sábado, 26 de mayo de 2012

SANTA MARIANA DE JESÚS

La Azucena de Quito nace el año siguiente de la muerte de Santa Rosa de Lima. Mariana es una santa criolla, es decir, hispanoamericana. Su padre fue el capitán toledano Jerónimo de Paredes; su madre se llama doña Mariana Gra-nobles Jaramillo, y descendía de los Jaramillo de Alcalá de Henares, pero nació en Quito. Rosa y Mariana se parecen de tal manera, que es como si el espíritu de la una hubiera pasado a la otra: las dos tocan la guitarra, las dos viven en sus respectivas casas entregadas a las más terribles penitencias; las dos buscan la misma clase de suplicios para atormentar su cuerpo, y si la una reza a coro con los mosquitos, la otra invita a los pájaros para que acudan a acompañarla en su oración.

La vida de Mariana es un prodigio constante desde la más tierna edad. Al año ya sabe cuándo llega el viernes para abstenerse del pecho materno; a los tres años juega ya a dormir en el suelo; a los cuatro se cae al agua en su hacienda de Granobles, pero flota milagrosamente sobre la corriente del río; a los seis la encuentran en el bosque de Sagüanches, azotándose despiadadamente con un manojo de ortigas; a los siete, cual otra Teresa de Avila, sale de casa para ir a misiones con otros niños, viéndose obligada a volver ante la presencia de un toro, que le cierra el paso en el camino de la Virgen de Pichincha, y ya por esta fecha nos hablan sus biógrafos de procesiones con la cruz a cuestas, de disciplinas, de cilicios de zarzas, de garbanzos en los chapines, de lechos de cantos y de abrojos, del renunciamiento definitivo a las sedas y a las joyas. Y, no obstante, será una santa en el mundo, aunque se llame, no Mariana de Paredes, sino Mariana de Jesús. Todo estaba preparado para su ingreso en el convento de Santa Catalina, pero Dios la detiene por medio de sus directores; vivirá en la casa de sus hermanos, en el rincón más escondido, para no salir más que a la iglesia o a sus ejercicios de caridad; y su aposento se convierte, según la expresión de su biógrafo, en una espantosa armería. Su panoplia la forman manojos de varas de membrillo y de ortigas, cadenas de hierro, látigos de pita anudados, unos con una trenza, otros con estrellas de acero como agujas, cilicios de alambre, de cerdas, de cardas de hierro; cruces diversas, de pesos imponentes, sin que falte, como lecho, el potro o escalera de dar tormento, ni el ataúd con un leño vestido de sayal franciscano, al que la virgen llama su efigie, y rocía de agua bendita al salir y al entrar en la habitación, diciendo muy seriamente: «¡Dios te perdone, Mariana! »

Ningún anacoreta del yermo hizo penitencias tan escalofriantes. En una esquela escrita a los doce años expone la niña a su director el régimen de vida que, movida por Dios, se propone llevar: «A las cuatro me levantaré, haré disciplina, pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la Pasión de Cristo; de cinco y media a seis, meditación y repaso de la Pasión; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete me confesaré. De siete a ocho, el tiempo de una misa, prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Esposo. Después que le haya recibido, el tiempo de una misa, daré gracias a mi Padre Eterno por haberme dado su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa, le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve sacaré ánimas del purgatorio y ganaré indulgencias por ellas. De nueve a diez rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. De diez, el tiempo de una misa, me encomendaré a los santos de mi devoción, y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré, si tuviere necesidad. A las dos rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco, ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de amor; de cinco a seis, lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve, oración mental, y tendré mucho cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez saldré de mi aposento por un jarro de agua, y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce, oración mental. De doce a una, lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro dormiré: los viernes, en mi cruz; las demás noches, en la escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes de los advientos y cuaresmas, la oración, desde las diez hasta las doce, la tendré en cruz; los viernes, garbanzos en los pies; y me pondré una corona de cardas; ayunaré sin comer toda la semana. Los domingos comeré una onza de pan, y todos los días comenzaré con la gracia de Dios.»

Mariana murió joven, a los veintiséis años. Naturalmente, dirá acaso un lector poco experto en las cosas de Dios; y es que, miradas esas penitencias con los ojos de la carne, nadie podrá librarse de considerarlas como una carnicería y casi como un suicidio. Pero hay normas que están por encima de la dirección común, que apuntan a la santidad heroica, por la cual hay que dar, si Dios lo manda, la salud y la vida misma. Nada importan cien años robustos, pero flojos en la virtud, al lado de veinte años elevados a las cimas de la perfección, y para la gloria de Dios y provecho del prójimo más vale un ejemplo alto y señero que muchas obras buenas esparcidas a lo largo de la vida, o muchos sermones y muchos libros llenos de sabiduría. Esto es lo que debió pensar el director de la santa quiteña, Padre Camacho, del cual son estas palabras: «Sus penitencias fueron raras y mayores que las que naturalmente parece pudiera tolerar un cuerpo débil; si bien por estar persuadido, después de mucha atención y examen, de que eran inspiradas de Dios, se las permití.» Y aun le permitió aumentarlas: la onza de pan, de diaria, pasó a alterna; después se redujo a un cuarto de onza cada quince días, y al final, durante siete años, se suprimió totalmente, siendo el único alimento de la santa la Sagrada Comunión; las cuatro horas de sueño se acortaron a tres, a dos, a una; los cilicios y las disciplinas, en cambio, aumentaban sin cesar.

Y, sin embargo, ninguna de estas austeridades podía desfigurar la gracia y frescura de aquel rostro juvenil. Dios la había concedido este privilegio excepcional, para que nadie pudiese criticar aquella entrega voluntaria a los tormentos, y aun para ocultarla, aunque, a la larga, todo ocultamiento fue imposible. A través de la ciudad de Quito y de todo el virreinato se hablaba de las penitencias de la hija del capitán toledano, de las obras prodigiosas que Dios hacía por ella, de cómo recibía en sus manos el Cuerpo vivo del Niño Jesús, y jugueteaba con él, y caminaba por la calle sin mojarse; y reunía en torno suyo a las golondrinas de los alrededores, y resucitaba a una india apuñalada por su marido, y multiplicaba diariamente el pan que daba a los pobres. «Su corazón—se decía—es un ascua de amor para todos los necesitados; sus manos estaban como cuajadas de perlas». Si la penitencia las ajaba, la caridad se encargaba de convertirlas en las más hermosas manos que se vieron en el mundo. Diariamente amasaba dos onzas de pan, y con ellas tenía para alimentar a tantos pobres, que a las puertas de su casa se veían verdaderas procesiones. Nunca se supo el origen de aquel pan, y por eso se le llamaba pan de los ángeles.

Víctima propiciatoria de su siglo, sabía, no obstante, Mariana de Paredes conjugar maravillosamente sus maceraciones con una alegría nunca turbada y derrochar su afecto con los desconocidos, y más todavía en el círculo de sus selectas amistades, y recrearse con ellos tocando el clave y la vihuela; y levantarlos por encima de las cosas de la tierra con la lectura de los escritos de Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Sena; y enfervorizarlos comunicándoles los episodios inefables de sus místicos arrebatos.

—Hermana Petrona, ¡qué de cosas hay en el Cielo!—exclamaba un día al volver de uno de aquellos éxtasis, dirigiéndose a su amiga Petronila de San Bruno, que había ido a visitarla y le había rogado que tocara la guitarra, el instrumento con que de ordinario glosaba sus cantos religiosos.

No obstante, de su vida interior sabemos muy poco, pues le repugnaba escribir lo que sentía, en la convicción de que toda palabra es pobre ante la grandeza y la riqueza de las experiencias sublimes del amor divino. En cierta ocasión, obligada por su director, escribió unas páginas acerca de las ascensiones de la oración; pero al día siguiente encontraron el papel enteramente limpio. Sabemos, sólo por confesión del Padre Camacho, «que nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discursos, y en amarle sin interrupción».

«Largos años de santidad en cortos años de vida», pudo decir un predicador al pronunciar su oración fúnebre; vida cortada, al fin, por una entrega definitiva en un acto heroico de caridad. Fue el 26 de marzo de 1645. Tronaba aquel día su confesor contra los vicios en un sermón apasionado, que terminó ofreciéndose como víctima por los pecados de la ciudad. Mariana, que le oía, considerando que su vida era menos útil para la gloria de Dios, rogó a nuestro Señor que cambiase la oferta, pero que retirase la peste que afligía a sus conciudadanos. La peste cesó, efectivamente, pero ella, al volver a su casa, empezó a sentir una fiebre que en dos meses acabó con su vida. Una sed furiosa la consumía; un dolor terrible la atenazaba la cabeza, los costados, los huesos todos; pero ni aun entonces se quitó los cilicios, ni dejó la corona de espinas, ni cambió su régimen diario. Cuatro días antes de morir, recibió el viático, y a las pocas horas perdió el habla, como lo había pedido al Señor, «porque ese tiempo no era para hablar con los hombres, sino para estarse con Dios». Poco después recibió la visita de Cristo y de su Madre, que venían acompañados de Santa Teresa y Santa Catalina, y el 26 de mayo se durmió en el Señor. Sus funerales fueron un triunfo. La ciudad entera pasó a venerar su cuerpo; tres hábitos fueron destrozados por el fervor de la multitud, ávida de reliquias, y gracias a una guardia de soldados, no se llevaron los virginales despojos. La ciudad de Quito no se olvidó nunca de ella; los poetas la cantaron; los predicadores hicieron su panegírico, y bien pronto corrieron varios libros contando sus virtudes y sus prodigios.

viernes, 25 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, el rey Agripa llegó a Cesarea con Berenice para cumplimentar a Festo, y se entretuvieron allí bastantes días. Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:
-«Tengo aquí un preso, que ha dejado Félix; cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los ancianos judíos presentaron acusación contra él, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana ceder a un hombre por las buenas; primero el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse. Vinieron conmigo a Cesarea, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre. Pero, cuando los acusadores tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave de los que yo suponía; se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí. Pero, corno Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel, para que decida su majestad, he dado orden de tenerlo en prisión hasta que pueda remitirlo al César.»


Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, dice a Simón Pedro:
- «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: - «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
- «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta:
- «Simón, hijo de Juan, ¿me arnas?»
Él le contesta:
- «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice:
- «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta:
- «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
- «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
- «Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
- «Sígueme.»


Palabra del Señor.

SAN GREGORIO VII, Papa

A San Gregorio VII le conocen pocos, y la mitad de los que le conocen le miran con poca simpatía. Sin embargo, hay algo grande en la epopeya de su vida. Vemos al mundo entero luchando «contra el falso monje Hildebrando», y al monje hablando las palabras eternas, haciéndose oír entre el fragor del combate, levantando entre todas las corrupciones el estandarte del ideal, del espíritu, de la libertad y del bien. Pero la Historia es muchas veces injusta: a un hombre que en sus empresas nunca se miró a sí mismo, que siempre defendió los intereses de Dios y de la Humanidad, que hizo triunfar los más altos ideales a costa de su salud, de su libertad y de su vida, se le ha llamado ambicioso, déspota, acaparador del dominio universal. Sin embargo, mientras haya un resto de honradez, en el mundo, se presentará como un símbolo la figura innoble de Enrique IV mendigando el perdón entre la nieve y el barro, y el gesto definitivo del monje dejando arrastrarse ante su puerta al perjurio y al despotismo.

La grandeza de este luchador pertenecía únicamente a su alma: el mundo no le dio nada, ni dinero, ni nobleza, ni potencia, ni hermosura. Era hijo de un pobre cabrero de Sayona. Nadie hubiera adivinado en el pastorcillo de los primeros años al futuro pastor de pueblos. Conforme iba avanzando en edad, se acentuaban las formas nada armoniosas de su cuerpo: moreno, menudo, nervioso, vientre abultado y rostro cetrino. Sus enemigos le llamarán el hombrecillo de las piernas cortas. Sólo en sus ojos se veía el relampaguear de su alma; y sólo al alma se refería el nombre providencial que le impuso Bonigo, el cabrero: Hildebrando, que quiere decir la espalda que relumbra. Nadie lograría mellar aquella espada. Un tío suyo lo sacó de entre las cabras y le vistió la cogulla benedictina en el monasterio de Santa María, de Roma. Su maestro, Juan Graciano, después Gregorio VI, declaraba que nunca había visto una inteligencia igual, y el emperador Enrique III, que le oyó predicar siendo joven, decía que ninguna palabra le había conmovido como aquélla. Hombre de lucha, tuyo que vencer primero su propia carne, y lo hizo con el estudio y la fatiga de los viajes. Entonces es cuando recorrió distintas provincias de Francia y cuando visitó la gran abadía de Cluny.

Hildebrando es el hijo más genuino de Cluny. Su abadía del Aventino era cluniacense, y nadie mejor que él supo encarnar aquel espíritu de reforma que entonces necesitaba la Iglesia. En sus viajes lo examina todo, lo ve todo, y a su espíritu se le representan con toda su hediondez las llagas del cuerpo eclesiástico. San Pedro le guía, y en el momento oportuno se le aparece una noche y le manda volver a Roma. «Roma—dice un historiador de aquella época—era una cueva de ladrones»; y, desgraciadamente, había muchas cuevas de ladrones en toda la cristiandad. La tierra de San Pedro se vendía, mejor dicho, se robaba con la espada en la mano. Las mitras se vendían y-robaban también, y las tiaras y las mitras y las gradas del templo estaban manchadas de cieno y de sangre. Cuando el joven llegó a Roma, su maestro, Juan Graciano, acababa de sentarse en el solio pontificio, y un día el Papa entró en el monasterio de Santa María y se llevó a su antiguo discípulo. Hildebrando tenía entonces veinticinco años. Cuando los romanos le vieron en el palacio de Letrán, comprendieron que había pasado el tiempo de aquellos Papas imberbes, sujetos al capricho de sus pasiones y al de una cuadrilla de bandoleros. La reforma comenzó. El maestro era la cabeza; su discípulo, el brazo. Vióse al monje mandando un ejército para extirpar de malhechores la campiña romana. Pero la lucha era desigual, y los dos intrépidos luchadores no pudieron sostener el empuje de todas las concupiscencias que se declaraban contra ellos. Gregorio VI muere en la arena; y el monje se vuelve a Cluny.

