lunes, 24 de octubre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).
Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.



Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga.
Habla una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo:
-«Mujer, quedas libre de tu enfermedad.»
Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha.
Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús habla curado en sábado, dijo a la gente:
-«Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»
Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo:
-«Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado?
Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no habla que soltarla en sábado?»
A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

Palabra del Señor.

San Antonio María Claret

Entre los aldeanos de Cataluña se decía en tono de desprecio: «Sallent, Sallent, petita villa y mala gent.»

Pero Dios quiso que de Sallent, pequeña villa de la provincia de Barcelona, saliese una de las más grandes figuras de la iglesia española en el siglo XIX. Allí nació San Antonio María Claret, el día de Navidad de 1807, cuando la tierra resonaba de villancicos y melodías pastoriles. Un pueblo humilde y un hogar oscuro, donde había un telar, donde se rezaba el ángelus, donde no faltaban nunca algunos maravedises para los pobres que llamaban a la puerta, pero donde, más que los dineros, abundaban los gritos, los lloros y los golpes de los niños, pues con Antonio María se sentaban a la mesa del honrado tejedor otros diez hijos, que él miraba, a la vez, orgulloso y aterrado.

No era, ciertamente, Antonio María el que más guerra daba en el hogar. Más que jugar o pegarse con los demás muchachos, le gustaba escuchar sermones, aprender a deletrear libros piadosos y meditar en las verdades que se iban grabando en su cabecita infantil. No tenía más que cinco años y ya se inquietaba su espíritu resolviendo los graves problemas de la gracia y de la predestinación, del pecado y de la eternidad. Más de una vez le oía su madre repetir entre el rebujo de la cuna: «¡Eternidad, eternidad!... ¡Siempre, siempre!... ¡Jamás, jamás!...» Y si se despertaba durante la noche, exclamaba, perseguido por la misma idea: «Y aquello, ¿no acabará nunca? ¿Siempre habrá que padecer?» La eternidad fue como el coco de su infancia.

Algo extraordinario brillaba ya desde aquellos primeros años en la vida del hijo del tejedor. Dios le guiaba y le protegía. No era como los demás niños. Si encontraba un anciano arrastrándose penosamente por la calle, se acercaba a él, le cogía de la mano y le llevaba hasta su casa. Si brillaba una moneda en su camino, la recogía y no paraba hasta encontrar su propietario; si se veía en la plaza a un niño explicando las verdades de la fe a un corro de compañeros, ese niño era Antonio María Claret. Muchas tardes, los días de fiesta, desaparecía de casa para dirigirse en compañía de alguno de sus hermanos al vecino santuario de Nuestra Señora de Fusimaña, sin acobardarse por los bosques de pinos que había que atravesar y los riscos a través de los cuales había que ascender. Todo le parecía poco para dialogar amorosamente con la que ya entonces llamaba su madrina, su maestra, su directora, su madre, y ella, evidentemente, le enseñaba, le guiaba y le protegía. Ella le salvó el día de su accidente en la playa de la Barceloneta. Una ola le envolvió rápida y furiosa; la resaca le llevaba mar adentro; ya giraba en medio de un torbellino de aguas alborotadas. «Entonces—dice él mismo—se me ocurrió la idea de invocar a María Santísima. Hícelo del mejor modo que supe, y, sin saber cómo, me hallé al instante en la playa.»

Y, no obstante, por obra del infierno, sus labios temblaban con balbuceos de blasfemias horribles contra su libertadora. Era la hora de la tentación. Sus ojos se cerraban aturdidos, su cuerpo se agitaba en una convulsión espantosa; sollozaba y decía: «¡Señor, antes morir que pecar!» Otra vez era el demonio de la lujuria. Su mente se llenaba de imágenes hediondas; su corazón, de fuegos infernales. Luchaba, rezaba, desgarraba su cuerpo; pero la tiniebla seguía envolviendo su espíritu. Hasta que su aposento se ilumina; una imagen llena de gracia brilla en los aires y aparece una mano que alarga una guirnalda de rosas, mientras se oye esta voz: «Antonio, si vences, esta corona será tuya.»

Peor fue todavía el peligro del olvido, el olvido de su destino y de la misión que le estaba designada. A los dieciocho años, Antonio se había sumergido en el torbellino hirviente de la vida de Barcelona. Era un fabricante de tejidos, estudiaba el dibujo, agenciaba tintes, multiplicaba muestras, vigilaba su taller, prosperaba, y de día en día aumentaba su prestigio de hombre inteligente e irreprochable en el comercio, a quien la fortuna reservaba un magnífico porvenir. Todo su afán era la fabricación; todo su pensamiento, las máquinas y los telares; su preocupación, las composiciones y descomposiciones. Aquella afición a la industria le absorbía, dominaba su vida, le inutilizaba para cualquier otro ejercicio. Todas las horas eran para ella; hasta los días festivos, después de oír misa y de comulgar algunas veces, el joven fabricante se encerraba en su aposento a dibujar, a combinar y a hacer problemas. Fueron cuatro años largos de desorientación y de tristeza, que el hombre de Dios miró más tarde como años perdidos, años en que no faltaron los peligros y los desengaños, pero que también tuvieron su aspecto beneficioso, pues no fue escasa la experiencia de los hombres y de la vida que en ellos recogió el joven industrial.

Pero cuando ya empezaba a abrirse camino y la suerte le sonreía y su bolsa se llenaba de plata, surgió en el fondo de su alma, con una insistencia inquietante, esta sentencia que, siendo niño, había leído en el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» Como con una espada invisible, esta frase atravesó su ser y paralizó aquella actividad apasionada y febril. Al empezar el trabajo, mientras trabajaba, cuando cerraba el taller, durante el sueño, la terrible pregunta brillaba ante sus ojos, amortiguando su entusiasmo y llenándole de inquietudes. A veces le parecía que alguien se apostaba junto a él y se la lanzaba al oído. Su espíritu no recubro la serenidad hasta que un día se levantó con la resolución de abandonar aquella maraña de ruedas, tejidos y lanzaderas, para consagrarse únicamente al negocio de su salvación. Tenía entonces veintidós años.

San Antonio María Claret, ObispoAquella alma ávida e inquieta no podía entregarse a medias. Con audacia y generosidad, ensaya durante algún tiempo los diversos caminos que se abren ante ella. ¿Cuál será el suyo? Todo su afán es ahora conocer la voluntad de Dios. Primero, el estudio del latín y de la filosofía en el seminario de Vich. Pero allí cerca, en la cartuja de Montealegre, viven unos hombres en el olvido perpetuo de todas las cosas mundanas. Un breve ensayo, de resultados negativos, en el silencio de la vida claustral. ¿Cómo aquel hombre, hecho para las plazas y las multitudes, trotamundos a lo divino, iba a aquietarse con el reposo contemplativo de un claustro sin horizonte, de una vida despojada de todo dinamismo exterior? Otra vez en el seminario, en una celda fría y hosca, cuyas paredes están llenas de estampas de todos los gustos y colores, con imágenes de la Virgen y de los santos, con figuras simbólicas, dibujadas a pluma por el propio seminarista, de las cuatro verdades eternas; con breves jaculatorias, o resoluciones, o sentencias recortadas de algún libro piadoso. Allí la imaginación trabajaba buscando imposibles. Hay horas de humanos desalientos y horas de divinas impaciencias. En una de estas últimas le parece oír la misma voz que traía a Francisco Javier a través del continente asiático: «La caridad de Cristo me urge —decía—. No puedo resistir a los impulsos interiores que me llaman a salvar almas. Tengo sed de derramar mi sangre por Cristo.» Su sueño es ahora irse a países de infieles, ponerse a disposición de los que dirigen la Obra de la Propagación de la Fe. Con la ilusión en el alma, y en la mano el báculo de peregrino, pasa los Pirineos, coge un barco en Marsella y llega a Roma en una tarde iluminada por un sol de otoño claro y dulce. Nuevo desencanto. Todo son tardanzas y dificultades. Se le cierran todos los caminos y todas las puertas, hasta la puerta de la Compañía de Jesús. Está loco de contento porque ha logrado vestir la sotana de San Ignacio; pero durante el noviciado cae enfermo, y el Padre rector le dice: «Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto, ¡pronto!, a España. No tenga miedo. ¡Animo!»
Después de tantos rodeos, se encuentra otra vez en su tierra. Ya es sacerdote. Le han dado una parroquia que se llama Viladráu. No será cartujo, ni jesuita, ni misionero del Asia: será simplemente cura; pero un cura perfecto que no es poco decir. Confiesa como si tuviese experiencia de muchos años, dice misa como un ángel, se pasa las horas muertas delante del altar, organiza y sostiene hermandades piadosas, recibe a sus feligreses con una amabilidad exquisita, y cuando hay baile en el pueblo, se presenta entre los jóvenes con un crucifijo en la mano, habla con voz patética de las penas del infierno, disuelve las parejas y despide la música. Tenía gracia especial para hablar. Los vecinos de Viladráu estaban orgullosos de su vicario. Es un misionero, es un apóstol, es un predicador admirable del Evangelio. La voz se extiende por los alrededores, y todos los domingos, por la tarde, la comarca se despuebla y los caminos de Viladráu se llenan de gentes, que lanzan al aire cantos y plegarias. La iglesia se llena, la voz estalla en anatemas, se diluye en divinos requiebros o tiembla como un gemido; el orador aparece transfigurado, la muchedumbre estalla en lágrimas y en sollozos.

Pronto, los pueblos todos de Cataluña quieren oír al predicador de Viladráu. Y él se deja llevar; va a pie de parroquia en parroquia, bajo los soles, entre las nieves, desde las márgenes del Ebro hasta las vertientes de los Pirineos. «La caridad me urge, el amor me impele, me hace andar, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: «¡Hijo mío, mira que vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases adelante!» Su paso levanta oleadas de entusiasmo, y, lo que es mejor, gritos de arrepentimiento: los pueblos se transforman, los grandes pecadores se arrodillan a sus pies, y su voz abre los corazones más empedernidos. Predica en las iglesias y en los caminos, en la calle y al abrigo de las posadas. Los caminantes y las samaritanas saben del poder de su palabra y de la bondad de su corazón.

—Buenos días, señor cura—le dijo en cierta ocasión un arriero—; ¿quiere confesar a mis mulas?

—No blasfemes de esa manera, desgraciado; quien ha de confesarse eres tú, que no lo has hecho hace quince años.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?

—El que me ha dicho los pecados que tienes. Mira, te los voy a decir uno por uno....Y como herido por el rayo, aquel pobre hombre ató las bestias a un árbol, y allí mismo, junto al tronco, cayó de rodillas delante del misionero.

En otra ocasión, se desarrolló una escena más sublime todavía. Era entre un laberinto de montañas, camino de Olot. Tres hombres de feroz aspecto salen de la selva, y gritan.

—Alto, Padre capellán. ¡La bolsa o la vida!

—La vida será, porque bolsa no llevo.

—Pues morirá, para que no nos denuncie.

—No me importa morir, pero os ruego una cosa. Voy a predicar cerca de aquí el sermón de la fiesta. Todo está preparado y no puedo faltar; dejadme unas horas, que, una vez cumplido mi compromiso, vendré a buscaros.

—Tiene razón—dijo uno.

—¿Y si no vuelve?—observó otro—. ¿Si nos denuncia y nos llevan a la cárcel? Mejor será matarlo.

—No temáis—replicó el Padre Claret—; os doy mi palabra de sacerdote, y la cumpliré religiosamente.

—Vaya en paz—respondieron los malhechores, desalmados por tanta fortaleza. Y en las primeras horas de la tarde se encontraba de nuevo en el lugar de la cita. Los tres bandidos salieron a su encuentro.

—¡Qué! ¿Ya viene preparado a morir?—preguntaron.

—Sí, amigos míos—respondió él—; pero antes quiero daros gracias por haberme concedido el favor que os pedí.

—¡Es un héroe!—exclamaron los tres, conmovidos por aquella serenidad—. ¿Qué hacemos?

—¡Perdonadle! ¡Es un valiente!—murmuró uno.

—Pero, además, es un santo—replicó otro—. Yo quiero confesarme con él.

—Y yo.

—Y yo.

Y los tres cayeron de rodillas pidiendo la absolución.
El Padre Claret pertenecía a la estirpe de los grandes oradores populares, como San Antonio de Padua, San Juan Crisóstomo, San Vicente Ferrer. Su misma presencia física predisponía en favor. Era de color moreno, bajo de estatura, lleno de cuerpo, de frente alta y despejada. Los que le conocieron nos hablan de la sonrisa de su palabra, de su voz viva y penetrante, agradable y dulcísima, del hechizo de su mirada escrutadora bajo el bosque de las pobladas cejas, del buen humor de la charla y de su trato dulce y afable, que ponía en su sonrisa una magia de sobrenatural atracción. Su elocuencia era la de un auténtico misionero. Podía predicar durante varias horas diarias sin que se advirtiese en él el menor cansancio. Y después de un mes, el público le oía el último día con el mismo entusiasmo que el primero. Los temas ordinarios de sus sermones eran las verdades eternas, la gravedad del pecado, los Sacramentos, la misericordia de Dios, la impenitencia final, la conversión de la Magdalena. Había tomado por modelo al Beato Juan de ávila, y, lo mismo que él, ungía sus sermones con el óleo de la oración. Para hacerse entender, usaba con frecuencia de parábolas y semejanzas caseras. Un público de académicos le hubiera puesto numerosos reparos, pero él prefería atenerse a la máxima de San Agustín: «No me importa que me critiquen los gramáticos, con tal que me entiendan los rudos.» Uno de sus oyentes, que más tarde fue obispo de Segorbe, monseñor Aguilar, escribía un día de diciembre de 1843: «Vengo de Roda, donde acabo de oír al Padre Claret. Empezó el sermón con voz clara, entera y vibrante, que oían perfectamente tanto los que estaban dentro como los que estaban fuera del templo. Ni un murmullo o movimiento en el auditorio, ni un golpe de tos en el predicador interrumpieron por un momento aquel torrente de palabras y de doctrina. Al salir, decía la gente: ¿Cómo puede hablar tanto tiempo sin descansar?... ¿De dónde habrá sacado tanta doctrina?... ¡Qué comparaciones tan oportunas! ¡Qué ejemplos tan bien traídos! ¡Es un santo!, observaban algunos, y contaban sucesos milagrosos acaecidos en sus misiones.»

Efectivamente, Dios había querido confirmar aquella elocuencia con el sello de lo sobrenatural. Los prodigios se sucedían sin interrupción. Hoy, un oyente quedaba como petrificado en su asiento, por haber faltado al respeto al predicador; mañana, la lluvia caía sobre la concurrencia sin dejar la menor reliquia de humedad; otro día, el predicador se detenía para anunciar un castigo, o revelar el estado de un alma, o profetizar la muerte de un oyente. Aquella voz que removía las conciencias, tenía también poder para apagar las llamas, para curar las enfermedades, para descubrir el porvenir. El demonio se revolvía furioso contra ella, estorbando visiblemente los frutos de las predicaciones; despertando recelos entre los políticos, fomentando la calumnia, atizando la persecución y acudiendo a todos los medios para desacreditar al predicador. Ante tan criminal injusticia, el arzobispo de Tarragona se vio en la precisión de desmentir las calumnias con un documento público en el que hacía la apología del misionero: «Su conducta privada es irreprochable; sus costumbres, edificantes; sus obras, conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés, completos, no recibiendo jamás estipendio por los sermones que predica, ni siquiera por la celebración del santo sacrificio; su vida, penitente, mortificada, laboriosa: es un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos. Lo sabe y lo publica la gente de Cataluña y de otras provincias.

Ante los ladridos del sectarismo y de la envidia, el misionero redobla su actividad. Apenas duerme. Ayuna constantemente, confiesa mañana y tarde, a veces hasta quince horas; predica diariamente, y a donde no alcanza el poder de su voz envía la influencia de su pluma. Se ha hecho periodista, folletista, escritor. Ha comprendido el valor de ese otro ministerio más amplio, más moderno, más clarividente, más intenso, más popular, del libro, del folleto, de la hoja volante y de la estampa. Y no sabemos cuándo encontraba tiempo para escribir, pero de su pluma salió una montaña de libros y opúsculos, en que glosaba y vulgarizaba la doctrina del cristianismo en todos sus aspectos: teológico, ascético, místico, apologético, pedagógico, sociológico y cultural. Son más de cien volúmenes, que se reimprimieron durante mucho tiempo, porque el público devoto los devoraba apasionadamente.

Esto era poco todavía. El campo se dilataba ante sus ojos, pidiendo trabajadores infatigables; los obispos reclamaban misioneros; las almas estaban hambrientas de doctrina. Muchas veces el predicador tiene que contestar a las solicitudes con estas palabras dolorosas: «No puedo.» Acaba de recorrer en una misión ruidosa las Islas Canarias, y otras muchas provincias desean oír su voz. Es entonces cuando piensa en rodearse de algunos compañeros, encargados de recoger su espíritu y de ampliar su apostolado. Se reúnen por vez primera en el seminario de Vich el 16 de julio de 1849. Acaban de hacer los Ejercicios espirituales. Están dispuestos a obedecer, a trabajar, a misionar: «Hoy comenzamos una grande obra», dice mosén Claret. «¿Cómo podremos hacer nosotros una grande obra, siendo tan pocos y tan pequeños?», responde uno de los seis que están allí reunidos. «No importa — agrega el jefe de todos ellos—. Así resplandecerá más el poder de Dios.» Aquel día se formó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que hoy extiende sus ramas bienhechoras a través de la tierra.

Ya puede salir de Cataluña. Fue por aquellos días cuando mientras rezaba el Oficio cayó sobre su breviario un trozo de papel que decía: «Ya estarás contento; te han nombrado arzobispo de Cuba. Allá harás de las tuyas; pero también yo haré de las mías.» Por firma, tres rasguños hechos con las uñas. «No hay que hacerle caso. ¡Es el padre de la mentira!», dijo mosén Antón, adivinando el origen de todo aquello. Pero esta vez el demonio decía la verdad. Fue preconizado por el Papa Pío IX en mayo de 1850, y en febrero del año siguiente estaba ya trabajando en su isla.

San Antonio María Claret, orando frente a la cruzEra arzobispo, pero sin dejar de ser misionero. Restaura el seminario, reanuda las clases, interrumpidas durante treinta años; reorganiza el clero, y convierte su palacio episcopal en asilo, hospital, capilla y escuela. Por lo demás, el apenas aparece por sus viejas estancias. Tiene una diócesis inmensa: ciento cincuenta leguas de longitud, por cuarenta de anchura. En dos años la recorre cuatro veces: llega al último rancho, al pueblo más humilde. Unas veces a pie, otras a caballo, hace jornadas de cien kilómetros, bajo un clima tropical, sin probar bocado en veinticuatro horas. Confiesa, predica, confirma, reparte rosarios y medallas, realiza su ministerio pastoral en iglesias destartaladas, en los descampados, en miserables cobertizos. Pasa legalizando matrimonios, legitimando hijos espurios, quemando libros heréticos, renovando la vida cristiana. Las multitudes no aciertan a separarse de él; le siguen de pueblo en pueblo, le aclaman, y a veces camina rodeado de miles de jinetes. Pero la impiedad está rabiosa ante aquel fervor y aquel espíritu evangélico. Acecha, escupe, ladra y no se detiene ni ante el procedimiento del atentado. Una vez, arde la hacienda en que iba a hospedarse el arzobispo; otra vez, el asesino cae a sus plantas arrepentido, y otra vez, en la ciudad de Holguín, la conjuración masónica se felicita ya de haber triunfado. El arzobispo sale del templo con la mejilla surcada por una profunda herida. Sanó milagrosamente; pero gobernantes poco celosos se dieron cuenta de que la actividad de aquel hombre les creaba demasiadas dificultades. Un santo es siempre enojoso para los que no quieren serlo. Los primeros que protestaban eran algunos eclesiásticos, que se Helaban a cumplir el Derecho canónico. El arzobispo estaba dispuesto a imponerle sin contemplaciones: «Pocos y buenos—solía decir él—. Yo sé por experiencia que el castigo mayor que puede caer sobre un pueblo es un mal sacerdote. Es preferible dejar un pueblo sin sacerdote que enviarle uno indiano.» Y añadía esta sentencia, que nos refleja el espíritu de su vida episcopal: «Un obispo ha de estar preparado a una de estas tres cosas: a ser envenenado, procesado o condenado. Si los hombres le respetan, le condenará Dios.»

Él tuvo la repulsa de los hombres. Siete años después de su llegada a Cuba fue llamado a Madrid, que se convirtió desde entonces en centro de sus correrías apostólicas. La reina Isabel II le hizo su confesor; el Papa Pío IX le dio el título de arzobispo de Trajanópolis. Los honores se acumulaban sobre su cabeza, pero él estaba contento porque otra vez volvía a ser misionero, y nada más que misionero. Ahora es toda España la que recoge el fruto de su predicación. Es la historia de los días en que era párroco de Viladráu, aunque en mayor escala. La misma actividad, el mismo desinterés, el mismo entusiasmo en las muchedumbres, el mismo odio de los malvados, correspondidos con la generosidad de siempre. «Dejadlos—decía el Padre Claret—, son los artífices de mi alma. Si supiesen el bien que me hacen, de seguro no se acordarían de mí.»

Al fin, el destierro. Al estallar la revolución de 1860, Isabel II pasa la frontera, y su confesor la sigue. Dos años más, dos años de quietud y de silencio, que despiertan la imagen de un sereno atardecer. Y la muerte llega, callada y suave, pero no inesperada, en la abadía cisterciense de Fontfroidé, al salir el sol del 24 de octubre de 1870.

domingo, 23 de octubre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Así dice el Señor:
«No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto.
No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá m¡ ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos.
Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses.
Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mi, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»


Hermanos:
Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.
Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.



En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
-«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo:
-«”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.”
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilías


Leyenda.

Cuenta la leyenda que un anacoreta, empeñado en llegar al pleno conocimiento de Dios, decidió seguir los más avanzados procedimientos de la escuela del ascetismo. Se sacrificó, mortificó e hizo largas oraciones durante muchos años. El resto de los monjes le respetaban teniéndolo por un santo, pedían sus consejos y se guiaban por sus actitudes. Pero no era feliz, porque su continua búsqueda tropezaba siempre con la monotonía del silencio y el vacío.
Cierto día le dijeron que Dios moraba en lo alto de una montaña cercana al monasterio y le recibiría gustoso. Y allá se fue. Gorjeaban los pájaros y una brisa fresca con perfume de flores sacudía su rostro. Respiró de satisfacción `pensando en lo sublime que sería estar en la presencia de Dios.
Mientras ascendía, un terremoto sacudió la falda de la montaña, derribando casas y árboles.
Oyó gritos de auxilio entre una nube de polvo y sintió miedo. No podía perder tiempo y la oportunidad de llegar a la cima antes de anochecer. Siguió su lento caminar por la pendiente surcando varias poblaciones. De nuevo un estruendo paralizó sus pies al contemplar el panorama dantesco de edificios destruidos por la metralla. La gente lloraba y gritaba exasperada pidiendo ayuda. ¡Cómo iba él a detenerse cuando tan cerca tenía su objetivo!
Por fin, una aureola de luz inundó toda la cumbre. “Será Dios que me aguarda”- se dijo- al tiempo que aceleraba el paso- “mis sacrificios tendrán recompensa.”
Una puerta grande se abrió, apareciendo un hombre en el umbral.
“¿Vive aquí Dios?”- preguntó emocionado, nervioso e inquieto
- Por supuesto, añadió el portero, pero ha tenido que ausentarse, porque le reclamaban para ayudar a las víctimas de un terremoto y un acto terrorista.

Nuestra vida a menudo se pierde, como la del monje, en la cotidianidad de actos mecánicos, de fórmulas aprendidas de memoria para ganar la salvación, pero sin encarnarnos realmente en relaciones de pertenencia, que nos piden mayor dedicación a los demás.

El amor, lo único eternizable de la vida.

Amar es salir de sí mismo y adentrarse en la gratuidad de la entrega, que rompe las barreras de turbios intereses o el atractivo de los cuerpos.
Una civilización basada en el hedonismo poco sabe de la tenacidad de la voluntad y de la constancia en el esfuerzo para construir relaciones de amor.
No hay lazo más fuerte que el de la ternura, hecha compromiso y entrega y el amor asumido como deber que nunca se convertirá en una imposición o una carga pesada.
Nos es fácil así entender la felicidad de una madre robando tiempo al sueño y trabajando horas y horas para pagar la matrícula de su hijo y ofrecerle la oportunidad de estudiar o para atender al hijo paraplégico, postrado en cama y necesitado de todo.

Es el amor la fuerza que mueve el mundo, lo único verdaderamente eternizable..
Ibn Arabí, hispano-musulmán, nacido en Murcia en 1.165 y autor de obras de teología mística decía: “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo, si su religión no era como la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en el receptáculo de todas las formas: es pradera de las gacelas y claustro de los monjes, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy dondequiera que vaya su cabalgadura, pues el Amor es mi credo y mi fe”.

“El Amor es mi credo y mi fe”, frase que se parece bastante a la de Jesús en el evangelio de hoy: “Estos dos mandamientos- el amor a Dios y al prójimo- sostienen la ley y los profetas”. ( Mateo 22, 40).

Escuchar esto en nuestro mundo de hoy, cuando se hacen cada vez más palpables los conflictos y las intolerancias entre dos grandes civilizaciones como son el cristianismo y el Islam, no deja de ser una bocanada de aire fresco y un grito a la esperanza.
¿Cuándo escarmentaremos los hombres y seremos capaces de dar sentido a la vida y a las relaciones sociales? ¿Cuándo nos respetaremos?
“Quien no ama está muerto”, gritaba el apóstol San Juan, plenamente convencido de la gran verdad que anuncia el cristianismo, porque somos frutos del amor de Dios y hacia él tendemos desde su fuente hasta el encuentro definitivo con el Padre.

El Papa Juan Pablo II decía a los jóvenes en Toronto que edificaran la civilización del amor, el sueño más antiguo y el más nuevo, porque hay que renovarlo cada día. Sueño que alimentó la predicación de Jesús y que ha sido el paradigma de los grandes personajes de la historia que han dejado memoria agradecida en el corazón y nos han enseñado que la utopía de la fraternidad es posible por encima del odio y el juego de los intereses inconfensables de nuestro consumismo galopante. Luther King, Teresa de Calcuta... y los santos anónimos de cada día nos lo atestiguan.

Día del Domund.

En el mensaje del Domund de este vemos reflejada, una vez más, la necesidad y urgencia de anunciar el evangelio a todas las gentes.
La misión nace en el corazón misericordioso de Dios que, a través de su Hijo, “ quiere que todos los hombres se salvan y lleguen al conocimiento de la verdad”.
Los misioneros encarnan la misma misión de Jesús y son la avanzadilla más querida de la comunidad cristiana, que los envía por el mundo a evangelizar.

Por eso es tan importante valorar a las personas por lo que son y no por lo que tienen; cuidar las cosas porque son útiles, no porque sean más caras; apreciar lo que hacemos las personas para vivir mejor y, en especial, lo que podemos hacer para que esa vida mejor alcance a todos los habitantes de la tierra.

Encontrar a Dios en el prójimo es donde radica el misterio de la felicidad que buscamos y donde podemos llenar nuestras necesidades más profundas de amar y ser amados.
Con amor todas las cargas resultan livianas y posibles los proyectos, con amor todas las esperanzas se alimentan de futuro, las utopías aparecen al alcance de la mano y los anhelos del corazón se transforman en ser de eternidad.
El compendio de todas las leyes y de toda la sabiduría humana se resume en esta palabra
“AMAR”, que es entrega, es donación, es escucha atenta, es gratuidad, es sacrificio... LO ES TODO.

San Juan Capistrano

Juan nació en Capistrano, cerca de Aquila (Abruzzos), estudió Leyes en Bolonia, y hacia los treinta años, cuando estaba encarcelado por razones políticas, descubrió su vocación; el hecho es que en Perugia ingresó en la orden de San Francisco en 1386. Era ya una personalidad importante - jurista eminente y primer magistrado de Perusa.

Luego de un noviciado en el que hubo de pasar grandes humillaciones, estudió teología en compañía de Santiago de la Marche, bajo la dirección de Bernardino de Siena, que comunicó a sus dos discípulos su propio amor al Nombre de Jesús. Fue ordenado de sacerdote hacia el 1425 y comenzó a predicar por toda Italia, suscitando en todas partes el entusiasmo por su palabra y sus milagros.

Los papas le encargaron difíciles misiones, tanto en Europa como en Tierra Santa. En el interior de la familia franciscana, Juan trabajó también por la reforma de los Conventuales y de las Señoras Pobres en Italia y Francia. Pasaría los cinco últimos años de su vida por los caminos de Alemania, Austria, Polonia, Bohemia, Moravia, luchando contra la herejía hussita. Tras la caída de Constantinopla (1453), como la amenaza turca pesara sobre Hungría, emprendió la predicación de la Cruzada.

Contribuyó poderosamente en la defensa de Belgrado junto a Juan Hunnyada (14 de julio de 1456). Tres meses más tarde moría Juan de Capistrano agotado por la fatiga en el convento de llck (Croacia).

Su nombre evoca tierras muy lejanas cuya misma existencia él ignoraba, la misión que fundaron los franciscanos en California, al sur de Los Ángeles, pero en el mundo entonces conocido fue uno de los frailes más viajeros y universales de toda la Edad Media.

La suya no es una estampa de franciscano seráfico de los que conmueven por su ternura, y Dios le habrá puesto entre sus arcángeles guerreros que saben cumplir bélicamente su misión.

sábado, 22 de octubre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
Lo que no pudo hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, lo ha hecho Dios: envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne condenó el pecado.
Así, la justicia que proponía la Ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu. Porque los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual.
Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios.
Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.



En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
_« ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?
Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola:
-«Uno tenla una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó:
“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto.
Si no, la cortas.” »


Palabra del Señor.

Santa Isabel de Hungría

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 22 de octubre de 2010 - Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General, ante los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas

Hoy quisiera hablaros de una de las mujeres de la Edad Media que suscitó mayor admiración; se trata de santa Isabel de Hungría, llamada también Isabel de Turingia. Nació en 1207 en Hungría. Los historiadores discuten dónde. Su padre era Andrés II, rico y poderoso rey de Hungría, el cual, para reforzar sus vínculos políticos, se había casado con la condesa alemana Gertrudis de Andechs-Merania, hermana de santa Eduvigis, la cual era esposa del duque de Silesia. Isabel vivió en la Corte húngara sólo los primeros cuatro años de su infancia, junto a una hermana y tres hermanos. Le gustaba el juego, la música y la danza; recitaba con fidelidad sus oraciones y mostraba atención particular hacia los pobres, a quienes ayudaba con una buena palabra o con un gesto afectuoso.

Su infancia feliz fue bruscamente interrumpida cuando, desde la lejana Turingia, llegaron unos caballeros para llevarla a su nueva sede en Alemania central. Según las costumbres de aquel tiempo, de hecho, su padre había establecido que Isabel se convirtiera en princesa de Turingia. El landgrave o conde de aquella región era uno de los soberanos más ricos e influyentes de Europa a principios del siglo XIII, y su castillo era centro de magnificencia y de cultura. Pero detrás de las fiestas y de la gloria aparente se escondían las ambiciones de los príncipes feudales, a menudo en guerra entre ellos y en conflicto con las autoridades reales e imperiales. En este contexto, el landgrave Hermann acogió de buen grado el noviazgo entre su hijo Ludovico y la princesa húngara. Isabel partió de su patria con una rica dote y un gran séquito, incluyendo sus doncellas personales, dos de las cuales permanecerán amigas fieles hasta el final. Son ellas las que han dejado preciosas informaciones sobre la infancia y sobre la vida de la Santa.

Tras un largo viaje llegaron a Eisenach, para subir después a la fortaleza de Wartburg, el macizo castillo sobre la ciudad. Aquí se celebró el compromiso entre Ludovico e Isabel. En los años sucesivos, mientras Ludovico aprendía el oficio de caballero, Isabel y sus compañeras estudiaban alemán, francés, latín, música, literatura y bordado. A pesar del hecho de que el compromiso se hubiese decidido por motivos políticos, entre ambos jóvenes nació un amor sincero, animado por la fe y por el deseo de hacer la voluntad de Dios. A la edad de 18 años, Ludovico, tras la muerte de su padre, comenzó a reinar sobre Turingia. Pero Isabel se convirtió en objeto de silenciosas críticas, porque su modo de comportarse no correspondía a la vida de la corte. Así también la celebración del matrimonio no fue fastuosa, y los gastos del banquete fueron devueltos en parte a los pobres. En su profunda sensibilidad Isabel veía las contradicciones entre la fe profesada y la práctica cristiana. No soportaba los compromisos. Una vez, entrando en la iglesia en la fiesta de la Asunción, se quitó la corona, la depositó ante la cruz y permaneció postrada en el suelo con el rostro cubierto. Cuando una monja la desaprobó por ese gesto, ella respondió: “¿Cómo puedo yo, criatura miserable, seguir llevando una corona de dignidad terrena, cuando veo a mi Rey Jesucristo coronado de espinas?”. Como se comportaba ante Dios, de la misma forma se comportaba con sus súbditos.

Entre los Dichos de las cuatro doncellas encontramos este testimonio: “No consumía alimentos si antes no estaba segura de que procedieran de las propiedades y de los bienes legítimos de su marido. Mientras se abstenía de los bienes procurados ilícitamente, se preocupaba también por resarcir a aquellos que hubiesen sufrido violencia” (nn. 25 y 37). Un verdadero ejemplo para todos aquellos que desempeñan cargos: el ejercicio de la autoridad, a todo nivel, debe vivirse como servicio a la justicia y a la caridad, en la búsqueda constante del bien común.
Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, procuraba vestidos, pagaba las deudas, cuidaba enfermos y sepultaba a los muertos. Bajando de su castillo, se dirigía a menudo con sus doncellas a las casas de los pobres, llevando pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y los lechos de los pobres. Este comportamiento fue referido a su marido, el cual no sólo no se disgustó, sino que respondió a sus acusadores: “¡Mientras que no venda el castillo, estoy contento!”. En este contexto se coloca el milagro de pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con el marido, que le preguntó qué estaba llevando.

Ella abrió el delantal y, en lugar del pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.

El suyo fue un matrimonio profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, a cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado por la gran fe de su esposa, Ludovico, refiriéndose a su atención hacia los pobres, le dijo: “Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado”. Un claro testimonio de cómo la fe y el amor hacia Dios y hacia el prójimo refuerzan y hacen aún más profunda la unión matrimonial.

La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Ruggero (Rüdiger) como director espiritual. Cuando él le narró las circunstancias de la conversión del joven y rico mercader Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó aún más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, se decidió aún más a seguir a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, seguido de otros dos, nuestra Santa no descuidó nunca sus obras de caridad. Ayudó además a los Frailes Menores a construir en Halberstadt un convento, del que fray Ruggero se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.

Una dura prueba fue el adiós al marido, a finales de junio de 1227, cuando Ludovico IV se asoció a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que esa era una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: “No te retendré. Me dí toda entera a Dios y ahora debo darte también a ti”. Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Ludovico mismo cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcar, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años. Isabel, al saber la noticia, tuvo tal dolor que se retiró en soledad, pero después, fortificada por la oración y consolada por la esperanza de volver a verle en el Cielo, volvió a interesarse en los asuntos del reino. La esperaba, sin embargo, otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose verdadero heredero de Ludovico y acusando a Isabel de ser una mujer piadosa incompetente para gobernar. La joven viuda, con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y se puso a la búsqueda de un lugar donde refugiarse. Solo dos de sus doncellas permanecieron junto a ella, la acompañaron y confiaron a los tres niños a los cuidados de amigos de Ludovico. Peregrinando por los pueblos, Isabel trabajaba allí donde se la acogía, asistía a los enfermos, hilaba y cosía. Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y dedicación a Dios, algunos parientes, que le habían permanecido fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse al castillo familiar en Marburgo, donde vivía también su director espiritual fray Conrado. Fue él quien refirió al papa Gregorio IX el siguiente hecho: el viernes santo de 1228, puestas las manos sobre el altar en la capilla de su ciudad Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Ella quería renunciar a todas sus posesiones, pero yo la disuadí por amor a los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y los más abandonados. Habiéndola yo reñido por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una especial gracia y humildad” (Epistula magistri Conradi, 14-17).

Podemos ver en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la vivida por san Francisco: el Pobrecillo de Asís declaró, de hecho, en su testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes era amargo se le cambió en dulzura del alma y del cuerpo (Testamentum, 1-3). Isabel transcurrió sus últimos tres años en el hospital fundado por ella, sirviendo a los enfermos, velando con los moribundos. Intentaba siempre llevar a cabo los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Ella se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo (soror in saeculo) y formó, con otras amigas suyas, vestidas en hábito gris, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Orden Terciaria Regular de san Francisco y de la Orden Franciscana Seglar.
En noviembre de 1231 fue afectada por fuertes fiebres. Cuando la noticia de su enfermedad se propagó, muchísima gente acudió a verla. Tras unos diez días, pidió que se cerraran las puertas, para quedarse a solas con Dios. En la noche del 17 de noviembre se durmió dulcemente en el Señor. Los testimonios sobre su santidad fueron tantos y tales que, sólo cuatro años más tarde, el papa Gregorio IX la proclamó Santa y, en el mismo año, se consagró la hermosa iglesia construida en su honor en Marburgo.

Queridos hermanos y hermanas, en la figura de santa Isabel vemos cómo la fe, la amistad con Cristo crean el sentido de la justicia, de la igualdad de todos, de los derechos de los demás y crean el amor, la caridad. Y de esta caridad nace la esperanza, la certeza de que somos amados por Cristo y de que el amor de Cristo nos espera y nos hace así capaces de imitar a Cristo y de ver a Cristo en los demás. Santa Isabel nos invita a redescubrir a Cristo, a amarlo, a tener fe y así a encontrar la verdadera justicia y el amor, como también la alegría de que un día estaremos inmersos en el amor divino, en el gozo de la eternidad con Dios. Gracias.

viernes, 21 de octubre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mi, es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no.
El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago.
Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que habita en mi.
Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos.
En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo.
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte?
Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.



En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:
-«Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: “Chaparrón tenemos”, y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: “Va a hacer bochorno”, y lo hace.
Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?
¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?
Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel.
Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo. »


Palabra del Señor.

Santa Úrsula

En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo (c. s. IV).
Etimología: Úrsula = aquella que es como una osita. Viene de la lengua latina.
En el siglo IX se descubrió en Colonia, Alemania, en una iglesia del siglo VI, un epígrafe enrollado que comienza así:" Martirio de Ursula y 11.000 vírgenes".
Es un documento que engloba el martirio de estas vírgenes en el lugar sobre el que se construyó una preciosa iglesia.
En la “Pasión” teatral inventada para narrar su historia, se puede ver que ellas provenían de Inglaterra con Ursula, hija del rey, escapando de los sajones paganos que estaban invadiendo el país.
Cuando su barco llegó a Colonia, Atila el terrible estaba por entonces allí con los Hunos.
Atila, duro, fuerte, de mal carácter y muy pasional quiso casarse con la bella joven Ursula. Las otras se las entregaría a sus soldados para que las violaran o hicieran lo que quisieran con ellas.
Pero el fanfarrón no esperaba la respuesta de estas chicas. Cuando se les acercó y les hizo sus proposiciones, éstas respondieron todas al unísono con la negativa más rotunda que se puede imaginar.
Enfurecido Atila, las mandó matar de la manera más dura posible.
Durante toda la Edad Media corría de pueblo en pueblo un romance en el que se contaba la historia de estas mártires. Tuvo un éxito increíble.
El Instituto de Ángela de Mérici, ursulinas, la tomó como patrona de sus obras de apostolado.
Gracias a un cementerio descubierto en Colonia, se pudieron ver los restos de estas valientes chicas que prefirieron la muerte antes que ofender al Señor. Sus reliquias abundan en muchos templos.
El culto a santa Úrsula y a sus compañeras se extendió muy pronto, y se levantaron muchas iglesias en su honor.
En el siglo XIII la Sorbona la adoptó como patrona y lo mismo ocurrió en las universidades de Coimbra y de Viena.

jueves, 20 de octubre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Uso un lenguaje corriente, adaptándome a vuestra debilidad, propia de hombres; quiero decir esto: si antes cedisteis vuestros miembros como esclavos a la inmoralidad y al desorden, para el desorden total, ponedlos ahora al servicio de la justicia para vuestra santificación.
Cuando erais esclavos del pecado, la justicia no os gobernaba.
¿Qué frutos dabais entonces? Frutos de los que ahora os avergonzáis, porque acaban en la muerte.
Ahora, en cambio, emancipados del pecado y hechos esclavos de Dios, producís frutos que llevan a la santidad y acaban en vida eterna.
Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres Contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor.