domingo, 4 de noviembre de 2018

Domingo, 04-11-2018 31º de TIEMPO ORDINARIO

Reflexión de hoy

Lecturas


Moisés habló al pueblo diciendo:
«Teme al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y nietos, y observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escúchalo, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo.
Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas las fuerzas.
Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón».

Hermanos:
Ha habido multitud de sacerdotes de la anterior Alianza, porque la muerte les impedía permanecer; en cambio, Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos». El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

Beata Teresa Manganiello

Nació en Montefusco (Italia) el año 1849 en el seno de una familia numerosa campesina. Nunca fue a la escuela y desde niña colaboró en las tareas de casa y del campo. Muy pronto consagró en privado su vida a Dios. Quiso ser religiosa, pero su familia la retuvo en casa porque la necesitaba. Cuando el P. Ludovico Acernese, capuchino, fundó en su pueblo la Tercera Orden Franciscana fue la primera en inscribirse, y cuando quiso fundar con las terciarias una congregación religiosa, la tuvo a ella como alma y primera superiora del proyecto de fundación. Asistía todos los días a misa, su oración era continua y profunda, practicaba ásperas mortificaciones a la vez que era amable y atenta con todos, y destacaba muy mucho en las obras de caridad hechas con amor y delicadeza. Se le declaró la tuberculosis en 1874 y murió el 4 de noviembre de 1876. Cinco años después, el P. Acernese fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas Inmaculatinas, de la que es considerada «Piedra angular» y «Madre espiritual». Fue beatificada el año 2010.

Nació el 1 de enero de 1849. Su vida fue breve -sólo vivió veintisiete años-, sencilla, pero muy intensa, humanamente rica y sobre todo digna de Dios. Pero para todos fue modelo de humildad y se distinguió por su espíritu de penitencia, su amor al prójimo y su vida de oración y contemplación.

Era la undécima hija de un matrimonio de campesinos, que vivían cerca del convento capuchino de San Egidio, en Montefusco (Avelino, Italia). Pasó toda su existencia entre las paredes del hogar y en el ámbito de su aldea. No fue nunca a la escuela; se dedicó fundamentalmente a los quehaceres domésticos y a menudo también al trabajo del campo.

Todos la veían como una muchacha normal y sencilla. Se divertía con sus coetáneas, pero estaba dispuesta a criticar con valentía sus charlas y actitudes, que le parecían frívolas. Ya a la edad de doce años hizo voto de virginidad. Una de sus hermanas menores había escogido la vida religiosa y ella misma manifestó el fuerte deseo de consagrarse a Dios, pero sus padres no quisieron privarse de su valiosa ayuda en la familia.

A los dieciocho años por fin pudo realizar su sueño de entregarse plenamente a Dios. Lo hizo en la Tercera Orden Franciscana. Sin dejar de llevar a cabo sus acostumbrados quehaceres domésticos, bajo la guía de su director espiritual recorrió un intenso itinerario de espiritualidad franciscana. Tanto los religiosos como la gente la estimaban y admiraban; ella se esforzaba por vivir en la humildad y la ocultación. Sobre todo estaba impregnada de espíritu de pobreza.

Después de la profesión de los tres votos religiosos al final del año de noviciado, el 15 de mayo de 1871, vistió el hábito de terciaria con el permiso de Pío IX con ocasión de un viaje a Roma por sugerencia de su director. Solía orar a la Inmaculada con esta jaculatoria: «Madre mía, hermosa, haz que no entre en mí lo que Jesús no quiere». Fue extraordinaria su docilidad y obediencia a sus padres.

Vivía el espíritu penitencial también a través del sufrimiento físico. Decía que Jesús se lo pedía para reparar los pecados del mundo. Así quería asemejarse a Jesucristo crucificado y demostrarle todo su amor.

Teresa no sólo sufría por amor a Dios; también estaba totalmente llena de amor al prójimo. Soportaba también las ofensas y los reproches injustos. Para todos tenía palabras amables. Amaba especialmente a los numerosos pobres que llamaban a la puerta de su casa. Los dos últimos años de su vida sufrió de tuberculosis. Y los dos últimos meses tuvo que guardar cama. Precisamente en ese tiempo brillaron más que nunca sus cualidades humanas y espirituales. Nunca salió de sus labios una queja. Siempre estaba serena y alegre. Pasaba el tiempo en oración y contemplación.

A quienes la visitaban, y eran muchos, les regalaba sonrisas y palabras amables. Nunca se mostró preocupada por su salud, y cuando su director espiritual le dijo que se estaba acercando el momento de la muerte, respondió con la alegría que brotaba de su gran fe: «Padre, ¡qué hermosa noticia me da!». Murió en la madrugada del viernes 4 de noviembre de 1876.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
De la manera que sea, con segundas intenciones o con sinceridad, se anuncia a Cristo, y yo me alegro; y me seguiré alegrando, porque sé que esto será para mi bien, gracias a vuestras oraciones y al Espíritu de Jesucristo que me socorre. Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso saldré derrotado; al contrario, ahora, como siempre, Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en este dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.
Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para que avancéis alegres en la fe, de modo que el orgullo que sentís por mí en Jesucristo rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros.

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos le estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te diga: “Cédele el puesto a éste”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.”
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

Santa Ida de Toggenburg

Al hombro el arco y en el cinto la aljaba, el bravo cazador volvía satisfecho hacia el castillo. La nieve había cubierto el sendero, pero el castillo de Toggenburg se veía majestuoso y dominador en lo más alto de la próxima montaña. Parecía el águila acechando su presa.

—Buena tarde, a fe mía —murmuraba el cazador, mientras un sol invernal esparcía sus últimos rayos de oro sobre la blancura del suelo. Por la mañana le había dicho el conde:

—Ciñe tus armas y penetra en la espesura de la selva; necesito una cabeza de jabalí, porque vamos a celebrar el aniversario de mi mayor alegría.

Él jabalí había caído en la selva: una pieza magnífica, de un hocico alargado y un colmillo feroz. Pero el cazador había tenido, además, un hallazgo inesperado. En el pico de una roca había visto un nido de cuervos, y dentro del nido un anillo de oro, primorosamente labrado. En él aparecían dos corazones enlazados por una guirnalda de flores. El buen cazador saltaba de gozo. Miró y remiró cien veces la joya y acabó por ponérsela en el dedo. Después ya sabía lo que tenía que hacer: en el castillo había una doncella que no le miraba con desagrado. ¡Oh, cómo le había de agradecer aquel regalo, prenda de una eterna unión! Pensó una vez si estaría obligado a buscar al dueño del anillo. Pero eso no es posible, se dijo a sí mismo; ¡vuelan tan lejos esos pajarracos! ¿Quién va a adivinar dónde lo han robado?... Ni siquiera le vino al pensamiento que los malditos cuervos se lo pudieron llevar de su ama, la condesa, del cestillo de labores.

Al día siguiente, gran fiesta en el castillo. Un año hacía que el señor de Toggenburg se había casado con Ida, hija del conde de Kirchberg, uno de los grandes magnates de Suiza. El de Toggemburg creía haber encontrado la felicidad, porque su mujer era buena y amante, rica y hermosa. Por su presencia había en el castillo un delicioso perfume de dulzura y de virtud.

El conde quería celebrar solemnemente aquel gran acontecimiento de su vida. Alegráronse todos los habitantes del castillo, que amaban mucho las fiestas, y mucho más a su señora. Hubo misa, torneos, bailes, carreras, tiro al blanco, y, para terminar, el gran banquete en el más amplio salón adornado de tapices, iluminado de viejos candelabros y alegrado por las rimas de los minnesínger. El afortunado cazador del jabalí lucía el anillo que encontrara en el nido de la roca. A su lado se sentaba otro escudero del conde, su arquero favorito, conocedor por su destreza en atravesar con el dardo una paloma volando. Pero aquella tarde había sido vencido por el cazador v estaba despechado.

—¡Qué hermoso anillo!—dijo el hábil arquero, viendo la joya brillante en el dedo de su comensal, y sonrió maliciosamente con una sonrisa que su compañero no supo descifrar, pero que estaba llena de sombras.

Aquella misma tarde, unas palabras negras vinieron a amargar horrorosamente la alegría del conde:

—¡Señor, tened cuidado con vuestra mujer!

El castillo se había cambiado en un infierno. El conde estaba rabioso, la condesa triste, los vasallos y escuderos amedrentados... Pocos días después dijo el conde a su arquero:

—Voy a hacerte sacar las entrañas, porque con tu vil calumnia me has robado la felicidad. Y el arquero replicó: —Señor, mil muertes podéis darme si no os traigo al instante la prueba de mis palabras.

Una hora más tarde, el cazador, con su anillo en la mano, llegaba a presencia del conde:

—¿Reconocéis este anillo?—preguntó el arquero a su amo.

El conde no quiso oír más. De una estocada dejó muerto a su cazador.

Aquel anillo era el símbolo de su amor y de su dicha. Un año hacía que le pusiera en el dedo de su amada el día de su casamiento. Ida estaba orando en su capilla, cuando de improviso dos hombres la arrastraron hasta lo alto de la torre y la arrojaron al foso. Era un precipicio de más de cien pies.

Así se hacía justicia en aquellos castillos feudales.

En un valle de Suiza se levantaba la antigua abadía de Fischingen. En ella, frente a la mesa del altar, había una celdilla de pequeñas dimensiones, con una ventana estrecha, como saetera de alcázar, que era la única comunicación con el exterior. Dentro de la celda vivía una mujer, gastada por los años y las penitencias. Era Ida; Ida, señora antaño y condesa de Toggenburg. Salvada milagrosamente al caer en el abismo, encontró primero una cueva, donde vivió con los ermitaños primitivos, purificando su alma y destruyendo la hermosura de su cuerpo. Allí, yendo un día de caza, encontróla su marido.

—Volvámonos al castillo—la dijo—; he llorado mucho por ti; ya sé que eres inocente y que Dios te salvó con un milagro.

La penitente se negó a este deseo, y como el conde la vio tan cambiada, no quiso insistir demasiado. Ida, entonces, se emparedó en Fischingen; y allí continuaba rezando, cuando unos hombres llevaron el cadáver de su esposo y le enterraron frente al lugar donde ella se había enterrado viva. Desde su ventanillo podía ver el sarcófago de mármol del conde de Toggenburg.

En su decisión, Ida oraba, tejía, fabricaba las hostias del altar y leía. La mayor parte de la noche se la pasaba rezando el salterio. Pero, a veces, el enemigo, molestado por el fervor de su oración, venía y le apagaba la candela. Entonces sucedía una cosa extraña: el sepulcro de enfrente se abría, oíase crujir de huesos, y un esqueleto muy galante salía con la espada al cinto de plata, cogía la luz que alumbraba el tabernáculo, y se llegaba al ventanillo de Ida. La reclusa sacaba su candileja, y la volvía a meter encendida. Y, hecho esto, el esqueleto, haciendo una profunda reverencia, dejaba la luz en el altar y se encerraba nuevamente en su frío lecho. De esta suerte, el conde de Toggenburg interrumpía el sueño de la muerte para servir obsequioso a la mujer amable a quien en vida no supo comprender. Y la condesa bendecía su reclusión pensando en los engaños de la vida, en las mentiras del amor y en la inconsistencia de aquella felicidad que un tiempo había embriagado su alma. Delante de aquel esqueleto galante y obsequioso, bajaba los ojos, pensando: Todo es mentira, menos servir y amar a Dios.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas


He perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije:
«Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor».
Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello; estoy desolado; hay algo que traigo en la memoria, por eso esperaré:
Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo:
«¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!».
El Señor es bueno para quien espera en él, para quien lo busca; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no; os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor.

San Marciano de Siria

San Marciano nació en Cyrrhus, en Siria. Su padre pertenecía a una familia patricia. Marciano abandonó la casa paterna y partió de su patria.

Como no le gustaba hacer las cosas a medias, se retiró a un desierto entre Antioquía y el Eufrates. Ahí escogió el rincón más escondido y se encerró en una estrecha celda, tan baja y tan reducida de tamaño, que no podía estar de pie ni acostado sin encogerse.

Tal soledad era como un paraíso para él, pues podía consagrarse enteramente al canto de los salmos, la lectura espiritual, la oración y el trabajo. Sólo se alimentaba de pan y aun eso en pequeña cantidad sin embargo, jamás pasaba el día entero sin comer, pues quería tener fuerzas para hacer lo que Dios le pedía que hiciera.

La luz sobrenatural que recibía en la contemplación, le dio un amplio conocimiento de las grandes verdades y misterios de la fe. No obstante su gran deseo de vivir ignorado de los hombres, su fama llegó a otros países y, al fin, tuvo que admitir por discípulos Eusebio y Agapito.

Con el tiempo, fue aumentando el número de sus discípulo y nombró abad a Eusebio. En cierta ocasión le visitaron a un tiempo San Flaviano patriarca de Antioquía y otros obispos para rogarle que les hiciese una exhortación, como tenía por costumbre. La dignidad de su auditorio impresionó a Marciano, quien no supo qué decir durante unos momentos. Como los obispos le incitasen a hablar, les dijo: "Dios nos habla a cada momento a través de las creaturas y del universo que nos rodea. Nos habla también por su Evangelio, en el que nos enseña a cumplir nuestro deber para con los demás y con nosotros mismos. ¿Qué otra cosa podría yo deciros?"

San Marciano obró varios milagros y su fama de taumaturgo le molestaba mucho, de suerte que jamás prestaba oídos a quienes acudían a su intercesión para obtener un milagro. Así, en cierta ocasión en que un habitante le pidió que bendijese un poco de aceite para curar a su hija enferma, el santo se negó absolutamente, sin embargo, la enferma recobró la salud en ese mismo instante.

Marciano vivió hasta edad muy avanzada. En sus últimos años, sufrió mucho a causa de la importunidad de los que querían conservar su cuerpo cuando muriese. Algunos de éstos, entre los que se contaba su sobrino Alipio, llegaron incluso a construir capillas en diferentes sitios para darle sepultura. San Marciano resolvió el problema al pedir a Eusebio que le enterrase en un sitio secreto.

El sitio de su sepultura no fue descubierto sino hasta cincuenta años después de su muerte. Entonces se trasladaron sus reliquias a un sitio que se convirtió en lugar de peregrinación.

Todo lo que sabemos acerca de San Marciano procede de la Historia Religiosa de Teodoreto. Puede verse el texto griego, con una traducción latina comentada, en Acta Sanctorum, nov., vol. I.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Jueves, 01-11-2018 TODOS LOS SANTOS

Reflexión de hoy

Lecturas


Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles:
«No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».
Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:
«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:
«Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».
Y uno de los ancianos me dijo:
«Estos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?».
Yo le respondí:
«Señor mío, tú lo sabrás». Él me respondió.
«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».

Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.

Santos Jerónimo Hermosilla y Valentín de Berrio Ochoa

Un riojano y un vizcaino, que, nacidos cerca del Pirineo, se conocieron en la última extremidad de la tierra, y de la mano, como buenos amigos, hicieron felizmente y valientemente el último viaje. El vizcaíno nació en Elorrio: el riojano, en Santo Domingo de la Calzada. Elorrio tiene muchas casas señoriales, muchas puertas blasonadas; pero ninguna de ellas pertenecía a los Berriochoa. El padre de Valentín era un sencillo carpintero, y el mismo Valentín tuvo que aprender a manejar la sierra y la garlopa. Pero al mismo tiempo ayudaba a misa en la iglesia de las Doninicas, aprendía latín con un dómine y miraba lleno de envidia a los misioneros y a los predicadores que marchaban a lejanas tierras. Cuando le hablaban de los frailes que predicaban el Evangelio más allá de los mares, se echaba a llorar. Lloraba pensando que él jamás saldría de su villa ni de su misero taller. Al fin, a fuerza de trabajar logró reunir un puñado de reales, y gracias a ellos pudo entrar en el seminario de Logroño. Tenía entonces dieciocho años. Era un muchacho robusto, no muy alto; pero de hermosa figura y de belleza varonil. Con su conversación jovial, ingeniosa y bromista, hacia las delicias de cuantos le trataban. Pero tenía un arte extraño, aun entre los santos, que suelen ser maestros de alegría y de gravedad, para unir la diversión con la mortificación y la penitencia. Sus condiscípulos le encontraban en su cuarto abismado en la oración, y a veces le sucedía que se olvidaba de ir a comer. Rara vez se vio estudiante ni más aplicado, ni más fervoroso, ni más serio, ni más alegre, ni más brillante.

No obstante, al empezar el curso de 1850, Valentín no se presentó en el Seminario. Preguntaron por él, y entonces supieron que el seminarista de Elorrio había tenido que suspender la carrera porque sus padres no tenían con qué sufragar los gastos. Aquella noticia conmovió a los profesores. Todos ellos se reunieron, acordaron llamar al joven vizcaíno, y le dieron el título de director espiritual de sus compañeros. Fue ordenado sacerdote, pero sus anhelos de perfección crecían sin cesar. Quiso ser religioso, y tomó el hábito de Santo Domingo en Ocana; quiso ser misionero, y logró que le enviasen a Filipinas; quiso ser mártir, y tuve la suerte de que le designasen para la misión de Tonquín. Había hecho la firme resolución de subir a las cimas privilegiadas de los grandes elegidos. Inflamado su corazón con las llamas de la caridad, quería adornar su frente con las rosas del martirio. Al salir por última vez de su villa natal, había dicho medio riendo: «Voy a hacerme santo, para que haya alguno en Vizcaya.» Unos meses después escribía a su madre desde el noviciado: «Vaya los Domingos al convento de Santa Ana, y postrada a los pies del Padre Santo Domingo, dígale: Padre Santo Domingo, no tengo más que un hijo, y muy querido, pero si le queréis para vos, vuestro es. Únicamente os pido que le hagáis santo, y que seáis su padre durante la vida, para que en la hora de la muerte nos veamos donde vos estáis. Amén. Así sea madre.» Más tarde, escribiendo al párroco de Elorrio, le manifestaba de este modo sus gozosos presentimientos: «Voy hacia Manila. Cárceles y cadenas me esperan. Vengan, vengan hierro v fuego y toda la rabia y furor del infierno, a trueque de que yo de a conocer a un hermano infiel las maravillas de la bondad divina.»

Berrriochoa llegó a Tonquín en los primeros meses de 1858. Allí se encontró con otros religiosos de su misma Orden y de su misma tierra, entre ellos un joven catalán, llamado Pedro Almató, y el obispo Hermosilla, que casi por un milagro había prolongado su vida hasta la vejez. Las cristiandades del país atravesaban entonces por una situación crítica. El tiranuelo Tu-Duc había jurado acabar con el nombre de Cristo en su reino, y sus mandarines le secundaban como si no tuviesen que hacer otra cosa que aprisionar y matar cristianos. Los perseguidores buscaban sobre todo a los obispos, a los misioneros y a los catequistas. Unos eran arrojados a los ríos, otros estrangulados o desterrados, otros tenían que morirse de hambre en los desiertos. Para librarse de sus enemigos, Hermosilla había tenido que acudir a todos los medios empleados muchos siglos antes por San Atanasio. Se metía en los sepulcros, se marchaba a vivir con las fieras en los bosques, acudía a todos los disfraces, y más de una vez se encontró con los que le perseguían, haciéndose pasar por el esclavo de su acompañante.

Ninguno de estos relatos asustó al joven misionero vasco. Viendo su intrepidez, resolvieron conferirle el carácter episcopal. «Preciso es—decía Hermosilla—apresurarse a ungir con el óleo santo otras frentes, por estar nuestra cabeza continuamente expuesta a rodar bajo la cuchilla de los verdugos.» Berriochoa aceptó alegre aquella responsabilidad, y, rodeado de tres o cuatro frailes, fue consagrado en una pobre choza, con un báculo de palo, con una mitra de cañas cubiertas de papel, con unos vestidos que fue necesario improvisar momentos antes de la ceremonia. Pocos días después, los mandarines organizaban la caza contra él. Burló algún tiempo las pesquisas metiéndose en la barca de un pescador y encerrándose en un antro horrible, donde apenas podía respirar. Describiendo aquella vida, escribía a su madre esta carta emocionante: «Querida madrecita de mi corazón: Recibí su carta a principios de este año. ¡Oh, y con qué regocijo he visto la letra de mi madre! Me hace usted preguntas sobre mi vida y los alimentos que usamos. Mí querida madre: yo vivo muy bien, hecho todo un señor obispo, y no nos falta qué comer, excepto el pan. ¡Si usted pudiera mandarme uno ligero y tiernecillo con algún pajarito! ¡Oh y con qué placer comería este señor obispo y misionero el pan amasado por la ancianita! En cambio, lo que tenemos es maíz, y aquí comen los granos crudos. Yo también los he comido alguna vez. La pesca de mar y de rio es abundante, y por eso, y porque nuestro Padre Santo Domingo lo manda, mi alimento ordinario es pescado y rara vez carne.»

El nombre de obispo debía de despertar en la sencilla lugureña de Elorrio ideas de magnificencias, de palacios, de sedas y colorines. Para sacarla de su error, añade el misionero: «No vaya usted a imaginarse que por ser obispo ando en coche, sino a pie y descalzo en la oscuridad de la noche. Sin embargo, se vive con alegría. Una noche anduve seis leguas largas, con mucho barro por abajo y mucha lluvia por arriba, y más de una vez caí en tierra, llegando a casa empapado y cubierto de lodo. Pero estos cristianos, que son muy cariñosos, tenían ya preparada agua caliente, donde me bañé, quedando listo para poder celebrar la santa misa. ¡Pobre hijo mío!, dirá usted; ¡qué vida tan triste! No lo crea usted, madrecita; esta vida no es triste; teniendo uno salud, andamos alegres y animosos, y el Señor nos consuela en nuestros trabajos. Yo, aunque soy muchacho viejo, sallo con garbo por los lodazales. Madre mía: Valentinito está hecho un salvaje; la barba de mi cara es capaz de asustar al diablo más curtido.» Con este gracejo hablaba el misionero en presencia de la muerte. Reía y hacia reír, como cuando estaba en el Seminario de su pueblo; chanceaba y saltaba como cuando en su niñez bailaba el aurrescu en el pórtico de la iglesia de su pueblo, donde no tardaría en tener un altar. Y para probar a su madre que nada le hacia perder el buen humor, añadía remedando e] hablar de las gentes de los caseríos, con un gracioso chapurreo y sus concordancias vizcaínas: «En sielo, madre, hijo hablar vascuence no poder, y aprender castellano es necesario. Usted, madre, ahora viejo, difícil aprender castellano y doler mucho la cabeza yo creer; pero si ahora no aprender, después el madre hablar no puede a la hijo en sielo. ¿Entender, madre, o no entender?,.. No tener cuidado, madre, el hijo bien vivir; yo no tener envidia del reiña.»

La vida continuaba siempre pendiente de un hilo. Todo eran emboscadas y terrores. Salir de una cueva, para meterse en una barca; buscar, aunque fuese como refugio, las ruinas de un templo o la casa de un infiel. Hasta que un día, con pretexto de salvarle, un pagano le guió al campo, donde le estaban aguardando los espías. Sospechando el peligro, Berriochoa y sus acompañantes huyeron a un arrozal. No tardaron en sentir pasos, y tras ellos esta voz: «Por aquí se ven huellas...» En el grupo de los fugitivos alguien dijo: «Hablad bajo, que el prefecto se acerca»; pero el obispo se levantó con aire decidido y pronunció estas palabras: «Es inútil; todo ha terminado.» Algunos de los familiares huyeron, pero él y su compañero Almató fueron detenidos, encadenados, atados al cuello con la canga y llevados a la ciudad de Hai-Duong. Al entrar les ordenaron que pisaran una cruz que estaba tendida a la puerta; pero ellos se negaron resueltamente. «Si no quitáis de ahí esa cruz—dijo Berriochoa—, moriremos, pero no pasaremos.» Y con tal firmeza pronunció estas palabras, que los mandarines no volvieron a insistir.

Hermosilla estaba ya en poder de los perseguidores, y vivía guardado en el sótano de una fortaleza, metido en una jaula, que tenía un metro y cuarenta centímetros de largo por un metro y veinte de alto. Llevado ante el tribunal, tuvo que sufrir este interrogatorio:

—¿Quién eres tú?
—El obispo Liesu—respondió él, aduciendo su nombre tonquinés.
—De dónde eres?
—De España.
—¿Por qué has venido a Tonquín?
—Por anunciar entre vosotros a Jesucristo, Hijo de Dios, muerto por los pecados de los hombres.
—¿Cuál es tu profesión?
—Soy sacerdote y obispo.
—¿Cuánto tiempo hace que estás en este país?
—Hace muchos años.
—¿Eres viejo?
—Ya lo veis.
—¿Qué hacías en este país?
—Ya lo he dicho: predicaba la verdad, enseñaba cosas buenas, y reprobaba el pecado; así lo manda Dios, Criador del Cielo y de la tierra, de los hombres y los animales.
—¿No sabes que nuestras leyes prohiben vuestro culto?
—Lo sé; pero vuestras leyes son injustas. La ley del hombre no puede contradecir a la ley de Dios; y nosotros debemos obedecer a Dios antes que a los hombres.
—¿Dónde está tu casa?
—Las casas de los cristianos eran mi casa. ¿No sabes que el padre tiene derecho a vivir con sus hijos? Los cristianos son mi patrimonio, mi descanso mi patria, mi casa: todo.

Por el mismo interrogatorio tuvieron que pasar Berriochoa y Almaró, y habiendo respondido con la mayor fortaleza, fueron condenados a sufrir la última pena, en compañía de Jerónimo Hermosilla. Era el 1 de noviembre de 1867. La ejecución se hizo con todo el aparato y solemnidad que saben dar a estos actos los pueblos orientales. Sobre el murmullo de la muchedumbre se oía el redoblar de los tambores y el sonido argentino de las trompetas. Quinientos soldados despejaban el camino, y entre ellos tres elefantes. En el centro se veían las jaulas de los presos, llevada cada una de ellas por seis hombres, y detrás, el prefecto de los suplicios, o verdugo mayor, cubierto con dos sombrillas por sus pajes. Cerraban el cortejo los mandarines, conducidos unos en literas, montados otros a caballo, y vestidos todos con esplendor de príncipes. Almató, dice un testigo ocular, iba en cuclillas, rezando el rosario; Berriochoa, también en cuclillas, iba como arrobado, y Hermosilla bendecía al pueblo, que le miraba. Llegados al lugar del suplicio, pidieron que les concediesen una hora para encomendarse a Dios. Los tres se arrodillaron y oraron tranquilamente. Después, cual si volviera de un éxtasis, dijo Hermosilla a los verdugos:

—Podéis cumplir con vuestro oficio.

Entonces abrieron las puertas de las jaulas y los tres salieron al campo. Allí había seis esteras de juncos, y en las esteras tres paños nuevos de color blanco que una mujer cristiana había puesto para recoger la sangre de los mártires. Después de bendecir al pueblo, Hermosilla se arrodilló en uno de los paños, y sus compañeros hicieron como él, y asi aguardaron el golpe de la espada. Berriochoa y Almató murieron de un tajo; la cabeza de Hermosilla rodó al segundo golpe. Aquel mismo día celebraron los tres la fiesta de Todos los Santos en la patria de los inmortales.