los discípulos. Las rutas imperiales se iluminan, holladas por los pies de los evangelizadores de la paz; la brisa de la fe lleva a través de los pueblos las esencias del huerto de José de Arimatea. De Jope sale una barca, y en ella siete marineros y un sarcófago; salta sobre las olas blondas y azules, y el soplo de Dios la guía. Se alejan los olivares, las cúpulas y las torres; pronto desaparece también la giba huesuda del Carmelo. Entre el rumor del reino azul resuena el canto de los salmos, y el viento empuja la barquilla a través de las aguas centelleantes, de isla en isla y de promontorio en promontorio. Costas del Asia Menor, archipiélago helénico, penínsulas mediterráneas; hasta las columnas de Hércules, protegidas por los templos del Sol y de Venus marinera; hasta el mar oscuro por donde los navios de Gades y Tarteso caminaban a las islas del estaño; hasta las rías gallegas, que se visten de montes floridos y se constelan de conchas marinas con júbilo de expectación. Allí es el fin de la tierra y el fin de la navegación. Los siete marineros bajan el sarcófago, se adentran en la tierra, dan vista a las torres de Iria, y cerca de allí esconden su tesoro. El Nela y el Miño aprenden una nueva salmodia; arden los pinares célticos. Chispas de amor y luminarias de fe. Los primeros creyentes de España vienen a buscarlas entre las cenizas de Santiago, hijo del Cebedeo, uno de aquellos a quienes cupo una parte en la llama de las doce lenguas.

Viene luego la persecución. Decretos de emperadores, interrogatorios y martirios. Caen silenciosos sobre la tumba del apóstol y llueven olvidos. Es la época dura en que la semilla enraiza en la profundidad de la tierra; hielo de leyes romanas, vientos góticos y huracanes del desierto. Baja la inundación bárbara, herejía y hierro; sube una luna roja, en guadaña, símbolo de sangre y fuego. En la hora de la tribulación, España vuelve a acordarse de su apóstol. El Hijo del Trueno va a ser el compañero de su lucha milenaria contra el Islam. Nos lo dice por primera vez un obispo heroico, Odoario, que reedifica a Lugo y figura a la cabeza de los restauradores. Entre las iglesias que restaura, está la de Villa de Avezano, junto al Mino. Es en 757 cuando se empieza a organizar la Reconquista. Odoario avanza, funda y construye, él mismo nos lo dice, «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en honor de Santiago, a quien Tú, Señor, quisiste ensalzar, estableciéndole por patrono nuestro». «Una y otra vez—añade—vimos en este lugar grandes luces, y con este motivo. Dios puso en nuestro corazón el deseo de edificar al apóstol una iglesia.» Las luces de Avezano son el prólogo de las luces de Iria. Fue en 813. Donde llovieron olvidos, llueven ahora luceros. Un ermitaño ve la estrella colgada sobre el valle; los ángeles cantan entre los pinos; la cima de Pico Sacro se cubre de escudos guerreros y de lanzas fulgurantes; el obispo Teodomiro remueve afanoso la tierra; aparece el arca de cedro con las sagradas reliquias, y aquel lugar se llamará para siempre el Campo de la Estrella.

La estrella en éxtasis sobre el bosque se convierte en polvo de luz astral, y nace el camino de Santiago. Europa se estremece y emprende la marcha hacia la tumba descubierta. Alfonso el Casto se arrodilla el primero, y tras él una muchedumbre innumerable de reyes y de obispos, de menestrales y de guerreros, de siervos y de señores. El alma anhelante de la cristiandad recorre esa ruta durante siglos, con el bordón en la mano, la caperuza en la cabeza, el zurrón a la espalda y el manto adornado de conchas y azabaches. El camino francés—Roncesvalles, La Calzada, Burgos, León, Santiago—se ilumina de esperanzas, florece de leyenda, se anima de charlas, se alegra de canciones, se inunda de divinas misericordias que le transforman en torrente caudaloso de las luces invisibles del Cielo. La cadena de la peregrinación se agita numerosa de un lado a otro del mundo cristiano. Todas las lenguas y todos los trajes: labriegos de las orillas del Danubio y rubios habitantes del Báltico; pares de la corte de París y conquistadores normandos; ascetas del Oriente y artistas de Lombardía; santos aureolados de fuego místico y penitentes que buscan el olvido de sus crímenes. Pasa Raimundo de Tolosa, con sus caballeros y sus trovadores; Leonor de Aquitania, con los esplendores de su belleza; San Hugo y Pedro el Venerable, seguidos de sus cluniacenses; Luis de Francia, con todo el aparato cortesano; San Francisco, acompañado de su pobreza; San Simeón, el monje sirio,, de barba nevada y torrencial; San Gualberto y San Teobaldo; mensajeros de la remota Germania; Raimundo Lulio, que humedece el suelo con su llanto amoroso, y San Guillermo de Montevérgine, que arrastra las cadenas de su penitencia.

La basílica compostelana, la más bella de todas las basílicas que levantó el arte románico, recibe a todos los peregrinos en un abrazo cosmopolita. «Allí—dice el guía de la peregrinación, el Códice Calixtino, que describe con la más bella prosa del mundo las maravillas y emociones de la ruta—, allí, coros de peregrinos, agrupados por sus nacionalidades, entonan cánticos al son de las cítaras, ¡os tímpanos, las flautas, las violas y las chirimías. Unos lloran sus pecados, otros leen los santos libros, otros reparten limosnas a los paralíticos. El rumor se levanta hasta las nubes; la muchedumbre se mueve como las olas del mar. Las gentes entran, salen, presentan sus dones. El que llega triste, se retira alegre. Las puertas están siempre abiertas, y no se conoce lo que es una noche oscura. Por allí pasan los pobres y los felices, los caballeros y los peones, los ciegos y los mancos, los próceres y los menestrales, los prelados y los abades. Unos caminan con los pies descalzos; otros, cargados de hierro y plomo para las obras de la basílica; éstos, con una cruz en la mano; aquéllos, distribuyendo su dinero a los menesterosos. Hay quienes presentan los grillos y cadenas de que fueron librados por la virtud del Apóstol; y todos llevan la llama de la fe en sus pechos y una plegaria ferviente en los labios.»

Entre tanto, el Hijo del Trueno acompaña a los cruzados de la fe, preside la obra de la Reconquista, cabalga entre los guerreros tremolando el estandarte de la cruz, y al grito de «¡Santiago, y cierra, España!», las armas cristianas avanzan triunfantes hacia el Sur. Hasta que llegue el momento en que el pescador de Galilea, conocedor de mares y tormentas, guíe a las tres carabelas de la reina Isabel en la aventura más sublime de la historia de los hombres.

domingo, 24 de julio de 2016

Domingo, 24-07-2016 17ª Semana TIEMPO ORDINARIO

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el Señor dijo:
-«El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la queja llegada a mí; y si no, lo sabré».
Los hombres se volvieron de allí y se dirigieron a Sodoma, mientras Abrahán seguía en pie ante el Señor.
Abrahán se acercó y dijo:
-«¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?».
El Señor contestó:
-«Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos».
Abrahán respondió:
-«Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?».
Respondió el Señor:
-«No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco».
Abrahán insistió:
-«Quizá no se encuentren más que cuarenta».
El dijó:
- «En atención a los cuarenta, no lo haré».
Abrahán siguió hablando:
- «Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?».
Él contestó:
- «No lo haré, si encuentro allí treinta».
Insistió Abrahán:
- «Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran allí veinte?».
Respondió el Señor:
- «En atención a los veinte, no la destruiré».
Abrahán continuó:
-«Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?»
Contestó el Señor:
-«En atención a los diez, no la destruiré».

Hermanos:
Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos.
Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y la circuncisión de vuestra carne, os vivificó con él.
Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros; la quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
- «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»
Él les dijo:
- «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en la tentación”».
Y les dijo:
- «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
- “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
- “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



La fe de Jesús en el Padre es absoluta.

Cada día le confía los secretos de su corazón; siempre está pendiente de su voluntad.

Cuando enseña a sus discípulos el Padrenuestro, les invita a seguir su ejemplo y a ponerse en las manos de Dios y de su Providencia amorosa.

Y lo hace utilizando tres verbos muy conocidos: Pedir, Buscar y Llamar.

es la actitud del pobre que necesita recibir lo que no puede conseguir con su trabajo y se siente frágil, vulnerable y desbordado por los acontecimientos y por el nerviosismo social en la lucha por sobrevivir dentro de un mundo indiferente y cruel con los marginados.

Pedir supone una cura contra el orgullo y la autosuficiencia, tan en boga hoy en las capas más adineradas de la sociedad.

Pedir es reclamar a Dios una protección contra la enfermedad, el dolor, el desprecio, el odio, la maledicencia, la calumnia… que sólo Él nos puede dar.

Esta actitud de indigencia es fundamental para escapar de la envoltura deshumanizadora del mundo materialista, cuya prioridad es la producción, el rendimiento y la gestión eficaz de los recursos económicos.

Hay un miedo latente al silencio y a la reflexión moral, que puede poner al descubierto la banalidad de nuestras acciones y la insatisfacción interior por tener vacío el corazón.

Los mismos cristianos hemos ido abandonando las prácticas de piedad, nos hemos olvidado de las oraciones aprendidas en la infancia y apenas nos comunicamos con Dios, salvo cuando aprieta la necesidad, muere algún ser querido o nos vemos angustiados.

Necesitamos orar para salir del mundo del marketing, de la propaganda, de la confusión mental que crean las ideologías… para hacer una autocrítica sincera y enfrentarnos a la Verdad que libera.

Necesitamos a Dios para pedirle que nos saque del abismo en que estamos metidos y nos guíe por el sendero de la paz interior, primera herramienta espiritual para abandonarnos en sus manos.

Seguro que la recibiremos si perseveramos en la oración.

Nunca nos falla, ya que somos sus hijos.

La Biblia nos brinda el ejemplo de Abraham, de María Magdalena, de Mateo, el publicano, de Zaqueo, de la hemorroísa, de la cananea y de tantos otros que acuden a Jesús para remediar sus males morales o físicos.

es la actitud del creyente que se siente perdido en la enmarañada selva de las relaciones humanas.

A pesar del ambiente de indiferencia hacia el hecho religioso en naciones mayoritariamente cristianas, la fe no ha muerto.

Crece el número de los que empiezan a interesarse por Dios y a descubrir en pequeños grupos el valor de la oración y el aliento necesario para realizar una misión evangelizadora.

Buscar va más allá de pedir.

Exige dar pasos, tomar riesgos y no quedarse con los brazos cruzados esperando que otros arreglen el futuro.

Hay grupos que, en medio de un ambiente generalizado de indiferencia, vuelven a interesarse por Dios y salen a la calle para comunicar a la gente su vivencia espiritual.

Algunos los toman por locos, otros se ríen a la cara de su, ingenuidad y rechazan el mensaje, pero no faltan quienes viven hastiados del consumismo y se sienten vacíos de ideales que motiven sus vidas.

Abundan las personas que no quieren hurgar en el pasado, porque guardan malos recuerdos de su experiencia religiosa, mayormente centrada en educadores autoritarios y violentos, que profanaron la fe en lugar de dignificarla.

Es normal que no quieran saber nada de la Iglesia y menos de la doctrina de los teólogos.

Estas personas conservan, a pesar de todo, un rescoldo de las llamas que avivaron la fe de su infancia, pero necesitan manos amigas y un empujón para retomar la fe con alegría y esperanza.

La labor de los misioneros consiste en despertar el interés por la búsqueda de Dios para encontrar remedio a todo lo que nos esclaviza, aflige y nos aboca a una soledad estéril.

Jesús dice que “el que busca, halla” (Lucas 11, 11).

es la actitud del indigente, del desvalido que no tiene protección.

Cuando todas las puertas se cierran, queda siempre una a la que llamar: la puerta de la misericordia.

El Señor nos pide en el evangelio que llamemos a ella con perseverancia, y cita el ejemplo de la mujer cananea que, aunque recibe el rechazo inicial de Jesús por ser extranjera, continúa insistiendo en su demanda hasta obtener la curación de su hija.

También nos cuenta cómo un juez inicuo termina haciendo justicia a la viuda importuna que llama a su puerta y no le deja dormir hasta que vea satisfecha su necesidad.

Al final, accede para que deje de molestarle.

La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní “con gritos y lágrimas”, según Hebreos 5,7, y rogándole a Dios que le aparte de la muerte, nos adentra en la capital importancia del valor de la oración, reiterado en múltiples pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Dios no es insensible a nuestras peticiones, no se esconde cuando le buscamos, ni es sordo a nuestras llamadas.

Sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

Por eso rezamos con el salmo 100,3: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad es perpetua”

La autosuficiencia es uno de los grandes dramas del hombre de hoy que, confiado en sus propias fuerzas, se encierra en su pequeño mundo y se convierte en un ser

Santa Verónica Julianis

Verónica significa: Verdadera imagen (Vera= verdadera. Icon=imagen).

En julio de 1727 fue sepultada esta mujer que de pequeña daba muestras de llegar a ser cualquier otra cosa, menos una santa. Porque su temperamento era sumamente vivaz y fuerte, y sus bravatas ponían en desorden toda su casa. Pero la gracia de Dios obró en ella una transformación que nadie se imaginaba iría a suceder.

Hija de la prestigiosa familia Julianis, que ocupaba puestos de importancia, nació en Urbino (Italia), en 1660. De pequeñita era tremendamente inquieta y solamente su padre le tenía la suficiente paciencia para aguantarle. Era la menor de siete hermanas, y muy niña quedó huérfana de madre. Su defecto principal era el querer imponer sus ideas y caprichos a los demás. Y así un día invitó a sus hermanas a que la acompañaran a rezar el rosario, junto a un altarcito de la Virgen que ella se había fabricado, y como ellas no quisieron ir, arremetió a patadas contra las costuras que las otras estaban haciendo y telas y costuras rodaron por las escaleras abajo.

Un amiguito suyo quería ir a las fiestas del carnaval y ella tenía temor de que allá le sucediera algo malo para su alma. Como el otro insistía en asistir, le puso una trampa por el camino, y el otro se hirió una pierna y ya no pudo asistir a las tales peligrosas fiestas. Más tarde la joven se dará cuenta de que en estos casos es mejor proceder por las buenas y no a las malas.

Ya desde muy niña sentía una gran compasión por los pobres, y a los seis años regalaba su merienda a pobres mendigos y dejaba su abrigo de lana a pobrecitos que tiritaban de frío. Su padre daba suntuosos convites con muchos invitados y allí se repartían muchísimos dulces y confites. A ella le parecía que eso no era necesario porque los invitados tenían suficientes dulces en sus casas. Entonces se iba a escondidas a las mesas y sacaba y sacaba dulces y los echaba entre un talego, para repartirlos después entre los niños pobres. Sus hermanas se quedaban después aterradas de que los dulces de las mesas se hubieran acabado tan pronto.

