domingo, 17 de abril de 2016

Homilía


La primera lectura nos ubica en Jerusalén, donde los Apóstoles anuncian con arrojo y valentía el “kerygma”, el primer anuncio de salvación: Jesús ha muerto por nuestros pecados, ha resucitado y vive entre nosotros.

Son testigos que actúan y hacen milagros en nombre Jesús; ya no tienen miedo a los castigos y a lo que puedan decir los jefes del pueblo, evidentemente disgustados por sentirse acusados de no haber acogido a Jesús y a su mensaje.

Predican con entusiasmo, con la convicción que da el sentirse arropados por Jesús, cuya presencia sienten viva y operante, como cuando estaba con ellos.

“Seguir a Jesús”; he aquí la clave de la fe cristiana. Como dice D. Bonhoeffer: “Sígueme es la primera y la última llamada de Jesús a Pedro”.

El seguimiento comporta riesgos y dificultades, pero también suscita ardor juvenil por una causa noble y justa, por la que luchar y dar la vida.

En el caso de Jesús, el centro de todo sacrificio es el Reino de Dios. El fuego, que emana de su entrega generosa al servicio de esta causa, arrastra a sus discípulos hasta Jerusalén.

Son débiles y no son capaces de defender al Maestro en la “suerte suprema”, como se suele decir en el “argot torero”, pero la fuerza del Resucitado despierta su corazón a los viejos ideales, que habían sido el motor de sus vidas y ahora son la razón fundamental de su entrega total sin reservas a la difusión del evangelio.

El mensaje se hace así creíble por la veracidad del testimonio. Por eso se van agregando al grupo cientos de nuevos adeptos. Necesitamos ser chamuscados por el fuego que animó a Jesús y a sus discípulos.

Nos volvemos cómodos cuando olvidamos la mística, la pasión por la fe profesada y perdemos su estela, porque otros asuntos reclaman nuestra atención.

Mantenemos, eso sí, tradiciones de inspiración cristiana o participamos en celebraciones donde no es Jesús el invitado principal.

Nos conviene releer los Hechos de los Apóstoles, cuestionarnos la veracidad de nuestro itinerario cristiano y sorprendernos por los signos y prodigios que Jesús realiza por su mediación.

¿Acaso nos abandona Jesús hoy? ¿No somos nosotros quienes le abandonamos?

El evangelio del Buen Pastor nos mueve a centrar nuestra reflexión en la figura de Cristo, que ha venido a servir y a dar su vida voluntariamente.

“Él es la piedra angular y el único nombre bajo el cual podemos alcanzar la salvación, nos recuerda el apóstol Pedro” (Hechos 4, 10.12).

El buen pastor es una imagen muy querida en Israel, un pueblo de pastores y ganaderos, que trabajan o deambulan por bancales sostenidos por piedras, amplias superficies semidesérticas, con escasa hierba y largos desplazamientos diarios en busca de pastos.

Las montañas o montículos reclaman la atención del pastor, pendiente siempre de sus ovejas y preocupado de guiarlas bien y hacerlas regresar al redil después de una fatigosa jornada, no exenta de peligros por los asaltos de lobos y alimañas.

El pastor, además, carga a sus hombros los corderos nacidos en el campo, seguido de las madres que balan reclamando a sus retoños.

En tiempo de Jesús se explotaban los rebaños de ovejas para la producción de leche y de lana. No se las solía sacrificar para carne. De esta manera envejecían junto al pastor, y éste terminaba por conocerlas y ponerlas un nombre.

Jesús asume esta imagen entrañable y se proclama el Buen Pastor.

Él nos recoge de los pastos de la muerte, nos reconquista por su amor y nos lleva a la comunión con el Padre.

El Antiguo Testamento representa a Dios bajo la figura del pastor, que cuida de su pueblo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Salmo 23,1).

«Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su redil» (Salmo 99,3).

Esta misma imagen describe igualmente al futuro Mesías: «Como pastor pastorea su rebaño; recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas» (Isaías 40,11).

Jesús asume esta imagen entrañable y se proclama el Buen Pastor.

Él nos recoge de los pastos de la muerte, nos reconquista por su amor y nos lleva a la comunión con el Padre.

Los primeros cristianos se hacen eco de la tradición bíblica y presentan a Cristo como un joven, cargando sobre sus hombros la oveja perdida, rodeado de otras dos.

Podemos contemplar la pintura en la catacumba de San Pedro y Marcelino (siglo III).

En este domingo oramos por las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal.

Es un tema muy importante en las parroquias, las diócesis, las congregaciones religiosas y los movimientos.

Son incontables las necesidades pastorales.

Faltan brazos, jóvenes comprometidos y entregados.

Las “ovejas” se pierden por falta de atención.

Normalmente las vocaciones surgen en hogares cristianos, donde se cultiva la oración y las prácticas religiosas.

Desgraciadamente, la desintegración familiar, una plaga que afecta a los países más secularizados, y el descenso de la natalidad, sobre todo en Europa, provoca crisis de distintos signos.

Por otro lado, los pueblos, en otro tiempo vivero de numerosas vocaciones, se van quedando desiertos.

Quedan unos pocos ancianos y algunos jóvenes para cultivar los campos.

Tan sólo en verano recuperan, durante las vacaciones, un poco de la vida de antaño.

Hace unos días acudí a un entierro en el Valle de Valdeón (León).

Fui en el coche del sacerdote, que atiende los pueblos de este maravilloso y pintoresco valle, uno de los más bellos y espectaculares de España.

Los Picos de Europa emergen, con sus gigantescas cumbres nevadas, salpicando de colorido el horizonte y produciendo sensaciones de paz, serenidad y abandono a la Providencia.

Me contaba el buen cura, que se ocupa también de Oseja de Sajambre y de un total de 14 pueblos, que la teología estudiada le ayudó a conocer a Jesús, pero que debía haber aprendido en el seminario albañilería, carpintería y fontanería, pues después de los largos inviernos, las iglesias y ermitas terminan con goteras y no dispone de ingresos para arreglarlas. La nieve y el hielo cubren el terreno durante semanas.

Los profesores de escuela y lo médicos se han ido a los centros comarcales; sólo queda él como punto de referencia entre la gente.

Tiene que ejercer de recadero o de suministrador del pan.

Es un pastor fiel y admirable.

Cito este ejemplo, porque la prensa airea los casos esporádicos de escándalos, pero se olvida del trabajo sacrificado de miles de sacerdotes, religiosos y religiosas, que dan testimonio de la acción salvadora de la Iglesia y que sobreviven, en contra de lo que algunos piensan, con retribuciones que apenas llegan al salario mínimo interprofesional.

Tomemos nota y pidamos a Jesús, el Buen Pastor, que nunca falten en su Iglesia los buenos pastores.


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