miércoles, 4 de diciembre de 2013

San Juan Damasceno, Obispo y Doctor de la Iglesia

Por la brillantez de su doctrina y la elegancia abundosa de su elocuencia, la tradición apellidaba a San Juan Damasceno "Crisorroas" (Chrysorrhoas), "que fluye oro". Nosotros le religamos a su ciudad de origen al llamarle Damasceno. De hecho "Crisorroas" y "Damasceno" se emparejan. Pues el apodo antiguo surge espontáneo del ejemplo del río Barada, llamado por Strabón "Crisorroas", porque ha creado el milagro de la ciudad de Damasco. Antes el Barada ha retenido su fluir —agua alimentada por las nieves del Antilíbano y por las lluvias—, apretándolo en estrecho cauce, ahondándolo en profunda garganta. Luego se derrama de golpe, pleno, en la llanura, y surge, como por encanto, en medio de un desierto desolador, una maravilla de floración: canales, surtidores, huertos, frutales, árboles incesantes, jardines, los famosos jardines. Damasco es su única ciudad; pero una ciudad única. El Barada se agota en ella. Al salir, cansado y sucio, sólo a veinticinco kilómetros sus aguas se sumen en la tumba sedienta del desierto.

Lo mismo el Damasceno, el Crisorroas. San Juan es el último Padre de la Iglesia de Oriente. Un río abundante alimentado por dos fuentes: la tradición eclesiástica —las nieves perpetuas que reposan en las cumbres altísimas de los Doctores griegos— y la Sagrada Escritura o el fruto del Espíritu Santo, el agua que el cielo llueve. Sabe Juan, porque Dios le ha dado a conocer el misterio cristiano, que esta agua es su única fuerza. Por eso la retiene y la concentra dentro de la más fiel obediencia; le consagra su vida en servicio pleno y perenne. El día que recibe la ordenación sacerdotal, siendo ya monje de la Laura de San Sabas, rubrica su "profesión y declaración de fe", en la que pronuncia, entre otras, las siguientes palabras: "Me llamaste ahora, oh Señor, por las manos de tu pontífice, para ser ministro de tus discípulos". Y luego: "Me has apacentado, oh Cristo Dios mío, por las manos de tus pastores, en un lugar de verdor, y me has saturado con las aguas de la doctrina verdadera." Traslada así al recinto fecundo de San Sabas el símbolo de su ciudad natal. En San Sabas, con una vida repleta de silencio, de oración y de estudio, va apretando su agua en el cauce de la regla de la fe, libre de desviaciones humanas; la ahonda en la garganta de una humildad de serias profundidades. El milagro final es la explosión de su vida y de su obra; una floración feliz, polifacética, síntesis de toda la escuela de los Padres griegos, sumergida en el aire aromático, vivificante de la santidad. Luego, por diversas causas, la floración y el agua que encerraban dinamismo en promesa para influir en toda la historia subsiguiente, se han estancado a corta distancia en el desierto de un desconocimiento extraño, injustificado. Queda sólo el monumento perenne de la explosión, como Damasco, para solaz, ejemplo y servicio del viandante, de este viajero que es todo cristiano en camino hacia la patria.

Vengamos al detalle. Iniciamos de nuevo con Damasco. Un jardín es siempre un sueño para todo el que habita en tierras áridas. Por eso a Damasco convergen esas oleadas nómadas que a principios del siglo VII fluyen del desierto arábico bajo la bandera de la media luna. Se rinde la ciudad al musulmán el año 634. Poco después (661) se convierte en la sede de los califas. Aquí, en este ambiente embriagado de islamismo, nace sólo unos quince años más tarde, alrededor del 675, Juan Damasceno. Sin embargo, su cuna familiar es un oasis de honda raigambre cristiana. A los principios los árabes dejaban cierta libertad a los cristianos: se contentaban sólo con recibir de ellos la aportación de los impuestos. El padre de Juan, Sergio Mansur, ejerce precisamente el cargo de logozeta, es decir, el representante de los cristianos encargado de recoger sus impuestos por cuenta del califa. En su ambiente familiar, noble y rico, Juan recibe una educación esmerada. En su "profesión y declaración de fe" recuerda él más tarde su cuna terrena, a la que contrapone su nacimiento a la vida sobrenatural por el santo bautismo, su participación en los diversas misterios cristianos, su crecimiento en la fe de Jesucristo. Parece que su maestro religioso fue el monje italiano Cosme, cautivo de los árabes, a quien Sergio redimió en su casa para asegurar la formación espiritual de su hijo. Así Juan se va haciendo el "hombre perfecto en Cristo". Su discreción y prudencia le hacen digno de suceder, ya en temprana juventud, a su padre en el cargo de logozeta; pues según las Actas del VII Concilio ecuménico (787), Juan había abandonado sus bienes "al ejemplo del evangelista Mateo": San Mateo era justamente "publicano", o colector de tributos, antes de ser apóstol.

Efectivamente, muy pronto Juan Mansur renuncia a sus posesiones y a su brillante porvenir humano, para seguir de cerca a Jesucristo. No se hace sin sangre la renuncia. Dicen las Actas del VII Concilio que "prefirió el oprobio de Jesucristo a las riquezas de la Arabia, y una vida de malos tratos a las delicias del pecado". Sin duda, la crisis sacude su ardiente juventud. Por ahora, hacia el 710, los califas empiezan a ensañarse con los cristianos. Omar II (717-720) les veda incluso el derecho de ejercer toda función civil. Abundan los mártires. Juan Mansur se encara con la alternativa: o Cristo, o el cargo brillante en la corte árabe. Pero el buen soldado de Cristo no claudica: abandona al mundo y se retira a la Laura de San Sabas, un poblado monástico situado en las cercanías de Jerusalén.

San Sabas es ya en adelante su domicilio habitual. Sale, a veces, por fuerza de apostolado, pero allá regresa siempre como al lugar "verde" de su reposo, donde madura su fecundidad. Aquí la oración y el estudio. La cultura literaria y filosófica que ya poseía, conforme a su rango en el mundo, le permiten iniciarse rápidamente en los misterios de la teología, hasta llegar a ser un maestro acabado. Pronto recibe la ordenación sacerdotal de manos del patriarca de Jerusalén, Juan IV (706-734), de quien él se declara discípulo y amigo íntimo.

Con el sello del sacerdocio la fuerza incontenible de su ministerio y de su santidad se expande luego por los márgenes de Oriente. Juan IV le hace —¡al Crisorroas!— su predicador oficial en la basílica del Santo Sepulcro. Conserva siempre relaciones muy estrechas con el clero de Damasco. En general, todos los obispos, particularmente los de la iglesia siria, acuden a él como al indiscutible doctor, como al defensor incansable de la fe en toda clase de problemas doctrinales, porque a todos abarca con tino certero la privilegiada mente del Damasceno, plena de luz del Espíritu.

Su celo no conoce obstáculos. De su larga tarea espigamos algunos datos más salientes. Lo primero es la herejía iconoclasta. El año 726 el emperador de Bizancio, León III Isáurico, proclama en una bula la prohibición como idolatría, de rendir culto a las imágenes, y consiguientemente su destrucción. Se levanta la Iglesia de Oriente contra la usurpación de sus derechos: el doctor de San Sabas despunta con su pluma luminosa, que ha dejado para siempre su nombre ligado a esta cuestión. Toma, primero, parte en la sentencia de excomunión dictada con los obispos de Oriente contra León Isáurico, el año 730. Pero sobre todo abunda en los tres discursos apologéticos que escribe en nombre del patriarca de Jerusalén. Resume en ellos toda una teología definitiva y perenne de las imágenes. Es legítimo, propugna, su culto, según el uso secular de la Iglesia, que no se puede engañar. Esta es su regla siempre. Distingue luego entre el culto de latría, adoración, que se debe sólo a Dios, y el culto de veneración, que se rinde a la imagen, no por sí misma, sino por lo que representa, y además sólo en la medida de su relación con Dios, lo cual elimina el peligro de desviación idolátrica o supersticiosa, ya que el culto converge siempre en Dios. Ejercen además las imágenes una sana pedagogía, como un libro abierto, legible por todos, que recuerda la lección del ejemplo, de los beneficios divinos y fomenta la piedad.

Luego son todas las herejías conocidas en su tiempo, sobre todo aquellas que atañen a la cristología y a la Trinidad. Casi siempre por obediencia, ante la demanda de los obispos, combate el Damasceno las herejías nestoriana, monofisita, monoteleta. Y no superficialmente, sino con tratados serios, concienzudos. Abarca también su ardiente polémica las sectas no cristianas, como el maniqueísmo (resurgido entonces con el nombre de paulicianismo) y el islamismo, a pesar del enorme riesgo que supone encararse con los dueños políticos de la situación.

Junto a esto, todos sus escritos de orden puramente dogmático. Hablaremos luego. Como vemos, una vida repleta. Al cabo, tras una "ancianidad dichosa y fecunda", al decir de los sinaxarios griegos, entrega su alma a Dios en San Sabas, el año 749.

Dios le ahorraba en vida los latigazos de la persecución, sobre todo de la lucha iconoclasta, que se enfurecería más tarde. Hay, sin embargo, una tradición elocuente. Según ella, León Isáurico, en venganza, le comprometía ante el califa de Damasco, el cual ordenaba cercenarle la mano derecha; pero la Virgen María se la restituía milagrosamente aquella misma noche. Aunque hoy se duda de esta leyenda, retiene ella, sin embargo, todo su valor de símbolo. Símbolo del martirio incesante de una pluma que derrama en el papel el celo de un corazón dolorido por la "solicitud de la Iglesia": por su santidad borrada en las imágenes, por su unidad minada por las herejías, por sus derechos usurpados por el poder civil. El amor a la Iglesia fue siempre su norte, el afán que le empujó a gastar toda la luz de su mente y el amor de su corazón en su incansable tarea apologética y doctrinal.

Como buena señal, los herejes, después de su muerte, se cebaban en su fama. El emperador Constantino V Coprónimo (741-775) cambió su apellido de Mansur (victorioso) en Manser (bastardo), y obligaba a su clero a anatematizarle una vez al año. El conciliábulo iconoclasta de Hieria (753) decía de él y de San Germán y San Jorge de Chipre: "La Trinidad los ha hecho desaparecer a los tres." Pero pronto Dios volvía por la fama de su campeón. El VII Concilio ecuménico, que canoniza el culto a las imágenes, le grita "memoria eterna", y rectifica la frase: "La Trinidad los ha glorificado a los tres." Muy poco después de su muerte la Iglesia rendía culto a su santidad, y su nombre se insertaba en los sinaxarios griegos.

Y con toda verdad. San Juan Damasceno, pertenece a la raza de los grandes santos que han ilustrado a la Iglesia a la vez con su ciencia y con su virtud. Hablábamos de su amor a la Iglesia. De su amor a Dios, en los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, nunca diríamos bastante. Se advierte a todo lo largo de su obra dogmática, apologética, homilética, como una incesante corriente subterránea. Es el que le hace exaltar con predilección la bondad entre todos los atributos de Dios. La devoción a los santos está escrita en la defensa de las imágenes. De su amor tiernísimo a la Madre de Dios decía algo el milagro de la leyenda. Tenemos, además, señales elocuentes y auténticas: la homilía sobre la Natividad de María, y aquellas tres, cargadas de unción y cariño, que pronunciaba en un solo día, "ya en el invierno de su vida", sobre la Dormición de Nuestra Señora, allí mismo en Getsemaní, donde estaba la tumba vacía de la Virgen. Son, además, testimonios preciosos de la fe que ya en el siglo VIII profesaba la Iglesia en el dogma de la Asunción de María. Esta es la verdadera santidad del Damasceno. Afortunadamente, su vida no ha sido teñida con la adulteración sensiblera de lo sorprendente. Su santidad es sobria, a la vez que irresistible, lo mismo que la luz del Espíritu que le domina; está adherida a las riberas de la fe; cimentada en la humildad, en esa humildad de hondo cauce por la que, a pesar de su sabiduría, habla con sinceridad bajamente de sí mismo en muchos recodos de sus escritos, llegando incluso a juzgarse como un hombre ignorante; orientada al trabajo y al sacrificio en el celo por la salvación de las almas y por el esplendor de la Iglesia.

Los griegos solían celebrar su fiesta el 4 de diciembre. También el 6 de mayo, conmemoración del traslado de su cuerpo, allá por el siglo XIII, desde San Sabas hasta Constantinopla, donde hoy se venera. El 19 de agosto de 1890 el papa León XIII le proclamaba Doctor de la Iglesia, y extendía su fiesta a la Iglesia universal, fijándola el 27 de marzo. Imposible condensar toda esa carga de doctrina que le ha merecido el título de Doctor. Decíamos de su apologética y homilética. Ya sus homilías no se quedan en elegante superficie. Fluye oro. Son ellas, sin duda, su obra más personal. Llevan una enjundia doctrinal que las hace netamente reconocibles, con esa rara virtud de ser abundante y conciso a la vez. Luego, sus escritos polifacéticos. En exégesis, un comentario completo a las cartas de San Pablo, resumido de los grandes exegetas griegos. En ascética, un estudio sobre las virtudes y los vicios y otro sobre los pecados capitales; asimismo la obra Paralelos sagrados, que es una colección de textos de la Escritura y de los Padres, con ingeniosos esquemas, para encontrarlos con facilidad. Sus efluvios descuellan hasta en la poesía. Casi todo el Octoejos, es decir, los ocho cantos del mismo tono correspondientes al oficio ordinario de los domingos en la liturgia bizantina, se debían a su estro. Compuso, además, poesías métricas para Navidad, Epifanía, Pentecostés; poesías rítmicas para otras fiestas, y diversas piezas eucarísticas, entre ellas, tres de preparación para la comunión, bellísimas. La tradición saboreó mucho sus himnos, que, como dice su biógrafo del siglo X, "todavía se cantan y producen a todos un placer divino". Pero, sin duda, su obra maestra es la que lleva por nombre La fuente de la ciencia. Se trata de una exposición del dogma católico siguiendo el símbolo de la fe, y precedida de una doble introducción, filosófica, en la que precisa las nociones que sirven de base al dogma, e histórica, en la que considera la fe a través del prisma de las herejías.

Doctrinalmente, "San Juan Damasceno, es, por excelencia, el teólogo de la Encarnación. Es el misterio que más extensamente le ocupa y del que habla en casi todos sus escritos. Su síntesis es verdaderamente representativa de toda la teología griega anterior" (Jugie). Este es su ingenio característico: el de teólogo que recoge los retazos de la tradición dogmática y los elabora, deduciendo con rigor las conclusiones teológicas. En esto es el pionero, y con mucha antelación, de los teólogos de la escolástica, sobre todo en cristología, con su exposición de los corolarios del dogma de la Encarnación. Igualmente sistematiza los dogmas de la Trinidad, de Dios Uno, de la gracia, los sacramentos, la Iglesia.

Destacamos este último por su importancia histórica. Por entonces el oriente bizantino descuidaba ya un poco su condición de subordinado en la Iglesia católica. Tal olvido, con sus pretensiones, llegaría a producir el cisma que aún lamentamos. San Juan Damasceno no dedicó un capítulo en su obra maestra a este tema tan importante. Tampoco estuvo en relaciones directas con el Papa, porque no le tocó vivir las virulencias de la lucha. Es el teólogo que trabaja en el silencio de su celda. Pero su doctrina es clara y tajante. La Iglesia, afirma con calor, es una sociedad independiente del poder civil; sociedad monárquica, que es, además, la solamanera de asegurar la paz y la unidad, y monarquía no diocesana o parcial, sino universal: descansa en la sede de Pedro —magníficos comentarios de los privilegios del jefe de los apóstoles— y sus sucesores, que deben residir en Roma, donde el apóstol murió en tiempos de Nerón. Los demás obispos y patriarcas son todos discípulos de Pedro, las ovejas que Cristo le encomendó.

