jueves, 5 de junio de 2014

San Bonifacio – Obispo y Mártir

Apenas había pasado un siglo desde que los discípulos de San Gregorio Magno habían desembarcado en Inglaterra y ya la isla de los piratas se había convertido en isla de los santos. Había santos reyes, vírgenes inflamadas en el amor de Cristo, ascetas que dejaban atrás a los solitarios de la Tebaida, sabios monjes y figuras magníficas de obispos. Había, sobre todo, apóstoles. El fuego del apostolado consumía a los nuevos convertidos y los empujaba lejos de su tierra. Pensaban en los pueblos del otro lado del mar, en aquellos sajones que tenían su misma sangre y hablaban su misma lengua y no conocían a Cristo. Los jóvenes que ingresaban en las escuelas monásticas, si estudiaban la retórica, era para adquirir el arte de persuadir y exponer la verdad; si investigaban el sentido de las Sagradas Escrituras, era para enseñárselas a sus hermanos transmarinos; si se ejercitaban en los rigores de la Regla, era para templar su espíritu, para prepararse a los trabajos, a las fatigas y al martirio.

Entre todos aquellos misioneros, el más ilustre es Bonifacio, el gran anglosajón, el apóstol de Germania. Nacido en el reino de Wessex, creció desde los siete años en el monasterio de Nutscell. A los veinte era ya un maestro famoso, que los abades se disputaban para dar a sus monjes la enseñanza religiosa y profana. A los cuarenta quieren hacerle abad; pero él cree llegado el momento de lanzarse a la predicación de la fe. Llega a Frisia lleno de entusiasmo, pero en la hora menos favorable. El duque Radbodo acaba de aniquilar las cristiandades nacientes, y persigue a los misioneros en toda la región. El monje anglosajón no quiere perder tiempo; pasa el Rin, atraviesa el reino de los francos; llega a Roma y se presenta al Papa Gregorio II con una carta de su obispo, Daniel de Winchester. El Papa le recibió benévolamente, examinó su doctrina, se informó de su pasado y le dio una carta en que decía: «Los piadosos deseos de tu celo inflamado en Cristo, y las pruebas que me has dado de tu fe, exigen que te llamemos a participar de nuestro ministerio para la dispensación de la palabra divina. Sabiendo que desde la infancia has estudiado las sagradas letras, os ordenamos que llevéis el reino de Dios a todas las naciones infieles que halléis en vuestro camino, y que, en espíritu de virtud, de amor y de sobriedad, derraméis en las almas incultas la predicación de los dos Testamentos.»

Armado de estos poderes, el misionero atravesó la Lombardía, llegó a Baviera, y habiendo sabido la muerte de Radbodo, se dirigió a Frisia para ponerse a las órdenes de San Wilibrordo, apóstol de aquella región. Trabajó a su lado algún tiempo; pero cuando el viejo obispo le propuso hacerle heredero de su dignidad episcopal, huyó a esconderse en los bosques de Turingia. Pronto se vio rodeado de un grupo de cristianos, resto de cristiandades organizadas por misioneros celtas y deshechas por la persecución y por la guerra. Los paganos mismos se acercaban a oírle, y muchos de ellos recibían el bautismo de sus manos. Cruzó luego el país de Hesse y avanzó hasta las fronteras sajonas, siempre con el mismo éxito. A fines del año 723 estaba de nuevo en Roma. Había ido para dar cuenta al Pontífice de los felices principios de su empresa y para consultarle sobre las dificultades que iban surgiendo en la misión. El Papa le consagró obispo de todas las tierras septentrionales, cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio y le envió al campo de su apostolado. Al pasar por Francia, el misionero se detuvo en la corte de Carlos Martel, donde sólo vio indiferencia, escándalos, corrupción, prelados, cortesanos, adúlteros y homicidas elevados a las órdenes sagradas, y falsos doctores, que, imitando a los maniqueos, prohíben los alimentos permitidos. El gran obispo tiembla ante la grandeza de la obra que va a acometer. Le aterra el aislamiento. Se vuelve hacia los monasterios de Bretaña, en que su juventud había encontrado tantas luces y consuelos; escribe a su obispo Daniel, «según la costumbre de los hombres, que cuando el pesar les cerca, buscan fuerza y consejo en aquellos cuya sabiduría y amistad conocen».

Y el obispo le contesta alentándole con el ejemplo de los apóstoles y los mártires, enseñándole a confiar en otro príncipe más poderoso que los de la tierra y prodigándole los consejos de su experiencia para la conversión de los paganos. «No la emprendas—le decía—contra las genealogías de sus falsos dioses. Déjales que repitan que sus dioses nacieron los unos de los otros, por el abrazo del esposo y de la esposa. Trata, sin embargo, de convencerles que esos dioses y diosas, nacidos de un nacimiento humano, no son más que hombres, y que habiendo comenzado a existir, no existieron siempre. Convendrá comparar de cuando en cuando sus supersticiones a nuestros dogmas, sin palabras despectivas, a fin de que queden confusos más que exasperados. Les describirás también la grandeza del mundo cristiano frente a lo poco que ellos representan. Y para que no se jacten del imperio inmemorial de sus ídolos, les dirás que los ídolos fueron adorados en toda la tierra hasta que la tierra fue reconciliada con Dios por la gracia de Jesucristo.»

Meditando estos sabios consejos, penetró Bonifacio otra vez entre las tribus paganas de Hesse y Turingia. Aquella dulzura, aquella discreción, aquella tolerancia con sus tradiciones nacionales, unidas a una vida austera y a una palabra elocuente, encantaron a aquellos bárbaros. Fueron muchos los que abjuraron sus errores. Otros, no obstante, sin mirar con odio al extranjero, seguían sacrificando a los árboles y a las fuentes, consultaban el canto de las aves y practicaban sus sortilegios y adivinaciones. Entonces el apóstol resolvió derribar un árbol gigantesco que los paganos llamaban la encina de Thor y que se alzaba en medio del campo de Geismar. Para defender aquel símbolo de un culto secular, había acudido una multitud innumerable de bárbaros, dispuestos a matar al enemigo de los dioses. El obispo apareció entre ellos sin la menor muestra de temor, se dirigió hacia el árbol sagrado, y a los primeros golpes se desencadenó un furioso vendaval que arrojó la encina por tierra. La multitud, estupefacta, vio en aquel suceso un signo de la voluntad de Dios y pidió el bautismo.

El número de los fieles se aumentaba, surgían las iglesias, acudían los catecúmenos, y el misionero empezaba a sentir la necesidad de otros colaboradores. Nuevamente dirigió su mirada hacia sus hermanos de Inglaterra. Escribió a los obispos, a los abades, a las santas mujeres que gobernaban los monasterios de monjas, dándoles cuenta de su penuria, de la insuficiencia de sus sacerdotes, de las solicitudes de su responsabilidad episcopal. «Para el que ha sido llamado al ministerio de la palabra—les decía—, es muy poco vivir santamente: si se avergüenza o tiene miedo de ir tras los hombres extraviados, perecerá con aquellos que perecen por el silencio.» Pedía ornamentos sacerdotales, campanas y libros: sobre todo, libros. Debían buscar para él en los archivos de los conventos las cuestiones de San Agustín de Cantorbery y las respuestas de San Gregorio Magno, las Pasiones de los mártires, los comentarios de los Padres sobre San Pablo, un volumen de los Profetas, todo de una escritura clara y sin abreviaturas, «como convenía para sus ojos cansados por la vejez». La abadesa Eadburga recibió el encargo de transcribir las epístolas paulinas con letras de oro, «a fin de honrar las Santas Escrituras ante los ojos carnales de los paganos». Los monasterios anglosajones respondieron con generosidad a aquel llamamiento. Al poco tiempo, el apóstol se vio rodeado de una multitud de discípulos, colonizadores entusiastas, hombres de reconocida habilidad en todas las artes, escritores, lectores y maestros. Tras ellos vinieron también las mujeres: viudas, vírgenes, madres, hermanas y parientas de los misioneros, deseosas de tomar parte en sus peligros y en sus consolaciones. Entre ellas estaba Lioba, «insigne por su amor a Cristo, admirable por su celo, bella como los ángeles, emocionante en sus discursos, sabia en las Escrituras, erudita en los santos cánones». Y aquellos germanos feroces, que poco antes sólo en la sangre hallaban su alegría, se arrodillaban ahora a los pies de estas dulces maestras.

Pero no bastaba convertir a aquellos hombres, siempre dispuestos a volver a sus falsos dioses, a la rapiña, a la vida errante; era preciso arrancar de sus corazones las raíces del paganismo, más tenaces que las de la encina sagrada de Geismar. Para esto organizó Bonifacio la jerarquía episcopal, lanzó a sus discípulos en todas direcciones y estableció grandes monasterios, como los de Friztlar, Hersfeld, Fulda, Bischoffein, que debían garantizar la persistencia de su obra y ser, en las tierras evangelizadas, centros misionales, núcleos de vida estable y civilizada, refugio de los operarios evangélicos, focos de cultura, granjas agrícolas, puntos estratégicos de aquella conquista espiritual, graneros, escuelas y organismos industriales. Él mismo recorría el país, bautizando y predicando infatigablemente. Aún conservamos una colección de homilías en que se descubre la palabra viva y clara del apóstol, pero recogidas en latín para servir de modelo y como de manual a los sacerdotes encargados del ministerio. Al leerlas nos figuramos estar delante de aquellos neófitos groseros, tan ignorantes de las cosas humanas como de las divinas. Al hablar del misterio de Navidad, Bonifacio empieza diciendo que cuando nació Cristo había una gran ciudad que se llamaba Roma, y un jefe poderoso, llamado Augusto, pacificador de la tierra. Las grandes fiestas del año le dan ocasión para resumir en pocas palabras, pero con mucha sencillez, claridad y con calor, las principales verdades de la fe y los deberes más importantes de la vida cristiana. «Escuchad, hermanos míos—decía a los recién bautizados—y meditad atentamente qué es lo que acabáis de abjurar en el bautismo. Habéis renunciado al demonio, a sus obras y a sus pompas. ¿Cuáles son las obras del demonio? Son el orgullo, la idolatría, el homicidio, la calumnia, el odio, el perjurio, la fornicación, el adulterio y todo lo que mancha al hombre; son el robo, la embriaguez, el falso testimonio, las palabras vergonzosas, las querellas; son los sortilegios, las hechicerías, la creencia en los magos, en los hombres lobos y en el poder de los amuletos.»

