lunes, 26 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abran tenia setenta y cinco años cuando salió de Jarán. Abrán llevó consigo a Saray, su mujer, a Lot, su sobrino, todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Jarán, y salieron en dirección a Canaán. Cuando llegaron a la tierra de Canaán, Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén, hasta la encina de Moré. En aquel tiempo habitaban allí los cananeos.
El Señor se apareció a Abrán y le dijo:
«A tu descendencia le daré esta tierra».
Él construyó allí un altar en honor del Señor, que se le había aparecido. Desde allí continuó hacia las montañas, al este de Betel, y plantó allí su tienda, con Betel a poniente y Ay a levante; construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor. Abran se trasladó por etapas al Negueb.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.

Beato Andrés Jacinto Longhin

El beato Andrés Jacinto Longhin, obispo de Treviso, nació en Fiumicello de Campodarego (Padua), hijo de humilde familia de campesinos, el 22 de noviembre de 1863; fue bautizado al día siguiente con los nombres de Jacinto y Buenaventura. Terminados los estudios primarios, a los 16 años decidió hacerse capuchino y hubo de luchar con su padre, que no quería privarse para las faenas del campo del único hijo que tenía. Venció Jacinto, vistiendo el hábito capuchino en Bassano del Grappa (Vicenza) el 27 de agosto de 1879, con el nombre de fray Andrés. Cursó los estudios de filosofía en el convento de Padua y allí emitió la profesión solemne el 4 de octubre de 1883; los estudios de teología los realizó en Venecia, donde fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1886.

En 1888 era director espiritual y profesor en el seminario capuchino de Udine, en 1889 director espiritual y profesor en el colegio de filosofía de los capuchinos en Padua, y en 1891 de los teólogos en Venecia. El 18 de abril de 1902 fue elegido ministro provincial de los capuchinos vénetos.

El 16 de abril de 1904 san Pío X lo nombró obispo de su diócesis natal de Treviso, congratulándose por «haber elegido una de las flores más bellas de la Orden capuchina» para su propia diócesis. Así lo calificaba el 12 de agosto de 1907: «Es uno de mis hijos primogénitos, que he regalado a la diócesis predilecta, y exulto cada vez que me cuentan alabanzas de él, que es verdaderamente santo, docto, un obispo de los tiempos antiguos que dejará en la diócesis una impronta indeleble de su celo apostólico». Consagrado obispo en Roma el 17 de abril de 1904, tomó posesión de Treviso el 16 de agosto, decidido a ser el buen pastor, no ahorrando «ni fatigas ni sacrificios, dispuesto a dar» por su iglesia toda su «sangre y la vida entera». Por espacio de 32 años fue «el buen pastor de la Iglesia de Treviso», viviendo la austeridad y pobreza capuchina.

El anuncio de la palabra fue uno de sus ministerios preferidos. Siguiendo el ejemplo de san Pío X, se destacó por el celo apostólico en la enseñanza del catecismo a los niños, en la creación de círculos de asociaciones juveniles y de adultos, certámenes culturales, jornadas de estudio, escuelas de catequesis, dos congresos diocesanos de catequesis, uno en 1922 y otro en 1932. Fue considerado como «el obispo del catecismo». Amaba y acompañaba como padre a sus sacerdotes, con atenciones muy especiales desde el seminario; predicaba retiros mensuales y ejercicios espirituales, siguiéndoles en las 213 parroquias, a las que hizo tres visitas pastorales, iniciadas en 1905, 1912 y 1926; organizó un sínodo diocesano en 1911, que fue alabado como obra maestra de orden y precisión, muy apreciado por san Pío X. Acompañó espiritualmente a santa María Bertila Boscardin, a los siervos de Dios José Toniolo, Guido Negri, madre Oliva Bonaldo. Mantuvo estrecha amistad con el capuchino san Leopoldo Mandic, con san Pío X, documentada ésta por copiosa correspondencia y por la propia manifestación del Papa: «Nos... que fuimos parte tan importante de su dulcísimo corazón».

Fue guía de laicos, especialmente de movimientos juveniles, convencido, como insistió en el testamento, de que «es de santos de lo que tienen necesidad las familias, las parroquias, la patria, el mundo». En abril de 1914 declaró sagrado «el derecho de los obreros a organizarse... en sindicatos para su promoción económica y moral». En 1920 defendió las Leyes Blancas, movimiento sindical de inspiración cristiana, mostrándose como el obispo de los pobres, de los obreros, de los campesinos. En 1920 fundó en Treviso el colegio diocesano «Pío X» para garantizar una formación cristiana a los jóvenes.