Por su síntesis doctrinal se ha dicho que San Juan Damasceno fue para Oriente lo que Santo Tomás de Aquino para Occidente (véase su semblanza el 7 de marzo). Sin duda, la influencia del doctor de Damasco fue muy grande en Oriente, pero más bien como libro de texto. Le faltaron sencillamente esos discípulos que tuvo Santo Tomás para formar la escuela y prolongar la tarea y el pensamiento; por eso sus aguas quedaron estancadas pronto, injustificadamente. En momentos críticos de lucha doctrinal entre Oriente y Occidente, las obras del Damasceno fueron siempre el guía de los católicos contra los cismáticos. Y éstos, al fin, han llegado a olvidarle. Lo comprendemos. Sin embargo, en días en los que se siente, tal vez como nunca, la herida de la escisión de las iglesias, terminamos con el padre Régnon, haciendo votos por que "llegue la hora en que para cimentar la unión entre Oriente y Occidente la Iglesia ponga en la cátedra de sus escuelas La fuente de la ciencia, de San Juan Damasceno, junto a la Suma Teológica, de Santo Tomás. Sería, a la vez, hacer justicia al teólogo de San Sabas, al Padre que cierra la serie de las grandes lumbreras de la Iglesia de Oriente.

martes, 3 de diciembre de 2013

Adviento tiempo de esperanza - GRACIAS SEÑOR -

Un alma recién llegada al cielo se encontró con un ángel. El ángel llevó al alma a un recorrido por el cielo.

Ambos caminaron paso a paso por unos grandes talleres llenos con otros ángeles. El ángel se detuvo frente a la primera sección y dijo: "Esta es la sección de recibo".

Aquí, todas las peticiones hechas a Dios mediante la oración son recibidas. "El alma miró a la sección y estaba terriblemente ocupada con muchos ángeles clasificando peticiones escritas en voluminosas hojas de papel de personas de todo el mundo".

Ellos siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección y el ángel le dijo: "Esta es la sección de empaquetado y entrega".

Aquí, las gracias y bendiciones que la gente pide, son empaquetadas y enviadas a las personas que las solicitaron. El alma vio cuán ocupada estaba. Había tantos ángeles trabajando en ella como tantas bendiciones estaban siendo empaquetadas y enviadas a la tierra.

Finalmente, en la esquina más lejana del cuarto, el ángel se detuvo en la última sección. Para su sorpresa, sólo un ángel permanecía en ella ocioso haciendo muy poca cosa. "Esta es la sección del agradecimiento"   dijo el ángel al alma. "¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí?" - preguntó el alma.

"Esto es lo peor" - contestó el ángel. Después que las personas reciben las bendiciones que pidieron, muy pocas envían su agradecimiento.

¿Cómo agradece uno las bendiciones de Dios?

"Muy sencillo", contestó el ángel, "Sólo tienes que decir, Gracias Señor".

Gracias Señor, por darme el regalo más grande; por enviar a tu hijo unigénito a morir por mis pecados y darme la salvación, la vida eterna por medio de Jesús.

Reflexión de hoy



Lecturas


Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados.
Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios.
La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.
La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey.
El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor,
como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús:
- «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
-« ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

Palabra del Señor.

San Francisco Javier

El 3 de diciembre de 1552 moría frente a la costa china, en una choza de la isla de Sancián, San Francisco Javier.

La noticia de este hecho, que tanto suponía para la marcha de las misiones asiáticas, llegó a Roma casi tres años después. En febrero de 1555, como un rumor no confirmado, en octubre, como un hecho cierto, pero rodeado de tales detalles en cuanto a la traslación del cuerpo desde Sancián a Malaca y Goa, su estado incorrupto y los milagros que se le atribuían, que el nombre de Javier pasó presto a tener esa resonancia apostólica ante el pueblo cristiano que hasta hoy le caracteriza.

¿Quién era aquel misionero y cuáles sus hazañas?

Francisco de Javier, cuyos apellidos debieron haber sido Jassu, Azpilcueta, Atondo y Aznárez de Sada, nació el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, situado en los confines de Navarra, frente a Aragón, a ocho kilómetros de Sangüesa, 54 de Pamplona y uno de las márgenes del río Aragón.

Situación estratégica en la Edad Media, salvando los pasos de la ribera de Navarra al valle del Roncal a través del puente de Yesa, casi en su punto medio.

La familia del Santo era de las más distinguidas del reino navarro. Su padre, don Juan de Jassu o Jaso y Atondo, doctor por Bolonia en ambos derechos, era uno de los principales personajes del país, y unía en sí la rama de los Jassu de Ultrapuertos (hoy Francia) con la de Atondo, del señorío de Idocin. Su madre, María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, provenía de la casa solar del mismo nombre del valle del Baztán, y heredaba de su madre la posesión de Javier, vinculado a su familia por lo menos desde 1263, lo mismo que cierto grado de parentesco con la realeza navarra.

Por eso Francisco de Javier reunía en sí una representación de casi todas las reglones de Navarra, y puede presentarse como un prototipo de sus hijos en el conjunto de sus cualidades distintivas, que la santidad no eclipsó u ocultó, sino que sublimó en rasgos heroicos de un universalismo sin tacha, matizado y punteado con las caracteristicas de su tierra.

Su formación primera dependió principalmente de la abadía fundada por su padre en la parroquia de Javier, lo mismo que de los miembros de su familia en aquel castillo solitario, especialmente de su madre: porque su padre, muerto cuando el Santo contaba nueve años, había estado ausente largas temporadas en Pamplona o en cortes extranjeras por los asuntos del reino.

Fuera de la piedad intensa que bebió en su vida familiar, el acontecimiento que influyó especialmente en la orientación de su carácter y de sus aspiraciones fue la ruina de las instituciones políticas bajo las que había nacido y por las que luchó su familia, y la ruina también de su castillo, rebajado a la categoría de mansión señorial de tipo agrícola, en vez de ostentar las almenas guerreras de sus enhiestas torres. Es indudable que todo ello influyó en su marcha a la Universidad de Paris en 1525, al terminar las guerras en que participaron sus hermanos y al asentarse sobre bases nuevas y duraderas la vida de los Javier, reconociendo el nuevo orden de cosas.

Los once años de Paris, como estudiante primero y como maestro algún tiempo en la Universidad de París (1525-1536), marcaron la etapa decisiva de la vida de Javier.

Hoy se conoce con profusión de datos la vida universitaria parisiense relacionada con el Santo. Conocemos el funcionamiento de sus colegios, divididos por naciones o grandes regiones, y en los que se daba la enseñanza principal, así como los nombres de los profesores y mil detalles de la vida diaria de aquella masa de estudiantes, verdadera ciudad libre dentro del recinto de París.

Los estudios duraban alrededor de once años. Javier escogió el colegio de Santa Bárbara, fundado en 1520 bajo la protección del rey de Portugal, donde concurrían estudiantes de las diferentes partes de la Península Ibérica. Comenzó sus estudios como porcionario, que se pagaba toda la pensión, con un fámulo a su servicio y un caballo para sus deportes y utilidad. Por octubre de 1525 entró en las aulas universitarias, se graduó en Letras en la Cuaresma de 1526, se licenció en Filosofía en agosto de 1530, obtuvo una clase de Filosofía en el colegio de Dormans-Beauvais y prosiguió juntamente sus estudios teológicos hasta fines de 1536, en que partió para Italia con sus compañeros a unirse con Ignacio.

El esquematismo de estas fechas no nos devuelve la enorme complejidad de sucesos trascendentales que tuvo para el menor de los Javier. Por una parte la lucha de las ideas filosóficas y teológicas, atacadas por el naciente protestantismo, que encontró en la Universidad de París uno de sus más fuertes enemigos, y por otra las relaciones con sus compañeros de estudio, especialmente los españoles. Como coronación de todo, su trato con Iñigo de Loyola, que le llevó paulatinamente a desviar por completo el curso de sus aspiraciones terrenas dentro del campo eclesiástico, al que pensaba dedicarse, y abrazar el camino de la santidad personal y del apostolado con el ardor brioso de su sangre y con aquella decisión desconocedora de cambios y vacilaciones en el ideal abrazado en la plenitud de su vida.

Ignacio supo insinuarse en su corazón, a pesar de los recuerdos de luchas pasadas en campos políticos opuestos y de la poca apariencia del incomparable conductor de hombres, que vino providencialmente a vivir en la misma casa y en la misma cámara que el maestro valenciano Juan de la Peña, el angelical saboyano Pedro Fabro y Javier.

Las prevenciones de Javier no pudieron impedir a la larga el acercamiento con Iñigo, que, lejos de oponérsele, le llevó discípulos, le sacó de algún apuro económico y pudo, por fin, penetrar en el interior de aquella alma y comunicarle sus proyectos, sus ideas, su modo de ser.

En 1534 Javier estaba ganado, y, aun antes de hacer el mes de ejercicios espirituales, que le armaría para los duros combates de la vida, se alistó en el pequeño escuadrón ignaciano de los primeros votos de Montmartre, 15 de agosto de 1534.