De allí lo saca poco después el piadoso obispo de Toul, Bruno, que acababa de ser nombrado Papa por Enrique III.

—Vendrás conmigo a Roma—le dice el Pontífice.
—No es posible—contesta el monje.
—¿Por qué?
—Porque subes a la silla de Pedro en virtud del poder real, no por una institución canónica.

Impresionado por esta actitud, el elegido se declaró dispuesto a volverse a su diócesis si el clero y el pueblo de Roma no ratificaban su elección. Era lo que pedía el Derecho eclesiástico; Hildebrando accedió a la voluntad del pontífice, y permaneció a su lado mientras vivió; y el pontificado de León IX fue santo y grande porque le infundió su aliento el alma grande y santa de Hildebrando. Es el aliento que sigue inspirando a los Papas durante un cuarto de siglo. La nave de la Iglesia pesa ya sobre aquellos hombros, débiles en apariencia; aquellos ojos fulgurantes velan sobre toda la cristiandad. Donde hay un peligro para la Iglesia, allí está el monje de Santa María para desviarlo con una prudencia, con un valor, con una sangre fría, que su amigo Pedro Damiano puede llamarle con graciosa ironía «mi querido y santo Satán».

En 1073 moría Alejandro II. En las elecciones anteriores, el brazo derecho de los Pontífices había rehusado la dignidad suprema; esta vez le fue imposible evitarla. Como arcediano que era, se vio obligado a presidir los funerales de su predecesor. En medio de la ceremonia, la multitud, clero y pueblo, hombres y mujeres, prorrumpe en un grito unánime: «¡Hildebrando, Papa!» Lleno de terror, el arcediano se precipitó hacia el ambón para arengar a la concurrencia. Pero el cardenal Hugo Cándido se le había anticipado, y, logrando sofocar las aclamaciones, decía: «Romanos: bien sabéis que desde el pontificado del Papa León, Hildebrando ha exaltado la Iglesia romana y salvado esta ciudad. Nunca podremos hallar un Pontífice semejante a él. Es un hombre que ha recibido las órdenes en nuestra iglesia; lo conocemos perfectamente y lo hemos visto siempre en la brecha.» Los cardenales, obispos, sacerdotes, levitas y demás clérigos clamaron según costumbre: «San Pedro ha escogido a Hildebrando Papa.» El pueblo se apoderó de él y le entronizó casi a la fuerza. Dos días después el electo escribía al abad de Montecasino: «Se han precipitado sobre mí como unos insensatos, sin dejarme hablar; y me han levantado violentamente al gobierno apostólico. Ahora puedo decir con el profeta: El temor y el temblor se han apoderado de mí, y me han invadido las tinieblas. Pero no puedo contarte mis angustias, porque estoy atado al lecho y rendido de cansancio.» El débil Hildebrando se sentía desfallecer, pero el Vicario de Cristo no temía nada. «Vos lo sabéis, bienaventurado San Pedro—exclamaba en una carta años adelante—; vos me habéis hecho sentar en vuestro trono contra mi voluntad, a despecho de mi dolor y de mis lágrimas; vos me habéis llamado; vos sois quien, a pesar de mis gemidos, habéis colocado sobre mí este peso terrible.»

Desde este momento Hildebrando se llamó Gregorio VII. Sólo el nombre era un programa de conducta. Iba a proseguir la campana empezada al lado de su maestro treinta años antes. En la Iglesia había dos llagas que nadie se atrevía a tocar. En primer lugar, los clérigos habían olvidado la ley del celibato. El vicio se presentaba impudente y agresivo, invocando en su favor textos de concilios, palabras evangélicas e imposiciones de la Naturaleza. Se tachaba de hipócritas a los que defendían y practicaban la virtud. Pero la incontinencia tenía su origen en la simonía. No se daban los beneficios eclesiásticos a los que los merecían, sino a los que los compraban. El tráfico de las cosas santas no sólo se consideraba como una costumbre general, sino como un derecho legalmente adquirido. Los altos dignatarios eclesiásticos, que habían pagado cara su dignidad al rey o al señor, procuraban indemnizarse vendiendo a sus subordinados las funciones menores. Era el triunfo de la injusticia, la ofuscación de las conciencias y el oscurecimiento general de los espíritus, Gregorio inauguró aquella lucha gigantesca celebrando un Concilio en Roma y lanzando después sus legados por, toda la cristiandad para hacer cumplir los decretos. La protesta fue general; la sublevación, violenta en todas partes; pero, sobre todo, en Alemania. Los recalcitrantes formaron un partido numeroso, que nombró un antipapa. En vista de las dificultades, una tristeza inmensa se apoderó del reformador. Escribiendo a San Hugo, abad de Cluny, le decía: «Si supieras a cuántas tribulaciones me veo sometido, no cesarías de pedir que el pobre Jesús, tan despreciado, y que, no obstante, lo ha creado todo y todo lo gobierna, se digne tenderme la mano y librar a este su siervo miserable con su infatigable benignidad. Cuando recorro con mi pensamiento los pueblos de Oriente y de Occidente, del Mediodía y del Septentrión, apenas veo algunos obispos que gobiernen al pueblo cristiano por amor de Jesucristo, y no por egoísmo y ambición. En cuanto a los príncipes, no conozco a ninguno que prefiera la gloria de Dios a su propia gloria, y la justicia al lucro. Si, finalmente, miro dentro de mí, me siento tan abrumado por el peso de mi propia vida, que no me queda esperanza de salud sino en la misericordia de Jesucristo.»

A pesar de todo, el atleta de Cristo no se rendía. Seguía luchando con la misma tenacidad que al principio, enviando sus epístolas a todos los príncipes, y reuniendo concilios en todas las naciones, siempre inflexible en su deber, y siempre fácil para conmoverse; siempre inclinado a fiarse de los hombres, a creer en las promesas y a perdonar. «Los clérigos depuestos—escribíale algo malhumorado uno de sus nuncios—corren a Roma, obtienen vuestra absolución y vuelven peores que antes.» Y Gregorio contestaba: «Es costumbre de la Iglesia romana tolerar ciertas cosas y disimular otras, y he aquí por qué hemos creído poder templar el rigor de los cánones con la dulzura de la discreción.» Aquí se ve el corazón del padre; la voz del jefe se descubre en estas cláusulas de la encíclica dirigida al episcopado francés: «A consecuencia de la debilidad del poder real, las leyes y el Gobierno se ven impotentes para estorbar y castigar las injusticias. Vuestro rey, que debiera ser el defensor de la equidad, es el primero en violarla. En cuanto a vosotros, habéis de saber, queridos hermanos, que incurrís en falta no resistiendo las acciones detestables de ese hombre. No hablemos de temor; reunidos y armados con la justicia, seríais bastante fuertes para apartarle del camino malo y para asegurar vuestras almas. Y aunque hubiese temor o peligro de muerte, no deberías renunciar a la independencia de vuestro sacerdocio.»

