martes, 26 de enero de 2016

Lecturas


Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día.
Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.
No te averguences de dar testimonio de nuestro Señor y de mi, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar.
Estaba mucha gente sentada a su alrededor.
Le dicen:
- «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.»
El les responde:
- «¿Quién es mi madre y mis hermanos?»
Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice:
- «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor.

Santa Paula Romana

Evitaba yo las miradas de las nobles mujeres de Roma; pero ésta puso tanto empeño, me asedió de una manera tan importuna, que al fin triunfó de mi reserva.» Así cuenta San Jerónimo el origen de sus conferencias en el Aventino. La importuna era Marcela, la iniciadora de aquellas tendencias de la nobleza romana hacia el ascetismo, que había convertido su palacio en un monasterio, y ahora quería hacer de él un liceo cristiano.

Diariamente, a las diez de la mañana, el sabio asceta atravesaba los pórticos y subía la escalinata de mármol. En el tablinum, en el salón central, le esperaba el piadoso auditorio. Y empezaba la charla; charla ascética, teológica, bíblica; bíblica, sobre todo. Con el códice sagrado entre sus manos enflaquecidas por el ayuno, el conferenciante descubre en su bello latín; abundante, erudito, nervioso y satírico, los misterios de Dios y de su Cristo. Cerca de él está Marcela, radiante aún de hermosura, a pesar de sus años; a continuación, la madre de Marcela, Albina, y Ásela, su hermana, asombro de Roma por su vida penitenie; más lejos, otras matronas y doncellas, descendientes de los Julios, los Flavios y los Emilios; cubierta la cabeza de toscos velos, o deslumbrantes con el oro de los collares, con la seda de las túnicas, con el bermellón de los labios y las mejillas, con el gracioso nudo de cabellos que les cuelga sobre la frente.

Con frecuencia, el puesto de honor se lo cede el ama de la casa a una mujer de pequeña estatura, de cara fina, de cuerpo menudo, que es una de las que escuchan con más atención y asisten con más asiduidad. Es Paula, amiga inseparable de Marcela y admiradora incondicional del dálmata. «Imposible—dice Jerónimo—encontrar un espíritu más dócil que el suyo.» Descendiente del clan nobilísimo de los Escipiones y de los antiguos reyes de Micenas, esta linajuda dama lleva en sus venas la sangre más pura de Roma y de Grecia. Tiene tres hijas, que se sientan a su lado en estas conferencias del Aventino; es viuda y se encuentra en plena juventud. Estamos en el año de 383. En su adolescencia leyó los poetas y los filósofos de Roma y de Atenas. Casada a los quince años con un consular, acertó a reproducir en torno suyo el tipo de las romanas de los viejos tiempos, juntando al mismo tiempo la gracia, la distinción, la altivez y el sentido severo del honor. Celosa de la dignidad de su estirpe, esta hija opulenta de los Gracos era, en expresión de San Jerónimo, la mujer más dulce y más clemente para los pequeños, para los plebeyos, para los esclavos.

Viuda a los treinta años, Paula conservaba un amargo recuerdo de lo que ella llamaba el período de su vida mundana. La faltas ligeras llegaban a parecerle grandes crímenes; las frivolidades propias de la alta sociedad de Roma, un vivir lleno de pecados. «Es preciso afear—decía—este rostro que en otro tiempo pinté de rojo, de blanco y de negro; afligir este cuerpo que gustó las delicias del placer; compensar con las lágrimas el reír prolongado de antaño, y reemplazar los finos lienzos por el cilicio. Preocúpeme en otro tiempo de agradar a mi marido y al mundo; ahora sólo quiero agradar a Cristo.» Cuando San Jerónimo la conoció, dos años después de esta transformación, estaba ya consumida por la penitencia, débil a consecuencia del ayuno, ciega casi, por efecto de las lagrimas, y afeada por el tosco sayal monástico.

La llegada de aquel hombre elocuente, apasionado de los métodos ascéticos a que ella se entregaba, familiarizado con las tradiciones religiosas de Tierra Santa, conocedor como nadie de la literatura de la Iglesia, fue una de las más grandes alegrías de su vida. Desde aquel momento se hace la más abnegada de sus discípulas, la más fiel de sus admiradoras. Le escucha en el Aventino, se entrega a su dirección, se aconseja con él para el gobierno de su casa, le escribe, recibe sus cartas, y le da entrada en su palacio, convertido en convento, como el palacio del Aventino. Entre sus hijas había una, sobre todo, que escuchaba con particular agrado las palabras del sacerdote: era Eustoquia, niña de un carácter dulce, tímido y algo reservado, que no tardó en consagrar a Dios su virginidad, movida por las exhortaciones del asceta. Pero la mayor, Blesila, era mucho más mundana. Viva, inteligente, ingeniosa, Blesila estaba, sobre todo, orgullosa de su espléndida cabellera rubia. ¿Pasábase el día en el tocador—dice Jerónimo—, siempre delante del espejo, consultándole minuciosamente. Tiernas esclavas la pintaban, la peinaban, la frisaban con infinito cuidado, y tan delicada era, que ni aun en un lecho de plumas podía descansar.» Pero a los veinte años acometióla una fiebre maligna, que fue para ella la voz de Dios. Poco después hacía voto de continencia perpetua, ponía el velo sobre su cabeza, rodeaba su cintura con un ceñidor de lana, abrazaba el ascetismo, y se entregaba al estudio del hebreo con tal ardor, que algo más tarde salmodiaba ya en esa lengua, juntamente con su madre y con su hermana. No obstante, la fiebre seguía minando su juventud, y en un año la llevó al sepulcro.

Celebráronse los funerales con gran solemnidad; toda la aristocracia romana acompañaba el féretro, cubierto de un paño de oro, y la población entera se apiñaba en torno de la basílica. La pobre madre, presumiendo demasiado de sus fuerzas, quiso seguir a su hija hasta la última morada; pero el dolor la derribó al borde del mausoleo, y hubo que llevarla de allí medio muerta. Un sordo murmullo se levantó entonces de entre la concurrencia: «He aquí lo que nosotros decíamos: llora a su hija, a quien ha matado a fuerza de ayunos. ¿Cuándo expulsarán de Roma a esa casta insoportable de monjes? ¿Por qué no los echan al Tíber? ¡Pobre señora! Llora a sus hijos como no los ha llorado ninguna mujer pagana; buena prueba de que la han engañado, de que no quería ser monja.»

El primer blanco de estas críticas era, como puede fácilmente adivinarse, el mismo San Jerónimo. Extranjero, secretario del Papa San Dámaso, mimado por la aristocracia de la ciudad, Jerónimo tenía muchos envidiosos entre los individuos del clero, que él nos pinta perfumados, adornados de anillos y cadenas, excesivamente cuidadosos de las uñas y el pelo, andando sobre las puntas de los pies para no manchar sus pequeños zapatos blancos, informándose de los nombres de las matronas y de sus casas. A fines del año 384 muere San Dámaso, y su consejero queda expuesto a la furia de sus enemigos, más irritados que nunca por la acritud temible de su lenguaje. Los intrigantes trabajan en la curia y en el foro: él acata sin acobardarse, pero su gran corazón está herido. Refugiase en la atmósfera de pura y santa afección que se respira en la casa de Paula. Allí se le escucha, se le venera, se le consuela. El les paga aquel bien que le hacen con sus austeros consejos de una dulce gravedad. Después de la muerte de su hija, Paula se niega a comer y beber, enloquecida por el dolor. En aquel trance, su amigo la sostiene y la hace reaccionar en un sentido cristiano. «Te irritas. Paula—le dice en nombre de Dios—, porque tu hija ha llegado a ser mi hija; te indignas de mi proceder y te opones a mi posesión con tus lágrimas rebeldes. Bien sabes lo que pienso de ti y de los tuyos. Rehúsas todo alimento para dar rienda a tu dolor. No amó esa frugalidad. ¿Es esto lo que me habías prometido? Avergüénzate de aquella pagana que se consolaba pensando que su marido había sido trasladado al Cielo, tú que te resistes a que tu hija permanezca a mi lado.»

Entretanto, la campaña arreciaba, el barco se abría, según expresión del mismo Jerónimo. «Muchos que me besaban la mano—añade—, me hubieran desgarrado con sus dientes de víboras: fingían dolerse de lo que les llenaba de placer.» En la primavera del año 385, malas lenguas empezaron a incriminar las visitas del doctor al palacio de Paula. Un miserable se encargó de esparcir la calumnia. Llevado ante los tribunales por Jerónimo, declaró que no sabía nada; pero hay victorias que dejan rastros desagradables. Algunos días después, el perseguido, a punto de embarcarse, escribía a Marcela: «He sufrido horrorosamente; pero esto, ¿qué importa para quien combate bajo el estandarte de Cristo? Me han imputado un crimen infamante, pero sé ir al reino de los Cielos por la infamia y por la buena fama. Saluda a Paula y a Eustoquia, mías en Cristo, que quieran o no quieran. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, y entonces se verá cómo ha vivido cada uno.»

Unos meses después. Paula y Eustoquia se embarcaron también en dirección a Oriente. En Chipre salió a recibirlas San Epifanio, que algunos años antes había sido su huésped en Roma. En Antioquía las aguardaba San Jerónimo. Proyectóse, ante todo, recorrer en visita minuciosa todos los Santos Lugares y las soledades famosas de los anacoretas egipcios. Fue una peregrinación piadosa y, a la vez, científica, que sirvió mucho a San Jerónimo para sus futuros trabajos. La ilustre patricia, que antaño no salía de casa sino llevada en litera por eunucos, viajaba ahora sobre los lomos de un asnillo. Con ellos iba un rabino de Antioquía, buen conocedor de los lugares bíblicos. Al llegar a Jerusalén, Paula se encontró rodeada de los pajes del procónsul, que venían a ofrecerle habitación en el palacio del pretorio; pero ella rehusó, agradecida, contentándose con un humilde alojamiento. Regó con sus lágrimas los sitios que recordaban la Pasión del Señor; besó las piedras del Calvario, «y lamió—dice San Jerónimo—la del Santo Sepulcro, como si quisiera apagar la sed sobrenatural que la devoraba». En Belén su impresión fue aún más profunda: «Yo te saludo—exclamaba—, te saludo con el rostro inundado de lágrimas; ¡oh Belén!, casa del pan celeste; yo te saludo, Efratá, fértil región cuyo fruto es el mismo Dios. ¡He aquí que he sido juzgada digna, yo, miserable pecadora, de besar el pesebre donde el Dios Niño exhaló sus primeros vagidos y de rezar en la gruta donde la Virgen Madre dio a luz al Redentor. Aquí está el lugar de mi descanso, porque ésta es la patria de Jesús; en ella habitaré, porque el Señor la ha escogido, y en ella prepararé una pequeña lámpara para Cristo.»

Este proyecto, nacido en un momento de exaltación religiosa, realizóse rápidamente. Un año más tarde, terminada la peregrinación a través de Egipto y Palestina, Paula comenzaba a construir dos grandes monasterios junto a la iglesia de la Natividad. Antes de acabarse las obras ya estaba reclutado el personal, y Paula podía escribir a su amiga Marcela rogándole que viniese a ocupar un puesto de honor en la nueva fundación: «¡Oh—exclamaba—, cuándo llegará el día en que el correo venga sin aliento a anunciamos que nuestra Marcela ha pisado las playas de Palestina! ¡Qué alegría entre los monjes y las vírgenes! Correremos, iremos a pie, te cogeremos las manos, veremos tu rostro, y nadie podrá arrebatarnos de tus brazos.» La paz anunciada por los ángeles en aquel mismo lugar, protegía la doble fundación. Paula gobernaba la comunidad de mujeres, Jerónimo la de hombres; mejor dicho, uno y otra intervenían en ambas, poniendo el santo su ciencia, y la santa su dulzura y su intuición femenina. Paula pedía a Jerónimo que ilustrase al mundo con sus escritos. Mujer inteligente, sufría de aquello que Jerónimo llamaba la latina paupertas, la escasez de la exégesis bíblica de los occidentales. A estas solicitudes el doctor oponía siempre las repugnancias de la humildad; pero en estos conflictos—igual le había pasado con Marcela—llevaba las de perder. Aunque muy santa. Paula no dejaba de ser mujer, y de un espíritu muy fino y penetrante. Pues bien: pidióle que, al menos, escribiese alguna cosa sobre la más pequeña de las Epístolas de San Pablo, la dirigida a Filemón, aunque no fuese más que un folio de cuarenta líneas. Jerónimo cayó en el lazo; hizo lo que se le pedía, y el resto vino después. El resto son sus grandes comentarios paulinos. «Para que veas—decía—lo que puede sobre mí tu voluntad.»

En realidad, esto era en él un deber. Paula le había levantado el monasterio, le libraba de toda preocupación material, compraba todos los libros que necesitaba para sus trabajos, le proveía de secretario para aliviar sus ojos, casi ciegos de tanto leer; pagaba a los buenos judíos que le ayudaban en sus tareas bíblicas, y, además, era para él una consejera fiel y abnegada. Dios había puesto junto a él esta influencia dulce y santa, de que se aprovechó para su bien propio y el bien de la Iglesia.

Aquella unión se prolongó aún durante quince años. Paula gobernaba a su gente con disciplina romana. A medianoche, el canto del alleluia despertaba a las vírgenes y las reunía en el coro. Durante el día trabajaban, rezaban y estudiaban. La abstinencia de carne era perpetua. Las tendencias sensuales se maceraban a fuerza de ayunos. «La exquisitez en el vestido—decía la superiora—es una impureza del alma.» Jerónimo decía, satisfecho, escribiendo a Roma: «Las que en otro tiempo gemían bajo el peso de las joyas y brocados, andan ahora miserablemente vestidas, preparan las lámparas, encienden el fuego, barren los pisos, limpian las legumbres, echan en la olla hirviente el perol de hierbas, preparan las mesas y corren de acá para allá disponiéndolo todo.» Estas palabras se refieren a Paula y su hija. Bajo una naturaleza algo taciturna y el exterior de una deferencia respetuosa, llena de suavidad. Santa Paula escondía un carácter enérgico, capaz de los mayores heroísmos. A los que, definiendo su actitud frente a San Jerónimo, la han llamado «oveja modelo», se les podría recordar aquellas palabras que Santa Teresa decía a Gracián: «¡Ay, Padre mío, qué poco sabe de mujeres vuestra reverencia !»

