miércoles, 26 de septiembre de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



La palabra de Dios es acendrada, él es escudo para los que se refugian en él.
No añadas nada a sus palabras, porque te replicará y quedarás por mentiroso.
Dos cosas te he pedido; no me las niegues antes de morir: aleja de mi falsedad y mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo: «¿Quién es el Señor?»; no sea que, necesitando, robe y blasfeme el nombre de mi Dios.


En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
-«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. »
Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

Palabra del Señor.

SAN COSME Y SAN DAMIÁN Mártires

Traedme a esos hombres de la religión perversa de los cristianos—dijo el juez.

—Delante de tu tribunal los tienes—respondieron los escribanos.

—Decidme vuestro nombre, vuestra condición, vuestra religión y vuestra patria—añadió el magistrado, dirigiéndose a los reos.

—Somos de una ciudad de Arabia.

—Y ¿cómo os llamáis?

—Yo me llamo Cosme—respondió uno de ellos—- y el nombre de mi hermano es Damián. Descendemos de ilustre familia, y profesamos la Medicina.

—¿Y vuestra religión?

—La cristiana.

—Bueno—replicó el magistrado—; renunciad a vuestro Dios y sacrificad a los grandes dioses que fabricaron el Universo.

—Tus dioses son vanos—respondieron ellos—y puros simulacros; ni siquiera se les puede llamar hombres, sino demonios.

—Atadles de pies y manos—ordenó el juez—y dadles tormento hasta que sacrifiquen.

Mientras los verdugos destrozaban sus carnes, los mártires sonreían y decían al juez:

—Presidente, ya puedes atormentarnos con más diligencia, pues te advertimos que ni siquiera sentimos el dolor.

El origen árabe de los mártires y aquella resistencia en medio de los suplicios hicieron pensar al juez que se hallaba en presencia de dos magos, y, burlándose de ellos, les dijo:

—Enseñadme el arte de la magia, y comulgaré con vosotros.

—Síguenos en nombre del Señor—respondieron ellos.

Era natural que el gobernador se negase a seguirlos; pero desde este momento entramos en el reino de la imaginación. La leyenda popular se fundió con las actas proconsulares, poblándolas de fantásticas maravillas: los camellos hablan, los demonios manejan el látigo, las piedras se vuelven hacia los que las tiran, los hierros se rompen, el fuego refrigera y el mar se hace sólido. En realidad, ninguna de estas cosas es imposible; pero de hecho ya no sabemos más de San Cosme y San Damián. Cansado de su obstinación, el juez mandó que les cortasen la cabeza. En su historia, lo auténtico se mezcla con la fabuloso, y al leer las actas lo distinguimos con bastante facilidad. No nos sucede lo mismo con otros dos mártires que ayer mismo nos recordaba la hoja del calendario, y que el lector habrá visto, acaso con extrañeza, ausentes de este libro. San Cipriano y Santa Justina son los héroes de un relato novelesco que aparece por voz primera en el siglo IV y que repercutirá durante muchos siglos en la literatura universal. El lector piensa seguramente en El mágico prodigioso, de Calderón de la Barca, y en las aventuras de Fausto y Margarita. Pero ya a principios del siglo V novelaba, o, mejor, renovelaba el tema una emperatriz algo romántica de Bizancio, Eudoxia, mujer de Teodosio II. Si existió o no existió Santa Justina, es ya difícil averiguarlo; pero el otro protagonista de la leyenda era ya confundido, por Prudencio y San Gregorio de Nacianzo, con San Cipriano, el gran doctor, obispo y mártir de Cartago.

No sucede lo mismo con estos dos médicos famosos, tan venerados en todos los siglos cristianos. El principio de sus actas tiene el valor de lo auténtico, y el juez que los interrogó es un personaje histórico bien conocido. Se llamaba Lisias y pertenecía a la casta execrable de los Dacianos, los Ricciovaros y los Anulinos. Veinte años más tarde seguirá buscando cristianos, discutiendo con ellos, azotándolos y quemándolos. Ahora, a principios del reinado de Diocleciano, gobierna en Cilicia; y fue en Cilicia, en la ciudad de Egea, donde se encontró con los dos médicos árabes, para enviarlos a la muerte y darles la inmortalidad. El culto de los dos santos se extendió con increíble rapidez. Mirábaseles como a infalibles protectores contra toda enfermedad. Desde el Cielo seguían ejerciendo su profesión sobre los cuerpos y las almas. Desde Bizancio, su memoria se extiende por todo el Occidente, y llegan a ser tan populares, que sus nombres entran en el canon de la misa. Roma les consagra nueve basílicas. San Isidoro pone sus estatuas en el lugar preferente de su botica, y los españoles del siglo VII, cuando llega el 27 de septiembre, acuden a la iglesia en busca del ungüento milagroso que, bendecido por el sacerdote en nombre de San Cosme y San Damián, les libraría durante los años de pestes aéreas e influencias diabólicas.

