domingo, 3 de mayo de 2009

Vía Lucís

13. ESTACIÓN: La Espera del Espíritu

Con María, a la espera del Espíritu
Te adoramos, oh Cristo resucitado, y te bendecimos.
Porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.


Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago. Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
De los Hechos de los Apóstoles (Hechos 1, 12-14)
Es espera del Espíritu. Habiendo descendido del monte, entran en oración. Jesús ya no es más visible. La "nube" de la Ascención lo ha fijado en la gloria. El Resucitado ya no más visible a los ojos de la carne, es alcanzable sólo con los de la fe. La comunidad pascual implora al Espíritu. Ahora El es esperado en la plenitud de sus dones. Sellará el nacimiento de la Iglesia. El comienzo de su camino como misionera del Resucitado. La invocación del Espíritu es siempre eficaz. Lo había garantizado Jesús: "Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden" (Lc 11, 13). Desde ahora y para siempre la comunidad pascual está reunida en el nombre del Resucitado, con El en el medio, para implorarle al Padre el Espíritu Santo de amor, que renueva la faz de la tierra. Y es perenne Pentecostés. La oración pascual está marcada por la presencia de María, la Madre de Jesús; Ya está presente en Caná, donde el primer grupo comienza a creer en los signos; presente en el Calvario, donde la Iglesia está en gestación; ahora está presente en el Cenáculo, donde nace la Iglesia. María, la experta en le misterio pascual: muerte y vida, cruz y resurrección.

El hombre de hoy, distraído por el consumismo y seducido por caminos de muerte, se va olvidando de Dios. Pero una luz resplandece en este viraje epocal: es la Iglesia querida por Cristo para salvar a quien busca salvación. Es la Iglesia, reunida en oración con perseverancia concorde. Es la Iglesia, joven de veinte siglos que habla a quien es joven de años y de espíritu. El mundo, con sus lógicas, contrarias a las bienaventuranzas, aleja al hombre de Dios. La Iglesia, que es transparencia de Cristo, lo acerca a Dios. El camino del Cenáculo lleva a la cultura de la vida.

Alégrate Virgen Madre: Cristo ha resucitado, ¡Aleluya!

Jesús resucitado de la muerte, siempre presente en tu comunidad pascual, derrama sobre nosotros, por intercesión de María, todavía hoy, aquí, El Espíritu Santo tuyo y de tu Padre querido: El Espíritu de la vida, el Espíritu de la alegría, el Espíritu de la paz, el Espíritu de la fuerza, el Espíritu del amor, el Espíritu de la Pascua.

Amén
Oh María. Templo del Espíritu Santo,
Guíanos como testigos del Resucitado
por el camino de la luz.

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