De hecho, la descendiente de los Escipiones había llegado a la cima de la virtud cristiana. «¿Qué cosa más admirable—preguntaba San Jerónimo—que la virtud de esta mujer, opulenta antiguamente y hoy reducida a la última indigencia?» Por su parte, ella decía: «Dios me es testigo que no hago nada sino por su nombre, y que sólo tengo un deseo: morir en la miseria y ser enterrada en un lienzo prestado.» No era menos admirable su mortificación. Habíase prohibido la carne, la miel, el vino, el aceite, los huevos y el pescado. Habiendo caído enferma, vino a visitarla San Epifanio, de cuya influencia quiso aprovecharse San Jerónimo para hacerla tomar un poco de vino. El venerable obispo accedió; pero apenas había empezado a hablar, cuando la enferma le dijo, sonriendo: «Esto viene de Jerónimo.» Todo fue inútil. «¿Qué hay?»—preguntó Jerónimo al prelado al verle salir. « ¡Ah! —respondió el chipriota—, si me quedo un poco más, a esta edad de los noventa años me hubiera convencido de que no hay que beber vino.» Esta mortificación, continuada año tras año, acabó de gastar las fuerzas de aquel cuerpo, no muy vigoroso de suyo. Era lo que ella quería. «He amado tu casa, Señor—decía al tiempo de morir—. ¡Qué hermosos son tus tabernáculos, rey de las virtudes! Yo suspiro y mi alma desfallece en los atrios del Señor.»

Aun después que el tiempo había borrado la primera impresión, podía preguntar San Jerónimo: «¿Quién podrá hablar con los ojos secos de aquella muerte bienaventurada?»

lunes, 25 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, dijo Pablo al pueblo:
-«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran.
Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía:
- “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Yo pregunté:
- “¿Quién eres, Señor?”
Me respondió:
- “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”
Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz.
Yo pregunté:
- “¿Qué debo hacer, Señor?”
El Señor me respondió:
- “Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer. “
Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
Un cierto Ananías, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo:
- “Saulo, hermano, recobra la vista.”
Inmediatamente recobré la vista y lo vi.
Él me dijo:
- “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.”»

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
- «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»

Palabra del Señor.

Beato Enrique Seuse (SUSO)

Con el Beato Enrique Seuse sube a los altares lo mejor y más seguro del movimiento místico que florece a lo largo de las orillas del Rhin en los alrededores del 1300.

En ese recodo del tiempo la historia de Europa es turbia y confusa como pocas veces. En el fondo está —ya entrado el siglo XIV— la lucha entre Juan XXII y Luís de Baviera, uno de tantos episodios que jalonan tristemente las disensiones seculares entre el Papado y el Imperio. Esta lucha envenena toda la vida social y religiosa de la inmensa mayoría de los pueblos europeos. Las disensiones florecen violentas por doquier. Se usarán todas las armas imaginables, espirituales y temporales, para conseguir cada cual sus intentos. Y los intereses sacrosantos de la gloria de Dios pagarán las consecuencias. Nuestro Beato ha tenido que vivir en el teatro más afectado por estas querellas: el sur de Alemania.

Pero no fueron sólo estos grandes problemas los que ponían por entonces en tensión los espíritus. Las guerras, la inseguridad consiguiente, el feudalismo en su retroceso inevitable, las pestes... A mediados del siglo la llamada "peste negra" pondrá el colmo a este endémico flagelo, y aumentará la confusión y el desorden por todas partes. Los postreros años del Beato estarán ennegrecidos por esta turbación agobiante.

Todo ello trajo como consecuencia una crisis espiritual excesivamente grave. Por una parte, una mentalidad inquieta en varios pensadores, rayana o algo más con la herejía. A su vez la relajación y la libertad en las costumbres. Por otra parte, una reacción espiritual que protesta reciamente ante la conculcación de los derechos del espíritu, amenazada y pisoteados. Pero —signo de los tiempos— esa reacción no sabe en muchas ocasiones mantenerse en sus justos límites, y roza con la actitud herética o cismática, si es que no incide francamente en ella, Las sectas hereticoides pululan por Francia, por Alemania, por Italia... Particularmente doloroso es el historial de los "espirituales" franciscanos, en parte auténtico y en parte degenerado y falso. Todas aquéllas pretenden reformar y evangelizar la Iglesia. Sus consignas son, al parecer, de una pureza espiritual exquisita. Pero esconden la rebeldía ante la norma externa, y caen fácilmente en las mayores aberraciones doctrinales y prácticas. Y todo se mezcla con las turbias corrientes de la política humana, para que resulte más complicado y más difícil.

Sin embargo, la Iglesia santa, siempre a pesar de todo santa, produjo entonces también magníficos frutos de santidad. Si algunos movimientos espirituales de aquellos días son equivocados o al menos sospechosos, otros saben guardar el equilibrio conveniente y producen una cosecha de exacta y hasta llameante espiritualidad.

Uno de estos últimos nos lo ofrecen varios grupos de espirituales que se apretujan en la zona más o menos señalada por el paso del Rhin. Pertenecen principalmente a la Orden de Santo Domingo. Y tienen como maestro venerable al pobre Eckart. Su nombre hay necesariamente que evocarle al hablar de Seuse. Sin él Seuse como místico no sería quizá ni siquiera pensable. Eckart ha nacido cerca de Gotha hacia 1260. Hecho dominico, ha ejercido el magisterio en París, en Estrasburgo y en Colonia. Magisterio de la cátedra, de la predicación, y de la dirección de las almas. Indudablemente su alma ha sido de una elevación extraordinaria. Y su mente, amasada de luces evangélicas, conjugadas de platonismo y de tomismo, se ha lanzado por la pendiente de una originalidad atrevida de expresión, que ha comprometido su reputación de ortodoxo. Él se ha sometido fielmente de antemano al juicio de la Iglesia, ante las acusaciones de sus émulos. Y ha muerto en 1327, no sabemos dónde, quizá caminando tristemente hacia Avignon para esperar el fallo del Vicario de Cristo... Este fue adverso y condenatorio cuando, en 27 de marzo de 1329, se dio. Pero no todo quedó hundido en esa hora negra. Sus discípulos mejores han sido fieles a la memoria buena del maestro, aunque tuviesen el cuidado de evitar los malentendidos a que se exponía la manera menos exacta de hablar de aquél, y que le mereció el justo anatema de la autoridad eclesiástica. Juan Tauler, O. P. y Enrique Seuse, O. P., serán los más valiosos y más conocidos. Detrás de ellos una lista numerosa Podría trazarse, hasta contar en ella con un nombre glorioso como pocos en toda la historia de la espiritualidad: el del Beato J. Ruysbroek. Pero volvamos a nuestro Beato. Con él, como antes ya decía, sube a los altares todo lo salvable —que es muchísimo— de la espiritualidad dominicana de la escuela de Eckart.

Para trazar la silueta biográfica de Enrique Seuse no contamos prácticamente con más documentación que sus obras escritas. Pero descartando desde el primer momento su pretendida autobiografía. Mucho se ha discutido acerca de la autenticidad o no de la misma. Para mí es evidente que no ha salido de sus manos, aunque lo sustancial de lo que allí se dice, sea quizá verdadero. Con los datos que aportan las obras indudables de Seuse y algunas otras escasas noticias, podemos reconstruir así, esquemáticamente, su vida.

Ha nacido hacia 1296, en Suabia, fría y umbrosa por sus bosques, aunque riente y casi meridional a la vez. Parece seguro que su villa natal ha sido Constanza (Uberlingen ha pretendido también ser su cuna). Quiere decir que su infancia ha discurrido junto a las aguas de su lago famoso, principal fuente del Rhin. Por su padre (¿un pañero de Constanza?) era von Berg. Por su madre, piadosa y sensible, era Seuse, cuyo apellido él tomó.