Afrontó valerosamente, no desertando de su puesto y responsabilidad, la prueba de la guerra mundial de 1914-1918, alentando y estando cerca de civiles, prófugos, soldados, heridos, sacerdotes. El 27 de abril de 1917 hizo el voto de levantar un templo en honor de la Virgen Auxiliadora. Llamado «el obispo del Piave y del Montello», condecorado con la cruz al mérito de guerra, terminada ésta, recorrió la diócesis para animar en la reconstrucción de las 47 iglesias destruidas, en la pacificación de los espíritus, en el nuevo despertar de la vida cristiana, interviniendo intrépidamente para salvar a sus fieles de ideologías anticristianas y subversivas. Los obispos del Véneto lo consideraban como su «Patriarca de campaña», consejero, teólogo distinguido, apóstol incansable.

Pío XI, en octubre de 1923, reconoció los «grandes servicios» prestados por monseñor Longhin: «Ha trabajado tanto por la Iglesia». Fue administrador apostólico de la diócesis de Padua en 1923, visitador y administrador apostólico de la diócesis de Udine en 1927-1928. El 4 de octubre de 1928 fue nombrado arzobispo titular de Patrasso. En 1929, con ocasión del 25 aniversario de episcopado, el siervo de Dios cardenal Pedro Lafontaine escribió: «Admiro en él, con agrado y edificación, una estampa del Buen Pastor, copia muy parecida al original».

Resentido por sus achaques, el 3 de octubre de 1935 comenzó a recorrer su calvario con nueve meses de sufrimiento, celebrando misa hasta el 4 de febrero de 1936. Murió el viernes 26 de junio de 1936. Fueron imponentes los funerales, celebrados el 30 de junio, con el comentario general: «Era realmente un santo». El 5 de noviembre de 1936 fue enterrado en al catedral de Treviso. En el reconocimiento verificado los días 12-22 de noviembre de 1984 se encontró el cuerpo «entero, con las zonas blandas en buena parte momificadas». Lo beatificó Juan Pablo II el 20 de octubre de 2002.

domingo, 25 de junio de 2017

Domingo, 25-06-2017 12º Domingo de T. Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas



Dijo Jeremías:
«Oía la acusación de la gente: “Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mí traspié: “A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».


Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...
Pues, hasta que llegó aunque la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir, Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por uno céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilías



Una vez finalizado el Tiempo Pascual, reanudamos Ordinario, interrumpido por la Cuaresma.

La primera lectura de hoy tiene como protagonista a Jeremías, profeta elegido por Dios para cumplir una difícil misión en medio de enemigos que urden una venganza y traman su muerte.

Perseguido y acorralado, acude al Señor, su único valedor en el peligro, para pedir su ayuda.

El salmo 68 se expresa en parecidos términos.

Tanto el profeta como el salmista, asumen afrentas y oprobios, porque saben que su sacrificio no será en vano si mantienen su confianza en el Señor.

“El Señor está conmigo” (Jeremías 20,11); “Que me escuche tu gran bondad el día de tu favor” (Salmo 68, 14); “Sé de quién me he fiado” (II Timoteo 1, 12).

Estos textos avalan la seguridad interior del “enviado” en los momentos más cruciales de la vida para iluminar la consistencia de su mensaje y la fuerza de quien alienta sus palabras y es capaz de protegerle de sus adversarios.

Estamos muy lejos, en esta época de cambios e incertidumbres, de abandonarnos a la Providencia.

Nos falta fe, incluso a los que nos confesamos seguidores de Jesús, para dejar que Dios actúe en nuestras vidas; más bien confiamos en los avances tecnológicos y en las seguridades que propicia la sociedad de consumo.

Los niños, como casi siempre y desde su ingenuidad, nos dan lecciones de fe cuando van del brazo de sus padres y perciben que nadie podrá hacerles daño, porque éstos son más poderosos que nadie.


El evangelio está escrito en unas concretas circunstancias históricas de persecución a los cristianos que, atenazados por el miedo, no se atreven a salir a la calle a dar testimonio de su fe.

Mateo pone en los labios de Jesús como ejemplo a los gorriones, los pájaros más insignificantes y sencillos, para dar a conocer a sus discípulos que Dios vela por nosotros, que somos más valiosos para él.

Los miedos surgen de la desconfianza y la inseguridad, y suponen un serio problema para el ser humano.

