domingo, 5 de agosto de 2012

Lecturas


En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:
-« ¡Ojala hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»
El Señor dijo a Moisés:
- «Yo haré llover pan del. Cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios. “»
Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron:
- « ¿Qué es esto?»
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:
- «Es el pan que el Señor os da de comer.»


Hermanos:
Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios.
Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre vicio corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.


En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús., Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
- «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»
Jesús les contestó:
- «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»
Ellos le preguntaron:
- «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»
Respondió Jesús:
- «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.»
Le replicaron:
- « ¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”»
Jesús les replicó:
- «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
- «Señor, danos siempre de este pan.»
Jesús les contestó:
- «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Durante estos domingos dejamos un poco de lado el evangelio según San Marcos, correspondiente a este ciclo litúrgico, para adentrarnos en el discurso eucarístico del evangelio según San Juan.


La lectura evangélica de hoy tiene su punto inicial de inspiración en la trayectoria del pueblo de Israel, en marcha hacia la Tierra Prometida.
El enclave natural es distinto: la sequedad del desierto, por un lado, y el verdor de una primavera lozana, por otro.
El pueblo rodea a Moisés, confiando en su caudillaje.
La muchedumbre se arremolina en torno a Jesús, sentada apaciblemente sobre la verde hierba.

En ambas experiencias, tanto la del Antiguo como la del Nuevo Testamento el pueblo se asombra ante el prodigio, para dar paso posteriormente a la crítica y a la incertidumbre.

Lo podemos apreciar por el maná, el regalo caído del cielo. Muchos protestan por la monotonía del manjar y anhelan las cebollas y los ajos de su pasada esclavitud.


Con Jesús ocurrió igual. Quieren aclamarlo como rey, porque atisban la posibilidad de una vida mejor, sin sobresaltos ni esfuerzos.

Pronto se dan cuenta que la “bicoca”, la “gallina de los huevos de oro” no es tal y no podrán explotar la imagen de Jesús en beneficio propio. El Maestro les desconcierta con sus mensajes altruistas. Esperaban ventajas materiales. Por eso surgen la tensión y la polémica.

Vivían entonces, lo mismo que vivimos ahora: la urgencia de lo inmediato, que nos hace elevar a la persona al pináculo de la fama, para hundirla después.
Pasamos del blanco al negro con pasmosa facilidad, sin detenernos a examinar el itinerario personal de cada uno.
Estamos en el mundo de la respuesta inmediata, de la resolución urgente, de lo superficial y de lo efímero, de lo que nos permite disfrutar de todo y de todos sin comprometernos con nada ni con nadie.
Jesús, una vez más, intenta que comprendan el significado del signo, que no es satisfacer únicamente una necesidad física- como es comer- sino la necesidad profunda del alma, que se sustenta de alimentos imperecederos: el pan de la vida y el agua de la vida, que la samaritana quiso probar junto al pozo de Jacob en Siquén.


El alimento que Jesús ofrece se amasa con la levadura del amor y tiene el sabor que cada uno quiera degustar. Es un pan familiar que llena, que llega al corazón, porque se ha cocido en el horno del sacrificio y de la entrega generosa.
Dicen los médicos que para realizar una buena terapia, que permita la recuperación del enfermo, se necesita:

1.- Cuidar su entorno afectivo, con la cercanía de sus seres queridos
2.- Calor humano en la asistencia médica y espiritual.
3.- Tratamiento quirúrgico y medicinal adecuado
4.- Equipamiento del centro médico
5.- Profesionales competentes..

Pero, el cuidado afectivo va a la cabeza. Si el enfermo no quiere curarse no se curará. Y, por el contrario, su buena predisposición para vivir estimulará una más rápida recuperación.
Sin ser médico conozco varios casos de personas, prácticamente desahuciadas que se han terminado curando debido a su fortaleza de ánimo y buena predisposición.
La búsqueda de una vida mejor ha marcado a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Todo empieza por asegurar la subsistencia, el pan nuestro de cada día.


He aquí la fuente de todos los conflictos y la realización de los proyectos más nobles.

Es fácil entender la razón que mueve las migraciones de los animales y de los pueblos, las invasiones y conquistas de países para controlar la producción de alimentos y los recursos energéticos. Sigue acentuándose el problema con el paso de los años por la desigual distribución de la riqueza y las diferencias abismales entre ricos y pobres.

A nadie debe sorprender la llegada de pateras por el mar, la inmigración ilegal, camuflada de turismo y el cruce a pie clandestino de las fronteras terrestres. Si los que acuden a nuestra tierra para asegurar el futuro de su familia encontraran trabajo y remuneración suficiente en sus países, seguramente no estarían aquí.

Salir fuera implica desarraigo, dolor, soledad, incertidumbre y múltiples barreras.
Pero no olvidemos que, saciado el hambre corporal, no se agota la ambición del hombre. Después queremos coches de lujo, confortables mansiones, aparatos tecnológicos sofisticados y nunca se acaba la sed de tener y poseer.


Sin embargo, ¿cómo llenar los vacíos afectivos y las ansias de eternidad?
Hay personas que lo tienen todo y no son felices, y otras, sin apenas nada, sonríen a la vida con optimismo. Estas paradojas nos sorprenden, pero no tanto. Podemos citar numerosos ejemplos: unos, extraídos de la experiencia personal diaria; otros, transmitidos por los diversos medios de comunicación.

Quien ha gustado a Dios no persigue seguridades materiales y le sobra todo. “Quien a Dios tiene- decía Santa Teresa- nada le falta; sólo Dios basta”.

Este es el alimento que ofrece Jesús, no el perecedero, que satisface una necesidad corporal inmediata, sino el imperecedero, el que lleva a la vida. Y éste es su propia persona, para que quien coma de El no muera.

¡Ojalá sepamos apreciar este don de Dios y no lo rechacemos como hizo el Pueblo de Israel con el maná y los seguidores que habían sido alimentados por Jesús en la multiplicación de los panes que, al oír su posterior discurso, se decían unos a otros que era una dura doctrina, imposible de seguir!

¿A quién podemos acudir en los tiempos de incertidumbre si sólo El tiene palabras de vida eterna?

SAN OSWALDO DE NORTHUMBRIA

Fue un héroe y un apóstol. Suya es la gloria de haber plantado la primera cruz en su tierra de Northumbria.

San Agustin de Cantorbery había empezado la conquista espiritual de Inglaterra; vino luego la reacción pagana, y los misioneros de Roma se replegaron. Al empezar de nuevo el avance, otros competidores les disputaban el campo: ellos, los hijos de San Benito, subían del Sur; del Norte bajaban los de San Columba, protegidos por la espada del rey Oswaldo.

Oswaldo era el noveno descendiente de Odín, padre del Olimpo anglosajón. Hijo de los dioses, pertenecía a la familia real de Nortumbria. Su padre, Etelfrido el Devastador, fue un rey incendiario y sanguinario. Sus violencias le valieron a él la muerte y al hijo el destierro. Niño todavía, Oswaldo, seguido de un cortejo de magnates, buscó un refugio entre los escotes del Norte. Los escotes eran ya cristianos. El soplo ardiente y huracanado de Columba, el gran misionero irlandés, había pasado por su país, unos lustros antes, quemando encinas sagradas y abrasando los corazones en el amor de Cristo. Cuando, hacia el 615, Oswaldo llegó a aquella tierra, las gentes no hablaban más que de Columba y de su Evangelio. Y a fuerza de oír hablar a los monjes y a los aldeanos, llenóse también él de amor por aquella naturaleza mística y arrebatada como la suya, y empezó a pensar que el heroísmo no estaba reñido con el cristianismo. Con la impetuosidad propia de su carácter, se hizo catecúmeno de los misioneros celtas, escuchó maravillado la revelación de los dogmas evangélicos, y habiendo recibido las aguas del Bautismo, se convirtió en un propagador entusiasta de su nueva religión.