A los trece años, con dispensa de edad, ha sido admitido en el convento dominicano de Constanza, que desde 1236 se elevaba a orillas del lago. Pertenece a la provincia teutónica, floreciente con sus cincuenta monasterios extendidos por Brabante, Colonia, Alsacia, Suabia, Franconia meridional y Baviera. La Orden vive todavía bajo el esplendor que la dieran un Alberto el Magno (suabio también) y un Tomás de Aquino, cuyas doctrinas serán las oficiales en la Orden desde 1270. Por aquellos días la ilustra la fama del maestro Eckart "a quien parece que Dios nada ha ocultado". Seuse habrá seguido allí sus cursos de estudio: primero el latín, la lógica y la retórica, luego el año de noviciado, dos cursos después de Officium divinum y de estudio de las Constituciones; a continuación cinco años de filosofía, y tres de teología (uno de Biblia y dos de comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo).

Entonces, hacia sus dieciocho años de edad, tiene lugar su II conversión ". El Horologium, obra ciertamente suya, nos ha dejado constancia de aquélla. ¿En qué consistió en definitiva? Es difícil precisarlo. Pero lo que parece evidente es que desde entonces empieza una vida de fervor, que antes no existía. Él alude allí a forcejeos de su alma, a una crisis de la misma que se debate algún tiempo entre altos y bajos. Habla de visiones, que parecen ser sencillamente ilustraciones de su alma (él mismo dice que no deben tomarse a la letra como realidades consistentes), transferidas en tono simbólico imaginativo por su rica y poética sensibilidad. Su fórmula es la sabiduría de los libros santos. Ella es su ideal, la esposa de su alma. Pero ideal que se encarna en Jesucristo, el Verbo hecho hombre. A ella se consagró y se entrega. Para ella serán todas las ilusiones y trabajos de su vida. Sin duda, desde este momento, su austeridad de vida aumenta enormemente. Los tiempos eran propicios para ello. Y las referencias a lo largo de sus escritos nos dicen sobradamente de ello. Sin necesidad de admitir las evidentes exageraciones de su seudoautobiografía, que habla de penitencias corporales casi inimaginables.

En 1320 es enviado a Colonia al Studium Generale de la provincia teutónica. Allí, durante otros tres años, cultivarán la teología los que son dedicados para ser "maestros". En Colonia el maestro de los maestros es Eckart. Seuse ha quedado encantado, por su pureza de vida y su elevación de doctrina. Pero son los años en que el venerado maestro es vencido por sus enemigos y por sus mismas audacias de expresión. Seuse le será fiel hasta morir. Por esos años él compone su Libro de la Verdad, que no será otra cosa más que la enseñanza de Eckart, mitigada en su manera de decir y justificada en cuanto a su contenido. De Colonia hubiera pasado a París para recibir el grado de maestro. Pero no fue así, y retornó a Constanza. Quizá se había hecho sospechoso por su adhesión a Eckart. Quizá su humildad rehuyó también esos honores humanos. En el Horologium nos habla de una especie de visión en la que se le adoctrina sobre la vanidad de esos títulos y preeminencias.

Parece que a partir de 1327 es "lector" en su convento de Constanza. Pero las persecuciones se abaten sobre él. Su amistad con Eckart le ha comprometido. Su Libro de la Verdad (y quizá ya algún otro) es sospechoso. Seuse es juzgado en un capítulo provincial, que no resulta fácil determinar a los historiadores. Y pierde su lectorado. Ciertamente es un fraile en desgracia. La sabiduría trata así a su esposo de sangre. Para explicar esta situación no olvidemos el telón de fondo de los tiempos difíciles. No olvidemos el caso de Eckart. No olvidemos sobre todo que dentro de la misma Orden de Predicadores la división se acentúa por momentos. Las revueltas externas se filtran hacia dentro. Es cierto que los dominicos se mantuvieron generalmente fieles al Papa. Pero los vientos agitados que corrían no ayudaban, antes al contrario, al florecimiento de la vida religiosa acentuada e intensa. Los espíritus se dividen en fervientes y en laxos. Seuse es de los primeros, con Eckart, con Tauler... Pero triunfan los otros.

Sin embargo, bajo los golpes de la prueba, los fervorosos se ayudan y animan a ser mejores. La llama sigue encendida y, si cabe, más ardiente. Aunque a veces también se mezcle allí la cizaña, y se den abusos condenables. Los grupos de los llamados "amigos de Dios" son admirables.

Sacerdotes seculares, religiosos y religiosas, seglares... todos toman parte. Seuse está allí, entre los primeros. Cultivará su vida espiritual propia, escribirá libros y cartas, predicará por los pueblos, pero principalmente dirigirá religiosas de su Orden, cuyos monasterios son de los más florecientes en Alemania.

Su vida apostólica externa no debió ser muy llamativa. Recorre, es cierto, la Suiza, la Alsacia, el valle del Rhin... Pero no es el misionero, el predicador célebre, como lo fue Tauler, por ejemplo. De hecho no nos quedan apenas testimonios escritos: un par de sermones, y no populares, sino para auditorios escogidos.

Su gracia especial estuvo en la dirección de sus hermanas dominicas. Sobre todo, se beneficia de ella el monasterio de Tös, cerca de Winterthur, donde se encuentra su principal hija espiritual, Elsbet Stagel. Es a ella, a su veneración por su padre del alma, a quien debemos la colección de sus cartas, y seguramente también lo que de aprovechable y de verdad hay en la seudoautobiografía, que ha debido como tal amañarse en el círculo devoto del convento de Tös. Allí, en aquel ambiente cálido y deseoso, ha debido refugiarse más de una vez el alma perseguida y dolorida de Seuse, cansada de correr por los caminos espinosos de su tiempo y de sus tierras angustiadas. De 1338 a 1349 prácticamente se nos pierde la traza de nuestro Beato. En la lucha entre Juan XXII y Luís de Baviera, Constanza vive en entredicho eclesiástico. El obispo es fiel al Papa y con él la mayoría de los dominicos. Pero la ciudad en general está por el emperador. Los padres predicadores tienen que emigrar. Uno de ellos, Seuse. No sabemos si pasa estos años en Diessehofen o en Schottenkloster. Quizá los pasa más en los caminos, en las ventas, en las hospederías de los monasterios femeninos de su Orden. Parece que nuevas pruebas llueven por entonces sobre él. La seudovida habla de una calumnia lanzada contra él en estos últimos tiempos —una mala mujer a la que quiso sacar de su vida de pecado habría levantado contra él un horrible testimonio falso—. Ello trajo consigo el abandono de sus amigos, y la sospecha y hasta el castigo de sus superiores. Dada la inseguridad de la fuente histórica nada podemos afirmar.

Pero sí que a lo largo de estos años maduros de su vida espiritual, los escritos van cayendo de sus manos, sembradoras del bien, Primero El Libro de la Verdad, de que ya hemos hablado. Especulativo, eckartiano, difícil a ratos. Luego el Horologium sapientiae, su obra latina, la principal obra para conocer datos sobre su vida, y quizá en conjunto de toda su doctrina. Sigue después El Libro de la Sabiduría eterna, y en forma dialogada como casi todos sus libros. Y como todos, a excepción del Horologium, escrito en su dialecto suave, viejo alemán del sur. Esta obra es menos especulativa que el Libro de la Verdad. Es quizá la más típica de Seuse, en que sobre la base del vuelo mental de Eckart, vuelca toda la ternura y fina sensibilidad de su alma soñadora. Prácticamente es un comentario devoto, bordado sobre los padecimientos de Cristo y de su Madre dolorosa, que él contempla con amor y compasión, muy finales de Edad Media. Las corrientes espirituales bernardina y franciscana se combinan preciosamente aquí con las corrientes doctrinales aristotélica y platónica de los maestros Tomás de Aquino y Eckart. El Libro de la Sabiduría eterna termina con las Cien consideraciones y oraciones piadosas, que son para recitar todos los días. Es posible que estas aspiraciones de su alma fuesen escritas en otra ocasión anterior, y luego añadidas a esta obra más grande. Tenemos además el Pequeño y el grande libro de las cartas. Ambas colecciones parecen auténticas y la mayoría de sus piezas están dirigidas a sus hijas espirituales de los monasterios dominicanos. En estas cartas aparece el alma del Beato en toda su naturalidad y frescura. Datos biográficos, doctrina, rasgos delatadores de su psicología espontánea... todo se encuentra allí, sin esfuerzo ni retoques. Nos quedan finalmente dossermones (Lectulus noster floridus, e Iterum relinquo mundum), como muestras de su predicación insinuante, mística, pero no para masas, sino para las almas selectas de sus dirigidas.

Los últimos años se consumen en Ulm. ¿Fue confinado allí como penitencia por sus supuestos e inexistentes pecados? ¿Fue por sencilla disposición administrativa de sus superiores? Nada sabemos. Ni los quehaceres que llenaron sus horas. Es de suponer que seguiría su apostolado de dirección de almas. Probablemente daría también a sus escritos las manos postreras. Los viejos documentos señalan el 25 de enero de 1366 como el de la fecha de su muerte. Y que fue sepultado junto al altar de San Pedro de Verona de la iglesia de su convento de Ulm. Sus restos no han podido ser encontrados y yacen perdidos en aquel templo, desde hace siglos, vacío y frío bajo el dominio protestante. Fue en 1831 cuando Gregorio XVI beatificó y puso en los altares a este siervo de Dios.

Más noticias que de sus hechos externos tenemos de su misma alma. Sus escritos nos la entregan en gran parte... Sin embargo, nada más en parte. Pues el alma, toda alma, máxime de la grandeza de un Beato Seuse, será siempre un misterio.

Para tratar de comprenderla no perdamos de vista su tiempo y sus circunstancias. No olvidemos de situarle en aquellos momentos, ni de colocarle, al querer explicarle, en la corriente espiritual tomista —eckartiana—. De otro modo sería absolutamente ininteligible.

El Beato Seuse es evidentemente un alma mística. Mística en el sentido más estricto de la palabra. Podrían, sin embargo, despistarnos en este terreno dos dificultades que enseguida se ofrecen. En primer lugar, los antecedentes magistrales que ha vivido el Beato. La doctrina del maestro Eckart ¿se basa sobre una experiencia, o es solamente una dialéctica religiosa de vuelo sublime? Lo último es innegable: Eckart prolonga y matiza la concepción neoplatónica del cristianismo griego, representado especialmente por el Seudo-Dionisio. El alma, imagen de Dios, vuelve a Dios, al Unum, la Nada Infinita, a través de una ascesis total y de una elevación mística que Dios mismo provoca. Eckart, con sentido sobrenatural y cristiano, ha descrito con frases incisivas la misteriosa generación mística del Verbo en el alma, cómo el Padre pronuncia allí su palabra y la une misteriosamente a su vida abisal trinitaria. A veces ha dicho, sin querer, demasiado. Pero ¿cabe allí una realidad vivida, experimentada? Sin duda que sí, sea de hecho lo que sea en cada caso. Seuse ha recogido ese esquema, lo ha prudentemente explicado y ha tratado de expresar con él las vivencias de su íntimo secreto escondido.

En segundo lugar, otra pregunta pulsa enseguida a quien se acerca a sus páginas: ¿no nos hallamos ante un artista que pinta poéticamente y que compone, por consiguiente, trasponiendo sus sueños, sus imaginaciones, las emociones de su fina sensibilidad? Ciertamente, hay que admitirlo. Sin embargo, inclinándose sobre esos escritos —ni muchos, ni pocos, los suficientes— repasándoles con cuidado, se llega a distinguir perfectamente el envoltorio y el contenido. Y se llega a la convicción de que el autor de los mismos ha conocido y gustado lo que trata de balbucir, sirviéndose para ello de las fórmulas que le ofrecían sus maestros y las que encontraba en los repliegues de su alma, transida de sentido de la belleza y de ingenio artístico.

Con todo es difícil trazar el itinerario místico de su alma Quizá él mismo no lo hubiera podido nunca dibujar. El trazado fundamental será el siguiente:

Primero, la conversión a que aludimos antes. En el fondo del alma se ha dejado sentir la invitación misteriosa a la entrega perfecta: "Sábete que el renunciamiento interior conduce al hombre a la suprema verdad" (El Libro de la Verdad, 1,3).

Luego, la visión de la sabiduría divina, que encarnada en Jesucristo será el signo de toda su vida endiosada. Un día hasta externamente marcará su pecho con el nombre de Jesús.

Los estados infusos de elevación y de éxtasis serán en adelante frecuentes en su vida. Los documentos significativos podrían multiplicarse hasta la saciedad.

Pero esta unión mística florecida en el alma exige las terribles purificaciones, que hace inevitables la pureza infinita del Dios que se entrega. Seuse ha padecido esas pruebas del amor.

Pruebas internas y externas. Porque Jesús, la sabiduría divina, ha querido sellar con su cruz de un modo especial la vida de nuestro Beato. Es uno de los casos más interesantes de almas crucificadas que conocemos en la historia de la santidad cristiana. La sombra de la cruz se proyecta en ella siempre. El mismo ha dicho (Carta XXVIII): "Su pasión —de Cristo— es el tesoro de sus pobres". Para él lo fue multimillonariamente. Todos los sufrimientos llovieron sobre él. Y las páginas que arrancaron a su pluma hecha lira son tan abundantes y maravillosas, que quizá en toda la literatura cristiana no haya otras en conjunto que las puedan igualar. Él ha "soportado" a Dios, según su expresión, entre lágrimas y sonrisas, entregado totalmente a su misericordia y a su amor. Una imagen, que él narra en su carta XII, es como el gráfico de su vida sangrante: un día que había tenido que sufrir mucho por penas interiores y por desprecios y humillaciones externas, vio desde la ventana de su celda a un perro que jugaba en el patio con un trapo cualquiera. Lo mordía, lo babeaba, lo arrastraba, lo rasgaba... Una luz se hizo en su alma: "Así debes tú hacer... Se te arroje en alto o se te tire abajo, aunque se te escupa... tú debes aceptarlo todo alegremente, sin protestar, como el trapo, si él tuviese conciencia..."

Así fue su vida toda, cristificada. Así se nos fue, calladamente, en un día de invierno, bajo el cielo grisáceo de Ulm, sin que nos fuese dado recoger el recuerdo de su última palabra, sin que se nos refiriese para satisfacer nuestra curiosidad devota la expresión de su última mirada. La sabiduría divina se lo llevó consigo para abismarle en la mismidad de su gloria, en su radiante luz...

Su influencia doctrinal ha sido relativamente grande. Casi siempre en el conjunto que forma esa escuela mística del Rhin. Aunque dentro de él Seuse es el más suave y afectivo, el que más ha sabido juntar la especulación alta con la ternura humana. Por eso el más cristífero de todos ellos, el más aprovechable en general. Sobre todo a través de la edición latina que hace el cartujo Surio (1555) de sus obras, Seuse fue conocido por doquiera. ¿Lo leería nuestro San Juan de la Cruz? No es posible contestar a esta pregunta. Pero no sería extraño que alguna vez pudiera rastrearse alguna proyección más o menos indirecta de nuestro Beato en el más grande de los místicos de la cristiandad. De la escuela renana como tal, tomada en bloque, el rumor allí existe. Pero es prácticamente imposible precisar algo más. Lo que es indudable es que muchas páginas de Enrique Seuse, si no son todas, pueden todavía, y seguramente siempre, hacer bien a las almas. Que se las debe, por consiguiente, editar y propagar.

domingo, 24 de enero de 2016

Domingo, 24-01-2016 3º de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el día primero del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley ante la comunidad: hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón. Leyó el libro en la plaza que está delante de la Puerta del Agua, desde la mañana hasta el mediodía, ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón. Todo el pueblo escuchaba con atención la lectura del libro de la ley.
El escriba Esdras se puso en pie sobre una tribuna de madera levantada para la ocasión.
Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas.
- «Amén, amén.»
Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra.
Los levitas leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura.
Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea:
- «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis. » (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley)
Nehemías les dijo:
- «Id, comed buenos manjares y bebed buen vino, e invitad a los que no tienen nada preparado, pues este día está consagrado al Señor. ¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza.»

Hermanos:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos.
Si dijera el pie : «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso.
Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo.
El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan.
Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece e él, para que así no hay división en el cuerpo.
Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.
Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él.
Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.
Pues en la iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar a los profetas, en el tercero los maestros, después, los milagros; después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas.
¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros?
¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

Ilustre Teófilo:
Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo después he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que le ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
- «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Lucas intenta hilvanar un relato ordenado de la vida de Jesús con la clara determinación de presentarle como el Mesías, el Ungido de Dios.

Y lo hace en la localidad más conocida por Jesús y en el lugar más frecuentado por él: la sinagoga de Nazaret.

Han quedado atrás los años de su larga vida oculta aquí y regresa a su pueblo después de haber pasado la experiencia del desierto y ser bautizado en el río Jordán.

Ahora Jesús se presenta ante los tuyos, que tienen los ojos fijos en él, como un rabí judío con autoridad y avalado por los signos que realiza.

La lectura del profeta Isaías es el pretexto para reafirmar su misión profética y salvadora con las ideas motrices de su programa, a las que permanecerá fiel durante toda su vida.

No hace promesas vanas o demagógicas, como algunos políticos de turno a sus electores, ni alberga ansias de poder, gloria y dinero.

Trata sencillamente de llegar a lo profundo del corazón del hombre, donde brotan las más nobles aspiraciones y se fraguan los más altos ideales de servicio altruista.

El anuncio de la buena noticia a los pobres, despreciados y marginados en la sociedad judía, es el primer signo mesiánico en la vida de Jesús.

Otro signo es la liberación de los presos, de los que están esclavizados por el poder, el dinero y todo tipo de vicios, así como la recuperación de la vista a los ciegos.

Cada ser humano tiene dentro una cárcel en la que se siente atrapado y maniatado.

Necesita que le abran la puerta para respirar otro ambiente.

De esta manera, los que lloran tienen consuelo; los pobres son escuchados, los enfermos encuentran sentido a su dolor y los marginados del mundo su lugar de honor.

Es el Reino de Dios, que llega como una pequeña semilla, que lentamente va germinando y se manifiesta visiblemente en su persona.

No irrumpe como alguien extraño, sino con el aval del Espíritu anunciado por los profetas.

El año de gracia del Señor que menciona el Profeta Isaías se refiere a la amnistía que se celebra cada 49 años en Israel y trae, como consecuencia, la devolución de las tierras a los antiguos propietarios, la remisión de las deudas, la liberación de los esclavos y el reposo de la tierra.

Esto conlleva empezar de cero y disfrutar del regalo de una nueva oportunidad.

No sabemos si se cumplía la ley, pero, en lo que nos afecta a nosotros, tomemos nota de la rapiña que existe en nuestro mundo capitalista, que aboca a los más pobres al crecimiento de su miseria.

Y, además, sin opciones para resurgir.

Hoy igualmente “se ha cumplido el plazo” para nosotros.

Nuestro momento es ahora, el tiempo actual, sin anclajes en un pasado que no volverá, mientras el futuro está en las manos de Dios.

El presente es el regalo que nos ofrece y, el presente no podemos vivirlo, ajenos a nuestro entorno, ni al margen de la comunidad a la que pertenecemos.

En ella todos los miembros nos necesitamos.

Vale aquí el símil del apóstol San Pablo sobre el cuerpo humano, que trae a colación la liturgia de hoy.

Aunque los miembros desarrollen distintas funciones, todos son igualmente necesarios y, cuando un miembro sufre, todos sufren con él, porque es la unidad del cuerpo la que está en peligro, y unos órganos protegen a otros.

El presente Año Jubilar de la Misericordia convocado por el papa Francisco nos invita a los cristianos a mirar a todos los hombres como hermanos, a poner al día nuestra fe y a reconciliarnos para entrar a adorar a Dios por la puerta grande del perdón.

El Jubileo es una proclamación de la alegría de volver al amor primero, a la convivencia sana y a gustar de nuevo a Dios tras experimentar los fracasos y golpes de la vida.

Hoy, como ayer, Jesús irrumpe en la historia de cada uno para despertar inquietudes dormidas, ahuyentar la estrechez de miras y ensanchar el corazón siendo receptivos a todos los valores y a todas las ideas

Hoy, como ayer, nos pide escuchar a los profetas y desterrar las actitudes intolerantes y descalificadoras que tanto daño hacen a la convivencia familiar, nacional y social.

Lo comprobamos a diario en los grupos independentista que van surgiendo en los distintos países, cuya finalidad es desgajarse del tronco común para vivir mejor y más desahogadamente sin tener que compartir los bienes con otros ciudadanos que no comulgan con sus ideales.

Poco importa que una masa social mayoritaria quede al margen del proceso o se sientan extranjeros en su propia Patria.

Es importante que impere la cordura y la sensatez, porque no es bueno para nadie acentuar lo poco que nos separa de los mucho que nos une

Hoy, como ayer, nos pone ante la tesitura de conocer su mensaje salvador o seguir con las etiquetas que colocamos a las personas por envidia o prejuicios.

Jesús es conocido en Nazaret como “el hijo del carpintero” (Mateo 13, 55), un artesano humilde que se gana honradamente la vida con su sacrificado trabajo.

Es discriminado por su ascendencia y blanco de críticas por su aprendizaje.

No quieren entender los signos de Dios y le rechazan por conocer demasiado a su familia.

¡Triste argumento para justificar lo injustificable!

Abundan las personas que sufren, como Jesús, en las propias carnes los efectos devastadores de la incomprensión por su etnia, religión, cultura o condición social.

¿Caeremos en la trampa de exigirles a ellos más requisitos que al resto de los ciudadanos?
¿Le pediremos a Jesús privilegios por ser sus “paisanos” y cristianos de viejo cuño?

Las desconfianzas y los recelos oscurecen la mente y taponan los conductos de la gracia divina cuando la verdad no habita en nosotros.

Dejemos que el Espíritu enderece lo torcido de nuestras vidas para poder mirar con ojos limpios al Ungido de Dios que hoy, como ayer, nos habla al corazón.

Beato Timoteo Giaccardo

Martirologio Romano: En Roma, beato Timoteo (José) Giaccardo, presbítero, que instruyó a muchos discípulos en la Pía Sociedad de San Pablo, para anunciar el Evangelio por medio de los instrumentos de comunicación social (1948).

Fecha de beatificación: 22 de octubre de 1989 por el Papa Juan Pablo II.

Nació en Narzole (Cuneo-Italia) el 13 de junio de 1896. Fue bautizado el mismo día, con los nombres de José y Domingo. Jovencito aún, se encontró con el P. Santiago Alberione, quien lo encaminó hacia el seminario diocesano de Alba.

La amistad con el P. Alberione lo hizo sensible a las nuevas necesidades de los tiempos y se abrió a los nuevos medios pastorales de evangelización. En consecuencia, con el consentimiento de su obispo, en el 1917, con 21 años, pasó del seminario diocesano a la naciente Sociedad de San Pablo, siendo encar-gado por el P. Alberione como maestro de los primeros aspirantes a paulinos. Lo llamaban el Señor Maestro, y con ese nombre se quedó.

Las condiciones históricas eran tales que parecía irrealizable se concediera el sacerdocio ministerial a los jóvenes del P. Alberione. La mayoría del clero diocesano veía posible que fueran ordenados los primeros paulinos, llamados por broma “los curas del mono y de la campera”. El mismo clérigo Giaccardo, del seminario diocesano, al presentarse al obispo para pedirle poder integrarse en la Sociedad de San Pablo, escuchó la seca pregunta: “¿Estás dispuesto a renunciar a tu hábito clerical y al sacerdocio?”. Con dolor en el corazón, pero sin titubear, aceptó esas condiciones, y las ofreció a Dios por medio de María con tal de seguir la vocación paulina que él sentía clarísima.

El P. Alberione, firme en su fe y confianza, espera en silencio y en oración que Dios hiciera resonar la hora de la aprobación canónica de la Congregación y de la ordenación sacerdotal para sus jóvenes, llamados al ministerio de la predicación mediante la palabra escrita. Y así, ante la sorpresa y el estupor de todos, pudo ver a su clérigo Giaccardo ordenado sacerdote, en 1919, por su mismo obispo, quien anteriormente le había pedido la renuncia al hábito y al sacerdocio si quería ser paulino. Y además, su ordenación se adelantó a la edad canónicamente requerida, mediante la oportuna dispensa, debido también a una imprevista circuístancia: para que su madre, enferma de gravedad, lo viera ordenado sacerdote antes de morir.

Fue el primer sacerdote paulino y el primer Vicario General de la Sociedad de San Pablo. Su vida es un ejemplo actual de cómo se puede conciliar la más alta perfección con la más intensa actividad apostólica. “Modelo para todos los sacerdotes paulinos”, como declaró el Fundador.

Él fue para el Beato Alberione como el “hijo de la promesa”, a semejanza de Isaac para Abrahán. En él podía el Fundador ver su descendencia y reconocer la primera realización de la promesa. Con la ordenación de Giaccardo la Familia Paulina se injertaba en la Iglesia mediante el sacerdocio apostólico, en sintonía con el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y hagan discípulos míos en todas las naciones”.

La ordenación sacerdotal del P. Giaccardo marcó una fecha histórica para la Familia Paulina por otra razón: él era el primer sacerdote paulino ordenado expresamente para un ministerio nuevo en la Iglesia. Así la predicación realizada con los medios de comunicación social quedaba implícitamente considerada como verdadera evangelización. Lo que el Concilio Vaticano II sancionaría medio siglo más tarde en el decreto “Inter mirifica”, era ya anunciado en la ordenación sacerdotal del P. Giaccardo.

El padre Santiago Alberione vio en este hecho una clara respuesta de Dios a su fe en la propia vocación y misión. Comprendió que sería la vocación y misión de una gran Familia fundada sobre el sacerdocio de Cristo, en la línea del Magisterio de la Iglesia y del ministerio apostólico; Familia heredera de la gracia y del apostolado de san Pablo; enviada para anunciar el Evangelio de Cristo a todos los hombres a través de los nuevos medios de comunicación social.

Por otra parte, el P. Giaccardo representa el anillo de enganche entre el Fundador y las nuevas comunidades nacidas de la comunidad madre de Alba: él fue el primero que guió la migración de los dos grupos, masculino y femenino que dieron origen a las comunidades romanas. En enero de 1926, teniendo en cuenta su gran amor al Papa, el Fundador lo envió a Roma para abrir y poner en marcha la primera casa filial de la Congregación.

El Fundador le había dicho: “Te mando a Roma en gracia de tu amor a san Pablo y por tu fidelidad al Papa. Estoy convencido de que al Divino Maestro le agradará tener en Roma, junto a su Vicario que representa el Evangelio “hablado”, también una voz que representa el Evangelio “impreso”. Dicho por inciso: “La Voz” era el título del primer periódico editado por los paulinos en Roma, y que les había cedido la Diócesis.

El beato Giaccardo escribió más tarde en su diario: “Yo, en la Congregación, no tuve la misión de lanzar nuevas iniciativas, sino de educar, plantar, integrar nuestra Sociedad de San Pablo en la Iglesia de Roma, sobre la roca de san Pedro, sobre la apostolicidad de san Pablo; y he comprobado la paciencia de Dios en asistirme para llevar a cabo este ministerio”.

Podemos afirmar así que, mediante el P. Giaccardo, la Familia Paulina se enraíza, incluso visiblemente y localmente, en la herencia de los apóstoles, representada por la sede de Roma.

Como el beato Santiago Alberione fue el “padre” que, en la luz de su misión especial, dio vida a las varias ramas de la Familia Paulina, el beato Timoteo Giaccardo, su primer hijo espiritual, transmitió y profundizó la herencia alberoniana. Sin reflejar nunca el cansancio ni calcular la fatiga, sin concederse un día de vacaciones, compartió durante treinta años con el padre Alberione la solicitud por cada una de las Congregaciones paulinas, en sus difíciles comienzos y en su desarrollo, como “llevándo-las en brazos”.

El padre Giaccardo tuvo plena conciencia de esta su segunda misión. Escribía en su diario: “Me parece ver claro que se define cada vez más este segundo ministerio: conservar, interpretar, hacer penetrar y fluir el espíritu y las directrices del Primer Maestro; y yo acepto con espíritu de humildad este ministerio, con ánimo dócil, afectuoso, sincero”.

El P. Alberione confirmó: “Yo no tengo a ningún otro que comparta tan acertadamente mis sentimientos y mi ánimo; ninguno que tenga cuidado de ustedes con más sincera dedicación”.

Mas tenemos otro testimonio de interés capital, manifestado por el mismo Fundador después de la muerte del padre Giaccardo:

“Desde el 1909 y el 1914, cuando la divina Providencia preparaba la Familia Paulina, él tuvo una clara intuición, aun sin comprenderla del todo. Las luces que recibía de la Eucaristía…, su ferviente devoción mariana, la meditación de los documentos pontificios, le daban luz sobre todas las necesidades de la Iglesia y sobre los modernos medios para hacer el bien.

“Entró en 1917 (todavía clérigo) como maestro de los primeros aspirantes… y le llamaban y se quedó para siempre con el nombre de “Señor Maestro”: amado, escuchado, seguido, venerado dentro y fuera. Fue el maestro que a todos precedía con el ejemplo, que enseñaba de todo, que aconsejaba a todos, que lo construía todo con su oración iluminada y ferviente… Se puede decir que escribió en cada conciencia y se volcó a sí mismo en cada corazón de Sacerdotes, Discípulos, Hijas de San Pablo, Pías Discípulas, Pastorcitas; y de cuantos lo trataron en relaciones espirituales, sociales, económicas…

“Desde el día en que lo conocí y le señalé el Sagrario como luz, fortaleza, salvación, su vida fue una continua y cotidiana ascensión… Él prefería decir con san Pablo: “Hasta la plenitud de la edad de Cristo”.

“Era maestro de oración. ¡Sabía hablar con Dios! Vivía de piedad eucarística, de piedad mariana, de piedad litúrgica; de amor a la Iglesia y al Papa…

Fue maestro de apostolado. Lo sentía, lo amaba, lo desarrollaba… Era un comunicador de energía, un sostén para los débiles, luz y sal en el sentido evangélico.

El Primer Maestro le debe una inmensa gratitud, y con él todos, pues todos se veían amados por él… Yo me fiaba de él más que de mí mismo; y estoy contento por habérselo demostrado…”.

Como confirmación de este testimonio del beato Alberione (Primer Maestro), reportamos algunas expresiones textuales del mismo beato Giaccardo sobre el sentido de la misión paulina:

“El Divino Maestro debe reinar sobre todo, debe ser dado “todo” a todos… mediante el Apostolado de las Ediciones. El Apostolado de las Ediciones debe iluminar todos los apostolados, sostenerlos todos, vivificarlos todos, abarcarlos todos, ejercerlos todos con sus apóstoles. Y éstos deben ser la gloria de Cristo, Divino Maestro”.

“En servicio de Cristo Eucaristía, se busca y se elige lo mejor… Así, al servicio de Cristo hecho “Palabra”, debemos reservarle cuanto de mejor producen los hombres: el nuestro es un verdadero Ministerio sagrado”.

El beato Giaccardo, después del Fundador, fue el primer sacerdote que escribió y publicó un libro, en 1928, con el título “María Reina de los Apóstoles”, que es la Patrona de la Familia Paulina.

Fue el primer sacerdote paulino y el primer Vicario de la Congregación Sociedad de San Pablo. En 1936 regresó de Roma a Alba como superior de la Casa Madre. Colaborador fidelísimo del P. Alberione, se prodigó sin descanso por las Congregaciones Paulinas que iban naciendo, y que él llevó en sus brazos, conduciéndolas a una profunda vida interior y a los respectivos apostolados modernos.

Ya en edad madura, ofreció su vida por la continuidad de su propia Congregación y para que fuera reconocida en la Iglesia la nueva Congregación paulina de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Y el Señor aceptó su ofrenda.

Pasó a la Casa del Padre el 24 de enero de 1948, víspera de la fiesta de la Conversión de San Pablo. Sus restos mortales yacen en la cripta del Santuario de la Reina de los Apóstoles, Roma (los del beato Santiago Alberione, en la subcripta). Santuario que mandó construir el Fundador en el mismo solar donde el Beato Giaccardo había fundado la primera casa paulina fuera de Alba.

sábado, 23 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, David regresó tras derrotar a Amaalec y se detuvo dos días en Sicelag.
Al tercer día vino un hombre del campamento de Saúl, con ls vestiduras rasgadas y tierra en al cabeza. Al llegar a la presencia de David, cayó en tierra y se postró.
David le preguntó:
-«¿De dónde vienes?»
Respondió:
-«He huido del campamento de Israel».
David le preguntó de nuevo:
-«¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo.»
Respondió:
-«La tropa ha huido de la batalla y muchos del pueblo han caído entre ellos Saúl y su hijo Jonatán».
Entonces David, echando mano a sus vestidos, los rasgo, lo mismo que sus acompañantes. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, caídos a espada.
Y dijo David:
- «La flor de Israel herida en tus alturas. Cómo han caído los héroes. Saúl y Jonatán, amables y gratos en su vida, inseparables en su muerte, más veloces que águilas, más valientes que los leones.
Hijas de Israel, llorad por Saúl, que os cubría de púrpura y adornos, que adornaba con alhajas de oro vuestros vestidos.
Cómo han caído los héroes en medio del del combate. Jonatán, herido en tus alturas.
Estoy apenado por ti, Jonatán, hermano mío. Me ras gratísimo, tu amistad me resultaba más dulce que el amor de las mujeres.
Cómo han caído los héroes. Han perecido las armas de combate».

En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Palabra del Señor.

Beato Nicolás Gross

Nicolás Gross nació el 30 de septiembre de 1898. Su padre era minero en Niederweningern, cerca de la ciudad de Essen (Alemania). Desde su adolescencia comenzó a trabajar, especialmente como minero, y aprovechaba el poco tiempo libre que le quedaba para estudiar. En 1917 se afilió a la asociación sindical de los mineros cristianos. A los 22 años fue elegido secretario de la sección juvenil de ese sindicato.

Contrajo matrimonio con Elisabeth Koch, de la que tuvo siete hijos. Amaba su familia más que cualquier cosa y fue un padre ejemplar. Se distinguía por un profundo sentido de responsabilidad en todos los ámbitos de su vida. Al inicio de 1927 comenzó a colaborar en el periódico del sindicato, del que pronto llegó a ser jefe de redacción. Ayudó a orientar a los obreros católicos en muchos temas que afectaban a la sociedad de su tiempo. Fue un apóstol católico en el campo de la doctrina social de la Iglesia. Por esa razón, desde el inicio del nazismo, se opuso a esa ideología política y criticó sus principios y sus actividades. Como era de prever, en 1938 el periódico fue cerrado por orden de las autoridades nazis.

Nicolás había escrito: «Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Si se nos pide algo contrario a Dios o a la fe, no sólo tenemos el deber moral, sino también un deber absoluto de no obedecer. Algunos de sus escritos cayeron en manos de la Gestapo y eso llevó a su condena.

A partir del año 1940 se registró su casa; fue sometido a frecuentes interrogatorios. Después de la supresión del periódico sindical, siguió publicando breves escritos con el fin de fortalecer en la fe y en los valores éticos a los trabajadores cristianos.

El 20 de julio de 1944 se produjo un atentado fallido contra Hitler. Nicolás no participó ni en su preparación ni en su ejecución, pero fue arrestado el 12 de agosto, hacia mediodía, en su casa y trasladado a la cárcel de Ravensbrück y luego a la de Tegel, en Berlín. Su mujer lo visitó dos veces, y declaró que vio signos de tortura en sus manos y brazos. Las cartas de Nicolás desde la cárcel testimonian que encontraba en la oración la fuente de fuerza en su situación ya sin esperanzas. El 15 de enero de 1945 el presidente del tribunal popular pronunció su sentencia de muerte. La única motivación que se registra es: «Nadaba, junto con los demás, en la corriente de la traición y por eso debe morir ahogado en ella». Los nazis, que no querían mártires, después de ahorcarlo, quemaron sus restos y esparcieron sus cenizas.

El capellán de la cárcel, que desde lejos le dio la bendición en su último trayecto, refirió después: «Gross agachó la cabeza en silencio. Su rostro parecía iluminado por el esplendor de aquel por quien estaba a punto de ser acogido». Era el 23 de enero de 1945. Juan Pablo II lo beatificó el 7 de octubre de 2001.

viernes, 22 de enero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Saúl tomó tres mil soldados escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
-« Éste es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu mano”. Haz con él lo que te parezca mejor ».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres.
- «El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra Saúl. Este slió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
- «¡Oh, rey, mi señor!»
Saúl miro hacía atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
- «¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte,pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale maldad”. Pero en mí no hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una simple pulga. El señor sea juez y juzgue entre nosotros. Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano»
Cuando David terminó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
- «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?»
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
- «Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel »

En aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él.
E instituyo doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar demonios:
Simón, a quien puso de nombre Pedro, Santiago el de Zebedeo y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Palabra del Señor.