Los miedos condicionan nuestra libertad, ahogan la bondad y nos llevan a ir perdiendo de vista a Dios y a su Amor providente.

Así sentimos miedo cuando nuestro amor no se sustenta en una fe fuerte y nos dejamos llevar por otros miedos que atrapan nuestra mente y afligen nuestro corazón.

Los miedos tienen su caldo de cultivo en los logros adquiridos que tememos perder, sea la comodidad, el bienestar económico, el prestigio personal o nuestra influencia, con los que pretendemos conseguir la “felicidad”.

Uno de los miedos más fuertes es la soledad.

Nos atemoriza estar solos, no sentirnos amados, reconocidos y valorados.

Es terrible enfrentarse a la vida sin la compañía de nadie.

Por esta causa muchos hombres y mujeres mueren de pena, presas de un sufrimiento silencioso.

A menudo nos paraliza el miedo al ridículo, a no ser bien vistos, a las críticas y comentarios de rechazo.

Nos callamos, sin atrevernos a manifestar públicamente nuestras convicciones o nuestros sentimientos religiosos para no ser etiquetados y abandonados por nuestro entorno laboral o ciudadano.

El miedo al futuro nos invade a casi todos, mayormente por falta de seguridades, pero también por cobardía, por no vernos con capacidad suficiente para afrontar problemas como el paro o la enfermedad.

Hay un miedo, del que hablamos poco.

Se trata de la muerte.

Eludimos hablar de ella, porque aparentemente corta nuestras ilusiones y esperanzas.

Sin embargo, para algunos pueblos de la tierra es algo familiar y hasta festivo, porque creen en otra vida más feliz.

Los cristianos creemos en la resurrección, en el encuentro gozoso con Dios y con nuestros seres queridos, pero cuando la fe es débil, nos podemos sumergir en las sombras de la duda.

Muchos creyentes, para liberarse del miedo a la muerte, nos refugiamos al amparo de la Iglesia, con el fin de encontrar seguridades y un apoyo.

Nos equivocamos al considerar la religión como el agarradero de asustadizos y cobardes, que se ensimisman en los recuerdos y se aíslan de los problemas.

La fe bien entendida no elude responsabilidades, afronta de cara los conflictos, toma riesgos y no claudica ante las embestidas del mal.

No existen recetas ni prospectos que nos digan lo que tenemos que hacer en distintas circunstancias de la vida.

Surgen ocasiones en las que debemos “mojarnos”.

Y es en ellas donde se manifiesta el temple de cada uno y la medida del amor.

La fe auténtica se asienta en Dios y es el motor de la generosidad y de la entrega a los demás por causas nobles.

Es propia de gente audaz, alejada de pesimismos estériles y vacíos existenciales, que en nada contribuyen a una convivencia sana.

La actitud del joven Ignacio Echeverría, que perdió recientemente la vida en Londres defendiendo a la policía ante los asesinos islamistas, es un claro ejemplo de una fe dinámica y comprometida, reiteradamente manifestada en su parroquia.

Lo mismo cabe decir de los heroicos testimonios de cristianos iraquíes y sirios frente a la persecución del Estado Islámico.


San Guillermo de Vercelli

Un deseo insano hormigueaba en el corazón del rey Rogerio; quería ver al hombre de quien tantos prodigios se contaban. Era una curiosidad, como la que había tenido Herodes de conocer a Cristo.

Un día le dijeron que el fundador del Monte Virgine acababa de entrar en Palermo. Como siempre, iba montado en un borriquillo, y unos cuantos hombres blancos le acompañaban. Al correrse la noticia, volvieron a oírse por la corte y la ciudad las mil hablillas que circulaban por el vulgo acerca de aquel monje extraordinario: sus milagros, sus visiones, sus penitencias increíbles.

Había en palacio un caballero que contaba una cosa inaudita. Un día llegó a su casa un joven como de veinte años, cansado y maltrecho por los caminos y los trabajos. Era el propio Guillermo. Andaba descalzo, arrastrando unas cadenas que tenía atadas a los pies. Cinco años hacía que las llevaba, y con ellas había hecho el camino de Compostela.

