jueves, 24 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


El año segundo del rey Darío, el mes sexto, el día primero, vino la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote:
«Así dice el Señor de los ejércitos:
Este pueblo anda diciendo:
“Todavía no es tiempo de reconstruir el templo.”»
La palabra del Señor vino por medio del profeta Ageo:
«¿De modo que es tiempo de vivir en casas revestidas de madera, mientras el templo está en ruinas?
Pues ahora - dice el Señor de los ejércitos meditad vuestra situación: sembrasteis mucho, y cosechasteis poco, comisteis sin saciaros, bebisteis sin apagar la sed, os vestisteis sin abrigaros, y el que trabaja a sueldo recibe la paga en bolsa rota. Así dice el Señor: Meditad en vuestra situación: subid al monte, traed maderos, construid el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria - dice el Señor -.»

En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía: -«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?»
Y tenía ganas de ver a Jesús.

Palabra del Señor.

San Vicente María Strambi

Poco antes de la medianoche del 23 de diciembre de 1823, San Vicente María Strambi fue despertado urgentemente, requerido por Su Santidad León XII, que se encontraba gravemente enfermo.

Desde finales de noviembre, habiendo renunciado el obispado de Macerata y Tolentino, habitaba en el palacio del Quirinal, llamado por Su Santidad como consejero particular y director espiritual de su alma.

Consternado por la infausta noticia, San Vicente María Strambi voló a la cabecera del augusto enfermo. Con afecto de hijo y corazón de santo preparó a Su Santidad a recibir el santo viático, decidido a quedarse a su lado para asistirle en los últimos momentos con el conforto espiritual.

Mientras la respiración del Santo Padre se hacía cada vez más afanosa, San Vicente, movido de sobrenatural impulso, pidió al Papa poder celebrar inmediatamente la santa misa para obtener su curación. Se notó que aquella misa votiva pro infirmo, celebrada en la misma capilla papal, fue más larga que de costumbre, y el rostro del Santo, transformado por el recogimiento, causó maravilla en los presentes. A la Víctima del Calvario se unió la personal de San Vicente por la salud temporal de León XII.

Al alborear del día el Santo pasionista visitó de nuevo a Su Santidad, y en íntima confidencia personal le reveló el secreto: curaría y su vida terrena se prolongaría cinco años y cuatro meses, Dios había aceptado la inmolación de San Vicente María Strambi; el ofrecimiento de su vida por la del Papa había sido satisfactoriamente recibido por la divina Justicia.

El 28 de diciembre San Vicente sufre un ataque apoplético y el 1 de enero de 1824 entrega su alma a Dios. Este acto sublime del venerable anciano de setenta y nueve años era el epílogo y recapitulación de una vida consagrada al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice.

Nacido en Civitavecchia el 1 de enero de 1745, le concedió Dios la gracia de ser educado por unos padres de acendrada piedad. Consiguió la realización de su vocación pasionista en 1769 a la hermosa edad de veinticuatro años, después de haber terminado la carrera sacerdotal y haber ocupado los cargos de prefecto y rector del seminario.

La herencia del crucifijo que pide de rodillas a su padre la recibe realmente de manos de San Pablo de la Cruz, que, a la hora de la muerte, le encarga el cuidado de la Congregación. Ocupa en ella los cargos más altos y delicados de educación y gobierno, admirado por su espíritu de observancia y de oración.

En la soledad de los "retiros" pasionisias intensifica su preparación a la futura vida apostólica con la oración y el estudio. Serán deliciosas las horas pasadas a los pies de Jesús crucificado, siempre sediento de la sangre divina, a la que honrará con particular devoción.

Pero sobre todo heredará de su santo fundador el espíritu apostólico. Será en este ancho campo de la predicación donde sus servicios a la Iglesia le conseguirían el renombre de santo y de misionero.

Orador por excelencia, dotado de una extraordinaria capacidad de adaptación al auditorio, procuraba no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes para instruirlos, sino llegar a lo más íntimo de su corazón y de su voluntad para arrastrarles.

Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido por los romanos pontífices para predicar las misiones en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares. Preferido más de una vez para dar los ejercicios espirituales al Colegio Cardenalicio y al alto clero de la Ciudad Eterna, dejará admirada la selecta asamblea por su unción apostólica y por su exacta y vasta doctrina, confirmando el parecer común que le consideraba "sumo" en este género de predicación.

Durante veinticinco años recorrió la Italia central en todas direcciones, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y quizá el más grande catequista de su siglo. Volcaba en el púlpito su corazón de padre, de pastor, de apóstol y de santo; sobre todo de santo. El fuego divino que le abrasaba se comunicaba con fuerza irresistible a su auditorio, ablandando el corazón de los pecadores más endurecidos, que venían a descargar sus culpas a los pies de aquel hombre extraordinario.

Identificado con Cristo crucificado, el argumento de su pasión fue siempre el tema preferido de sus predicaciones y el secreto de su elocuencia dulce y avasalladora. Cuando San Vicente hablaba de la víctima divina no hacía más que descubrir los tesoros de vida eterna que su alma contemplativa había descubierto en las llagas del Redentor. Siempre presente en el Calvario, ocupado en la contemplación extática de su amor crucificado, no es de admirar que su caldeada palabra transmitiese al auditorio la virtud divina que irradia desde la cruz.

En el confesonario, donde recogía los frutos de los trabajos apostólicos, fue admirada su bondad, creyéndose cada penitente objeto especial de sus atenciones. Gaspar del Búfalo, Ana María Taigi y un nutrido grupo de almas selectas encontraron en San Vicente María Strambi al director eximio, práctico y experimentado en el camino de la perfección y en los recónditos secretos de la mística, que no sólo sabía calmar sus dudas con el consejo oportuno, sino también descubrirles los amplios horizontes de la santidad más encumbrada, lanzándoles resueltamente por las más altas vías del espíritu.

Dotado de una gran potencia asimiladora, sus incesantes lecturas le permitieron usar de la pluma para ensanchar y perfeccionar su acción apostólica. Inspirado en la santísima pasión de Cristo, ella fue el tema preferido de sus escritos. Nada de especulación árida, fría, de vana y ostentosa erudición. El descubrimiento de los tesoros que tenemos en Jesucristo no tenía en su pluma otro fin que convencer al alma cristiana del amor que debemos a Cristo y decidirla a la práctica de las virtudes que Él nos dio ejemplo.

En 1801 le imponía Pío VII la aceptación del obispado de Macerata y Tolentino. En vano se resistió. La voluntad decidida y terminante del Papa puede más que todo. Consagrado obispo, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales fueron desde entonces su modelo, copiando el celo apostólico del uno y la dulzura del otro.

Recibido como un don de Dios para ambas diócesis, comenzó su actividad episcopal organizando grandes misiones, que predicó personalmente. Con una entrega total y sin reserva a los suyos, procuró, ante todo, conocerlos, examinando de cerca todos sus problemas para darles la más perfecta solución. A este fin empezó casi inmediatamente la visita pastoral, que se puede decir fue continua e interrumpida solamente por el destierro.

Su unión con Dios, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones del gobierno pastoral, era continua y profunda. Dedicaba no menos de cinco horas diarias a la oración, viviendo todo el día como en un ambiente místico y celestial en íntima unión con Dios. Este contacto ininterrumpido con la Divinidad envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios.

Su primera preocupación fueron los eclesiásticos, a cuya elevación y santificación consagró sus mejores energías. Empezó por el seminario, renovando, además del edificio material, el programa escolar y el reglamento, deseoso de acomodarlo a las necesidades de su tiempo. El seminario, en su concepto, debía ser únicamente el semillero perpetuo de los ministros de Dios, excluyendo, contra la mentalidad reinante, todo joven que no diese pruebas claras de vocación divina.

Los dos puntos básicos de la formación espiritual de los futuros ministros del santuario eran la comunión fervorosa, que deseaba fuese cotidiana, y la oración mental. Consideraba este ejercicio de la meditación como algo indispensable y fundamental en la vida de un sacerdote, por lo cual sometía a los ordenandos a un riguroso examen, no sólo del conocimiento teórico de la meditación, sino también de la práctica y de los frutos reales en ella conseguidos. Para facilitar a su clero el cumplimiento de esta obligación compuso una serie de meditaciones sobre los principales deberes del estado clerical y otra sobre los novísimos, que en poco tiempo alcanzó la quinta edición.

Con estos medios y su asidua vigilancia consiguió, en un tiempo en que la formación sacerdotal dejaba mucho que desear, elevar su seminario a un nivel tal de ciencia y santidad, que no sólo se presentaba como modelo de organización y disciplina, sino también de la piedad más acendrada. Adelantándose a su tiempo como sagaz previsor de las necesidades de la Iglesia, instituyó prácticas y métodos entonces desconocidos y que son hoy normas corrientes de formación de nuestros mejores seminarios.

Durante los veintidós años que duró su episcopado no dejó un solo día de seguir con vigilante y escrutadora mirada, con los más asiduos cuidados y desvelos, la educación de sus queridos seminaristas, a los que amaba como a las niñas de sus ojos. Era un padre, y como tal deseaba estar junto a sus hijos. Con ellos convivió los últimos años de su vida, preocupándose personalmente por cada uno, formándoles con su ejemplo, su consejo y sus exhortaciones. Legando su herencia al seminario, quiso perpetuar su influjo benéfico hasta después de su muerte.

Al par que la santidad, exigió siempre de su clero la ciencia, mostrándose inflexible en el examen obligatorio para todos los sacerdotes antes de conferirles la cura de almas o la facultad de oír confesiones.

Diligentísimo en el cumplimiento de todos sus deberes de obispo, no perdonó sacrificio ni molestia cuando se trataba de la gloria de Dios o de la salvación de las almas. Precedido por la fama de su santidad, su presencia se consideraba como una gracia especial de Dios, y, bajo el influjo de aquella vida sobrenatural, que no podía ocultar su humildad, se entregó sin reservas a la reforma y saneamiento moral de sus diocesanos, consiguiendo una profunda transformación religiosa.

Experimentado misionero, se sirvió con profusión del ministerio de la palabra para enseñar a sus diocesanos el conocimiento de la religión, convencido ser éste el único fundamento para conseguir que la práctica religiosa fuese sólida y constante. Contra el parecer e inercia de muchos, restableció la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños y al pueblo. Procuró ante todo el aumento numérico de asistencia, perfeccionó los maestros y hasta reeditó el catecismo, adaptándolo a las necesidades del tiempo e individuos.

Personalmente llevó la instrucción de la juventud que frecuentaba el liceo y la universidad de Macerata, predicándoles todos los domingos.

Confiando en que "Dios no es pobre" y convencido que los pobres eran los verdaderos "dueños" y sus "acreedores", la generosidad de San Vicente María Strambi rayó frecuentemente en el heroísmo más sublime y desinteresado.

Vivía en extrema pobreza con el fin de economizar para los indigentes. Sus manos eran un canal que nada retenían. Se reconocía en él una gracia especial para pedir, que supo utilizar para alivio de los necesitados. Con frecuencia se hizo mendigo por amor de Cristo, llamando a las puertas de sus potentados amigos de Milán y de Roma, incluido el Romano Pontífice. Estará para abandonar definitivamente la diócesis camino de Roma, y dará en limosna el anillo episcopal, que era lo único que le quedaba.

En estas acciones caritativas era dominado por dos sentimientos diametralmente opuestos: extraordinario amor a la pobreza y un deseo vivísimo de poseer. El aparente contraste se reducía a perfecta unidad en el amor a los pobres, en quienes veía a Jesucristo. En las largas horas de oración a los pies del crucifijo, consiguió descubrir las sublimes e inefables relaciones que existen entre el Cuerpo real de Jesucristo y su Cuerpo místico, que es la Iglesia, entre el divino Paciente que agoniza en la cruz y sus miembros que sufren en los pobres.

Durante su vida religiosa la voz del Vicario de Cristo fue para San Vicente María Strambi la voz de Dios, y cuando los sucesores de Pedro le transmitieron su voluntad, el misionero pasionista cumplió los encargos con afectuosa y diligente sumisión filial.

Aceptado el obispado por directa intervención de Pío VII, que confesó hacerlo por inspiración divina, consideró como superior inmediato al Romano Pontífice. El respeto, amor y obediencia de San Vicente María Strambi al Papa es una de las notas más características de su santidad.

Su fe inquebrantable en la Cátedra de Pedro le hacia considerar al Santo Padre como el centro de la autoridad, el padre común de todos los fieles, el oráculo de la verdad. A toda orden del Papa, mejor, a la más mínima manifestación de su voluntad, San Vicente María Strambi repetía con fe viva y amor ardiente: "Voluntad de Dios". A tal grado llegó esta obediencia, que, invitado por obispos y cardenales a predicar las misiones en sus diócesis, exigía antes de aceptar el consentimiento expreso del Romano Pontífice.

Sin miramientos humanos salía en defensa del Vicario de Cristo, y el general francés Lemarois se vio contradicho enérgicamente por el santo obispo, admirando los demás oficiales tan intrépida fortaleza.

La convicción que tenía del Primado de San Pedro le hacía hablar con tanta elocuencia, que causaba maravilla a sus auditores, mereciendo ser calificados estos discursos entre las mejores piezas oratorias del Santo.

Las circunstancias por donde le tocó atravesar le dieron ocasión de probar, con la heroicidad de los hechos, los sentimientos que albergaba en su corazón. Su amor a la Iglesia y al Papa debían pasar por el crisol de la prueba, dándonos la oportunidad de conocer su profundidad y su extraordinaria grandeza.

Como consecuencia de la conquista del Estado pontificio por las huestes napoleónicas en 1808, San Vicente María Strambi se vio condenado al destierro por no consentir en el juramento que se pretendía imponer a los obispos. Prefirió obedecer al Santo Padre antes que mancillar su alma con semejante cobardía. Intrépido defensor de los derechos del Papa y de la Iglesia, se vio arrancado violentamente de su amado pueblo, que le despidió con las lágrimas en los ojos, testimoniando con ello el afecto con que era circundado.

Durante los seis años que se vio relegado en Milán a forzado e involuntario reposo, ocupó su tiempo en obras de caridad. Pero sobre todo, como otro Moisés, no cesó de levantar los brazos y los ojos al cielo en continua oración para que Dios se apiadase de su esposa la Iglesia. Con el corazón desgarrado por los sufrimientos del supremo pastor Pío VII, al que veneraba como a un santo, le seguirá en todas las estaciones de su Viacrucis, buscando ocasión de hacerle menos dolorosos aquellos días de persecución.

El poder consolar con sus cartas al "dulce Cristo en la tierra" y socorrer con subsidio pecuniario al prisionero de Savona fue para San Vicente María Strambi, más bien que un simple acto de caridad, el cumplimiento de un acto de religión.

Lejos de los suyos corporalmente, siguió gobernando sus diócesis por medio de los vicarios generales, con los que se mantuvo en continuo contacto.

Volvió a Macerata en 1814; pero haciéndole ver su humildad que era incapaz para el gobierno de su grey, en 1823 insistió en la renuncia. León XII la aceptaba con la condición de que transcurriera los últimos días a su lado. En los planes de la divina Providencia el mismo Vicario de Cristo había escogido la víctima que se inmolaría por él, por el Santo Padre, para que la santa Iglesia no quedase en momentos tan borrascosos sin el capitán que la gobernase.

Y San Vicente María Strambi, como lo había hecho durante toda su existencia, apenas comprendió lo que Dios le pedía, se ofreció con la generosidad de hijo, que entonces se siente profundamente feliz cuando puede dar hasta la propia vida por su amado padre.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Yo, Esdras, al llegar la hora de la oblación de la tarde, acabé mi penitencia y, con el vestido y el manto rasgados, me arrodillé y alcé as manos al Señor, mi Dios, diciendo:
-«Dios mío, de pura verguenza no me atrevo a levantar el rostro hacia ti, porque nuestros delitos sobrepasan nuestra cabeza, y nuestra culpa llega al cielo.
Desde los tiempos de nuestros padres hasta hoy hemos sido reos de grandes culpas y, por nuestros delitos, nosotros con nuestros reyes sacerdotes hemos sido entregados a reyes extranjeros, a la espada, al destierro, al saqueo y a la ignominia, que es la situación actual.
Pero ahora el Señor, nuestro Dios, nos ha concedido un momento de gracia, dejándonos un resto y una estaca en su lugar santo, dando luz a nuestros ojos y concediéndonos respiro en nuestra esclavitud.
Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud; nos granjeó el favor de los reyes de Persia, nos dio respiro para levantar el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y nos dio una tapia en Judá y Jerusalén.»

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
-«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. »
Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

Palabra del Señor.

Beata Emilia Tavernier

Émilie Tavernier nació en Montreal, Canadá, el 19 de febrero de 1800, de padres humildes pero virtuosos y trabajadores. Ella es la última de quince hijos nacidos del matrimonio Tavernier-Maurice; sus padres fallecieron cuando ella era una niña, pero dejaron a sus hijos una educación cristiana marcada por la presencia de la Providencia en sus vidas.

A la edad de 4 años, Emilia fue confiada a una tía paterna, que reconoció en la niña una sensible inclinación para con los pobres y desdichados.

A los 18 años, parte para ayudar desinteresadamente a su hermano que ha quedado viudo. Lo único que solicita es tener siempre una mesa para servir comida a los mendigos que se presentan; mesa que ella nombra con cariño: «La Mesa del Rey».

En 1823, contrae enlace con Jean-Baptiste Gamelin, un profesional en el cultivo de manzanas. En él, ella encuentra a un amigo de los pobres que comparte sus mismas aspiraciones. De esta unión nacen tres hijos, pero muy pronto la tristeza invade este hogar con el fallecimiento de los hijos a quienes ella se había dedicado con amor y abnegación. También fallece su esposo, con quien ha vivido años felices y de fidelidad en el compromiso matrimonial.

Emilia, en medio de todas estas pruebas no se repliega sobre sus sufrimientos, sino que encuentra en la Virgen de los Dolores al modelo que orientará toda su vida.

Su oración y su contemplación de la Virgen al pie de la cruz abren su corazón a una caridad compasiva por todas las personas que sufren. ¡Desde hoy en adelante, ellas serán su esposo y sus hijos!

Un pobre deficiente mental y su anciana madre son los primeros de una larga lista de pobres, que se benefician, no solamente con los recursos que le dejara su esposo, sino además con su tiempo, su dedicación, su bienestar, sus diversiones y hasta su salud. Su propia casa llega a ser la casa de todos ellos y multiplica los refugios para albergarlos. Personas ancianas, huérfanos, presos, inmigrantes, desempleados, sordomudos, jóvenes o parejas con dificultades, impedidos físicos y enfermos mentales, todos conocen bien su casa, a la que dan espontáneamente el nombre de «Casa de la Providencia», porque ella misma es una «verdadera providencia».

Emilia es bien recibida tanto en los hogares como en la cárcel, entre los enfermos y entre los que están bien, porque lleva consuelo y asistencia. Ella es verdaderamente el Evangelio en acción: «Lo que haces al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo haces».

Familiares y amigas se reúnen alrededor de ella para ayudarle; mientras que otros no logran entender semejante dedicación y al ver que se abre otro refugio comentan: «Madame Gamelin no tenía suficientes locas ¡Tuvo que buscarse otras!».

Durante quince años multiplicará sus gestos heroicos de dedicación, bajo la mirada de reconocimiento y aprobación del obispo Jean-Jacques Lartigue, en un principio y luego de Mons. Ignace Bourget, el segundo obispo de Montréal, quien piensa que una vida tan preciosa para sus feligreses no puede desaparecer sin que alguien tome el relevo.

En una estadía en París, en 1841, Mons. Bourget solicita el envío de Hijas de San Vicente de Paul para la atención de la obra de la Señora Gamelin, con el fin de establecer las bases para una comunidad religiosa. Al recibir una respuesta afirmativa, hace construir una casa nueva para acogerlas en Montreal. Pero a última hora, las religiosas cambian de parecer. La Providencia tiene otros planes.

¡La obra de Madame Gamelin sobrevive a todo esto!

El obispo Bourget busca candidatas en su propia diócesis; ellas serán confiadas a Madame Gamelin quien las formará para la obra de caridad compasiva que ella realiza con tanta dedicación, y para la misión Providencia que proclama con actos que hablan aún más fuerte que las palabras.

Las Hermanas de la Providencia nacen, a partir de la Casa de la Providencia, en la Iglesia de Montreal. Emilia Tavernier-Gamelin se unirá a las primeras religiosas, primero como novicia y luego como su madre y su fundadora. La primera profesión religiosa se celebra el 29 de marzo de 1844.

Las necesidades de los pobres, de los enfermos, de los inmigrantes, etc. no dejan de aumentar en esta ciudad, en esta sociedad en vías de desarrollo.

La Comunidad naciente conoce horas sombrías, cuando las hermanas disminuyen en número, debido a las epidemias mortales. Cuando el obispo Bourget duda de la buena voluntad de la superiora, influenciado por una religiosa muy negativa, la fundadora se mantiene de pie junto a la cruz, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Dolores, su modelo a partir de las tristes horas de sus duelos. El mismo obispo Bourget reconocerá su grandeza de alma y su generosidad que llega al heroísmo.

La nueva comunidad crece para responder a las necesidades del momento: las Hermanas de la Providencia se multiplican, son 50 en 1851, cuando hace solamente ocho años que ha nacido la comunidad y la fundadora misma fallece, siendo una víctima más de la epidemia de cólera. Sus hijas recibieron el último testamento de labios de su madre: humildad, simplicidad, caridad, sobretodo caridad.

A partir de estos humildes comienzos, son 6147 las jóvenes que se han comprometido para seguir el ejemplo de Emilia Tavernier Gamelin. Hoy las encontramos en Canadá, Estados Unidos, Chile, Argentina, Haití, Camerún, Egipto, Filipinas y Salvador.

El 23 de diciembre de 1993, el Papa Juan Pablo II promulgó las virtudes heroicas de Emilia Tavernier Después de reconocer oficialmente, el 18 de septiembre de 2000, un milagro atribuido a su intercesión, el Soberano Pontífice proclama su beatificación para el 7 de octubre de 2001 y la propone al pueblo de Dios como modelo de santidad, por su vida dedicada totalmente al servicio de sus hermanos y hermanas más desprovistos de la sociedad.

martes, 22 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el rey Darlo escribió a los gobernantes de Transeufratina:
«Permitid al gobernador y al senado de Judá que trabajen reconstruyendo el templo de Dios en su antiguo sitio. En cuanto al senado de Judá y a la construcción del templo de Dios, os ordeno que se paguen a esos hombres todos los gastos puntualmente y sin interrupción, utilizando los fondos reales de los impuestos de Transeufratina.
La orden es mía, y quiero que se cumpla a la letra. Darlo. »
De este modo, el senado de Judá adelantó mucho la construcción, cumpliendo las instrucciones de los profetas Ageo y Zacarias, hijo de Idó, hasta que por fin la terminaron, conforme a lo mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darlo y Artajerjes, reyes de Persia.
El templo se terminó el día tres del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío.
Los israelitas, sacerdotes ., levitas y resto de los deportados, celebraron con júbilo la dedicación del templo, ofreciendo con este motivo cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabrios, uno por tribu, como sacrificio expiatorio por todo Israel.
El culto del templo de Jerusalén se lo encomendaron a los sacerdotes, por grupos, y a los levitas, por clases, como manda la ley de Moisés.
Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del mes primero; como los levitas se habían purificado, junto con los sacerdotes, estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los deportados, para los sacerdotes, sus hermanos, y para ellos mismos.

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces lo avisaron: -«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»
Él les contestó: -«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Palabra del Señor.

Beato Ignacio de Santhiá

Ingresó en la Orden capuchina a la edad de 30 años, siendo ya sacerdote, para vivir la alegría de la obediencia. Destacó por su celo y asiduidad en la administración del sacramento de la penitencia y en la dirección de las almas, y por su sabiduría y prudencia en la formación de los novicios. Lo beatificó Pablo VI en 1966.

Cuando don Lorenzo Mauricio Belvisotti, a principios de mayo de 1716, se presentó al padre provincial en el convento del Monte, en Turín, para decirle que quería ser capuchino, fue acogido con asombro. Ni allí arriba era un desconocido, ya que tenía fama de buen orador por sus ejercicios y misiones predicados con los padres jesuitas de Vercelli. Tiempo atrás no había aceptado el ofrecimiento de una canonjía en Santhià. Además, era preceptor en la noble familia de los Avogadro de Vercelli, que desde hacía poco tiempo le había nombrado párroco de Casanova Elvo, en donde ejercía el derecho de patronazgo.

¿Qué podría ser lo que le empujara a buscar la soledad de un convento? ¿Acaso un fervor momentáneo o una resolución apresurada debida a cualquier crisis?

El padre provincial estimó conveniente ofrecer al aspirante de 30 años una amplia visión de las dificultades para ingresar en los capuchinos, en un momento precisamente en que las buenas vocaciones eran abundantes y la provincia religiosa alcanzaba el periodo de mayor esplendor, con más de 500 religiosos. ¿Por qué no seguir en la vida de sacerdote secular, en la cual no faltaban ocasiones de hacer el bien?

Por la alegría de obedecer

El señor Belvisotti no admitió demasiadas palabras y por eso, poniéndose de rodillas, dijo: «Padre, en todo aquello que he hecho hasta ahora tengo la sensación de haber practicado siempre mi voluntad. Una voz interior me está repitiendo que para servir de verdad al Señor debo cumplir su voluntad, debo estar sujeto a la obediencia». Venció.

Hace una visita muy rápida a su parroquia y, sin pasar por Santhià para saludar a sus parientes, se dirige a Chieri, donde el 24 de mayo de 1716 comienza su vida religiosa con el nombre de fray Ignacio de Santhià.

Había nacido, sí, en Santhià, en la diócesis de Vercelli, el 5 de junio de 1686, siendo el cuarto de una familia de siete hijos. Recibió el santo bautismo el mismo día de su nacimiento. Sus padres, Pedro Pablo Belvisotti y María Isabel Balocco, eran de clase acomodada y estaban emparentados con las mejores familias de Santhià y del condado.

Tenía poco más de siete años cuando perdió a su padre. La madre se preocupó de la instrucción y educación de sus hijos acudiendo a un piadoso sacerdote. Aquel jovencito creció en la piedad y maduró su vocación sacerdotal, además de lograr una formación literaria envidiable.

En 1710 termina los estudios teológicos en Vercelli y, al quedar vacante la sede episcopal, consigue del papa Clemente XI un «breve» que le autoriza para recibir de cualquier obispo en comunión con la Santa Sede las órdenes menores y mayores, incluido el sacerdocio.

Al ingresar en la Orden capuchina, después de seis años de fructuoso ministerio sacerdotal, el padre Ignacio no fue comprendido por sus conciudadanos, particularmente por sus parientes. Ello, no obstante, nadie logró arrancarlo del claustro, donde por fin había encontrado la paz.

Padre siempre disponible

El señor Belvisotti había entrado en los capuchinos buscando humildad y obediencia. Desde el primer día del noviciado y en los 54 años que siguieron, se ejercitó en estas virtudes hasta llegar a ser un modelo.

Recién profeso fue enviado al convento del Saluzzo para dedicarse a tener la iglesia bien ordenada: su principal ocupación, además del trabajo, la centra en la adoración al Santísimo Sacramento.

Cifra su alegría en permanecer en el último lugar, siervo de todos, siempre dispuesto a cualquier insinuación de la obediencia.

De Saluzzo fue trasladado a Chieri, para que aquí fuese ejemplo de los novicios, luego a Turín-Monte y después a Chieri otra vez. Ignacio es el padre disponible, que los superiores pueden manejar a su gusto, haciéndole presente aquí y allá donde se le necesite. Y en esto consiste su verdadera alegría. Su presencia es siempre apreciada y su ejemplo es de edificación a los hermanos religiosos y a los seglares, quienes, a pesar de los muchos años transcurridos, continúan recordando -en Bella, Pinerolo, Avigliana, Ivrea, Chivasso, Mondoví, Chieri y otros lugares- su serenidad, la disponibilidad para cualquier ocupación, sin excluir la de ir a pedir limosna para la comunidad.

Guía de santos y de bribones

En 1727 el padre Ignacio es reclamado en Turín-Monte, con el encargo en esta ocasión de ser prefecto de sacristía y confesor de seglares, oficio que desempeñará también en los 24 últimos años de su vida. En este ministerio resplandece toda su paternidad y la ciencia aprendida no solamente en los libros, sino delante del crucifijo.

¿Cómo pasaba el día? A medianoche, maitines y meditación con la comunidad. Cierto tiempo antes de comenzar, él ya se encuentra en el coro. Terminado el rezo del oficio divino, permanece algún tiempo en la iglesia para la acción de gracias a Dios en nombre de los penitentes que ha atendido durante el día. Por la mañana, a las cinco, tras piadosa y larga preparación, celebra la santa misa; después la acción de gracias. Acto seguido, ya está a disposición de los penitentes, que en los domingos nunca faltan, y así hasta el mediodía o tal vez más tiempo. En los días laborables, si no acuden fieles para confesarse, ayuda en las misas, muy numerosas en aquel convento de más de 60 sacerdotes, o bien permanece en oración.

Muy pronto la fama del buen director de espíritu atrajo al Monte a religiosos, sacerdotes y fieles deseosos de un guía auténtico en el camino de la santidad y con ellos también subían pecadores empedernidos y jóvenes libertinos, todos en busca de perdón. Él los acoge con la mayor caridad, ya que considera a los pecadores los hijos más enfermos y por eso mismo más necesitados de misericordia. Se le llama «el padre de los pecadores y de los desesperados».

Un día, mientras estaba recogiendo leña en la selva del Monte, acompañando a los clérigos estudiantes, oyó que uno de ellos tuvo esta salida: «Con toda esta leña se puede hacer una hoguera tan grande, que serviría para quemar a un ejército de pecadores». El padre Ignacio se molestó y con tono de dulce reproche, exclamó: «Pero, hermano, ¿dónde está la caridad? Eso no es el espíritu de Jesús... Hemos de tener espíritu de caridad, de mansedumbre, de paciencia. ¡Es necesario compadecerse de los pecadores, pedir a Dios que los convierta y los salve, no que los queme!» En la conferencia de la tarde a los clérigos, pensó que era su deber recordar el amor a los pecadores.

Guía de la juventud

Al principio de septiembre de 1731, el padre Ignacio era destinado al convento de Mondoví con el cargo de vicario y maestro de novicios, y allá marchó con la fama de ser guía docto y sabio. En efecto, un religioso escribía a un aspirante enviado a aquel noviciado: «Me lleno de alegría con usted por suerte tan hermosa; va usted bajo la dirección de uno que sabe y obra como verdadero maestro. Para mí es un santo religioso».

Su fama se extendió en seguida entre la gente de la ciudad, de tal manera que los jóvenes que asistían a las escuelas superiores escogieron el convento como meta de su paseo, diciendo: «¡Vamos a ver al famoso santo!» Justamente debido a estas visitas, un sacerdote estudiante decidió entrar en el noviciado y llegó a ser un santo religioso. Él fue precisamente el último superior del beato: era el padre Hermenegildo de Villafranca Piamonte.

El padre Ignacio permaneció 14 años en la dirección del noviciado de Mondoví. Este era su único ideal: hacer de los jóvenes confiados a su dirección unos amantes de Dios y unos verdaderos obedientes.

Acerca de su método educativo se podría escribir un buen tratado de pedagogía franciscana. Tendríamos la base en los numerosos y detallados testimonios de sus alumnos y otros hermanos religiosos, unánimes en afirmar su envidiable preparación en este delicado sector.

Apoyó su pedagogía en estos dos pilares: amar divinamente e ir por delante con el ejemplo.

No era un sentimentalista, ni un afeminado, ya que sabía adiestrar a los jóvenes para la lucha, para la mortificación, la penitencia y, al mismo tiempo, instruía, corregía y daba ánimos con un cuidado tan exquisito y con palabras tan amorosas, que el áspero camino se convertía en dulce.

Desde el primer día quiso ser para los novicios no sólo el guía, sino también el modelo viviente, sabiendo que el joven se deja convencer mucho más por los hechos que por los razonamientos. Insistía sobre la necesidad de observar la Regla para ser buenos religiosos. Bastaba seguirle en sus actos de cada día para comprender la importancia de las advertencias.

Quería que los jóvenes le hicieran notar las faltas en las cuales él mismo podía incurrir, y se lo agradecía con humildad. Todo esto hacía que los novicios aceptasen bien las oportunas correcciones.

Mirar a Cristo

Como san Francisco, el padre Ignacio pretendía que el ideal supremo de vida fuese Cristo. En sus diarias conferencias, intencionadamente apelaba a las virtudes predilectas de Francisco: la pobreza absoluta de Belén; la abnegación total del Calvario; la desbordada caridad del Tabernáculo.

Preparaba a los jóvenes para la Navidad con una devota novena, durante la cual todas las tardes resaltaba la benignidad, la humildad y la pobreza del niño Jesús. Quería, sobre todo, que la Navidad fuese una fiesta llena de luz, de cantos y de alegría.

Inculcaba que fueran constantes las miradas a Cristo crucificado, recordando que la vida franciscana debe ser una vida de crucifixión.

Jesús Sacramentado era para él polo central y se esforzaba en hacer sentir a los novicios los mismos atractivos, a fin de que la eucaristía fuera escuela de amor a Dios y a los hermanos.

Su celda estaba abierta a cualquier hora del día o de la noche para los novicios necesitados de consejo o de un coloquio para superar una prueba o para esclarecer alguna duda. Y de allí salían los novicios tranquilizados.

A éstos les atendía uno a uno, quería conocerles hasta el fondo, poseer la llave de su corazón, para poder guiarles, corregirles, formarles.

Ha testificado un antiguo novicio suyo, que vivió y murió como santo, el padre Jacinto de Pinerolo: «Me edificaba el modo como el padre Ignacio nos mandaba... Con alguno trataba seriamente y con otros prevalecía la suavidad, acompañando siempre a todos, al débil y al fuerte, con el condimento de las buenas palabras».

Y el autor de esta manifestación confiesa inocentemente que sólo debido a tan consumado maestro pudo perseverar en la vida capuchina.

Las «florecillas» del noviciado

En el bochorno del verano, a un novicio que le pidió permiso para ir a beber un poco de agua, rápidamente le responde: «¡Vaya!» Y al punto le detiene: «Ah, dígame, ¿qué santo es hoy?» (era el 10 de agosto de 1741). «San Lorenzo», responde el novicio. «¡Qué manera de abrasarse en aquellas parrillas!, y ¡sin un sorbo de agua!... No obstante, ¡puede ir a beber!» El novicio comprende el diálogo y marcha al sol antes que al pozo para encontrar más alegría con san Lorenzo.

Apenas ha terminado la vestición de un joven, se apresta el padre Ignacio a dar el primer tijeretazo al vanidoso peinado a fin de transformarlo en tonsura franciscana. Entonces pregunta al novicio a quemarropa qué le dice el corazón. A la respuesta de «¡Bien!», le indica que vaya al sagrario a orar y por tres veces le repite la pregunta y le envía ante el altar para que comprenda que toda decisión debe brotar del contacto con Dios y después de fervorosa oración.

A dos novicios que no habían guardado la debida compostura en el coro, les hace estar sentados durante las vísperas que la comunidad rezaba de pie.

Otro novicio, muy ansioso él de aprovechar cualquier ocasión para salir del convento, tiene que esperar más de una hora en la portería, con su magnífico manto y en disposición de acompañar a un padre a la ciudad, quien, naturalmente, nunca aparece.

Hay un novicio que tiene pánico a la muerte y a los muertos, tanto es así que trata de evitar constantemente, sobre todo en la oscuridad, el pasar cerca del panteón de los hermanos que había en la iglesia. A éste le recomienda frecuentemente al anochecer que vaya a rezar una oración justamente allí para que aprenda que al convento se viene a prepararse para vivir bien y también a aprender a morir bien.

Son numerosos los hechos caracterizados por el sabor de auténticas «florecillas» y por eso unas pocas páginas no bastan ni para enunciarlos.

Destaquemos lo más significativo, y es que los 121 religiosos que profesaron, instruidos por él, aprendieron bien sus preciosas lecciones y las tradujeron a la realidad de la vida con generosidad y simplicidad encantadoras. Como él, fueron también religiosos de profunda vida interior y de obediencia.

Ofrecimiento heroico

Después de 14 años, la vida del padre Ignacio toma otro cariz. Entre sus primeros novicios había tenido un sacerdote secular, que después de la profesión religiosa, marchó como misionero al Congo: era el padre Bernardino de Vezza. Justamente cuando su labor misionera iba de maravilla, le atacó una grave enfermedad a los ojos. Quedó ciego de uno y el otro se le estaba debilitando día tras día. Acordándose de su maestro, que ya en el noviciado había logrado curarle de otra grave enfermedad, le escribe una afligida carta pidiéndole oraciones.

El padre Ignacio se conmueve y, repleto de generosidad, marcha al sagrario a presentar su heroico ofrecimiento: «Señor, si a vos os place que el mal de este hijo mío pase a mí, hazlo...». Se levantó y subió a responder al padre Bernardino con una carta llena de esperanza, asegurándole haberle encomendado al Señor.

El efecto del ofrecimiento llegó al misionero mucho antes que la carta del padre Ignacio y fue instantáneo. El ojo ciego recobró de improviso la vista y el otro empezó a curar rápidamente. Cuando, al fin, le llegó la carta, el misionero pudo constatar que su curación había coincidido con la oración hecha por su maestro. Pero ignoró hasta mucho tiempo después, que el padre Ignacio al mismo tiempo había experimentado que sus ojos se orlaban de sangre, le dolían y no le servían casi para nada.

Sus hermanos religiosos y los médicos no acertaban a explicarse aquella enfermedad. Se le aplicaron varios remedios dolorosísimos, entre los cuales unos botones de fuego en la nuca, cambio de aire y... tabaco en polvo o rapé.

Así las cosas, concluyendo ya el año 1744, el padre Ignacio tuvo que ir a Turín para fuertes tratamientos y aquello fue el adiós al noviciado.

Pensaba ahora que tenía que prepararse para la muerte y vivir desapercibido. Dios, sin embargo, tenía otros designios para él. Con curas adecuadas, la vista mejoró. No consiguió la normalidad, ya que le dolieron los ojos durante toda su vida, pero pudo todavía ser útil a los hermanos en religión y a los seglares.

Capellán militar

El Piamonte estaba a la sazón en llamas, invadido por los ejércitos franco-hispanos. Estos franquearon las primeras defensas e irrumpieron en la llanura padana (valle del Po). Los capuchinos fueron llamados por el rey Carlos Manuel III para socorrer a los soldados heridos y enfermos, diseminados por varios hospitales. El padre Ignacio, cuando todavía era maestro de novicios en Mondoví, había prestado durante meses, algunas horas al día, asistencia a un grupo de prisioneros alemanes, algunos de ellos enfermos. Se reclamaba su presencia para ser capellán jefe, y durante dos años, incansable siempre, pasó días y noches con heridos y contagiados, sirviendo, consolando, preparando a los moribundos para el supremo paso, con una caridad y solicitud que sólo una madre le hubiera imitado. Estuvo en Asti, en Vinovo, en Alessandria, dando en todas partes ejemplo de caridad, de incansable actividad y al mismo tiempo de piedad.

Bastantes de sus hermanos cayeron víctimas de las epidemias. El padre Ignacio llegó a envidiar su suerte y prosiguió con su total entrega, hasta la primavera de 1746, cuando el horizonte de la guerra cambió y todo el Piamonte fue liberado.

Él pudo entonces volver, por fin, a su convento del Monte, en Turín, y en seguida fue buscado otra vez como consejero, confesor, director espiritual: su destino estuvo marcado para los 24 años de vida que le quedaban. «El bello Paraíso -solía decir- no está hecho para los poltrones. ¡Trabajemos, pues!» Y en realidad que no le faltó trabajo.

Al servicio de todos

Después de la agitada vida en los campos de batalla y en los hospitales militares, el alma contemplativa del padre Ignacio gozó con el regreso a la paz del claustro: pero no consiguió el reposo, puesto que muy pronto vio su confesonario rodeado de sacerdotes y seglares deseosos de luz y de purificación, sumándose también los hermanos religiosos a quienes enseñaba el camino de la santidad.

Le encargaron de la conferencia semanal a los hermanos no clérigos, luego de la predicación del retiro anual de diez días para los religiosos del Monte. Su palabra era apreciada incluso por sus hermanos de contrastada doctrina. ¿Un comentario a su predicación? Helo aquí: «¡Este padre Ignacio nos mete la cabeza en su partido! »

Fueron memorables sus ejercicios comentando el «Padre nuestro» y otros sobre la soberbia y sobre la humildad. El apoyo en Dios, la confianza en su paternidad, junto al desprecio de sí, eran en general los temas en los que se inspiraba su predicación. Y mantuvo esta orientación durante veinte años.

Gastaba también sus energías atendiendo a los enfermos que con frecuencia asediaban la portería del convento para recibir una bendición, un aliento. Hasta un año antes de su muerte, muchas veces a la semana bajaba con un hermano a la ciudad, entraba en las casas de los pobres y en los palacios de los ricos, para confortar, para buscar la caridad de éstos en favor de aquéllos, siempre infatigable y rodeado de fama de hombre santo.

Los pequeños que le veían por las calles de la ciudad, acudían presurosos a saludarle, a besarle la mano o la corona, y él sonreía, les hablaba del Señor y de la Virgen, y les bendecía.

Prelados eminentes, como el cardenal Carlos Victorio Amadeo de Lanze, el arzobispo de Turín Juan Bautista Roero, los príncipes de la casa de Saboya le honraban con su admiración y devoción. Él prefería, sin embargo, la compañía de los humildes y de los pobres, a quienes nunca negaba una palabra para confortarles y una recomendación ante los poderosos.

Siempre en unión con Dios

A pesar de esta actividad que le sumergía tantas veces en contacto con el mundo, en medio de personas de toda clase, él se mantenía como un contemplativo.

Al andar por las calles de Turín y del Piamonte, desgranaba su rosario y le gustaba hacer acto de presencia, aunque fuera por un breve momento, en las iglesias que encontraba, especialmente en el santuario de la Consolata o en la iglesia de la Annunziata, o en la de los santos Mártires, atraído como una aguja por el imán.

En las horas libres del convento, se recogía en cualquier ángulo de la iglesia desde donde pudiese ver el sagrario y se mantenía allí en afectuosos coloquios con el Señor.

Al agravársele sus males, ya en el último año de su vida, fue necesario llevarle a la enfermería del convento. Entonces, el regalo más espléndido que se le podía hacer era conducirle al coro o a la capilla de la enfermería donde permanecía incluso durante horas.

Los hermanos atribuían a esta continua unión con Dios su inalterable serenidad, manifestada también en los momentos de mayor sufrimiento, a causa de los males que padecía. La unión con Dios le producía, asimismo, inmensa alegría que comunicaba a quienes trataban con él; como también los hechos extraordinarios que florecían tras sus huellas y que pedía multitud de enfermos y afligidos que acudían a él.

Obediencia hasta la muerte

El padre Ignacio había venido a buscar en el convento obediencia y obediencia quiso practicar hasta el final. «¡Obediencia! ¡Obediencia! -decía a los novicios y a los hermanos durante los ejercicios espirituales-. ¿Qué cosa más grata podemos ofrecer a Dios que nuestra obediencia?» No era una frase sensacionalista, sino la expresión de su convicción y de su vida.

¡Qué alegría le daba y qué paz! Un día, el padre provincial le expone la situación del convento de Chivasso, donde todos los religiosos estaban en cama, atacados de una epidemia que hacía víctimas en toda la región. Todavía no había terminado de hablar y el padre Ignacio se pone en seguida de rodillas para pedirle la bendición a fin de acudir en ayuda de aquellos hermanos. Sin pensar siquiera en subir a la celda, baja al Po, se embarca y después de tres horas ya está en Chivasso dispuesto a prestar todos sus servicios amorosos.

Bastaba que el superior, instado por los apremios de personas que reclamaban la asistencia del padre Ignacio, pidiese con prudencia si le vendría bien bajar a Turín, para que él inmediatamente le dijera: «Padre, no piense en mis achaques, ni en mis años; con la obediencia lo puedo todo». Y así hasta un año antes de su muerte, no obstante su hernia y sus venas varicosas que a veces se le abrían y sus callos en los pies.

En la víspera de una tanda de ejercicio espirituales que tenía que dar a sus hermanos, resbaló y se precipitó hasta el fondo de la escalera. Queda tan magullado que no logra mantenerse de pie. Preocupado el padre superior por el sustituto del predicador, resuelve el padre Ignacio: «Padre guardián, sé cumplir con la obediencia y quiero cumplirla todavía. Que me lleven al coro y predicaré». Le llevan y habla con un entusiasmo nunca visto. Al día siguiente, ya podía él solo bajar al coro.

Después de tantas pruebas de amor a la obediencia, no debe maravillarnos oír al padre guardián, la medianoche del 21 de septiembre de 1770, responder al hermano enfermero que le anuncia que el padre Ignacio, confortado antes con los santos sacramentos, había entrado en la agonía: «Hay tiempo. El padre Ignacio me esperará; ha sido tan obediente en vida que no osará marcharse de nosotros sin la obediencia para el viaje».

Presente ya en la enfermería, el padre superior le dice: «Padre Ignacio, mire, estoy aquí para desearle un buen viaje para la eternidad y debo deseárselo con la fórmula de la santa madre Iglesia». El padre Ignacio hace una señal con la cabeza accediendo. Al término del «proficiscere, anima christiana, de hoc mundo» (sal, alma cristiana, de este mundo), expiró con admirable placidez. Era ya el 22 de septiembre de 1770.

El camino de la gloria

Apenas había despuntado el alba y ya la noticia del piadoso tránsito del padre Ignacio se había difundido por la ciudad. La voz iba corriendo de boca en boca, hasta llegar incluso a los rincones de la periferia de Turín. «¡Ha muerto el santo del Monte!»

Pronto empezaron a acudir personas de toda clase, sacerdotes, nobles y pueblo para dar el saludo de despedida a quien durante tantos años les había edificado y beneficiado. Se agolpó tanta gente aquel día, que el padre guardián, temeroso de que hubiera confusión y tumultos para el día siguiente, ordenó la sepultura muy temprano todavía, cuando las puertas de la ciudad estaban aún cerradas y solamente los habitantes de Borgo Po se hallaban presentes.

Cuando la gente de la ciudad se congregó en la explanada del convento y se enteró de que el sepelio se había realizado ya, se llenó de consternación. La mayor parte, sin embargo, entró en la iglesia para rezar y pedir una reliquia.

Un testigo presencial pudo escribir que, por las aclamaciones y el llanto de ternura, aquellos días, de por sí fúnebres, se transformaron en una devota solemnidad.

Seis años después, por deseo del clero, de los hermanos religiosos, del pueblo y de la casa de Saboya se iniciaron en la curia episcopal de Turín los procesos sobre la fama de santidad, vida, virtudes y milagros del siervo de Dios. En 1782 la causa fue introducida en la Santa Sede, que ordenó los procesos apostólicos. El 19 de marzo de 1827 León XII declaró solemnemente la heroicidad de las virtudes del padre Ignacio. Finalmente, después de la aprobación de dos milagros, el 17 de abril de 1966, Pablo VI procedía a la solemne beatificación.

En ese día el Papa definía al padre Ignacio como un verdadero franciscano, un auténtico capuchino, que no destaca por la singularidad y los fenómenos excepcionales, sino por la normalidad y la perfección en la observancia de lo que debería ser común para todos; y decía entre otras cosas: «La Iglesia lo saluda hoy como religioso admirable en todos los aspectos de su vida franciscana. De él se ha escrito con agudeza que fue un religioso "dispuesto a todo", pues todos los momentos de su vida franciscana y todas las manifestaciones de su actividad apostólica demuestran esta diversidad en virtudes internas y externas que lo pueden hacer ejemplar para todos».

Alejandro Rossi, O.F.M.Cap., Beato Ignacio de Santhià. Siempre a la disposición de todos, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 395-408.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz.
Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.
A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -«Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: - «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: - «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. »

Palabra del Señor.

San Jonás Profeta

Asociado a su ballena, Jonás ha sido para algunos un escándalo y una excusa. Aferrados a la literalidad del relato novelado, no lograban intuir la hondura del mensaje que se velaba y revelaba tras los rasgos inverosímiles. Pero, una vez mordida la cáscara de esa parábola en acción, Jonás aparecía como imagen transtemporal del creyente y aun del hombre.

Llamado personalmente por Dios, renacido en el agua y en la fe, enviado a anunciar un mensaje, surgido del abismo al tercer día, zarandeado por su Señor y cuidado con mimo providente. He ahí los rasgos de Jonás, prototipo del creyente.

Y más allá, Jonás, el hombre. Seguro de sí mismo y obstinado. Rebelde y sumiso. Altanero y rendido. Creyente y despechado. Irresponsable y preocupado. Resentido e ingenuo. Todo eso es Jonás. El hombre acorralado por Dios. El hombre que replica con su enojo al humor de Dios. El hombre que busca a Dios a pesar suyo. Ése es Jonás. Ése es el hombre.

LA NAVE Y EL NAUFRAGIO

Para muchos hombres las noticias de lo que ocurre por el mundo son más un objeto de erudición –o al máximo de conversación– que una invitación a la acción. El terremoto y la droga, la opresión de un pueblo o el hambre programada y consentida: todo eso queda lejos de sus intereses y sus compromisos. Cualquier intento de implicarlos en la suerte –es decir, en la desgracia– de los otros, está abocado al fracaso.

Así pasa con Jonás. Nínive queda lejos. Y lejos queda su paganía y sus desmanes. Nínive es como el símbolo de la inhumanidad y la altanería. «¡Ay de la ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de violencia y de inexhaustas rapiñas». El lamento de Nahúm (3, 1) explica por qué se ha elegido su nombre en el relato. Jonás cree en Dios, desde luego, pero ha decidido creer sin sobresaltos. No le hace ninguna gracia que Dios venga a vincular la fe con el compromiso: «Levántate y ve a Nínive, la ciudad grande, y predica contra ella, pues su maldad ha subido ante mí» (Ion 1, 2).

La primera reacción del creyente descomprometido es la evasión. O el desentendimiento. La huida «lejos de Yahvé», como si algún lugar quedara lejos de su presencia y sus demandas. El relato bíblico, rápido y colorista, está cuajado de rasgos alegóricos. Si Dios envía al oriente, Jonás baja al puerto y toma una nave que zarpa con rumbo al occidente. En medio de la tormenta que despeina las olas, Jonás duerme tranquilamente, como para acallar una eventual tormenta interior. Los marineros, que creen en otros dioses, rezan e invitan a la oración al pasajero que cree en el Dios vivo y, sin embargo, duerme despreocupado. Mientras él hace gala de inconsciencia, ellos muestran un temor religioso ante el que se atreve a «huir de Yahvé». Los detalles parecen intentados para mostrar el contraste entre los buenos paganos y el mal creyente.

En unos y en otro, sin embargo, se observan restos de una religiosidad primitiva y casi mágica. Ellos confían en que la voluntad de Dios se hará manifiesta por el sencillo método de «echar a suertes». Y Jonás confía en que las olas, signo de la cólera de Dios, se aplaquen mediante el sacrificio de una vida humana: la suya precisamente. Todos ellos interpretan los acontecimientos naturales como signos inequívocos del querer de Dios.

Y todos ellos viven en un ambiente impregnado de oración. Los marineros, en la cubierta de la nave, ofrecen sacrificios y hacen votos a Yahvé que aplaca las tormentas (1, 16). Y Jonás, en un relato inverosímil pero conmovedor por su significado modélico, desde el vientre del cetáceo dirige una bella oración al Dios que salva al afligido: a Yahvé de quien viene la salvación (2, 10). Una oración que recuerda el júbilo de un pueblo que a través de las aguas alcanzó la liberación y la serena confianza del salmista que alaba al Dios que se compadece del que sufre. Una oración tradicional, en el mejor de los sentidos. Y una oración novedosa, que sugiere ya la confianza de quien espera ser librado del sepulcro: una convicción que sólo lentamente se abrirá camino en la conciencia religiosa de Israel.

Y junto a esta especie de oración antifonal en la que tanto Jonás como los marineros alaban al mismo Yahvé, todavía un subrayado inevitable. El oyente esquivo de la palabra, el renegado de su vocación, es, sin embargo un creyente. En sus labios ha puesto el autor del relato una doble y profunda confesión: en el Dios de la naturaleza y en el Dios de la historia. Por una parte, Jonás afirma servir a Yahvé, «Dios de los cielos, que hizo los mares y la tierra» (1, 9). Un buen presupuesto para el diálogo con los paganos. Pero, por otra parte, Jonás proclama que «de Yahvé es la salvación». Una excelente afirmación de la identidad religiosa de su pueblo.

LA CIUDAD Y LA PREDICACIÓN

Para muchos hombres la humanidad se divide según fáciles esquemas dualistas: a un lado están los malos y al otro los buenos. Curiosamente, el que habla suele colocarse en este segundo campo. Como es de suponer, los buenos no lo son siempre ni en todos los detalles de la existencia. Pero el observador ha arbitrado infinitos trucos para seguir imperturbable en su análisis simplista y para conservar su tranquilidad personal. Uno de ellos consiste en imaginar crear, definir un grupo de «malos», que justifique las carencias o errores de «los suyos». Si no existieran «los malos», habría que crearlos. Y por supuesto, no habría que permitir que dejaran de existir. Ni dejaran de ser «malos».

El libro de Jonás está lleno de ironía. Mencionar el nombre de Nínive como destinataria de la misericordia de Dios debió de sonar como una imperdonable provocación a los oídos de muchos bienpensantes. El particularismo social, político o religioso, no tolera fácilmente que los «otros» tengan derecho al pan y a la sal. Y mucho menos que sean objeto de la providencia atenta y generosa de Dios.

A pesar suyo, Jonás escucha una segunda llamada de Yahvé. Y esta vez sí, se levanta y va a Nínive. He ahí al profeta enfrentado a su misión. Una vez más salta la paradoja. Mientras el profeta anuncia calamidades y castigos, los ninivitas entienden conversión. Mientras él habla de un Dios de venganza, ellos exclaman con tono de confianza: «¡Quién sabe si se apiadará Dios y se volverá del furor de su ira y no pereceremos» (3, 9).

Una vez más, el relato parece complacerse en subrayar que, con frecuencia, son más genuinamente religiosos los que no parecen serlo que aquellos que llevan el nombre de Dios en sus labios. La paradoja se extrema hasta el punto de hacernos vislumbrar el misterio de la gracia y sus mediaciones. Ocurre a veces que el mensajero apenas convertido resulta un instrumento de salvación y una invitación de conversión para aquellos que le escuchan.

Pero más que una reflexión sobre las decisiones y resistencias del creyente, más que una crítica al particularismo nacionalista, más que una consideración sobre los misterios de la gracia, el relato es, una vez más, una confesión de un Dios insospechado que no juzga con los criterios habituales entre los hombres: ««Vio Dios lo que hicieron, convirtiéndose del mal que les dijo había de hacerles, no lo hizo» (3, 10). Al anuncio del

Dios creador y salvador, se añade ahora el anuncio del Dios que se apiada. Del Dios que se arrepiente, si se prefiere el lenguaje colorista y antropomórfico del relato mismo.

EL COBERTIZO Y EL DESPECHO

Para muchos hombres las noticias de calamidades son mucho más creíbles y más apetecibles que las noticias de fiesta y regocijo. A la buena ventura prefieren la desventura. Sobre todo cuando se trata de los demás. Sobre todo cuando se han pasado la vida pronosticando desgracias a todos los que no se ajustan al estilo de vida que ellos propugnan o imponen. Admitir que la alegría viene a coronar un comportamiento o unos ideales que ellos han anatematizado significa, en realidad, el fracaso estrepitoso de sus propias proposiciones. A la envidia se une entonces el resentimiento.

Algo de eso le ocurre a Jonás. Llamado a ser profeta, bien a pesar suyo, ha terminado por predicar a los ninivitas un mensaje de conversión. Un mensaje en el que no cree de verdad el mensajero. De ahí su sorpresa cuando Nínive se arrepiente y hace penitencia. A Jonás le cuesta creer en la bondad de esas gentes. Le repugna pensar que puedan cambiar de vida y de actitudes. En el fondo se siente fracasado, aunque su misión ha sido un éxito, a juzgar por los resultados.

El autor del relato agudiza su observación. Ve a Jonás apesadumbrado y enojado. Pero sabe que, aunque rallana en la blasfemia, la oración de un creyente enfurruñado contra su Dios puede incluir la más bella de las confesiones de fe: „¡Cómo Yahvé! ¿No es esto lo que me decía yo estando en mi tierra? Por eso, precaviéndome, quise huir a Tarsis, pues sabía que eres Dios clemente y misericordioso, tardo a la ira, de gran piedad, y que te arrepientes de hacer el mal. Ahora, pues, Yahvé, quítame la vida, porque mejor me es la muerte que la vida» (4, 2-3).

Disculpa y racionalización. A Jonás no le importa que la decisión primera de Dios se haya cumplido. Le preocupa la salvación de los «malos». Le asusta quedarse de pronto sin antiparadigma que le sirva para la identificación y justificación de su propia bondad. Le preocupa, además, quedar en ridículo. Le resulta dificil aceptar que «su» Dios sea diferente, que sea un Dios de todos, abierto a universalidades sin fronteras. Por eso prefiere morir a seguir viviendo. En realidad nunca ha descubierto el sentido y la alegría de vivir.

Pero no muere todavía. Aún le falta la última lección. La última broma de Dios. Jonás sale de la ciudad y, a las afueras, levanta un chamizo de ramas y se sienta a la sombra «hasta ver lo que pasa con la ciudad» (4, 4). Dios parece divertirse con este profeta cascarrabias que no acaba de creer en su propia misión. Le hace crecer un ricino para que disfrute de su sombra. Por una vez se alegra Jonás, aunque sea por algo tan material e inmediato como la comodidad de la brisa y de la sombra.

A lo largo de todo el relato el autor nos presenta un Dios cercano, escandalosamente cercano, que maneja a su placer los elementos de la naturaleza. Un Dios que dispone un pez enorme (2, 1) y le da órdenes (2, 11). Un Dios que dispone una planta de ricino (4, 6) y el gusano que lo ataca para que se seque (4, 7). Un Dios que levanta un violento huracán sobre las olas (1, 4) y que manda un recio viento solano sobre la llanura (4, 8). Todo el relato se podría titular: «Meditación sobre el humor de Dios».

Un humor condescendiente con el profeta que una y otra vez quisiera morirse (4, 3.8). Un humor dialogante con el que se enoja por haberse quedado sin la sombra acogedora del ricino (4, 9). Y un amor que, sin embargo, dirige los acontecimientos para revelar finalmente el rostro compasivo del Dios de la misericordia. Yahvé dice, en efecto, a Jonás:

«Tú tienes lástima del ricino, en el cual no trabajaste por hacerlo crecer, que en el espacio de una noche nació y en el de otra noche pereció, ¿y no voy a tener yo piedad de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil hombres que no distinguen su mano derecha de la izquierda, y, además, numerosos animales?» (4, 10-11).

Eso es todo. Ahí concluye el relato. Y ésa es su gran lección. Pero al revelarnos el verdadero rostro de Dios, un Dios compasivo y lleno de humor, el relato nos ofrece una dura crítica socio-religiosa. Y el retrato colorista de un hombre, de un tipo de hombre, de un estilo de creyente que trata de vivir su fe en el particularismo y la comodidad. Un creyente por ventaja y un apóstol a la fuerza. Un buscador de Dios a pesar suyo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Domingo 20/09/2015 25º de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas


Se dijeron los impíos:
«Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida.
Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él. »

Queridos hermanos:
Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males.
La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.
Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.
¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra.
No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía:
- «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.»
Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó
- «¿De qué discutíais por el camino?»
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
- «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»
Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
- «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Palabra del Señor.

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