Javier completó su formación espiritual junto a Ignacio en Italia, ejercitó sus primeros ministerios apostólicos en favor de las almas, gustó más el sentido católico de la vida junto a la cátedra de San Pedro en Roma, y recibió las sagradas órdenes en Venecia. Para coronamiento de estas actividades vivió varios meses en Roma como secretario del mismo San Ignacio, en aquellos tiempos en que estaban estudiando su futuro régimen de vida al ver fallidas providencialmente las esperanzas y planes de su viaje a Jerusalén y su vida apostólica en Palestina. La impresión que guardaron sus compañeros de todos estos años fue la de una santidad incontenible y de una admirable disposición para toda clase de apostolados. Su don de gentes se impuso en Roma y en Bolonia; su heroicidad, en los hospitales, mientras aprendía junto a su padre del alma los métodos del gobierno espiritual.

Los acontecimientos se precipitan ya en la vida de Javier. Doce años le quedan aún para luchar por Dios, y el que hasta ahora ha estado como en segundo plano, hace ahora de pronto irrupción en la vanguardia de los acontecimientos, y en ella se mantiene sin desfallecer hasta su último aliento.

Dios convertiría en realidad los sueños que había tenido aquellos años, de estar evangelizando en las Indias.

Un día se presentó ante Ignacio el embajador de Portugal, don Pedro de Mascareñas, con un encargo de su rey, don Juan III, que señalaría el comienzo de una sólida amistad del monarca lusitano con Loyola y Javier. Deseaba aquel consolidar sus empresas oceánicas impulsando vigorosamente la evangelización de las nuevas regiones descubiertas en la India y el Brasil. Por insinuación de don Diego de Gouvea, regente de Santa Bárbara, de París, que allí había conocido a aquellos compañeros de Inigo y luego se había enterado de sus intentos y actividades en Italia, el rey supo las cualidades y condiciones del grupo ignaciano, sondeó la realidad por medio del embajador en Roma y propuso al Papa su deseo de invitarlos para las Indias.

En pocos días se llega al nombramiento de Javier por Ignacio, comisionados para ello por Paulo III antes de la fundación canónica de la Compañía de Jesús, como sustituto del padre Bobadilla en su destino a la India portuguesa, y al día siguiente de su nombramiento, 16 de marzo de 1540, partía con Mascareñas camino de Lisboa, después de haber firmado unos cuantos documentos acerca de la Orden religiosa que se tramitaba y de la elección de su primer general.

Javier atraviesa Italia y Francia, entra por Fuenterrabía en Guipúzcoa, renuncia a ir a saludar a sus parientes, y por la casa solar de Loyola, adonde llevaba una carta de Ignacio, por Burgos, Valladolid y Salamanca pasó a Portugal. Allí trabajó intensamente en la corte, ganándose la confianza y estima del rey y de muchísima gente durante nueve meses, gracias a sus predicaciones, confesiones y buen ejemplo, y el 7 de abril de 1541 se embarcó para Goa.

En vez de partir como segundo del padre Simón Rodríguez, va como jefe de otros dos, y actúa desde el primer momento como tal. En Lisboa ha perfeccionado su portugués y se ha informado detenidamente acerca de la situación de la India y de sus relaciones eclesiásticas y temporales con la metrópoli. Pero Juan III no quiere enviarle sin amplísimas facultades, y para ello consigue del Papa varios breves pontificios.

Hay que tener presentes esos documentos para poder juzgar de su actuación sin caer en los extremos de los que, al margen de la verdadera historia, pretenden enjuiciar su obra y describirnos su carácter de hombre y de apóstol.

Javier no es un misionero más que va al Oriente a ocupar un puesto cualquiera en un lugar determinado. Su misión y su destino es mucho más complejo.

Va, en primer lugar, como nuncio o legado pontificio. Pero esa nunciatura era de un tipo especial. No se trataba de representar permanentemente a la Santa Sede en alguna corte determinada, sino de revestirle de su autoridad apostólica y de amplísimas facultades espirituales para la implantación, conservación y aumento de las nuevas cristiandades desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el último límite de los dominios o protectorados portugueses en las Indias orientales, y en especial ante el rey de Etiopía. Pero no se indica en los documentos nada de estar en comunicación directa y permanente con la Santa Sede.

Esto influyó en el deseo de Javier de conocer personalmente aquellas nuevas cristiandades, fundadas ya o posibles y ver sobre el mismo campo las posibilidades de dilatar la fe. Su carácter de nuncio, más que ligarle a un sitio, le impulsaba a recorrer, explorar y evangelizar aquel vasto territorio, Algo parecido le sucedía en su cargo de superior de la nueva Orden religiosa en las mismas tierras. Con tan pocos sujetos al comienzo, era él el que debía dar el ejemplo de las virtudes apostólicas y señalar los emplazamientos de los centros misionales.

Y algo parecido podríamos decir con respecto al rey de Portugal, que, prendado de sus virtudes y cualidades, deseaba que fuera una especie de visitador privado y oficioso de la vida religiosa de los establecimientos lusitanos del Oriente. Su correspondencia demuestra cómo eiercitó esta labor, con valentía apostólica por un lado y con escrupulosidad independiente y cautelosa por otro. Aun así no siempre consiguió el auxilio que el rey ordenaba darle a todos sus gobernadores para cosas de apostolado y evangelización.

Francisco llegaba a Goa con la idea de marchar cuanto antes al cabo Comorín y costa de Pesquería, donde el gobernador general que le llevaba en su flota, Martín Alfonso de Sousa, había conseguido establecer una misión de cristianos en un mando anterior. Sousa le habló de la empresa varias veces durante el viaje marítimo, y en cuanto transcurrieron en Goa los primeros cinco meses durante el monzón que interrumpía las navegaciones, pasó a aquella tierra, cuando sus compañeros de viaje dejados en Mozambique llegaban a Goa a continuar las empresas allí por él iniciadas.

En Goa, lo mismo en la primera ocasión que en las otras varias que tuvo que volver a ella para gobernar a los suyos, tratar con las autoridades eclesiásticas y civiles o fundar las primeras casas de su Orden, su celo se impuso en la ciudad con sus predicaciones, catecismos por las calles, plazas e iglesias y su dirección espiritual. Todo esto se comprueba en las cartas de sus contemporáneos: el obispo, algunos sacerdotes religiosos y empleados civiles.

Desde fines de 1542 a 1545 trabajó en aquellas regiones de Malabar y Travancor, su primera gran misión viva. El movimiento de reagrupación de los cristianos, bautismo de neófitos, composición de catecismos, etc., fue extraordinario. El fracaso de sus planes sobre Ceilán, por culpa de algunos mercaderes portugueses, y la noticia de las perspectivas que se abrían para la fe en las Molucas, le determinó a ir allá después de dejar algunos compañeros en la Pesquería.

Pasado algún tiempo junto al sepulcro de Santo Tomás en Meliapur, llegó a Malaca en septiembre de 1545 y evangelizó a toda clase de gentes en la ciudad y contornos durante algunos meses. Siguió al Maluco y misionó las islas de Amboino, Ceram y otras vecinas, cumo luego Ternate, Tidore, las islas del Moro, con igual fruto y conmoción espiritual.

Vuelto a Malaca en 1547 a buscar compañeros para aquella nueva misión, se encontró en aquella ciudad con unos japoneses que le esperaban. Esto varía el rumbo de los acontecimientos, y, arreglados los asuntos de la India, penetra el primero de los misioneros en el Japón, 15 de agosto de 1549, misión que desde el primer momento ejerce en él una especie de fascinación cautivadora.

Vuelve a la India y Goa, visita algunas residencias, resuelve nuevas fundaciones, se entera de grandes noticias de Europa: Trento, Roma, Alemania; recibe el nombramiento de provincial, y en vez de volver al Japón, según había pensado primero, se resuelve por China. Frustra sus intentos de embajada virreinal el capitán mayor marítimo de Malaca y se embarca para Sancián a intentar solo aquella empresa. Una pulmonía corta el vuelo a sus empresas apostólicas cuando apenas cuenta cuarenta y seis años.

Se ha hablado de Javier aventurero, poco constante, impetuoso. Nunca dejó Javier un campo roturado por él sin dejar a otros que siguieran la obra, y de vez en cuando volvía a visitarlo. Atendió al mismo tiempo a otras partes adonde no llegó personalmente. Todas sus misiones continuaron florecientes, y sólo algunas decayeron decenios más tarde a causa de las persecuciones que sobrevinieron.

Fomentó el clero indígena, la enseñanza y los catecismos. Su salud, sus conocimientos, sus dones de trato personal, su valor a toda prueba, y sobre todo su santidad, superaron todos los obstáculos. Consiguió dejar cristiandades en todos los puntos estratégicos del Extremo Oriente, ampliar el conocimiento de todas aquellas regiones. Sin intentarlo forjó un parecido oriental suyo con el San Pablo mediterráneo que admira la historia.

No es extraño, por lo mismo, que al saber de cierto su muerte, con las circunstancias de su traslación y sepultura, el mismo San Ignacio, que ya tenía en Roma una antologia epistolar proveniente de Asia acerca de la fama de santidad de Javier, iniciara los primeros pasos para la glorificación de su hijo. Beatificado en 1619, fue canonizado a los tres años, 12 de marzo de 1622, juntamente con San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. Pronto se le declaró Patrón de las misiones del Oriente.

San Pío X lo constituyó protector de la Obra de la Propagación de la Fe, y Pío XI le declaró en 1927 junto con Santa Teresa de Lisieux, Patrón universal de las misiones católicas.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Adviento tiempo de esperanza - LA CARRETA -

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

- ¿Además del cantar de los pájaros, escuchas alguna cosa más?

Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:

Estoy escuchando el ruido de una carreta.

- Eso es - dijo mi padre- Es una carreta vacía.

Pregunté a mi padre.: - ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?

Entonces mi padre respondió: - Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y menospreciando a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo:

Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas.

Y recuerden que existen personas tan pobres que lo único que tienen es dinero.

Y nadie está más vacío que aquel que está lleno de egoísmo, de un supuesto Mi Mismo.

"ENVEJECER ES OBLIGATORIO, MADURAR ES OPCIONAL"

Reflexión de hoy



Lecturas


Visión de Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y de Jerusalén:
Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.
Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor».»
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
- «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó:
- «Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó:
- «Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y m¡ criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
- «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

Palabra del Señor.

Santa Bibiana

La más antigua mención de Santa Bibiana y de su iglesia la encontramos en el Líber Pontificalis, por donde averiguamos que el papa Simplicio (468-473) dedicó "dentro del recinto de la ciudad, cerca del palacio Liciniano, una basílica a la bienaventurada mártir Bibiana, donde su cuerpo reposa".

Expresiones análogas se hallan a cada paso en los textos hagiográficos: "basílica de tal mártir..., donde reposa su cuerpo". Pudiera, pues, creerse que se trata de una frase hecha sobre la que no merece la pena insistir.

Sin embargo, nuestro caso es diferente, porque la mención se remonta al siglo v, cuando todavía estaba en pleno vigor la antiquísima ley de las doce tablas, que ordenaba tajantemente: "Dentro de la ciudad ni se quemen ni se entierren cadáveres". Los historiadores mencionan algún caso rarísimo, como la excepción concedida por el Senado al emperador Trajano, cuyas cenizas fueron depositadas en lo alto de la colosal columna que se levantara en el foro de su nombre.

Si, pues, Santa Bibiana estaba enterrada dentro de los muros de Roma es un hecho que con razón lo destaca el Líber Pontificalis, y al que deberá buscarse alguna justificación.

La iglesia que el papa Simplicio dedicó a esta Santa existe aún en Roma, cerca de la vía férrea, y ha dado precisamente nombre al túnel por donde aquella se cruza, "Arcos de Santa Bibiana". Está situada en el monte Esquilino, en el lugar que ocupaban los jardines del emperador Licinio Galieno, junto a la Puerta Tiburtina y no lejos de un sitio lleno de recuerdos y evocaciones para los habitantes de la Ciudad Eterna, el cementerio del "Campo Verano", detrás de la basílica de San Lorenzo Extramuros.

La iglesia de Santa Bibiana fue restaurada a comienzos del siglo XVII por Urbano VIII, el papa Barberini, que en las tres abejas de su escudo encontró un buen símbolo a su prodigiosa laboriosidad.

Al hacer en 1624 las excavaciones dirigidas por Bernini se descubrieron debajo del altar mayor las reliquias de la Santa, conservadas en dos vasos de vidrio con su correspondiente inscripción. La carencia de documentación impidió saber si habían sido colocadas allí por traslación o elevación.

Ahondando en las excavaciones se hallaron en un plano más profundo dos sarcófagos superpuestos, cada uno de los cuales contenía un esqueleto cubierto de cal. Aunque no contenían nombre ni símbolo cristiano, se atribuyeron a Dafrosa y Demetria, la madre y hermana, respectivamente, de la Santa. El hallazgo de estos dos cadáveres in situ y rociados de cal, procedimiento que usaban los antiguos por razones de salubridad, demuestra que no fueron tocados desde su inhumación, pues en un traslado resultaba inútil adoptar tales medidas higiénicas. De donde se colige que la basílica de Santa Bibiana está levantada sobre tres sepulturas, dos de ellas intactas, y los restos de la otra colocados en recipientes en época desconocida.

Urbano VIII, con esa pasión renacentista que le caracteriza, salvó un monumento antiguo, pero además quiso dejar un testimonio litúrgico del hallazgo, pues incluyó en el calendario de la Iglesia universal la fiesta de Santa Bibiana, fijándola con rito semidoble para el día 2 de diciembre. Para las lecturas históricas del segundo nocturno de maitines no fue tan afortunado, pues aprovechó las actas apócrifas del siglo Vl, que tan escaso crédito merecen. La basílica, de tres naves, dividida por ocho columnas antiguas, fue decorada con frescos de Pietro da Cortona y Agostino Ciampelli; pero, sobre todo, con una escultura graciosa de la Santa, obra juvenil de Bernini.

Hoy, sin embargo, con la reciente simplificación de rúbricas del misal y el breviario, Santa Bibiana, al caer dentro del Adviento, queda reducida litúrgicamente nada más que a memoria" o conmemoración . Sus lecciones no vol verán a leerse en el oficio divino. De esta manera un simple decreto de la Congregación de Ritos destinado a aligerar el rezo eclesiástico ha resuelto con habilidad un peliagudo problema crítico.

Pero nosotros no podemos proceder tan fácilmente. Se impone un rápido examen de las actas para saber hasta dónde son ciertos sus relatos. Es siempre el problema de los santos antiguos rodeado del halo de la popularidad. Porque si el culto de Santa Bibiana se remonta históricamente hasta el papa Simplicio, ya desde antes existen indicios del mismo, y durante la Edad Media gozó también de gran veneración, pues sabemos que el papa León II trasladó a su iglesia, desde el cementerio ad sextum Philippi, los cuerpos de los mártires Simplicio, Faustino y Beatriz para que aumentasen la devoción hacia aquel santuario, al cual estaba anejo un monasterio de monjas que se conservó hasta el siglo xv.

La pasión de Santa Bibiana es llamada también del mártir Pimenio por el papel tan importante que en ella juega. Los textos que han llegado hasta nosotros presentan notables divergencias.

Según el relato de la pasión, Juliano el Apóstata (361-363) llegó a hacer durante su reinado hasta siete mil mártires, entre otros Pimenio, presbítero del titulo del Pastor, en Roma. Este Pimenio fue quien enseñó a Juliano la gramática, retórica y demás ciencias, instruyéndole asimismo en la ley cristiana. Gracias a tan esmerada educación, Juliano supo mostrarse amable y prudente, mereciendo que las tropas le eligieran emperador.

Mas vuelto a la religión pagana empezó a perseguir sañudamente al cristianismo. Entre otros a Flaviano, prefecto de la ciudad, que con su mujer Dafrosa y sus hijas Demetria y Balbina enterraban por la noche los cuerpos de los mártires. Por esta causa y por haber revelado el enterramiento clandestino en su propia casa de dos mártires, San Juan y San Pablo, a los que la leyenda hace también de este periodo, fueron así inhumados para evitar un tumulto del pueblo, Juliano confiscó a Flaviano todos sus bienes y le desterró, muriendo fuera de Roma.

Dafrosa muere también después de varios incidentes, siendo enterrada por el presbítero Juan en su propia ,casa, que se encontraba cerca de la de San Juan y San Pablo.

Sus dos hijas fueron llevadas a la presencia de Juliano. Demetria muere de miedo, y es enterrada junto a su madre por Bibiana, a la cual el emperador confia a una mujer perversa, llamada Rufina, para que la corrompa. Con halagos o con malos tratos pretende hacerla apostatar y que contraiga matrimonio; pero viendo lo inútil de sus esfuerzos, da cuenta de ello a Juliano, quien la condena al suplicio de los azotes, hasta que exhala el último suspiro. Su cuerpo quedó abandonado en el forum Tauri o mercado del Toro, sin que permitiera Dios que sufriera agravio en los dos días que pasaron hasta que el presbítero Juan consiguió enterrarla de noche junto a su madre y hermana.

Juan y Pimenio acudían allí a orar. Juliano comunica a Pimenio que abandone Roma, y, entre tanto, manda decapitar a Juan. Pimenio abandona su título o iglesia del Pastor y marcha a Persia, donde queda ciego. A los cara, hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia, Juliano, quien le saluda en nombre de los dioses. Pimenio lo hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia Juliano le hace precipitar desde un puente. Una matrona llamada Cándida le entierra en el cementerio de Ponciano, ad ursum pileatum, "en el oso encapuchado".

Muerto el emperador, una mujer llamada Olimpina edifica una iglesia para honrar la memoria de las tres mártires. Olimpina, que da nombre a la basílica, vive allí hasta los tiempos del papa Siricio (384-399).

El autor de la pasión dice llamarse Donato, "subdiácono regionario de la santa Sede Apostólica". Su relato se contradice a cada paso con lo que conocemos de la historia profana, puesto que Juliano el Apóstata no moró jamás en Roma durante su reinado, que por lo demás sólo duró dos años. Ni su persecución fue sangrienta en Occidente, sino más bien buscó exaltar el paganismo en decadencia. De esta forma cae por su base toda la autoridad de las actas, que aprovechan datos y referencias de escritos anteriores en muchos casos. Por ejemplo, la respuesta valiente de Pimenio a Juliano es la que los historiadores Sócrates y Sozomeno ponen en boca de Maris, obispo de Calcedonia.

El hecho extraordinario de que Dafrosa y sus hijas fueran enterradas en su propia casa, dentro del recinto de la Urbe, no tiene importancia para el autor de la pasión, porque ya entonces la ley civil que prohibía tales inhumaciones había caído en desuso. En cambio, el autor de las actas de San Juan y San Pablo recurre al peligro de un motín popular para justificar el enterramiento de dichos santos en su propio domicilio.

Habida cuenta del hecho de encontrarse la sepultura de las tres Santas en su basílica, cabe admitir la existencia de Olimpiana, y cabe aventurar la hipótesis de que, si efectivamente fueron enterradas en su casa, se trate de mártires anteriores al año 274, en que Aureliano extendió los muros de Roma más allá del Esquilino, límite hasta entonces religioso y legal de la Urbe, donde no regían las prohibiciones sobre enterramientos. De esta forma la antigüedad de Santa Bibiana sería mucho mayor que la consignada por el propio autor de su pasión.

Además, el presbítero Pimenio podría ser San Pastor, a cuyo título se le adscribe, pues sería transcripción latina de Poimen, nombre griego de pastor. Desde luego, San Pimenio era venerado por los peregrinos medievales en las catacumbas de Ponciano, en la vía de Porto, y allí es donde la sitúa la pasión.

En cuanto al presbítero Juan, es un personaje que aparece en todas las actas apócrifas dedicado a enterrar cuerpos abandonados de mártires. Su piadosa actividad alcanza desde el reinado de Nerón hasta el de Juliano el Apóstata. ¿Existió realmente un presbítero Juan? ¡Por qué no! Bien pudo morir en alguna de las persecuciones por practicar la obra de misericordia que la Escritura tanto alaba en Tobías. Después se convirtió en un personaje representativo, del que se echaba mano a cada paso.

No deben producir desencanto estas disquisiciones. Los gustos del siglo Vl, en que florecieron las actas apócrifas, que tienen el prurito de relacionar entre sí a santos más o menos cercanos, no son los nuestros. Aquellas leyendas servían a la edificación de los fieles, como en época no muy lejana Fabiola hizo emocionarse a muchísimos lectores. Casi lo único verdadero de tales actas son los nombres y los lugares. Para nosotros nos basta con datos tan interesantes, que sin ellas se hubieran perdido. No pudiendo dudarse de la existencia de Santa Bibiana ni de la autenticidad de sus reliquias, ¿qué más podemos pedir? Esto nos basta para encomendarnos a su valiosa intercesión.

domingo, 1 de diciembre de 2013

1er. Domingo de ADVIENTO Ciclo A 01/12/2013

Adviento tiempo de esperanza - PRESTADO... -

Antes todo era mejor...

El mundo anda mal...

¡El gobierno sólo hace política! La Policía es inoperante...

No me conceden el crédito... Mi auto no funciona...

Pierdo mi tiempo... !Qué frio insoportable!

Mi esposa solamente se queja...

Los amigos escasean... Esas criaturas no paran de llorar...

El taxi no aparece... ¡Cómo está de sucia esta ciudad!

Mi jefe no me comprende...

¡¡Esta cola no avanza!!...

Nadie reconoce mi trabajo...

Los precios no paran de subir... Mi teléfono siempre está comunicando...

¡Qué vida esta!...

¿Otra queja más, todavía?

Si yo hubiera nacido en cuna de oro...

Si mis padres fuesen más inteligentes...

Si me tocara la lotería...

Si no hubiera tanta gente acaparando mi vida...

Si yo consiguiera un diploma sin tener que estudiar...

¿Por qué la gente lucha y sufre tanto en este "Valle de Lágrimas"?

Entonces, recuerda...

El lugar donde Jesús nació era prestado;

El burrito que Él montó era prestado;

Los panes y peces que Él multiplicó eran prestados;

La sala donde Él instituyó la Eucaristía era prestada;

La barca donde Él viajó era prestada;

El sepulcro donde Él fue sepultado era prestado;

¡SOLAMENTE LA CRUZ ERA DE ÉL!

Reflexión de hoy



Lecturas


Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.
Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor».»
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

Hermanos:
Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejarla abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



El Adviento es un tiempo apropiado para revisar nuestra vida, soñar con un futuro mejor y abrirnos a un horizonte de esperanza.
Es verdad que nos sentimos rodeados de muchos problemas.
La exhortación de San Pablo nos invita a tomar conciencia de nuestra realidad a nivel familiar, laboral y social.

Corren tiempos difíciles para la familia estructurada, la familia de siempre, que es amenazada por corrientes laicistas e ideologías destructivas que siembran dudas sobre el auténtico amor humano.

Llevamos años con una filosofía hedonista que busca evadirnos de la realidad en aras de una felicidad que se escapa de las manos. El botellón, la droga y el sexo fácil y seguro entre los jóvenes, la dejación de funciones educativas en los mayores y parte de la sociedad que vive ajena a los altos ideales y a los valores que han dado soporte a la convivencia, marcan un presente sombrío.

Por otro lado, las creencias son agredidas y orquestados los ataques desde algunos medios de comunicación de clara tendencia antirreligiosa y anticlerical.

Hace algo más de un mes de la beatificación en Tarragona de varios centenares de mártires de la persecución religiosa de 1936 en España. Algo que no debiera repetirse pero parece que hay gente interesada en alimentar prejuicios y en fomentar revanchismos por hechos luctuosos que afectaron a los dos bandos en la contienda civil.

Hemos de espabilarnos, como nos dice San Pablo,
“porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer” (Romanos 13, 11).

Puede que estos ataques sirvan para despertar sentimientos religiosos dormidos y seamos capaces de defender nuestros derechos, pacíficamente, en la calle y en los altos estamentos.

El texto esperanzador de Isaías de la primera lectura nos suena a una utopía inalcanzable. Y, sin embargo, lo que aquí se nos describe es una esperanza única.

La historia de los hombres está cargada de luces y sombras, de esperanzas y tragedias.
La Palabra es la luz que nos guía y la fuerza que nos empuja a subir con alegría al monte del señor, a ser justos y a trabajar por la paz.

De esta manera podemos cantar, como lo han hecho generaciones de judíos y cristianos:
“¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor” .(Sal 121).

A pesar de las incertidumbres, la caída de la sociedad del bienestar y las malas perspectivas económicas,
“El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”...”será el árbitro de las naciones” (Is.2, 3).
Los pueblos “de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas” (Is 2,4).

