sábado, 5 de noviembre de 2011

Lecturas



Hermanos:
Saludos a Prisca y Aquila, colaboradores míos en la obra de Cristo Jesús; por salvar mi vida expusieron su cabeza, y no soy yo sólo quien les está agradecido, también todas las Iglesias de los gentiles.
Saludad a la Iglesia que se reúne en su casa.
Saludos a mi querido Epéneto, el primer convertido de Cristo en Asia.
Saludos a María, que ha trabajado mucho por vosotros.
Saludos a Andrónico y Junia, mis paisanos y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo.
Saludos a Ampliato, mi amigo en el Señor.
Saludos a Urbano, colaborador mío en la obra de Cristo, y a mi querido Estaquis.
Saludaos unos a otros con el beso ritual.
Todas las Iglesias de Cristo os saludan.
Yo, Tercio, que escribo la carta, os mando un saludo en el Señor.
Os saluda Gayo, que me hospeda, y toda esta Iglesia.
Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y nuestro hermano Cuarto.
Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe, al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
-«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.
Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»
Oyeron esto los fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de él.
Jesús les dijo:
-«Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro.
La arrogancia con los hombres Dios la detesta.»


Palabra del Señor.

San Bernardo de Claraval

Benedicto XVI: “teología del corazón”, más que “teología de la razón”

Queridos hermanos y hermanas.
En la última catequesis presenté las características principales de la teología monástica y de la teología escolástica del siglo XII, que podríamos llamar, en un cierto sentido, respectivamente, “teología del corazón” y “teología de la razón”. Entre los representantes de una y otra corriente teológica tuvo lugar un amplio debate, a veces encendido, simbólicamente representado por la controversia entre san Bernardo de Claraval y Abelardo.

Para comprender esta confrontación entre los dos grandes maestros, es bueno recordar que la teología es la búsqueda de una comprensión racional, en cuanto sea posible, del misterio de la Revelación cristiana, creídos por la fe: fides quaerens intellectum – la fe busca la inteligibilidad – por usar una definición tradicional, concisa y eficaz. Ahora, mientras que san Bernardo, típico representante de la teología monástica, pone el acento sobre la primera parte de la definición, es decir, en la fides - la fe, Abelardo, que es un escolástico, incide sobre la segunda parte, es decir, sobre el intellectus, sobre la comprensión por medio de la razón. Para Bernardo la fe misma está dotada de una íntima certeza fundada en el testimonio de la Escritura y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia.

La fe además se refuerza por el testimonio de los santos y por la inspiración del Espíritu Santo en el alma de cada creyente. En los casos de duda y de ambigüedad, la fe debe ser protegida e iluminada por el ejercicio del Magisterio eclesial. Así a Bernardo le cuesta ponerse de acuerdo con Abelardo, y más en general con aquellos que sometían las verdades de la fe al examen crítico de la razón; un examen que comportaba, en su opinión, un grave peligro, el intelectualismo, la relativización de la verdad, la puesta en discusión de las mismas verdades de la fe.

En esta forma de proceder Bernardo veía una audacia llevada hasta la falta de escrúpulos, fruto del orgullo de la inteligencia humana, que pretende “capturar” el misterio de Dios. En una de sus cartas, dolorido, escribe así: “El ingenio humano se apodera de todo, no dejando ya nada a la fe. Se enfrenta a lo que está por encima de él, escruta lo que le es superior, irrumpe en el mundo de Dios, altera los misterios de la fe, más que iluminarlos; lo que está cerrado y sellado no lo abre, sino que lo erradica, y lo que no encuentra viable lo considera como nada, y rechaza creer en ello” (EpístolaPL 182, I, 353). CLXXXVIII,1:

Para Bernardo la teología tiene un único fin: el de promover la experiencia viva e íntima de Dios. La teología es por tanto una ayuda para amar cada vez más y mejor al Señor, como recita el título del tratado sobre el Deber de amar a Dios (De diligendo Deo). En este camino, hay diversos grados, que Bernardo describe detalladamente, hasta el culmen, cuando el alma del creyente se embriaga en las cumbres del amor. El alma humana puede alcanzar ya en la tierra esa unión mística con el Verbo divino, unión que el Doctor Mellifluus describe como "bodas espirituales".

El Verbo divino la visita, elimina las últimas resistencias, la ilumina, la inflama y la transforma. En esta unión mística, ésta goza de una gran serenidad y dulzura, y canta a su Esposo un himno de alegría. Como recordé en la catequesis dedicada a la vida y a la doctrina de san Bernardo, la teología para él no puede sino nutrirse de la oración contemplativa, en otras palabras, de la unión afectiva del corazón y de la mente con Dios.

Abelardo, que por otra parte es precisamente quien introdujo el termino “teología” en el sentido en que lo entendemos hoy, se pone en cambio en una perspectiva diversa. Nacido en Bretaña, en Francia, este famoso maestro del siglo XII estaba dotado de una inteligencia vivísima y su vocación era el estudio. Se ocupó primero de la filosofía, y después aplicó los resultados alcanzados en esta disciplina a la teología, de la que fue maestro en la ciudad más culta de la época, París, y sucesivamente en los monasterios en los que vivió.

Era un orador brillante: sus lecciones eran seguidas por verdaderas y propias masas de estudiantes. De espíritu religioso pero de personalidad inquieta, su existencia fue rica en golpes de escena: rebatió a sus maestros, tuvo un hijo con una mujer culta e inteligente, Eloísa. Estuvo a menudo en polémica con sus colegas teológicos, sufrió también condenas eclesiásticas, aunque murió en plena comunión con la Iglesia, a cuya autoridad se sometió con espíritu de fe. Precisamente san Bernardo contribuyó a la condena de algunas doctrinas de Abelardo en el sínodo provincial de Sens de 1140, y solicitó también la intervención del Papa Inocencio II.

El abad de Claraval rechazaba, como hemos recordado, el método demasiado intelectualista de Abelardo, que a sus ojos reducía la fe a una simple opinión desenganchada de la verdad revelada. Los temores de Bernardo no eran infundados, sino que eran compartidos, por lo demás, por otros grandes pensadores de su tiempo. Efectivamente, un uso excesivo de la filosofía hizo peligrosamente frágil la doctrina trinitaria de Abelardo, y así su idea de Dios.

En el campo moral su enseñanza no estaba privada de ambigüedad: insistía en considerar la intención del sujeto como única fuente para describir la bondad o la malicia de los actos morales, descuidando así el significado objetivo y el valor moral de las acciones: un subjetivismo peligroso. Este es – como sabemos – un aspecto muy actual para nuestra época, en la que la cultura aparece a menudo marcada por una tendencia creciente al relativismo ético: sólo el yo decide qué es bueno para mí, en este momento.

No hay que olvidar, con todo, los grandes méritos de Abelardo, que tuvo muchos discípulos y que contribuyó al desarrollo de la teología escolástica, destinada a expresarse de modo más maduro y fecundo en el siglo sucesivo. No deben minusvalorarse algunas de sus intuiciones, como por ejemplo cuando afirma que en las tradiciones religiosas no cristianas hay ya una preparación a la acogida de Cristo, Verbo divino.

¿Qué podemos aprender nosotros hoy, de la confrontación, de tonos a menudo encendidos, entre Bernardo y Abelardo, y, en general, entre la teología monástica y la escolástica? Ante todo creo que muestra la utilidad y la necesidad de una sana discusión teológica en la Iglesia, sobre todo cuando las cuestiones debatidas no han sido definidas por el Magisterio, el cual sigue siendo, con todo, un punto de referencia ineludible. San Bernardo, pero también el mismo Abelardo, reconocieron siempre sin dudarlo su autoridad. Además, las condenas que este último sufrió nos recuerdan que en el campo teológico debe haber un equilibrio entre los que podríamos llamar los principios arquitectónicos que nos han sido dados por la Revelación y que conservan por ello siempre una importancia prioritaria, y los interpretativos sugeridos por la filosofía, es decir, por la razón, y que tienen una función importante, pero sólo instrumental.

Cuando este equilibrio entre la arquitectura y los instrumentos de interpretación disminuye, la reflexión teológica corre el riesgo de contaminarse con errores, y corresponde entonces al Magisterio el ejercicio de ese necesario servicio a la verdad que le es propio. Además, hay que subrayar que, entre las motivaciones que indujeron a Bernardo a ponerse contra Abelardo y a solicitar la intervención del Magisterio, estaba también la preocupación de salvaguardar a los creyentes sencillos y humildes, a los que hay que defender cuando corren el riesgo de ser confundidos o desviados por opiniones demasiado personales y por argumentaciones teológicas sin escrúpulos, que podrían poner en peligro su fe.

