martes, 24 de noviembre de 2015
Lecturas
En aquellos días, dijo Daniel a Nabucodonosor:
-«Tú, rey, viste una visión: una estatua majestuosa, una estatua gigantesca y de un brillo extraordinario; su aspecto era impresionante. Tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con barro.
En tu visión, una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua y la hizo pedazos. Del golpe, se hicieron pedazos el hierro y el barro, el bronce, la plata y el oro, triturados como tamo de una era en verano, que el viento arrebata y desaparece sin dejar rastro. Y la piedra que deshizo la estatua creció hasta convertirse en una montaña enorme que ocupaba toda la tierra.
Éste era el sueño; ahora explicaremos al rey su sentido: Tú, majestad, rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha concedido el reino y el poder, el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres, dondequiera que vivan, sobre las bestias del campo y las aves del cielo, para que reines sobre ellos, tú eres la cabeza de oro.
Te sucederá un reino de plata, menos poderoso. Después un tercer reino, de bronce, que dominará todo el orbe.
Vendrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro. Como el hierro destroza y machaca todo, así destrozará y triturará a todos.
Los pies y los dedos que viste, de hierro mezclado con barro de alfarero, representan un reino dividido; conservará algo del vigor del hierro, porque viste hierro mezclado con arcilla. Los dedos de los pies, de hierro y barro, son un reino a la vez poderoso y débil. Como viste el hierro mezclado con la arcilla, así se mezclarán los linajes, pero no llegarán a fundirse, lo mismo que no se puede alear el hierro con el barro.
Durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido ni su dominio pasará a otro, sino que destruirá y acabará con todos los demás reinos, pero él durará por siempre; eso significa la piedra que viste desprendida del monte sin intervención humana y que destrozó el barro, el hierro, el bronce, la plata y el oro. Éste es el destino que el Dios poderoso comunica a su majestad.
El sueño tiene sentido, la interpretación es cierta.»
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
-«Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron:
-«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó:
-«Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien “El momento está cerca”; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo:
-«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. »
Palabra del Señor.
Santas Flora y María
Apreciaba en Córdoba la persecución musulmana. Los cristianos llenaban las cárceles, y uno de los primeros que habían entrado en ellas era el ilustre doctor Eulogio, que consolaba y alentaba a los demás. Entre las tinieblas del calabozo se encontró Eulogio con una joven medio sevillana, medio cordobesa, cuya imagen había quedado profundamente grabada en su alma desde que la vio por vez primera unos años antes. Se llamaba Flora, y era—nos dice él mismo—una virgen en quien habían florecido todos los encantos de la gracia y todas las gracias de la naturaleza. A la hermosura juntaba una extremada discreción, una voluntad decidida y una riqueza de ingenio muy andaluza. Pero tenía, sobre todo, una bellísima historia, capaz de emocionar al cantor de los mártires.
Su madre era una rica matrona de las montañas de Córdoba; su padre, un árabe influyente de Sevilla, que había fijado su residencia en la capital. Hija de un matrimonio mixto, estaba obligada por la ley a seguir la secta de Mahoma; pero, habiendo perdido a su padre en la más tierna edad, su madre la educó en la religión cristiana, desarrollando en ella un vivo amor a las prácticas ascéticas del cristianismo. Cuando sólo tenía doce años repartía todos los viernes a los pobres la comida que le daban. Pero el hermano mayor, musulmán fanático, espiaba todos sus pasos; y así Flora rara vez podía ir al templo de los cristianos, y con frecuencia se veía obligada a tomar parte en los ritos de las mezquitas. Su carácter, sin embargo, no era para andar mucho tiempo con actitudes simuladas. Su conducta le pareció insostenible desde un día en que leyó estas palabras evangélicas: «Al que me confesare delante de los hombres, Yo le confesaré delante de mi Padre, que está en los Cielos; mas al que me negare delante de los hombres. Yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los Cielos.»
Ya no titubeó. Un día, burlando toda vigilancia, sin decir siquiera una palabra a su madre, desapareció de casa, arrastrando consigo a su hermana Baldegotona. Su hermano dióse a buscarlas por todos los conventos de Córdoba, pero inútilmente. En vano hizo prender a los clérigos de quienes sospechaba que habían estado en relaciones con la desaparecida, porque les había visto entrar en su casa para llevarle diariamente la comunión; nada pudo conseguir con sus pesquisas, hasta que la magnánima doncella, viendo que otros sufrían por causa de ella, salió de su escondrijo, y presentándose en esa, dijo a su hermano: «Ya sé con qué afán me buscas y cuánto te preocupas por mí; pues bien: aquí me tienes. Vengo armada de la señal de la cruz. Ahora arráncame esta fe, sepárame de Cristo, si puedes; creo que será difícil, porque estoy dispuesta a sufrir por Él todos los suplicios. Esto es hablar reciamente, ¿verdad? Pues bien: en medio del martirio estaré más firme todavía.»
El mahometano llevó a su hermana a la presencia del cadí. Lo era entonces Moad ben Otmán el Xabaní, hombre bastante discreto y de carácter suave, dispuesto a pensar lo mejor de los reos que llegaban a su presencia. Pudo hacer degollar a la joven, pero se contentó con un escarmiento: dos hombres sujetaron sus brazos, y otro le desgarró la nuca a latigazos. Cuando la víctima estaba ya sin sentido, dijo el juez a su hermano:
—Ahora, cúrala e instruyela en nuestra religión, y si no adelantas nada, tráemela de nuevo.
El musulmán la recogió, y llevándola a su casa, hízola cuidar y adoctrinar por las mujeres de su harén. A los pocos días Flora empezó a meditar la fuga. Vio que la vigilaban con cuidado; pero una noche, a favor de las tinieblas, subió a una habitación que daba sobre el patio; desde allí escaló rápidamente la pared, y, dando un salto temerario, llegó hasta el suelo felizmente. Caminó después durante algún tiempo, sin saber a dónde iba, hasta que su buena ventura la llevó a casa de un cristiano conocido. Allí vio a Eulogio por primera vez. El sacerdote sintió una fuerte sacudida ante aquella joven extraordinaria. Su belleza bravía, la seducción de su palabra animada y ardiente, la resolución de su espíritu, el entusiasmo de su fervor religioso, todo ejerció un poder casi magnético sobre la imaginación de Eulogio. Desde entonces una luz bella penetra su vida; es una luz perfectamente humana, aunque divinizada por su virtud y por aquella costumbre, que tanto le había costado, de dominarse y reprimirse. La imagen de Flora se clavará en su corazón como la de una mujer ideal, la heroína del cristianismo, el tipo de la mujer fuerte y discreta que había visto pintada en la Biblia. Concibió por ella una amistad espiritualizada, en que la admiración y el respeto se mezclaban al amor; un amor puro e intelectual, como debe sentirse en la mansión de los bienaventurados. Diez años después recordaba todavía con emoción esta primera entrevista como uno de los acontecimientos más venturosos de su vida. El recuerdo se había hecho más vivo, el amor, más sobrenatural y un martirio glorioso había venido no a romper, sino a coronar aquel anhelo amistoso de una más alta categoría que había germinado en el corazón de un santo: «Y yo, pecador—dirá, pensando en este día—; yo, rico sólo de iniquidades, que gocé su amistad desde el principio de su martirio, tuve la dicha de tocar, juntando mis manos, las cicatrices de aquella cabeza santísima y delicadísima, despojada de la cabellera virginal por la fuerza de los azotes.»
Después, mientras Eulogio seguía trabajando por su ideal espafiolista y cristiano, Flora sale de la capital y va a esconderse en Osera, un pueblo de la diócesis aceituna (Martos). Tal vez la había perdido de vista, mas he aquí que ahora, estando en la prisión, oye pronunciar su nombre, y se estremece. Primero sólo pudo recoger noticias incompletas; mas pronto le dijeron toda la verdad. Era una verdad hermosa, que inundó de alegría su alma.