Navidad se acerca.
Abramos nuestro corazón a Jesús para que entre en él por la puerta grande de alegría.
La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos invita a ser como el dueño prudente que vela por los tesoros de su casa y hace frente a los ladrones..

Jesús utiliza la imagen del ladrón para que salvaguardemos la gracia de Dios, gratuitamente recibida, y no la perdamos a causa de nuestra pereza, desidia y falta de celo.

Las dos mujeres moliendo, a las que alude el evangelio, son una muestra palpable de que la misma actividad, por rutinaria que sea, puede vivirse de formas distintas.
Siempre es posible encontrar sentido, ilusión y esperanza en las mismas tareas de cada día, en las acciones más triviales de nuestra existencia.

Podemos dejar que la vida pase por nosotros sin apreciar su riqueza y dejándonos arrastrar por corrientes nihilistas o, al contrario, pasar por la vida valorando la plenitud del don que nos ha sido regalado, y consumiéndola en frutos de buenas obras.
Somos grandes, no por la magnitud de nuestras obras, sino por el amor que proyectamos en todo lo que hacemos.

La luz no debe sorprendernos envueltos en las tinieblas. Hemos de ir despojándonos de los harapos del hombre pecador y
“vestirnos del Señor Jesucristo” (Romanos 13,14),
que nos transforma en hombres nuevos.

El sueño de San Pablo, como el del profeta Isaías siglos antes, coinciden con el sueño de Dios para cada uno de nosotros: ser santos. Para ello no es necesario ir muy lejos.

En mi casa, en el trabajo, en los contactos con mi comunidad de fe, en la calle y en cualquier lugar, si aporto mi positiva actitud, sembraré esperanza, alegría y ganas de vivir. No estoy solo; los demás me necesitan.

Sin mi sonrisa, mi entorno vivirá más triste; sin mi iniciativa para espabilar y entusiasmar a los que conviven conmigo, todo será más anodino y apagado; sin mi entrega amorosa, adormecerán los buenos sentimientos de otras personas.

Si soy capaz de contribuir con mi pequeño granito de arena, unido a otros muchos, el mundo cambiará.

Si Jesús es la fuerza motriz de mi vida, todo es posible, hasta las metas aparentemente más inalcanzables.

El juicio final al que hace alusión la liturgia no debe insuflarnos miedo, sino más bien esperanza.

Sabemos que el Señor camina a nuestro lado y se adelanta en la etapa postrera de nuestro itinerario vital para acogernos y tenernos con Él.

Las crisis económicas, que hunden a millones de personas en la depresión y en la angustia son, sin embargo, para otras un revulsivo eficaz para salir de sí mismas y valorar la solidaridad de quienes comparten sus bienes sus bienes y sus vidas por amor, sin esperar nada a cambio.

Concluimos el pasado domingo el Año de la Fe y de la Nueva Evangelización, marcado por el dinamismo apostólico y el entusiasmo que provoca el Papa Francisco con sus pequeños y significativos gestos de solidaridad hacia los más pobres y necesitados.

La evangelización continúa; no hay vacaciones para el espíritu.
No somos espectadores pasivos o sujetos pasivos en la vida de la Iglesia, sino enviados por el señor para ser testigos de la fe, mensajeros de esperanza y apóstoles de la caridad en medio de los hombres.

Abramos las puertas de nuestros hogares, salgamos a las calles y gritemos a pleno pulmón el pregón que repite el Adviento:

“¡VEN, SEÑOR JESÚS!”.

San Edmundo Campion

Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: Este es Campion, el jesuita sedicioso... Lo llevan a Londres como criminal. Había sido traicionado... Unas millas antes de llegar se les comunica la orden de maltratarlo y ridiculizarlo para deleite de la plebe y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la cabalgata... Delante de todos el vizconde de Bark con el bastón blanco de la justicia: en seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes firmemente atados entre sí. A la zaga de toda la caravana, en el lugar de honor, no podía faltar el Iscariote... A medida que desfilan, el populacho vitupera al jesuita. Ya pasa el apóstata: ovaciones, vítores. Y Jorge Elliot, el traidor, sonríe... (¡Ay de ese hombre que más tarde, como su modelo, terminará con muerte desgraciada su vida infeliz!... )

Es el mes de julio de 1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde lo presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio. Le interroga el canciller, le hacen preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad, honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca la supremacía pontificia de la reina. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas tienen un tono tan persuasivo que revelan una vez más al formidable scholar oxoniense.

De improviso se presenta Isabel en persona. El prisionero se inclina saludando a su reina: "¿Me reconoce como a su legítima soberana?" "Sí, majestad." "¿Cree que el obispo de Roma tiene poder para deponerme?" "No me toca erigirme en juez y pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más cuanto que los más versados en la cuestión son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" Lo demás que se dijo en esta entrevista permaneció secreto, por expresa voluntad de la reina.

Pero... ¿qué importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra venía a interrogarle?

El primer encuentro había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford a fin de pasar por primera vez unos días con su corte entre los estudiantes de la célebre Universidad. La visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando tranquilamente. El tercer día correspondió el homenaje a los profesores, entre los cuales fue elegido como "orator" el scholar de Oxford más brillante de su generación, un apuesto joven de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo Campion. La reina, que se complacía en dominar a los hombres de talento, le escuchó con honda satisfacción, le felicitó calurosamente y lo recomendó a la protección del canciller. Dudley, en nombre de la soberana hereje, le prometió su patronazgo y le hizo los más lisonjeros ofrecimientos. ¡Pobre Campion!...

Ya en 1553, María, la hija de Enrique VIII y doña Catalina de Aragón, había entrado solemnemente en Londres. Para declamar el discurso de bienvenida habían escogido los maestros a Edmundo Campion, que tenía entonces trece años. El garbo y la vivacidad del niño encantó a los circunstantes, de manera que Thomas White lo tomó bajo su protección y lo llevó consigo a Oxford para educarlo. Correspondió el éxito a las esperanzas. Descolló como discípulo, lúcidamente coronó sus estudios, brilló en buena lid como maestro, fué autor, luego se le nombró primer orator, después proctor y más tarde llegó a ocupar otros cargos insignes en aquella Alma Mater. A su alrededor se agruparon multitud de estudiantes, sobre los que su personalidad amable ejerció un influjo sabio y comprensivo: sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo hasta en su manera de hablar, en sus ademanes y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas... Este era el hombre que la nueva iglesia anglicana necesitaba entre sus filas.

Pero Campion, el gran humanista, casi por instinto rechaza la herejía, Mas, para desgracia suya, traba amistad con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en 1564 presta el juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún, seducido por las promesas del de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del hereje. Al tomar las manos del falso obispo siente aquel infeliz diácono el acicate mordaz de su conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma por la infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado con "el signo de la bestia"... La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se confiesa con un sacerdote católico y se reconcilia con la Iglesia.

En tales circunstancias se ve obligado a salir de Oxford para poner a salvo su vida y recobrar la tranquilidad de su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570 Su Santidad Pío V fulmina la excomunión contra Isabel, y sus súbditos quedan liberados de la obligación moral de obedecerla. Se expiden entonces contra los católicos por todo el reino severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como "papista", y tiene que andar huyendo hasta que logra volver a Inglaterra.

Llegado a Londres, pasa algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes. Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas les da alcance; de todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte... Hecho, pues, prisionero, es devuelto a Dover para ser remitido a Londres: pero éste se escapa y acude a unos amigos, que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente, donde pasará los próximos nueve años. En el seminario inglés de Douai (Francia) obtiene su grado en Teología y recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero a Campion le atormenta el recuerdo de aquel diaconado... Y el convertido desconfía de sí, pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente, disciplinadamente. Su corazón se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia. Sólo así podrá hacerse digno del verdugo y de la horca por su Dios. El 25 de enero de 1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de entrar en la perseguida y heroica Compañía de Jesús... Recibido en el noviciado, se le destina a la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578, recibe la unción sacerdotal en Praga de Bohemia.

El 18 de abril de 1580, con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros, entre ellos tres jesuitas: Roberto Persons—nombrado superior—y Edmundo Campion, a quienes se añade el hermano Ralph Emerson como compañero. Llegan a St. Omer. Mas el mismo día de la partida de Roma, un espia del Gobierno de Isabel enviaba al ministro Walsingham los nombres y señales de los peregrinos. Así que, sin ellos saberlo, ya todo puerto, todo paso está vigilado por espías sagacísimos para impedir la entrada de ningun jesuíta. Dondequicra se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses quieren descorazonar a los Padres anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande que su arresto inmediato parece inevitable. Mas Persons se decide por la accion inmediata. A él, que es el superior, y a quien no falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del Canal.