Quisiera recordar, finalmente, que la confrontación teológica entre Bernardo y Abelardo concluyó con una plena reconciliación entre ambos, gracias a la mediación de un amigo común, el abad de Cluny Pedro el Venerable, del que hablé en una de las catequesis anteriores. Abelardo mostró humildad en reconocer sus errores, Bernardo usó gran benevolencia. En ambos prevaleció lo que debe estar verdaderamente en el corazón cuando nace una controversia teológica, es decir, salvaguardar la fe de la Iglesia y hacer triunfar la verdad en la caridad. Que esta sea también hoy la actitud con la que hay confrontaciones en la Iglesia, teniendo siempre como meta la búsqueda de la verdad.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convenido de que rebosáis de buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaros unos a otros.
A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco.
Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mí acción sacra consiste en anunciar el Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios.
En Cristo Jesús estoy orgulloso de mi trabajo por Dios. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi miedo para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios.
Tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del Evangelio de Cristo.
Eso sí, para mi es cuestión de amor propio no anunciar el Evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; e vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la Escritura: «Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán.»



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.”
El administrador se puso a echar sus cálculos:
“¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.”
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”
Éste respondió:
“Cien barriles de aceite.”
El le dijo:
“Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.”
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”
Él contestó:
“Cien fanegas de trigo.”
Le dijo:
“Aquí está tu recibo, escribe ochenta.”
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que habla procedido.
Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.»


Palabra del Señor.

San Carlos de Borromeo, Obispo.

El 6 de enero de 1569, el cardenal Juan ángel de Medicis, coronado Papa, recibía el nombre de Pío IV. Una nube de sobrinos y parientes, venidos de Milán y de Alemania, se apiñaban en torno suyo, dispuestos a recoger los frutos de aquel encumbramiento. Sin embargo, no estaban todos. Faltaba uno, Carlos, el que más hubiera alegrado el corazón del nuevo Papa en aquel día de regocijo. Carlos amaba a su tío y veía en él la esperanza de la familia. «Puesto que mi buena suerte—le escribía dos meses antes—ha querido unirme con vuestra señoría ilustrísima por los lazos de la sangre, más que por mis méritos, haré cuanto pueda para hacerme digno de ese honor. Pido al Señor que os conserve largo tiempo, pues sobre vos reposa la grandeza de vuestra casa.» A pesar de esto, Carlos no se apresuraba a venir a Roma. Mientras el estruendo de las aclamaciones atronaba la ciudad, él continuaba allá lejos en su castillo de Arona; administrando las tierras que su padre le había dejado en aquel rincón de la Lombardía y gozando de la luz de los tramontos invernales sobre los altivos cabezos de los Alpes y la serena superficie del lago Mayor. Un llamamiento expreso de Pío IV, fechado el día siguiente a la coronación, disipó aquella reserva, en la que se veía ya un gran carácter.

Los favores iban a llover sobre él, y con los favores, los trabajos. En Roma decían que era el ojo derecho del Papa. A los dos meses era protonotario, cardenal, arzobispo de Milán y secretario de Estado. Jamás el nepotismo había tenido un acierto semejante. Frente a los partidos que dividían la curia y el colegio cardenalicio, Pío IV había querido buscar un confidente seguro y un colaborador activo; y esto es lo que va a proporcionarle la abnegación sin límites, la diligencia perseverante y la inagotable paciencia de su sobrino. Sin embargo, en los círculos cortesanos su nombramiento fue casi una decepción, tal vez por la fama de austeridad que había precedido al nepote; tal vez porque había pocas probabilidades de influir sobre el Pontífice por su medio. No tenía la menor apariencia de aquel tipo del nepote del Renacimiento. Su mismo exterior, ni atraía por su hermosura, ni infundía respeto por la majestad. Iba a cumplir veintidós años; aún no se habían precisado los rasgos de su fisonomía. Una tela de este tiempo nos le presenta de rostro imberbe, alta frente, nariz bien desarrollada y ojos abiertos de par en par a la vida. No era un espíritu brillante, y por naturaleza se sentía impelido a esconderse y ocultar su talento. Esta timidez se aumentaba con un defecto de su lengua, que le hacía precipitarse al hablar, y que, a pesar de los esfuerzos, nunca logró dominar por completo. Su misma reserva podía achacarse a cortedad por la malicia de los cortesanos. En los comienzos de su carrera, los diplomáticos le presentan como un hombre bueno y piadoso, pero poco apto para la vida. Requeséns decía, escribiendo a Felipe II: «Es el hombre del mundo de menos espíritu y acción para tratar negocios.»

Pronto pudo verse que estas apreciaciones eran prematuras. Los que trataron a Carlos más de cerca afirman que poseía un juicio claro y un agudo entendimiento. Lo incansable de su meditación suplía lo que tal vez le faltaba de rapidez en la concepción. Su tenacidad le permitía considerar todos los aspectos de un negocio importante durante seis horas seguidas sin fatigarse. Esta energía fue, juntamente con la piedad, el rasgo distintivo de su carácter desde los más tiernos años. Vástago del antiguo linaje nobiliario de Arona, Carlos Borromeo pasa a los catorce años por las aulas universitarias de Pavía sin contaminarse con las licencias de la vida estudiantil. Desde entonces dispone de sí mismo, con entera independencia de la tutela de su padre, el conde Gilberto. Estudia Derecho, según la tradición familiar; administra las rentas de una abadía, que posee desde los doce años; gusta poco de expansiones amistosas, se esconde en su habitación huyendo de las pendencias y diversiones de sus camaradas, reza diariamente las horas como se lo había aconsejado su padre. Sus compañeros no han descubierto en él una inteligencia extraordinaria, pero su profesor Francisco Alciato puede hacer esta profecía en el momento de darle la borla de doctor ín utroque jure: «Carlos emprenderá grandes cosas y brillará como una estrella en la Iglesia.» Ya entonces pueden adivinarse las dotes de gobierno y administración del futuro reformador. Lleva la dirección de su casa, vigila a sus servidores y despide al ayo que le había dado su padre, «porque ni siquiera sabe mandar». Lucha con frecuencia con la falta de dinero, y observa, sin perder su buen humor, que no tiene con qué pagar a la patrona y remendar sus botas agujereadas. Pierde a su padre cuando no ha cumplido aún veinte años, y desde entonces se encarga de gobernar a la familia y de administrar la hacienda.

Tal era el hombre a quien Pío IV entregaba el cargo más delicado de la corte pontificia. Carlos se entregó a los negocios con toda la energía propia de su temperamento. Uno de sus familiares escribe que apenas le quedaba tiempo para comer y dormir tranquilamente. Él mismo confiesa que está bueno, «a pesar de los infinitos esfuerzos», pero que le duele tener que dejar cinco o seis horas para el sueño. Diariamente, durante tres horas, despachaba con el Pontífice los expedientes y solicitudes; después extractaba los escritos que llegaban a la secretaría, redactaba las respuestas definitivas, transmitía las órdenes a los nuncios y legados, asistía a las sesiones de las congregaciones de los cardenales, y no menos que de los asuntos eclesiásticos, se ocupaba de toda la política europea, dirigiendo y revisando los documentos de las relaciones diplomáticas. Sus tareas se aumentaban al reanudarse las sesiones del Concilio de Trento (1561-1563). Sin salir de Roma, puede considerársele como el alma de la augusta asamblea. Vigila a los legados pontificios, deshace las dificultades que surgen sin cesar, interviene en las cuestiones más arduas, suministra las cosas necesarias para el sustento de los Padres; es el intermediario, siempre vigilante y solícito, entre el poder conciliar y la autoridad pontificia, y apenas terminan las deliberaciones, empieza a poner en práctica lo acordado; hace preparar la revisión de la Vulgata, del Misal y del Breviario, y vigila personalmente la composición del Catecismo del Concilio de Trento, en la cual interviene su secretario, el ilustre humanista Poggianio.

