lunes, 4 de noviembre de 2013

San Carlos Borromeo

Nació el año 1538 en Arona, Lombardía. Pertenecía a la ilustre familia de los Médicis, y había recibido una educación universitaria en Pavía. Era un joven austero, trabajador y responsable.

La Iglesia se encontraba en una de sus coyunturas más decisivas. Se había consumado desgraciadamente la ruptura religiosa con todo el norte de Europa. Sin embargo, después de mil dificultades, el concilio de Trento iba trazando un programa de auténtica reforma realmente maravilloso, que había de bastar para llenar durante siglos las actividades de los más celosos pastores.

Por aquellos días acude a Roma, llamado por su tío, el nuevo papa Pío IV, un joven de veintidós años. Es cierto que había estudiado en la Universidad de Pavía, y que durante esos estudios se había mostrado serio, formal, buen amigo de los libros y de las prácticas de piedad. Es cierto que un año antes, en 1559, él había obtenido su doctorado en Derecho canónico y en Derecho civil. Pero de eso a hacer de aquel joven, nada brillante por otra parte, cardenal de la Iglesia romana, administrador de la diócesis de Milán, de las legaciones de Bolonia y de la Romaña... iba una gran distancia. Distancia que una vez más llenaba el nepotismo de la época. El papa Pío IV iba a hacer de Carlos Borromeo como un anticipo de lo que habría de ser después el cardenal secretario. Al configurar el cargo y las atribuciones, el nepotismo que le movía iba ordenado por la divina Providencia, porque su sobrino habría de ser una de las figuras más extraordinarias de la moderna historia eclesiástica.

Carlos, con sus veintidós años, llega a Roma contento al ver la suerte que se le viene a las manos. Es necesario decir con verdad que trabaja como bueno, que es activo, incansable, lealísimo a su tío el Papa. Hay que decir también que no le falta trabajo, porque a la tarea normal se le añaden las fatigas no pequeñas que lleva consigo el concilio de Trento. Una correspondencia delicadísima con los legados del concilio y con los padres más destacados, se entreteje con la que hay que mantener con los nuncios, los agentes pontificios en las diferentes cortes, etc,.

Aunque el ejemplo que daba era bueno, reconozcamos, sin embargo, que el Santo estaba aún lejos. El arranque hacia la santidad tiene en la vida de San Carlos una fecha determinada: la de su ordenación sacerdotal. Desde entonces pudieron observar los romanos que el cardenal Borromeo era otro. Meses después recibía la consagración episcopal, en diciembre de 1563. Y terminado felizmente el concilio de Trento, quería dar por sí mismo el mejor ejemplo de observante a sus decretos abandonando Roma para residir en Milán, porque si es cierto que desde Roma atendía, con minuciosidad que hoy nos admira, la marcha de la diócesis milanesa, no es menos cierto que los decretos del concilio de Trento eran terminantes por lo que a la residencia de los obispos se refería.

Y a Milán marcha. Entra solemnemente el 23 de septiembre de 1565, pero vuelve a Roma para el conclave en que sería elegido San Pío V. En abril de 1566 está de nuevo en Milán, donde desarrolla durante unos veinte años una labor colosal. San Carlos Borromeo, que muere joven, de cuarenta y seis años, atiende no sólo a las necesidades de la diócesis de Milán, que aún hoy, después de haber sido muy recortada, continúa siendo inmensa, sino también a las de las quince diócesis sufrugáneas. Es más, designado primero protector de los cantones católicos y después visitador de toda Suiza, realiza allí varias veces minuciosas visitas, en las que consigue contener el avance del protestantismo, y toma medidas eficacísimas para lograr la sólida implantación de la reforma católica.

Notemos que todo esto se alcanza a fuerza de laboriosidad y de entrega. Dotado de una salud de hierro, que le permite pasar días enteros sin comer y durmiendo unas pocas horas; resistir largas horas de viaje, a un ritmo extraordinario con los medios de que entonces se disponía; sacar tiempo para hacer larga oración sin desatender los cuidados de su diócesis, San Carlos logra superar todo. De una parte su falta de simpatía natural. Con tendencia a la rigidez, tímido por naturaleza, escasamente conversador, le faltaba además una de las condiciones más preciadas para un hombre hábil: la rapidez en las decisiones. Y sin embargo, este hombre excepcional consiguió a fuerza de santidad cambiar la fisonomía de su clero, hacerse amar por su pueblo, superar los continuos conflictos con los autoridades y los representantes de los intereses creados y dejar en pos de sí una huella imborrable.

Su santidad es, en su suprema sencillez, una gran lección para todos. Se hizo santo por un método viejo y poco complicado: cumpliendo su obligación. Se hace santo por la observancia rigurosa y plenísima de sus deberes, quemando toda su existencia, poco a poco, entre los mil negocios de cada día. Sus mismos defectos, al contacto con la santidad, quedan trocados "a lo divino": su orgullo y desprecio a lo bajo, se transforman en horror al pecado; su mala administración y excesiva liberalidad de los tiempos de estudiante, se truecan en caridad hacia los pobres; su terquedad se hace tenacidad; su falta de brillantez, le da ocasión de ejercitarse en la laboriosidad y en la humildad. Pero si quisiéramos resumir su vida espiritual en una virtud más característica diríamos que fue la constancia. Pese a todo y a todos mantuvo en alto la bandera de la reforma. Es cierto que la visita a los "humillados:" termina a tiros; los canónigos de la Colegiata de Santa María le cierran las puertas a la faz de todos sus acompañantes; los asuntos temporales le traen disgusto sobre disgusto y denuncia sobre denuncia; si consigue ir a su diócesis y permanecer en ella es con la oposición de los Papas que le querían junto a sí. Y contra todo esto, él realiza impávido su obra.

¡Y qué obra! Recientemente Mols ha hecho el balance de lo que hoy debemos a San Carlos Borromeo en la vida de a Iglesia:

"En materia administrativa: la residencia de los pastores, la celebración de concilios provinciales, de sínodos diocesanos, de reuniones y conferencias arciprestales, el desenvolvimiento de la estadística eclesiástica y de los datos numéricos parroquiales, el llevar libros, expedientes y registros sobre los aspectos más variados de la administración diocesana y parroquial, el cuidado de una adaptación geográfica de las diócesis a las exigencias pastorales, la preocupación por asegurar un mayor cuidado material de las iglesias, la tendencia a acentuar el aspecto defensivo del catolicismo y su organización. En materia escolar: la fundación de seminarios e instituciones especializadas de enseñanza y ayuda mutua, el desenvolvimiento de la formación catequística y religiosa de los cristianos. En materia directamente apostólica: la fundación de los Oblatos de San Ambrosio comprendiendo miembros laicos, el impulso dado a las misiones parroquiales, el apostolado de la Prensa, a una predicación dominical regular de inspiración bíblica y litúrgica, a ciertas devociones populares eucarísticas, la organización regular de visitas diocesanas y de recorridos de confirmación, el recurso a equipos apostólicos especializados, la preocupación por un apostolado comunitario.