martes, 25 de septiembre de 2012

Reflexión de hoy




Lecturas



El corazón del rey es una acequia en manos de Dios, la dirige adonde quiere.
Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones.
Practicar el derecho y la justicia Dios lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, mente ambiciosa, el pecado es el distintivo de los malvados.
Los planes del diligente traen ganancia, los del atolondrado traen indigencia.
Tesoros ganados por boca embustera son humo que se disipa y lazos mortales.
Afán del malvado es buscar el mal, no mira con piedad a su prójimo.
Cuando el cínico la paga, aprende el inexperto, pero el sensato aprende con la experiencia.
El honrado observa cómo la casa del malvado precipita al malvado en la ruina.
Quien cierra los oídos al clamor del necesitado no será escuchado cuando grite.


En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces lo avisaron:
-«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»
Él les contestó:
-«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Palabra del Señor.

San Vicente María Strambi

Nacido en Civitavecchia (Italia) en 1745, entró en la Congregación de los pasionistas (1769), poco despueacute;s de su ordenación sacerdotal (1767).

Eminente director espiritual, excelente misionero y excepcional catequista, recorrió la Italia central proclamando con fervor y competencia los tesoros que tenemos en Cristo y especialmente en su Pasión, título, además, de su mejor obra teológica publicada. Formador de los jóvenes pasionistas y Provincial, como Postulador de la causa del Fundador, publicó su biografía (1786), obra fundamental para el conocimiento de San Pablo de la Cruz.

Elegido obispo de Macerata y Tolentino (1801), promovió con su celo apostólico la reforma del clero y del pueblo, resplandeciendo, además, por su eximia caridad para con los pobres. En los movimientos revolucionarios de su tiempo, fue intrépido defensor de la libertad de la Iglesia, prefiriendo el exilio al ilícito juramento de fidelidad propuesto por Napoleón. Al renunciar a su sede episcopal (1823) fue llamado por León XII al Quirinal como su consejero, donde murió el 1 de enero de 1824, ofreciéndose a Dios en substitución del Papa, gravemente enfermo. Fue canonizado en 1950. Sus restos mortales descansan, desde 1957, en Macerata (Italia).

lunes, 24 de septiembre de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Hijo mío, no niegues un favor a quien lo necesita, si está en tu mano hacérselo.
Si tienes, no digas al prójimo: «Anda, vete; mañana te lo daré.»
No trames daños contra tu prójimo, mientras él vive confiado contigo; no pleitees con nadie sin motivo, si no te ha hecho daño; no envidies al violento, ni sigas su camino; porque el Señor aborrece al perverso, pero se confía a los hombres rectos; el Señor maldice la casa del malvado y bendice la morada del honrado; se burla de los burlones y concede su favor a los humildes; otorga honores a los sensatos y reserva baldón para los necios.


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz.
Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.
A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.»

Palabra del Señor.

Nuestra Señora de la Merced

Los últimos siglos de la Edad Media, el sur y el levante español estaban en poder de los árabes y con su vidas en vilo. El Mediterráneo estaba infestado de corsarios turcos y de sarracenos, y lo mismo atacaban a los barcos que desembarcaban en las costas y se llevaban cautivos a muchos.

La cautividad o esclavitud era una calamidad terrible de la humanidad. De cuando en cuando surgían almas generosas y se ponían a actuar. Un santo varón, el clérigo sevillano D. Fernando de Contreras, con la ayuda de la Loca del Sacramento, Doña Teresa Enríquez, y con el aliento de San Juan de Avila, fue una de esas almas generosas en favor de los cautivos.

Otra alma caritativa, suscitada por Dios, fue San Pedro Nolasco, de Barcelona, llamado el Cónsul de la Libertad. Rogaba insistentemente a la Virgen María y se preguntaba cómo poner remedio a tan triste situación.

