domingo, 14 de febrero de 2016

San Auxencio de Bitinia

Segura de los bárbaros, por su posición estratégica, Bizancio se divertía. Los verdes y los azules poníanla frenética en el circo; en la calle aplaudía al paso del emperador, que sonreía desde su carro de oro; en las basílicas vitoreaban a los dogmatizadores, tentados siempre por el señuelo de la novedad. De cuando en cuando, la ciudad se conmovía ante la visita de algún gran personaje, un embajador de la Persia o de la India, un prelado ilustre de Occidente o un anacoreta famoso por sus penitencias. Así habían venido, de Egipto, el terrible Schnoudi, gran organizador de cenobitas, y, de Palestina, el dulce Sabas, maestro de las lauras del Jordán. Así llegó también, en 452, el sirio Auxencio.

Seiscientos obispos reunidos en Calcedonia, al otro lado del Bosforo, acababan de condenar la herejía monofisita. Si el nestorianismo había sido la religión de las gentes mundanas, incapaces de elevarse por encima de un ideal mediocre y rastrero, el monofisismo parecía más a propósito para seducir la imaginación exaltada de los solitarios. Hombres que luchaban por destruir en sí mismos la naturaleza, movidos por una especie de orgullo espiritual, debían acoger con agrado la doctrina de un Cristo que apenas tenía nada de humano. Un archimandrita austero, Eutiques, había sido el padre de la herejía, y los monasterios sus principales alcázares. Vióse a un abad seguido de una falange armada de verdaderos bandidos, que no tenían de monjes más que el hábito, dar caza á los nestorianos en los campos del Asia Menor, saqueando iglesias y quemando monasterios que no le parecían ortodoxos.

Allí, a unas leguas de Calcedonia, donde se habían reunido los Padres, en las alturas del monte Oxia, había un penitente famoso, vestido de pieles, arruinado por la austeridad, espiritualizado por la oración y entregado a la terrible tarea de abandonar su cuerpo por atender sólo a su espíritu. Las gentes visitaban su ergástulo y le pedían prodigios y oraciones. Las dos cosas las concedía él largamente, y su nombre se iba haciendo popular por toda aquella tierra. «Pero, ¿a qué partido favorecía el hombre de Dios?—empezaban a preguntarse los maliciosos—. ¿Está con Eutiques, el que niega las dos naturalezas, o con Nestorio, el que distingue dos Personas, o con los Padres del concilio calcedonense, que admiten dos naturalezas en una Persona?» Hubo quienes quisieron saberlo de su boca, pero él respondía discretamente que a un monje no le compete enseñar, sino ser enseñado. Y sucedió que una tarde su choza apareció rodeada de clérigos y soldados. Llamaron, golpearon la puerta, gritaron furiosos, sin lograr romper el silencio del solitario.

Al fin, llegada la mañana, se asomó al ventanillo y preguntó:

—Padres y hermanos, ¿cuál es mi crimen, para que vengáis en mi busca de este modo?

—No es ningún crimen lo que aquí nos trae—dijeron ellos—, sino que como se acaba de levantar ahora una tempestad grande, quieren saber allá lo que tú piensas acerca de esas cosas.

—Pues escuchad mi fe—añadió Auxencio—: Confieso que el Verbo tomó carne sin obra de varón; le adoro como Hijo unigénito del Padre y coeterno con Él, y creo que apareció en la tierra con nuestra humanidad... Ahora dejadme tranquilo, para que le sirva en el ayuno y el olvido.

Dichas estas palabras, levantó las manos al cielo, y en esta actitud oró largo rato. Entre tanto, los gritos y los golpes continuaban, hasta que el anacoreta, viendo, que era imposible toda resistencia, se entregó, ayudando él mismo a desclavar la puerta, que no se había abierto en diez años. En diez años Auxencio no había visto el cielo más que por el estrecho ventanillo de su celda, y apenas había hablado con los hombres. Ahora apenas sabía andar. Su cuerpo estaba deshecho; sus carnes, medio podridas; sus vestidos, desgarrados; revuelta y sucia su cabellera, inmunda y descompuesta la barba. Fue preciso cogerle en hombros y llevarle así al carro que estaba destinado para trasladarle a la ciudad imperial.

En la corte, las gentes le juzgaron de diversas maneras. Unos se llenaban de admiración al ver aquel cuerpo que apenas conservaba un rastro de figura humana. Auxencio se conducía con esa libertad de los hombres que han estado mucho tiempo apartados del trato con sus semejantes. Esto daba a su aspecto algo de teatral. Se le veía rezar en actitudes extrañas, despreciar toda comodidad y regalo, recoger los gusanos blancos que se escapaban de sus carnes purulentas, para colocarlos de nuevo en los hoyos abiertos por las úlceras. «Eres un comediante», le decían muchos; a lo cual contestaba él: «Sí, soy un cómico de Cristo, un siervo de Dios, que cree en la santa e inmaculada Trinidad y confiesa a la Madre de Dios inmaculada.» Otros, en cambio, se acercaban a él para besar sus llagas, pedirle consejos, arrancarle como reliquias preciosas los guiñapos del vestido o recoger los pedazos que se desprendían de su cuerpo. A uno que le quitó una uña del pie, le contestó: «¿Te has creído que no soy un hombre, y que no he sentido el dolor que me has hecho?»

En realidad, Auxencio era un alma profundamente evangélica. A los veinte años se le había visto en Constantinopla dando ya los más altos ejemplos de virtud. Era sargento de la guardia imperial, pero no hubiera sido capaz de herir a nadie. Si veía algún preso, se aprovechaba de sus miembros hercúleos y su talla gigante para darle libertad; si veía algún pobre, no le daba solamente la clámide, sino también las calzas y la camisa; si oía a un orfebre que se quejaba de no tener trabajo, iba a su taller y dejaba en él la buena suerte con su presencia. Estas cosas las recordaban ahora los admiradores del anacoreta, pregonándolas en las calles y en los pórticos de las iglesias.

No obstante, hombres como éste tienen peligro de pasar por soberbios, herejes o endemoniados. Y así le sucedió al solitario de Oxia. Tuviéronle encerrado en un monasterio, sin comunicación con sus devotos, hasta que un día el emperador Marciano se acordó de él y quiso verle.

—Ya sé que eres siervo de Dios—le dijo—; pero, dada tu autoridad, es preciso que hagas una declaración de ortodoxia.

—Pero, ¿es que no soy yo un perro muerto—respondió el monje—, para que me queráis comparar con los prelados de la Iglesia?

Y diciendo estas palabras, su voz temblaba, su cuerpo se estremecía como si hubiera sido anatematizado por los seiscientos Padres de Calcedonia, y gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. A él, que le mandasen ayunar una semana entera, rezar un día y una noche, sufrir el martirio de la sed y del sueño con increíble constancia, vivir en pie durante una cuaresma; pero que no le obligasen a intervenir en aquellas cuestiones de teología sutil, cuya discusión imprudente había extraviado a muchos espíritus demasiado pagados de sí mismos. Fue inútil que alegase su ignorancia; el emperador insistió, y Auxencio tuvo que repetir la confesión de fe que había hecho antes de salir de su encierro.

—Apruebo—dijo—la doctrina de los seiscientos Padres, pero con tal de que en ella no haya nada contra la de los trescientos dieciocho de Nicea, ni contra la perfecta economía de la encarnación de Cristo o los privilegios de la Theotócos.

Contento con esta declaración, el emperador bajó de su trono, se acercó al hombre de Dios y le besó en la cabeza. Por orden suya le llevaron de nuevo a su reclusión; pero, más cansado ahora del trato con los hombres, buscó otra montaña más escondida y silenciosa, donde siguió su vida de oración y mortificación, hasta que, desmoronado su cuerpo, apagóse la lámpara de su vida.

sábado, 13 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Esto dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan.
Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país.
Si detienes tus pasos el sábado, para no hacer negocios en mi día santo, y llamas al sábado “mi delicia” y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras, evitando viajes, dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos, entonces encontrarás tu delicia en el Señor.
Te conduciré sobre las alturas del país y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre. Ha hablado la boca del Señor».

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
- «Sígueme.»
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos, de Jesús:
- «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»
Jesús les respondió:
- «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.»

Palabra del Señor.

San Gregorio II – Papa

San Gregorio II (715-731), considerado por algunos historiadores como el mejor Papa del siglo VIII, fue digno sucesor de Gregorio Magno, a quien se pareció en la alteza de miras que lo guió en todas sus acciones y en la magnitud de empresas en que tuvo que intervenir.

Procedente de una ilustre familia patricia nació en Roma, donde recibió la educación propia de la nobleza en el palacio de Letrán. De este modo se apropió ya desde un principio aquella erudición eclesiástica que luego lo distinguió y tan excelentes servicios prestó a la Iglesia. Algunos autores suponen que fue monje benedictino, pero los bolandistas lo desmienten. En realidad, no aparece como tal en todo el desarrollo de su actividad eclesiástica. Bien pronto entró en servicio directo de la Iglesia, pues el papa Sergio I (687-701) lo puso al frente de la tesorería pontificia y luego lo ordenó de diácono. En medio de todas estas ocupaciones y honores eclesiásticos, distinguióse Gregorio ya desde entonces por la sencillez y humildad de su conducta, así como también por su absoluta fidelidad al servicio de la Iglesia.

Pero Dios lo tenía destinado para altas empresas y para defender a su Iglesia en problemas y momentos difíciles, por lo cual quiso introducirlo pronto en los asuntos más trascendentales que entonces se debatían. El papa Constantino I (708-715), a quien él debía suceder en el solio pontificio, tuvo que hacer un viaje a Oriente, con el objeto de terminar las discusiones que habían surgido después del célebre concilio Quini-Sexto o Trullano II, del año 692. Tomó, pues, consigo como asesor y técnico al diácono Gregorio, y notan los historiadores del tiempo que, gracias a su profundo conocimiento de las cuestiones eclesiásticas, se fueron resolviendo pacíficamente las dificultades que surgieron en la controversia. Por lo demás, la acogida de que fueron objeto el Papa y su acompañante fue realmente tan grandiosa, que en nada presagiaba las turbulencias que debían seguirse poco después.

No mucho después, el 19 de mayo del año 715, a la muerte de Constantino I, Gregorio fue elegido Papa y como tal tuvo que intervenir desde un principio en importantes asuntos de la Iglesia, en todos los cuales aparece siempre su extraordinaria virtud y el esfuerzo constante, puesto en la defensa de los derechos eclesiásticos y pontificios.

Siguiendo el ejemplo de su gran predecesor y modelo, San Gregorio Magno, en primer lugar, afianzó definitivamente el prestigio y posición del Romano Pontífice en Roma y en toda Italia. Ya desde la invasión de los lombardos en Italia hacia el año 570, dos poderes se disputaban la posesión de estos territorios: los lombardos, que poseían el norte con su capital en Pavía, y los bizantinos, que desde Justiniano I (527-565) dominaban el sur y centro de la Península. En medio de estas dos fuerzas se hallaba el Romano Pontífice, quien, territorial y civilmente, era súbdito del emperador bizantino, mas por un conjunto de circunstancias se fue desligando de él e independizando cada vez más. Precisamente en esto consiste el mérito especial de San Gregorio II, en haber sabido aprovechar las circunstancias para aumentar el prestigio del Romano Pontífice. De hecho, ya de antiguo poseían los Papas, en Roma y en sus cercanías, en Sicilia y aun en Oriente, algunas posesiones, fruto de donativos personales de algunos príncipes. Esto los constituía en señores feudales, como tantos otros de su tiempo y formaba lo que se llamó patrimonio de San Pedro. Uno de los grandes méritos de San Gregorio Magno consiste precisamente en haber organizado y valorizado debidamente este patrimonio, de donde se sacaban los recursos económicos para sus grandes empresas.

Pues bien, Gregorio II se propuso desde un principio dar la mayor consistencia posible a la posición en que se encontraba el Romano Pontífice. Uno de sus primeros cuidados fue reparar y consolidar los muros de la Ciudad Eterna, para poderse defender contra las incursiones posibles de los lombardos. Al mismo tiempo restauró algunas iglesias y monasterios. Es célebre, sobre todo, la restauración que realizó del monasterio de Montecasino, derruido por los lombardos ciento cuarenta años antes. Para ello envió el año 718 algunos monjes de Letrán, a cuya cabeza puso al abad Petronax. De este modo surgió de nuevo el gran monasterio de Montecasino, cuna de la Orden benedictina. Gregorio II reconstruyó asimismo otros monasterios junto a San Pablo y a Santa María la Mayor, y, a la muerte de su madre, transformó su propia casa en convento en honor de Santa Agueda.

Esta actividad constructora y renovadora ayudó poderosamente al Papa para aumentar el prestigio de la Iglesia. Pero al mismo tiempo procuró fomentar la vida eclesiástica y la disciplina interior de la Iglesia, para lo cual celebró el 5 de abril del año 721 un sínodo, al que asistieron numerosos obispos y el clero de Roma, a los que se juntaron otros veintiún prelados. Este prestigio romano fue aumentando a medida que los emperadores bizantinos se iban haciendo más impopulares en Italia. En efecto, empeñado León III Isáurico (717-741) desde el principio de su gobierno en reformar la administración del imperio, inició una serie de impuestos y exacciones sobre todas las provincias y en particular sobre Italia, que sus exarcas exigían con la mayor brutalidad. A esto se añadió poco después la violenta campaña contra las imágenes, que quiso extender asimismo a Italia e imponer por la fuerza al Romano Pontífice. El resultado fue un aumento creciente de la antipatía del pueblo italiano hacia el emperador bizantino y, por el contrario, un crecimiento cada día mayor del prestigio del Romano Pontífice.

Todo esto aumentó extraordinariamente cuando, en diversas ocasiones, ante las incursiones de los lombardos, no obstante las reiteradas instancias del Papa, los exarcas bizantinos no acudían en su ayuda y en defensa del pueblo, y entonces el mismo Papa, con los recursos que le proporcionaba su patrimonio, se defendía a sí y al pueblo frente a las violentas acometidas lombardas. De este modo, Gregorio II mejoró notablemente la posición de los Romanos Pontífices, con lo cual se sintió con fuerzas para otras grandes empresas que iba acometiendo.

Efectivamente, el celo por la gloria de Dios y el ansia de extender su reino por todo el mundo, dieron principio a una serie de obras que constituyen una de las principales glorias del pontificado de Gregorio II. La primera es la de la evangelización del centro de Europa, sobre todo de Alemania, y en particular la protección de San Bonifacio, apóstol del gran imperio de los francos. Como San Gregorio Magno tiene el gran mérito de haber enviado a Inglaterra a San Agustín con sus treinta y nueve compañeros, y con ellos la gloria de haber iniciado la gran empresa de la conversión de los anglosajones, de una manera semejante a San Gregorio II le corresponde el extraordinario mérito de haber enviado a San Bonifacio a Alemania, y dado con ello comienzo a la gran obra de completar su evangelización y organización de sus iglesias.

Ya el año 716, segundo de su pontificado, Gregorio II había enviado tres legados a Baviera, con el objeto de erigir allí una provincia eclesiástica y fomentar el movimiento iniciado de conversiones al cristianismo. Al mismo tiempo, sostenía en la parte noroeste de Alemania la obra apostólica de San Wilibrordo. Pero el año 718 compareció en Roma un monje sajón, llamado Winfrido, a quien Gregorio II impuso el nombre de Bonifacio, por el que es conocido en la historia. A él, pues, le confió la gran empresa de completar la evangelización de Alemania. Cuatro años más tarde, después de iniciar su obra en Frisia y Hesse con la conversión de millares de paganos, se presentó de nuevo Bonifacio en Roma. Gregorio II lo consagra obispo y lo colma de facultades espirituales, de reliquias y cartas de recomendación para fomentar la evangelización germana, y durante los años siguientes continúa apoyando con todo su poder la gran obra realizada por Bonifacio en la gran Germania. En realidad, pues, esta obra se debe en buena parte al celo apostólico del papa San Gregorio II.

Roma misma se iba convirtiendo cada vez más en centro a donde afluían los peregrinos de toda la cristiandad, a lo cual contribuía eficazmente el prestigio que iba adquiriendo San Gregorio II. Los católicos anglosajones, cuya conversión y organización había quedado terminada hacia el año 680 por la obra de Teodoro de Tarso, arzobispo de Cantorbery, experimentaban una prosperidad extraordinaria. Sus grandes monasterios, exuberantes de vocaciones y ansiosos de expansión, enviaban ejércitos de misioneros a Europa, como San Wilibrordo y Winfrido o Bonifacio. No contentos con esto, enviaban a Roma embajadas especiales, con el objeto de testimoniar su adhesión al Romano Pontífice. Gregorio II recibió las del abad Ceolfrido, quien le presentó como obsequio el famoso códice Amiatinus, y del rey Ina con su esposa Ethelburga, quienes fundaron en Roma la Schola Anglorum. Asimismo recibió las visitas y homenajes del duque de Baviera y otros príncipes de la cristiandad.

Otro problema muy diverso dio ocasión a Gregorio II a manifestar claramente su ardiente celo por la gloria de Dios y la defensa de los principios cristianos, sin detenerse ante la más horrible persecución y la misma muerte. Nos referimos a la tristemente célebre cuestión iconoclasta, es decir, la horrible persecución de las imágenes y de sus defensores, desencadenada en Oriente desde el año 726 por el emperador León III Isáurico.

Las causas que motivaron esta violenta persecución de las imágenes son muy diversas. Por una parte, la posición del Antiguo Testamento, poco simpatizante con el culto de las imágenes; la aversión de algunas sectas contra este culto; el influjo especial del Islam, que ya en un edicto de 723 no permitía ninguna clase de imágenes en las iglesias cristianas de los territorios sometidos a los mahometanos. Por otra, algunos excesos y abusos ocurridos en la veneración de las imágenes, particularmente fomentadas en la Iglesia griega y promovidas por el monacato oriental; todas estas causas habían ocasionado, hacía ya tiempo, en el seno de la Iglesia griega la formación de un poderoso partido enemigo del culto de las imágenes, cuyo principal sostén era el obispo de Nacoleo de Frigia, Constantino. Este partido consiguió finalmente mover al emperador León III a publicar en 726 el primer decreto iconoclasta. Indudablemente, León III, que trataba de afianzarse definitivamente en el trono, perseguía fines políticos. Por una parte, esperaba con esta conducta, en el exterior, atraerse la simpatía de sus vecinos, los musulmanes, y en el interior, implantar una política de absoluto dominio en lo civil y en lo religioso que deshiciera el predominio del monacato y de la jerarquía eclesiástica,

Pero no, se contentó León III con envolver a todo el Oriente en aquella violenta persecución. Mientras ésta se desarrollaba, cada vez con más rigor, en todo el Oriente y aparecían los héroes de la ortodoxia, San Germano de Constantinopla y San Juan Damasceno, el emperador se dirigía al Occidente y exigía en los territorios italianos sometidos a su dominio la admisión y aplicación del edicto iconoclasta. A esta intimación de León III respondió el papa Gregorio II con la entereza de un mártir, sin amedrentarse por el peligro a que con ello se exponía. Ante todo, según refieren algunas crónicas, celebró en Roma un sínodo, en el que se rebatieron todas las razones que oponían los orientales al culto de las imágenes y se probó con toda suficiencia su licitud. Luego, el Papa se dirigió personalmente, por medio de una carta, al emperador bizantino, en la que protestaba contra estas intromisiones en el terreno dogmático. Por otro lado, dirigió el Papa un llamamiento a la cristiandad occidental, para que estuviera alerta frente a los enemigos de Dios, que trataban de levantar cabeza.

Los acontecimientos que siguieron prueban una vez más, por un lado, la santidad, celo y entereza de Gregorio II en defensa de los intereses divinos, y por otra, la ceguera de León III, con lo que fue aumentando cada vez más su impopularidad en Italia, que fue la ocasión de la pérdida de estos territorios para el imperio bizantino. En efecto, ciego de furor por la oposición que encontraba en Italia, amenazó a sus habitantes con las más horribles represalias. Entonces, pues, levantáronse en manifiesta rebelión contra los bizantinos, y aprovechándose del desorden reinante, el rey lombardo Luitprando, en un golpe de mano, se apoderó de Ravena. La situación para el Papa era verdaderamente comprometida. Si se ponía de parte de los revoltosos o de Luitprando, comprometía su porvenir, pues los bizantinos, como los más fuertes, podían luego volver con mas fuerzas y aplastarlos a todos. Por esto, no obstante los atropellos de que había sido víctima de parte de los bizantinos, pidió auxilio a Venecia en favor de Ravena, y gracias a su intercesión, los bizantinos volvieron a recuperarla.

Pero la conducta de los bizantinos acabó de exasperar al pueblo, que amaba sinceramente a los Papas. En lugar de agradecer a Gregorio Il su generosidad para con ellos, el nuevo exarca de Ravena se dirigió a Roma el año 728 con el objeto de apoderarse por la fuerza de la ciudad si no se publicaba en Roma y en toda la Italia bizantina el decreto iconoclasta. El Papa, con heroísmo de mártir, contestó excomulgando al exarca Paulo. Este intentó entonces aplicar por la fuerza el edicto, pero murió en la refriega contra los insurrectos. El nuevo exarca Eutimio fue excomulgado igualmente, pero este no obstante, con el intento de apoderarse de la persona del Papa, intentó unirse con su enemigo Luitprando; pero el Papa se le adelantó, pues, con el único intento de salvar al pueblo romano, acudió personalmente al rey lombardo y se puso a sí y al pueblo en sus manos. Conmovido éste entonces por la actitud humilde y caritativa del Romano Pontífice, se arrojó a sus pies, y entrando luego en Roma junto con el Papa, depositó ante San Pedro su espada y sus insignias reales, y para que todo terminara felizmente, pidió perdón para sí y para el exarca Eutimio, que Gregorio II concedió generosamente.

Todo parecía terminar favorablemente, pero entonces se inició una revuelta más peligrosa en Toscana, que puso en verdadero peligro al exarca bizantino. Dando de nuevo las más elocuentes pruebas de magnanimidad, Gregorio II se constituyó en defensor de los bizantinos, induciendo, a los romanos a prestarle auxilio, con el que se logró dominar a los rebeldes. Pero ni aun con tan repetidos actos de magnanimidad consiguió Gregorio Il desarmar a León Isáurico, quien continuó en su ciega campaña contra las imágenes y contra el Papa, todo lo cual, en último término, fue preparando la ruina de los bizantinos en Italia.

El Liber Pontificalis le atribuye obras importantes de restauración de la basílica de San Pablo extramuros, de Santa Cruz de Jerusalén y de San Pedro de Letrán. Asimismo, testifica que dejó "una suma de doscientos sesenta sueldos de oro para distribuir entre el clero y los monasterios, las diaconías y los mansionarios; otro legado de mil sueldos, para la iluminación del sepulcro de San Pedro"; todo esto, además de las innumerables limosnas y obras de caridad, que constantemente practicaba. Finalmente, consumido por sus trabajos, murió el 11 de febrero del año 731. Durante su vida, y sobre todo durante todo su pontificado, dio las más claras pruebas de virtud cristiana, elevación de espíritu, inflamado amor de Dios y de la Iglesia, fortaleza y constancia frente a las mayores dificultades, magnanimidad y mansedumbre frente a sus enemigos.

viernes, 12 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Esto dice el Señor Dios:
«Grita a plena pulmón, no te contengas, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario, desean conocer mi voluntad. Como si fuera un pueblo que practica la justicia y no descuida el mandato de su Dios, me piden sentencias justas, quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos.
No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.
¿Es ése el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las corras del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús, preguntándole:
- «Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
- «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunaran».

Palabra del Señor.

San Benito de Aniano

Carlos, rey de los francos, el que más tarde había de restaurar el Imperio romano de Occidente, lo miraba con curiosidad y creía ver en la frente del joven no sé qué sombríos augurios de inquietud. Placíanle sus maneras delicadas, su habilidad para todo lo que emprendía, su modestia digna y noble, muy distinta de las vanas jactancias de sus companeros. Lo había visto crecer en el palacio de su padre Pepino desde los días de su infancia, sirviendo como paje a la reina; bueno, fiel, generoso, amigo de hacer a todos un favor. Todos lo amaban, y él lo amaba también. Habíale encantado la gracia con que presentaba la copa de oro en la mesa regia cuando lo nombraron escanciador. Después, llegado el tiempo de la mocedad, en su cuerpo se iba revelando una naturaleza fuerte, moderada por una educación exquisita. Entonces ciñe el cíngulo militar.

Pero Carlos observaba en él una honda preocupación, que no podían ahuyentar ni las cacerías ruidosas, ni el cuidado del halcón y del caballo, ni los ejercicios de la corte, ni las constantes campanas al otro lado del Rin o de los Alpes. A los veintidós años, una idea fija había brotado en su mente: dejar todas aquellas cosas, que no le daban la felicidad.

El futuro emperador lo encontró un día pensativo en los jardines del palacio de Aquisgrán, y, compadecido de su tristeza, le preguntó:

—¿Cómo te llamas, joven?
—Witiza—dijo él.
—Witiza, nombre godo; ¿es que perteneces a esa nación?
—Sí, señor; pertenezco a esa nación desgraciada.
—¿Y por qué andas triste? ¿No te tratan bien los francos?
—Al contrario, lo mismo de vos que de vuestro padre, sólo he recibido beneficios, que yo trato de pagaros sirviéndoos con fidelidad. Mi padre, el conde de Magalona, hace lo mismo, puedo aseguraros que es vuestro mejor servidor en los Pirineos. Si a veces me veis pensativo, es porque siento que Dios me llama a mayor perfección, y no sé por qué camino alcanzarla.

Esta franqueza le acabó de ganar las simpatías de Carlomagno, el cual trató de retenerlo en su corte, diciéndole que estaba buscando hombres buenos y sabios para hacer de la casa real una escuela y un monasterio. Pero medio siglo de desgracias pesaba sobre el alma de aquel joven. Veía destruida su raza, su tierra, su familia. Habían acabado aquellas cortes suntuosas, aquellos famosos concilios toledanos, a que asistieron sus abuelos; el suelo donde naciera había sido asolado por la invasión musulmana; su patria, Magalona, una ciudad floreciente, cerca del Mediterráneo, en la provincia visigótica de Narbona, estaba en escombros: allí tenían sus padres, que se gloriaban de la más noble sangre goda, las casas, las tierras, el condado; mucho de ello había perecido en la general catástrofe; y ahora su pueblo veíase obligado a humillarse ante los francos, enemigos de su raza, y ante los árabes, enemigo de su raza y de su fe.

La resolución estaba tomada: crear en su interior un reino que estuviese al abrigo de humanas vicisitudes. Pero, ¿cómo? Unas veces pensaba echarse a la espalda un manto de peregrino y pasar, errante, una vida de piedad y de penitencia; otras, le parecía mejor irse a una tierra desconocida y hacerse allí pastor de ovejas, sin exigir más soldada que el alimento cotidiano; y también le vino la idea de aprender el oficio de zapatero, de meterse en una buhardilla y pasar sus días haciendo zapatos para los pobres. Entre tanto, continuaba en el palacio haciendo penitencias de monje y huyendo cuanto podía del ruido de la gente. Un suceso desagradable vino a sacarle de sus dudas. Era el año 774, en que Carlos destruyó el reino de Lombardía. Witiza había pasado a Italia con un hermano suyo en las huestes del emperador. Un día quiso su hermano atravesar un río, sin fijarse en la profundidad; ya lo arrastraban las aguas, cuando, advirtiéndolo Witiza, se lanzó a salvarlo bien asido a su caballo. Poco faltó para que pereciesen ambos hermanos, pero lograron salir después de muchos esfuerzos.

Este suceso impresionó tan vivamente al joven soldado, que al terminar la campaña dejó los campamentos y se presentó a las puertas de la abadía de San Secuano, cerca de Dijón, cortándose la larga cabellera de los leudes y cambiando el hábito militar por el sayal monástico. Desde el primer instante se vio al converso acuciado por una celeste furia estilo de San Romualdo o del abad Raneé. Su ascesis rigurosa hería la conducta negligente de sus hermanos. Nombrado procurador, se negaba a darles el vino que les concedía la Regla. De noche, durante las horas del sueño, él les limpiaba el calzado, pero ellos se reían de él y le tiraban las sandalias a la cabeza. Por su parte, dormía en el suelo, se abstenía de carne, vestía la peor túnica del convento y su ideal era lo imposible. La Regla benedictina le pareció excesivamente suave. Como Fructuoso de Dumio, otro fundador de su raza, y como Romualdo más tarde, dirigía sus miradas hacia los monjes de Oriente.

Esto le movió a volver a su patria y a establecerse con algunos compañeros, partidarios de sus ideas, en una posesión que tenía a orillas del río Aniano. El rigor de su vida asustó a los que vivían con él; él mismo estaba a punto de abandonar su obra, cuando se le agregó un solitario austero que había en las cercanías. El régimen implantado se fundaba en la extrema pobreza: corrió único alimento, pan y agua, ayuno tan riguroso, que algunos monjes murieron de inanición; única posesión del monasterio, un asnillo. No obstante, las vocaciones afluían. Fue preciso agrandar el edificio, y los monjes mismos se encargaron de las obras. Con ellos trabajaba Witiza, trayendo piedras o haciendo la cocina, y aún tenía tiempo para escribir sus libros. Todo era pobre en el monasterio: ninguna imagen adornaba las paredes; ningún objeto de plata o seda en la iglesia; los mismos cálices eran de madera o estaño; y como los monjes ganaban el sustento con su trabajo, el abad rechazaba toda donación de siervos y matricularios. Es el mismo programa que, siglos más tarde, reaparecería en el Cister.

A los cuatro años, en 782, aparece un nuevo programa ascético en la vida del reformador visigodo. Su obra, dice Adsón, su biógrafo, sigue adelante, pero sobre nuevos fundamentos. Entonces empieza a llamarse Benito, y con el cambio de nombre va una transformación completa en las ideas. Levanta un nuevo monasterio y una nueva iglesia, donde hay arte, lujo, tapices de Oriente, columnas de mármol, cálices de oro, «siete candelabros de plata maravillosamente labrados, de cuyo tronco arrancan esbeltos brazos, globitos, lirios, cálamos y copas en forma de nuez, siete lámparas salomónicas y otras tantas en forma de corona, unidas por eslabones». Como protesta contra los errores que hacían presa entre los hombres de su raza, dedicó el templo a la Santísima Trinidad. Era una orientación contraria a la anterior, que se extiende a todo su ideal monástico. Abandonados sus primeros proyectos, «porque había llegado a ver que eran imposibles»—dice Adsón—, el abad de Aniano se vuelve a la Regla benedictina, y para conocer mejor su espíritu—nueva observación del biógrafo—, recorre los monasterios, inlerroga a los ancianos, escruta las bibliotecas y recoge las viejas tradiciones. El campeón de las ideas de los antiguos se hace discípulo de Benito de Nursia. Se despoja de los residuos orientales, que caracterizaban el monacato visigodo, para encajar plenamente en la atmósfera monacal del Imperio franco.

Esta transformación le saca de la oscuridad y le asegura el triunfo. Leidrado de Lyon, Teodulfo de Orleáns, Alcuino y el duque de San Guillermo de Aquitania, le piden monjes para realizar sus funciones. El emperador le alienta en su obra y le encomienda la reforma de todos los monasterios. Continuando la protección de su padre, y deseando tenerle a su lado, Ludovico Pío le construye un monasterio en Inden, cerca de Aquisgrán, «cuyos monjes debían ser los maestros de los demás en la doctrina de la salvación». Benito era el abad general del Imperio, el consejero del emperador, la regla viviente del monaquismo, con derecho absoluto de visitar, reformar y corregir. Con un espíritu clarividente, había llegado a comprender que su obra sería estéril si no tenía el valor de decir que se había equivocado. Ahora estaban recogiendo el fruto de aquella transformación repentina. Sus dos grandes obras, el Codex regularum y la Concordia regularum, nos revelan al hombre preciso y metódico, todo voluntad y acción. Una y otra tenían por objeto demostrar que San Benito no había hecho más que extraer la quintaesencia de los antiguos Padres y legisladores.

Hay quienes han considerado a San Benito de Aniano como un innovador, y en realidad es más bien el fin de un período que el principio de una nueva era. Si hay algo nuevo en su programa, es sólo su actitud más clara y reverente con respecto a la Regla. La Regla debía ser observada a la letra; el monje no debía ser sólo monje, sino monje de San Benito, y únicamente de San Benito, de suerte que en los monasterios no hubiese más ley que su Regla. La Regla no debía ser explicada ni comentada, sino, sencillamente, observada, decía Ludovico Pío a los monjes de Fulda, recogiendo una expresión favorita del abad Aniano. Sin embargo, Benito de Nursia, con, una amplitud de espíritu que no fue una de las menores causas de su éxito, quiso dejar imprecisos muchos detalles de la observancia, y esto produjo en los monasterios una gran variedad de costumbres, que eran como el complemento de la Regla. Casino tenia las suyas, y se las expuso al emperador, sin intentar por eso imponerlas a las demás abadías. Pero el reformador visigodo pensaba de una manera diferente. «Una profesión y una costumbre», era el santo y sena de su reforma. Los monjes debían ser de tal manera, que se les pudiese considerar como formados por el mismo maestro y habitando el mismo lugar: unidad en la comida, en la bebida, en el sueño, en el canto, en el vestido, hasta en el andar y en la actitud entera. El escapulario debía tener dos codos de largo para todos. Era el espíritu de la disciplina germánica, frente a la sabia amplitud del legislador romano. Para mantenerlo, Benito de Aniano imaginó una centralización, que seguramente no le fue sugerida por la Regla benedictina. Todos los monasterios tenían sus abades, pero sobre todos los abades se hallaba él, que se llamaba el menor de los abades, y era el abad general. Sus inspectores, apoyados por la autoridad imperial, llegaban a todas partes, llevando órdenes de reforma y urgiendo su cumplimiento. Sin darse cuenta, Benito organizaba una congregación que anunciaba las de Cluny y el Cister, y que tenía un precedente, y acaso un modelo, en la que San Fructuoso había organizado para sus monasterios de España.

»El primero en llegar fue Helisacar, secretario regio y gran poeta de aquellos tiempos. Llegó también el camarero del emperador, en nombre de su amo. El 8 de febrero, a las nueve de la mañana, mandó que lo dejásemos solo, y así estuvo hasta las doce. A esta hora entró el prior, y como le preguntase qué tal se hallaba, contestó que mejor que nunca, y anadió: «Hasta ahora he estado delante del Señor, entre los coros de los santos.» Al día siguiente llamó a los hermanos para darles los últimos consejos, atestando que desde hacía cuarenta años no había probado un bocado de pan sin derramar lágrimas delante de Dios. El mismo día envió una admonición al emperador y otras a varios monasterios. A los monjes de Aniano les decía: «No hay nada que tanto abrase mi alma como la preocupación por el orden de vuestra vida regular. Sé muy bien que trabajáis generosamente; pero va a llegar mi última hora y creo que no os voy a volver a ver. Bien sabéis mi solicitud por vosotros; os la he demostrado con mis esfuerzos, con mis palabras, con los ejemplos de mi vida. Ahora ruego al Hijo de Dios, y por Él os conjuro, que guardéis el lazo de la caridad. Amad, sobre todo, a todos aquellos que me estuvieron unidos por la amistad en este mundo, y ya que Dios ha querido poner alguna regularidad por mi medio en los monasterios antes relajados, tened vosotros cuidado de que nunca se extravíen por caminos torcidos. No puedo deciros más. He sido atacado por una acerbísima dolencia, regalo de la divina misericordia, y ahora no me queda más que aguardar la muerte.»

La muerte llegó unas horas después de escritas estas palabras, en las que nos parece sentir la vibración de aquel gran espíritu. Su mejor elogio lo hizo en dos versos su amigo Teodulfo de Orleáns, visigodo como él: «Lo que fue el gran Benito en Italia lo eres tú entre nosotros; en ti ha vuelto a vivir el Padre de Nursia, como en Pitágoras, Euforbo, según creyeron los antiguos.»

El sínodo de Aquisgrán de 817, en que quedó consagrada la reforma de Benito de Aniano, fue la coronación de toda su vida. Ya no le quedaba más que hacer, y poco después iba a recibir la corona del Cielo. Cuatro discípulos suyos comunicaban la noticia a todos los monasterios, dando interesantes pormenores de sus últimos días: «Estaba con frecuencia—nos dicen—en el palacio del rey. Algo antes de morir, le repitió cuatro cosas que solía recordarle. Aquel mismo día le cogió la fiebre, pero aún pudo llegar hasta su celda. En cuanto se supo en la corte, vinieron a visitarle los magnates, y tanta era la afluencia de obispos, abades y monjes, que nosotros no podíamos acercarnos a él.

jueves, 11 de febrero de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Moisés habló al pueblo, diciendo:
- «Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al
Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a el, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
-«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor.

Nuestra Señora de Lourdes

Paisaje invernal, frío intenso y callado, día de helada calma. Los álamos altos extienden sus brazos desnudos hacia un cielo plomizo, y en el silencio, juntamente con el caer de las aguas torrenciales, se escucha el estrépito de los molinos que se levantan sobre el Gave. Llegan ecos de la alegría popular que hierve en la plaza. Es el 11 de febrero, jueves de todos, precursor del martes de carnaval, en Lourdes, la pequeña ciudad pirenaica, que se asienta en el extremo de los siete valles de Lavedán, entre las últimas ondulaciones de las colinas que terminan la llanura de Tarbes y los primeros escarpes de la cordillera. A un lado se yergue una cima, y sobre la cima los muros desmantelados de una vieja fortaleza. La roca llamada de Masabielle está adornada de musgos y taladrada de nichos naturales; al pie, el río sombreado de olmos y fresnos, y más allá, praderas con setos y tapiales.

Por aquí yerran, en esta mañana de invierno, tres niñas, que buscan un poco de leña para el hogar de Francisco Soubirous, el molinero. Hija del molinero es una de ellas; Bernardita. Va a cumplir los catorce años, aunque no los representa. Es una naturaleza débil, pálida, enfermiza, pero en sus ojos claros se refleja la gracia de un alma inocente. Consagrada en sus días infantiles a apacentar el rebaño familiar, no sabe leer, pero siente el encanto de los corderillos y entiende el lenguaje de la Naturaleza.

Las tres niñas van haciendo su hato, cuando he aquí que al otro lado de la corriente divisan abundancia de ramas secas y de astillas esparcidas entre la hierba húmeda. Dos de ellas se descalzan para ganar la opuesta orilla; Bernardita quiere imitarlas, pero tiene miedo al agua. ¡Está tan fría, y ella tan enferma! Echa unas piedras al cauce para saltar por encima, pero todas desaparecen bajo las aguas. Al fin, se dispone a imitar a sus compañeras. Era la hora del ángelus. Empezaba la niña a descalzarse, cuando oyó en torno suyo un ruido de huracán; pero al levantar la cabeza, vio, con gran asombro, que los chopos del Gave estaban inmóviles. Quiso continuar su operación, y de nuevo se halló envuelta en aquella ráfaga fragorosa y misteriosa. Miró enfrente hacia la roca agujereada, y un grito de sorpresa quedó anudado a su garganta. Sus miembros empezaron a temblar; aterrada, desvanecida, abrumada, se inclinó sobre sí misma, se dobló completamente y cayó de rodillas. Ella misma nos dice lo que vio: «Alcé los ojos, miré hacia un hueco de la peña y vi que se movía un rosal silvestre que había a la entrada, mas no los zarzales de al lado. Advertí luego en el hueco un resplandor, y en seguida apareció sobre el rosal una mujer hermosísima, vestida de blanco, la cual me saludó inclinando la cabeza. Retrocedí asustada; quise llamar a mis compañeras y no pude. Creyendo engañarme, me restregué los ojos; pero al abrirlos de nuevo, vi que la aparición me sonreía y me hacía señas de que me acercase. Mas yo no me atrevía; y no es que tuviese miedo, pues el miedo nos hace huir; y yo me hubiera quedado mirándola toda la vida.»

Bernardita empezó el rosario, pero sus ojos no podían apartarse de la imagen que le sonreía en la boca de la gruta. Admiró y analizó todas sus perfecciones. Era una joven de mediana estatura, con la gracia de los veinte años. Brillaba sobre su frente un halo de infinita pureza, y en sus ojos azules el suave candor de la virginidad, con la gravedad tierna de la más alta de las maternidades. Sus labios respiraban bondad y mansedumbre divinas. Sus vestidos, fabricados tal vez en el taller misterioso donde se viste el lirio de los campos, eran blancos como la nieve inmaculada de las montañas. La falda, larga, de castos pliegues; un cinturón azul como el cielo, medio anudado alrededor del cuerpo, y dejando caer por delante las extremidades; por detrás, envolviendo en su vuelo la espalda y lo alto de los brazos, un blanco velo que bajaba de la cabeza; y sobre la virginal desnudez de los pies, dos rosas de color de oro. Ni sortijas, ni collar, ni diadema, ni joyas; sólo un rosario de cuentas blancas como la leche y de engarce amarillo, como las espigas maduras, pendía de sus manos, unidas en un gesto de oración.

Pasó un largo rato, el tiempo suficiente para rezar un rosario, y después la figura de la cueva desapareció. Bernardita tuvo la sensación del que desciende. Miró en torno suyo. El Gave seguía corriendo a través de los guijarros; pero nunca le había parecido tan duro el estruendo de las aguas. Vio luego a sus compañeras al otro lado del río, y se descalzó para ir en su busca. El agua le pareció caliente.

—Pero ¿no habéis visto nada?—preguntó a las dos niñas, que jugaban y danzaban al otro lado del río.
—¡Nada!—contestaron ellas—. ¿Y tú?

Bernardita quiso callar, pero era ya tarde; sus amiguitas le tiraron de la lengua y le robaron el secreto. El cuento llego hasta la madre, quien, como buena aldeana, contenta con los milagros del Evangelio, puso a su hija una cara muy seria y le dijo:

—Eso es una tontería; te prohibo ir hacia Masabielle.

No obstante, unos días después, la buena molinera levantó su prohibición. «Ve—dijo a su hija—; pero lleva un poco de agua bendita y échasela a la aparición. Si viene de parte del demonio, se desvanecerá.» Era la lógica cristiana de la gente sencilla. Así se hizo. Presentóse la «Señora», como Bernardita la llamaba; sonrió a la niña, y recibió, inclinando la cabeza, el rocío del agua santa. Las apariciones continuaron durante el mes de febrero. Bernardita llegaba, encendía una vela, empezaba el rosario y, a las pocas avemarías, la Señora se presentaba en la gruta. En la niña se verificaba entonces una verdadera transfiguración. Veíasela pálida como la cera, con los ojos muy abiertos y fijos en el hueco de la peña. Tenía las manos juntas y el rosario entre los dedos; y sonreía con una dulzura inefable. «No era ella—dice un testigo de vista—; era un ángel, que reflejaba en su rostro los resplandores de la gloria. Al verla, muchos que estaban en pie doblaban las rodillas. Su ademán, unas veces era de súplica; otras, de acción de gracias. Lloraba, reía, pero era evidente que contemplaba algo celestial. Esto, durante el éxtasis; después, ya no se ofrecía a nuestros ojos más que una pobre aldeana.»

A veces la aparición hablaba con la vidente: «Ven aquí durante quince días», le dijo una de las primeras veces. Otras llamábala por su nombre, la enseñaba a rezar, la mandaba besar el suelo, caminar de rodillas hasta la roca, o transmitir mensajes de penitencia. Un día, el 25 de febrero, le ordenó que se lavase en la fuente. No había fuente alguna en aquel lugar, pero Bernardita escarbó en el suelo con las manos y brotó un manantial abundante. En otra ocasión, Bernardita recibió el encargo de decir al párroco de Lourdes que levantase una iglesia en el lugar de las apariciones. A la intimación de arriba respondió el sacerdote: «Está bien; pero vas a decir a tu Señora que el cura de Lourdes no admite encargos de personas desconocidas. Que diga quién es, y entonces veremos.»

El cura era uno de los mayores adversarios que tenían aquellas visiones extraordinarias. Desde el primer momento la ciudad se había dividido en dos bandos, el de los amigos y el de los enemigos de Bernardita. Pronto la simpatía o la hostilidad se transmitieron a toda la comarca. Se hablaba de comedia, de negocio, de perturbaciones cerebrales o nerviosas, de intervención demoníaca. La ciencia y los periódicos empezaban a intervenir. Todo hace suponer, se decía en tono doctoral, que esta joven padece de catalepsia. Las autoridades tomaron cartas en el asunto: autoridades eclesiásticas y civiles. Se citó a la niña, se la interrogó, se la amenazó. Los Soubirous estaban consternados a consecuencia de aquella tormenta que se venía sobre su casa. «Esto tiene que acabar—decía el pobre molinero—. Ya estoy cansado de cuentos.» Adversarios y simpatizantes, todos tenían los ojos fijos en la gruta de Masabielle. Las turbas que acompañaban a la vidente en sus raptos se hacían cada vez más numerosas. Las dos niñas del primer día, eran doscientas personas en la segunda aparición y dos mil en la tercera. Después la concurrencia había ido creciendo: curiosos, devotos, escépticos y librepensadores.

Las apariciones continuaron en los primeros días de marzo. Luego cesaron. Bernardita iba diariamente, aunque sin oír la voz interior que la llamaba de una manera irresistible. Pero el 25 de marzo, día de la Anunciación, al despertarse muy de mañana, el corazón le dio un vuelco alborozado. «Es la voz», pensó ella con el rostro radiante de esperanza, y tomó el camino de las rocas. Las gentes que la espiaban se fueron tras de ella. Era una mañana primaveral. Una corona de nieve brillaba en lo alto de las montañas cercanas; ni una nube manchaba el azul del cielo; y el sol naciente teñía de oro los viejos y húmedos paredones del castillo. Un gozoso presentimiento henchía el corazón de la multitud. Cuando Bernardita llegó, la Señora estaba ya esperando. Nunca había sucedido esto. «Al punto me postré—dice la niña—y le pedí perdón de haber llegado tarde. Ella sonrió muy afable, y me hizo un movimiento de cabeza.» Esta actitud alentó a la vidente: «¡ Oh Señora mía!—le dijo—, ¿queréis decirme quién sois y cuál es vuestro nombre?» Otras veces había hecho la misma pregunta, porque el párroco de Lourdes apremiaba, pero no había recibido contestación. Ahora la repitió tres veces. Estaba convencida de que al fin iba a oír la revelación suspirada. La figura de la cueva tenía las manos unidas y en su rostro radiaba el brillo inefable de la beatitud. De pronto, al oír por tercera vez las palabras suplicantes de la niña, las manos se separan, se abren, se inclinan hacia el suelo, como para manifestar a los hombres las gracias de que estaban llenas. Luego se cierran de nuevo, se juntan, se elevan; la roca se ilumina con el fulgor de dos ojos clavados en el Cielo, y una voz vibra en el espacio, una voz que pronuncia estas palabras: «Yo soy la Inmaculada Concepción.» Un momento después, Bernardita estaba, como los demás, delante de la peña desnuda.

Aún hubo otras dos apariciones, pero ya no eran necesarias. Los prodigios han empezado a brotar en la roca, en la fuente, en la gruta de Masabielle. Bernardita vuelve a su oscuridad, se esconde en su pobreza. Ha sido el instrumento providencial de María. No floreció el rosal silvestre, como quería el párroco de Lourdes; pero empiezan a florecer las carnes marchitas de los tullidos, de los tísicos, de los leprosos. Florece el milagro y salta sin cesar del lugar bendito donde se posaron los pies rosados de la Inmaculada Concepción. Surge la iglesia, rueda el oro, empiezan las peregrinaciones, se transforma la gota en torrente, llegan los devotos a millares de todos los confines de la tierra, rezan ante la gruta, cantan, lloran, hacen penitencia, son curados de sus hidropesías, de sus tuberculosis, de sus cegueras de cuerpo y alma, y Lourdes se convierte en un foco mundial de vida religiosa, en una inmensa plegaria, en una oficina de lo sobrenatural, en uno de los mayores centros de movimiento espiritualista de los tiempos modernos.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Hoy es Miércoles de Ceniza


"MIÉRCOLES de CENIZA"


Es un hecho que en nuestros días la Cuaresma es para algunos objetos de mofa, para muchos un absurdo, y para muchos más todavía un enigma.

Incapaces de entrar en el espíritu de la Iglesia, no aciertan a comprender el sentido profundo de esta fase del año litúrgico, que a ellos se les antoja una sombra austera sobre las alegrías del vivir. El hombre animal, decía el Apóstol, no comprende las cosas del Espíritu, porque son una locura para él.

No faltan tampoco quienes se llenan de terror ante la cara escuálida de doña Cuaresma, como decía Juan Ruiz; aunque hay que reconocer que en nuestros días doña Cuaresma no tiene ya el mismo gesto severo y desabrido quien tiempo del Arcipreste de Hita.

Estos espíritus pusilánimes tienen seguramente buena voluntad, pero no la suficiente para entrar en este tiempo con generosidad y alegría. Sus ojos miopes no ven más que las austeridades y las renuncias; el mundo maravilloso de ideas y de anhelos que se extiende más allá no existe para ellos.

Ese mundo es lo único que puede justificar los ayunos y las penitencias, mundo de realidades y misterios; las alegrías de la vida penitente, que tanto deleitaban a San Pedro de Alcántara; el encanto de la tristeza, según Dios, que recomendaba San Pablo a los corintios; los goces de la luz interior, de que hablaba San Agustín en un sermón pronunciado el Miércoles de Ceniza.

Si la abstinencia fuese el fin de la Cuaresma, pudiera, ciertamente, parecemos larga y pesada; pero un cristiano curioso de Dios, deseoso de entrar en comunicación con su Madre la Iglesia, tiene de su fisonomía otra idea más exacta y atrayente.

El conoce aquellos tres maravillosos efectos del ayuno que recuerda el prefacio de las misas cuaresmales: «Vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et premia.»

Purifica el corazón, extingue las pasiones, sanea la tierra del alma; levanta el espíritu, ennoblece las ideas.

Dispone para la contemplación; fecunda el alma, la hermosea con la gracia, hace de ella un huerto rico de flores y de frutos, un paraíso de Dios.

Tal es el profundo sentido de lo que la Iglesia llama en su liturgia «el Sacramento cuadragesimal» o, como se dice en una colecta, «el ayuno solemne, instituido saludablemente para curar las almas y los cuerpos».

Ayunar con el único objeto de afligir la carne sólo puede ser propio de religiones que, como la de Prisciliano, enseñaban que el cuerpo y todo este mundo de la materia son obra del principio del mal.

Se trata de aligerar el cuerpo para que no impida los vuelos del alma, de abrir al espíritu más amplias ventanas hacia lo eterno, de prepararse con un ejercicio intensivo, con cuarenta días de maniobras espirituales, a la celebración de los grandes misterios de nuestra redención.

¡Con que alegría tan íntima contemplarán nuestros ojos purificados los inefables fulgores de la mañana pascual!

Desde el principio de Cuaresma, la liturgia descubre a nuestra vista esa meta gloriosa: «Dies venit, dies tua», dice un himno cuaresmal.

«He aquí que se acerca tu día, el día en que todo reflorece.»

Para que nosotros reflorezcamos también es preciso «que preparemos un camino real a Cristo triunfador por medio de la fe».

Y así la vida recogida del cristiano durante la Cuaresma nos recuerda la vida física en estos días que preceden a la primavera. La savia empieza a renovar los vasos misteriosos de las plantas.

Entre las raíces y la tierra se hace la adherencia más íntima, más vital. Pero la naturaleza no se apresura; trabaja en silencio, lentamente, con una prudencia que exaspera a los espíritus deseosos de verla cuanto antes vestida de todo su esplendor.

Aunque sea contrariando nuestras impaciencias poco razonables, el hielo vendrá cada mañana para regular el movimiento de la vida que se despierta.

La vida del alma necesita también este trabajo silencioso. Esta escondida adherencia a la fuente de toda la vida.

Por eso, toda la liturgia de la Cuaresma tiende a concentrar e intensificar esa fuerza vital, que en eso se parece a los vinos añejos.

Es muy fácil ponerse un traje nuevo el día de Pascua, ir a la iglesia y recibir los sacramentos; pero lo es menos apropiarse la gracia pascual, vestirse de la nueva vida de Cristo y convertir el acontecimiento histórico de su Resurrección en una realidad interior.

Y, sin embargo, sólo así viviremos una nueva primavera de nuestra existencia espiritual.

Después que la fe y el amor hayan extendido sus raíces a través de nuestro ser, sentiremos la explosión de la savia que brota incoercible, y entonces, «nuevos por el perdón—dice un himno de este tiempo—, cantaremos un cántico nuevo».

Esta vivencia íntima, este programa de reflexión religiosa, nos salen al paso en los textos litúrgicos desde el principio de la Cuaresma.

La comunión del Miércoles de Ceniza nos lo exige como una condición necesaria para que la semilla germine en nuestro interior.

El que meditare en la Ley del Señor noche y día, ése dará fruto a su tiempo. La colecta del mismo día nos indica que para que esa meditación sea provechosa, debemos vivir en la atmósfera de una «devoción segura».

La tranquilidad, la quietud nos ayudarán a profundizar en nuestro pensamiento religioso. En el alma, como en un estanque, no se verá el fondo si la superficie está en movimiento.

Debemos retirarnos al fondo de nuestro ser, como la araña al centro de su tela; y allí, como dice un himno, beber alegres la embriaguez sobria del espíritu.

En el sosiego activo del castillo interior, limpiaremos nuestra alma, y aparecerá en ella la imagen de Dios; como aparece la efigie de una moneda antigua quitando el polvo que la ocultaba.


Reflexión de hoy

Lecturas


Ahora - oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá dejando tras de sí la bendición, ofrenda y liberación para el Señor, vuestro Dios!
Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad, llamad a los ancianos; congregad a muchachos y niños de pecho; salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan:
- «Ten compasión de tu pueblo, Señor no entregues tu heredad al oprobio, ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes: «Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió el celo de Dios por su tierra y perdone a su pueblo.

Hermanos.
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecad, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
- «En tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé».
Pues mirad: ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

Santa Escolástica

A pesar de su vida humilde, retirada y desconocida—una vida que parece concentrarse enteramente en los secretos del corazón y en las hablas interiores con Dios—, Santa Escolástica es la madre y maestra de la legión inmensa de vírgenes que han servido a Dios en los monasterios benedictinos. Su existencia transcurre silenciosa, embalsamando el huerto cerrado del Esposo. Pero unos días antes de llevarla a su gloria, quiso Dios presentarla al mundo como ascua encendida en el brasero del Espíritu, como rosa espléndida de la humildad y del amor.

La página en que habla de ella San Gregorio Magno es una de las más bellas e inspiradas del gran pontífice. Escolástica vive con sus monjas en un valle pintoresco de Campania; desde su ventana descubre allá, en la altura, sobre la cima de Montecasino, el monasterio de su hermano. Entre los dos monasterios hay una casita rústica y sencilla. Allí es donde los dos hermanos tienen su entrevista anual. Una vez al año, Escolástica sube con algunas monjas, y Benito baja acompañado de algunos hermanos. Así desde hace cinco lustros. Ahora los dos se han hecho viejos. Penosamente han recorrido la distancia que los separa de la casita, y se han encontrado una vez más. Es un día de febrero; día frío e invernal, pero sereno y luminoso, día precursor de la primavera.

Los dos hermanos se saludan. Benito bendice a Escolástica. Escolástica deja escapar unas lágrimas; su voz tiembla. Tiene el presentimiento de que ésta es la última entrevista. Está más locuaz que nunca. Quiere sacar su corazón y ponerlo en la palma de la mano; quiere decir todas las cosas que no se atrevía a decir otras veces, porque ante la gravedad de su hermano le parecían niñerías. Recuerda las alegrías de la infancia, los días de Nursia, el encanto del amor fraterno, sus ansias, sus temores, cuando el hermano, un adolescente todavía, se fue a estudiar a Roma; sus tristezas cuando desapareció de la ciudad para irse al desierto. A veces se ruboriza de tener la mente puesta en aquellas cosas tan humanas, tan baladíes. Pero el patriarca la conforta. Es antes de emigrar cuando la golondrina se adhiere más a la tierra en que crió sus pequeñuelos y al nido que le sirvió de abrigo durante el verano contra el sol y las tormentas.

El temor de la monja se serena. Las palabras de su hermano son oráculos para ella. Le ama entrañablemente, le admira con un respeto de niña. Para ella es el hombre heroico que ha sabido dejar todas las cosas para seguir a Cristo, el creador de una escuela perfecta de ascetismo, el maestro, el organizador, el sabio, el fundador. Sin su ejemplo, ¿cómo hubiera encontrado ella la paz del claustro? Benito; en cambio, cree encontrar en su hermana el germen de su alta vocación. ¿Qué era él, con toda la sabiduría presuntuosa de las escuelas romanas, con sus figuras retóricas, con sus sueños de ambición juvenil? Nada, cuando fijaba la mirada en aquella niña linda, modesta, humilde, inocente, que sólo pensaba en su hermano; una rosa infatuada que abre su púrpura en el tallo más enhiesto del rosal; una rosa embriagada en su propio perfume y en su fuego.

—Mas de pronto te veo a mis pies, escondida, ruborosa, como una violeta entre la hierba espesa de julio. Y tú tenías razón.

Así decía Benito, pero su hermana no estaba conforme con él. Discutieron con ese tesón a la inversa que tienen los santos; pero el abad tenía más razones y argumentos que la abadesa. Y fue el abad el que quedó amo del campo y dueño de la palabra. Habló largamente, habló con la maestría de quien había aprendido tanto y enseñado tanto; con la serenidad y el calor de quien estaba lleno del espíritu de todos los justos, con la seguridad de quien había explorado tan diligentemente los escalones de la humildad, por los cuales se baja hasta el fuego central del amor. Pasaban las horas ligeras; escuchaba la monja en actitud extática; la luz se apagaba en la habitación; en la cumbre del monte, el monasterio de San Benito aparecía envuelto en la calma indulgente y dorada del crepúsculo. Entre las sombras de la noche, llegan los ecos de la campana monacal; el esquilón de las monjas los repite en el valle. Benito se levanta y pide la cogulla.

—¿Qué es eso, hermano mío?—pregunta Escolástica, levantándose también.
—Han tocado a Completas; tenemos el tiempo medido para llegar al monasterio. Adiós, recibe mi bendición.
—¡Una hora más, hermano mío!—suplicó Escolástica—. Habla, dime más cosas todavía.
—No es posible. Además, te lo he dicho todo.
—Llegabas al punto preciso en que todo queda por decir.
—Y en que no se puede añadir una palabra más.
—La palabra de Dios reemplazará la tuya. Rezaremos, cantaremos, cantaremos toda la noche hasta el amanecer. ¡Toda la noche para Dios!
—Calma, hermana mía; no pidas cosas imposibles; la Regla obliga al abad como a los monjes.
—Escucha: es la última vez; el año que viene será tarde.
—¡Oh hermana mía!
—Sí, soy tu hermana; y tú eres Benito, mi hermano. Sabes que soy vieja; que mi hora se acerca, que no me verás ya en este mundo. ¿Cómo podrás negarme lo que te pido?
—No insistas, me llenas de pesar. Creí que habías llegado a comprender mejor el espíritu de la obediencia.
—Y yo creía, permíteme que te lo diga sencillamente, humildemente, creía que habías llegado a comprender el espíritu del amor.
— ¡Escolástica!
—Vete, pues; ya sé a quién dirigirme para conseguir la última alegría de mi vida. Voy a pedírselo al que lee en el fondo de los corazones, al que no puede negármelo.
—Eso es tentar al Cielo, hermana mía.
—No es tentar al Cielo abrirle nuestro corazón. Un momento: si el Cielo calla, podrás irte.

Una suavidad infinita vibraba en estas postreras palabras. Benito aguarda en pie, algo inquieto. Escolástica se sienta, fija los brazos en la mesa de nogal, y esconde la cara entre las manos. Ora y llora; su llanto es una oración. Al mismo tiempo, el cielo se oscurece, la tormenta ruge en las cumbres cercanas, se la siente avanzar, los relámpagos cruzan el cielo, los truenos hacen temblar la pobre casita, y el agua baja, torrencial, por los flancos de la montaña. Un monje enciende una lámpara. En este momento, Escolástica levanta la cabeza, sonríe a su hermano y le dice:

—Qué, ¿piensas marchar?
—Pero, ¿has sido tú?...—empieza a preguntar Benito.
—¡Oh!—responde ella—; no creas que tengo poder alguno sobre la lluvia.
—¿Entonces?...
—Puedes irte a tu monasterio. Es el precepto de la Regla, sí; pero ya ves: el amor no lo quiere.
—¿De suerte que el amor es más fuerte que la Regla? Sin embargo, nuestra Regla es una Regla de amor.
—Sí, lleva al amor; pero el amor sube más arriba.
—Es verdad, hermana mía, perdóname; ya te dije antes que tú tienes razón; la tienes siempre. Eres como un jardín lleno de perfumes, como una fruta madura para la mesa del gran Rey, como una fuente que nunca se agota, como una flor hermoseada por la frescura del rocío. Obedezcamos al amor; quedémonos aquí hablando de los gozos de la vida celeste, y cuando nos falten las palabras, mirémonos en silencio.

Benito volvió a sentarse y a hablar, a decir los altos conceptos de la sabiduría del Cielo. A veces se interrumpía y contemplaba en silencio a su hermana, y parecía decirse: «¿Por qué me escucha con tanta atención, si ella sabe más que yo, si ha llegado más alto en la única ciencia necesaria? Ha vencido, ha podido más que yo, y eso porque ha amado más que yo.» Otra vez pasaron las horas vertiginosamente, las horas del silencio de la noche, en el cual habla Dios a las almas que le buscan. ¿Quién pudiera saber lo que se dirían aquellos dos santos, abrasados en el fuego del divino Espíritu? ¡Con qué pena vería Escolástica filtrarse a través del ventanillo los primeros albores del amanecer! Pero ahora ya no se podía pedir una nueva tregua. Había que separarse. Era la última bendición, el adiós postrero, la postrera y más larga de las miradas. «Hasta el año que viene», dijo Benito; pero ella no contestó; clavó en el Cielo sus ojos dulcísimos, y al mismo tiempo dejó escapar una sonrisa melancólica, que parecía decir: «Lo que Dios quiera.»

Dos días después, desde la ventana de su celda, veía el patriarca una paloma de nieve—pureza y amor, humildad y dulzura—que, saliendo del monasterio del llano, hendía el aire y se perdía entre los celajes del Cielo: era el vuelo luminoso del alma de Escolástica hacia la mansión de los elegidos.