—Pero me declaró—refería el noble caballero—que las cadenas tenían dos inconvenientes: se le rompían con frecuencia y eran demasiado aparatosas. En vista de esto, me suplicó encarecidamente que le diese una coraza para llevarla bajo su ropón de penitencia. Yo le introduje en mi cuarto de armas y le dije que cogiese lo que le gustase. En un momento se ajustó la loriga al cuerpo desfallecido, y viendo un capacete también de hierro, se lo ajustó a la cabeza. Luego me dio gentilmente las gracias y me dijo: «Es para creerme un verdadero soldado de Cristo.» Y salió de mi casa tambaleándose. Esto hace más de diez años, y he oído decir que nunca se ha quitado todavía la armadura.

Así hablaba el almirante del reino. Jorge de Antioquía, que era un gran admirador del santo; pero el rey y muchos cortesanos comentaban aquellas cosas con chocarrerías de un escepticismo burlón. Entre todos, ninguno más audaz que un gramático petulante que usufructuaba el amistoso trato del rey Rogerio. Ese gramático no podía olvidar que una vez había sido confundido por el santo en pública disputa; por eso no perdía ocasión de llamarle grosero, hipócrita, ignorante, y de hacer chistes burdos a cuenta de él.

—Cuentan que adivina lo más hondo de los corazones con la mirada; cuida de no ponerte delante de él—decía el gramático a una dama muy hermosa, pero de poquísima vergüenza.
—¡Bah!—repuso ella—. He oído decir que los santos no se escandalizan de nada.
—Pero es que podría convertirte—dijo el letrado maliciosamente—, aunque no sea tan fácil la tarea.
—¿Queréis ver cómo es más fácil convertirle a él?... No me fío de santidades. Todos tenemos nuestras pasiones, nuestra sangre que hierve; nuestras necesidades, si así queréis llamarlas. Vais a convenceros de que ese hombre no es una excepción, de que su virtud es tan quebradiza como la de los demás hombres.

Y se resolvió que aquella mala mujer iría a provocar al varón de Dios.

El monarca reía, los cortesanos reían, y ella también reía de la singular hazaña que iba a realizar. Esta mujer se llamaba Inés. Había de ser un vaso de lección, pero su corazón se encontraba todavía presa de Satanás.

Llegó al lugar donde paraba Guillermo, le habló de lo mucho que en la corte se hablaba de su persona, de su ingenio, de su vida, y añadió que el rey tenía grandes deseos de verle, y que todos los principales personajes le miraban con simpatía.

—Sin embargo—continuó—, no dejan de extrañarse de que vos, sin hacer caso de vuestra nobleza y de vuestra inteligencia, perdáis vuestra juventud entre hombres vulgares, practicando peregrinas penitencias. Y realmente, ¿no os parece esto una cosa bien anormal?
—Muy anormal—dijo Guillermo.
—Claro está—prosiguió aquella mujer—; vos no conocéis las dulzuras de la vida. El goce, la alegría y el amor. Desde los catorce años, según tengo oído, os metieron en esa vida extraña; así es que muy poco podéis saber de estas cosas.
—Nada, nada; os lo puedo asegurar—confirmó el asceta.
—Y, sin embargo—siguió diciendo ella, cada vez más tentadora—, con vuestro carácter audaz, con vuestro talento, con la nobleza de vuestra sangre y de vuestro corazón, vos pudierais haber alcanzado en el mundo lo que hubierais querido; y aun ahora, si queréis venir a la corte, tendríais honras, empleos, riquezas y una mujer hermosa.
—¿Una mujer hermosa? Pero, ¿no me engañáis? El rostro de Guillermo se iluminaba mientras hacía estas preguntas. Iluminábase también el de la cortesana, segura ya de su triunfo, y animada por las últimas palabras del monje aventuró el postrer asalto.
—No—dijo—; no os engaño. ¿Qué es lo que me ha traído aquí sino el amor? Soy la esclava de vuestra voluntad; esclava feliz si vos me admitís en vuestra gracia.
—Mi gracia y esta mi pobre posada—dijo Guillermo con la mayor galantería—están siempre abiertas para vos.
—Si así es, esta misma noche me tenéis aquí.
—Bueno, esta misma noche; y que seáis bien venida.
—Adiós.
—Adiós, hasta la noche.

Así terminó aquella primera entrevista. La dama se fue triunfante. Jamás pensó que fuera tan fácil sorprender a un santo. En palacio relató procazmente todos los incidentes de la visita; y sus palabras eran interrumpidas con burlas ruidosas.

Como muchos se resistieran a creerla, propuso el almirante que se enviasen espías, a la casa donde estaba el santo, «porque—decía él—esta mujer nos engaña miserablemente».

Entre tanto, Guillermo había reunido a sus compañeras y les había dado orden de traer brazados y brazados de leña, que iban colocando en medio del patio de la casa. Así se pasó la tarde. Al caer el sol, Guillermo puso fuego en aquel combustible. Era una inmensa pira. El abad dijo a sus monjes, que le miraban sin saber qué decir de él, sin comprender nada de todo aquello:

—No tenéis de qué extrañaros, porque voy a recibir una huéspeda muy hermosa.

Los hermanos se quedaron como antes; pero su admiración fue imponderable cuando vieron entrar una mujer muy perfumada y repintada y que se sentaba junto a su maestro, y que hablaba con él muy descarada y coquetonamente. Luego observaron que el maestro se levantaba y que la llevaba suavemente del brazo.

Estaban escandalizados; pero su escándalo se cambió en profundo respeto, viendo que el santo hacía un hoyo en las ascuas llameantes y se tumbaba en él diciendo:

—Mira, éste es mi lecho nupcial; ven, ven tú también y cúmpleme tu palabra.

La pobre mujer le miraba pálida, atónita y sin saber qué hacer. Al fin cayó de rodillas y empezó a llorar. Dios había tocado su corazón. El santo se levantó tranquilo, sin que las llamas hubieran tocado uno sólo de sus cabellos. El rey supo el milagro y vino a pedir perdón a Guillermo, que fue desde entonces su consejero en todos los negocios de su alma y de su estado.

Inés fue desde entonces una monja santa, y más tarde abadesa de un monasterio que San Guillermo levantó frente al palacio real de Palermo.

Los santos han sido grandes humoristas. San Bernardo gritaba en caso semejante: «¡Fuego, fuego!», y alborotaba el mesón, mientras él se quedaba tranquilo en el pajero. Santo Domingo de Silos hacía que dos ladrones, viniendo una noche a robar a su huerto, olvidasen su mala intención y se pusiesen a cavar, y llegándose a ellos por la mañana, les decía: «Vaya, muchachos, ya habéis ganado el almuerzo.» Es un humorismo delicioso y a veces terrible. Pero el caso de San Guillermo no tiene igual en los maravillosos anales de la historia de los santos.

San Guillermo murió a los cincuenta y siete años, después de haber levantado muchos monasterios, en los que mandó guardar la Regla de San Benito. Sus monjes visten de blanco, y el maestro les inculcó una, especial predilección por el trabajo de manos.

Entre todas sus casas, la primera y la más famosa es la de Monte Virgine. Como el gran patriarca, los reformadores benedictinos han tenido el vértigo de las alturas Testigos: Casino, Subíaco, el Císter, la Camáldula, Monte Olivete, Monte Corona, Monte Virgine, Grant-Mont. En este hecho hay un hondo simbolismo. El benedictino empieza por la ascensión. Su finalidad es la ascensión, pero no rechaza ninguna otra finalidad. Y cuando ha subido, cuando ha llegado a Dios y se ha llenado de Él, baja del monte, como Moisés, con la faz iluminada, con el poder divino en la frente, y entonces predica, enseña, escribe, guerrea, cura a los enfermos y guía al pueblo de Dios por el desierto de la vida.

Así hizo San Guillermo. Purificó con su palabra y con su ejemplo las cortes, los pueblos y ciudades; pero antes vivió orando en el retiro de Monte Virgine y allí reunió el primer grupo de sus discípulos. Era el lugar que se necesitaba para hablar con Dios y cantar las maravillas de Dios. Levantada sobre uno de los macizos más fuertes del Apenino, aquella cresta parece que tiene un contacto especial con el Cielo. Lejos de los hombres, cerca de los ángeles. Los paganos la consagraron a la madre de los dioses y la llamaron Monte Sacro. Después se creyó que Virgilio había recibido allí las respuestas de las Sibilas, y se le dio el nombre de Monte Virgiliano. San Guillermo hizo de él como un pedestal de la imagen de la Madre de Dios y de los hombres. Pudiera haber recobrado el nombre de Monte Sacro; pero era más bello el de Monte de la Virgen, que conserva todavía.

Desde él se descubren, por un lado, los golfos de Nápoles y Palermo y el mar de Gaeta; por otro, las montañas de Benevento, las sierras blancas de los Abruzos y los campos lujuriantes de las llanuras irpinas. ¡Qué instinto más certero tenían los santos para buscarse el campo de sus hazañas!

sábado, 24 de junio de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


En aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegará Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a vosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡ No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió:
«Juan es su nombre.» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.