domingo, 26 de julio de 2015

Homilía


El relato del evangelio según San Juan sobre la multiplicación de los panes y los peces se parece mucho al del segundo libro de los Reyes, que escuchamos en la primera lectura.

El profeta Eliseo reparte veinte panes de cebada entre cien personas; Jesús reparte cinco panes y dos peces entre cinco mil hombres.

Todos se saciaron y sobró.

“El Señor es justo y bondadoso en todos sus caminos, da la comida a su tiempo a cuantos le están aguardando, y de su mano comerán y sobrará”

Son palabras tomadas de la primera lectura y del salmo responsorial.

La providencia de Dios resplandece sobre la totalidad del pueblo.

La liturgia de hoy abunda en generosidad gratuita.

Todo empieza con la escucha de La Palabra y la atención que la gente presta a los signos de Jesús, a quien siguen como a un profeta.

Jesús nos sorprende de nuevo, rompiendo todos los esquemas y formas de pensar habituales en los humanos.

Se preocupa de lo que le pasa a la gente, se compadece de sus carencias y trata de aliviar sus necesidades.

No hace demagogia ni busca privilegios, lavado de imagen o el halago de las multitudes enfervorizadas y fanatizadas.

Tampoco persigue el poder y la gloria.

Huye de los aduladores y de los aprovechados, pero se regocija con la colaboración de los sencillos y reclama su aportación como “coartada” para actuar y paliar el hambre.

Esta es también la forma de actuar de Dios, siempre a partir de las prestaciones humanas.

Comenzará su obra salvadora desde las entrañas de una Virgen, con su consentimiento previo, y terminará solicitando a sus Apóstoles que se desperdiguen por el mundo predicando el evangelio para hacerse él presente.

No quiere un reino temporal ni su estilo se define desde una estructura de poder.

Sirve y después se esconde, abandonado a la oración y el silencio.

Dirá ante Pilato que su Reino no es al estilo de este mundo.

Pero Pilato no lo entenderá.

Tampoco nosotros, acostumbrados a movernos por otros parámetros.

Cuánto deberíamos aprender del comportamiento sencillo de Jesús, sobre todo si echamos una mirada a nuestro alrededor y examinamos los turbios intereses en que nos movemos buena parte de los hombres.

Nos atrincheramos en la ambición, rendimos culto a la adulación y al chantaje, con tal de “trepar” y cosechar cotas de influencia, aunque carezcamos de competencia y preparación adecuada para el ejercicio del poder.

Lo que importa es estar arriba, sea al precio que sea, y después actuar con engaños y mentiras mediáticas para mantener al pueblo dócil y arrodillado.

El tirano de turno, si es necesario, utilizará la violencia, ajeno a los gritos de dolor del pueblo, a sus aspiraciones de justicia y a su libertad y dignidad.

También dentro de nuestra Iglesia pecamos de dureza en el ejercicio de la autoridad y de triunfalismos y cultos a la personalidad, que no prometen nada bueno.

No nos llama Jesús para ir de triunfadors por la vida.

El sino del verdadero cristiano está en confundirse en el largo pelotón de los llamados buenos, los que mantienen coherencia en sus ideales y obran con honestidad; los que no se dejan comprar al mejor postor ni buscan el oportunismo ventajista en pos de los vientos más favorables y guardando la ropa de cara al futuro, por si acaso cambian las coyunturas sociales.

Sienten esa llamada los que son sensibles ante las injusticias y defienden con ardor la causa del pobre y del oprimido.

Con estas premisas, cuando la persona rinde culto a Dios en vez de a los hombres, va construyendo el Reino de Dios, que es el único motivo de gloria y de triunfo.

Y rendir culto a Dios significa compartir nuestra vida y nuestros bienes.

Nunca tuvo el mundo tantas posibilidades, como en la actualidad, para alimentar a los hambrientos, a pesar de que se haya multiplicado su población.

Si más de la mitad de la humanidad pasa graves necesidades materiales es por la mala distribución de la riqueza y por el aumento de los gastos superfluos.

Resulta vergonzoso, y es un pecado grave por el que seremos juzgados, que una parte importante de los presupuestos de los países se vayan en gastos militares, que acentúan las tensiones entre los pueblos y no contribuyen a una distensión pacífica.

Con tan sólo un 5% de los presupuestos militares sería suficiente para cubrir las necesidades básicas del Tercer Mundo.

Sin embargo, los gobiernos continúan aumentando sus gastos de defensa, desoyendo las amonestaciones del Concilio Vaticano II:

“La carrera de armamentos es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable” (Gaudium et Spes).

El evangelio de hoy acaba con las multitudes aclamando a Jesús como rey, impresionadas por lo que habían visto y experimentado.

Pero Jesús huye de la tentación del poder y sugiere a la gente la existencia de otro alimento no perecedero: el pan que lleva a la vida eterna.

Lo rechazarán, porque es más fácil dejarse llevar por el brillo y ventajas de la inmediatez que por compromisos estables de solidaridad y entrega, que implican a toda la persona y la llevan por aventuras más altruistas.

Seguimos sin aprender la lección de Jesús. Pero, bueno será que tomemos conciencia de nuestras necesidades profundas y nos fijemos en su ejemplo.

Un noble inglés le debía un favor a un agricultor, y fue a visitarlo para recompensarle.
- No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice —respondió el agricultor, rechazando la oferta.

En ese momento, el hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
- ¿Es ese su hijo? preguntó el noble.
- Si, respondió el agricultor lleno de orgullo.
- Le voy a proponer un trato: Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación.
Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.

El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo, el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina.

Algunos años después, el hijo del noble inglés cayó enfermo de pulmonía. ¿Qué lo salvó? La penicilina.

El nombre del noble inglés era Randolph Churchill.
Su hijo se llamaba Sir Winston Churchill”.

San Joaquín y Santa Ana

Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada. Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús. Por otra parte, el hecho de que tantas veces encontremos representaciones pictóricas y escultóricas alusivas a los primeros años de María, quien aparece reclinada en los brazos de su madre, Santa Ana, y a escenas de la vida pastoril de San Joaquín, a quien se presenta como padre de María, lo mismo en mosaicos bizantinos del Monte Athos que en tablas de la escuela valenciana o castellana, atestigua la raigambre y el favor de que ha gozado en la cristiandad la piadosa tradición que hace a San Joaquín y Santa Ana padres de María y abuelos de Jesús.

