jueves, 29 de mayo de 2014

San Voto y Félix – Eremitas

Todo Aragón, con Zaragoza, está dominado por los sarracenos que hace más de medio siglo llegaron a España. Los cristianos sobreviven como pueden su fe en una situación nueva que aún no está del todo clarificada. Ahora resulta que los cristianos de siempre, los discípulos de Jesucristo de toda la vida, tienen que pagar tributos especiales al moro si quieren seguir haciendo las prácticas cristianas. Así, disgustados y humillados como muchos otros, viven los hermanos Voto y Félix que son gente perteneciente a la nobleza, piadosos y buenos con los pobres.

Voto es amante de la caza. Ha herido a un ciervo en el monte, y recorre el terreno revolviendo arbustos y mirando en la maleza para atraparlo. Alertado por los ladridos, ve a los perros acosando al animal que va huyendo; espolea a su caballo y se una a la persecución. El ciervo se despeña por un precipicio y, cuando Voto quiere darse cuenta, se le ha desbocado el caballo. Se encomienda a san Juan Bautista en su apuro y el caballo se inmoviliza, sin saber cómo, al mismo borde de la sima. (Aún hoy los vecinos devotos del lugar se atreven a mostrar en la peña las huellas que dejaron allí los hierros del animal).

Entre asustado y agradecido, inspecciona Voto el lugar, encontrando entre las matas y arbustos una ermita dedicada a san Juan Bautista que en su interior tiene un hombre muerto y una escritura donde se lee: «Yo, Juan, eremita en este sitio, habiendo despreciado al mundo, fundé como pude esta ermita en honor de san Juan Bautista, y aquí descanso en paz. Amén.». En una situación como la suya está aturdido y no sabe qué hacer ¡son tantas las cosas sucedidas en tan poco tiempo!... decide dar sepultura al muerto y, terminada la obra de piedad, regresa a su casa con el alma encogida y ansiando poner al corriente de los acontecimientos a su hermano Félix.

De la conversación deducen que el muerto bien pudiera ser Juan, el de Atarés, de quien nadie daba razón desde hacía años, después que desapareció; si acertaran en su conjetura, todo se explica por el retiro a una vida solitaria y santa. Ahora todo se les junta en la cabeza: la presencia de los moros y las dificultades para ser hombres íntegros de fe; lamentan el tiempo desperdiciado en cazas y naderías, conversan sobre el sentido de la vida; no se les va de la cabeza el milagroso parón del caballo a punto de despeñarse y el descubrimiento del solitario, muerto y ya enterrado, de la ermita... «¿No estará en todo esto hablándonos Dios?».

Deciden repartir sus bienes entre los pobres y se marchan al monte Panno; construyen dos ermitas junto a la que ya había y comienzan un retiro en paz. Allí contemplan con piedad la Pasión de Cristo, meditan animosamente las verdades eternas; es parco su alimento de raíces, hierbas y frutos que da el campo, en alguna trampa caen animales y, de tarde en tarde, sorbetean algunos huevos de nidadas salvajes; uno y otro se sienten movidos, además, a añadir mortificación por los pecados propios y ajenos. No les faltan momentos de tentaciones, se sienten a veces con ganas de volver a la civilización; uno alienta al otro cuando manifiesta debilidad o cansancio y juntos se apoyan con la oración.

Descubierta su presencia por otros que van ocupando el monte huyendo de la esclavitud que supone convivir con los discípulos del Profeta, van agregándose gentes que construyen otras cabañas donde vivir en la proximidad y abrigo de los eremitas. Recordando las gestas de don Pelayo en Asturias se aprestan a organizar una posible defensa en caso de necesidad; eligen como capitán a don García Jiménez que es militar y tiene experiencia en la lucha contra los mahometanos; en todo este nuevo modo de vivir, Voto y Félix ayudan con su aprobación sin abandonar su principal cometido orante. Voto muere primero, el día 29 de mayo, algo después se despidió Félix de este mundo y su fiesta se celebra el mismo día por la unión mantenida en el sitio, tiempo y modo de santidad.

Esa ermita primera, enriquecida y ampliada por los cristianos fue -según cuentan los comienzos del monasterio- el origen de lo que hoy es san Juan de la Peña, cuna del resurgimiento aragonés, en donde se veneran los restos de los dos santos, con los del eremita Atarés. En su contra está que la arquitectura de la primitiva ermita apunta más al modelo visigótico que al románico; pero también pudiera ser que no fuera la primera ermita la que se tiene por tal. Es bonita la historia que sólo Dios conoce en su adecuación total con la verdadera realidad; pudo ser tal y como cuenta la leyenda y puede también suceder que en torno a un primer núcleo de verdad en cuanto a la existencia de los santos eremitas, el tiempo y la imaginación, a falta de otros datos clarificadores, rellenen con adornos congruentes los huecos para la posteridad.

miércoles, 28 de mayo de 2014

28 de Mayo

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con Pablo cuanto antes.
Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
«Atenienses, veo que sois casi nimios en lo que toca a religión. Porque, paseándome por ahí y fijándome en vuestros monumentos sagrados, me encontré un altar con esta inscripción:
“Al Dios desconocido.”
Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo.
El Dios que hizo el mundo y lo que contiene, él es Señor de cielo y tierra y no habita en templos construidos por hombres, ni lo sirven manos humanas; como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.
De un solo hombre sacó todo el género humano para que habitara la tierra entera, determinando las épocas de su historia y las fronteras de sus territorios.
Quería que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas:
“Somos estirpe suya.”
Por tanto, si somos estirpe de Dios, no podemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Dios pasa por alto aquellos tiempos de ignorancia, pero ahora manda a todos los hombres en todas partes que se conviertan.
Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre designado por él; y ha dado a todos la prueba de esto, resucitándolo de entre los muertos.»
Al oír «resurrección de muertos” unos lo tomaban a broma, otros dijeron:
- «De esto te oiremos hablar en otra ocasión.»
Pablo se marchó del grupo. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más.
Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.
Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que toma de lo mío y os lo anunciará. »

Palabra del Señor.

San Germán - Obispo

Gran parte de su vida la conocemos por el testimonio de su colega el obispo Fortunato que asegura estuvo adornado del don de milagros.

Nació Germán en la Borgoña, en Autun, del matrimonio que formaban Eleuterio y Eusebia en el último tercio del siglo V. No tuvo buena suerte en los primeros años de su vida carente del cariño de los suyos y hasta estuvo con el peligro de morir primero por el intento de aborto por parte de su madre y luego por las manipulaciones de su tía, la madre del primo Estratidio con quien estudiaba en Avalon, que intentó envenenarle por celos.

Su pariente de Lazy -con quien vive durante 15 años- es el que compensa los mimos que no tuvo Germán en la niñez. Allí sí que encuentra amor y un ambiente de trabajo lleno de buen humor y de piedad propicio para el desarrollo integral del muchacho que ya despunta en cualidades por encima de lo común para su edad.

Con los obispos tuvo suerte. Agripin, el de Autun, lo ordena sacerdote solucionándole las dificultades y venciendo la resistencia de Germán para recibir tan alto ministerio en la Iglesia; luego, Nectario, su sucesor, lo nombra abad del monasterio de san Sinforiano, en los arrabales de la ciudad. Modelo de abad que marca el tono sobrenatural de la casa caminando por delante con el ejemplo en la vida de oración, la observancia de la disciplina, el espíritu penitente y la caridad.

Es allí donde comienza a manifestarse en Germán el don de milagros, según el relato de Fortunato. Por lo que cuenta su biógrafo, se había propuesto el santo abad que ningún pobre que se acercara al convento a pedir se fuera sin comida; un día reparte el pan reservado para los monjes porque ya no había más; cuando brota la murmuración y la queja entre los frailes que veían peligrar su pitanza, llegan al convento dos cargas de pan y, al día siguiente, dos carros llenos de comida para las necesidades del monasterio. También se narra el milagro de haber apagado con un roción de agua bendita el fuego del pajar lleno de heno que amenazaba con arruinar el monasterio. Otro más -y curioso- es cuando el obispo, celoso -que de todo hay- por las cosas buenas que se hablan de Germán, lo manda poner en la cárcel por no se sabe qué motivo (quizá hoy se le llamaría «incompatibilidad»); las puertas se le abrieron al estilo de lo que pasó al principio de la cristiandad con el apóstol, pero Germán no se marchó antes de que el mismo obispo fuera a darle la libertad; con este episodio cambió el obispo sus celos por admiración.

El rey Childeberto usa su autoridad en el 554 para que sea nombrado obispo de París a la muerte de Eusebio y, además, lo nombra limosnero mayor. También curó al rey cuando estaba enfermo en el castillo de Celles, cerca de Melun, donde se juntan el Yona y el Sena, con la sola imposición de las manos.

Como su vida fue larga, hubo ocasión de intervenir varias veces en los acontecimientos de la familia real. Alguno fue doloroso porque un hombre de bien no puede transigir con la verdad; a Cariberto, rey de París -el hijo de Clotario y, por tanto, nieto de Childeberto-, tuvo que excomulgarlo por sus devaneos con mujeres a las que va uniendo su vida, después de repudiar a la legítima Ingoberta.

El buen obispo parisino murió octogenario, el 28 de mayo del 576. Se enterró en la tumba que se había mandado preparar en san Sinfroniano. El abad Lanfrido traslada más tarde sus restos, estando presentes el rey Pipino y su hijo Carlos, a san Vicente que después de la invasión de los normandos se llamó ya san Germán. Hoy reposan allí mismo -y se veneran- en una urna de plata que mandó hacer a los orfebres el abad Guillermo, en el año 1408

martes, 27 de mayo de 2014

27 de Mayo

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados dieron orden de que los desnudaran y los apalearan; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.
A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los otros presos escuchaban.
De repente, vino una sacudida tan violenta que temblaron los cimientos de la cárcel.
Las puertas se abrieron de golpe, y a todos se les soltaron las cadenas.
El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pablo lo llamó a gritos:
- «No te hagas nada, que estamos todos aquí.»
El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó y les preguntó:
- «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?»
Le contestaron:
- «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.»
Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
El carcelero se los llevó a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta:
“¿Adónde vas?”
Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.
Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor.
En cambio, si me voy, os lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena.
De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado.»

Palabra del Señor.

San Eleuterio – Papa y Mártir

Eleuterio = Aquel que se comporta con generosidad y libertad, es de origen griego.

Nació en Nicopoli en Epiro. Martir. Elegido en el 175, murió en el 189. Mandó a Fugacio y Damián a convertir a los bretones. Suprimió algunas costumbres hebraicas sobre la pureza e impureza de las viandas de las cuales los cristianos daban gran importancia.

San Eleuterio, natural de Nicópolis, ciudad de Grecia, diácono y discípulo del Santo Pontífice Aniceto, sucedió a San Sotero en el pontificado el año 175.Tuvo en su tiempo alguna paz y tranquilidad la Iglesia, y con esta quietud se iba multiplicando maravillosamente, y en Roma muchos caballeros y señores, cansados ya de la superstición de sus vanos dioses y de la crueldad y abominaciones de sus emperadores, por la doctrina y predicación del Santo Pontífice Eleuterio, recibían la luz del Evangelio y se convertían al Señor.

Y no menos en las otras provincias y reinos descubría sus claros rayos y resplandores nuestra Santa Religión; particularmente se vio esto en Britannia, que ahora llamamos Inglaterra, porque Lucio su rey, habiendo entendido la santa vida y milagros de los cristianos, y, que poco antes Marco Aurelio emperador había alcanzado por oración de ellos una gran victoria contra los marcomanos, y que por esto permitían que viviesen en su ley y que algunos caballeros y senadores romanos se habían bautizado y seguido al estandarte de Cristo, movido del mismo Señor, envió solemne embajada con Elvano y Meduino, criados suyos, a San Eleuterio, suplicándole que le enviase algunos ministros suyos, para que a él y a toda su casa y reino hiciese cristianos y los reconociese como a ovejas suyas y del rebaño del Señor.

No se puede creer la alegría que el Santo Pontífice Eleuterio recibió con esta embajada; y para cumplimiento de lo que por ella se pedía, envió a Fugacio y Donacio, que otros llaman Damiano, varones dignos de tan grande empresa, a Britannia, para que enseñasen los misterios de nuestra San Fe a Lucio y a su reino, y con el agua del santo bautismo los reengendrasen en Cristo. Ellos fueron, y lo hicieron, y todo conforme al deseo y orden de Eleuterio; y el rey se bautizó y fue Santo, y como de tal have mención de él el Martirologio romano a los 3 de diciembre, y su reino públicamente aceptó la fe de Jesús, y fue el primero del mundo que por público decreto y común parecer de los moradores de él recibió y profesó la religión cristiana; puesto caso que en España y Francia, y en los otros reinos y provincias, ya había en este tiempo muchos cristianos. Esta conversión de Lucio fue en el año de 183, según el cardenal Baronio.

Con la paz que tuvo la Iglesia en este tiempo, se levantaron algunos herejes que la turbaron, como los Valentinianos, Marcionistas, Severianos, y otros más; a los cuales el Pontífice Eleuterio resistió valerosamente, y fue ayudado de San Ireneo, discípulo de San Policarpo, y de Papías, que habían enviado de la Iglesia de Lyon de Francia, y en el tiempo que estuvo en ella escribió contra los herejes, y les hizo la guerra como varón doctísimo, confutando los disparates que ellos enseñaban, con la doctrina y tradiciones apostólica que él había aprendido; y después volvió a Lyon, de donde fue obispo y mártir gloriosísimo.

Y porque algunos herejes enseñaban que Dios había creado muchas cosas malas, y que no se había de comer algunos manjares, por ser tales, Eleuterio mandó que nadie desechara por superstición género alguno de manjar de las creaturas que Dios hizo para servicio del hombre; no porque no sea lícito y loable de abstenerse de manjares regalados y gustosos para mortificar y refrenar la carne y sus apetitos, o porque no se deba obedecer a la Iglesia cuando nos manda abstenernos de ellos en los días de ayuno, que esto es necesario, sino porque no se han de desechar, por pensar que son malos de su naturaleza.

Ordenó asimismo que ningún sacerdote fuera depuesto, sin que primero fuese legítimamente convencido de algún grave delito, y que ningún ausente fuese condenado antes de ser oído; pues Cristo no condenó, ni dejó de comulgar a Judas, con saber quién era, porque aún no era notorio su pecado. Dió tres veces órdenes en el mes de diciembre, y en ellas ordenó 12 presbíteros, 8 diáconos y 15 obispos; y después de haber gobernado santamente la Iglesia romana, fue martirizado, dando su vida por Cristo, siendo Cómodo emperador, aunque los Martirológios romanos antiguos no declaran con que género de muerte fue coronado. Su cuerpo fue sepultado en el Vaticano.

Martirologio Romano: En Roma, san Eleuterio, papa, al que los famosos mártires de Lyon, apresados entonces, escribieron una célebre carta para que mantuviera la paz en la Iglesia (189).

lunes, 26 de mayo de 2014

26 de Mayo

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, zarpamos de Troas rumbo a Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, colonia romana, capital del distrito de Macedonia.
Allí nos detuvimos unos días.
El sábado salimos de la ciudad y fuimos por la orilla del río a un sitio donde pensábamos que se reunían para orar; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido.
Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.
Se bautizó con toda su familia y nos invitó:
- «Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa.»
Y nos obligó a aceptar.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Os he hablado de esto, para que no tambaleéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.»

Palabra del Señor.

San Felipe Neri

De niño corría por las calles de Florencia, crecía en un hogar piadoso y bien acomodado, y, aunque no era travieso, y ya entonces le solían llamar Felipe el Bueno, hacía también alguna trastada, como subirse a un asno que por casualidad habían dejado a la puerta de su casa y galopar sobre él hasta que el animal lanzaba dos corcovos, bajaba el cuello, meneaba las orejas y tiraba al suelo su pequeña carga. Entonces Felipe, como todos los niños, lloraba. Ya adolescente, pasa a San Germano, al pie de Montecasino, como ayudante de comercio, al lado de un tío suyo. Los escudos brillan en sus manos, pero el joven los desprecia. «Felipe no será nunca un buen comerciante—dice su tío con pena—; yo se lo dejaría todo en herencia si no fuese por esa manía de rezar.» Efectivamente, más que entre las mercancías, el joven vivía en las iglesias; y cuando algún muchacho se presentaba en la tienda, en vez de regatear con el fin de hacer un buen negocio, como acostumbra todo buen comerciante, Felipe se entretenía preguntando a sus clientes si sabían el Padrenuestro, si había uno o tres Dioses, si habían comulgado por Pascua florida y otras cosas semejantes. él mismo comprendió que no estaba hecho para aquello, y un buen día, sin despedirse de nadie, desapareció de casa y tomó el camino de Roma. Tenía entonces veinte años.

En Roma estudia elocuencia, filosofía y teología, y vive dando lecciones. Por lo demás, sus gastos no eran muchos; como alimento cotidiano, le basta un pan y un vaso de agua. Busca el desprecio con el mismo arte que otros ponen en conquistar la admiración, y escribe poemas para su propio deleite y entretenimiento; como todos los florentinos, hace versos italianos y compone también elegías en latín como pocos sabían hacerlo. Son versos de amor, pero de amor a lo divino, llenos de aquella unción ardorosa que ya entonces inspiraba su vida. «Yo amo—exclamaba en un soneto—; y no puedo dejar de amar. Quiero que mi amor se haga vuestro y el vuestro mío; quiero que, por un trueque admirable, seas Tú yo, y yo Tú. ¡Ah! Venga pronto el momento feliz en que yo salga de mi horrible prisión, de y el poeta termina su apasionada efusión con este bello pensamiento: « !Oh dulce sonrisa de la tierra! ¡Oh canto de la brisa que pasa entre el follaje! ¡Cielo claro y aguas tranquilas! Nunca el sol me pareció tan brillante. Los pájaros dicen: ¿Quién es el que no se alegra y no ama? Yo solamente; no puede alegrarse el alma con las alas rotas.» Algo más tarde todo había cambiado: el alma de Felipe era un ascua encendida en la llama divina. En el exceso de sus arrebatos amorosos, veíase obligado a exclamar: «Basta, Señor, basta, que no lo puedo sufrir.» Y su cuerpo temblaba agitado por la vehemencia del amor divino. Desde entonces su corazón empezó a palpitar de una manera tan violenta, que levantaba su túnica y hacía oscilar los objetos que se hallaban junto a él.

A los treinta años el estudiante abandonó los libros y se entregó por completo a las obras de caridad. Las noticias que llegan a Roma de las proezas apostólicas de San Francisco Javier le deciden a marchar a las Indias para predicar el Evangelio; pero cuando se dispone a poner en práctica su proyecto, oye una voz que le dice: «Felipe: la voluntad de Dios es que vivas en esta ciudad como si estuvieras en un desierto.» Desde entonces se le ve buscando a los pobres y a los peregrinos, para darles comida y alojamiento, para instruirles y guiarles a través de las basílicas de Roma. Camina de basílica en basílica, visitando los altares, buscando a los hombres piadosos y entreteniéndose con los mendigos que piden limosna a la puerta. él mismo duerme en los pórticos y en las sacristías. Le gusta, sobre todo, andar con los niños y los jóvenes. Les recoge, les procura piadosas diversiones, conciertos y alegres paseos, que él sabe transformar en peregrinaciones. él mismo juega con la tropa infantil, la adiestra en la carrera, en la música y en la declamación. Aún se visita el pequeño oratorio, donde pasaba largos ratos con San Carlos Borromeo, San Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola y San Félix de Cantalicio. Allí, bajo una eminencia del Janículo, que domina toda Roma; y que fue transformada por él en anfiteatro, a la sombra de los árboles, hacía representar a los muchachos pequeñas comedias, propias para inspirar la piedad y la virtud. Era una manera de santificar y ennoblecer el arte. Solía decir:

«La experiencia enseña que, alternando los ejercicios serios con los espectáculos agradables, se atrae lo mismo a los pequeños que a los grandes. ¿Acaso nuestro Señor no se servía de estas redes para cazar las almas?» Era un verdadero sembrador de alegría. «Jugad—decía a su tropa—, gritad, divertíos; lo único que os pido es que no cometáis un solo pecado mortal.» Y cuando le preguntaban cómo podía resistir la algazara infernal de los chiquillos, contestaba:

«Con tal de que no ofendan a Dios, pueden cortar leña sobre mi espalda, si les place.»

A los cuarenta años, el catequista, ordenado de sacerdote, se hace director de almas. Jamás se vio un confesor más paciente, más amable, más sugestivo; jamás se vio tan formidable cazador de almas. Su gran preocupación era que nadie se despidiese triste, que nadie se desalentase, que ningún pecador desconfiase de convertirse. Y con la dulzura, solía decir, se consigue más que con la aspereza. A una dama que le preguntaba si podía llevar zapatos con altos tacones para parecer más alta, dióle esta respuesta: «Llévelos, hija mía, llévelos, pero cuide de no caerse.» Muchos de sus penitentes, llevados del deseo de recoser su doctrina, iban diariamente después de comer al hospital donde el santo tenía su residencia. Felipe los recibía en una habitación, se sentaba en el borde de su cama y se entretenía con ellos hablando dé cosas espirituales. Poco a poco los discípulos en una iglesia, y al fin la concurrencia creció tanto, que se hizo necesario distribuirla en grupos, al frente de los cuales puso el maestro a uno de sus discípulos más aprovechados. Así nació el instituto del Oratorio, sin más reglas que los cánones, sin más votos que los compromisos del bautismo y de la ordenación, sin más vínculos que los de la caridad. Las reuniones empezaban siempre con una lectura; a continuación venía el comentario del que presidía; después empezaba una enseñanza dialogada, y, finalmente, uno de los ayudantes del santo, al principio César Baronio, recordaba algún punto de Historia eclesiástica y sacaba de él la enseñanza teológica o moral. La Congregación del Oratorio quedó establecida definitivamente en 1575.

Esta actividad crecía al mismo tiempo que el fuego que inflamaba aquella vida. Era tal, que tenía que hacer continuos esfuerzos para no levantarse en el aire. Cuando ofrecía el Sacrificio, su alma quedaba enajenada; sus ojos, inmóviles, y sus brazos, levantados. Tenía que hacer un gran esfuerzo para bajarlos otra vez y volver a la tierra. Al pronunciar el Agnus Dei, su ayudante solía dejarle solo durante dos horas, y cuando volvía le encontraba con frecuencia en éxtasis. La ley de la gravitación física no parecía hecha para él. Veíasele rodeado de luz. A veces, San Ignacio y él se encontraban en la calle o a la entrada de una iglesia, y entonces los dos fundadores se miraban silenciosamente durante largo rato, y se despedían sin pronunciar palabra. Lo mismo que Ignacio, Felipe andaba muy demacrado; comía poco y dormía menos, y cuando le aconsejaban que tomase algún alimento sustancioso, respondía graciosamente:

«Tengo miedo a engordar.» Tuvo el don de milagros y el de lágrimas. Sus ojos parecían hechos para llorar. Lloró tanto, que todos se extrañaban de que conservase la vista.

Cuanto más subía a los ojos de los hombres, más bajaba a sus propios ojos. «Señor—decía—, guardaos de mí; si no me sujetáis bien con vuestra gracia, os haré traición hoy mismo, y cometeré yo solo los pecados del mundo entero.» Espíritu lleno de suavidad, Dios le dio la gracia de una muerte dulce y tranquila. «Hay que morir», repetía en sus últimos días. El 25 de mayo de 1595 dijo la misa como de ordinario; confesó, rezó y comió como de costumbre. Después abrazó a sus discípulos y se retiró a acostar. Aquella noche preguntó « ¿Qué hora es» «Las tres», le respondieron. «Tres y dos, cinco—murmuró él—; tres y tres seis; después, la partida.» A las cinco se levantó y empezó a pasear por la habitación; y algo después volvía a echarse en el lecho para no levantarse más. Eran las seis de la madrugada.