Pío IV recompensa esta actividad con nuevos beneficios. Las rentas del cardenal secretario, calculadas por el espíritu mercantil del embajador de Venecia, escendían a 50.000 escudos, y no podía menos de admirarse de que con tales honores y riquezas no se decidiese un hombre a gozar de la vida. «Es de una vida inocentísima—añade—, tanto, que, a juzgar por lo que se sabe —¿y qué no sabían los diplomáticos de Venecia?—, puede decirse que está libre de toda mancha.» A pesar de este gran ejemplo de sacrificada fidelidad al deber, Borromeo no era todavía el severo asceta que en él vemos de ordinario. Aunque sin entusiasmo, recibía gustoso los favores de su tío. He aquí cómo anunciaba uno de ellos a su hermana: «Decid a madama Camila que puede alegrarse, pues Nuestro Señor acaba de darme tres abadías, que valen doce mil escudos.» No descuidaba tampoco el esplendor de su casa; aunque, en realidad, las ciento cincuenta personas que formaban su corte, vestidas todas ellas de terciopelo negro, no era un número exagerado para las ideas de entonces. Sus diversiones eran el juego del ajedrez, la pelota y la caza, que le atraía con verdadera pasión. En una carta al nuncio de Alemania, le pide que le mande buenos perros, y escribiendo al cardenal Ferrari, le exige la entrega de diez escudos que había perdido jugando al ajedrez, a fin de dotar con ellos a una joven que quería hacerse monja. Hijo del Renacimiento, amaba el arte, cultivaba la música, tocaba el violoncelo y favorecía con su amistad a Palestrina y al arquitecto Pelegrini. «La casa del cardenal Borromeo—decía un contemporáneo—es el lugar donde se encuentran los hombres más doctos y distinguidos de Roma. Él mismo, en la flor de la juventud, en el apogeo de su poder, no piensa sino en poner sus conocimientos a la altura de sus dignidades.» En este tiempo es cuando leyó los políticos y los filósofos de la antigüedad, que, según él mismo confesaba, le sirvieron mucho, tanto para regular su conducta como para reprimir sus pasiones. El manual de Epicteto era uno de sus libros favoritos. Con el fin de ampliar sus conocimientos literarios y teológicos, organizó unas veladas, que se hicieron famosas con el nombre de «Noches Vaticanas», por lo escogido de las personas que tomaban parte en ellas. Era una de aquellas academias, tan comunes en el Renacimiento, cuyos individuos llevaban nombres alegóricos, inspirados con frecuencia en la mitología. Humildemente, Borromeo quiso llamarse Chaos, para indicar la forma confusa de sus discursos; pero sus compañeros le saludaban siempre con el título de «príncipe excelentísimo».
Esta existencia, que el mismo Carlos juzgó después demasiado mundana, era de una admirable ejemplaridad para los hombres de aquel tiempo. Pero su asombro no tuvo límites cuando vieron al joven secretario despojarse repentinamente de todo lo que pudiera significar ostentación y pompa mundana. La ocasión fue la muerte de su hermano único, Federico, en quien tanto el Pontífice como su confidente veían vinculado el porvenir de la familia. En el paño mortuorio, bordado de oro, que cubría el féretro, el cardenal pudo ver un símbolo del ocaso esplendoroso de su raza. «Este suceso—escribía a los pocos días—me ha hecho comprender toda nuestra miseria y la verdadera felicidad da la gloria eterna.» Y en una carta al duque de Florencia descubría la actitud de su alma ante aquel golpe, que era el hundimiento de tantas esperanzas: «Dios—le decía—me ha dado la gracia de inspirarme la resolución muy firme de mirar siempre como un gran bien todo lo que viene de su mano.» Rumoreábase entonces en Roma que el secretario dejaría la carrera eclesiástica para perpetuar su nombre; pero a estos rumores respondió él ordenándose de sacerdote (1563). Si hasta ahora se había resignado, no sin repugnancia, a hacer concesiones a una manera algo profana de entender la vida, desde este momento todo su afán es desterrar los últimos restos del espíritu mundano. Se muestra más severo en el trato de su persona, prohíbe en las reuniones literarias todo asunto que no sea espiritual, suprime juegos y diversiones, reduce el tren de su casa, y ejerce el ministerio de la predicación, cosa inaudita entonces en un cardenal; aumenta el tiempo de la oración y los rigores ascéticos, hasta ayunar a pan y agua un día por semana, y propone dejar la secretaría y retirarse a la Orden rigurosa de los camaldulenses. Por este tiempo escribía el veneciano Jacobo Soranzo: «El cardenal Borromeo no tiene más que veintisiete años, pero es enfermizo, porque se ha debilitado con los estudios, ayunos, vigilias y penitencias. Su vida es la más honesta del mundo, y su religiosidad tan grande, que se puede decir que aprovecha a la corte romana con su ejemplo más que todos los decretos del Concilio. El Papa gustaría de verle más alegre y menos severo en su vida y en sus dictámenes. La corte le quiere poco, porque estaba acostumbrada a otra manera de proceder, y se lamenta de que el cardenal pide poco al Papa y da poco de lo suyo. Pero por lo que toca a lo primero, él lo tiene por cargo de conciencia; y en cuanto a lo suyo, lo gasta en limosnas y en dotar doncellas pobres.» De este tiempo es la creación magnífica del Colegio Borromeo, de Pavía, que hizo erigir para preservar a los estudiantes nobles y pobres de los peligros que él había aprendido a conocer durante sus estudios.

Si la corte no le amaba a él, él no tenía gran apego a la corte. Repetidas veces había pedido a Pío IV que le permitiese ir a pasar una temporada en su diócesis de Milán, y en el verano de 1565 logró al fin realizar sus deseos; pero apenas se ha alejado de Roma, cuando le anuncian que el Papa está enfermo. Muere Pío IV; viene la elección laboriosa de San Pío V, y Carlos puede consagrarse exclusivamente a encarnar el ideal del obispo. Es una nueva etapa de su vida, menos brillante que la anterior, pero más admirable. Va a empezar una acción reformadora, que hace de él, teniendo en cuenta la diferencia de los tiempos, el Hildebrando del siglo XVI. Ante todo, se rodea de hombres aptos para ayudarle. De tal modo sabe atraerse los hombres superiores, que a veces su amigo San Felipe Neri va detrás de él, gritando: «¡Ahí va el ladrón!» Los jesuitas son sus primeros colaboradores. Ama los ejercicios de San Ignacio y los practica con frecuencia, aunque no está del todo conforme con la Compañía, y trabaja ardientemente por transformarla. Su acción empieza desde el momento de su entrada en la diócesis: reúne seis Concilios provinciales y once sínodos diocesanos, en los cuales persigue metódica y perseverantemente la aplicación de todos los decretos del Concilio de Trento; funda los seminarios para formación de un sólido clero secular; recorre en persona todas las regiones sometidas a su jurisdicción episcopal, llegando hasta la parte suiza de su archidiócesis para levantar el espíritu de los cantones católicos; toma parte en la publicación del Breviario y del Misal; se multiplica en obras maravillosas de caridad y en actividades increíbles, que hacen de él uno de los tipos más acabados del hombre de acción que ha tenido la Iglesia. En su cuerpo enfermizo y de mediana estatura habita un alma gigante. En su pálido semblante, en su perfil enérgico, más que la sonrisa de San Francisco de Sales, se descubre el temperamento indomable. Requeséns, el que antes le juzgaba incapaz para los negocios, virrey de Milán, llega a reconocer, por propia experiencia, la tenacidad de este hombre. Los conflictos de jurisdicción son frecuentes, pero, después de largas luchas, el arzobispo gana la causa en Roma y en Madrid.

Carlos sigue su programa sin desfallecer un solo instante. Se le llama testarudo e intransigente, pero él repite aquello que decía a poco de ser nombrado secretario de Estado: «No conviene desanimarse por las habladurías de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo, y luego que cada cual diga lo que quiera.» La reforma avanza: reforma del pueblo, clero y de los monjes. Las monjas no pueden resignarse a colocar rejas en los locutorios, según lo preceptuado por los Padres de Trento; pero él las manda poner en toda su diócesis. La mayor oposición le viene de la Orden de los Humillados, que se deciden a llegar hasta el crimen. Uno de ellos penetra en la capilla del arzobispo, armado con un arcabuz. El arzobispo reza al pie del altar; la capilla canta un verso que dice: «Non turbetur cor vestrum neque formidet», y el disparo suena, causando increíble espanto. Carlos se siente herido en la espina dorsal, pero manda continuar el oficio. La herida no era grave. Sigue trabajando con nuevos alientos. Aunque jamás logró dominar por completo su aprensión de hablar en público, predica sin cesar, lo mismo en la ciudad que en el campo. Llega hasta los últimos rincones de Lombardía, arrastrado por su sed de ganar almas a Cristo. Cuando su cabalgadura no puede pasar adelante, camina a pie, resistiendo largas horas de marcha, cruzando los altos montes de su tierra, trepando por riscos y barrancos, como el más experimentado alpinista. Su actividad se acrecienta al encenderse la peste famosa de 1576. Cuando las autoridades civiles abandonan la ciudad, llenas de tenor, él permanece organizando la lucha contra el mal. Invita a la oración y a la penitencia, exhorta a la obediencia a las autoridades responsables, promulga indulgencias para los enfermos, forma juntas de salud, crea hospitales y lazaretos, se esfuerza por aislar el contagio, recorre las calles para dar aliento a las personas, manda médicos y víveres a los apestados, y él mismo anda entre ellos, repartiendo limosnas, confesando, consolando y dando a veces la salud con sólo su mirada.

En estos días hizo su testamento, indicio de que había sacrificado su vida al pueblo. Ha llegado al renunciamiento absoluto. Su carácter se nos muestra plena y definitivamente formado: podía pasar días enteros, con sus noches, estudiando y escribiendo, siempre en pie, dando audiencia, predicando y meditando, sin apariencia ninguna de desequilibrio en su sistema nervioso. Su sueño se prolongaba rara vez más de cuatro horas, y en cuanto a la comida, le sucedía con frecuencia no acordarse de ella, abrumado por las ocupaciones. Frugal siempre, al fin de su vida se contentaba con pan, agua y legumbres secas, lo cual no le impedía tomar parte, durante su viaje por Suiza, en los espléndidos banquetes de los grandes señores, y propagar la reforma católica entre los vasos espumosos y al calor de los brindis. Vivía como un pobre, caminaba siempre a pie por la ciudad, con los vestidos raídos, y muchas veces solo. Toda la magnificencia la guardaba para los ornamentos de la Iglesia; y su amor al culto se extendía al arte religioso, sobre todo a la música, a la música inteligible, como él decía. Se había deshecho de sus colecciones artísticas, y éste fue uno de los mayores sacrificios de su vida; pero seguía aumentando su biblioteca, muy rica en libros raros y toda suerte de manuscritos de los Santos Padres y de los escritores clásicos griegos y latinos. Aun cuando dedicó los tapices y telas preciosas de su palacio para vestir a los pobres, no quiso desprenderse de algunos cuadros preciosos, como la «Adoración de los Magos», del Tiziano, que decoraban sus habitaciones. El gusto de lo bello quedó en él hasta el fin. Seguía interesándose por su familia, pero sin dejarse absorber por esta solicitud. «Es preciso—decía—pesar con balanza de platero las peticiones de nuestros parientes, porque estamos dispuestos a dejarnos convencer con facilidad.» Leía y escribía mucho, pero no imprimió más que dos decretos conciliares y algunos opúsculos sobre la vida cristiana. Conservamos aún los esquemas de sus sermones y un gran número de cartas. En ellas apenas si aparecen las expresiones afectuosas, aun tratándose de amigos íntimos, ni los rasgos brillantes, ni la preocupación literaria. El que escribe es el diplomático, el administrador, que aborda sencillamente el asunto y lo presenta con habilidad.

El organismo más resistente hubiera sido incapaz de sufrir mucho tiempo aquel método de vida. El infatigable arzobispo decía que el trabajo y la penitencia le fortalecían, pero, en realidad, estaba extenuado y enflaquecido. En sus grandes ojos azules había una luz de ocaso; su cabello castaño se había vuelto de nieve, desde su nariz a su barba corrían aquellas profundas arrugas de que nos hablan sus biógrafos, y que eran más visibles desde que empezó a andar rasurado para cumplir un precepto que había dado a su clero. Sólo tenía cuarenta y seis años. Sin embargo, como si presintiese su muerte, en el otoño de 1584 quiso prepararse a ella practicando los Ejercicios de San Ignacio en una soledad próxima a su pueblo natal. Al volver, en los primeros días de noviembre, la fiebre le consumía. Preguntáronle si quería recibir el viático, y él respondió: «All’ hora.» Esta fue su última palabra. A las pocas horas se durmió en el Señor. «En todo Milán—dice un testigo—nadie durmió, pensando en el padre bondadoso que iban a perder.»

jueves, 3 de noviembre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para si mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.
Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?
Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano?
Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito:
«Por mi vida, dice el Señor, ante mi se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua.»
Por eso, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo



En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
-«Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
-«Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
“¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:
“¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. »


Palabra del Señor.

San Martín de Porres, Religioso.

Arrojada en las tierras vírgenes de América, la sangre de los conquistadores germinaba en flores de santidad. Una de ellas fue ese santo varón, hijo natural de un noble caballero burgalés y de una esclava panameña. En el rostro moreno llevará siempre la huella del mestizo. Muy niño, va con su padre a Guayaquil, donde aprende a leer y escribir, y unos años más tarde vuelve a Lima, su patria, donde, al lado de un rapista, aprende el oficio de barbero y sangrador; pero, mal avenido con la navaja y la lanceta, aunque luego supo manejarlas diestramente toda su vida, tomó el hábito de donado dominico en el convento de Santo Domingo de Lima. Tenía entonces la edad de veintiún años.

Aquí termina su historia externa y empieza la de sus aventuras místicas. Pobre, nunca quiso tener más que un hábito de grueso cordellate y una túnica interior de tosca jerga; humilde, encontraba su delicia en que le llamasen mulato, hipócrita y engañador; penitente, se alimentaba de raíces, vestía cilicios de acero con agudas puntas, y se daba la disciplina tres veces cada noche, una con cadenas de hierro, otra con látigo de cuero y la tercera con varas de membrillo. Por la noche paseaba por el claustro azotándose, y cuatro ángeles le acompañaban con antorchas. No tenía celda para dormir. Pasaba las veladas de rodillas delante del tabernáculo, y cuando el sueño le rendía se dejaba caer en las gradas o bien se echaba en la caja donde llevaban a enterrar a los muertos. Los ojos se le iban detrás de los crucifijos, y a veces, con los ojos, el cuerpo, pues arrebatado por la fuerza del amor, se lanzaba en alto, volaba hacia la imagen de Cristo y arrimaba la cara a su pecho, como recogiendo los latidos del corazón divino.

Alfonso Rodríguez era por aquellos días el tipo perfecto del hermano portero; el lego de Lima realizaba el ideal del enfermero. Para él no había enfermedad contagiosa ni llaga repugnante. El deseo de un enfermo era una orden sagrada, y muchas veces no necesitaba manifestarle al exterior. Bastábale decir interiormente: « ¡Oh si estuviese aquí el hermano fray Martín! », para que fray Martín volase a su lado; y si no tenía llave, pasaba a través de las paredes.

—¿Cómo has entrado aquí?—preguntaba el paciente.

—No te metas a bachiller—respondía él—; da gracias a Dios, duerme y descansa.

Esta misma piedad tenía con los animales. Los acariciaba, los cuidaba en sus dolencias, les aplicaba sus remedios de albéitar, les vendaba las heridas y lloraba su desaparición. En un muladar vio tirada una mula vieja que tenía una pata rota. Compadecido de ella, díjole con imperio:

—Criatura de Dios, levántate y anda.

Levantóse al punto y fue tras él al convento, donde sirvió todavía muchos años. Otras veces sus curas eran más laboriosas. Si veía herido algún perro, algún mirlo o alguna oveja, les llamaba, les aplicaba el remedio y les recomendaba reposo hasta que cicatrizasen las heridas. En una ocasión, el mayordomo del convento mandó matar a un perro que había servido ya veinte años. Habiéndolo sabido fray Martín, mandó a los esclavos que llevasen el cadáver a su aposento, y con él se pasó una noche pidiendo la resurrección del perro. Durante muchos años el perro acompañó a su bienhechor, acariciándole con la cola, agradecido.

Como se ve, fray Martín hacía los milagros más sorprendentes que se lee en las vidas de los santos, y los hacía con una facilidad pasmosa. Se hacía invisible para que nadie le molestase en sus devociones; salía de noche por el claustro del convento, atravesando los aires envuelto en nube de luz, haciendo en un instante viajes prodigiosos; sin moverse de Lima, se presentaba en las Molucas y en China, en Méjico y en Argel, para aliviar a los enfermos, libertar de la prisión a los misioneros e instruir a los cristianos; plantaba árboles que daban fruto todas las estaciones del año, y sin saber más que deletrear no muy rápidamente y manejar los instrumentos de su oficio, explicaba de una manera tan soberana los más altos misterios, que las gentes le escuchaban embelesadas, y hasta el virrey, el arzobispo y los maestros de teología iban a pedir su consejo.

Ya en Lima sólo se hablaba de los milagros del santo lego. Entre la buena sociedad, lo mismo que en las plazas, los limeños se entretenían cantando la última maravilla del santo Martín. A la portería, lo mismo que a la sacristía, afluían constantemente multitud de curiosos y devotos que querían remediar una necesidad o presenciar un prodigio, y cuenta uno de los biógrafos que el prior llamó una vez al taumaturgo y le dijo:

—Hermano Martín, bajo santa obediencia, le prohíbo que haga milagros sin pedirme antes permiso.
Pero fray Martín seguía haciendo milagros, sin darse cuenta siquiera, y aun pensando obedecer. Sucedió que, pasando frente a un andamio, resbalóse un albañil y cayó desde gran altura, diciendo en presencia del peligro.

—¡Sálveme, fray Martín!

—¡Espere un rato, hermanito, mientras pido permiso!

Así dijo el taumaturgo, y el albañil se quedó en el aire hasta que vino su salvador con la licencia.