Entre tanto, sajones y bretones se disputaban el terreno en Northumbria. El terrible Cadwallon, heredero del ideal y de la ferocidad de Arthus, el héroe legendario de Bretaña, iba eliminando a todos los parientes del principo desterrado. Su hermano Eanfrido acababa de ser asesinado, después de renegar la fe. Oswaldo quiso vengarle. Tenía un temple de hierro y una decisión heroica. Seguido de un puñado de valientes, dirigióse al reino de sus mayores, dispuesto a morir o a destronar al formidable bretón. Los dos ejércitos se encontraron junto a la gran muralla que el emperador Severo había levantado de un mar a otro mar contra los pictos. Defendida la espalda por el muro romano, el príncipe anglosajón ocupaba una eminencia, en que su pequeña tropa podía hacer frente a los batallones enemigos. El nombre de aquella altura le pareció un buen augurio: se llamaba Campo del Cielo. El día antes de lanzarse al combate, hizo una cruz con dos ramas de encina, la plantó en el suelo, y, postrándose delante de ella, dijo a sus compañeros de armas: «Caigamos de rodillas e imploremos la misericordia de Dios. Él sabe que nuestra causa es justa, pues defendemos nuestra salud y nuestra libertad contra los que han jurado el exterminio de nuestra raza.» Pocas horas después, mientras dormía en su tienda, confiado ante el momento que iba a decidir su destino, le pareció que un monje de estatura gigante, de clara mirada, de rubio cabello y de aspecto entre belicoso y paternal, se acercaba sonriente a su lecho. Así le habían representado siempre a San Columba, el dulce e impetuoso fundador de Jona. Y no dudó que era él, al ver que extendía la cogulla sobre su cabeza, diciéndole: «Ten valor y obra varonilmente; he obtenido de Dios tu victoria y la muerte de los tiranos. Vencerás y reinarás.»

La victoria fue completa. Cadwallon, el último héroe de su raza, murió en el combate, y los bretones no volvieron a levantar cabeza. Con el sobrenombre de Lamn-Gwin, el de la espada que relumbra, Oswaldo se sentó en el trono de sus antepasados, y todos los reyes de la Heptarquía reconocieron su autoridad suprema. Sólo a él competia presidir el círculo dorado de los jefes, dar la señal del combate y llevar el penacho de plumas, que era el emblema del Bretwalda, caudillo universal de los anglosajones. Pero la dulzura evangélica había moderado los ímpetus de su sangre heroica. Su ideal no estaba en la guerra, sino en la paz y en la justicia. El Venerable Beda, que era nortumbrio como él, nos dice que logró practicar y fundir en uno los dos pueblos, separados por una lucha secular. El aglutinante fue la religión, aquella religión que había sido el consuelo de su destierro. Su corte se llenó de sabios monjes, su reino empezó a cubrirse de iglesias y monasterios. Los catequistas celtas recorrieron el país enseñando y bautizando. Los monjes romanos volvían a aparecer por el Sur. El primer misionero venido de Jona había fracasado completamente. Lleno de desaliento, abandonó la misión y se retiró a su monasterio, declarando que los anglos eran una raza indomable, de espíritu rudo y bárbaro, con la cual no había convivencia posible. Este informe sembró la consternación entre los hermanos de Jona; largo tiempo deliberaron sobre lo que debían hacer, hasta que uno de los asistentes, dirigiéndose al pusilámine predicador, le dijo: «Paréceme, hermano, que has sido demasiado duro con esa gente. No has empezado por ofrecerles, según la doctrina apostólica, la leche de una dulce doctrina, a fin de atraerlos poco a poco a la inteligencia y a la práctica de las cosas más perfectas.»

El que así hablaba era un monje prestigioso, llamado Aidán. Los monjes aprobaron su parecer, le confirieron las órdenes y le enviaron al rey Oswaldo. Oswaldo le construyó un monasterio, para que fuese como el centro de sus correrías apostólicas. Como Jona, la nueva fundación estaba en una isla; una isla que flotaba mirando al continente, no lejos del golfo de Edimburgo, frente a las verdes colmas del Northumberland y la playa arenosa de Bertwick. Era una isla llana, rocosa, sombría, refugio de la melancolía y de la esterilidad. Ni un pliegue en el terreno, y, salvo una colina medrosa, ni una línea que animase el horizonte y quitase la impresión de monotonía. Eso era Lindisfarme, la isla sagrada, el primer santuario que se levantó en aquella región, y el centro de la vida religiosa de aquellos primeros días de la conquista cristiana. Pero Aidán estaba encantado; su isla le parecía el paraíso, porque se parecía a Jona y le recordaba a su padre, el desterrado de Irlanda, y le hacía pensar en el paisaje austero, rudo y salvaje que había fortalecido sus años juveniles.

Oswaldo había encontrado a su apóstol, al sacerdote de corazón de padre para los humildes y de corazón de león para los soberbios, al hombre desdeñoso de la falsa grandeza y de la vana prosperidad, a la palabra vencedora de las inclinaciones perversas de su tiempo y de todos los tiempos. Los pueblos abandonaban sus supersticiones, los nobles renunciaban a sus instintos de venganza y las princesas consagraban a Cristo su virginidad. Oswaldo era el discípulo más ferviente del misionero. Pero, no contento de secundarle como rey y obedecerle como hijo, se entregaba, a ejemplo suyo, al ejercicio de todas las virtudes cristianas, pasando noches enteras en oración, ocupándose más aún del reino de los Cielos que de la patria terrestre que había sabido conquistar y por la cual sabría pronto morir, derramando sus riquezas entre los pobres, los enfermos y los extranjeros, a quienes el obispo distribuía el alimento de la palabra evangélica. No se desdeñaba tampoco de hacerse intérprete suyo para con el pueblo. Era un espectáculo encantador, dice el Venerable Beda, ver a este rey que durante su destierro había aprendido la lengua de los celtas, traducir a los grandes jefes, a los oficiales del palacio y a las gentes humildes los sermones del obispo, que aún no había llegado a dominar la lengua de los anglosajones. Esta tierna amistad, esta fraternidad apostólica, contribuyó a popularizar la memoria de los dos santos y a consagrarlos en los anales del pueblo inglés.

Pero lo bello y lo bueno dura poco en la tierra. La gloria de Oswaldo turbaba el sueño de otro de los jefes de la Heptarquía, el terrible Penda, rey de los mercios. Bajo la mano de hierro de este guerrero terrible, el reino de Mercia seguía siendo el foco del paganismo anglosajón. Durante algún tiempo, Penda había dejado tranquilo a su rival; pero los progresos que hacía el cristianismo entre los hombres de su raza y la conversión de Oswaldo, que él llamaba una traición a Odín, su común antepasado, acabaron por resolverle a la lucha. El combate fue terrible: murieron los más bravos caballeros de Mercia y de Nortumbria; murió un hermano de Penda, y Oswaldo, el grande y generoso Oswaldo, murió también. En su última hora, viendo el campo cubierto por los cadáveres de los suyos, tuvo una plegaria digna de un gran cristiano: «¡Dios mío —exclamó, recogiendo su aliento postrero—, salva sus almas! » Este último grito del joven héroe quedó grabado en la memoria del pueblo anglosajón. «Por eso—refiere San Beda—rezaba e] proverbio: ¡Oh Dios, compadécete de las almas, como dijo Oswaido cayendo en tierra.» Murió, pero pagó cara su vida. Furioso de su bravura, el vencedor colgó su cabeza de un poste, y allí estuvo durante un año, hasta que vino a buscarla el valiente Oswy, su hermano, su vengador y continuador de su obra.