Salta a la vista que no todas estas cosas pueden atribuírsele a él exclusivamente. Pero lo que no se le puede negar es haber sido el genial ordenador de materiales legislativos y pastorales tomados de sus predecesores, que, sistematizados, ofreció a toda la Iglesia. Porque durante toda la época de la reforma católica puede decirse que en la Iglesia entera los ojos están fijos en Milán, y ya nos encontremos en la Francia del siglo XVII, de tan magnífica orientación pastoral; ya en la España de Felipe II, y en Valencia con el Beato Ribera; ya en Italia, que en gran parte visitó él mismo; ya en Indias con Santo Toribio... en todas partes veremos cómo San Carlos es el auténtico ideal del obispo reformador y sus medidas legislativas son copiadas, adaptadas, implantadas y urgidas.

En muchos aspectos es decidido antecesor de iniciativas que estimamos modernísimas. Recordemos el "Asceterium". al que el papa Pío XI llamó en la encíclica Menti Nostrae la primera casa de ejercicios del mundo; recordemos su preocupación por el seminario, y su clara visión de la necesidad de adaptar la formación de los seminaristas a la vida real; recordemos su empeño por la santificación de los seglares y la organización apostólica de los mismos; recordemos la amplitud de espíritu con que concibió las relaciones del clero secular con los religiosos.

Todavía más que en sus obras puede encontrarse la medida de sus preocupaciones apostólicas en las actas de las visitas apostólicas. Porque, como ha escrito el actual papa Juan XXIII, incansable editor de las que corresponden a Bérgamo, " la historia escrita por otros tiene un poco siempre del pensamiento y de las impresiones de quien escribe. En cambio, en las actas de la visita es San Carlos mismo vivo, operante, el que a distancia de más de tres siglos aparece tal cual le veneraron sus contemporáneos; alta inteligencia de hombre de gobierno que todo lo ve y a todo llega, espíritu noble y excelso, corazón de obispo y de santo. De aquellos papeles brota su figura entera, y juntamente con ella todo un mundo que resucita en torno a él... Mas aún que en las disposiciones conciliares y sinodales, las actas de las visitas dan el tono más justo y auténtico de esta sabiduría apostólica y pastoral que tan admirablemente supo unirse en Borromeo con su íntimo fervor religioso, de aquella arte exquisita que él poseía de proveer a todo con medios aptos, de conseguir con orden, con organización perfecta, con calma, lograr un fruto, no sin dificultades a veces, pero siempre con gran dignidad y con bondad inmensa en los mismos choques".

Muchísimas veces había desafiado la muerte: viajes de noche por los Alpes, entrevistas con sus más mortales enemigos sin defensa alguna, y, sobre todo, contactos durante largas temporadas con los apestados, en especial en la terrible peste de 1576-1577. Sin embargo, la muerte le había respetado hasta entonces.

Pero hubo un momento en que llegó ya. Tenía el cardenal cuarenta y seis años. Aunque devorado por la fiebre, continuaba haciendo su visita pastoral. El 30 de octubre inauguró un seminario. Después consoló a los habitantes de Locarno, que de cuatro mil ochocientos habían quedado reducidos a setecientos a causa de la peste. La fiebre le devoraba. Fue necesario rendirse por fin. Y en Milán, rodeado del amor de todo su pueblo, expiró dulcemente el sábado 3 de noviembre de 1584.

Desde el primer momento fue venerado. Ya el día 4 hubo una grandiosa manifestación de veneración pública. Pocos años después, en 1610, era canonizado. Su culto se extendió rapidísimamente por todo el mundo. Símbolo de la reforma católica, imagen del buen pastor, fue desde el primer momento su devoción un estímulo para continuar trabajando en las mismas tareas que él había emprendido. San Francisco de Sales le tuvo una gran devoción y visitó su sepulcro. El papa actual, Juan XXIII, eligió para su coronación, aun sabiendo que esto suponía un gran esfuerzo, el día de su fiesta, queriendo colocar su pontificado bajo el patronato de este gran Santo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Domingo 31 de T.ORDINARIO Ciclo C 03-11-2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.
Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.
Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.
Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?
¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?
Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.
Todos llevan tu soplo incorruptible.
Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Hermanos:
Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.
Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
- «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»
Él bajó en, seguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
- «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
- «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»
Jesús le contestó:
- «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



La primera lectura de este Domingo nos adentra en la fragilidad del mundo frente a Dios:

“El mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero” (Sab 11,22).

Pero esta misma fragilidad y pequeñez de las criaturas nos da la clave de la misericordia de Dios:

“Te compadeces de todos, porque todo lo puedes.(Sab.11,23).

Nadie puede ser tan compasivo como el Señor, porque nadie tiene tanto poder como Él.

Los dioses de los pueblos limítrofes con Israel eran presentados como vengativos, crueles con los enemigos.

Sin embargo, el Dios de Israel es un

“Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Sal.103, 8-9).

“Pues ¿qué nación grande tiene un dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?” (Ex. 4,7).

Dios ama a todos los seres que, a fin de cuentas, son obra de sus manos, y no quiere la destrucción de los malvados, sino que se conviertan y vivan.

Por eso “corrige poco a poco a los que caen” (Sab.12, 2).

Las afirmaciones de este libro sapiencial conforman unas actitudes que han ido evolucionando con las experiencias religiosas vividas por el Pueblo de Israel.
Tenemos un ejemplo extraordinario de la dinámica divina en el publicano Zaqueo.

Zaqueo es un prototipo más de la grandeza y miseria del ser humano que deambula por la vida debatiéndose entre el poderío y la fragilidad, el orgullo y la ostentación de estar conquistando espacios siderales y controlando técnicas cada vez más sofisticadas, pero acechado por la muerte y la inconsistencia de todos sus proyectos.

Necesitamos la fe. Y la fe es un don divino que nos ha sido regalado para cultivarla y desarrollar los talentos recibidos.