Dicha tradición fue recopilada en la Edad Media por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, quienes se encargaron de difundirla por el Occidente, pero ya en el siglo VI había sido aceptada oficialmente por la Iglesia oriental, refrendada como estaba por escritos venerables, cuya antigüedad llega a remontar el siglo II. En todos los datos que dicha tradición recoge acerca de la vida de San Joaquín descansa un fondo de verosimilitud que no puede ser turbado por el carácter apócrifo de los documentos escritos en que están contenidos. Pero ellos no constituyen, naturalmente, un cimiento inconmovible, sobre el que se pueda edificar históricamente la vida del augusto abuelo de Jesús, junto al nombre comúnmente aceptado de Joaquín (que significa el hombre a quien Yahvé levanta), se encuentran otros más raros como Cleofás, Jonachir y Sadoch, que no son sino variantes sin importancia de los documentos escritos. Una curiosa tradición retransmitida por los cruzados hace nacer a San Joaquín en Séforis, pequeña ciudad de Galilea. Otros dicen que fue Nazaret su ciudad natal. San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia. Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido. Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sido notificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta. Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios. Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

escrito por Aurelio de Santos Otero

SANTA ANA

(Antiguo Testamento) Empecemos por afirmar que nada sabemos sobre la santa madre de la Virgen María, Nuestra Señora. Nada rigurosamente histórico. Los cuatro, evangelios canónicos, con su sobriedad característica, guardan absoluto silencio sobre los padres de María. Ni siquiera sus nombres nos han transmitido.

Si algo queremos saber acerca de ellos tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. En estos escritos —no reconocidos por la Iglesia como revelados— resulta difícil entresacar la verdad del error, aunque bien pudiera ser que gracias a ellos haya llegado hasta nosotros algún dato auténtico silenciado por los cuatro evangelistas. Así, pues, con ingenua sencillez de niños, escuchemos lo que los apócrifos nos han transmitido acerca de la santa mujer que mereció ser la madre de Nuestra Señora y la abuela de Nuestro Señor.

Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros:

"¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Y sus padres regresaron, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Sin duda, nosotros habríamos deseado saber algo más. Pero, aunque esbozada apenas, es una encantadora y admirable figura de mujer la que se adivina en esos breves trazos.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"

Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

La crítica moderna está de acuerdo en negar todo fundamento histórico al episodio de la presentación de María al Templo. La costumbre, afirmada por los apócrifos, según la cual los primogénitos, varones y hembras, pertenecían a Dios y debían ser educados en el Templo hasta su pubertad, no existió, en realidad, en Israel. Los primogénitos eran, en efecto, consagrados al Señor, pero rescatados en el acto mediante una ofrenda. Los padres los tomaban de nuevo consigo y eran educados en el seno del hogar. Claramente nos cuenta San Lucas cómo se hizo con el Niño Jesús. Así, pues, Dios no pidió este sacrificio a la bendita madre de la Virgen María. Pudo Ana guardar a su hija junto a sí, verla crecer sobre sus rodillas, tener el gozo de educarla, disfrutar de su presencia hasta su muerte. Breve sería, sin embargo, su felicidad: de los Evangelios se desprende que María era ya huérfana en el momento de sus esponsales con José, hacia sus quince años.

Dios no pidió a Ana el sacrificio de la separación. Pero le impuso otro sin duda mayor: la dejó en una total ignorancia de su gloriosa misión. Si consideramos la estricta sobriedad de las revelaciones hechas a la propia Madre del Salvador, tendremos que dar por descontado que nunca supo Ana que su Hija era una criatura única, excepcional; nunca supo qué Nieto iba a tener de Ella. No bajó un ángel para revelarle el prodigio que se había realizado en su seno: la concepción sin mancha del único ser humano exento del pecado de Adán (aparte Jesucristo, Hombre-Dios).

La separación física de su hija, unas leguas más o menos de distancia entre las dos, habrían significado muy poco para Ana si, al dejarla en el Templo, la hubiera sabido inmaculada, llena de gracia, futura Madre de Dios. Fue el desconocimiento de estas grandezas lo que abrió lejanías insondables entre madre e hija. Estar tan cerca del misterio, rozar ya los días tan suspirados de la redención, ser ella misma una pieza tan importante en la precisión del engranaje divino —¡abuela de Dios!— y no tener de ello conocimiento, ¿no es acaso una privación mucho más dura que la impuesta a Moisés, al que se permitió, por lo menos, entrever la Tierra Prometida en la que no iba a poder entrar?

Ana se convierte así en una figura singularmente atractiva, amable y consoladora para cuantos, al trasponer el umbral de la vejez, se sienten de pronto invadidos por la penosa impresión de haber vivido una vida inútil, carente de sentido. Es entonces cuando puede ser alentador el recuerdo de Ana, de su vida obscura, sin trascendencia aparente, en contraste con la altísima misión que estaba cumpliendo sin saberlo. "¿Quién sabe a lo que uno está destinado? —dice el padre Faber—. Nuestra misión es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado; porque las misiones son cosas divinas, ocultas por lo regular, y se cumplen sin que tengamos conciencia de ellas," Así fue en el caso de Ana.

Hay almas tan completamente entregadas a Dios, tan fieles y tan sencillas, que la Providencia sabe muy bien que puede disponer de ellas sin contar con su consentimiento previo. Almas en estado de disponibilidad total: Dios no tiene por qué molestarse en darles explicaciones. De las tales, Ana es una buena muestra.

Bueno es vivir ignorado de los demás, pero es mucho más seguro todavía ignorarse a sí mismo. Que la santa abuela de Jesús nos haga comprender la segura belleza de su obscuro camino.

sábado, 25 de julio de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó:
-«¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron:
-«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos.
Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Hermanos:
El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.
Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros.
Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
-¿«Qué deseas?»
Ella contestó:
-«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó:
-«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? »
Contestaron:
-«Lo somos.»
Él les dijo:
-«Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
-«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Palabra del Señor.

San Cristóbal

Aguerrido y asaz petulante es el mozo. Sueña con aventuras y se ha propuesto no cejar en el empeño. Sabe que tiene buen porte y anda muy pagado de su figura gentil. Tan airosa es su facha que, andando los siglos, se leerá en el himno antiguo del Breviario Toledano: "Elegans statura, mente elegantior, —Visu fulgens, corde vibrans,— Et capillis rutilans" (Lindo talle, de mejor entendimiento —ojos alegres, corazón ardiente—, y de cabellos rubios rutilantes). Pero el mozo no conoce aún la Luz verdadera y sólo para mientes en sus ansias de gloria.

Se le conoce por varios nombres. Offero, Réprobo, Relicto y Adócimo. Por todos ellos responde el joven, muy pagado de su alcurnia y su linaje. Porque es el unigénito, y primogénito de un rey cananeo, cuya esposa veía transcurrir su vida sin descendencia. Su nacimiento le ha costado muchas lágrimas y muchos rezos.