Pronto empezó a actuar. Vendió cuanto tenía y empezó la compra y rescate de cautivos. La noche del 1 de agosto de 1218, estando Nolasco en oración, se le apareció la Virgen María, le animó en sus intentos y le transmitió el mandato de fundar la Orden Religiosa de la Merced para redención de cautivos. Pocos días después, Nolasco, ayudado por D. Jaime el Conquistador y el consejero real San Raimundo de Peñafort, cumplía el mandato. Los mercedarios se comprometían con un cuarto voto: quedarse como rehenes, si fuera necesario, para liberar a otros más débiles en la fe.

De este modo, a través de los miembros de la Nueva Orden, la Virgen María, Madre y Corredentora, Medianera de todas las gracias, aliviaría a sus hijos cautivos y a todos los que suspiraban a ella, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. A todos daría la merced de su favor.

La Virgen María será invocada desde ahora la advocación de la Merced, o más bello todavía en plural: Santa María de las Mercedes, indicando así la abundancia incontable de sus gracias. ¡Hermosa advocación y hermoso nombre el de Mercedes!

Santa María de las Mercedes concedería a sus hijos la merced de la liberación. Alfonso X el Sabio decía que "sacar a los hombres de captivo es cosa que place mucho a Dios, porque es obra de la Merced".

Bajo la protección de la Virgen de la Merced, los frailes mercedarios realizaron una labor ingente. Ingentes fueron también los sufrimientos de San Pedro Nolasco, San Ramón Nonato y San Pedro Armengol. Y no faltaron mártires como San Serapio, San Pedro Pascual y otros muchos.

El culto a Nuestra Señora de la Merced se extendió muy pronto por Cataluña y por toda España, por Francia y por Italia, a partir del siglo XIII. El año 1265 aparecieron las primera monjas mercedarias. Los mercedarios estuvieron entre los primeros misioneros de América. En la Española o República Dominicana, por ejemplo, misionó Fray Gabriel Téllez (Tirso de Molina).

Barcelona se gloria de haber sido escogida por la Virgen de la Merced como lugar de su aparición y la tiene por celestial patrona. "¡Princesa de Barcelona, protega nuestra ciudad!"

En el museo de Valencia, hay un cuadro de Vicente López en el que varias figuras vuelven su rostro hacia la Virgen de la Merced, como Implorándola, mientras la Virgen abre sus brazos, extiende su manto, cubriéndolos a todos con amor, así su titulo de Santa María de la Merced.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Domingo 25 de TO 23-09-2012

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 16 de septiembre 2012, del Domingo 24º de TO resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy


Lectura diaria



Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él. »


Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: - «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: - «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: - «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: - «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



La idea central de este domingo es el servicio, que es como la tarjeta de identidad que Jesús quiere para cada uno de sus seguidores, empezando por sus propios Apóstoles que, en reiteradas ocasiones, habían confesado su ambición de poder y de gloria:”Quien quiera ser el primero, que se ponga el último de todos y como servidor de todos” (Marcos 9, 35). Predicó su mensaje con el ejemplo, desde el principio hasta su ratificación final durante la Ultima Cena y el Calvario, lavándoles los pies y abriendo sus brazos en la cruz. La humildad adentra lleva hombre a respetar y valorar más al prójimo. El hombre humilde madura así y se hace merecedor del reconocimiento y el aprecio, porque “el que se ensalza, será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 14, 11). ¡Qué lejos está todo esto del juego de intereses que preside la sociedad de hoy!

En la sociedad del materialismo y la explotación prevalecen los intereses del mercado y la producción por encima del trabajador. No es el hombre por sí mismo quien es buscado, sino la eficacia de su trabajo. No es el compartir, sino el tener. No es la entrega generosa, sino el interés, camuflado bajo capas de atenciones. La competencia introduce al hombre en las sociedades liberales, con pluralidad de estilos de vida, de valores, de religiones. Esta competencia lleva, a menudo, a la pérdida de comprensión y tolerancia y a ganar, por desgracia, en radicalismo, fragmentación y desarticulación de la persona, abocada así a quedar sin “raíces” y sin “hogar”. Nunca, como ahora, han proliferado tanto las escuelas de autoestima y reafirmación de la personalidad, que surgen para defenderse de la agresión consumista y descorazonada.

La discusión entre los Apóstoles sobre cuál de ellos debe ser el más importante, muestra los entresijos de una realidad harto frecuente entre nosotros: creer que cada uno tiene la llave del futuro, el éxito y la capacitación para pilotar, en este caso, el proyecto de Jesús. Los individualismos, marcados por la ambición por el poder, matan el proyecto común. Para llevar éste adelante es necesario tener una fuerte dosis de humildad y de generosidad, aportando lo positivo de cada persona para la buena marcha de los objetivos trazados en el proyecto, lo cual implica renuncia, sacrificio y entrega hasta de la propia vida. Por eso, para Jesús, los que buscan el servicio útil hacia los demás son más importantes que quienes a toda costa pretenden el poder para dominar.