En otra ocasión, ordenó el prior al portentoso donado que comprase para el consumo de la enfermería un pan de azúcar. Tal vez no llevaba el dinero suficiente para proveerse de azúcar blanca y refinada; el hecho es que se presentó con un pan de azúcar mascabada.

—¿No tiene ojos, hermano?—díjole el superior—. ¿No ha visto que, por lo «prieta», más parece chancaca que azúcar?

—No se preocupe su paternidad por eso—contestó el enfermero—. Con lavar ahora mismo el pan de azúcar se remedia todo.

Y, sin dar tiempo a que el prior le arguyese, metió el azúcar en el agua de la pila, sacándolo limpio y seco.

Entre muchas cosas buenas, España llevó también a América los ratones, o los pericotes, como allá se dice. Cuentan que al Perú llegaron en uno de los buques que con cargamento de bacalao envió cierto obispo de Palencia, llamado don Gutierre. Cuando fray Martín era enfermero de Santo Domingo, los ratones campaban por sus respetos en la enfermería, en la cocina y en el refectorio. Por otra parte, los gatos, llevados también por los españoles, eran tan escasos en la ciudad, que uno costaba doscientos pesos. Había, en cambio, muchas ratoneras, y fray Martín, a pesar de su amor por los animales, no se descuidaba de usarlas, aunque no sin ciertos escrúpulos. Y he aquí que un día un ratonzuelo bisoño se dejó coger en la trampa. Tomólo el enfermero, pero no se resolvió a matarlo; al contrario, poniéndole en la palma de la mano, le dijo:

—Váyase, hermanito, y diga a sus compañeros que no sean molestos en esta santa casa; que se vayan a vivir en la huerta y que ya iré yo a llevarles alimento cada día.

El embajador cumplió su embajada, y la orden se cumplió religiosamente. Martín hizo honor a su palabra, y diariamente se presentaba en la huerta con su cesto de desperdicios, no tardando en verse rodeado de la familia ratonil.

Hay que reconocer, sin embargo, que en su enfermería había también un gato, y juntamente con el gato, un perro, y, gracias a sus buenos oficios, uno y otro vivían en fraternal concordia, comiendo juntos en la misma escudilla. Estaban una tarde merendando en santa paz, cuando de pronto gruñó el perro y encrespóse el gato. Era que un ratón, husmeando el olorcillo de la vianda, había asomado el hocico fuera de un agujero. Al darse cuenta, fray Martín dijo a sus viejos amigos:

—Cálmense, criaturas del Señor; cálmense. Y, acercándose al agujero del muro, añadió:

—Salga sin cuidado, hermano pericote; paréceme que tiene gana de comer; venga aquí, que no le harán daño. Vaya, hijos—prosiguió hablando con perro y gato—; hagan sitio al nuevo convidado, que Dios dará para todos.

Había, no obstante, ciertos individuos con los cuales fray Martín tenía entrañas de acero: eran los demonios. Una tarde subía por una escalera del convento llevando un brasero encendido, cuando de repente ve al diablo apostado en un rincón.

—¿Qué haces ahí, bestia maligna?—le preguntó.

—Estoy en acecho, como hace un buen cazador—respondió el enemigo.

—¿Y qué es lo que cazas, desgraciado?

—A unos que por aquí pasan los hago tropezar, a otros caerse, a otros los asusto o les apago la luz; ¿te parece poca presa?

—Pues yo te mando—dijo el lego—que ahora mismo te vayas al infierno.

—Y ¿quién eres tú?—replicó el espíritu—. No me da la gana.

—¿Que quién soy yo? Ahora lo vas a ver. Así decía fray Martín, con la cara encendida por la cólera, mientras se quitaba la correa, y la emprendía a zurriagazos con su enemigo. Corría el demonio aullando y bramando, mas no se decidía a marchar de allí. Entonces el fraile cogió un carbón del brasero, trazó la señal de la cruz en la pared, y ésta fue la señal de la fuga.

Sin embargo, estas luchas en él no fueron tan frecuentes como en el lego de Mallorca. El castellano, descendiente de guerreros, hombre luchador, pasa los días y las horas en combates terribles; el mestizo no tiene más arma que la disciplina. La gracia le ha transformado de tal modo, que parece no sentir las turbaciones de la tentación. Camina por la vida con la sencillez de un niño; el milagro es para él un juguete; obra siempre con ingenuidad y ni en su sonrisa ni en sus ojos hay asomo de malicia. Pertenece a la estirpe de aquellos que, como decía San Juan Crisóstomo, conquistan el reino de los Cielos como cantando y danzando.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Reflexión de hoy


Lecturas



Respondió Job a sus amigos: "¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán."


Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.


Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: "Eloí, Eloí, lamá sabaktaní". (Que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Mira, está llamando a Elías." Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: "Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo." Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: "Realmente este hombre era Hijo de Dios." Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: "¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?" Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron."

Palabra del Señor.

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.

Paisaje otoñal: árboles melancólicos de color de bronce, cielo plomizo, suelo desnudo; junto al río, lamentos monótonos del aire, que recoge el último secreto de las hojas, y esas mismas hojas que caen lánguidamente y ruedan sin saber dónde van, sollozando y musitando no sé qué canción doliente, llamamiento tal vez de un corazón inconsolable a causa de un tiempo que fue—cantos y perfumes del abril lejano—, que se fue y que ya no volverá.

Y pensamos en la muerte. «El hombre, nacido de mujer, vive poco tiempo, lleno de muchas miserias.» Así decía Job, y continuaba: «Como una flor nace y es pisoteado; huye como una sombra y nunca permanece en el mismo estado.» Pensemos, pues, en la muerte, puesto que la naturaleza nos invita, y con la naturaleza ese tañido de la campana, bronco, seco, profundo, que parece la señal de la entronización de la muerte en todos los muros, en todas las iglesias, en todos los altares, en todos los corazones. Filosofar, decía Platón, es aprender a morir. Y, más bellamente, el poeta cristiano: El gran negocio del hombre es la vida, y el gran negocio de la vida es la muerte. Porque nacemos para morir y morimos para vivir. El que no ha sabido filosofar, tiembla y llora cuando ella se acerca, y tal vez, como el cardenal Mazarino, exclama con tristeza: «Pero ¿es que hay que dejar todas estas cosas?» El que la ha tenido cada día colgada delante de los ojos, según expresión de San Benito, sonríe al escuchar aquellas palabras de la liturgia de los agonizantes: «Suave y festiva sea para ti la visión de Cristo Jesús.» Esta es la fuente donde bebieron los santos su valor. «El que piensa siempre en la muerte—decía San Jerónimo—, desprecia todas las cosas.» Por eso San Francisco podía saludar alegremente a la descarnada visitante: «Bien venida sea mi hermana la muerte.» Y más apasionadamente exclamaba Santa Teresa: «¡Ah, Jesús mío! Ya es hora de que nos veamos.» Es el lado opuesto a la actitud del héroe pagano que decía: «Preferiría trabajar día tras día los campos de un hombre miserable y sin fortuna, antes que reinar abajo sobre el imperio de los muertos.»

Es que el cristiano tiene la certidumbre del más allá. Si el pagano presentaba sus obsequios a la muerte, él se los ofrece a la inmortalidad, y si celebra el día de los muertos, es porque esos muertos son inmortales. Sólo después que Cristo anunció que Él era la resurrección y la vida, se ha podido decir: «La muerte es el más bello momento del hombre, En ella se encuentran todas las virtudes que ha practicado, toda la fuerza y toda la paz que ha atesorado, todos los recuerdos, todas las imágenes queridas, todas las dulces añoranzas, y con todo esto, la hermosa perspectiva de Dios. Muy fuertes seríamos contra la muerte si tuviéramos fe viva.»

Es la fe la que ilumina el más allá, recordándonos las palabras del Apocalipsis: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.» Ni sombras espesas, como creían los paganos, ni el abismo de la nada, como enseñan los materialistas. Una vida nueva, vida de amor o de odio, paraíso o infierno. Al que en este mundo escogió el amor, vida de amor; al que escogió el odio, el lugar del odio y de la maldición. «Del lado que cayere el árbol, así quedará eternamente.» Es una verdad que ya descubrió la filosofía antigua: «La muerte—leemos en La República, de Platón— no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo. Después de esa separación, el alma se presenta delante del supremo Juez, el cual la examina sin preocuparse de la dignidad que tuvo en la tierra; y si la encuentra manchada por los crímenes, aunque sea el alma del rey de los persas, o del hombre más poderoso, la envía ignominiosamente a la prisión, donde ha de sufrir los suplicios merecidos.» Aún va más lejos el gran ateniense, cuando nos dice a continuación: «Aquellos a quienes los dioses y los hombres castigan a fin de que saquen provecho del castigo, son los desgraciados culpables de pecados que se pueden curar. El dolor es para ellos un bien real, pues sólo por él pueden librarse de la injusticia.» Esta verdad—toda verdad se encuentra ya en el paganismo, aunque en estado de putrefacción—es en el cristianismo un dogma: el dogma del Purgatorio, la mansión temporal de las almas que murieron en gracia de Dios antes de haber satisfecho a la justicia divina; el noviciado de la visión del Santo de los santos, como le llama el Padre Fáber; el segundo reino donde el alma se purifica haciéndose digna de subir al Cielo, como cantaba Alighieri; el lugar en cuyos ámbitos resuena constantemente la palabra de Cristo: «En verdad os digo que no saldréis de aquí hasta que paguéis el último cuadrante.»

