domingo, 27 de enero de 2019

San Enrique de Ossó y Cervelló

Fundador de las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.

Martirologio Romano: En la villa de Gilet, en la provincia de Valencia, en España, san Enrique de Ossó y Cervelló, presbítero, que fundó la Sociedad de Santa Teresa, para la formación de las jóvenes, y más adelante, obligado a dejar dicha institución, pasó el resto de sus años en el convento de los Hermanos Menores (1896).

Fecha de canonización: 16 de junio de 1993 por el Papa Juan Pablo II.

En Vinebre, población aldeana de Tarragona (España), nació Enrique el 16 de octubre de 1840.

Tras la muerte de su madre en el año 1854 se fue al seminario para hacerse sacerdote cumpliendo así un último deseo que ella le había manifestado. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1867.

Enseñó en el seminario de Tortosa hasta que en el año 1868 la revolución dispersó a los seminaristas. El padre Enrique se refugió en su natal Vinebre. Al año siguiente, en medio de grandes dificultades, reanudó las clases en el palacio episcopal y en algunas casas particulares para un centenar de seminaristas que vivían como externos y con cuya ayuda reorganizó la catequesis en la ciudad, combatiendo el ambiente liberal y anticatólico de la revolución.

En el año 1872 inició la publicación de la revista teresiana que se difundió por Francia, Bélgica, Portugal y América; en vida del padre Ossó se publicaron 280 números en los que ininterrumpidamente colaboró con artículos y notas. El 15 de octubre de 1873 fundó la congregación teresiana que era una agrupación de jóvenes en el seno de cada parroquia con el objeto de renovar el ambiente de indiferencia religiosa que se había extendido entre la población.

Apoyado por Teresa Blanch, el 23 de junio de 1876 fundó en Tarragona la Companía de Santa Teresa de Jesús con ocho cofundadoras. Las religiosas teresianas, dedicadas a la educación, tuvieron una rápida y asombrosa difusión: habiendo fundado su primer colegio en Villalonga en el año 1878, para el año 1881 tenían ya nueve donde recibían educación católica más de mil niñas con el reconocimiento y aplauso de las autoridades civiles y educativas. También la archicofradía teresiana fundada por él tuvo gran crecimiento: de 100,000 en el 1882 a 140,000 asociadas en solo un año.

Mientras estuvo en Roma, de abril a agosto de 1894, escribió un libro de devoción que pronto salió a la imprenta: Siete Moradas en el Corazón de Jesús. A fines diciembre de 1895 empezó ejercicios espirituales en un convento franciscano. Hacia la media noche del 27 de enero le sobrevino un derrame cerebral. Aún tuvo fuerzas para salir de la habitación y pedir ayuda. Los franciscanos lo encontraron agonizante y poco después murió. En la tarde del día siguiente fue sepultado en el cementerio del monasterio, acompañado únicamente de los franciscanos y del párroco de Gilet.

Fue beatificado el 14 de octubre de 1979 y canonizado el 16 de junio de 1993 por el papa Juan Pablo II.

sábado, 26 de enero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día.
Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría. Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos porque, pues Dios no nos ha dado un espíritu cobardía, sino de fortaleza, amor y de templanza.
Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.


En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.”
Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed los que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”».

Palabra del Señor.

Santa Paula Romana

Evitaba yo las miradas de las nobles mujeres de Roma; pero ésta puso tanto empeño, me asedió de una manera tan importuna, que al fin triunfó de mi reserva.» Así cuenta San Jerónimo el origen de sus conferencias en el Aventino. La importuna era Marcela, la iniciadora de aquellas tendencias de la nobleza romana hacia el ascetismo, que había convertido su palacio en un monasterio, y ahora quería hacer de él un liceo cristiano.

Diariamente, a las diez de la mañana, el sabio asceta atravesaba los pórticos y subía la escalinata de mármol. En el tablinum, en el salón central, le esperaba el piadoso auditorio. Y empezaba la charla; charla ascética, teológica, bíblica; bíblica, sobre todo. Con el códice sagrado entre sus manos enflaquecidas por el ayuno, el conferenciante descubre en su bello latín; abundante, erudito, nervioso y satírico, los misterios de Dios y de su Cristo. Cerca de él está Marcela, radiante aún de hermosura, a pesar de sus años; a continuación, la madre de Marcela, Albina, y Ásela, su hermana, asombro de Roma por su vida penitenie; más lejos, otras matronas y doncellas, descendientes de los Julios, los Flavios y los Emilios; cubierta la cabeza de toscos velos, o deslumbrantes con el oro de los collares, con la seda de las túnicas, con el bermellón de los labios y las mejillas, con el gracioso nudo de cabellos que les cuelga sobre la frente.

Con frecuencia, el puesto de honor se lo cede el ama de la casa a una mujer de pequeña estatura, de cara fina, de cuerpo menudo, que es una de las que escuchan con más atención y asisten con más asiduidad. Es Paula, amiga inseparable de Marcela y admiradora incondicional del dálmata. «Imposible—dice Jerónimo—encontrar un espíritu más dócil que el suyo.» Descendiente del clan nobilísimo de los Escipiones y de los antiguos reyes de Micenas, esta linajuda dama lleva en sus venas la sangre más pura de Roma y de Grecia. Tiene tres hijas, que se sientan a su lado en estas conferencias del Aventino; es viuda y se encuentra en plena juventud. Estamos en el año de 383. En su adolescencia leyó los poetas y los filósofos de Roma y de Atenas. Casada a los quince años con un consular, acertó a reproducir en torno suyo el tipo de las romanas de los viejos tiempos, juntando al mismo tiempo la gracia, la distinción, la altivez y el sentido severo del honor. Celosa de la dignidad de su estirpe, esta hija opulenta de los Gracos era, en expresión de San Jerónimo, la mujer más dulce y más clemente para los pequeños, para los plebeyos, para los esclavos.

Viuda a los treinta años, Paula conservaba un amargo recuerdo de lo que ella llamaba el período de su vida mundana. La faltas ligeras llegaban a parecerle grandes crímenes; las frivolidades propias de la alta sociedad de Roma, un vivir lleno de pecados. «Es preciso afear—decía—este rostro que en otro tiempo pinté de rojo, de blanco y de negro; afligir este cuerpo que gustó las delicias del placer; compensar con las lágrimas el reír prolongado de antaño, y reemplazar los finos lienzos por el cilicio. Preocúpeme en otro tiempo de agradar a mi marido y al mundo; ahora sólo quiero agradar a Cristo.» Cuando San Jerónimo la conoció, dos años después de esta transformación, estaba ya consumida por la penitencia, débil a consecuencia del ayuno, ciega casi, por efecto de las lagrimas, y afeada por el tosco sayal monástico.

La llegada de aquel hombre elocuente, apasionado de los métodos ascéticos a que ella se entregaba, familiarizado con las tradiciones religiosas de Tierra Santa, conocedor como nadie de la literatura de la Iglesia, fue una de las más grandes alegrías de su vida. Desde aquel momento se hace la más abnegada de sus discípulas, la más fiel de sus admiradoras. Le escucha en el Aventino, se entrega a su dirección, se aconseja con él para el gobierno de su casa, le escribe, recibe sus cartas, y le da entrada en su palacio, convertido en convento, como el palacio del Aventino. Entre sus hijas había una, sobre todo, que escuchaba con particular agrado las palabras del sacerdote: era Eustoquia, niña de un carácter dulce, tímido y algo reservado, que no tardó en consagrar a Dios su virginidad, movida por las exhortaciones del asceta. Pero la mayor, Blesila, era mucho más mundana. Viva, inteligente, ingeniosa, Blesila estaba, sobre todo, orgullosa de su espléndida cabellera rubia. ¿Pasábase el día en el tocador—dice Jerónimo—, siempre delante del espejo, consultándole minuciosamente. Tiernas esclavas la pintaban, la peinaban, la frisaban con infinito cuidado, y tan delicada era, que ni aun en un lecho de plumas podía descansar.» Pero a los veinte años acometióla una fiebre maligna, que fue para ella la voz de Dios. Poco después hacía voto de continencia perpetua, ponía el velo sobre su cabeza, rodeaba su cintura con un ceñidor de lana, abrazaba el ascetismo, y se entregaba al estudio del hebreo con tal ardor, que algo más tarde salmodiaba ya en esa lengua, juntamente con su madre y con su hermana. No obstante, la fiebre seguía minando su juventud, y en un año la llevó al sepulcro.

Celebráronse los funerales con gran solemnidad; toda la aristocracia romana acompañaba el féretro, cubierto de un paño de oro, y la población entera se apiñaba en torno de la basílica. La pobre madre, presumiendo demasiado de sus fuerzas, quiso seguir a su hija hasta la última morada; pero el dolor la derribó al borde del mausoleo, y hubo que llevarla de allí medio muerta. Un sordo murmullo se levantó entonces de entre la concurrencia: «He aquí lo que nosotros decíamos: llora a su hija, a quien ha matado a fuerza de ayunos. ¿Cuándo expulsarán de Roma a esa casta insoportable de monjes? ¿Por qué no los echan al Tíber? ¡Pobre señora! Llora a sus hijos como no los ha llorado ninguna mujer pagana; buena prueba de que la han engañado, de que no quería ser monja.»

El primer blanco de estas críticas era, como puede fácilmente adivinarse, el mismo San Jerónimo. Extranjero, secretario del Papa San Dámaso, mimado por la aristocracia de la ciudad, Jerónimo tenía muchos envidiosos entre los individuos del clero, que él nos pinta perfumados, adornados de anillos y cadenas, excesivamente cuidadosos de las uñas y el pelo, andando sobre las puntas de los pies para no manchar sus pequeños zapatos blancos, informándose de los nombres de las matronas y de sus casas. A fines del año 384 muere San Dámaso, y su consejero queda expuesto a la furia de sus enemigos, más irritados que nunca por la acritud temible de su lenguaje. Los intrigantes trabajan en la curia y en el foro: él acata sin acobardarse, pero su gran corazón está herido. Refugiase en la atmósfera de pura y santa afección que se respira en la casa de Paula. Allí se le escucha, se le venera, se le consuela. El les paga aquel bien que le hacen con sus austeros consejos de una dulce gravedad. Después de la muerte de su hija, Paula se niega a comer y beber, enloquecida por el dolor. En aquel trance, su amigo la sostiene y la hace reaccionar en un sentido cristiano. «Te irritas. Paula—le dice en nombre de Dios—, porque tu hija ha llegado a ser mi hija; te indignas de mi proceder y te opones a mi posesión con tus lágrimas rebeldes. Bien sabes lo que pienso de ti y de los tuyos. Rehúsas todo alimento para dar rienda a tu dolor. No amó esa frugalidad. ¿Es esto lo que me habías prometido? Avergüénzate de aquella pagana que se consolaba pensando que su marido había sido trasladado al Cielo, tú que te resistes a que tu hija permanezca a mi lado.»

Entretanto, la campaña arreciaba, el barco se abría, según expresión del mismo Jerónimo. «Muchos que me besaban la mano—añade—, me hubieran desgarrado con sus dientes de víboras: fingían dolerse de lo que les llenaba de placer.» En la primavera del año 385, malas lenguas empezaron a incriminar las visitas del doctor al palacio de Paula. Un miserable se encargó de esparcir la calumnia. Llevado ante los tribunales por Jerónimo, declaró que no sabía nada; pero hay victorias que dejan rastros desagradables. Algunos días después, el perseguido, a punto de embarcarse, escribía a Marcela: «He sufrido horrorosamente; pero esto, ¿qué importa para quien combate bajo el estandarte de Cristo? Me han imputado un crimen infamante, pero sé ir al reino de los Cielos por la infamia y por la buena fama. Saluda a Paula y a Eustoquia, mías en Cristo, que quieran o no quieran. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, y entonces se verá cómo ha vivido cada uno.»

Unos meses después. Paula y Eustoquia se embarcaron también en dirección a Oriente. En Chipre salió a recibirlas San Epifanio, que algunos años antes había sido su huésped en Roma. En Antioquía las aguardaba San Jerónimo. Proyectóse, ante todo, recorrer en visita minuciosa todos los Santos Lugares y las soledades famosas de los anacoretas egipcios. Fue una peregrinación piadosa y, a la vez, científica, que sirvió mucho a San Jerónimo para sus futuros trabajos. La ilustre patricia, que antaño no salía de casa sino llevada en litera por eunucos, viajaba ahora sobre los lomos de un asnillo. Con ellos iba un rabino de Antioquía, buen conocedor de los lugares bíblicos. Al llegar a Jerusalén, Paula se encontró rodeada de los pajes del procónsul, que venían a ofrecerle habitación en el palacio del pretorio; pero ella rehusó, agradecida, contentándose con un humilde alojamiento. Regó con sus lágrimas los sitios que recordaban la Pasión del Señor; besó las piedras del Calvario, «y lamió—dice San Jerónimo—la del Santo Sepulcro, como si quisiera apagar la sed sobrenatural que la devoraba». En Belén su impresión fue aún más profunda: «Yo te saludo—exclamaba—, te saludo con el rostro inundado de lágrimas; ¡oh Belén!, casa del pan celeste; yo te saludo, Efratá, fértil región cuyo fruto es el mismo Dios. ¡He aquí que he sido juzgada digna, yo, miserable pecadora, de besar el pesebre donde el Dios Niño exhaló sus primeros vagidos y de rezar en la gruta donde la Virgen Madre dio a luz al Redentor. Aquí está el lugar de mi descanso, porque ésta es la patria de Jesús; en ella habitaré, porque el Señor la ha escogido, y en ella prepararé una pequeña lámpara para Cristo.»

Este proyecto, nacido en un momento de exaltación religiosa, realizóse rápidamente. Un año más tarde, terminada la peregrinación a través de Egipto y Palestina, Paula comenzaba a construir dos grandes monasterios junto a la iglesia de la Natividad. Antes de acabarse las obras ya estaba reclutado el personal, y Paula podía escribir a su amiga Marcela rogándole que viniese a ocupar un puesto de honor en la nueva fundación: «¡Oh—exclamaba—, cuándo llegará el día en que el correo venga sin aliento a anunciamos que nuestra Marcela ha pisado las playas de Palestina! ¡Qué alegría entre los monjes y las vírgenes! Correremos, iremos a pie, te cogeremos las manos, veremos tu rostro, y nadie podrá arrebatarnos de tus brazos.» La paz anunciada por los ángeles en aquel mismo lugar, protegía la doble fundación. Paula gobernaba la comunidad de mujeres, Jerónimo la de hombres; mejor dicho, uno y otra intervenían en ambas, poniendo el santo su ciencia, y la santa su dulzura y su intuición femenina. Paula pedía a Jerónimo que ilustrase al mundo con sus escritos. Mujer inteligente, sufría de aquello que Jerónimo llamaba la latina paupertas, la escasez de la exégesis bíblica de los occidentales. A estas solicitudes el doctor oponía siempre las repugnancias de la humildad; pero en estos conflictos—igual le había pasado con Marcela—llevaba las de perder. Aunque muy santa. Paula no dejaba de ser mujer, y de un espíritu muy fino y penetrante. Pues bien: pidióle que, al menos, escribiese alguna cosa sobre la más pequeña de las Epístolas de San Pablo, la dirigida a Filemón, aunque no fuese más que un folio de cuarenta líneas. Jerónimo cayó en el lazo; hizo lo que se le pedía, y el resto vino después. El resto son sus grandes comentarios paulinos. «Para que veas—decía—lo que puede sobre mí tu voluntad.»

En realidad, esto era en él un deber. Paula le había levantado el monasterio, le libraba de toda preocupación material, compraba todos los libros que necesitaba para sus trabajos, le proveía de secretario para aliviar sus ojos, casi ciegos de tanto leer; pagaba a los buenos judíos que le ayudaban en sus tareas bíblicas, y, además, era para él una consejera fiel y abnegada. Dios había puesto junto a él esta influencia dulce y santa, de que se aprovechó para su bien propio y el bien de la Iglesia.

Aquella unión se prolongó aún durante quince años. Paula gobernaba a su gente con disciplina romana. A medianoche, el canto del alleluia despertaba a las vírgenes y las reunía en el coro. Durante el día trabajaban, rezaban y estudiaban. La abstinencia de carne era perpetua. Las tendencias sensuales se maceraban a fuerza de ayunos. «La exquisitez en el vestido—decía la superiora—es una impureza del alma.» Jerónimo decía, satisfecho, escribiendo a Roma: «Las que en otro tiempo gemían bajo el peso de las joyas y brocados, andan ahora miserablemente vestidas, preparan las lámparas, encienden el fuego, barren los pisos, limpian las legumbres, echan en la olla hirviente el perol de hierbas, preparan las mesas y corren de acá para allá disponiéndolo todo.» Estas palabras se refieren a Paula y su hija. Bajo una naturaleza algo taciturna y el exterior de una deferencia respetuosa, llena de suavidad. Santa Paula escondía un carácter enérgico, capaz de los mayores heroísmos. A los que, definiendo su actitud frente a San Jerónimo, la han llamado «oveja modelo», se les podría recordar aquellas palabras que Santa Teresa decía a Gracián: «¡Ay, Padre mío, qué poco sabe de mujeres vuestra reverencia !»

De hecho, la descendiente de los Escipiones había llegado a la cima de la virtud cristiana. «¿Qué cosa más admirable—preguntaba San Jerónimo—que la virtud de esta mujer, opulenta antiguamente y hoy reducida a la última indigencia?» Por su parte, ella decía: «Dios me es testigo que no hago nada sino por su nombre, y que sólo tengo un deseo: morir en la miseria y ser enterrada en un lienzo prestado.» No era menos admirable su mortificación. Habíase prohibido la carne, la miel, el vino, el aceite, los huevos y el pescado. Habiendo caído enferma, vino a visitarla San Epifanio, de cuya influencia quiso aprovecharse San Jerónimo para hacerla tomar un poco de vino. El venerable obispo accedió; pero apenas había empezado a hablar, cuando la enferma le dijo, sonriendo: «Esto viene de Jerónimo.» Todo fue inútil. «¿Qué hay?»—preguntó Jerónimo al prelado al verle salir. « ¡Ah! —respondió el chipriota—, si me quedo un poco más, a esta edad de los noventa años me hubiera convencido de que no hay que beber vino.» Esta mortificación, continuada año tras año, acabó de gastar las fuerzas de aquel cuerpo, no muy vigoroso de suyo. Era lo que ella quería. «He amado tu casa, Señor—decía al tiempo de morir—. ¡Qué hermosos son tus tabernáculos, rey de las virtudes! Yo suspiro y mi alma desfallece en los atrios del Señor.»

Aun después que el tiempo había borrado la primera impresión, podía preguntar San Jerónimo: «¿Quién podrá hablar con los ojos secos de aquella muerte bienaventurada?»

viernes, 25 de enero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, dijo Pablo al pueblo:
«Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad; me formé a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto celo como vosotros mostráis hoy. Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguar en favor mío y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y me puse en camino con el propósito de traerme encadenados a Jerusalén a los que encontrase allí, para que los castigaran.
Pero yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”.
Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”.
Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues”.
Mis compañeros vieron el resplandor, pero no oyeron la voz que me hablaba.
Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”.
El Señor me respondió: “Levántate, continúa el camino hasta Damasco, y allí te dirán todo lo que está determinado que hagas”.
Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
Un cierto Ananías, hombre piadoso según la Ley, recomendado por el testimonio de todos los judíos residentes en la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saúl, hermano, recobra la vista”.
Inmediatamente recobré la vista y lo vi.
Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz, de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿Que te detiene? levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre”».


En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Palabra del Señor.

Conversión de San Pablo

"Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Porque habréis oído de mi vida un tiempo en el judaísmo: con cuánto exceso perseguía yo a la Iglesia de Dios y la asolaba; y me aventajaba en el judaísmo sobre muchos de mi edad en mí linaje, siendo excesivamente celador de las tradiciones de mis padres" (Gál. 1,11-14).

Todos habían sido testigos, en efecto, de la bramante furia que contra los nacientes grupos de cristianos había desplegado aquel joven, apenas salido de la adolescencia, de estatura más bien baja y resoluto andar, en cuyas facciones se aúnan, en difícil juego, la inflexión refinada del hombre que se las ha visto con manuscritos caligráficos, y el visaje marcado, esquinado, violento, del fanático, para quien el judaísmo es turbulencia y avatar político. De antiguo le vienen esos achaques. En Tarso, la griega, ha estado en contacto con el mundo de las letras, a la vez que arrebujado en la atmósfera densa y erizada de un islote judaico, de una de esas familias que los griegos compaisanos, excluidos siempre del acceso y trato con los escogidos - fariseos -, denominan, vengativamente hebreas".

A los dieciocho años, como solamente pueden permitirse los aventajados entre los de su linaje, se traslada a Jerusalén, metrópoli, para escuchar lecciones de Gamaliel el Viejo. Después vemos cómo, llevado por su celo farisaico, reaparece en la escena histórica en la lapidación de San Esteban, protomártir. No le está permitido levantar con su brazo los pedruscos contra la cándida víctima desnuda, pero recaba para sí el honor de custodiar los mantos de los apedreadores. De esta traza, el discípulo de Gamaliel conserva un contacto, si remoto, casi táctil – textil - con la lapidación.

¿Podrá extrañarnos ahora que Ananías, prevenido por una visión celeste sobre la llegada de Saulo, responda: "Señor, oí de muchos acerca de ese hombre, cuántos males causó a tus santos en Jerusalén (Act. 9,13). ¿O que cuando Pablo, tras lo acaecido en Damasco, se presente de nuevo en Jerusalén, tenga que esperarlo todo, sumisamente, de la intercesión de Bernabé ante los apóstoles, pues "todos se temían de él, no creyendo que fuera discípulo?" (Act.9,26).

La extrañeza y sobresalto de los buenos discípulos del Señor al oír de ese formidable cambio no es privativa de ellos solamente. Toda la humanidad, desde los días en que aconteciera aquella conversión, se ha visto constreñida a pensar sobre ella con el mismo asombro.