 Relicto —el nombre más usual en sus biografías— ha visto la luz primera en tierra cananea. Acaso en Tiro, acaso en Sidón. Ambas se disputan la supremacía de la Tierra de Promisión, dada por Dios hace muchos años a los hijos de Israel, en premio a los inmensos trabajos que padecieron por espacio de cuatro centurias uncidos a la tiranía de los faraones.

 Ambas ciudades envuelven su cuna en leyendas mitológicas, y de ellas habla la Biblia en sus primeros libros. El Génesis (10, 19) designa a Sidón ya con este nombre, y en el libro de Josué (11, 8) Tiro pasa por ser una plaza fuerte.

 Ambas asimismo rivalizaron en importancia y lucharon con denuedo para irrogarse la supremacía del mar, detentada a la postre por Tiro, madre de ciudades, como Hipona y Cartago, en Africa del Norte.

 Las dos aportaron la madera incorruptible de los famosos cedros para el Templo que Salomón levantara a Yahvé, el Dios único. Hiram, rey de Tiro, había recibido del más sabio de los hijos de los hombres apremiante mensaje: "Quiero edificar a Yahvé, mi Dios, una casa como se lo manifestó Yahvé a mi padre David, diciendo: "Tu hijo al que pondré yo en tu lugar sobre tu trono, edificará una casa a mi nombre". "¡Manda, pues, cortar para mí cedros en el Líbano; mis siervos se unirán a los tuyos, y yo te daré lo que tú me pidas, pues bien sabes que no hay entre nosotros quien sepa labrar la madera como los sidonios".

 Hiram contestó: "He oído lo que has mandado a decir. Haré lo que me pides en cuanto a la madera de cedros y cipreses. Mis siervos los bajarán del Líbano al mar y yo los haré llegar en balsas, hasta el lugar que tú me digas. Allí se desatarán y tú los tomaras, y cumplirás mi deseo proveyendo de víveres mi casa" (3 Reg. 5).

 Por "el país de Tiro y de Sidón" pasó Jesús derramando mercedes. "Señor, hijo de David, ten lástima de mi: mi hija es cruelmente atormentada del demonio" (Mt. 15, 22), oyó el Maestro en estas tierras, cuyos habitantes supieron de la majestad omnipotente del Hijo de Dios y merecieron sus palabras de consuelo y esperanza "¡Ay de ti, Corozain!, ¡ay de ti, Betsaida!, que si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han obrado en vosotras, tiempo ha que habrían hecho penitencia, cubiertas de ceniza y de cilicio. Por tanto, os digo que Tiro y Sidón serán menos rigurosamente tratadas en el día del juicio que vosotras."

 Mas la historia no cuenta para Relicto, quien sólo piensa en aventuras y en oropeles. ¿Le empujan acaso los soberbios bajeles que el mozo contempla en el puerto de Tiro o en el de Sidón, y con los cuales ambas ciudades siguen manteniendo su hegemonía marítima, heredada de siglos, por el Mediterráneo? ¿O quizá su noble alcurnia, pues se sabe hijo de un rey o virrey, con poder y con súbditos? Tal vez su noble facha y gigantesca robustez. "Era además —escribe uno de sus biógrafos— de enorme robustez, hercúlea fuerza y de tan apuesta y agradable figura, noble aspecto y disposición en su persona, que atraía a sí los ojos de cuantos le miraban".

 Para su sed de glorias, espoleada por su noble porte, Relicto pone su espada al servicio del rey. Pero un rey poderoso, no el que rige aquellos territorios. El apuesto mozo toma a deshonra servir a un monarca corto de talla y de glorias. ¿Cómo Relicto, de estatura gentil, de ojos ardientes y de cabellos rubios, valeroso y aguerrido, gigante membrudo, puede rendir su espada invicta ante un insignificante reyezuelo?

 "Púsose a considerar su elegante estatura, sus extraordinarias fuerzas, su corazón animoso, su valor tan celebrado, y, hallándose sirviendo a un rey cananeo, que, a la cuenta, o no era de mucha fama, o tenía cortas prendas para la corona, se desdeñó de servir como vasallo humilde a quien sólo le excedía en la fortuna del cetro, Pues muchas veces concedió la fortuna (en fin, como ciega y loca) las reales insignias a muchos que aun para ser mandados eran indignos. Y si abandonamos el fabuloso nombre de la fortuna, pues los cristianos no reconocemos fortuna fabulosa, sino decretos y permisiones de la divina Providencia, tal vez concedió Su Majestad el cetro a quien era indigno del trono porque no merecían los pueblos otra cosa que sus culpas, y no es éste el menor testigo de la ira, pues siente mucho el súbdito el golpe del azote cuando viene por mano del que debe ser en la república, no tirano, sino padre".

 No quería el mozo mandar, sino ser mandado. Ansiaba sólo servir, pero buscaba rey que fuese digno de ser servido. "Soy discreto —pensaba—, robusto, galán, entendido, valeroso, y ¿he de sujetarme a quien considero indigno de mandar?"

 Así, pues, deja Relicto aquellos lugares donde transcurriera su niñez y se pone en camino a la busca del rey mayor de la tierra. Tropiézase con Gordiano, emperador de Roma, empeñado a la sazón en lucha tenaz contra los persas.

 Admiróse el monarca de la prócer estatura del nuevo soldado, enamoróse de su bizarría y se aficionó al valor que demostraba.

 Llegado hasta el rey, Relicto habló sin miedo y sin tacha: "Yo, oh rey soberano, busco al mayor rey de la tierra, al rey de la mayor fama; no por interés villano de riquezas y hacienda, sino sólo por la noble codicia de honra y fama, que mis prendas, mi valor, mi gigantesca estatura, no son para servir a reyes pequeños, sino para emplearse en servicio del mayor rey del mundo. Yo allá, en Caná, servía a mi rey; mas me pareció que a un rey pigmeo no debía servir un soldado gigante. Sediento de triunfos, busqué al mayor rey de la tierra, y oí decir que a esta hora tú eras en la tierra el rey más famoso. Por eso dejé aquel rey y vengo a servirte a ti; porque ya que mi estrella me conduce a servir como vasallo, sólo he de servir al que es el mayor rey del mundo".

 Pagóse el rey de la libertad de la respuesta, o "acaso por la lisonja de oírle decir que era celebrado en la tierra por el rey mayor; que este pestilente aire de la lisonja suena, mejor que en otros, en los reales oídos. Facilísimamente pasa al pecho, que es un cebo muy dulce, y gana tanto la voluntad que pocas veces se le cierran las puertas del corazón.

 Entra Relicto a formar parte de las tropas del rey, y tanto es su valor y tanta su destreza en el combate, que el monarca lo tiene junto a sí en los momentos de peligro.

 Y, cuando vuelven las banderas victoriosas, el monarca abre sus salones a la alegría del triunfo. Relicto asiste a la fiesta, y contempla con asombro que el rey palidece cuando uno de los juglares exalta el poder de Satán.