Requiere fuerza de voluntad para dar el primer impulso que nos lleve a la búsqueda de Jesús.

Zaqueo lo da y, aunque su estatura se lo impide (una forma bíblica de afirmar su pequeñez moral), toma las diligencias necesarias para ver al Maestro, y encuentra la respuesta a su búsqueda en una higuera.

No es casualidad. Dios nos coloca estímulos por el camino. El alma generosa acierta a vislumbrar el paso del Señor en los pequeños acontecimientos y en hechos concretos atribuidos desde la fe a la intervención de la Providencia.

No hay obstáculos para la fe cuando prevalece el deseo del encuentro personal con Jesús, que siempre se hace el encontradizo con nosotros, como con Zaqueo, para dirigirnos cariñosamente la palabra e invitarse a entrar en nuestra casa antes de que lo invitemos.

La iniciativa de todo itinerario de conversión es de Dios, que quiere formar parte de nuestra vida.

La buena posición económica de Zaqueo, su colaboracionismo con las fuerzas de ocupación romanas, significan para él, como para el resto de los publicanos, odio del pueblo y aislamiento. Es consciente de la procedencia injusta de sus bienes.

Razón por la cual devuelve a sus legítimos dueños, después de su conversión, los bienes extorsionados, y entra en un proceso donde su vida anterior importa muy poco, porque el horizonte de su vida se abre a una nueva dimensión al lado de Jesús.

Salvadas Las distancias del tiempo y las experiencias vividas, la conversión de San Pablo fue similar, porque todo lo “estimará basura después de haber ganado a Cristo”.

Zaqueo no tiene que preocuparse ya de la mala fama adquirida, porque su vida ha encontrado su sentido definitivo con Jesús, que lo llena todo con su presencia.

La oscuridad que enturbiaba su mal proceder se ha transformado en luz, alegría y paz interior.

Si, de verdad, el evangelio toca nuestro corazón, seremos antorchas de luz, portadores del bien y testigos del amor. Al mismo tiempo, nos alejaremos del peligro de las riquezas y desterraremos el egoísmo acaparador.

A todos nos cuesta reconocer nuestros pecados o confesarlos como hizo Zaqueo, pero es el único camino para cambiar el corazón, abrir las puertas a Jesús y dejar que los hilos de la felicidad discurran por nuestra venas.

La salvación llega a la casa de Zaqueo, y con ella el agradecimiento.

Examinemos nuestra vida a la luz de los mensajes recibidos, comprobemos lo grande que ha estado con nosotros el Señor y démosle gracias con las palabras del Salmo 144, que hemos rezado en la liturgia:

“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor;
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado;
que hablen de tus hazañas”.

Pedirle también a Dios, al igual que San Pablo hacia los Tesalonicenses, que nos considere dignos de nuestra vocación.

San Pedro Armengol

En Guardia de Prats, tierra de olivos, de avellanos y de vides, pueblecillo cercano a la noble villa tarraconense de Montblanch, nació Pedro Armengol, cuando ya el siglo XIII daba pasos firmes por la pista del tiempo.

Creció Pedro en la holganza, que por algo era una de las más nobles familias catalanas, descendiente de los condes de Urgell. Soplaban buenos vientos para el reino aragonés, ya que Jaime I estaba ganándose a pulso el sobrenombre de "Conquistador". Caída Mallorca, liberada del moro Valencia, precisamente en el año 1238, el que se supone como fecha de nacimiento de Pedro Armengol, la nobleza feudal sentía alentar en sí todas las ínfulas de poderío y rango. Por el plácido, humanísimo paisaje tarraconense pasaban los campesinos, yendo y viniendo en sus tareas, cuidando el trigo y las legumbres, mimando la uva y la oliva que habrían de dar sus zumos. El trabajo era para ellos, humildes siervos, mientras, la ociosidad para Pedro Armengol, libre de infantiles cargas y sinsabores, creciendo a la próxima sombra del castillo de Montblanch. Para el niño, para el chaval, para el adolescente Pedro Armengol quedaba el ejercicio en lides de armas, justas y mando, semilla de soberbia.

Crecían bajo la tierra las semillas, crecía bajo el pecho de Pedro Armengol la semilla de la altivez. Para los nobles feudales no había barreras, ni derechos de los inferiores que guardar, ni recatos de las mozas que respetar: el noble era un ser superior, y superiores eran sus prerrogativas. Bien se estaba aprendiendo esta lección Pedro Armengol, y muy joven ya, imberbe casi, supo hacerse temer de siervos y maridos. Empezaron a correr de boca en boca las noticias de sus hazañas: una riña vengativa con algún joven noble un día, y otro un atropello inicuo, y otro el eco de sus risas juveniles en una partida de desenfreno.

Pero poco era todo eso para Pedro Armengol. Forjaba en su magín imaginadas gestas futuras, peanas para la soberbia. Los tiempos eran propicios para acunar ensueños bélicos y a Pedro Armengol no le bastaba ser como tantos: quería ser el primero, sin poder encima y con poder absoluto sobre otros. Bien estaba que corrieran de boca en boca sus hazañas, pero existían otras que podía realizar y que aún aumentarían su prestigio. Además, su altanería le había malquistado con otros nobles, y el rencor de Pedro Armengol no podía tolerar enemiqos. Era preciso que no existiese otra ley que la que él dictara, y un mal día Pedro Armengol abandonó sus lares y sus tierras, menguado campo para su sed de dominio, y cabalgó por tierras catalanas, por montes y prados, por valles y pedregales, por bosques y hondonadas, por riscos y ribazos, a la cabeza de una partida de bandoleros sin cesar engrosada. Ahora sí que el revuelo de sus hazañas se extendía, ahora sí que el temor a su presencia crecía, ahora sí que existía una sola ley, la del noble Pedro Armengol convertido en capitán de bandidos. Lugarejos y casas solitarias conocieron su irrupción súbita y furiosa, pechos humanos la fuerza de su brazo homicida, pobres gentes las exigencias inquebrantables de aquél joven -apenas veinte años tenía- robusto, enérgico, cruel, renegrido por el sol y el humo de las fogatas nocturnas en las cuevas protectoras.

Corría el tiempo bajo la mirada de Dios, corría el agua bajo los puentes, corría bajo el cielo mediterráneo la partida-polvorienta, sudorosa, temida, inmisericorde- del capitán de bandidos Pedro Armengol.

Pero Dios trabaja pacientemente en sus celadas amorosas, forjando planes, tendiendo lazos, levantando la caza para que luego caiga -no abatida sino liberada-, en sus manos que la estaban esperando. Dios también puso celadas de amor a aquel cabecilla de bandoleros que ignoraba, entre sus aventuras y tropelías, lo que le aguardaba. Si innúmeros son los caminos, también las celadas. He aquí cómo fue la preparada para Pedro Armengol.

El rey Jaime I estaba en la cima de su poderío, y poco antes había pacificado las tierras de Valencia de las últimas sublevaciones morunas. Fue preciso pensar entonces en la estabilización de otras fronteras, y don Jaime dirigió su mirada hacia el norte, hacia las regiones pirenaicas sobre las que pesaba la amenaza de las reivindicaciones francesas cuyos monarcas pretendían tener feudo sobre Cataluña, heredado de los carolingios. Se imponía la necesidad de un pacto que delimitara convenientemente los derechos de uno y otro país, con las oportunas renuncias por ambas partes y la creación de lazos familiares por el en aquel entonces sólito procedimiento de un concertado enlace matrimonial.

Para todo ello era necesaria una entrevista. Mas... Mas la época era revuelta, la autoridad real no llegaba a todos los rincones del territorio, y extensas regiones eran escenario de distintos caudillajes que podían hacer peligrosa la ruta de don Jaime de Montpellier. Premisa previa para el viaje era la limpieza de caminos y comarcas, liberándolos de bandidos y salteadores. El rey encomendó la tarea a un noble de acreditada fidelidad, prudencia y empuje, Arnoldo, descendiente de los condes de Urgell, padre de Pedro Armengol. Arnoldo se puso en marcha con sus hombres, dispuesto a cumplir el encargo del rey, y sintiendo latir al unísono en su corazón la esperanza y el temor.

Esperanza, porque como padre amoroso andaba desde tiempo sobre la incierta pista de su hijo, y acaso la misión encomendada le permitiera toparse con el hijo perdido, y temor porque quizá pudiese confirmar plenamente los rumores que corrían acerca de Pedro Armengol. En aquel tiempo, en que las distancias eran enormes comparativamente con los medios de transporte y de información, no es cosa de extrañar que las noticias que corrían sobre el joven noble que nació en Guardia de Prats fueran imprecisas y contradictorias: quién aseguraba firmemente haberle visto a la cabeza de una tropa de rufianes, quién lo negaba con parecida energía, quién lo situaba en el Pallars, quién en el Bergadá, quién en la Maresma. Combatido por el temor de que Pedro Armengol fuese realmente cabecilla de bandidos y por la esperanza de que el temor se disipara o cuanto menos se concretase en algo menos ofensivo para su honor y su amor, Arnoldo inició el recorrido por tierras catalanas, preparando el camino del rey.

Y sucedió que no fue solamente el camino del rey Jaime el que preparó, sino el del Rey de cielos y tierra en su ruta hacia el pecho de Pedro Armengol. Se enfrentó Arnoldo, en su misión, con una de las partidas de bandoleros que más quebraderos de cabeza y peligros le traían. Por la noche, a la luz de las estrellas y del rescoldo del fuego castrense, meditaba una y otra vez Arnoldo en los informes que le iban llegando, y que coincidían en su mayoría en señalar como jefe de la banda de insurrectos a un hombre joven que Arnoldo identificaba con aquel hijo que un día partió de los lares y al que ya no había vuelto a ver. La amorosa celada de Dios iba concretándose, y su instrumento fue una hábil estratagema de Arnoldo, ansioso de cerciorarse de sus sospechas de modo que no se derivara daño para su hijo. La estratagema surtió efecto, y el capitán de bandoleros Pedro Armengol fue desenmascarado ante su padre y perseguidor, Arnoldo. La celada, el lazo se había cerrado, y el otro perseguidor -el divino- cobraba la pieza tras la cual iba desde tiempo.

Por algo ha quedado en el diccionario la palabra nobleza como sinónimo de sentimientos elevados, de grandeza de ánimo. Fue esa nobleza la que salió a luz en el joven Pedro Armengol cuando se vio desenmascarado. Aquello le enfrentó con la imagen real de sí mismo, sin velos ni engaños, y la imagen que le devolvía el espejo de aquella situación límite -no inventada, por cierto, por los novelistas de hoy- fue asaz desagradable, y la vergüenza le invadió. Ante su padre no valían simulaciones ni bravatas, no podía convencerse a sí mismo de que lo que estuvo haciendo durante aquellos años era digno de su alcurnia ni de su honra. No quedaba, tras aquella evidencia, tras aquella luz súbita que sucedía a la anterior obscuridad, más salida que cambiar. Y Pedro Armengol, un día jovenzuelo altanero y vengativo, un día facineroso sin piedad y sin ley, cambió.

A inicios de aquel siglo, y en tierras catalanas, se había fundado una orden que no podía dejar de atraer al joven noble arrepentido. Fue uno de tantos a quienes llegó la influencia de aquella ceremonia fundacional celebrada en la catedral de Barcelona el 10 de agosto de 1218; fue uno de tantos que se sintieron movidos por la estupenda empresa de redimir cautivos. No es raro que Pedro Armengol orientara su vida nueva por el camino marcado por la Orden Mercedaria: era empresa generosa, y ya se dijo que Pedro había guardado en sí, pese a sus defectos, aquel espíritu magnánimo del buen noble, aquel ánimo caballeresco, "desfacedor" de entuertos, aunque muchos hubiera cometido ya en su corta vida. Y sobre orden religiosa, con los tres votos, fue durante un siglo orden militar, lo que probablemente hubo de atraer asimismo al joven noble, crecido en un ambiente que tenía a la milicia como la alta ocupación de las gentes de rancio linaje.

Sea como fuere Pedro Armengol, abiertos sus ojos a la luz, entró en la nueva orden, despojado de armas homicidas, soberbias, rencores e ilusiones vanas, y provisto de un espíritu de humildad y penitencia que hubieron de quedar bien patentes en su vida conventual barcelonesa con los mercedarios. De las cabalgatas alocadas por tierras catalanas a los paseos meditabundos en una angosta celda iba un mundo, y difícilmente le hubieran reconocido en aquel personaje e hábito blanco los que le trataron anteriomente.

Pero un espacio mucho mayor que el de una celda iba a conocer la sinceridad de sus virtudes y el temple de su ánimo generoso. Tierras peninsulares supieron de aquel hombre que predicaba la redención de cautivos, que vivía en pobreza, que iba y volvía con los rescates liberadores de infelices presos. Tierras africanas le vieron llegar un día, en frágil leño, llevado por idénticos propósitos. Y tierras africanas supieron del loco -"la locura de la cruz"- empeño a que se entregó Pedro Armengol. Si el hecho de quedarse en rehenes no era voto especial, sí era cosa corriente, y aquellas palabras mercedarias posteriores, "quedaré en rehenes en poder de los sarracenos si fuere menester para la redención de cautivos cristianos"; fueron muchas veces encarnadas heroicamente.

Por ejemplo, por Pedro Armengol, que quedó en rehenes para liberar a dicho niños víctimas de prisión, como tantos cristianos, luego de piraterías e incursiones del moro. Pedro Armengol, aquel hombre que había puesto pavor a las gentes con la fuerza de su poder y de su brazo, dictador de leyes, se sometía ahora voluntariamente al poder de unos niños, de unos seres débiles e indefensos, y para liberarlos seguía fielmente el ejemplo de la ley de amor que dictó otro brazo, precisamente aceptando que le clavaran en el madero de la cruz. A imitación del Maestro que había elegido, Pedro Armengol salvaba a unos niños a trueque de quedar clavado en una prisión.

Quien conoció el dulzor del aire libre, quien saboreó en tiempos la quietud de una noche sin fronteras y el goce profundo de moverse, respirar y vivir en unas tierras sin horizontes, conoció ahora, y durante largo tiempo, el aire viciado de mazmorras y ergástulas, la invitación inalcanzable de la noche tras una aspillera, el horizonte inmediato de cuatro paredes fétidas. Y todo, escogido voluntariamente, cautivo y víctima por su libre elección.

En Bugía, la "Meca pequeña" de los berberiscos, estuvo Pedro Armengol al filo de la muerte, en un verdadero martirio aceptado. Había salido de la prisión para conocer en la horca la ejecución de la sentencia. Suspendido estuvo en el armatoste mortífero varios días, y las gentes se maravillaban de que aquel condenado no muriese, y aducían, estupefactos, extraños favores infernales. Favores, sí, mas no precisamente del infierno, sino de la Madre de Dios, que le asistió y sostuvo durante los días y las noches en que Pedro Armengol permaneció en la horca, como hubo de confesar luego por obediencia. Quien por amor a Dios había liberado con su sangre y su vida a tantos cautivos se veía ahora liberado por Dios de la muerte inmediata. De aquel hecho le quedó, ya para siempre y como huellas visibles, una extremada palidez y el cuello un tanto torcido.

Inescrutables son los designios divinos, pero acaso humanamente pueda pensarse que si fue salvado de la horca fue en alguna medida por que el ciclo de su vida no hubiese quedado completo. Porque Pedro Armengol había abandonado sus pasadas pasiones y testimoniado sobradamente sus virtudes; pero ¿no convenía acaso que ese hermoso ejemplo fuese dado precisamente allí donde escandalizó? Y allá, a su pueblo natal, Guardia de Prats, fue a parar durante los últimos años de su vida, luego de su vuelta a la Península. En aquellas tierras de olivos, de avellanos y de vides, a la próxima sombra del castillo de Montblanch, en el plácido, humanísimo paisaje tarraconense corrieron los últimos años de la vida de Pedro Armengol, como corrió su infancia y su juventud primera. Y si entonces dejó ejemplo de orgullo, de sinrazones y de desenfreno, los habitantes de aquellas tierras pudieron ahora comprobar día a día, asombrados y quizá incrédulos al pronto, convencidos y admirados luego, el ejemplo de la caridad y abnegación del mercedario Pedro Armengol. Un día fue temido y hasta odiado, hoy era con todavía mayor unanimidad y fervor venerado. Allá donde había escandalizado, edificaba ahora; allá donde creció su celo egoísta se derramaba ahora su celo altruista; allá donde mostrara los frutos de la soberbia mostraba ahora los frutos ubérrimos de la caridad; allá donde se hizo temer por su altivez se hacía querer ahora por su humildad.

Cuando murió -se señala la fecha de 1304- la vida de Pedro Armengol estaba completa en su ciclo, y también en sus tierras natales quedaba el testimonio fecundo de la prodigiosa transformación de aquel joven noble. De aquel noble trocado voluntariamente en cautivo, de aquel capitán de bandidos convertido en generoso siervo de los hombres por amor de Dios.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Respondió Job a sus amigos:
“¡Ojala se escribieran mis palabras, ojala se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.”

Hermanos:
Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde.
Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: “Eloí, Eloí, lamá sabaktaní”. (Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)
Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Mira, está llamando a Elías.” Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: “Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.”
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios.”
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras:
“¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.”

Palabra del Señor.

Los Fieles Difuntos

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".

El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente... 

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dio en el agua bautismal, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."

Después se realiza solemnemente la entrega:

"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles... Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna. 

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús muerió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".

"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste y al ladrón oíste, también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos. 

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos. "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.
La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16).

"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz... Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó, hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Viernes Solemnidad de todos los Santos Ciclo C 01-11-2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: "No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios." Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!" Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén."
Y uno de los ancianos me dijo: "Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás." Él me respondió: "Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero."

Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro.

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
"Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo."

Palabra del Señor.

Solemnidad de Todos los Santos

El otoño litúrgico avanza, tiernamente ungido de melancolía, por el paisaje desolado de noviembre. Ya no hay verdor, ni golondrinas, ni rosas. Bajo un cielo absoluto, la tierra levanta los árboles desnudos, como a esqueletos descarnados, para una danza con la muerte; y gime, cuando el labrador le hunde, sin piedad, el arado, en una maravillosa geometría de sementeras y de surcos. Yo no sé, cómo los vendimiadores tienen alientos para cantar al amor pagano un madrigal de racimos, ahora que la naturaleza pena, ante la venida de las nieves, que han de sepultarle, como en el mármol frío de una tumba.

Caminamos por este otoño espiritual con miedo, con fatiga, con nostalgia. El ciclo de Pentecostés, en su largura, nos alejó de los gozos pascuales del Resucitado, cuando prometían al alma las eternas primaveras de Cristo. Y ahora todo se hace incierto, breve como el día, penitencial, sin luz. Los evangelios de estos domingos escriben sobre nuestro corazón, con aquella misma misteriosa mano que helaba la risa sacrílega, en la cena de Baltasar. Es tiempo de rendir cuentas, porque el reino de Dios es semejante a aquel rey que puso en juicio las contabilidades de sus siervos. No se puede servir a Dios y al César sino dando a cada uno lo que le corresponde, porque al entrar en ese festín de las bodas celestes, que es el reino, nuestras vestiduras deben resplandecer de virtudes y de merecimientos: estremece pensar cómo al invitado que se presenta con su túnica mal cosida y sucia, se le arroja a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes. Invitan a pensar estas domínicas de noviembre que cierran el ciclo litúrgico en el drama del apocalipsis de todas las cosas.

Pero aún tiene un respiro de gozo nuestro corazón con esta fiesta de Todos los Santos. Mirad al cielo, extremadamente limpio, en el punto de la amanecida de otoño. Aún arden las estrellas, innumerables como los descendientes prometidos al padre Abraham. ¿No serán esos pequeños mundos de luz los tronos de gloria para cada uno de todos los santos? Pues os diría que, en la hora del alba, palpitan tan vertiginosamente todas las estrellas, que parecen campanas de luz repicando su gloria, en homenaje del sol, que se alza sobre el horizonte jubiloso para engalanar de aureolas a todos los santos. Sí. En la liturgia, el sol es imagen augusta y reverberante de Jesucristo. La luna silenciosa, blanca y humilde, es la Virgen María, espejo claro donde se mira Dios complacido. Y las constelaciones de luceros, como infinitas, todos los santos de la celeste corte.

Vamos a gozar espiritualmente de este día entrañable... que ya descenderá el crepúsculo con la incertidumbre de sus tinieblas..., porque este Sol, Jesucristo, ha de volver al mundo, sobre un escabel de nubes, a juzgar a los vivos y a los muertos. cuando las aguas embravecidas de los mares caigan, como las del Diluvio, para anegar la tierra; y se bamboleen las constelaciones: y los hombres, secos de angustia, sin lágrimas en sus ojos dilatados, le vean llegar en vestiduras de juez. Aún es tiempo de poner un orden sacro en nuestras vidas y de ajustarlas al patrón de los santos.

La investigación especializada de la historia encuentra muy inciertos los orígenes de esta conmemoración litúrgica de la Iglesia. Hay que descender a ese "laberinto de Dios" que son las catacumbas de Roma, para encontrar, en sus minúsculos oratorios Ia presencia de un culto tributado a los apóstoles y a los mártires por las primitivas comunidades. Aquellos cristianos puros vivieron todas las dimensiones de la resurrección de Jesucristo, como un esquema luminoso de esperanza en la propia resurrección. Habían oído a San Pablo. Y sabían que el Cristo total del cielo se completaría con el número desconocido de todos los hombres que conquistaran la corona. Los mártires habían triunfado ya, rotos en las bocas de los leones, o iluminando, con las llamas de su carne encendida, las orgías de los césares. Eran ya un ejemplo, muy exigente, de vida, y una intercesión poderosa delante del Altísimo. Al concepto pagano de vida y muerte, opuso el cristianismo un sentido de trascendencia, que hacia estimar la misma carne como sacra envoltura del alma y templo del espíritu, según lo predicaba el Apóstol. Era nuestro cuerpo un hermano menor—consentido, rebelde, tenebroso—, pero que nos acompañaba, como contraste de prueba y santificación, por las andaduras del destierro. De ahí que la Iglesia prohibiese incinerar los cadáveres o arrojarlos, sin honra ni oraciones en los "puticuli" funerales, edificando, en las catacumbas los cementerios.

En el principio, se trató sólo de una liturgia funeral sin rango de culto verdadero. Pero muy pronto, los grandes nombres de los "atletas de Cristo" aparecieron en los lóculos mortuorios, orlados de emocionadas grafías. Inés, con sangre en sus vellones de dulce cordera, apacentada por el Pastor bueno; Cecilia, al brazo del ángel de su virginidad, que le cubre de azucenas y de rosas: Lucía recogiendo en un cáliz de oro los borbotones de la sangre de su garganta: Sebastián, traspasado de saetas, como en una crucifixión olímpica, y Lorenzo, ardiente de amor y de perdones, entre las brasas que le tuestan, para el banquete de su propia inmortalidad. Así, el sentido militante de la vida cristiana cobra un realismo de ejemplaridad que arrastra, con la luz de estos valientes triunfadores.

Entonces nace, primero, el culto martirial. Cada aniversario del natalicio para la patria del cielo, se celebraba, según atestigua el Líber Pontificalis, una misa sobre sus mismos sepulcros, orlados de flores y de perfumes, que iba, con frecuencia, acompañada por una "vigilia" nocturna de cánticos y de rezos, clausurando la ceremonia las "libaciones" o "comidas funerales" como un signo de fraternidad con los fieles necesitados. La adhesión fervorosa a determinados mártires, y la certeza de su poder celeste, introdujo la costumbre, entre los fieles, de preparar sus enterramientos junto a esos santos sepulcros, con lápidas donde se pide al mártir la intercesión para el tremendo juicio.

Pero hasta el siglo IV no aparece una liturgia colectiva consagrada a "todos los mártires". Por los Carmina de San Efrén y las Epistulae Syriacae de San Atanasio sabemos que las Iglesias orientales celebraban esta festividad el día 13 de mayo. San Juan Crisóstomo asigna para la Iglesia antioquense la octava de Pentecostés, fecha que aún respetan las comunidades de rito bizantino.

Esta liturgia martirial pasa de Oriente a Roma con el papa San Bonifacio IV—608-15—. Quiso el Pontífice conservar y desenvolver la obra reformadora litúrgica de San Gregorio el Grande. El Líber Pontificalis escribe en su elogio que "alcanzó, del emperador Focas, el templo que lleva por nombre "Panteón", e hizo de él la iglesia de "Santa María y de Todos los Mártires". El suceso es trascendente porque se trata del primer templo pagano consagrado al culto de la comunidad cristiana. fue construido el "Panteón" en honra de Júpiter, por Marco Vespasiano Agripa, el 25 a. de Jesucristo, como una dependencia más de las termas imperiales. Después se entronizaron a Marte y Venus, con un sinfín de otras deidades menores, que le definieron como "Templo de las Estatuas". Es de una suntuosa arquitectura circular, rica en granito, mármoles y oros, con un atrio impresionante por su grandeza y sencillaz. El papa Bonifacio recogió de las catacumbas, las sagradas reliquias de los mártires, que en veinticuatro carrozas fueron portadas procesionalmente con himnos triunfales, y expuestas, en fervor de multitud, a la veneración publica. Pero aún no puede hablarse de una fiesta de Todos los Santos. Se atribuyó a este Pontífice la instauración de la misma, incluso con la fecha del 1 de noviembre, como ahora la celebramos, pero Dom Quentin demostró, a principios de nuestro siglo, que se habían interpretado erróneamente algunos escritos de Beda el Venerable y de Rabano Mauro. Esta fiesta de Todos los Mártires quedó fijada por San Bonifacio, para el día 13 de mayo, ya que las témporas de Pentecostés—fecha heredada de Oriente— impedían, con su ayuno y vigilias penitenciales en San Pedro, el gozo y los esplendores del triunfo de los mártires

Pero cada vez se imponía más el anhelo de festejar a todos los santos: no sólo a los que dieron testimonio con su sangre, sino también a los confesores y doctores, a las vírgenes y a los anacoretas, que ya iban mencionados en el canon de la santa misa, con la fórmula: "los que duermen en el signo de la fe". El vandalismo de los iconoclastas precipitó el augusto acontecimiento. Gregorio III—731-74l—convoca un concilio el día 1 de noviembre del 731, y sobre la confesión de San Pedro Vaticano excomulga 'a todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa madre María, siempre Virgen inmaculada; de los apóstoles y de los santos'. Y, como una reparación de aquellas bárbaras mutilaciones de las santas esculturas, erige, en San Pedro, un oratorio a la memoria y culto de todos los santos, muertos por todo el orbe. Una comunidad benedictina celebraba diariamente la liturgia coral, con especiales conmemoraciones de todos los santos, cuyo natalicio honraban las iglesias particulares. Pero aún corren cerca de cien años más, hasta Gregorio IV —827-844—que la fija el día 1.° de noviembre, a instancias del emperador Ludovico Pio y de los obispos de las Galias. Finalmente Sixto IV enriquecía la festividad con una octava solemne y muy amplias indulgencias.

Penetremos ahora en la teología litúrgica de la fiesta. Desde luego, se apoya en la revelación de las Sagradas Escrituras, San Juan, en sus visiones de Patmos, nos dice: "Vi una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, revestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos. Clamaban, con grandes voces, diciendo: Salud a nuestro Dios, al que está sentado sobre el trono y el Cordero. Y todos los ángeles estaban, en pie, alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro videntes. Y cayeron sobre sus rostros y adoraron al Señor, clamando: Amén. Bendición, gloria, sabiduría, acciones de gracias, honor y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos, Amén".

En esa muchedumbre sanjuanista están todos los santos. No sólo los que la Iglesia canonizó, al catalogarles en su martirologio con un doble signo comunitario de intercesión y ejemplaridad, sino todos los justos, que mueren en gracia, y después de bruñidos en el crisol del purgatorio, acceden a la eterna beatitud de Dios: los santos anónimos, sin aureola, también.

San Pablo concibe el reino de Cristo en un horizonte escatológico: está en el mundo, pero no es de este mundo, según la respuesta misteriosa que Jesús diera a Pilato, en aquel acoso incierto de preguntas, la mañana del viernes, en el Pretorio. Dice a sus corresponsales de Corinto, en la primera carta: "Entonces será el fin, cuando Jesucristo entregue a su Dios y a su Padre el reino. Pero es necesario que Él impere en este mundo, hasta poner a todos sus adversarios como escabel de sus plantas". Para el Apóstol, el reino no es otra cosa que el "pleroma de Cristo': Jesús, como cabeza de todo el cuerpo místico, completado en ese número desconocido de miembros santos, que coincide con la gloriosa turba vista por San Juan en su Apocalipsis.

Pues aquí lo entrañable de la fiesta. Pensar, con toda ortodoxia, que asisten a esas adoraciones del Cordero gentes de nuestra sangre y apellidos, nuestros familiares, los que vivieron cerca de nosotros la misma problemática de los pequeños gozos, las mismas horas grises de ceniza y miserias que tejen el misterio de cada vida. ¡Cuántos afectuosos cuidados nos dispensará, desde su gloria, la que fue nuestra madre, la hermana, el esposo o el hijo que consagramos al Señor, muerto en la primera trinchera de la conquista de las almas!

Y después un espoleo agudo, penetrante, a nuestra condición de viadores—¡tantas veces lacios y vencidos!— para injertarnos una decisión, una temperatura de santidad. Nos agobia la "santidad extraordinaria", el ejerclcio de virtudes, en ese grado heroico que la Iglesia exige de sus santos canonizados para levantarles a la g]oria del Bernini. Leemos sus vidas maravillosas y sencillas. Nos arrebatan y nos asombran. Pero a la hora de imitarles, su psicología personal no casa con nuestro temperamento y nuestros contornos sociales de incertidumbre y angustia tampoco nos ayudan.

No fue así a los principios de la cristiandad. Pablo consagra en sus epístolas una manera de saludo para dirigirse a todos y cada uno de los fieles de las comunidades. Y les llama "santos": "A los santos de Corinto, de Efeso, de Roma'. Se vivía, entonces, el gran mandamiento de la caridad, en una tensión entera y fragante. Eran un corazón, un alma sólo, con todos los bienes materiales y espirituales comunes, unidos por el sacramento de la fracción del Pan. Podemos estimarles como santos de cuerpo entero. Y aunque la Iglesia no haya recogido sus nombres en el martirologio, les honra en este día, porque supieron moldear su existencia según la imagen de Jesucristo, en el cumplimiento exacto de los deberes de su profesión, en las humildes faenas diarias sin brillo, pero ungidas de la caridad y del amor.

¿Ha cambiado, con los tiempos, el módulo de la santidad cristiana? Guardini tiene una respuesta admirable y aguda. La paz de Constantino abrió, para la Iglesia, todas las calzadas imperiales de Roma. Una expansión como de milagro. Pero un grave peligro también. El cristianismo se hace religión oficial. Y aquellas células puras de las catacumbas se ven como asaltadas por una muchedumbre que sólo busca patentes para el forcejeo burocrático, o un camino seguro para el logro de dignidades de gobierno. ¡Y cómo se repite la historia impura en nuestro tiempo! Semejantes cristianos no viven, en su profundidad santlficadora, el código del reino de Dios, predicado por Jesús sobre la Montaña de las Bienaventuranzas, ni se sienten capaces de cargar con las pequeñas cruces domésticas para seguir a Jesucristo, porque su corazón está en la avaricia del oro, en las locuras de la carne, en el orgullo de la vida. Un gran viento helado apaga las lámparas de la fe, mientras la vida cristiana discurre sin gloria y sin pena. Pues, muy lógico que, en estas condiciones, la Iglesia exija de sus santos un comportamiento fuera de serie, virtudes extraordinarias, que les distinga de la plebe civil y espesa.

Entonces el Santo busca la soledad para una más sosegada conversación con su Dios, adelgazando la carne con flagelaciones y ayunos. Y se abren los desiertos, como palestras candentes, para los atletas del silencio. Semejante evasión del mundo puede considerarse egoísta. Pablo de Tebas huye de las persecuciones porque le falta la fortaleza del mártir para dar testimonio entre las bocas de los leones, en los circos. Pero Pablo y Antón, con todos los millares de solitarios que les siguen, se topan en la soledad con el demonio. Y éste es el bárbaro contraste de su santidad. ¡Qué diabluras tan estremecedoras! Pelean a brazo partido con la fiebre de la propia carne, con el zarandeo del demonio, que les turba toda oración, que les veja y les acogota, subiéndose sin respeto a las barbas venerables, mientras sus risas conmueven los infinitos arenales y soplan un siroco abrasador de infierno. Pues cuando triunfan de tan terrible adversario, bien merecen que la áureola de la santidad engalane sus ancianas frentes, amigadas y angélicas.

Otros combaten al demonio de la herejía, cuando la Iglesia desenvuelve los dogmas nuevos, contenidos en la revelación de las Escrituras; y se santifican, quemando la propia existencia en la contemplación y en el estudio: Agustín, Alberto Magno, Tomás de Aquino. Y las vírgenes abren el nardo de su alma para que embalsame de celestes perfumes la cloaca de nuestro mundo: Clara, la pobre de Asís; Matilde la Grande; Gertrudis de Helfta; y nuestra Teresa de Avila, peregrinando para edificarle al Esposo palomares de monjas, entre éxtasis y transverberaciones, trampas del maligno y febriles baldaduras de su pobre cuerpo. La Iglesia exige de sus santos, un resplandor en vida, que destaque e ilumine el chato discurrir espiritual de los fieles cristianos. Naturalmente. A las dictaduras del feudalismo, las Fraternidades mendicantes de Guzmán y Asís oponen el amor del Evangelio, hasta romper una lanza en defensa del hermano lobo. Y Loyola funde en el horno de sus "Ejercicios" un hombre verdadero, y distinto de aquel rebelde, carnal, orgulloso, que había engendrado la falsa reforma luterana. Así, las miserias espirituales y materiales de cada siglo encuentran en los santos de Dios medicina, y un ejemplo de acicate para elevar las vidas vulgares de los fieles cristianos.

Pero ved. Las convulsiones guerreras y revolucionarias de nuestro tiempo han metido a todo el hombre en un trance de crisis profunda. Lo comunitario prima sobre la individualidad, en el ámbito de la vida religiosa y civil. Apunto el hecho solamente, sin ánimo de especulaciones, sobre una filosofía de la historia. Entonces ¿tienen que proyectarse los cánones de la santificación sobre este hombre-masa? Se nos ha propuesto un esquema a nuestro alcance, con Teresa de Lisieux: una santidad pequeña, doméstica, asequible. Pero resulta que el corazón de la joven y humilde carmelita se dilata tanto, en profundidad y anchura. que cabe en él todo el Evangelio vivo, y la teología de San Pablo, la fortaleza de los mártires, el ansia misionera de Javier y una gran pasión por la cruz. ¿Quién posee un corazón de tan enormes latidos? Pero hay un instante clave en su vida, que se nos acerca tan graciosamente, que la podemos erigir como ejemplo de santificación para todos los individuos, estados. profesiones. Cuando, a los filos de su agonía, unas hermanitas comentan junto a su ventana, los apuros de la superiora para redactar la carta de elogio fúnebre de Teresa. Nada extraordinario y visible, hay en su existencia breve. Pero Teresa de Lisieux obra sencillamente todas las realidades de su vida, por amor a Dios y al prójimo. Y así es el toque y la aureola de su santidad que ha conmovido al mundo: y muy acorde con nuestra psicología moderna. En los campos, en el taller y en la fábrica—que también tramita la Iglesia procesos de canonización de "cargadores de puerto"—; en el mundo trepidante y anónimo de las oficinas mecanizadas; en el ejercicio de las profesiones libres; en la espiritualidad de los esposos, debe resplandecer este amor a Jesucristo, hecha práctica diaria, que ajuste nuestra vida entera de relación, y refleje un contorno suave de luz que guíe y consuele a nuestros hermanos. Así alcanzaremos ciertamente la corona para el gozo infinito del cielo. En el ofertorio de esta fiesta, el sacerdote implora, con la Sabiduría: ' Señor: las almas de los santos están ya en tu mano, y no las salpica el fermento de la muerte eterna. A los ojos del mundo, pareció que morían, pero ahora viven en tu paz". Aunque parezca increíble, este vivir y obrar por el amor de Dios suena, en nuestro tiempo, a locura, porque se sirve idolátricamente a la fuerza del odio, del rencor y de la envidia; y se adoran, con estudio refinado, los placeres de la venganza. Pues la paz del mundo no puede amanecer, si éstos santos anónimos, sin aureolas, no cambian con su ejemplo los rumbos satánicos de la sociedad.

Fiesta de Todos los Santos. Otoño. Recogimiento del alma, trascendida a dulces conversaciones con el cielo. Celebradla en lo íntimo de vuestro hogar, pensando en los santos familiares, junto a la misma mesa donde el padre y la madre nos partían el pan, la doctrina cristiana y el consejo; las flores, los cuadros, las costumbres que amaron; este lecho donde el dolor largo iba calladamente haciéndoles imagen viva de Jesucristo en su cruz... y ellos sonreían para no turbar nuestro gozo. Asomaos a la ventana, a los mismos pasajes que hicieron descanso, contemplación del Señor y alegría de sus almas. Y si las lágrimas os ciegan, ya vendrá desde lo alto una música callada, nunca oída, el salmo que todos los santos—nuestro padre, nuestra madre, la hermana, el esposo, el hijo—cantan al Cordero. Y entonces tendréis la gloria celeste dentro del corazón.