domingo, 30 de marzo de 2014

Homilía




El encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento es uno de los pasajes evangélicos que más impactan por el contraste entre la luz y las tinieblas.

Jesús, como tantas otras veces, toma la iniciativa para desmontar la mentalidad de los judíos de asociar el sufrimiento y las taras físicas a un castigo de Dios por el pecado del castigado o de sus padres:
“Ni pecó él - dice Jesús - ni sus padres, sino para que se demuestre lo que Dios puede hacer”

Todos somos ciegos, y, como el ciego, estamos tan enfermos que no nos quedan fuerzas para acudir a quien nos puede curar.

Somos ciegos incluso para nosotros mismos. Nos da miedo mirarnos en el espejo de nuestra verdad, y no sólo cultivamos las apariencias, sino que vivimos en ellas. Vemos de nosotros la imagen que nos van formando, no la realidad; la máscara, la caricatura, no la persona. Por eso nos molesta que alguien nos haga ver lo que somos.

Somos ciegos, porque no vemos a Dios. Buscamos constantemente nuevas pruebas y exigimos más y más signos.

El gesto de Jesús de hacer barro con la saliva, aplicarlo en los ojos del ciego y darle un mandato, nos recuerda la creación del primer hombre.

El ciego, a diferencia de Adán, cree en Jesús, obedece a Jesús, se abandona a su voluntad y sigue un proceso que le lleva de las tinieblas a la luz.

Este proceso supone una adhesión personal e inquebrantable a Jesús y a su mensaje, que hace inviable la vuelta atrás, a la oscuridad anterior.

Por eso no tiene miedo y, aunque se siente amenazado y acorralado por las autoridades, confiesa su fe en Jesús y la defiende con presteza.

San Pablo dice:
“En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor” (Efesios 5,).

Él mismo vivió una experiencia similar de encuentro con JESÚS, camino de Damasco, que cambió su vida y, de ser perseguidor, pasó a ser su mejor defensor.

Los cristianos estamos llamados a dejarnos interpelar constantemente por el Señor y a no fiarnos de las propias fuerzas. El mal acecha en cada encrucijada de la vida.
El camino cuaresmal nos ayuda a descubrir durante la marcha hacia la Pascua los rincones oscuros del corazón y horizontes abiertos a la esperanza.
Nos invita también a la conversión, a cambiar nuestra mirada negativa sobre el mundo, a lavarnos los ojos como el ciego, para ser limpiados por la gracia de Dios.

Porque si miramos con gafas oscuras, lo veremos todo oscuro; si miramos con gafas claras, veremos también todo claro. “Mirar” en positivo es fundamental para ver la vida y los acontecimientos con los “ojos” de Dios.

Los dirigentes judíos y algunos fariseos, marcados por la Ley, no entienden cómo Jesús recupera la vista del ciego en sábado, ni aciertan a valorar los signos de Dios. Sus ojos están cerrados a la verdad y, al no haber amor en sus comportamientos, insultan y rechazan al ciego.

Nosotros podemos caer en estas mismas actitudes.
Cada vez que rechazamos a alguien para defender la pureza de nuestra fe cristiana y damos más importancia a las pautas de comportamiento establecidas que a la `persona misma, obramos igual que los descalificadores del ciego.

No estamos exentos de culpa El que ama está en la luz.

No conocemos a las personas, a quienes frecuentemente juzgamos por apariencias, porque sus valores, sus pequeños detalles, sus testimonios, se nos escapan. Estos son el verdadero tejido de la vida, que es un sacramento, aunque nos quedamos en los accidentes.

Cuando anteponemos las normas legales por encima de la justicia, la misericordia y la buena fe, es que no amamos de verdad.

El amor excluye la intolerancia, los malos modos, la inquisición y los juicios temerarios, que son frutos todos ellos de los celos.

Los celos son enemigos del amor, porque introducen la duda metódica y la desconfianza en las relaciones humanas, y colocan al sujeto en un pedestal de dominio, desde el que imparte justicia. Es imposible así vivir en mutua pertenencia y en un plano de igualdad y de respeto a todos los valores y a todas las ideas.

Los integrismos religiosos excluyentes, presentes todavía en amplios sectores de la Iglesia, mancillan su imagen e impiden ver el verdadero rostro de Jesús, al que hoy condenarían por mezclarse con pecadores, prostitutas y gente de mala vida.

¿Acaso los buenos padres dejan de amar a su hijo por haber cometido un delito?


Tratarán, más bien, de dialogar con él y llevarle al buen camino. El amor mira al otro desde el otro, confía en él e intenta hacerle feliz, satisfaciendo sus necesidades más profundas, y da testimonio del don recibido. Cuando amamos de verdad, dejamos que la luz impregne nuestra vida y nos condicione para bien. El ciego es un ejemplo: Jesús lo encuentra, y éste se deja guiar, se enamora de él y testimonia con valentía la fe recibida.

La luz entra, de esta manera, y definitivamente, en su corazón.

En cada hombre y en cada mujer hay una ventana cerrada, que debemos abrir para que entre la luz, se ventile la casa y se respiren aires nuevos.

Nos movemos en antros oscuros de convivencia, buscando una salida de los intereses creados que nos atenazan y de las ideologías cambiantes, que nos sumen en un mundo de confusión y abandono.

Queda poco espacio al desarrollo mental y espiritual de las personas. Siempre hay grupos mediáticos que piensan, organizan y desarrollan actividades por nosotros.

Es más cómodo dejarnos “llevar” egoístamente, mientras haya dinero en el bolsillo, para pagar los servicios. Pero nada termina de llenarnos, de saciar nuestra sed, de iluminar nuestro camino.

Existe una inconfesada y profunda necesidad de Dios en la sociedad actual, tan saturada de todo tipo de experiencias como carente de un líder moral, que aglutine en torno a sí la regeneración de las personas, los estereotipos sociales y el cambio de las estructuras injustas de poder.

El papa Francisco ha empezado a marcar un camino esperanzador, llevando el evangelio a la calle, bajando a los gobernantes de sus pedestales, combatiendo la corrupción, fomentando el diálogo y promoviendo la unión en el amor.

Pero el verdadero líder es Jesús, a quien el Papa representa.

Es un reto dejar que Dios nos transforme con su luz para compartirla con todos.
Es grato pensar y sentir que Jesús es nuestro compañero de viaje y va delante de nosotros como médico que cura las heridas del pecado y como guía que nos conduce a la vida eterna.

Te damos gracias, Señor, por la luz de la fe y por estar a nuestro lado. Así podemos exclamar como el salmista:

“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” (Salmo 22, 4)

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