El pueblo anglosajón le veneró como un mártir. Fue un héroe de la fe y de la patria, un héroe tronchado en la flor de la edad, dulce y fuerte, grave y sincero, inteligente y piadoso, gracioso y activo, humilde e intrépido, misionero y soldado. Un monje medieval cantaba: «Nos dicen que Hércules se venció a sí mismo; que Alejandro Magno venció al mundo; que César venció a sus enemigos; pues bien, Oswaldo venció a la vez a sus enemigos, al mundo y a sí mismo.» Todos los recuerdos de aquella noble vida fueron considerados como reliquias sagradas. Las multitudes se congregaban en torno de la cruz erigida la víspera de su primera victoria, recogían la tierra regada con su sangre, y besaban con amor la mano que había empuñado con valor la espada y repartido con largueza la limosna. De aquella mano se contaba un caso profetice. Celebrábase un banquete en el palacio real. Junto al rey se sentaba el obispo Aidán; y, ya levantaba la diestra para bendecir los manjares, cuando el servidor encargado de los pobres entró a decir que una turba de mendigos aguardaba a la puerta. Al oír estas palabras, Oswaldo mandó retirar los alimentos, hacer añicos las bandejas de plata y distribuirlo todo a los pobres. Al extender la mano para dar esta orden, el obispo la estrechó, diciendo: «¡Que esta mano no perezca jamás!» Y he aquí que todo el pueblo de Inglaterra podía admirar, venerar y besar aquella mano, fresca e incorruptible, encerrada en el brillante estuche de rubíes y brillantes.

sábado, 4 de agosto de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo:
-«Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.»
Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo:
-«El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído.
Pero, ahora, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros.
Yo, por mi parte, estoy en vuestras manos: haced de mi lo que mejor os parezca.
Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes. Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras. »
Los príncipes del pueblo dijeron a los sacerdotes y profetas:
-«Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro, Dios.»
Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo.


En aquel tiempo, oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes:
-«Ése es Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los poderes actúan en él. »
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo habla metido en la cárcel encadenado, por motivo de
Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.
El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera.
Ella, instigada por su madre, le dijo:
-«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista. »
El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.


Palabra del Señor.

San Juan Bautista María Vianney

INFANCIA

San Juan Bautista Vianney nació el 8 de Mayo de 1786 y fue Bautizado el mismo día. Era el cuarto de ocho hermanos. Como muchos otros santos, nuestro santo disfrutó de la preciosa ventaja de haber nacido de padres verdaderamente cristianos.

Su padre era el dueño de una finca y su madre era nativa del pueblo de Ecully, el cual como Dardilly, el lugar donde nació el santo, estaban cerca de la ciudad de Lyons.

Sería un error contemplar a la familia Vianney como ignorantes. Sin duda alguna ambos padres y los niños pasaban días arduos en los campos y viñedos, pero la conciencia de que por varios siglos esta tierra había pertenecido a los Vianneys , inspiraba a la familia con un legítimo orgullo y disfrutaban de la estima de todos aquellos que les conocían.

La amabilidad hacia los pobres y necesitados era una virtud familiar; ningún mendigo fue nunca arrojado de sus puertas. Así fue como un día fueron privilegiados de dar hospitalidad a San Benito Labre, cuando el patrono de los mendigos pasó por el pueblo de Dardilly en uno de sus peregrinajes a Roma.

Desde muy niño sus padres lo llevaban a los campos, donde aprendió a ser pastor y, cuando era mayorcito se iba a cuidar los rebaños. El campo era su lugar preferido, las flores, los árboles, toda la naturaleza le hablaba de Dios, en quien encontraba el descanso de su corazón.

Con frecuencia se iba bajo la sombra de un árbol grande y allí, hacía como un pequeño altar donde ponía la imagen de la Virgen Santísima, que siempre llevaba y llevaría toda su vida junto a él; y a los pies de la Madre, descargaba su corazón con la confianza de un niño pequeño.

En otras ocasiones llamaría a sus otros compañeros pastores y les compartiría las cosas del Señor que aprendía de su mamá, siendo éstas sus primeras clases de catecismo que luego, diariamente compartiría con los habitantes de Ars, siendo este uno de sus más grandes ministerios como sacerdote. Tenía la costumbre de hacer la señal de la cruz, cada vez que sonaba el reloj.

Francia en esta época de 1790, estaba pasando una gran crisis -La Revolución Francesa- que con el pretexto de implantar "Libertad, igualdad y fraternidad" desató una masiva persecución que llevó a la guillotina a muchos hombres y mujeres, incluyendo a muchos sacerdotes y religiosas.

Los sacerdotes tenían que disfrazarse, cambiando constantemente de domicilio, para poder ministrar al pueblo de Dios, que permanecía fiel. Entre estos sacerdotes se encuentran dos que serán muy importantes en la vocación de San Juan: el Padre Balley y el Padre Groboz, quienes trabajaban ambos en Ecculy. Uno hacía de panadero y el otro de cocinero.

Es en este tiempo en el que Juan Bautista hace su Primera Comunión en Ecculy, en la casa de su mamá. Buscando no llamar la atención de las autoridades, trajeron carros de heno y los pusieron frente a las ventanas y comenzaron a descargarlos durante la ceremonia para evitar conflicto. Juan Bautista tenía 13 años, y aún siendo tan mayorsito lágrimas corrieron por sus mejillas al recibir al Señor, y durante toda su vida hablará siempre de este día y atesoraría el rosario que su madre le regaló en esta ocasión.

ESTUDIANTE

Al subir al poder Napoleón Bonaparte, gradualmente, la Iglesia obtuvo cierta libertad.

Por corto tiempo Juan Bautista asistió a una escuela de su pueblo, pero ahora que estaba creciendo, cada vez más los campos exigían de su trabajo. Fue en estas largas horas de faena en las que su convicción de ser sacerdote creció en su mente. Se decía: "Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios", y este pensamiento lo compartía con su madre, en quien encontraba apoyo, pero su padre le dio gran lucha. Tuvieron que pasar dos años para que el padre aceptase las aspiraciones de su hijo de ser sacerdote.

El Arzobispo de Lyons, quien era tío de Napoleón, sabía que su primer deber era buscar candidatos para el sacerdocio y así cada parroquia fue instruida para que se iniciase una campaña para promover las vocaciones al sacerdocio. El Padre Balley, párroco de Ecculy, abrió en la rectoría una pequeña escuela para formar aquellos jóvenes que sintiesen la vocación. Era la oportunidad para Juan Bautista; podía ir a la escuela del Padre Balley y quedarse en la casa de su tía. Hasta su padre vio las ventajas de esta oportunidad y le dio el permiso para irse. Juan Bautista tenía 20 años.

Muchos dicen que era torpe, para no decir estúpido. Sin embargo no puede haber algo más lejos de la realidad. Su juicio nunca estuvo errado, pero su memoria era pobre. El mismo decía : "Que no podía guardar nada en su mala cabeza".

Al ver que le era tan difícil retener especialmente la gramática del latín, en un momento de desesperación casi se regresa a su casa, pero felizmente el Padre Balley captó el peligro en el que se hallaba su estudiante, y le pidió hiciese un peregrinaje al Santuario de San Francisco Regis, en Louvesc. El peregrinaje logró un cambio en él , lo que hizo que su progreso fuese por lo menos lo suficiente para salvarlo del sentimiento de desaliento que casi logra apartarlo de sus estudios.

DESERTOR INVOLUNTARIO

El apetito de poder de Napoleón era insaciable. Se había lanzado a la conquista de Europa, lo que provocó que muchos muriesen en su ejército. La falta de soldados lo llevó a reclutar más aun y en el 1806 la clase de Juan Bautista fue llamada a enlistarse. Pasaron dos años, pero en el otoño de 1809, Juan Bautista, a pesar de estar exento por ser seminarista, fue llamado para el ejército. Parece que el nombre de nuestro santo no estaba escrito en las listas oficiales de los estudiantes de la Iglesia que las diócesis proveían a las autoridades. El joven Vianney fue mandado a los regimientos de España. Sus padres trataron de encontrar un substituto y por la suma de 3,000 francos un joven se voluntarizó para ir en su lugar pero se arrepintió al último minuto.

El 26 de Octubre Juan Bautista entró en las barracas de Lyons solo para enfermarse. De aquí lo enviaron al hospital de Roanne donde la enfermera encargada lo ayudó a volver a tener el aspecto de buena salud. Enero 6, 1810, Juan Bautista dejó el hospital, para encontrarse con la noticia de que su compañía se había marchado hacía mucho tiempo. Solo quedaba el tratar de alcanzarles.

El invierno era recio y una fiebre altísima lo atacó lo que provocó que muy pronto no pudiese seguir avanzando. Entrando, en un cobertizo que le dio cobijo, se sentó sobre su bolsa y comenzó a rezar el Rosario. Dijo tiempo después que "Quizás nunca lo recé con tanta confianza". De pronto un extraño se le presentó frente a él y le preguntó: "¿qué estás haciendo aquí?". Juan Bautista le contó lo que le había pasado y desde ese momento el extraño cargó su pesada bolsa y le dijo que le siguiese. Llegaron a la casa de un labrador y allí estuvo por varios días hasta que se le pasó la fiebre. Mientras estaba en cama por primera vez pasó por su mente la realidad de que sin haber sido culpa suya, el era ahora un desertor.

Conocía al Mayor Paúl Fayot, quién se dedicaba a esconder desertores y acudió a el, pero no tenía lugar y le recomendó quedarse en la casa de su prima Caludine Fayot, una viuda con cuatro niños. Desde ese momento Vianney adoptó el nombre de Jerome Vincent. Bajo ese nombre llegó hasta abrir una escuela para los niños de la villa.

En el 1810 un decreto imperial concedió amnistía a todos los desertores de los años 1806 a 1810. Juan Bautista estaba cubierto por este decreto así que era libre de regresar a casa y terminar sus estudios. La Divina Providencia y la asistencia de la Virgen lo habían salvado.

Su madre murió poco después de esta feliz reunión. Ahora tenía 24 años y el tiempo apremiaba. El 28 de Mayo de 1811 recibió la tonsura. El Padre Balley, viendo esencial que fuese a tomar estudios regulares lo mandó al Seminario Menor de Verrieres. Aquí el joven Vianney sufrió y tuvo gran faena, pero nunca brilló como un filósofo.

DIFICULTAD CON LOS ESTUDIOS

En Octubre 1813, entró en el Seminario Mayor de Lyons. Su inadecuado conocimiento del latín le hizo imposible captar lo que los profesores decían o responder a las preguntas que le eran hechas. Al final de su primer término le pidieron que se marchara, y su dolor y desaliento eran inmensos. Por algún tiempo pensó en irse a una de tantas congregaciones de hermanos religiosos; sin embargo una vez más el Padre Balley vino en su rescate y sus estudios le fueron dados en privado en Ecculy. Pero no pasó el examen previo a la ordenación. Un examen privado en la rectoría de Ecculy probó ser más satisfactorio y fue tomado como suficiente, siendo juzgadas justamente sus cualidades morales que sobrepasaban cualquier falta académica.

En Agosto 13, 1815, Juan Bautista Vianney fue elevado al sacerdocio, a esa inefable dignidad de la que tan frecuentemente hablaba diciendo: "El Sacerdote solo será entendido en el cielo"; tenía 29 años de edad.

Su primera Misa la dijo en la capilla de Seminario en Grenoble.

En su regreso a Ecculy la copa de felicidad rebosó cuando se enteró que sería ayudante de su santo amigo y maestro, el Padre Balley. Pero las autoridades diocesanas determinaron que por un tiempo, el que luego pasaría gran parte de su vida en un confesionario, no debía tener las facultades para confesar. Mas tarde, el Padre Balley habló con las autoridades eclesiásticas y el fue su primer penitente.

Su hermana Margarita decía: "él no predicaba muy bien todavía, pero la gente acudía en masa cuando le tocaba a él predicar".

En Diciembre 17, 1817, murió en sus brazos su querido amigo el Padre Balley, a quien lloró como si hubiese sido su padre. El, que era tan desprendido de las cosas materiales, hasta el fin de su vida tendría un pequeño espejo de mano que perteneció a su maestro y padre, porque él decía que "Había reflejado su rostro". Poco tiempo de la muerte del Padre Balley, M. Vianney fue asignado al pueblo de Ars, un pequeño y aislado pueblo donde se pensó que sus limitaciones intelectuales no podrían hacer mucho daño.

PÁRROCO DE ARS: 1818-1859

El pueblecito de Ars se encuentra en una planicie ondulada, que tiene en su centro una pequeña colina donde se encuentra la Iglesia, sirviéndole como de plataforma. En el 1815 consistía de unas 40 casas. Su iglesia estaba extremadamente dañada y de igual condición estaba la rectoría, que se encontraba a un lado del valle.

En los círculos clericales, Ars era mirado como un tipo de Siberia. El distrito era torpe, la desolación espiritual era aún mayor que la material. En los primeros días de Febrero de 1818, que el Abbe Vianney recibió la notificación oficial de su traslado a Ars. El Vicario General le dijo: "No hay mucho amor en esa parroquia, tu le infundirás un poco". El 9 de febrero, M. Vianney se dirigió hacia el lugar que sería por los siguientes 41 años el lugar de su sorprendente y sin precedente actividad. Caminó 38 Km. desde Ecculy hasta Ars. Le seguían en un carretón una cama de madera, un poco de ropa y los libros que le dejó el Padre Balley. Cuando pudo divisar la pequeña villa, hizo un comentario de su pequeñez y al mismo tiempo hizo una profecía: "La parroquia no será capaz de contener a las multitudes que vendrán hacia aquí".

Los habitantes del pueblo en su mayoría buscaban los placeres del mundo y no tenían mucha fe, aunque quedaba un pequeño núcleo de personas que permanecían fervorosas, entre las cuales estaba la señora de la casa más grande de Ars, Mlle. des Garets, quien dividía su tiempo entre la oración y las obras de caridad.

Al llegar, su primera preocupación era la de establecer contacto con su rebaño. Visitó cada casa de la parroquia. En estos primeros días todavía encontraba tiempo para caminar por las praderas, con su breviario (libro de oración) en las manos, y su sombrero de tres esquinas debajo de su brazo, ya que rara vez se lo ponía. Para ganar la amistad de los habitantes les hablaba del estado de las cosechas, del tiempo, de sus familias etc.

Sobre todo el oraba y añadía a la oración las más austeras penitencias. Hizo sus propios instrumentos de penitencia. Su cama era el piso ya que la cama que trajo de Ecculy la regaló.

Pasaría sin comer varios días. Hasta el 1827 no había nadie que hiciese las labores domésticas en la rectoría. Su plato principal eran papas y en ocasiones hervía un huevo. Hubo una ocasión en la que trató de vivir de hierba, pero luego confesó que tal dieta era imposible.

El decía: "El demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de pelo; lo que realmente teme es a la reducción de comida, bebida y sueño".

El Santo Cura gozaba de la belleza de las praderas y los árboles, pero amaba mucho más la belleza de la Casa de Dios y las solemnidades de la Iglesia. Empezó por comprar un altar nuevo, con sus propios ahorros, y el mismo pintó el trabajo de madera con el que las paredes estaban adornadas.

Se hizo el propósito de restaurar y dar mayor esplendor a lo que el llamaba: "Los muebles de la Casa de Dios". Para el Señor compró lo mejor en encajes , telas, tejidos para hacer las vestimentas sacerdotales, que aun se pueden admirar en Ars.

TRABAJO PASTORAL

La secuela más desastrosa de la revolución era la ignorancia religiosa de las personas. El santo cura resolvió hacer todo lo posible para remediar el estado deplorable de los corazones.

Sin embargo sus sermones e instrucciones le costaban un dolor enorme: su memoria no le permitía retener, así que pasaba noches enteras en la pequeña sacristía, en la composición y memorización de sus sermones de Domingo; en muchas ocasiones trabajaba 7 horas corridas en sus sermones.

Un parroquiano le preguntó una vez, porqué cuando predicaba hablaba tan alto y cuando oraba tan bajo, y él le dijo: "Ah, cuando predico le hablo a personas que están aparentemente sordas o dormidas, pero en oración le hablo a Dios que no es sordo" .

Los niños le daban aún más lástima que los adultos y comenzó a agruparlos en la rectoría y luego en la iglesia, tan temprano como las 6 de la mañana, porque en el campo el trabajo se inicia al amanecer. Era bien disciplinado y les demandaba que se supiesen el catecismo palabra por palabra.

En esos días la profanación del Domingo era común y los hombres pasaban la mañana trabajando en el campo y las tardes y noches en los bailes o en las tabernas. San Juan luchó en contra de estos males con gran vehemencia.

"La taberna, declaró el santo en uno de sus sermones, es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar, donde comienzan las peleas y los asesinatos se cometen. En cuanto a los dueños de las tabernas, el demonio no les molesta tanto, sino que los desprecia y les escupe".

Tan grande fue la influencia del Cura de Ars, que llegó una época donde toda taberna de Ars tuvo que cerrar sus puertas por la falta de personas. En tiempos subsecuentes, modestos hoteles se abrieron para acomodar a los extraños, y a estos el Santo Cura no se opuso.

Con mucho más ahínco se propuso eliminar la costumbre de los bailes como distracción, porque bien sabía que eran fuente de caer en pecado grave. Para esto, revivió la costumbre de rezar las Vísperas del Domingo. Era tan estricto en contra de esto que hasta llegaba a negar la absolución a las personas que no desistían de tal costumbre.

Por esta razón se ganó muchos enemigos, que decían grandes calumnias en su contra sin embargo él las tomaba ligeramente y no ponía su corazón en esto.

TRIUNFO

Pasaron dos años cuando llegó la noticia de que M. Vianney sería el Cura de Salles, en Beaujolais. Todo el pueblo de Ars estaba consternado con la noticia. Una señora de Ars, en una carta, habló de estrangular al Vicario General.

Para asegurar su futuro, el pueblo pidió que su villa fuese erigida en parroquia regular y que su párroco fuese el Cura de Ars. El Padre Vianney fue puesto como párroco, ya que hasta ese momento solo había sido capellán (los capellanes son mas fáciles de trasladar que los párrocos).

Ese mismo año el Santo Cura de Ars inició los trabajos en la Iglesia. Se construyó una torre, y varias capillas laterales, entre ellas una dedicada a la Santísima Virgen, donde por 40 años todos los sábados diría Misa el santo cura. La Iglesia fue además enriquecida con muchas estatuas y cuadros.

Quería tener buenas escuelas en el pueblo y para comenzar abrió una escuela gratis para niñas a la que llamó "Providencia". Desde 1827 recibió como internas solo a niñas destituidas. Para ellas tenía que encontrar comida y más de una vez intervino el Señor milagrosamente, multiplicando el grano o la harina. Durante 20 años iba todos los días a cenar a esta casa.

Después de 2 años y medio, el Domingo se respetaba como el día del Señor. Todo el pueblo iba a Vísperas. El Cura de Ars amaba las ceremonias de la Iglesia. Personalmente entrenaba a sus servidores del altar. Su fiesta favorita era Corpus Christi. En este día dejaba un poco el confesionario e iba por el pueblo admirando las decoraciones; él mismo llevaba el Santísimo.

El último día de esta fiesta que celebró fue 40 días antes de su muerte y sin el saberlo el mayor del pueblo contrató una banda de música. Al primer sonido de la música se estremeció nuestro santo de alegría, y cuando todo hubo terminado no encontraba palabras suficientes para agradecer este regalo para el Señor.

Su tierno amor por la Virgen Santísima lo movió a consagrar su Parroquia a la Reina del Cielo. Sobre la entrada de la pequeña Iglesia puso una estatua de la Virgen que aún se encuentra en el mismo lugar.

Cuando el Papa Pío IX definió el Dogma de la Inmaculada Concepción, nuestro santo pidió a los habitantes del pueblo que iluminasen sus casas de noche, y las campanas de la iglesia resonaron por horas de horas. Al ver esta luminosidad desde los pueblos cercanos, pensaron que el pueblo estaba en llamas, y acudieron a apagar el supuesto fuego. Hasta el día de hoy existe un sombrero de plata cerca de la estatua de la Virgen donde están escritos los nombres de todos los parroquianos de Ars.



ATACADO POR LAS FUERZAS DEL INFIERNO

Era de esperarse que un triunfo tan grande de la religión así como la santidad del instrumento que Dios usó con este fin, trajese la furia del infierno. Por un periodo de 35 años el santo Cura de Ars fue asaltado y molestado, de una manera física y tangible, por el demonio.

La ocupación ordinaria del demonio, permitida por Dios hacia nosotros, es la tentación. El demonio también puede asechar las almas de diversas maneras.

a) Asedio: acción extraordinaria del demonio, cuando busca aterrorizar por medio de apariciones horribles o por medio de ruidos.

b) La Obsesión: va más allá. Puede ser externa cuando el demonio actúa en los sentidos externos del cuerpo o interna cuando influencia la imaginación o la memoria.

c) Posesión: cuando el demonio toma control de todo el organismo.

El Cura de Ars sufrió de la primera, asedio. Los ataques del demonio comenzaron en el invierno de 1824. Ruidos horribles y gritos estrepitosos se oían fuera de la puerta del presbiterio, viniendo aparentemente del pequeño jardín de enfrente. Al principio el Padre Vianney pensó que eran salteadores que venían a robar, y a la siguiente noche le pidió a un señor que se quedase con él. Después de medianoche se comenzó a escuchar grandes ruidos y golpes contra la puerta de enfrente, parecía como si varios carros pesados estaban siendo llevados por los cuartos. El señor André buscó su pistola, miró por la ventana, pero no vio nada, solo la luz de la luna. Decía: "por 15 minutos la casa retembló y mis piernas también", nunca más quiso quedarse en la casa.

Esto ocurría casi todas las noches. Aún ocurría cuando el santo cura no estaba en el pueblo. Una mañana el demonio incendió su cama. El santo se disponía a revestirse para la Santa Misa cuando se oyó el grito de "fuego, fuego". El solo le dio las llaves del cuarto a aquellos que iban a apagar el fuego. Sabía que el demonio quería parar la Santa Misa y no se lo permitió.

Lo único que dijo fue "El villano, al no poder atrapar al pájaro le prende fuego a su jaula". Hasta el día de hoy los peregrinos pueden ver, sobre la cabecera de la cama, un cuadro con su cristal con las marcas de las llamas de fuego.

El demonio por espacio de horas haría ruidos como de cristal, o silbidos o ruidos de caballo y hasta gritaba debajo de la ventana del santo: "Vianney, Vianney, come papas".

El propósito de todo esto era el de no dejar dormir al Santo Cura para que se cansara y no pudiese estar horas en el confesionario, donde le arrancaba muchas almas de sus garras. Pero para el 1845 estos ataques cesaron casi por completo. La constancia de nuestro santo ante estas pruebas fue recompensada por el Señor con un poder extraordinario que le concedió de expulsar demonios de las personas poseídas.

El santo sacerdote se puede decir que pasó su vida en una continua batalla con el pecado a través de su trabajo en el confesionario. El gran milagro de Ars era el confesionario.

Miles de personas acudían al pueblo de Ars para ver al Santo Cura, pero especialmente para confesarse con él.

PEREGRINACIONES A ARS

La afluencia de peregrinos se inició en el año 1827. A partir del 1828 el Santo Cura no podía irse ni siquiera por un día.

Sin embargo, no fue exento de críticas y su práctica y amor por los pobres se le atribuyó a avaricia. Algunos críticos decían que podían ver en él rasgos de hipocresía o un deseo secreto de sobresalir. Su mansedumbre y humildad terminaron por vencer sobre sus críticos.

En una ocasión cuando su competencia profesional fue puesta en duda por algunos de sus hermanos sacerdotes, el obispo de la diócesis mandó a su Vicario General para que averiguase y diese un reporte sobre el asunto. El reporte recibido por el obispo fue más que favorable. Aquello sirvió para que quedase constancia de su vida. Se puede decir que el confesionario era su morada habitual, pasaba de 11 a 12 horas en el confesionario.

