domingo, 15 de abril de 2012

Homilía



La Iglesia, según el baremo de opinión, no es precisamente una institución que despierte simpatías mayoritariamente, aunque la mayor parte de los interrogados se confiesen católicos. ¿A qué responde todo esto?

Existe un distanciamiento crítico que, en ocasiones, es frontal.
En muchos casos salen a relucir sentimientos nostálgicos con añoranzas de épocas gloriosas, que se pretende recuperar descalificando todo cambio.
Está claro que abunda la confusión sobre la realidad que llamamos “Iglesia”.
Hay quien la toma como una organización burocrática. Otros la identifican con la jerarquía, a quien consideran obsoleta, trasnochada y fuera de la órbita de la realidad que se vive. Son pocos los que la sienten como comunidad de seguidores de Jesús, que se reúnen para celebrar la vida desde la fe en Dios y desde la unión fraterna con otras comunidades.

Y, sin embargo, el hombre moderno continúa buscando, porque no pierde el ansia de lo infinito y acude en masa cuando ve un resquicio para manifestarse y demostrar su solidaridad ante las injusticias y atropellos o cuando identifican la esperanza de futuro en un personaje concreto que ha conquistado su mente y su corazón. Esto ocurre en los multitudinarios viajes del Papa.

No falta razón en muchas de las críticas que emitimos, siempre que se hagan desde el afecto y el respeto.
Cuando se hacen desde la intolerancia, la descalificación sistemática y el partidismo demagógico, pierden su valor, porque no contribuyen a su construcción o renovación.

Hoy no podemos ver a la Iglesia como una institución llena de riquezas, a pesar de su enorme patrimonio histórico-artístico.
La realidad demuestra que los sacerdotes apenas ganan el salario mínimo interprofesional; que los centro de reunión y los templos se mantienen gracias a la aportación económica de los fieles y a las prestaciones gratuitas de voluntarios.
Su tan cacareado “poder” e “influencia” no es tal.
Los mismos cristianos vivimos como muy encerrados y con miedo.
Pero la Iglesia sigue siendo nuestra familia, la que nos acoge, cuida y acompaña en los momentos claves de nuestra vida y a quien recurrimos cuando todo falla a nuestro alrededor y se cae el andamiaje donde queríamos construir nuestras falsas seguridades.

¿Continuaremos tirando piedras a nuestro propio tejado en vez de construirle?
Marcharse sin más de su hálito beneficioso, ignorando gozosas experiencias pasadas, sería una lamentable equivocación.


En esta equivocación cayó el apóstol Tomás.
Sus compañeros se habían encerrado en el lugar de la Última Cena; no se sentían con fuerzas para testimoniar su fe.
Tomás claudicó. Desoyó las voces de los que más le querían para retornar a viejos usos domésticos y sociales donde “vegetar” y “rumiar” sus penas.
Con esta misma actitud estaba la naciente Iglesia el primer día de la semana después de la Resurrección del Señor, ajena al cambio que se estaba operando y encerrada en su nerviosismo, inseguridad y miedo.

Hay quien se niega a cambios y cierra su mente y su corazón a nuevas tecnologías, nuevas costumbres. Esto es síntoma de vejez y anquilosamiento.


Afortunadamente llegó Jesús y se abrieron las puertas; la oscuridad dio paso a la luz; el abatimiento derrotista, a la esperanza; la muerte, a la vida. Se inicia una nueva Era.

La Iglesia sin Resurrección es como un libro sin letra, una relación sin alicientes. Vivir muriendo y morir viviendo. Es el primero y último sentido.

Tomás somos todos: materialistas, interesados, incrédulos, cerrados a nuevos tiempos.
Tendrá que llegar la ventolera del Espíritu para hacernos despertar al futuro.

Miremos al Resucitado, reconozcamos ante la evidencia ese “¡Señor mío y Dios mío!” de Tomás y afirmemos nuestra fe en El.

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