viernes, 4 de diciembre de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice el Señor: «Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.
Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor, y los más pobres gozarán con el Santo de Israel; porque se acabó el opresor, terminó el cínico; y serán aniquilados los despiertos para el mal, los que van a coger a otro en el hablar y, con trampas, al que defiende en el tribunal, y por nada hunden al inocente.»
Así dice a la casa de Jacob el Señor, que rescató a Abrahán: «Ya no se avergonzará Jacob, ya no se sonrojará su cara, pues, cuando vea mis acciones en medio de él, santificará mi nombre, santificará al Santo de Jacob y temerá al Dios de Israel.
Los que habían perdido la cabeza comprenderán, y los que protestaban aprenderán la enseñanza.

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: - «Ten compasión de nosotros, hijo de David.»
Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: - «¿Creéis que puedo hacerlo?»
Contestaron: - «Sí, Señor.»
Entonces les tocó los ojos, diciendo: - «Que os suceda conforme a vuestra fe.»
Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: - «¡Cuidado con que lo sepa alguien!»
Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca

Palabra del Señor.

San Juan Calabria

«Fundador de los Pobres Siervos y de las Pobres Siervas de la Divina Providencia. Calificado por Pío XII campeón de evangélica caridad al saber que había muerto ofreciendo su vida por él cuando se hallaba enfermo de gravedad»

«La Providencia existe, Dios es Padre y piensa en nosotros, siempre que nosotros pensemos en él y le correspondamos buscando en primer lugar el Santo Reino de Dios y su justicia». Fue la honda convicción de Juan que había experimentado claramente la Providencia en su vida y en ella sustentó el carisma de sus fundaciones. Era el séptimo hijo de una humilde y cristiana familia que rayaba en la pobreza y que le acogió gozosa en su seno cuando nació en Verona, Italia, el 8 de octubre de 1873. Su padre era zapatero y su madre se ganaba la vida como empleada doméstica. La muerte de aquél cuando Juan era un adolescente truncó su primera andadura académica ya que tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a sostener el hogar, aunque le despedían de los trabajos por incompetente. Esta situación afectó a su rendimiento escolar.

El padre Scarpini, rector de San Lorenzo, constató que el muchacho mostraba unos rasgos de virtud que le hacían apto para iniciar los estudios eclesiásticos, y no escatimó ningún esfuerzo para que pudiera ingresar en el seminario. La situación económica familiar solo le permitía estudiar como alumno externo, y así permaneció tres años hasta que tuvo que cumplir el servicio militar. Tenía madera de santo y en el cuartel tuvieron ocasión de constatarlo. Cuando salió de allí, muchos, instados por él, habían abierto sus brazos a Dios.

Algunas de las circunstancias que concurrieron en su vida, especialmente la experiencia de precariedad en la que había discurrido su corta existencia, y el gesto generoso y atento del padre Scarpini, unido a sus entrañas de misericordia, se trenzaron en fecundo anillo una gélida noche de 1897 cuando, tras realizar la visita a los enfermos, halló un niño fugitivo que yacía en el umbral de su casa aterido de frío. Tenía 6 años y todo indicaba que había sido adiestrado para mendigar y posiblemente secuestrado en la región de Liguria. Por eso, aunque hizo las gestiones legales oportunas, aconsejado por Scarpini, nadie se preocupó de buscar al pequeño.

La pobreza, la soledad, la enfermedad, el abandono…, serían para siempre dramáticas realidades que jamás dejarían al santo impasible. Por el contrario, a ellas dedicó todo su quehacer buscando siempre el modo de paliarlas implicando a seminaristas, sacerdotes y laicos. Por de pronto, aquella inolvidable noche en la que descubrió la naturaleza de su verdadera vocación, cobijó al pequeño en su propia casa sin que su madre mostrara reparo alguno por ello. Y a los pocos meses ya había puesto en marcha la «Pía Unión para la asistencia de los enfermos pobres».

Desde 1901, año en el que fue ordenado sacerdote, junto a la labor pastoral que realizó en la parroquia de San Esteban y en la rectoría de San Benito del Monte, los enfermos, los ancianos, los pobres y cualquier persona necesitada, recibieron de él gestos de caridad ofrecida a manos llenas. Las fundaciones se iban multiplicando mientras la Providencia seguía acompañándole en su incansable labor. Recogía a los niños abandonados; mientras trataba de hallar un centro de acogida digno para ellos, sin lograrlo. En 1906 su madre se ocupaba de atenderlos con tanta intensidad que enfermó gravemente. Juan acudió al conde Francesco Perez. El aristócrata le miró. Nadie más que él podía ocuparse de los pequeños. Con su madre enferma, no veía cómo podía llevar a cabo su labor. Acudió a Dios. Si era su voluntad que se ocupase de los niños, el signo sería la curación de su madre al menos durante un año. Ella sanó repentinamente.

En noviembre de 1907 puso en marcha el Instituto «Casa Buoni Fanciulli», y a esta obra siguió la fundación de la «Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia», formada con un grupo personas que secundaron su acción apostólica compartiendo su vocación, y la rama femenina «Pobres Siervas de la Divina Providencia». Creó la «Cittadella della caritá», la «Familia de los Hermanos Externos» para los laicos, y fue impulsor de casas de acogida y hospitales.

Pensando en los «Parias» en 1934 extendió la fundación a Vijayavada (India). Además, promovió las vocaciones y el diálogo interreligioso dejando abierta una fecunda vía ecuménica con protestantes, ortodoxos y hebreos, fue un extraordinario confesor, y no dudó en exponer su vida salvando la de personas en peligro, como la de una doctora hebrea amenazada de muerte en la persecución nazi a la que rescató manteniéndola oculta entre las religiosas fundadas por él. Algunos de los agraciados por tan bondadoso corazón, como hizo esta mujer, enviaron cartas a Roma a la postulación pidiendo que fuese elevado a los altares.

Juan se ofreció a sí mismo por la santificación de la Iglesia y la unidad de los cristianos, y alentó a todos a la vivencia del rigor evangélico. Junto con su proverbial caridad, asentada en su oración, pervivió la gratuidad en todo lo que hizo. De hecho, quería que sus hijos realizaran su misión en «donde nada hay, humanamente, para recibir». Solo les pedía «humildad, escondimiento total, abandonada por entero y totalmente en la divina Providencia; no pedir nada, rezar mucho; que nadie pague; prohibido todo tipo de publicidad; no conferencias, no reuniones de beneficencia, no agradecimientos públicos, porque Dios no necesita estas cosas y Él se ocupa de esta Obra que es totalmente suya. Nosotros busquemos almas, solamente almas».

Enfermo de gravedad y sabedor de que Pío XII se hallaba agonizante, puso a los pies del Padre su vida por él. Dios le escuchó. Murió el 4 de diciembre de 1954, mientras el pontífice salía adelante y le sobrevivía cuatro años más. Al conocer el postrer gesto de caridad que había tenido, Pío XII lo calificó como «campeón de evangélica caridad». Por su parte, el cardenal Schuster ordenó cincelar este epitafio sobre la tumba de Juan que sintetiza su grandeza y el impacto de su admirable virtud y quehacer apostólico: «Resplandeció como un faro luminoso en la Iglesia de Dios». Juan Pablo II lo beatificó el 17 de abril de 1988, y él mismo lo canonizó el 18 de abril de 1999.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Estamos en ADVIENTO

Reflexión de hoy

Lecturas


Aquel día, se cantará este canto en el país de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte, ha puesto para salvarla murallas y baluartes: Abrid las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti.
Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua: doblegó a los habitantes de la altura y a la ciudad elevada; la humilló, la humilló hasta el suelo, la arrojó al polvo, y la pisan los pies, los pies del humilde, las pisadas de los pobres.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.»

Palabra del Señor.

Profeta Sofonías

Sofonías es el noveno de los profetas menores del Antiguo Testamento que dio nombre a uno de los libros más pequeños de la Biblia. En tan sólo tres capítulos, el profeta da cuenta a los israelitas de los planes de Dios y anuncia el juicio divino contra Judá.

SOFONÍAS, EL PROFETA DEL PUEBLO

El autor del libro aparece bajo el nombre de Sofonías en el mismo inicio de la obra: Palabra del Señor que recibió Sofonías, hijo de Cusí, hijo de Godolías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías, en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá (So 1, 1). El título del libro con esta presentación nos ofrece prácticamente la totalidad de los datos de su persona. En la versión original hebrea de la obra el nombre del profeta es Sefanyá. Fue la traducción latina de la Biblia –la Vulgata– la que adoptó el nombre de Sofonías como el oficial que ha llegado hasta nosotros.

En la presentación de la obra que acabamos de leer se presenta ál autor como una personalidad destacada. La lista de antepasados que ofrece refleja el alto rango de su figura. Esta fórmula generacional (toledot) parece situar al profeta Sofonías como un descendiente del rey Ezequías, aunque no tenemos ningún otro dato que confirme o desmienta esta posibilidad.

SOFONÍAS, EL PROFETA ESCRITOR

La personalidad de Sofonías tenemos que situarla en el comienzo del reinado de Josías, es decir, hacia el año 639 a.C. Estamos en un tiempo en el que la vida religiosa del pueblo de Israel parecía pasar por los momentos más bajos como consecuencia de una degradación de la piedad y del culto religioso. Esta situación social hizo que Sofonías se convirtiese en un polémico profeta dispuesto a denunciar las deformaciones religiosas que se estaban viviendo, así como la falta de compromiso social y el desinterés de los más ricos por las situaciones de pobreza por las que atravesaba el pueblo en aquellos momentos. Muchos han considerado las palabras de Sofonías como las armas más fuertes que pusieron las bases para conseguir la gran reforma religiosa del año 621 a.C. (2Cro 34, 8-35, 19).