Dogma consolador, que amplía las fronteras de nuestra confianza, y permite a Dios perdonar sin que se quebranta aquel principio de que nos habla el Apocalipsis: Nada manchado puede entrar en el Cielo. «No hay nada que yo crea más firmemente—escribía José de Maistre—que el Purgatorio. ¿No iban a ser las penas proporcionadas a los crímenes? Para mí, los modernos razonadores que niegan las penas eternas, dan muestra de una extraña necesidad si no admiten expresamente la existencia del Purgatorio; porque, decidme: ¿a quién podrán hacer creer que el alma de Robespierre voló al seno de Dios como la de Luis XVI? ¿Quién jamás pensó fusilar un soldado por robar una vasija de loza? Y, sin embargo, es preciso que el robo no quede impune. Yo os digo que el Purgatorio es el dogma del sentido común.» Enraizada en lo más profundo de la conciencia humana, puede decirse que esta verdad no es más que la intuición del corazón hecha dogma.
El corazón humano le adivina, porque es el amor quien le crea, como una prolongación inesperada de la santidad para uso de las almas que guardan todavía las huellas de la contaminación terrestre. Modera la justicia y dilata la misericordia. Da al amor libertades y condescendencias. Ni con deudas ni con faltas se puede entrar en el Cielo. Y ¿quién es el que merece sin tener que purgar algún pecado venial? ¿Quién no lleva viejas deudas que liquidar y una multitud de sombras que velan, sin destruirla, la divina belleza de su alma? Afortunadamente, al otro lado está el Purgatorio, arsenal en que se acaban de pulimentar las piedras vivas con que se levanta la Jerusalén celestial; lazareto en que el pasajero contaminado se estaciona delante del puerto aguardando el instante en que, libre de su dolencia, pueda besar el suelo de la patria y abrazar a los suyos, que, impacientes, le aguardan cerca de allí. Por tanto, hay allí una gran alegría. Ya estamos salvos, pueden decir los que llegan; para nosotros se acabaron las tempestades y peligros del mar borrascoso de la vida. En la puerta del infierno leyó Dante este verso: «Dejad toda esperanza los que entráis.» En cambio, a la entrada del Purgatorio vio Santa Francisca Romana esta inscripción: «Aquí está la mansión de la esperanza.»

La esperanza en el dolor. Se espera sufriendo y se sufre esperando. Por grande que sea—dicen unos que no es inferior al del infierno, y otros que supera a todos los dolores de esta vida—este sufrimiento es un sufrimiento amoroso y un sufrimiento amado: amoroso, porque la mano que hace sufrir es la de Dios, el Bien supremo; amado, porque es purificador y embellece el alma y la hace digna de Aquel a quien ama, y acelera su unión con Él. Nunca la desposada encuentra demasiado largo el tiempo de engalanarse con los atavíos nupciales. Pero es un sufrimiento. Parece nuestro destino pasar de un valle de lágrimas a un valle de fuego, antes de entrar en nuestra verdadera patria. Desde que el pecado germinó en el mundo, nadie se salva, nadie se purifica si no es por el sufrimiento. Cristo nos dio el valor infinito del suyo, y, juntando el nuestro con él, compramos el Paraíso perdido.

Esa es también la moneda del Purgatorio. Hay un fuego material que atormenta al alma de una manera misteriosa. Es el caso del lingote de oro arrancado a las entrañas de la tierra y arrojado en el fuego para que bajo la acción de la llama desaparezcan las materias impuras que le impiden dar todo su brillo. El fuego le penetra, le abraza le envuelve; él gime, se retuerce, deja escapar gotas largas y ardorosas. ¿Es esto una crueldad? No, es el deseo de devolver al metal todo el esplendor de su naturaleza, y esto mismo es lo que se hace con el alma en el horno del Purgatorio. Hay que separar de ella las escorias, las imperfecciones, a fin de que sea como un vaso perfecto, digno de ser presentado en la mesa del rey. Tormento terrible, extraño, tratándose de una sustancia espiritual, pero que no puede compararse con aquel otro que los teólogos llaman pena de daño, y que consiste en la privación de la presencia de Dios. El que ha amado alguna vez, sabe que la presencia es, en cierto sentido, una de las necesidades del amor. Ver y poseer, ver y gozar: tal es la divisa del amor. La ausencia del objeto amado le causa un martirio intolerable. Tal es el tormento del alma en el Purgatorio. Al salir de este mundo ha llegado finalmente a comprender lo que Dios es en Sí mismo y lo que es para ella: en Sí mismo, verdad, belleza, bondad soberana, objeto de admiración y de amor infinito; para ella, el término, el bien soberano, la felicidad, que en sus años de desterrada buscó frenéticamente. Encerrados en la prisión de nuestra carne, atados con las cadenas de la materia, apenas podemos rastrear lo que puede ser ese anhelo de un espíritu que está ya libre del tiempo y de las contingencias. Vemos, sin embargo, a los santos que, heridos de esa flecha divina, desahogan los ímpetus de su amor en gritos terribles, reveladores de angustias mortales; a San Pablo, con el «¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»; a Santa Teresa, con el «muero porque no muero»; a San Agustín, con aquella exclamación desgarradora que ilumina una de las más bellas páginas de las Confesiones: «¡Oh belleza infinita, qué tarde te he conocido, qué tarde te he amado! Hicístenos para Ti, oh Dios mío, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»

El amor de las almas que sufren en el Purgatorio es mucho más libre y más puro, un amor que se derrama en deseos intolerables. Hambre, sed y fiebre de Dios. Son hambres vivas aquellas pobres almas que han visto el Bien supremo y no pueden acercarse a Él. Ya no existe la barrera de su cuerpo, pero queda la barrera de su indignidad. La pobre alma se siente culpable, y no osa acercarse a Aquel a quien ha ofendido; se lanza, se precipita hacia Dios, como a un centro de gravitación, como al objeto de todos sus deseos, y al mismo tiempo se da cuenta de todas las salpicaduras, recuerdo de su paso por la tierra que le impide caminar hacia el divino encuentro. Atraída y rechazada a la vez, se resigna a la violencia del martirio, aguardando el momento de la liberación. «¡Oh Dios!—exclamaba Bossuet—. Grande artificio de vuestra mano poderosa y de vuestra profunda sabiduría es encontrar estos extremos de dolor en un fondo donde existe vuestra paz y la certidumbre de poseeros. ¿Quién será el sabio que entienda esta maravilla? En cuanto a mí, apenas si puedo vislumbrarla.»

Y aquí nos sale al paso otra delicadeza del amor infinito. Es verdad que esas almas caídas de los dolores de la tierra en los dolores del Purgatorio no pueden ya merecer. El tiempo del merecimiento ha terminado para ellas. Pero Dios nos ha concedido a nosotros un poder maravilloso: el de aliviar sus penas, el de apagar sus llamas, el de abrirles las puertas del Cielo. Nos lo enseña el dogma de la comunión de los santos y la reversibilidad de los méritos, es decir, la unión que existe entre todos los fieles de Cristo, que estén en la tierra, en el Cielo o en el Purgatorio. Todos los que son de Cristo forman una sociedad, y en esta sociedad hay interdependencia, reciprocidad de servicios y de influencias, comunidad de bienes; en una palabra, unidad de vida. Este dogma es, por decirlo así, el que pone en nuestras manos la suerte de los muertos, y porque nuestros méritos son tan pequeños, viene Cristo en nuestra ayuda, poniendo a nuestra disposición sus méritos infinitos. Lo mismo que un jardinero riega las plantas consumidas por los ardores del sol, asi nosotros podemos derramar sobre sus dolores, como un rocío divino, la Sangre de Jesucristo. Es la creencia y la práctica de la Iglesia desde los primeros días de su existencia. Ya Tertuliano decía, dirigiéndose a la esposa cristiana: «Que rece por su marido difunto, que pida para él el descanso eterno, que anhele encontrarle en el día de la resurrección, que haga la ofrenda cada año al celebrar el aniversario de su muerte; si olvida estas cosas, ha renunciado a su marido en cuanto de ella depende.» Los paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de sus difuntos; «pero un cristiano—decía San Ambrosio al pueblo de Milán—tiene mejores presentes; cubrir de rosas, si queréis, los mausoleos, pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones».

