domingo, 30 de octubre de 2016

Homilía



La primera lectura de este Domingo nos adentra en la fragilidad del mundo frente a Dios: (Sa“El mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero”  (Sabiduría 11,22).

Pero esta misma fragilidad y pequeñez de las criaturas nos da la clave de la misericordia de Dios: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes” (Sabiduría 11,23).

Nadie puede ser tan compasivo como el Señor, porque nadie tiene tanto poder como Él.

Los dioses de los pueblos limítrofes con Israel eran presentados como vengativos, crueles con los enemigos.

Sin embargo, el Dios de Israel es un “Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Salmo.103, 8-9).

“Pues ¿qué nación grande tiene un dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?” (Éxodo. 4,7).

Dios ama a todos los seres que, a fin de cuentas, son obra de sus manos, y no quiere la destrucción de los malvados, sino que se conviertan y vivan.

Por eso “corrige poco a poco a los que caen” (Sabiduría.12, 2).

Las afirmaciones de este libro sapiencial conforman unas actitudes que han ido evolucionando con las experiencias religiosas vividas por el Pueblo de Israel.

Tenemos un ejemplo extraordinario de la dinámica divina en el publicano Zaqueo.


Zaqueo es un prototipo más de la grandeza y miseria del ser humano, que deambula por la vida debatiéndose entre el poderío y la fragilidad, el orgullo y la ostentación de estar conquistando espacios siderales y controlando técnicas cada vez más sofisticadas, pero acechado por la muerte y la inconsistencia de todos sus proyectos.

Necesitamos la fe.

Y la fe es un don divino que nos ha sido regalado para cultivarla y desarrollar los talentos recibidos.

Requiere fuerza de voluntad para dar el primer impulso que nos lleve a la búsqueda de Jesús.

Zaqueo lo da y, aunque su estatura se lo impide (una forma bíblica de afirmar su pequeñez moral), toma las diligencias necesarias para ver al Maestro, y encuentra la respuesta a su búsqueda en una higuera.

No es casualidad.

Dios nos coloca estímulos por el camino, que el alma generosa descubre en los pequeños acontecimientos y en hechos concretos de la vida.

No hay obstáculos para la fe cuando prevalece el deseo del encuentro personal con Dios.

Zaqueo siente el impulso de acercarse a Jesús, desea hablar con él, pero queda gratamente sorprendido cuando Jesús le pide ir a su casa.

“Bajó aprisa -dice el evangelio- y con alegría recibió a Jesús” (Lucas 19, 6).

Esta vez no es un mendigo, un ciego, un cojo o un enfermo quien va en busca de Jesús.

Es un rico que sólo quiere verle y que con su actitud abre las puertas de la gracia de la conversión, primer paso para un cambio radical de vida.

Los bienes, en los que había depositado su corazón y sus falsas seguridades, los entregan a los pobres y a los que ha robado.


Zaqueo no tiene que preocuparse ya de la mala fama adquirida, porque su vida ha encontrado su sentido definitivo con Jesús, que lo llena todo con su presencia.

La oscuridad que enturbiaba su mal proceder se ha transformado en luz, alegría y paz interior.

Si, de verdad, el evangelio toca nuestro corazón, seremos antorchas de luz, portadores del bien y testigos del amor.

Al mismo tiempo, nos alejaremos del peligro de las riquezas y desterraremos el egoísmo acaparador.

A todos nos cuesta reconocer nuestros pecados o confesarlos como hizo Zaqueo, pero es el único camino para cambiar el corazón, abrir las puertas a Jesús y dejar que los hilos de la felicidad discurran por nuestra venas.

El árbol en la Biblia tiene un carácter simbólico.

Está presente en el nacimiento de la humanidad (“árbol del bien y del mal”) y en el momento crucial de la salvación “en el leño donde estuvo clavada la salvación del mundo” (liturgia del Viernes Santo).

Desde el momento en que Zaqueo se sube al árbol empieza el itinerario de su conversión, del renacer a una nueva vida junto a la persona que busca Zaqueo representa a una parte de la humanidad, que tiene trabajo, bienes económicos y facilidad para disfrutar de los placeres de la vida, pero no es feliz, porque necesita algo más que llene los vacíos espirituales de su corazón.

Son muchos los que piensan y sienten que el materialismo nos deshumaniza, nos hace esclavos del consumo y pervierte nuestros ideales, pero no creen tener fuerzas para combatirlo y se dejan arrastrar por el pasotismo y la comodidad.

Todos necesitamos subirnos al árbol de la vida para conocer a Jesús, ver el mundo con los ojos de Dios, sentir la llamada de los pobres, cambiar y compartir con los demás los bienes espirituales y materiales que nos han sido regalados.


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