Disfrazado de capitán, aguerrido veterano de Flandes, el aire marcial, bien estudiados ademanes, haciendo honor a su uniforme, zarpa el barco de Calais En Dover, nuestro capitán se presenta cordialmente al capitán del puerto y le ruega que al llegar en un barco próximo un mercader irlandés de nombre Mr. Patrick, muy amigo suyo, con un criado, se lo envíe inmediatamente a Londres para que no pierda una ocasión propicia de vender sus mercancías... Un saludo militar, promesa de ser correspondido, y Persons sigue a la metrópoli. Por su parte Mr. Patrick con su criado esperan en Calais viento favorable. El 24 de junio cruzan el Canal, y en Dover el padre es aprisionado inmediatamente, porque "Mr. Patrick, dicen los espías, no es Mr. Patrick, sino el doctor Allen..." Campion insiste en que no es Allen y está dispuesto a jurarlo. El alcalde de Dover no le cree. Da orden de llevarlo al magistrado supremo de Londres. Insiste Campion en que no es Allen. Insiste el alcalde en no creer. Los caballos están listos. Campion se encomienda a Dios. "Cuando menos lo esperábamos, refiere Campion, se presenta un anciano. a quien Dios bendiga, y nos dice: Están ustedes libres; váyanse en paz". "Nosotros, prosigue el misionero, nosotros salimos corriendo inmediatamente." Pero no... Campion se vuelve y va tan fresco a alquilar las bestias que les tenían preparadas, y así terminan el viaje más seguros y aprisa... Llegados al Támesis, varios jóvenes católicos les están esperando; mudan cabalgaduras, corren a alojarse en casa de George Gilbert, cambian el disfraz y sale Campion transformado en un caballero de los de daga al cinto, sombrero de anchas alas, pluma al aire, espuela de oro y galgo corredor... Minutos después busca alberque en el barrio de la Cancillería, en la propia casa en que mora el jefe de la policía donde está viviendo el "capitán" Roberto Persons...

En Londres, aquellos jóvenes que han servido de introductores de Campion hacen correr secretamente la voz entre los católicos de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el Pontificado. Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer muchas almas, los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes... Ia santa misa..., todo como en las catacumbas... ¡Cien mil conversiones en un año! Cuando en hora mala sabe Isabel y sus ministros la increíble audacia de los jesuitas de penetrar en el Reino, ¡cuanta ira, qué poner precio a su cabeza! Y el misionero de Cristo no tiene otro recurso que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.

El padre Edmundo, acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días compone en latín su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se ofreció a disputar con sus adversarios... Los ejemplares son repartidos de mano en mano entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación que juran los herejes no descansar hasta no dar con aquel jesuita sedicioso.

Persons, Camplon y el hermano pasan algunos días juntos. Persons—como presintiendo algo—renueva sus instancias a Campion de no acceder a todas las súplicas que en el trayecto se le presenten, y señala a Emerson como superior en lugar suyo. El padre Edmundo y su compañero llegan el día siguiente a una posada al caer de la tarde. Varios caballeros católicos, con pretexto de caceria por esos parajes, vienen a fin de hablar con él y confesarse. Le suplican volver al castillo de Lyford, donde pasó la noche anterior. Emerson resiste al principio, pero al fin consiente en la vuelta de Campion.

Más de sesenta católicos se reúnen aquel domingo, 16 de julio. El padre se prepara para el santo sacrificio; en el grupo de hombres hay uno de tantos. No tiene la contraseña, pero tanto insiste que por excepción se le abre la puerta... Jorge Elliot, infame criatura, por un homicidio había estado a punto de ser atormentado en el ecúleo, y para librarse había apostatado de la fe y prometido un crimen mayor: el de traicionar al jesuita Campion y traer otros sacerdotes al suplicio... Terminada la misa (la última misa), parte Elliot, como Judas, a hacer pronto lo que piensa... De repente, alarma. El castillo está rodeado por un escuadrón de caballería. Elliot y un oficial con cien soldados penetran en él. ¿Escapará el jesuita? Dos días de intensa búsqueda; todo en vano. Rabioso Elliot va a salir; al bajar las escaleras golpea como por descuido el arco de la puerta; siente que resuena profundamente: ¡ha dado con el escondite!... Los tres sacerdotes ofrecen su vida a Dios. El infeliz apóstata grita loco de felicidad. Se ha merecido las treinta monedas... Campion se entrega al traidor, el cual lo pone en manos del gobernador de Bark. Un correo parte inmediatamente a Londres. Tres días después llega la respuesta; como un vulgar asesino es llevado a la capital entre doscientos soldados...

Encerrado en un calabozo de la Torre, después de la entrevista con la reina, se le conduce al tormento. Campion ora unos instantes de rodillas. Fortalece su pecho con la señal de la cruz. Los verdugos le despojan de sus vestidos; se le dispone en la rock (ecúleo). Comienza la tortura: ¡horror, crueldad, agonía!..., se va descoyuntando el cuerpo; se quiebran los huesos; se desgarran los nervios, demasiado tensos... La angustia del mártir en el rostro... Los jayanes siguen impasibles su faena. Chirría llorando la máquina del tormento... El héroe, lívido, invoca a Dios y no cede. Lentamente van pasando las horas interminables, y el mártir extendido..., perdonando a los autores de sus penas. Se suspende un instante la tortura para volver a comenzar de nuevo y volver a suspenderse y volver a comenzar. Y ahora sí, los doctores protestantes quieren disputar con él sobre cuestiones de fe; con fortaleza inalterable confunde a sus enemigos y les echa en cara su herejía. No se dan por vencidos los herejes; les queda un recurso todavía: el del tormento. Y otra vez comienza la tortura... En manos ajenas es llevado a su prisión, donde tendrán lugar otras tres disputas por orden expresa del Consejo. Pero Campion rebate gloriosamente a sus adversarios...

Por fin, el 16 de noviembre de 1581 se sentencia contra él pena de muerte en la horca por crimen de lesa majestad, por haber predicado la religión católica y por traidor. Cuando estuviere expirando se le bajará del patíbulo y, abierto el vientre, se dispersarán las entrañas, se le sacará el corazan con el grito de ¡He aquí el corazón de un traidor!, y se le arrojará al fuego; luego de cortarle la cabeza se descuartizará su cuerpo, que se repartirá en diversos lugares para escarmiento de todos.

En el calabozo, Elliot se le acerca para pedirle excusas. El padre lo perdona y le da cartas de recomendación a ciertos señores de Alemania... La mañana del 1 de diciembre entran los verdugos para llevarlo junto con el jesuita Briant y el padre Sherwin. Al salir los mártires encuentran aparejadas dos esterillas de mimbre atadas a sendos caballos y una multitud de pueblo reunida porque se habia hecho correr el rumor de que Campion se había enterrado un puñal en el corazón. Al verlo aparecer quedan atónitos. Él los saluda con amabilidad. Extendido boca arriba sobre su esterilla, los jayanes del suplicio lo aseguran fuertemente; y a los compañeros entre si. Arrastrados a la cola de los caballos avanzan por las calles de Londres. Llegan al Tyburn, donde está levantada la horca. Le señalan el carromato. Sube a pie firme. Le echan al cuello la saga de nudo corredizo... Murmullo de los espectadores; luego, un silencio... Un consejero de la reina le exige la pública confesión de sus traiciones. "Si ser católico, responde el jesuita, es ser traidor, me confieso tal. Pero si no, pongo por testigo a Dios, ante cuyo tribunal voy ahora a presentarme, que en nada he ofendido a la reina, a la patria o a nadie por que merezca el titulo o la muerte de traidor..." Y luego, justificándose de otras calumnias, puesto en oración reza el Padrenuestro y el Avemaría. Y para testimoniar que da su vida por la fe verdadera, suplica a los católicos presentes que reciten el Credo mientra él expira... Tiran del carro, y el Beato Edmundo Campion queda suspendido de la horca... Era el 1 de diciembre de 1581. Tenía cuarenta y un años de edad. Había nacido en Londres el 25 de enero de 1540.