Esta doctrina es la que inspiró la pompa fúnebre de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. La costumbre primitiva del aniversario familiar se transformó en un aniversario general, que comprende en la mente de la Iglesia a todos aquellos hijos suyos que, habiendo salido de este mundo, están todavía en camino hacia la patria. El primer pensamiento fue de San Odilón, abad de Cluny, que en 998 estableció esta conmemoración solemne en la Orden benedictina. El mundo aplaudió aquella iniciativa. Roma la adoptó, y no tardó en extenderse por toda la cristiandad. El día escogido fue este que sigue a la festividad de Todos los Santos, para de este modo ofrecer el homenaje de nuestro recuerdo a esas dos muchedumbres de hermanos nuestros que se llaman la Iglesia Triunfante y la Iglesia Purgante. Tal vez el sentido íntimo cristiano ha querido hacer coincidir este recuerdo dulce y triste con las melancolías del otoño. La misma naturaleza nos invita a recoger las lágrimas de las cosas y a repetir esas plegarias llenas de suave poesía y penetradas de un hálito incoercible de esperanza que la Iglesia pone en nuestros labios este día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Reflexión de hoy


Lecturas



Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.»
Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»
Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»
Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»
Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»


Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro.


Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Una nueva humanidad.

Llevo, como la inmensa mayoría de los españoles, los apellidos de mis padres. De esta manera soy reconocido y figuran en mi carnet de identidad. Es evidente que no tengo ningún mérito por apellidarme así ni he hecho nada por adquirirlos. Pero son un don gratuito y generoso por parte de mi padre y de mi padre, y me siento muy orgulloso y honrado por llevarlos.

Todos nosotros somos santos, no por propios méritos, sino porque Santo es el apellido de nuestro Padre del Cielo, que nos ama y nunca dejará de amarnos. Somos sus hijos y de El hemos heredado la santidad y la dignidad de ser hijos del amor. Este don no es patrimonio de unos pocos, sino de todo hombre y toda mujer que vienen a este mundo.

En el santoral de cada día encontramos a numerosos santos canonizados por la Iglesia, presentados ante el pueblo como modelos de vida a seguir. Unos han marcado una pauta de popularidad en la historia de la Iglesia como Santa Teresa, San Antonio, San Fran cisco de Asís, San Francisco Javier; otros han sido recientemente reconocidos por sus virtudes ejemplares para el mundo de hoy, como el Papa Juan XXIII, Teresa de Calcuta, Damián de Beuster... Hay santos vivientes que destacan por su inquebrantable testimonio cristiano; cada uno de nosotros reconocemos a varios..

Evidentemente este calendario es muy limitado, puesto que son, como dice el libro del Apocalipsis, incontables en número, provenientes de toda tribu, raza o nación, que viven felices en el corazón de Dios.

Hoy celebramos su fiesta, el triunfo definitivo de nuestros seres queridos que abandonaron este mundo y participan ya de la vida de los bienaventurados. No sólo permanecen vivos en nuestro recuerdo, sino que son nuestros mejores valedores en el cielo. Hay una intercomunión entre ellos y nosotros mediante la oración. Es lo que confesamos cuando decimos:”creo en la comunión de los santos”.

Esta es la humanidad nueva que ha llegado a su término y ve a Dios tal cual es. Es nuestra aspiración suprema, la gran utopía que nos va guiando a lo largo de la vida

Las bienaventuranzas.

Al celebrar esta Fiesta del triunfo de Todos los Santos, estamos proclamando en realidad el amor de Dios que los ha acogido en su seno.

Los que formamos parte de la Iglesia militante esperamos también ver a Dios cara a cara.
Mientras tanto, Jesús nos brinda en esta Cara Magna de las Bienaventuranzas, la moral positiva que debemos seguir para llegar a ese encuentro definitivo con Dios.
No se es bueno por evitar el mal; se es bueno por hacer el bien.
En este sentido los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los pacíficos, los limpios de corazón, los que lloran y se compadecen de las miserias humanas, los perseguidos por causa de la justicia... serán bienaventurados, vivirán perpetuamente con el Supremo Hacedor, las jerarquías del cielo y todos los Santos.
Aquí, en la tierra, disfrutamos de un anticipo cuando vivimos la comunión en la familia, en la amistad, en el matrimonio, en las relaciones sociales, en la convivencia fraterna, en la intimidad sexual, en la comunidad de fe...
Todo esto, lo sabemos, es efímero, puesto que la felicidad se nos escapa de las manos y tenemos una fecha de caducidad con la muerte.
También es cierto que gran parte de nuestras frustraciones, angustias y depresiones se producen entre las personas que amamos, al sentirnos infravalorados, utilizados o insuficientemente queridos.
A pesar de todo, no debemos dejarnos arrastrar por la pesadumbre y buscar siempre el lado positivo de los acontecimientos.

Los poderes de este mundo son vencidos.

El poder, el dinero y la gloria de este mundo quedarán aniquilados por la muerte.
Los sistemas injustos, origen de la grave crisis que estamos viviendo, nos gritan bien a las claras que este desorden es insostenible.
Existe otra manera de organizar la convivencia si somos capaces de escuchar a los que tienen hambre y sed de justicia para configurar un mundo para todos ( no sólo para ricos y poderosos) , donde cada cual arrima el hombro como puede, con humildad y entrega a los demás..

Volviendo a las Bienaventuranzas, los auténticos santos no hicieron ostentación de su condición de tales. Se limitaron a cumplir con su deber, llenando de sentido las cosas más sencillas y humildes, sacrificándose calladamente por los demás. Santos anónimos a quienes Jesús en el evangelio llama bienaventurados. Gente maltratada, humillada, escarnecida, perseguida, castigada por defender la justicia. Hombres y mujeres desprendidos, honrados, abiertos al perdón y a la misericordia, prestos para servir y acompañar al solitario, al enfermo, al débil, al parado, al emigrante. Con ellos, como escoltas de Jesús, se ha ido tejiendo la historia de “los mejores hijos de la Iglesia”, así llamados en el prefacio de la Eucaristía de hoy. Su sangre, también derramada para el perdón de los pecados, nos acerca cada vez más al misterio redentor de Cristo.

Unidos en comunión con nuestros hermanos, miembros de la Iglesia triunfante y junto a María, madre de todos los Santos, proclamemos juntos nuestra fe en Jesús, el Cordero de Dios degollado que quita el pecado del mundo y a quien alaba sin cesar el coro de todos los bienaventurados.

Solemnidad de todos los Santos.

Esta fiesta pone alas en nuestras almas para volar hasta el Cielo; nos coloca, con la fe, en la mansión dichosa de los escogidos, y nos hace asistir a la liturgia misteriosa de los palacios eternos. Y podemos repetir con San Juan: «Vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y lenguas, que estaban junto al trono y delante del Cordero, revestida de un ropaje blanco, con palmas en sus manos, y exclamaban a grandes voces, diciendo: «Bendición y gloria y sabiduría y acción de gracias y honra y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»

Nuestros ojos se esfuerzan por penetrar en aquel mundo maravilloso de figuras recamadas de oro y sumergidas en un océano de felicidad: ojos que irradian alegría, frentes inundadas de luz, bocas llenas de alabanza y exentas de desdén, semblantes henchidos de dulzura, paz, gloria y bienaventuranza. Tal vez algunas son familiares para nosotras; las conocemos o las adivinamos; el hombre del arpa sonora y la cara inspirada; el que levanta con manos de hierro las tablas de la Ley; el profeta de la mirada de águila; la figura escuálida y pequeña del Apóstol, que sostiene la espada encendida y enrojecida en el fuego de su sangre... Moisés, David, Isaías, Pablo, y con ellos los príncipes y los magnates de aquel pueblo glorioso tienen para nosotros algún distintivo que nos permite reconocerlos y señalarlos con el dedo. Aquella joven de mirada extática, que sostiene una rueda con sus manos de color de lirio, es Catalina, la mártir; aquella otra que canta su dicha y mueve con dedos gráciles las cuerdas del arpa, es Cecilia, la virgen romana; aquel anciano de larga barba y amplia vestidura, rodeado de una multitud de hombres y mujeres, que llevan su misma cogulla, es Benito, el patriarca de los monjes de Occidente.... Pero ¿y el glorioso tropel que le circunda? ¿Y el ejército innumerable que llena los ámbitos del Cielo, sus templos, sus jardines, sus paisajes misteriosos e inefables? Ni sabemos sus nombres, ni conocemos su vida. Pero los admiramos y los amamos. Nuestro corazón se abre delante de ellos, ofrendando el incienso de la alabanza e implorando un latido del suyo o alguna de sus miradas compasivas. Con una santa envidia contemplamos aquellos rostros, donde ya no queda huella del dolor. Sus frentes llevan el sello aristocrático de los héroes, sus manos empuñan la palma que no se marchita, en sus sienes brillan las coronas del triunfo. Atletas valerosos, guerreros afortunados, lucharon y vencieron. Amaron la verdad con frenesí, cultivaron con paciencia la buena semilla en el campo de su alma, dejaron regueros de rosas en su camino, sembraron la alegría y la paz, levantaron fanales de luz en medio de sus hermanos, disiparon tinieblas, vencieron monstruos, mataron errores, destruyeron ídolos, aliviaron miserias, iluminaron la vida y lucharon con divino ardimiento para ensanchar las fronteras del reino de Cristo. Vencidos, acaso, un día, lograron levantarse de nuevo y arrebatar al enemigo la victoria. Y lo mismo los que se levantaron que los que nunca cayeron, todos gozan ahora de aquella vida para siempre bienaventurada que enajenaba su espíritu mientras vivieron en este mundo. Un río impetuoso alegra a estos habitantes de la ciudad de Dios; y sus aguas, no cabiendo ya en las riberas del Cielo, llegan hasta nosotros, hinchan nuestros corazones y nos obligan a exclamar: «Alegrémonos todos en el Señor, en este día de la fiesta que celebramos en honor de Todos los Santos, por cuya solemnidad se alegran los ángeles y alaban con ellos al Hijo de Dios.»

Así canta la Iglesia al ofrecer hoy la misa en honor de todos sus hijos trasladados de la muerte a la vida, del combate al descanso. Día tras día, a través del ciclo del año, va presentando a nuestra veneración y a nuestra imitación sus glorias más espléndidas; pero, Madre fecunda y amorosa, no puede olvidar a aquellos de sus hijos cuyos nombres desconocen los hombres, pero que están escritos en el libro de la vida. Cuando Roma acabó de conquistar el mundo, quiso levantar un monumento imperecedero al poder de todos los dioses. El Panteón debía ser el testimonio perenne de su gratitud. Pero ella misma fue vencida por Cristo, y desde entonces la morada de los dioses se convirtió en templo de los mártires. Ya no seria el refugio de vanas sombras y leyendas sin alma, sino la casa de los santos de Dios, que harían verdadero el título que le diera el paganismo: panteón, templo de todos los dioses. «Yo dije—clamaba el salmista—: vosotros sois dioses, y todos, hijos del Altísimo.»

En los primeros años del siglo VII, un Papa, Bonifacio IV, recorría las catacumbas, emocionado al recoger en aquellos subterráneos el palpitar generoso de los tiempos heroicos del cristianismo. Calixto, Ceferino, Sebastián, Cecilia, Inés, Valeriano..., nombres luminosos que hablaban de gestas inmortales. Pero, también, ¡cuántos sepulcros sin un verso, sin una letra, sin un indicio que dijese quién descansaba en el interior! ¡Cuántos huesos anónimos! Y, sin embargo, eran huesos consagrados por el martirio. Junto a ellos se veía la palma victoriosa, o el instrumento del suplicio, o la ampolla de cristal donde los cristianos recogieron su sangre. Tal vez podían distinguirse aún sus vestidos enrojecidos, sus cabezas segadas, sus miembros ahumados, mutilados o magullados. Y he aquí que llega el Pontífice, recoge tembloroso aquellas prendas sagradas, y, sacándolas de la oscuridad, las coloca en aquel templo que Agripa levantara seis siglos antes a la gloria de los dioses paganos. En sus vestidos pontificales brillan la púrpura y las piedras que llevaron antaño los perseguidores, veinticuatro carros le siguen llevando los venerables trofeos y los hijos de los quirites cantan el himno de la marcha triunfal: «Vuestra salida será dichosa y vuestro caminar lleno de alegría. Al veros, los montes saltan de gozo, y las colinas famosas de la ciudad de Rómulo os aguardan con impaciencia. Apareced ya, santos de Dios, dejad el puesto del combate, entrad en Roma, que es ya la Ciudad Santa; bendecid al pueblo romano, que os sigue al templo de las falsas divinidades, desde hoy iglesia vuestra, para adorar en él con vosotros la majestad del Señor.»
Este hecho fue el primer paso en el nacimiento de la fiesta de Todos los Santos. Pronto la solicitud de la Iglesia se extiende más lejos. A los mártires de Roma se asocian los de toda la cristiandad; y a los que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe, vienen a juntarse todos los justos que se santificaron día tras día en el cumplimiento cotidiano del deber, martirio lento y oscuro, mas no por eso menos difícil y heroico que el de la sangre. Ya en el siglo VIII, Beda el Venerable escribía estas bellas palabras: «Hoy, dilectísimos, celebramos en la alegría una sola fiesta, la solemnidad de Todos los Santos, cuya sociedad hace que el Cielo tiemble de gozo, cuyo patrocinio alegra la tierra, cuyos triunfos son la corona de la Iglesia, cuya confesión, cuanto más varonil, más ilustre es en su gloria, porque al crecer la lucha, crece también la honra de los luchadores y a la fuerza de los tormentos corresponde la grandeza del premio.»

La fiesta se había completado abriendo a nuestra consideración los horizontes infinitos de la santidad creada e increada. Ante todo, la Trinidad Beatísima, el Rey de esos reyes que son los santos, el Dios de los dioses de Sión, Dios todo en todas las cosas. «Venid—canta la liturgia del día—, adoremos al Rey de los reyes, porque Él es la corona de todos los santos.» Después, María, canal de la gracia, que produce la santidad en los hombres, y tras Ella los nueve coros angélicos y todos los escogidos que nacieron de Adán; los patriarcas y los profetas, los apóstoles y los mártires, los confesores y las vírgenes; rosas de martirio y violetas de humildad, siemprevivas de caridad y lirios de pureza; los que dejaron su huella luminosa en la senda de la Humanidad, y los que se extinguieron en el silencio bajo la mirada bondadosa de Dios; los que fueron luminarias de su siglo, y los que vivieron con nosotros una vida ignorada y humilde; los ancianos de paso vacilante y manos temblorosas, pero de corazón juvenil para abrazarse con el deber; los niños que comenzaban a vivir y corrieron impacientes al manantial de una vida mejor; los jóvenes que despreciaron los encantos que el mundo les ofrecía y animosos dejaron ensueños por realidades; el rey que entre los esplendores del trono conservó puro su corazón y se sirvió de su poder para hacer felices a los pueblos; el poderoso que no puso su corazón en el brillo del oro, sino que siguió sencillamente la ley santa del Señor; el pobre sacerdote que en el rincón de su aldea, desterrado casi del mundo, repartió el pan de su mesa con el labriego y el mendigo; el honrado comerciante, el humilde labrador, la doncella dulce y recatada, la esposa virtuosa y solícita, la madre cuidadosa y amante, el criado fiel, el industrial laborioso, el pobre artesano, el mendigo que corre los caminos helados o los deseos, devorado acaso por el ardor de la fiebre y la tristeza de soledad. Todos los que en la riqueza o en la pobreza, en la obediencia o en el poder, supieron hacerse santos, imitando las virtudes del modelo de toda santidad, Jesucristo, son este día el objeto de nuestro culto. Con nuestra fe los vemos en aquella patria de todo contento como los veía el vidente de Patmos, vestidos con las cícladas de oro, ceñidas las sienes con brillantes coronas, cantando el cántico nuevo, que sólo ellos pueden cantar, y bebiendo la dicha perenne en la fuente maravillosa de la Sangre del Cordero. Tal vez, como Dante, atravesamos el empíreo escuchando aquel himno que no se acaba nunca: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.» Sus ecos alegran nuestro corazón, abren nuestros ojos a los misterios insondables, y tenemos que exclamar con el poeta: «Todo el universo me parecía una sonrisa. El reino de la alegría, con todo su pueblo, antiguo y nuevo, dirigiéndose hacia un solo punto, era todo una mirada, era todo un solo amor. ¡Oh triple luz, que, parpadeando en una sola estrella, sacias de esta manera aquellos ojos, míranos aquí abajo en nuestras tempestades!»

En nuestras tempestades.... Temblamos todavía en la incertidumbre, aún nos envuelven los miedos veladores de la noche; pero tenemos un áncora, que es la fe, y una luz, que es la esperanza, y un guía, que es el amor; y oímos esta palabra: «Bienaventurados los que lloran»; y esta otra: «Dichosos los que han sido convidados a las bodas del Cordero.» Nosotros hemos recibido esta invitación, y hay allí muchas sillas que nos aguardan. Iremos a la casa del Señor. Nuestros pies están aún en sus atrios; pero nuestros ojos contemplan con alborozo las tribus innumerables que llegan hasta ti, ¡oh Jerusalén! ciudad de paz, construida en la concordia y el amor.