lunes, 25 de julio de 2011

Santiago Apóstol

El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: "Sant Iacob, ayúdenos". Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Fue uno de los 12 apóstoles del Señor.

Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista.

Santiago formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro. Después de presenciar la pesca milagrosa, al oír que Jesús les decía: "Desde ahora seréis pescadores de hombres", dejó sus redes y a su padre y a su empresa pesquera y se fue con Jesucristo a colaborarle en su apostolado. Presenció todos los grandes milagros de Cristo, y con Pedro y Juan fueron los únicos que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor y en su Oración en el Huerto de Getsemaní. ¿Por qué lo prefería tanto Jesús? Quizás porque (como dice San Juan Crisóstomo) era el más atrevido y valiente para declararse amigo y seguidor del Redentor, o porque iba a ser el primero que derramaría su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Que Jesús nos tenga también a nosotros en el grupo de sus preferidos.

Cuenta el santo Evangelio que una vez al pasar por un pueblo de Samaria, la gente no quiso proporcionarles ningún alimento y que Santiago y Juan le pidieron a Jesús que hiciera llover fuego del cielo y quemara a esos maleducados. Cristo tuvo que regañarlos por ese espíritu vengativo, y les recordó que El no había venido a hacer daño a nadie sino a salvar al mayor número posible de personas. Santiago no era santo cuando se hizo discípulo del Señor. La santidad le irá llegando poquito a poco.

Otro día Santiago y Juan comisionaron a Salomé, su madre, para que fuera a pedirle a Jesús que en el día de su gloria los colocara a ellos dos en los primeros puestos: uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús les dijo: "¿Serán capaces de beber el cáliz de amargura que yo voy a beber?" Ellos le dijeron: "Sí somos capaces". Cristo añadió: "El cáliz de amargura sí lo beberán, pero el ocupar los primeros puestos no me corresponde a Mí el concederlo, sino que esos puestos son para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre Celestial". Los otros apóstoles se disgustaron por esta petición tan vanidosa de los dos hijos de Zebedeo, pero Jesús les dijo a todos: "El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos, a imitación del Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir". Seguramente que con esta lección de Jesús, habrá aprendido Santiago a ser más humilde.

Después de la Ascensión de Jesús, Santiago el Mayor se distinguió como una de las principales figuras entre el grupo de los Apóstoles. Por eso cuando el rey Herodes Agripa se propuso acabar con los seguidores de Cristo, lo primero que hizo fue mandar cortarle la cabeza a Santiago, y encarcelar a Pedro. Así el hijo de Zebedeo tuvo el honor de ser el primero de los apóstoles que derramó su sangre por proclamar la religión de Jesús Resucitado.

Antiguas tradiciones (del siglo VI) dicen que Santiago alcanzó a ir hasta España a evangelizar. Y desde el siglo IX se cree que su cuerpo se encuentra en la catedral de Compostela (norte de España) y a ese santuario han ido miles y miles de peregrinos por siglos y siglos y han conseguido maravillosos favores del cielo. El historiador Pérez de Urbel dice que lo que hay en Santiago de Compostela son unas reliquias, o sea restos del Apóstol, que fueron llevados allí desde Palestina.

Es Patrono de España y de su caballería. Los españoles lo han invocado en momentos de grandes peligros y han sentido su poderosa protección. También nosotros si pedimos su intercesión conseguiremos sus favores.

Apóstol Santiago: pídele a Jesús que seamos muchos, muchos, los que como tú, nos dediquemos con toda valentía y generosidad a propagar por el mundo la religión de Cristo.

domingo, 24 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: -«Pídeme lo que quieras.»
Respondió Salomón:
-«Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
-«Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»


Hermanos:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio.
A los que habla escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos.
A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.



En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría ‘va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: -«Sí.»
Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. »


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homília


“Un corazón dócil para gobernar”.

Salomón ha pasado a la historia judía y cristiana como modelo de rey sabio, porque, en lugar de pedir poder y riquezas, implora a Dios “un corazón dócil para gobernar” (I Reyes 3, 9).
Fue el tercer monarca de Israel, después de su padre David, a quien sucedió.
Utilizó medios violentos para acceder al poder, en contra de su hermano mayor.
Durante su reinado Israel gozó de prosperidad económica y de paz.
Muchos reyes acudieron a Jerusalén para visitarle, entre ellos la famosa reina de Saba.
Se le atribuyen varios libros sapienciales de la Biblia, cantos y proverbios.
Su vida fue poco edificante, pues llegó a tener cientos de esposas y concubinas. Hizo ostentación de sus riquezas y cayó en el peor de los pecados para un israelita: la idolatría.
A su muerte, el Reino de Israel se segregó en dos.
Todo ello no evita que en muchos pasajes bíblicos se alabe su proceder para hacer justicia a su pueblo.
Dios escribe recto con líneas torcidas.

Varias parábolas.

Las parábolas narradas en el evangelio se centran en la respuesta que Jesús quiere de
los que creen en Él.

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y lo compra” (Mateo 13, 44)
“El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al

El núcleo del mensaje es el mismo en ambas parábolas; los dos encuentran algo de inestimable valor: el Reino de los Cielos.
Se entiende así la alegría de innumerables personas, que lo han dejado todo para seguir a Jesús.
San Pablo, después de su conversión y de haber identificado su vida con la de Cristo, decía que “todo lo estimo por basura con tal de ganar a Cristo “ (Filipenses 3, 8).
Algo similar escribía Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.

El Reino, acogido con generosidad, es como un espacio en nuestro mundo terrenal, donde todo se adecua a imagen de Dios; es como un trozo de cielo en la tierra.
A quien no ha recibido el don de la fe, le resulta difícil entender que haya personas capaces de desprenderse de sus bienes.
Sin embargo, nada hay más insensato que el corazón del hombre cuando se empecina en acumular riquezas para asegurarse un futuro feliz y sin sobresaltos.
Pero la felicidad no nos viene dada por lo que tenemos, sino por lo que somos como personas: honestos, respetuosos, caritativos, y dejando actuar a Dios en cada uno de nosotros.

Compartir.

Jesús nos sigue ofreciendo hoy un camino, que no ha perdido el carácter de buena noticia.
La historia humana se ha desarrollado siempre con múltiples vaivenes, marcados por la búsqueda constante de sistemas que logren estabilidad, paz, buena convivencia y una justa distribución de bienes para todos.
Los intentos han sido loables, pero han desembocado en profundos desencantos, no por culpa de los sistemas, sino por la egoísta manipulación de los mismos.
El comunismo fracasó, porque sus dirigentes, al prescindir de Dios y considerar la religión como “opio del pueblo” terminaron convirtiéndose en “dioses”, y esclavizando a los suyos.
El materialismo no persigue la idea de Dios, pero impregna todo el tejido social con la seducción de las riquezas.
Los millones de parados dan fe de la ineficacia de los sistemas políticos cuando la crisis de valores y el desarme moral amordazan las reacciones humanas ante las injusticias.

Las palabras de Jesús: “Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y vente conmigo” (Mateo 19, 21), no parecen tener demasiado eco en nuestra sociedad postmoderna.
A pesar de todo, el camino a seguir pasa primero por abandonar todo lo superfluo y confiarnos en la Providencia, que llena con creces los vacíos de nuestras almas.

“Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mateo 19, 21).

Últimamente estamos asistiendo en España a concentraciones de protesta contra la clase política para promover lo que llaman “democracia real” en nombre de todos los indignados. No sabemos dónde desembocará este movimiento, ni quién o quienes mueven los hilos desde la trastienda y con qué objetivos. El futuro desvelará el misterio.

Algo sí es cierto: debemos acabar cuanto antes con lo privilegios, prebendas, exenciones fiscales... de nuestros políticos, en tanto haya millones de ciudadanos con problemas para llegar a fin de mes.
Por otro lado, ir contra el sistema democrático, libremente asumido por el pueblo, no es la mejor carta de presentación para solucionar nuestro futuro inmediato.
Dicho esto, podemos preguntarnos: ¿En qué puesto de preferencia colocamos los valores morales, la fe, la familia... y Dios?.
La regeneración auténtica de una sociedad enferma comienza por un diagnóstico claro de los niveles morales a los que hemos llegado y tomando medidas para educar a las próximas generaciones en reglas justas de convivencia, de respeto y de reconocimiento y protección del hecho religioso.
Si buscamos tesoros imperecederos, nuestro corazón estará sano.
Si lo que buscamos son tesoros efímeros, nuestro corazón navegará por la senda de la amargura.
Si hemos encontrado el Reino de los Cielos, demos gracias a Dios y pidámosle que no perdamos la perla de gran valor: la FE que nos salva y que nos permite amar más y mejor en medio de este caos que nos toca vivir.
No echemos en saco roto el salmo 18, que nos presenta la liturgia de hoy: “Más estimo yo los preceptos de tu boca, que miles de monedas de oro y plata”·

Y, pase lo que pase, siempre están vigentes, y podemos hacerlas propias, las palabras de San Pablo a los Romanos:
“Sabemos que, a los que aman a Dios, todo les sirve para bien”


¡Feliz Domingo!

sábado, 23 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»


Palabra del Señor.

Santa Brígida

Suecia es en la actualidad un país típicamente protestante: sus habitantes, en su inmensa mayoría, son luteranos, y la vida y la cultura de la nación están impregnadas del espíritu del protestantismo. La Reforma, que allí tuvo lugar en la primera mitad del siglo xvi, favorecida por los nobles y por el poder real, acabó por completo con el catolicismo, seis veces secular: hoy día hay de nuevo católicos en Suecia, pero son muy poco numerosos. Sin embargo, durante la' Edad Media la cultura católica y la vida espiritual florecieron también en los países escandinavos, que llegaron a constituir un verdadero plantel de santos. Están, en primer lugar, los tres santos reyes mártires, patronos de los tres reinos escandinavos: San Canuto de Dinamarca, San Olao de Noruega y San Eric de Suecia, y después otros muchos más (sobre todo monjes y monjas, presbíteros y obispos); pero entre todos los santos de Escandinavia, la más célebre es Santa Brígida de Suecia.

Santa Brígida nació probablemente en 1303 en Finsta, en la región de Upland, núcleo originario del reino de Suecia. De su infancia no sabemos mucho; cuenta una piadosa leyenda que, al nacer, su madre se salvó milagrosamente del peligro de muerte en que se encontraba, y que, niña ya, si se intentaba castigarla, las varas se quebraban al ir a pegarle. Fueron sus padres Birger Petersson e Ingeborg Bengtsdotter, ricos terratenientes; su padre era senador del reino y gobernador de Upland y, lo mismo que su madre, era de una profunda y piadosa religiosidad: ambos se confesaban todos los viernes, se mortificaban con rigurosos ayunos, practicaban la limosna, apacentaban su espíritu con lecturas piadosas y hacían largas peregrinaciones. En realidad, toda la familia de Santa Brígida era muy devota y cristiana: tía suya era Ingrid de Skänninge, fundadora del primer convento de dominicas en Suecia, y un hermano de Santa Brígida, cuyo nombre era Israel, se llamaba y consideraba caballerescamente "el novio de la Virgen". Santa Brígida quedó muy pronto huérfana de madre, y, sin salir del medio social de, su cuna, se educó con una tía suya, esposa del gobernador de Östergötland, en un ambiente religioso y caballeresco.

A los catorce años (conforme a los usos de la época) fue casada con el noble caballero Ulf Gudmarsson, senador y gobernador de la región de Närke; fijaron su residencia en Ulvasa, en Östergötland, y en casi treinta años de matrimonio tuvieron ocho hijos (Marta, Carlos; Birger, Catalina, Benito, Gudmar, Ingeborg y Cecilia) de muy diverso carácter, pues mientras Carlos fue un príncipe ligero y mundano, Catalina (elevada también a los altares) sería la fiel continuadora de la obra de su madre, a quien profesó en vida una ejemplar devoción filial y de quien fue su mejor colaboradora.

Santa Brígida ayudaba a su marido en el gobierno de sus extensos dominios señoriales y le animaba a la lectura y al estudio, con el fin, sobre todo, de que conociera bien las leyes para juzgar ¡con rectitud; mas no por ello desatendía la educación de sus hijos: asistía ella misma a las lecciones del clérigo encargado de la instrucción de los niños y juntamente con ellos empezó a aprender latín, velando al mismo tiempo por que se les infundiera el santo temor de Dios y se fortalecieran en la fe cristiana.

Después, Santa Brígida fue llamada a la corte, como dama de honor de la reina Blanca, esposa del rey Magnus Eriksson; hizo todo cuanto estuvo en su mano para que en la corte hubiera un ambiente menos mundano y los reyes llevaran una vida más profundamente religiosa, si bien sus desvelos no se vieron coronados por el éxito.

