domingo, 17 de julio de 2011

Homilía


El domingo pasado iniciamos la lectura de la parábola del sembrador, que irá complementándose con la escucha de seis parábolas más a lo largo de tres Domingos.
El tema monográfico de todas ellas es el Reino de Dios o, si queremos, el proyecto de vida que Dios tiene para el mundo y para la humanidad.
En el texto de hoy leemos tres de estas parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura.

La parábola del trigo y la cizaña.

Es perfectamente aplicable al mundo de hoy. Parece escrita para nosotros, con viva actualidad. Son bien patentes los problemas derivados del radicalismo ideológico y exclusivista y de las dictaduras que afectan al mundo.
Asistimos atónitos a limpiezas étnicas, al desarrollo, apoyado por la violencia, del pensamiento único con características de mesianismo, que cataloga de malvado a quien no comulga con sus ideas o sus sistemas de gobierno. Definen por lo mismo con toda desfachatez quiénes son el trigo y quiénes son la cizaña, y extirpan de raíz a quienes, viviendo en su sembrado, no aceptan de buen grado sus imposiciones totalitarias.
Esta es la tentación del ser humano cuando se erige en Dios y árbitro de los destinos de los demás, dueño de la vida y de la muerte.
No es éste el actuar de Dios, que obra con moderación, indulgencia, paciencia y longanimidad. Lejos de extirpar el mal, lo deja crecer, porque también forma parte de su campo y nunca niega oportunidades a nadie. El es Padre bondadoso de todos y con todos tiene expresiones de cercanía y afecto, abriendo siempre el camino al arrepentimiento y el perdón. “Obrando así- dice el libro de la Sabiduría- enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”.
Bonita lección a considerar por los que gobiernan las naciones.
Otra consecuencia que podemos extraer de la parábola es que el Reino de Dios no se construye sobre el miedo, sino sobre el amor. Porque “el amor- como leemos en I Jn 4,18- echa fuera el temor”. Y Dios es amor, que transparenta benevolencia y compasión.,
Destaca este actuar de Dios en un mundo que busca el dinero, el poder y la gloria para dominar, someter, esclavizar y humillar a los pobres.

La parábola del grano de mostaza.

Nos ofrece la imagen del Reino de Dios que, como una semilla insignificante, nace, germina y crece hasta convertirse en un frondoso árbol.
En algunos programas que proyecta la tv. sobre la naturaleza hemos contemplado cómo en los desiertos más inhóspitos del planeta brota la vida de semillas enterradas en la arena durante años. Sólo necesitan agua. Por unos días, manto multicolor de flores se extiende como alfombra verde en las antes resecas arenas. Así presenta Jesús el Reino de Dios, que empezó a construirse en la entrañas de una humilde doncella de Nazaret. Lo pequeño para la historia humana es asumido por Dios como Historia de Salvación.
Para el cristiano, trabajar en el silencio, con constancia y tenacidad, será el mejor salvoconducto para abrirse a la realidad de un Reino que brota desde la misma fecundidad de Dios, que hace caer su “lluvia” cuando quiere.

La parábola de la levadura.

Breve en la exposición y amplia en el contenido, es tan profunda como el signo que expresa.
Los cristianos han de ser en el mundo como el fermento que transforma la masa.
La Historia de la Iglesia se ha ido fraguando desde una minoría responsable, entregada a la causa del Reino, que marcó en su momento las pautas de una nueva sociedad.
Cuando el mensaje se masifica y lo convertimos en prácticas religiosas rituales, ajenas a la vivencia profunda de la persona y a fines trascendentales, se pierde el contenido del mensaje.
Por eso caminamos hacia una Iglesia que primero interioriza la fe, para después socializarla, porque la fe nunca debe desentenderse del mundo, y terminará empapando la sociedad si se vive en el trabajo, en el deporte y en cualquier actividad humana.

Ahora participaremos en la comunión de un trocito de pan, que encierra todo el misterio de Dios que se hace alimento y, comulgado, formará parte de nuestra vida para transformarla. Así es Dios: desconcertante, pero cercano, porque ha querido ponerse a nuestra altura.

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