Después de una de sus bravatas tremendas y desproporcionadas, le pareció que Nuestro Señor le decía cuando ella estaba rezando: "Tu corazón no parece de carne sino de acero". Esto la hizo cambiar totalmente en su trato con los demás.

Tenía una especialísima devoción a la Virgen Santísima y al Divino Niño Jesús y en su altarcito les rezaba día por día. Y una tarde, mientras les estaba hablando con todo fervor, le pareció que ambos le sonreían. Era una verdadera aprobación a los esfuerzos que ella estaba haciendo por volverse mejor. Desde ese día sintió un estusiasmo nunca antes tenido, respecto de la santidad.

A los 11 años descubre que la devoción que la va a llevar al fervor y a la santidad es la de Jesús Crucificado. La de las 5 heridas de Jesús en la cruz. Desde entonces su meditación contínua es en la Pasión y Muerte de Jesús.

Entonces hace a Dios el voto o juramento de entrar de religiosa. Pero su padre que desea para ella un matrimonio con algún joven de alta condición social, le prohíbe entrar de religiosa. Y sucede luego que la joven a causa de la pena moral, empieza a enflaquecerse y a secarse de manera tan alarmante, que a su padre no le queda otro camino que permitirle su entrada al convento. Y así a los 17 años se fue de religiosa capuchina.

En el convento se dedicó a cumplir lo más exactamente los deberes de una buena religiosa, y a meditar en la Pasión y Muerte de Jesús, especialmente en sus cinco heridas de la cruz y en su corona de espinas.

Y cuando cumplió los 33 años, en 1693, empezaron a aparecer en su cuerpo las cinco heridas de Jesús: en las manos, en los pies, en el costado y heridas en la cabeza como de una corona de espinas. Los médicos se esforzaron todo lo que pudieron para curarle esas heridas, pero por más curaciones que les hicieron, estas no cicatrizaron.

El Señor obispo llegó y durante tres días examinó las heridas de las manos y los pies y de la corona, en presencia de cuatro religiosas, y no pudo encontrar ninguna explicación natural a este fenómeno. Las heridas se agravaban el Viernes Santo.

A pesar de todas sus cualidades místicas, Verónica se dedicaba con gran éxito a las actividades normales de las religiosas, y así llegó a ser nombrada Maestra de novicias (y a sus novicias les aconsejaba que leyeran libros fáciles y sencillos) y más tarde, superiora del convento, y en este cargo se preocupó por mejorar el edificio y hacerlo más saludable y agradable. Lo que recibía de los ricos lo regalaba a los pobres. Y llegó hasta a redactar varias recetas de cocina.

Como su fama de santidad era muy grande, dos hermanas suyas que eran religiosas clarisas, le pidieron algún objeto suyo para emplearlo como reliquias. Ella como en chanza, fabricó una muñequita de trapo, muy parecida a su persona y la vistió de monjita capuchina, y se la envió. Más tarde, cuando muera, bastará tocar con esta muñequita algunos enfermos, y se curarán, por la intercesión de la santa.

Por orden de su confesor escribió su autobiografía, y por eso sabemos muchos datos curiosos de su vida.

Al cumplir sus Bodas de Oro de profesión religiosa, después de haber vivido cincuenta años como una fervorosa y santa capuchina, sintió que sus fuerzas le faltaban. Sufrió una apoplejía (o derrame cerebral) y murió el 9 de julio de 1727.

Santa Verónica, alcánzanos de Dios que también nosotros tengamos una gran devoción a la Santísima Pasión de Jesús, y que esta devoción nos lleve a la santidad. Queremos repetir aquellas jaculatorias tan queridas para ti: -Oh Jesús, por tus cinco heridas, te pido que cures las heridas de mi alma. Oh Padre Celestial, por las heridas de Jesús, curad las heridas de nuestro espíritu. Amén.

sábado, 23 de julio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Palabra del Señor que recibió Jeremías: "Ponte a la puerta del templo, y grita allí esta palabra: "¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que entráis por esas puertas para adorar al Señor!
Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, y habitaré con vosotros en este lugar. No os creáis seguros con palabras engañosas, repitiendo: 'Es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor.'
Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo, si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en este lugar, si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal, entonces habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres, desde hace tanto tiempo y para siempre.
Mirad: Vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada. ¿De modo que robáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, seguís a dioses extranjeros y desconocidos, y después entráis a presentaros ante mí en este templo, que lleva mi nombre, y os decís: 'Estamos salvos', para seguir cometiendo esas abominaciones? ¿Creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre? Atención, que yo lo he visto."" Oráculo del Señor.

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña.
Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"
Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: 'Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”

Palabra del Señor.

Santa Brigida de Suecia

Suecia es en la actualidad un país típicamente protestante: sus habitantes, en su inmensa mayoría, son luteranos, y la vida y la cultura de la nación están impregnadas del espíritu del protestantismo. La Reforma, que allí tuvo lugar en la primera mitad del siglo xvi, favorecida por los nobles y por el poder real, acabó por completo con el catolicismo, seis veces secular: hoy día hay de nuevo católicos en Suecia, pero son muy poco numerosos. Sin embargo, durante la' Edad Media la cultura católica y la vida espiritual florecieron también en los países escandinavos, que llegaron a constituir un verdadero plantel de santos. Están, en primer lugar, los tres santos reyes mártires, patronos de los tres reinos escandinavos: San Canuto de Dinamarca, San Olao de Noruega y San Eric de Suecia, y después otros muchos más (sobre todo monjes y monjas, presbíteros y obispos); pero entre todos los santos de Escandinavia, la más célebre es Santa Brígida de Suecia.

Santa Brígida nació probablemente en 1303 en Finsta, en la región de Upland, núcleo originario del reino de Suecia. De su infancia no sabemos mucho; cuenta una piadosa leyenda que, al nacer, su madre se salvó milagrosamente del peligro de muerte en que se encontraba, y que, niña ya, si se intentaba castigarla, las varas se quebraban al ir a pegarle. Fueron sus padres Birger Petersson e Ingeborg Bengtsdotter, ricos terratenientes; su padre era senador del reino y gobernador de Upland y, lo mismo que su madre, era de una profunda y piadosa religiosidad: ambos se confesaban todos los viernes, se mortificaban con rigurosos ayunos, practicaban la limosna, apacentaban su espíritu con lecturas piadosas y hacían largas peregrinaciones. En realidad, toda la familia de Santa Brígida era muy devota y cristiana: tía suya era Ingrid de Skänninge, fundadora del primer convento de dominicas en Suecia, y un hermano de Santa Brígida, cuyo nombre era Israel, se llamaba y consideraba caballerescamente "el novio de la Virgen". Santa Brígida quedó muy pronto huérfana de madre, y, sin salir del medio social de, su cuna, se educó con una tía suya, esposa del gobernador de Östergötland, en un ambiente religioso y caballeresco.

A los catorce años (conforme a los usos de la época) fue casada con el noble caballero Ulf Gudmarsson, senador y gobernador de la región de Närke; fijaron su residencia en Ulvasa, en Östergötland, y en casi treinta años de matrimonio tuvieron ocho hijos (Marta, Carlos; Birger, Catalina, Benito, Gudmar, Ingeborg y Cecilia) de muy diverso carácter, pues mientras Carlos fue un príncipe ligero y mundano, Catalina (elevada también a los altares) sería la fiel continuadora de la obra de su madre, a quien profesó en vida una ejemplar devoción filial y de quien fue su mejor colaboradora.

Santa Brígida ayudaba a su marido en el gobierno de sus extensos dominios señoriales y le animaba a la lectura y al estudio, con el fin, sobre todo, de que conociera bien las leyes para juzgar ¡con rectitud; mas no por ello desatendía la educación de sus hijos: asistía ella misma a las lecciones del clérigo encargado de la instrucción de los niños y juntamente con ellos empezó a aprender latín, velando al mismo tiempo por que se les infundiera el santo temor de Dios y se fortalecieran en la fe cristiana.

Después, Santa Brígida fue llamada a la corte, como dama de honor de la reina Blanca, esposa del rey Magnus Eriksson; hizo todo cuanto estuvo en su mano para que en la corte hubiera un ambiente menos mundano y los reyes llevaran una vida más profundamente religiosa, si bien sus desvelos no se vieron coronados por el éxito.

En 1341, siguiendo una tradición familiar, Santa Brígida y su marido hicieron la peregrinación a Santiago de Compostela, viaje que duró dos años y que les permitió ver de cerca las dos más grandes calamidades del siglo: la Guerra de los Cien Años (entre Inglaterra y Francia) y 11 el destierro de los Papas en Aviñón (Francia). De vuelta del largo viaje a la remota España, Ulf Gudmarsson se encierra en el monasterio cisterciense de Alvastra, donde enferma y muere el 12 de febrero de 1344.

La muerte de su marido señala el comienzo de una mayor actividad por parte de Santa Brígida. La divina llamada de que entonces fue objeto se nos cuenta de esta manera en las Revelaciones extravagantes: "Pasados algunos días después dé la muerte de su marido, encontrándose santa Brígida muy preocupada acerca de su estado, vióse envuelta e inflamada por el espíritu del Señor; y arrebatada en espíritu vió una nube resplandeciente y oyó una voz que desde la nube le decía: `Yo soy tu Dios, que quiero hablar contigo'. Asustada, no sea que fuese engaño del enemigo, oyó por segunda vez: `No temas, pues Yo soy el Creador, no el engañador. Y has de saber que no hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos. Escucha, pues, lo que digo. Tú serás mi esposa y mi instrumento; oirás y verás cosas ocultas espirituales y celestes, y mi espíritu permanecerá contigo hasta la muerte. Cree, pues, firmemente que soy Yo mismo, que nací de la Virgen pura, que sufrí y padecí muerte de cruz por la salvación de todas las almas; que resucité de entre los muertos y subí a los cielos; que ahora, además, por mi Espíritu, hablo contigo".

Poco después, en 1345, iniciaba Santa Brígida la construcción de un monasterio doble, para monjas y monjes, en Vadstena; a orillas del Vättern, siendo ayudada con dinero por el mismo rey, pero solamente al principio, porque después el monarca se opuso al proyecto y hasta ordenó la demolición de las obras comenzadas. Pero estas dificultades iniciales, lo mismo que otras mayores, que después le saldrían al paso, no arredraron a Santa Brígida. En este tiempo escribe también Santa Brígida la Regla para su proyectado monasterio, y recibe otra serie de revelaciones divinas con el encargo de dar a conocer su contenido, como así lo hace, una vez obtenida la oportuna licencia de los obispos suecos a quienes consultó. De conformidad con lo que se le había revelado, se dirigió amonestando a los monarcas, a los nobles y al mismo clero, para que llevaran una vida más de acuerdo con la moral cristiana; a los reyes de Inglaterra y de Francia, para que hicieran la paz; al Papa, para que abandonara la ciudad francesa de Aviñón y regresara a Roma, verdadera cabeza de la cristiandad.

Y a Roma y no a Aviñón se dirigió Santa Brígida en 1349 con el doble propósito de conseguir del Papa la aprobación de la Regla, y de ganar el jubileo del Año Santo de 1350. Nuestra Santa tuvo en la Ciudad Eterna la revelación de esperar allí hasta que hubiera venido el Papa, y así lo hizo, reuniendo a su alrededor mientras esperaba, un grupo de personas, "los amigos de Dios", entre los cuales sobresalían su hija Catalina y los prelados suecos Pedro de Alvastra y Pedro de Skänninge; años después se unió a ellos el eremita Alfonso de Vadaterra, obispo de Jaén, buen teólogo y bien relacionado con la Curia y la nobleza de Roma, que protegería eficazmente a los ascetas escandinavos y que después sería el recopilador de la obra escrita de Santa Brígida. Después de casi veinte años de espera vino por fin a Roma el papa Urbano V, dando su aprobación a la Orden brigidina, si bien con tantas restricciones que desfiguraban substancialmente la imagen que de la misma había bosquejado la Santa. Por otra parte, el Papa se volvió a Francia, a pesar de las súplicas insistentes de Santa Brígida para que no lo hiciera. Santa Brígida hubo de continuar su estancia en Roma y no volvería ya a ver más su tierra.

Santa Brígida y el grupo reunido en torno a ella llevaban en Roma una vida de inusitada dureza en aquel mundano siglo xiv, siguiendo hasta donde les era posible las normas de la Regla que para su Orden había escrito. El grupo monacal estaba sometido a una estrecha pobreza voluntaria, ganándose todo el sustento con el trabajo manual y en muchos casos pidiendo, lo que no les impedía ejercer la caridad, bien mediante la limosna material, bien enseñando la doctrina -cristiana a los pobres y extranjeros; las visitas a las iglesias y a las sepulturas de los mártires y las peregrinaciones a los más apartados santuarios de toda Italia eran otras de las actividades favoritas de nuestra Santa. Mientras tanto se disciplinaba con largos ayunos y rudas penitencias: por ejemplo, dormía siempre sobre el santo suelo. Santa Brígida, exigente consigo misma, también lo era con los demás; uno de los rasgos de su personalidad que más la dieron a conocer entre las gentes romanas era su actividad amonestadora, hasta el punto de haberle dado el remoquete de "bruja escandinava" todas aquellas personas a quienes molestaban sus constantes llamadas al orden y a la rectitud de vida, algo que brillaba por su ausencia en el ambiente agitado y anárquico de la Roma de aquellos tiempos.

Acompañada de su hija Catalina, de los dos Pedros y de Alfonso de Jaén, embarcándose en Nápoles y haciendo escala en Chipre, hizo también Santa Brígida la peregrinación a Tierra Santa, viviendo medio año en la "tierra del Evangelio", donde Dios se sirvió dispensarle abundantes revelaciones relativas a la vida humana del Señor, en particular sobre su nacimiento y su pasión, revelaciones cuya notoria influencia en los artistas que después han representado tales misterios señalan con complacencia los biógrafos modernos de Santa Brígida. Poco después de haber regresado de esta larga peregrinación, moría nuestra Santa el 23 de julio de 1373 en Roma, en la que había sido su residencia romana -la que después se llamaría "Casa de Santa Brígida", que en los tiempos finales de la Edad Media y luego en los del Renacimiento iba a constituir algo así como el hogar escandinavo de la ciudad de los Papas.

Santa Brígida fue enterrada en la iglesia romana de San Lorenzo in Panisperma; pero sólo provisionalmente, pues poco después su hija Catalina, juntamente con su hermano Birger Ulfsson y los dos Pedros, trasladaron a Suecia los restos mortales de la Santa. El largo camino de Roma a Danzig lo hicieron pasando por Viena y por el celebérrimo santuario mariano de Czestochowa, en Polonia; en Danzig se embarcaron hasta la isla báltica de Öland, que atravesaron por tierra, para embarcarse de nuevo y, bordeando la costa, tocar tierra sueca en Sóderköping; desde aquí, hasta su definitivo reposo en su amado monasterio de Vadstena, los restos mortales de la Santa pasaron todavía por las populosas y para ella familiares ciudades de Skänninge y Linkóping. A su paso por los diversos países de Europa, el fúnebre cortejo iba cumpliendo una verdadera actividad misionera: Santa Catalina dirigía a los pecadores saludables instrucciones, procuraba con sus hechos y palabras inspirar por doquier el santo temor de Dios, y al mismo tiempo daba a conocer las predicciones y revelaciones de Santa Brígida. Ya en Suecia, el recorrido con los restos mortales de Santa Brígida adquirió caracteres de una auténtica procesión triunfal; los milagros florecían a su paso y de todas partes acudían a saber las revelaciones brigidinas, a rogar y rezar ante sus despojos, y a oír los sermones de Pedro de Alvastra. Después de haber recorrido durante más de medio mes las tierras patrias que había dejado un cuarto de siglo antes y a las que en vida no había podido regresar, Santa Brígida fue enterrada en el monasterio de Vadstena el 4 de julio de 1374, viéndose honrado el sepelio con la asistencia de lo más florido de la nobleza y del clero de Suecia, así como de un pueblo abundante y devoto. Los milagros ante su tumba fueron numerosos y poco tiempo después, en 1375, su santa hija Catalina emprendía el largo viaje a Roma para conseguir la canonización de su amada madre y la aprobación definitiva de la Orden brigidina; Santa Catalina vió logrado el segundo objetivo, pero Santa Brígida no fue elevada a los altares sino por el papa Bonifacio IX en 1401 (cuando ya había fallecido Santa Catalina). La canonización fue confirmada en 1415 en el concilio de Constanza por el antipapa Juan XXIII, pero los reyes de Suecia querían una canonización absolutamente legítima para su Santa y pidieron y obtuvieron en 1419 la confirmación de la misma por el papa Martín V, Sumo Pontífice de toda la cristiandad. Su fiesta se celebraba el 7 de octubre, que sigue siendo el día de Santa Brígida en el calendario nacional sueco, hasta el siglo xviii, en que el papa Urbano VIII la trasladó al 8 de octubre para que no coincidiese con la fiesta del Rosario.

Además del ejemplo de su vida de santidad, de la extraordinaria y sorprendente actividad de Santa Brígida han llegado hasta nosotros dos frutos visibles y perdurables: sus obras literarias y la Orden del Santísimo Salvador.

La Orden brigidina (Ordo Sanctissimi Salvatoris) es una Orden contemplativa cuya finalidad primordial es alabar al Señor y a la Santísima Virgen y ofrecer reparación por las continuas ofensas que se cometen contra la divina Majestad; sus miembros han de llevar una vida perfecta para el honor de Dios y la salvación de las almas y tomar como base de su oración la meditación en la pasión del Señor. Su hábito y su manto es gris, y tanto en el hábito como en el número de sus miembros dejó su impronta el arraigado simbolismo medieval. Cada monasterio debía tener 60 monjas, 13 presbíteros, dos diáconos, dos subdiáconos y ocho hermanos legos, con lo cual el número total de 85 personas igualaría al de los 72 discípulos más los 13 apóstoles, incluyendo entre éstos a San Pablo. El carácter de Orden mixta fue una de las mayores dificultades que encontró nuestra Santa para su aprobación, aparte de la decisión, aún vigente en su época, del concilio de Letrán de 1215 de que no se crearan Ordenes nuevas. Realmente fue la hija de Santa Brígida, Santa Catalina, la que consiguió la aprobación definitiva de la Orden brigidina y quien organizó conforme a la Regla de la misma el monasterio de Vadstena. La Orden del Santísimo Salvador, por su celo apostólico, por su eficaz labor en la instrucción del pueblo y por su actividad cultural, significó un fuerte lazo de unión de los tres reinos escandinavos. Su actividad en el campo de la cultura fue muy grande a finales de la Edad Media: muchos brigidinos escandinavos fueron obispos y profesores de universidad; ellos tradujeron la Biblia a los idiomas escandinavos, y fueron los monjes de Vadstena los que tuvieron la primera imprenta de Suecia. La Orden del Santísimo Salvador se extendió por toda Europa, llegando a tener unos 80 florecientes monasterios; con la Reforma protestante, primero, y con la Revolución francesa, después, la Orden brigidina sufrió mucho, si bien consiguió sobrevivir en Europa en el monasterio bávaro de Altomünster. En el siglo xvi, una dama española, la Venerable Marina de Escobar, dió un gran impulso a la rama española de la Orden que ha perdurado en Méjico y en España. La Orden del Santísimo Salvador ha sido restaurada en nuestros días, siguiendo muy de cerca las huellas y el espíritu de Santa Brígida, merced al infatigable tesón de la madre Isabel Hesselblad, otra tenaz mujer sueca de nuestros días (falleció en 1957); y ha sido construido un nuevo monasterio en Vadstena, al lado mismo de la famosa "Iglesia Azul" (Blakyrka), la primera de la Orden brigidina.

Los escritos de nuestra Santa constituyen la obra capital de la literatura sueca medieval. El conjunto más importante lo forman las Revelaciones, en ocho libros, recogidas y ordenadas (aunque no muy sistemáticamente) por Alfonso de Vadaterra, y las llamadas Revelaciones extravagantes, no incluidas en la recensión hecha por el obispo de Jaén y recopiladas más tarde por Pedro de Alvastra; hay que añadir además la Regla del Santísimo Salvador y el Sermón angélico sobre laexcelencia de la Virgen. Santa Brígida sabía y hablaba latín, pero su obra era dictada en sueco a sus secretarios (los dos Pedros), que la iban poniendo en latín; no en un latín con pretensiones clásicas, sino en el latín que era la lengua de la conversación de los hombres cultos de su siglo, es decir, la verdadera lengua europea de la época. El estar en latín fue sin duda un factor que contribuyó decisivamente a favorecer la difusión de los escritos brigidinos, sobre todo de las Revelaciones, que conocieron nada menos que nueve ediciones en menos de doscientos años. Las Revelaciones de Santa Brígida fueron, sin embargo, discutidas desde muy pronto, siendo eficazmente defendidas en el concilio de Basilea (1436) por el dominico, y más tarde cardenal, Juan de Torquemada, quien al mismo tiempo hizo un detenido estudio de las mismas y las clasificó en tres tipos: corporales, espirituales e intelectuales. Estas revelaciones fueron un mensaje que Santa Brígida debía llevar al mundo; el Señor le había dicho: "No hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos". Pero fueron también las revelaciones que iba recibiendo las que determinaban la actuación de Santa Brígida a lo largo de su vida.

Ya a los siete años se le apareció la Virgen María ofreciéndole una corona de espinas: "Ven y acércate, Brígida", le dijo. "¿Quieres esta corona?" "Sí", contestó nuestra Santa. Una corona blanca sobre la toca sería después el distintivo más característico del hábito brigidino. A los diez años se le apareció Cristo en la cruz, diciéndole: "Mira cómo estoy herido". "¿Quién te ha hecho eso, Señor?" "Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto", le dijo el Señor. Pocos años más tarde se le apareció un diablo pestilente, que le dijo: "Nada puedo sin permiso del Crucificado". Todo ello determinaría la profunda devoción de Santa Brígida a Cristo crucificado. Obedeciendo a revelaciones recibidas hizo el viaje a Roma y allí permaneció esperando durante poco menos de veinticinco años el definitivo regresó del Papa; y por el mismo motivo tuvo siempre fe en el triunfo de su obra, es decir, en la definitiva aprobación de la Orden del Santísimo Salvador, cuya Regla había escrito nuestra Santa también por inspiración divina.

Santa Brígida tuvo también revelaciones sobre diversos acontecimientos: por una revelación divina supo, estando en Roma, al mismo tiempo de tener lugar en Suecia, la muerte de su yerno; y predijó también, para tan pronto como hubiese regresado a Aviñón; la muerte del papa Urbano V, quien, a pesar de las insistentes súplicas de la Santa para que no lo hiciera, no quiso quedarse en Roma cuando vino allí en 1367. "Por la gracia del Espíritu Santo -podemos leer en las Revelaciones extravagantes- tuvo este gran don la esposa de Cristo: que cuantas veces se le acercaban personas llenas de espíritu inmundo y soberbio, en seguida sentía un hedor tan grande y tenía en su boca un sabor tan amargo que apenas podía soportarlo". Otros muchos hechos milagrosos se cuentan de nuestra Santa, gran número de los cuales están recogidos en el Libro de los milagros de Santa Brígida de Suecia, pero ¿qué mayor milagro que el de la fundación y pervivencia de la Orden del Santísimo Salvador, fundada en medio de dificultades humanamente invencibles y perenne a pesar de las persecuciones de que ha sido objeto en Europa?

Los escritos de Santa Brígida, y en particular sus Revelaciones, nos permiten conocer muy bien su mundo de ideas y pensamientos, sus ideales, su carácter y hasta el desenvolvimiento de su propia espiritualidad. En ellos queda reflejado: su gozo ante la obediencia ("La virginidad merece la corona-dice-, la viudedad acerca a Dios, el matrimonio no excluye del cielo; pero lo que lleva a la gloria es la obediencia"); su devoción a la humanidad de Cristo (a la pasión sobre todo), a la Eucaristía (Santa Brígida comulgaba los domingos y días de fiesta, lo que entonces se consideraba comunión muy frecuente), al Corazón de Jesús ("Cosa digna es -dice la Santa- que tu invicto Corazón, ¡oh Jesús!, sea siempre magnificado en el cielo y en la tierra e incesantemente alabado") y a la Santísima Virgen (en los escritos brigidinos se puede espigar una serie de afirmaciones que constituyen todo un tratado de mariología). También nos es dado seguir en ellos la lucha que, para conseguir una mayor perfección y llegar a la verdadera humildad, hubo de sostener contra diversas clases de tentaciones: tentaciones de orgullo y sensualidad; tentaciones contra la fe; sentimiento de verse abandonada por el Padre celestial y de considerarse, a veces, incapaz de orar. Pero también podemos ver allí su voluntad inquebrantable, su gusto siempre creciente por la austeridad, su deseo ferviente de apostolado, su afán de reformar las costumbres. Realmente es sombrío el cuadro que Santa Brígida traza en sus escritos al describir el estado de la cristiandad de su época; a laicos, Ordenes religiosas, presbíteros, obispos y papas: a todos llama a penitencia. Si no siempre tuvo éxito, consiguió muchas veces lo que se proponía. A su esposo, lo atrajo a una vida más piadosa; a su hija Catalina, la hizo entrar en el círculo de su actividad de fundación y santificación, y lo mismo sucedió con otras personas que con ella entraban en contacto. Por su carácter práctico y activo, por sus rasgos de simplificación espiritual, por su constante tendencia a la austeridad, se la ha considerado (sobre todo en su país) como una precursora de la Reforma; pero ésos son más bien rasgos de una auténtica reformadora hondamente católica, como lo prueba además su devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Mujer de carácter complejo y gran coraje, fue una infatigable luchadora, y (como ella misma nos dice). "la mensajera de un gran Señor". Por eso Santa Brígida mereció que su muy amado Crucificado le dijera poco antes de morir: "Yo he hecho contigo como suele hacer el esposo, que se esconde de su esposa para ser de ella más ardientemente deseado. Así Yo no te he visitado con consuelos en este tiempo pasado porque era el tiempo de tu prueba. Pero ahora, una vez ya probada, ven a Mí".

viernes, 22 de julio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice la esposa:
«En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad: “¿Visteis al amor de mi alma?”. Pero, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma».

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
-«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
-«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
-«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
-«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
-«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
-«¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
-«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al
Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
-«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

Santa María Magdalena

El primer encuentro fue en los días gozosos del ministerio de Jesús, cuando en las riberas del lago perduraban aún los últimos ecos del sermón de la Montaña. Caminando a través de Galilea, el divino vagabundo ha entrado en Naím, villa graciosa que se empina en un escarpe del Tabor para contemplar la llanura del Esdrelón. El pueblo le circunda admirativo, y señala con el dedo al hijo de la viuda que acaba de venir del reino de la muerte. Todo lo llena la fama del taumaturgo, y hasta los doctores se honran sentándole a su mesa. Simón es en Naím uno de los más prestigiosos representantes del fariseísmo. También él quiere recibir al hombre extraordinario: ha preparado un banquete, ha sacado la vajilla más rica de su casa y ha invitado a sus mejores amigos. Tal vez siente por Jesús una estima secreta, pero la rigidez del orgullo farisaico le impide cumplir los deberes de la hospitalidad. Manda sentar al ilustre invitado sin lavar sus pies, sin besar su mejilla, sin perfumar sus cabellos, como lo exigían las viejas tradiciones hebreas. Según costumbre. Jesús deja las sandalias a la puerta, entra en la sala del festín y se recuesta en su lecho, el cuerpo extendido, el busto apoyado sobre el brazo izquierdo, y los pies echados hacia afuera. La sala está abierta y la multitud se agolpa en el pórtico y junto a las ventanas, contemplando y escuchando a los maestros de Israel. Se charla, se discute, se alaba con voces gangosas la pesca de Corozaín y Bethsaida y se hace honor a los vinos de las viñas galileas. Jesús habla poco; su mirada serena se fija sobre la multitud, como si buscase alguna cosa.

De repente, la mujer a quien aguarda aparece en la puerta, y, sin detenerse, se acerca al Señor y se arrodilla delante de Él. Tímida y audaz al mismo tiempo, indiferente a la lluvia de miradas que cae sobre ella, pero a la vez con un gesto de infinito respeto, rompe el cuello del frasco de alabastro que lleva apretado contra el pecho, y vierte los perfumes sobre los pies de Jesús. Todos los comensales se llenan de admiración, toda la estancia se llena del olor de aquel ungüento. Con amor y con delicadeza, con la misma atención que una madre pone para lavar el cuerpo de su hijo, rocía ella aquellos pies portadores de la paz; hasta que, no pudiendo contener la ola de ternura que la aprieta el corazón, rompe en llanto, dejando caer raudales de lágrimas calientes. La congoja le impide hablar, pero llora; llora en silencio, manifestando, como puede, su humildad, su gratitud, su arrepentimiento. Los pies del Nazareno están húmedos de llanto y de nardo; la pobre mujer no sabe cómo enjugarlos; no lleva un lienzo blanco, y su velo le parece indigno de tocar la carne de su Señor; pero tiene su cabellera fina y suave, aquella cabellera de seda dorada que era la admiración de las gentes. Sueltas las cintas y las peinetas, recoge las trenzas, y lentamente, amorosamente, las va pasando por los pies virginales de Jesús, y luego besa esos pies que acaba de enjugar y los oprime apasionadamente con sus manos.

Los comensales se miraban unos a otros con caras de pasmo. ¿Por qué Simón consiente esta escena en su casa? ¿Por qué sus criados no arrojan de aquí a esta mujer perdida? Esto parecían decir sus miradas. Simón, en el fondo, se sentía satisfecho. Parecíale haber descifrado un enigma. Por fin sabía a qué atenerse con respecto a aquel convidado misterioso, que parecía humillar a los más grandes de Israel con sólo su mirada. En rigor, era un hombre como los demás; susceptible de engaño y no insensible a las caricias de una mujer. «Si éste fuese profeta—decía en su interior—, debiera saber qué clase de persona es la que le toca; debiera saber que es una pecadora.» Y al mismo tiempo revelaba en su ademán la complacencia y el desprecio. Pero Jesús, que ha leído en el corazón de la pecadora, descubre también el pensamiento del fariseo, y, respondiendo a él, dice: «Simón, tengo una cosa que decirte.» Y Simón responde: «Maestro, habla.» «Un acreedor—prosigue Jesús— tenía dos deudores; el uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Y como ni uno ni otro tenían con qué pagar, les perdonó la deuda. ¿Quién de ellos le amará más?» Y Simón respondió: «Supongo que aquel a quien más perdonó.» «Has juzgado rectamente», dijo Jesús; y señalando a la mujer, prosiguió: «¿Ves esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; pero ella me los ha regado con sus lágrimas y secado con sus cabellos. Tú no me has dado el beso de costumbre; pero ella, desde que ha entrado, no ha cesado de besarme los pies; no me has ungido con óleo la cabeza, pero ella me ha ungido los pies con perfumes. Por eso te digo que ha amado mucho, porque es grande la deuda que tenía.» Luego dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados.»

Los invitados de Simón habían seguido la parábola en silencio. Poco a poco el aire malicioso del principio había desaparecido de sus semblantes; ahora estaban estupefactos. Las últimas palabras de Jesús les deconcertaban, y no podían menos de decirse, con un sentimiento de respeto:

«¿Quién es éste que perdona los pecados?» Pero a Jesús no le importaban sus reflexiones; volviéndose hacia la pecadora, le dijo: «Tu fe te ha salvado; vete en paz.» Y la pecadora salió, no ya a buscar las amargas alegrías del placer, sino a abrazarse con los rigores de la expiación.

Porque esta pecadora, cuyo nombre calla San Lucas, no parece ser otra que la Magdalena. El Evangelio no lo indica claramente; pero una tradición venerable, que cuenta, entre los antiguos, a Tertuliano, Clemente de Alejandría, San Cipriano, San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio Magno y San Cirilo de Alejandría, y entre los modernos, a Baronio, Lacordaire, Maldonado y los Bolandistas, defienden la identidad de María de Magdala, María de Betania, y esta desconocida que irrumpió en la sala del banquete. Su nombre y su historia han dejado huellas en los libros rabínicos. La leyenda del Talmud nos habla de su espléndida hermosura, de su cabellera famosa, de su ingenio peregrino, de sus riquezas y de sus escándalos. Casada con un doctor de la Ley, hubo de sufrir los celos rabiosos de su marido, que la encerraba en casa siempre que tenía que ausentarse. Altiva e impetuosa, rebelóse contra esta tiranía, sacudió todo yugo, se fugó con un oficial de las tropas del césar, y con él se estableció cerca de Cafarnaúm, en el pueblecito de Magdala, llenando las cercanías del lago con el ruido de sus desórdenes. Allí, sin duda, oyó hablar del profeta que prometía la felicidad al que sufre y es despreciado y es blanco de ultrajes y de insultos. En la soledad de las horas vacías que siguen siempre a las horas perversas, debió ella considerar más de una Vez la tristeza de su vida de pecado: el ocaso de la belleza, la vanidad de un cuerpo consagrado a la voracidad de los gusanos, la miseria de los paños de seda, de las joyas; de los ungüentos destinados a crear impresiones falaces, a esconder las tristezas y fealdades del alma. En esta soledad interior llegaron hasta ella los primeros ecos de la buena nueva; las luces alegres del sermón de la Montaña y de las parábolas del lago: «Bienaventurados los limpios de corazón... Llamad y se os abrirá; buscad y encontraréis. ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le daría una piedra?...» Estas palabras despertaron en ella una energía sobrenatural: sintióse libre, fuerte, capaz de vivir siempre en humildad de corazón, de regenerarse, de penetrar otra vez en las puras claridades del alma. Y sin hesitar, buscó a Jesús, el único que no la había de rechazar; le buscó con un amor impetuoso, una voluntad resuelta de romper con el pasado. Y llegaba a Naím transformada, iluminada por la gracia, purificada por la llama de la caridad. Había pecado mucho, y por eso amaba mucho al que la llamó y la salvó y la convirtió y la perdonó, y sus lágrimas, esos perfumes y ese silencio, no son más que la expresión humilde de su amor agradecido.

Desde este momento, María Magdalena queda asociada al grupo de los íntimos de Jesús. Todo había cambiado en ella. Antaño, cuando en las noches de tempestad las nubes se agarraban al aire pesado del mar de Genezareth, siete espíritus inmundos mezclaban sus carcajadas de sátiros entre el retumbar del trueno, apestando la atmósfera con sus hálitos maléficos y esperando el momento oportuno para arrojarse sobre su presa. Eran los demonios de la pecadora. Ella los recibía complaciente; les abría su casa, su corazón y sus sentidos. Estaba dominada, tiranizada por ellos, y sólo para ellos vivía; para los convites suntuosos, para las languideces de la molicie, para la ostentación soberbia del poder y la belleza, para el apetito insaciable de las túnicas ostentosas, de los collares deslumbrantes, de las sedas de Jonia, de las ánforas de Agrigento; para las terribles explosiones de la envidia y del rencor, para todas las abyecciones de la concupiscencia y del placer. Toda esta bandada infernal había huido con vuelo de pájaros nocturnos y agoreros. Aquellos ojos, fijos antes inexorablemente sobre las cosas de los sentidos, se habían vuelto de una manera definitiva hacia la luz de la vida verdadera. Ardientes, insaciables, extáticos, sólo una cosa les llenaba: la presencia de Jesús. María Magdalena vivía sólo para esta contemplación ardiente y apasionada. Seguíale silenciosa, recogía sus miradas y sus gestos, meditaba sus palabras y buscaba el sentido profundo de sus milagros. Entre la compañía de mujeres piadosas que detrás de los Doce le seguían, Él rara vez parecía distinguir aquella figura doliente que le miraba con ojos secos e inmóviles, como los de aquellos que han llorado todas sus lágrimas. Pero ella sentíale dentro de sí, y ese sentimiento dejaba en su alma un consuelo perenne, una luz sin sombra, una esperanza libre de inquietas incertidumbres. Lo demás la importaba poco: el último lugar le basta; un rincón entre los discípulos de Jesús; un puesto humilde entre sus oyentes, lo bastante cerca para poder espiar sus movimientos y no perder el acento de su voz. Un día, sin embargo. Jesús se acuerda de ella: es el día de la resurrección de Lázaro. María llora la muerte de su hermano; sabe que Jesús llega a Betania, pero sigue sollozando con la cabeza oculta entre las manos, hasta que Marta llega y le dice: «El Maestro está ahí fuera y te llama.»

María vive ahora en Betania, a dos horas de Jerusalén; vive con sus hermanos, Marta, la activa, y con Lázaro, «el hombre en quien se manifestó la gloria de Dios».

Son los huéspedes de Jesús cuando va a la ciudad santa, y cuando vuelve, el Maestro se detiene en su casa; allí come, allí duerme, allí hace sus milagros, allí predica su doctrina. La casa de Lázaro es, en Judea, lo que era la de Pedro en Cafarnaúm. Desde que pasa el umbral, Marta empezaba a trajinar por la casa; Lázaro se acercaba con el agua de las abluciones, clavando en el Señor una mirada de gratitud y de asombro, como de quien había visto la muerte; María quedaba como arrobada en un éxtasis, inmóvil, sin poder hacer otra cosa más que contemplar a Jesús, admirarle, escucharle, sentir la caricia de su acento y el latido de su corazón. Ya era bastante; era lo mejor, lo más perfecto, porque las ansias del amor encontraban así un alimento más puro y una más alta manifestación. Ha entregado su alma, toda su alma embelesada. ¿Qué importa el cansancio de las manos, si puede ofrecer a su Dios el homenaje rendido del corazón? Y el Maestro aprueba su conducta: «María ha escogido la mejor parte, que nadie le arrebatará.»

Lo mismo unos días más tarde, cuando la segunda unción. Fue también en un banquete, un banquete celebrado en Betania. Marta sirve a la mesa; Lázaro se sienta al lado de Jesús; en la sala hay muchos judíos, que han venido de Jerusalén para ver al resucitado. Había adoradores, había espías y había curiosos ojos bañados de admiración y respeto y miradas llenas de hostilidad. Ya terminaba la comida, cuando apareció la Magdalena en la sala. Recordaba el banquete de Naím, las lágrimas que la habían purificado, la voz que la había perdonado. Ahora había permanecido oculta y silenciosa, recogiendo la gracia de los labios y de los ojos del Señor, reclinado en su lecho. Tal vez en su frente leyó la tragedia sombría que una semana más tarde se iba a desarrollar en el Gólgota. No lloraba, pero toda su alma era llanto. Roja de amor y de vergüenza, inundado el rostro de una tristeza infinita, se acerca al lecho donde reposaba Jesús y derrama en su cabeza un vaso de ungüento de nardo de espique, que se le derrama por entre la túnica y le corre hasta los pies. La sala, los manjares, los vestidos y hasta la respiración de todos y la noche campesina, quedaron envueltos en la suave fragancia. Jesús volvió la cabeza, y, como antaño, vio el alabastro roto y la mujer prosternada que le enjugaba con el caudal sedoso de sus cabellos. Y comprendió. Una vez más, María de Magdala le hacía el sacrificio de lo mejor que había en su casa, de aquel nardo precioso y sin mezcla, que amó tanto en los tiempos del pecado, y que ahora era el símbolo de su amor y de su adoración. Pero no todos pensaban igual. Judas estiraba el cuello para ver el pomo roto, y, pensando congraciarse con el Rabí, predicador de la pobreza, decía: «¡Qué loca! Más de una libra de ungüento ha desperdiciado; pudo venderse por trescientos denarios y hacer una gran misericordia con los menesterosos.» Habla de los pobres, pero lo que le importa es el dinero. Su mirada refleja a la vez sórdida avaricia y envidia repugnante. Acribillada por aquellos ojos, semejaba María una paloma delante del gavilán. Jesús respondió a aquellas palabras como antaño al silencio de Simón: «¿Por qué molestáis a esta mujer por esta obra de ternura que ha hecho conmigo? A los pobres siempre los tendréis con nosotros, mas no a Mi. Ha hecho cuanto podía, ha querido adelantarse a ungir mi cuerpo para el sepulcro. En verdad os digo que mientras se predicare el Evangelio a través del mundo, se contará lo que ha hecho esta mujer en memoria suya.»

Jesús palideció; la Magdalena permaneció en una actitud de adoración; Judas se maldijo, y en su alma se desanillaron las víboras aletargadas de la perversidad. Ya no hubo alegría en el banquete. En vano chispeaban los vinos en los vasos de plata; la sombra de la muerte flotaba entre el parpadeo de las luces, por encima de los comensales.

Esto era un viernes, cuando empezaban a abrirse las flores de los manzanos. Una semana después, el viernes de la Parasceve, María Magdalena, sosteniendo a la Virgen María, caminaba pálida y llorosa a través de la calle de la Amargura. Su amor llegaba hasta el fin; era más fuerte que la muerte. Allí, en la cumbre del Calvario, la tuvo clavada durante las horas mortales de la agonía de Jesús. Los ojos del Hijo del hombre se posaron sobre ella; tal vez pensó que también para ella tendría una palabra, como para su Madre, para Juan, para el buen ladrón; pero luego pensó que no era digna, que debía amarle más aún y llorarle más. Y lloró sobre su cuerpo muerto y besó sus brazos rígidos cuando José de Arimatea los desclavaba de la cruz, y le ungió por última vez antes de colocarle en el sepulcro, cuando ya no podía mirarla ni defenderla. Su amor era tan grande, que no podía apartarse de la almazara de José:

«Alejándose los discípulos—nos dice ella misma en la liturgia—, yo no me alejaba; y encendida en el fuego de su amor, me abrasaba en deseos.» Iba y venía a través del huerto, siempre con los perfumes, que le recordaban los momentos más divinos de su vida. Y al fin su anhelo mereció la más alta de las recompensas.

Fue en la mañana memorable de la Resurrección. Ojerosa y pálida, María había llegado al sepulcro. Dos días llorando, dos días sin poder dormir. De repente, un nuevo dolor: el sepulcro estaba vacío. Muda de espanto, la pobre Magdalena mira en torno, busca huellas humanas entre los olivos, corre entre el follaje, agitada por una angustia infinita. De pronto, envuelto en los primeros rayos de la mañana, aparece un hombre, que se acerca a ella y le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Creyó María que era el hortelano de José, y con voz suplicante le dijo:

«Lloro porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Si has sido tú, dime dónde le colocaste, y yo iré por él.» Enternecido por tan apasionado candor, conmovido por tan amable ingenuidad, el desconocido sólo pronunció una palabra, un nombre, el de ella. Pero el acento era bien conocido: el inolvidable acento de los días de Naím y de Betannia: «¡María!» Como si se despertase súbitamente, ella lo comprendió todo: «¡Maestro!», clamó, cayendo ante Él sobre la hierba cubierta de rocío, y esforzándose por besar aquellos pies, adornados todavía por la cicatriz roja de los clavos. Pero Jesús la detuvo: «No me toques—dijo—, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo hacia mi Padre y vuestro Padre. Os precederé en Galilea.» Y mientras se alejaba entre los árboles coronados de luz, María, ciega de felicidad, apóstol de los apóstoles, corría al cenáculo llevando la noticia de la Resurrección. Antes que nadie, ella, la contemplativa, había logrado ver a Cristo triunfador.