La carta del Apóstol Santiago nos alerta con estas palabras: “ ¿De dónde vienen las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros?”

Orientar la misma existencia es, para cada uno de nosotros, una tarea vital e imprescindible. Y sirven de estímulo propuestas válidas de soluciones y ejemplos edificantes, que desembocan en positivas actitudes ante la vida.

Jesús nos ofrece el ejemplo de los niños para entrar en el Reino de los Cielos. El niño era en Israel, como en la mayor parte del mundo antiguo, muy poquita cosa hasta que cumplía los trece años y se incorporaba a la sociedad adulta. Crecían en indefensión y eran, junto con las mujeres, los más ínfimos ciudadanos del discriminado ambiente semita. El gesto de Jesús de acoger a los niños, abrazarlos, mimarlos y ponerlos como modelo, supone una valentía testimonial de primer orden que clarifica los objetivos para llegar a ese Reino de Dios. Los primeros en el ranking del Reino no serán los ganadores de los premios nobeles, los cerebros brillantes- coleccionistas de masters- ni los poderosos y acaparadores de fortuna, sino los auténticos servidores de los demás, aunque carezcan de títulos nobiliarios, académicos, religiosos o de cualquier índole.

Ahora bien: para un cristiano, el servicio al pueblo pasa siempre por la atención especial a los seres más indefensos de la sociedad, primeras víctimas del deterioro de la convivencia y de los errores de quienes ostentan la autoridad. Un pueblo solamente progresa cuando sabe acoger y educar en integridad y buenas costumbres a las futuras generaciones. Esto ha sido una constante en la primitiva tradición cristiana, y defender la vida un deber sagrado, que ya recoge la Didajé, el primer libro cristiano que se conoce, cuando se opone frontalmente al aborto.

A Carlos Marx, fundador del marxismo, se le atribuye la siguiente frase: “Al cristianismo le podemos perdonar muchas cosas, porque nos ha enseñado a amar a los niños”.

Que tomen buena nota los paladines de la seudo-progresía. Matar a los niños que estorbaban o nacían con alguna tara física, ya lo hacían los espartanos tres siglos antes de Cristo. Hoy se trata, dentro de estos colectivos “progresistas”, de defender la libertad de la madre y la dignidad de la mujer por encima del nasciturus, un ser indefenso al que se niega cualquier derecho a seguir viviendo. No cabe mayor aberración moral. Las mujeres que abortan: ¿desean realmente abortar? ¿Qué es lo que las lleva a tomar esta determinación? ¿No son quizás las presiones familiares, económicas y del entorno? Si es así: ¿por qué no se toman primero medidas para atajar el problema?

Subyace aún en algunos gobernantes un poso latente de las ideologías destructivas que dominaron Europa a lo largo del s.XX: comunismo, nazismo, fascismo; y también la tentación de culpar a la Iglesia, por conservadora, de ser enemiga del desarrollo. Una nación que busca imponer leyes para matar, en lugar de defender la vida, no puede ser llamada defensora del progreso.

Tenemos el deber de impedir, por los medios pacíficos a nuestro alcance y los derechos que nos da la democracia, las normas injustas, que atentan contra nuestra fe y nuestra moral. La vida es un regalo y un don de Dios. Respetarla forma parte de nuestro quehacer cotidiano y del amor al Creador.

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

¡Señor, que aprendamos a ser humildes y a valorar tu presencia entre los hombres, nuestros hermanos!

SAN PÍO DE PIETRELCINA

“En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6, 14).

Padre Pío de Pietrelcina, al igual que el apóstol Pablo, puso en la cumbre de su vida y de su apostolado la Cruz de su Señor como su fuerza, su sabiduría y su gloria. Inflamado de amor hacia Jesucristo, se conformó a Él por medio de la inmolación de sí mismo por la salvación del mundo. En el seguimiento y la imitación de Cristo Crucificado fue tan generoso y perfecto que hubiera podido decir “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19). Derramó sin parar los tesoros de la graciaque Dios le había concedido con especial generosidad a través de su ministerio, sirviendo a los hombres y mujeres que se acercaban a él, cada vez más numerosos, y engendrado una inmensa multitud de hijos e hijas espirituales.