Pero al mismo tiempo que propagaba la fe en aquellas regiones, en que nunca habían entrado las legiones romanas, Bonifacio pensaba en las iglesias que quedaban detrás de él, en las iglesias del reino de los francos, cuyos desórdenes, cuya desorganización, cuya anarquía le llenaban de pena. Se veían obispos que empuñaban la espada para vengar una injuria de familia en combate singular, y volvían luego tranquilamente a ofrecer el Sacrificio incruento. En las provincias del Rin parecía abolido el cristianismo, y los ídolos ocupaban en las iglesias el lugar de los santos. El arrianismo reaparecía en Baviera, inmigrantes africanos propagaban los dogmas maniqueos, y un irlandés llamado Clemente recorría las tierras de Suiza y el Luxemburgo predicando contra los Santos Padres y las tradiciones de la Iglesia. Había obispos de origen sospechoso, sacerdotes sin misión, siervos tonsurados, escapados de las tierras de sus señores; clérigos que salían, tambaleándose, de sus infames orgías para leer el Evangelio al pueblo; o administraban el bautismo después de haber inmolado el sacrificio del macho cabrío al dios Thor. Un seudoprofeta arrastraba a las muchedumbres distribuyendo reliquias, haciendo milagros fingidos, consagrando iglesias en su honor y leyendo una carta que, según decía, le había traído del Cielo un arcángel.

Esta situación alarmante llenaba de inquietud a Bonifacio. La tiranía de los grandes, la corrupción de los eclesiásticos, la audacia de los herejes y aquella mezcla extraña de errores gnósticos, de aberraciones místicas y de residuos paganos se le presentaban ahora como un enemigo más terrible que las idolatrías de los bárbaros del Báltico. Se necesitaba una represión enérgica; y éste va a ser el objetivo de su tercera misión. En 738 aparece de nuevo en Roma, acompañado de una multitud innumerable de francos, bávaros y anglosajones, que no quieren separarse de él un solo momento. El Pontífice y el pueblo romano le reciben en triunfo; visita las grandes iglesias de la cristiandad y vuelve armado de todos los poderes, con cartas para los príncipes, con órdenes precisas para los obispos y con facultad omnímoda para reformar, organizar y reconstituir la jerarquía en las tierras sujetas a los francos. Y empieza su obra con la misma actividad que cuando tenía treinta años. Pasa de Franconia a Baviera, de Austrasia a Neustria; reúne concilios en Septines, en Soissons, en Saizburgo; crea nuevas provincias eclesiásticas; depone obispos concubinarios, degrada sacerdotes intrusos, prohíbe a los clérigos el traje laico, la compañía de las mujeres, el uso de las armas, de las jaurías y de los halcones; prescribe a los monjes la observancia de la regla benedictina, renueva las penas de los cánones antiguos, prohíbe el incesto, el adulterio, la venta de esclavos y las viejas prácticas paganas. Todos los fieles debían saber la oración dominical y el símbolo, y en el momento de convertirse estaban obligados a renunciar «al demonio, a la comunión del demonio, a las obras y palabras del demonio, a Dunar, a Woden, a Saxnot y a todos los espíritus impuros que están con ellos».

En 748, Bonifacio considera terminada aquella restauración y establece su residencia en Maguncia; pero desde allí sigue velando por todos los intereses de la Iglesia. Creador de un mundo nuevo, legislador religioso de un Imperio, no olvida nunca su nombre católico. Su mirada parece fija en todos los puntos de la cristiandad. Se acuerda, sobre todo, de las iglesias de su patria, y con cartas admirables mantiene en ellas el fervor de la vida cristiana. Escribe al rey Etelbaldo, juguete de sus pasiones, con el acento del padre que sólo piensa en convertir al pecador. Le elogia primero por sus limosnas y su anhelo de justicia, pero se aflige al saber que un príncipe tan magnánimo deshonra el lecho conyugal con toda suerte de infamias. Le recuerda con gravedad de teólogo las amenazas de la Sagrada Escritura; le cita el ejemplo de los viejos sajones, entre los cuales la mujer adúltera se ve obligada a ahorcarse por su propia mano; le representa los castigos que la espada de los sarracenos acaba de hacer en España, y continúa: «Ten cuidado de que tu pueblo no se arruine con el ejemplo del que le gobierna. Porque si la nación de los anglos, según se dice en Francia, en Italia y hasta en los países paganos, vive una vida digna de Sodoma, sabed que de las entrañas de las prostitutas saldrá una raza degenerada, abyecta, de instintos perversos, inútil para la guerra, infiel a su palabra, abominable a los ojos de Dios y deshonrada ante los hombres.»

Vibra aquí el acento del patriotismo, la energía del apóstol y la prudencia del anciano. Nada de aquella debilidad que se ha reprochado al santo misionero. San Bonifacio sabe condescender, cuando las circunstancias lo exigen, pero sin apartarse nunca de la línea del deber. «Seamos firmes en la justicia—escribe a un obispo—, preparemos nuestros corazones a la prueba, confiando en Aquel que ha puesto la carga sobre nuestros hombros. Muramos, si Dios lo quiere, por las leyes santas de nuestros padres, a fin de merecer con ellos la herencia de la eternidad.» Este hombre, a quien se ha representado como un instrumento ciego de los Papas, a quienes importunaba continuamente con sus consultas, reveladoras—dicen—de un carácter apocado, no dudaba en reclamar enérgicamente contra los abusos de la cancillería romana y en estimular el celo de los Pontífices para suprimir ciertas costumbres de sabor idolátrico que se practicaban en Roma. «Que vuestra paternidad—escribía al Papa Zacarías—se digne disipar mi rudeza sobre este punto, a fin de evitar a la Iglesia, a los sacerdotes y al pueblo cristiano el dolor de ver nacer escándalos, cismas y errores nuevos. Porque si los hombres carnales, que nada saben, los alemanes, los bávaros, los francos, ven practicar públicamente en Roma lo que nosotros prohibimos como pecado, creerán que es una cosa permitida, se escandalizarán y nos considerarán como impostores. Es éste un gran obstáculo a la predicación, según la palabra del Apóstol: «Observáis los tiempos y los días a la manera de los paganos: temo haber trabajado inútilmente en vuestra salvación.»

En medio de tantas solicitudes, Bonifacio no olvidaba nunca las aficiones literarias de su juventud. Bajo el palio del arzobispo palpitaba el corazón del monje que había enseñado la gramática y la elocuencia, ejercitado las reglas de la prosodia y compuesto un tratado Sobre las ocho partes de la oración. El antiguo maestro mantiene ahora una asidua correspondencia literaria con sus discípulos y discípulas de otros días. No se contenta con pedirles libros de liturgia y de teología; se interesa por sus escuelas, por su progreso en la ciencia y por las nuevas obras que van enriqueciendo la literatura eclesiástica. Al obispo de York, Egberto, le pide que mande a Germania algunos de los opúsculos de Beda «el maestro ilustre que la fama le presenta como un espíritu enriquecido con los dones de la gracia divina; enviadnos—añade— esos libros para que nosotros gocemos de la luz que os ha dado el Señor». A cambio de estas obras que los obispos y los monjes sacaban de sus bibliotecas, enviábales él los productos de los países bárbaros: tejidos de pelo de cabra, pieles finas, abrigos para tener los pies calientes. Para los príncipes tenía regalos más preciosos: a Etelbaldo le enviaba un gerifalte, dos halcones, dos escudos y dos lanzas; a la reina, un peine de marfil y un espejo de plata. Todo en esa correspondencia refleja un espíritu delicado, que ni el aislamiento ni el comercio con los bárbaros ha podido alterar. Su estilo es natural, ajeno a la hinchazón de la literatura anglosajona de su tiempo. A veces descubrimos al gramático, y no sin deleite vemos al anciano recordar los juegos literarios de su juventud para felicitar en verso al Papa Zacarías su advenimiento al pontificado.

