miércoles, 15 de mayo de 2019

San Torcuato y compañeros


La Iglesia española celebra el día de hoy la conmemoración de los llamados Varones Apostólicos, que son aquellos siete discípulos de los apóstoles San Pedro y San Pablo que, conforme a una tradición antigua española, fueron enviados a España por sus maestros Pedro y Pablo para que predicaran el Evangelio en la Península. La tradición nos ha transmitido sus nombres de Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio.

 Junto, pues, con la otra tradición sobre la predicación de Santiago, y con el hecho históricamente bien probado de la estancia de San Pablo en España, la actividad apostólica de los Varones Apostólicos constituye la base del origen apostólico de la Iglesia española. Por eso ha sido, ya desde antiguo, tan grande la devoción que España ha profesado a los Varones Apostólicos, y particularmente las poblaciones que, conforme a la misma tradición, habían evangelizado cada uno de ellos, se han distinguido de un modo especial en esta veneración. Así sucede, por ejemplo, en Acci, hoy Guadix, donde se supone predicó Torcuato; en Ilíberis, o Elvira, evangelizada por Cecilio, y sobre todo en Abula, que algunos identificaron con Avila, donde tanto se venera a San Segundo.

 No es éste el lugar para discutir, en primer término, la verdad de la misma tradición sobre la venida a España de los Varones Apostólicos. Baste decir que los historiadores modernos extranjeros, los padres Férotin y Savio, la califican de tradición antigua y sólida. En segundo lugar, pasamos por alto la discusión sobre cuáles son las poblaciones modernas que corresponden a las antiguas, donde refiere la tradición que predicaron dichos Varones Apostólicos. Concretamente, a qué población se refieren Urci, donde debió predicar Indalecio; Vergi, sede tradicional de Tesifonte; Carcesa, cristianizada por Hesiquio. Entre todas ellas, como se sabe, la más discutida es Abula, donde predicó Segundo.

 Aquí conviene notar, ante todo, los datos que nos comunica la misma tradición, pues, aunque no presenten sólidas garantías de seguridad histórica, indican, ciertamente, la estima que se ha hecho siempre en España del origen apostólico de sus iglesias. Tal vez ésta es, en el fondo, la razón última de por qué es tan profunda en los españoles la adhesión a la cátedra de Roma y el afecto personal hacia el Romano Pontífice. De hecho, desde tiempo inmemorial, España ha proclamado y defendido con el mayor empeño el origen apostólico de su fe católica, lo cual debe ser para los españoles de nuestros días un argumento poderoso para no desmerecer en lo más mínimo de la tradicional adhesión de España a la Iglesia Católica Romana y al Romano Pontífice.

 Así, pues, conforme a esta tradición, los Príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo, escogieron a siete entre sus discípulos, bien probados en la fe, cuyos nombres hemos indicado, los consagraron obispos y los enviaron a España con la misión de evangelizar la importante provincia romana llamada en aquel tiempo Hispania. Dirigiéronse, pues, ellos a la Bética, que era una de las regiones más romanizadas, y, habiendo llegado a la importante ciudad de Acci (hoy Guadix), se detuvieron antes de entrar en ella. Encontrábase ésta a la sazón en plenos festejos, dedicados a Júpiter y Mercurio, por lo cual, al enterarse de las intenciones de los huéspedes, salieron algunos gentiles en ademán amenazador.

 Ante esta actitud de los naturales los Varones Apostólicos retrocedieron y atravesaron el río. Los perseguidores pretendieron darles alcance; mas, al intentar atravesar el río, se hundió el puente y todos ellos perecieron. Ante la noticia de lo ocurrido los habitantes de Acci se llenaron de estupor, por lo cual salió en nombre de todos la matrona Luparia, la cual se puso en contacto con los misioneros, construyóse una iglesia y la población abrazó el cristianismo.

 Iniciada de esta manera su actividad apostólica, aquellos misioneros, conforme a la misma tradición, se repartieron por diversas poblaciones, siendo de este modo la base de la mayor parte de las iglesias españolas. No se olvide que, conforme a la tradición de la predicación de Santiago en la Península, éste estuvo muy poco tiempo en España y obtuvo pocas conversiones, y la estancia cierta de San Pablo tuvo una actividad muy reducida. Así, pues, según las tradiciones primitivas, los que en realidad evangelizaron a la Hispania y los verdaderos padres del cristianismo español fueron los Varones Apostólicos.

 De esta tradición hablan, en primer lugar, los Calendarios mozárabes, cuya reciente publicación por los padres Férotin y Savio proyecta abundante luz sobre la Iglesia primitiva de la península Ibérica. Ahora bien, sabemos que las noticias incluidas en esta clase de calendarios se fueron introduciendo poco a poco. Por otra parte, según se ha probado, su primera redacción data del siglo V. ¿Cuándo, pues, fue introducida esta noticia en dichos calendarios? ¿Pertenece al núcleo primitivo? La unanimidad de los siete calendarios nos permite concluir que la noticia data del siglo V o del VI.

 Especial importancia en este punto adquiere la literatura hagiográfica del tiempo. También en ella se habla de los Siete Varones Apostólicos, como puede comprobarse en el Martirologio histórico, de Lyon; en diversas vidas compendiadas, a manera de Flos Sanctorun, y en la misa, el oficio divino y un himno de la liturgia mozárabe.

 Sobre la suerte final de los Siete Varones Apostólicos la misma tradición es muy escasa de noticias. Es muy común la creencia de que todos ellos murieron mártires. Así lo expresan algunos Calendarios. En cambio, la literatura mozárabe los llama simplemente Doctores de la fe.

 La principal lección que debemos aprender de la festividad de los Varones Apostólicos es la estima extraordinaria que el pueblo español ha hecho siempre del origen apostólico de su fe católica. La tradición referente a los mismos queda consignada por escrito ya desde el siglo V o VI, y, ciertamente, desde entonces esta convicción llega a constituir una de las bases fundamentales en el ulterior desarrollo del cristianismo en España. Hubo posteriormente una corriente dentro de la Península que ponderaba en exceso la idea de que se tardó bastante en introducir plenamente el cristianismo en España. Así parece expresarlo, en el siglo VII, San Valerio, monje del Bierzo y padre de monjes, quien en una exhortación a los fieles les llega a decir que solamente a fines del siglo IV comenzó a resplandecer el cristianismo en España.

 Frente a esa idea, repetida en algún otro documento y excesivamente ponderada por algunos escritores de nuestros días, diremos que, a mediados del siglo III, la Iglesia española da muestras de intensa vitalidad, y, según los testimonios de San Ireneo y de Tertuliano, ya a fines del siglo II el cristianismo estaba plenamente arraigado en España.. Podemos, pues, con buen fundamento suponer que esto se debía al hecho de la estancia de San Pablo en la Península, quien había dejado, como en tantas otras ciudades, una Iglesia bien fundada, y tal vez también a la obra evangelizadora de los Siete Varones Apostólicos.

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