La respuesta no es: ni de índole psicológica, congojas e insatisfacciones de Saulo con un judaísmo con el que, por lo demás, es su voluntad de servicio, hasta el último instante, indefectible; ni se nos da vertida en sesudas ponderaciones filosóficas sino si Saulo hubiera reconocido en Cristo la plasmación corpórea de un grave ideal, etcétera; ni se nos ofrece nimbada en un bello mito, redondo, adornado de cisnes y prodigiosos juegos astrales, como en el nacimiento de los héroes griegos. La respuesta es crudamente histórica. Es la que Bernabé mismo ofrece a los asustados discípulos de Jerusalén. Es la que nos dan los Hechos de los Apóstoles. Este libro, inspirado por Dios, escrito por un historiador que sabe su oficio, y que, sobre ello, oyó de estos hechos mil veces en la predicación paulina, el evangelista San Lucas, narra puramente de una cabalgada hacía Damasco, con repique fuerte de herraduras sobre la calzada, y de una luz sobrenatural que derribó al jinete principal y creó un mudo espanto en el cortejo.

Parte este afanado grupo bien provisto de cartas que lo acreditan ante los principales de la sinagoga de Damasco. Por obra de una mutua inteligencia entre el sumo sacerdote de Jerusalén y los respectivos prefectos de las comunidades sinagogales en la Diáspora, quedan los miembros de la sinagoga sujetos a la jurisdicción de Jerusalén - jurisdicción que incluso las autoridades romanas reconocen -. Está, por tanto, facultada Jerusalén. llegado el caso, a intervenir punitivamente en los enclaves de la Diáspora: excluyendo. por ejemplo, de la sinagoga a algún miembro cuya conducta no está acorde con la ley mosaica, reconviniendo con el azote... ¿Qué va a ser ahora del tímido grupo de los cristianos de Damasco, que por temor a resultar sospechosos a la sociedad ambiente no se han atrevido a despegarse aún de la célula sinagogal? Saulo se propone conducirlos atados a Jerusalén, "tanto hombres como mujeres" (Act.9,2).

Sigue el grupo de jinetes el camino que, arrancando de Jerusalén y pasando por Sichem, se interna en el frondoso valle del Jordán, bordea luego graciosamente el lago de Tiberíades y se mete en Damasco. Llevan ya los jinetes alrededor de ocho días de cabalgada. No son estrictamente un grupo armado, aunque la furia de la marcha se asemeje tanto a la avanzada de la tropa militar, ansiosa de botín. A la altura de Damasco, la calzada romana se ensancha entre tupidas arboledas. Los caballos redoblan su andadura a la querencia de los establos de la ciudad cercana.

"Y como anduviese su camino, sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó fulgurante una luz venida del cielo; y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que con él caminaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo, y, abiertos los ojos, nada veía: y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco. Y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Act. 9,3-9).

Tres días le son concedidos para rumiar la derrota: tres jornadas de ayuno, con escamas sobre los ojos una lesión oftálmica procedente de la fulguración sobrenatural -, para que el sentido interior, adelgazado y sutil por la penitencia, fuera ordenando los hechos que tan agolpadamente se le metieron por los sentidos exteriores, la "luz brillante", la voz . Fue bautizado al final de los tres días, y "volvió a ver". Ahora veía dos veces.

San Pablo podrá preguntar luego a sus fieles de Corinto, retadoramente: "¿Es que no he visto a Jesús, Nuestro Señor?" (1 Cor. 9,1). En esta corporal visión del Señor glorioso están las credenciales de San Pablo ante la historia. Magnífico se presenta ante nosotros, con esas cartas, el Apóstol de las gentes. La visión del Señor lo engríe, a la vez que lo colma de humildad. Sufrirá a lo largo de su vida apostólica muchos descalabros por su fidelidad a aquella hora de Damasco. Naufragios mar adentro; en tierra, cuatro veces, sobre sus espaldas, el mismo azote que él habla preparado para los asustados cristianos de Damasco. Recorre fatigosamente. en tiempos en que no se echa a la mar más que el mercader o el soldado, casi todo el orbe conocido, de límite a limite del Imperio. En un instante en que proféticamente ve llegado su fin, rinde cuentas a sus discípulos: "Plata, oro, o vestido de nadie lo codicié. Vosotros mismos bien sabéis que a mis necesidades y a las de los que andan conmigo han proveído estas manos" (Act. 24,33-34). Es degollado en Roma. En Roma se enseña el lugar en que rebotó su cabeza, por tres veces, al ser segada: Tre Fontane. A Roma la ensalzaron y magnificaron los Santos Padres en devotos himnos. San Juan Crisóstomo. en su florido recitado, glorifica a Roma por muchos y razonados conceptos. Pero, sobre todo, por que aloja los cuerpos de San Pedro y San Pablo. En el día de la resurrección de la carne; dice el Crisóstomo, "¡qué rosa enviará Roma hacia Cristo!".

jueves, 24 de enero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
Jesús puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor, de ellos
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.
Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer.
Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la Ley.
Estos sacerdotes están al servicio de un esbozo y sombra de las cosas celestes, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la tienda: «Mira», le dijo Dios, «te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña».
Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.


En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor.

Beato Timoteo Giaccardo

Martirologio Romano: En Roma, beato Timoteo (José) Giaccardo, presbítero, que instruyó a muchos discípulos en la Pía Sociedad de San Pablo, para anunciar el Evangelio por medio de los instrumentos de comunicación social (1948).

Fecha de beatificación: 22 de octubre de 1989 por el Papa Juan Pablo II.

Nació en Narzole (Cuneo-Italia) el 13 de junio de 1896. Fue bautizado el mismo día, con los nombres de José y Domingo. Jovencito aún, se encontró con el P. Santiago Alberione, quien lo encaminó hacia el seminario diocesano de Alba.

La amistad con el P. Alberione lo hizo sensible a las nuevas necesidades de los tiempos y se abrió a los nuevos medios pastorales de evangelización. En consecuencia, con el consentimiento de su obispo, en el 1917, con 21 años, pasó del seminario diocesano a la naciente Sociedad de San Pablo, siendo encar-gado por el P. Alberione como maestro de los primeros aspirantes a paulinos. Lo llamaban el Señor Maestro, y con ese nombre se quedó.

Las condiciones históricas eran tales que parecía irrealizable se concediera el sacerdocio ministerial a los jóvenes del P. Alberione. La mayoría del clero diocesano veía posible que fueran ordenados los primeros paulinos, llamados por broma “los curas del mono y de la campera”. El mismo clérigo Giaccardo, del seminario diocesano, al presentarse al obispo para pedirle poder integrarse en la Sociedad de San Pablo, escuchó la seca pregunta: “¿Estás dispuesto a renunciar a tu hábito clerical y al sacerdocio?”. Con dolor en el corazón, pero sin titubear, aceptó esas condiciones, y las ofreció a Dios por medio de María con tal de seguir la vocación paulina que él sentía clarísima.

El P. Alberione, firme en su fe y confianza, espera en silencio y en oración que Dios hiciera resonar la hora de la aprobación canónica de la Congregación y de la ordenación sacerdotal para sus jóvenes, llamados al ministerio de la predicación mediante la palabra escrita. Y así, ante la sorpresa y el estupor de todos, pudo ver a su clérigo Giaccardo ordenado sacerdote, en 1919, por su mismo obispo, quien anteriormente le había pedido la renuncia al hábito y al sacerdocio si quería ser paulino. Y además, su ordenación se adelantó a la edad canónicamente requerida, mediante la oportuna dispensa, debido también a una imprevista circuístancia: para que su madre, enferma de gravedad, lo viera ordenado sacerdote antes de morir.

Fue el primer sacerdote paulino y el primer Vicario General de la Sociedad de San Pablo. Su vida es un ejemplo actual de cómo se puede conciliar la más alta perfección con la más intensa actividad apostólica. “Modelo para todos los sacerdotes paulinos”, como declaró el Fundador.

Él fue para el Beato Alberione como el “hijo de la promesa”, a semejanza de Isaac para Abrahán. En él podía el Fundador ver su descendencia y reconocer la primera realización de la promesa. Con la ordenación de Giaccardo la Familia Paulina se injertaba en la Iglesia mediante el sacerdocio apostólico, en sintonía con el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y hagan discípulos míos en todas las naciones”.

La ordenación sacerdotal del P. Giaccardo marcó una fecha histórica para la Familia Paulina por otra razón: él era el primer sacerdote paulino ordenado expresamente para un ministerio nuevo en la Iglesia. Así la predicación realizada con los medios de comunicación social quedaba implícitamente considerada como verdadera evangelización. Lo que el Concilio Vaticano II sancionaría medio siglo más tarde en el decreto “Inter mirifica”, era ya anunciado en la ordenación sacerdotal del P. Giaccardo.

El padre Santiago Alberione vio en este hecho una clara respuesta de Dios a su fe en la propia vocación y misión. Comprendió que sería la vocación y misión de una gran Familia fundada sobre el sacerdocio de Cristo, en la línea del Magisterio de la Iglesia y del ministerio apostólico; Familia heredera de la gracia y del apostolado de san Pablo; enviada para anunciar el Evangelio de Cristo a todos los hombres a través de los nuevos medios de comunicación social.

Por otra parte, el P. Giaccardo representa el anillo de enganche entre el Fundador y las nuevas comunidades nacidas de la comunidad madre de Alba: él fue el primero que guió la migración de los dos grupos, masculino y femenino que dieron origen a las comunidades romanas. En enero de 1926, teniendo en cuenta su gran amor al Papa, el Fundador lo envió a Roma para abrir y poner en marcha la primera casa filial de la Congregación.

El Fundador le había dicho: “Te mando a Roma en gracia de tu amor a san Pablo y por tu fidelidad al Papa. Estoy convencido de que al Divino Maestro le agradará tener en Roma, junto a su Vicario que representa el Evangelio “hablado”, también una voz que representa el Evangelio “impreso”. Dicho por inciso: “La Voz” era el título del primer periódico editado por los paulinos en Roma, y que les había cedido la Diócesis.

El beato Giaccardo escribió más tarde en su diario: “Yo, en la Congregación, no tuve la misión de lanzar nuevas iniciativas, sino de educar, plantar, integrar nuestra Sociedad de San Pablo en la Iglesia de Roma, sobre la roca de san Pedro, sobre la apostolicidad de san Pablo; y he comprobado la paciencia de Dios en asistirme para llevar a cabo este ministerio”.

Podemos afirmar así que, mediante el P. Giaccardo, la Familia Paulina se enraíza, incluso visiblemente y localmente, en la herencia de los apóstoles, representada por la sede de Roma.

Como el beato Santiago Alberione fue el “padre” que, en la luz de su misión especial, dio vida a las varias ramas de la Familia Paulina, el beato Timoteo Giaccardo, su primer hijo espiritual, transmitió y profundizó la herencia alberoniana. Sin reflejar nunca el cansancio ni calcular la fatiga, sin concederse un día de vacaciones, compartió durante treinta años con el padre Alberione la solicitud por cada una de las Congregaciones paulinas, en sus difíciles comienzos y en su desarrollo, como “llevándo-las en brazos”.

El padre Giaccardo tuvo plena conciencia de esta su segunda misión. Escribía en su diario: “Me parece ver claro que se define cada vez más este segundo ministerio: conservar, interpretar, hacer penetrar y fluir el espíritu y las directrices del Primer Maestro; y yo acepto con espíritu de humildad este ministerio, con ánimo dócil, afectuoso, sincero”.

El P. Alberione confirmó: “Yo no tengo a ningún otro que comparta tan acertadamente mis sentimientos y mi ánimo; ninguno que tenga cuidado de ustedes con más sincera dedicación”.

Mas tenemos otro testimonio de interés capital, manifestado por el mismo Fundador después de la muerte del padre Giaccardo:

“Desde el 1909 y el 1914, cuando la divina Providencia preparaba la Familia Paulina, él tuvo una clara intuición, aun sin comprenderla del todo. Las luces que recibía de la Eucaristía…, su ferviente devoción mariana, la meditación de los documentos pontificios, le daban luz sobre todas las necesidades de la Iglesia y sobre los modernos medios para hacer el bien.

“Entró en 1917 (todavía clérigo) como maestro de los primeros aspirantes… y le llamaban y se quedó para siempre con el nombre de “Señor Maestro”: amado, escuchado, seguido, venerado dentro y fuera. Fue el maestro que a todos precedía con el ejemplo, que enseñaba de todo, que aconsejaba a todos, que lo construía todo con su oración iluminada y ferviente… Se puede decir que escribió en cada conciencia y se volcó a sí mismo en cada corazón de Sacerdotes, Discípulos, Hijas de San Pablo, Pías Discípulas, Pastorcitas; y de cuantos lo trataron en relaciones espirituales, sociales, económicas…

“Desde el día en que lo conocí y le señalé el Sagrario como luz, fortaleza, salvación, su vida fue una continua y cotidiana ascensión… Él prefería decir con san Pablo: “Hasta la plenitud de la edad de Cristo”.

“Era maestro de oración. ¡Sabía hablar con Dios! Vivía de piedad eucarística, de piedad mariana, de piedad litúrgica; de amor a la Iglesia y al Papa…

Fue maestro de apostolado. Lo sentía, lo amaba, lo desarrollaba… Era un comunicador de energía, un sostén para los débiles, luz y sal en el sentido evangélico.

El Primer Maestro le debe una inmensa gratitud, y con él todos, pues todos se veían amados por él… Yo me fiaba de él más que de mí mismo; y estoy contento por habérselo demostrado…”.

Como confirmación de este testimonio del beato Alberione (Primer Maestro), reportamos algunas expresiones textuales del mismo beato Giaccardo sobre el sentido de la misión paulina:

“El Divino Maestro debe reinar sobre todo, debe ser dado “todo” a todos… mediante el Apostolado de las Ediciones. El Apostolado de las Ediciones debe iluminar todos los apostolados, sostenerlos todos, vivificarlos todos, abarcarlos todos, ejercerlos todos con sus apóstoles. Y éstos deben ser la gloria de Cristo, Divino Maestro”.

“En servicio de Cristo Eucaristía, se busca y se elige lo mejor… Así, al servicio de Cristo hecho “Palabra”, debemos reservarle cuanto de mejor producen los hombres: el nuestro es un verdadero Ministerio sagrado”.

El beato Giaccardo, después del Fundador, fue el primer sacerdote que escribió y publicó un libro, en 1928, con el título “María Reina de los Apóstoles”, que es la Patrona de la Familia Paulina.

Fue el primer sacerdote paulino y el primer Vicario de la Congregación Sociedad de San Pablo. En 1936 regresó de Roma a Alba como superior de la Casa Madre. Colaborador fidelísimo del P. Alberione, se prodigó sin descanso por las Congregaciones Paulinas que iban naciendo, y que él llevó en sus brazos, conduciéndolas a una profunda vida interior y a los respectivos apostolados modernos.

Ya en edad madura, ofreció su vida por la continuidad de su propia Congregación y para que fuera reconocida en la Iglesia la nueva Congregación paulina de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Y el Señor aceptó su ofrenda.

Pasó a la Casa del Padre el 24 de enero de 1948, víspera de la fiesta de la Conversión de San Pablo. Sus restos mortales yacen en la cripta del Santuario de la Reina de los Apóstoles, Roma (los del beato Santiago Alberione, en la subcripta). Santuario que mandó construir el Fundador en el mismo solar donde el Beato Giaccardo había fundado la primera casa paulina fuera de Alba.

miércoles, 23 de enero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
Melquisedec, rey de Salen, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo, y recibió de Abrahán el díezmo del botín.
Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y después, Rey de Salen, es decir, Rey de Paz.
Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida.
En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente.
Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que no ha llegado a serlo en virtud de un legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera; pues está atestiguado: «Tú eres sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec».


En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano».
Lo extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor.

San Ildefonso de Toledo

Era temeroso de Dios, religioso, lleno de piedad; en su andar, grave y modesto; paciente y amable en su conducta; insuperable en la sabiduría; agudo para razonar, y tan favorecido en las gracias de la elocuencia, que, cuando hablaba, dijérase que no era un hombre, sino que el mismo Dios hablaba por su boca.» Así dice de él uno de sus discípulos.

Sus maestros habían sido San Eladio, en Toledo, y San Isidoro, en Sevilla. Cautivado por la ciencia divina, despreció el palacio en que había nacido, y, huyendo de su padre, cuyo amor le perseguía con la espada desenvainada, encerróse en el monasterio de Agali, asilo de paz entre las alamedas del Tajo, templo de virtud y de saber, que había dado ya tres pastores a la capital del reino.

Ildefonso fue el cuarto. «Coronado leal», acertaba a llevar a su pueblo por las vías buenas. Enseñábale las muchas cosas santas que sabía; le ayudaba a rezar, escribiendo bellas oraciones para la liturgia mozárabe, y le animaba a cantar su fe en aquellas viejas melodías, misteriosas, perfumadas, que él mismo enriqueció.

Y como era tan bueno y tan generoso, quiso que toda España gozase de aquella gracia de hablar que Dios le había dado, y escribió cosas bellas, que todavía leemos con gozo, porque guardan un soplo suave de amor y un férvido aliento de fe. Escribió, sobre todo, su libro De la Virginidad de María, himno triunfal a la Virgen, en que, indignado en la vehemencia de su lealtad amorosa, clama así contra el calumniador de su Dama y su Reina: «¿Qué osas decir, caos de locura, de aquella morada de Dios, de aquella corte del Rey de las victorias, clarísima con el brillo del pudor, de aquel palacio del Emperador de las cosas celestiales y asiento gloriosísimo de Aquel a quien no pueden comprender la plenitud y diversidad de los lugares? ¿El tronco de la vida daría ramas de muerte? ¿El huerto cerrado en que brotó la flor de la peregrina virginidad había de producir abrojos y serpientes? ¿La fuente de la vida, sellada con el parto virginal, manaría el cieno de la impureza? Pido a Dios que el sepulcro de tu boca sea atormentado por el dolor, que en esa caverna quede tu lengua inmóvil, y que tus labios se cierren para que no salga el hedor insoportable de tus palabras.»

Así blandía su pluma el impetuoso paladín, porque había unos hombres perversos que osaban poner mengua en su Señora la Virgen María, negando su perpetua virginidad. El amor no mide las palabras; por eso el libro de Ildefonso está lleno de fuego, de ira, de indignación, de golpes furiosos y relumbrar de espadas. Tal era su amor a la Madre de Dios, que muchas veces permanecía postrado delante de Ella, con los ojos implorantes y las mejillas humedecidas en llanto, rezando una y otra vez, hasta perder la cuenta, las palabras de la salutación angélica: Dios te salve, María… Es el primer anillo de una gran tradición mariana que muchos siglos más tarde otro español se encargará de recoger; con tanta justicia como a Santo Domingo de Guzmán, se le puede llamar precursor de la devoción del Rosario.

Y como la Gloriosa, estrella de la mar, sabe a sus amigos galardón bueno dar, aparecióle un día con muy grand majestat, con un libro en la mano de muy grand claridat, el que él auíe fecho de la virginidat; plogolo a Ildefonso de toda voluntat. Fízoli otra gracia, cual nunca fue oída, dioli una casulla sin aguia cosida, obra era angélica, non de ome texida, fablioli pocos vierbos, razón buna complida.

El cielo aprobaba sus libros, la tierra le miraba como un vaso de divino saber, y un obispo le escribía: «Doy gracias a Dios porque ha puesto en tu alma el aura vivificante de su santa inspiración, y te ha fortalecido con la unción de su gracia para desplegar con tanta sabiduría el lienzo sagrado de las Escrituras, y ha tocado con su fuego la entrada de tu boca, y ha iluminado con su luz tu corazón, y te ha enviado su espíritu, y ha hecho en ti su morada, a fin de saciar nuestra hambre por la fertilidad de tu palabra, y confirmarnos con su gracia purificadora y enriquecernos con el tesoro de su verdad.»

Otras veces le animaban a que siguiese repartiendo al pueblo el pan de la doctrina, y él contestaba: «Me mandáis que os manifieste las cosas ocultas u olvidadas de la vestidura del Señor, donde no hay mancha ni arruga ninguna. Yo nada puedo hacer por mis fuerzas; pero os obedeceré con la ayuda del que levanta a los malheridos, el que liberta a los encarcelados, el que ilumina a los ciegos. Él me levante a mí en los brazos de su Cruz piadosa, ya que caí de los brazos de su divinidad; Él desate con su palabra de amor las ataduras de mis pecados; Él me ilumine con su misericordia preveniente, ahuyentando la noche de mi iniquidad, y entonces, prisionero de Jesús, pueda oír de sus labios: «Ya estás libre de tu enfermedad.» Y yo me levantaré y le daré gloria. Él me dejará andar en la libertad y dilatación del corazón, y correré tras el olor de sus ungüentos, y lo que de ellos aspirare, lo respiraré luego con el aliento de la palabra. ¡Ah! Que ilumine al ciego, que yo conozca su luz, y le alabaré en asamblea de su pueblo.

»Mas ¿por qué me buscáis a mí y no la gloria de mi Cristo en mí? Yo no me recomiendo a mí mismo. En cuanto hablo, mi corazón anhela por mi Cristo. Escribiré, hablaré amorosamente de este amado mío, y, hablando, lo anunciaré; y, anunciándolo, haré que lo conozcan, y le daré gracias de que sea conocido, y después de esta alabanza mortal, me asociaré por siglos sempiternos a los coros de los ángeles.»

¡Página bellísima, digna de San Agustín, del Kempis o de San Juan de la Cruz! Es el lenguaje del místico, fuerte e impetuoso como un torrente desatado, torrente de llamas de amor. Es el lenguaje del místico, cuyos ojos extáticos se fijan apasionadamente en la lejanía, donde alborea la gloria del Amado. Así pintara Murillo al «Coronado leal», al gran arzobispo de Toledo...

Et cuando plogo a Cristo, al celestial Señor, finó Sant Ildefonso, precioso confesor; onrróle la Gloriosa, Madre del Criador, dióle grand onrra al cuerpo, al alma muy mayor.

martes, 22 de enero de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
Dios no es injusto para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes.
Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza, y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido. Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: «Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente».
Abrahán, perseverando, alcanzó lo prometido.
Los hombres juran por alguien que sea mayor y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión.
De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.


Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde: « ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Palabra del Señor.