En 1341, siguiendo una tradición familiar, Santa Brígida y su marido hicieron la peregrinación a Santiago de Compostela, viaje que duró dos años y que les permitió ver de cerca las dos más grandes calamidades del siglo: la Guerra de los Cien Años (entre Inglaterra y Francia) y 11 el destierro de los Papas en Aviñón (Francia). De vuelta del largo viaje a la remota España, Ulf Gudmarsson se encierra en el monasterio cisterciense de Alvastra, donde enferma y muere el 12 de febrero de 1344.

La muerte de su marido señala el comienzo de una mayor actividad por parte de Santa Brígida. La divina llamada de que entonces fue objeto se nos cuenta de esta manera en las Revelaciones extravagantes: "Pasados algunos días después dé la muerte de su marido, encontrándose santa Brígida muy preocupada acerca de su estado, vióse envuelta e inflamada por el espíritu del Señor; y arrebatada en espíritu vió una nube resplandeciente y oyó una voz que desde la nube le decía: `Yo soy tu Dios, que quiero hablar contigo'. Asustada, no sea que fuese engaño del enemigo, oyó por segunda vez: `No temas, pues Yo soy el Creador, no el engañador. Y has de saber que no hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos. Escucha, pues, lo que digo. Tú serás mi esposa y mi instrumento; oirás y verás cosas ocultas espirituales y celestes, y mi espíritu permanecerá contigo hasta la muerte. Cree, pues, firmemente que soy Yo mismo, que nací de la Virgen pura, que sufrí y padecí muerte de cruz por la salvación de todas las almas; que resucité de entre los muertos y subí a los cielos; que ahora, además, por mi Espíritu, hablo contigo".

Poco después, en 1345, iniciaba Santa Brígida la construcción de un monasterio doble, para monjas y monjes, en Vadstena; a orillas del Vättern, siendo ayudada con dinero por el mismo rey, pero solamente al principio, porque después el monarca se opuso al proyecto y hasta ordenó la demolición de las obras comenzadas. Pero estas dificultades iniciales, lo mismo que otras mayores, que después le saldrían al paso, no arredraron a Santa Brígida. En este tiempo escribe también Santa Brígida la Regla para su proyectado monasterio, y recibe otra serie de revelaciones divinas con el encargo de dar a conocer su contenido, como así lo hace, una vez obtenida la oportuna licencia de los obispos suecos a quienes consultó. De conformidad con lo que se le había revelado, se dirigió amonestando a los monarcas, a los nobles y al mismo clero, para que llevaran una vida más de acuerdo con la moral cristiana; a los reyes de Inglaterra y de Francia, para que hicieran la paz; al Papa, para que abandonara la ciudad francesa de Aviñón y regresara a Roma, verdadera cabeza de la cristiandad.

Y a Roma y no a Aviñón se dirigió Santa Brígida en 1349 con el doble propósito de conseguir del Papa la aprobación de la Regla, y de ganar el jubileo del Año Santo de 1350. Nuestra Santa tuvo en la Ciudad Eterna la revelación de esperar allí hasta que hubiera venido el Papa, y así lo hizo, reuniendo a su alrededor mientras esperaba, un grupo de personas, "los amigos de Dios", entre los cuales sobresalían su hija Catalina y los prelados suecos Pedro de Alvastra y Pedro de Skänninge; años después se unió a ellos el eremita Alfonso de Vadaterra, obispo de Jaén, buen teólogo y bien relacionado con la Curia y la nobleza de Roma, que protegería eficazmente a los ascetas escandinavos y que después sería el recopilador de la obra escrita de Santa Brígida. Después de casi veinte años de espera vino por fin a Roma el papa Urbano V, dando su aprobación a la Orden brigidina, si bien con tantas restricciones que desfiguraban substancialmente la imagen que de la misma había bosquejado la Santa. Por otra parte, el Papa se volvió a Francia, a pesar de las súplicas insistentes de Santa Brígida para que no lo hiciera. Santa Brígida hubo de continuar su estancia en Roma y no volvería ya a ver más su tierra.

Santa Brígida y el grupo reunido en torno a ella llevaban en Roma una vida de inusitada dureza en aquel mundano siglo xiv, siguiendo hasta donde les era posible las normas de la Regla que para su Orden había escrito. El grupo monacal estaba sometido a una estrecha pobreza voluntaria, ganándose todo el sustento con el trabajo manual y en muchos casos pidiendo, lo que no les impedía ejercer la caridad, bien mediante la limosna material, bien enseñando la doctrina -cristiana a los pobres y extranjeros; las visitas a las iglesias y a las sepulturas de los mártires y las peregrinaciones a los más apartados santuarios de toda Italia eran otras de las actividades favoritas de nuestra Santa. Mientras tanto se disciplinaba con largos ayunos y rudas penitencias: por ejemplo, dormía siempre sobre el santo suelo. Santa Brígida, exigente consigo misma, también lo era con los demás; uno de los rasgos de su personalidad que más la dieron a conocer entre las gentes romanas era su actividad amonestadora, hasta el punto de haberle dado el remoquete de "bruja escandinava" todas aquellas personas a quienes molestaban sus constantes llamadas al orden y a la rectitud de vida, algo que brillaba por su ausencia en el ambiente agitado y anárquico de la Roma de aquellos tiempos.

Acompañada de su hija Catalina, de los dos Pedros y de Alfonso de Jaén, embarcándose en Nápoles y haciendo escala en Chipre, hizo también Santa Brígida la peregrinación a Tierra Santa, viviendo medio año en la "tierra del Evangelio", donde Dios se sirvió dispensarle abundantes revelaciones relativas a la vida humana del Señor, en particular sobre su nacimiento y su pasión, revelaciones cuya notoria influencia en los artistas que después han representado tales misterios señalan con complacencia los biógrafos modernos de Santa Brígida. Poco después de haber regresado de esta larga peregrinación, moría nuestra Santa el 23 de julio de 1373 en Roma, en la que había sido su residencia romana -la que después se llamaría "Casa de Santa Brígida", que en los tiempos finales de la Edad Media y luego en los del Renacimiento iba a constituir algo así como el hogar escandinavo de la ciudad de los Papas.

Santa Brígida fue enterrada en la iglesia romana de San Lorenzo in Panisperma; pero sólo provisionalmente, pues poco después su hija Catalina, juntamente con su hermano Birger Ulfsson y los dos Pedros, trasladaron a Suecia los restos mortales de la Santa. El largo camino de Roma a Danzig lo hicieron pasando por Viena y por el celebérrimo santuario mariano de Czestochowa, en Polonia; en Danzig se embarcaron hasta la isla báltica de Öland, que atravesaron por tierra, para embarcarse de nuevo y, bordeando la costa, tocar tierra sueca en Sóderköping; desde aquí, hasta su definitivo reposo en su amado monasterio de Vadstena, los restos mortales de la Santa pasaron todavía por las populosas y para ella familiares ciudades de Skänninge y Linkóping. A su paso por los diversos países de Europa, el fúnebre cortejo iba cumpliendo una verdadera actividad misionera: Santa Catalina dirigía a los pecadores saludables instrucciones, procuraba con sus hechos y palabras inspirar por doquier el santo temor de Dios, y al mismo tiempo daba a conocer las predicciones y revelaciones de Santa Brígida. Ya en Suecia, el recorrido con los restos mortales de Santa Brígida adquirió caracteres de una auténtica procesión triunfal; los milagros florecían a su paso y de todas partes acudían a saber las revelaciones brigidinas, a rogar y rezar ante sus despojos, y a oír los sermones de Pedro de Alvastra. Después de haber recorrido durante más de medio mes las tierras patrias que había dejado un cuarto de siglo antes y a las que en vida no había podido regresar, Santa Brígida fue enterrada en el monasterio de Vadstena el 4 de julio de 1374, viéndose honrado el sepelio con la asistencia de lo más florido de la nobleza y del clero de Suecia, así como de un pueblo abundante y devoto. Los milagros ante su tumba fueron numerosos y poco tiempo después, en 1375, su santa hija Catalina emprendía el largo viaje a Roma para conseguir la canonización de su amada madre y la aprobación definitiva de la Orden brigidina; Santa Catalina vió logrado el segundo objetivo, pero Santa Brígida no fue elevada a los altares sino por el papa Bonifacio IX en 1401 (cuando ya había fallecido Santa Catalina). La canonización fue confirmada en 1415 en el concilio de Constanza por el antipapa Juan XXIII, pero los reyes de Suecia querían una canonización absolutamente legítima para su Santa y pidieron y obtuvieron en 1419 la confirmación de la misma por el papa Martín V, Sumo Pontífice de toda la cristiandad. Su fiesta se celebraba el 7 de octubre, que sigue siendo el día de Santa Brígida en el calendario nacional sueco, hasta el siglo xviii, en que el papa Urbano VIII la trasladó al 8 de octubre para que no coincidiese con la fiesta del Rosario.

Además del ejemplo de su vida de santidad, de la extraordinaria y sorprendente actividad de Santa Brígida han llegado hasta nosotros dos frutos visibles y perdurables: sus obras literarias y la Orden del Santísimo Salvador.

La Orden brigidina (Ordo Sanctissimi Salvatoris) es una Orden contemplativa cuya finalidad primordial es alabar al Señor y a la Santísima Virgen y ofrecer reparación por las continuas ofensas que se cometen contra la divina Majestad; sus miembros han de llevar una vida perfecta para el honor de Dios y la salvación de las almas y tomar como base de su oración la meditación en la pasión del Señor. Su hábito y su manto es gris, y tanto en el hábito como en el número de sus miembros dejó su impronta el arraigado simbolismo medieval. Cada monasterio debía tener 60 monjas, 13 presbíteros, dos diáconos, dos subdiáconos y ocho hermanos legos, con lo cual el número total de 85 personas igualaría al de los 72 discípulos más los 13 apóstoles, incluyendo entre éstos a San Pablo. El carácter de Orden mixta fue una de las mayores dificultades que encontró nuestra Santa para su aprobación, aparte de la decisión, aún vigente en su época, del concilio de Letrán de 1215 de que no se crearan Ordenes nuevas. Realmente fue la hija de Santa Brígida, Santa Catalina, la que consiguió la aprobación definitiva de la Orden brigidina y quien organizó conforme a la Regla de la misma el monasterio de Vadstena. La Orden del Santísimo Salvador, por su celo apostólico, por su eficaz labor en la instrucción del pueblo y por su actividad cultural, significó un fuerte lazo de unión de los tres reinos escandinavos. Su actividad en el campo de la cultura fue muy grande a finales de la Edad Media: muchos brigidinos escandinavos fueron obispos y profesores de universidad; ellos tradujeron la Biblia a los idiomas escandinavos, y fueron los monjes de Vadstena los que tuvieron la primera imprenta de Suecia. La Orden del Santísimo Salvador se extendió por toda Europa, llegando a tener unos 80 florecientes monasterios; con la Reforma protestante, primero, y con la Revolución francesa, después, la Orden brigidina sufrió mucho, si bien consiguió sobrevivir en Europa en el monasterio bávaro de Altomünster. En el siglo xvi, una dama española, la Venerable Marina de Escobar, dió un gran impulso a la rama española de la Orden que ha perdurado en Méjico y en España. La Orden del Santísimo Salvador ha sido restaurada en nuestros días, siguiendo muy de cerca las huellas y el espíritu de Santa Brígida, merced al infatigable tesón de la madre Isabel Hesselblad, otra tenaz mujer sueca de nuestros días (falleció en 1957); y ha sido construido un nuevo monasterio en Vadstena, al lado mismo de la famosa "Iglesia Azul" (Blakyrka), la primera de la Orden brigidina.

Los escritos de nuestra Santa constituyen la obra capital de la literatura sueca medieval. El conjunto más importante lo forman las Revelaciones, en ocho libros, recogidas y ordenadas (aunque no muy sistemáticamente) por Alfonso de Vadaterra, y las llamadas Revelaciones extravagantes, no incluidas en la recensión hecha por el obispo de Jaén y recopiladas más tarde por Pedro de Alvastra; hay que añadir además la Regla del Santísimo Salvador y el Sermón angélico sobre la excelencia de la Virgen. Santa Brígida sabía y hablaba latín, pero su obra era dictada en sueco a sus secretarios (los dos Pedros), que la iban poniendo en latín; no en un latín con pretensiones clásicas, sino en el latín que era la lengua de la conversación de los hombres cultos de su siglo, es decir, la verdadera lengua europea de la época. El estar en latín fue sin duda un factor que contribuyó decisivamente a favorecer la difusión de los escritos brigidinos, sobre todo de las Revelaciones, que conocieron nada menos que nueve ediciones en menos de doscientos años. Las Revelaciones de Santa Brígida fueron, sin embargo, discutidas desde muy pronto, siendo eficazmente defendidas en el concilio de Basilea (1436) por el dominico, y más tarde cardenal, Juan de Torquemada, quien al mismo tiempo hizo un detenido estudio de las mismas y las clasificó en tres tipos: corporales, espirituales e intelectuales. Estas revelaciones fueron un mensaje que Santa Brígida debía llevar al mundo; el Señor le había dicho: "No hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos". Pero fueron también las revelaciones que iba recibiendo las que determinaban la actuación de Santa Brígida a lo largo de su vida.