Todo parece indicar que la obra en su conjunto es el resultado del trabajo de un mismo autor. El libro de Sofonías cuenta únicamente con tres capítulos. Es, por tanto, uno de los más breves de la Biblia y podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que todo el escrito forma una unidad literaria bien configurada con sus respectivos apartados.

SOFONÍAS, EL PROFETA APOCALÍPTICO

Por estas razones políticas, sociales y religiosas, Sofonías se dispone a proclamar de manera profética la inminente llegada de un juicio divino en el que Dios reclamará a cada uno según sus acciones y la conducta que ha llevado. La amenaza del «Día del Señor, como el momento en el que se pondrá en marcha el juicio universal, se convierte en el contenido esencial de la obra y hace de sus palabras un escrito de carácter apocalíptico. Junto al libro de Daniel y el de Malaquías, la profecía de Sofonías es considerada la obra apocalíptica por excelencia del Antiguo Testamento. Su permanente mirada al futuro, las expectativas mesiánicas y proféticas que ofrece y su alto contenido simbólico doctrinal, nos permiten situar esta obra dentro del marco de la literatura apocalíptica judía. Algunos especialistas consideran el libro de Sofonías uno de los primeros escritos de este estilo literario y llegan a definir a su autor como el padre de la apocalíptica literaria.

La obra en su totalidad parece tener unos destinatarios precisos y concretos. Si bien desconocemos la intencionalidad del autor que lo llevó a escribir estas líneas, podemos afirmar que existió una comunidad judía para la que fueron escritas estas letras de forma particular. El carácter apocalíptico de la obra refleja la decepción de los miembros creyentes de esa comunidad que se vieron defraudados ante las esperanzas escatológicas anunciadas. Probablemente el mismo Sofonías fue una de las causas que llevaron a esta comunidad judía a adquirir unas esperanzas que, con el paso del tiempo, no se cumplieron y que llevaron al profeta a escribir su obra.

SOFONÍAS Y EL JUICIO DE LAS NACIONES

El anuncio de la llegada del «Día del Señor» se convierte en el eje escatológico de toda la obra y, al mismo tiempo, en la característica profética más destacada del libro. Dios se presentará en un momento de la historia. El tiempo se detendrá y con su venida el pueblo de Judá será objeto de un enjuiciamiento. Este carácter judicial de Dios convierte la obra de Sofonías en un tratado de escatología judía que irá describiendo el final de los tiempos, como un juicio final lleno de símbolos metafóricos.

El anuncio del juicio de las naciones o juicio universal aparece representado a través de la proclamación del ««Día del Señor». La intención de Sofonías es conseguir la conversión de todo el pueblo a través del miedo que produce un castigo que será tan terrible como el diluvio: Voy a barrerlo todo de la superficie de la tierra, oráculo del Señor. Barreré hombres y ganados, barreré aves del cielo y peces del mar; haré perecer a los malvados, eliminaré a los hombres de la superficie de la tierra, oráculo del Señor (So 1, 2-3). El miedo a este juicio final es la única vía que considera el profeta para la salvación de Jerusalén y de un pueblo que vivía sumergido en medio de la idolatría y apostasía.

El carácter apocalíptico y escatológico del «Día del Señor» parece estar dirigido directamente hacia los más ricos, excluyendo del sufrimiento a los pobres y a todos los que han experimentado ya en su vida las injusticias de la sociedad que está criticando el profeta. La confianza en Dios, la fidelidad a la alianza y a la tradición de los antepasados son los elementos que serán tenidos en cuenta en ese juicio anunciado. Ese anuncio de la llegada del «Día del Señor» como el momento en el que se inicia el juicio a las naciones se convierte en un verdadero y muy serio aviso a Judá para que busque su propia conversión e instaure la justicia como norma de conducta.

SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA SALVACIÓN

Sofonías era de esas personas que parecen verlo todo negro en un primer momento, pero después son capaces de descubrir lo positivo que hay en todas esas situaciones de conflicto. Para Sofonías, la destrucción es como una limpieza que da paso a la salvación. Su capacidad de descubrir las situaciones de injusticia en la sociedad es la misma que tiene para reconocer que, pese a todo, la imagen de un Dios justiciero es, en el fondo, la de un Dios misericordioso y bondadoso. El anuncio de salvación definitiva parece estar dirigido a un grupo amplio y con unas características determinadas. De esta manera, la salvación se promete a los pobres, a los humildes y todos los que han vivido las mayores situaciones de injusticia social: Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor (So 3, 12).

SOFONÍAS Y EL RESTO DE ISRAEL

A esta capacidad paradójica, en donde se mezcla lo negativo con la esperanza de salvación, Sofonías da noticia de la aparición de una nueva forma de vivir la fe, de una selección popular que convertirá a los creyentes en el nuevo pueblo elegido por Dios. De alguna manera, Sofonías da lugar a la creencia en un doble pueblo, en el que, por un lado, estarían los que permanecerían fieles al mensaje de Dios y, por otro, los que se mantendrían al margen de conservar la tradición de los antepasados. La aparición del «resto de Israel» incluye la presencia de Dios en medio del pueblo: El Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal (So 3, 15). Es como si el profeta se convirtiese en el fundador de un nuevo pueblo, dispuesto a vivir en fidelidad a su compromiso con Dios, como si Sofonías fuese el instaurador de una nueva manera de vivir y expresar la fe del pueblo: El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete (So 3, 13).

SOFONÍAS, EL PROFETA DEL «DIES IRAE, DIES ILLA»

En la parte final de la obra, Sofonías anuncia una serie de promesas de salvación que ponen de manifiesto el poder misericordioso de Dios ante su pueblo elegido. En medio de este anuncio recurre a un canto de marcado carácter litúrgico que muchos han querido identificar como una adición literaria posterior. La literatura cristiana medieval comenzará a utilizar este canto en la misa de difuntos como el 'Dies irae, Dies illa»> (So3, 14-20). La llamada al arrepentimiento en medio de la amenaza es el centro de la misión del profeta. La recuperación de la fidelidad a Dios es el único camino para la salvación: Antes que decida aventaron como paja en un solo día, antes que caiga sobre vosotros la ardiente ira del Señor, antes que os sobrevenga el día de la ira del Señor (So 2, 2).

SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA ESPERANZA

En cierto sentido, el libro del profeta Sofonías, al anunciar el juicio de las naciones, parece uno de los libros más oscuros, fuertes, violentos y agresivos de toda la Biblia; sin embargo, en un sentido más profundo es el más consolador de todos los libros que se han escrito sobre el mundo: Dios ofrece su victoria de amor a los justos perseguidos; el sufrimiento de la historia se convierte en gozo, en promesas de salvación, en vida y plenitud que nunca acaba. Por eso, los buenos creyentes —tanto judíos como cristianos— se han consolado siempre leyendo, meditando y explicando el contenido de la profecía de Sofonías.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Estamos en ADVIENTO

Reflexión de hoy

Lecturas


Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo
lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba.
La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
«Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.»
Los discípulos le preguntaron:
-«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?»
Jesús les preguntó:
-«¿Cuántos panes tenéis?»
Ellos contestaron:
- «Siete y unos pocos peces.»
Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.
Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

Palabra del Señor.

Beato Juan Ruysbrockio

Ruysbroeck, el pueblecito donde vino al mundo este gran contemplativo, está cerca de Bruselas, y en torno a Bruselas se deslizó toda la vida del Doctor Admirable, vida más rica de iluminaciones internas que de claridades exteriores, sin ruidos, sin luchas, sin estridencias, sin trastornos: una infancia sencilla en un hogar cristiano y humilde; una adolescencia entregada al estudio de la gramática al lado de un santo sacerdote; desde los treinta años, el ejercicio oscuro del ministerio sacerdotal, y, en la vejez, el llamamiento de la gracia, que le lleva al convento agustiniano de Vauvert. Por aquellos días la cofradía de los Hermanos del Libre Espíritu conmueve con sus doctrinas los centros religiosos de los Países Bajos. La madre de la secta es una mujer singular, llamada Bloemardina, que escribe, discute, dogmatiza y dirige los espíritus, considerada por todos como una profetisa. El fondo de su enseñanza se resume en este principio: «El perfecto está libre de toda ley moral.» Ruysbrockio la refuta, la confunde y la relega a la oscuridad.

Desde este momento las miradas se vuelven hacia el oscuro sacerdote. Viene luego la publicación de sus libros místicos. El ornamento de las bodas espirituales transporta de admiración a todos los doctores. Siguen los Cánticos, el libro de la Contemplación, el de los Siete grados del amor. A Vauvert empiezan a llegar ilustres peregrinos que recogen las palabras caídas de sus labios y se marchaban alegres con su tesoro. Llegan el conde y el labriego, el fraile y la beguina, el escritor y el predicador. Un día es el sabio dominico Juan Taulero, que recogerá y ampliará la doctrina del maestro de Vauvert; otro día, el austero reformador Gerardo Groot, fundador de los Hermanos de la Vida Común. Groot y Ruysbrockio tenían largas conversaciones.

—Padre—decía Gerardo—, yo admiro la sublimidad de vuestras obras; pero, ¿no teméis la mordedura de la envidia y la calumnia?

—Maestro Gerardo—respondía el místico—, no escribo nunca si no siento en mí el soplo del Espíritu Santo o una presencia singular de la Trinidad Santísima.

Más tarde, escribiendo a los religiosos de Vauvert, decía Groot: «Encomendadme, os ruego, al Padre Ruysbrockio. No he encontrado en la tierra objeto digno de tanto amor y de tanta reverencia. Mi alma está unida a la suya. Él es quien me ha enseñado la vida. De él he recibido la prudencia y el discernimiento de las cosas divinas. ¡Oh, si yo pudiese llegar a ser, en el tiempo y en la eternidad, el escabel de los pies de Ruysbrockio!»

El maestro Gerardo recordaba, sin duda, las maravillosas intimidades de la vida de su amigo. Ruysbrockio vivía en constante comunicación sensible con el mundo superior: visiones, éxtasis, apariciones, coloquios con los bienaventurados. «Es más fácil para mí—decía él mismo—levantar el alma a mi Dios que la mano a mi cabeza.» Cuando sentía la luz de la inspiración, penetraba con sus tablillas de cera en la espesura del bosque, y allí, sentado en el suelo, escribía las cosas maravillosas que pasaban por su espíritu. Al fin de su vida, ciego ya, se hacía acompañar por un Hermano, a quien dictaba sus pensamientos. Y sucedió una vez que, arrebatado por la dulzura divina, Ruysbrockio se quedó en el bosque un día entero. Ansiosos los Hermanos, salieron a su encuentro, y habiendo visto un árbol inundado de luz, corrieron a él; y, efectivamente, allí estaba el monje, sentado en una rama y enajenado como un ebrio.

Puesto en aquellas alturas de la contemplación, en la cima de una montaña más alta que las nubes, todavía se acuerda de los que allá en el fondo levantan los ojos con afán de subir. Recibía a todos los que preguntaban por él, y gozaba hablándoles de Dios. Nadie se le acercaba sin sentirse inundado de alegría. Era algo abandonado en sus hábitos, pero su rostro estaba siempre vestido de luz divina. Iba al trabajo con los demás Hermanos, pero tenía la costumbre de llevar siempre un rosario, que le recordaba el principio de que la oración debe ser el alma de toda actividad exterior. «Tenía—dice su biógrafo—la sabiduría en la palabra, la piedad en la acción, la humildad en el gesto, y en todo, la integridad de las virtudes.» Era dulce y amable para todas las cosas y todas las personas. Los mismos animales participaban del torrente de su compasión. En el invierno, los Hermanos, que conocían su inmensa bondad, se acercaban a él y le decían: «¡Oh Padre! Mira cómo nieva. ¿Qué va a ser de los pobres pájaros?» Y el sublime contemplativo tomaba las debidas precauciones para que las avecillas no pereciesen. Cuanto más le aislaba la mano de Dios en las misteriosas regiones de su comunicación, más se abrían sus ojos a las necesidades de la vida y a las miserias de los hombres. Cuanto más subía, más se prodigaba; cuanto más se alejaba por la contemplación, más se acercaba por la compasión. Puro, alegre, libre y tranquilo durante su vida, recibió la visita de la muerte sin miedo ni ansiedad. Sus últimas palabras fueron aquellas del salmo: «Como el ciervo busca las fuentes de las aguas, así mi alma corre hacia Ti, oh Señor.»

Dionisio el Cartujano solía decir que entre los que, explorando la luz divina, han ido a buscar un asilo a la sombra sagrada del gran altar, el más grande, después del Areopagita, es Juan Ruysbrockio. Si el seudo Dionisio presenta la luz, el místico de Groenendael enciende la hoguera; los dos ciegos por exceso de luz, inmóviles por su misma ligereza. Desde la montaña donde habitan inclinan la cabeza para hacerse oír. Descienden con las tablas de sus libros hasta la multitud, pero su patria es el silencio majestuoso de las alturas. Lo que allí ven es lo inefable, pero hacen esfuerzos desesperados para decírselo a sus Hermanos, y sus balbuceos sublimes nos emocionan. Del estilo de Ruysbrockio se ha dicho que se parece a un océano que se inflamase de súbito. Tiene grandeza y precisión a la vez; exactitudes matemáticas y gracias musicales. Es aéreo como una melodía y riguroso como una estrella. Su regularidad se funde en un mismo esplendor con la libertad de sus movimientos. Ni la audacia le arrebata, ni le entorpece la seguridad. Pocas veces la metafísica del misticismo ha encontrado un intérprete que declare los fenómenos y el progreso de la unión con tanta delicadeza, con tanta claridad, con un lenguaje tan sencillo, tan suave, tan casto, tan lleno de poesía. Esa palabra, rica de imágenes, se nos antoja una selva virgen. Hay profundidades, barrancos, cimas, precipicios, valles, montañas, tempestades, abismos, oscuridades, relámpagos, negras sombras y temblor de estrellas. Pero sobre este mundo de luz y de tinieblas flota una serenidad divina, que alegra y conforta al viajero.

Hay escollos, ciertamente, en esos mares; pero el místico flamenco, piloto experimentado, los señala con precisión. Quietistas y panteístas abusaron de sus expresiones; pero unos y otros están igualmente condenados en sus obras. Distingue con claridad las perfidias más sutiles del error. Presenta la contemplación como una paz verdadera, pero activa, muy distinta del reposo engañador que preconizaban los Hermanos del Libre Espíritu. Pero ni su precaución es fría, ni seco su análisis; un fuego penetrante abrasa sus palabras: «La acción de Dios—dice, anatematizando el panteísmo—no, nos confiere con Dios ni la unidad de esencia, ni la de naturaleza, sino la del amor. Sin embargo, somos felices al sumergirnos en este amor inmenso, en esta tiniebla sagrada, en esta noche negra sin dimensión. Esta noche negra es la luz inaccesible en que se repliega la naturaleza divina. Por la virtud del amor somos abismados en su poder, y allí nos perdemos, no sustancialmente, sino por un sentimiento de alegría. La esencia de Dios es increada; la nuestra, creada; el abismo es infranqueable; la distinción, eterna, a pesar de todos los esfuerzos del amor. Si nos perdiésemos sustancialmente, sin conocimiento y sin amor, seríamos incapaces de bienaventuranza. Nuestra esencia es una inmensa soledad, un vasto desierto, donde Dios vive y reina.»

Mientras se abrasa, Ruysbrockio sigue enseñándonos su ciencia misteriosa y sublime. ¿Quién mejor podrá explicarnos el fuego que el que vive en el horno? Y él se mueve en una atmósfera de llamas gigantes, con cuya luz distingue el verdadero sentido de todas las cosas. Así puede llegar a la cima del mundo sin perder de vista las sombras que se mueven allá en el fondo del valle. Y si aquella grandeza crea en su espíritu algún desdén, es únicamente el desdén sagrado de sí mismo.

martes, 1 de diciembre de 2015

Estamos en ADVIENTO

Reflexión de hoy

Lecturas


Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados.
Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.
La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey.
El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús:
- «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el
Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
- «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

Palabra del Señor.

San Edmundo Campion

Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: Este es Campion, el jesuita sedicioso... Lo llevan a Londres como criminal. Había sido traicionado... Unas millas antes de llegar se les comunica la orden de maltratarlo y ridiculizarlo para deleite de la plebe y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la cabalgata... Delante de todos el vizconde de Bark con el bastón blanco de la justicia: en seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes firmemente atados entre sí. A la zaga de toda la caravana, en el lugar de honor, no podía faltar el Iscariote... A medida que desfilan, el populacho vitupera al jesuita. Ya pasa el apóstata: ovaciones, vítores. Y Jorge Elliot, el traidor, sonríe... (¡Ay de ese hombre que más tarde, como su modelo, terminará con muerte desgraciada su vida infeliz!... )

Es el mes de julio de 1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde lo presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio. Le interroga el canciller, le hacen preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad, honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca la supremacía pontificia de la reina. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas tienen un tono tan persuasivo que revelan una vez más al formidable scholar oxoniense.

De improviso se presenta Isabel en persona. El prisionero se inclina saludando a su reina: "¿Me reconoce como a su legítima soberana?" "Sí, majestad." "¿Cree que el obispo de Roma tiene poder para deponerme?" "No me toca erigirme en juez y pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más cuanto que los más versados en la cuestión son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" Lo demás que se dijo en esta entrevista permaneció secreto, por expresa voluntad de la reina.

Pero... ¿qué importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra venía a interrogarle?

El primer encuentro había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford a fin de pasar por primera vez unos días con su corte entre los estudiantes de la célebre Universidad. La visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando tranquilamente. El tercer día correspondió el homenaje a los profesores, entre los cuales fue elegido como "orator" el scholar de Oxford más brillante de su generación, un apuesto joven de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo Campion. La reina, que se complacía en dominar a los hombres de talento, le escuchó con honda satisfacción, le felicitó calurosamente y lo recomendó a la protección del canciller. Dudley, en nombre de la soberana hereje, le prometió su patronazgo y le hizo los más lisonjeros ofrecimientos. ¡Pobre Campion!...

Ya en 1553, María, la hija de Enrique VIII y doña Catalina de Aragón, había entrado solemnemente en Londres. Para declamar el discurso de bienvenida habían escogido los maestros a Edmundo Campion, que tenía entonces trece años. El garbo y la vivacidad del niño encantó a los circunstantes, de manera que Thomas White lo tomó bajo su protección y lo llevó consigo a Oxford para educarlo. Correspondió el éxito a las esperanzas. Descolló como discípulo, lúcidamente coronó sus estudios, brilló en buena lid como maestro, fué autor, luego se le nombró primer orator, después proctor y más tarde llegó a ocupar otros cargos insignes en aquella Alma Mater. A su alrededor se agruparon multitud de estudiantes, sobre los que su personalidad amable ejerció un influjo sabio y comprensivo: sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo hasta en su manera de hablar, en sus ademanes y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas... Este era el hombre que la nueva iglesia anglicana necesitaba entre sus filas.

Pero Campion, el gran humanista, casi por instinto rechaza la herejía, Mas, para desgracia suya, traba amistad con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en 1564 presta el juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún, seducido por las promesas del de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del hereje. Al tomar las manos del falso obispo siente aquel infeliz diácono el acicate mordaz de su conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma por la infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado con "el signo de la bestia"... La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se confiesa con un sacerdote católico y se reconcilia con la Iglesia.

En tales circunstancias se ve obligado a salir de Oxford para poner a salvo su vida y recobrar la tranquilidad de su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570 Su Santidad Pío V fulmina la excomunión contra Isabel, y sus súbditos quedan liberados de la obligación moral de obedecerla. Se expiden entonces contra los católicos por todo el reino severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como "papista", y tiene que andar huyendo hasta que logra volver a Inglaterra.

Llegado a Londres, pasa algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes. Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas les da alcance; de todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte... Hecho, pues, prisionero, es devuelto a Dover para ser remitido a Londres: pero éste se escapa y acude a unos amigos, que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente, donde pasará los próximos nueve años. En el seminario inglés de Douai (Francia) obtiene su grado en Teología y recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero a Campion le atormenta el recuerdo de aquel diaconado... Y el convertido desconfía de sí, pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente, disciplinadamente. Su corazón se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia. Sólo así podrá hacerse digno del verdugo y de la horca por su Dios. El 25 de enero de 1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de entrar en la perseguida y heroica Compañía de Jesús... Recibido en el noviciado, se le destina a la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578, recibe la unción sacerdotal en Praga de Bohemia.

El 18 de abril de 1580, con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros, entre ellos tres jesuitas: Roberto Persons—nombrado superior—y Edmundo Campion, a quienes se añade el hermano Ralph Emerson como compañero. Llegan a St. Omer. Mas el mismo día de la partida de Roma, un espia del Gobierno de Isabel enviaba al ministro Walsingham los nombres y señales de los peregrinos. Así que, sin ellos saberlo, ya todo puerto, todo paso está vigilado por espías sagacísimos para impedir la entrada de ningun jesuíta. Dondequicra se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses quieren descorazonar a los Padres anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande que su arresto inmediato parece inevitable. Mas Persons se decide por la accion inmediata. A él, que es el superior, y a quien no falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del Canal.

Disfrazado de capitán, aguerrido veterano de Flandes, el aire marcial, bien estudiados ademanes, haciendo honor a su uniforme, zarpa el barco de Calais En Dover, nuestro capitán se presenta cordialmente al capitán del puerto y le ruega que al llegar en un barco próximo un mercader irlandés de nombre Mr. Patrick, muy amigo suyo, con un criado, se lo envíe inmediatamente a Londres para que no pierda una ocasión propicia de vender sus mercancías... Un saludo militar, promesa de ser correspondido, y Persons sigue a la metrópoli. Por su parte Mr. Patrick con su criado esperan en Calais viento favorable. El 24 de junio cruzan el Canal, y en Dover el padre es aprisionado inmediatamente, porque "Mr. Patrick, dicen los espías, no es Mr. Patrick, sino el doctor Allen..." Campion insiste en que no es Allen y está dispuesto a jurarlo. El alcalde de Dover no le cree. Da orden de llevarlo al magistrado supremo de Londres. Insiste Campion en que no es Allen. Insiste el alcalde en no creer. Los caballos están listos. Campion se encomienda a Dios. "Cuando menos lo esperábamos, refiere Campion, se presenta un anciano. a quien Dios bendiga, y nos dice: Están ustedes libres; váyanse en paz". "Nosotros, prosigue el misionero, nosotros salimos corriendo inmediatamente." Pero no... Campion se vuelve y va tan fresco a alquilar las bestias que les tenían preparadas, y así terminan el viaje más seguros y aprisa... Llegados al Támesis, varios jóvenes católicos les están esperando; mudan cabalgaduras, corren a alojarse en casa de George Gilbert, cambian el disfraz y sale Campion transformado en un caballero de los de daga al cinto, sombrero de anchas alas, pluma al aire, espuela de oro y galgo corredor... Minutos después busca alberque en el barrio de la Cancillería, en la propia casa en que mora el jefe de la policía donde está viviendo el "capitán" Roberto Persons...

En Londres, aquellos jóvenes que han servido de introductores de Campion hacen correr secretamente la voz entre los católicos de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el Pontificado. Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer muchas almas, los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes... Ia santa misa..., todo como en las catacumbas... ¡Cien mil conversiones en un año! Cuando en hora mala sabe Isabel y sus ministros la increíble audacia de los jesuitas de penetrar en el Reino, ¡cuanta ira, qué poner precio a su cabeza! Y el misionero de Cristo no tiene otro recurso que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.

El padre Edmundo, acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días compone en latín su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se ofreció a disputar con sus adversarios... Los ejemplares son repartidos de mano en mano entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación que juran los herejes no descansar hasta no dar con aquel jesuita sedicioso.

Persons, Camplon y el hermano pasan algunos días juntos. Persons—como presintiendo algo—renueva sus instancias a Campion de no acceder a todas las súplicas que en el trayecto se le presenten, y señala a Emerson como superior en lugar suyo. El padre Edmundo y su compañero llegan el día siguiente a una posada al caer de la tarde. Varios caballeros católicos, con pretexto de caceria por esos parajes, vienen a fin de hablar con él y confesarse. Le suplican volver al castillo de Lyford, donde pasó la noche anterior. Emerson resiste al principio, pero al fin consiente en la vuelta de Campion.

Más de sesenta católicos se reúnen aquel domingo, 16 de julio. El padre se prepara para el santo sacrificio; en el grupo de hombres hay uno de tantos. No tiene la contraseña, pero tanto insiste que por excepción se le abre la puerta... Jorge Elliot, infame criatura, por un homicidio había estado a punto de ser atormentado en el ecúleo, y para librarse había apostatado de la fe y prometido un crimen mayor: el de traicionar al jesuita Campion y traer otros sacerdotes al suplicio... Terminada la misa (la última misa), parte Elliot, como Judas, a hacer pronto lo que piensa... De repente, alarma. El castillo está rodeado por un escuadrón de caballería. Elliot y un oficial con cien soldados penetran en él. ¿Escapará el jesuita? Dos días de intensa búsqueda; todo en vano. Rabioso Elliot va a salir; al bajar las escaleras golpea como por descuido el arco de la puerta; siente que resuena profundamente: ¡ha dado con el escondite!... Los tres sacerdotes ofrecen su vida a Dios. El infeliz apóstata grita loco de felicidad. Se ha merecido las treinta monedas... Campion se entrega al traidor, el cual lo pone en manos del gobernador de Bark. Un correo parte inmediatamente a Londres. Tres días después llega la respuesta; como un vulgar asesino es llevado a la capital entre doscientos soldados...

Encerrado en un calabozo de la Torre, después de la entrevista con la reina, se le conduce al tormento. Campion ora unos instantes de rodillas. Fortalece su pecho con la señal de la cruz. Los verdugos le despojan de sus vestidos; se le dispone en la rock (ecúleo). Comienza la tortura: ¡horror, crueldad, agonía!..., se va descoyuntando el cuerpo; se quiebran los huesos; se desgarran los nervios, demasiado tensos... La angustia del mártir en el rostro... Los jayanes siguen impasibles su faena. Chirría llorando la máquina del tormento... El héroe, lívido, invoca a Dios y no cede. Lentamente van pasando las horas interminables, y el mártir extendido..., perdonando a los autores de sus penas. Se suspende un instante la tortura para volver a comenzar de nuevo y volver a suspenderse y volver a comenzar. Y ahora sí, los doctores protestantes quieren disputar con él sobre cuestiones de fe; con fortaleza inalterable confunde a sus enemigos y les echa en cara su herejía. No se dan por vencidos los herejes; les queda un recurso todavía: el del tormento. Y otra vez comienza la tortura... En manos ajenas es llevado a su prisión, donde tendrán lugar otras tres disputas por orden expresa del Consejo. Pero Campion rebate gloriosamente a sus adversarios...

Por fin, el 16 de noviembre de 1581 se sentencia contra él pena de muerte en la horca por crimen de lesa majestad, por haber predicado la religión católica y por traidor. Cuando estuviere expirando se le bajará del patíbulo y, abierto el vientre, se dispersarán las entrañas, se le sacará el corazan con el grito de ¡He aquí el corazón de un traidor!, y se le arrojará al fuego; luego de cortarle la cabeza se descuartizará su cuerpo, que se repartirá en diversos lugares para escarmiento de todos.

En el calabozo, Elliot se le acerca para pedirle excusas. El padre lo perdona y le da cartas de recomendación a ciertos señores de Alemania... La mañana del 1 de diciembre entran los verdugos para llevarlo junto con el jesuita Briant y el padre Sherwin. Al salir los mártires encuentran aparejadas dos esterillas de mimbre atadas a sendos caballos y una multitud de pueblo reunida porque se habia hecho correr el rumor de que Campion se había enterrado un puñal en el corazón. Al verlo aparecer quedan atónitos. Él los saluda con amabilidad. Extendido boca arriba sobre su esterilla, los jayanes del suplicio lo aseguran fuertemente; y a los compañeros entre si. Arrastrados a la cola de los caballos avanzan por las calles de Londres. Llegan al Tyburn, donde está levantada la horca. Le señalan el carromato. Sube a pie firme. Le echan al cuello la saga de nudo corredizo... Murmullo de los espectadores; luego, un silencio... Un consejero de la reina le exige la pública confesión de sus traiciones. "Si ser católico, responde el jesuita, es ser traidor, me confieso tal. Pero si no, pongo por testigo a Dios, ante cuyo tribunal voy ahora a presentarme, que en nada he ofendido a la reina, a la patria o a nadie por que merezca el titulo o la muerte de traidor..." Y luego, justificándose de otras calumnias, puesto en oración reza el Padrenuestro y el Avemaría. Y para testimoniar que da su vida por la fe verdadera, suplica a los católicos presentes que reciten el Credo mientra él expira... Tiran del carro, y el Beato Edmundo Campion queda suspendido de la horca... Era el 1 de diciembre de 1581. Tenía cuarenta y un años de edad. Había nacido en Londres el 25 de enero de 1540.