Pero tanto como en sus propias cartas, su alma se adivina en las cartas que le escribían desde el otro lado del mar. Para las monjas que allá quedaban, Bonifacio tenía toda la grandeza del héroe y del sabio. Le pedían un remedio contra la violencia de la tentación, le consultaban sus dudas interiores, le enviaban sus ensayos poéticos para que los corrigiese. Él, con palabras que revelan la bondad de su corazón, poníalas al tanto de sus conquistas, de sus trabajos y de sus luchas, y las pedía el apoyo de sus oraciones; ellas le hablaban de sus dolores y de sus deseos con toda la impetuosidad propia de aquella raza joven, ganosa de libertad y de fuerza. «No ceso de dar gracias a Dios—le escribía una hija del rey de Wessex—por haberse dignado llevaros tan misericordiosamente a través de tantos países desconocidos. Yo os admiro y os amo, y puedo aseguraros que ninguna revolución del tiempo podrá cambiar el estado de mi alma con respecto a vos. Con el portador de estas líneas os mando cincuenta monedas y un lienzo de altar. Es un don muy pequeño, pero ofrecido con grande amor.» Una monja, Lioba, «la amada», la santa Lioba, la que mereció descansar en un mismo sepulcro con el gran apóstol, le escribía antes de dejar el país natal: «Quiera Dios que, aunque indigna, me sea dado el honor de teneros por hermano, porque ningún hombre de mi familia me inspira tanta confianza como vos. Os envío un regalo para que sea a vuestros ojos el recuerdo de mi pequeñez y el nudo de una ternura que nos una en Cristo para mientras vivamos.» El desterrado de Germania, así se llamaba a sí mismo Bonifacio, contestaba con cartas ascéticas, con discursos religiosos, con poemas sobre las virtudes, en versos hexámetros; siempre amable, siempre agradecido a aquellos arranques de cariño sincero. «Buscad con inteligencia—les decía—dónde está la voluntad de Dios; obrad virilmente con la fuerza que da la fe; pero hacedlo todo suavemente y con caridad; y no os olvidéis de rezar por el último, el peor de todos aquellos a quienes la Iglesia romana ha confiado la predicación del Evangelio, para que cuando el lobo se presente no haga como un mercenario, sino que defienda, a ejemplo del Buen Pastor, la Iglesia católica con sus hijos e hijas contra los herejes, cismáticos e hipócritas.» Tal vez lo más bello en esta correspondencia es ese sentido profundamente humano de la vida, eso que alguien llamaría flaqueza, que nos encanta en los grandes corazones cristianos, como una prueba de que son corazones de carne y no de bronce.

Al examinar los trabajos de este gran apóstol, que igualan en audacia, en constancia y en actividad a las más grandes proezas de la conquista española, nos encontramos, no obstante, con un alma delicada, atormentada de escrúpulos y agitada por las inquietudes. Una y otra vez necesita tranquilizar su conciencia, y éste es el motivo de sus viajes a Roma y el objeto de varias de sus cartas. Se acusa ante el Papa de no haberse podido abstener del trato con los excomulgados, cuando las necesidades de las iglesias le han llevado al palacio de los príncipes. Le inquieta también la suerte de sus discípulos, de aquellos colaboradores abnegados que trabajan en el destierro, a merced de un pueblo semibárbaro. «Son monjes—escribía poco antes de morir—, son sacerdotes, son religiosos que predican la fe y sirven a Dios y enseñan las letras en los monasterios. Su vida en las fronteras de los paganos es muy pobre. Tienen pan, pero no podrán encontrar vestidos ni mantenerse en su puesto sin un consejo, sin un apoyo. Y yo quisiera que alguien velase por ellos, bien sea que tenga que vivir o que morir.»

Estas últimas palabras expresan el presentimiento del fin. No obstante, el apóstol seguía recorriendo los países germánicos. Sus últimos años los consagra a la tierra de Frisia, donde había derramado los primeros sudores. La recorrió en 753, organizando nuevas iglesias. Dos años más tarde quiso tentar un supremo esfuerzo. Tenía setenta y cinco años de edad, estaba enfermo, pero nada pudo detenerle. Puso en manos de su discípulo predilecto, San Lulo, su dignidad episcopal, dejó todas las cosas en orden y se despidió entre sollozos: «Yo me voy—exclamaba—, porque el día de mi tránsito se acerca. Deseo ansiosamente esta partida, y nada puede apartarme de ella. Así, pues, preparad todas las cosas, y en el cofre de los libros colocad el lienzo en que habéis de envolver mi cuerpo.» Tomó consigo algunos clérigos y monjes, y con ellos navegó hasta Utrecht. Habiendo empezado a predicar, muchos miles de hombres y mujeres recibieron el bautismo. Designóse el 5 de junio para la imposición de las manos. El tabernáculo que debía servir de iglesia se había levantado cerca de Dockum, a la orilla del río Burda. Todo estaba dispuesto para el sacrificio: los vasos, el altar, los vestidos pontificales. Faltaba la presencia de los catecúmenos, derramados por las cercanías. En su lugar, empezaron a aparecer hombres armados de lanzas y escudos. A media mañana la llanura estaba cubierta de guerreros. Los pajes, los neófitos y los clérigos corrieron a las armas, dispuestos a defender a su maestro, pero el hombre de Dios apareció a la puerta de la tienda, diciendo: «Dejad las espadas, hijos míos; acordaos que la Escritura nos enseña a devolver bien por mal. Este día es el que yo he deseado siempre, la hora de mi liberación. Sed fuertes en el Señor, esperad en Él, y Él salvará nuestras almas.» Apenas había dicho estas palabras, cuando una muchedumbre de bárbaros se arrojó sobre él y le mató. Después asaltaron las tiendas, derramaron el vino del sacrificio y echaron al aire los libros. Los cristianos recogieron el cuerpo del santo y le llevaron a Maguncia. Junto a él, y teñida con su sangre, se encontró una copia del libro de San Ambrosio sobre las Ventajas de la muerte.

Dios había reservado al gran apóstol una muerte digna de su vida. Nada falta a su gloria: ni el heroísmo del mártir, ni la intrepidez del misionero, ni la grandeza del obispo, ni la austeridad del monje, ni la bella aureola de gracia y de bondad con que supo plegarse a su época para dominarla. No se aisló como San Columbano; se hizo esclavo de todos, recogió todas las buenas inspiraciones, de dondequiera que viniesen, para hacer de ellas una realidad. Esto explica la eficacia de su obra, y aquí está su gloria más alta.

miércoles, 4 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, decía Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
- «Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño.
Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos.
Por eso, estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos.
A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa.
Bien sabéis que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros.
Siempre os he enseñado que es nuestro deber trabajar para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.”»
Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de rodillas, y rezó.
Se echaron a llorar y, abrazando a Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba era lo que había dicho, que no volverían a verlo. Y lo acompañaron hasta el barco.

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:
- «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.
Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo.
Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»

Palabra del Señor.

SAN QUIRINO DE SISCIA

Después de ocho años de persecución, los perseguidores empezaban a cansarse. Los tiranos eran menos exigentes, menos crueles los verdugos y menos vigilantes los carceleros. Los cristianos condenados a las minas podían reunirse después de sus trabajos para cumplir con sus deberes religiosos; surgían las antiguas iglesias a la vista misma de los poderes públicos, y en España, gobernada por el joven cesar Constantino, la paz religiosa había empezado ya. No faltan, sin embargo, todavía ilustres víctimas; y entre ellas es digno de recuerdo, por la belleza de las actas que nos recuerdan su martirio, Quirino, obispo de Siscia, en Panonia. Sabiendo que la policía le buscaba, Quirino abandonó la ciudad, pero descubierto algún tiempo después, fue llevado a presencia de un magistrado municipal que se llamaba Máximo. Procedióse al interrogatorio.

—¿Por qué huías?

—No huía; cumplía sencillamente la orden del Señor, que nos dice: «Si os persiguen en una ciudad, dirigíos a otra.»

—¿De quién es ese precepto?

—De Cristo, que es verdadero Dios.

—Por lo visto, no sabes que los edictos de los emperadores llegan a todos los puntos de la tierra, mientras que ese a quien tú llamas verdadero Dios no podrá librarte de nuestras manos, como no ha podido impedir que cayeses en ellas.

—El Dios a quien adoramos—respondió Quirino—jamás nos abandona; puede socorrernos en todo momento; cuando me cogieron tus gentes estaba conmigo, en este momento me ayuda y me conforta, y es Él quien habla por mi boca.

—Hablas demasiado, como si quisieras eludir la orden de los emperadores; lee sus divinos decretos y obedécelos.

—No puedo obedecer la orden de los emperadores, porque es sacrílega; no puedo inmolar a vuestros dioses, porque no existen. El Dios a quien yo sirvo está en el Cielo, en la tierra y en el mar; está en todo y sobre todo; lo contiene todo, porque todo ha sido hecho por Él y todo está en Él.

—Has vivido demasiado y aprendido muchos cuentos. Aquí tienes el incienso; si te niegas a hacer un acto de piedad, serás atormentado y sufrirás una muerte atroz.

—Los tormentos serán para mí una gloria; y en cuanto a la muerte, si es que soy digno de ella, será el principio de una vida inmortal. Quiero ser piadoso con Dios, pero no con los dioses. No creo en dioses, que no existen, ni quiero quemar incienso en el altar de los demonios. Mi Dios tiene su altar, en el cual se consuma un sacrificio de agradable olor.

—Estoy viendo que con esa locura vas derecho a la muerte. Sacrifica.

—No sacrifico a los demonios; está escrito que el que sacrifica a los dioses perecerá.

Máximo hizo que azotasen al mártir, y después le dijo:

—Reconoce que los dioses del Imperio son poderosos. Si obedeces, serás nombrado sacerdote de Júpiter; si no, te enviaremos al prefecto Amancio, y entonces nadie te librará de la pena capital.

—Yo ejerzo un sacerdocio; soy sacerdote si me ofrezco en sacrificio al verdadero Dios. Habéis maltratado mi cuerpo, pero no creáis que sufro; me alegro de ello. Estoy pronto a tolerar suplicios mayores, para que aquellos cuyo cuidado he tenido en este mundo me sigan a la vida eterna, a la cual lleva este camino tan sencillo.

—Que sea encadenado y llevado al calabozo—dijo el magistrado.

—No temo la cárcel ni los hierros—replicó Quirino—. La luz de mi Dios me acompañará en la oscuridad.