Vivía en las montañas de Córdoba una familia piadosa que había dado ya un mártir a la fe, Walabonso. Walabonso tenía una hermana que no podía consolarse de su muerte. Era monja en el monasterio de Cuteclara, a unas leguas de Córdoba, y se llamaba María. Una profunda tristeza la devoraba, hasta que, un día, otra religiosa le contó que el mártir se le había aparecido y le había dicho estas palabras: «Di a mi hermana que cese de llorar por mí, y que pronto estará conmigo en el Cielo.» Desde entonces las lágrimas se trocaron en impaciente anhelo de morir por Cristo; y un día, dejando su convento, dirigióse a Córdoba para presentarse al cadí. De camino encontró la iglesia de San Acisclo, y en ella entró para encomendar a Dios su empresa. Arrodillóse al lado de otra joven, que parecía como arrebatada en el éxtasis de la contemplación, y en la cual creyó reconocer a Flora, la generosa virgen que había conmovido con su valor, cinco años antes, a los cristianos cordobeses. Era Flora, efectivamente. En la soledad de su retiro, había oído a Cristo, que le decía: «Otra vez vengo a ser crucificado»; y alentada por esta voz, acababa de llegar a Córdoba y se preparaba con la oración a morir. Fuera de sí María con aquel feliz encuentro, llevó a un lado a su compañera, la hizo conocer su resolución, y las dos jóvenes juraron, abrazándose, no separarse ni en la vida ni en la muerte. María se abrasaba en deseos de reunirse con su hermano; Flora pensaba en el abrazo eterno de Cristo, su esposo. Llenas de entusiasmo, salen de la iglesia, se presentan al juez, se declaran cristianas, y llaman a Mahoma malhechor, adúltero, mago y seudoprofeta.
El juez—lo era ahora Said ben Soleimán—quedó escandalizado al oír tales blasfemias, y en el acceso de su rabia no se le ocurrió más que prorrumpir en gritos descompasados, en gruesas injurias y en horribles amenazas, que las jóvenes oían con la mayor tranquilidad. Desahogada la cólera, mandó prender a las vírgenes y ponerlas en la cárcel juntamente con las mujeres de mala vida.
Esto es lo que supo Eulogio en el mes de octubre de 851. Su corazón se llenó de una alegría exaltada que le hizo olvidar las molestias de la reclusión. Pero, bien pronto, otras noticias vinieron a llenarle de angustia: «Flora—le dijeron—está a punto de abjurar la fe. Los emisarios de Recafredo, el obispo, los del cadí y los de su hermano, no la dejan un instante tranquila. Es difícil que pueda resistir este asedio constante. Otro tanto le sucede a su compañera.»
No era precisamente una abjuración de la fe lo que se las pedía; bastaba que se retractasen de las palabras que habían dicho contra Mahoma; y esto empezó a hacerlas vacilar. Vino después la amenaza de que las sacarían al mercado y las venderían como esclavas, y entonces su terror ya no tuvo límites. Antes oraban, ayunaban, meditaban, cantaban himnos de alegría; ahora no cesaban de llorar. De este desmayo vino a sacarlas un largo escrito en que se hacía la alabanza del martirio y se les aseguraba que la prostitución y la deshonra eran compatibles con la integridad del alma. La voz de Eulogio llegaba hasta ellas. Rápidamente, con la decisión heroica de quien se lanza al peligro para salvar a la persona amada, el ilustre doctor les enviaba desde el calabozo un bello y emocionante tratado, al cual había puesto por título «Documento martirial». Su elocuencia íntima y familiar tuvo el éxito más completo. Las dos jóvenes mostraron, después de leerle, una firmeza y un entusiasmo de que el mismo Eulogio estaba maravillado. El 13 de noviembre Flora compareció por última vez en la curia.
—¿Cuál es tu última resolución?—preguntó el cadí.
—La misma de siempre—respondió ella—. Y si os empeñáis, vais a oír cosas más desagradables que otras veces.
Cuando volvió a la cárcel, Eulogio logró tener una entrevista con ella. Tal vez era un favor que no se podía negar a la que pronto subiría al cadalso. «Creía—nos dice el iluminado sacerdote—ver un ángel. Una claridad celestial la rodeaba; su rostro resplandecía de gozo; parecía gustar ya las alegrías de la celeste patria. Con la sonrisa en los labios, me dijo lo que el cadí le había preguntado y lo que ella respondió. Cuando hube escuchado este relato de aquella boca tan dulce como la miel, procuré confirmarla en su resolución, mostrándole la corona que la esperaba. Yo la adoré, me prosterné delante de su figura angelical, me encomendó a sus oraciones, y, reanimado por sus palabras, volví menos triste a mi oscura prisión.»
Las dos vírgenes subieron al patíbulo el 20 de noviembre. San Félix de Valois les cede galantemente su puesto en este libro, para ir él a juntarse con su amigo y colaborador San Juan de Mala.
Su madre era una rica matrona de las montañas de Córdoba; su padre, un árabe influyente de Sevilla, que había fijado su residencia en la capital. Hija de un matrimonio mixto, estaba obligada por la ley a seguir la secta de Mahoma; pero, habiendo perdido a su padre en la más tierna edad, su madre la educó en la religión cristiana, desarrollando en ella un vivo amor a las prácticas ascéticas del cristianismo. Cuando sólo tenía doce años repartía todos los viernes a los pobres la comida que le daban. Pero el hermano mayor, musulmán fanático, espiaba todos sus pasos; y así Flora rara vez podía ir al templo de los cristianos, y con frecuencia se veía obligada a tomar parte en los ritos de las mezquitas. Su carácter, sin embargo, no era para andar mucho tiempo con actitudes simuladas. Su conducta le pareció insostenible desde un día en que leyó estas palabras evangélicas: «Al que me confesare delante de los hombres, Yo le confesaré delante de mi Padre, que está en los Cielos; mas al que me negare delante de los hombres. Yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los Cielos.»
Ya no titubeó. Un día, burlando toda vigilancia, sin decir siquiera una palabra a su madre, desapareció de casa, arrastrando consigo a su hermana Baldegotona. Su hermano dióse a buscarlas por todos los conventos de Córdoba, pero inútilmente. En vano hizo prender a los clérigos de quienes sospechaba que habían estado en relaciones con la desaparecida, porque les había visto entrar en su casa para llevarle diariamente la comunión; nada pudo conseguir con sus pesquisas, hasta que la magnánima doncella, viendo que otros sufrían por causa de ella, salió de su escondrijo, y presentándose en esa, dijo a su hermano: «Ya sé con qué afán me buscas y cuánto te preocupas por mí; pues bien: aquí me tienes. Vengo armada de la señal de la cruz. Ahora arráncame esta fe, sepárame de Cristo, si puedes; creo que será difícil, porque estoy dispuesta a sufrir por Él todos los suplicios. Esto es hablar reciamente, ¿verdad? Pues bien: en medio del martirio estaré más firme todavía.»
El mahometano llevó a su hermana a la presencia del cadí. Lo era entonces Moad ben Otmán el Xabaní, hombre bastante discreto y de carácter suave, dispuesto a pensar lo mejor de los reos que llegaban a su presencia. Pudo hacer degollar a la joven, pero se contentó con un escarmiento: dos hombres sujetaron sus brazos, y otro le desgarró la nuca a latigazos. Cuando la víctima estaba ya sin sentido, dijo el juez a su hermano:
—Ahora, cúrala e instruyela en nuestra religión, y si no adelantas nada, tráemela de nuevo.
El musulmán la recogió, y llevándola a su casa, hízola cuidar y adoctrinar por las mujeres de su harén. A los pocos días Flora empezó a meditar la fuga. Vio que la vigilaban con cuidado; pero una noche, a favor de las tinieblas, subió a una habitación que daba sobre el patio; desde allí escaló rápidamente la pared, y, dando un salto temerario, llegó hasta el suelo felizmente. Caminó después durante algún tiempo, sin saber a dónde iba, hasta que su buena ventura la llevó a casa de un cristiano conocido. Allí vio a Eulogio por primera vez. El sacerdote sintió una fuerte sacudida ante aquella joven extraordinaria. Su belleza bravía, la seducción de su palabra animada y ardiente, la resolución de su espíritu, el entusiasmo de su fervor religioso, todo ejerció un poder casi magnético sobre la imaginación de Eulogio. Desde entonces una luz bella penetra su vida; es una luz perfectamente humana, aunque divinizada por su virtud y por aquella costumbre, que tanto le había costado, de dominarse y reprimirse. La imagen de Flora se clavará en su corazón como la de una mujer ideal, la heroína del cristianismo, el tipo de la mujer fuerte y discreta que había visto pintada en la Biblia. Concibió por ella una amistad espiritualizada, en que la admiración y el respeto se mezclaban al amor; un amor puro e intelectual, como debe sentirse en la mansión de los bienaventurados. Diez años después recordaba todavía con emoción esta primera entrevista como uno de los acontecimientos más venturosos de su vida. El recuerdo se había hecho más vivo, el amor, más sobrenatural y un martirio glorioso había venido no a romper, sino a coronar aquel anhelo amistoso de una más alta categoría que había germinado en el corazón de un santo: «Y yo, pecador—dirá, pensando en este día—; yo, rico sólo de iniquidades, que gocé su amistad desde el principio de su martirio, tuve la dicha de tocar, juntando mis manos, las cicatrices de aquella cabeza santísima y delicadísima, despojada de la cabellera virginal por la fuerza de los azotes.»
Después, mientras Eulogio seguía trabajando por su ideal espafiolista y cristiano, Flora sale de la capital y va a esconderse en Osera, un pueblo de la diócesis aceituna (Martos). Tal vez la había perdido de vista, mas he aquí que ahora, estando en la prisión, oye pronunciar su nombre, y se estremece. Primero sólo pudo recoger noticias incompletas; mas pronto le dijeron toda la verdad. Era una verdad hermosa, que inundó de alegría su alma.
Vivía en las montañas de Córdoba una familia piadosa que había dado ya un mártir a la fe, Walabonso. Walabonso tenía una hermana que no podía consolarse de su muerte. Era monja en el monasterio de Cuteclara, a unas leguas de Córdoba, y se llamaba María. Una profunda tristeza la devoraba, hasta que, un día, otra religiosa le contó que el mártir se le había aparecido y le había dicho estas palabras: «Di a mi hermana que cese de llorar por mí, y que pronto estará conmigo en el Cielo.» Desde entonces las lágrimas se trocaron en impaciente anhelo de morir por Cristo; y un día, dejando su convento, dirigióse a Córdoba para presentarse al cadí. De camino encontró la iglesia de San Acisclo, y en ella entró para encomendar a Dios su empresa. Arrodillóse al lado de otra joven, que parecía como arrebatada en el éxtasis de la contemplación, y en la cual creyó reconocer a Flora, la generosa virgen que había conmovido con su valor, cinco años antes, a los cristianos cordobeses. Era Flora, efectivamente. En la soledad de su retiro, había oído a Cristo, que le decía: «Otra vez vengo a ser crucificado»; y alentada por esta voz, acababa de llegar a Córdoba y se preparaba con la oración a morir. Fuera de sí María con aquel feliz encuentro, llevó a un lado a su compañera, la hizo conocer su resolución, y las dos jóvenes juraron, abrazándose, no separarse ni en la vida ni en la muerte. María se abrasaba en deseos de reunirse con su hermano; Flora pensaba en el abrazo eterno de Cristo, su esposo. Llenas de entusiasmo, salen de la iglesia, se presentan al juez, se declaran cristianas, y llaman a Mahoma malhechor, adúltero, mago y seudoprofeta.
El juez—lo era ahora Said ben Soleimán—quedó escandalizado al oír tales blasfemias, y en el acceso de su rabia no se le ocurrió más que prorrumpir en gritos descompasados, en gruesas injurias y en horribles amenazas, que las jóvenes oían con la mayor tranquilidad. Desahogada la cólera, mandó prender a las vírgenes y ponerlas en la cárcel juntamente con las mujeres de mala vida.
Esto es lo que supo Eulogio en el mes de octubre de 851. Su corazón se llenó de una alegría exaltada que le hizo olvidar las molestias de la reclusión. Pero, bien pronto, otras noticias vinieron a llenarle de angustia: «Flora—le dijeron—está a punto de abjurar la fe. Los emisarios de Recafredo, el obispo, los del cadí y los de su hermano, no la dejan un instante tranquila. Es difícil que pueda resistir este asedio constante. Otro tanto le sucede a su compañera.»
No era precisamente una abjuración de la fe lo que se las pedía; bastaba que se retractasen de las palabras que habían dicho contra Mahoma; y esto empezó a hacerlas vacilar. Vino después la amenaza de que las sacarían al mercado y las venderían como esclavas, y entonces su terror ya no tuvo límites. Antes oraban, ayunaban, meditaban, cantaban himnos de alegría; ahora no cesaban de llorar. De este desmayo vino a sacarlas un largo escrito en que se hacía la alabanza del martirio y se les aseguraba que la prostitución y la deshonra eran compatibles con la integridad del alma. La voz de Eulogio llegaba hasta ellas. Rápidamente, con la decisión heroica de quien se lanza al peligro para salvar a la persona amada, el ilustre doctor les enviaba desde el calabozo un bello y emocionante tratado, al cual había puesto por título «Documento martirial». Su elocuencia íntima y familiar tuvo el éxito más completo. Las dos jóvenes mostraron, después de leerle, una firmeza y un entusiasmo de que el mismo Eulogio estaba maravillado. El 13 de noviembre Flora compareció por última vez en la curia.
—¿Cuál es tu última resolución?—preguntó el cadí.
—La misma de siempre—respondió ella—. Y si os empeñáis, vais a oír cosas más desagradables que otras veces.
Cuando volvió a la cárcel, Eulogio logró tener una entrevista con ella. Tal vez era un favor que no se podía negar a la que pronto subiría al cadalso. «Creía—nos dice el iluminado sacerdote—ver un ángel. Una claridad celestial la rodeaba; su rostro resplandecía de gozo; parecía gustar ya las alegrías de la celeste patria. Con la sonrisa en los labios, me dijo lo que el cadí le había preguntado y lo que ella respondió. Cuando hube escuchado este relato de aquella boca tan dulce como la miel, procuré confirmarla en su resolución, mostrándole la corona que la esperaba. Yo la adoré, me prosterné delante de su figura angelical, me encomendó a sus oraciones, y, reanimado por sus palabras, volví menos triste a mi oscura prisión.»
Las dos vírgenes subieron al patíbulo el 20 de noviembre. San Félix de Valois les cede galantemente su puesto en este libro, para ir él a juntarse con su amigo y colaborador San Juan de Mala.
lunes, 23 de noviembre de 2015
Lecturas
El año tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, llegó a Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la asedió.
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:
Palabra del Señor.
El Señor entregó en su poder a Joaquín de Judá y todo el ajuar que quedaba en el templo; se los llevó a Senaar, y el ajuar del templo lo metió en el tesoro del templo de su dios.
El rey ordenó a Aspenaz, jefe de eunucos, seleccionar algunos israelitas de sangre real y de la nobleza, jóvenes, perfectamente sanos, de buenos tipos, bien formados en la sabiduría, cultos e inteligentes y aptos para servir en palacio, y ordenó que les enseñasen la lengua y literatura caldeas.
Cada día el rey les pasaría una ración de comida y de vino de la mesa real.
Su educación duraría tres años, al cabo de los cuales, pasarían a servir al rey.
Entre ellos, había unos judíos: Daniel, Anamas, Misael y Azarías.
Daniel hizo propósito de no contaminarse con los manjares y el vino de la mesa real, y pidió al jefe de eunucos que lo dispensase de esa contaminación. El jefe de eunucos, movido por Dios, se compadeció de Daniel y le dijo:
-«Tengo miedo al rey, mi señor, que os ha asignado la ración de comida y bebida; si os ve más flacos que vuestros compañeros, me juego la cabeza. »
Daniel dijo al guardia que el jefe de eunucos había designado para cuidarlo a él, a Ananías, a Misael y a Azarias:
-«Haz una prueba con nosotros durante diez días: que nos den legumbres para comer y agua para beber. Compara después nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen de la mesa real y trátanos luego según el resultado.»
Aceptó la propuesta e hizo la prueba durante diez días. Al acabar, tenían mejor aspecto y estaban más gordos que los jóvenes que comían de la mesa real. Así que les retiró la ración de comida y de vino y les dio legumbres.
Dios les concedió a los cuatro un conocimiento profundo de todos los libros del saber. Daniel sabía además interpretar visiones y sueños.
Al cumplirse el plazo señalado por el rey, el jefe de eunucos se los presentó a Nabucodonosor.
Después de conversar con ellos, el rey no encontró ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías, y los tomó a su servicio.
Y en todas las cuestiones y problemas que el rey les proponía, lo hacían diez veces mejor que todos los magos y adivinos de todo el reino.
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:
-«Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»
Palabra del Señor.
Beata Enrichetta Alfieri
«Sanada milagrosamente por la Virgen de Lourdes de una grave enfermedad cuando ya le acechaba la muerte, se convirtió en un rayo de luz para los reclusos de San Vittore. Ellos la denominaron su mamma y su ángel»
La vida de Enrichetta fue apasionante. Coraje, misericordia y piedad, virtudes, entre otras, de esta brava mujer, tocaron las fibras más sensibles de los prisioneros de la cárcel milanesa de San Vittore. Está claro que Dios otorga a cada uno la fortaleza para llevar a cabo su misión. Cuando se contempla retrospectivamente la vida santa, se aprecia la inmensidad del amor divino que se manifiesta por medio de personas que, en su fragilidad física y espiritual, realizan gestas de alcance imprevisible, sorprendentes, conmovedoras. Enrichetta poseía la madurez humana y espiritual requerida para afrontar las desdichas de los lóbregos corredores de la prisión donde habita la desesperanza y el llanto desgarrador. Supo proporcionar a los reclusos el consuelo que precisaban, acoger sus miedos y temblores, dar un vuelo inusitado a estas vidas, algunas de las cuales, llevadas de su mano, recibieron la gracia de encontrarse con Cristo. Hay que amar mucho, haber encarnado en sí mismo a Cristo fielmente para poderlo transmitir a los demás como hizo ella.
Nació el 23 de febrero de 1891 en Borgo Vercelli, Italia. Era la primogénita de los cuatro hijos de Giovanni y Rosa Compagnone. Y aunque le impusieron en el bautismo tres nombres: María Ángela Domenica, sus allegados la llamaban María. Parecía un vaticinio de la protección que iba a recibir de la Virgen. Encantadora durante su infancia, sensible a las enseñanzas de fe que recibía en su hogar y en la parroquia, al cumplir 17 años, una edad en la que muchos jóvenes de todos los tiempos han sentido la llamada de Dios, ella también se sintió elegida por Cristo para seguirle. Aunque no sufrió oposición paterna, tuvo que aguardar un tiempo para ingresar en la vida religiosa, como su familia aconsejó que hiciera. Muchas veces los padres no comprenden que la decisión de consagrarse a Cristo ya está tomada, y que dilatar el tiempo para iniciar el camino solo conlleva sufrimiento para sus hijos, aunque en esa prueba éstos comiencen a mostrar a Dios el grado de su amor.
La determinación que la beata había tomado era irreversible y lo único que hizo fue madurarla. A finales de 1911 ingresó en el convento de Santa Margarita de Vercelli con las Hermanas de la Caridad, fundadas por la madre Thouret, donde le habían precedido varios familiares. Al profesar tomó el nombre de Enrichetta. Apta para la docencia, estudió magisterio en Novara, como le indicaron, y después impartió clases en Vercelli. Pero solo pudo ejercer la profesión durante unos meses puesto que una espondilitis tuberculosa le impidió hacer vida normal. La pésima evolución de la enfermedad fue vertiginosa. Dos años más tarde ni siquiera podía desempeñar trabajos de apoyo en tareas administrativas.
En 1920 los médicos que la trataron en Milán no ocultaron el mal pronóstico. Regresó a Vercelli y continúo empeorando. Su día a día comenzó a ser el lecho. Aprisionada en él por intensísimo dolor, agradecía a Dios la posibilidad de unir sus padecimientos a Cristo Redentor. Comprendió que así como la vocación nos sitúa en el calvario, por la enfermedad estamos en la cruz con Cristo. De modo que el lecho debe considerarse como un altar en el que la persona que sufre se inmola y se deja sacrificar llevada de su amor, siempre y cuando cumpla el requisito de «sufrir santamente», haciéndolo además con «dignidad, amor, dulzura y fortaleza».
Buscando salida para su penoso estado, la llevaron a Lourdes en 1922 y un año más tarde le administraron el sacramento de la Unción. El 25 de febrero de 1923, celebración de la novena aparición de la Virgen de Lourdes, al tomar un sorbo de agua de la gruta con gran esfuerzo y dolor, se sintió instada a levantarse en medio de una locución divina que provenía de María: «¡Levántate!». En ese momento recobró la salud. No es difícil imaginar el impacto del hecho en toda la comunidad ante un episodio milagroso que atribuyó a María. Estaba presta a morir, pero la voluntad de Dios había sido otra.
Después fue trasladada a la prisión de San Vittore. «La vocación no me hace santa, se decía, pero me impone el deber de trabajar para conseguirlo». Poseía un espíritu luminoso, así como la suficiente madurez y fortaleza para vivir en aquel lugar. Su escuela había sido el sufrimiento. Por eso comprendió y supo acoger a tanto deshecho humano como halló en el penal. Sufrir, orar (también junto a las reclusas), trabajar ejercitando la caridad por amor a Cristo sin descanso, fue el día a día de este apóstol que se ganó el respeto, confianza y cariño de los presos. Ellos la denominaron el «ángel» y la «mamma» de San Vittore. En 1939 fue nombrada superiora de la comunidad. Durante la Guerra Mundial la cárcel fue tomada por los nazis, y se jugó la vida defendiendo y rescatando de la muerte a los judíos y presos políticos que iban a ser gaseados en los campos de exterminio.
En 1944 las SS interceptaron un mensaje de una reclusa. Enrichetta fue acusada y apresada. Gravitando sobre ella la condena a muerte, oraba en su celda en acto de gratitud. Con la intervención del arzobispo de Milán, monseñor Schuster, a través de Mussolini se condonó su pena, pero fue enviada a Bérgamo a un centro de enfermos mentales. De allí partió a Brescia, y escribió sus memorias por obediencia. En 1945 regresó a San Vittore conduciendo al camino de la conversión a muchos, como a la peligrosa convicta de múltiple asesinato Rina (Caterina) Fort. En septiembre de 1950 sufrió una funesta caída en la calle, y no se recuperó. Murió el 23 de noviembre de 1951. Fue beatificada por Benedicto XVI el 26 de junio de 2011.
La vida de Enrichetta fue apasionante. Coraje, misericordia y piedad, virtudes, entre otras, de esta brava mujer, tocaron las fibras más sensibles de los prisioneros de la cárcel milanesa de San Vittore. Está claro que Dios otorga a cada uno la fortaleza para llevar a cabo su misión. Cuando se contempla retrospectivamente la vida santa, se aprecia la inmensidad del amor divino que se manifiesta por medio de personas que, en su fragilidad física y espiritual, realizan gestas de alcance imprevisible, sorprendentes, conmovedoras. Enrichetta poseía la madurez humana y espiritual requerida para afrontar las desdichas de los lóbregos corredores de la prisión donde habita la desesperanza y el llanto desgarrador. Supo proporcionar a los reclusos el consuelo que precisaban, acoger sus miedos y temblores, dar un vuelo inusitado a estas vidas, algunas de las cuales, llevadas de su mano, recibieron la gracia de encontrarse con Cristo. Hay que amar mucho, haber encarnado en sí mismo a Cristo fielmente para poderlo transmitir a los demás como hizo ella.
Nació el 23 de febrero de 1891 en Borgo Vercelli, Italia. Era la primogénita de los cuatro hijos de Giovanni y Rosa Compagnone. Y aunque le impusieron en el bautismo tres nombres: María Ángela Domenica, sus allegados la llamaban María. Parecía un vaticinio de la protección que iba a recibir de la Virgen. Encantadora durante su infancia, sensible a las enseñanzas de fe que recibía en su hogar y en la parroquia, al cumplir 17 años, una edad en la que muchos jóvenes de todos los tiempos han sentido la llamada de Dios, ella también se sintió elegida por Cristo para seguirle. Aunque no sufrió oposición paterna, tuvo que aguardar un tiempo para ingresar en la vida religiosa, como su familia aconsejó que hiciera. Muchas veces los padres no comprenden que la decisión de consagrarse a Cristo ya está tomada, y que dilatar el tiempo para iniciar el camino solo conlleva sufrimiento para sus hijos, aunque en esa prueba éstos comiencen a mostrar a Dios el grado de su amor.
La determinación que la beata había tomado era irreversible y lo único que hizo fue madurarla. A finales de 1911 ingresó en el convento de Santa Margarita de Vercelli con las Hermanas de la Caridad, fundadas por la madre Thouret, donde le habían precedido varios familiares. Al profesar tomó el nombre de Enrichetta. Apta para la docencia, estudió magisterio en Novara, como le indicaron, y después impartió clases en Vercelli. Pero solo pudo ejercer la profesión durante unos meses puesto que una espondilitis tuberculosa le impidió hacer vida normal. La pésima evolución de la enfermedad fue vertiginosa. Dos años más tarde ni siquiera podía desempeñar trabajos de apoyo en tareas administrativas.
En 1920 los médicos que la trataron en Milán no ocultaron el mal pronóstico. Regresó a Vercelli y continúo empeorando. Su día a día comenzó a ser el lecho. Aprisionada en él por intensísimo dolor, agradecía a Dios la posibilidad de unir sus padecimientos a Cristo Redentor. Comprendió que así como la vocación nos sitúa en el calvario, por la enfermedad estamos en la cruz con Cristo. De modo que el lecho debe considerarse como un altar en el que la persona que sufre se inmola y se deja sacrificar llevada de su amor, siempre y cuando cumpla el requisito de «sufrir santamente», haciéndolo además con «dignidad, amor, dulzura y fortaleza».
Buscando salida para su penoso estado, la llevaron a Lourdes en 1922 y un año más tarde le administraron el sacramento de la Unción. El 25 de febrero de 1923, celebración de la novena aparición de la Virgen de Lourdes, al tomar un sorbo de agua de la gruta con gran esfuerzo y dolor, se sintió instada a levantarse en medio de una locución divina que provenía de María: «¡Levántate!». En ese momento recobró la salud. No es difícil imaginar el impacto del hecho en toda la comunidad ante un episodio milagroso que atribuyó a María. Estaba presta a morir, pero la voluntad de Dios había sido otra.
Después fue trasladada a la prisión de San Vittore. «La vocación no me hace santa, se decía, pero me impone el deber de trabajar para conseguirlo». Poseía un espíritu luminoso, así como la suficiente madurez y fortaleza para vivir en aquel lugar. Su escuela había sido el sufrimiento. Por eso comprendió y supo acoger a tanto deshecho humano como halló en el penal. Sufrir, orar (también junto a las reclusas), trabajar ejercitando la caridad por amor a Cristo sin descanso, fue el día a día de este apóstol que se ganó el respeto, confianza y cariño de los presos. Ellos la denominaron el «ángel» y la «mamma» de San Vittore. En 1939 fue nombrada superiora de la comunidad. Durante la Guerra Mundial la cárcel fue tomada por los nazis, y se jugó la vida defendiendo y rescatando de la muerte a los judíos y presos políticos que iban a ser gaseados en los campos de exterminio.
En 1944 las SS interceptaron un mensaje de una reclusa. Enrichetta fue acusada y apresada. Gravitando sobre ella la condena a muerte, oraba en su celda en acto de gratitud. Con la intervención del arzobispo de Milán, monseñor Schuster, a través de Mussolini se condonó su pena, pero fue enviada a Bérgamo a un centro de enfermos mentales. De allí partió a Brescia, y escribió sus memorias por obediencia. En 1945 regresó a San Vittore conduciendo al camino de la conversión a muchos, como a la peligrosa convicta de múltiple asesinato Rina (Caterina) Fort. En septiembre de 1950 sufrió una funesta caída en la calle, y no se recuperó. Murió el 23 de noviembre de 1951. Fue beatificada por Benedicto XVI el 26 de junio de 2011.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Lecturas
Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él.
Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán.
Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra.
Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.
A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Mirad: El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén.
Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»
En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: - «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: - «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? »
Pilato replicó: - «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: - «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: - «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: - «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
Palabra del Señor.
Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.
Homilía
El evangelio de hoy nos ofrece el diálogo entre Pilato, representante del Impero Romano, el más poderoso entonces de la tierra, y Jesús, un reo a punto de ser condenado, que se presenta como
“testigo de la verdad”.
El primero ostenta el gobierno absoluto y la facultad decidir lo que convenga.
Sus súbditos desperdigados por el mundo avalan su mando y le respaldan con su poderoso ejército; el segundo, en cambio, sólo cuenta con su palabra para defenderse de las acusaciones que se alegan contra él y un grupo desarmado de hombres y mujeres pacíficos, que aceptan su mensaje, la desproporción de fuerzas entre ambos es abismal.
No lo es tal si analizamos la historia humana y comprobamos cómo los grandes Imperios e ideologías que han dominado el mundo durante muchas décadas han ido desapareciendo uno tras otro y desmembrándose en pequeñas naciones.
Los pocos reyes que perduran en la actualidad, salvo alguna excepción, carecen de poderes legislativos, ejecutivos y judiciales.
Actúan como Jefes de Estado y Embajadores de sus respectivos países para ser factores de unidad y aglutinar sentimientos y voluntades en pos del bien común.
El mando está en manos de los gobiernos elegidos por el pueblo (democracias) o de dictaduras.
En cualquier caso, los poderes establecidos en el mundo persiguen objetivos distintos a los que propone Jesús, porque la justicia termina siendo una palabra huera en labios de los magistrados, la libertad, una utopía (nunca hemos estado más vigilados por tierra, mar y aire), la paz se confunde con el orden social y la verdad, que debiera ser el portaestandarte de la ley, pocos la quieren escuchar.
Echemos una ojeada a los periódicos y a los distintos medios audiovisuales, escuchemos a nuestros parlamentarios y saquemos conclusiones.
Prevalece la ideología de partido o la opinión del que paga por encima del servicio al pueblo.
La política se convierte así en una oportunidad para medrar a costa de los sufridos ciudadanos, que ven impotentes cómo son atropellados sus derechos y se quedan perplejos ante los casos de corrupción entre gente de confianza, a quienes creían ejemplo de honradez.
Hay muchos que confunden el bien y el mal, acostumbrados al “todo vale”, a “mi vida es mía y nadie tiene que llamarme la atención” o “hago con mi cuerpo lo que quiero”.
Hace varios años que el relativismo moral vaga a sus anchas, amparado en la sociedad del consumo y del bienestar, que deja a Dios de lado y coloca al Ego como el único “Absoluto” y digno de ser adorado y glorificado.
De esta manera, la sociedad será útil mientras me beneficie, el matrimonio una institución de conveniencia, de uso a la carta, y la familia un refugio para curar nuestras enfermedades y camuflar nuestras carencias, porque, en el fondo necesitamos ser amados.
Nadie, en su sano juicio, puede aceptar esta pérdida de valores sin sentirse interpelado por la decadencia de las buenas costumbres y el crecimiento de la mentira como forma habitual de relacionarse.
Sea lo que fuere, en algún momento hemos de plantearnos el sentido último de nuestra existencia, el por qué y para qué estamos en este mundo y cuál es nuestra misión.
Jesús, al contestarle a Pilato que “Mi Reino no es de este mundo” nos introduce en una dinámica nueva ajena totalmente al poder, al dinero y a la gloria, que son las supremas aspiraciones del mundo.
Nada más lejos de la realidad.
El mismo Jesús, en su oración sacerdotal, pide al Padre
Por tanto, la misión de todo seguidor de Jesús es combatir el mal de la sociedad en que vivimos con las armas del amor, las únicas capaces de transformar las instituciones y convertir los corazones.
Necesitamos esa regeneración que nos lleve a retornar a Dios y a respetar la dignidad humana, tantas veces agredida por políticas destructivas e intereses creados de las multinacionales económicas.
Está claro que, desde algunas esferas, no interesa que se oiga la voz de la Iglesia ni que se inmiscuya en asuntos de orden social.
Quieren relegar a los cristianos al silencio de las catacumbas y al reducto de los templos para así evitar su influencia entre los pobres y excluidos de los circuitos económicos.
Pero el Reino de Jesús no pertenece a los sistemas injustos de este mundo, pues no ha venido a disputar el trono a ningún adversario.
Su Reinado entra de lleno en aquellos que, desde una opción libre, escogen seguirle defendiendo la justicia, la solidaridad, la paz, la convivencia fraterna, el servicio desinteresado y ese cúmulo de virtudes pocos aireadas, pero imprescindibles para la implantación de su Reino, en el que los pobres son los primeros destinatarios
Pilato se levanta de su asiento después de preguntar a Jesús qué es la verdad.
No aguarda a escuchar su respuesta; quizás por miedo a que condicione su decisión.
¿Buscamos esa verdad liberadora que nos obliga a ser voz de los que no tienen voz y a enfrentarnos a los vocingleros que la profanan o adulteran con frases demagógicas que el pueblo quiere oír?
He aquí un interrogante para desterrar la mentira y la codicia, porque con ellas como compañeras de viaje no construiremos nada verdaderamente humano.
“testigo de la verdad”.
El primero ostenta el gobierno absoluto y la facultad decidir lo que convenga.
Sus súbditos desperdigados por el mundo avalan su mando y le respaldan con su poderoso ejército; el segundo, en cambio, sólo cuenta con su palabra para defenderse de las acusaciones que se alegan contra él y un grupo desarmado de hombres y mujeres pacíficos, que aceptan su mensaje, la desproporción de fuerzas entre ambos es abismal.
No lo es tal si analizamos la historia humana y comprobamos cómo los grandes Imperios e ideologías que han dominado el mundo durante muchas décadas han ido desapareciendo uno tras otro y desmembrándose en pequeñas naciones.
Los pocos reyes que perduran en la actualidad, salvo alguna excepción, carecen de poderes legislativos, ejecutivos y judiciales.
Actúan como Jefes de Estado y Embajadores de sus respectivos países para ser factores de unidad y aglutinar sentimientos y voluntades en pos del bien común.
El mando está en manos de los gobiernos elegidos por el pueblo (democracias) o de dictaduras.
En cualquier caso, los poderes establecidos en el mundo persiguen objetivos distintos a los que propone Jesús, porque la justicia termina siendo una palabra huera en labios de los magistrados, la libertad, una utopía (nunca hemos estado más vigilados por tierra, mar y aire), la paz se confunde con el orden social y la verdad, que debiera ser el portaestandarte de la ley, pocos la quieren escuchar.
Echemos una ojeada a los periódicos y a los distintos medios audiovisuales, escuchemos a nuestros parlamentarios y saquemos conclusiones.
¿Quién escucha a quién?
Prevalece la ideología de partido o la opinión del que paga por encima del servicio al pueblo.
La política se convierte así en una oportunidad para medrar a costa de los sufridos ciudadanos, que ven impotentes cómo son atropellados sus derechos y se quedan perplejos ante los casos de corrupción entre gente de confianza, a quienes creían ejemplo de honradez.
¿Qué nos ocurre?
¿Por qué hemos llegado hasta límites tan bajos en la moral pública?
Hay muchos que confunden el bien y el mal, acostumbrados al “todo vale”, a “mi vida es mía y nadie tiene que llamarme la atención” o “hago con mi cuerpo lo que quiero”.
Hace varios años que el relativismo moral vaga a sus anchas, amparado en la sociedad del consumo y del bienestar, que deja a Dios de lado y coloca al Ego como el único “Absoluto” y digno de ser adorado y glorificado.
De esta manera, la sociedad será útil mientras me beneficie, el matrimonio una institución de conveniencia, de uso a la carta, y la familia un refugio para curar nuestras enfermedades y camuflar nuestras carencias, porque, en el fondo necesitamos ser amados.
Nadie, en su sano juicio, puede aceptar esta pérdida de valores sin sentirse interpelado por la decadencia de las buenas costumbres y el crecimiento de la mentira como forma habitual de relacionarse.
Sea lo que fuere, en algún momento hemos de plantearnos el sentido último de nuestra existencia, el por qué y para qué estamos en este mundo y cuál es nuestra misión.
Jesús, al contestarle a Pilato que “Mi Reino no es de este mundo” nos introduce en una dinámica nueva ajena totalmente al poder, al dinero y a la gloria, que son las supremas aspiraciones del mundo.
¿Hemos de interpretar las palabras de Jesús como una desafección a todo lo del mundo?
Nada más lejos de la realidad.
El mismo Jesús, en su oración sacerdotal, pide al Padre
“que no saque a sus discípulos del mundo, sino que los preserve del mal”
(Juan 17, 15).
Por tanto, la misión de todo seguidor de Jesús es combatir el mal de la sociedad en que vivimos con las armas del amor, las únicas capaces de transformar las instituciones y convertir los corazones.
Necesitamos esa regeneración que nos lleve a retornar a Dios y a respetar la dignidad humana, tantas veces agredida por políticas destructivas e intereses creados de las multinacionales económicas.
Está claro que, desde algunas esferas, no interesa que se oiga la voz de la Iglesia ni que se inmiscuya en asuntos de orden social.
Quieren relegar a los cristianos al silencio de las catacumbas y al reducto de los templos para así evitar su influencia entre los pobres y excluidos de los circuitos económicos.
Pero el Reino de Jesús no pertenece a los sistemas injustos de este mundo, pues no ha venido a disputar el trono a ningún adversario.
Su Reinado entra de lleno en aquellos que, desde una opción libre, escogen seguirle defendiendo la justicia, la solidaridad, la paz, la convivencia fraterna, el servicio desinteresado y ese cúmulo de virtudes pocos aireadas, pero imprescindibles para la implantación de su Reino, en el que los pobres son los primeros destinatarios
Pilato se levanta de su asiento después de preguntar a Jesús qué es la verdad.
No aguarda a escuchar su respuesta; quizás por miedo a que condicione su decisión.
¿Buscamos esa verdad liberadora que nos obliga a ser voz de los que no tienen voz y a enfrentarnos a los vocingleros que la profanan o adulteran con frases demagógicas que el pueblo quiere oír?
He aquí un interrogante para desterrar la mentira y la codicia, porque con ellas como compañeras de viaje no construiremos nada verdaderamente humano.
El papa Francisco respondía así a una periodista que le entrevistó el pasado 9 de Octubre para dilucidar el papel político de la Santa Sede:
“Debemos cuidar de quienes no tienen siquiera lo mínimo imprescindible y comenzar a emprender reformas estructurales que favorezcan un mundo más justo.
Renunciar al egoísmo y la codicia para que todos vivan un poco mejor”.
Pues “manos a la obra”.
Ser discípulos suyos equivale a ser testigos de la verdad.
Algo bien difícil en un contexto pasota y antirreligioso, pero merece la pena sacrificarse por el Reino de los Cielos.
Cristo nos aguarda en él.
“Debemos cuidar de quienes no tienen siquiera lo mínimo imprescindible y comenzar a emprender reformas estructurales que favorezcan un mundo más justo.
Renunciar al egoísmo y la codicia para que todos vivan un poco mejor”.
¿Creemos que Jesús es “el alfa y la omega… el soberano de todo”?
(Apocalipsis 1, 8).
¿Creemos que “su dominio es eterno y que su reino no tiene fin”?
(Daniel 7,14).
Pues “manos a la obra”.
Ser discípulos suyos equivale a ser testigos de la verdad.
Algo bien difícil en un contexto pasota y antirreligioso, pero merece la pena sacrificarse por el Reino de los Cielos.
Cristo nos aguarda en él.
San Pedro Esqueda Ramírez
«Mártir mexicano. Un ejemplo de abandono en las manos de Dios, joven sacerdote generosamente entregado a su misión, y por ello ajusticiado con saña»
Nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, México, el 29 de abril de 1887. Sus padres Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez ignoraban que habían traído al mundo a una persona auténtica, valiente, que sería testigo de Cristo ante el mundo. Con escasos recursos económicos, la familia vivía alumbrada por la fe que recibió el muchacho, y que se ocupó de acrecentar con la gracia divina. Por eso, la conocida expresión «estamos en manos de Dios» que frecuentemente se formula cuando la incertidumbre ante un futuro incierto hace acto de presencia, sean cuales sean las razones, no fue para él un comentario lacónico, una especie de comodín verbal sin más pretensiones, como tantas veces ocurre. Este joven intrépido y valeroso sostuvo rigurosamente esta convicción, con la hondura que encierra de absoluta confianza en la voluntad divina, en el instante más álgido de su corta existencia.
Su temprana vinculación a la parroquia como niño de coro y monaguillo despertó su vocación al sacerdocio. Su expediente académico era impecable. Responsable y aplicado en sus estudios, siempre cosechando buenas notas, hicieron de él un alumno modélico para Piedad y Pedro, dos de sus profesores y directores de los centros en los que se educó. En esa infancia enriquecida por la piedad, y saludablemente gozosa, se habituó a rezar el rosario. Erigía altares en los que simulaba estar oficiando misa, el sueño que alimentaba en su espíritu.
Tenía 15 años cuando ingresó en el seminario auxiliar de San Julián, dejando el incipiente trabajo en una zapatería, porque su padre juzgó conveniente que iniciase la carrera eclesiástica. Allí siguió mostrando sus cualidades para el estudio que eran tan solo un matiz de las muchas que le adornaban. En el seminario permaneció recibiendo formación hasta que las autoridades federales determinaron cerrarlo en 1914. No había podido ser ordenado, pero era ya diácono, y al regresar a su ciudad natal actuó como tal en la parroquia hasta que en 1916, después de haber completado estudios en el seminario de Guadalajara, se convirtió en sacerdote. Recibió el sacramento a finales de ese año en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad. A continuación fue designado vicario de la parroquia en la que trabajaba. En ella permaneció hasta su muerte; once años de intensa actividad pastoral, dando lo mejor de sí. Dinamizó la vida apostólica con una excelente labor catequética que tenía como objetivo a los niños, a la par que impulsaba la asociación Cruzada Eucarística llevado por su amor a la Eucaristía, devoción que, junto a la que profesaba a la Virgen, extendió entre los fieles. De la Eucaristía extraía su fortaleza y aliento. Fue también un ángel de bondad para los pobres.
Las fuerzas gubernamentales en una feroz campaña anticlerical habían dictado orden de persecución, y las buenas gentes del pueblo intentaron convencer a Pedro para que huyese a otro lugar. Sólo aceptó refugiarse de manera provisional en algunos lugares siempre cercanos a los fieles, a quienes de ese modo seguía atendiendo pastoralmente. Los sacerdotes y religiosos que han derramado su sangre por Cristo y su Iglesia en medio de conflictos políticos fueron caritativos y se caracterizaron por la libertad evangélica. No tuvieron acepción de personas, ni militaron en bandos determinados. Arraigados en Cristo se desvivían por las necesidades de sus fieles, con independencia de sus ideologías. Así era Pedro.
Al inicio de noviembre de 1927 buscó refugio en Jalostotitlán, Jalisco. Pero regresó a San Juan llevado por su amor a los feligreses que en ningún caso deseaba dejar desasistidos. Se alojó en el hospital del Sagrado Corazón. El pueblo quería a ese sacerdote que habían visto crecer entre ellos, pero temían a las represalias de las autoridades si le daban cobijo; por eso, a veces algunas personas no le franquearon la puerta de sus moradas. Sin embargo, la gran mayoría no ocultaba su preocupación por su destino. Y las anfitrionas de una casa en la que fue acogido, le rogaron seriamente que escapara. Pero Pedro no estaba dispuesto a ello, y dando testimonio de su gran fe, decía: «Dios me trajo, en Dios confío». Este sentimiento, que reiteró ante otros vecinos, en ningún modo puede ser espontáneo cuando la vida está en peligro; estaba asentado en un corazón orante firmemente clavado en el corazón del Padre, abierto a su gracia.
Fue detenido el 18 de noviembre de ese año 1927. En un mísero y oscuro cuartucho sufrió pacientemente la fiereza de los azotes y otras crueldades que le ocasionaron la fractura de uno de sus brazos; por ello los federales no pudieron verle expirar en la hoguera, como habían previsto. Pero sin duda, el tormento más doloroso fue ver profanados ante sí los objetos sagrados, destruidos los ornamentos y saqueado el archivo parroquial. Una cruel e infame tortura para un hombre de Dios, una persona inocente que lo único que perseguía era amar a Cristo y a los demás. Las incesantes vejaciones martiriales duraron hasta el 22 de noviembre. Maniatado y lleno de heridas le obligaron a subir por sí mismo a un árbol. Allí fue tiroteado sin piedad por un alto oficial que vertió en él su torrente de ira al ver que no podía sostenerse en la pira que habían dispuesto para ajusticiarlo prendiendo fuego al árbol en cuestión. Camino de su particular calvario, envuelto en un heroico silencio, dejó su testamento de fidelidad a la catequesis y al evangelio en unos niños que se acercaron a él. Juan Pablo II lo canonizó el 21 de mayo del 2000.
Nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, México, el 29 de abril de 1887. Sus padres Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez ignoraban que habían traído al mundo a una persona auténtica, valiente, que sería testigo de Cristo ante el mundo. Con escasos recursos económicos, la familia vivía alumbrada por la fe que recibió el muchacho, y que se ocupó de acrecentar con la gracia divina. Por eso, la conocida expresión «estamos en manos de Dios» que frecuentemente se formula cuando la incertidumbre ante un futuro incierto hace acto de presencia, sean cuales sean las razones, no fue para él un comentario lacónico, una especie de comodín verbal sin más pretensiones, como tantas veces ocurre. Este joven intrépido y valeroso sostuvo rigurosamente esta convicción, con la hondura que encierra de absoluta confianza en la voluntad divina, en el instante más álgido de su corta existencia.
Su temprana vinculación a la parroquia como niño de coro y monaguillo despertó su vocación al sacerdocio. Su expediente académico era impecable. Responsable y aplicado en sus estudios, siempre cosechando buenas notas, hicieron de él un alumno modélico para Piedad y Pedro, dos de sus profesores y directores de los centros en los que se educó. En esa infancia enriquecida por la piedad, y saludablemente gozosa, se habituó a rezar el rosario. Erigía altares en los que simulaba estar oficiando misa, el sueño que alimentaba en su espíritu.
Tenía 15 años cuando ingresó en el seminario auxiliar de San Julián, dejando el incipiente trabajo en una zapatería, porque su padre juzgó conveniente que iniciase la carrera eclesiástica. Allí siguió mostrando sus cualidades para el estudio que eran tan solo un matiz de las muchas que le adornaban. En el seminario permaneció recibiendo formación hasta que las autoridades federales determinaron cerrarlo en 1914. No había podido ser ordenado, pero era ya diácono, y al regresar a su ciudad natal actuó como tal en la parroquia hasta que en 1916, después de haber completado estudios en el seminario de Guadalajara, se convirtió en sacerdote. Recibió el sacramento a finales de ese año en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad. A continuación fue designado vicario de la parroquia en la que trabajaba. En ella permaneció hasta su muerte; once años de intensa actividad pastoral, dando lo mejor de sí. Dinamizó la vida apostólica con una excelente labor catequética que tenía como objetivo a los niños, a la par que impulsaba la asociación Cruzada Eucarística llevado por su amor a la Eucaristía, devoción que, junto a la que profesaba a la Virgen, extendió entre los fieles. De la Eucaristía extraía su fortaleza y aliento. Fue también un ángel de bondad para los pobres.
Las fuerzas gubernamentales en una feroz campaña anticlerical habían dictado orden de persecución, y las buenas gentes del pueblo intentaron convencer a Pedro para que huyese a otro lugar. Sólo aceptó refugiarse de manera provisional en algunos lugares siempre cercanos a los fieles, a quienes de ese modo seguía atendiendo pastoralmente. Los sacerdotes y religiosos que han derramado su sangre por Cristo y su Iglesia en medio de conflictos políticos fueron caritativos y se caracterizaron por la libertad evangélica. No tuvieron acepción de personas, ni militaron en bandos determinados. Arraigados en Cristo se desvivían por las necesidades de sus fieles, con independencia de sus ideologías. Así era Pedro.
Al inicio de noviembre de 1927 buscó refugio en Jalostotitlán, Jalisco. Pero regresó a San Juan llevado por su amor a los feligreses que en ningún caso deseaba dejar desasistidos. Se alojó en el hospital del Sagrado Corazón. El pueblo quería a ese sacerdote que habían visto crecer entre ellos, pero temían a las represalias de las autoridades si le daban cobijo; por eso, a veces algunas personas no le franquearon la puerta de sus moradas. Sin embargo, la gran mayoría no ocultaba su preocupación por su destino. Y las anfitrionas de una casa en la que fue acogido, le rogaron seriamente que escapara. Pero Pedro no estaba dispuesto a ello, y dando testimonio de su gran fe, decía: «Dios me trajo, en Dios confío». Este sentimiento, que reiteró ante otros vecinos, en ningún modo puede ser espontáneo cuando la vida está en peligro; estaba asentado en un corazón orante firmemente clavado en el corazón del Padre, abierto a su gracia.
Fue detenido el 18 de noviembre de ese año 1927. En un mísero y oscuro cuartucho sufrió pacientemente la fiereza de los azotes y otras crueldades que le ocasionaron la fractura de uno de sus brazos; por ello los federales no pudieron verle expirar en la hoguera, como habían previsto. Pero sin duda, el tormento más doloroso fue ver profanados ante sí los objetos sagrados, destruidos los ornamentos y saqueado el archivo parroquial. Una cruel e infame tortura para un hombre de Dios, una persona inocente que lo único que perseguía era amar a Cristo y a los demás. Las incesantes vejaciones martiriales duraron hasta el 22 de noviembre. Maniatado y lleno de heridas le obligaron a subir por sí mismo a un árbol. Allí fue tiroteado sin piedad por un alto oficial que vertió en él su torrente de ira al ver que no podía sostenerse en la pira que habían dispuesto para ajusticiarlo prendiendo fuego al árbol en cuestión. Camino de su particular calvario, envuelto en un heroico silencio, dejó su testamento de fidelidad a la catequesis y al evangelio en unos niños que se acercaron a él. Juan Pablo II lo canonizó el 21 de mayo del 2000.
sábado, 21 de noviembre de 2015
Lecturas
En aquellos días, el rey Antioco recorría las provincias del norte, cuando se enteró de que en Persia habla una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas dejadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, que habla sido el primer rey de Grecia.
Antioco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle.
Antioco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado.
Entonces llegó a Persia un mensajero, con la noticia de que la expedición militar contra Judá había fracasado:
Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos, y el enorme botín de los campamentos saqueados, habían derribado el arca sacrílega construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y lo mismo en Betsur, ciudad que pertenecía al rey.
Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama con una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería.
Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. Pensó que se moría, llamó a todos sus grandes y les dijo:
-«El sueño ha huido de mis ojos; me siento abrumado de pena y me digo: “ ¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso! “ Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera. »
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
-«Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó:
-«En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»
Intervinieron unos escribas:
-«Bien dicho, Maestro.»
Y no se atrevían a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
Presentación de la Virgen María
Una niña sube gozosa la alta escalinata; arriba, el sacerdote de barba venerable, adornada la cabeza con la mitra de dos cuernos, extiende solícito las manos y sonríe acogedor; detrás de él, la puerta se abre para dejar ver a dos servidores curiosos; y en el fondo, junto a un árbol, fijos los ojos en los pequeños que ascienden penosamente por las gradas de mármol deslumbrante, guarnecidas de bronce, la anciana madre, de frente arrugada, donde se posa un gesto de pena contenida. Así representaron nuestros imagineros en los retablos de las iglesias el momento en que María, dejando el regazo de la casa paterna, fue a encerrarse entre los muros sagrados del templo de Salomón.
Sirviendo al templo, hilando el efod del sumo sacerdote, cosiendo los velos del altar, limpiando los vasos de las ofrendas, limpiando los mosaicos del pavimento, pasaban los mejores años de su vida muchas hijas de Israel. Allí conoció Joyada, el sumo sacerdote, a Josabeth, su esposa; allí creció Ana la profetisa, sintiendo germinar en su alma misteriosos presentimientos de redención, y allí la hija de Fanuel, cuando declinaba su vida, cuando ya empezaba a pensar que había esperado en vano, vio llegar a aquella niña graciosa, parienta del buen sacerdote Zacarías. Jamás ojos tan puros habían mirado aquellos pórticos majestuosos; jamás los atrios del Señor se habían alegrado con tan dulce sonrisa. Tal vez ya desde entonces la vieja sacerdotisa, erudita de ritos mosaicos y sabedora de sagrados textos, al ver aquel lirio primaveral de los jardines de Nazareth, recordó las palabras del salmista, que parecían próximas a realizarse: «Escucha, hija, y mira, e inclina el oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque el Rey ha deseado tu hermosura.» Si es que ennoblecía ya al mundo aquella criatura «que Dios tuvo en su presencia antes de criar cosa alguna, cuando no existían los abismos, ni habían brotado las fuentes de las aguas, ni se alzaba la mole de los montes, ni sobre ellos se extendían los cielos, ni estaban asentados los cimientos de la tierra»; si esa criatura había nacido ya, era seguramente aquella niña tan dulce, tan pura, tan graciosa, que pisaba los umbrales del lugar sagrado con aquel amoroso respeto de Moisés delante de la zarza ardiente. Como el lirio entre las espinas, así era ella entre sus compañeras. Tal vez ya entonces les hacía aquella pregunta que pone en sus labios la santa liturgia: «Por las cabras y los cervatillos de los montes os conjuro, hijas de Jerusalén, que me digáis si habéis visto al Amado, porque muero de amor.»
María le buscaba sin cesar, le descubría jubilosa y le adoraba humilde en aquellos muros santificados por la presencia de Yahvé, en aquellas prescripciones alegóricas del ceremonial mosaico, en aquellos textos misteriosos que cantaban los salmistas y comentaban los doctores de la ley; en las palabras inspiradas del anciano Simeón y en los discursos del grande Hillel, el prestigio más grande de la ciencia israelítica. Todo allí le hablaba del Mesías, del más hermoso de los hijos de los hombres, de aquel cuyo nombre es admirable. Y su pequeño corazón en llamas, se unía a Él, le llamaba con ansias inenarrables, y sin saber que iba a ser su Madre se hacia ya su esposa. «Como el manzano entre los árboles de la selva, así es mi Amado entre los hijos de los hombres... Las flores aparecieron en nuestra tierra; ya ha llegado el tiempo de la poda; la paloma ha exhalado su gemido y las viñas floridas dieron su olor.» Palabras como éstas hacían vibrar aquel ser, poniendo delante de él sueños maravillosos que no tardarían en convertirse en realidades, y la joven nazarena encendía la hoguera de su amor y consumía la llama de su vida en anhelos prodigiosos que alborozaban su carne virginal, pero que su humildad miraba con terror.
Noches de meditación abrasada, días de trabajo abnegado, ímpetus incontenibles, súbitas iluminaciones, palabras como luces en la penumbra de un silencio recatado, gracia, obediencia, amor y trabajo, esta fue la vida de María durante aquellos años en que, delante de Dios, se prepara a recibir el gran mensaje. El Evangelio nada dice de aquella doncellez consagrada al servicio del Templo. Pero nos lo dice la tradición. La recogen los evangelios apócrifos en los primeros tiempos del cristianismo, y ya en el siglo VI cantaba el poeta bizantino: «El templo purísimo, el tesoro sagrado de la divina gloria, la mansa oveja, la virgen inestimable, llega hoy a la casa del Señor; la gracia del Espíritu va con ella, los ángeles cantan su gloria: es el tabernáculo de los Cielos. Recíbela, dice Ana al gran sacerdote, guárdala con cuidado, ponía en lo más profundo del santuario inaccesible, porque es el fruto de mis oraciones, es el don de Odonaí, es el tabernáculo del Altísimo.»
Sirviendo al templo, hilando el efod del sumo sacerdote, cosiendo los velos del altar, limpiando los vasos de las ofrendas, limpiando los mosaicos del pavimento, pasaban los mejores años de su vida muchas hijas de Israel. Allí conoció Joyada, el sumo sacerdote, a Josabeth, su esposa; allí creció Ana la profetisa, sintiendo germinar en su alma misteriosos presentimientos de redención, y allí la hija de Fanuel, cuando declinaba su vida, cuando ya empezaba a pensar que había esperado en vano, vio llegar a aquella niña graciosa, parienta del buen sacerdote Zacarías. Jamás ojos tan puros habían mirado aquellos pórticos majestuosos; jamás los atrios del Señor se habían alegrado con tan dulce sonrisa. Tal vez ya desde entonces la vieja sacerdotisa, erudita de ritos mosaicos y sabedora de sagrados textos, al ver aquel lirio primaveral de los jardines de Nazareth, recordó las palabras del salmista, que parecían próximas a realizarse: «Escucha, hija, y mira, e inclina el oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque el Rey ha deseado tu hermosura.» Si es que ennoblecía ya al mundo aquella criatura «que Dios tuvo en su presencia antes de criar cosa alguna, cuando no existían los abismos, ni habían brotado las fuentes de las aguas, ni se alzaba la mole de los montes, ni sobre ellos se extendían los cielos, ni estaban asentados los cimientos de la tierra»; si esa criatura había nacido ya, era seguramente aquella niña tan dulce, tan pura, tan graciosa, que pisaba los umbrales del lugar sagrado con aquel amoroso respeto de Moisés delante de la zarza ardiente. Como el lirio entre las espinas, así era ella entre sus compañeras. Tal vez ya entonces les hacía aquella pregunta que pone en sus labios la santa liturgia: «Por las cabras y los cervatillos de los montes os conjuro, hijas de Jerusalén, que me digáis si habéis visto al Amado, porque muero de amor.»
María le buscaba sin cesar, le descubría jubilosa y le adoraba humilde en aquellos muros santificados por la presencia de Yahvé, en aquellas prescripciones alegóricas del ceremonial mosaico, en aquellos textos misteriosos que cantaban los salmistas y comentaban los doctores de la ley; en las palabras inspiradas del anciano Simeón y en los discursos del grande Hillel, el prestigio más grande de la ciencia israelítica. Todo allí le hablaba del Mesías, del más hermoso de los hijos de los hombres, de aquel cuyo nombre es admirable. Y su pequeño corazón en llamas, se unía a Él, le llamaba con ansias inenarrables, y sin saber que iba a ser su Madre se hacia ya su esposa. «Como el manzano entre los árboles de la selva, así es mi Amado entre los hijos de los hombres... Las flores aparecieron en nuestra tierra; ya ha llegado el tiempo de la poda; la paloma ha exhalado su gemido y las viñas floridas dieron su olor.» Palabras como éstas hacían vibrar aquel ser, poniendo delante de él sueños maravillosos que no tardarían en convertirse en realidades, y la joven nazarena encendía la hoguera de su amor y consumía la llama de su vida en anhelos prodigiosos que alborozaban su carne virginal, pero que su humildad miraba con terror.
Noches de meditación abrasada, días de trabajo abnegado, ímpetus incontenibles, súbitas iluminaciones, palabras como luces en la penumbra de un silencio recatado, gracia, obediencia, amor y trabajo, esta fue la vida de María durante aquellos años en que, delante de Dios, se prepara a recibir el gran mensaje. El Evangelio nada dice de aquella doncellez consagrada al servicio del Templo. Pero nos lo dice la tradición. La recogen los evangelios apócrifos en los primeros tiempos del cristianismo, y ya en el siglo VI cantaba el poeta bizantino: «El templo purísimo, el tesoro sagrado de la divina gloria, la mansa oveja, la virgen inestimable, llega hoy a la casa del Señor; la gracia del Espíritu va con ella, los ángeles cantan su gloria: es el tabernáculo de los Cielos. Recíbela, dice Ana al gran sacerdote, guárdala con cuidado, ponía en lo más profundo del santuario inaccesible, porque es el fruto de mis oraciones, es el don de Odonaí, es el tabernáculo del Altísimo.»
viernes, 20 de noviembre de 2015
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