 "Luego Satán es más poderoso que mi rey —piensa Relicto—. He de ponerme a su servicio."

 "Relicto no era el primero ni el último hombre que entre los de su estirpe creyeran en Satán, el antagonista del hombre, el príncipe de este mundo; le concebía como encarnado y real, y como a tal le seguía".

 Sale Relicto al encuentro de Satán, "el rey más poderoso de la tierra". Únese a su cortejo, presto a desenvainar la espada tan pronto el enemigo haga acto de presencia. Gran algarabía reina en los ejércitos de Satán. Mas Relicto observa que todos palidecen cuando divisan una cruz en el camino. Satán ordena un largo rodeo. El soldado se extraña.

 —¿No viste una cruz que estaba en el camino real? —responde malhumorado Satán a las preguntas del gigante.

 —La divisé, como todos los demás.

 —Pues sabe que sólo por no pasar junto a ella me aparté del camino, aunque conocía la grave molestia que se le seguía a mis gentes.

 —Pues, ¿qué mal te hace aquella cruz? ¿Es más que un palo? ¿Es más que un madero? Yo paso junto a ella sin susto —respondió, desdeñoso, Relicto.

 —Esa cruz que has visto es insignia de un capital enemigo mío, que se llama Cristo. Un hombre que, por malhechor, ha muerto crucificado en esa cruz.

 —¿Qué Señor es ése que tanta virtud da desde esa señal que ella sola llena tu pecho de pavor?

 Satán permanecía callado. No quería confesar su derrota. Relicto insistía.

 —¿No dices que ya murió en esa cruz? Pues, ¿qué te asusta, si ya perdió la vida?

 Ante el mutismo de Satán, Relicto toma una decisión tajante.

 —"Yo voy a buscar a este Cristo, que es, sin duda, más poderoso que Satán."

 "Con qué suavidad, oh Cristóbal! —exclama fray Tomas Monzón—, te va llevando hacia sí la gracia. Ya da luz a tus pasos para que sigas la dicha. Y más acelerados fueran si este enemigo te hubiera dicho también que Cristo había muerto en esa cruz por ti, por sacarte de su tiranía y redimirte de la esclavitud de la culpa; pero ya lo vas conociendo, y veremos cómo diste pasos tan gigantes que desquitaste todo el tiempo perdido, sacando ventaja en la carrera a muchos que lo conocieron con más tiempo".

 Ya tenemos a Cristóbal soldado de Cristo, "El joven licencioso, pagano, que recorre el mundo en busca de la felicidad, pero está preocupado de hallar la verdad y acallar su conciencia, que le reprende sus extravíos, ha encontrado el verdadero camino, la auténtica dicha."

 La leyenda esmaltó con bellas narraciones la vida del gigantesco soldado de Cristo. Resulta complicado y harto difícil discernir la fantasía de la verdad. La gran popularidad de San Cristóbal, perpetuada en copiosa iconografía, desparramada por todo el mundo, contribuyó poderosamente a la exaltación de tales gestas, basadas en hechos reales, pero salpicadas con fuertes dosis de imaginación.

 No puede negarse la existencia del mártir. "Fue —afirma el padre Cascón— más que suficientemente probada por el jesuita Nicolás Serario en su tratado sobre las letanías (Litaneutici) (Colonia 1609), y por Molanus en su Historia de las pinturas e imágenes sagradas (De picturis et imaginibus sacris) (Lovaina 1570)."

 La corroboran "los testimonios de los Bolandos, críticos eclesiásticos cuya misión es examinar los documentos relacionados con los santos, especialmente de los primeros tiempos, para depurarlos de lo que en ellos haya podido mezclarse de legendario, reduciendo la tradición a los límites lógicos que, como fuente de la historia, pueden admitirse".

 La patentizan los martirológios y misales antiguos, y el breviario mozárabe, en los que se alude a la existencia de Cristóbal, "mártir de Cristo bajo el reinado de Decio, emperador", y "en Licia, San Cristóbal, mártir, el cual en el imperio de Decio, deshecho con varillas de hierro y librado, por virtud de Cristo, de la voracidad de las llamas, finalmente acribillado a saetas y cortada la cabeza, consumó el martirio".

 El Martirologio da el 25 de julio como fecha de la muerte de Cristóbal, en cuyo día la Iglesia proclama el triunfo del Santo. Por coincidir la efemérides con la festividad de Santiago, Patrón de España, se traslada la conmemoración del martirio de San Cristóbal al 10 del mismo mes, en memoria de un singular prodigio acaecido en Valencia.

 Dan fe, por último, las numerosas reliquias del mártir, desperdigadas por España. Se asegura que en el año 258, poco después de su martirio, fueron traídas a nuestra Patria las reliquias del mártir. Un brazo se conserva en Santiago de Compostela, una mandíbula en Astorga, y Toledo y Valencia poseen asimismo otras reliquias venerandas del insigne soldado de Cristo.

 ¡Cristóbal, soldado de Cristo! Ya sirve a un Señor, que a nadie teme y de todos es temido. Ha muerto en la cruz, ante la que tiembla Satán y ante la que se arrodilla humilde un viejo ermitaño.

 —Decidme, hermano, ¿dónde he de encontrar a ese Cristo, Rey más poderoso que todos los pasados? —pregunta, sumiso, el arrogante soldado al eremita.

 —¿Para qué queréis hallarlo?

 —Con ánimo resuelto de servirle.

 "Regocijóse en extremo el siervo de Dios con la ocasión tan buena que se le venía a las manos, conociendo que el Señor se la enviaba para que ilustrase aquel ciego entendimiento con las luces de la fe, transformando aquel corazón bruto en un diamante peregrino que pudiese servir de anillo en la divina mano".

 Déjase Relicto instruir por el ermitaño, quien va descubriéndole los misterios de la fe verdadera.

 —¿Cómo he de servir a mi nuevo Señor? —ínstale Relicto.

 —Con la oración y el ayuno.

 —No sé rezar.

 —Ayuna entonces.

 —¿No ves mi corpulenta estatura? He de comer más que los otros para mantenerme.

 —Sírvele entonces con tu estatura y tu fuerza. Ayuda a vadear el torrente a los caminantes que lo precisen.

 Relicto obedece al ermitaño. Su cuerpo gigantesco transporta a nado sobre sus hombros a los que no se atreven a vadear el peligroso río.

 De esta guisa comenzó el nuevo soldado de Cristo a servir a su Señor. Hasta que un día divisó un niño bien pequeño en la misma ribera del río. Preguntóle qué deseaba y el pequeño le respondió que le pasase a la otra orilla. Tomóle Relicto y se lo puso al hombro, teniendo por cosa de juguete el peso.