En la cárcel, el obispo convirtió al carcelero Marello y le signó en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. A los tres días le sacaron para llevarle a la presencia del prefecto de Panonnia. Iba encadenado; a su paso, los cristianos, y en especial las mujeres, salían a su encuentro, presentándole manjares y bebidas exquisitas, que él tomaba sonriente y agradecido. El prefecto Amando le recibió en Sabaria, una ciudad cercana al Danubio, donde un año más tarde nacería San Martín, el apóstol de las Galias, y quiso que la audiencia se celebrase en el teatro.

—Dime—preguntó—, ¿es verdad lo que me dice el magistrado Máximo?

—He confesado al verdadero Dios en Siscia—dijo Quirino—; le he servido siempre, le llevo en mi corazón y nadie podrá separarme de Él.

—Me duele—continuó Amancio—humillar a un anciano como tú con las varas; quisiera hacerte entrar en razón benignamente, a fin de que goces de paz en tus últimos años.

—No te inquietes por la edad, que una fe indomable puede hacer más fuerte que todos los suplicios. Mi resolución está tomada, obra tú como te parezca.

—No entiendo—repuso Amancio—. Tu actitud es contraria a la manera de obrar de los hombres. Son muchos los que por evitar el suplicio reniegan de su pasado; tú, en cambio, renuncias al reposo amable en que se deslizaban tus días y corres con ardor a la muerte. Es una locura, créeme; obedece a las leyes romanas y no resistas a nuestros emperadores.

—No puedo obedecer a esas leyes, porque sigo los preceptos de Cristo que yo enseñaba a los fieles; por lo demás, tus razones podrían convencer a ciertas inteligencias débiles que aspiran a prolongar una vida miserable; no a mí, que he sido instruido por Dios en la esperanza de una vida mejor, que ya no teme las acometidas de la muerte. Esa vida es la que yo amo, y a ella me dirijo tranquilamente.

—Bueno—terminó el prefecto—; he perdido bastante tiempo contigo. Quiero hacer en ti un escarmiento, a fin de que los que quieran vivir queden espantados con tu muerte.

Y mandó que le atasen al cuello una rueda de molino y que lo arrojasen al río. Lanzáronle desde un puente; pero él permaneció largo tiempo flotando sobre las aguas, hablando a la multitud y diciéndola que no se doliese por su suerte. Después clavó por última vez sus ojos en el Cielo y se hundió.

Esto era a mediados de junio del año 310, cuando los que habían desencadenado la última persecución empezaban a sentir el peso de la venganza divina. Maximino preparaba en Oriente el veneno que había de necesitar algo más tarde para escapar al suplicio. Galerio se pudría en su palacio de Sárdica con la enfermedad hedionda de los perseguidores: el fuego consumía sus entrañas, gusanos repugnantes corrían por sus carnes y un olor de cadáver salía de su cuerpo vivo. Un perseguidor del siglo II, atacado de la misma dolencia, había dicho estas palabras: «No publiquéis lo que sufro, para que no se alegren los cristianos.» Perú Galerio, cuando vio su cuerpo deformemente hinchado por la parte superior, y por la inferior convertido en un esqueleto, sintió, como en otro tiempo Antíoco, la necesidad de tratar con Dios. Fue un arrepentimiento interesado y cobarde. «Yo restableceré el templo de Dios—gritaba en el paroxismo de los dolores—; yo satisfaré por mis crímenes.» Y acabó por publicar aquel edicto de tolerancia, insolente y suplicante a la vez, en el cual, queriendo cubrir con un lenguaje hipócrita la confesión de su derrota, comenzaba insultando a los cristianos y terminaba pidiéndoles rezasen por él. Entre tanto, Maximiano Hércules erraba a través de la Galia intrigando y conspirando. Perdonado una vez por Constantino, siguió abusando de la clemencia. Fue preciso tratarle con rigor; se le permitió escoger el género de muerte, y acabó colgándose. Sus imágenes fueron destruidas en todo el Imperio. Y con ellas cayeron también las de Diocleciano. Al saberlo, el pobre solitario de Salona corría como loco por las galerías de su morada suntuosa, lloraba inconsolable, se arrastraba por el suelo y se negaba a tomar todo alimento. Había comenzado su agonía; pero estaba .escrito que debía vivir lo suficiente para ver destruida su obra, execrado su nombre y triunfante el cristianismo, «Al mes del edicto de Milán, dice Lactancio, moría de hambre y de tristeza.»

martes, 3 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.
Cuando se presentaron, les dijo:
-«Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos.
Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús.
Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu.
No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas.
Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.
He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver.
Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios.»

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
- «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste.
Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste.
Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo.
Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.
Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos.
Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado.
Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra del Señor.

Mártires de Uganda

Verdes colinas, frescos valles, feraces llanuras, una vegetación opulenta de variadas hierbas y árboles gigantescos, corrientes de agua bordeadas de sotos y praderas, hacen de Uganda una de las regiones más pintorescas que se extienden en el áfrica tropical. Más acá, Zanzíbar; más allá, el lago de Nyanza; arriba, un cielo claro, que nunca se olvida de dar la lluvia en el tiempo oportuno; abajo, el banano, don de Kintou, el rey fabuloso, fundador y legislador del reino de Uganda; el banano, que sirve a los hombres de la tierra, a los baganda, para construir sus chozas, para preparar su bebida y para recoger su mejor alimento.

El sucesor de Kintou en 1885 se llamaba Muanga. Su corte estaba en Mengo. Allí vive con sus pajes y sus guerreros; allí descansa después de sus partidas de caza y sus excursiones bélicas en reinos circundantes; allí da audiencia, en un salón rodeado de patios y jardines, recostado sobre un lecho deslumbrante de sedas y tapices, y sin más vestido que un manto de algodón galonado de oro y plata.

Es un joven de veinte años, que acaba de suceder a su padre, Mutesa, el que visitó Stanley en sus exploraciones africanas. Belleza negra, instintos sanguinarios y alma salvaje. Adora a los loubaté, les sacrifica sus cautivos de guerra, y consulta a los adivinos, vestidos de pieles de mono y de gato montés. Pero tanto como a los hechiceros admira a los Padres Blancos, que unos años antes llegaron de Europa. Les consulta en los problemas difíciles, acude a su ciencia para buscar remedio contra las enfermedades, escucha con curiosidad la exposición de su doctrina y hasta dice a sus gentes que no hay mejor oración que el Padrenuestro. A favor de la benevolencia real, el cristianismo se extiende en torno suyo: muchos de sus pajes acaban de abrazar el cristianismo y son ya miles los bagandas que han abandonado el culto sangriento de los espíritus invisibles.

No tarda en surgir la reacción, representada por los adivinos y un grupo numeroso de los grandes del reino. Unos y otros tienen interés en mantener las tradiciones patrias. Conjuran; resuelven suprimir al rey y poner en su lugar a un hermano suyo. Al frente de la conspiración se pone el primer ministro, Katikiro. Pero los cristianos velan por la vida de su señor. Dos de ellos, José Makasa y Andrés Kagwa, advierten a Muanga del peligro y ponen a su disposición un cuerpo de dos mil guerreros para defenderle. Al primer rumor, Katikiro corre al palacio, cae a los pies del rey, se echa a llorar como un niño y protesta de su fidelidad. Muanga le cree, le perdona y le mantiene en su puesto; y él comprende que la ruina de los cristianos es para él cuestión de vida o muerte. Sus pérfidas insinuaciones fueron transformando poco a poco el ánimo del soberano. La benevolencia da lugar al recelo, el recelo al odio. Con motivo de una indisposición, el rey toma una píldora que le receta el misionero, y poco después se siente peor. «Los extranjeros le han querido envenenar», se dice entre los grupos de la oposición pagana, y el primer ministro consigue explotar el rumor con toda la finura de un hombre civilizado. Además, aquella religión que condenaba los sacrificios humanos; la poligamia, la injusticia y la crueldad, se iba haciendo demasiado molesta. Muanga había advertido que algunos de sus pajes se negaban a satisfacer sus instintos bestiales, y eran precisamente los cristianos.

De pronto, empezó una de aquellas horribles matanzas tan frecuentes en las tierras africanas. En ella el heroísmo de aquellos pobres negros, que a veces despreciamos, rayó a tal altura, que no tienen nada que envidiar a los generosos martirios cosechados por la religión cristiana entre los pueblos civilizados. La primera víctima fue José Makasa, el que había descubierto la conspiración de los paganos. Era uno de los primeros oficiales del palacio; durante algún tiempo, Muanga había tenido tal confianza en él, que le mandó morar al lado de su misma habitación. Ahora, en cambio, aparecía como el primero de los envenenadores, y tenía, sobre todo, el crimen de impedir que los pajes se convirtiesen para el rey en instrumentos de placer. «En adelante—dijo Muanga—no habrá ya dos reyes en mi corte.» Y añadió, dirigiéndose a Mukajanga, que era el jefe de los verdugos: «Corre al tribunal, que se encuentra a la puerta de la villa, y haz reunir la leña necesaria para quemarlo.» Mkasa caminó sonriente al suplicio, limitándose a decir mientras le ataban las manos: «Advertid a Muanga que me ha condenado injustamente, pero que le perdono, y que estoy contento porque muero por la religión.»

El 25 de mayo, al anochecer, volvía Muanga de cazar junto al lago de Nyanza, cuando se le ocurrió preguntar por uno de los muchachos que vivían en la corte, Mwafu, hijo del primer ministro.

—Lo vi en la calle principal con Sebugwawo—dijo uno de los circunstantes.