Ya a los siete años se le apareció la Virgen María ofreciéndole una corona de espinas: "Ven y acércate, Brígida", le dijo. "¿Quieres esta corona?" "Sí", contestó nuestra Santa. Una corona blanca sobre la toca sería después el distintivo más característico del hábito brigidino. A los diez años se le apareció Cristo en la cruz, diciéndole: "Mira cómo estoy herido". "¿Quién te ha hecho eso, Señor?" "Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto", le dijo el Señor. Pocos años más tarde se le apareció un diablo pestilente, que le dijo: "Nada puedo sin permiso del Crucificado". Todo ello determinaría la profunda devoción de Santa Brígida a Cristo crucificado. Obedeciendo a revelaciones recibidas hizo el viaje a Roma y allí permaneció esperando durante poco menos de veinticinco años el definitivo regresó del Papa; y por el mismo motivo tuvo siempre fe en el triunfo de su obra, es decir, en la definitiva aprobación de la Orden del Santísimo Salvador, cuya Regla había escrito nuestra Santa también por inspiración divina.

Santa Brígida tuvo también revelaciones sobre diversos acontecimientos: por una revelación divina supo, estando en Roma, al mismo tiempo de tener lugar en Suecia, la muerte de su yerno; y predijó también, para tan pronto como hubiese regresado a Aviñón; la muerte del papa Urbano V, quien, a pesar de las insistentes súplicas de la Santa para que no lo hiciera, no quiso quedarse en Roma cuando vino allí en 1367. "Por la gracia del Espíritu Santo -podemos leer en las Revelaciones extravagantes- tuvo este gran don la esposa de Cristo: que cuantas veces se le acercaban personas llenas de espíritu inmundo y soberbio, en seguida sentía un hedor tan grande y tenía en su boca un sabor tan amargo que apenas podía soportarlo". Otros muchos hechos milagrosos se cuentan de nuestra Santa, gran número de los cuales están recogidos en el Libro de los milagros de Santa Brígida de Suecia, pero ¿qué mayor milagro que el de la fundación y pervivencia de la Orden del Santísimo Salvador, fundada en medio de dificultades humanamente invencibles y perenne a pesar de las persecuciones de que ha sido objeto en Europa?

Los escritos de Santa Brígida, y en particular sus Revelaciones, nos permiten conocer muy bien su mundo de ideas y pensamientos, sus ideales, su carácter y hasta el desenvolvimiento de su propia espiritualidad. En ellos queda reflejado: su gozo ante la obediencia ("La virginidad merece la corona-dice-, la viudedad acerca a Dios, el matrimonio no excluye del cielo; pero lo que lleva a la gloria es la obediencia"); su devoción a la humanidad de Cristo (a la pasión sobre todo), a la Eucaristía (Santa Brígida comulgaba los domingos y días de fiesta, lo que entonces se consideraba comunión muy frecuente), al Corazón de Jesús ("Cosa digna es -dice la Santa- que tu invicto Corazón, ¡oh Jesús!, sea siempre magnificado en el cielo y en la tierra e incesantemente alabado") y a la Santísima Virgen (en los escritos brigidinos se puede espigar una serie de afirmaciones que constituyen todo un tratado de mariología). También nos es dado seguir en ellos la lucha que, para conseguir una mayor perfección y llegar a la verdadera humildad, hubo de sostener contra diversas clases de tentaciones: tentaciones de orgullo y sensualidad; tentaciones contra la fe; sentimiento de verse abandonada por el Padre celestial y de considerarse, a veces, incapaz de orar. Pero también podemos ver allí su voluntad inquebrantable, su gusto siempre creciente por la austeridad, su deseo ferviente de apostolado, su afán de reformar las costumbres. Realmente es sombrío el cuadro que Santa Brígida traza en sus escritos al describir el estado de la cristiandad de su época; a laicos, Ordenes religiosas, presbíteros, obispos y papas: a todos llama a penitencia. Si no siempre tuvo éxito, consiguió muchas veces lo que se proponía. A su esposo, lo atrajo a una vida más piadosa; a su hija Catalina, la hizo entrar en el círculo de su actividad de fundación y santificación, y lo mismo sucedió con otras personas que con ella entraban en contacto. Por su carácter práctico y activo, por sus rasgos de simplificación espiritual, por su constante tendencia a la austeridad, se la ha considerado (sobre todo en su país) como una precursora de la Reforma; pero ésos son más bien rasgos de una auténtica reformadora hondamente católica, como lo prueba además su devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Mujer de carácter complejo y gran coraje, fue una infatigable luchadora, y (como ella misma nos dice). "la mensajera de un gran Señor". Por eso Santa Brígida mereció que su muy amado Crucificado le dijera poco antes de morir: "Yo he hecho contigo como suele hacer el esposo, que se esconde de su esposa para ser de ella más ardientemente deseado. Así Yo no te he visitado con consuelos en este tiempo pasado porque era el tiempo de tu prueba. Pero ahora, una vez ya probada, ven a Mí".

viernes, 22 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Así dice la esposa:
«En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré.
Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré.
Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad:
-”¿Visteis al amor de mi alma?”
Pero, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma.»



El primer día de la semana, María- Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde habla estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
-«Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta:
-«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. »
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
-«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
-«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice:
-«¡María!»
Ella se vuelve y le dice:
-«¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice:
-«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
-«He visto al Señor y ha dicho esto.»


Palabra del Señor.

Santa María Magdalena

María Magdalena irrumpe en el Evangelio y en la historia cuando entra, temblorosa pero resuelta, en Casa del fariseo Simón.

La escena relatada por San Lucas (7,36-50) parte en dos vertientes la vida de esta mujer: antes y después de su encuentro con Jesús.

De este episodio, que la liturgia nos propone en el Evangelio de su fiesta, hemos de arrancar para conocerla Delicadamente, el evangelista silencia en este lugar su nombre, pero en el capítulo siguiente nos habla de María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios (Lc. 8,2).

La semejanza íntima entre la María Magdalena nombrada por los cuatro evangelistas con la pecadora innominada que se arroja a los pies de Jesús en casa del fariseo justifican plenamente la identificación que la tradición cristiana y la liturgia hacen de estas dos figuras evangélicas.

Recogiendo los datos necesarios para reconstruir "su pasado" hallamos que era una mujer pecadora que había en la ciudad (Lc. 7,37), que esta ciudad era Magdala, y que le fueron perdonados sus pecados porque había amado mucho (Lc. 7,47); luego antes de la escena en casa de Simón había conocido a Jesús, había sido transformada por El.

Era Magdala una ciudad próspera. Recostada en la ribera del mar de Galilea, se había enriquecido con la industria de salazón de pescado. A esto había que añadir la riqueza de su suelo cruzado de corrientes, que le permitían el lujo de ceñirse de árboles.

María, ávida y hermosa, pasearía por aquellas calles su belleza aderezada de lino finísimo, de brazaletes y de collares. La admiración de los hombres y el tintineo de sus tobillos anillados, que suscitaban miradas de envidia y de deseo, le distraían la tristeza. Pero las horas de placer se le escapaban de las manos sin remedio, como las cuentas de un collar roto, dejándole insatisfecho el corazón.

Jesús iniciaba su vida pública eligiendo como centro de su predicación y sus milagros a la pequeña Galilea.

Un día cualquiera llegó hasta Magdala el rumor. Iba creciendo como la brisa vespertina que riza apenas la superficie del lago para estallar al fin en ola sobre la orilla.

— ¡Ha aparecido un Profeta! Se rodea de discípulos. ¡Anuncia el reino de Dios y dice que está dentro de nosotros! Viene hacia Magdala... ¡Ya llega!... Está aquí. ¡El Profeta!

Se dejó arrastrar por un grupo que corría. Fue sólo un instante. Divisó su estatura destacada. Más cerca pudo distinguir sus rasgos. Le agradaron. Eran regulares y firmes, pero..., ¿y sus ojos? No podía verlos. Fue sólo un instante. Él, al pasar, la miró. Hubiera querido retenerle, pero Él seguía ya su camino.

No podía María olvidar los ojos del Profeta. ¿Qué había en aquellos ojos? ¿Reproche? Sí, reproche; pero también compasión, una compasión inmensa. La vida se le hizo insoportable. Cada pecado grababa más hondo en su recuerdo aquella mirada. Le dijeron que Cafarnaúm era su residencia más frecuente.

La tarde estaba ahíta de polvo y la ciudad parecía desierta; pronto descubrió un apiñado enjambre frente a una casa del barrio de los pescadores. Magdalena tardó horas en ir ganando puestos pacientemente hasta llegar al umbral en que Jesús inagotablemente se inclinaba sobre las necesidades de todos. Le golpeaba apresuradamente el corazón. Se había cubierto con un velo tupido que ocultaba por entero su vestido rico, sus cabellos. ¿Qué le pediría ella al Profeta? Nada. Realmente. No tenía nada que pedirle. Ni sabía ahora por qué había venido.

De pronto se produjo un gran revuelo. Alguien por la parte posterior de la casa había logrado levantar la techumbre y en este momento, ante un murmullo expectante, descolgaban una camilla con un hombre totalmente rígido e inmóvil (Mc. 2, 1-2; Mt. 9, 1-18; Lc. 5, 17-26).

Los escribas y personas importantes que rodeaban a Jesús se apartaron, y quedó el hombre tendido en el centro de la habitación delante de Él. El enfermo, intensamente pálido, imploraba con los ojos. Jesús le miró largamente —se hizo un silencio total—; después, posando una mano sobre su frente, dijo en tono solemne:

Hijo, ten confianza; perdonados te son tus pecados.

Magdalena, en la misma puerta, tembló: ¡sus pecados!

Hubo un instante de sorpresa y desencanto. Miradas de reprobación de los escribas. Pareció que uno de ellos iba a hablar, pero Jesús le tomó la palabra.

— ¿Por qué os escandalizáis de que yo perdone los pecados? Pensáis, sin duda, que sólo Dios puede hacerlo... Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad de perdonar los pecados, a ti lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

María comprendió entonces la profundidad de la mirada compasiva de Jesús. Creyó que Él, con su poder divino, había taladrado su conciencia y que la había visto a ella, manchada de lujuria, de envidia, de codicia. De repente, aquellas palabras de Jesús anteponiendo el perdón de los pecados a la salud del cuerpo, la habían colocado frente a sí misma. Todo su orgullo de mujer hambrienta de halagos se rebelaba. No podía soportar el pensamiento de su propio espectáculo. Sentía asco de su vida y juntamente una rebeldía indomable que le impedía reconocerse indigna, despreciable, merecedora de la infinita compasión de Jesús.

El remordimiento es amargo cuando el amor no lo ha transformado aún en contrición. Es como una losa que nos oprime, amenazando aplastarnos para siempre; como una serpiente que se revuelve en el alma.

Lentamente, por debajo del orgullo encabritado, y a medida que éste se amansaba, la gracia iba abriéndose paso. A la rebeldía sucedía la esperanza que habían dejado prendida en su alma aquellas palabras dirigidas al paralítico: Hijo, ten confianza; tus pecados te son perdonados. Ella también podía ser perdonada.

Sus pecados le pesaban ahora como una cadena insoportable. Pero las cadenas atan a la tierra. Ella, para liberarse, tenía que romperlas, y se sentía sin fuerzas, impotente. En esta agonía que le deshace el alma, porque ya no quiere pecar y peca, busca de nuevo a Jesús.

Ahora Él enseña en el Monte. Entre Caná y Cafarnaúm, en la ladera del Poniente, que conserva fresca la hierba hasta el centro del verano. La muchedumbre que le rodea es compacta. No logra acercarse al Maestro, pero le escucha:

—Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

—Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos también alcanzarán misericordia.

—Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Y estas palabras abren su alma a un deseo acuciante de bondad y de bien.

Como el aliento del amanecer despertando a las palmeras del desierto, como el primer vuelo de un pájaro recién nacido, aletea en su corazón un amor nuevo, un amor puro que le empuja sin violencias hacia aquella verdad, hacia aquel bien vislumbrado que se personifica en Jesús.

Sólo Él podía saciar los verdaderos deseos de su corazón.

Como la esposa del Cantar ella quiere buscar al amado por calles y por plazas e increpar a los centinelas de la ciudad: "¿No habéis visto al amado de mi alma?"

Supo que estaba en casa de Simón. Entró muy de prisa, apretando fuertemente su frasco de perfume. Hubiera querido pasar desapercibida, pero no fue posible. Casi la echaron para atrás las miradas de escándalo y de desprecio. No importaba. Se lo merecía. Su orgullo se había fundido porque había triunfado el amor.

Le vio y se arrojó a sus pies. Quiso decirle su arrepentimiento, suplicar su perdón. Pero no pudo. Se le ahogaron en lágrimas las palabras. Sólo supo besarlos y llorar, no sabía si de amor o de dolor. Él comprendía.

Derramó sobre sus pies el perfume. Quería darle esta muestra de gratitud; pero... ¡qué poco era aquello! Se soltó en gesto rápido las trenzas. Eran algo muy suyo, algo que ella había cuidado con esmero como a su gala preferida, justo era emplearlas ahora en enjugarle a Él los pies.

Ahí seguía, ajena a la irritación circundante cuando habló Jesús:

—Simón, quiero decirte una cosa.

—Dila, Maestro.

—Un acreedor tenía dos deudores...

Aludida por Él, María se estremeció desde sus plantas escuchando aturdida la defensa que ¡de ella! hacía el Maestro.

Lentamente irguió la cabeza y se atrevió, al fin, a mirarle.

—Mujer, perdonados te son tus pecados...

Movió ella los labios sin lograr emitir ningún sonido

—Tu fe te ha salvado, vete en paz (Lc. 7,36-50),

Las palabras del Señor fueron eficaces en su alma, que quedó inundada de paz.

¡Oh hijas de Jerusalén!, conjuros por las cabras y por los ciervos de los campos que no despertéis ni desveléis a mi amada (Cant. 3,5).

María, renovada y libre, se une al grupo de mujeres que asisten a Jesús. En adelante su vida aparece íntimamente trenzada con los principales acontecimientos de la vida de Cristo: vicisitudes de su ministerio mesiánico, pasión y muerte, resurrección.

Y aconteció luego que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios. Con Él iban los doce y algunas mujeres... María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza..., y otras muchas que le servían con sus haberes (Lc. 8,1-3).

Seguir a Jesús, servirle, pudo parecer a Magdalena una felicidad indecible. Pronto comprobó que estaba sembrado de sacrificios. Pero amaba. Amaba con sinceridad, tenía una deuda que pagar y siguió adelante.

La vida pública del Señor cosechó algo más que éxitos.

A los pocos días de iniciar el peregrinaje en su seguimiento estuvieron a punto de lapidarle en Nazaret (Mc. 6,16; Mt. 13,53-58). El entusiasmo que produjo la multiplicación de los panes se trocó en desvío cuando Jesús prometió a su auditorio que Él les daría a comer su carne y a beber su sangre. María no entendía nada, pero no podía dejar de creer en Él. ¿No estaban todos ellos a cada paso comprobando su poder divino? ¿Cómo podían dudar? ¿No palpaban en si mismos una transformación inexplicable a su solo contacto? ¡Ah! Ella no tenía derecho a dudar. ¡Había experimentado tan ciertamente que era Él y sólo Él quien la había curado atrayéndola tan suave pero tan fuertemente hasta arrancarla del pecado!

Menos mal que aquel día Simón, en un arranque, había sabido interpretar lo que ella misma sentía.

—No, Señor, nosotros no te dejaremos. ¿Adónde iríamos? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna! (lo. 6,60-70).

Galilea, Fenicia, Decápolis, Judea. En Judea el ambiente era hostil, preñado de peligros. Pero ella no tenía miedo. Tampoco comprendió entonces por qué algunos discípulos tenían miedo.

Hasta que... Parecía imposible. Imposible. Habían vuelto a Jerusalén para la Pascua. Se precipitaron los acontecimientos. Ella no lo había creído, a pesar de los rumores, a pesar de las amenazas, y el golpe la anonadó.

¡Habían prendido al Maestro! (Mt. 26; Mc. 14; Lc. 22. lo. 18).

Habían prendido al Maestro de noche, mientras ella dormía. ¿Cómo era posible que durmiera? Y ahora —estaba amaneciendo— le acababan de llevar a Pilato después que el sanedrín hubo decretado su muerte (Mt. 27; Mc. 15: Lc. 23).

Alzaron la cruz.

María se quedó helada de horror. No podía ser Él. No podía serlo. Sus ojos —aquellos ojos— estaban turbios de sangre. Su cuerpo, como un gusano retorcido y lívido.

— ¡Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz! (Mt. 27,40).

¿Bajaría? ¿Por qué no se desclavaba? Podía hacerlo. Estaba segura. ¿Por qué no lo hacia? ¿Por qué?

—Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34).

Sí, era Jesús. Este era Jesús. Perdonando, siempre perdonando. ¿Cómo era posible que Él, tan bueno... acabase así? Él no lo merecía, ella sí. Lo hubiese merecido, pero Él...

—Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Miró a lo alto. Esta voz parecía venir de uno de los malhechores crucificados junto al Maestro. Ahora Jesús le miraba y parecía querer hablarle:

—Yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Le. 23, 42-43).

¡Con qué facilidad perdonaba Jesús! ¡Con qué facilidad la había perdonado a ella! ¡Con qué facilidad perdonaba ahora a este malhechor! ¿No sería que Jesús sufría para tener derecho a perdonar?

Le daba vértigo el misterio que se abría a su entendimiento como una sima.

La justicia de Dios —ella lo había sabido siempre— era inexorable. Necesariamente inexorable. Y Jesús perdonaba tan fácilmente.

Miró a Jesús. Tuvo valor para mirar de nuevo a Jesús.

¡Ese era el precio del pecado! Ese jirón blanco y retorcido surcado de sangre. ¡De nuestros fáciles pecados!

Su angustia, su desesperación primera había cedido a un dolor hondo, anonadado, que no podía contener.

Una mano amiga se posó sobre su brazo. Era la Madre de Jesús... Se miraron. Tuvo vergüenza de haber exteriorizado con tanta vehemencia su dolor, pues... ¿podría haber dolor comparable al suyo?

La Madre también lloraba, pero sosegadamente, como la lluvia mansa que fecunda la tierra.

Jesús tenía que morir. Moriría. ¡Qué amor el suyo! Iba a morir por sus pecados.

Cuando el corazón sufre nos parece que el tiempo se detiene para oprimirnos. Es una ilusión. Nos oprime la pena, pero el tiempo pasa. Y pasaron aquellas horas para los amigos de Jesús desde que Él quedó encerrado en el sepulcro dejándoles sumidos en una inercia llena de estupor.

La sensibilidad de Magdalena, deshecha por el horror del suplicio, reproducía a cada instante la imagen de las llagas, los clavos, las espinas, la sangre de Cristo.

Se revolvía sin poder ni querer escapar del atroz recuerdo ni de la certeza de que Jesús había muerto por sus pecados. Le parecía sentir la sangre de Cristo chorreando sobre su alma para dejarla blanca, sin mancha. ¿No había dicho el profeta: Aunque vuestros pecados os hayan teñido como la grana, quedarán vuestras almas blancas como la nieve, y aunque fuesen teñidas de encarnado como el bermellón se volverán del color de la lana más blanca? (Is. 1,18).

Su único consuelo era prometerse a sí misma que moriría con Él.

Esto haría: En cuanto terminase el descanso sabático correría al sepulcro y permanecería allí hasta morir. Junto al cuerpo de Jesús, sin separarse de Él.

Los dedos del alba hilaban tenuemente el amanecer más hermoso que ella hubiera presenciado jamás. Toda la fragancia de la primavera parecía emerger de la tierra saliendo al encuentro del pequeño grupo de mujeres. Sus siluetas se confundían con la luz difusa del camino que conducía al sepulcro. Una brisa fresquísima oreaba sus mantos.

María no podía reprimir sus apresurados latidos cuando divisaron el sepulcro a lo lejos. Más... ¿qué era aquello? La piedra estaba corrida.

¡Había sido violada la sepultura! (Mc. 16,4; lo. 20,1).

Despavorida desanda Magdalena el camino, corriendo hasta quedar sin aliento para avisar a los discípulos. ¡Han robado el cuerpo del Maestro!

Pedro y Juan corren también (lo. 20,2-4). Ella, muy rezagada esta vez, alocada y exhausta, llega de nuevo y encuentra el lugar solitario.

Se postra llorando junto al sepulcro vacío.

No puede resignarse a perder el cuerpo de Jesús. No le queda otra señal tangible de su existencia. Necesita palpar de nuevo esta prueba inequívoca de que los últimos meses de su vida no han sido un sueño.

¿Un sueño? ¿Estará soñando ahora?

Tocada por una intuición se asoma toda por la oquedad negra transpirada de frescor de la cueva. En el interior divisa dos sombras blancas.

—Mujer, ¿por qué lloras?

—Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Se siente dispuesta a buscarlo, a rescatarlo como sea. No puede discurrir. Sólo sabe que quiere el cuerpo de Jesús, que necesita el cuerpo de Jesús para morir a su lado como un perro fiel.

Se vuelve y tropieza su vista con una figura erguida. Le hiere el sol en contraste con la obscuridad del sepulcro. Deslumbrada, sólo sabe echarse a llorar de nuevo.

—Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?

—Señor, si tú lo has llevado de aquí dime en dónde lo has puesto, que yo me lo llevaré.

— ¡María!

Y cae a sus plantas, vencida por esta sola palabra que estalla en su conciencia como una cascada de luz. La realidad de Jesús resucitado se revela a su alma más aún que a sus ojos atónitos.

Nunca sabrá traducir esta revelación inefable de Jesús. Su divinidad, su amor sin límites. ¿Fue un siglo o fue un instante? Como un eco lejano suena en su recuerdo: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios". Él la había limpiado con su sangre y por eso ve... Sólo al quebrarse el hilo de aquel íntimo encuentro pudo ella balbucir, a la par que alargaba sus brazos para abrazar los pies del Señor:

— ¡Raboni!

Pero Jesús la detiene suavemente:

—No me toques...

Había dejado besar y ungir sus pies por la pecadora arrepentida que se llegaba a Él por primera vez. Pero ahora se ha dado a conocer a aquella alma en su espíritu, y esta gracia exige una respuesta de fe sin aledaños sensibles.

—Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios... (lo. 20,11-18; Mc. 16,9-11).

No quería Jesús que Magdalena muriese doliente y abatida... Lo que exigía de su amor era una postura de fe y de obediencia.

"Y fue María Magdalena..."

La brisa del amanecer se ha detenido ante el triunfo del sol que corre como un gigante su camino.

Los evangelistas no vuelven a nombrarla, pero nos es fácil descubrir su silueta entre las fieles mujeres que presenciaron el último adiós del Maestro ascendiendo entre nubes.

¿Después? Una abundante tradición la lleva al desierto y hasta la hace arribar con la diáspora judía en las playas de Marsella.

Nosotros que la hemos visto palpitar en las páginas del Evangelio preferimos dejar que se oculte con ÉI a nuestros ojos. No nos hace falta más.

María Magdalena será siempre en el santoral romano el prototipo de la mujer que, habiendo pecado, se convierte en un rendimiento total al amor divino.

La gracia de la conversión es con frecuencia así: un toque discreto, una invitación, una mirada. De nuestra respuesta depende un escalonamiento sucesivo de gracias que nos lleven hasta la santidad.

A través del texto evangélico hemos seguido este proceso en María, la pecadora. Ella fue fiel en cada etapa.

A la gracia de la conversión que se operó en ella, sin duda alguna, por la predicación y los milagros de Jesús, María responde con la confesión humillante de su culpa en casa de Simón.

Después del perdón se consagra totalmente al servicio del Maestro y le sigue hasta la cruz como no fueron capaces de seguirle los discípulos.

Muerto no le abandona. Quiere rescatar su cuerpo... ni siquiera ve su impotencia para hacerlo, ni los peligros que entraña su deseo. Jesús recompensa su fidelidad con la gracia inmensa de su primera aparición.

A partir de este momento se inicia en aquella alma una fase de madurez que hemos creído ver en la frase de Jesús: No me toques.

La fe en la soledad y la constancia del servicio en una vida olvidada de reparación, como de quien ha visto morir a Jesús por ella, la conducen a los altares.

La Iglesia la propone en el día de hoy para ejemplo nuestro.

jueves, 21 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Aquel día, a los tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí: saliendo de Rafidin, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon allí, frente al monte.
El Señor dijo a Moisés:
-«Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar lo que te digo, y te crea en adelante. »
Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo habla dicho.
Y el Señor le dijo:
-«Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa y estén preparados para pasado mañana; pues el Señor bajará al monte Sinal a la vista del pueblo. »
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte. Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.



En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
-« ¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó:
-«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»


Palabra del Señor.

miércoles, 20 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinal, el día quince del segundo mes después de salir de Egipto.
La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:
-«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad. »
El Señor dijo a Moisés:
-«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. El día sexto prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario.»
Moisés dijo a Aarón:
-«Di a la comunidad de los israelitas: “Acercaos al Señor, que ha escuchado vuestras murmuraciones. “»
Mientras Aarón hablaba a la asamblea, ellos se volvieron hacia el desierto y vieron la gloria del Señor que aparecía en una nube.
El Señor dijo a Moisés:
-«He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”»
Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron:
-«¿Qué es esto?»
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:
-«Es el pan que el Señor os da de comer.»



Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas:
-«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenla tierra, y, corno la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor.