viernes, 5 de febrero de 2016
Lecturas
Como se para la grasa en el sacrificio de comunión, así David fue separado de entre los hijos de Israel.
Jugó con leones como si fueran cabritos, y con los osos como si fueran cordero.
¿Acaso no mató de joven al gigante, y quitó el oprobio del pueblo, lanzando la piedra con la honda y abatiendo la arrogancia de Goliat?
Porque invocó al Señor altísimo, quien dio vigor a su diestra, para aniquilar al potente guerrero y reafirmar el poder de su pueblo.
Pues él aplastó a los enemigos del contorno, aniquiló a los filisteos, sus adversarios, para siempre quebrantó su poder.
Por todas sus acciones daba gracias al Altísimo, el Santo, proclamando su gloria.
Con todo su corazón, entonó himnos, demostrando el amor por su Creador.
Organizó coros de salmistas ante el altar, y con sus voces armonizó los cantos; y cada día tocarán su música.
Dio esplendor a las fiestas, embelleció las solemnidades a la perfección, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde la aurora.
El Señor perdonó sus pecados y exaltó su poder para siempre: le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
-«Juan Bautista ha resucitado, de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
-«Es Elías».
Otros:
-«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
-«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.»
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
-«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
-«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»
Ella salió a preguntarle a su madre:
-«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
-«La cabeza de Juan, el Bautista».
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
-«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor.
San Jesús Méndez Montoya
«Custodiar el Cuerpo de Cristo fue su prioridad absoluta. Podría decirse que estamos ante un nuevo Tarsicio ya que en el umbral de su muerte, al igual que hizo este mártir, lo único que le preocupó fue poner a salvo la Eucaristía»
Hay un rasgo en la vida de este mártir que recuerda al inocente san Tarsicio quien, según la tradición, derramó su sangre en el siglo III de nuestra era abrazado al Cuerpo de Cristo, custodiado tan férreamente, que los paganos no lograron separar sus manos del lienzo en el que lo protegía, ni siquiera cuando ya había expirado. Impedir la profanación de la Eucaristía fue la gran preocupación de Jesús cuando se vio acosado por quienes iban a abrirle la puerta de la gloria.
Vino al mundo en Tarímbaro, Michoacán, México, el 10 de junio de 1880 en el seno de una humilde familia que supo transmitirle su piedad y hacer de él un muchacho sensible y dispuesto siempre a volcarse en los demás. Creció habituado a rezar el rosario y a buscar el bien del prójimo. Tenía 14 años cuando ingresó en el seminario y tuvo que compaginar su formación con el trabajo para contribuir al sostenimiento del hogar. De todas formas, sus bondadosos padres eran tan estimados por el vecindario, que muchos generosamente se prestaban a paliar sus carencias con lo que estaba a su mano. Tenía tres hermanas y un hermano que le siguieron junto a su madre en su misión sacerdotal, cuando en 1906 partió a su primer destino en Huetamo, Michoacán. Problemas de salud, de índole nerviosa, aconsejaron su traslado a Pedernales en 1907, pero en los seis años que permaneció en esta parroquia la enfermedad afloró, de modo que fue enviado a Valtierrilla, Guanajuato, parroquia perteneciente a la Arquidiócesis de Morelia.
Los feligreses pudieron constatar que actuaba movido por la oración y un profundo amor a la Eucaristía ya que era palpable cuando oficiaba la misa así como en otras acciones que emprendió encaminadas a suscitar en todos ellos ese amor que inflamaba su corazón. Fue un gran confesor y catequista. En medio de su quehacer siempre encontraba tiempo para visitar a los que menos tenían, consolarles y asistirles en todo lo que podía. El mundo del trabajo tampoco se le resistió ya que fuera en el campo o en industrias diversas los labradores y operarios hallaban en él palabras de aliento; era un referente para todos. Puso en marcha diversas obras de acción social, una caja de ahorros y una cooperativa. Además, aprovechó sus conocimientos musicales para impulsar un coro parroquial. Se ha subrayado la servicialidad, rasgo distintivo de su acción pastoral, diciendo que «supo hacerse todo a todos».
El devenir cotidiano seguía su curso sin mayores contratiempos, aunque en el ambiente eclesial latía una gran preocupación por las presiones ejercidas por las fuerzas gubernamentales, hostiles a la fe. En un momento dado, Jesús fue directamente afectado por la persecución. No se echó atrás y, como una de las notas comunes a todos los mártires es su celo apostólico, fidelidad absoluta a su vocación y una valentía que los encumbra ante los ojos de los demás humanos, como si estuvieran hechos de una pasta especial, prosiguió realizando su misión. Modificó sus horarios y el alba le sorprendía oficiando la misa y administrando los sacramentos. No varió la atención a sus fieles y los enfermos no percibieron el cerco que se había cernido sobre él porque seguía asistiéndoles. La valerosidad de los clérigos era compartida por numerosos católicos que no estaban dispuestos a que pisotearan la fe, y se alzaron contra los políticos. A estos «cristeros» perseguían los federales cuando dieron con Jesús. Convecinos, que no eran leales precisamente, les delataron en febrero de 1928 y fueron apresados y acusados de traición. Enfurecidos los militares destruyeron todo lo que encontraron a su paso por Valtierrilla.
Cuando le tocó el turno a Jesús, su única prioridad fue proteger la Sagrada Eucaristía. Si lo comparamos con san Tarsicio en esos umbrales de su martirio, los verdugos aún tuvieron una deferencia por el padre Méndez que al santo adolescente se le vetó. Porque al ver que no tenía salida, logró una brevísima moratoria de quienes le iban a dar muerte para poder consumir las Sagradas Formas. El momento dramático tuvo ese punto sublime que dan los santos a estos preámbulos de su ingreso en la gloria. Primeramente, Jesús había ocultado bajo sus prendas el copón, pero juzgando que aún así peligraba, se lanzó por la ventana de una notaria donde había oficiado misa, de modo que quedó a la vista de los soldados que oteaban la calle desde el campanario de la iglesia, y pensando que era otro de los cristeros, le detuvieron. Lo demás sucedió con inusitada rapidez. Al ver el tesoro que custodiaba en su pecho, que oprimía con fuerza con sus brazos, quedó al descubierto su condición sacerdotal que, por supuesto, no negó firmando su sentencia de muerte. Sin que le temblara la voz, les dijo: «A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas». Le concedieron unos instantes para orar y consumir parte de la Eucaristía, tras lo cual afrontó el instante supremo: «Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto».
Los violentos, cegados al mínimo rasgo de humanidad, decidieron el destino del copón: «Deles esa joya a las viejas», aludiendo a la hermana del santo y una vecina que se encontraban allí y que lo recibieron de sus manos al tiempo que acogían su última petición: «Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios».Después, perdonando a los soldados, en un callejón cercano depositaba a los pies del Padre Celestial vida y, con ella, incontables sueños. La inicial falta de destreza del capitán hizo más penosos esos instantes. Falló éste el tiro y los soldados no quisieron asesinarle, de modo que aunque le encañonaron, los disparos silbaron por encima de su cabeza. Y fue el cabecilla quien le disparó el 5 de febrero de 1928, después de arrebatarle sus prendas, crucifijo y medalla. Juan Pablo II lo beatificó el 22 de noviembre de 1992, y también lo canonizó el 21 de mayo del 2000.
Hay un rasgo en la vida de este mártir que recuerda al inocente san Tarsicio quien, según la tradición, derramó su sangre en el siglo III de nuestra era abrazado al Cuerpo de Cristo, custodiado tan férreamente, que los paganos no lograron separar sus manos del lienzo en el que lo protegía, ni siquiera cuando ya había expirado. Impedir la profanación de la Eucaristía fue la gran preocupación de Jesús cuando se vio acosado por quienes iban a abrirle la puerta de la gloria.
Vino al mundo en Tarímbaro, Michoacán, México, el 10 de junio de 1880 en el seno de una humilde familia que supo transmitirle su piedad y hacer de él un muchacho sensible y dispuesto siempre a volcarse en los demás. Creció habituado a rezar el rosario y a buscar el bien del prójimo. Tenía 14 años cuando ingresó en el seminario y tuvo que compaginar su formación con el trabajo para contribuir al sostenimiento del hogar. De todas formas, sus bondadosos padres eran tan estimados por el vecindario, que muchos generosamente se prestaban a paliar sus carencias con lo que estaba a su mano. Tenía tres hermanas y un hermano que le siguieron junto a su madre en su misión sacerdotal, cuando en 1906 partió a su primer destino en Huetamo, Michoacán. Problemas de salud, de índole nerviosa, aconsejaron su traslado a Pedernales en 1907, pero en los seis años que permaneció en esta parroquia la enfermedad afloró, de modo que fue enviado a Valtierrilla, Guanajuato, parroquia perteneciente a la Arquidiócesis de Morelia.
Los feligreses pudieron constatar que actuaba movido por la oración y un profundo amor a la Eucaristía ya que era palpable cuando oficiaba la misa así como en otras acciones que emprendió encaminadas a suscitar en todos ellos ese amor que inflamaba su corazón. Fue un gran confesor y catequista. En medio de su quehacer siempre encontraba tiempo para visitar a los que menos tenían, consolarles y asistirles en todo lo que podía. El mundo del trabajo tampoco se le resistió ya que fuera en el campo o en industrias diversas los labradores y operarios hallaban en él palabras de aliento; era un referente para todos. Puso en marcha diversas obras de acción social, una caja de ahorros y una cooperativa. Además, aprovechó sus conocimientos musicales para impulsar un coro parroquial. Se ha subrayado la servicialidad, rasgo distintivo de su acción pastoral, diciendo que «supo hacerse todo a todos».
El devenir cotidiano seguía su curso sin mayores contratiempos, aunque en el ambiente eclesial latía una gran preocupación por las presiones ejercidas por las fuerzas gubernamentales, hostiles a la fe. En un momento dado, Jesús fue directamente afectado por la persecución. No se echó atrás y, como una de las notas comunes a todos los mártires es su celo apostólico, fidelidad absoluta a su vocación y una valentía que los encumbra ante los ojos de los demás humanos, como si estuvieran hechos de una pasta especial, prosiguió realizando su misión. Modificó sus horarios y el alba le sorprendía oficiando la misa y administrando los sacramentos. No varió la atención a sus fieles y los enfermos no percibieron el cerco que se había cernido sobre él porque seguía asistiéndoles. La valerosidad de los clérigos era compartida por numerosos católicos que no estaban dispuestos a que pisotearan la fe, y se alzaron contra los políticos. A estos «cristeros» perseguían los federales cuando dieron con Jesús. Convecinos, que no eran leales precisamente, les delataron en febrero de 1928 y fueron apresados y acusados de traición. Enfurecidos los militares destruyeron todo lo que encontraron a su paso por Valtierrilla.
Cuando le tocó el turno a Jesús, su única prioridad fue proteger la Sagrada Eucaristía. Si lo comparamos con san Tarsicio en esos umbrales de su martirio, los verdugos aún tuvieron una deferencia por el padre Méndez que al santo adolescente se le vetó. Porque al ver que no tenía salida, logró una brevísima moratoria de quienes le iban a dar muerte para poder consumir las Sagradas Formas. El momento dramático tuvo ese punto sublime que dan los santos a estos preámbulos de su ingreso en la gloria. Primeramente, Jesús había ocultado bajo sus prendas el copón, pero juzgando que aún así peligraba, se lanzó por la ventana de una notaria donde había oficiado misa, de modo que quedó a la vista de los soldados que oteaban la calle desde el campanario de la iglesia, y pensando que era otro de los cristeros, le detuvieron. Lo demás sucedió con inusitada rapidez. Al ver el tesoro que custodiaba en su pecho, que oprimía con fuerza con sus brazos, quedó al descubierto su condición sacerdotal que, por supuesto, no negó firmando su sentencia de muerte. Sin que le temblara la voz, les dijo: «A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas». Le concedieron unos instantes para orar y consumir parte de la Eucaristía, tras lo cual afrontó el instante supremo: «Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto».
Los violentos, cegados al mínimo rasgo de humanidad, decidieron el destino del copón: «Deles esa joya a las viejas», aludiendo a la hermana del santo y una vecina que se encontraban allí y que lo recibieron de sus manos al tiempo que acogían su última petición: «Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios».Después, perdonando a los soldados, en un callejón cercano depositaba a los pies del Padre Celestial vida y, con ella, incontables sueños. La inicial falta de destreza del capitán hizo más penosos esos instantes. Falló éste el tiro y los soldados no quisieron asesinarle, de modo que aunque le encañonaron, los disparos silbaron por encima de su cabeza. Y fue el cabecilla quien le disparó el 5 de febrero de 1928, después de arrebatarle sus prendas, crucifijo y medalla. Juan Pablo II lo beatificó el 22 de noviembre de 1992, y también lo canonizó el 21 de mayo del 2000.
jueves, 4 de febrero de 2016
Lecturas
Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejo a su hijo Salomón:
- «Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios, manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel.”»
David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono, de David su padre y el reino quedo establecido sólidamente en su mano.
En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía:
-«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Palabra del Señor.
Santa Juana de Valois
Todavía parece flotar por los campos de Francia el glorioso estandarte de Juana de Arco, la libertadora de Orleáns, la santa guerrera y valiente, cuando viene al mundo, en plena corte y no en un pueblecito aislado, otra Juana que también va a llenar de gloria a Francia y a toda la Iglesia: Juana de Valois, hija de Luis XI y de Carlota de Saboya. Gran expectación reinaba en todo el país al anunciarse el próximo nacimiento de un vástago real, el segundo, que todos, y mas que nadie Luis XI, estaban convencidos sería un varón. La primogénita había sido una niña: Ana. Desagradable y decepcionante fue, pues, la noticia. de que una segunda hija había venido a ocupar su sitio en la corte francesa. El rey, malhumorado, no quiso apenas verla; y cuando al transcurrir los primeros años pudo notarse que la princesita no era agradable de rostro y empezaba a exhibir una cojera incipiente debida a una desviación de cadera, mandó que la aislaran de la corte y la condujeran al castillo de Liniéres en el Berry. El calvario de Juana de Francia había empezado: a los cinco años se separa de su madre para no volver a verla jamás.
De esa madre desconocida, resignada y obediente a su marido hasta en los más mínimos detalles, "dama virtuosa llena de paciencia y tolerancia tan necesarias para vivir con un rey como Luis XI"-así la pinta un cronista de la época-, heredará Juana su gran sentido de ponderación y su vida interior. De su padre, hombre extraordinarimente complejo, lleno de contradicciones, duro y, dominante, político sutil, audaz en las guerras y pusiláninie en las enfermedades, amante a veces de la popularidad y otras encerrado en una soledad misántropa, tendrá nuestra heroina su prudente administración en los negocios, su voluntad indomable y el convencimiento de la propia dignidad de la majestad real a la que ha sido llamada por Dios y que conservará en todas las ocasiones al lado de su deformidad física.
La infancia de Juana se desliza, solitaria y monótona, en el castillo de Liniéres, cuyos dueños la tratan con cariño, respeto y solicitud, sufriendo intensamente del estado de abandono no sólo moral sino material al que la ha reducido Luis XI. Aprende a bordar y a tocar el laúd, pero sobre todo dedica la mayor parte del tiempo a leer salmos y libros piadosos y a la oración. Desde su infancia, se ve en ella a la predestinada a gozar de las comunicaciones divinas: un día revela a la señora de Liniéres que la Virgen le ha hablado; le ha dicho: "Antes de tu muerte, fundarás una Orden en mi honor". Y se queda pensativa considerando qué dirá su padre, el rey.
Luis XI, alguna vez acompañado de su escolta de caballeros, después de una desenfrenada caza de lobos, hace una ruidosa aparición en el castillo de Liniéres. Ni siquiera quiere ver un minuto a su hija. Mientras le preparan la comida, comenta brutalmente con el señor del castillo que no sabe qué espera para matar a esa hija contrahecha que le ha nacido en lugar de un varón. Una vez satisfecho su voraz apetito, por uno de esos contrastes tan desconcertantes en él, declara solemnemente que quiere velar por la buena conducta de su hija y que le pidan que elija al punto un director de conciencia. No permite la menor dilación y tienen que buscar a la princesa, que se halla ya acostada. Pero ella, a pesar de su humillante posición y de su temprana edad, es absolutamente consciente de sus derechos y deberes. Cuando el señor de Liniéres espera que la hija sumisa responda que hará en eso como en todo la voluntad de su señor, oye la respuesta mesurada y prudente de la futura santa: "Necesito reflexionar antes de decidir un asunto tan importante; mañana contestaré". El rey acató con deferencia la decisión de su hija y a la mañana siguiente, después de la misa, la niña anunció con naturalidad que el padre Juan de la Fontaine, franciscano, sería su confesor.
Luis XI, que no deseaba lo más mínimo encontrarse con su hija, se preocupaba no obstante de su porvenir, mejor dicho, había decidido meterla en uno de sus engranajes políticos a los que tanto acostumbraba. Un hombre que no tenía el menor escrúpulo en hacer y deshacer matrimonios a su antojo, que forzaba realmente a sus súbditos a que se casasen con quien él decidía, era natural que siguiera la misma costumbre al tratarse de su propia hija. Casi desde el nacimiento de Juana, el rey de Francia concertó su matrimonio con Luis de Orleáns, hijo del duque Carlos de Orleáns y de María de Cléves, su más próximo pariente en todo el reino, y a quien concedió el honor de ser su padrino. Pero aún le pareció poco tener por ahijado al pequeño duque y, queriendo evitar disgustos por medio de esa rama poderosa de la familia, pensó convertirlo en su yerno para tenerle más en mano. Los años pasaron y en toda Francia empezó a susurrarse que la segunda hija del rey era jorobada y coja, rumor que, naturalmente, llegó al castillo de Blois, donde Luis de Orleáns, el futuro Luis XII, huérfano ya de padre, llevaba una vida de lujo y de placer al lado de su madre, terrible contraste con la vida monótona y triste de su prometida. Al recibir María de Cléves al emisario del rey que le notificaba la ratificación de los esponsales entre su hijo y la princesa Juana, creyó que se trataba de un error y que la futura duquesa sería Ana, la hija mayor del rey, pero, al ver con sus propios ojos el escrito de Luis XI, exclamó midiendo toda la tragedia que se avecinaba: "La casa de Orleáns está perdida". Y en seguida, majestuosamente, se negó en rotundo. Para Luis XI no suponía nada la negativa, más aún: la repugnancia de los Orleánis. El monarca llegó a amenazar con la muerte al jovén duque y en estas condiciones, mientras la infeliz Juana no sospechaba lo más mínimo y, mujer al fin, esperaba con ilusión la felicidad al lado del esposo que todo el mundo alababa por sus maneras afables y corteses, se decidió la boda para el 8 de septiembre de 1476 en la capilla de Montrichard. Todavía un momento antes de la ceremonia, a la que el rey no se dignó asistir, el obispo, preocupado, preguntó al duque de Orleáns: "Monseñor, ¿estáis decidido a pasar por todo?", a lo que el joven respondió. "Se me hace fuerza, no hay remedio". Y se efectuó la triste ceremonia en la que el novio no tuvo ni una mirada, ni una palabra para la pobre princesa, que empezaba a comprender que aún le esperaba un calvario más amargo, que tenía que seguir realizando el nombre que le aplicarán más tarde: la cenicienta de los Valois.
La vida no cambié para Juana, únicamente lo que antes era como una espera de algo, se convirtió en una realidad sin esperanzas. De cuando en cuando, por orden expresa del rey, va Luis a visitar a su esposa, pero apenas se hablan ni se ven. Cada vez renace la esperanza en el corazón de la mujer que siempre amó a su marido, y de nuevo la triste realidad, la amarga desilusión. En cuanto a su padre una vez le verá antes de morir el rey, para sufrir aún más, amargamente al comprender el estupor de aquella mirada, pues nunca creyó Luis que era tanta la deformidad de su hija. Ella le quería y le admiraba, pero no pudo quedarse con él y tuvo que volver a su soledad mientras veía, sin ninguna envidia de su parte, a su hermana Ana objeto de las complacencias de su padre. Luis XI muere asistido por San Francisco de Paula y la vida de Juana va a cambiar al subir al trono su hermano Carlos VIII, que la aprecia y quiere tenerla cerca de él. Pero otra prueba la espera: durante la minoría de Carlos, es Ana de Beaujeu, la hermana mayor, la que llamaron "el rey de Francia", la que tiene las riendas del gobierno. El duque de Orleáns, levantisco y rebelde, aunque muy querido de su cuñado, se mete en varios movimientos contra la corona y es detenido y apresado. Juana emplea toda su diplomacia y todo su corazón para obtener el perdón del que tanto la martiriza a ella. En una ocasión va a verle al calabozo y su marido se vuelve del otro lado, molesto, sin tener una mirada de agradecimiento para la santa y sufrida mujer que tanto hace por él. Pero la fortuna es cambiante y movediza y cuando Luis de Orleáns ve venir a los emisarios reales, creyendo que le traen una nueva orden de detención, estupefacto los ve doblar la rodilla, llamarle señor y comunicarle el fallecimiento repentino de su cuñado y la noticia de que en un momento ha pasado a regir los destinos de Francia.
¿Será Juana la reina como parece de todo derecho? Dios le reserva aún una cruz más pesada antes de coronar la obra sublime de su santificación: los trámites de la anulación del matrimonio, que había comenzado Luis ocultamente van a apresurarse ahora. De las causas alegadas en favor de la anulación, las dos de más valor son: la fuerza exigida al esposo y la no consumación del matrinionio. Sobre el primer argumento se encuentra una carta escrita de puño y letra de Luis XI a Antonio de Chabannes gran dignatario del reino, en la que, además, da por hecho que Juana no podrá tener descendencia. En cuanto al segundo, ante el desacuerdo de las partes, Luis XII tiene que hacer juramento público de la no consumación del matrimonio. Por ese mismo hecho, Alejandro VI extiende la Bula de anulación y en seguida el rey contraerá matrimonio con Ana de Bretaña, la viuda de Carlos VIII.
¿Y Yuana? Para darle la noticia se reúnen sus buenos amigos el cardenal de Luxemburgo y el obispo de Albí con su confesor, que se lo comunica como en broma. Ella lo comprende al punto y por un momento se siente desfallecer y temblar. Más tarde descubrió un secreto a su confeso: "En ese momento Dios le concedió la gracia de comprender que Él así lo permitía para que realizase un gran bien. Y que ahora, sin sujeción a ningún hombre, podría hacerlo plenamente".
Por orden del rey, la que debía haber sido reina se convertía en duquesa de Berry y fijó su residencia en Bourges. Entonces decidió poner en práctica lo que oyó en su oración cuando era niña: fundar una Orden religiosa en honor de la Santísima Virgen. Varias muchachas jóvenes, con deseo de vida religiosa, se reunieron con ella y, después de muchas vicisitudes, Alejandro VI aprobó la regla de la nueva Orden de la Anunciación, justo cuando alboreaba el siglo XVI. En realidad ella era la fundadora, pero siguió viviendo en el mundo y gobernando sus estados de Berry. Hizo, no obstante, su profesión religiosa el 26 de mayo de 1504 y siempre fue un ejemplo y una miadre para sus hijas, que la veneraban ya como santa. El Señor juzgó que pronto debía dar el premio a una vida tan llena de sufrimientos y trabajos y en febrero del año siguiente, después de haber dado sus últimos consejos a su confesor y a sus hijas, descansó en la paz del Señor.
Desde el principio fue venerada como santa en Bourges y luego en toda Francia; los milagros se suceden alrededor de sus despojos mortales; el 13 de enero de 1632 se introduce la causa de beatificación; en 1742 se aprueba el culto público y se la declara beata. Después la causa parece sumirse en un profundo letargo, hasta que un milagro notabilísimo la hace resurgir en 1932 y culmina con la canonización solemne el día de Pentecostés de 1950 en que Pío XII quiere glorificar a Francia y a la Iglesia entera con esta nueva y esplendorosa joya: Santa Juana de Francia.
De esa madre desconocida, resignada y obediente a su marido hasta en los más mínimos detalles, "dama virtuosa llena de paciencia y tolerancia tan necesarias para vivir con un rey como Luis XI"-así la pinta un cronista de la época-, heredará Juana su gran sentido de ponderación y su vida interior. De su padre, hombre extraordinarimente complejo, lleno de contradicciones, duro y, dominante, político sutil, audaz en las guerras y pusiláninie en las enfermedades, amante a veces de la popularidad y otras encerrado en una soledad misántropa, tendrá nuestra heroina su prudente administración en los negocios, su voluntad indomable y el convencimiento de la propia dignidad de la majestad real a la que ha sido llamada por Dios y que conservará en todas las ocasiones al lado de su deformidad física.
La infancia de Juana se desliza, solitaria y monótona, en el castillo de Liniéres, cuyos dueños la tratan con cariño, respeto y solicitud, sufriendo intensamente del estado de abandono no sólo moral sino material al que la ha reducido Luis XI. Aprende a bordar y a tocar el laúd, pero sobre todo dedica la mayor parte del tiempo a leer salmos y libros piadosos y a la oración. Desde su infancia, se ve en ella a la predestinada a gozar de las comunicaciones divinas: un día revela a la señora de Liniéres que la Virgen le ha hablado; le ha dicho: "Antes de tu muerte, fundarás una Orden en mi honor". Y se queda pensativa considerando qué dirá su padre, el rey.
Luis XI, alguna vez acompañado de su escolta de caballeros, después de una desenfrenada caza de lobos, hace una ruidosa aparición en el castillo de Liniéres. Ni siquiera quiere ver un minuto a su hija. Mientras le preparan la comida, comenta brutalmente con el señor del castillo que no sabe qué espera para matar a esa hija contrahecha que le ha nacido en lugar de un varón. Una vez satisfecho su voraz apetito, por uno de esos contrastes tan desconcertantes en él, declara solemnemente que quiere velar por la buena conducta de su hija y que le pidan que elija al punto un director de conciencia. No permite la menor dilación y tienen que buscar a la princesa, que se halla ya acostada. Pero ella, a pesar de su humillante posición y de su temprana edad, es absolutamente consciente de sus derechos y deberes. Cuando el señor de Liniéres espera que la hija sumisa responda que hará en eso como en todo la voluntad de su señor, oye la respuesta mesurada y prudente de la futura santa: "Necesito reflexionar antes de decidir un asunto tan importante; mañana contestaré". El rey acató con deferencia la decisión de su hija y a la mañana siguiente, después de la misa, la niña anunció con naturalidad que el padre Juan de la Fontaine, franciscano, sería su confesor.
Luis XI, que no deseaba lo más mínimo encontrarse con su hija, se preocupaba no obstante de su porvenir, mejor dicho, había decidido meterla en uno de sus engranajes políticos a los que tanto acostumbraba. Un hombre que no tenía el menor escrúpulo en hacer y deshacer matrimonios a su antojo, que forzaba realmente a sus súbditos a que se casasen con quien él decidía, era natural que siguiera la misma costumbre al tratarse de su propia hija. Casi desde el nacimiento de Juana, el rey de Francia concertó su matrimonio con Luis de Orleáns, hijo del duque Carlos de Orleáns y de María de Cléves, su más próximo pariente en todo el reino, y a quien concedió el honor de ser su padrino. Pero aún le pareció poco tener por ahijado al pequeño duque y, queriendo evitar disgustos por medio de esa rama poderosa de la familia, pensó convertirlo en su yerno para tenerle más en mano. Los años pasaron y en toda Francia empezó a susurrarse que la segunda hija del rey era jorobada y coja, rumor que, naturalmente, llegó al castillo de Blois, donde Luis de Orleáns, el futuro Luis XII, huérfano ya de padre, llevaba una vida de lujo y de placer al lado de su madre, terrible contraste con la vida monótona y triste de su prometida. Al recibir María de Cléves al emisario del rey que le notificaba la ratificación de los esponsales entre su hijo y la princesa Juana, creyó que se trataba de un error y que la futura duquesa sería Ana, la hija mayor del rey, pero, al ver con sus propios ojos el escrito de Luis XI, exclamó midiendo toda la tragedia que se avecinaba: "La casa de Orleáns está perdida". Y en seguida, majestuosamente, se negó en rotundo. Para Luis XI no suponía nada la negativa, más aún: la repugnancia de los Orleánis. El monarca llegó a amenazar con la muerte al jovén duque y en estas condiciones, mientras la infeliz Juana no sospechaba lo más mínimo y, mujer al fin, esperaba con ilusión la felicidad al lado del esposo que todo el mundo alababa por sus maneras afables y corteses, se decidió la boda para el 8 de septiembre de 1476 en la capilla de Montrichard. Todavía un momento antes de la ceremonia, a la que el rey no se dignó asistir, el obispo, preocupado, preguntó al duque de Orleáns: "Monseñor, ¿estáis decidido a pasar por todo?", a lo que el joven respondió. "Se me hace fuerza, no hay remedio". Y se efectuó la triste ceremonia en la que el novio no tuvo ni una mirada, ni una palabra para la pobre princesa, que empezaba a comprender que aún le esperaba un calvario más amargo, que tenía que seguir realizando el nombre que le aplicarán más tarde: la cenicienta de los Valois.
La vida no cambié para Juana, únicamente lo que antes era como una espera de algo, se convirtió en una realidad sin esperanzas. De cuando en cuando, por orden expresa del rey, va Luis a visitar a su esposa, pero apenas se hablan ni se ven. Cada vez renace la esperanza en el corazón de la mujer que siempre amó a su marido, y de nuevo la triste realidad, la amarga desilusión. En cuanto a su padre una vez le verá antes de morir el rey, para sufrir aún más, amargamente al comprender el estupor de aquella mirada, pues nunca creyó Luis que era tanta la deformidad de su hija. Ella le quería y le admiraba, pero no pudo quedarse con él y tuvo que volver a su soledad mientras veía, sin ninguna envidia de su parte, a su hermana Ana objeto de las complacencias de su padre. Luis XI muere asistido por San Francisco de Paula y la vida de Juana va a cambiar al subir al trono su hermano Carlos VIII, que la aprecia y quiere tenerla cerca de él. Pero otra prueba la espera: durante la minoría de Carlos, es Ana de Beaujeu, la hermana mayor, la que llamaron "el rey de Francia", la que tiene las riendas del gobierno. El duque de Orleáns, levantisco y rebelde, aunque muy querido de su cuñado, se mete en varios movimientos contra la corona y es detenido y apresado. Juana emplea toda su diplomacia y todo su corazón para obtener el perdón del que tanto la martiriza a ella. En una ocasión va a verle al calabozo y su marido se vuelve del otro lado, molesto, sin tener una mirada de agradecimiento para la santa y sufrida mujer que tanto hace por él. Pero la fortuna es cambiante y movediza y cuando Luis de Orleáns ve venir a los emisarios reales, creyendo que le traen una nueva orden de detención, estupefacto los ve doblar la rodilla, llamarle señor y comunicarle el fallecimiento repentino de su cuñado y la noticia de que en un momento ha pasado a regir los destinos de Francia.
¿Será Juana la reina como parece de todo derecho? Dios le reserva aún una cruz más pesada antes de coronar la obra sublime de su santificación: los trámites de la anulación del matrimonio, que había comenzado Luis ocultamente van a apresurarse ahora. De las causas alegadas en favor de la anulación, las dos de más valor son: la fuerza exigida al esposo y la no consumación del matrinionio. Sobre el primer argumento se encuentra una carta escrita de puño y letra de Luis XI a Antonio de Chabannes gran dignatario del reino, en la que, además, da por hecho que Juana no podrá tener descendencia. En cuanto al segundo, ante el desacuerdo de las partes, Luis XII tiene que hacer juramento público de la no consumación del matrimonio. Por ese mismo hecho, Alejandro VI extiende la Bula de anulación y en seguida el rey contraerá matrimonio con Ana de Bretaña, la viuda de Carlos VIII.
¿Y Yuana? Para darle la noticia se reúnen sus buenos amigos el cardenal de Luxemburgo y el obispo de Albí con su confesor, que se lo comunica como en broma. Ella lo comprende al punto y por un momento se siente desfallecer y temblar. Más tarde descubrió un secreto a su confeso: "En ese momento Dios le concedió la gracia de comprender que Él así lo permitía para que realizase un gran bien. Y que ahora, sin sujeción a ningún hombre, podría hacerlo plenamente".
Por orden del rey, la que debía haber sido reina se convertía en duquesa de Berry y fijó su residencia en Bourges. Entonces decidió poner en práctica lo que oyó en su oración cuando era niña: fundar una Orden religiosa en honor de la Santísima Virgen. Varias muchachas jóvenes, con deseo de vida religiosa, se reunieron con ella y, después de muchas vicisitudes, Alejandro VI aprobó la regla de la nueva Orden de la Anunciación, justo cuando alboreaba el siglo XVI. En realidad ella era la fundadora, pero siguió viviendo en el mundo y gobernando sus estados de Berry. Hizo, no obstante, su profesión religiosa el 26 de mayo de 1504 y siempre fue un ejemplo y una miadre para sus hijas, que la veneraban ya como santa. El Señor juzgó que pronto debía dar el premio a una vida tan llena de sufrimientos y trabajos y en febrero del año siguiente, después de haber dado sus últimos consejos a su confesor y a sus hijas, descansó en la paz del Señor.
Desde el principio fue venerada como santa en Bourges y luego en toda Francia; los milagros se suceden alrededor de sus despojos mortales; el 13 de enero de 1632 se introduce la causa de beatificación; en 1742 se aprueba el culto público y se la declara beata. Después la causa parece sumirse en un profundo letargo, hasta que un milagro notabilísimo la hace resurgir en 1932 y culmina con la canonización solemne el día de Pentecostés de 1950 en que Pío XII quiere glorificar a Francia y a la Iglesia entera con esta nueva y esplendorosa joya: Santa Juana de Francia.
miércoles, 3 de febrero de 2016
Lecturas
En aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado:
- «Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a haz el censo del pueblo, para que sepa su número»
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y en Judá con quinientos mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y dijo al Señor:
- «He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo, que ha obrado tan neciamente»
Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor:
- «Ve y di a David: así dice el Señor: “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizaré”»
Gad fue a ver a David y le notificó:
- «¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país?, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado?»
David respondió a Gad:
- «¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo:
- «¡Basta! Retira ya tu mano»
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor:
- « Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
-«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
-«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Palabra del Señor.
Santa María de San Ignacio
«Viendo a Dios en todas las cosas, se sobrepuso a la trágica ejecución de dos hermanos, de la que fue testigo. Y cumpliendo la postrera petición que le hicieron, imitándoles en su generosidad, perdonó al delator, culpable de su muerte»
El perdón, ese acto sublime de amor con el que Dios signa nuestra vida, virtud imprescindible para todos, fue el detonante de la consagración de esta fundadora. Había nacido en Lyon, Francia, el 30 de marzo de 1774, en un momento histórico difícil marcado por la Revolución Francesa. Dos de sus siete hermanos, que no compartían los principios sustentados por este movimiento, luchando por preservar a Lyon de su hegemonía, fueron delatados por alguien y los detuvieron. Claudine iba a visitarlos cotidianamente a la prisión, y en enero de 1794 fueron ejecutados en presencia suya. Las últimas palabras que le dirigieron, en emocionado ruego, fueron explícita confesión de la fe que sus padres habían inculcado a todos sus hijos: «¡Ánimo Gladdy! Perdona, como nosotros perdonamos».
Imposible borrar esta petición cursada in extremis por sus queridos hermanos, en un instante tan dramático como aquél, y éste sería un preciado legado que orientó los pasos de la santa. Conocía el nombre del culpable de su muerte, pero se llevó ese secreto a la tumba. Perdonó, aunque el impacto del suceso le provocó una enfermedad de tipo nervioso. Era la segunda de los hermanos por orden de nacimiento, y tuvo que madurar pronto. Después de este terrible suceso su familia había quedado diezmada, como tantas otras. Y sus ojos no eran insensibles a la calamidad que veía en derredor suyo. Entonces se sintió llamada a socorrer a tantas personas que se habían quedado destrozadas por la barbarie; quería consolarlas y compartir con ellas la paz que emana de la oración continua. Tenia la experiencia de haber defendido su fe junto a otras jóvenes aún en medio de la revolución. Y ese sentimiento de amor, anclado en Cristo, guiaría sus pasos. Los niños y los jóvenes recibirían de ella esta catequesis; les enseñaría a amar a Jesús y a la Virgen María.
En el umbral del discernimiento se encontró con el padre André Coindre, fundador de los «Hermanos del Sagrado Corazón», que fue quien la ayudó a vislumbrar la voluntad divina. Él le expresó su convicción de que debía formar una comunidad por haber sido elegida por Dios para ello. Sucedió que el sacerdote se encontró en el atrio de la iglesia de Saint Nizier con dos pequeñas ateridas de frío que no tenían a nadie en el mundo, y Claudine, a petición suya, se ocupó de asistirlas. Creó una «Providencia del Sagrado Corazón» en 1815 encaminada a darles no solo cobijo sino también formación espiritual, una obra que se fue incrementando con otras niñas. Fue también presidenta de la «Asociación del Sagrado Corazón» hasta octubre de 1818, fecha en la que dejó su hogar y se instaló en una casa contando con lo justo para vivir junto a una huérfana, otra compañera, y un telar de seda. Y con ellas nació la Congregación de las Hermanas de Jesús y María teniendo la finalidad de dar formación espiritual a las jóvenes, en particular las que no tenían medios para procurársela.
El padre Coindre nuevamente la alentó a formar esta comunidad. Obedeció, aún con cierto temor: «Me parecía haberme lanzado a una empresa loca sin ninguna garantía de éxito». La Congregación se inició con niñas pobres y abandonadas menores de 20 años. Después acogió también a las de clases acomodadas. Decía: «hace falta ser madres de estos niños, sí, verdaderas madres tanto del alma como del cuerpo». La única deferencia que permitía era con los desfavorecidos: «A los únicos que permito son a los más pobres, a los más miserables, a quienes tienen los más grandes defectos, a ellos, sí, ámenlos mucho».
Al profesar en 1823 tomó el nombre de María de san Ignacio porque la transición entre la Asociación y la comunidad que puso en marcha se produjo el 31 de julio, efeméride del santo. En 1826 falleció el padre Coindre, y dos años más tarde murieron las primeras religiosas. Era un nuevo golpe para Claudine que, además, tuvo que luchar duramente para mantener incólume su fundación, ya que querían fusionarla con otra que acababa de ver la luz. Mujer valerosa, sensible, abnegada y atenta a las necesidades de cualquiera, era también emprendedora. A ella se debe la construcción de la capilla de la Casa Generalicia. El leitmotiv de su vida fue: «Hacer todas las cosas con el único deseo de agradar a Dios», «llevar una vida digna del Señor agradándole en todo». Falleció a los 63 años, tras una vida signada por el celo apostólico, la delicadeza y el olvido de sí, diciendo: «¡Qué bueno es Dios!». Había logrado «encontrar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios», como deseó. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1981. Él mismo la canonizó el 21 de marzo de 1993.
El perdón, ese acto sublime de amor con el que Dios signa nuestra vida, virtud imprescindible para todos, fue el detonante de la consagración de esta fundadora. Había nacido en Lyon, Francia, el 30 de marzo de 1774, en un momento histórico difícil marcado por la Revolución Francesa. Dos de sus siete hermanos, que no compartían los principios sustentados por este movimiento, luchando por preservar a Lyon de su hegemonía, fueron delatados por alguien y los detuvieron. Claudine iba a visitarlos cotidianamente a la prisión, y en enero de 1794 fueron ejecutados en presencia suya. Las últimas palabras que le dirigieron, en emocionado ruego, fueron explícita confesión de la fe que sus padres habían inculcado a todos sus hijos: «¡Ánimo Gladdy! Perdona, como nosotros perdonamos».
Imposible borrar esta petición cursada in extremis por sus queridos hermanos, en un instante tan dramático como aquél, y éste sería un preciado legado que orientó los pasos de la santa. Conocía el nombre del culpable de su muerte, pero se llevó ese secreto a la tumba. Perdonó, aunque el impacto del suceso le provocó una enfermedad de tipo nervioso. Era la segunda de los hermanos por orden de nacimiento, y tuvo que madurar pronto. Después de este terrible suceso su familia había quedado diezmada, como tantas otras. Y sus ojos no eran insensibles a la calamidad que veía en derredor suyo. Entonces se sintió llamada a socorrer a tantas personas que se habían quedado destrozadas por la barbarie; quería consolarlas y compartir con ellas la paz que emana de la oración continua. Tenia la experiencia de haber defendido su fe junto a otras jóvenes aún en medio de la revolución. Y ese sentimiento de amor, anclado en Cristo, guiaría sus pasos. Los niños y los jóvenes recibirían de ella esta catequesis; les enseñaría a amar a Jesús y a la Virgen María.
En el umbral del discernimiento se encontró con el padre André Coindre, fundador de los «Hermanos del Sagrado Corazón», que fue quien la ayudó a vislumbrar la voluntad divina. Él le expresó su convicción de que debía formar una comunidad por haber sido elegida por Dios para ello. Sucedió que el sacerdote se encontró en el atrio de la iglesia de Saint Nizier con dos pequeñas ateridas de frío que no tenían a nadie en el mundo, y Claudine, a petición suya, se ocupó de asistirlas. Creó una «Providencia del Sagrado Corazón» en 1815 encaminada a darles no solo cobijo sino también formación espiritual, una obra que se fue incrementando con otras niñas. Fue también presidenta de la «Asociación del Sagrado Corazón» hasta octubre de 1818, fecha en la que dejó su hogar y se instaló en una casa contando con lo justo para vivir junto a una huérfana, otra compañera, y un telar de seda. Y con ellas nació la Congregación de las Hermanas de Jesús y María teniendo la finalidad de dar formación espiritual a las jóvenes, en particular las que no tenían medios para procurársela.
El padre Coindre nuevamente la alentó a formar esta comunidad. Obedeció, aún con cierto temor: «Me parecía haberme lanzado a una empresa loca sin ninguna garantía de éxito». La Congregación se inició con niñas pobres y abandonadas menores de 20 años. Después acogió también a las de clases acomodadas. Decía: «hace falta ser madres de estos niños, sí, verdaderas madres tanto del alma como del cuerpo». La única deferencia que permitía era con los desfavorecidos: «A los únicos que permito son a los más pobres, a los más miserables, a quienes tienen los más grandes defectos, a ellos, sí, ámenlos mucho».
Al profesar en 1823 tomó el nombre de María de san Ignacio porque la transición entre la Asociación y la comunidad que puso en marcha se produjo el 31 de julio, efeméride del santo. En 1826 falleció el padre Coindre, y dos años más tarde murieron las primeras religiosas. Era un nuevo golpe para Claudine que, además, tuvo que luchar duramente para mantener incólume su fundación, ya que querían fusionarla con otra que acababa de ver la luz. Mujer valerosa, sensible, abnegada y atenta a las necesidades de cualquiera, era también emprendedora. A ella se debe la construcción de la capilla de la Casa Generalicia. El leitmotiv de su vida fue: «Hacer todas las cosas con el único deseo de agradar a Dios», «llevar una vida digna del Señor agradándole en todo». Falleció a los 63 años, tras una vida signada por el celo apostólico, la delicadeza y el olvido de sí, diciendo: «¡Qué bueno es Dios!». Había logrado «encontrar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios», como deseó. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1981. Él mismo la canonizó el 21 de marzo de 1993.
martes, 2 de febrero de 2016
Lecturas
Así dice el Señor:
«Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mi.
De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis.
Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca?
Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará á los hijos de Levi, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones. »
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Palabra del Señor.
Presentación de Jesús en el Templo
En la Ley estaba escrito: «Todo varón que abriere el seno de su madre, será consagrado al Señor.» De este modo, exigiendo las primicias de la familia, como había exigido las primicias de la tierra, afirmaba Yahvé su dominio soberano sobre Israel. Según otro precepto, toda mujer que había dado a luz un hijo varón, quedaba impura, y por espacio de cuarenta días le estaba prohibido acercarse al santuario. Terminado el plazo, podía ya subir al templo para ofrecer en holocausto un cordero, o un pichón, o una tórtola, por el pecado. Así entraba de nuevo en posesión de todos sus derechos de hija de Israel. Cuando la joven madre era pobre, bastábale ofrecer dos pichones o dos tortolillos.
«Cumplióse también para María—dice San Lucas—el tiempo de la purificación»; y como quería dar ejemplo de humildad y de obediencia a la Ley, aunque su parto había sido libre de toda sombra de impureza, subió al monte Moria, donde el templo de Salomón ostentaba la magnificencia de su fábrica recién restaurada. En sus brazos llevaba al Niño y junto a ella caminaba José con la jaula en que dormitaban los volátiles.
Tímidamente atravesaron los dos galileos aquellos magníficos pórticos, aquellas mansiones doradas, que llamará su Hijo, el mismo que ahora cuidan solícitos, guaridas de ladrones. Temblorosos, pero sin perder su serena sencillez, atravesaron el Palio de los Gentiles, bajo las miradas curiosas de los tratantes y de los levitas, que no tardan en adivinar, bajo sus maneras humildes, dos oscuros provincianos. Más allá del Hell, o atrio de las mujeres, encuentran la escalinata marmórea de las quince gradas guarnecidas de bronce. Allí les sale al encuentro un sacerdote, que hisopea a la joven esposa con sangre, después de recibir la ofrenda de los pichones y los cinco siclos que se exigían como rescate del recién nacido. El descendiente de Aarón creyó, sin duda, libertar a un hombre y purificar a una mujer; pero tan ilusoria era la purificación como la liberación. El rescatado y ofrecido debía, según el plan divino, sustituir Él mismo a todas las ofrendas, a todas las primicias, a todos los holocaustos, reemplazando a la Humanidad entera y representándola en el servicio de Dios. Por derecho propio era el Rey universal y el Pontífice de la Nueva Alianza, único capaz de reconciliar al cielo con la tierra. Toda la tribu de Leví hubiera sido incapaz de suplirlo; por eso, contra todas las apariencias viene ahora a constituirse víctima de su sacerdocio. Treinta y tres años más tarde, clavado en una cruz, podrá verse claramente que los cinco siclos del sudor del carpintero—¡con qué divina fruición los daría San José!—no le dispensaron de inmolarse a la gloria de su Padre, y se comprenderá cómo, siendo verdadero sacrificador y única víctima, reemplazó en un templo más perfecto un sacerdocio estéril y unas víctimas impotentes.
Nada de esto adivinaron los ministros de la Ley antigua; no supieron descifrar la mirada de aquel Hijo, no acertaron a leer en la frente de aquella Madre. Les importaba más averiguar lo que allá en Roma soñaba el señor de las naciones, y chismear a costa de los cabecillas que aparecían en Galilea, o seguir, marrulleros, el humor lunático del tirano de Palestina. Y, sin embargo, habían hablado los profetas y los oráculos. Los paganos mismos aguardaban un salvador prodigioso. ¿No había profetizado Ageo la gloria del templo nuevo, ilustrado por la majestad del esperado dominador? ¿No existían las visiones tan claras de Isaías? Y, sin necesidad de estudiar muchos cálculos, ¿no aparecían terminantes y apodícticas las semanas de Daniel? Cosas de sacristía; más interesante era intrigar con sagacidad, hacer la rosca al señor extranjero, resolver problemas de una casuística a ras de tierra. Aquella misteriosa transmisión de poderes de la Sinagoga a la Iglesia celebróse de una manera casi clandestina; mas pronto la indiferencia inical se transformará en un odio irreconciliable.
Vulgar, incolora, se había desarrollado al exterior la sublime ceremonia. Iban a salir ya del santuario los dos nazarenos, cuando se vieron detenidos por un anciano venerable. «Había en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, que vivía con la esperanza de la consolación de Israel. Sobre él descansaba el Espíritu Santo, por obra del cual estaba cierto de que no moriría sin ver antes al Cristo del Señor.» Las expresiones de San Lucas nos hacen pensar en un gran personaje, tal vez en el famoso escriba, en el «gran maestro» Rabbán Simeón, hijo de Hillel. La edad, la virtud, la grandeza del alma, la coincidencia de tiempo y lugar, todo nos invita a confundirle con el Simeón evangélico. Hasta el mismo silencio de la tradición hebraica: el Talmud, que se alarga en las alabanzas de Hillel y su familia, se esfuerza por relegar al olvido el nombre de este presidente del Sanedrín, panegirista de Jesús, cuyas ideas sobre el Mesías eran tan distintas de las de sus compañeros, que a causa de ellas se le quitó la presidencia del consejo supremo.
Simeón observó, intrigado, a la pareja de humildes provincianos que dejaban la pobre ofrenda. Nada extraordinario se le presentaba al exterior; pero a los ojos del vidente, aquel Niño apareció lo que era en realidad: la salud, la consolación esperada, el objeto de sus ardientes anhelos. Tomole ansiosamente en sus brazos, y, arrebatado por la fuerza del Espíritu, cantó con voz temblorosa:
Ahora, ¡oh Señor!, despide a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has aparejado ante la faz de todos los pueblos, como luz que ha de iluminar a las gentes, y gloria de Israel, tu pueblo.
Era el mismo acento solemne, la frase lírica, la palabra misteriosa de los viejos profetas mesiánicos. José y María escuchaban con admiración. De repente, el anciano, cuya frente cargada de años parecía iluminada por una gloria ultraterrena, clavó sus ojos en los ojos de la Madre, y condensando en pocas palabras largas profecías, exclamó: «He aquí que éste es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal a la que se hará contradicción. Por lo que a ti toca, una espada atravesará tu alma.» Después, fijándose de nuevo en el Niño, añadió: «Por este medio serán descubiertos los pensamientos que muchos ocultan en sus corazones»; es decir, delante de Cristo, escándalo y desprecio del mundo, los sentimientos secretos se revelarán. Sabremos, al fin, quiénes son los que sueñan con un Mesías glorioso y triunfador, y quiénes son los que están dispuestos a recibirle de cualquier forma que aparezca.
Detrás, presenciando esta escena conmovedora, se hallaba una mujer, una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, que también esperaba la esperanza. Siete años había vivido con su marido después de su virginidad, y al quedarse viuda en la flor de la juventud, buscó un refugio en el templo, donde servía al Señor día y noche, en el ayuno y en la oración. Tenía ahora ochenta y cuatro años. El celo de la casa de Dios merecióle encontrar y venerar en ella al Salvador. Reconocióle en el momento en que Simeón le bendecía, dio gracias al Cielo, que le revelaba el misterio, y no cesaba de hablar de aquel Niño a cuantos aguardaban la redención de Israel. Ella tuvo el honor insigne de anunciar antes que nadie en Jerusalén la divinidad de aquel Niño, cuya grandeza adivinaron sus ojos, cansados ya de mirar las luces mentirosas de la tierra.
Un anciano y una anciana, sin luces de estrelIas ni cantos de ángeles, acarician las carnes rosadas de un Niño que los mira en silencio, y anuncian en Él al Salvador del mundo. María ha conocido la tragedia de su vida. La espada simbólica ha empezado a entrar en su corazón; y ante esta Madre amenazada de mares de angustias, la Iglesia se postra llevando presentes de amor, de gratitud, de consuelo y de amiración. Así nace la fiesta de este día, la más antigua de todas las fiestas de la Virgen; por eso los cristianos, en recuerdo de aquella entrada de María en el templo, recorren en procesión sus iglesias, como si quisieran tomar parte en el humilde cortejo de la Sagrada Familia y hacer olvidar la indiferencia de los sacerdotes de la antigua Ley; por eso, cuando llega la santa Candelaria, la Iglesia en nuestras manos pone una luminaria preñada de misterio: ese cirio figura al Verbo, que en el seno de su Padre fulgura antes de todo tiempo, y en la cera escondida se nos da la simiente de nuestra eterna vida; simiente del deseo saciado eternamente, que en el alma y el cuerpo arraiga juntamente, reduciendo a ceniza el cuerpo, y en la llama aspirando el espíritu al amor que le llama.
«Cumplióse también para María—dice San Lucas—el tiempo de la purificación»; y como quería dar ejemplo de humildad y de obediencia a la Ley, aunque su parto había sido libre de toda sombra de impureza, subió al monte Moria, donde el templo de Salomón ostentaba la magnificencia de su fábrica recién restaurada. En sus brazos llevaba al Niño y junto a ella caminaba José con la jaula en que dormitaban los volátiles.
Tímidamente atravesaron los dos galileos aquellos magníficos pórticos, aquellas mansiones doradas, que llamará su Hijo, el mismo que ahora cuidan solícitos, guaridas de ladrones. Temblorosos, pero sin perder su serena sencillez, atravesaron el Palio de los Gentiles, bajo las miradas curiosas de los tratantes y de los levitas, que no tardan en adivinar, bajo sus maneras humildes, dos oscuros provincianos. Más allá del Hell, o atrio de las mujeres, encuentran la escalinata marmórea de las quince gradas guarnecidas de bronce. Allí les sale al encuentro un sacerdote, que hisopea a la joven esposa con sangre, después de recibir la ofrenda de los pichones y los cinco siclos que se exigían como rescate del recién nacido. El descendiente de Aarón creyó, sin duda, libertar a un hombre y purificar a una mujer; pero tan ilusoria era la purificación como la liberación. El rescatado y ofrecido debía, según el plan divino, sustituir Él mismo a todas las ofrendas, a todas las primicias, a todos los holocaustos, reemplazando a la Humanidad entera y representándola en el servicio de Dios. Por derecho propio era el Rey universal y el Pontífice de la Nueva Alianza, único capaz de reconciliar al cielo con la tierra. Toda la tribu de Leví hubiera sido incapaz de suplirlo; por eso, contra todas las apariencias viene ahora a constituirse víctima de su sacerdocio. Treinta y tres años más tarde, clavado en una cruz, podrá verse claramente que los cinco siclos del sudor del carpintero—¡con qué divina fruición los daría San José!—no le dispensaron de inmolarse a la gloria de su Padre, y se comprenderá cómo, siendo verdadero sacrificador y única víctima, reemplazó en un templo más perfecto un sacerdocio estéril y unas víctimas impotentes.
Nada de esto adivinaron los ministros de la Ley antigua; no supieron descifrar la mirada de aquel Hijo, no acertaron a leer en la frente de aquella Madre. Les importaba más averiguar lo que allá en Roma soñaba el señor de las naciones, y chismear a costa de los cabecillas que aparecían en Galilea, o seguir, marrulleros, el humor lunático del tirano de Palestina. Y, sin embargo, habían hablado los profetas y los oráculos. Los paganos mismos aguardaban un salvador prodigioso. ¿No había profetizado Ageo la gloria del templo nuevo, ilustrado por la majestad del esperado dominador? ¿No existían las visiones tan claras de Isaías? Y, sin necesidad de estudiar muchos cálculos, ¿no aparecían terminantes y apodícticas las semanas de Daniel? Cosas de sacristía; más interesante era intrigar con sagacidad, hacer la rosca al señor extranjero, resolver problemas de una casuística a ras de tierra. Aquella misteriosa transmisión de poderes de la Sinagoga a la Iglesia celebróse de una manera casi clandestina; mas pronto la indiferencia inical se transformará en un odio irreconciliable.
Vulgar, incolora, se había desarrollado al exterior la sublime ceremonia. Iban a salir ya del santuario los dos nazarenos, cuando se vieron detenidos por un anciano venerable. «Había en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, que vivía con la esperanza de la consolación de Israel. Sobre él descansaba el Espíritu Santo, por obra del cual estaba cierto de que no moriría sin ver antes al Cristo del Señor.» Las expresiones de San Lucas nos hacen pensar en un gran personaje, tal vez en el famoso escriba, en el «gran maestro» Rabbán Simeón, hijo de Hillel. La edad, la virtud, la grandeza del alma, la coincidencia de tiempo y lugar, todo nos invita a confundirle con el Simeón evangélico. Hasta el mismo silencio de la tradición hebraica: el Talmud, que se alarga en las alabanzas de Hillel y su familia, se esfuerza por relegar al olvido el nombre de este presidente del Sanedrín, panegirista de Jesús, cuyas ideas sobre el Mesías eran tan distintas de las de sus compañeros, que a causa de ellas se le quitó la presidencia del consejo supremo.
Simeón observó, intrigado, a la pareja de humildes provincianos que dejaban la pobre ofrenda. Nada extraordinario se le presentaba al exterior; pero a los ojos del vidente, aquel Niño apareció lo que era en realidad: la salud, la consolación esperada, el objeto de sus ardientes anhelos. Tomole ansiosamente en sus brazos, y, arrebatado por la fuerza del Espíritu, cantó con voz temblorosa:
Ahora, ¡oh Señor!, despide a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has aparejado ante la faz de todos los pueblos, como luz que ha de iluminar a las gentes, y gloria de Israel, tu pueblo.
Era el mismo acento solemne, la frase lírica, la palabra misteriosa de los viejos profetas mesiánicos. José y María escuchaban con admiración. De repente, el anciano, cuya frente cargada de años parecía iluminada por una gloria ultraterrena, clavó sus ojos en los ojos de la Madre, y condensando en pocas palabras largas profecías, exclamó: «He aquí que éste es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal a la que se hará contradicción. Por lo que a ti toca, una espada atravesará tu alma.» Después, fijándose de nuevo en el Niño, añadió: «Por este medio serán descubiertos los pensamientos que muchos ocultan en sus corazones»; es decir, delante de Cristo, escándalo y desprecio del mundo, los sentimientos secretos se revelarán. Sabremos, al fin, quiénes son los que sueñan con un Mesías glorioso y triunfador, y quiénes son los que están dispuestos a recibirle de cualquier forma que aparezca.
Detrás, presenciando esta escena conmovedora, se hallaba una mujer, una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, que también esperaba la esperanza. Siete años había vivido con su marido después de su virginidad, y al quedarse viuda en la flor de la juventud, buscó un refugio en el templo, donde servía al Señor día y noche, en el ayuno y en la oración. Tenía ahora ochenta y cuatro años. El celo de la casa de Dios merecióle encontrar y venerar en ella al Salvador. Reconocióle en el momento en que Simeón le bendecía, dio gracias al Cielo, que le revelaba el misterio, y no cesaba de hablar de aquel Niño a cuantos aguardaban la redención de Israel. Ella tuvo el honor insigne de anunciar antes que nadie en Jerusalén la divinidad de aquel Niño, cuya grandeza adivinaron sus ojos, cansados ya de mirar las luces mentirosas de la tierra.
Un anciano y una anciana, sin luces de estrelIas ni cantos de ángeles, acarician las carnes rosadas de un Niño que los mira en silencio, y anuncian en Él al Salvador del mundo. María ha conocido la tragedia de su vida. La espada simbólica ha empezado a entrar en su corazón; y ante esta Madre amenazada de mares de angustias, la Iglesia se postra llevando presentes de amor, de gratitud, de consuelo y de amiración. Así nace la fiesta de este día, la más antigua de todas las fiestas de la Virgen; por eso los cristianos, en recuerdo de aquella entrada de María en el templo, recorren en procesión sus iglesias, como si quisieran tomar parte en el humilde cortejo de la Sagrada Familia y hacer olvidar la indiferencia de los sacerdotes de la antigua Ley; por eso, cuando llega la santa Candelaria, la Iglesia en nuestras manos pone una luminaria preñada de misterio: ese cirio figura al Verbo, que en el seno de su Padre fulgura antes de todo tiempo, y en la cera escondida se nos da la simiente de nuestra eterna vida; simiente del deseo saciado eternamente, que en el alma y el cuerpo arraiga juntamente, reduciendo a ceniza el cuerpo, y en la llama aspirando el espíritu al amor que le llama.
lunes, 1 de febrero de 2016
Lecturas
En aquellos días, alguien llego a David con esta información:
- «El corazón de la gente de Israel sigue a Absalón».
Entonces David dijo a los servidores que estaban con él en Jerusalén:
- «Levantaos y huyamos, pues no tendremos escapatoria ante Absalón. Vámonos rápidamente no sea que se apresure, nos de alcance, precipite sobre nosotros la ruina sobre nosotros y pase la ciudad a afilo de espada».
David subía la cuesta de los Olivos llorando con la cabeza cubierta y descalzo. Los que le acompañaban llevaban cubierta la cabeza y subían llorando.
Al llegar el rey David a Bajurin, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá.
Iba caminando y lanzando maldiciones. Y arrojaba piedras contra David y todos sus servidores. El pueblo y los soldados protegían a David a derecha e izquierda. Semeí decía al maldecirlo:
- «Fuera, fuera, hombre sanguinario, hombre deslamado. El Señor ha hecho recaer sobre ti la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino has usurpado. Y el Señor ha puesto el reino en manos de tu hijo Absalón.
Has sido atrapado por tu maldad, pues eres un hombre sanguinario».
Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey:
- «¿Por qué maldice este perro muerto al rey, mi señor? Deja que vaya y le corte la cabeza».
El rey contesto:
- «¿Qué hay entre vosotros y yo, hijo de Seruyá? Si maldice y si el Señor le ha ordenado maldecir a
David, ¿quién le va a preguntar: “Por qué actúas así?».
Luego David se dirigió a Abisay y a todos sus servidores:
- « Un hijo mío, salido de mis entrañas, busca mi vida. Cuánto más este benjaminita. Dejadle que me maldiga, si se lo ha ordenado el Señor. Quizá el Señor vea mi humillación y me pague con bendiciones la maldición de este día».
David y sus hombres subían por el camino.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente:
-«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes».
Porque Jesús le estaba diciendo:
-«Espíritu inmundo, sal de este hombre».
Y le preguntó:
-«¿Cómo te llamas?»
El respondió:
-«Me llamo Legión, porque somos muchos».
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:
-«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
-«Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
Palabra del Señor.
San Raimundo de Fitero
Hay santos cuya acción en el mundo tiene el brillo de un meteoro. Impelidos por el amor, dejan un instante la oscuridad de que se enamoraron, realizan su misión providencial y vuelven de nuevo a la oscuridad amada. Uno de estos santos es San Raimundo de Fitero.
En Castilla acababa de morir Alfonso VII el Emperador (1157), y su hijo Sancho el Deseado había acudido a Toledo para prepararse a sostener la lucha con los infieles. En torno suyo removíase lo más granado de su reino: condes, capitanes, caballeros, obispos, abades. «Et era entonces allí en Toledo Don Remond, abbad de Fitero, omme fraire et de religión et avie con ell un monge, a quien dizien Diago Velasquez, omme fijodalgo et noble et que fuera en otro tiempo al sieglo omme libre en fecho de caballería, et era natural de tierra de Burueva, et en su mancebía criarase con el rey Don Sancho.» Así dice la Crónica General.
Una noticia alarmante se extendió por la corte: los caballeros Templarios iban a abandonar la fortaleza de Calatrava. Los almohades caerían sobre ella, y Toledo quedaría en peligro. Los corazones estaban amilanados.
Pero Velázquez era un héroe y su abad un santo. Después de orar largo rato, tomaron una resolución heroica: la de obligarse a defender aquel castillo que era la llave del reino. El rey se lo había ofrecido al valiente que tuviese la audacia para aguardar en él a los musulmanes. Ningún príncipe, ningún conde, ningún obispo había osado acometer tan temeraria empresa. Sólo aquellos dos monjes. Al fin, San Benito decía que su institución era una «escuela de servicio divino», y luchar con los infieles, sin duda ninguna, una forma bella de servir a Dios; y servicio de Dios era también defender a la patria en peligro. Los medios. Dios los daría, una vez que la causa era buena. Don Sancho se sonrió al ver a los futuros defensores de Calatrava; pero ganado por el optimismo de su fe, acabó por hacerles entrega del castillo y la ciudad.
La noticia se extendió con rapidez. Los cortesanos la comentaban desfavorablemente y se burlaban de tan quijotesca aventura. En cierto modo, tenían razón. El nombre del abad Raimundo era para ellos perfectamente desconocido. Medio castellano, medio navarro, este monje era diestro en cantar salmos, no en empuñar las armas. Había pasado su juventud en el desierto. Luego, con otros anacoretas como él, había levantado el monasterio de Fitero, que estaba muy lejos del prestigio y la riqueza de las grandes abadías. «Evidentemente, esto es un disparate», decían los capitanes y hombres de guerra.
Él dejó decir, «et maguer que algunos lo tenian por locura, fuel después ende bien, como a Dios plogo». Raimundo predicó la cruzada, enfervorizó a la gente con su palabra patriótica y apostólica, y la gente iba a poner a disposición del abad su vaca, su caballo, su dinero, su espada y sus brazos. Mientras Raimundo predicaba, Velázquez organizaba la resistencia, armaba a los cruzados, abastecía la plaza, guerreaba con el enemigo y salvaba la fortaleza. Calatrava seguía siendo cristiana. Pero era preciso asegurarla definitivamente, y entonces es cuando el abad de Filero realizó una obra que le coloca entre los grandes bienhechores de la Iglesia y de la patria. «Entonces, muchos a quien veno de voluntad tomaron abbito, ligero e non pesado, asi como la orden de caballería lo demandaba.» Así nació la Orden militar de Calatrava, organizada por San Raimundo bajo la Regla de San Benito y las costumbres del Císter. Desde su retiro de Ciruelos, el santo vigilaba a los monjes caballeros, oraba por ellos en los días del combate, y en los días de paz les infundía aquel espíritu de fe que les haría vencedores en las luchas oscuras del claustro y en las gloriosas jornadas.
«Et empos esto—dice el Rey Sabio—murió, et enterráronle en la dicha villa; et assi como dicen, alli face Dios miraglos et vertudes por él.»
Su obra fue prosperando cada día. Los reyes y los Papas la favorecieron, porque aquellos monjes extraños; de túnica blanca y blanco escapulario, con la cruz roja al corazón, eran el mejor sostén de la patria y de la fe, «Su multiplicación—decía don Rodrigo Jiménez de Rada—es la corona del príncipe. Los que cantaban salmos ciñeron la espada, y los que gemían en la oración salieron animosos a defender su tierra. Mansos como los cordel os, fieros como los leones. Su alimento es pobre y la aspereza de la lana su vestido. Pruébalos la constante disciplina, y el culto del silencio los acompaña. Si la victoria los levanta, la postración frecuente los humilla y la vigilia de las noches los doblega. La oración devota los instruye y el trabajo continuo los ejercita.»
En Castilla acababa de morir Alfonso VII el Emperador (1157), y su hijo Sancho el Deseado había acudido a Toledo para prepararse a sostener la lucha con los infieles. En torno suyo removíase lo más granado de su reino: condes, capitanes, caballeros, obispos, abades. «Et era entonces allí en Toledo Don Remond, abbad de Fitero, omme fraire et de religión et avie con ell un monge, a quien dizien Diago Velasquez, omme fijodalgo et noble et que fuera en otro tiempo al sieglo omme libre en fecho de caballería, et era natural de tierra de Burueva, et en su mancebía criarase con el rey Don Sancho.» Así dice la Crónica General.
Una noticia alarmante se extendió por la corte: los caballeros Templarios iban a abandonar la fortaleza de Calatrava. Los almohades caerían sobre ella, y Toledo quedaría en peligro. Los corazones estaban amilanados.
Pero Velázquez era un héroe y su abad un santo. Después de orar largo rato, tomaron una resolución heroica: la de obligarse a defender aquel castillo que era la llave del reino. El rey se lo había ofrecido al valiente que tuviese la audacia para aguardar en él a los musulmanes. Ningún príncipe, ningún conde, ningún obispo había osado acometer tan temeraria empresa. Sólo aquellos dos monjes. Al fin, San Benito decía que su institución era una «escuela de servicio divino», y luchar con los infieles, sin duda ninguna, una forma bella de servir a Dios; y servicio de Dios era también defender a la patria en peligro. Los medios. Dios los daría, una vez que la causa era buena. Don Sancho se sonrió al ver a los futuros defensores de Calatrava; pero ganado por el optimismo de su fe, acabó por hacerles entrega del castillo y la ciudad.
La noticia se extendió con rapidez. Los cortesanos la comentaban desfavorablemente y se burlaban de tan quijotesca aventura. En cierto modo, tenían razón. El nombre del abad Raimundo era para ellos perfectamente desconocido. Medio castellano, medio navarro, este monje era diestro en cantar salmos, no en empuñar las armas. Había pasado su juventud en el desierto. Luego, con otros anacoretas como él, había levantado el monasterio de Fitero, que estaba muy lejos del prestigio y la riqueza de las grandes abadías. «Evidentemente, esto es un disparate», decían los capitanes y hombres de guerra.
Él dejó decir, «et maguer que algunos lo tenian por locura, fuel después ende bien, como a Dios plogo». Raimundo predicó la cruzada, enfervorizó a la gente con su palabra patriótica y apostólica, y la gente iba a poner a disposición del abad su vaca, su caballo, su dinero, su espada y sus brazos. Mientras Raimundo predicaba, Velázquez organizaba la resistencia, armaba a los cruzados, abastecía la plaza, guerreaba con el enemigo y salvaba la fortaleza. Calatrava seguía siendo cristiana. Pero era preciso asegurarla definitivamente, y entonces es cuando el abad de Filero realizó una obra que le coloca entre los grandes bienhechores de la Iglesia y de la patria. «Entonces, muchos a quien veno de voluntad tomaron abbito, ligero e non pesado, asi como la orden de caballería lo demandaba.» Así nació la Orden militar de Calatrava, organizada por San Raimundo bajo la Regla de San Benito y las costumbres del Císter. Desde su retiro de Ciruelos, el santo vigilaba a los monjes caballeros, oraba por ellos en los días del combate, y en los días de paz les infundía aquel espíritu de fe que les haría vencedores en las luchas oscuras del claustro y en las gloriosas jornadas.
«Et empos esto—dice el Rey Sabio—murió, et enterráronle en la dicha villa; et assi como dicen, alli face Dios miraglos et vertudes por él.»
Su obra fue prosperando cada día. Los reyes y los Papas la favorecieron, porque aquellos monjes extraños; de túnica blanca y blanco escapulario, con la cruz roja al corazón, eran el mejor sostén de la patria y de la fe, «Su multiplicación—decía don Rodrigo Jiménez de Rada—es la corona del príncipe. Los que cantaban salmos ciñeron la espada, y los que gemían en la oración salieron animosos a defender su tierra. Mansos como los cordel os, fieros como los leones. Su alimento es pobre y la aspereza de la lana su vestido. Pruébalos la constante disciplina, y el culto del silencio los acompaña. Si la victoria los levanta, la postración frecuente los humilla y la vigilia de las noches los doblega. La oración devota los instruye y el trabajo continuo los ejercita.»
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





