 Dejemos a uno de los biógrafos narrarnos el milagroso hecho, cuya autenticidad no parece probada, pero que, sin embargo, inspiró la iconografía del Santo más difundida desde el Medievo.

 "Cristóbal entró animoso al río con su báculo, como jugueteando con las ondas; pero a pocos lances conoció que aquel alto bajel se iba a pique, arrebatado de la furia de la corriente. Crecían las aguas, entumecíanse las olas; procuraba cortarlas valiente, haciendo en la arena pie firme; por nada le valía, porque el pequeño Niño que llevaba en sus hombros tanto le abrumaba con el peso que si él mismo no le diera (aunque él no lo conocía) la mano, como a San Pedro, para librarle del naufragio, en ellas hubiera hallado Cristóbal su sepultura. Rendido, como sudando y gimiendo, salió a la orilla y puso (bien que admirado) al Niño en la arena, y le dijo al que imaginaba niño estas palabras: "¿Quién eres, Niño? En grande peligro me has puesto. Jamás me vi en riesgo de perder la vida, sino hoy, que te llevé sobre mi espalda. Las coléricas aguas aumentaban su enojo, y Tú ibas multiplicando el peso. No pesabas tanto al principio. ¿Quién eres, Niño, que tan en la mano tienes hacerte ligero o pesado? Creo que más pesas Tú que el mundo, pues éste no me acobardara con el peso, aunque me lo echara al hombro".

 Entonces Cristóbal oyó la respuesta que le abriría de par en par las puertas de la gracia y le señalaría el nombre que habría de adoptar en el bautismo.

 "Te llamarás Cristóforo, porque has llevado a Cristo sobre tus hombros. No te admires, Cristóbal, de que yo te pese más que el mundo, aunque me ves tan niño; porque peso yo más que el mundo entero. Yo soy de este mundo que dices, el único Criador; y así no sólo al mundo, sino al Criador del mundo, has tenido sobre tus hombros. Bien puedes gloriarte con el peso: Yo soy Cristo: Yo soy ese Señor que buscas: Ya hallaste lo que deseas, y a quien has servido tanto en estas obras piadosas, y, aunque sobra mi palabra para crédito de mi verdad, pues sólo porque yo lo digo tiene su firmeza la fe, ejecutaré un prodigio para que conozcas la grandeza de este Niño pequeño. Vuélvete a tu casa, no tienes ya que temer las olas. Fija en la tierra ese árido tronco que te sirve de báculo, que mañana le verás no sólo florido, sino coronado de frutos".

 Y el prodigio fue. A la mañana siguiente la estaca seca plantada en el suelo se había trocado en esbelta palmera cuajada de frutos.

 ¡Cristóbal, portador de Cristo! De cuatro maneras —observa monseñor Tihamer Toth— llevó el gigantesco soldado a su nuevo Señor. Sobre sus hombros, cuando el paso del río; en los labios, por la confesión y predicación de su nombre; en el corazón, por el amor, y en todo el cuerpo, por el martirio.

 Ya está preparado Cristóbal para recibir el bautismo. Se lo administra el santo patriarca Babilas en la basílica de Antioquía. Relicto cambia de nombre al profesar su fe en el Redentor. De aquí en adelante se llamará Cristóbal, es decir, portador de Cristo.

 Mas quien ha llevado una vez a Cristo sobre sus hombros ha de llevarlo siempre con su ejecutoria. De nuevo la tradición aporta una leyenda ejemplar y bellísima.

 "Allá en el siglo III de la Iglesia, a un valerosísimo cristiano, de real estirpe, le abofetea en la plaza pública un hombre de vilísima condición.

 El soldado le coge con sus puños de hierro. Le derriba en el suelo. Desenvaina la espada y la alza para darle el golpe de muerte.

 —¡Mátale, mátale! —grita el gentío que le rodea, indignado por la cobarde y desvergonzada acometida del injuriador...

 El soldado, como volviendo en sí, levanta los ojos al cielo, suelta a su ofensor, envaina la espada y dice:

 —Le mataría si no fuera cristiano.

 -¡Mátale! ¡Mátale! —le grita de nuevo el gentío.

 —¿Matarle? Le mataría si no fuera cristiano...".

 Aquel valerosísimo cristiano, de real estirpe, había recibido en el bautismo el nombre de Cristóbal.

 Mas los días de Cristóbal están ya contados. Su ardoroso celo en la predicación evangélica espolea sus ansias. Licia primero, Samos después, oyen su inflamado verbo y presencian la conversión de muchos gentiles.

 Y otra vez fue el prodigio. "En medio de la plaza de Samos se hallaba Cristóbal, a vista de todo el pueblo, arrastrados del prodigio de ver aquel monstruo (por tal le tenían) tan singular. Hablaba y predicaba; pero ni por señas le entendían. Lleváronle a la puerta donde residían los jueces; mas éstos tampoco alcanzaban los intentos de este hombre, porque ni él los entendía ni le entendían ellos, y así eran inútiles todos sus trabajos. No desconfió Cristóbal en medio de su aflicción; y si San Pablo dijo que todo lo podía en el Señor que le confortaba, lo mismo le sucedió a Cristóbal, pues, sabiendo que su Dueño era todopoderoso, y que dio lenguas a sus discípulos en el Cenáculo para que fuesen entendidos de diecisiete naciones distintas, hablando a cada uno en su particular idioma, conoció que aquí podía repetir el mismo prodigio, pues el mismo era su fin, que era predicarles la verdadera fe. Y así, en presencia de los mismos jueces, comenzó a clamar a Dios en oración tan fervorosa y humilde que, al verle todos con las rodillas en el suelo, clavados en el cielo los ojos, puestas las manos en el pecho, y que daba aquellas voces que nadie las entendía, los mismos jueces le volvieron como a loco las espaldas, dejándole como a tal por risa y escarnio del pueblo, que todo lo cercaba, o para ver el fin de aquel prodigio, o para entretenerse con el loco.

 Aquí fue donde en medio de la plaza plantó su báculo, y, haciendo breve oración a Dios, se vio convertido en palma por segunda vez, ejecutando Dios aquel milagro por que no tuviesen por loco al que les predicaba a Jesucristo. Mas presto conocieron el fruto de la oración, que ellos, como bárbaros, imaginaron locura. Porque no bien había concluido su oración, cuando la divina gracia le concedió el don de lenguas, y con el nuevo favor comenzó a predicar de Dios las maravillas".

 Llegó a oídos del rey Dagón el portentoso suceso, del que fuera protagonista uno de los cristianos, a quienes tenía ordenado por el emperador Decio su persecución y encarcelamiento. Mandó entonces el soberano soldados para que le prendieran, pero no se atrevieron y regresaron a palacio Sin Cristóbal. Enojóse sobremanera el monarca y redobló la guardia con la orden terminante de que condujesen a prisión al alborotador.