Este dignísimo seguidor de San Francisco de Asís nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, archidiócesis de Benevento, hijo de Grazio Forgione y de María Giuseppa De Nunzio. Fue bautizado al día siguiente recibiendo el nombre de Francisco. A los 12 años recibió el Sacramento de la Confirmación y la Primera Comunión.

El 6 de enero de 1903, cuando contaba 16 años, entró en el noviciado de la orden de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, donde el 22 del mismo mes vistió el hábito franciscano y recibió el nombre de Fray Pío. Acabado el año de noviciado, emitió la profesión de los votos simples y el 27 de enero de 1907 la profesión solemne.

Después de la ordenación sacerdotal, recibida el 10 de agosto de 1910 en Benevento, por motivos de salud permaneció en su familia hasta 1916. En septiembre del mismo año fue enviado al Convento de San Giovanni Rotondo y permaneció allí hasta su muerte.

Enardecido por el amor a Dios y al prójimo, Padre Pío vivió en plenitud la vocación de colaborar en la redención del hombre, según la misión especial que caracterizó toda su vida y que llevó a cabo mediante la dirección espiritual de los fieles, la reconciliación sacramental de los penitentes y la celebración de la Eucaristía. El momento cumbre de su actividad apostólica era aquél en el que celebraba la Santa Misa. Los fieles que participaban en la misma percibían la altura y profundidad de su espiritualidad.

En el orden de la caridad social se comprometió en aliviar los dolores y las miserias de tantas familias, especialmente con la fundación de la “Casa del Alivio del Sufrimiento”, inaugurada el 5de mayo de 1956.

Para el Padre Pío la fe era la vida: quería y hacía todo a la luz de la fe. Estuvo dedicado asiduamente a la oración. Pasaba el día y gran parte de la noche en coloquio con Dios. Decía: “En los libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración es la llave que abre el corazón de Dios”. La fe lo llevó siempre a la aceptación de la voluntad misteriosa de Dios.

Estuvo siempre inmerso en las realidades sobrenaturales. No era solamente el hombre de la esperanza y de la confianza total en Dios, sino que infundía, con las palabras y el ejemplo, estas virtudes en todos aquellos que se le acercaban.

El amor de Dios le llenaba totalmente, colmando todas sus esperanzas; la caridad era el principio inspirador de su jornada: amar a Dios y hacerlo amar. Su preocupación particular: crecer y hacer crecer en la caridad.

Expresó el máximo de su caridad hacia el prójimo acogiendo, por más de 50 años, a muchísimas personas que acudían a su ministerio y a su confesionario, recibiendo su consejo y su consuelo. Era como un asedio: lo buscaban en la iglesia, en la sacristía y en el convento. Y él se daba a todos, haciendo renacer la fe, distribuyendo la gracia y llevando luz. Pero especialmente en los pobres, en quienes sufrían y en los enfermos, él veía la imagen de Cristo y se entregaba especialmente a ellos.

Ejerció de modo ejemplar la virtud de la prudencia, obraba y aconsejaba a la luz de Dios.

Su preocupación era la gloria de Dios y el bien de las almas. Trató a todos con justicia, con lealtad y gran respeto.

Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su camino era el de la Cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del alma. Durante años soportó los dolores de sus llagas con admirable serenidad.

Cuando tuvo que sufrir investigaciones y restricciones en su servicio sacerdotal, todo lo aceptó con profunda humildad y resignación. Ante acusaciones injustificadas y calumnias, siempre calló confiando en el juicio de Dios, de sus directores espírituales y de la propia conciencia.

Recurrió habitualmente a la mortificación para conseguir la virtud de la templanza, de acuerdo con el estilo franciscano. Era templado en la mentalidad y en el modo de vivir.

Consciente de los compromisos adquiridos con la vida consagrada, observó con generosidad los votos profesados. Obedecióen todo las órdenes de sus superiores, incluso cuando eran difíciles. Su obediencia era sobrenatural en la intención, universal en la extensión e integral en su realización. Vivió el espíritu de pobreza con total desprendimiento de sí mismo, de los bienes terrenos, de las comodidades y de los honores. Tuvo siempre una gran predilección por la virtud de la castidad. Su comportamiento fue modesto en todas partes y con todos.

Se consideraba sinceramente inútil, indigno de los dones de Dios, lleno de miserias y a la vez de favores divinos. En medio a tanta admiración del mundo, repetía: “Quiero ser sólo un pobre fraile que reza”.

Su salud, desde la juventud, no fue muy robusta y, especialmente en los últimos años de su vida, empeoró rápidamente. La hermana muerte lo sorprendió preparado y sereno el 23 de septiembre de 1968, a los 81 años de edad. Sus funerales se caracterizaron por una extraordinaria concurrencia de personas.

El 20 de febrero de 1971, apenas tres años después de su muerte, Pablo VI, dirigiéndose a los Superiores de la orden Capuchina, dijo de él: “¡Mirad qué fama ha tenido, qué clientela mundial ha reunido en torno a sí! Pero, ¿por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Porqué era un sabio? ¿Porqué tenía medios a su disposición? Porque celebraba la Misa con humildad, confesaba desde la mañana a la noche, y era, es difícil decirlo, un representante visible de las llagas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento”.

Ya durante su vida gozó de notable fama de santidad, debida a sus virtudes, a su espíritu de oración, de sacrificio y de entrega total al bien de las almas.

En los años siguientes a su muerte, la fama de santidad y de mila-gros creció constantemente, llegando a ser un fenómeno eclesial extendido por todo el mundo y en toda clase de personas.

De este modo, Dios manifestaba a la Iglesia su voluntad de glorificar en la tierra a su Siervo fiel. No pasó mucho tiempo hasta que la Orden de los Frailes Menores Capuchinos realizó los pasos previstos por la ley canónica para iniciar la causa de beatificación y canonización. Examinadas todas las circunstancias, la Santa Sede, a tenor del Motu Proprio “Sanctitas Clarior” concedió el nulla osta el 29 de noviembre de 1982. El Arzobispo de Manfredonia pudo así proceder a la introducción de la Causa y a la celebración del proceso de conocimiento (1983-1990). El 7 de diciembre de 1990 la Congregación para las Causas de los Santos reconoció la validez jurídica. Acabada la Positio, se discutió, como es costumbre, si el Siervo de Dios había ejercitado las virtudes en grado heroico. El 13 de junio de 1997 tuvo lugar el Congreso peculiar de Consultores teólogos con resultado positivo. En la Sesión ordinaria del 21 de octubre siguiente, siendo ponente de la Causa Mons. Andrea María Erba, Obispo de Velletri-Segni, los Padres Cardenales y obispos reconocieron que el Padre Pío ejerció en grado heroico las virtudes teologales, cardinales y las relacionadas con las mismas.

El 18 de diciembre de 1997, en presencia de Juan Pablo II, fue promulgado el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes.

Para la beatificación del Padre Pío, la Postulación presentó al Dicasterio competente la curación de la Señora Consiglia De Martino de Salerno (Italia). Sobre este caso se celebró el preceptivo proceso canónico ante el Tribunal Eclesiástico de la Archidiócesis de Salerno-Campagna-Acerno de julio de 1996 a junio de 1997. El 30 de abril de 1998 tuvo lugar, en la Congregación para las Causas de los Santos, el examen de la Consulta Médica y, el 22 de junio del mismo año, el Congreso peculiar de Consultores teólogos. El 20 de octubre siguiente, en el Vaticano, se reunió la Congregación ordinaria de Cardenales y obispos, miembros del Dicasterio y el 21 de diciembre de 1998 se promulgó, en presencia de Juan Pablo II, el Decreto sobre el milagro.

El 2 de mayo de 1999 a lo largo de una solemne Concelebración Eucarística en la plaza de San Pedro Su Santidad Juan Pablo II, con su autoridad apostólica declaró Beato al Venerable Siervo de Dios Pío de Pietrelcina, estableciendo el 23 de septiembre como fecha de su fiesta litúrgica.

Para la canonización del Beato Pío de Pietrelcina, la Postulación ha presentado al Dicasterio competente la curación del pequeño Mateo Pio Colella de San Giovanni Rotondo. Sobre el caso se ha celebrado el regular Proceso canónico ante el Tribunal eclesiástico de la archidiócesis de Manfredonia-Vieste del 11 de junio al 17 de octubre del 2000. El 23 de octubre siguiente la documentación se entregó en la Congregación de las Causas de los Santos. El 22 de noviembre del 2001 tuvo lugar, en la Congregación de las Causas de los Santos, el examen médico. El 11 de diciembre se celebró el Congreso Particular de los Consultores Teólogos y el 18 del mismo mes la Sesión Ordinaria de Cardenales y Obispos. El 20 de diciembre, en presencia de Juan Pablo II, se ha promulgado el Decreto sobre el milagro y el 26 de febrero del 2002 se promulgó el Decreto sobre la canonización.