jueves, 26 de julio de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Recibí esta palabra del Señor:
«Ve y grita a los oídos de Jerusalén»
“Así dice el Señor”:
Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierra yerma.
Israel era sagrada para el Señor, primicia de su cosecha: quien se atrevía a comer de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él oráculo del Señor.
Yo os conduje a un país de huertos, para que comieseis sus buenos frutos; pero entrasteis y profanasteis mi tierra, hicisteis abominable mi heredad.
Los sacerdotes no preguntaban: ‘¿Dónde está el Señor?’, los doctores de la ley no me reconocían, los pastores se rebelaron contra mí, los profetas profetizaban por Baal, siguiendo dioses que de nada sirven.
Espantaos, cielos, de ello, horrorizaos y pasmaos oráculo del Señor.
Porque dos maldades ha cometido mí pueblo:
Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua.”»


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
-« ¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó:
-«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»


Palabra del Señor.

San Joaquín y Santa Ana, padres de La Virgen María.

Dos nombres llenos de una grandeza profunda, que nosotros apenas podemos vislumbrar; dos nombres que se esconden tras de un velo luminoso e impenetrable. La gloria de María les oscurece y les ilumina a la vez. Son nombres que encierran un sentido misterioso, que resumen una vida, que hablan de las grandes maravillas de Dios.

Ana quiere decir gracia, amor, plegaria. En los días heroicos del pueblo hebreo, se llamó así la madre del profeta Samuel. Su historia emocionante nos la cuenta el libro de los Reyes. Vemos allí a la buena mujer rezando delante del altar de Yahvé con una plegaria íntima, profunda, secreta. Sus labios se mueven, pero su voz no se oye. Los sacerdotes la miran y la creen presa de la embriaguez. Son hombres que no conocen ni los secretos de las almas, ni los secretos de Dios. En su ceguera espiritual, confunden groseramente la inspiración divina con la inspiración del vino. Pero Ana puede contestar: «No, no he bebido vino, sino que he derramado mi alma delante del Señor.» Ha derramado su alma llena de tristeza, empapada en llanto y roja de vergüenza. Las lágrimas humedecen sus mejillas, y su corazón se ahoga de angustia, porque no ha logrado un hijo al pueblo de Dios; porque vive en el oprobio de la esterilidad; porque Yahvé no la ha encontrado digna de entrar en el plan divino, que ha vinculado la salvación del mundo en una mujer de su raza.

Por eso llora y reza también la mujer de Joaquín. La idea del Mesías estremece su alma, no puede olvidarla; un impulso invencible la arrastra hacia ella. Cree ver cuajarse en el Cielo el rocío de que hablaba el profeta; se abrasa con el recuerdo de las promesas divinas, pide a Dios el cumplimiento de los vaticinios, y toda su vida es una plegaria transida de fe, cargada de esperanza, trémula de amor. Pero ve al mismo tiempo su ineptitud; se siente excluida, rechazada; y observa con tristeza que la vejez asoma en sus cabellos, ara su frente y agosta sus mejillas. Y rezaba, rezaba sin cesar, ocultando su dolor al esposo, para no hacer un dolor más grande de dos dolores.

Joaquín significa preparación del Señor, y preparación quiere decir espera, trabajo, constancia. El Señor suele tener largas preparaciones. Siglos y siglos estuvo preparando el mundo para habitación del hombre; siglos y siglos se pasó preparando por medio de los patriarcas y los profetas la venida del Deseado de las naciones; y ahora, cuando en el horizonte parece que brilla la luz, se complace en hacer que los hombres la deseen con ansiedad renovada. Pero el deseo no se seca nunca en el alma de aquellos dos esposos, que avanzan hacia el ocaso de la vida. Día y noche siguen porfiando en su oración inflamada y anhelante; rezan en el campo y en el hogar, en las tareas del pastoreo y en los quehaceres más vulgares de cada día. Su esperanza no palidece nunca, aunque apenas se atreven a pensar que su humilde deseo encierra el acontecimiento más grande del mundo, el punto culminante de la historia de la humanidad. Nada conocemos de la fisonomía propia de aquellas dos vidas, pero sabemos que en virtud de aquella unión admirable apareció en el mundo la obra que preparaba el Señor; sabemos que en el seno estéril de Ana germinó la plenitud de la gracia; que en sus entrañas se realizó el misterio de la Inmaculada Concepción. La generosa e infatigable expectación de aquellos dos seres logró al fin su recompensa. Todos los anhelos, todos los suspiros apasionados de los antiguos patriarcas se habían condensado en ellos, y en ellos iba a empezar la realización de todas las esperanzas. Fueron los padres de María; por ellos recibieron los hombres a la Madre de Dios, que es al mismo tiempo su Madre.

Esto es lo que sabemos de San Joaquín y Santa Ana. Basta y sobra para crear en nosotros un sentimiento de profunda gratitud, de confianza ilimitada. Grandes tuvieron que ser aquellos dos corazones, cuando el Señor los escogió para una obra tan admirable. Jamás podremos medir la altura, la profundidad, la amplitud de esa grandeza; jamás llegaremos a comprender la pureza de su amor, la hermosura de su virtud y el prodigio de su bondad. Y esto engendra la confianza; porque la verdadera grandeza es siempre piadosa, misericordiosa, compasiva. Ana, gracia y madre de la gracia; Joaquín, preparación del Señor, predestinados para hacer brotar en la tierra una fuente perenne de alegría y de salud, merecieron de los hombres la ofrenda del amor más profundo y de la más tierna gratitud.

miércoles, 25 de julio de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó.
-«¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron:
-«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos.
Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.


Hermanos:
El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados;.nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.
Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros.
Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.


En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
-¿«Qué deseas?»
Ella contestó:
-«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó:
-«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? »
Contestaron:
-«Lo somos.»
Él les dijo:
-«Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo hablan oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
-«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»


Palabra del Señor.

San Santiago Apóstol.

Oíd mi voz, celtíberos generosos. Luego me crucificaréis, — si es vuestro gusto, pues es preciso que beba el cáliz que mi Señor y mi Dios me ha prometido. Os anuncio a ese Dios, que es único Dios verdadero, el que hizo la tierra, el mar y las montañas. No tiene templo entre los hombres, pero el empíreo es su morada. Desde él vio un día la miseria de su heredad terrena; vio al poderoso bebiendo el sudor del débil; vio al esclavo aplacando su sed con sus propias lágrimas; vio al vicio asentado con veste sacerdotal sobre el ara de la virtud. Y para devolver la alegría al que llora, para evangelizar a los pobres, para sacar a los presos de la cautividad, envió a su Hijo vestido de nuestra propia carne; le envió menesteroso y desnudo, en el dolor y en la tristeza, para enseñar a sufrir a los que sufren, y compadecerse de los que no tienen consolador. Nació en un establo y murió en una cruz. Compañero de su vida, yo puedo dar testimonio de sus obras. En el país lejano que riega el Jordán, conviví con El y fuí uno de sus amigos. Yo le vi poner su mano sobre el cuerpo de una niña, marchito por la muerte, y devolverle en un segundo la vida; yo le vi saciar el hambre de muchos miles de hombres con cinco panes. Una mirada suya transformaba las almas; una palabra suya arrancaba a los muertos de las hoscas murallas del sepulcro. Envuelto en su candida túnica de lino, con gesto de gracia y de dulzura, nos anunciaba el reino de su Padre; nos mandaba amarnos los unos a los otros; nos hablaba de un Dios bueno, protector de los que lloran, de los pacíficos, de los pequeños; castigador de los soberbios, de los injustos, de los engañadores....»