 Dejóse conducir Cristóbal maniatado, como vulgar facineroso, ante la presencia del reyezuelo, quien, colérico y enojado, preguntóle:

 —¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?

 —Soy cananeo. Mi nombre no es ahora el mismo que antes tenía. Antes me llamaba Réprobo, y bien decía mí nombre quién yo era, pues tales eran mis obras mientras ciego vivía, como vosotros, en las tinieblas de la gentilidad, que no sólo el nombre, sino todo yo era Réprobo, hijo del demonio, hijo de la perdición. Mas ahora me llamo Cristóbal, porque mí Señor es Cristo, Hijo de Dios verdadero.

 —¿Qué nombre es ése? —replicó el tirano, disimulando su enojo—. ¿Es posible que, siendo tú bizarro y generoso cananeo, te sujetes a la vil servidumbre de este Cristo? Ese Cristo no es más que un hombre, que, por ser engañoso y malhechor, le quitaron la vida en una cruz. ¿A quién podrá salvar ese hombre si no pudo salvarse a si mismo? Deja, cananeo, ese nombre de cristiano, y no seas encantador, como ellos. Mira que mis palabras no son sólo amenazas: te aseguro que serán obras, que apuraré los martirios y te daré mil muertes si no sacrificas luego a nuestros dioses.

 —Yo soy cristiano y adoro a Jesucristo —respondió con valentía Cristóbal—. A Jesucristo, a quien llevo en mi nombre, llamándome Cristóbal, gloriándome de Él como el apóstol San Pablo, pues le llevo en el nombre, en la boca y en el pecho. Pero tú te llamas Dagón, que quiere decir muerte, porque realmente eres muerte del mundo compañero del demonio; demonios son esos ídolos que adoras, hechuras de manos de hombres.

 Montó en cólera el tirano y escupióle indignado.

 —Bien se conoce que eres bárbaro cananeo. Bruto eres en el semblante, y de bruto son tus costumbres. Mamaste leche de fieras, y así de fieras son tus obras. No quiero gastar contigo mis palabras. Te mando que sacrifiques a nuestros dioses. Si lo haces te haré singulares honras, estarás a mi lado y serás de los principales de mi reino. Pero si no quieres sacrificar, sabe que infaliblemente has de morir y con los más rigurosos martirios.

 Vano empeño del tirano, quien vio sorprendido que ya algunos soldados de su escolta proclamaban en su presencia que eran cristianos. Indignado el reyezuelo, los mandó degollar y recluir a Cristóbal en el calabozo.

 De nuevo volvió a su intento Dagón. No se le ocultaba la extraordinaria importancia de que Cristóbal abjurase de sus creencias y sacrificase a los dioses. Preparó hábil estratagema. Niceta y Aquilina, dos cortesanas de vida licenciosa, visitarán a Cristóbal en la prisión y con halagos y seducciones le harán abjurar de su fe.

 Mas, al verlas, "levantóse con brío en pie Cristóbal, con un aspecto tan feroz que, al ver la severidad y enojo de su semblante, cayeron en tierra desmayadas las mujeres, creyendo que no tenía más término su vida que hablar Cristóbal la primera palabra, pues rayos son los que arrojan los santos, que quitan la vida a sus enemigos".

 Cayeron ambas en tierra, heridas por la gracia, y confesando sus muchas faltas y proclamando su arrepentimiento, imploraron de Cristóbal el perdón.

 Dióles ánimos el mártir para que públicamente confesasen a Cristo e increpasen al tirano por su maldad. Llegadas a presencia del rey, echáronle en cara su impiedad y perfidia y burláronse de los falsos dioses, cuyas estatuas arrojaron al suelo ante el asombro de la corte.

 Furioso el soberano, ordenó matar a las dos cortesanas, quienes, invocando el auxilio de Cristóbal y renovando su profesión de fe, entregaron sus almas al Creador en medio de crueles tormentos.

 "Así fueron las dos coronadas en el mismo día, glorificando a Jesucristo con los mismos cuerpos con que antes le ofendieron".

 Todo ello no sirvió más que para exasperar al rey, quien, fuera de sí, recapacitaba la forma de deshacerse de Cristóbal, a quien no podía vencer con halagos y vanas promesas.

 Estaban ya contados los días del invicto soldado de Cristo. Ansiaba Cristóbal seguir presto la suerte de las dos convertidas por su virtud y santidad, y ansiaba también el tirano desquitarse de la afrenta infligiendo al Santo nuevos y crueles martirios.

 Intentó de nuevo apartarle de la fe con el señuelo de honores y de glorias. Empeño vano. "Lo mismo era persuadirle que adorase sus dioses falsos y que mudase de propósitos, que enternecer una peña o ablandar un bronce", por lo que decidió darle muerte.

Mandó que lo azotasen con varillas de hierro, pero Cristóbal no cesaba de entonar himnos a Dios. Ordenó luego el tirano que le colocasen en la cabeza un casco de hierro al rojo vivo, cuyo tormento soportó el mártir con entereza, saliendo indemne de la dura prueba.

Desesperado el rey, dispuso que tendiesen a Cristóbal sobre una gigantesca parrilla, a fin de que fuese quemado a fuego lento. Mas las llamas respetaron el cuerpo del Santo y derritieron, en cambio, la parrilla.

Tanto prodigio exaspera al tirano, quien ve que la entereza de Cristóbal gana adeptos para la religión cristiana. Ordenó entonces que atasen el reo a un árbol y que cuatrocientos soldados disparasen sin cesar con sus arcos flechas hasta que el cuerpo de Cristóbal se rindiese. Mas Dios tenía dispuesto nuevo prodigio. Porque un día entero pasáronse los soldados arrojando flechas sin que ninguna diese en el blanco. Por el contrario, una de ellas clavóse en el ojo del monarca, quien quedó ciego.

La voz de Cristóbal resonó vibrante.

—Mi fin se aproxima. El Señor prepara ya mi corona; pero no la recibiré hasta mañana por la mañana. Hasta entonces no sanarás. Cuando la espada separe mi cabeza de mi cuerpo, unge tu ojo con mi sangre, mezclada con el polvo, y al punto quedarás sano. Entonces reconocerás quién te creó y quién te ha curado.

A la mañana siguiente, la espada del verdugo separa la cabeza del cuerpo de Cristóbal y el rey hace lo que el mártir le advirtiera. Al punto recobra la visión y, volviendo sus ojos a la verdadera fe, ordena a todos sus súbditos que adoren a Cristo y proscriban los dioses falsos.

Y Gualterio de Espira termina el relato del martirio afirmando que toda la nación siria se apresuró a cumplir el mandato del rey, más por los milagros de Cristóbal que por la orden del monarca.

Es San Cristóbal uno de los catorce santos auxiliadores de la humanidad por su acendrado amor a los hombres y a quienes los cristianos invocan con especial devoción en todas sus necesidades espirituales y materiales. Por haber llevado a Cristo sobre sus hombros, defendiendo al tierno Infante de ser arrastrado por las aguas, la cristiandad comenzó desde el Medievo a colocar su efigie en el interior de las catedrales para que su gigantesca figura ahuyentase a los perseguidores de la Iglesia y defendiese al propio tiempo los tesoros religiosos y artísticos guardados en el templo.

Los himnos litúrgicos proclaman desde muy antiguo la excelsa protección del soldado de Cristo a los caminantes, que no dudan en acogerse a tan excelso patronazgo, y pródiga es nuestra literatura —desde Gualterio de Espira hasta nuestros más modernos poetas, García Lorca y Antonio Machado, pasando por Cervantes— en inspirados cánticos al Patrono de los caminantes. No menos se hizo popular su efigie —siempre colosal y gigantesca, tomando por tema la tierna leyenda del transporte del Niño a través del torrente— que decora muchísimas catedrales y vigila los pasos de los automovilistas. Porque los que van sobre ruedas escogieron por Patrono a San Cristóbal, y cada día cobra mayor auge y esplendor la fiesta litúrgica y son cada vez mas numerosos los que acuden con sus coches a recibir la bendición del Santo, prenda segura de buenos augurios.

Como muestra de la tierna devoción de los caminantes a San Cristóbal recogemos la oración del automovilista, que a diario rezan muchos de los que han de sostener el volante entre sus manos:

"Dame, Dios mío, mano firme y mirada vigilante, para que a mi paso no cause daño a nadie. A Ti, Señor, que das la vida y la conservas, suplico humildemente guardes hoy la mía en todo instante. Libra, Señor, a quienes me acompañan de todo mal: choque, enfermedad, incendio o accidente. Enséñame a hacer uso también de mi coche para remedio de las necesidades ajenas. Haz, en fin, Señor, que no me arrastre el vértigo de la velocidad, y que, admirando la hermosura de este mundo, logre seguir y terminar mi camino con toda felicidad. Te lo pido, Señor, por los méritos e intercesión de San Cristóbal, nuestro Patrono. Amén."

La efigie del coloso soldado de Cristo, colocada en el automóvil o en el camión, habrá salvado más de una vez de peligro cierto a quienes le invocan con devoción y fe.

viernes, 24 de julio de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:
-«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen.
Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.
Fíjate en el sábado para santificado.
Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu
Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades.
Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos.
Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás testimonio falso contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»

Palabra del Señor.

Santa Cristina, mártir

Nació en Toscana, en la margen derecha del lago Bolsena, en un villorrio frecuentemente sacudido por elementos naturales y al mismo tiempo transformado por diversas culturas en el transcurso del tiempo.

Cristina es la hija de Urbano, gobernador pagano de la región y presentado por los libros antiguos como enemigo acérrimo de los cristianos. La niña se ha aficionado desde pequeña a aquello que cuentan de ese Cristo tan perseguido y maltratado; la curiosidad primera se cambia en pensamiento cuando descubre que son muchos los cristianos juzgados por su padre y condenados porque son fieles dispuestos a dar la vida por su ideal. Crece más y más la simpatía y a escondidas busca datos de unas señoras cristianas; la instruyen y la forman; se bautiza en secreto y toma el nombre de Cristiana.

Entre juego y travesura formal ha hecho algo que saca de quicio a su padre y será el motivo que la lleve al martirio; no se le ha ocurrido otra cosa que apañar las estatuillas de ídolos que su padre siempre ha conservado con esmero, casi como un patrimonio familiar, las ha tomado por suyas, las ha destrozado y ha dado el rico material de que estaban hechas a los pobres para remedio de su necesidad.

El padre ha descubierto su condición y lleno de ira, al notar la rebeldía de la niña, la trata con peores modos que a los demás cristianos. «No se ha de decir en el mundo que una niña me dio la ley, ni que estos hechiceros de cristianos triunfan de nuestros dioses en medio de mi propia familia. Yo veré si sus hechizos pueden más que mis tormentos y si la paciencia de una hija ha de hacer burla de la cólera de un padre». El gobernador manda usar con ella azotes y garfios admirándose de que Cristina persista en su actitud. Manda el desnaturalizado padre preparar un brasero ardiente para quemarla poco a poco; mas el brasero se hizo una hoguera que abrasó a los verdugos y a los curiosos cercanos. Puesta en la cárcel para que cambie por la lobreguez de la mazmorra, la oscuridad y el hambre; pero allí es consolada con luminosas apariciones de ángeles que le curan sus heridas y le prometen protección. El padre, a los pocos días, manda atarle al cuello una pesada piedra y arrojarla al lago; sin embargo, un ángel la transporta a la orilla. Esa noche muere de un sofoco Urbano en su cama.

Mandan las autoridades un nuevo gobernador que se siente estimulado a proseguir el asunto Cristina presumiendo que su padre, por padre, no supo solventarlo. Se llama Dion y ya piensa en nuevas crueldades: estanque de aceite hirviendo mezclado con pez del que la niña Cristina es liberada. Luego la manda llevar al templo de Apolo para obligarle a ofrecer sacrificio, pero, ante el asombro de todos, el ídolo se derrumba y se hace polvo ante el mismísimo gobernador que muere en el acto, ¡claro que los verdugos y miles de testigos presenciale, espantados, proclaman a gritos que es el de Cristina el único Dios!

El tercero de los gobernadores poderosos se llama Juliano quien, preocupado por el caso pendiente, lo ha estudiado con detenimiento llegando a la conclusión de que se trata de artificios, encantamientos y magia que todos los cristianos profesan. Por ello maquina nuevos procedimientos para hacer desistir a la niña Cristina de sus pertinaces rebeldías y conseguir que el poder romano y los dioses propicios terminen con la situación que ha puesto al borde del caos a la región. Mandó preparar un horno encendido donde mete a la niña para que el fuego la consuma; siete días la tiene allí sin conseguir que le suceda daño alguno. Luego será una habitación oscura plagada de serpientes, víboras y escorpiones venenosos de la que sale indemne y sin ningún picotazo, cantando alabanzas a Dios; la desesperación del mandatario llegó entonces al extremo de decretar cortarle la lengua, pero ¡oh prodigio! ahora canta más fuerte y mejor.

Y acude, arremolinándose, toda la comarca ante la contemplación evidente del triunfo que se comenta por todas partes de la debilidad cristiana ante la fortaleza y brutalidad romana. Basta un tronco caído en donde atan a la delicada niña para que las saetas atraviesen su cuerpo y ella decida, suplicándole al buen Dios, rendirle su espíritu con el martirio.

Dicen que sus restos se trasladaron de Toscana a Palermo de Sicilia donde es reverenciada.

¿Verosímil? Parece más bien como si la vida y la muerte martirial de Cristina hubiera servido de modelo para expresar la confrontación entre el bien y el mal, o, lo que es lo mismo, entre fe cristiana y paganismo, entre la frágil niña Cristina y la personalidad experimentada y abrumadora de tres hombres de gobierno sucesivos –el primero su propio padre– con el mismo común empeño de demostrar que ellos pueden más. Parece como si se tratara de exaltar en Cristina aquello que debe ser real en todo cristiano –la fe en su Cristo y la confianza sin límite en su ayuda constante–, mientras que los gobernadores representan la obstinación ciega que rechaza el poder cada vez más evidente, como in crescendo, de Dios. Los verdugos y el pueblo serían los testigos que en la narración van a testificar con sus reacciones –esas que se intuyen llenas de emoción compasiva– dónde está la verdad y lo grande que es el poder de Dios. Da la sensación de que la Passio que narra la muerte de Cristina intenta también cargar motivos veterotestamentarios en donde parecen inspirarse algunos hechos que se narran. El hecho histórico del martirio sería la ocasión que motiva la amplia catequesis. De todos modos, estas consideraciones más parecen próximas a la labor pasada de los bolandistas; pero, en el caso de que hubieran sido los hechos tal como expresa la Passio, nos quedaría el regusto de disfrutar el aroma extraño que desprende la fidelidad del débil a las exigencias amorosas divinas que no entienden de edades y que perduran más allá de la muerte.

jueves, 23 de julio de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

Palabra del Señor.

Beato Basilio Hopko

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Nació el 21 de abril de 1904 en Hrabské, pequeña localidad de la provincia de Bardejov (Eslovaquia). Sus padres eran campesinos pobres. Tuvo una infancia difícil: en 1905 su padre murió, a los veintiocho años. A causa de la pobreza, su madre se trasladó a Estados Unidos para trabajar. Basilio quedó encomendado primero a su abuelo y, desde los siete años, a uno de sus tíos maternos, sacerdote greco-católico.

En 1923 entró en el seminario de Presov. Realizó sus estudios teológicos en la Academia teológica greco-católica de esa ciudad. Antes de concluir los estudios, su madre le mandó dinero para que se fuera con ella a Estados Unidos, esperando que se ordenara sacerdote en la eparquía greco-católica de Pittsburgh, pero Basilio enfermó y tuvo que ser operado en Kosice. Para pagar a los médicos empleó el dinero que le había enviado su madre. "Todo ello sucedió por voluntad de Dios, pues el Señor quería que yo me quedara en mi patria", comentó posteriormente.

Recibió la ordenación sacerdotal el 3 de febrero de 1929 en Presov. Su primer ministerio lo realizó como administrador en la parroquia de Pakostov, preocupándose principalmente de los jóvenes, los obreros, los desempleados y los huérfanos. Fundó el Círculo de estudiantes greco-católicos y la Unión de la juventud greco-católica.

Luego, el obispo lo nombró primer párroco de una nueva parroquia en Praga. Allí se reunió de nuevo con su madre, que volvió de Estados Unidos después de veintidós años. Desde el 1 de septiembre de 1936 hasta el 31 de agosto de 1941 desempeñó el oficio de director espiritual en el seminario mayor de Presov. En abril de 1940 obtuvo el doctorado en teología. Desde el 1 de septiembre de 1941 fue secretario del obispo.

Realizó un ejemplar magisterio como profesor de teología pastoral y teología moral en la Facultad de teología de Presov desde 1943. Además, escribió numerosos artículos y varios libros. Fue el primer redactor de la revista Blahovistnik ("Mensajero del Evangelio") y en los años 1946-1949 contribuyó a la publicación de una serie de libros de espiritualidad.

Nombrado obispo auxiliar de Presov, recibió la ordenación episcopal el 11 de mayo de 1947 en la catedral.

Después de la segunda guerra mundial, Checoslovaquia quedó bajo el dominio del partido comunista, que preparó la eliminación violenta de la Iglesia greco-católica. En abril de 1950 el Estado la declaró ilegal. Monseñor Basilio fue arrestado el 18 de octubre de 1950. Fue sometido a crueles interrogatorios: no le permitían dormir; debía caminar continuamente, le daban poca comida..., a fin de debilitar su entereza. Querían que firmara una confesión de acusaciones inventadas contra él.

El 24 de octubre de 1951, después de más de un año de ese tipo de interrogatorios, fue condenado por el Tribunal del Estado a quince años de cárcel, una multa de veinte mil coronas checoslovacas, la pérdida de los derechos civiles durante diez años y la confiscación de todos los bienes. Así se inició el vía crucis del siervo de Dios por cárceles comunistas de Bratislava, Ilava, Leopoldov, Praga, Mírov y Valdice.

El 12 de mayo de 1964, en Valdice, por su mala salud y por buena conducta, lo dejaron en libertad condicional. Las autoridades comunistas no querían que se quedara en la zona oriental de Eslovaquia; por eso, lo obligaron a vivir durante cuatro años en una casa para sacerdotes ancianos en Osek (Bohemia septentrional), donde permaneció vigilado continuamente por la policía secreta.

Su estado de salud a consecuencia de las tribulaciones sufridas en las cárceles comunistas durante trece años, seis meses y veinticuatro días (hambre, frío, enfermedades...) era muy precario. Además de diversas enfermedades físicas, sufría depresiones psíquicas causadas por las torturas y los malos tratos. Tras su autopsia, se descubrió que sus verdugos lo habían envenenado progresivamente suministrándole pequeñas dosis de arsénico.

Cuando la Iglesia greco-católica, el 13 de junio de 1968, fue rehabilitada, recibiendo el permiso de reanudar su actividad, monseñor Basilio volvió a desempeñar la función de obispo auxiliar, a pesar de su mala salud.

Murió el 23 de julio de 1976 en Presov. Su proceso de beatificación fue incoado el año 1986 en la metropolía de Pittsburgh (Estados Unidos), y en 1989 pasó a la eparquía de Presov.

miércoles, 22 de julio de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:
-«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»
El Señor dijo a Moisés:
- «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios. “»
Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron:
- «¿Qué es esto?»
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:
-«Es el pan que el Señor os da de comer.»

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: -«Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta: - «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. »
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: -«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: - «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice: -«¡María!»
Ella se vuelve y le dice: -«¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice: -«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos: -«He visto al Señor y ha dicho esto.»

Palabra del Señor.