jueves, 26 de abril de 2018

Beato Estanislao Kubista

Nació en Kotuchna, en la Silesia polaca, el 27 de septiembre de 1898. Fue el quinto de nueve hermanos que recibieron de sus padres, Stanislaw, un honrado trabajador forestal, y de Franciszka, la madre, una sólida formación en la fe. En familia se rezaba el rosario y se compartía la devoción a María ante un pequeño altar que presidía el hogar. El matrimonio fue bendecido por Dios con varias vocaciones a la vida religiosa entre sus vástagos, uno de ellos Estanislao. Éste, sensibilizado por lo que acontecía en su entorno, era enormemente receptivo hacia todo aquello que reportase un bien. Sería la base sobre la que Dios iba a trabajar. La semilla ya había germinado y crecería frondosa en una excelente tierra. Puso en su camino a un hermano perteneciente a la Sociedad del Verbo Divino (SVD) de Nysa que distribuía las revistas misioneras y la literatura polaca. Y lo que podía haber quedado en una acción ordinaria, a la que apenas se presta atención aunque solo fuese por la costumbre, en su caso adquirió tintes nuevos. La presencia de esta persona y la actividad que llevaba a cabo fue tan sumamente importante para él que, influenciado por ello, se sintió atraído casi a la par por la vida misionera y por la literatura.

Bien es verdad que tuvo la fortuna de estar cerca de un gran sacerdote. Era el coadjutor de Mikolow, P. Michatz. Llevado por su afán apostólico, al darse cuenta de que el joven tenía vocación, le prestó su ayuda para que pudiera ingresar en el seminario menor de la SVD de Nysa. Sin embargo, la guerra impidió que pudiese culminar los estudios. No le quedó más remedio que servir en el frente. Fue telefonista y telegrafista en el cuartel de Szczecin hasta la primavera de 1919. Como tantas familias, la suya también quedó herida por la barbarie. Su hermano mayor fue una de sus víctimas. Al volver Estanislao retomó el camino que había quedado cercenado por la contienda. Prosiguió sus estudios, hizo el noviciado en Mödling y profesó como religioso de la SVD. Era una persona algo introvertida. Pero sus formadores apreciaron su sentido del deber, el rigor que se imponía, así como la humildad y la fidelidad que le hacían acreedor de confianza. Fue ordenado sacerdote en 1927. Gozaba de buena salud, y explícitamente lo hizo notar en el escrito que presentó sometiéndolo al juicio de sus superiores junto a una lista de países lejanos a los que podría partir si lo consideraban oportuno. Ellos tuvieron muy en cuenta lo que dijo. Pero en el otoño de 1928 lo trasladaron a Górna Grupa. Hay consejos que jamás se olvidan. La emocionante despedida de su madre fue: «hijo, permanece fiel al camino que elegiste». Así lo hizo.

Sus cualidades literarias y soltura en el dominio de la lengua le hacían apto para la docencia. Pero él se inclinó a la creación literaria más que a la enseñanza, todo ello sin descuidar la labor misionera y pastoral. En la responsabilidad que le encomendaron: llevar como ecónomo una residencia de 300 personas, fue sumamente eficaz, al punto de que al año siguiente pusieron bajo su tutela la economía regional de la Orden. Sucesivamente fue el redactor de las revistas «El Pequeño Misionero» y «El Tesoro Familiar». En 1937 dio un salto cualitativo y él mismo fundó la revista «El Mensajero del Corazón de Jesús», que puso bajo el amparo de san José, por el que experimentaba gran devoción y al que no dudaba en encomendar cualquier necesidad que surgía. Así, al Santo Patriarca atribuía haber podido erigir el edificio que albergaba la imprenta equipándola convenientemente. Su actividad imparable dio también como fruto la publicación de artículos de temática teológica y pedagógica con trasfondo espiritual. Se convirtió en fértil autor de relatos, novelas y obras teatrales, todas ellas sumamente instructivas. Tenían único objetivo: «colaborar con Jesús en la salvación de las almas».

La tarea que llevaba a cabo guardaba estrecho paralelismo con el ejercicio de su misión pastoral que desplegaba con todos, especialmente con los seminaristas que hallaron en él un confesor ideal. Su fidelidad, junto a un carácter disciplinado y servicial, ponían de relieve su madurez espiritual. Cuando estalló la guerra en 1939, valerosamente se enfrentó a la Gestapo en defensa de los débiles. En un primer momento se salvó de una más que segura represalia, lo cual atribuyó a san José. Pero no pudo impedir que destruyeran lo que con tanta ilusión había puesto en pie: la imprenta. Sufrió viendo cómo arrasaron lo que hallaron al paso. Perdieron entonces todo lo que tenían para sustento de la gran comunidad. La tragedia, que no hizo más que comenzar, continuó in crescendo, con el arresto de los sacerdotes y la confiscación de los bienes. De nuevo san José le ayudó a encontrar una salida, que fue momentánea, para poder alimentar a todos, hasta que fueron detenidos en febrero de 1940 y conducidos de Stutthof a Sachesenhausen. Estanislao, que había disfrutado de excelente salud, confinado en el bloque 29 destinado a los tuberculosos, enfermó a fuerza de tantas carencias, inclemencias meteorológicas y el trato vejatorio e inhumano que no cesaron de infligirles a todos ellos. Tan solo el Jueves Santo de ese año pudieron celebrar la Eucaristía y recibir la comunión de forma clandestina. El organismo del beato, cada vez más debilitado, entró en una aguda fase de deterioro ante la pasividad de los vigilantes que, por si fuera poco, se encarnizaron con él. Le obligaban a realizar trabajos forzados en claro intento de llevarlo a la muerte. Lo recluyeron en un retrete donde estuvo tres días, y vio que su fin se acercaba: «Esto ya no durará mucho. Estoy muy debilitado. ¡Dios mío, cómo quisiera regresar a Górna Grupa. Pero Dios por lo visto tiene otros planes. Que se cumpla su voluntad». El 26 de abril de ese año, el jefe de la barraca se dirigió a él. Con manifiesta brutalidad, espetó: «Ya no tienes por qué vivir» al tiempo que le aplastaba el pecho y la garganta con el pie.

miércoles, 25 de abril de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



Queridos hermanos:
Revestíos todos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes. Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce en su momento.
Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros.
Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar.
Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos. Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará. Suyo es el poder por los siglos. Amén. Os he escrito brevemente por medio de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y para daros testimonio de que esta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos firmes en ella.
Os saluda la comunidad que en Babilonia comparte vuestra misma elección, y también Marcos, mi hijo.
Saludaos unos a otros con el beso del amor.
Paz a todos vosotros, los que vivís en Cristo.


En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo:
«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor.

San Marcos Evangelista

Según tradición eclesiástica, Marcos, llamado también Juan Marcos o simplemente Juan, es el autor de un evangelio y el intérprete que traducía a Pedro en sus predicaciones frente a auditorios de habla griega. Era hijo de una cierta María, cuya casa de Jerusalén estaba abierta a la primitiva comunidad Cristiana. Primo de Bernabé, probablemente fuera como él de estirpe sacerdotal. Afirma por una parte la tradición que Marcos nunca habría oído personalmente la predicación del Señor, pero por otra muchos han querido descubrirlo en aquel muchacho que huyó desnudo en el huerto de Getsemaní, episodio que sólo el evangelio a él atribuido refiere. Tal vez haya conocido al grupo de seguidores sin llegar a ser propiamente discípulo.

Al comenzar la expansión del evangelio, Pablo y Bernabé salieron de Jerusalén hacia Antioquía llevando con ellos a Marcos; éste los acompañó en sus primeras empresas misionales, a Chipre y Perges, de donde regresó por causas desconocidas.

Bernabé, deseoso de  llevar nuevamente a Marcos con ellos cuando el apóstol planeaba su segundo viaje, encontró la oposición de Pablo, que partió solo. Marcos siguió, pues, a Bernabé una vez más hasta Chipre. Sin embargo, Marcos reaparece junto a Pablo en Roma, pero es creencia que fue más bien discípulo de Pedro, quien confirma esta suposición al llamarlo "hijo" suyo en su primera carta. El evangelio que se le atribuye, además, sigue muy de cerca el esquema de los discursos de Pedro que nos ha conservado el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Nada sabemos de su existencia posterior. La segunda carta a Timoteo lo señala entre los compañeros de  este discípulo de Pablo; conforme a un dato que recoge el historiador Eusebio de Cesarea (a comienzos del siglo IV), la Iglesia de Alejandría lo habría tenido por fundador. Sus últimos años y el lugar de su muerte nos son desconocidos.

El breve relato que lleva su nombre descubre un espíritu observador y ágil. Sólo Marcos, por ejemplo, destaca el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la muchedumbre hambrienta antes de multiplicar los panes y los pescados por primera vez.

Las grandes líneas de su evangelio, en tanto, trasuntan una profunda credibilidad histórica y demuestran singular  valor teológico. Marcos comienza por presentar a Jesús bien recibido por la gente, pero pronto su humilde mesianismo, tan alejado de las reivindicatorias expectativas populares de los judíos, ocasiona la decepción de la masa; apagado el entusiasmo primerizo, el Señor se retira de Galilea para dedicarse de lleno a la instrucción  de los discípulos, quienes por boca de Pedro confiesan la divinidad de su Maestro. A partir de este reconocimiento de Cesarea, todo el relato se orienta a Jerusalén; en la ciudad santa, finalmente, la oposición crece y culmina en el juicio inicuo y la pasión, que alcanza su victoriosa respuesta cuando Cristo abandona su tumba, de acuerdo con lo que había profetizado de si mismo.

El secreto mesiánico, del que Marcos hace un tema central, da así todo su fruto: Jesús, siervo humillado por la maldad y la ignorancia de los hombres que él había venido a rescatar, es exaltado por Dios, como ha de serlo todo el que a él se una de corazón y lo siga en el camino, el único que permite comprender esa "Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios" que Marcos nos ha trasmitido en un lenguaje popular, muchas veces incorrecto en la forma, pero vivaz y lleno de encanto.

martes, 24 de abril de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos fueron llamados cristianos.


Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:
« ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». Jesús les respondió:
«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí.
Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado, es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.

San Wilfrido de York

San Wilfrido se distinguió entre los primeros personajes de la Iglesia en Inglaterra por su ardiente defensa de las costumbres y de la disciplina de la Iglesia de Roma y por sus estrechas relaciones con la Santa Sede. Nació el año 634 en Nortumbría; se dice que su ciudad natal era Ripon, pero hasta ahora no está probado. La madre de Wilfrido murió pronto, y su madrastra le trataba con tal rudeza que el niño partió a los trece años a la corte del rey Oswino de Nortumbría. La reina Eanfleda le tomó cariño y le envió a proseguir sus estudios en el monasterio de Lindisfarne. Al cabo de algún tiempo, viendo Wilfrido que en el monasterio no podría alcanzar la perfección que deseaba, pues las costumbres célticas que ahí se observaban no le satisfacían, determinó hacer un viaje por Francia e Italia. En Canterbury se detuvo algún tiempo para estudiar allí la disciplina romana bajo la dirección de san Honorio, y aprendió el salterio en la versión romana, que hasta entonces no conocía. El año 654, san Benito Biscop, paisano de san Wilfrido, pasó por Kent rumbo a Roma, y san Wilfrido partió con él en ese primer viaje.

San Wilfrido pasó un año en Lyon con el obispo de dicha ciudad, san Anemundo, el cual le tomó tanto cariño, que le ofreció la mano de su sobrina y un porvenir muy brillante; pero el joven permaneció inconmovible en su decisión de consagrarse enteramente a Dios. En Roma se puso bajo la dirección del archidiácono Bonifacio, hombre muy piadoso y sabio, que ejercía el cargo de secretario del papa San Martín y tenía positivo placer en instruir a su joven discípulo. Más tarde, san Wilfrido volvió a Lyon, donde pasó tres años; allí recibió la tonsura según la costumbre romana, lo cual era como un testimonio visible de su desacuerdo con los usos célticos. San Anemundo tenía la intención de hacer de él su sucesor en la sede de Lyon, pero fue asesinado repentinamente, y san Wilfrido sólo escapó con vida porque era extranjero. Inmediatamente volvió a Inglaterra. El rey Alfredo de Deira había oído decir que Wilfrido conocía perfectamente las costumbres romanas y le pidió que instruyese en ellas a su pueblo. Dicho monarca había fundado poco antes un monasterio en Ripon, cuyos monjes, entre los que se contaba san Cutberto, habían venido de Melrose. El rey les ordenó que adoptasen las costumbres romanas, pero el abad Eatta, Cutberto y algunos más, prefirieron retornar a Melrose. San Wilfrido fue nombrado entonces abad del monasterio, en el que introdujo la regla de San Benito. Poco después, recibió la ordenación sacerdotal de manos de San Agilberto, quien era entonces obispo de los sajones occidentales.

San Wilfrido empleó toda su influencia para atraer al clero del norte de Inglaterra a las costumbres romanas. La principal dificultad era la fecha de la Pascua, que los celtas observaban erróneamente. Por ejemplo, se cuenta que el rey Oswino y la reina Eanfleda, originarios ambos de Kent, solían observar la Cuaresma y la Pascua en fechas diferentes en la misma corte. Para poner fin a ese estado de cosas, el año 663 o 664, se reunió un sínodo en el monasterio de San Gildas en Streaneshalch (hoy Whitby), al que asistieron los reyes Oswy y Alfrido. En aquel momento era obispo de Lindisfarne san Colmano, defensor de las costumbres celtas; el sínodo terminó con el triunfo de los partidarios de la disciplina romana, y san Colmano se retiró a lona. Tuda fue consagrado entonces obispo para suceder a Colmano; pero Tuda murió poco después, y el rey Alfrido elevó a san Wilfrido a la sede episcopal. Nuestro santo, que equivocadamente consideraba como cismáticos a los obispos del norte que no habían adoptado la disciplina romana, fue a Compiégne a recibir la consagración episcopal de manos de su antiguo amigo san Agilberto, quien había vuelto a su país natal. san Wilfrido, que tenía entonces unos treinta años, permaneció algún tiempo en Francia y, por causas de un naufragio, se dilató aún más su retorno a Inglaterra. Entre tanto, el rey Oswy había enviado a san Chad, abad de Lastingham, a recibir la consagración episcopal de manos de Wino, obispo de los sajones occidentales, y le había nombrado obispo de York. A su vuelta a Inglaterra, San Wilfrido encontró su sede ya ocupada y se retiró calladamente a un monasterio en Ripon. El rey Wulfhero solía convocarle frecuentemente a Mercia para que confiriese la ordenación sacerdotal a los candidatos. En una ocasión, el rey Egberto le invitó a Kent por la misma razón; San Wilfrido volvió de Kent con un monje llamado Eddio Stephanus, quien llegó a ser su amigo íntimo y su biógrafo.

El año 669, san Teodoro, que acababa de ser elegido arzobispo de Canterbury, descubrió durante la visita de su arquidiócesis que la elección de san Chad había sido irregular y le destituyó de la sede de York; en su lugar nombró a san Wilfrido. Con la ayuda de Eddio, quien había ocupado un cargo de importancia en Canterbury, san Wilfrido estableció el canto romano en las iglesias del norte, restauró la catedral de York y desempeñó sus funciones episcopales en forma ejemplar. Hizo a pie la visita de su extensa diócesis y consiguió ganarse el cariño y el respeto de su pueblo, pero no el del príncipe Egfrido, sucesor de Oswy. El año 659, Egfrido había contraído matrimonio con santa Etelreda, hija del rey Anna de Anglia del este. La reina se negó a consumar el matrimonio durante diez años; san Wilfrido, a quien apeló la reina cuando su marido quiso hacer valer sus derechos, apoyó su causa y la ayudó a abandonar el palacio y a ingresar en el monasterio de Coldingham. Ante esa actitud del santo, Egfrido se sintió ofendido y dio rienda suelta a su resentimiento. Cuando corrió la noticia de que San Teodoro tenía el proyecto de dividir la extensa diócesis sufragánea de Nortumbría, el rey apoyó el proyecto; por otra parte, se dedicó a crear obstáculos a San Wilfrido y pidió que fuese depuesto. Según parece, Teodoro prestó oídos a las quejas de Egfrido, dividió la diócesis de York y consagró a tres obispos en la propia catedral de san Wilfrido. Este apeló al juicio de la Santa Sede el año 677 o 678. Fue el primer caso de apelación de la Iglesia de Inglaterra a Roma. San Wilfrido emprendió el viaje a la Ciudad Eterna; pero los vientos contrarios arrojaron la nave a la costa de Frieslandia, y el santo pasó allí el invierno y la primavera del año siguiente, predicando y bautizando a los habitantes de la región. Tal fue el comienzo de la misión que san Wilibrordo y otros apóstoles llevarían a feliz término más tarde.

Después de pasar algún tiempo en Francia, san Wilfrido llegó a Roma a fines del año 679. El papa san Agatón estaba ya al corriente de los sucesos en Inglaterra, gracias a los informes de un monje a quien Teodoro había enviado a Roma con unas cartas. Para discutir el asunto, el papa reunió un sínodo en Letrán. El sínodo dispuso que san Wilfrido debía ser restituido a su diócesis y que a él tocaba elegir a sus coadjutores o sufragáneos. En cuanto llegó a Inglaterra, san Wilfrido, que había asistido en Roma al Concilio de Letrán que condenó la herejía monotelita, se presentó ante el rey Egfrido y le dio a leer los documentos pontificios. El monarca gritó que san Wilfrido había obtenido esos decretos del Pontífice con soborno y mandó que le encarcelaran durante nueve meses. Cuando salió de la prisión, el santo se dirigió a Sussex pasando por Wessex. Aunque aún había muchos paganos entre los sajones del sur, el rey Etelwaldo, que había sido bautizado recientemente en Mercia, le acogió con los brazos abiertos. El santo convirtió con su predicación a la mayoría de los habitantes y evangelizó también la isla de Wight. En Sussex devolvió la libertad a 250 esclavos. Cuando llegó a Sussex, el hambre y la sequía asolaban la región; pero el día en que bautizó a los primeros neófitos cayó una lluvia muy abundante. San Wilfrido enseñó también al pueblo a pescar, lo cual resultó muy benéfico, pues en la región sólo se conocía la pesca de anguilas. Los acompañantes del obispo adaptaron las redes utilizadas para atrapar anguilas de manera que sirviesen para los peces y, en la primera salida pescaron trescientas piezas. San Wilfrido regaló cien peces a los pobres, dio otros cien a quienes le habían prestado las redes y guardó los cien restantes para su comitiva. El rey le regaló entonces una parcela de tierra, donde el santo estableció un monasterio, que se convirtió más tarde en cabecera de una diócesis, que después se cambió a Chichester.

San Wilfrido tenía su residencia en la península de Selsey. Durante los cinco años siguientes, hasta la muerte del rey Egfrido, san Teodoro, que era ya muy anciano y estaba enfermo, le rogó frecuentemente que fuese a verle en casa del obispo de Londres, san Erconwaldo. Cuando por fin tuvo lugar la reunión, san Teodoro confesó toda su vida a sus dos hermanos en el episcopado y dijo a san Wilfrido: «Lo que más me duele es haber consentido en vuestra deposición sin que vos me hubieseis dado causa alguna para ello. Confieso mi crimen a Dios y a san Pedro y los pongo por testigos de que haré cuanto esté en mi mano por reparar mi falta y reconciliaros con los reyes y señores que son amigos míos. Sé que no viviré hasta el fin de este año y, antes de morir, quiero dejaros establecido como sucesor mío en mi diócesis». San Wilfrido replicó: «Que Dios y san Pedro perdonen todas nuestras disputas. En cuanto a mí, os prometo que pediré siempre por vos. Escribid a vuestros amigos que me restituyan a mi diócesis, según lo disponen los decretos de la Santa Sede. Más tarde, una asamblea estudiará el asunto de vuestro sucesor». Así pues, san Teodoro escribió a Alfrido, sucesor de Egfrido, a Etelredo, rey de Mercia, a santa Elfleda, quien había sucedido a santa Hilda en el gobierno de la abadía de Whitby y a algunos otros. Alfrido restituyó a san Wilfrido en su diócesis el año 686 y le devolvió el monasterio de Ripon.

La historia del desarrollo de los sucesos en el norte es muy oscura y complicada; el hecho es que, cinco años después, surgieron ciertas dificultades entre Alfrido y san Wilfrido, y éste fue nuevamente desterrado, el año 691. Entonces se refugió en los dominios de Etelredo de Mercia, quien le confió la administración de la sede vacante de Lichfield, y el santo desempeñó ese oficio durante cinco años. El nuevo arzobispo de Canterbury, san Bertwaldo, a quien no simpatizaba san Wilfrido, convocó el año 703 un sínodo en el cual se decretó, a instancias de Alfrido, que san Wilfrido renunciase a su diócesis y se retirase a la abadía de Ripon. San Wilfrido, en un discurso conmovedor, recordó todo la que había hecho por la Iglesia en el norte y apeló nuevamente a la Santa Sede. El sínodo se disolvió, y el santo, que tenía ya setenta años, emprendió su tercer viaje a Roma. También sus enemigos enviaron representantes a la Ciudad Eterna, donde se examinó el asunto en varias sesiones consecutivas. Naturalmente, la comisión encargada de estudiar el caso estaba influenciada por la decisión anterior de san Agatón. Por otra parte, los enemigos de san Wilfrido admitían que su vida había sido siempre irreprochable y que es imposible deponer a un obispo contra el que no se puede probar ninguna acusación canónica. La comisión resolvió que, si era necesario dividir la sede de san Wilfrido, había sido injusto proceder a ello sin consultar al santo y sin reservarle una de las diócesis nuevas, y que sólo un sínodo provincial podía haber decretado la división de la diócesis. Además, como san Wilfrido era el mejor conocedor de los cánones de la Iglesia de Inglaterra, según lo había reconocido san Teodoro, consiguió meter en aprietos a muchos personajes de la corte. En efecto, es interesante observar que el santo jamás había exigido la jurisdicción de un metropolitano sobre la sede de York, ya que el palio había sido concedido a san Paulino y no a él. San Wilfrido encontró en Roma la protección y la aprobación que merecía su heroica virtud. El papa Juan VI escribió a los reyes de Mercia y Nortumbría y encargó al arzobispo Bertwaldo que convocase un sínodo para hacer justicia al santo; al mismo tiempo, amenazó con emplazar a los enemigos de san Wilfrido, si no cumplían sus órdenes.

A pesar de todo, el rey Alfrido mantuvo su oposición a san Wilfrido cuando éste retornó a Inglaterra, pero el monarca falleció el año 705 y, durante su última enfermedad, se arrepintió de todas las injusticias que había cometido contra él, según testificó su hermana santa Elfleda. Habiendo reivindicado así los cánones y la autoridad de la Santa Sede, san Wilfrido no tuvo dificultad en aceptar un compromiso; en efecto, cedió la sede de York a san Juan de Beverley y se contentó con la diócesis de Hexham, que administró prácticamente desde su monasterio de Ripon. Eddio escribe a propósito de la toma de posesión de san Wilfrido: «Ese día se abrazaron y besaron todos los obispos, unos a otros, partieron el pan y comulgaron juntos. Una vez que dieron gracias a Dios por el feliz suceso, retornaron a sus respectivas diócesis llenos de la paz de Cristo». El año 709, san Wilfrido visitó los monasterios de Mercia que él mismo había fundado y falleció en uno de ellos, el de Oundle, en Northamptonshire., después de haber repartido sus bienes entre sus monasterios, sus iglesias y sus antiguos compañeros de destierro. Su cuerpo fue sepultado en su iglesia de San Pedro de Ripon. T. Hodkin, en su «Historia de Inglaterra durante la conquista de los normandos», confiesa que «la vida de san Wilfrido, con su extraña sucesión de triunfos y desventuras, es uno de los problemas más complejos de la historia del primer período anglo-sajón». Pero el mismo autor añade: «San Wilfrido preguntó justamente una y otra vez: '¿De qué crímenes me acusáis?' Y, a lo que parece, sus enemigos no podían acusarle de ninguno». Por otra parte, el historiador Hodgkin no vacila en describir al santo como «un valeroso anciano» y «el más grande de los personajes eclesiásticos» de Nortumbría. Aunque las tempestades se acumularon sobre san Wilfrido, nunca perdió el ánimo ni insultó a sus perseguidores. Su amigo y biógrafo, Eddio, le describe como un hombre «cortés con todo el mundo, muy activo, caminante infatigable, siempre dispuesto a hacer el bien, sin desalentarse jamás». Su fiesta se celebra en la mayoría de las diócesis inglesas y la oración que le corresponde en el breviario está tomada del antiguo oficio de la diócesis de York.

lunes, 23 de abril de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche:
«Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».
Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo:
«Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos, de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí: “De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: “Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo. En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.
En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?». Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo:
«Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».


En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

Beato Gil de Asís

Discípulo de San Francisco, clérigo de la Primera Orden († 1262). Pío VI aprobó su culto el 4 de julio de 1777.

Entre los primeros compañeros de San Francisco está el Beato Gil de Asís, el cual respaldó su petición de hacerse Hermano Menor cediendo inmediatamente su propio manto cuando al convento de los hermanos llegó un pobre a pedir alguna cosa.

Sencillo, humilde, iletrado, sabía sin embargo impulsar a todos al amor de Dios y expresar dichos llenos de seráfica doctrina. La mayor parte de su vida se caracterizó por peregrinaciones: a Santiago de Compostela, al Monte Gargano (Santuario de San Miguel Arcángel), a Tierra Santa y más tarde al Africa. Ocupaba el tiempo de permanencia y sus esperas forzosas y se ganaba la caridad de las gentes con sus trabajos manuales. Hacía de todo: cargaba agua, recogía nueces o leña, nunca ocioso, siempre en silencio con Dios, con quien hablaba en la oración y en la contemplación, única fuente de su sabiduría cristiana. Así vino a ser el ejemplar de la vida franciscana primitiva, cuyo claustro es el mundo, su ocupación cualquier trabajo honesto y humilde, y su delicia estar con Dios en las noches silenciosas.

El día de San Jorge, el 23 de abril de 1209, Gil después de escuchar la Misa en Asís, bajó a la Porciúncula con la intención de dirigirse a San Francisco. Lo encontró saliendo de un bosquecillo y se le echó a los pies. «¿Qué quieres?», le preguntó Francisco. «Quiero quedarme contigo», respondió Gil. Y se quedó. Francisco lo declaró de inmediato «caballero de la mesa redonda» y en su compañía partió para la Marca de Ancona. A lo largo del camino fray Gil alababa a Dios y lleno de gratitud se postraba en tierra y besaba la hierba, las flores y las piedras. Cuando san Francisco predicaba él permanecía estático y decía a los demás: «Escúchenlo, porque habla maravillosamente». Fuera del tiempo necesario para la oración y la lectura del breviario, Gil trabajaba continuamente y como pago sólo recibía lo estrictamente necesario para la vida. Son célebres sus dichos llenos de sabiduría religiosa y de espíritu práctico. Una vez amonestó a un predicador parlanchín, gritándole detrás: «Bao, bao, bao, hablo mucho, poco hago». Con frecuencia su sabiduría era bondadosamente irónica, como cuando un hermano dijo que había soñado en el infierno y no había visto allí ningún hermano menor, le respondió: «Seguramente no bajaste hasta el fondo!». Ante uno que hablaba mucho sin pensar, dijo: «Pienso que uno debería tener el cuello largo como la grulla; así la palabra tendría que pasar por muchos nudos antes de subir a la boca!».

Entre 1215 y 1219 estuvo como ermitaño en las afueras de Asís. Entre 1219 y 1220 estuvo como misionero en Túnez, del 23 de junio de 1225 al 31 de enero de 1226, vivió en Rieti, en casa del cardenal Niccoló, deseoso de gozar de sus conversaciones espirituales.

Fray Gil era un contemplativo, un místico, que entraba en éxtasis con sólo oír mencionar el paraíso. San Francisco y San Buenaventura tuvieron para con él una gran admiración. Más tarde, muerto ya San Francisco, su vida transcurrió en los eremitorios de la Umbría, sobre todo en el de Monterípido, donde murió muy anciano el 23 de abril de 1262. Cercano a la muerte, cuando las autoridades de Perusa enviaron gente armada a custodiarlo, les envió recado para asegurarles que nunca las campanas de Perusa resonarían por su canonización ni por milagro alguno suyo. Llamado Beato por la voz del pueblo, la Iglesia le confirmó este título por medio de Pío VI el 4 de julio de 1777.

domingo, 22 de abril de 2018

Domingo 22-04-2018 4º Domingo de PASCUA

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, lleno de Espíritu Santo, Pedro dijo:
«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es la “piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro; pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».


Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.


En aquel tiempo, dijo Jesús:
«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Palabra del Señor.

Beato Francisco de Fabriano

«Primer fundador de bibliotecas de la orden franciscana. Impulsor de la creación de un convento, bienhechor de los menesterosos. Sentía especial devoción por la Pasión de Cristo que le afligía profundamente arrancando sus lágrimas»

Nació en Fabriano, Ancona, Italia, en febrero de 1251. Era hijo de Compagno Venimbeni, médico, y de Margarita di Federico. Ésta debió haber prometido mediante voto que si tenía un hijo acudiría a Asís en peregrinación. Y cuando éste tuvo edad de viajar lo llevó consigo. En este recorrido sucedió un hecho significativo para el futuro del pequeño. Tuvieron un encuentro con Angelo Tancredi, uno de los discípulos de san Francisco, quien mirando a los ojos del niño, vaticinó: «Tú serás uno de los nuestros». Fue un hecho que el mismo beato narró en su Cronica Fabrianensis redactada en 1319.

Impresionada Margarita por estas palabras, se ocupó de recordar con frecuencia a su hijo que tendría que consagrarse y vincularse a la Orden franciscana, idea con la que creció. Profesionalmente, el joven Francisco no quiso seguir los pasos de su padre, y en lugar de cursar medicina eligió la carrera de filosofía. Entre todos los pensadores de la época sintió predilección por san Buenaventura al que admiraba. En 1267, a los 16 años, ingresó en la Orden de los Hermanos Menores. Mientras hacía el noviciado se le concedió acudir a la Porciúncula, donde se hallaba uno de los primeros seguidores de san Francisco: fray León, que vivió hasta 1271. Él, fray Angelo Tancredi y fray Rufino fueron artífices de la Leyenda de los tres compañeros, una de las fuentes capitales para conocer lo que aconteció en torno a la vida del Poverello. Los textos van precedidos de una carta dirigida al ministro general de la Orden, Crescentius de Aesio, fechada en Greccio el 11 de agosto de 1246, que acompaña a las anotaciones tomadas por estos tres discípulos y testigos de los pasos de Francisco. Es decir, que ellos no fueron los autores de la obra, pero dieron las claves para conocer la vida de san Francisco.

Una vez que san Buenaventura redactó la Leyenda mayor, reconocida por el capítulo general de París en 1266 (antes había sido aprobada por el capítulo general celebrado en Pisa en 1263), los restantes relatos quedaron fuera de la circulación. Pero indudablemente conocer de primera mano el devenir del fundador, nada menos que a través de fray León, fascinó al beato de Fabriano. Incluso tuvo la fortuna de haber leído los escritos de este fiel seguidor del Seráfico padre, y así lo consignó en la Cronica. «He aquí que yo, fray Francisco de Fabriano, hermano menor inútil e indigno, hago constar en este escrito que he leído y he visto autentificado con el sello del señor obispo de Asís el documento de indulgencia de la Porciúncula… y esto me lo testimonió fray León, uno de los compañeros de san Francisco, hombre de vida probada, al que conocí el año que vine [al convento] y fray León narró haber escuchado de la labios de san Francisco cómo la obtuvo [la indulgencia] de nuestro señor y papa Honorio III».

En 1268 Fabriano culminaba su noviciado en el convento de porta Cervara, y justo ese año falleció el padre Raniero, que había sido rector de Santa María di Civita y con el que san Francisco se confesó en algunas ocasiones. También a él le vaticinó, pero en este caso lo hizo el mismo Poverello, que un día sería franciscano, como así sucedió. Francisco de Fabriano impulsó la construcción de un nuevo convento en su localidad natal. Al poder adquirir el terreno por una cantidad razonable, juzgó que era un milagro de su fundador que en uno de sus viajes a la localidad había predicho a María, esposa de Alberico, que un día los frailes se establecerían en el lugar. De este convento el beato Francisco fue nombrado superior en 1316, y posteriormente desde 1318 a 1321. En ese periodo, a propósito de la celebración del segundo capítulo provincial, solicitó la generosa ayuda de los ciudadanos para atender a todos los hermanos que participaban en él y que provenían de todas las Marcas, obteniendo su inmediata respuesta. Como buen franciscano no tenía nada propio. El dinero que le legó su padre lo invirtió en construir una valiosa biblioteca en la que custodió importantes manuscritos. De ahí que se le considerase el «primer fundador de bibliotecas» de la Orden franciscana.

De su generosidad sabían bien los menesterosos, a los que ayudaba preparándoles la comida y distribuyéndola en la puerta del convento. Vestía una áspera túnica y se infligía duras mortificaciones, apenas descansaba, y lo poco que dormía lo hacía encima de un duro jergón. Pasaba las horas prácticamente en oración, meditando en los misterios de la Pasión de Cristo, por los que sentía especial devoción y que le arrancaban amargas lágrimas. Una gran parte de su tiempo transcurría en el confesionario y en la predicación, pero también atendía a los enfermos y les ayudaba a prepararse para un bien morir.

Fue particularmente devoto de las almas del purgatorio, por las que oraba y ofrecía sus penitencias. Al respecto se cuenta que, en una ocasión, mientras oficiaba la misa por ellas, como solía hacer con frecuencia, auque la iglesia estaba casi vacía se escucharon muchas voces que alegremente respondían «Amén» a las oraciones de la antigua liturgia de la misa de difuntos; se cree que provenían de ellas. En todo caso, cuando celebraba la misa siempre se podía apreciar el recogimiento y fervor que acompañaba al beato. Llevaba cuarenta y cinco años en la vida religiosa admirablemente sellados por su virtud cuando le fue vaticinado el día de su deceso, que se produjo el 22 de abril de 1322. Pío VI aprobó su culto el 1 de abril de 1775.