El culmen de los peregrinajes se alcanzó en 1845, llegaban de 300 a 400 visitantes todos los días. En el último año de la vida del Santo Cura el número de peregrinos alcanzó el asombroso número de 100 a 120 mil personas.

Ningún ministerio sacerdotal es tan agotador para la carne y el espíritu como el estar sentado en el confesionario.

Solo Dios sabe los milagros de gracia ocurridos en ese confesionario, que hasta hoy se mantiene en pie, en el mismo lugar dónde el lo puso, en la capilla de Santa Catalana, o en la sacristía donde usualmente escuchaba las confesiones. En su manera de lidiar con las almas era infinitamente gentil y al mismo tiempo decía la verdad que el alma necesitaba escuchar para su bien. Sus exhortaciones eran breves y dirigidas al punto necesario.

El cura de Ars tenía también el don de profecía. En mayo 14 de 1854, el Obispo de Ullathorne llamó a nuestro santo y le pidió que orase por Inglaterra. El Obispo de Birmingham cuenta que el hombre de Dios dijo, con convicción extraordinaria: "Monseigneur, creo que la Iglesia en Inglaterra será restaurada a su esplendor".

También tenía una gran devoción a Santa Filomena. La llamaba "mi agente con Dios". Le construyó una capilla en su honor y también un santuario. (Vea su conexión con las apariciones de La Salette)

En una ocasión cayó tan enfermo, que parecía ser su final y prometió a la santa ofrecer 100 misas en su honor en su santuario. Cuando la primera Misa estaba siendo ofrecida, entró en éxtasis, durante el cual se le escuchaba murmurar: "Filomena", repetidas veces. Cuando salió de su éxtasis exclamó: "estoy sanado" , y le atribuyó su sanación a Santa Filomena.

HUIDA DE ARS

Una tentación le persiguió casi por toda su vida en Ars, y esta era el deseo de la soledad. Con toda sinceridad, M. Vianney se sentía incapaz para su oficio en Ars. El año anterior a su muerte le dijo a un misionero: "Tú no sabes lo que es pasar del cura de almas al tribunal de Dios". En el 1851 le rogó a su obispo que lo dejase renunciar. En tres ocasiones llegó hasta irse del pueblo, pero siempre regresó.



CONSUMACIÓN

Pasaron 41 años desde el primer día en el que el Cura llegó a Ars, fueron años de actividad indescriptible. Después de 1858 decía con frecuencia: "Ya nos vamos; debemos morir; y muy pronto". No cabe duda de que él sabía que su fin estaba cerca. En Julio de 1859, una señora muy devota de San Etienne vino para confesarse. Cuando se despedía de él le dijo: "Nos veremos de nuevo en tres semanas", ambos murieron en ese tiempo, y se encontraron en un mundo mucho más feliz.

El mes de Julio de 1859 fue extremadamente caluroso, los peregrinos se desmayaban en grandes cantidades, pero el santo permanecía en el confesionario. El viernes 29 de Julio, fue el último en el que apareció en la iglesia. Esa mañana entró en el confesionario como a la 1:00 a.m. Pero después de haberse desmayado en varias ocasiones, le pidieron que descansara. A la 11:00 dio catecismo por última vez. Esa noche con mucha dificultad pudo arrastrarse hasta su cuarto. Uno de los Hermanos Cristianos le ayudó a subirse a su cama, pero el santo le pidió que le dejase solo.

Una hora después de medianoche, aproximadamente, pidió ayuda: "Es mi pobre fin, llamen a mi confesor". La enfermedad progresó rápidamente. En la tarde del 2 de Agosto recibió los últimos sacramentos: "Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia El, El viene a nosotros" .

Veinte sacerdotes con velas encendidas escoltaron al Santísimo Sacramento, pero el calor era tan sofocante que tuvieron que apagarlas. Con lágrimas en los ojos dijo: "Oh, que triste es recibir la Comunión por última vez".

En la noche del 3 de Agosto llegó su obispo. El santo lo reconoció pero no pudo decir palabra alguna. Hacia la medianoche el fin era inminente. A las 2:00 a.m. del Sábado 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M.Monnin leía estas palabras: "Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial", el Cura de Ars encomendó su alma a Dios.

Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia de Ars

El 8 de Enero de 1905, el Papa Pío X, Beatificó al Cura de Ars; y en la fiesta de Pentecostés Mayo 31 de 1925, en presencia de una gran multitud, el Papa Pío XI pronunció la solemne sentencia: "Nosotros declaramos a Juan María Bautista Vianney que sea santo y sea inscrito en el catálogo de los santos".

viernes, 3 de agosto de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías:
-«Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola.
A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: “Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.” »
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor.
Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo,- diciendo:
-«Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada? »
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.


En aquel tiempo, fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada:
-« ¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?»
Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo:
-«Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.»
Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.


Palabra del Señor.

San Aspreno

San Aspreno fue el primer patrón de Nápoles, pero en 1673, la devoción se desplazó en segunda posición después de San Genaro.

Muchísimos napolitanos atrapados por la gran devoción al principal patrono de la ciudad, S. Genaro, y por el espectacular milagro de la sangre licuada, (tres veces al año:

1- la octava del primer sábado de mayo;

2- la octava de 19 de septiembre;

3- 16 de diciembre),

Han olvidado que el primer obispo de la naciente comunidad cristiana en Nápoles fue S. Aspreno, mientras que San Genaro fue obispo de Benevento y martirizado en Pozzuoli.

Aspreno vivió entre el I y II, siglo D.C. Según el Calendario Marmoreo Napolitano, una antigua estela en la que están los nombres de los obispos de Nápoles hasta el siglo IX, indica que su liderazgo pastoral sería de aproximadamente 23 años.

Su vida transcurrió durante el tiempo de Trajano y Adriano. Es particularmente reconocido por el amor para con los pobres y ha demostrado siempre disposición a cualquier persona sin tener en cuenta la clase o condición social, y su especial carisma fue acrecentar la comunidad cristiana napolitana.

De su vida no sabemos nada de cierto, pero una antigua leyenda, recuperada y reordenada narra que San Pedro, fundada la Iglesia de Antioquía, dirigiéndose a Roma con algunos discípulos, pasó por Nápoles y curó de un mal a una anciana,quien se convirtió, y que luego sería la que se conoce con el nombre de Santa Cándida la Vecchia.

Cándida habría llevado hasta la presencia de San Pedro al propio Aspreno , también enfermo.

Cuenta la leyenda que cuando Aspreno se curó, se convirtió al cristianismo.

San Pedro, antes de abandonar Nápoles, lo consagró obispo de ésta ciudad, porque en poco tiempo la comunidad cristiana era amplia y necesitaba de un pastor.

El obispo Aspreno habría hecho construir la iglesia de Santa Maria del Principio, la que después sería la Basílica de Santa Restituta que es la Catedral de Nápoles. La leyenda atribuye a Aspreno la fundación de la Basílica de San Pietro ad Aram, la primera iglesia napolitana, donde Pedro habría celebrado una Misa. El santo obispo murió lleno de méritos, y muchos milagros se han obtenido a través de su intercesión.Fue sepultado, según la tradición, en el Oratorio de la iglesia de Santa María del Principio.

Algunos estudios mas reciente aceptaron que fueron puestos en las catacumbas de San Genaro, en la Basílica superior, no muy bien conservadas están las imágenes de los 14 obispos Napolitanos.

El Obispo John Scriba (842-49) llevó los restos a la Basílica Stefanía y San Aspreno fue sepultado bajo el altar de la capilla dedicada a él.

En la Capilla del tesoro de San Genaro, que se encuentra en la Catedral, está junto con los bustos de plata de San Genaro y otros cincuenta protectores de Nápoles el bastón con el que el apóstol Pedro le curó la enfermedad.

San Aspreno fue el primer patrón de Nápoles, pero en 1673, la devoción se desplazó en segunda posición después de San Genaro.

Es particularmente invocado para curar la migraña, y su fiesta litúrgica es recordada en el Martirologio Romano y en el Calendario Marmoreo el 3 de agosto.

jueves, 2 de agosto de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


Palabra del Señor que recibió Jeremías:
-«Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra.»
Bajé al taller del alfarero, que estaba trabajando en el torno. A veces, le salía mal una vasija de barro que estaba haciendo, y volvía a hacer otra vasija, según le parecía al alfarero.
Entonces me vino la palabra del Señor:
-«¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? -oráculo del Señor-.
Mirad: como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel.»


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos les contestaron:
-«Sí.»
Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.


Palabra del Señor.

San Esteban I, Papa

El nombre de San Esteban debemos recogerlo con veneración y con agradecimiento. En un momento difícil de la historia de la Iglesia, supo mantener enérgicamente los derechos de la libertad humana y de la gracia divina: frente al rigorismo africano, como había hecho Calixto, su antecesor, se constituyó en intérprete de la moderación y de la sabia condescendencia. Fue benigno, sin traicionar la verdad.

Un problema sutil intranquilizaba los espíritus cuando este Pontifice fue llamado a ocupar la cátedra apostólica. Poco a poco, todos los cismas, todos los errores, que en un momento dado habían pretendido absorber el movimiento cristiano, iban pereciendo miserablemente. Nadie se acordaba ya de las primeras herejías judíocristianas: el gnosticismo se hallaba en estado de putrefacción; el montanismo agonizaba. Las almas un momento engañadas, venían continuamente a pedir su reintegración en la verdadera Iglesia; y la verdadera Iglesia los admitia y los reconciliaba. Pero ¿a qué condiciones se los había de someter? ¿Era preciso rebautizarlos, o bastaba someterlos al rito penitencial de la imposición de las manos? Tal es la discusión en que San Esteban intervino con todo el peso de su autoridad. Hombres de virtud extraordinaria, doctores insignes, ilustres confesores de la fe tomaron parte en ella, sin lograr ponerse de acuerdo. Entre todos descuella la figura de San Cipriano, obispo de Cartago y representante de la Iglesia africana; en la cual Tertuliano había dejado restos de intransigencia y extremismo. Para San Cipriano, la solución era muy clara. Si la Iglesia era una, como él había probado en una obra inmortal, el bautismo conferido fuera de la Iglesia no era bautismo, y con fina dialéctica, heredada de Tertuliano, su maestro, desarrollaba y confirmaba esta doctrina con sutiles argumentos. Si la propiedad del bautismo es perdonar los pecados, no puede bautizar sino quien tiene poder para perdonar; si la Iglesia es la única esposa de Cristo, sólo ella puede darle hijos, sólo ella puede perdonar, sólo ella puede engendrar, sólo ella puede bautizar. Si fuera de la Iglesia no hay Espíritu Santo, se sigue que fuera de la Iglesia no hay bautismo. Además, preguntaba el africano, ¿es posible que un ministro del sacramento, que no tiene la fe ni la gracia, pueda comunicarlas a otros? ¿Es posible que un bautizado que no tiene la fe de la Iglesia pueda ser incorporado a la Iglesia?

Viendo en esta enseñanza una confirmación de la unidad y la santidad de la Iglesia, que defendía con tanto empeño contra los novacianos, el obispo de Cartago reunió un Concilio, hizo prevalecer en él su opinión y comunicó osadamente a la Iglesia de Roma la sentencia conciliar (255), No era ésta la primera vez que San Cipriano y San Esteban se iban a encontrar frente a frente. Los dos se ocupaban del bien de las almas, con la misma solicitud, pero con miras a veces divergentes. Un asunto español había puesto ya en evidencia sus criterios distintos. Dos obispos, Marcial de Mérida, y Basílides, de León-Astorga, sin sacrificar de hecho, habían conseguido un certificado de apostasía, con lo que quedaban libres de ser perseguidos. Depuestos y penitenciados según la disciplina canónica, acudieron a Esteban, arrepentidos de su claudicación, y fueron reintegrados en su dignidad, al mismo tiempo que un Concilio de Africa, presidido por San Cipriano, los condenaba. Tal vez este pleito había motivado algún roce entre Roma y Cartago; el hecho es que loa enviados de África fueron recibidos con frialdad en la curia romana. Sin embargo, nada de esto influyó en la decisión de Esteban. Antes que Cipriano, había resuelto él la cuestión en sentido contrario. La Iglesia romana tenía su tradición inmemorial en este asunto del bautismo de los herejes, y ahora no tenía más que recordar esa tradición y prescribir imperativamente su observancia. La contestación de Esteban tiene toda la fuerza de un principio general y todo el rigor lapidario del viejo espíritu romano: «Nada de innovar; sígase la tradición.» Después del protestantismo y del jansenismo, comprendemos los peligros de la dialéctica de San Cipriano: en ella, la validez del sacramento se confundía con su eficacia actual, y llevada hasta sus últimas consecuencias, hubiese conducido a la ruina de la Iglesia visible, a las concepciones del cristianismo invisible de Zuinglio y Wiclef.

Esto no obstante, la controversia continuó. Viendo en la solución del Pontifice, no una definición dogmática, sino un decreto de disciplina, San Cipriano se creyó en el deber de protestar, y lo hizo con la viveza propia de su temperamento. Sin negar la autoridad suprema del obispo de Roma, «sin constituirse en obispo de los obispos», según su propia expresión, declaraba «que cada uno de los jefes de la Iglesia era libre de llevar su administración a su entender, salvo el rendir cuentas al Señor». Al mismo tiempo, el Papa Esteban imponía su doctrina a toda la cristiandad. Sin excomulgar a nadie, hablaba ya de romper la comunión con las Iglesias que no reconociesen la validez del bautismo administrado por los herejes. Entonces fue cuando apareció el escrito más violento de todos los que se publicaron con motivo de aquella polémica dolorosa. Su autor era el obispo de Cesarea de Capadocia, Firmiliano, hombre austero, de ingenio sutil y de carácter vehemente y apasionado. «El verdadero hereje—dice aludiendo al obispo de Roma—es el que, creyendo excomulgar a la Iglesia, no consigue sino ser excomulgado por ella. He aquí el peor de todos los herejes. La Iglesia es jerárquica, sí; la Iglesia es una. Es jerárquica, porque su autoridad descansa sobre los Apóstoles, y los Apóstoles transmitieron su poder a los obispos. Sin el obispo no hay bautismo, no hay orden ni hay altar. Mas he aquí que dan al hereje, a Coré, Datán y Abirón el derecho de conferir el Espíritu Santo. ¿Quién es ese destructor de la jerarquía sino Esteban? La Iglesia es una, y la garantia de esa unidad es la fidelidad apostólica. Quien está con los Apóstoles está en comunión con la unidad, sin que sea necesaria una conformidad de ritos en todas partes. ¿Está Roma acorde con Jerusalén en su liturgia?»

Otra vez venía el sofisma a mezclarse en una habilísima argumentación: se proclama la jerarquía, pero se guarda silencio sobre el eje de esa jerarquía; se ensalza la unidad, pero se olvida que es necesario un juez de esa unidad, un arbitro de las controversias que podrían quebrantarla; se identifica la cuestión bautismal con un simple rito, sin olvidar que en ella se mezclan doctrinas primordiales del dogma. Esteban mantuvo su actitud con firmeza y con indulgencia a la vez; pacífico y conciliador, no quiso acudir a censuras ni anatemas; pero supo hacer triunfar la práctica tradicional. El obispo de Cesarea volvió a pedir la comunión con Roma; el de Cartago reanudó sus primeras relaciones y lavó con una vida inmaculada y una muerte heroica su pasajera rebeldía. Después vino la persecución a estrechar más aquellos espíritus, iguales todos en su amor apasionado a la Iglesia de Cristo. Fue la persecución de Valeriano. Un edicto del año 257 obligaba a todos los jefes de la Iglesia a adherirse oficialmente a los dioses del estado, conservando, si les placía, el culto que daban a Cristo y a renunciar a la forma colegial que habían dado a sus fieles. Estas disposiciones parecían moderadas, pero en realidad ningún perseguidor había tomado hasta entonces medida tan grave; atacaban a la vez a la jerarquía y a la organización social de la Iglesia. La primera víctima fue el obispo de Roma; primero en el honor, debía serlo también en el peligro; condescendiente con los convertidos, apareció lleno de fortaleza ante los perseguidores, mereciendo la pena del destierro, en el que terminó su vida.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Reflexión de hoy


Lecturas


¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas para todo el país!
Ni he prestado ni me han prestado, y todos me maldicen.
Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, Señor, Dios de los ejércitos.
No me senté a disfrutar con los que se divertían; forzado por tu mano, me senté solitario, porque me llenaste de ira.
¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga, y mi herida enconada e incurable?
Te me has vuelto arroyo engañoso, de aguas inconstantes.
Entonces respondió el Señor:
«Si vuelves, te haré volver a mí, estarás en mi presencia; si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca.
Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos.
Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte -oráculo del Señor-.
Te libraré de manos de los perversos, te rescataré del puño de los opresores.»


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.»


Palabra del Señor.

SAN PEDRO AD VINCULA

Agosto, el mes imperial, se abría en la Roma de los césares con grandes fiestas en honor del fundador del Imperio: desfiles ruidosos a través del Palatinado, cortejos y banquetes de senadores, ir y venir de los flámines en torno a los altares de Roma y de Augusto, clarines en los cuarteles, arpas en los palacios, flores y guirnaldas en las calles; y para el pueblo, reparto de dinero, representaciones escénicas y luchas de gladiadores en el Circo Máximo. Pero a la Roma de Augusto sucedió la Roma de Pedro, el fundador del nuevo Imperio espiritual, más sólido y más vasto que aquel otro que levantaron las espadas de los legionarios. Entonces las gentes ya no desfilaron ante el ara del emperador, sino ante el ara del pescador. Desde la Suburra y los Huertos de Salustio, desde el Campo de Marte y las Termas de Antonino, llenando las grandes vías y cruzando callejuelas tortuosas, la multitud desembocaba en las cercanías del Coliseo, bajaba la avenida del Foro Esquilino y llenaba la plaza contigua a las Termas de Trajano. Allí, a la entrada del arrabal de los patricios, en las extremidades del Celio y el Esquilino, se alzaba la iglesia del apóstol. San Pedro ad Vincula, y a la puerta unos versos que decían:

«Roma, con estas cadenas se ha puesto la base de tu fe y se ha perpetuado tu salud. Atada con ellas, serás siempre libre. El hierro que tocó las manos del que desata todas las cosas, defenderá tus muros; el que abre la puerta de los astros, cerrará el camino de las hordas bélicas.»

Los fieles entraban y salían, venerando y besando los testigos sagrados de una cautividad triunfadora. Sus ojos se llenaban de lágrimas y sus gargantas de cantos jubilosos; su corazón se agitaba con aquella emoción que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: «¿Hay algo más magnífico que estas cadenas? Más bello que el nombre de apóstol, de evangelista o de doctor, es el titulo de prisionero de Cristo. Mejor es ser encadenado por Cristo, que habitar sobre los Cielos o sentarse en uno de los doce tronos. El que ama me comprende. Pero ¿quién penetró estas cosas como el coro fulgurante de los Apóstoles? En cuanto a mí, si me diesen a escoger entre estos hierros o el paraíso, no duraría un instante. ¡Con qué ansia he deseado verme en aquellos lugares donde se guardan los grillos de estos hombres admirables! Si me dijeseis: ¿qué es lo que prefieres, ser el ángel que libró a Pedro, o ser Pedro encadenado?, os aseguro que gustaría ser Pedro, a causa de sus cadenas.»

El romero visita todavía la basílica donde se reunían los cristianos de los últimos días del Imperio al empezar el mes de agosto. Allí, las viejas columnas dóricas de mármol de Paros, restos de algún templo de Minerva o de Júpiter, el arco triunfal sostenido por fustes de granito y capiteles corintios, los brillantes mosaicos de los primeros días del arte bizantino, mezclados con elegantes pinturas del Renacimiento. Allí también, las venerables cadenas que encendían la palabra del Crisóstomo, que besó el poeta Prudencio, que veneraron las generaciones cristianas como signo de libertad y de heroísmo. Ellas recordaban los sufrimientos del apóstol, su prisión en la cárcel Mamertina, y el episodio milagroso con que terminó su ministerio en Jerusalén. Era en el año 42. Herodes Agripa reinaba en Palestina, conservando con habilidad el trono de su abuelo Herodes el Grande, que había conseguido con la intriga y la adulación. Israel aplaudía al príncipe, que le daba por lo menos la apariencia de la libertad, y el príncipe secundaba el fanatismo religioso del pueblo. Los celotes se inquietaban por la importancia creciente del cisma cristiano, y Agripa se encargó de aplastar a los discípulos de Cristo. Santiago el Mayor cayó el primero en sus manos. Poco después Pedro fue descubierto y aprisionado. Se buscaba a los jefes. Pero eran los días de los panes sin levadura. Había que aguardar a que pasase la fiesta de los ázimos para que viniese la fiesta de la sangre. Entre tanto, Pedro fue recluido en lo más profundo del calabozo. Se le guardaba con toda precaución, porque aquellos discípulos del Crucificado tenían cosas de brujos. Cuatro grupos de soldados velaban sucesivamente; dos hombres se ataban a los brazos del preso; otros dos montaban la guardia, uno a la puerta de la cárcel, otro más fuera, cerca de la puerta de hierro que daba al exterior.

Pasaban los días; Santiago había muerto por la espada y la Iglesia entera lloraba ya la muerte de su jefe. De repente, una luz en la prisión, un ruido de cadenas que se rompen; y esta voz misteriosa: «Levántate, Pedro; cálzate las sandalias, coge tu manto y sígueme.» Pedro siguió al desconocido, pasó junto a los dos centinelas, llegó a la puerta de hierro, y se encontró en las primeras calles de la ciudad. En este momento su acompañante desapareció. El apóstol, que hasta entonces se había creído víctima de un sueño, cayó en la cuenta de lo que sucedía, y no pudo menos de exclamar:

«Ahora reconozco verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel y que me ha librado de la mano de Herodes y de toda la expectación de la plebe de los judíos.» Cuando amanecía, estaba ya lejos de Jerusalén. Se le buscó en el calabozo, en las callejuelas de la ciudad y en las casas de los cristianos. El despecho de Herodes, su ira, su vergüenza, eran tales, que mandó matar a los centinelas. ¿Cómo reconocer delante de los judíos que el jefe de los galileos había desaparecido milagrosamente? Pero aquellos galileos miserables, con cuya ruina había creído acrecentar su gloria, empezaban a dar al traste con su popularidad. El pueblo, a quien quiso deslumbrar con su poder, empieza a reírse de él. Después de aquel fracaso, abandona para siempre la ciudad santa y se establece en Beirut, la ciudad fenicia, que se recuesta sobre los flancos del Líbano escuchando el rumor de las olas azuladas. Para olvidar su mal humor, Herodes rivaliza con los amos del Imperio, levantando circos, baños y pórticos. Este judío amaba las pistas y los anfiteatros como los patricios de Grecia y de Roma. Era en Tiberíades, junto al lago de Galilea. La multitud aclamaba al príncipe, y el príncipe arengaba a la multitud. «Es la voz de un dios y no la de un hombre», decían los aduladores. En el mismo instante, dice San Lucas, el ángel del Señor le hirió, y fue comido por los gusanos. El historiador Josefo habla de un mochuelo, présago de desgracias, que el rey vio sobre su cabeza; y reconoce que el perseguidor fue castigado por su impiedad, y que durante cinco días un fuego voraz consumió sus entrañas. Esto fue a principios del año 44, mientras el apóstol fugitivo entraba en Roma para dejar en ella el germen de un imperio universal.