Así hablaba el Apóstol de las Españas. Hablaba con vehemencia y con pasión. Era la suya un alma de fuego, y a pesar de que los años y las fatigas iban doblando su cuerpo, todavía conservaba la vehemencia de la juventud. Como su hermano Juan, era audaz e impetuoso. Un día, bastó que Jesús les dijese una palabra para que se consagrasen a Él con toda la violencia de su alma. Ni Juan ni Santiago podían olvidar aquel momento: las riberas de Genezareth, doradas del sol viejo; las garzas dibujando en la paz del aire y de las aguas su vuelo de plata y de rosa; las casas de Cafarnaúm, empenachadas de humo azulado, y ellos en la barca con su padre Cebedeo, remendando la jábega rota, envueltos en el hálito del lago y en el perfume de los manzanos floridos. De repente, la llegada del Profeta, y su mirada y su llamada: «Venid en pos de Mí; Yo os haré pescadores de hombres», y siguieron a Cristo apasionadamente. Fueron dos elegidos entre los elegidos. Juntamente con San Pedro, formaron un triunvirato al lado de Jesús. Impetuosos y ardientes como el rayo, merecieron que el Maestro les bautizase con el nombre de Boenerges, Hijos del Trueno. Tenían las violencias de la tempestad. Ellos son los que, indignados de la conducta de los samaritanos, que no habían querido recibir a Jesús, le hacen con la mayor seriedad esta proposición: «¿Quieres que digamos que caiga fuego del Cielo y los abrase?» Pero esta misma intolerancia es una prueba de su amor y de su fe.

Cuando, después de la Resurrección, los Apóstoles se reparten el mundo, Santiago quiere la provincia más lejana, la más desconocida, la más misteriosa para un sencillo habitante de las riberas de Genezareth; las regiones nebulosas de Tarsis, adonde iban las naves de Salomón; el país situado en el confín de la tierra, flotando sobre las olas rugientes del mar tenebroso. Sus habitantes son altivos, ásperos, rebeldes al yugo extranjero. Toda la Iberia está sembrada de huesos de las legiones romanas, y sus campos fueron regados con sangre de cónsules y tribunos. El Hijo del Trueno necesita aventuras peligrosas: sombras de naufragios, océanos ignotos, selvas impenetrables; necesita arrostrar el tormento y la muerte. Nada sabemos de su itinerario hispánico. La tradición le representa evangelizando a través de las vías romanas, recorriendo los valles galaicos, subiendo a la meseta de los vácceos y los arévacos, atravesando los campos del Ebro y del Duero. El anuncio de la buena nueva brota, como el óleo santo, de sus labios; sus manos hacen saltar los prodigios, y su camino se constela de maravillas. Aquí y allá algunos ojos lloran al oírle hablar, algunos corazones se conmueven, y algunos ídolos ruedan hechos pedazos. Pero son muchos los que ríen escépticos, como si dijesen:

«Un nuevo dios que nos viene del Oriente.» En poco tiempo han visto llegar muchos dioses: los fenicios les trajeron a Molok y Astarté; los griegos, a Apolo y Artemis; los romanos, a Júpiter y al César. Últimamente han venido los predicadores de Isis, la egipcia de cabeza de vaca, y los predicadores de Mitra, el señor del disco solar. Ninguno de estos intrusos vale más que las antiguas divinidades: Mainake, la diosa que protege a los marinos; Ategina, la dulce enfermera que sabe de medicina tanto como Esculapio; Endovélico, «el muy bueno», que infunde valor a los guerreros cántaros, descubre el oro a los pescadores del Sil y da las buenas cosechas a los agricultores de Clunia, Deóbriga y Palancia.

Y he aquí que este judío viene hablando de un nuevo Dios oriental; un Dios que ha sido crucificado por sus enemigos, y predica la mansedumbre y la pobreza, y declara bienaventurados a los que aman la paz. Aquellos hombres, que se embriagaban en el ardor guerrero, que prefieren la libertad a la vida, que dejan en el campo los cuerpos de sus héroes para que las águilas y los buitres lleven sus almas a los palacios radiantes del sol, contemplan atónitos al extranjero, levantan los hombros y desfilan juntando y meneando los pulgares y los índices de ambas manos, como si dijeran con este remedo burlón del pico de la cigüeña:

«¡Este hombre está loco!»

Cuentan que, al llegar a César Augusta, sintióse el apóstol envuelto en una nube de mortal congoja. A la fatiga se juntaba el desaliento, y al desaliento la melancolía de la nostalgia. También el Hijo del Trueno sentía la hora de la carne, que hacía germinar el asco de la vida en el alma gigantesca del Apóstol de las Gentes. De repente, una luz delante de él, y un susurro y una ráfaga de aromas. No son las flores que crecen junto al Ebro, ni el cantar de las aguas en el cauce profundo; es una aparición celeste, una mirada que él conoce muy bien, que otras veces ha iluminao su corazón y ha encaminado su vida: es la Virgen María, que le sonríe y le habla y le consuela... Dicen que en aquel momento tuvo Santiago la visión de un glorioso porvenir. No había trabajado en vano: regada con sus sudores, la semilla evangélica germinaría en aquellas almas tercas, para producir frutos espléndidos de renunciamiento y de santidad. Su corazón fulmíneo pasaría a inflamar al gran pueblo ibérico, levantándole hasta la cumbre de los heroísmos cristianos.

En los primeros meses del año 44, el hijo del Cebedeo aparece de nuevo en Jerusalén, y los libros santos van a recoger por última vez su nombre. Protegido por Roma, el reyezuelo Herodes Agripa gobierna las regiones del Jordán. A la flexibilidad de su raza, este nieto de Herodes el Grande juntaba un arte maravilloso para intrigar e insinuarse en el espíritu de los amos del Imperio. Un momento estuvo a punto de traicionarle su estrella. Un capricho de Tiberio le lanzó desde la corte a la cárcel; otro de Calígula le subió de la cárcel al trono. Rey de Galilea, de Judea, de Samaria y de la parte oriental del Jordán, logra restablecer el Imperio de su abuelo Herodes el Grande. Más por política que por convicción, tiene el celo del mosaísmo. Embellece a Jerusalén, cuelga en el templo las cadenas de oro que le había regalado Calígula como recuerdo de su cautividad, adopta actitudes místicas, ofrece el diezmo del comino y la mostaza como el más puritano de los fariseos, se presenta en el santuario con el canastillo de las primicias, llora de emoción cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la Ley, y ofrece en un día millares de víctimas. Los judíos están orgullosos de aquel príncipe, cuya gloria empezaba a recordarles el esplendor del trono de David. Hay, sin embargo, una sombra que inquieta el sueño de los ortodoxos: es la obstinación de los discípulos del Crucificado, que se empeñan en introducir la división dentro de Israel. Estimulado por los celadores de la Ley, Agripa decide acabar con ellos. «En aquel tiempo—dicen los Actos—, Herodes hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan.» El ardor del Hijo del Trueno, su fogosidad, su entusiasmo, le señalaban entre todos al odio de los perseguidores. Un día, Cristo le había preguntado:

«¿Puedes beber el cáliz que voy a beber Yo?» Y su respuesta fue digna de un discípulo del Señor: «Puedo.» Y siguió la promesa del Salvador, que Santiago veía constantemente sobre su cabeza, como una corona de oro: «Pues bien, beberás mi cáliz.» Y le bebió sin temblar, el primero de los Apóstoles. En el siglo segundo, los ancianos de Alejandría contaban que el delator del apóstol, admirado de la firmeza con que confesaba su fe, se hizo discípulo de Jesucristo y compartió con su víctima los horrores del martirio. Habiéndose encontrado con el apóstol en el camino del suplicio, rogóle que le perdonase. Santiago se detuvo, le abrazó y le dijo: «Que la paz sea contigo.» Unos instantes después las dos cabezas rodaban por el suelo.

La persecución dispersa a los discípulos. Las rutas imperiales se iluminan, holladas por los pies de los evangelizadores de la paz; la brisa de la fe lleva a través de los pueblos las esencias del huerto de José de Arimatea. De Jope sale una barca, y en ella siete marineros y un sarcófago; salta sobre las olas blondas y azules, y el soplo de Dios la guía. Se alejan los olivares, las cúpulas y las torres; pronto desaparece también la giba huesuda del Carmelo. Entre el rumor del reino azul resuena el canto de los salmos, y el viento empuja la barquilla a través de las aguas centelleantes, de isla en isla y de promontorio en promontorio. Costas del Asia Menor, archipiélago helénico, penínsulas mediterráneas; hasta las columnas de Hércules, protegidas por los templos del Sol y de Venus marinera; hasta el mar oscuro por donde los navios de Gades y Tarteso caminaban a las islas del estaño; hasta las rías gallegas, que se visten de montes floridos y se constelan de conchas marinas con júbilo de expectación. Allí es el fin de la tierra y el fin de la navegación. Los siete marineros bajan el sarcófago, se adentran en la tierra, dan vista a las torres de Iria, y cerca de allí esconden su tesoro. El Nela y el Miño aprenden una nueva salmodia; arden los pinares célticos. Chispas de amor y luminarias de fe. Los primeros creyentes de España vienen a buscarlas entre las cenizas de Santiago, hijo del Cebedeo, uno de aquellos a quienes cupo una parte en la llama de las doce lenguas.

Viene luego la persecución. Decretos de emperadores, interrogatorios y martirios. Caen silenciosos sobre la tumba del apóstol y llueven olvidos. Es la época dura en que la semilla enraiza en la profundidad de la tierra; hielo de leyes romanas, vientos góticos y huracanes del desierto. Baja la inundación bárbara, herejía y hierro; sube una luna roja, en guadaña, símbolo de sangre y fuego. En la hora de la tribulación, España vuelve a acordarse de su apóstol. El Hijo del Trueno va a ser el compañero de su lucha milenaria contra el Islam. Nos lo dice por primera vez un obispo heroico, Odoario, que reedifica a Lugo y figura a la cabeza de los restauradores. Entre las iglesias que restaura, está la de Villa de Avezano, junto al Mino. Es en 757 cuando se empieza a organizar la Reconquista. Odoario avanza, funda y construye, él mismo nos lo dice, «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en honor de Santiago, a quien Tú, Señor, quisiste ensalzar, estableciéndole por patrono nuestro». «Una y otra vez—añade—vimos en este lugar grandes luces, y con este motivo. Dios puso en nuestro corazón el deseo de edificar al apóstol una iglesia.» Las luces de Avezano son el prólogo de las luces de Iria. Fue en 813. Donde llovieron olvidos, llueven ahora luceros. Un ermitaño ve la estrella colgada sobre el valle; los ángeles cantan entre los pinos; la cima de Pico Sacro se cubre de escudos guerreros y de lanzas fulgurantes; el obispo Teodomiro remueve afanoso la tierra; aparece el arca de cedro con las sagradas reliquias, y aquel lugar se llamará para siempre el Campo de la Estrella.

La estrella en éxtasis sobre el bosque se convierte en polvo de luz astral, y nace el camino de Santiago. Europa se estremece y emprende la marcha hacia la tumba descubierta. Alfonso el Casto se arrodilla el primero, y tras él una muchedumbre innumerable de reyes y de obispos, de menestrales y de guerreros, de siervos y de señores. El alma anhelante de la cristiandad recorre esa ruta durante siglos, con el bordón en la mano, la caperuza en la cabeza, el zurrón a la espalda y el manto adornado de conchas y azabaches. El camino francés—Roncesvalles, La Calzada, Burgos, León, Santiago—se ilumina de esperanzas, florece de leyenda, se anima de charlas, se alegra de canciones, se inunda de divinas misericordias que le transforman en torrente caudaloso de las luces invisibles del Cielo. La cadena de la peregrinación se agita numerosa de un lado a otro del mundo cristiano. Todas las lenguas y todos los trajes: labriegos de las orillas del Danubio y rubios habitantes del Báltico; pares de la corte de París y conquistadores normandos; ascetas del Oriente y artistas de Lombardía; santos aureolados de fuego místico y penitentes que buscan el olvido de sus crímenes. Pasa Raimundo de Tolosa, con sus caballeros y sus trovadores; Leonor de Aquitania, con los esplendores de su belleza; San Hugo y Pedro el Venerable, seguidos de sus cluniacenses; Luis de Francia, con todo el aparato cortesano; San Francisco, acompañado de su pobreza; San Simeón, el monje sirio,, de barba nevada y torrencial; San Gualberto y San Teobaldo; mensajeros de la remota Germania; Raimundo Lulio, que humedece el suelo con su llanto amoroso, y San Guillermo de Montevérgine, que arrastra las cadenas de su penitencia.

La basílica compostelana, la más bella de todas las basílicas que levantó el arte románico, recibe a todos los peregrinos en un abrazo cosmopolita. «Allí—dice el guía de la peregrinación, el Códice Calixtino, que describe con la más bella prosa del mundo las maravillas y emociones de la ruta—, allí, coros de peregrinos, agrupados por sus nacionalidades, entonan cánticos al son de las cítaras, ¡os tímpanos, las flautas, las violas y las chirimías. Unos lloran sus pecados, otros leen los santos libros, otros reparten limosnas a los paralíticos. El rumor se levanta hasta las nubes; la muchedumbre se mueve como las olas del mar. Las gentes entran, salen, presentan sus dones. El que llega triste, se retira alegre. Las puertas están siempre abiertas, y no se conoce lo que es una noche oscura. Por allí pasan los pobres y los felices, los caballeros y los peones, los ciegos y los mancos, los próceres y los menestrales, los prelados y los abades. Unos caminan con los pies descalzos; otros, cargados de hierro y plomo para las obras de la basílica; éstos, con una cruz en la mano; aquéllos, distribuyendo su dinero a los menesterosos. Hay quienes presentan los grillos y cadenas de que fueron librados por la virtud del Apóstol; y todos llevan la llama de la fe en sus pechos y una plegaria ferviente en los labios.»

Entre tanto, el Hijo del Trueno acompaña a los cruzados de la fe, preside la obra de la Reconquista, cabalga entre los guerreros tremolando el estandarte de la cruz, y al grito de «¡Santiago, y cierra, España!», las armas cristianas avanzan triunfantes hacia el Sur. Hasta que llegue el momento en que el pescador de Galilea, conocedor de mares y tormentas, guíe a las tres carabelas de la reina Isabel en la aventura más sublime de la historia de los hombres.

martes, 24 de julio de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo.
Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios.
¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?
No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia.
Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos.
Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, corno juraste a nuestros padres en tiempos remotos.


En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó:
-«Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. »
Pero él contestó al que le avisaba:
-« ¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos?»
Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo:
-«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»


Palabra del Señor.

San Charbel Makhluf 

Nombre libanés de etimología desconocida (1820-1898) Presbítero. Nació en Biqa Kafra, población cercana a Beirut, Líbano; fue bautizado con el nombre árabe de Youssef, en español, José (del hebreo, "Dios acrecentará"). Su padre murió en 1831 y su madre, Brígida, contrajo nuevas nupcias en 1833 con Lahhoud Ibraim, quien trató a los hijos de Brígida con amor excepcional. Lahhoud cursó estudios teológicos y recibió el diaconado. Youssef cursó sus estudios en la escuela parroquial de. Biqa Kafra. Desde pequeño mostró su preferencia por acercarse a Dios en la soledad y el silencio del campo, cuando cuidaba del rebaño familiar. A menudo se retiraba a una gruta para rezar. Su devoción a María Santísima fue célebre. Pese a la insistencia de sus familiares, el joven Youssef ya definía su vocación sacerdotal y la castidad como ofrenda de pureza al Señor.

En 1851, sin avisar a sus familiares, se encamina al monasterio de Nuestra Señora de Mayfouq, donde profesa en la vida monástica adoptando el nombre de Charbel, en honor a un santo monje maronita del siglo IV. Continúa sus estudios sacerdotales en el monasterio de San Marón, en Annaya. Cursa estudios de filosofía y teología en el convento de San Cipriano en Kfifan, al norte de Líbano (1853-1859); siempre destaca por su recogimiento y humildad. Tuvo como maestro al sacerdote maronita san Nematallah Al Hardini (14 de diciembre), conocido como el Santo de Kfifan. Recibe la ordenación sacerdotal en 1859, en la residencia de la sede patriarcal de Bkerke, Monte Líbano. Ejerce su ministerio en el monasterio de Annaya, donde sólo vive dieciséis años, ya que solicita a sus superiores permiso para retirarse a la vida eremítica; al aceptar su propuesta, ingresa en la ermita de San Pedro y San Pablo, cercana al monasterio. Se distingue por su proverbial silencio, su dedicación al estudio de las Sagradas Escrituras, su fervor al rezar y su amor al Santísimo Sacramento y a María. En su celda reinaba el espíritu de pobreza: un cántaro con agua, una piedra como silla, por cama el suelo sobre una piel de cabra y una tabla por almohada en donde dormía a lo sumo tres horas. Vestía gastado hábito, aun en invierno.

En el convento trabajaba en los viñedos y en las más humildes tareas. Manifestó el don de conocer conciencias, recordando a los fieles sus pecados. Entregó su alma al Creador en el citado monasterio. En su sepulcro, su cuerpo permanece incorrupto, sin la rigidez habitual, y ocurren prodigios de luz. Canonizado en 1977 por Pablo VI (1963-1978). Primer santo oriental desde el siglo XIII.

Llamado "el último de los grandes ermitaños". Iconografía: con el hábito de los sacerdotes maronitas y la cabeza baja, símbolo de humildad.

lunes, 23 de julio de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Hermanos:
Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»


Palabra del Señor.

San Apolinar, Obispo y Mártir.

Los antiguos martirológios transmiten la noticia de que San Apolinar fue el primer obispo de Ravena, en el norte de Italia, y que murió mártir, según parece, a fines del siglo II. Pero estas mismas noticias y otras que sobre él se nos transmiten están envueltas en el misterio y rodeadas de multitud de leyendas.

Lo más seguro respecto de este Santo, tan celebrado por otra parte en la antigüedad, es lo siguiente:

San Pedro Crisólogo, obispo de Ravena en la segunda mitad del siglo V (432-452), nos dice en el sermón 128 que Apolinar fue el primer obispo de Ravena y el único mártir de la ciudad. Ahora bien, especificando algo más el concepto de martirio de este Santo, nos comunica a través de ponderaciones oratorias que, de hecho, no murió por efecto de los tormentos y con la efusión de su sangre, por lo cual no podía ser considerado con rigor como mártir. Sin embargo, añade que los trabajos que tuvo que sufrir en el gobierno de su iglesia y la paciencia que mostró en todos ellos, que a veces llegó a la efusión de sangre, permiten considerarle en nada inferior a los mártires. En efecto, según dice él estuvo siempre dispuesto al supremo sacrificio y a punto de ser sacrificado cuando se dejó convencer por las oraciones de su grey, y quedó todavía algún tiempo en este mundo, difiriendo el cumplimiento de sus deseos.

Tales son las noticias que, en substancia, nos comunica San Pedro Crisólogo sobre San Apolinar. Por otra parte, según una fórmula de juramento usada en Ravena desde fines del siglo VI, transcrita por San Gregorio, aparece claramente que entonces se daba comúnmente a San Apolinar el título de mártir. Por lo demás, los martirológios posteriores, a partir de este tiempo, transmiten constantemente la noticia de que San Apolinar de Ravena murió mártir.

Asimismo se admite generalmente que San Apolinar es el obispo más antiguo y Ravena la primera diócesis de la alta Italia. Así lo atestiguan F. Savio en sus investigaciones sobre los obispados de la Lombardía y Harnack en su célebre estudio Sobre la extensión del cristianismo en el siglo III. Ambos suponen que San Apolinar gobernó la diócesis de Ravena en la segunda mitad del siglo II. Por otra parte, tanto de las expresiones de San Pedro Crisólogo y de San Gregorio Magno como de otras de Fortunato en su Vida de San Martín, se deduce que el cuerpo de San Apolinar era venerado en Ravena.

Y con esto entramos en terreno plenamente histórico, del que poseemos abundantes noticias. A partir del siglo VI San Apolinar se constituye en un santo sumamente venerado en la Edad Media, a medida que la ciudad de Ravena iba ganando en significación, estableciendo una verdadera competencia con Roma. Consta, en efecto, que ya desde el año 500 San Apolinar goza de gran veneración en toda la llanura del Po, por lo cual su nombre es incluido en el canon del rito ambrosiano. Durante el gobierno del obispo de Ravena, Ursicino (534-538), se construye en honor de San Apolinar una iglesia en Classe, en las afueras de la ciudad. Un rico banquero llamado Julián contribuye a su extraordinaria magnificencia, y su consagración, verificada con gran pompa en 549 por el obispo Maximiano, marca el principio de una nueva era para Ravena; pues, realizada por Justiniano I (527-565) la conquista del sur y centro de Italia y constituida Ravena en capital de este territorio bizantino, se inicia el período de grandeza de esta ciudad. Desde entonces una de sus tendencias es ofuscar en lo posible la grandeza de Roma, a lo cual contribuyen eficazmente los emperadores bizantinos desde el Oriente, con su constante oposición a los Romanos Pontífices.

Ahora bien, una de las bases sobre la cual se funda la exaltación de Ravena en competencia con Roma es su primer obispo San Apolinar y la gran basílica levantada en su honor en Classe. Por eso, como Roma posee en la basílica Constantiniana el venerado sepulcro de su primer obispo, San Pedro, también se comienza a honrar con gran veneración el sepulcro de San Apolinar, llevado con gran pompa por el obispo Maximiano a la nueva basílica, trasladándolo a ella juntamente con el sarcófago o arca primitiva. Así lo atestigua una inscripción, conservada todavía en nuestros días en la nave lateral. Por ella se puede comprobar este doble hecho: por una parte, la presencia del cuerpo de San Apolinar en la nave lateral de la basílica, y, por otra, la traslación del mismo verificada por el obispo Maximiano.

Sobre esta base, pues, se continuó trabajando por la grandeza de Ravena y de su primer obispo, San Apolinar. Como los emperadores bizantinos dominaban en Roma, erigieron dos capillas en la misma basílica de San Pedro en honor de San Apolinar: la primera, ya a principios del siglo VI; la segunda, entre los años 625 y 638. Se trataba, pues, de introducir en Roma misma el culto de San Apolinar. Entretanto continuaba el esfuerzo que hacía Ravena por enaltecer la veneración del Santo. Así, su obispo Mauro (642-671) verificó un nuevo traslado de su sarcófago, colocándolo en el centro de la iglesia y esculpiendo sobre láminas de plata la historia del mártir, y, como complemento de toda esta campaña de exaltación de San Apolinar, surgió en este tiempo la leyenda en torno suyo, la Pasión de San Apolinar.

Es interesante, para conocer el espíritu del tiempo, considerar la facilidad con que se introdujeron en el ambiente popular los rasgos del patrono de Ravena, claramente legendarios.

En efecto, según esta Pasión, Apolinar era uno de los discípulos de San Pedro y con él vino de Antioquía a Roma en tiempo del emperador Claudio (41-54). Enviado, pues, por el Príncipe de los Apóstoles para predicar el Evangelio en Ravena, se dirigió a esta ciudad, donde obró estupendos milagros, con los cuales se convencieron sus habitantes de la misión divina que les traía. De este modo recibieron el bautismo muchos de ellos, en particular un tribuno muy influyente y un patricio llamado Bonifacio. Tan notables y numerosas conversiones exasperaron a los sacerdotes de los ídolos y a muchos fanáticos paganos, los cuales atormentaron inhumanamente al apóstol, por lo cual se vio forzado a ocultarse, después de doce años de fecunda labor en la ciudad.

Pasado algún tiempo emprendió una nueva campaña de apostolado, obrando grandes milagros, por lo cual un delegado del nuevo emperador, Nerón (56-68), empleó contra él toda clase de medios para inducirle a que abandonara el culto de Cristo y ofreciera incienso a Júpiter; de aquí pasó a las amenazas; mas, viendo que ni los halagos ni las amenazas lograban doblegar su férrea constancia, le hizo azotar bárbaramente y aplicar otros tormentos, y, como no consiguiera rendirlo, le cargó de cadenas, y arrojó a un horrible calabozo, de donde partió poco después desterrado a Grecia.

Embarcado juntamente con otros tres clérigos, tuvo que sufrir una horrorosa tempestad; mas, llegado a Corinto, evangelizó la región de Misia, donde curó de la lepra a uno de sus reyezuelos, pero no pudo realizar muchas conversiones; siguió luego por las riberas del Danubio y entró en Tracia, donde obtuvo fruto más abundante; pero, enfurecidos contra él los adoradores de Serapis, le azotaron cruelmente y arrojaron en un bajel fuera de su territorio.

Vuelto entonces a Ravena, después de tres años de ausencia, fue recibido con gran entusiasmo por los cristianos, e inició con gran fervor una nueva etapa de predicación y conversiones, acompañadas de multitud de milagros. Pero, inesperadamente, fue arrebatado por un pelotón de paganos, los cuales le hicieron objeto de las mayores violencias, y, conduciéndole al templo de Apolo, le obligaron a adorarlo. Entonces el Santo, lejos de obedecerles, se puso en oración, y rápidamente el ídolo cayó al suelo hecho pedazos, con lo cual, enfurecidos los paganos, le condujeron al juez Taurus, exigiéndole que le condenara a muerte. Este quiso entonces poner en ridículo ante todo el mundo a aquel hombre, de quien tantas maravillas se contaban y tanto influjo ejercía en las masas. Así, pues, puso delante de él y de gran multitud del pueblo y de la nobleza reunidos a un hijo suyo, ciego de nacimiento, y le intimó con toda solemnidad que, si le curaba, todos creerían en él; de lo contrario, recibiría el castigo de sus imposturas.

Puesto, pues, Apolinar ante esta alternativa, hizo primeramente oración, y luego, invocando el nombre de Dios, devolvió la vista al niño. Ante tan estupendo milagro abrazó la fe cristiana gran multitud de espectadores y el mismo juez condujo al Santo a lugar seguro, donde pudo entregarse durante cuatro años a su obra de apostolado. Pero descubierto por fin por los fanáticos paganos y denunciado a Vespasiano (69-79), fue conducido a la cárcel y entregado a la custodia de un centurión; mas, como éste era cristiano, pudo evadirse; pero, apresado entonces por los Paganos, fue azotado y maltratado cruelmente, y, recogido por los cristianos, murió siete días después, el 23 de, julio del año 81.

Tal es, en conjunto, la Pasión de San Apolinar, que en el siglo VII encuentra ya su expresión definitiva y constituirá en adelante la base de la grandeza y veneración tributada al Santo. La grandeza y significación de Ravena frente a Roma van en aumento durante los siglos VI, y VII Al mismo ritmo crece la grandeza y veneración de San Apolinar, el apóstol y fundador de Ravena. La basílica de San Apolinar in Classe se convierte en el centro más concurrido de piedad y veneración. A las riquezas con que la embelleció desde un principio Justiniano I se añaden multitud de preciosos mosaicos y otras obras de arte, que la convierten en uno de los más preciosos monumentos de arte bizantino. En el siglo IX. ocurre otra novedad. A la suntuosa iglesia que con el título de Jesucristo Salvador había erigido en Ravena el rey ostrogodo Teodorico el Grande, en torno al año 500, se le dio en este siglo nombre de San Apolinar el Nuevo y se la convierte en basílica más suntuosa y exuberante, y como el prototipo de la abigarrada ornamentación bizantina. Los preciosos mosaicos que cubren casi todas las paredes constituyen los mejores modelos de este estilo.

Ahora bien, ¿qué ha ocurrido con la basílica de San Apolinar in Classe? La explicación, es muy sencilla. Era el tiempo de las terribles incursiones de los sarracenos, y como Classe era el puerto de Ravena, su basílica estaba expuesta a la profanación y a la ruina. Por esto se fingió un traslado de la basílica de San Apolinar in Classe al interior de la población y se convirtió a la basílica de San Apolinar el Nuevo en el nuevo santuario de San Apolinar. De hecho, así quedaron las cosas desde entonces. Mas cuando, pasado el peligro, se quiso restaurar el culto y la significación de la primera basílica, se inició una verdadera rivalidad entre las dos basílicas de San Apolinar.

Para confirmar definitivamente sus derechos de preferencia la basílica de San Apolinar in Classe, hizo realizar un reconocimiento solemne de las reliquias del Santo en 1173 durante el pontificado de Alejandro III (1159-1181). De nuevo, en 1511, en tiempo de Julio II (1503-1513) se efectuó otro reconocimiento oficial al mismo tiempo que se renovaba el sepulcro del altar mayor.

Mas como los monjes de San Apolinar in Classe el siglo XVI, se trasladaran al monasterio de San Romualdo, de Ravena, lleváronse secretamente consigo las reliquias de San Apolinar. Entonces, pues, presentó una reclamación la catedral de Ravena, alegando que ella tenía más derecho a aquellas reliquias que los monjes de San Romualdo. Con esta ocasión la Sagrada Congregación de Ritos dispuso en el año 1654 que se restituyeran aquellas reliquias a la antigua basílica de San Apolinar in Classe.

Por otra parte, aun fuera de Ravena y las llanuras del Po es admirable la expansión que alcanzó durante la Edad Media el culto de San Apolinar. Así aparece en un estudio reciente, no sólo en lo que se refiere a Italia, sino también a otros territorios. Así, para no citar más que unos pocos ejemplos: la importante sede metropolitana de Reims; el Apolinarisberg, en Alemania, entre Coblenza y Bonn, cerca de Remagen; la abadía de Burtscheind, dedicada al Santo, cerca de Aquisgrán: la iglesia monástica de Michel-bach-le-Haut, en el alto Rhin.

Indudablemente, su culto alcanzó un gran esplendor entre los siglos VI y IX, y es una de las manifestaciones la rivalidad entre Ravena y Roma. Pero, después de alcanzar su punto culminante, experimentó también su crepúsculo, si bien conservó siempre una relativa significación.

Santa Brígida de Suecia.

Suecia es en la actualidad un país típicamente protestante: sus habitantes, en su inmensa mayoría, son luteranos, y la vida y la cultura de la nación están impregnadas del espíritu del protestantismo. La Reforma, que allí tuvo lugar en la primera mitad del siglo xvi, favorecida por los nobles y por el poder real, acabó por completo con el catolicismo, seis veces secular: hoy día hay de nuevo católicos en Suecia, pero son muy poco numerosos. Sin embargo, durante la' Edad Media la cultura católica y la vida espiritual florecieron también en los países escandinavos, que llegaron a constituir un verdadero plantel de santos. Están, en primer lugar, los tres santos reyes mártires, patronos de los tres reinos escandinavos: San Canuto de Dinamarca, San Olao de Noruega y San Eric de Suecia, y después otros muchos más (sobre todo monjes y monjas, presbíteros y obispos); pero entre todos los santos de Escandinavia, la más célebre es Santa Brígida de Suecia.

Santa Brígida nació probablemente en 1303 en Finsta, en la región de Upland, núcleo originario del reino de Suecia. De su infancia no sabemos mucho; cuenta una piadosa leyenda que, al nacer, su madre se salvó milagrosamente del peligro de muerte en que se encontraba, y que, niña ya, si se intentaba castigarla, las varas se quebraban al ir a pegarle. Fueron sus padres Birger Petersson e Ingeborg Bengtsdotter, ricos terratenientes; su padre era senador del reino y gobernador de Upland y, lo mismo que su madre, era de una profunda y piadosa religiosidad: ambos se confesaban todos los viernes, se mortificaban con rigurosos ayunos, practicaban la limosna, apacentaban su espíritu con lecturas piadosas y hacían largas peregrinaciones. En realidad, toda la familia de Santa Brígida era muy devota y cristiana: tía suya era Ingrid de Skänninge, fundadora del primer convento de dominicas en Suecia, y un hermano de Santa Brígida, cuyo nombre era Israel, se llamaba y consideraba caballerescamente "el novio de la Virgen". Santa Brígida quedó muy pronto huérfana de madre, y, sin salir del medio social de, su cuna, se educó con una tía suya, esposa del gobernador de Östergötland, en un ambiente religioso y caballeresco.

A los catorce años (conforme a los usos de la época) fue casada con el noble caballero Ulf Gudmarsson, senador y gobernador de la región de Närke; fijaron su residencia en Ulvasa, en Östergötland, y en casi treinta años de matrimonio tuvieron ocho hijos (Marta, Carlos; Birger, Catalina, Benito, Gudmar, Ingeborg y Cecilia) de muy diverso carácter, pues mientras Carlos fue un príncipe ligero y mundano, Catalina (elevada también a los altares) sería la fiel continuadora de la obra de su madre, a quien profesó en vida una ejemplar devoción filial y de quien fue su mejor colaboradora.

Santa Brígida ayudaba a su marido en el gobierno de sus extensos dominios señoriales y le animaba a la lectura y al estudio, con el fin, sobre todo, de que conociera bien las leyes para juzgar ¡con rectitud; mas no por ello desatendía la educación de sus hijos: asistía ella misma a las lecciones del clérigo encargado de la instrucción de los niños y juntamente con ellos empezó a aprender latín, velando al mismo tiempo por que se les infundiera el santo temor de Dios y se fortalecieran en la fe cristiana.

Después, Santa Brígida fue llamada a la corte, como dama de honor de la reina Blanca, esposa del rey Magnus Eriksson; hizo todo cuanto estuvo en su mano para que en la corte hubiera un ambiente menos mundano y los reyes llevaran una vida más profundamente religiosa, si bien sus desvelos no se vieron coronados por el éxito.

En 1341, siguiendo una tradición familiar, Santa Brígida y su marido hicieron la peregrinación a Santiago de Compostela, viaje que duró dos años y que les permitió ver de cerca las dos más grandes calamidades del siglo: la Guerra de los Cien Años (entre Inglaterra y Francia) y 11 el destierro de los Papas en Aviñón (Francia). De vuelta del largo viaje a la remota España, Ulf Gudmarsson se encierra en el monasterio cisterciense de Alvastra, donde enferma y muere el 12 de febrero de 1344.

La muerte de su marido señala el comienzo de una mayor actividad por parte de Santa Brígida. La divina llamada de que entonces fue objeto se nos cuenta de esta manera en las Revelaciones extravagantes: "Pasados algunos días después dé la muerte de su marido, encontrándose santa Brígida muy preocupada acerca de su estado, vióse envuelta e inflamada por el espíritu del Señor; y arrebatada en espíritu vió una nube resplandeciente y oyó una voz que desde la nube le decía: `Yo soy tu Dios, que quiero hablar contigo'. Asustada, no sea que fuese engaño del enemigo, oyó por segunda vez: `No temas, pues Yo soy el Creador, no el engañador. Y has de saber que no hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos. Escucha, pues, lo que digo. Tú serás mi esposa y mi instrumento; oirás y verás cosas ocultas espirituales y celestes, y mi espíritu permanecerá contigo hasta la muerte. Cree, pues, firmemente que soy Yo mismo, que nací de la Virgen pura, que sufrí y padecí muerte de cruz por la salvación de todas las almas; que resucité de entre los muertos y subí a los cielos; que ahora, además, por mi Espíritu, hablo contigo".

Poco después, en 1345, iniciaba Santa Brígida la construcción de un monasterio doble, para monjas y monjes, en Vadstena; a orillas del Vättern, siendo ayudada con dinero por el mismo rey, pero solamente al principio, porque después el monarca se opuso al proyecto y hasta ordenó la demolición de las obras comenzadas. Pero estas dificultades iniciales, lo mismo que otras mayores, que después le saldrían al paso, no arredraron a Santa Brígida. En este tiempo escribe también Santa Brígida la Regla para su proyectado monasterio, y recibe otra serie de revelaciones divinas con el encargo de dar a conocer su contenido, como así lo hace, una vez obtenida la oportuna licencia de los obispos suecos a quienes consultó. De conformidad con lo que se le había revelado, se dirigió amonestando a los monarcas, a los nobles y al mismo clero, para que llevaran una vida más de acuerdo con la moral cristiana; a los reyes de Inglaterra y de Francia, para que hicieran la paz; al Papa, para que abandonara la ciudad francesa de Aviñón y regresara a Roma, verdadera cabeza de la cristiandad.

Y a Roma y no a Aviñón se dirigió Santa Brígida en 1349 con el doble propósito de conseguir del Papa la aprobación de la Regla, y de ganar el jubileo del Año Santo de 1350. Nuestra Santa tuvo en la Ciudad Eterna la revelación de esperar allí hasta que hubiera venido el Papa, y así lo hizo, reuniendo a su alrededor mientras esperaba, un grupo de personas, "los amigos de Dios", entre los cuales sobresalían su hija Catalina y los prelados suecos Pedro de Alvastra y Pedro de Skänninge; años después se unió a ellos el eremita Alfonso de Vadaterra, obispo de Jaén, buen teólogo y bien relacionado con la Curia y la nobleza de Roma, que protegería eficazmente a los ascetas escandinavos y que después sería el recopilador de la obra escrita de Santa Brígida. Después de casi veinte años de espera vino por fin a Roma el papa Urbano V, dando su aprobación a la Orden brigidina, si bien con tantas restricciones que desfiguraban substancialmente la imagen que de la misma había bosquejado la Santa. Por otra parte, el Papa se volvió a Francia, a pesar de las súplicas insistentes de Santa Brígida para que no lo hiciera. Santa Brígida hubo de continuar su estancia en Roma y no volvería ya a ver más su tierra.

Santa Brígida y el grupo reunido en torno a ella llevaban en Roma una vida de inusitada dureza en aquel mundano siglo xiv, siguiendo hasta donde les era posible las normas de la Regla que para su Orden había escrito. El grupo monacal estaba sometido a una estrecha pobreza voluntaria, ganándose todo el sustento con el trabajo manual y en muchos casos pidiendo, lo que no les impedía ejercer la caridad, bien mediante la limosna material, bien enseñando la doctrina -cristiana a los pobres y extranjeros; las visitas a las iglesias y a las sepulturas de los mártires y las peregrinaciones a los más apartados santuarios de toda Italia eran otras de las actividades favoritas de nuestra Santa. Mientras tanto se disciplinaba con largos ayunos y rudas penitencias: por ejemplo, dormía siempre sobre el santo suelo. Santa Brígida, exigente consigo misma, también lo era con los demás; uno de los rasgos de su personalidad que más la dieron a conocer entre las gentes romanas era su actividad amonestadora, hasta el punto de haberle dado el remoquete de "bruja escandinava" todas aquellas personas a quienes molestaban sus constantes llamadas al orden y a la rectitud de vida, algo que brillaba por su ausencia en el ambiente agitado y anárquico de la Roma de aquellos tiempos.

Acompañada de su hija Catalina, de los dos Pedros y de Alfonso de Jaén, embarcándose en Nápoles y haciendo escala en Chipre, hizo también Santa Brígida la peregrinación a Tierra Santa, viviendo medio año en la "tierra del Evangelio", donde Dios se sirvió dispensarle abundantes revelaciones relativas a la vida humana del Señor, en particular sobre su nacimiento y su pasión, revelaciones cuya notoria influencia en los artistas que después han representado tales misterios señalan con complacencia los biógrafos modernos de Santa Brígida. Poco después de haber regresado de esta larga peregrinación, moría nuestra Santa el 23 de julio de 1373 en Roma, en la que había sido su residencia romana -la que después se llamaría "Casa de Santa Brígida", que en los tiempos finales de la Edad Media y luego en los del Renacimiento iba a constituir algo así como el hogar escandinavo de la ciudad de los Papas.

Santa Brígida fue enterrada en la iglesia romana de San Lorenzo in Panisperma; pero sólo provisionalmente, pues poco después su hija Catalina, juntamente con su hermano Birger Ulfsson y los dos Pedros, trasladaron a Suecia los restos mortales de la Santa. El largo camino de Roma a Danzig lo hicieron pasando por Viena y por el celebérrimo santuario mariano de Czestochowa, en Polonia; en Danzig se embarcaron hasta la isla báltica de Öland, que atravesaron por tierra, para embarcarse de nuevo y, bordeando la costa, tocar tierra sueca en Sóderköping; desde aquí, hasta su definitivo reposo en su amado monasterio de Vadstena, los restos mortales de la Santa pasaron todavía por las populosas y para ella familiares ciudades de Skänninge y Linkóping. A su paso por los diversos países de Europa, el fúnebre cortejo iba cumpliendo una verdadera actividad misionera: Santa Catalina dirigía a los pecadores saludables instrucciones, procuraba con sus hechos y palabras inspirar por doquier el santo temor de Dios, y al mismo tiempo daba a conocer las predicciones y revelaciones de Santa Brígida. Ya en Suecia, el recorrido con los restos mortales de Santa Brígida adquirió caracteres de una auténtica procesión triunfal; los milagros florecían a su paso y de todas partes acudían a saber las revelaciones brigidinas, a rogar y rezar ante sus despojos, y a oír los sermones de Pedro de Alvastra. Después de haber recorrido durante más de medio mes las tierras patrias que había dejado un cuarto de siglo antes y a las que en vida no había podido regresar, Santa Brígida fue enterrada en el monasterio de Vadstena el 4 de julio de 1374, viéndose honrado el sepelio con la asistencia de lo más florido de la nobleza y del clero de Suecia, así como de un pueblo abundante y devoto. Los milagros ante su tumba fueron numerosos y poco tiempo después, en 1375, su santa hija Catalina emprendía el largo viaje a Roma para conseguir la canonización de su amada madre y la aprobación definitiva de la Orden brigidina; Santa Catalina vió logrado el segundo objetivo, pero Santa Brígida no fue elevada a los altares sino por el papa Bonifacio IX en 1401 (cuando ya había fallecido Santa Catalina). La canonización fue confirmada en 1415 en el concilio de Constanza por el antipapa Juan XXIII, pero los reyes de Suecia querían una canonización absolutamente legítima para su Santa y pidieron y obtuvieron en 1419 la confirmación de la misma por el papa Martín V, Sumo Pontífice de toda la cristiandad. Su fiesta se celebraba el 7 de octubre, que sigue siendo el día de Santa Brígida en el calendario nacional sueco, hasta el siglo xviii, en que el papa Urbano VIII la trasladó al 8 de octubre para que no coincidiese con la fiesta del Rosario.

Además del ejemplo de su vida de santidad, de la extraordinaria y sorprendente actividad de Santa Brígida han llegado hasta nosotros dos frutos visibles y perdurables: sus obras literarias y la Orden del Santísimo Salvador.

La Orden brigidina (Ordo Sanctissimi Salvatoris) es una Orden contemplativa cuya finalidad primordial es alabar al Señor y a la Santísima Virgen y ofrecer reparación por las continuas ofensas que se cometen contra la divina Majestad; sus miembros han de llevar una vida perfecta para el honor de Dios y la salvación de las almas y tomar como base de su oración la meditación en la pasión del Señor. Su hábito y su manto es gris, y tanto en el hábito como en el número de sus miembros dejó su impronta el arraigado simbolismo medieval. Cada monasterio debía tener 60 monjas, 13 presbíteros, dos diáconos, dos subdiáconos y ocho hermanos legos, con lo cual el número total de 85 personas igualaría al de los 72 discípulos más los 13 apóstoles, incluyendo entre éstos a San Pablo. El carácter de Orden mixta fue una de las mayores dificultades que encontró nuestra Santa para su aprobación, aparte de la decisión, aún vigente en su época, del concilio de Letrán de 1215 de que no se crearan Ordenes nuevas. Realmente fue la hija de Santa Brígida, Santa Catalina, la que consiguió la aprobación definitiva de la Orden brigidina y quien organizó conforme a la Regla de la misma el monasterio de Vadstena. La Orden del Santísimo Salvador, por su celo apostólico, por su eficaz labor en la instrucción del pueblo y por su actividad cultural, significó un fuerte lazo de unión de los tres reinos escandinavos. Su actividad en el campo de la cultura fue muy grande a finales de la Edad Media: muchos brigidinos escandinavos fueron obispos y profesores de universidad; ellos tradujeron la Biblia a los idiomas escandinavos, y fueron los monjes de Vadstena los que tuvieron la primera imprenta de Suecia. La Orden del Santísimo Salvador se extendió por toda Europa, llegando a tener unos 80 florecientes monasterios; con la Reforma protestante, primero, y con la Revolución francesa, después, la Orden brigidina sufrió mucho, si bien consiguió sobrevivir en Europa en el monasterio bávaro de Altomünster. En el siglo xvi, una dama española, la Venerable Marina de Escobar, dió un gran impulso a la rama española de la Orden que ha perdurado en Méjico y en España. La Orden del Santísimo Salvador ha sido restaurada en nuestros días, siguiendo muy de cerca las huellas y el espíritu de Santa Brígida, merced al infatigable tesón de la madre Isabel Hesselblad, otra tenaz mujer sueca de nuestros días (falleció en 1957); y ha sido construido un nuevo monasterio en Vadstena, al lado mismo de la famosa "Iglesia Azul" (Blakyrka), la primera de la Orden brigidina.

Los escritos de nuestra Santa constituyen la obra capital de la literatura sueca medieval. El conjunto más importante lo forman las Revelaciones, en ocho libros, recogidas y ordenadas (aunque no muy sistemáticamente) por Alfonso de Vadaterra, y las llamadas Revelaciones extravagantes, no incluidas en la recensión hecha por el obispo de Jaén y recopiladas más tarde por Pedro de Alvastra; hay que añadir además la Regla del Santísimo Salvador y el Sermón angélico sobre la excelencia de la Virgen. Santa Brígida sabía y hablaba latín, pero su obra era dictada en sueco a sus secretarios (los dos Pedros), que la iban poniendo en latín; no en un latín con pretensiones clásicas, sino en el latín que era la lengua de la conversación de los hombres cultos de su siglo, es decir, la verdadera lengua europea de la época. El estar en latín fue sin duda un factor que contribuyó decisivamente a favorecer la difusión de los escritos brigidinos, sobre todo de las Revelaciones, que conocieron nada menos que nueve ediciones en menos de doscientos años. Las Revelaciones de Santa Brígida fueron, sin embargo, discutidas desde muy pronto, siendo eficazmente defendidas en el concilio de Basilea (1436) por el dominico, y más tarde cardenal, Juan de Torquemada, quien al mismo tiempo hizo un detenido estudio de las mismas y las clasificó en tres tipos: corporales, espirituales e intelectuales. Estas revelaciones fueron un mensaje que Santa Brígida debía llevar al mundo; el Señor le había dicho: "No hablo por ti sola, sino por la salvación de todos los cristianos". Pero fueron también las revelaciones que iba recibiendo las que determinaban la actuación de Santa Brígida a lo largo de su vida.

Ya a los siete años se le apareció la Virgen María ofreciéndole una corona de espinas: "Ven y acércate, Brígida", le dijo. "¿Quieres esta corona?" "Sí", contestó nuestra Santa. Una corona blanca sobre la toca sería después el distintivo más característico del hábito brigidino. A los diez años se le apareció Cristo en la cruz, diciéndole: "Mira cómo estoy herido". "¿Quién te ha hecho eso, Señor?" "Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto", le dijo el Señor. Pocos años más tarde se le apareció un diablo pestilente, que le dijo: "Nada puedo sin permiso del Crucificado". Todo ello determinaría la profunda devoción de Santa Brígida a Cristo crucificado. Obedeciendo a revelaciones recibidas hizo el viaje a Roma y allí permaneció esperando durante poco menos de veinticinco años el definitivo regresó del Papa; y por el mismo motivo tuvo siempre fe en el triunfo de su obra, es decir, en la definitiva aprobación de la Orden del Santísimo Salvador, cuya Regla había escrito nuestra Santa también por inspiración divina.

Santa Brígida tuvo también revelaciones sobre diversos acontecimientos: por una revelación divina supo, estando en Roma, al mismo tiempo de tener lugar en Suecia, la muerte de su yerno; y predijó también, para tan pronto como hubiese regresado a Aviñón; la muerte del papa Urbano V, quien, a pesar de las insistentes súplicas de la Santa para que no lo hiciera, no quiso quedarse en Roma cuando vino allí en 1367. "Por la gracia del Espíritu Santo -podemos leer en las Revelaciones extravagantes- tuvo este gran don la esposa de Cristo: que cuantas veces se le acercaban personas llenas de espíritu inmundo y soberbio, en seguida sentía un hedor tan grande y tenía en su boca un sabor tan amargo que apenas podía soportarlo". Otros muchos hechos milagrosos se cuentan de nuestra Santa, gran número de los cuales están recogidos en el Libro de los milagros de Santa Brígida de Suecia, pero ¿qué mayor milagro que el de la fundación y pervivencia de la Orden del Santísimo Salvador, fundada en medio de dificultades humanamente invencibles y perenne a pesar de las persecuciones de que ha sido objeto en Europa?

Los escritos de Santa Brígida, y en particular sus Revelaciones, nos permiten conocer muy bien su mundo de ideas y pensamientos, sus ideales, su carácter y hasta el desenvolvimiento de su propia espiritualidad. En ellos queda reflejado: su gozo ante la obediencia ("La virginidad merece la corona-dice-, la viudedad acerca a Dios, el matrimonio no excluye del cielo; pero lo que lleva a la gloria es la obediencia"); su devoción a la humanidad de Cristo (a la pasión sobre todo), a la Eucaristía (Santa Brígida comulgaba los domingos y días de fiesta, lo que entonces se consideraba comunión muy frecuente), al Corazón de Jesús ("Cosa digna es -dice la Santa- que tu invicto Corazón, ¡oh Jesús!, sea siempre magnificado en el cielo y en la tierra e incesantemente alabado") y a la Santísima Virgen (en los escritos brigidinos se puede espigar una serie de afirmaciones que constituyen todo un tratado de mariología). También nos es dado seguir en ellos la lucha que, para conseguir una mayor perfección y llegar a la verdadera humildad, hubo de sostener contra diversas clases de tentaciones: tentaciones de orgullo y sensualidad; tentaciones contra la fe; sentimiento de verse abandonada por el Padre celestial y de considerarse, a veces, incapaz de orar. Pero también podemos ver allí su voluntad inquebrantable, su gusto siempre creciente por la austeridad, su deseo ferviente de apostolado, su afán de reformar las costumbres. Realmente es sombrío el cuadro que Santa Brígida traza en sus escritos al describir el estado de la cristiandad de su época; a laicos, Ordenes religiosas, presbíteros, obispos y papas: a todos llama a penitencia. Si no siempre tuvo éxito, consiguió muchas veces lo que se proponía. A su esposo, lo atrajo a una vida más piadosa; a su hija Catalina, la hizo entrar en el círculo de su actividad de fundación y santificación, y lo mismo sucedió con otras personas que con ella entraban en contacto. Por su carácter práctico y activo, por sus rasgos de simplificación espiritual, por su constante tendencia a la austeridad, se la ha considerado (sobre todo en su país) como una precursora de la Reforma; pero ésos son más bien rasgos de una auténtica reformadora hondamente católica, como lo prueba además su devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Mujer de carácter complejo y gran coraje, fue una infatigable luchadora, y (como ella misma nos dice). "la mensajera de un gran Señor". Por eso Santa Brígida mereció que su muy amado Crucificado le dijera poco antes de morir: "Yo he hecho contigo como suele hacer el esposo, que se esconde de su esposa para ser de ella más ardientemente deseado. Así Yo no te he visitado con consuelos en este tiempo pasado porque era el tiempo de tu prueba. Pero ahora, una vez ya probada, ven a Mí".

domingo, 22 de julio de 2012

22-07-2012 Domingo 16 de Tiempo Ordinario

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 22 de julio 2012, del Domingo 16º de TO resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy