sábado, 5 de marzo de 2016
Lecturas
Vamos a volver al Señor. Porque él ha desgarrado y él nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera y su sentencia surge como la luz que empapa la tierra.
- «¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.»
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
- «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Palabra del Señor.
San Lucio I – Papa
En Roma, en la vía Apia, en el cementerio de Calisto, sepultura de san Lucio, papa, sucesor de Cornelio, que sufrió el exilio por la fe de Cristo y fue, en tiempos angustiosos, eximio confesor de la fe, actuando con moderación y prudencia (254).
Etimológicamente: Lucio = nacido con la primera luz, es de origen latino.
Fue Pontífice de 253-254; murió en Roma el 5 de marzo de 254. Después de la muerte del Papa San Cornelio, quien murió en el exilio en el verano del 253, Lucio fue elegido para tomar su lugar, y fue consagrado Obispo de Roma. Nada se sabe de la vida temprana de este Papa antes de su elevación. De acuerdo con el libro "Liber Pontificalis", era romano de nacimiento y su [[padre] se llamaba Porfirio. No se sabe de dónde el autor obtuvo esta información. Todavía continuaba la persecución de la Iglesia bajo el Emperador Gallo durante la cual Cornelio había sido desterrado. Lucio también fue enviado al exilio pronto después de su consagración, pero en un corto tiempo, presuntamente cuando Valeriano fue designado emperador, a él le fue permitido regresar a su rebaño. El Catálogo Feliciano, cuya información se encuentra en el "Liber Pontificalis", nos informa del exilio y del milagroso retorno de Lucio: "Hic exul fuit et postea nutu Dei incolumis ad ecclesiam reversus est." San Cipriano, quien escribió una carta (perdida) de felicitaciones a Lucio en su elevación a la Santa Sede y sobre su exilio, envió una segunda carta de felicitaciones para él y sus acompañantes en el exilio, como también a toda la Iglesia Romana (ep. LXI, ed. Hartel, II, 695 sqq.).
La carta comienza: “Querido Hermano, hace muy poco tiempo te ofrecimos nuestras felicitaciones, cuando Dios te exaltó a gobernar Su Iglesia y te concedió la doble gloria de confesor y obispo. De nuevo te felicitamos a ti, a tus acompañantes y a toda la congregación; con esto, debido a la bondadosa y poderosa protección de nuestro Dios, Él te ha guiado de regreso con alabanzas y gloria a Sí mismo, de manera que el rebaño pueda recibir de nuevo a su pastor, el barco a su piloto y la gente a un director que los gobierne y les muestre abiertamente que fue el designio de Dios que permitió tu destierro, no para que el obispo exiliado fuera privado de su Iglesia, sino más bien para que regresara a su Iglesia con mayor autoridad”.
Cipriano continúa, refiriéndose a los tres niños hebreos en el horno ardiente, que el regreso del exilio no aminoraba la gloria de la confesión, y que la persecución, la cual iba dirigida sólo contra los confesores de la Iglesia verdadera, comprobaba cuál era la Iglesia de Cristo. En conclusión, él describe la felicidad de la Roma cristiana ante la llegada de su pastor. Cuando Cipriano afirma que Dios por medio de la persecución buscó “hacer avergonzar y silenciar a los herejes” y así probar dónde estaba la Iglesia, quién era su único obispo elegido por el designio de Dios, quiénes eran sus presbíteros sujetos al obispo en la gloria del sacerdocio, quiénes eran la verdadera gente de Cristo, unidos a Su rebaño por un amor excepcional, quiénes eran los oprimidos por sus enemigos, y al mismo tiempo dónde estaban aquellos que el Diablo protege como suyos, refiriéndose obviamente a los novacianos. El Cisma de Novaciano, a través del cual se presentó como antipapa, en oposición a Cornelio, todavía continuaba en Roma bajo Lucio.
En referencia a la confesión y a la restauración de los “Lapsi" (caídos), Lucio se adhirió a los principios de San Cornelio y de San Cipriano. De acuerdo con el testimonio del último, contenido en una carta al Papa San Esteban I (ep. LXVIII, 5, ed. Hartel, II, 748), Lucio, así como Cornelio, había expuesto su opinión por escrito: "Illi enim pleni spiritu Domini et in glorioso martyrio constituti dandam esse lapsis pacem censuerunt et poenitentia acta fructum communicationis et pacis negandum non esse litteris suis signaverunt." (Para ellos, llenos del Espíritu Santo de Dios y confirmado en glorioso martirio, juzgaron que el perdón debe ser otorgado a los Lapsi, y dieron a entender en sus cartas que, que cuando éstos hayan realizado la penitencia, no se les debe negar el gozo de la comunión y de la reconciliación.) Lucio murió a principios de marzo del año 254. En el "Depositio episcoporum" el "Cronógrafo de 354" da la fecha de su muerte como el 5 de marzo, el "Martyrologium Hieronymianum" como el 4 de marzo. La primera fecha es probablemente la correcta. Quizás Lucio murió el 4 de marzo y fue enterrado el 5 de marzo. De acuerdo al "Liber Pontificalis" este Papa fue decapitado en tiempos de Valeriano, pero este testimonio no puede ser comprobado. Es verdad que Cipriano en la antedicha carta a Esteban (ep. LXVIII, 5) le da a él, como también Cornelio, el titulo honorario de mártir: "servandus est enim antecessorum nostrorum beatorum martyrum Cornelii et Lucii honor gloriosus" (pues debe ser preservada la memoria gloriosa de nuestros predecesores los santos mártires Cornelio y Lucio); pero probablemente esto fue un relato del corto destierro de Lucio. CornelioDepositio episcoporum", y no bajo el encabezado de "Depositio martyrum". Sin embargo, su memoria fue particularmente honrada, como aclara la aparición de su nombre en el "Martyrologium Hieronymianum". Es cierto que Eusebio sostiene (Hist. Eccl., VII, 10) que Valeriano favorecía a los cristianos al principio de su reinado. El primer edicto de persecución del emperador apareció sólo en el año 257.
Lucio fue enterrado en un compartimiento de la bóveda papal en las catacumbas de San Calixto. En la excavación de la bóveda, De Rossi encontró un fragmento grande del epitafio original, el cual sólo da el nombre del Papa en griego: LOUKIS. La losa está quebrada justo atrás de la palabra, así que con toda probabilidad no había nada más escrito excepto el titulo EPISKOPOS (obispo). Las reliquias del santo fueron trasladadas por el Papa San Paulo I (757-767) a la Iglesia de San Silvestre en Capita, o por el Papa San Pascual I (817-824) a la Basílica de San Práxedes [Marucchi, "Basiliques et eglises de Rome", Roma, 1902, 399 (inscripción en San Silvestre), 325 (inscripción en San Práxedes)]. El autor del "Liber Pontificalis" ha atribuido desautorizadamente a San Lucio un decreto, de acuerdo con el cual dos sacerdotes y tres diáconos deben acompañar siempre al obispo para ser testigos de su vida virtuosa: "Hic praecepit, ut duo presbyteri et tres diaconi in omni loco episcopum non desererent propter testimonium ecclesiasticum." Tal medida debió ser necesaria bajo ciertas condiciones en un periodo posterior; pero en época de Lucio esto era increíble. Este supuesto decreto indujo una falsificación posterior para inventar otro decreto apócrifo y se lo atribuyeron a Lucio. Es también fabricada la historia en el "Liber Pontificalis" que Lucio, cuando era llevado a la muerte, dio al archidiácono Esteban poder sobre la Iglesia.
Etimológicamente: Lucio = nacido con la primera luz, es de origen latino.
Fue Pontífice de 253-254; murió en Roma el 5 de marzo de 254. Después de la muerte del Papa San Cornelio, quien murió en el exilio en el verano del 253, Lucio fue elegido para tomar su lugar, y fue consagrado Obispo de Roma. Nada se sabe de la vida temprana de este Papa antes de su elevación. De acuerdo con el libro "Liber Pontificalis", era romano de nacimiento y su [[padre] se llamaba Porfirio. No se sabe de dónde el autor obtuvo esta información. Todavía continuaba la persecución de la Iglesia bajo el Emperador Gallo durante la cual Cornelio había sido desterrado. Lucio también fue enviado al exilio pronto después de su consagración, pero en un corto tiempo, presuntamente cuando Valeriano fue designado emperador, a él le fue permitido regresar a su rebaño. El Catálogo Feliciano, cuya información se encuentra en el "Liber Pontificalis", nos informa del exilio y del milagroso retorno de Lucio: "Hic exul fuit et postea nutu Dei incolumis ad ecclesiam reversus est." San Cipriano, quien escribió una carta (perdida) de felicitaciones a Lucio en su elevación a la Santa Sede y sobre su exilio, envió una segunda carta de felicitaciones para él y sus acompañantes en el exilio, como también a toda la Iglesia Romana (ep. LXI, ed. Hartel, II, 695 sqq.).
La carta comienza: “Querido Hermano, hace muy poco tiempo te ofrecimos nuestras felicitaciones, cuando Dios te exaltó a gobernar Su Iglesia y te concedió la doble gloria de confesor y obispo. De nuevo te felicitamos a ti, a tus acompañantes y a toda la congregación; con esto, debido a la bondadosa y poderosa protección de nuestro Dios, Él te ha guiado de regreso con alabanzas y gloria a Sí mismo, de manera que el rebaño pueda recibir de nuevo a su pastor, el barco a su piloto y la gente a un director que los gobierne y les muestre abiertamente que fue el designio de Dios que permitió tu destierro, no para que el obispo exiliado fuera privado de su Iglesia, sino más bien para que regresara a su Iglesia con mayor autoridad”.
Cipriano continúa, refiriéndose a los tres niños hebreos en el horno ardiente, que el regreso del exilio no aminoraba la gloria de la confesión, y que la persecución, la cual iba dirigida sólo contra los confesores de la Iglesia verdadera, comprobaba cuál era la Iglesia de Cristo. En conclusión, él describe la felicidad de la Roma cristiana ante la llegada de su pastor. Cuando Cipriano afirma que Dios por medio de la persecución buscó “hacer avergonzar y silenciar a los herejes” y así probar dónde estaba la Iglesia, quién era su único obispo elegido por el designio de Dios, quiénes eran sus presbíteros sujetos al obispo en la gloria del sacerdocio, quiénes eran la verdadera gente de Cristo, unidos a Su rebaño por un amor excepcional, quiénes eran los oprimidos por sus enemigos, y al mismo tiempo dónde estaban aquellos que el Diablo protege como suyos, refiriéndose obviamente a los novacianos. El Cisma de Novaciano, a través del cual se presentó como antipapa, en oposición a Cornelio, todavía continuaba en Roma bajo Lucio.
En referencia a la confesión y a la restauración de los “Lapsi" (caídos), Lucio se adhirió a los principios de San Cornelio y de San Cipriano. De acuerdo con el testimonio del último, contenido en una carta al Papa San Esteban I (ep. LXVIII, 5, ed. Hartel, II, 748), Lucio, así como Cornelio, había expuesto su opinión por escrito: "Illi enim pleni spiritu Domini et in glorioso martyrio constituti dandam esse lapsis pacem censuerunt et poenitentia acta fructum communicationis et pacis negandum non esse litteris suis signaverunt." (Para ellos, llenos del Espíritu Santo de Dios y confirmado en glorioso martirio, juzgaron que el perdón debe ser otorgado a los Lapsi, y dieron a entender en sus cartas que, que cuando éstos hayan realizado la penitencia, no se les debe negar el gozo de la comunión y de la reconciliación.) Lucio murió a principios de marzo del año 254. En el "Depositio episcoporum" el "Cronógrafo de 354" da la fecha de su muerte como el 5 de marzo, el "Martyrologium Hieronymianum" como el 4 de marzo. La primera fecha es probablemente la correcta. Quizás Lucio murió el 4 de marzo y fue enterrado el 5 de marzo. De acuerdo al "Liber Pontificalis" este Papa fue decapitado en tiempos de Valeriano, pero este testimonio no puede ser comprobado. Es verdad que Cipriano en la antedicha carta a Esteban (ep. LXVIII, 5) le da a él, como también Cornelio, el titulo honorario de mártir: "servandus est enim antecessorum nostrorum beatorum martyrum Cornelii et Lucii honor gloriosus" (pues debe ser preservada la memoria gloriosa de nuestros predecesores los santos mártires Cornelio y Lucio); pero probablemente esto fue un relato del corto destierro de Lucio. CornelioDepositio episcoporum", y no bajo el encabezado de "Depositio martyrum". Sin embargo, su memoria fue particularmente honrada, como aclara la aparición de su nombre en el "Martyrologium Hieronymianum". Es cierto que Eusebio sostiene (Hist. Eccl., VII, 10) que Valeriano favorecía a los cristianos al principio de su reinado. El primer edicto de persecución del emperador apareció sólo en el año 257.
Lucio fue enterrado en un compartimiento de la bóveda papal en las catacumbas de San Calixto. En la excavación de la bóveda, De Rossi encontró un fragmento grande del epitafio original, el cual sólo da el nombre del Papa en griego: LOUKIS. La losa está quebrada justo atrás de la palabra, así que con toda probabilidad no había nada más escrito excepto el titulo EPISKOPOS (obispo). Las reliquias del santo fueron trasladadas por el Papa San Paulo I (757-767) a la Iglesia de San Silvestre en Capita, o por el Papa San Pascual I (817-824) a la Basílica de San Práxedes [Marucchi, "Basiliques et eglises de Rome", Roma, 1902, 399 (inscripción en San Silvestre), 325 (inscripción en San Práxedes)]. El autor del "Liber Pontificalis" ha atribuido desautorizadamente a San Lucio un decreto, de acuerdo con el cual dos sacerdotes y tres diáconos deben acompañar siempre al obispo para ser testigos de su vida virtuosa: "Hic praecepit, ut duo presbyteri et tres diaconi in omni loco episcopum non desererent propter testimonium ecclesiasticum." Tal medida debió ser necesaria bajo ciertas condiciones en un periodo posterior; pero en época de Lucio esto era increíble. Este supuesto decreto indujo una falsificación posterior para inventar otro decreto apócrifo y se lo atribuyeron a Lucio. Es también fabricada la historia en el "Liber Pontificalis" que Lucio, cuando era llevado a la muerte, dio al archidiácono Esteban poder sobre la Iglesia.
viernes, 4 de marzo de 2016
Lecturas
Esto dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros y volved al Señor. Decidle:
“Tu quitas toda falta, acepta el pacto. Pagaremos con vuestra confesión; Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos. En ti el huérfano encuentra compasión”.
“Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos: los justos andan los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos».
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
- «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús:
- «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. “El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos».
El escriba replicó:
- «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
- «No estás lejos del reino de Dios.»
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
Beato Juan Antonio Farina
Obispo de Vicenza y Fundador del Instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones
Martirologio Romano: En Vicenza, ciudad de Italia, beato Juan Antonio Farina, obispo, cuyo trabajo en el campo de la pastoral fue intenso, y fundó el Instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, para la formación de las jóvenes pobres y ayuda a las personas afligidas (1888).
Fecha de beatificación: 4 de Noviembre de 2001 por el Papa Juan Pablo II.
Originario de Gambellara (Vicenza), lugar en el que nació el 11 de enero de 1803 de Pedro y Francisca Bellame, Juan Antonio Farina recibió la primera formación bajo la tutela de su tío paterno, un santo sacerdote que fue para él un verdadero maestro del espíritu además de su preceptor, ya que todavía no existían las escuelas públicas en los pueblos pequeños. A los quince años entró en el seminario diocesano de Vicenza donde asistió a todos los cursos distinguiéndose por su bondad y una particular aptitud para el estudio. A los 21 años, mientras todavía asistía a los cursos de Teología, fue destinado a la enseñanza en el mismo seminario, revelando así sus marcadas dotes como educador.
El 14 de enero de 1827 recibió la ordenación sacerdotal y poco después obtuvo el diploma que lo habilitaba a la enseñanza en las escuelas de primaria. En los primeros años de su ministerio se ocupó de varios encargos: la enseñanza en el seminario durante 18 años, la capellanía en la parroquia de S. Pedro en Vicenza por 10 años y la participación en distintas instituciones culturales, espirituales y caritativas de la ciudad, entre las cuales la dirección de la escuela pública primaria y superior.
En 1831 dio inicio a la primera escuela popular femenina y en 1836 fundó las Hermanas Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, un instituto de «maestras de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la educación de las niñas pobres». Poco después, quiso también que sus religiosas se dedicasen a las hijas de familias acomodadas, a las sordomudas y a las ciegas; más tarde las envió a la asistencia de los enfermos y de los ancianos en los hospitales, en los asilos y en sus domicilios. El 1 de marzo de 1839 obtuvo el decreto de alabanza del Papa Gregorio XVI; la Regla por él redactada permaneció en vigor hasta 1905, año en que el Instituto fue aprobado por el Papa Pío X, quien había sido ordenado sacerdote por el obispo Farina.
En 1850 fue nombrado obispo de Treviso y recibió la consagración episcopal el 19 de enero de 1851. En esta diócesis desarrolló una variada actividad apostólica: en seguida inició la visita pastoral y organizó en todas las parroquias asociaciones para la ayuda material y espiritual de los pobres, incluso llegó a ser llamado «el obispo de los pobres». Propagó la práctica de los Ejercicios espirituales y la asistencia a los sacerdotes pobres y enfermos; cuidó la formación doctrinal y cultural del clero y de los fieles, y la instrucción y catechesis de los jóvenes. Los diez años de su episcopado en Treviso fueron marcados por el sufrimiento debido a cuestiones jurídicas con el Cabildo de la Catedral; esta situación condicionó la realización de su programa pastoral obstaculizando varias iniciativas y llegando a impedir la celebración del Sínodo diocesano.
El 18 de junio de 1860 fue trasladado a la sede episcopal de Vicenza, donde puso en acto un amplio programa de renovación y desarrolló una importante obra pastoral orientada a la formación cultural y espiritual del clero y de los fieles, a la catechesis de los niños, a la reforma de los estudios y de la disciplina en el seminario. Convocó el Sínodo diocesano, que no había sido celebrado desde el 1689; en su visita pastoral a veces recorría kilómetros a pie o a lomos de una mula para poder llegar a los pueblos de montaña que no habían visto nunca un obispo. Instituyó numerosas confraternidades para socorrer a los pobres y sacerdotes ancianos y para la predicación de Ejercicios espirituales al pueblo; propagó una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a la Eucaristía. Entre diciembre de 1869 y junio de 1870 participó al Concilio Vaticano I, donde hacía parte de los que sostenían la definición de la infalibilidad pontificia.
Los últimos años de su vida fueron señalados con públicos reconocimientos por su labor apostólica y su caridad, pero también con fuertes sufrimientos e injustas acusaciones frente a las cuales él reaccionó con el silencio, la paz interior y el perdón, en fidelidad a su propia conciencia y a la regla suprema de la «salvación de las almas». Después de una primera grave enfermedad en 1886, sus fuerzas físicas se fueron debilitando gradualmente hasta el momento en que un ataque de apoplejía lo llevó a la muerte el 4 de marzo de 1888.
Si usted tiene información relevante para la canonización del Beato Juan Antonio, contacte a: Sr. Albarosa Ines Bassani, SDVI Suore Maestre di Santa Dorotea Via S. Domenico 23 36100 Vicenza, ITALIA
Martirologio Romano: En Vicenza, ciudad de Italia, beato Juan Antonio Farina, obispo, cuyo trabajo en el campo de la pastoral fue intenso, y fundó el Instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, para la formación de las jóvenes pobres y ayuda a las personas afligidas (1888).
Fecha de beatificación: 4 de Noviembre de 2001 por el Papa Juan Pablo II.
Originario de Gambellara (Vicenza), lugar en el que nació el 11 de enero de 1803 de Pedro y Francisca Bellame, Juan Antonio Farina recibió la primera formación bajo la tutela de su tío paterno, un santo sacerdote que fue para él un verdadero maestro del espíritu además de su preceptor, ya que todavía no existían las escuelas públicas en los pueblos pequeños. A los quince años entró en el seminario diocesano de Vicenza donde asistió a todos los cursos distinguiéndose por su bondad y una particular aptitud para el estudio. A los 21 años, mientras todavía asistía a los cursos de Teología, fue destinado a la enseñanza en el mismo seminario, revelando así sus marcadas dotes como educador.
El 14 de enero de 1827 recibió la ordenación sacerdotal y poco después obtuvo el diploma que lo habilitaba a la enseñanza en las escuelas de primaria. En los primeros años de su ministerio se ocupó de varios encargos: la enseñanza en el seminario durante 18 años, la capellanía en la parroquia de S. Pedro en Vicenza por 10 años y la participación en distintas instituciones culturales, espirituales y caritativas de la ciudad, entre las cuales la dirección de la escuela pública primaria y superior.
En 1831 dio inicio a la primera escuela popular femenina y en 1836 fundó las Hermanas Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, un instituto de «maestras de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la educación de las niñas pobres». Poco después, quiso también que sus religiosas se dedicasen a las hijas de familias acomodadas, a las sordomudas y a las ciegas; más tarde las envió a la asistencia de los enfermos y de los ancianos en los hospitales, en los asilos y en sus domicilios. El 1 de marzo de 1839 obtuvo el decreto de alabanza del Papa Gregorio XVI; la Regla por él redactada permaneció en vigor hasta 1905, año en que el Instituto fue aprobado por el Papa Pío X, quien había sido ordenado sacerdote por el obispo Farina.
En 1850 fue nombrado obispo de Treviso y recibió la consagración episcopal el 19 de enero de 1851. En esta diócesis desarrolló una variada actividad apostólica: en seguida inició la visita pastoral y organizó en todas las parroquias asociaciones para la ayuda material y espiritual de los pobres, incluso llegó a ser llamado «el obispo de los pobres». Propagó la práctica de los Ejercicios espirituales y la asistencia a los sacerdotes pobres y enfermos; cuidó la formación doctrinal y cultural del clero y de los fieles, y la instrucción y catechesis de los jóvenes. Los diez años de su episcopado en Treviso fueron marcados por el sufrimiento debido a cuestiones jurídicas con el Cabildo de la Catedral; esta situación condicionó la realización de su programa pastoral obstaculizando varias iniciativas y llegando a impedir la celebración del Sínodo diocesano.
El 18 de junio de 1860 fue trasladado a la sede episcopal de Vicenza, donde puso en acto un amplio programa de renovación y desarrolló una importante obra pastoral orientada a la formación cultural y espiritual del clero y de los fieles, a la catechesis de los niños, a la reforma de los estudios y de la disciplina en el seminario. Convocó el Sínodo diocesano, que no había sido celebrado desde el 1689; en su visita pastoral a veces recorría kilómetros a pie o a lomos de una mula para poder llegar a los pueblos de montaña que no habían visto nunca un obispo. Instituyó numerosas confraternidades para socorrer a los pobres y sacerdotes ancianos y para la predicación de Ejercicios espirituales al pueblo; propagó una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a la Eucaristía. Entre diciembre de 1869 y junio de 1870 participó al Concilio Vaticano I, donde hacía parte de los que sostenían la definición de la infalibilidad pontificia.
Los últimos años de su vida fueron señalados con públicos reconocimientos por su labor apostólica y su caridad, pero también con fuertes sufrimientos e injustas acusaciones frente a las cuales él reaccionó con el silencio, la paz interior y el perdón, en fidelidad a su propia conciencia y a la regla suprema de la «salvación de las almas». Después de una primera grave enfermedad en 1886, sus fuerzas físicas se fueron debilitando gradualmente hasta el momento en que un ataque de apoplejía lo llevó a la muerte el 4 de marzo de 1888.
Si usted tiene información relevante para la canonización del Beato Juan Antonio, contacte a: Sr. Albarosa Ines Bassani, SDVI Suore Maestre di Santa Dorotea Via S. Domenico 23 36100 Vicenza, ITALIA
jueves, 3 de marzo de 2016
Lecturas
Esto dice el Señor:
«Ésta fue la orden que di a mi pueblo:
“Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien.”
Pero no escucharon ni prestaron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara.
Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso: Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres.
Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad , se la han arrancado de la boca”».
En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a habló el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
- «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. El, conociendo sus pensamientos, les dijo:
- «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y se cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra si mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.»
Palabra del Señor.
San Gwennolé
Cuando vino al mundo, su cuerpecito apareció blanco como la nieve, y, al verlo, dijo su padre: «Gwenn-ol-é», que quiere decir: «¡ Oh, qué blanco!» Desde entonces le llamaron Gwennolé. Su padre, Fragán, era uno de los jefes bretones que, saliendo de su isla, había llegado a la nueva Bretaña del otro lado del mar y fundado en ella un brillante señorío. Pero el niño no miraba con buenos ojos ni el ruidoso botín de las cacerías, ni el fulgor de las espadas, ni el relincho de los caballos. En medio del panorama imponente de los bosques, sus sueños eran sueños de paz. Amaba el silencio más que el círculo de oro de los jefes y sus túnicas amplias y deslumbrantes. Un día se declaró a su padre y le dijo que quería ir a donde estaba el santo cenobita Budoc, que vivía a corta distancia con sus discípulos, en el peñón desnudo de Lavré.
Quiso Fragán ir en compañía de su hijo. Llegaron al peñón después de pasar un brazo de mar. Luego atravesaron un muro de piedra, precedido de un foso. Vieron una iglesia, hecha con grandes bloques de granito, y en torno muchas celdas, cavadas en la roca, que ofrecían el aspecto de una colmena. La del abad se abría en una colina, dominando las demás. A ella llegaron los dos viajeros, dejando atrás herrerías y talleres, donde los monjes trabajaban con los brazos desnudos hasta los hombros.
Rodilla en tierra, extendidas las manos, el abad hacía oración, apoyando en el suelo la punta de su barba patriarcal.
—Levántate dijo al niño, que se había postrado ante él para exponer su petición—. Yo te enseñaré las siete artes, las ciencias sagradas y las letras de los antiguos; pero no has de envanecerte, porque todo es dádiva de Dios. Leo en tus ojos una gran sabiduría: que el Señor te dé su bendición.
Budoc sacó un plato de frutas silvestres, otro de hierbas y otro de peces, que un novicio había cogido el día anterior. Después de la comida, Fragán abrazó a su hijo y emprendió la vuelta hacia su castillo. Entre tanto, Gwennolé se hacía un modelo de estudiantes. Sus compañeros le querían mucho, porque era muy caritativo, y en su caridad hacía cosas verdaderamente prodigiosas. Un día, Budoc tuvo que ausentarse, y los niños, aprovechando aquella inesperada libertad, salieron al campo y empezaron a correr como locos. Uno de ellos se cayó de un risco y se rompió una pierna, causando miedo y tristeza a los demás. Al oír los gritos, corrió Gwennolé, puso las manos sobre el herido, y le dejó curado. Otro día los jóvenes de la región se divertían en las carreras de caballos. Maglo, el más valiente, había tocado la meta, pero no pudo contener su corcel y vino a dar contra los acantilados del mar, cayendo inerte y con el cráneo destrozado. Cuando menos se esperaba, el hijo de Fragán apareció entre la multitud aterrada, llegó al lugar donde el joven yacía entre charcos de sangre, le dijo al oído unas palabras misteriosas, y luego salió, llevándole del brazo.
Algún tiempo después, un ángel vino a decirle: «Ve corriendo a tu casa, porque tu hermana Clewia necesita tus consuelos.» Un caso muv doloroso había sucedido a la pobre niña. Estaba jugando con sus amigas en un patio del castillo, cuando un ganso, salido de las aguas pantanosas que cerca había, le saltó a la cara, le sacó un ojo y se lo tragó. Clewia fue llorando al lado de su madre. Fragán lavó sus párpados con agua de hierbas medicinales y se entristeció mucho al ver para siempre perdida la hermosura del rostro de su hija. Mas he aquí a Gwennolé delante de la puerta. Saluda sonriente, manda reunir en una habitación todos los gansos, y, cogiendo al culpable, le abre la blanca pechuga, encuentra el ojo garzo de su hermana y se lo coloca en el rostro. Después le da un beso en la frente y se vuelve a su isla de Lavré.
Muchos años había vivido ya en ella, cuando una noche se le apareció San Patricio y le mandó que fuese a predicar a los paganos. «Que se haga la voluntad divina», dijo Budoc cuando lo supo. Y le dio doce monjes para que fuesen en su compañía.
Bautizando y predicando, los misioneros se dirigieron hacia el sur de la Armórica, bebiendo el agua de las fuentes claras y durmiendo bajo el brillo de las estrellas azules. Una mañana, Gwennolé se detuvo enfrente de una islita que parecía una esmeralda flotando sobre el zafiro del mar. El paisaje lo atraía. Mandó echar por tierra el tronco del árbol más corpulento, hizo una barca, y, entrando en ella con sus companeros, toma la dirección de la isla. Lo que le había parecido un paraíso, era una tierra rocosa, expuesta a los vientos y cubierta de landas y urces miserables. Tres años lucharon los misioneros contra la infecundidad del suelo, alimentándose de los huevos que ponían en la playa las aves marinas y de las conchas que las mareas dejaban en la orilla. «Marchemos de aquí», dijo el abad a sus monjes; y cuando estaban ya lejos, no pudo menos de exclamar, viendo aquel trozo de tierra verde iluminado por el sol: «Así sois vosotros, falaces espejismos de la vida. Aprended, hermanos míos; las vanas apariencias de la tierra nos deslumbran; al grito del placer cede nuestra flaqueza, sin escuchar las voces interiores, y después los pesares nos atormentan.»
Como las abejas diligentes se esparcen para buscar el botín dorado con que han de fabricar su casa, así los monjes se derraman por la selva, abatiendo los pinos con que habían de construir su monasterio. Unos arrancan las zarzas y los arbustos, otros levantan la muralla que los ha de defender contra las bestias salvajes, otros echan los cimientos de la iglesia. En poco tiempo la obra estaba terminada. Sabio con la experiencia, el fundador puso su casa al abrigo de los vientos; por eso le dio el nombre de Lanndevenec, que significa «bien abrigada». Por un lado, la mancha de oro de la playa; por otro, un alto monte cubierto de pinos, y por los demás, la selva espesa, que el abad mostraba a sus discípulos, diciendo: «El mal se multiplica en torno nuestro; pero no os asustéis ni de las malezas del terreno ni de las malas hierbas de las almas. Cultivad sin descanso las almas y la tierra.» Y lo mismo que las zarzas, los discípulos desarraigaban la mentira y el error.
El mismo rey de la tierra se acercó un día al siervo de Dios y le dijo:
—Yo soy Cradlón, rey de Kemper. Tengo arcas llenas de oro y un gran ejército. Pídeme lo que quieras y te lo daré.
— ¡ Oh rey! —respondió el abad sonriendo—, si las riquezas de la tierra tuviesen algún valor para mí, ¿hubiera yo abandonado los dominios de mi padre? Duermo sobre un lecho de ceniza, una cabaña mal construida es mi morada, con poca cosa estoy contento, y te aseguro que soy más rico que tú.
Aquel lenguaje dejó admirado al rey, que desde entonces obedeció como un cordero las palabras del abad de Lanndevenec. Por su parte, el abad iba con frecuencia a visitar a su amigo en la ciudad de Is. Is, la ciudad real, era una pequeña metrópoli bretona que desafiaba las iras del océano con sus muros de granito y la construcción maciza de sus altas torres. Dentro de la triple muralla vivía un pueblo vicioso y desenfrenado. Dahut, la hija del rey, mujer de maravillosa belleza y de malicia satánica, daba el ejemplo de la orgía y el escándalo, sin que Cradión se atreviese a decirle nada, por el carino que le tenía. El abad quedó aterrado de la belleza fascinadora de aquella criatura, y trató de convertir a sus adoradores; pero los hechizos de la princesa tenían más fuerza que la palabra del monje.
Una noche, estando en oración, oyó una voz que le decía: «Aléjate de aquí; ya ha llegado la hora del castigo.» Inmediatamente comunicó al rey el aviso del Cielo. Ensillaron los caballos y huyeron a favor de la oscuridad. Dahut quiso salvarse a la grupa del caballo de su padre. Apenas había atravesado la triple muralla, cuando la oscuridad se vio repentinamente iluminada, y un trueno espantoso resonó tras ellos. Cradión, abrazado al cuello del noble bruto, que se encabritaba de espanto, volvió los ojos, y a la luz de un relámpago vio la mar espumosa y mugiente que se lanzaba al asalto de su capital. Poco después, las olas llegaron a los pies del caballo, y luego a la cintura, y estaban ya a punto de perecer los tres fugitivos, cuando el rey oyó esta orden del abad: «Arrojad ese demonio al agua.» Cradión se arrancó de los brazos de su hija, y en el mismo instante se detuvo el mar. Aquellas aguas iban en busca de Dahut, la fornicaria.
El abad volvió a entrar en su monasterio, donde el Cielo premiaba de una manera prodigiosa los trabajos de sus discípulos. Los años se sucedían a los años, las canas florecían en sus cabezas, y la muerte se olvidaba de ellos. Gwennolé decía, algo triste: «¿Por qué, después de tantos ayunos y de tan costoso renunciamiento, se nos dilata la hora de ascensión?» Encima de la abadía veíanse con frecuencia coros de ángeles, y músicas invisibles resonaban en las horas de la noche. Los monjes creyeron que aquel lugar estaba encantado, y se pusieron en oración. Entonces se presentó un ángel brillante como el sol, y dijo: «El labrador que arroja el grano en el surco, nada sabe de la futura mies; pero que trabaje hasta el día en que el trigo sea separado de la paja, y entonces su gozo será pleno.»
Al día siguiente, la muerte se llevó al más viejo de los hermanos; y después a otros, por orden de edad; así que todos sabían, aproximadamente, su última hora. Viendo el abad que la disciplina de los jóvenes se resentía de aquella certidumbre de un futuro lejano, pidió a Dios que llamase a sus monjes lo mismo en la edad de los floridos sueños que en el tiempo de los sueños marchitos. Desde entonces, la Parca bienhechora volvió, como antaño, a recoger su mies en todas las estaciones de la vida. Pero no se atrevía a deshojar la sonrisa indulgente del abad, hasta que él la llamó, deseoso de juntarse a su antiguo amigo, el monarca de Is, la maldita.
Como la vid se abraza al olmo, así la leyenda se injerta en su historia, iluminándola, embelleciéndola. Es lo propio de todos estos santos celtas. Gwennolé pertenece a la raza de Columba, el bardo encapuchado que enciende la guerra a causa de un libro, y canta salmos mientras los soldados se matan; de Columbano, que escribe la Regla más estrecha que se ha visto jamás y no puede vivir sin disputar con los obispos y los príncipes; de Cadoc, el que, partiendo de su tierra con cincuenta monjes, armados todos ellos de un arpa, se enfrenta con los tiranos y los bandidos, y sólo cesa de cantar cuando los opresores le prometen dejar libres a los oprimidos; de Brendomo, cuyas peregrinaciones fantásticas por el vasto océano, en busca del paraíso terrestre, de regiones que explorar y de almas que convertir, han tomado la forma de visiones admirablemente penetradas del espíritu de Dios y de la verdad teológica; de Mokuda, el pastor de rostro gracioso y talla procer, que dejó el amor de treinta doncellas y las promesas de su rey, por emprender el canto de los santos de Dios, oído entre el misterio de los bosques; de Dega, el monje copista y escultor, que fabricó trescientas campanas, cinceló trescientas cruces y transcribió trescientos evangeliarios, y que se despidió de los monjes de Bangor con estas bellas palabras: «Doy gracias a Dios de haber conocido en vosotros los tres órdenes de monjes que he visto en otras partes: los que son ángeles por la pureza, los que son apóstoles por la actividad, y los que serían mártires si Dios los llamase a derramar su sangre por la fe.»
Quiso Fragán ir en compañía de su hijo. Llegaron al peñón después de pasar un brazo de mar. Luego atravesaron un muro de piedra, precedido de un foso. Vieron una iglesia, hecha con grandes bloques de granito, y en torno muchas celdas, cavadas en la roca, que ofrecían el aspecto de una colmena. La del abad se abría en una colina, dominando las demás. A ella llegaron los dos viajeros, dejando atrás herrerías y talleres, donde los monjes trabajaban con los brazos desnudos hasta los hombros.
Rodilla en tierra, extendidas las manos, el abad hacía oración, apoyando en el suelo la punta de su barba patriarcal.
—Levántate dijo al niño, que se había postrado ante él para exponer su petición—. Yo te enseñaré las siete artes, las ciencias sagradas y las letras de los antiguos; pero no has de envanecerte, porque todo es dádiva de Dios. Leo en tus ojos una gran sabiduría: que el Señor te dé su bendición.
Budoc sacó un plato de frutas silvestres, otro de hierbas y otro de peces, que un novicio había cogido el día anterior. Después de la comida, Fragán abrazó a su hijo y emprendió la vuelta hacia su castillo. Entre tanto, Gwennolé se hacía un modelo de estudiantes. Sus compañeros le querían mucho, porque era muy caritativo, y en su caridad hacía cosas verdaderamente prodigiosas. Un día, Budoc tuvo que ausentarse, y los niños, aprovechando aquella inesperada libertad, salieron al campo y empezaron a correr como locos. Uno de ellos se cayó de un risco y se rompió una pierna, causando miedo y tristeza a los demás. Al oír los gritos, corrió Gwennolé, puso las manos sobre el herido, y le dejó curado. Otro día los jóvenes de la región se divertían en las carreras de caballos. Maglo, el más valiente, había tocado la meta, pero no pudo contener su corcel y vino a dar contra los acantilados del mar, cayendo inerte y con el cráneo destrozado. Cuando menos se esperaba, el hijo de Fragán apareció entre la multitud aterrada, llegó al lugar donde el joven yacía entre charcos de sangre, le dijo al oído unas palabras misteriosas, y luego salió, llevándole del brazo.
Algún tiempo después, un ángel vino a decirle: «Ve corriendo a tu casa, porque tu hermana Clewia necesita tus consuelos.» Un caso muv doloroso había sucedido a la pobre niña. Estaba jugando con sus amigas en un patio del castillo, cuando un ganso, salido de las aguas pantanosas que cerca había, le saltó a la cara, le sacó un ojo y se lo tragó. Clewia fue llorando al lado de su madre. Fragán lavó sus párpados con agua de hierbas medicinales y se entristeció mucho al ver para siempre perdida la hermosura del rostro de su hija. Mas he aquí a Gwennolé delante de la puerta. Saluda sonriente, manda reunir en una habitación todos los gansos, y, cogiendo al culpable, le abre la blanca pechuga, encuentra el ojo garzo de su hermana y se lo coloca en el rostro. Después le da un beso en la frente y se vuelve a su isla de Lavré.
Muchos años había vivido ya en ella, cuando una noche se le apareció San Patricio y le mandó que fuese a predicar a los paganos. «Que se haga la voluntad divina», dijo Budoc cuando lo supo. Y le dio doce monjes para que fuesen en su compañía.
Bautizando y predicando, los misioneros se dirigieron hacia el sur de la Armórica, bebiendo el agua de las fuentes claras y durmiendo bajo el brillo de las estrellas azules. Una mañana, Gwennolé se detuvo enfrente de una islita que parecía una esmeralda flotando sobre el zafiro del mar. El paisaje lo atraía. Mandó echar por tierra el tronco del árbol más corpulento, hizo una barca, y, entrando en ella con sus companeros, toma la dirección de la isla. Lo que le había parecido un paraíso, era una tierra rocosa, expuesta a los vientos y cubierta de landas y urces miserables. Tres años lucharon los misioneros contra la infecundidad del suelo, alimentándose de los huevos que ponían en la playa las aves marinas y de las conchas que las mareas dejaban en la orilla. «Marchemos de aquí», dijo el abad a sus monjes; y cuando estaban ya lejos, no pudo menos de exclamar, viendo aquel trozo de tierra verde iluminado por el sol: «Así sois vosotros, falaces espejismos de la vida. Aprended, hermanos míos; las vanas apariencias de la tierra nos deslumbran; al grito del placer cede nuestra flaqueza, sin escuchar las voces interiores, y después los pesares nos atormentan.»
Como las abejas diligentes se esparcen para buscar el botín dorado con que han de fabricar su casa, así los monjes se derraman por la selva, abatiendo los pinos con que habían de construir su monasterio. Unos arrancan las zarzas y los arbustos, otros levantan la muralla que los ha de defender contra las bestias salvajes, otros echan los cimientos de la iglesia. En poco tiempo la obra estaba terminada. Sabio con la experiencia, el fundador puso su casa al abrigo de los vientos; por eso le dio el nombre de Lanndevenec, que significa «bien abrigada». Por un lado, la mancha de oro de la playa; por otro, un alto monte cubierto de pinos, y por los demás, la selva espesa, que el abad mostraba a sus discípulos, diciendo: «El mal se multiplica en torno nuestro; pero no os asustéis ni de las malezas del terreno ni de las malas hierbas de las almas. Cultivad sin descanso las almas y la tierra.» Y lo mismo que las zarzas, los discípulos desarraigaban la mentira y el error.
El mismo rey de la tierra se acercó un día al siervo de Dios y le dijo:
—Yo soy Cradlón, rey de Kemper. Tengo arcas llenas de oro y un gran ejército. Pídeme lo que quieras y te lo daré.
— ¡ Oh rey! —respondió el abad sonriendo—, si las riquezas de la tierra tuviesen algún valor para mí, ¿hubiera yo abandonado los dominios de mi padre? Duermo sobre un lecho de ceniza, una cabaña mal construida es mi morada, con poca cosa estoy contento, y te aseguro que soy más rico que tú.
Aquel lenguaje dejó admirado al rey, que desde entonces obedeció como un cordero las palabras del abad de Lanndevenec. Por su parte, el abad iba con frecuencia a visitar a su amigo en la ciudad de Is. Is, la ciudad real, era una pequeña metrópoli bretona que desafiaba las iras del océano con sus muros de granito y la construcción maciza de sus altas torres. Dentro de la triple muralla vivía un pueblo vicioso y desenfrenado. Dahut, la hija del rey, mujer de maravillosa belleza y de malicia satánica, daba el ejemplo de la orgía y el escándalo, sin que Cradión se atreviese a decirle nada, por el carino que le tenía. El abad quedó aterrado de la belleza fascinadora de aquella criatura, y trató de convertir a sus adoradores; pero los hechizos de la princesa tenían más fuerza que la palabra del monje.
Una noche, estando en oración, oyó una voz que le decía: «Aléjate de aquí; ya ha llegado la hora del castigo.» Inmediatamente comunicó al rey el aviso del Cielo. Ensillaron los caballos y huyeron a favor de la oscuridad. Dahut quiso salvarse a la grupa del caballo de su padre. Apenas había atravesado la triple muralla, cuando la oscuridad se vio repentinamente iluminada, y un trueno espantoso resonó tras ellos. Cradión, abrazado al cuello del noble bruto, que se encabritaba de espanto, volvió los ojos, y a la luz de un relámpago vio la mar espumosa y mugiente que se lanzaba al asalto de su capital. Poco después, las olas llegaron a los pies del caballo, y luego a la cintura, y estaban ya a punto de perecer los tres fugitivos, cuando el rey oyó esta orden del abad: «Arrojad ese demonio al agua.» Cradión se arrancó de los brazos de su hija, y en el mismo instante se detuvo el mar. Aquellas aguas iban en busca de Dahut, la fornicaria.
El abad volvió a entrar en su monasterio, donde el Cielo premiaba de una manera prodigiosa los trabajos de sus discípulos. Los años se sucedían a los años, las canas florecían en sus cabezas, y la muerte se olvidaba de ellos. Gwennolé decía, algo triste: «¿Por qué, después de tantos ayunos y de tan costoso renunciamiento, se nos dilata la hora de ascensión?» Encima de la abadía veíanse con frecuencia coros de ángeles, y músicas invisibles resonaban en las horas de la noche. Los monjes creyeron que aquel lugar estaba encantado, y se pusieron en oración. Entonces se presentó un ángel brillante como el sol, y dijo: «El labrador que arroja el grano en el surco, nada sabe de la futura mies; pero que trabaje hasta el día en que el trigo sea separado de la paja, y entonces su gozo será pleno.»
Al día siguiente, la muerte se llevó al más viejo de los hermanos; y después a otros, por orden de edad; así que todos sabían, aproximadamente, su última hora. Viendo el abad que la disciplina de los jóvenes se resentía de aquella certidumbre de un futuro lejano, pidió a Dios que llamase a sus monjes lo mismo en la edad de los floridos sueños que en el tiempo de los sueños marchitos. Desde entonces, la Parca bienhechora volvió, como antaño, a recoger su mies en todas las estaciones de la vida. Pero no se atrevía a deshojar la sonrisa indulgente del abad, hasta que él la llamó, deseoso de juntarse a su antiguo amigo, el monarca de Is, la maldita.
Como la vid se abraza al olmo, así la leyenda se injerta en su historia, iluminándola, embelleciéndola. Es lo propio de todos estos santos celtas. Gwennolé pertenece a la raza de Columba, el bardo encapuchado que enciende la guerra a causa de un libro, y canta salmos mientras los soldados se matan; de Columbano, que escribe la Regla más estrecha que se ha visto jamás y no puede vivir sin disputar con los obispos y los príncipes; de Cadoc, el que, partiendo de su tierra con cincuenta monjes, armados todos ellos de un arpa, se enfrenta con los tiranos y los bandidos, y sólo cesa de cantar cuando los opresores le prometen dejar libres a los oprimidos; de Brendomo, cuyas peregrinaciones fantásticas por el vasto océano, en busca del paraíso terrestre, de regiones que explorar y de almas que convertir, han tomado la forma de visiones admirablemente penetradas del espíritu de Dios y de la verdad teológica; de Mokuda, el pastor de rostro gracioso y talla procer, que dejó el amor de treinta doncellas y las promesas de su rey, por emprender el canto de los santos de Dios, oído entre el misterio de los bosques; de Dega, el monje copista y escultor, que fabricó trescientas campanas, cinceló trescientas cruces y transcribió trescientos evangeliarios, y que se despidió de los monjes de Bangor con estas bellas palabras: «Doy gracias a Dios de haber conocido en vosotros los tres órdenes de monjes que he visto en otras partes: los que son ángeles por la pureza, los que son apóstoles por la actividad, y los que serían mártires si Dios los llamase a derramar su sangre por la fe.»
miércoles, 2 de marzo de 2016
Lecturas
Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.
Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.
Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán:
“Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación.”
Porque, ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?
Y, ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?
Pero, ten cuidado, guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselos a tus hijos y nietos.»
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.»
Palabra del Señor.
Santa Inés de Bohemia
Inés, hija de Premisl Otakar I, rey de Bohemia y de la reina Constancia, hermana de Andrés I, rey de Hungría, nació en Praga en el año 1211. En 1220, prometida en matrimonio a Enrique VII, hijo del emperador Federico II, fue llevada a la corte del duque de Austria, donde vivió hasta el año 1225, manteniéndose siempre fiel a los deberes de la vida cristiana. Rescindido el pacto de matrimonio, volvió a Praga, donde se dedicó a una vida de oración más intensa y a obras de caridad; después de madura reflexión decidió consagrar a Dios su virginidad.
A través de los franciscanos, que iban a Praga como predicadores itinerantes, conoció la vida espiritual que llevaba en Asís la virgen Clara, según el espíritu de San Francisco. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que los dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Francisco para las “Hermanas Pobres o Damianitas”, donde ella misma ingreso el día de Pentecostés del año 1234. Profesó los votos de castidad, pobreza y obediencia, plenamente consciente del valor eterno de estos consejos evangélicos, y se dedicó a practicarlos con fervorosa fidelidad, durante toda su vida.
La virginidad por el Reino de los cielos siguió siendo siempre el elemento fundamental de su espiritualidad, implicando toda la profunda afectividad de su persona en la consagración del amor indiviso y esponsal a Cristo. El espíritu de pobreza, que ya la había inducido a distribuir sus bienes a los pobres, la llevó a renunciar totalmente a la propiedad de los bienes de la tierra para seguir a Cristo pobre en la Orden de las “Hermanas Pobres”. El espíritu de obediencia la condujo a conformar siempre su voluntad con la de Dios, que descubría en el Evangelio del Señor y en la regla de vida que la Iglesia le había dado. Trabajó junto con santa Clara para obtener la aprobación de una Regla nueva y propia que, después de confiada espera, recibió y profesó con absoluta fidelidad. Constituida, poco después de la profesión, abadesa del monasterio, conservó esta función durante toda la vida y la ejerció con humildad, sabiduría y celo, considerándose siempre como “la hermana mayor”.
Amó a la Iglesia, implorando para sus hijos los dones de la perseverancia en la fe y la solidaridad cristiana. Se hizo colaboradora de los Romanos Pontífices, que para el bien de la Iglesia solicitaban sus oraciones y su mediación ante los reyes de Bohemia, sus familiares. Amó a su patria, a la que benefició con las obras de caridad individuales y sociales y con la sabiduría de sus consejos, encaminados siempre a evitar conflictos y a promover la fidelidad a la religión cristiana de los padres. En los últimos años soportó inalterable los dolores que la afligieron a ella, a la familia real, al monasterio y a la patria.
Murió santamente en su monasterio el 2 de marzo de 1282. El culto tributado desde su muerte y a lo largo de los siglos a la venerable Inés de Bohemia, tuvo el reconocimiento apostólico con el decreto aprobado por el Papa Pío IX el 28 de noviembre de 1874.
A través de los franciscanos, que iban a Praga como predicadores itinerantes, conoció la vida espiritual que llevaba en Asís la virgen Clara, según el espíritu de San Francisco. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que los dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Francisco para las “Hermanas Pobres o Damianitas”, donde ella misma ingreso el día de Pentecostés del año 1234. Profesó los votos de castidad, pobreza y obediencia, plenamente consciente del valor eterno de estos consejos evangélicos, y se dedicó a practicarlos con fervorosa fidelidad, durante toda su vida.
La virginidad por el Reino de los cielos siguió siendo siempre el elemento fundamental de su espiritualidad, implicando toda la profunda afectividad de su persona en la consagración del amor indiviso y esponsal a Cristo. El espíritu de pobreza, que ya la había inducido a distribuir sus bienes a los pobres, la llevó a renunciar totalmente a la propiedad de los bienes de la tierra para seguir a Cristo pobre en la Orden de las “Hermanas Pobres”. El espíritu de obediencia la condujo a conformar siempre su voluntad con la de Dios, que descubría en el Evangelio del Señor y en la regla de vida que la Iglesia le había dado. Trabajó junto con santa Clara para obtener la aprobación de una Regla nueva y propia que, después de confiada espera, recibió y profesó con absoluta fidelidad. Constituida, poco después de la profesión, abadesa del monasterio, conservó esta función durante toda la vida y la ejerció con humildad, sabiduría y celo, considerándose siempre como “la hermana mayor”.
Amó a la Iglesia, implorando para sus hijos los dones de la perseverancia en la fe y la solidaridad cristiana. Se hizo colaboradora de los Romanos Pontífices, que para el bien de la Iglesia solicitaban sus oraciones y su mediación ante los reyes de Bohemia, sus familiares. Amó a su patria, a la que benefició con las obras de caridad individuales y sociales y con la sabiduría de sus consejos, encaminados siempre a evitar conflictos y a promover la fidelidad a la religión cristiana de los padres. En los últimos años soportó inalterable los dolores que la afligieron a ella, a la familia real, al monasterio y a la patria.
Murió santamente en su monasterio el 2 de marzo de 1282. El culto tributado desde su muerte y a lo largo de los siglos a la venerable Inés de Bohemia, tuvo el reconocimiento apostólico con el decreto aprobado por el Papa Pío IX el 28 de noviembre de 1874.
martes, 1 de marzo de 2016
Lecturas
En aquellos días, Azarías puesto en pie, oró de esta forma; alzo la voz en medio del fuego, y dijo:
- «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia.
Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas.
Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados.
En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.
Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados.
Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia.
Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
- «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
- «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
-”Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.”
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:
- “Págame lo que me debes.”
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:
-”Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.”
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Palabra del Señor.
San Rosendo
Era oriundo de Asturias, aunque fueron tierras gallegas el escenario de toda su vida. El primer documento que de él nos habla es de 916. El mundo fue pródigo con él: le dio sangre real, riquezas, favores cortesanos, dignidades. Su padre, Gutierre, era uno de los condes más poderosos que rodeaban a Alfonso el Magno: guerrero intrépido, político afortunado, y además un gran cristiano, bienhechor de iglesias y reformador de monasterios. El niño aprende latín en la escuela episcopal de Mondonedo. Corazón manso y bueno, dejó gustoso la espada, con que Gutierre había ensanchado el pequeño reino leonés. Era un predestinado. Antes de darle a luz su madre, la condesa Ilduara, había recibido la visita de un ángel, que le dijo estas palabras: «El fruto que llevas en tus entrañas será santo delante de Dios y grande delante de los hombres.» El presagio se iba cumpliendo. Las gentes admiraban su sabiduría y le amaban por su bondad. En 929 era ya obispo de Dumio, y poco después de Mondonedo; un obispo de dieciocho años, que por su gravedad y virtud parece un Pontífice de cincuenta.
Más que el bullicio cortesano, Rosendo amaba la soledad. Cuando, niño aún, caminaba al lado de su padre por sus vastas posesiones de Galicia, Coimbra y Zamora, solía deleitarse hablando y conviviendo con los santos varones que hacían penitencia entre las gargantas del Sil o cerca de las orillas del Miño. Luego, en sus correrías apostólicas, había encontrado muchos monasteriores destruídos por las guerras, los había restaurado y reformado, y había vivido en ellos largas temporadas. Pero soñaba siempre con el monasterio ideal, un monasterio cuyos habitantes, libres de toda ocupación terrena, sólo pensasen en celebrar las grandezas de Dios.
En la provincia de Orense halló cierto día un valle circundado de bosques, bosques de pinos, de murtas y de encinas. Bajando de la altura, cantaba un riachuelo, y claras fuentes brotaban en diversos lugares. Una voz interior le dijo: «Este es el sitio que buscas.» Ocho años trabajaron sus siervos para levantar la abadía, que se llamó de San Salvador de Celanova. La dotación fue espléndida: cotos, prados, villas, iglesias, monasterios, manadas de ganado, seda, oro, marfil, joyas, todo el botín amontonado en tres generaciones de luchas afortunadas contra los moros. Para el mobiliario de la iglesia, una cruz fundida en oro, otra de plata adornada de piedras preciosas, dos candelabros de plata y uno de bronce, dos coronas de plata y una de oro adornada de pedrería, un turíbulo de oro con su bandeja correspondiente, dos arquetas de plata doradas, dípticos de plata nielados y esculpidos, siete cálices de plata, uno de ellos francés, con sus patenas; una copa de marfil, tres campanas pequeñas y dos grandes, dos cíngulos de oro con gemas, otros dos de plata, dorados y adornados de piedras preciosas, diez albas y diez casullas de lino, otras trece de seda, de lana, de brocado o de una tela rameada de Oriente; planetas y estolas bordadas en oro y plata. «Añadimos—continúa el fundador, deslumbrando nuestros ojos con la exhibición de una riqueza casi fabulosa—todo lo que se necesita para el ajuar doméstico: ropa de cama, siete cobertores de pluma forrados de tapicería, ocho más pequeños, diez colchones más, excelentes; ocho de menos valor; cinco colchas de pluma de ave, seis mantas bordadas, dos copas doradas con sus cubiertas, nueve tazas, seis escudillas doradas, tres jarros dorados, un vaso de oro y pedrería, otro de colmillo de elefante, dos soperas de concha, cubiertos de plata para la mesa, cuatro hidrias, cinco figuras de ciervo para colocar luces, dos palmatorias, siete cuencos con figuras, diferentes vasos de vidrio y de bronce, nueve redomas y veinte manteles de mesa.»
Todo estaba dispuesto con el mayor arte y grandeza, con el mayor lujo y suntuosidad. Los monjes no tenían más que una obligación, «permanecer día y noche en las batallas del espíritu», o, como decía Rosendo en otra parte, «caminar por la senda de la Regla, militar para Dios, e instruirse en los documentos divinos, de suerte que la paz redunde en sus corazones para que se hagan vasos limpísimos, en los cuales Tú, Señor, te deleites habitar, y habitando los santifiques, como quienes han dejado el mundo con sus pompas para seguirte a Ti, dador de todos los bienes, y sea esta casa la casa de Dios y puerta del Cielo, donde encuentre refugio el pecador en cualquier hora que se convirtiere a Tí de todo corazón, para que desates todos los nudos de sus pecados.» Para atender a las cosas materiales, estaban los colonos que cultivaban las posesiones de la abadía, los pastores encargados de guardar sus rebaños de ovejas, de vacas, de ánades y puercos, y las familias de los cautivos moros, destinadas a servir perpetuamente a los monjes en calidad de panaderos, cocineros, olleros, carpinteros de fraga, lanceros, herreros y alarifes para hacer los baños en que los monjes lavaban su cuerpo. Lejos de manumitir a los musulmanes que su padre había cautivado al otro lado del Miño y del Duero, Rosendo quiso formar con ellos una segunda comunidad destinada al servicio de la comunidad monástica, sin que su conversión pudiese eximirlos de este destino. Hubo algunos que se hicieron cristianos, como cierto Salvador Rudesindiz, que quiso tomar los nombres de sus dos señores, el del Cielo y el de la tierra. Conocemos, además, un caso de ingenuación que hizo San Rosendo a favor de una mora llamada Muzalha, a la cual dota «y da el privilegio de los ciudadanos romanos, poniendo sobre su cabeza el brillo de la ingenuidad». A cambio de este favor, la liberta debe todos los años dar una limosna a los pobres y encender una luz en la iglesia por su libertador.
Un día Rosendo, aterrado por el peso de la dignidad episcopal, cayó a los pies del abad Frankila, pidiéndole el hábito, y se quedó definitivamente en Celanova. Trabajaba y hacía la cocina y servía a la mesa como el último de los monjes. Era tan santo, que los ángeles bajaban a cantar con él, y resucitaba a los muertos y anunciaba las cosas futuras. Su emblema era una cruz semejante a la de los ángeles de Oviedo, de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. Cuando los monjes le preguntaban qué significaba aquello, solía responder: «Hijitos, ¿no sabéis que la cruz es compás de nuestra vida y espejo de nuestras almas?»
Otro día recibió esta carta: «Ordoño, rey, al Padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre, y terrenos adyacentes hasta el mar, de suerte que todos allí concurran a obedecerte en las cosas de nuestro servicio, y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955.»
Los santos no son ambiciosos ni egoístas, pero les sucede una cosa curiosa: que lo que es para los demás un objeto de ambición, para ellos es un gran sacrificio. Rosendo lo hizo porque se lo pedía la patria. Se necesitaba un brazo firme para apaciguar revueltas, atajar invasiones y deshacer injusticias. En poco tiempo, el monje gobernador humilló a los revoltosos, escarmentó a los musulmanes, desbarató a los normandos, que habían intentado un desembarco, y cuando vio en orden la provincia, se volvió a la soledad del cenobio. Poco después le sacaban de ella nuevamente para gobernar la diócesis de Santiago, cuyo obispo Sisenando estaba preso en castigo de sus desmanes. Pero Sisenando se fugó de la cárcel, entró violentamente en Compostela, y con el puñal en la mano intimó a Rosendo que se retirase. No necesitaba tanto.
Durante tres años vieron todavía los monjes de Celanova la figura menudita y sonriente del bondadoso fundador. Su presencia en el coro les llenaba de fervor, y por toda la casa derramaba una atmósfera de paz y dulzura. Pero al empezar el año 977 ya no pudo asistir, como solía, a la salmodia de los hermanos. Viendo que se acercaba la muerte, firmó su testamento, confesión de fe y efusión de amor, que nos revela la suave fisonomía de su alma piadosa y llena de fe. «¡Oh Salvador y Redentor de los hombres—dice—, por quien se alegra el mundo redimido con el precio de tu sangre, a quien alaban todas las cosas con el Padre y el Espíritu Santo! ¡Oh Señor, que penetras cuanto existe, circundándolo y rodeándolo, lo sostienes, y de esta manera posees todas las cosas divinamente, y divinamente las vivificas; Trinidad santa e inescrutable que reinas en todas partes y por siglos que no se han de acabar, que prometes dar la gracia a los hombres de todos los tiempos; que resistes con dureza a los soberbios; que cada día y en cada momento mandas a las hechuras humanas venir a la luz y volver al polvo; que, como padre amoroso, prestas oído favorable a todos los que te ruegan, y como dador piadoso, concedes magnánima y maravillosamente, de todo corazón, cosas mayores que las que te piden! Ruégote que recibas la oración de tu indigno esclavo Rosendo. Pon en mi pecho deseos que vayan a Ti, en mi boca palabras que llenes Tú de vida, y en mis manos obras que, aprobadas por Ti, pueden alcanzarme la justificación. Concede el perdón a mis pecados, sé indulgente con mis iniquidades, y, destruyendo cuanto encadena mi alma a la vida presente, dame valor para seguir tus pisadas con ánimo generoso y asiduo vencimiento.»
Sigue el enfermo exhalando sus místicos anhelos, hilvanando sus bellos conceptos teológicos y repasando brevemente las acciones de su vida. Recuerda su fundación monástica, y la organización de una comunidad numerosa, «para que sirva piadosa, casta y religiosamente al Redentor de los hombres, viviendo según la Regla de los Padres antiguos y los caminos evangélicos»; y añade: «Después, habiendo observado la disciplina monástica por espacio de muchos años, juntamente con otros siervos de Cristo, viendo que los días de mi vida corren inexorablemente, que se debilitan las fuerzas de mi cuerpo, y que mi último momento se acerca ya, empecé a considerar en el interior de mi corazón las cosas en que anduve desde mi primera edad, y encontrando materia para humillarme más que para ensoberbecerme, me hice pesado a mí mismo en gran manera. El terror se apoderó de mí, y el oleaje de mis iniquidades me llenaba de espanto.»
Al ver a su Padre y fundador en tal angustia, los hermanos todos se acercaron a él llorando, y después de consolarle le dijeron: «Mira, Padre y señor nuestro, qué vas a hacer de tantas escuadras de monjes como reuniste, alimentaste y educaste; en cuyas manos los vas a dejar; quién va a ser su padre; quién el defensor de esta iglesia. Bien sabes, señor, que todo lo trastornan los años y todo los destruyen los hombres.»
«Movido por estas palabras y sollozos—continúa diciendo el santo—, instruido por la doctrina evangélica, y conociendo los decretos de los cánones, les respondí, llorando yo también: «Confiad, ¡oh hijos y señores míos! ; poned en el Señor vuestra esperanza, porque no os dejará huérfanos Por mi parte, os encomiendo a mi Creador y Señor, Jesucristo, para quien os he adquirido, y por cuyo amor he construido este lugar. Os dejo también encomendados al rey, cualquiera que fuere ungido en la ciudad de León, más para protegeros que para dominaros.»
Termina San Rosendo su testamento con estas profundas palabras: «Bajo la providencia de Dios.» Y la providencia de Dios conservó su obra. Cerca de mil años continuaron sus monjes viviendo piadosa, casta y religiosamente en su casa. Aún están en pie los suntuosos edificios: torres, claustros, basílicas y habitaciones monacales, veinte veces renovados y transformados. A su sombra sobrevive la capilla de San Miguel, miniatura de iglesia, brinco graciosísimo, como decía Yepes, joya del arte mozárabe y recuerdo milenario del glorioso fundador. Fue, efectivamente, San Rosendo el que la levantó en memoria de su hermano Froila, como lo dice el epigrama de la puerta: «Tú, ¡ oh Cristo!, que eres el verdadero autor de esta obra, borra los pecados de todos los que aquí entren a orar. Este edificio recomienda la memoria de Froila, tu indigno siervo. Mi abuelo es, ¡oh bien amado que esto leyeres!, y por ello te conjuro al Señor, que te acuerdes de mí, pecador, en la oración sagrada.»
Más que el bullicio cortesano, Rosendo amaba la soledad. Cuando, niño aún, caminaba al lado de su padre por sus vastas posesiones de Galicia, Coimbra y Zamora, solía deleitarse hablando y conviviendo con los santos varones que hacían penitencia entre las gargantas del Sil o cerca de las orillas del Miño. Luego, en sus correrías apostólicas, había encontrado muchos monasteriores destruídos por las guerras, los había restaurado y reformado, y había vivido en ellos largas temporadas. Pero soñaba siempre con el monasterio ideal, un monasterio cuyos habitantes, libres de toda ocupación terrena, sólo pensasen en celebrar las grandezas de Dios.
En la provincia de Orense halló cierto día un valle circundado de bosques, bosques de pinos, de murtas y de encinas. Bajando de la altura, cantaba un riachuelo, y claras fuentes brotaban en diversos lugares. Una voz interior le dijo: «Este es el sitio que buscas.» Ocho años trabajaron sus siervos para levantar la abadía, que se llamó de San Salvador de Celanova. La dotación fue espléndida: cotos, prados, villas, iglesias, monasterios, manadas de ganado, seda, oro, marfil, joyas, todo el botín amontonado en tres generaciones de luchas afortunadas contra los moros. Para el mobiliario de la iglesia, una cruz fundida en oro, otra de plata adornada de piedras preciosas, dos candelabros de plata y uno de bronce, dos coronas de plata y una de oro adornada de pedrería, un turíbulo de oro con su bandeja correspondiente, dos arquetas de plata doradas, dípticos de plata nielados y esculpidos, siete cálices de plata, uno de ellos francés, con sus patenas; una copa de marfil, tres campanas pequeñas y dos grandes, dos cíngulos de oro con gemas, otros dos de plata, dorados y adornados de piedras preciosas, diez albas y diez casullas de lino, otras trece de seda, de lana, de brocado o de una tela rameada de Oriente; planetas y estolas bordadas en oro y plata. «Añadimos—continúa el fundador, deslumbrando nuestros ojos con la exhibición de una riqueza casi fabulosa—todo lo que se necesita para el ajuar doméstico: ropa de cama, siete cobertores de pluma forrados de tapicería, ocho más pequeños, diez colchones más, excelentes; ocho de menos valor; cinco colchas de pluma de ave, seis mantas bordadas, dos copas doradas con sus cubiertas, nueve tazas, seis escudillas doradas, tres jarros dorados, un vaso de oro y pedrería, otro de colmillo de elefante, dos soperas de concha, cubiertos de plata para la mesa, cuatro hidrias, cinco figuras de ciervo para colocar luces, dos palmatorias, siete cuencos con figuras, diferentes vasos de vidrio y de bronce, nueve redomas y veinte manteles de mesa.»
Todo estaba dispuesto con el mayor arte y grandeza, con el mayor lujo y suntuosidad. Los monjes no tenían más que una obligación, «permanecer día y noche en las batallas del espíritu», o, como decía Rosendo en otra parte, «caminar por la senda de la Regla, militar para Dios, e instruirse en los documentos divinos, de suerte que la paz redunde en sus corazones para que se hagan vasos limpísimos, en los cuales Tú, Señor, te deleites habitar, y habitando los santifiques, como quienes han dejado el mundo con sus pompas para seguirte a Ti, dador de todos los bienes, y sea esta casa la casa de Dios y puerta del Cielo, donde encuentre refugio el pecador en cualquier hora que se convirtiere a Tí de todo corazón, para que desates todos los nudos de sus pecados.» Para atender a las cosas materiales, estaban los colonos que cultivaban las posesiones de la abadía, los pastores encargados de guardar sus rebaños de ovejas, de vacas, de ánades y puercos, y las familias de los cautivos moros, destinadas a servir perpetuamente a los monjes en calidad de panaderos, cocineros, olleros, carpinteros de fraga, lanceros, herreros y alarifes para hacer los baños en que los monjes lavaban su cuerpo. Lejos de manumitir a los musulmanes que su padre había cautivado al otro lado del Miño y del Duero, Rosendo quiso formar con ellos una segunda comunidad destinada al servicio de la comunidad monástica, sin que su conversión pudiese eximirlos de este destino. Hubo algunos que se hicieron cristianos, como cierto Salvador Rudesindiz, que quiso tomar los nombres de sus dos señores, el del Cielo y el de la tierra. Conocemos, además, un caso de ingenuación que hizo San Rosendo a favor de una mora llamada Muzalha, a la cual dota «y da el privilegio de los ciudadanos romanos, poniendo sobre su cabeza el brillo de la ingenuidad». A cambio de este favor, la liberta debe todos los años dar una limosna a los pobres y encender una luz en la iglesia por su libertador.
Un día Rosendo, aterrado por el peso de la dignidad episcopal, cayó a los pies del abad Frankila, pidiéndole el hábito, y se quedó definitivamente en Celanova. Trabajaba y hacía la cocina y servía a la mesa como el último de los monjes. Era tan santo, que los ángeles bajaban a cantar con él, y resucitaba a los muertos y anunciaba las cosas futuras. Su emblema era una cruz semejante a la de los ángeles de Oviedo, de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. Cuando los monjes le preguntaban qué significaba aquello, solía responder: «Hijitos, ¿no sabéis que la cruz es compás de nuestra vida y espejo de nuestras almas?»
Otro día recibió esta carta: «Ordoño, rey, al Padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre, y terrenos adyacentes hasta el mar, de suerte que todos allí concurran a obedecerte en las cosas de nuestro servicio, y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955.»
Los santos no son ambiciosos ni egoístas, pero les sucede una cosa curiosa: que lo que es para los demás un objeto de ambición, para ellos es un gran sacrificio. Rosendo lo hizo porque se lo pedía la patria. Se necesitaba un brazo firme para apaciguar revueltas, atajar invasiones y deshacer injusticias. En poco tiempo, el monje gobernador humilló a los revoltosos, escarmentó a los musulmanes, desbarató a los normandos, que habían intentado un desembarco, y cuando vio en orden la provincia, se volvió a la soledad del cenobio. Poco después le sacaban de ella nuevamente para gobernar la diócesis de Santiago, cuyo obispo Sisenando estaba preso en castigo de sus desmanes. Pero Sisenando se fugó de la cárcel, entró violentamente en Compostela, y con el puñal en la mano intimó a Rosendo que se retirase. No necesitaba tanto.
Durante tres años vieron todavía los monjes de Celanova la figura menudita y sonriente del bondadoso fundador. Su presencia en el coro les llenaba de fervor, y por toda la casa derramaba una atmósfera de paz y dulzura. Pero al empezar el año 977 ya no pudo asistir, como solía, a la salmodia de los hermanos. Viendo que se acercaba la muerte, firmó su testamento, confesión de fe y efusión de amor, que nos revela la suave fisonomía de su alma piadosa y llena de fe. «¡Oh Salvador y Redentor de los hombres—dice—, por quien se alegra el mundo redimido con el precio de tu sangre, a quien alaban todas las cosas con el Padre y el Espíritu Santo! ¡Oh Señor, que penetras cuanto existe, circundándolo y rodeándolo, lo sostienes, y de esta manera posees todas las cosas divinamente, y divinamente las vivificas; Trinidad santa e inescrutable que reinas en todas partes y por siglos que no se han de acabar, que prometes dar la gracia a los hombres de todos los tiempos; que resistes con dureza a los soberbios; que cada día y en cada momento mandas a las hechuras humanas venir a la luz y volver al polvo; que, como padre amoroso, prestas oído favorable a todos los que te ruegan, y como dador piadoso, concedes magnánima y maravillosamente, de todo corazón, cosas mayores que las que te piden! Ruégote que recibas la oración de tu indigno esclavo Rosendo. Pon en mi pecho deseos que vayan a Ti, en mi boca palabras que llenes Tú de vida, y en mis manos obras que, aprobadas por Ti, pueden alcanzarme la justificación. Concede el perdón a mis pecados, sé indulgente con mis iniquidades, y, destruyendo cuanto encadena mi alma a la vida presente, dame valor para seguir tus pisadas con ánimo generoso y asiduo vencimiento.»
Sigue el enfermo exhalando sus místicos anhelos, hilvanando sus bellos conceptos teológicos y repasando brevemente las acciones de su vida. Recuerda su fundación monástica, y la organización de una comunidad numerosa, «para que sirva piadosa, casta y religiosamente al Redentor de los hombres, viviendo según la Regla de los Padres antiguos y los caminos evangélicos»; y añade: «Después, habiendo observado la disciplina monástica por espacio de muchos años, juntamente con otros siervos de Cristo, viendo que los días de mi vida corren inexorablemente, que se debilitan las fuerzas de mi cuerpo, y que mi último momento se acerca ya, empecé a considerar en el interior de mi corazón las cosas en que anduve desde mi primera edad, y encontrando materia para humillarme más que para ensoberbecerme, me hice pesado a mí mismo en gran manera. El terror se apoderó de mí, y el oleaje de mis iniquidades me llenaba de espanto.»
Al ver a su Padre y fundador en tal angustia, los hermanos todos se acercaron a él llorando, y después de consolarle le dijeron: «Mira, Padre y señor nuestro, qué vas a hacer de tantas escuadras de monjes como reuniste, alimentaste y educaste; en cuyas manos los vas a dejar; quién va a ser su padre; quién el defensor de esta iglesia. Bien sabes, señor, que todo lo trastornan los años y todo los destruyen los hombres.»
«Movido por estas palabras y sollozos—continúa diciendo el santo—, instruido por la doctrina evangélica, y conociendo los decretos de los cánones, les respondí, llorando yo también: «Confiad, ¡oh hijos y señores míos! ; poned en el Señor vuestra esperanza, porque no os dejará huérfanos Por mi parte, os encomiendo a mi Creador y Señor, Jesucristo, para quien os he adquirido, y por cuyo amor he construido este lugar. Os dejo también encomendados al rey, cualquiera que fuere ungido en la ciudad de León, más para protegeros que para dominaros.»
Termina San Rosendo su testamento con estas profundas palabras: «Bajo la providencia de Dios.» Y la providencia de Dios conservó su obra. Cerca de mil años continuaron sus monjes viviendo piadosa, casta y religiosamente en su casa. Aún están en pie los suntuosos edificios: torres, claustros, basílicas y habitaciones monacales, veinte veces renovados y transformados. A su sombra sobrevive la capilla de San Miguel, miniatura de iglesia, brinco graciosísimo, como decía Yepes, joya del arte mozárabe y recuerdo milenario del glorioso fundador. Fue, efectivamente, San Rosendo el que la levantó en memoria de su hermano Froila, como lo dice el epigrama de la puerta: «Tú, ¡ oh Cristo!, que eres el verdadero autor de esta obra, borra los pecados de todos los que aquí entren a orar. Este edificio recomienda la memoria de Froila, tu indigno siervo. Mi abuelo es, ¡oh bien amado que esto leyeres!, y por ello te conjuro al Señor, que te acuerdes de mí, pecador, en la oración sagrada.»
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