lunes, 4 de septiembre de 2017

Lecturas



Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.
Pues si creemos que Jesús murió y resucitado, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.
Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.
Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.


En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, s sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón.
Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino
Naamán y el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

Beata María de Santa Cecilia Romana (Dina Bélanger)

«Joven pianista, primera canadiense en ser beatificada. Es una mística de nuestro tiempo, modelo para quien se proponga alcanzar la perfección»

Dina Bélanger, la hermosa joven canadiense que tuvo la fama al alcance de la mano por sus excepcionales dotes musicales, no hallaba en el santoral una mujer canonizada que llevase su nombre, pero ella se propuso cubrir ese vacío con su propia entrega: sería santa. Así lo confió a su educadora cuando constató que buscaba en vano otra Dina. Para ello no tenía más que «amar y dejar hacer a Jesús y a María». Apenas tuvo 33 años de plazo para amasar las virtudes, pero fueron más que suficientes.

Nació en Québec, Canadá, el 30 de abril de 1897. Hubiera sido la primogénita de Olivier y Seraphia, pero un varón nacido con posterioridad murió pocos meses después de nacer, por lo cual fue la única hija del matrimonio. En este hogar acomodado recibió una exquisita educación seguida atentamente por sus padres. Velaron para que ciertos rasgos de su apasionado y temperamental carácter, apreciados cuando aún era una niña, no le ganaran la batalla. Y ciertamente los templó a tiempo, poniendo todo de su parte. Eso hizo de ella una persona entrañable, dócil, humilde y obediente. Tanto Olivier como Seraphia le transmitieron junto a la fe excepcionales cualidades como la responsabilidad, el orden, el sentido del trabajo, la discreción, la piedad, la constancia, la abnegación y otros valores que también detectaron profesoras y alumnas. Desde los seis años estudiaba en el colegio de las religiosas de Nuestra Señora y allí recibió la Primera Comunión. Entonces la experiencias místicas, que iban a marcar su vida, se hallaban en el umbral de la misma. Como previamente había entrañado a Dios en su corazón, lo aguardaba como algo natural y así tomó el Cuerpo de Cristo: «Mi felicidad era inmensa. Jesús era mío y yo era suya. Esta unión íntima causó en mi alma, entre otras gracias: el hambre de su Cuerpo y de su Sangre, que ha ido creciendo con las comuniones siguientes».

En 1905 inició los estudios de piano. Las altas calificaciones que obtenía, el dominio instrumental y su capacidad para ejecutar con maestría las piezas le auguraban un futuro profesional espléndido. Las inagotables ansias de perfección marcaban sus jornadas. Durante varias veces al día suplicaba esa gracia. En el centro de su vida: la Eucaristía y María. En 1910 se vinculó a las Hijas de María y algo más tarde se consagró a la Virgen. Completó esa ofrenda entregándose por completo a Dios, llevada de la «sed de entregarse a su amor». Era parte de un intenso programa que le fue conduciendo firmemente a la unión divina. Cómo sería que a sus 14 años pudo decir con propiedad: «Jesús y yo ya no son dos, somos uno. Sólo Jesús hace uso de mis facultades, de mis sentidos, mis miembros. Él es quien piensa, actúa, ora, busca, habla, camina, escribe, enseña, en una palabra, es Él quien vive ...». Según confió ella misma, Cristo la denominaba: «mi pequeño yo».

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hizo que crecieran sus ansias de martirio: «Como he oído hablar de esta donación, conocido como el ofrecimiento heroico, inmediatamente me ofrecí, me abandoné por completo a la voluntad de Jesús, ya que soy su víctima». Dos años más tarde la enviaron a completar su formación musical de piano, armonía y composición musical al conservatorio de Nueva York. Se alojó en el selecto pensionado Our Lady of Peace, de la calle 14, propiedad de las religiosas de Jesús y María. Allí coincidió con pianistas consumadas como la chilena Rosita Renard. Hasta 1918 estudió en un formidable piano Steinway, piano que en 1990 se enviaría a Sillery por haber sido utilizado por ella ya que el instrumental existente en el convento había sido pasto de las llamas en el incendio que sufrió el convento en 1983. Todo ese tiempo siempre vinculada a Cristo puso mucho cuidado en no envanecerse y sostener firmemente la vocación al amor que latía en su corazón.

Regresó con sus padres en 1918, y en 1921 ingresó en el noviciado que estas religiosas de Jesús y María tenían en Sillery. Se acrecentaba su ardiente anhelo de vivir unida a Dios con una perfecta oración continua y para ello en su itinerario espiritual, a sus habituales ayunos, renuncias y mortificaciones añadía la meditación de las llagas de Cristo. «La práctica de la unión con mi Dios seguía siendo el objeto de mi examen particular. Añadí que quería actuar por amor; sólo por Jesús».La superiora advirtió que se hallaba frente a un alma singular, y le indicó: «Usted debe escribir su vida, mi querida hermana». Aunque Cristo en una locución le dijo que haría mucho bien con sus escritos, ella ignoraba que éstos no eran más que el compendio de su vida, aunque fue autora de otros textos y poesías. Esta petición exigió por su parte un notable esfuerzo. Le contrariaba profundamente hablar en primera persona, viéndose obligada a escribir repetidamente el pronombre «yo». Reconoció que era lo que más le había costado en la vida. Por fortuna obedeció, y gracias a ello se conservan las profundas huellas que el amor de Dios iba trazando en su espíritu. En la redacción se percibe alegría y esperanza, una confianza y fe inalterables. Al profesar en 1923 tomó el nombre de Cecilia, por su vínculo con la música. Fue profesora de esta disciplina en el colegio.

Un día en medio de su «noche oscura» percibió sobrenaturalmente que Cristo se llevaba su corazón, quedándose Él en su lugar. Y en otra ocasión volvió con esta víscera purificándola con tanto amor que quedó abrasado en él; ella misma pudo soplar las cenizas, signo de la ruptura completa con su pasado. Después, volvió a ocupar su espacio en el pecho. Cuando Cristo le hizo entender que moriría el 15 de agosto de 1924 aludía a una muerte mística, no física. Ésta llegó el 4 de septiembre de 1929 tras una tuberculosis que le produjo incontables sufrimientos. Había dicho: «En el cielo yo seré mendiga de amor, esa es mi misión y la comienzo inmediatamente, daré la alegría». Juan Pablo II la beatificó el 20 de marzo de 1993.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Domingo, 03-09-2017 22º Domingo de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas



Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar: proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor se volvió me ha servido de oprobio y desprecio a diario.
Me dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.


Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, que es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.


En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo; porque tú piensas corno los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

Palabra del Señor.

San Gregorio Magno

Pocas veces ha huido un hombre con tanta tenacidad del mando supremo. Vacante la cátedra de San Pedro, todas las miradas se fijaron en él, que era simple diácono; y a pesar de su resistencia, el Senado, el clero y el pueblo lo eligieron por unanimidad. Aceptó, a condición de que el emperador aprobase la elección. Conocía muy bien la corte de Constantinopla y tenía en ella buenos valedores; pero el prefecto de Roma interceptó su carta al emperador, llena de santas exageraciones, y escribió otra carta solicitando la pronta respuesta confirmatoria.

Entre tanto, la peste hacía estragos en Roma. Para tranquilizar al pueblo, decidióse a asumir el poder interinamente, y subió a la tribuna de la basílica de San Pedro. Con aquella voz delgada, débil, cascada, que le obligó con frecuencia a hacer leer por otros sus propias homilías, pronunció entonces una alocución conmovedora, que nos ha conservado su contemporáneo Gregorio de Tours. Luego organizó una procesión general, para obtener de Dios la cesación del azote. «Los clérigos—dice el turonense—salieron de la basílica de San Cosme y San Damián; los niños, de la basílica de San Juan y San Pablo; los hombres, de la basílica de San Esteban; las viudas, de la basílica de Santa Eufemia, y las mujeres casadas, de la basílica de San Clemente.» Alguno de los viejos senadores, que en otros tiempos había asistido a las grandes festividades paganas, pudo darse cuenta, al ver desfilar lentamente, cantando Kyrie eleison, a los siete grupos de fieles, dirigidos por los presbíteros de los siete cuarteles de la ciudad, de cuan profunda había sido la transformación de la urbe. Por vez primera se revelaba la Roma cristiana de la Edad Media.

La peste había cesado cuando llegó la confirmación imperial. Sabiendo que sus cartas habían sido interceptadas, Gregorio no se creyó obligado a su promesa, y preparó la fuga. Una multitud vigilante custodiaba las puertas de la ciudad; pero él compró a unos mercaderes extranjeros, y gracias a sus servicios pudo salir escondido en una banasta de mimbre. Una nube de luz que descendía del Cielo lo traicionó. Después de tres días, los perseguidores lo hallaron, lo prendieron, y, llenos de júbilo, lo llevaron a la basílica de Letrán, donde fue coronado el 3 de septiembre del año 590. De todas partes le llegaban cartas de felicitación, pero él respondía: «Sin desear nada, ni tener nada en esta tierra, preparábame a estar como sobre la cima de un alto monte; pero heme aquí ahora arrastrado por el huracán de esta prueba, sumergido en el piélago de los negocios, y de tal manera combatido por la tempestad, que puedo repetir lo del salmo: Fui llevado a alta mar y hundido por las borrascas... He perdido todos los encantos de la quietud. Exteriormente parezco haberme elevado; interiormente he caído y estoy tan agobiado por el dolor, que apenas puedo hablar. Mi pobre alma se acuerda de lo que fue un día en el monasterio, cuando se cernía sobre lo que pasa, al librarse de la cárcel temporal por la contemplación. Ahora pesan sobre mí los negocios del siglo; me veo manchado por este polvo, y cuando quiero volver a encontrar mi retiro interior, vuelvo a él disminuido.»

Por encima de los aplausos frenéticos de la multitud, Gregorio dirigía sus miradas hacia el campo inmenso donde tenía que desarrollarse su celo apostólico, y entonces por su frente pasaba una de aquellas nubes de tristeza que con frecuencia la sombreaban. La Iglesia se ponía en sus manos inquieta y desgarrada: en las regiones del Adriático, el cisma de los Tres Capítulos; en Asia, el nestorianismo; el monofisismo, en Egipto; en el norte de áfrica, los últimos restos del donatismo; en España, el arrianismo, ya vencido, pero todavía temible; los lombardos amenazando a Roma y sembrando el espanto en toda Italia; por todas las fronteras del mundo romano, oleadas de bárbaros oscureciendo el horizonte del porvenir; en el Mediodía, razas flexibles, pero afeminadas; en el Norte, razas fuertes, pero indomables; el Imperio, impotente y con frecuencia pérfido; una sola fuerza en pie y creciendo sin cesar, la del obispo de Roma, la que se acababa de poner en sus manos: ¿quién no se hubiera espantado ante semejante espectáculo? «Si me amáis—escribía Gregorio a un patricio bizantino—, llorad por la nueva de mi episcopado, porque me encuentro engolfado en tantas ocupaciones temporales, que me siento casi separado del amor de Dios.»

Si las almas más aptas para cumplir una misión son con frecuencia las que más han temido su peso, es, sin duda, porque han visto mejor sus dificultades y peligros; por lo mismo, cuando son profundamente religiosas, se abandonan con mayor confianza a la providencia de Dios. A esta clase de hombres pertenecía el nuevo Papa. Además, toda su vida anterior había sido una preparación providencial para tan alto destino.

Descendiente de los Anicios, vino al mundo en el momento en que los bárbaros se repartían los últimos despojos de la Roma imperial. Su infancia presenció las escenas más lamentables. Roma, seis veces sitiada y seis veces cambiando de dueño; Vitiges, asesinando a los senadores; la guarnición griega, acaparando los víveres para venderlos a precio de oro a la población hambrienta; los lombardos, martirizando a los campesinos porque se negaban a adorar a una cabeza de cabra; el monasterio de Montecasino, destruido, y los monjes huyendo ante el invasor; la peste, asolando los pueblos de Liguria; el hambre, diezmando las aldeas; los trabajos, interrumpidos; los lobos, bajando de las montañas y entrándose por las ciudades; «el mundo, según expresión de Pablo Diácono, volviendo, al parecer, a su primitivo silencio».

Gregorio era ya un adolescente cuando el poder imperial fue definitivamente restablecido en Roma (552). Desde entonces pudo habitar más tranquilo el palacio familiar, situado en el monte Celio, contemplando desde sus terrazas los restos monumentales de la grandeza romana que los bárbaros no habían podido destruir. Allí, frente al palacio de su padre, estaba el septizonio de Severo, con tres órdenes de columnas de mármoles preciosos; en el fondo, el palacio de los cesares, cuyas ruinas nos impresionan todavía, y a derecha e izquierda, los arcos de triunfo del circo Máximo, las arcadas del acueducto de Claudio, cabalgando sobre la vía Triunfal, el arco de Constantino y el anfiteatro de Flavio. Gregorio conservará siempre frescos estos recuerdos de la Roma imperial, y el día en que vea desvanecerse su prestigio, se preguntará si no ha llegado para todo el mundo la hora de desaparecer.

La cultura intelectual ha empezado a reanudarse en Roma. Se lee a Virgilio en el Foro; resurge la poesía, estimulada con recompensas públicas por el Senado; se abren escuelas de gramática, de dialéctica y de retórica. En ellas obtiene Gregorio los éxitos más brillantes. Aprende el griego, aunque por ser la lengua de los amos bizantinos, no lo usará nunca, y aun se jactará de ignorarlo, a pesar de haber pasado seis años en Constantinopla. Se entrega, sobre todo, al estudio del derecho, que, rehabilitado por las célebres colecciones de Justiniano, responde a la lógica robusta de su espíritu y a la solidez de su buen sentido de heredero de las antiguas tradiciones romanas. Pero sus estudios predilectos fueron los religiosos. Al leer sus escritos, se advierte que no le es extraño Platón, que conoce el estoicismo, pero que ha saciado sobre todo su sed, para usar de una expresión suya, en las aguas profundas y cristalinas que proceden de Ambrosio y Agustín.

No obstante, el joven patricio parece inclinarse primeramente hacia los honores mundanos. En 574 acepta del emperador Justino II el cargo de prefecto de Roma, que trae consigo todas las funciones del orden administrativo y judicial. Era el noviciado para un principado más alto. Gregorio Turonense nos le presenta recorriendo las calles con su ropaje adornado de oro y pedrería, conservando cuidadosamente en su corazón el tesoro de la vida interior, que ya entonces era lo más precioso para su alma. Cuando en Los Morales nos habla «de aquel que no está en la ciudad, aunque asediado por las turbas populares, porque los tumultos del mundo no llegan hasta su corazón», nos recuerda seguramente esta época de su vida. Ahora bien: un día vióse al prefecto de Roma abandonar sus ricas vestiduras y cambiarlas por los groseros hábitos de los campesinos, que había adoptado San Benito para sus monjes. Su mismo palacio del monte Celio fué transformado en monasterio, y aún se conserva el acta de donación que hizo a favor de los monjes benedictinos. Lleva fecha del año 587.

En la vida del claustro, pacífica y feliz, trató Gregorio a varios monjes que habían conocido a San Benito, y de sus labios recogió acerca del patriarca aquellos relatos llenos de candor que reprodujo luego en sus Diálogos con gracia y frescura incomparables. La crítica moderna le reprocha una credulidad excesiva. Los monjes ancianos que referían a los más mozos lo que habían visto u oído de su Santo Padre, se complacían, sin duda, en acumular sucesos maravillosos, sin comprobar siquiera la fuente de su procedencia. Pero como en las Florecillas de San Francisco, aunque muchos de los relatos benedictinos sean legendarios, queda el espíritu de piedad, de mansedumbre, de sabiduría serena, que emana de ellos, y del cual es ciertamente San Benito el inspirador, dejando en nosotros la impresión de una vida intervenida en absoluto por lo sobrenatural, que Gregorio, su pintor, trataba de reproducir punto por punto en su propia vida. El prólogo de Los Diálogos nos describe con una maravillosa sencillez su estado de ánimo en esta época: «Mi alma—dice—añora la vida que gozaba en el monasterio, cuando dominaba las cosas perecederas, cuando menospreciaba todo lo que es fugaz, para no pensar sino en el Cielo. Ciertamente, era prisionera del cuerpo; pero la contemplación la desataba de los lazos de la carne y la muerte, que hace temblar a los hombres, amábala ella como el principio de la vida.»

De estos místicos deleites arrancóle el Papa Pelagio II para hacerle su nuncio en la corte de Constantinopla. Su misión principal consistía en mover al emperador a hacer nuevos esfuerzos para imponer el orden en Italia. Fracasó en ella, pero no perdió el viaje. Observador inteligente, sacó muchas enseñanzas de su permanencia en la fastuosa corte bizantina. Conoció la psicología de los obispos griegos, despectivos para con los occidentales y de un servilismo irritante con los príncipes; entró en comunicación con el mundo bárbaro, cuyos embajadores llegaban sin cesar al palacio del basileus; se relacionó con los grandes personajes del Imperio, anudando amistades con las hermanas del emperador Mauricio, con el patricio Narsés, con los médicos de la corte; fijó desde ahora la atención en el famoso patriarca Juan el Ayunador, con quien debía sostener más adelante una lucha tenaz. Gregorio se dejó deslumbrar por su vestido miserable, por sus largas limosnas, por sus ayunos ostentosos. Más tarde, rectificando su error, decía: «¿No hubiera sido mejor comer carne que manchar los labios con la mentira? ¿De qué sirve ayunar cuando se padece la hinchazón del orgullo, y vestirse pobremente cuando se vive envuelto en la vanidad, y tener las apariencias de un cordero, sí se ocultan los dientes del lobo?»

El pálido monje benedictino figuraba en las recepciones de la corte imperial y en las grandes fiestas que se celebraban en Santa Sofía. Asistía a ellas por deber, pues su corazón le inclinaba a la intimidad del silencio. En una carta, escrita años más adelante a su amigo San Leandro, le recuerda maliciosamente los tiempos en que, para huir las distracciones mundanas, se escabullía a hurtadillas de una basílica agitada por el estruendo del cortejo imperial, para conversar sobre cosas de Dios con sus amigos. Con Leandro y otros espíritus de su mismo sentir pasaban los mejores momentos de su vida. Fatigado cada vez más por el bullicio de los negocios, «atormentado sin descanso por crueles dolores intestinales, minado por una fiebre lenta y continua», acogíase a su lectura favorita, el libro de Job, y línea por línea lo comentaba ante sus amigos, dejando a su corazón expansionarse libremente en una santa intimidad. De aquellas conferencias familiares nació el libro de las disquisiciones Morales sobre Job, dedicado al obispo de Sevilla. No es la aclaración del sentido literal del texto lo que interesa a Gregorio, sino algo más profundo. A cada frase, a cada palabra, surgen de su alma visiones místicas y se escapan de su corazón ímpetus de amor, de gozo y adoración. Un ejemplo. Job dice: «El Señor escucha mi deseo.» Gregorio comenta: «Parad mientes en esta palabra, mi deseo. La verdadera oración no se hace con palabras, sino con el corazón. No son nuestras palabras, sino nuestros deseos los que tienen fuerza de clamores en los oídos misteriosos de Dios. Si pedimos con la boca la vida eterna, sin desearla con lo hondo del corazón, nuestro grito es un silencio. Si, callando, la deseamos de las profundidades del alma, nuestro silencio es un grito.»

No es extraño que el monje diplomático fuese consultado por los mismos monasterios del Oriente como un maestro de la vida mística. No es extraño que hasta el patriarca de la ciudad imperial le venerase, aunque el monje, cuyo amor efusivo jamás degeneraba en debilidad, condenase sus ideas acerca de la resurrección de la carne. Pero el amor y la energía consiguieron la victoria. Cuando el patriarca Eutiquio estaba a punto de morir, llamó a Gregorio, confesó su error delante de él, y mostrándole sus manos descarnadas y amarillas, le dijo: «Creo lo que tú eres: creo que he de resucitar con esta misma carne, con este mismo cuerpo.»

Después de seis años de vida diplomática, el nuncio fue llamado repentinamente a Roma, y luego vino la catástrofe de su elección. «Pero, ¿qué tengo yo—se preguntaba él—para que todo el mundo se engañe de esta manera?» Su presencia exterior pudiera tal vez haber favorecido a los argumentos de su humildad. La conocemos por un retrato que hizo pintar en el monte Celio poco después de su elección, para quedarse de alguna manera entre sus hermanos. Aparecía allí de mediana estatura, con el libro de los Evangelios en la mano izquierda y la derecha en actitud de bendecir: continente afable, nariz remangada y más grande que pequeña, frente ancha y hermosa, barba prominente, manos finas y muy bellas, dedos finísimos, ojos pequeños, pero en gran manera claros y penetrantes. Estas apariencias no corresponden a la grandeza de sus obras. En aquel cuerpo pequeño y enfermizo se encerraba un alma indomable. Si al principio tembló ante la carga que le echaban encima, no tardó en decidirse a llevarla estoicamente y casi sin esperanza.

Como la mayoría de los oradores populares, Gregorio poseía el don, precioso y peligroso a la vez, de sentir en sí mismo el eco vivo de las pasiones que agitaban a la muchedumbre. ¿Querrá Dios salvar al mundo?, se preguntaban las gentes. ¿No está cercano el fin de los tiempos? Todo eran guerras, pestes, huracanes, inundaciones, temblores de tierra. Recordábase la tradición popular recogida por Plinio: «Siempre que en Roma se ha sentido algún terremoto, ha sido presagio de algún cataclismo.» Los monjes se acordaban muy particularmente de la profecía de su patriarca: «Roma no será destruida por extranjeros, sino que la asolarán de tal manera las tempestades y las sacudidas de la Naturaleza, que acabará por sí misma.» Y los agoreros recogían aquellas palabras de Lactancio: «Cuando haya sucumbido Roma, ¿quién duda que eso será el fin de la humanidad?» Intérprete patético de estas preocupaciones, Gregorio clamaba dirigiéndose a su pueblo: «¿Dónde está el Senado? ¿Dónde la multitud? No veo más que edificios destruidos y murallas que se arruinan. Despreciemos este mundo como una antorcha ya extinguida y sepultemos nuestros deseos mundanos en la muerte del mismo mundo.»

No obstante, el espanto procedía menos de una convicción que de una preocupación. Nunca llegó a desalentarse. Nunca le impidió trabajar por el pueblo y la Iglesia. A la vez que exhortaba a los fieles a prepararse para el fin del mundo, negociaba con los lombardos, mantenía correspondencia con el mundo entero, moderaba en Francia los furores de Fredegunda, enviaba misioneros a Inglaterra, confirmaba el triunfo de la fe en España, reprimía a los herejes en áfrica, vigilaba las vicisitudes del cristianismo en Persia y en Arabia, intervenía con el emperador y deshacía los amagos de cisma en Oriente. Bajo sus pies crujía el mundo, y él seguía laborando impávido. Con una mano impedía la desaparición de Roma; con la otra derramaba más allá de los mares la semilla de que pronto surgirían nuevos pueblos católicos. Luchaba contra la peste, contra los temblores de tierra, contra los bárbaros heréticos y los bárbaros idólatras, contra el paganismo—muerto e infecto, pero insepulto—, contra su propio cuerpo, consumido por las enfermedades, y se ha podido decir que el alma de Gregorio era lo único enteramente sano que existía en toda la humanidad. Tal es el dramático sino de aquel gran carácter: se figuraba trabajar por sostener el mundo antiguo, y por ese mismo sentido del cumplimiento del deber se convierte en iniciador de los tiempos nuevos.

Su voluntad rectilínea aparece sobre todo en sus relaciones con el Imperio. Los soberanos de Bizancio tuvieron en él el más dócil de sus vasallos, pero siempre que no atentasen contra los derechos de la Iglesia. «Conocéis mi carácter—escribía a su nuncio en Constantinopla—; sé aguardar y aguantar por mucho tiempo; pero una vez que he resuelto resistir, me lanzo con alegría a todos los peligros. Antes morir que ver la Iglesia del apóstol San Pedro degenerar entre mis manos.» El emperador Mauricio era su amigo particular; pero también él tuvo que oír las enérgicas protestas del Pontífice. «No tomo la palabra—le escribía—ni como obispo ni como súbdito, sino simplemente llevado del derecho que encuentro en mi corazón de hombre.» Y terminaba: «Por lo que a mí hace, he cumplido con mi deber: he rendido a mi emperador el tributo de la obediencia que debo a mi emperador, y a mi Dios el testimonio de mi conciencia, que no debo sino a Dios.» Y a una contestación desabrida del príncipe, replicaba pacientemente: «Recuerde el piísimo emperador que, aunque yo no fuera sacerdote, reputaría una gran injuria a un sacerdote el creerlo mentiroso, siendo así que por oficio está destinado a servir a la verdad. Además, se me llama necio. Y confieso que lo soy: lo dirían todas las cosas si no lo dijera vuestra piedad. Porque si no lo fuese, jamás hubiera aceptado este cargo de Pontífice. Sufro con ánimo alegre el desprecio que se dirige a mi persona, pero tengo que considerar también la dignidad del sacerdocio.»

Esta mezcla divina de humildad y altivez aparece también en su contienda con el patriarca Juan el Ayunador, muy ufano de su título de Universal o Ecuménico, Gregorio protesta contra esa palabra, que puede ser germen de discordias en la Iglesia. Él mismo la rechaza para sí. Escribiendo al patriarca de Alejandría, le dice: «Habíamos quedado en que no debíais dar ese título ni a mí ni a nadie. Busquemos la elevación de la virtud y no de las palabras, que hinchan la vanidad y dañan la caridad. No quiero darme gloria con lo que deshonra a mis hermanos. Mi honor es el de la Iglesia universal; mi grandeza es la de mis hermanos en el episcopado.»

A partir de este momento, Gregorio, en los actos públicos, se llamará siempre siervo de los siervos de Dios. Y no se trataba de simples palabras. Se preocupaba de los humildes, como si no hubiera tenido que atender a las grandes empresas de su política mundial. Si en el Libro de la regla pastoral, una de las obras que más influyeron en la Edad Media, dejaba al clero una norma de vida, en sus Homilías se entrega al pueblo con un abandono conmovedor. No tiene la amplitud sonora de San Juan Crisóstomo, ni la modalidad espontánea e impresionista de San Agustín, ni el sentido critico que distingue a San Jerónimo, ni los adornos literarios del Nacianceno; pero su palabra es tan eminentemente comunicativa, tan animada, tan pastoral, tan íntima, que la muchedumbre le escucha religiosamente, le sigue conmovida, le aplaude. Él se excusa y dice: «Muy a menudo, al encontrarme solo, leo la Escritura y no la entiendo; póngome entre vosotros, mis hermanos, y la entiendo de súbito. Quisiera saber quiénes son aquellos por medio de los cuales se me da esta diligencia inesperada. Así, por gracia de Dios, mientras la inteligencia crece en mí, disminuye el orgullo, ya que lo que os enseño lo aprendo entre vosotros. Os lo confesaré, hijos míos: la mayor parte de las veces oigo en mis oídos lo que os digo, en el mismo momento en que os lo digo; no hago más que repetir. Cuando no entiendo a Ezequiel, me reconozco a mí mismo; entonces soy yo, soy el ciego; y cuando lo entiendo es por el don de Dios, que me viene por medio de vosotros. A veces también entiendo la Escritura en mi retiro, pero es cuando lloro mis pecados; me agradan las lágrimas silenciosas. Entonces la contemplación me arrebata en sus alas.»

Profundamente populares fueron también sus reformas litúrgicas. Al corregir los libros del culto, al poner orden en las ceremonias, al fijar definitivamente y embellecer el canto de la Iglesia, al crear la Schola cantorum, encargada de transmitirle a las futuras generaciones, ponía a disposición de toda la cristiandad un instrumento de oración y de belleza que haría olvidar a Roma los juegos sangrientos del anfiteatro. La misma idea del bienestar del pueblo fue el alma de toda su solicitud episcopal. «Dió al mundo—dice Bossuet—el modelo perfecto del gobierno eclesiástico; fue un admirable administrador, pero nunca se le ocurrió amontonar riquezas.» «En su tiempo—dice el biógrafo—, la Iglesia se había convertido en una especie de almacén al que acudía todo el mundo.» Él mismo presidía todas las grandes fiestas, y al principio de cada mes, las reparticiones de trigo, vino, legumbres, carne, pescado y vestidos. Rescataba los esclavos, mejoraba la situación de los colonos, alimentaba diariamente a tres mil vírgenes, y su cuidado de los pobres era tal, que, habiendo oído que uno acababa de morir de hambre, ayunó él durante muchos días. Pero sabía que el pobre, además de pan, necesita justicia, y, realmente, Gregorio fue el heraldo de la justicia, del derecho y de la libertad delante de los emperadores, de los exarcas, de los obispos y de los pueblos. «Mi ministerio—escribía—me impone acudir allí donde lo exige la justicia.» Y en oirá parte dice esta sentencia sublime: «Los reyes de las naciones son amos de esclavos; pero el que manda a los romanos debe ser señor de hombres libres. Hagáis lo que hagáis, salvad primero los derechos de la justicia y respetad luego los de la libertad. Conceded a vuestros sometidos la libertad que vuestros superiores os dan a vosotros.» Estas palabras inauguran la gran voz de los Papas de la Edad Media, convertida, cuando el alma de los pueblos estaba aún aletargada, en conciencia viviente del mundo del espíritu, discerniendo y siguiendo con mirada de águila los actos de los emperadores y los reyes, de los magnates y los obispos.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos:
Acerca del amor fraterno, no hace falta que os escriba, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros los unos a los otros; y así lo hacéis con todos los hermanos de Macedonia.
Sin embargo os exhortamos, hermanos, a seguir progresando: esforzaos por vivir con tranquilidad, ocupándoos de vuestros propios asuntos y trabajando con vuestras propias manos, como os lo tenemos mandado.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
”Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
Su señor le dijo:
”Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor.”
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
”Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
Su señor le dijo:
”¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:
”Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
El señor le respondió:
”Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y rechinar de dientes”».

Palabra del Señor.

San Antolín


«El origen de este santo no está claramente dilucidado. Pero tanto en Francia como en Siria y en la ciudad española de Palencia, de la que es su patrón, continúa siendo venerado. También se le considera patrón de los cazadores españoles»

En esta fecha, junto a otros santos y beatos, la Iglesia conmemora la vida martirial de un nutrido grupo de monjes benedictinos que fueron martirizados a manos de partidarios de la Revolución francesa el 2 de septiembre de 1792 en el Carmelo de París donde los confinaron. A la cabeza se hallaba su abad Ambroise-Augustin Cheuvreux, el último que tuvo la congregación benedictina de San Mauro. Ese día ajusticiaron a miembros de otras órdenes, así como a prelados y sacerdotes.

Respecto a san Antolín, que también se celebra en el día de hoy, no existe unanimidad en las fuentes acerca de su vida debido a la ausencia de datos fidedignos que corroboren su origen con rigurosa certeza. De ahí que esta biografía se encabece escuetamente con su nombre sin añadir pertenencia a ciudad alguna. Una de las tesis que se barajan lo sitúa en Apamea, Siria, donde habría nacido a principios del siglo IV. Otra lo identifica como ciudadano francés, venido al mundo en Narbona a mediados del siglo III. Una tercera, por mencionar las más significativas, haciéndose eco de su martirio lo encuadra en los siglos V-VI. Más coincidencia hay en considerarlo mártir y patrón de Palencia y de otras localidades hispano-francesas. Sus restos estarían repartidos entre Palencia, en cuya catedral visigótica se alberga la cripta de san Antolín, y Pamiers, aunque este último extremo tampoco es seguro.

En esta discusión han intervenido estudiosos entre los que se hallan canónigos y bolandistas. Y el hecho de que todavía se esté investigando su procedencia deja en la lógica penumbra aspectos concretos de su acontecer. Desde luego en Palencia se venera al santo desde la época del rey Sancho III el Mayor. El artífice de la presencia de los restos incompletos que se custodian en la mencionada cripta de la catedral palentina podría haber sido sido el rey Wamba, quien los recogió en Narbona el año 672. Pero es otro extremo impreciso. Los miembros de la catedral intentaron dar luz al asunto viajando a Pamiers para identificar las restantes reliquias puesto que el cuerpo, como solía hacerse en la época, lo habían desmembrado. Pero los intentos fueron infructuosos; al parecer los calvinistas las hicieron desaparecer.

Siguiendo el cruce de datos, este Antolín pudo pertenecer a la familia del rey visigodo Teodorico. En un momento dado, y una vez convertido al cristianismo, partiría a Italia, siendo ordenado sacerdote en Palermo. Dedicado durante casi dos décadas a sembrar la fe, predicó por Italia y luego regresó a Francia. Allí dio a conocer el evangelio en Rouergue y fruto de su acción apostólica convirtió a muchos, entre otros al noble Festus. Su siguiente etapa como apóstol fue Toulouse, feudo de Teodorico. Fue este monarca quien detuvo a su pariente Antolín, y le sometió a un severo castigo privándole de agua y alimentos durante varios días al saber que había apostatado del arrianismo para hacerse cristiano. Allí el santo pudo tomar contacto con Juan y Almaquio, que serían discípulos suyos, y a los que también se da culto en la catedral de Palencia. Después de renunciar a la sede que presidió san Saturnino y de hacer frente a una infame acusación que apuntaba a una ilícita relación con la reina, fue prendido. Sobrevivió a la tortura encaminada a darle muerte, y viajó a Pamiers donde predicó junto Almaquio. Su morada sería una ermita conocida como «Fuente de Oriente». Entretanto, murió Teodorico y su sucesor, Galacio, que heredó la saña de su predecesor contra los cristianos, al salir de caza junto a sus acompañantes, descubrió a estos dos apóstoles y dio la orden de que los prendieran. Ellos y otros convertidos a la fe fueron decapitados en el siglo VI, hacia el año 506, y sus restos los arrojaron al río.

Respecto a las circunstancias que concurrieron tras su muerte, prosiguen las disparidades. Algunos afirman que fue enterrado en el lugar donde derramó su sangre y en su momento se erigió una abadía. Dejando espacio a la imaginación, otras leyendas destacan la presencia de ángeles que recogerían los miembros del santo, restos que se ocuparon de introducir en una barca al frente de la cual irían dos águilas blancas que condujeron la embarcación por varios ríos hasta llegar a Saint-Antonin Noble-Val. Festus sería el encargado de introducir las reliquias en una urna y pasado el tiempo se construyó allí una abadía.

Para finalizar aquí las teorías que han circulado, se recuerda otra tradición anexa a la veneración que recibe el santo en Palencia. En ella se apunta a la presencia del rey Sancho de Navarra, que muchos años después de la eventual conducción de los restos de Antolín en el entorno de la capital, yendo de caza, acertó a pasar por el lugar donde se cree que fueron depositados. El hecho es que la pieza que quería cobrarse escapó y buscó refugio en la cueva, que es la cripta en la que aquéllos hallarían reposo Al intentar matar al animal, el monarca sintió que el brazo se le paralizaba. Su interpretación del hecho fue que se encontraba en un lugar santo. Prometió erigir un templo si sanaba y repentinamente recuperó la movilidad. Ello explica que la catedral palentina esté bajo la advocación de San Antolín. Por otra parte, en atención a este hecho cinegético a san Antolín se le considera patrón de los cazadores españoles.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús:
Ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.
Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.
Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
”Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
”Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
”Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
”En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Palabra del Señor.

San Josué, Patriarca del Antiguo Testamento

I. EL HOMBRE. Josué (en he-breo, Yehósua`: Yhwh es salvación) es el gran personaje bíblico con el que está ligada la conquista hebrea de la tierra de Canaán y del que toma su nombre este libro (=Jos) que la narra. Parece ser que Josué, hijo de Nun, de la tribu de Efraín, antes de ser elegido por Moisés como su sucesor, se llamaba Hósea` (= liberación) (Núm 13,8.16; Dt 32,44), nombre que luego hizo teóforo probablemente el mismo Moisés. Josué se distinguió en la lucha contra Amalec (Ex 17,9-14); acompañó a Moisés al monte de la revelación (Ex 23,13; 32,17); dirigió junto con Caleb la misión de exploración de la tierra de Canaán (Núm 14,6.38); tuvo un papel decisivo en la superación del desánimo que cundió entre el pueblo después de aquella exploración, y, finalmente, fue elegido por Dios como representante y luego sucesor de Moisés, por el cual fue investido en su nueva tarea mediante un rito especial y solemne (Núm 27,15-23). Recibió más tarde la seguridad de que entraría en la tierra prometida (Dt 1,38), mientras que se vio excluida de ella toda la generación de la peregrinación por el desierto, con excepción de Caleb. Finalmente, fue testigo de los últimos instantes de la vida de Moisés, sucediéndole plenamente en la dirección del pueblo por las estepas de Moab, frente a Jericó: "Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. A él obedecieron los israelitas, como lo había ordenado Moisés" (Dt 34,9). Así pues, su misión había sido largamente preparada por Dios al lado del gran legislador, cuyo espíritu había heredado.

 La prudencia, la voluntad, el tesón fueron las dotes naturales que más brillaron en la vida de Josué. Su nuevo oficio es presentado en la Biblia con acentos exquisitamente religiosos: "Moisés, mi siervo, ha muerto; ahora comienzas a actuar tú. Pasa el Jordán... Yo estaré contigo como estuve con Moisés; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y ten ánimo, porque tú deberás dar a este pueblo la posesión de la tierra que a sus padres juré dar" (Jos 1,2-6). Josué murió a la edad de ciento diez años (como José), tras la epopeya de la conquista y de la división de la tierra prometida, y fue sepultado en Timná Séraj, en las colinas de Efraín, en el territorio que le habían asignado los hijos de Israel (Jos 24,29-30). La versión griega de los LXX añade aquí una observación curiosa: "Junto a él, en la tumba donde lo sepultaron, depositaron los cuchillos de sílex con que había circuncidado a los israelitas en Guilgal...; todavía están allí". Un testimonio de la admiración que en la época posterior al destierro la tradición judía demostraba todavía por la persona y la obra de Josué es el largo pasaje que le dedica el Sirácida: "Josué, hijo de Nun, fue guerrero valiente, sucesor de Moisés en la misión profética; él fue —según su nombre— grande para la salvación de los elegidos de Dios, para tomar venganza de sus enemigos y dar posesión a Israel de su heredad. ¡Qué magnífico era al elevar sus manos y al blandir su espada contra las ciudades!... ¿No se detuvo el sol al extender su mano, y un solo día fue como dos? Invocó al altísimo y poderoso al presionarle por todas partes sus enemigos, y el Señor, que es grande, lo escuchó, haciendo llover piedras de granizo de gran potencia..." (Si 46,1-5).

Hasta aquí las noticias biográficas sacadas de la Biblia, pero de las cuales sólo es posible verificar el ambiente general, e incluso esto parcialmente, sin que se pueda esperar otra cosa. Todas las noticias encuentran un encuadramiento histórico general plausible, si se piensa —según la sentencia hoy más común— que el establecimiento en Palestina tuvo lugar por los años 1250-1225.

II. EL LIBRO. Desde el punto de vista literario, hasta hace pocos años (por el 1945) los críticos preferían ver en Jos el libro sexto de un ideal "Hexateuco": señalaban en él las mismas fuentes literarias del / Pentateuco (es decir, las fuentes yahvista, elohísta, sacerdotal, deuteronomista), movidos sobre todo por la idea de que Jos representaba el cumplimiento de la promesa tan destacada en los cinco libros anteriores. Además, parecía impensable que el Pentateuco terminase con la conquista de las regiones de Trasjordania, sin decir una sola palabra de la conquista, mucho más importante y significativa, de Cisjordania.

Pero en 1945 apareció un estudio de M. Noth que llamó la atención de todos los autores y los puso ante una perspectiva muy distinta: todos los que acostumbramos llamar "libros históricos" de la Biblia, y que en el canon hebreo son llamados más bien los "profetas anteriores", son elementos individuales de una gran obra de recopilación, que en su redacción definitiva podemos considerar (desde el punto de vista literario) como una "obra historiográfica deuteronomista"; esta obra comienza en el libro de Jos y sigue hasta el segundo libro de los Reyes. La obra del deuteronomista es un trabajo de ordenación y de conservación de materiales diversos, a veces paralelos, a veces contradictorios, dispuestos según un plan dotado de una índole orgánica sustancial aceptable.

Es inútil preguntarse si la obra que nos ocupa se debe a una sola persona; se trata del trabajo de una escuela, que actuó durante el período del destierro e inmediatamente después. Ésta es, por tanto, la ubicación cronológica de Jos.

Desde el punto de vista de la autenticidad histórica, la cuestión consiste ante todo en ver si las diversas narraciones corresponden o no a la tradición que tenía delante de sí el deuteronomista; en este sentido (de enorme interés para todos los autores) cada vez se acepta con mayor convicción que el deuteronomista no hizo opciones arbitrarias ni introdujo distorsiones de ningún tipo. Por otra parte, se trata de un material que un historiador tiene que manejar con atención y con mucho respeto, incluso en el aspecto histórico, evitando racionalizar a toda costa todo lo que el editor no quiso especificar ulteriormente o bien escribió inspirándose en su fe. Desde que se han perfeccionado los medios de la investigación exegética, tenemos la posibilidad de insertar la narración de la conquista en el cuadro topográfico, geográfico y político de la historia general, y esto es ya algo positivo. Sin embargo, no podemos llegar a determinar con precisión el tiempo, la sucesión y la fecha de cada uno de los sucesos.

Hay una cierta generalización seguida por los redactores; aunque no da motivo para negar cada uno de los sucesos, nos avisa de hasta qué punto el marco de conjunto es inadecuado para expresar la cualidad específica de cada suceso. Esto se verifica cuando el colorido épico sirve de base a un formulario enfático y a unas cifras exageradas; cuando se acentúa preferentemente lo maravilloso, de forma que resulta a veces laborioso comprender cómo se desarrollaron concretamente los hechos. Cuando leemos desde el principio las palabras: "Vuestro territorio abarcará desde el desierto y el Líbano hasta el gran río, el Éufrates, y por el oeste, hasta el mar Mediterráneo" (Jos 1,4), no se puede menos de recordar las palabras de san Jerónimo: "Haec tibi promissa, non tradita" ("Estas cosas se te prometieron, pero no se te dieron": PL 22,1105). Al final de la vida de Josué se dice: "La tierra que queda por conquistar es mucha" (Jos 13,1); por tanto, es importante corregir la impresión que se deriva de una primera lectura del libro y que fue la causa del escepticismo tan difundido en los pasados años, pero que ahora finalmente ha vuelto a entrar en unos límites racionales.

III. ANÁLISIS DEL LIBRO. 1. PREPARACIÓN DE LA CONQUISTA: CAPÍTULOS 1-2. Preparativos inmediatos para la penetración en el país de Canaán: Josué, investido de la autoridad de jefe, recibe órdenes de Dios y comunica al pueblo la decisión de atravesar el Jordán; da las disposiciones debidas para la marcha, y el pueblo le presta juramento de absoluta fidelidad; decide enviar espías a la ciudad de Jericó, donde se encuentran con la prostituta Rajab y trazan con ella planes para el futuro.

2. PENETRACIÓN AL OTRO LADO DEL JORDÁN: CAPÍTULOS 3-5. Resulta singular el rito de aproximación al río: abren paso los sacerdotes llevando el arca; apenas tocan el agua sus pies, el río se detiene; los sacerdotes se paran en mitad del Jordán hasta que pasa todo el pueblo; cuando, finalmente, los sacerdotes ponen también el pie en la tierra de Canaán, el río reanuda su curso normal. Entretanto, Josué había ordenado que doce hombres, uno por cada tribu, tomasen cada uno una piedra para erigir luego un monumento en el lugar de la primera reunión: Guilgal; parece ser que se erigieron otras doce piedras como monumento en medio del cauce del río, en el lugar donde se habían detenido los sacerdotes con el arca. Toda esta narración representa la famosa cruz interpretum de nuestro libro, ya que son muchas las cosas que no se comprenden.

Hay una cosa cierta: el redactor quiso elevar la entrada en la / tierra por encima incluso del maravilloso éxodo de Egipto, sacando de las tradiciones cualquier dato que creyó interesante para su objetivo.

Grandiosa epopeya, a la que faltan todavía dos actos para que sea completa: la circuncisión de todo el pueblo (testimonio de la realización de la promesa a Abrahán: Gén 17,25-27) y la celebración solemnísima de la pascua, dado que el período en que los israelitas llegaron a la tierra prometida (el día décimo del mes de Nisán, marzo-abril) correspondía a la fecha de la pascua. Así pues, primero la circuncisión y luego la pascua (5,2-11), que celebraron por primera vez con los frutos de la tierra prometida. Estos sucesos extraordinarios —que escapan también a un examen literario serio— deben juzgarse más con la medida de la fe y de la reflexión religiosa posterior que con el ojo severo del historiador, aunque sería demasiado simplista e injusto eliminarlos como no históricos. Otro suceso que se olvida con frecuencia, pero profundamente arraigado en el ánimo y en la historia hebrea, está íntimamente relacionado con estos días de la llegada a la tierra prometida y que preceden al comienzo de la conquista: la aparición del "jefe del ejército del Señor" (5,13-15).

3. LA CONQUISTA DE JERICÓ Y DE AY: 6,1-8,27. Comienza la conquista de la tierra prometida, pero el procedimiento narrativo sigue siendo el que hemos visto hasta ahora, es decir, la relación de unas guerras muy originales. La caída de Jericó se narra con gran abundancia de detalles. La exploración de los espías había servido de preparación; ahora se narra la táctica de ataque y destrucción.

Una procesión compuesta de siete sacerdotes con siete trompetas; otros sacerdotes llevan el arca de la alianza, y el ejército de Israel tiene la orden de dar cada día seis vueltas en silencio en torno a las murallas de la ciudad. El séptimo día las vueltas son siete. En un momento determinado (al sonido de un cuerno de carnero) la procesión se detiene y todo el pueblo se pone a dar gritos fuertes; las murallas de Jericó se derrumban por sí solas; se concede sólo un momento para cumplir la promesa hecha por los espías a la prostituta Rajab y a su familia (6,1-23). Luego tiene lugar la destrucción total de Jericó. Siguen el caso ejemplar de Acán (c. 7) —para demostrar cómo hay que respetar la ley del exterminio (o entredicho)— y la conquista de la ciudad de Ay, ya plenamente enclavada en tierras de Canaán (8,1-27).

4. DESDE EL ALTAR EN EL MONTE EBAL HASTA LA CONQUISTA DE TODA LA TIERRA: 8,30-12,24. Queda así abierta la puerta hacia el centro de Palestina para ejecutar lo que había ordenado Moisés: "Cuando hayáis pasado el Jordán, levantaréis estas piedras sobre el monte Ebal... Alzarás allí al Señor, tu Dios, un altar de piedras que no hayan sido labradas..." (Dt 27,4ss). Israel fue conducido al valle de Siquén, subió al monte Ebal y aquí Josué escribió la ley ("Sobre las piedras escribirás con caracteres bien claros todas las palabras de esta ley": Dt 27,8). Después de ofrecer sacrificios sobre el monte, bajaron al valle entre los dos montes, Garizín por una parte y Ebal por otra: Josué leyó la ley y el pueblo se comprometió a observarla [/ Ley/ Derecho II, 2], consciente de las bendiciones y de las maldiciones que suponía la observancia o la no observancia de la misma (Jos 8,30-35). Como no está claro que la región de Siquén hubiera sido ya ocupada por los israelitas, independientemente de las diversas hipótesis que se han formulado, es muy oportuno recordar lo que dijimos antes [/ supra II] sobre el modo de escribir la historia de la conquista.

Los conquistadores establecen una alianza con los gabaonitas: "Desde aquel día Josué los destinó a cortar leña y a llevar el agua, hasta el día de hoy, para toda la comunidad y para el altar del Señor en el lugar que el Señor eligiera" (9,26); más tarde tiene lugar la célebre batalla de Gabaón, localidad en la que se habían llegado a reunir cinco reyes "amorreos", es decir, cananeos. Fue en aquella ocasión, ciertamente memorable, cuando se habría acuñado la célebre expresión de Josué: "Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ayalón..." (10,12-13). Para la explicación de este suceso se han ofrecido varias soluciones, pero cada una suscita más problemas de los que resuelve. La postura más razonable es aceptar esta narración en su presentación milagrosa. Tras esta victoriosa batalla los israelitas se ponen a perseguir a los derrotados y conquistan todo el sector meridional de Palestina: "Josué se apoderó de todos estos reyes y de sus territorios en una sola expedición... Después Josué y todos los israelitas volvieron al campamento de Guilgal" (10,42-43). Respondiendo a una coalición de reyes del norte, Israel, bajo la dirección de Josué, conquista en la batalla de Merón todo el sector septentrional de Palestina (11,1-20); "Josué conquistó toda la tierra, como el Señor le había dicho a Moisés, y la repartió eI: heredad entre las tribus de Israel. Y el país gozó de paz" (11,23). Viene a continuación la lista de los reyes vencidos (12,1-24). El material que contienen los anteriores capítulos ofrece tema abundante de discusión, tanto a los historiadores como a los aficionados a la topografía y a la onomástica de Palestina, pero también a las críticas textual y literaria.

5. DISTRIBUCIÓN DE LA TIERRA: CAPÍTULOS 13-21. Josué se ha hecho viejo, "la tierra que queda por conquistar es mucha... Ahora reparte por suerte esta tierra a los israelitas, como yo te he ordenado" (13,1.6). La primera distribución tiene lugar en Guilgal. En primer lugar se recuerda la distribución de la Trasjordania, realizada ya por Moisés: la región había quedado subdividida entre las tribus de Rubén, de Gad y la mitad de la numerosa tribu de Manasés (13,8-14). Luego Josué, el sumo sacerdote Eleazar y los jefes de tribu proceden a la asignación de las diversas regiones a las restantes tribus sobre la base de dos principios: sacar a suertes, pero, al hacer el sorteo, tener también en cuenta la entidad de la tribu que habría de ocupar una región determinada. Puesto que era bastante difícil que coincidieran los dos principios, es probable que la comisión eligiera un distrito sin delimitar bien sus fronteras y que luego, tras la elección de la tribu, se asignasen en conformidad con ella los límites del territorio (cc. 14-19). La única tribu excluida del reparto del territorio conquistado fue la de Leví: "Moisés no dio heredad alguna a la tribu de Leví, porque el Señor, Dios de Israel, es su heredad, según él les había dicho" (13,33; 13,14).

Las últimas distribuciones se refieren a dos instituciones singulares en todo el antiguo Oriente. En primer lugar, las ciudades levíticas para los miembros de la tribu de Leví. Siguiendo las disposiciones de Núm 35,1-87, había que asignarles algunas ciudades en las que pudiesen vivir, dentro del territorio de varias tribus; aquí (Jos 21) se señalan estas ciudades, distribuidas según las tres gran-des ramas de la tribu de Leví (cf Ex 6,16-18 y Núm 3,1-39). Todavía es más original socialmente la institución de las ciudades refugio, que protegían a los homicidas preterintencionales del vengador de la sangre, es decir, de aquel que según la ley del talión tenía la obligación de hacer justicia sumaria vengando al muerto [/ Ley/ Derecho VI]. El libro tiene un final triunfante, en consonancia con todo lo anterior: "El Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Se posesionaron de ella y vivieron en ella... Ninguna de las promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel cayó en el vacío; todas se cumplieron" (21,43-45).

6. ULTIMAS DISPOSICIONES DE JOSUÉ: CAPÍTULOS 22-24. Con menos propiedad, estos últimos capítulos son llamados también "apéndices". En efecto, tanto la narración como el estilo y la finalidad que pretenden demuestran que se trata de una parte integrante de la obra.

Josué despide a las tribus de Trasjordania después de haber elogiado su comportamiento en la tierra conquistada; ellas, al partir de Cisjordania, erigen un altar a orillas del Jordán; las otras tribus interpretan este hecho como una amenaza a la unidad (c. 22).

Josué da al pueblo sus últimas recomendaciones (c. 23) y, en una gran asamblea, reunión ideal de todas las tribus, se le repiten todos los puntos importantes de la historia anterior —desde Abrahán hasta toda la conquista— y se renueva la alianza en el valle de Siquén (c. 24): el pueblo reconoce la realización de las promesas por parte de Dios y promete fidelidad a la ley: "Aquel día Josué hizo un pacto con el pueblo, le impuso leyes y preceptos en Siquén" (24,25).

IV. ASPECTO RELIGIOSO DEL LIBRO DE JOSUÉ. El mensaje de esperanza que la escuela deuteronomista supo recoger de las antiguas tradiciones y exponer a los desterrados está en la raíz de esta epopeya de la conquista, de forma que es posible trazar una reconstrucción de la nación en el pequeño fragmento que es el territorio de la tribu de Judá. Pero como el punto de apoyo de esta esperanza era, por una parte, el retorno a la propia conciencia de deportados por motivos eminentemente religiosos y, por otra, la profunda fe de los padres en el Dios de la alianza, el carácter religioso es el que domina todo el libro. Las etapas principales están marcadas por intervenciones divinas: todo está organizado en torno a los cuatro grandes acontecimientos religiosos: la primera pascua en Palestina, la circuncisión (sello de la alianza), la relectura de la ley en el monte Ebal y la explícita renovación de la alianza en la asamblea de Siquén.

El libro nos presenta unos sucesos dotados de un significado que llega profundamente al ánimo del lector atento, como el paso del Jordán, la función del arca (emblema de Israel), la caída de Jericó. La tierra y su conquista se consideran bajo una perspectiva que podemos calificar de "mesiánica" (cf Sal 105-106). El paso del Jordán se pone en paralelo con el tránsito del mar Rojo; también el maná cesa cuando se saborean los frutos de la tierra (5,12). Orígenes observaba que el apóstol (lCor 10,1) habría podido escribir también así: "Nuestros padres pasaron todos el Jordán y todos fueron bautizados en Josué en el espíritu y en el río" (PG 12,847).

De forma viva y casi dramática se vislumbra en Jos el régimen de la alianza entre Dios e Israel. El que da el país a Israel es su Dios; es él el que combate a su lado y el que le guía en todos sus pasos; el pueblo tiene que responder observando las leyes de la alianza (1,8). Por eso el período de la conquista será considerado como un tiempo de religiosa fidelidad (Os 2,14-17; Jer 2,2). La solidaridad del pueblo, la responsabilidad del jefe y su obligación de estar en contacto continuo con Dios son objeto de especial insistencia.

El nombre de Jesús, que en hebreo es idéntico al de Josué, no es el único motivo de paralelismo entre los dos; baste recordar el paso del Jordán, la circuncisión del corazón, la nueva pascua, la verdadera tierra prometida, la lucha espiritual por cada conquista, la nueva alianza.