—Entiendo—murmuró Muanga—; han ido a casa de mi armero Kisulé para aprender la religión.

Y habiendo visto que los dos entraban poco después en el palacio, tuvo con ellos este interrogatorio:

—¿Eres tú, Sebugwawo, el que lleva a Mwafu a aprender la religión?

—Sí.

—¿Y tu, Mwafu, aprendes la religión?

—Sí.

—¿Y te atreves—continuó el rey, dirigiéndose a Sebugwawo—, te atreves a llevar al hijo de mi primer ministro para que le enseñen la religión?

—Te he dicho que sí.

—¿Y no sabes que he prohibido enseñar la religión? ¿No entiendes mis órdenes?

Y, sin aguardar respuesta, tomó una lanza que había a su diestra, se arrojó sobre el cristiano y le dejó sangrante y palpitante a sus pies. Así murió el segundo mártir. Dionisio Sebugwawo era un adolescente de naturaleza delicada y enfermiza, que estaba emparentado con el primer ministro y contaba apenas diecisiete años.

Unas horas después, Muanga celebra Consejo con sus dignatarios. Está nervioso y congestionado; ruge, y sus grandes ojos lanzan llamas de venganza.

—Esto no se puede consentir—dice a sus magnates—; vuestros hijos son unos traidores, se han rebelado contra mí.

Humillados y confusos, aquellos hombres abyectos, acostumbrados a la servidumbre y a la adulación, responden:

—Si eso es verdad, si nuestros hijos son malvados, mátalos; ya te daremos otros que te sirvan mejor.

Alegre al oír estas palabras, seguro de que no peligra su trono, Muanga ordena entonces una matanza general de cuantos profesan la religión de los Padres Blancos. Ante todo, necesita vengar su autoridad ultrajada, castigar a sus pajes o ponerlos en razón. Un testimonio dirá más tarde: «El rey empezó a odiar a los cristianos porque algunos de ellos se opusieron a sus vergonzosas solicitaciones.» El grupo de aquellos jóvenes generosos tenía un jefe llamado Carlos Luanga. Bello y fuerte, Luanga era el maestro de ceremonias de la corte, y a pesar de sus veinte años, la guardia real obedecía a sus órdenes. Los mismos paganos le amaban por su bondad, y los fieles encontraban en él un dechado, un sostén y un consejero. Gracias a su entereza digna y respetuosa, logró salvar muchas veces la inocencia de los pajes de las agresiones del rey. Fue, sobre todo, el ángel de un niño que se llamaba Kizito y era hijo de uno de los más nobles señores de Uganda. Nunca en el jardín real se había abierto una flor tan graciosa. Kizito contaba trece años, era de una exquisita delicadeza y de costumbres purísimas. Simple catecúmeno, nada deseaba tanto en el mundo como recibir las aguas del bautismo. «Quiero ser hijo de Dios», decía con frecuencia. La vida del palacio le tenía en una inquietud continua. Cuando le invitaban a entrar en el departamento privado del monarca, se estremecía como una hoja, e iba a echarse en brazos de su protector.

Conociendo el peligro que se cernía sobre sus cabezas, los pajes cristianos fueron a consultar sobre la conducta que debían seguir al más respetado de todos los convertidos de Uganda, el armero Matías Kisulé. «Podéis huir—les dijo el anciano—y ocultaros entre vuestras familias; pero si tenéis valor para morir por nuestra santa religión cristiana, yo os aconsejo que volváis al lado del rey.» Y todos aquellos pequeños héroes, prefiriendo el sacrificio a la fuga, se reunieron en torno a su jefe y juraron morir con él. Al llegar la noche, Luanga los reunió a todos en una de las salas del palacio, los arengó y los preparó al combate con la oración. Kizito se acercó a él y le dijo que quería recibir el bautismo antes de morir; y el mismo ruego le hicieron otros tres catecúmenos. Carlos tomó un poco de agua y la derramó sobre las cabezas de sus compañeros, pronunciando las palabras rituales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Parecía una escena de las catacumbas, y, efectivamente, de allí iban a salir aquellos campeones para renovar las gestas gloriosas de los primeros héroes cristianos.

Al amanecer se corrió la noticia por la residencia real, y tras ella vino una orden inquietante: todos los pajes debían ser conducidos a presencia del rey. «Nosotros, los cristianos—dice uno de los que habían asistido a la ceremonia de aquella noche—, nos presentamos con Carlos Luanga a la cabeza. El rey estaba sentado sobre un trono, y a su lado estaba la princesa Nassiwa. Antes de sentarnos saludamos al monarca, diciéndole: « ¿Cómo estáis, señor?» Él se burlaba de nosotros, nos insultaba y decía: «Vaya con los cristianos. Mis perros valen más que vosotros.» Después de unos momentos, el rey preguntó: « ¿Han llegado todos?» «Todos», le respondieron. Entonces mandó que cerrasen todas las puertas, y añadió: «Bueno, que los que rezan vayan a aquel rincón, para que sepa a quiénes tengo que matar.» Al instante, Carlos Luanga se levantó y se dirigió al punto designado; los demás nos levantamos también y le seguimos con alegría. Nadie iba triste. Luego el rey dijo; «¿Han marchado ya todos los que rezan?» Y los que se habían quedado en su puesto, gritaron: «Aquí no reza nadie.» Desconfiando de esta respuesta, el rey dijo a uno de sus oficiales: «Mira a ver si queda alguno todavía.» El oficial descubrió entre ellos a Wasiva, y le dijo: «¿No eres tú también de los que rezan?» «Lo era—contestó él—, pero ya no lo soy.» «Ese engañador miente—gritó el rey desde su silla—. Matadlo; que no llegue vivo a la noche.» Inmediatamente el verdugo se arrojó sobre él y lo llevó. Nosotros nos reímos en nuestro rincón y decíamos: « ¡Desgraciado! ¿Qué cosa le habrá movido a renunciar a la fe?» Después el rey pronunció la sentencia y dijo: «Que todos los que rezan, que todos los que han abrazado la religión, sean atados y quemados.» Los verdugos nos ataron a todos. Serían las once de la mañana.»

Poco después se desarrollaba en el palacio real otra escena no menos admirable. Llamado por el rey, entró en su cámara uno de sus capitanes, Santiago Buzabaliawo, cristiano fervoroso, que en el entusiasmo de su celo propagandista había hecho esfuerzos para convertir a su señor. ¿Eres tú—le dijo Muanga—el jefe de los cristianos? «Soy cristiano—respondió él con dignidad—; pero ese título de jefe no me corresponde a mí.» «Este joven—replicó el rey—quiere hacerse el valiente; al verle, creeríamos que es el mismo Kintou.» «Muchas gracias por el honor que me haces.» «Este es el que se esforzaba por hacerme abrazar su religión.... Verdugos: llevadle de aquí y matadle.» «Adiós —dijo el soldado sin inmutarse—. Me voy al paraíso para rezar a Dios por ti.» Una carcajada inmensa acogió las últimas palabras: «Se ve—dijo el rey—que estos pobres cristianos han perdido la razón.»

Entre tanto, los valientes pajes eran conducidos desde la residencia del rey a la capital del reino, y de aquí a Namugongo. Llegaron al ponerse el sol, precedidos siempre por el prefecto de los suplicios, Mukajanga, que caminaba al son de los tambores, «íbamos uno tras otro—dice uno de los presos que luego salió con vida—. En el camino apalearon y alancearon a uno de nuestros compañeros. Atanasio Badzekuketta, cuyo cadáver abandonaron a las aves. Nosotros nos decíamos unos a otros: Nuestro amigo ha sido un héroe; no ha temido morir por la causa de Dios. Seamos nosotros fuertes como él. Después empezamos a hablar de Dios, manifestando nuestros sentimientos con estas palabras: Hacer la ofrenda de nuestra persona por cumplir una bella acción, y retirarla luego es cosa de cobardes. Para nosotros ha llegado el momento de cumplir lo que habíamos prometido; muramos por Dios.»

Antes de entrar en la cárcel se les juntaron otros dos condenados, el capitán Buzabaliawo y el soldado Bruno Serunkuma. Este último, fuerte muchacho de veinticinco años, había pasado durante el viaje por una granja de su hermano. Devorado por la sed y el calor, no pudo contenerse y gritó en dirección a la cabaña: « ¡Bosa, Bosa, tráeme un poco de vino de banano!» Y al verle venir, añadía: «Ya ves, nos llevan a la muerte; pero vamos al Cielo a coger puesto para vosotros. Una fuente que tiene muchos manantiales no puede agotarse; cuando nosotros hayamos desaparecido, otros rezarán en lugar nuestro.» Bosa, entre tanto, le alargaba el vaso, diciendo: «Toma el vino que pediste.» Entonces Bruno miró fijamente a su hermano, y volviéndose luego hacia el verdugo, le dijo: «Vamos.» Había recordado que Cristo no quiso beber en la cruz, y súbitamente le vino el deseo de imitarle. Y pasó adelante sin beber.

Durante una semana los héroes permanecieron en la cárcel, rezando desde la mañana hasta la noche y dirigiéndose unos a otros palabras de aliento: «Estemos firmes—se decían—; muramos por Jesucristo. Nuestro dolor será momentáneo. No moriremos dos veces.» Llegó, finalmente, el día 2 de junio. Por la tarde los verdugos se reunieron al son de los tambores y al canto de la melodía, que es el distintivo de su respectiva circunscripción. «Cuando vimos que se reunían—dice Dionisio Kamyuka—comprendimos que se acercaba nuestra última hora. No obstante, dormimos muy bien aquella noche. Y si alguno se despertaba, miraba al vecino y le decía: ¿Duermes? Ya sabes; el combate será mañana. Seamos fuertes. Y rezábamos el Padrenuestro y saludábamos a la Virgen.» Al amanecer del día siguiente se presentaron los verdugos, teñidos de arcilla roja y de carbón. Para inspirar más miedo, llevaban en la cabeza y en todo el cuerpo toda suerte de objetos extraños, como collares de azabache, pieles de pequeños animales, plumas de pájaros y amuletos. Los presos caminaban al lugar del suplicio con las manos sujetas a la espalda. Eran dieciséis. Sus conductores danzaban en torno de una manera vertiginosa, tocando panderetas y cantando canciones sanguinarias. Era un rito macabro. El estribillo decía: «Hoy, día de llanto para las madres que han parido a sus hijos.» No pudiendo abrazarse, los presos se miraban, sonreían y se dirigían las dulces palabras que les dictaba la comunidad en la fe y en el sacrificio. La hoguera estaba preparada en el fondo de un valle. Al llegar a ella, el prefecto de los verdugos se acercó a los reos y empezó a golpearles dulcemente la cabeza con un bastón. Este rito tenía por objeto impedir que las sombras de los ajusticiados molestasen al espíritu del rey. De los dieciséis, sólo trece fueron golpeados. Esto quería decir que a tres de ellos se les conservaba la vida. Así lo comprendieron, por lo cual se echaron a llorar, diciendo casi desesperados: « ¿Por qué no nos matáis? También nosotros somos cristianos. Ni hemos renunciado a nuestra religión, ni renunciaremos jamás.» Sordo a sus gritos, el verdugo dio las órdenes para proceder al suplicio de los demás. Entre los perdonados figuraba Dionisio Kamyuka, por quien conocemos muchos de los detalles de aquel drama sublime.

Cuando se encendía la leña, dijo el verdugo a los mártires: «Declarad simplemente que no volveréis a rezar y Muanga os perdonará.» « ¡Oh, no—respondieron ellos—, rezaremos mientras vivamos!» Y continuó el siniestro preparativo. Carlos Luanga fue quemado aparte, a fuego lento. Cuando le llevaban, se despidió de los demás con estas palabras: «Amigos, hasta más ver; nos encontraremos en el Cielo.» Empezaron a aplicarle el fuego en los pies, y poco a poco pasaban a las demás partes del cuerpo. Al mismo tiempo el verdugo le decía: «¡Que tu Dios venga a sacarte de las brasas!» « ¡Pobre insensato—respondía él—; no sabes lo que dices! Ahora no haces más que echar agua sobre mis miembros; cuida de que el Dios a quien insultas no te sumerja un día en el verdadero fuego.» Y añadía con un valor heroico: «Suéltame las manos para que yo mismo pueda atizar la llama.» Entre tanto, sus compañeros cantaban en medio de las llamas. «El fuego—decía Dionisio—se levantó como un torbellino, como cuando se quema una casa. Y cuando empezaron a alzarse las llamas yo oía salir de en medio de ellas el murmullo de las oraciones de los cristianos, que morían invocando a Dios.» El pequeño Kizito, el más joven de aquellos adolescentes, fue uno de los más valerosos. Cuando le arrojaron a la hoguera, seguía sonriendo y hablando a los ejecutores con la gracia de un apóstol y la altivez de un héroe. A sus palabras respondía el que le llevaba al suplicio: «Tú me llamas demonio; tu me dices que el fuego con que fumo el tabaco me abrasará. Ahora es a mí a quien toca quemarte a ti.» El pequeño atleta seguía sonriendo y provocando a sus asesinos.

Quedaba una víctima todavía: era el propio hijo de Mukajanga, el jefe de los verdugos. Se llamaba Mubaga Tuzindé, uno de los que habían recibido el bautismo la noche antes de la prisión. Desde aquel día se habían puesto en juego todos los medios para hacerle apostatar. Pero él respondía siempre: «No es posible; yo soy cristiano y permaneceré cristiano.» Y sus compañeros rezaban por él, para que no les abandonase en la última hora. El padre había esperado que la vista de los preparativos del suplicio quebrantaría su valor. Pero el muchacho permanecía firme. Él mismo se echó a las llamas, y cuando quedó rodeado de ellas: «Ueraba—dijo—; adiós, padre.» «Hijo mío—suplicó entonces el feroz verdugo—, ven, yo te ocultaré en mi choza; nadie pasa por allí y no te encontrarán.» «Padre—contestó él—, yo no quiero esconderme; yo quiero ser fiel a la oración. Por otra parte, tú eres esclavo del rey; si me escondes te matarán a ti; pero, padre mío, tengo miedo al fuego; mátame antes que se encienda más». Mukajanga hizo señas a uno de sus subalternos y volvió la vista. El ayudante levantó al niño y le rompió la nuca con un mazo. Entre los siniestros chisporroteos se oían aún las plegarias de los demás. ¡Ni un grito, ni una lágrima, ni un gemido! Tal fue la muerte de aquellos negros admirables. De repente, el salvaje se levantaba a la más alta gloria del hombre civilizado. No es menos noble la actitud de estos jóvenes africanos que la de los mártires civilizados del Imperio romano. Pertenecen a la misma familia de los mártires de Cristo, y en el Cielo llevan la misma corona. En pocos años el catecismo había despertado entre la barbarie el anhelo de todas las grandezas.

lunes, 2 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó:
- «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?»
Contestaron:
- «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo.»
Pablo les volvió a preguntar:
- «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?»
Respondieron:
- «El bautismo de Juan.»
Pablo les dijo:
- «El bautismo de Juan era signo de conversión, y él decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después, es decir, en Jesús.»
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses habló en público del reino de Dios, tratando de persuadirlos.

En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús:
- «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios.»
Les contestó Jesús:
¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo.
Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo.»

Palabra del Señor.

Mártires de Lyon

Tenemos esa carta admirable «de los hermanos que — habitan en Viena y en Lyón a los hermanos de Asia y de Frigia». Ella nos cuenta las primeras victorias de los discípulos de Cristo en la Galia. Fue en Lyón, metrópoli administrativa y política, centro de una gran confederación de pueblos, a los cuales el genio de Roma daba, si no la realidad, al menos la ilusión de la autonomía. Allí, en torno del altar de Augusto, a la orilla del Ródano, se reunían los sesenta y cuatro delegados de las provincias, planeaban y discutían siempre cosas sin importancia; elegían al sumo sacerdote que había de sacrificar al César por un año, e inauguraban en el anfiteatro las fiestas populares, a la vez literarias y sangrientas, concursos de poesía y de elocuencia, luchas de fieras y de gladiadores, que atraían miles de curiosos desde las orillas del Ebro hasta las del Sena. Esto, siempre el primero de agosto, aniversario de la consagración del altar.

No faltaban tampoco entre aquella concurrencia cosmopolita mercaderes orientales atraídos por la nombradía de los comercios lioneses, sirios que pregonaban sus sedas y tapices, asiáticos de Éfeso y Cilicia, traficantes en joyas, egipcios vendedores de ciencia y de papiro. Con sus mercancías venían los cultos del Oriente, las prácticas del tauróbolo, los misterios de Isis y las teogonías persas y helénicas. El cristianismo se propagaba también, y tan rápidamente, que empezaba a despertar los recelos del patriotismo local. Cuando llegaban los juegos de agosto y Lyón se llenaba de magistrados, sacerdotes, devotos y forasteros de todas las categorías, se hacía intolerable el murmullo contra aquellos hombres misteriosos, que no querían asociarse a los regocijos considerados como gloria de la ciudad. Se les injuriaba, se les apedreaba, se les arrojaba de las termas y del foro y se les perseguía por las calles entre aullidos y desprecios. Las mismas autoridades creyeron deber suyo intervenir para dar la razón al pueblo. El legado imperial estaba ausente, pero los duunviros mandaron detener a los cristianos más conocidos y los encerraron en un calabozo.

Era una medida ilegal, pues desde el primer siglo toda jurisdicción criminal había pasado en las colonias a los oficiales del Imperio. No obstante, cuando el legado volvió a la ciudad, en vez de soltar los presos, mandó que los llevasen a su presencia. Un joven cristiano, de gran familia, llamado Vetio Epagato, que asistía al interrogatorio, viendo las torturas que se hacía sufrir a sus correligionarios, acercóse hasta el tribunal y dijo indignado: «Yo pido que se me permita defender la causa de los reos; puedo mostrar hasta la evidencia que no somos ateos ni impíos.» Levantóse un gran murmullo entre la concurrencia a causa del prestigio que Vetio tenía entre sus conciudadanos. Sin embargo, el juez, lejos de acceder a su petición, preguntóle si también él era cristiano. «Lo soy», dijo Vetio con voz decidida, y el legado mandó agregarle al número de los acusados, diciendo irónicamente: «¡Vaya un abogado que tienen los cristianos!»

Aquella primera audiencia tuvo un resultado desastroso, pues terminó con la apostasía de diez cristianos. El juez pudo enviar a los otros al suplicio, pero tal vez no recordaba el rescripto de Trajano. Quería condenar a unos hombres perseguidos por la furia popular, pero no creyendo suficientes los motivos religiosos, quiso averiguar su culpabilidad en los delitos comunes. Los esclavos de los reos fueron arrastrados hasta el tribunal, y ya los verdugos se disponían a darles tormento, cuando se manifestaron prontos a declarar cuanto se les dijese. Y delataron todos los crímenes que la imaginación popular achacaba a sus amos: «los banquetes de Trieste, los incestos de Edipo y otras enormidades que no podemos decir ni pensar y que no creemos hayan sido jamás cometidas por los hombres». Era preciso arrancar a los presos las mismas declaraciones, y se les extendió en el potro. Dos de ellos sobre todo, y la joven esclava Blandina dieron muestra de una constancia admirable. «Por medio de esta mujer—decían los cristianos de la Galia a los de Frigia—, Cristo ha mostrado al mundo que lo que es vil, infame y digno de desprecio ante los hombres, es noble y grande a los ajos de Dios, que mira el amor fuerte y verdadero, y no las vanas apariencias.» Desde la salida del sol hasta el atardecer estuvo sufriendo los garfios y las ruedas. Los verdugos se relevaban fatigados y admirados de que aquel cuerpo pequeño y débil pudiese soportar tantos suplicios, cuando uno solo hubiera debido acabar con él. «Esta esclava—dice Renán—mostraba al mundo que se había realizado una revolución. La verdadera emancipación del esclavo, la emancipación del heroísmo, fue en gran parte obra suya.» De cuando en cuando, el juez le preguntaba en medio del tormento: «¿Qué dices?» Y ella daba siempre, la misma respuesta: «Soy cristiana y no se hace ningún mal entre nosotros.»

Como la tortura había resultado ineficaz, se acudió a los rigores del encierro: estrechos calabozos, sin aire y sin luz, cepos en los pies, utilizados hasta el quinto agujero; el tormento del hambre y de la sed; la brutalidad de los carceleros, bien aleccionados para producir toda clase de molestias. Los ancianos y los débiles sucumbieron, y entre ellos el obispo Potino, viejo venerable de noventa años, que había manifestado en el interrogatorio toda la grandeza del alma cristiana y sacerdotal. «¿Quién es el Dios de los cristianos?», le preguntó el legado, y él contestó: «Si eres digno, le conocerás.» Al volver a la prisión, la multitud le empujaba y acoceaba, y los que estaban lejos de él arrojaban piedras e inmundicias sobre su cabeza de nieve.

Vino al fin la sentencia, condenando a los supervivientes a diversos suplicios. Cuatro de ellos, Maturo, Santo, Atalo y Blandina, fueron destinados a las fieras. Hubo una gran fiesta en el anfiteatro. Blandina apareció atada a un poste en medio de la arena. Maturo y Santo fueron paseados delante de la multitud por sendos verdugos, armados de látigos; después se les sentó en una silla metálica incandescente, y, finalmente, se les degolló. Entre tanto, las fieras se acercaban a la esclava sin hacerle daño alguno. Irritado de ello, el público empezó a gritar: «¡Atalo, Atalo!» Y Atalo apareció, llevando a la espalda un cartelón que decía: «Soy cristiano.» No obstante, el suplicio fue suspendido súbitamente, con gran decepción de la concurrencia, ávida de sangre. El legado acababa de saber que el mártir era ciudadano romano; tuvo escrúpulos y creyó prudente consultar el parecer de Marco Aurelio, el emperador filósofo.

Un gran número de presos había muerto ya, dos habían sido decapitados, los demás quedaron en la prisión. En la prisión permanecían también los apostatas, tan maltratados como los que habían confesado la fe. El juez debiera haberlos absuelto, conforme a la legislación vigente con respecto a los cristianos, pero ya vimos al principio que no era el aspecto religioso del asunto el que le preocupaba. Y allí continuaban los miserables, humillados, abandonados, ante la alegría de aquellos confesores, «que llevaban las cadenas como una desposada lleva las franjas de oro de sus vestidos nupciales», contemplando con desesperación la actividad serena de los héroes, que en el fondo de su calabozo, en medio de la enfermedad, acosados por la muerte, pensaban en los intereses de la Iglesia universal, se inquietaban por los progresos de la herejía montañista, escribían a las iglesias de Roma y Asia y al mismo tiempo se corregían mutuamente sus defectos, se consolaban con palabras de caridad y de confianza y se advertían amorosamente los excesos, en que algunos de ellos había caído por una austeridad mal entendida. Su única preocupación era la desconfianza que tenían de sus propias fuerzas; con exquisita delicadeza rehusaban el título de mártires; a nadie acusaban, «a nadie ataban», todo lo perdonaban, todo lo excusaban, rezaban por los jueces, se compadecían de los verdugos e invocaban, sobre todo, con lágrimas abundantes, la misericordia divina sobre aquellos que, llevados de la debilidad humana, habían abandonado a Jesús. Y fueron oídas sus conmovedoras plegarias: «con ayuda de los miembros vivos, los miembros muertos de la Iglesia se reanimaron poco a poco; los que habían dado el testimonio se alegraron por aquellos que antes habían rehusado la confesión, y la Iglesia, virgen y madre, concibió nuevamente en su seno a los hijos que le habían arrancado.» Casi todos aquellos renegados volvieron a la fe y se apresuraron para comparecer ante los magistrados con nuevas energías.

Entre tanto, Marco Aurelio recibía el informe del legado lionés. La respuesta podía tenerse por descontada. Ni él ni su corte filosófica miraban con simpatía la nueva religión. A Epicteto los cristianos le molestan, a Galeno le ponen de mal humor, a Elio Arístides le irritan. Más procaz, Celso, que un año después de la hecatombe de Lyón publicaba su Discurso verdadero, se frotaba las manos viendo a los fieles «acosados por todas partes, errantes, vagabundos y próximos a desaparecer». Suyas son aquellas palabras que Minucio Félix recogía en su Octavio: «¿No oís las amenazas? ¿No veis los castigos, las torturas, los fuegos que anunciáis y que teméis, las cruces levantadas no para la adoración, sino para el suplicio? ¿Dónde está ese Dios que puede resucitar a los muertos y que no puede salvar a los vivos?» Marco Aurelio no participaba de los prejuicios del pueblo, ni creía, como sus literatos, que aquellos perseguidos formaban una facción infame, turbulenta, tenebrosa, obscena, seductora de niños y mujeres y entregada a un culto ridículo y abominable. Lo único que en ellos le sorprendía era su facilidad para aceptar la muerte; pero este fenómeno extraño, que él no sabía explicar, bastaba para indisponerle contra ellos. Ni se dignó leer sus libros, ni se prestó a sus más justas reclamaciones, ni prestó el menor interés a las memorias que le presentaban los apologistas. En sus Pensamientos sólo una vez habló de ellos, y sus palabras revelan al mismo tiempo desdén, incomprensión y superficialidad. Meditando, en su campo del Danubio, sobre la muerte, deja escapar esta sentencia: «Disposición del alma preparada siempre a separarse del cuerpo, sea para extinguirse, sea para dispersarse, sea para persistir. Y esa preparación debe ser efecto de un juicio personal, no fruto de un espíritu de oposición, como sucede en los cristianos; debe ser un acto reflexivo, grave, capaz de persuadir a los otros, sin mezcla de fasto trágico.»

La solución imperial, «dura y cruel», según la expresión de Renán, recordaba los viejos rescriptos de Adriano y de Trajano: la pena de muerte para los contumaces y la absolución para los renegados. Ignorante de las novedades que había habido en la prisión, el legado se imaginó que para estos últimos el proceso iba a reducirse a una pura ceremonia: se presentarían ante él, renovarían su declaración y marcharían libres a sus casas. Para acentuar el triunfo de la política imperial, realizóse la audiencia con gran solemnidad delante de una inmensa muchedumbre. No se perdió el tiempo en largos interrogatorios. Todo el que se confesaba cristiano era condenado a la decapitación, si era ciudadano romano, y si no, a las bestias. Cuando llegó la vez a los apostatas, respondieron intrépidamente, con gran sorpresa del legado, de los asesores y de la multitud. La indignación popular se revolvía ahora contra aquellos a quienes consideraba causantes de aquella transformación. Entre ellos figuraba un médico, venido de Frigia, que se llamaba Alejandro, naturaleza generosa, alma ardiente, palabra libre y fácil, que había sostenido siempre con intrepidez la doctrina de Cristo. Con ansiedad profunda acababa de presenciar en pie, a unos pasos del tribunal, la confesión de los lapsos, reflejando su semblante los sentimientos que agitaban su corazón, delatando con gestos, con exclamaciones, con señales de aliento, la parte que le cabía de aquella lucha. El pueblo, al advertirlo, empezó a gritar furioso: «Este es el que ha hecho todo el mal.» Llevado a presencia del juez, no se le pudo arrancar más que esta respuesta: «Soy cristiano.» Atalo y él fueron condenados a las bestias.

Conducidos al anfiteatro, pasaron por toda la serie de tormentos necesarios para satisfacer la curiosidad feroz de las turbas. Alejandro parecía abismado en el pensamiento de Dios: ni exhaló un grito ni pronunció una palabra. Atalo, en cambio, hablaba con los verdugos y con el público. Cuando estaba colocado en la silla enrojecida al fuego y el tufo horrible de sus carnes asadas se extendía por el ambiente, exclamó: «He aquí lo que se puede llamar comer hombres. No, nosotros no comemos carne humana; nosotros no hacemos mal alguno.» A los que le preguntaban cómo se llamaba su Dios, respondía: «Dios no tiene un nombre como nosotros los mortales.» Más conmovedor aún fue el suplicio de la joven Blandina y de un muchacho de quince años que se llamaba Póntice. Uno y otro habían sido llevados diariamente para presenciar el martirio de sus compañeros. Luego se les presentaba ante las estatuas de los dioses y se les invitaba a jurar por ellos. El niño y la esclava se negaron siempre con una constancia admirable. Ahora el niño, sostenido por la virgen, sufrió todos los tormentos con intrepidez. «Jura», le decían, haciéndole pasar por todos los suplicios. Y él contestaba siempre: «No.» «Quedó, finalmente, sola esta bienaventurada Blandina, como una madre generosa que alienta a sus hijos al combate y los envía vencedores al palacio del rey. Siguiendo, a su vez, el camino que ellos trazaron con su sangre, se prepara, alegre, a unirse a ellos, extasiada con el pensamiento de morir, como quien se dirige a un banquete nupcial, no como quien va a combatir con las bestias. En fin, después de haber sufrido los azotes, las fieras y la parrilla ardiente, fue envuelta en una red y la arrojaron a un toro. Lanzada al aire una y otra vez, parecía no darse cuenta siquiera, anestesiada por la fuerza de su esperanza, por la alegría anticipada de los bienes eternos y por la conversación con Cristo. «Jamás entre nosotros, decían los espectadores, ha sufrido una mujer tanto y tan terribles tormentos.»

Tal es el resumen de la carta famosa, en la cual se ha podido reconocer la mano y el genio de San Ireneo. El texto original, sencillo, solemne y lleno de vida, nos conmueve profundamente. «Es uno de los documentos más extraordinarios que poseen las literaturas antiguas — vuelve a decir Renán, a quien citamos porque su testimonio tiene doble valor—. Jamás se ha trazado un cuadro más fuerte del grado de entusiasmo y de sacrificio a que puede llegar la naturaleza humana. Es el ideal del martirio, sin mancha de orgullo por parte del mártir.» Nada de aquel fasto teatral que echaba en cara a los cristianos el estoico coronado. Cada una de sus líneas nos habla de moderación y grandeza de alma, de modestia y de entusiasmo, de humildad y de altivez, de anhelo sublime y sabiduría perfecta, de solicitud por la Iglesia y compasión por los pecadores, de fe tan viva, de tan profunda convicción, que hacía olvidar la violencia del dolor y permitía al cristiano hundirse durante el suplicio en la contemplación sensible de la futura bienaventuranza. Es la cima del heroísmo que se ignora; es la belleza del alma cristiana primitiva, que se presenta ante nosotros grande y serena, como una imagen reflejada en él cristal inmaculado de una fuente.

domingo, 1 de junio de 2014

Domingo 01/6/2014 7º de PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Reflexión de hoy

Lecturas


En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo.
Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
- «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado.
Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
- «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
- «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad.
Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


La ilusión de un joven es ascender, subir siempre más arriba, ser el mejor en su trabajo, en el deporte, en la cultura, en la influencia social...

Pero, a medida que nos vamos haciendo mayores, nos damos cuenta de nuestras limitaciones físicas, intelectuales o sociales.

Nos conformamos con unas metas humanas asequibles a nuestra capacidad y nos acogemos, si somos medianamente inteligentes y sensatos, a la misericordia y a la fuerza de Dios que todo lo puede.

Hay personas que, poseyendo grandes actitudes, se han visto sacudidas duramente por la vida de pobreza, privaciones y fracasos, a menudo provenientes de la falta de oportunidades.

Pero han sabido mantener la dignidad y la compostura, el tesón en el trabajo, la entereza en el dolor, la bondad en la acogida generosa y la entrega sacrificada.

Son personas dignas de admiración y profundo respeto.

Podemos recordar palabras de muchos de nuestros padres y su comportamiento, sin rencores ni envidias:

“¡Que mi hijo sea mejor que yo en todo! Ya que yo no he podido, al menos que él sí!”

Y lo dicen con el sano orgullo de ver crecer a su hijo, al vecino o a cualquier persona allegada.

Sin saberlo nos han puesto una cota muy alta. ¡Ya quisiéramos nosotros mantener su misma dignidad y honradez!

Por desgracia, en nuestra vapuleada sociedad de la competencia y la rivalidad malsana, imperan cauces poco éticos. Nos hemos vuelto egoístas, recelosos, envidiosos y, con frecuencia, rencorosos.

¿Cómo voy a pasar a éste mis apuntes si será mi rival en las oposiciones?

Es más importante buscar el enchufe, trepar con adulaciones, desvirtuar la realidad, salvaguardar las apariencias o comprar “capacidades ajenas” para mantener el poder que no merecemos.

La figura del “trepa”, del que busca tener y aparentar más que ser y ascender por méritos propios, es la nota predominante de una parte de nuestra sociedad farisaica y demagógica.

Nada de todo esto es objeto de glorificación o alabanza.

Sin embargo, La Ascensión del Señor nos confirma y expresa la plenitud de una vida, la de Jesús, que ha sido glorificada y, con ella la de millones de seres humanos, que sentimos que nuestra esperanza no ha sido defraudada.

De esta manera el fracaso se transforma en triunfo y la vida misma, regada por los valores que proyectamos cada día, va poco a poco adquiriendo su plenitud.

La entrega, el sacrificio, la bondad, el amor y las actividades nobles recobran así una nueva dimensión, y no quedan baldías, porque dignifican las relaciones humanas y se glorifican en Dios a través de Jesús.

Mirar al cielo no es quedarse absorto en la contemplación del mismo.

Es ver que Jesús triunfante es el modelo a seguir, imitando su vida y trabajando por sembrar los mismos ideales que sembró el Maestro de Galilea; a saber:

La civilización del amor, que busca el crecimiento constante de la persona a quien se ama.

La denuncia de las injusticias, que obstaculizan el pleno desarrollo de las capacidades y riquezas interiores de cada individuo.

La liberación de todo tipo de esclavitudes, que oscurecen la dignidad de todos los hijos de Dios, que hemos sido llamados a subir a lo más alto, desarrollando en libertad los talentos que él nos regaló al nacer.

No estamos solos: Jesús camina a nuestro lado hasta el final de nuestro itinerario terrestre, como guía que nos lleva al Padre.

Al enchufar la tv o abrir las páginas del periódico, nos damos cuenta de cuán cara resulta a veces la libertad para los que cruzan en pateras el estrecho, entran como polizontes en las costas de los países desarrollados o atraviesan empalizadas policiales en busca de mejores condiciones económicas.

Y lo hacen con un objetivo concreto: un trabajo, una familia, una vida más digna, que garantice un porvenir para sí y los suyos, no porque no se sientan vinculados a su tierra, a la que anhelan volver.

Nosotros tenemos una Patria, una libertad, una familia, un hogar., una razón suprema para vivir y amar:

Una Patria: el Reino de los cielos.
Una libertad: la que Jesús nos ha regalado con su muerte y resurrección.
Una familia: la familia de los hijos de Dios.
Un hogar: la Iglesia, que nos acoge, guía y acompaña.
Una razón suprema para vivir y amar: los hombres, nuestros hermanos, en los que resplandece el proyecto de Dios y, a través, de ellos la presencia del Resucitado, que ha prometido estar con nosotros hasta la consumación de los siglos.

Cuando El nos llame, “lo veremos tal cual es” y alcanzaremos la plenitud en un estado espiritual nuevo que, parafraseando a San Pablo:

“ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman”.

San Anibal María de Francia

Nació en Messina el 5 de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio, Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia infundió en su ánimo la particular ternura y el especial amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su sistema educativo.

Desarrolló un grande amor hacia la Eucaristía, tanto que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental a la que dedicó toda su existencia.

De ingenio alegre y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos, que llegará a ser una característica fundamental de su vida.

Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la ayuda a los pobres».

En 1882 dio inicio a sus orfanatos, que fueron llamados antonianos porque fueron puestos bajo la protección de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo, la de educar de forma integral a la persona teniendo en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios. Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, ¿cómo hacerlo? La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?... Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo... Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas».”

Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar como principio animador de una fundación providencial en la Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.

Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un cuarto voto. Tanto que Di Francia escribió en una súplica del 1909 a S.S PíoX: «Me he dedicado desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio: Rogate ergo. En mis mismos institutos de beneficencia se eleva una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres, de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María, al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de las almas».

Para difundir la oración por las vocaciones promovió numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título «Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a vivir los mismos ideales.

«Es toda la Iglesia—escribe él—que oficialmente tiene que rezar por este fin, ya que la misión de la oración para obtener buenos obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de todas las almas, pero en particular a los obispos, los pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo». La anual Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por Pablo VI en 1964, puede considerarse la respuesta de la Iglesia a esta intuición suya.

Grande fue el amor que tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual, sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una cultura artificial de sacerdotes...». Fue él mismo, el primero, en ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites», se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en dificultad y las monjas de clausura.

Ya durante su existencia terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el 1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el santo que duerme».

Los funerales fueron una verdadera y propia apoteosis, que los periódicos de la época puntualmente registraron con artículos y con fotografías. Las autoridades fueron solícitas en otorgar el permiso de enterrarlo en el Templo de la Rogación Evangélica, que él mismo había querido y que está dedicado precisamente al «divino mandato»: «Rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies».

Las Congregaciones religiosas fundadas por el Padre Aníbal están hoy presentes en los cinco Continentes comprometidas, según los ideales del Fundador, en la difusión de la oración por las vocaciones a través de centros vocacionales y editoriales y en la actividad de los institutos educativos asistenciales a favor de niños y muchachos necesitados y de sordomudos, centros nutricionales y de salud; casas para ancianos y para madres solteras; escuelas, centros de formación profesional, etc.

La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado «insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades vocacionales de la Iglesia.

El Sumo Pontífice, Juan Pablo II, el 7 de octubre de 1990 proclamó al Di Francia Beato y al día siguiente lo definió: «Auténtico precursor y celoso maestro de la moderna pastoral vocacional». Luego, el 16 de Mayo de 2004, fue declarado Santo.