Gregorio no olvidaba un solo instante que se debía a todas las Iglesias del mundo. En Francia combate los desórdenes de Felipe Augusto; lucha en Inglaterra por medio del arzobispo Lanfranco; en España introduce la liturgia romana y alienta las campañas de Alfonso de Castilla contra los sarracenos, y su acción llega a las más apartadas regiones del Norte y del Oriente.

Al recorrer su correspondencia, le vemos en relación con los reyes y duques de Suecia, Noruega, Polonia, Hungría, Bohemia, Rusia y Armenia. En todas partes vigila, corrige, sostiene, anima, negocia con energía indomable, y, a la larga, con resonantes triunfos; en todas partes persigue el mismo fin: devolver a la Iglesia la pureza de su fe y de su vida, libertándola del mundo señorial, que la tenía envuelta en sus redes, esclavizada, degradada, y vinculándola de nuevo a Roma, a la fuente de la unidad y de la fuerza; porque, en realidad, Gregorio VII, más que un batallador, un filósofo y un político, es un apóstol. El celo apostólico, el amor de la paz y la justicia le guían siempre, lo mismo cuando dirige y alienta a sus amigos que cuando lanza el anatema contra sus adversarios. Entre las órdenes secas del hombre de gobierno, es fácil encontrar frecuentemente el hálito del santo. Escribiendo a la condesa Matilde, la amazona de combatir al príncipe de este mundo, te he señalado ya las dos más importantes en la recepción frecuente del Cuerpo de Cristo y en una confianza ciega en su Madre. Hace mucho tiempo que vengo encomendándote a la Madre del Señor y no cesaré de hacerlo hasta que tengamos la dicha de ver allá arriba a esa Reina, que ni los Cielos ni la tierra pueden alabar dignamente.»

La mirada de Gregorio alcanzaba hasta el Oriente asiático, donde, una a una, iban cayendo en manos de los musulmanes las grandes metrópolis ilustradas por los recuerdos de la edad apostólica y por los doctores inmortales de la Iglesia. Por vez primera, Gregorio VII piensa en la cruzada que dos lustros más tarde terminará con la conquista de Jerusalén. En medio de la división que desgarra a la sociedad feudal del siglo XI, él es el único que tiene conciencia de la unidad cristiana y de los intereses comunes a todos los fieles, él es quien lanza la primera idea; quien traza el primer plan de guerra santa en Occidente. Sin embargo, tal vez ningún Pontífice romano se ha dirigido a un príncipe musulmán con el afecto que revelan estas palabras de Gregorio a Au-Nazir, rey de Mauritania: «Sé que has dado la libertad a cristianos que estaban cautivos en tu reino. Es un acto de bondad que seguramente te ha sido sugerido por Dios, pues por nuestra parte no podemos hacer ni pensar nada bueno. Rogamos a Dios del fondo del corazón, que te reciba, después de una larga vida, en el reino de los bienaventurados, en el seno del muy santo patriarca Abraham.»

Aquel sueño de los reinos cristianos lanzándose contra el Islam, cada día más amenazador, no se realizaría en los días de Gregorio, demasiado absorbido por sus planes de reforma religiosa. La lucha, en todas partes violenta, había tomado en Alemania gigantescas proporciones. Enrique IV tener sus pretendidos derechos a intervenir en las elecciones abaciales y episcopales. Y surgió la larga y encarnizada contienda de las investiduras. Hubo batallas sangrientas, concilios y anticoncilios, guerras de espadas y excomuniones, traiciones execrables y atentados. Los obispos cortesanos del emperador anatematizaban al «falso monje», y el mismo emperador clamaba con tono patético: «Desciende, hombrecillo miserable, desciende de la sede aposlólica que usurpaste, tú, que has sido condenado para siempre.» Pero la excomunión de Gregorio surte más efectos que el melodrama imperial. Un bandido, enviado de Alemania, quiso atarle las manos y le encerró en un castillo; pero, libertado por el pueblo de Roma, que le adoraba, Gregorio lanzó el anatema, desligando a todos los señores del Imperio del juramento de fidelidad. La pena, sin embargo, no era irrevocable. Al mismo tiempo, el Pontífice dirige esta súplica a todos los que en Alemania acatan su autoridad: «Os rogamos como a hermanos muy amados os consagréis a despertar en el alma del rey Enrique los sentimientos de una verdadera penitencia y a arrancarle del poder del demonio, a fin de que podamos reintegrarle en el regazo de nuestra Madre común.»

Enrique desafió todos los anatemas, y todas las furias del Averno se reunieron en torno suyo. Gregorio tenía de su parte la justicia; y, además, a su lado estaba la figura celestial y abnegada de la condesa Matilde y la espada heroica y legendaria de Roberto Guiscardo. En Germania, el rayo de Roma había sido el principio de la defección. Aquel mundo feudal, que descansaba, ante todo, sobre la religión del juramento, se negaba a obedecer a un emperador excomulgado. Enrique vio su causa perdida, y comprendiendo que el más blando de sus adversarios era el Papa, resolvió poner la causa en sus manos. Gregorio estaba en Canosa, el castillo inexpugnable de Matilde. Una mañana, era el 25 de enero de 1077, un viajero llamaba a las puertas de la fortaleza. Parecía un peregrino. Nevaba, hacía mucho frío; pero él tenía los pies descalzos, la larga melena al aire, y una túnica de lana, ceñida de un cordón, le cubría el cuerpo. Este hombre suplicante, este peregrino vestido con la hopa de los penitentes, era el mismo Enrique IV. Esperó hasta mediodía, hasta la tarde, hasta que huyó la luz, sin probar bocado, con los pies sobre el hielo. Al día siguiente, igual. Al tercer día, lo mismo; gimiendo, llorando, solicitando su perdón. AI anochecer, iba ya a retirarse, perdida toda esperanza, cuando se le ocurrió entrar en una ermita cercana. Allí estaban orando la condesa y Hugo, abad de Cluny. «Por favor, interceded por mí», les dijo el penitente. Ellos se conmovieron, hablaron al Papa, y Gregorio VII se doblegó. Fue una debilidad de su corazón. Harto le decía su sagacidad que todo aquello no era más que un fingimiento hipócrita; que Enrique lo único que buscaba era salvar su trono, amenazado por la excomunión; que todas sus promesas, según la expresión de un cronista, se desharían como telarañas, en cuanto traspusiese los Alpes. Y así fue. Se renovaron las excomuniones, los conciliábulos y las hipocresías, y durante mucho tiempo el hijo del cabrero resistió impávido a los ejércitos imperiales.

Delante de Roma, el germano abre otra vez negociaciones hipócritas. Ganados por sus larguezas, los romanos le entregan la ciudad. Gregorio, inquebrantable, se refugia en el castillo de Santángelo, y desde allí renueva la sentencia de excomunión. El tirano le contesta haciendo entronizar al antipapa en la basílica de San Pedro. De súbito; corre el rumor de que Roberto Guiscardo avanza sobre la ciudad al frente de un ejército formidable de normandos. La fidelidad de los romanos empieza a vacilar. Enrique se retira vergonzosamente, y mientras se alejan los teutones, el duque recoge a su amigo y se lo lleva a Salerno, desde donde Gregorio dirige a la Iglesia universal un llamamiento conmovedor: «Por amor de Dios—decía—, todos los que seáis verdaderos cristianos, venid en socorro de vuestro Padre celestial y de vuestra Madre, la Santa Iglesia, si queréis obtener la gracia en este mundo y la gloria en el otro.» Al borde del sepulcro, el ideal sagrado le perseguía; pero la Providencia no le permitió contemplarle en su perfecta realización. Una tristeza profunda le apretaba el corazón, y su cuerpo estaba deshecho por las fatigas del combate. En el momento de exhalar el último suspiro le oyeron pronunciar estas palabras: «He amado la justicia y he odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro.»

Moría vencido por la fuerza bruta, pero con el consuelo del sembrador que deja un campo lleno de esperanzas. A pesar de su aparente derrota, el mundo nuevo que había preparado y moldeado llegaría a ser una realidad. Su última hora nos revela la angustia de todos los genios que se adelantan a su siglo; pero la victoria alboreaba gracias a sus esfuerzos. Sembró con lágrimas; otros recogerán con exultación. El drama de su vida es la base del gran edificio cristiano que levantaron los siglos XII y XIII. Gregorio, ha dicho alguien, es en la Historia como un águila solitaria que, posada en la cima de un peñasco, contempla la llanura, impasible y majestuosa. Si los enemigos le han maldecido como un déspota, como un calculador que adula a los pueblos para derrocar los tronos, como un precursor de la Revolución francesa, nadie ha puesto en duda su genio, un genio cuyo carácter es la firmeza indomable en la concepción y realización de un plan de gobierno que todo lo subordina al triunfo de la justicia. La Iglesia le honra como uno de sus más intrépidos campeones, y todo espíritu sincero debe reconocer en él un héroe del deber, a un gran defensor de los más puros ideales de la Humanidad. Justiciero imperioso y a veces implacable, conoció, sin embargo, las dulzuras de la misericordia y los escrúpulos de la caridad. Precisamente fue la caridad, fue la condescendencia, la que le movió a obrar más de una vez, en perjuicio suyo, contra lo que le dictaban su clarividencia política, su habilidad y su conocimiento de los hombres. Y es que no podía olvidar que, además de un jefe, era un asceta, un monje. Era un jefe espiritual. Sus cartas nos revelan también al hombre que conoce todas las tristezas del abandono, todos los terrores de la incertidumbre. Parece un gigante, inaccesible a la turbación y al desfallecimiento, y, sin embargo, gime abrumado por el peso de la tiara. «Fatigado por la afluencia de los visitantes y la solicitud de los negocios—dice a un amigo—, escribo tan poco a quien tanto amo. Te confieso que esta baraúnda de cosas me hace odiar la vida y desear la muerte. Pero cuando el pobre Jesús, consolador piadoso, tiende la mano, una alegría nueva inunda todo mi ser. En mí, cierto, yo muero sin cesar; pero en él vivo con una vida que a mí mismo me llena de admiración.»

SANTA MARíA MAGDALENA DE PAZZI

Oh amor, amor, amor! ¡Basta, basta! Es demasiado. Eres un loco, estás loco de amor. Eres la pena y el consuelo, la fatiga y el descanso, la muerte y la vida. Eres todo amable y deseable, nutritivo y unitivo, deleitante y confortante. ¡Oh amor, amor, tú me haces morir de amor!» Así decía sor María Magdalena, corriendo, corriendo por las galerías del convento con su Cristo en la mano, las tocas en desorden y los ojos delirantes. Reía y sollozaba a la vez, daba saltos jubilosos, volvía la mirada del Cielo al crucifijo y del crucifijo al Cielo, y a las hermanas que salían a su encuentro les decía: « ¿Sabéis? Está loco; le ha vuelto loco el amor; es todo amor, sólo amor, este mi hermoso, mi amable, mi gracioso, mi poderoso, mi inefable, mi adorable Jesús. Y luego, dirigiéndose hacia los ventanales del claustro, gritaba: «¡Oh amor, amor! Quiero que me oiga todo el mundo, desde el Oriente hasta el Occidente, hasta los confines del mar, hasta el infierno. Que todo el mundo sepa que Tú eres el único, el verdadero amor. ¡Oh amor, penétralo todo, atraviésalo todo, rómpelo todo, únelo todo, gobiérnalo todo. Tú eres Cielo y tierra, aire y fuego, sangre y agua, Dios y hombre!»

Las hermanas acudían, unas llorando y otras riendo; unas llevadas por la curiosidad, otras por la caridad o la devoción. « ¡Es una santa!», decían muchas, y algunas pensaban : «¡ Es una loca! » Al fin, María Magdalena se sentaba en el suelo sudorosa y jadeante, oprimiendo el crucifijo contra su corazón y limpiando la sangre de su rostro con la punta del velo. «¿Veis?—decía—. Mi amado es blanco y rojo. Mirad su sangre, la sangre que tiñe su cuerpo de azucena.» Las monjas miraban, y no veían más que la bella imagen de marfil, tallada con aquel gusto del detalle que tenían los artistas del Renacimiento italiano. Veían también a su compañera fatigada, cubierta de sudor, agitada por aquellos ímpetus amorosos. Todo su cuerpo parecía una llama, sus manos ardían, la fiebre iluminaba sus ojos, un fuego interior la consumía, y ella se veía obligada a exclamar: «Ya no puedo con este ardor sofocante; denme agua, Hermanas, que me ahogo.» Y le rociaban el rostro, el pecho y los brazos, y la desabrochaban la túnica, y así lograban hacerla respirar.

Esto pasaba en el convento de monjas carmelitas de San Juan, de Florencia. Desde que María Magdalena había entrado en él, la comunidad andaba revuelta. Todo parecía extraordinario en aquella joven. Ya de niña odiaba los juegos, las aguas perfumadas, los jabones de olor, las cintas y las peinetas. Cuando salió del colegio, su madre quiso darle una sorpresa presentándole un vestido blanco que sería la admiración de toda la sociedad florentina; pero nada más verle la niña, se echó a llorar. Su palacio—los Pazzi tenían un magnífico palacio en la mejor vía de la ciudad— era para ella como una ermita. A los cinco años conocía por olfato cuándo comulgaba su madre; a los siete hacía la meditación siguiendo escrupulosamente el mecanismo del método ignaciano; a los diez pronunciaba el voto de virginidad, y a los quince vestía el hábito carmelitano. Antes de que sus ojos pudiesen abrirse a las alegrías terrenales, Dios la había introducido en la nube misteriosa donde se comunica con sus predestinados.

Los éxtasis comenzaron en el noviciado y continuaron toda la vida. Nada puede igualarse al dramatismo de aquella existencia prodigiosa, poblada de ángeles y santos, ensombrecida por rugidos de fieras y terrores de demonios, iluminada por divinos resplandores, agitada por tentaciones horrendas y desgarrada por penitencias inauditas. Entre los velos del éxtasis, el Amado habla a la amada, la dirige, le traza el plan de su vida y la sujeta a las terribles exigencias del divino amor. Un día le dice: «Vas a vivir a pan y agua.» Y María Magdalena se somete gozosamente a aquel régimen draconiano. Otro día la voz le pide que ande descalza, y ella obedece sin titubear. En una ocasión. Jesús le enseña una caverna espantosa. De ella salen rugidos de leones, silbidos de serpientes, aullidos de perros, gañidos de zorros, olor de azufre, humo, llamas y lamentos. «Es preciso—ordena la visión—que entres en esa madriguera de bestias salvajes y que vivas en ella durante cinco años, sin una luz, sin un consuelo, sin el menor gusto sensible.» La pobre monja temblaba, pero la mirada del Esposo se le presentó seria y triste, y nuevamente doblegó su voluntad.

Entonces empieza el tormento de las tentaciones. Todo el cristianismo se le presenta como una farsa. Del fondo de su ser surgían voces que decían porfiadamente: Dios no existe, los santos no se acuerdan de ti, eres una necia si buscas a tu Jesús en la Eucaristía. Blasfemias horribles se le venían a la punta de la lengua cuando cantaba en el coro; la vista de las imágenes sagradas la ponía nerviosa; y más de una vez, acercándose al ventanillo para comulgar, cayó como muerta, convencida de que tenía delante al demonio. Al mismo tiempo, el fuego de la concupiscencia devoraba su cuerpo; se le ofrecían las imágenes más seductoras, y una fuerza impetuosa la empujaba inconscientemente fuera del convento. Pero allí, junto a la portería, estaba la leñera, y un día la pobre monja apareció desnuda entre las zarzas, los leños y las astillas, sofocando el incendio interior con las desgarraduras de la carne. No menos violenta y más humillante aún era la tentación de la gula. A su paso se abrían las arcas y los armarios, y los manjares más exquisitos se presentaban ante su vista. Parecía como envuelta en una oscuridad infernal, y un torbellino de desesperación la atormentaba sin cesar. Pensaba con frecuencia en el suicidio, temblaba cada vez que veía una soga, y una noche, estando con las demás en el coro, saltó de su asiento, en el paroxismo de la lucha, corrió al refectorio y echó mano del cuchillo; pero logró dominarse, y poco después aparecía en la iglesia, colocaba el cuchillo en manos de la Virgen y terminaba pisoteándole rabiosamente. A veces tenía luchas visibles con el enemigo. Veíale en forma de bestias horribles, que se acercaban a ella con gestos amenazadores. « ¡Auxilio!—decía, llamando a sus Hermanas—; venid en mi ayuda, que me devora.» Las Hermanas nada veían, pero oían sus sollozos angustiosos y sus lamentos cuando rodaba por tierra una y otra vez. Luego se levantaba animosamente, tomaba la disciplina y caminaba a través de la iglesia, golpeando los bancos y las paredes.

El premio de tan largos combates fueron cinco gracias extraordinarias: los estigmas espirituales, la corona de espinas, los desposorios místicos, la entrega del Corazón de Jesús y la participación de la pureza divina. Siguieron las visiones, las apariciones y los arrobamientos. Un coro de bienaventurados bajó a felicitarla por su victoria definitiva. Ella les miraba y remiraba, se volvía de un lado a otro y les decía: «Perdonadme, santos de Dios; toda la eternidad es poca para admirar vuestra belleza; pero mientras dirijo la mirada a los que están a mi derecha, no puedo ver a los que se han colocado a mi izquierda.» Luego les invitó a dar un paseo por el monasterio para visitar el campo de sus luchas. Iba ella radiante de alegría, cantando y danzando. «Clamad y aullad—gritaba, insultando a los demonios—; ya no os tengo miedo; me río de vosotros, os desprecio y para mi alma no valéis más que frágiles mariposas.» Había llegado la hora de los coloquios amorosos con el Amado. A sus ojos, Jesús es, hoy, un niño recién nacido, que le tendía las manitas sonrosadas y temblorosas; otra vez, un pequeñuelo, que le pedía su ayuda para dar los primeros pasos; otras, un adolescente lleno de gracia, o un mancebo rebosante de belleza y de bondad.

Los éxtasis eran continuos; duraban largas horas, y a veces días enteros. La sorprendían orando, lavando, comiendo o levantando el brazo para acercar el vaso a la boca. Le bastaba oler una flor, ver una estrella, oír el nombre de Jesús o pronunciar la palabra amor. Unas veces perdía completamente el sentido, quedaba inmóvil como una estatua de piedra, y no había fuerza capaz de mover sus brazos; otras parecía desdoblarse de una manera misteriosa: muchas veces le vinieron los éxtasis mientras pintaba—era muy aficionada a pintar imágenes devotas—, o pulverizaba el oro, o bordaba, o cosía. No obstante, seguía trabajando con la mirada fija en el Cielo. Entonces sus compañeras le vendaban los ojos o bien cerraban las ventanas de la habitación, paro sus dedos se movían certeros trazando bellos rasgos sobre el pergamino o exquisitos pespuntes en las casullas. Con frecuencia, en aquellos vuelos de su alma hacia las puras regiones en que la aguardaba el Esposo, hablaba largamente, con extraordinaria rapidéz, como dialogando con alguien. Todos los motivos de la conversación se reflejaban en su rostro: alegre o pálido, radiante o compasivo, encendido o desencajado. Tan pronto se echaba a llorar lívida y temblorosa, como empezaba a correr alborozada por todo el convento con tal ligereza que nadie era capaz de alcanzarla. Seis religiosas estaban siempre dispuestas para recoger las palabras que caían de sus labios en aquellas horas misticas, y gracias a eso conservamos sus discursos, ricos de doctrina, penetrados de suspiros amorosos, matizados de imágenes deslumbrantes, iluminados por reverberos de aquel mundo en que flotaba el espíritu de la vidente.

Entre tanto, María Magdalena, la favorecida de Dios, era la monja más humilde del convento. «Creedme, Hermanas mías—solía decir a las demás—; si la gracia divina no me hubiese traído al claustro, habría terminado en un presidio.» Y besaba arrebatadamente aquellos muros de su reclusión, y se postraba a la entrada de la iglesia para que todas pasasen sobre su cerviz, y caminaba de rodillas en el refectorio pidiendo de limosna a las demás un mendrugo de pan, y aparecía por las mañanas atada a la reja del altar, con los ojos vendados y colgando del cuello un cordel infamante. Una divina locura se había apoderado de ella: el dolor era su placer, la enfermedad trituraba sus huesos, la fuerza del amor hacíala languidecer, la penitencia mortificaba su carne, y ella repetía sonriendo: «Señor, padecer y no morir.» A los cuarenta años la vidente saludaba ya con alborozo el alba de la eternidad. Destellos de lumbre increada relampagueaban en sus ojos, aquellos ojos que, los que la vieron en sus raptos, confundían con dos luceros. Ellos daban la expresión a todo el rostro. No era propiamente una belleza. Tenía una espléndida cabellera de ébano, una frente elevada, una boca grande, una nariz firme, una mandíbula pronunciada y en los labios una mueca, que no se sabe si terminará en risa o en llanto: rasgos enérgicos y varoniles, iluminados por dos ojos grandes y magníficos, ávidos de profundidades y lejanías.

jueves, 24 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno, bajó a Pablo y lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó:
- «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos.»
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto.)
Se armó un griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
- «No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?»
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
- «¡Animo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma.»


En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:
- «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.
Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.»


Palabra del Señor.

María Auxiliadora

En el siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón, llevado por la ambición y el orgullo, se atrevió a encarcelar al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica".

Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a acabar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

Novena a María Auxiliadora
(Recomendada por San Juan Bosco)

1º Rezar, durante nueve días seguidos, tres Padresnuestros, Avemarías y Glorias con la siguiente jaculatoria: "Sea alabado y reverenciado en todo momento el Santísimo y Divinísimo Sacramento" y luego tres Salves con la jaculatoria: "María Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros".
2º Recibir los Santos Sacramentos de Confesión y Comunión.
3º Hacer o prometer una limosna en favor de las obras de apostolado de la Iglesia o de las obras salesianas.

San Juan Bosco decía "Tened mucha fe en Jesús Sacramentado y en María Auxiliadora y estad persuadidos de que la Virgen no dejará de cumplir plenamente vuestros deseos, si han de ser para la gloria de Dios y bien de vuestras almas. De lo contrario, os concederá otras gracia iguales o mayores".

NOVENA DE LA CONFIANZA

Madre mía de mi vida,
auxilio de los cristianos,
la pena que me atormenta,
pongo en tus benditas manos.
(Ave María)

Tú que sabes mis secretos,
pues todos te los confío,
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío.
(Ave María)

Y aunque tu amor no merezco,
nadie recurre a Ti en vano,
pues eres Madre de Dios
y Auxilio de los cristianos.
(Ave María)

Finalmente, se reza la oración de San Bernardo:

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, decía Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
- «Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño.
Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos. A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. Siempre os he enseñado que es nuestro deber trabajar para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.”»
Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de rodillas, y rezó. Se echaron a llorar y, abrazando a Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba era lo que había dicho, que no volverían a verlo. Y lo acompañaron hasta el barco.


En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:
- «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.
Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo.
Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»


Palabra del Señor.

Romano el Meloda miércoles 23 Mayo 2012

Nacido en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al grupo de teólogos que ha transformado la teología en poesía. Pensemos en su compatriota, san Efrén de Siria, quien vivió doscientos años antes que él.

Y pensemos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón; o en un teólogo, un pensador de gran vigor, como santo Tomás, que nos ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi; pensemos en san Juan de la Cruz y en otros muchos.

La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza. Romano el Meloda es uno de éstos, poeta y teólogo compositor. Aprendió las bases de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se transfirió a Berito (Beirut), perfeccionando la instrucción clásica y los conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años.

Después se transfirió a Constantinopla, hacia el final del reino de Atanasio I (en torno al año 518), y allí se estableció en el monasterio en la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios. Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición en sueños de la Madre de Dios y sobre el don del carisma poético.

María, de hecho, le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente, era la fiesta de la Navidad, Romano se puso a declamar desde el ambón: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente» (Himno sobre la Navidad I. Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (tras el año 555).

Romano ha pasado a la historia como uno de los autores más representativos de himnos litúrgicos. La homilía era entonces, para los fieles, prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época, así como de un método vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.

El lugar en el que predicaba Romano era un santuario de las afueras de Constantinopla: se subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una representación bastante elaborada: utilizaba representaciones en las paredes o iconos sobre el ambón y se servía también del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas Kontákia.

El término kontákion, «pequeña vara», parece que hace referencia al pequeño bastón en torno al que se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los Kontákia, que se han conservado bajo el nombre de Romano, son 89, pero la tradición le atribuye mil. En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, en su mayoría de 18 a 24, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas se modelan según los del irmo.

Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), en general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acrostico), precedido frecuentemente con el adjetivo «humilde». Una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados concluye el himno. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, en general en forma de oración o súplica. Anunciaba así el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se repetía en coro al final de cada estrofa, declamada por él con una modulación de voz elevada.

Un ejemplo significativo es el kontakion con motivo del Viernes de Pasión: es un diálogo entre María y el Hijo, que tiene lugar en el camino de la Cruz. María dice: «¿Adónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida?/ Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado,/ ni podría imaginar nunca que llegarían a este nivel de furor los impíos/echándote las manos encima contra toda justicia». Jesús responde: «¿Por qué lloras, madre mía? [...]. ¿No debería irme? ¿No debería morir?/ ¿Cómo podría salvar a Adán?».

El hijo de María consuela a la madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: «Depón, por tanto, madre, depón tu dolor:/ no es propio de ti el gemir, pues fuiste llamada "llena de gracia"» (María a los pies de la cruz, 1-2; 4-5). En el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras,/ al conocer tu voluntad, me dirá:/-Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado?/[...] -Tú, anciano, déjame mi hijo,/y cuando quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí» (El sacrificio de Abraham, 7). Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo.

Quisiera citar un ejemplo de la manera viva y muy personal con la que hablaba del Señor Jesús: le llama «fuente que no quema y luz contra las tinieblas», y dice: «Yo anhelo tenerte en mis manos como una lámpara;/ de hecho, quien lleva una luz entre los hombres es iluminado sin quemarse./ Ilumíname, por tanto, Tú que eres Luz inapagable» (La Presentación o Fiesta del encuentro, 8).

La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia entre sus palabras y su vida. En una oración dice: «Aclara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca/ y, después de haberla llenado, penetra mi corazón para que mi actuar/ sea coherente con mis palabras» (Misión de los Apóstoles, 2). Examinemos ahora algunos de sus temas principales.

Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre creación e historia de la salvación, unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo.

En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que se da entre Cristo, ascendido al cielo, y los apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: «[...] con virtud divina han conquistado a todos los hombres;/ han tomado la cruz de Cristo como una pluma,/ han utilizado palabras como redes y con ellas han pescado por el mundo,/ han tenido el Verbo como agudo anzuelo,/ para ellos ha servido de cebo/ la carne del Soberano del universo» (Pentecostés 2;18). Otro tema central es, claro está, la cristología.

No se mete en el problema de los conceptos difíciles de la teología, sumamente discutidos en aquel tiempo, y que también laceraron la unidad no sólo entre los teólogos, sino incluso entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental, la cristología de los grandes Concilios.

Pero sobre todo se acerca a la piedad popular, de hecho los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano, y de este modo Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero Hombre-Dios es una sola persona, las síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del mismo Verbo de Dios. «Era hombre -dice-- Cristo, pero también era Dios,/ ahora bien, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es uno solo» (La Pasión 19).

Por lo que se refiere a la mariología, en acción de gracias a la Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más bellas: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva. Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión en la penitencia y en el ayuno. El cristiano debe practicar la caridad, la limosna.

Acentúa el primado de la caridad sobre la continencia en dos himnos, las Bodas de Caná y Las diez vírgenes. La caridad es la más grande de las virtudes: «[...] Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta,/ pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto./ Las otras brillaron para las lámparas del amor por la humanidad,/ por eso las invitó el esposo» (Las diez vírgenes, 1). Humanidad palpitante, ardor de fe, profunda humildad rezuman los cantos de Romano el Meloda.

Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, nace la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural tampoco muere, sino que sigue estando viva y presente.

Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes, no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos «en casa»: donde encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música --el gregoriano o Bach o Mozart-- es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe . Si la fe está viva, la cultura cristiana no se queda en algo «pasado», sino que sigue viva y presente. Y si la fe está viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: «Cantad al Señor un cántico nuevo». Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos. Su Santidad Benedicto XVI ; Romano el Meloda, escritor bizantino.

martes, 22 de mayo de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando se presentaron, les dijo:
-«Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos.
Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús.
Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu.
No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.
He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios.»


En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
- «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste.
Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste.
Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo.
Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.
Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos.
SI, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado.
Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»


Palabra del Señor.

SANTA RITA DE CASIA

Una infancia feliz entre esplendores señoriales, corriendo a través de los amplios salones del castillo de Rocca-Porena, rodeada de doncellas, de domésticos, de pajes y de soldados. Nada le faltó en aquellos días: ni oro, ni cariño, ni cintos de seda, ni joyeles de plata, ni esmerada educación. A los doce años, el matrimonio, y con él el derrumbamiento de sus sueños de felicidad. La pobre niña cae en manos de un demonio vestido de hierro: un caballero para quien no hay más ley que su capricho, ni más ejercicio que el de las armas, ni más razón que la fuerza bruta. Fuera de casa, las mujeres y el vino, los duelos y los naipes; en casa, gritos, blasfemias y golpes. Al principio, Margarita, Rita, como habían empezado a llamarla en el castillo cariñosamente, creyó que había caído en el infierno; lloró días enteros y suspiró por la muerte. No tardó, sin embargo, en reaccionar. Era una naturaleza vigorosa; una sabina fuerte, hija de aquella tierra umbra, fría y austera, que había sido madre de capitanes indomables y rígidos ascetas. Desde las torres de Rocca-Porena se distinguía allá abajo, a muy pocos kilómetros, el valle de Nursia, patria de Sertorio y de San Benito.

Rita comprendió claramente su misión: callar, sufrir, rezar. Nada podía alterar la dulzura infinita de su alma; a los insultos contestaba con amables sonrisas; a las infidelidades, con muestras de un cariño infatigable. Al mirar su rostro, no solamente parecía resignada, sino también contenta. A pesar de los combates de su interior, logró ser considerada como la esposa más sumisa, más dulce, más complaciente. Logró algo más: poco a poco, la fiera iba domesticándose. De la violencia, su marido había pasado a la admiración, de la admiración al respeto, del respeto al cariño. Cuentan sus biógrafos, que a fuerza de paciencia el lobo se convirtió en cordero; y dicen también que Rita le lloró inconsolablemente cuando un día vinieron a decirle que había sido asesinado en una encrucijada. Sin embargo, perdona sinceramente. Averigua que sus dos hijos quieren vengar al muerto; para evitar un nuevo crimen, pide a Dios que les saque de este mundo, y Dios escucha su ruego.

Desde entonces vive sola en su castillo, entregada a la oración y a la penitencia. Sus pajes son ahora los ángeles; y los pobres sus amigos. Cuando, a través de las saeteras, tiende hacia el espacio su mirada, su corazón arde en aquellos mismos anhelos que, cerca de allí, abrasaron a Escolástica de Nursia y Angela de Foligno. Enamorada de Jesús, quiere entregarse a él enteramente. Varias veces durante la noche llega hasta ella el tintineo de los campanillos que suenan allí abajo, al pie de su roca, en la torre de las agustinas de la Magdalena. Aquellos campanillos son su tormento. Llaman a adorar a Dios; pero, ¡ay!, no la llaman a ella. Tres veces se ha postrado de rodillas ante las Madres, pidiéndoles una túnica y un velo, y tres veces ha sido rechazada. Tal vez ha empezado a saberse en los círculos piadosos de la pequeña ciudad de Cassia algo de su vida misteriosa: sus éxtasis, sus grandes penitencias, su prolongada contemplación. Siempre admiramos a los santos, pero hay algo en ellos que nos intimida y que nos induce a venerarlos, ciertamente, pero a cierta distancia. Acaso era esto lo que movía a las agustinas de Cassia a cerrar la puerta de su convento a la castellana de Rocca-Porena. Pero una noche, mientras derramaba aquellas sus lágrimas, que eran a la vez amor, deseo, oración y esperanza, un golpe sonó a la puerta y tras el golpe una voz que decía: «Rita, mi muy amada, vete ya, que ha llegado tu hora.» Llena de júbilo, la dulce viudita abre la ventana vuela hasta la llanura y unos instantes después se encontraba en el coro cantando los maitines con las reverendas Madres agustinas. La abadesa, viendo un bulto más en el coro, no salía de su admiración. Miraba una y otra vez por encima del códice, se restregaba los ojos, y no pudo contener un gesto de disgusto al reconocer en la intrusa a la señora del castillo. Al terminar el rezo, llamó a la portera y le dijo muy seria: «Es muy grave eso de dejar las puertas abiertas durante la noche; figúrese, Hermana, que en vez de esa loca se nos mete una cuadrilla de malhechores.» Mas la portera aseguró que había dejado las puertas cerradas, y bien cerradas. Y añadió: «Tal vez la tornera...» Y la tornera dijo: «Tal vez la sacristana...» Y unas y otras discutían acaloradas, hasta que Rita pidió que le permitiesen hablar, y explicó todo lo que había sucededio. Ante la voluntad expresa de Dios, admitió a la vidente en sus filas, y desde entonces Monna Rita se llamó Sor Rita.

Y fue como antes: humilde, sufrida, obediente, amante del dolor hasta el delirio. Los fenómenos extraordinarios despiertan siempre el recelo y la desconfianza, y así sucedió también en la comunidad de Santa María Magdalena de Cassia. Rita conoció las pruebas duras, las miradas desconfiadas, las sonrisas del desprecio y el sarcasmo. Durante meses regó por obediencia un tronco seco que había en el Jardín. Naturalmente, aquel tronco nunca dio peras, pero en el alma de la hortelana crecía un rosal maravilloso. Y Rita sonreía. Estaba, además, el combate del demonio y el de la carne. Cuando la carne se rebelaba, Rita cogía su candela y la colocaba en el pie o en la mano, y mientras la carne chisporroteaba, mordida por el fuego, ella sonreía. Y luego, las pruebas del Esposo. El Esposo celeste seguía los métodos que tan buen resultado le dieron al esposo de la tierra. A fuerza de místicos besos, hizo brotar en la frente de la amada una fuente de sangre y de pus, una herida hedionda, que no tardó en convertirse en un nido de gusanos blancos y monstruosos, un olor apestoso salía de aquel hervidero, y las Hermanas huían horrorizadas, tapándose las narices. Semanas enteras se pasaba la paciente sin ver a nadie, sin probar bocado, sin aparecer en público más que para comulgar. Y cuando alguien le decía que desalojase a los parásitos que corrían por su cara, ella sonreía y decía dulcemente: «Dejadlos, son mis angelitos.» Aquella mansedumbre llegó a conmover al Esposo celestial. Al fin, Jesús se prestaba a todos sus caprichos. Ya en su última enfermedad, Rita pidió que le trajesen una rosa del jardín de su castillo. Como era en enero, creyeron que deliraba; pero en el tallo más alto del rosal apareció una rosa fragante y hermosa. Al día siguiente se le antojaron dos higos, y la higuera de Rocca-Porena dio los higos deseados. Cuando Rita murió, la llaga resplandecía en su rostro como una estrella en un rosal.