sábado, 15 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Hermanos:
Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.
Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
Por tanto, no valoramos a nadie según la carne.
Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no.
El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo -, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio.
En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no habla pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”.Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Palabra del Señor.

San Bernardo de Menthon

A un papa milanés y alpinista, en el sentido estricto de la palabra, pues fueron precisamente los Alpes los montes preferidos para sus escaladas, le correspondió declararle patrono de los habitantes de los Alpes y de todos los alpinistas. Nos referimos a Pío XI. Pero, sin necesidad de esta declaración, ya San Bernardo era famoso en todo el mundo por los dos abrigos o refugios que preparó en lo alto de la cordillera y por los famosos perros que llevan su nombre.

Había nacido en el corazón de Europa. Menthon es un pueblo al borde del lago de Annecy. Dista tan sólo unos diez kilómetros de esta ciudad episcopal, célebre por estar ligada al recuerdo de San Francisco de Sales, Santa Juana de Chantal y el nacimiento de la Orden de la Visitación. Un plácido recorrido por el maravilloso lago basta para trasladarse de Annecy a Menthon, pueblo que hoy ha añadido a su nombre el de su más glorioso hijo: Menthon-Saint Bernard. Nos encontramos en el mismo corazón de Europa. A un paso, Suiza. Tras los montes, Italia. En tierras de Saboya, desde hace cosa de un siglo francesas. La vida de San Bernardo había de responder a este claro designio europeo.

Nació, según parece, pues su discutida cronología se mueve holgadamente en un siglo entero, hacia el año 996. Como en el caso de tantos otros santos, recibe su formación en París. Al terminarla vuelve a su castillo natal de Menthon. Allí le espera su padre, que tiene trazados ya para él ambiciosos planes. En concreto, un ventajoso matrimonio. Tan preparado estaba todo, que, cuando quiere darse cuenta Bernardo, es ya la víspera de la boda. Su padre no quiere atender a las razones del hijo, que aspira a hacerse sacerdote. Todo aquello que él dice que ha madurado largamente durante su estancia en París no pasa de ser una locura. Así las cosas, no quedaba a Bernardo más que un remedio heroico: escapar por una ventana del castillo. Dicho y hecho. Aún hoy se muestra a los visitantes el barrote que hubo de romper para lograrlo.

Inmediatamente quiso aprovechar la libertad recobrada. Y llamó a las puertas de los canónigos regulares del valle de Aosta, al otro lado de los Alpes. El arcediano del valle le ha acogido con cariño y comprensión. Recibe el sacerdocio y años después se ve colocado en ese mismo cargo de arcediano.

Fue entonces cuando pudo darse cuenta a fondo de una urgente necesidad que existía. En sus predicaciones por los pueblos del valle, en sus contactos con los curas de las montañas, había visto ya algo. Pero no todo. Ahora, cuando su cargo de arcediano le imponía la obligación de atender con limosnas a los pobres peregrinos que tenían que atravesar los Alpes, se dio cuenta de la tragedia en todas sus dimensiones. No era sólo que el camino fuese áspero, arriesgado y, sobre todo en invierno, mortalmente peligroso. A los rigores de la naturaleza se añadían otros, provenientes de la malicia de los hombres. Aquellas caravanas, que tenían que pasar días enteros sin encontrar abrigo alguno frente a los elementos desencadenados, eran no pocas veces cruelmente saqueadas por los sarracenos, los húngaros o simplemente por gentes sin entrañas del mismo país.

Y se repitió entonces lo que tantas veces ha ocurrido y seguirá ocurriendo en la historia de la Iglesia. San Bernardo salió, como Santo Domingo de la Calzada, como San Vicente de Paúl, como San Juan de Mata... y como tantos otros santos, al paso de aquella necesidad. En verdad, la empresa era difícil, casi diríamos que descabellada. Enterrar a unos hombres en la nieve, obligarles a recorrer aquellos intransitables caminos de montaña en pleno invierno, obligarles a permanecer siempre atentos a la llamada de cualquier caminante, es mucho hoy, cuando se puede contar con medios que entonces ni siquiera podían entreverse. Pero era inmensamente más entonces. Y, sin embargo, pese a todo, se hizo. La caridad llegó a tanto. Y, pese a todas las dificultades, San Bernardo logró edificar, en lugar de los miserables refugios de tablas que hasta entonces existían, dos sólidos hospicios en Mont-Jeux y Colonne-Jeux. Como en tiempo de Nehemías, fue necesario tener en una mano la espada mientras con la otra se edificaba, pues las bandas de salteadores no dejaron de intentar hacer imposible la empresa. Pudo más la caridad del Santo. Y los dos hospicios llegaron a ser una feliz realidad.

Pero los edificios no bastaban. Había que poblarlos. Un grupo de canónigos regulares venidos de Aosta, se establecieron en ellos y sirvieron de núcleo inicial a la Congregación Hospitalaria de San Nicolás y San Bernardo del Monte de Júpiter, como hoy se llama oficialmente, por haber elegido San Bernardo a San Nicolás como patrono del más importante de los dos hospicios, el que hoy se conoce como el Gran San Bernardo.

Vida dura, heroicamente dura, la de los canónigos en aquellas alturas. Solos en la agreste soledad de las montañas, aislados del mundo, esperaban la primera señal para ponerse en movimiento en búsqueda del viajero perdido. Sus célebres perros, maravillosamente adiestrados, les servían de ayuda. Y miles de caminantes debieron la vida a esta ingeniosa caridad de San Bernardo.

Tranquilo estaba en medio de sus hijos, cuando vinieron a buscarle. El emperador Enrique, según parece el cuarto de este nombre, estaba irritado por una revuelta que había tenido lugar en Pavía. Se le pedía con angustia al Santo que interviniera para aplacarle. Y así lo hizo. Se puso rápidamente en camino, descendió a la planicie y realizó plenamente su labor de paz. Pero esta caridad suya le iba a suponer un serio sacrificio: el morir lejos de sus hijos.

Caminando, ya de vuelta, hacia sus amados Alpes, se sintió enfermo en Nevara. Halló acogida entre los benedictinos. Y atendido por ellos, expiró plácidamente el año 1081 al parecer. Nacido en tierras saboyanas, educado en la capital de Francia, canónigo regular en el valle de Aosta, rincón hoy día de habla francesa en Italia; fundador en Suiza, iba a descansar, fiel a este destino europeo, en la planicie lombarda, no lejos de Milán. Pese a las protestas, mantenidas tensamente durante siglos, de sus hijos los Canónigos del Gran San Bernardo, su cuerpo permanecerá en Novara. Primero en la iglesia de los hospitalarios benedictinos, que le habían acogido en su última enfermedad. Y después, hasta nuestros días, en la catedral misma de Nevara, a la que fue trasladado en 1454.

Ya en 1123 se procedió, según el procedimiento entonces usual para declarar la santidad de una persona, a levantar su sepulcro sobre el suelo. La fecha de esta elevación, o la de su traslación a la catedral, parece que fue el 15 de junio, día en que durante siglos se ha venido celebrando su fiesta. Desde 1922, sin embargo, su elogio se hace en el martirologio romano el 28 de mayo, sin que por eso se haya trasladado su fiesta en las diócesis en que se celebra.

En 1923 se celebró solemnemente su milenario. No obstante, hoy se da como más segura la cronología que hemos indicado, ya que el encuentro con el emperador, de que nos habla su biógrafo Ricardo de Val d'lsére, tiene todas las características de haber ocurrido con Enrique IV, lo que sitúa a San Bernardo en pleno siglo XI.

La Congregación por él fundada continúa existiendo, y tiene en la actualidad (1959) setenta y dos miembros. Por influjo de un insigne prelado vasco, el abad don Fernando Urquía, se ha confederado con las demás Congregaciones de Canónigos Regulares de San Agustín, medida esta que permite esperar un glorioso resurgimiento.

El hospicio del Gran San Bernardo ha perdido, como es lógico, la mayor parte de su utilidad con la perforación de los túneles bajo los Alpes, que hacen innecesario atravesarlos durante el invierno. No obstante, la Congregación continúa viviendo fielmente su primitivo espíritu, y no hace muchos años intentó emprender tareas similares en tierras de misiones, lo que, desgraciadamente, no pudo lograrse por las circunstancias políticas que el mundo ha venido atravesando.

Noble saboyano, que fue huyendo de los honores y despreciando un rico casamiento, se puso bajo la dirección del santo arcediano Aoust, se ordenó de sacerdote y durante cuarenta años predicó el Evangelio a los suizos. Fundó dos hospederías en los Alpes, el Grande y Pequeño San Bernardo, y puso en ellas canónigos de San Agustín para servirlas. Fue algún tiempo su superior, pero una vez asentada sobre bases sólidas la fundación, se volvió a predicar a los infieles de Lombardía. Murió en Nevara, 1081.

viernes, 14 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Hermanos:
El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.
Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros.
Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno.
Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.
Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio. “
Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.»

Palabra del Señor.

San Juan Francisco Regis

Cuando un sacerdote o un apóstol muere desgastado de tanto trabajar por extender el reino de Dios, ese día la Iglesia ha conseguido un gran triunfo para la eternidad. (San Juan Bosco)

El Papa Pío XII llegó a exclamar: "Un predicador que merece muy bien ser llamado Patrono de las misiones populares es San Francisco Regis".

Francisco nace en 1597 de familia acaudalada en Narbona, Francia y a los 19 años empieza a no sentirse a gusto en la vida mundana. Siente aversión por los placeres mundanales. Y súbitamente cae en la cuenta de que la santidad no será conseguida por él si sigue viviendo entre las gentes mundanas. Cerca de su ciudad había una abadía de monjes que lo estimaban, pero a él le atraía más la Compañía de Jesús, porque los Jesuitas se dedicaban más al apostolado entre el pueblo. Pidió ser admitido entre los jesuitas y en su noviciado demostraba tal fervor que uno de sus compañeros llegó a declarar: "Juan Francisco se humilla él mismo hasta el extremo, pero demuestra por los demás un aprecio admirable".

Siendo estudiante, el compañero de habitación lo acusó ante el superior diciéndole que Regis en vez de dormir lo suficiente pasaba muchas horas rezando en la capilla. El Padre Rector le respondió: "No le impidas sus devociones. No te opongas a sus comunicaciones con Dios. a mi me parece que este joven es un santo y que un día nuestra Comunidad celebrará una fiesta en su honor". Y esta respuesta resultó profética.

A los 33 años fue ordenado de sacerdote y al año siguiente lo destinaron a un trabajo que estaba muy de acuerdo con sus aspiraciones y con su fuerte constitución física: dedicarse a predicar misiones entre el pueblo. Y se dedicó a este trabajo con tal energía que sus compañeros exclamaban: "Juan Francisco hace el oficio de 5 misioneros". En 43 años de vida, 24 como religioso, diez como sacerdote y 9 como misionero popular, logró inmensos éxitos y tuvo el mismo calificativo en todos los sitios donde estuvo predicando: "el santo".

A diferencia del estilo muy elegante y rebuscado que se usaba entonces para predicar, el padre Juan Francisco se dedicó a predicar de manera extremadamente sencilla, con estilo directo, a veces hasta rayando en demasiado ordinariote, pero que iba directamente al alma y con una elocuencia y un fervor, que los pecadores no eran capaces de no conmoverse al escucharle. Sus sermones atraían a las multitudes formadas por católicos y herejes, gente buena y gente corrompida, pobres y ricos, sabios e ignorantes. Le encantaba predicar a los pobres, pero decía que con sus sermones había logrado convertir también a muchos ricos.

Los oyentes comentaban: "Este padre no dice solamente lo que sabe, sino que parece que lo que está diciendo lo estuviera viendo". Al escucharle se conmovían aun los corazones más indiferentes. Un predicador de fama fue a escucharle, y después decía a sus colegas: "El Padre Juan Francisco predica con extrema sencillez y convierte pecadores por millares y nosotros que predicamos con tanta elegancia, ¿a quién logramos convertir?".

Otro testigo afirmaba: "Lo que a mí me admira es que un hombre de tan pobre presencia, con su sotana llena de remiendos, diciendo lo que todos dicen, sin adornos en su lenguaje, siendo a veces tan duro en su hablar, tiene tan grande inspiración divina que uno no es capaz de escucharle y seguir en paz con sus pecados".

Algunos doctores se dirigieron al superior de los jesuitas diciéndole que el Padre Regis predicaba muy burdamente. Que un modo de predicar así era un deshonrar la altísima dignidad de predicador. Entonces el superior provincial se fue con su secretario a escuchar un sermón del santo, mezclados entre el pueblo. El superior quedó tan profundamente impresionado por su predicación, que les dijo a los acusadores: "Ojalá quisiera Dios que todos los misioneros predicaran con toda unción como este sacerdote. El dedo de Dios está aquí. Si yo viviera en esta región, no me perdería ni un solo sermón de este padre".

Un párroco afirmaba: "En mi parroquia, después de una misión predicada por el Padre Juan Francisco, mis parroquianos cambiaron de tal manera, que a mí me parecía que eran otras personas".

El Sr. Obispo lo envió a misionar a una región que durante 40 años había sido invadida por los calvinistas, y en la cual la corrupción de costumbres era espantosa y el anticatolicismo era tan feroz que el mismo Sr. Obispo no podía nunca aparecer por allí. Y el poder de convicción del Padre Regis fue tan arrollador que las conversiones se obraron por montones. Una de las más terribles calvinistas, al oír que el santo sacerdote le preguntaba: "¿Y Ud. cuándo es que se va a convertir?", sintió una fuerza de la gracia de Dios tan avasalladora, que le respondió: "Pues, ¡me quiero convertir ahora mismo!", y en verdad que dejó su mala vida pasada y empezó a vivir como una buena católica.

Como con sus predicaciones acababa con muchos vicios, aquellos que vieron afectados con esto sus malos negocios, lo acusaron con calumnias ante el Sr. Obispo y hasta en Roma. El padre sufrió mucho con esto, pero afortunadamente Dios hizo que el secretario del obispo se diera cuenta de las mentiras que le estaban inventando y le defendió ante Monseñor, el cual escribió a Roma, hablando muy bien del gran misionero.

Mientras tanto el santo seguía misionando por las regiones más apartadas y de más difícil acceso. Y las multitudes lo seguían. Los campesinos se encontraban y el saludo que se daban era: "Vamos a escuchar al santo". Y en las ciudades, los templos se llenaban hasta más no poder, y los feligreses repetían: - Vayamos a oír al santo.

A muchísimas mujeres las sacó de la vida corrompida y las encaminó hacia una vida virtuosa. Los vicios que convirtió fueron incontables.

A las tres de la madrugada estaba levantado. Pasaba la mañana confesando y predicando y la tarde consiguiendo ayuda para los pobres. Muchas veces se olvidaba de comer.

A dos ciegos les hizo recobrar la vista. Con la imposición de las manos curó a muchos enfermos. Su despensa daba y daba a los pobres y no se agotaba y el milagro más grande que conseguía era convertir a los pecadores de su mala vida.

Se fue a predicar una misión a una región terriblemente fría y apartada. Por el camino lo sorprendió una tempestad de nieve que le impidió continuar el viaje y tuvo que pasar la noche en medio de terrible ventarrón y en plena nieve. Y le sobrevino una pulmonía. Sin embargo así de enfermo pronunció tres sermones el primer día de la misión y dos el segundo día. Toda la mañana de este día la pasó confesando. En ayunas celebró la misa a las dos de la tarde, y cuando se dirigió a su confesionario para seguir su labor heroica, cayó desmayado.

Lo llevaron a la casa cural y poco antes de morir exclamó: "Veo a Nuestro Señor y a su Santísima Madre que preparan un sitio en el cielo para mí". Y luego exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", y murió. Era el año 1640.

Al visitar el sepulcro de San Juan Francisco Regis, se propuso después el joven San Juan Vianey, ser sacerdote, costara lo que costara. Es que los ejemplos de su vida son admirables.

jueves, 13 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Hermanos:
Hasta hoy, cada vez que los israelitas leen los libros de Moisés, un velo cubre sus mentes; pero, cuando se vuelvan hacia el Señor, se quitará el velo.
El Señor del que se habla es el Espíritu; y donde hay Espíritu del Señor hay libertad.
Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu.
Por eso, encargados de este ministerio por misericordia de Dios`, no nos acobardamos.
Si nuestro Evangelio sigue velado, es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos: el dios de este mundo ha obcecado su mente para que no distingan el fulgor del glorioso Evangelio de Cristo, imagen de Dios.
Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús.
El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla» ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado.
Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto. »

Palabra del Señor.

San Antonio de Padua

Uno de los santos que más se han granjeado el corazón y la estima del pueblo cristiano es San Antonio. Llámasele, según famosa frase de León XIII, "el santo de todo el mundo"; pero es conocido, amado e invocado preferentemente por el pueblo humilde, que ha vislumbrado en él al dispensador de los tesoros celestiales y al protector decidido de los intereses de los pobres. La historia, principalmente la más antigua biografía del Santo paduano, conocida por el nombre de Assidua, nos da en síntesis una perfecta semblanza del mismo.

Escasas e imprecisas son las noticias de los primeros biógrafos sobre la cuna e infancia del Santo. Ninguno de ellos señala el año de su nacimiento, que, por conjeturas y deducciones, los autores modernos fijan entre los años 1188 y 1191. Según el más antiguo biógrafo, nació en Lisboa, “ciudad situada en los confines de la tierra", en una casa que poseían sus padres cerca y al norte de la catedral, en cuyo baptisterio recibió las aguas bautismales a los ocho días de su nacimiento, imponiéndosele el nombre de Fernando. Sus años juveniles deslizáronse en el seno de la familia, convertido en el hechizo de sus padres, por ser el primogénito y por aparecer dotado de índole buena, probidad e integridad de costumbres. Desde su más tierna edad profesó una especial devoción hacia la Virgen Santísima, a la cual se consagró y escogió por institutriz, guía y sostén de su vida y muerte. El historiador Surio dice de él que visitaba a menudo las iglesias y monasterios de la ciudad y que era compasivo con los pobres, a quienes socorría en sus necesidades.

Juntamente con la educación religiosa proveyeron sus padres a la educación intelectual de su hijo, al confiarle a los desvelos del maestrescuela de la catedral, para que lo iniciara en los rudimentos de la gramática, retórica, música, aritmética, geografía y astronomía, materias que constituían el plan de estudios de las escuelas catedralicias de aquel tiempo.

Dicen sus biógrafos que el Santo fue acometido en su juventud por la violencia de las pasiones; pero añaden que el "casto joven nunca, ni por un instante, se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer". Estas crisis pasionales que asaltan a la juventud, y que para muchos jóvenes son el principio de una vida de pecado, fueron para el Santo la piedra de toque que le movió a encauzar su vida por otras sendas que estuvieran al abrigo del demonio de la impureza. De ahí su decisión de ingresar en el monasterio de San Vicente de Fora, situado en las afueras de Lisboa, sobre una pequeña colina, y habitado por hombres honorabilísimos por su piedad.

Dos años moró el Santo en el monasterio de San Vicente, hasta que, a causa de las frecuentes visitas de familiares y amigos que le impedían la paz y recogimiento, decidió pedir su traslado a la casa madre de Coimbra, en donde ingresó a los diecisiete años de edad. Aquí llevó una vida tan fervorosa que los antiguos biógrafos aseguran que en este tiempo escaló Fernando las cimas de la santidad. Al intenso trabajo espiritual acompañaba siempre el estudio, que consideraba como complemento y perfección de su vida de piedad. Aunque muy amplios, sus estudios tendían exclusivamente al conocimiento más perfecto de la Sagrada Escritura.

Atendiendo al ambiente político-religioso del monasterio de Santa Cruz durante los tiempos en que moró allí el Santo, sacamos la conclusión de que su santidad y ciencia fueron más bien producto de su esfuerzo personal y de la gracia que imposiciones del medio ambiente. En una atmósfera de luchas, intrigas y defecciones dolorosas vivía el joven Fernando entregado a la oración y al estudio. La virtud se robustece en la adversidad, y, lejos de escandalizarse por la conducta equívoca de algunos prohombres del monasterio, se impuso una vida más intensa de espiritualidad. Sin embargo, más de una vez soñó en la posibilidad de abrazar otro género de vida más perfecto y más al abrigo del mundanal ruido. La vida simple de los pobrecillos hijos de San Francisco de Asís del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra, le atraía irresistiblemente. Tuvo Fernando su primer contacto con dichos frailes al hospedarse en el monasterio los protomártires franciscanos de Marruecos, a su paso por Coimbra en dirección a Africa. Además, los frailes de Olivares acudían al monasterio en busca de limosna, a los que atendía el joven monje, que, según testimonio de Azevedo. tenía a su cargo la hospedería.

A este cenobio fueron después traídos los cuerpos de los protomártires de Marruecos. ¿Qué impresión producirían en el ánimo de Fernando los despojos mortales de aquellos intrépidos soldados de la fe? Despertaron en él el deseo de consagrarse al apostolado entre infieles y morir mártir de Cristo. Era imposible realizar sus sueños mientras permaneciera en Santa Cruz de Coimbra, porque el monasterio no tenía en su programa de vida las misiones entre infieles y sólo podía llevarlo a cabo en el supuesto de profesar en una Orden como la franciscana; pero para efectuar este tránsito debía contar con la autorización de los superiores de ambas Ordenes.

Un día, según costumbre, los frailes de San Antonio de Olivares acudieron al monasterio en busca de limosna y Fernando, en secreto, les contó su propósito, diciéndoles: “Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra Orden si me prometierais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires". Los frailes le dieron palabra y fijaron para la mañana siguiente el ingreso en la Orden franciscana. Aquella noche, según el biógrafo más autorizado, arrancó Fernando a duras penas y a base de muchos ruegos el permiso del prior del monasterio. Con el fin de vencer dificultades de parte de sus familiares y de algunos monjes de Santa Cruz se convino en cambiar su nombre de Fernando por el de Antonio, que era el titular del eremitorio donde residían los franciscanos, y en mandarle cuanto antes a tierra de infieles. La ceremonia de la imposición de hábito al nuevo candidato fue rápida y sencilla, por razón de que el prior, el monasterio, la diócesis y todo el reino estaban en entredicho por el arzobispo de Braga, y, según el derecho, se prohibía la celebración pública de la santa misa y del oficio divino.

En el verano de 1220 vestía Antonio la librea franciscana y a primeros de noviembre desembarcaba en Marruecos. Una terrible enfermedad le retuvo todo el invierno en cama y los superiores de la misión juzgaron conveniente repatriarlo para que atendiera a su convalecencia. Con este propósito hízose a la mar: pero un recio viento empujó la nave hacia Oriente, obligándola a atracar en las costas de Sicilia. Antonio se refugió en el convento franciscano de las afueras de Mesina y de allí marchóse al Capítulo general, convocado en Asís por el seráfico fundador para el 20 de mayo de 1221. Antonio pasó inadvertido en medio de aquella multitud, de tal manera que, terminado el Capítulo, los frailes se reunieron en torno a sus provinciales y en su compañía regresaban a sus respectivas provincias, mientras él quedaba a disposición del ministro general. A ruegos del Santo el provincial de Romaña se lo llevó consigo y con su permiso retiróse al eremitorio de Monte Paolo para consagrarse a la soledad. De su vida en aquel eremitorio dice el primer biógrafo: "Cierto fraile habíase arreglado una cueva que debía servirle de celda para retirarse allí y dedicarse a la altísima contemplación. Cuando Antonio, que iba explorando el bosque, la vio, prendóse de ella y, con muchos ruegos, se la pidió al devoto fraile, que, vencido por las reiteradas súplicas del Santo, se la cedió fraternalmente. Desde entonces todas las mañanas, después de haber tomado parte en la plegaria común, retirábase allí, llevándose consigo un poco de pan y un vaso de agua para todo el día, obligando a la carne a servir al espíritu. Pero, fiel a las prescripciones de la regla, asistía por la tarde a la conferencia espiritual que se tenía en el convento. Sucedía a menudo que, cuando al toque de la campana quería reunirse con sus hermanos, hallábase su pobre cuerpo tan debilitado por las vigilias y tan extenuado por el ayuno que se tambaleaba y rehusaba sostenerse, teniendo necesidad de apoyarse en otro hermano para poder llegar al eremitorio".

Pero aquella alma privilegiada no debía vivir sólo para sí, sino ser útil y provechosa a los demás. No quiso Dios que aquella lámpara de la ciencia y santidad permaneciese por más tiempo debajo del celemín. Y pronto presentóse la oportunidad de revelarse al mundo con ocasión de un sermón predicado en Forlí en las cuatro témporas de septiembre de 1221, ante los religiosos franciscanos y dominicos que fueron ordenados sacerdotes. A ruegos del superior habló de tal manera que todos quedaron maravillados del torrente de sabiduría que fluía de sus labios. Su ciencia había traicionado a su humildad y no era posible esconderla por más tiempo. Aquella intervención de Antonio sorprendió gratamente al provincial, que pensó en dedicarle inmediatamente al apostolado.

Su primer campo de acción apostólica fue la Romaña, región infectada por los herejes cátaros y patarinos. Antonio entró en liza con ellos, poniendo en juego todas las reservas espirituales acumuladas anteriormente en la soledad y sus extensos conocimientos teológicos y bíblicos. En Rímini encontró fuerte oposición de los herejes, que impedían al pueblo que asistiera a sus sermones. Entonces recurrió el Santo a la eficacia del milagro. Ante la apatía del público por la palabra de Dios fuese a orillas del Adriático y empezó a predicar a los peces, diciendo: "Oíd la palabra de Dios, vosotros peces del mar y del río, ya que no la quieren escuchar los infieles herejes". A su palabra acudieron multitud de peces, que sacaban sus cabezas fuera del agua con grandísima quietud, mansedumbre y orden. Aquel milagro despertó gran entusiasmo en la ciudad, quedando corridos los herejes. Fue tan eficaz su acción apostólica contra los mismos, que los antiguos biógrafos le llamaron incansable martillo de los herejes.

Al cabo de unos años de apostolado eficaz fue nombrado Antonio profesor de teología. Cerciorado San Francisco de su sabiduría y santidad, convencido de la necesidad del estudio de sus frailes para el más completo desenvolvimiento de la Orden, envióle la siguiente carta: "A fray Antonio, mi obispo, fray Francisco, salud en Cristo: Me place que interpretéis a los demás frailes la sagrada teología, siempre que este estudio no apague en ellos el espíritu de la santa oración y devoción, según los principios de la regla. Adiós". Con el beneplácito del santo fundador fue San Antonio el primer Lector de teología que tuvo la Orden franciscana.

Poco duró su magisterio en el estudio de los franciscanos de Bolonia, por cuanto las necesidades generales de la Iglesia reclamaron su presencia en Francia, para combatir allí la herejía albigense. Santo Domingo había trabajado incansablemente para reducir a los herejes; pero, a pesar de su acendrado celo y de su actividad incansable, la herejía mostrábase cada día más pujante. Ante aquel peligro movilizó el Papa a todos los predicadores que por su celo, ciencia y santidad de vida fueran aptos para acometer una cruzada eficaz de apostolado, para persuadir a los herejes de la falsedad de su doctrina. Entre los escogidos figuraba San Antonio.

El primer puesto de batalla fue Montpellier, en donde enseñó Antonio sagrada teología a los religiosos de su Orden; de allí pasó a Tolosa para ejercer el mismo ministerio, que alternaba con el apostolado entre el pueblo. "Día y noche —dice Assidua— tenía discusiones con los herejes; exponíales con grande claridad el dogma católico; refutaba victoriosamente sus prejuicios; revelando en todo una ciencia admirable y una fuerza suave de persuasión que penetraba en el ánimo de sus contrarios. De Toulouse pasó el Santo a Le Puy, Bourges, Limoges y Arlés. Por razón de ocupar el cargo de custodio de Limoges vióse obligado a asistir al Capítulo general convocado por fray Elías en Asís para el 30 de mayo de 1227, y en el cual fue elegido Antonio ministro provincial de Romaña, cargo que ejercitó con éxito hasta el año 1230. "A finales de 1229 mandó Dios a Padua —dice Rolandino— de los confines de la Hesperia y de los países de Occidente, esto es, de las tierras de Galicia, Sevilla y Lisboa, al hombre religioso y santo, célebre por sus virtudes y conocimientos literarios, arca del Antiguo Testamento y forma del Nuevo y, si me es lícito usar de esta expresión, poderoso en obras y palabras. Este habitó con sus hermanos de Padua; pero espiritualmente habitaba en el cielo." Por indicación del cardenal de Ostia se dedicó allí Antonio a la composición de sermones para todas las festividades de los principales santos y domínicas del año. La soledad y el retiro del convento de Arcella, cerca de Padua, invitaban al recogimiento y al estudio, necesarios para llevar a término la composición de una obra de tan vastas proporciones. También se le atribuye una Exposición del Salterio y algunas otras obras.

Al llegar la Cuaresma suspendía Antonio el estudio para dedicarse de nuevo a la predicación. Era tan vivo el celo que devoraba su corazón, que se propuso predicar durante cuarenta días continuos, y lo llevó a cabo, a pesar de la maligna hidropesía que le aquejaba. Era tanto el fervor del pueblo por su persona, que se abalanzaban sobre él las gentes para recortar pedazos de su hábito. Con el fin de impedir estas escenas se dispuso que, terminado el sermón, desapareciera Antonio ocultamente o saliera escoltado por un piquete de hombres valientes que impidieran acercársele.

Consumido por el esfuerzo y la enfermedad retiróse San Antonio al eremitorio de Camposampiero. Junto al mismo había un espeso bosque y en él un nogal gigantesco con un tupido ramaje en forma de corona. El Santo, movido por divina inspiración, pidió por caridad que se le construyera una celdita entre la enramada del árbol. como lugar apartado y apto para la meditación. Aparte del sabor poético de la escena, ¿no encierra este hecho un poco de filosofía cristiana? Los monjes y los pájaros son hermanos. Las alondras y las tórtolas amaban a San Francisco, y es probable, aunque las Florecillas no lo cuenten, que los pajaritos no huían del árbol cuando Antonio subía en él. Los monjes y los pájaros son pobres y confían en la Providencia, que da a los unos las migajas de la caridad y a los otros los ligeros granos que levanta el viento; teje para los primeros un vestido glorioso con el oro de sus virtudes y prepara para los segundos un manto real con la variedad de su plumaje.

Un día la enfermedad que le aquejaba anunció un fatal desenlace. Recibidos los santos sacramentos, cantó Antonio un cántico a la Virgen mientras fijaba su mirada hacia un punto luminoso, invisible para los allí presentes, con una sonrisa beatífica en sus labios. El religioso que le asistía le preguntó en la intimidad qué cosa veía, a lo que respondió el Santo: "Veo a mi Señor". Después alargó los brazos, juntó las palmas de las manos en actitud humilde y alternaba con los religiosos en el rezo de los salmos penitenciales. Al terminar entró en un profundo éxtasis que duró media hora; vuelto en sí miró por última vez a los presentes, sonrióles y su alma santísima, desligada de los lazos de la carne, fue absorbida en los abismos de los resplandores divinos. Era viernes, día 13 de junio del año 1231. Tan pronto como expiró los niños de Padua recorrieron la ciudad al grito de: "¡Ha muerto el Santo! ¡Ha muerto San Antonio!".

Dios quiso glorificar su sepulcro obrando por su intercesión gran número de milagros, lo que movió a las autoridades eclesiásticas a pensar en su canonización, lo que hizo el papa Gregorio IX aún no transcurrido el año de la muerte. El mismo Gregorio IX le concedió, al canonizarle, la misa de doctor, que ininterrumpidamente se ha celebrado en su fiesta, por los tesoros de altísima sabiduría de que fueron testigos y panegiristas los Romanos Pontífices. Pío XII se hizo intérprete de esa tradición secular cuando el día 16 de enero de 1946 le proclamaba doctor de la Iglesia, asignándole el título de Doctor Evangélico, por las Letras Apostólicas que empiezan con el siguiente elogio: "Alégrate, feliz Lusitania; salta de júbilo, Padua dichosa, pues engendrasteis para la tierra y para el cielo a un varón que bien puede compararse con un astro rutilante, ya que brillando, no sólo por la santidad de su vida y gloriosa fama de sus milagros, sino también por el esplendor que por todas partes derrama su celestial doctrina, alumbró y aun sigue alumbrando al mundo entero con una luz fulgentísima”. San Antonio no ha perdido actualidad y su memoria es evocada constantemente por el pueblo cristiano, que ve en él al santo que resucita los muertos, que cura las enfermedades, que está dotado del don de bilocación, que habla a los peces, que convierte a los herejes, que aligera el bolsillo de los ricos en provecho de los pobres necesitados, que asegura y multiplica las provisiones, que allana los obstáculos que dificultan el contraer matrimonio, que halla las cosas perdidas, que conversa amigablemente con el Niño Jesús. La experiencia cotidiana enseña que San Antonio no defrauda nunca la esperanza de sus devotos, que confían en su valimiento ante el trono del Altísimo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Hermanos:
Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo.
No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida.
Aquel ministerio de muerte -letras grabadas en piedra- se inauguró con gloria; tanto que los israelitas no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su rostro, caduco y todo como era. Pues con cuánta mayor razón el ministerio del Espíritu resplandecerá de gloria.
Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón.
El resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable.
Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. »

Palabra del Señor.

San Juan de Sahagún

Las nobles piedras de Salamanca cantan la leyenda áurea de San Juan de Sahagún. El comparte, juntamente con Santa Teresa, el patronazgo de la ciudad. Las calles de Tentenecio, Traviesa, Pozo Amarillo, Padilleras, plaza de la Concordia multiplican su recuerdo de taumaturgo y pacificador de las discordias de otros tiempos. Fueron sus padres dos próceres leoneses, don Juan González del Castrillo y doña Sancha Martínez, cuyo seno, estéril durante mucho tiempo, floreció en hermosura y olor de santidad. Después de una novena de preces, ayunos y limosnas Santa María de la Puente les hizo el regalo deseado. Juan nació probablemente en el año 1430 o 1431, estando ausente del hogar su padre en la guerra de Juan II contra les moros. El niño fue educado por los monjes benedictinos del pueblo nativo, Sahagún. Como se le vio inclinado a los estudios eclesiásticos, nadie contrarió su vocación. Muy joven recibió la tonsura y estudió artes y teología, favoreciéndose de las rentas de un beneficio que cobraba su padre, aunque pronto, por delicadeza de conciencia, renunció a él. Por sus buenas prendas puso los ojos en él el obispo de Burgos, Alonso de Cartagena, que le tomó para su familiar y camarero. El mismo le ordenó de sacerdote y le hizo canónigo de la catedral. Pero ni el canonicato ni otros beneficios le dieron el sosiego que andaba buscando para vivir más unido a Dios. Renunció, pues, a todo, dejando el palacio episcopal, y tomó cura de almas en la parroquia de Santa Gadea, o Santa Agueda, famosa en nuestra historia medieval por los juramentos de los nobles. Allí el Cid Campeador tomó juramento al rey Alfonso VI de no haber tomado parte en la muerte de Sancho, su hermano y predecesor.

El estudio, el ministerio de la predicación, las atenciones pastorales, el socorro de los pobres, dieron buena ocupación al nuevo párroco. Pero pronto un viento extraño le empujó de allí, como a un pájaro que no encuentra su nido. Y a Salamanca le guió la Providencia para ser allí su predicador de la paz y taumaturgo. Sin duda la causa de su traslado fueron los estudios. Probablemente tenía entonces unos veintisiete años de edad. El antiguo canónigo de Burgos se hizo pobre estudiante de cánones. Mas pronto le dio a conocer el resplandor de su buena estrella.

Al año siguiente de llegar allí fue invitado a predicar en la fiesta de San Sebastián, patrono del famoso colegio de San Bartolomé, y agradó tanto su panegírico que le hicieron ingresar en él como capellán interno. Todavía una estatua del frontispicio recuerda al antiguo y glorioso capellán. En aquel colegio, fundado a principios del siglo XV para estudiantes pobres y virtuosos por don Diego de Anaya, obispo de Salamanca, quince colegiales y dos capellanes, vestidos de manto y beca, con certificado de limpieza de sangre, vivían sometidos a una rígida disciplina. Por los muchos personajes que salieron del colegio para las letras, la Iglesia y los altos puestos de la nación, se divulgó la frase: "Todo el mundo está lleno de bartolómicos". Juan de Sahagún levantó a mucha honra el grupo. En el Memorial antiguo del colegio, contra costumbre, se estampa este elogio en su favor: "Este es aquel verdadero israelita en quien no se halló engaño, y que por su bondad y honestidad de vida y por la entereza de sus costumbres fue nombrado capellán de adentro".

A los recuerdos del colegio va unido el emblema del ciprés luminoso, porque un día de trabajo y fatiga, recogida ya la comunidad para el descanso de la noche, vínosele a la memoria que le faltaba por rezar una parte del oficio divino, y lleno de sobresalto, tomando el breviario a toda prisa, se disponía a salir de la habitación en busca de luz cuando comenzó a entrar en su habitación un chorro luminoso de claridad, que, filtrándose por el ramaje del ciprés del claustro, le llenó de alegría el alma y la celda para cantar sin molestar a nadie las divinas alabanzas. Aquel ciprés, perpetuado en relieves y pinturas, fue tenido en mucho respeto y de él se tomaron astillas para hacer imágenes del Santo, Unos tres o cuatro años duró la permanencia de Juan en el colegio, dedicándose al estudio, a la cura de almas y predicación de la divina palabra. Alojóse después en casa de un virtuoso sacerdote llamado Pedro Sánchez, dedicándose de lleno a la predicación. Iba con sencillo traje de clérigo, de color pardo durante la semana y de azul celeste en los días de fiesta. Fue entonces como el predicador oficial de Salamanca, y vivió sostenido por la caridad pública. Una penosísima dolencia y difícil operación de la que salió bien dieron el último rumbo a su espíritu.

A este episodio alude con estas palabras, que refiere el padre Antolínez: “Lo que pasó aquella noche entre Dios y mi alma Él sólo lo sabe; y luego, a la mañana, fuíme a San Agustín (a lo que creo), alumbrado por el Espíritu Santo, y recibí este hábito".

Lucía entonces en Salamanca como un foco de sabiduría y santidad el convento de San Agustín, y allí, el 18 de junio de 1463, vistió el hábito el bachiller fray Juan de Sahagún. Con sus treinta y tres años de edad, mezclado entre compañeros oscuros y jovencitos, púsose bajo la dirección del padre Juan de Arenas, maestro de novicios, celebrado por su virtud, grande espíritu y penitencia. El nuevo novicio abrazó con alegría los oficios humildes en que se ejercitaban los aspirantes a la perfección religiosa. Al antiguo canónigo de Burgos y predicador de Salamanca le tocó hacer de refitolero, cuidando de la limpieza de las escudillas y de los vasos. Servía el vino a la comunidad, e hizo famosa la cuba de San Juan de Sahagún, que después de dos siglos todavía se guardaba con veneración en el convento, según el testimonio del padre Vidal, por haber multiplicado milagrosamente el vino. El día 28 de agosto, fiesta de San Agustín, de 1464 rubricó el acta de su profesión, afiliándose a la Orden agustiniana.

Siempre fray Juan se mostró como un religioso observante, modelo de virtudes, afable con todos, devotísimo del Santísimo Sacramento y amigo del coro y de la oración. "Estaba en el coro como un ángel", dice un biógrafo suyo. Fue hombre de mucha paz y de equilibrio interior. Amaba el estudio, sobre todo el de la Sagrada Escritura, algunos de cuyos pasajes apuntó y comentó de su puño y letra,

Aunque amigo del retiro, un suceso trágico le sacó a la calle.

Dos nobles caballeros, de la familia de los Manzanos, dieron muerte, y a uno alevosamente, a dos hijos de una viuda principal, llamada doña María de Monroy. Los asesinos huyeron a Portugal pero María —llamada la Brava—, disfrazándose de varón y sirviéndose de espías, descubrió su paradero y allí los buscó y mató y, cortándoles las cabezas, las trajo a Salamanca y las puso en la iglesia sobre el sepulcro de sus dos hijos. Al fin se amansó y lavó con lágrimas de arrepentimiento su venganza. Pero la consecuencia de aquel suceso fue la división de Salamanca en dos bandos guerreros. Los apellidos de los Manzanos y Monroyes se hicieron bandera de discordia y turbulencia.

Todo es armas, todo espantos,
afrentas, voces, injurias,
venganzas, asombros, furias,
heridas, muertes y llantos.

Dice un poeta describiendo aquella situación.

En el convento de San Agustín se comentaban con pena los sucesos de la ciudad, abrasada de odios. Sobre todo a fray Juan le daban pena tantos pecados, tanto desorden y miseria pública. Había que purificar la ciudad con lágrimas, oraciones, penitencias y palabras de fuego. Y se decidió a levantar la voz y dar la batalla del amor, lanzándose a la calle a predicar la paz. Como predicador era ameno, dulce y persuasivo. "Vamos a oír al fraile gracioso", decían las gentes embelesadas. Pero sabía también sacar los registros pavorosos de la elocuencia. Arrullaba y tronaba a la vez. Y comenzó su apostolado pacífico predicando en las iglesias y en las calles. Se metía por las casas, hablaba a las personas de más influencia, amenazaba a los más turbulentos, cantaba la bienaventuranza de la paz y de los pacíficos. A voces todo el día gastaba en su trabajo, sin acordarse de volver a casa a tomar los alimentos.

Era una misión peligrosa y dura, en que tuvo que oír muchos insultos y palabrotas sucias y padecer persecución por la verdad. Dos atrevidos mozos, instigados por uno de los más turbulentos caballeros de la ciudad, quisieron una vez apalearle, pero, llegada la hora, se quedaron con las manos yertas y alzadas, temblando de pavor.

A la postre, fray Juan cosechó el fruto de su siembra, mereciendo la bienaventuranza de los hombres pacíficos. En 1476 los dos bandos contrarios con juramento se perdonaron y abrazaron en testimonio de concordia. Unos veintidós apellidos ilustres —los Maldonados, Anayas, Acebedos, Nietos, Arias, Enríquez, etc.—, firmaron un documento público, "deseando el bien e paz e sosiego de esta ciudad, e por quitar escándalos, ruidos e peleas e otros males e daños dentre nosotros, e por nos ayudar a faser buenas obras unos a otros, queremos y prometemos de ser todos de una parentela e verdadera amistad e conformidad e unión". Todavía la Casa y la plaza de la Concordia de Salamanca recuerdan este hecho social importante, en que tuvo tanta parte el humilde fraile agustino.

Fray Juan fue un predicador libérrimo y sincero, perseguido por la verdad y la justicia. En un sermón predicado en Alba de Tormes habló con tanto rigor contra los señores que tenían vasallos, que sus palabras se tomaron como una descortesía contra los nobles. Pero el valiente fraile respondió a las quejas del duque: "Sepa vuestra señoría que al predicador conviene hablar la verdad y morir por ella, e reprender los vicios y ensalzar las virtudes". Por la misma libertad evangélica fue arrojado de la villa de Ledesma, donde cantó verdades muy claras a los nobles que maltrataban a los colonos y dependientes. Afrontó también serenamente los agravios y maledicencia de las mujeres elegantes, por haber reprendido su liviandad en el vestir.

Aunque la Orden le ocupó en algunos cargos como el de prior y consejero provincial varias veces, no por eso dejó sus obras de celo y misericordia. Los huérfanos, los enfermos de las casas y hospitales, las viudas le tuvieron por su bienhechor. Miró con particular lástima a las mujeres extraviadas, y con sus sermones en la iglesia de San Lázaro logró el cambio de muchas, a las que recogió y mantuvo con sus socorros hasta conseguirles un estado decoroso, porque para él la pureza de las costumbres era la sal de las ciudades.

Los milagros dieron auge a su autoridad y fuerza a su palabra.

Libró de la peste a su pueblo y curó a muchos enfermos. Todavía una lápida e inscripción de la calle llamada del Pozo Amarillo recuerda un famoso milagro con que salvó la vida a un niño que en él se cayó. La madre comenzó con gritos a pedir socorro, sin que nadie la oyera, cuando se presentó el bendito fraile. La llevó al brocal del pozo y sin titubear fray Juan alargó la correa hacia lo hondo de él, y al punto el agua subió, trayendo en la superficie al niño, el cual, asido de la correa, salió libre y sano. Arremolinóse la gente gritando: "¡Milagro, milagro!”, y el buen fraile, para huir de las aclamaciones de la multitud, echó a correr hacia la inmediata plaza de la Verdura y, tomando allí una banasta de pescado que estaba vacía, se la puso en la cabeza en la forma que acostumbran los muchachos para jugar al toro, y, corriendo, comenzó a gritar: "¡Al loco, al loco!" Toda la chiquillería se fue detrás de él con grande algazara y diversión. Así el milagro acabó en una fiesta y algarabía increíble.

Fray Juan no se hizo viejo, pues el 11 de junio de 1479, a los cuarenta y nueve años, murió en el convento de San Agustín, sospechándose que acabó sus días envenenado. Una despechada mujer a la que privó de la compañía de su amante, traído a buen camino con una plática que pronunció el año 1479 en la iglesia de San Blas, juró venganza contra él. "Yo haré que no acabes el año", dijo la irritada hembra. "Y así fue que murió secándose todo, con señales que todos afirmaron que le habían dado veneno con que muriese."

Premió su muerte el Señor con la pena y el regocijo general de Salamanca, enviando una copiosa lluvia a los campos, después de muchas rogativas a las que se había asociado el bendito enfermo. Fue sepultado debajo del coro del convento de San Agustín, y pronto su sepulcro fue centro de devoción y de milagros. "Después de la muerte de este Santo religioso excede de doscientos el número de los milagros que fueron vistos ante su sepulcro", dice el Beato Alonso de Orozco, testigo de algunos. Fue beatificado en 1601 por Clemente VIII y canonizado el 15 de julio de 1691 por Inocencio XII, con grandes festejos cívicos y religiosos en Salamanca y otras partes. La misma ciudad costeó en 1692 una urna de plata primorosamente cincelada para guardar los restos del Santo, los cuales, después de varias translaciones, se colocaron en el año 1835 en la catedral, donde se veneran todavía en el altar mayor al lado del Evangelio, así como en el lado de la Epístola otra urna similar contiene algunas reliquias de Santo Tomás de Villanueva.

Salamanca honra a San Juan de Sahagún por su Patrón especial y la España eucarística le cuenta entre sus extáticos adoradores del Divino Sacramento. Su lentitud en la celebración de la misa se debía a sus visiones. Dios le hablaba y se le manifestaba en la Santa Hostia. Por eso fue tan extremadamente celoso de la pureza interior. Antes de celebrar solía confesarse siempre, aunque algunos sacerdotes le acusaron de ello; pero él se mantuvo en su costumbre, porque admiraba, adoraba y amaba el candor de la Hostia santa, de la Hostia pura, de la Hostia inmaculada de nuestros altares.

martes, 11 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.
Más tarde, salió para Tarso, en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante un año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos.
En la Iglesia de Antioquia había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahén, hermano de leche del virrey Herodes, y Saulo.
Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:
-«Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado.»
Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte; tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero, y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor.

San Bernabé, Apóstol

En aquellos primeros días de la Iglesia, los espíritus estaban de tal manera inundados por el recuerdo de Jesús, la gracia era tan poderosa, la generosidad tan perfecta, que aquella renuncia a todas las cosas aconsejada por el Maestro se había convertido, si no en una ley, al menos en una costumbre general. «Todos los que tenían casas, tierras o posesiones las vendían, y presentaban luego el dinero a los pies de los Apóstoles, para que ellos lo distribuyesen entre los hermanos, según la necesidad de cada uno.» De todos aquellos hombres desprendidos, los Actos de los Apóstoles sólo nos han conservado el recuerdo de un levita, llamado José, originario de Chipre. Su sacrificio fue mayor, porque era mayor su fortuna y más entusiasta su fe. Alma noble, preocupada por las grandes cuestiones religiosas más que por los bienes de la tierra, había seguido a Jesús con admiración creciente desde los primeros días de su ministerio. Dotado de una palabra sugestiva y fácil y de una inteligencia cultivada, se le vio dirigir con frecuencia al pueblo congregado en la sinagoga «el discurso de la consolación», es decir, la instrucción que seguía a la lectura de la Ley o los profetas. De aquí le vino el apodo de Bernabé, que significa tanto como hijo de la profecía, del consuelo, de la exhortación inspirada.

Por su entusiasmo religioso, por su elocuencia y por su posición social, Bernabé ocupa desde el primer momento un puesto de honor entre los discípulos de los Apóstoles. La Iglesia naciente se inclina delante de su autoridad, y hasta los Doce le escuchan con respeto. El es el que introduce a Saulo en el seno de la comunidad. Cuando el convertido de Damasco llega a Jerusalén, los discípulos de Jesús evitan su presencia cautelosamente. Algo habían oído de su conversión milagrosa, pero no podían olvidar que tenían delante al escriba cuyas manos se habían manchado con la sangre de sus hermanos. Nadie podía creer que el perseguidor fuese ahora un discípulo, y su actitud humilde parecía una hipócrita emboscada. Sólo hubo un hombre bastante comprensivo para tender una mano piadosa al adversario arrepentido: fue el Hijo de la consolación. Según la tradición, Bernabé había encontrado a Saulo en la escuela de Gamaliel. Conocedor de la lealtad del condiscípulo, de su poderosa inteligencia, de su carácter enérgico, se había esforzado por atraerle hacia las nuevas doctrinas. Al encontrarse de nuevo con él, renovó sus instancias, ignorante de lo que había sucedido en el camino de Damasco; pero Saulo cayó a sus pies y se lo reveló todo: «Entonces—dicen los Actos—Bernabé cogió de la mano a su amigo, le llevó a los Apóstoles y les contó cómo el Señor se le había aparecido en el camino.»

Esto era alrededor del año 38 de nuestra era. Poco después llega a Jerusalén una noticia que siembra, al mismo tiempo, la alegría y la alarma: la Iglesia de Antioquía aumenta con una rapidez inesperada. Entran los judíos, entran los prosélitos de la gentilidad, que nunca faltaban en torno a las sinagogas, pero entran, sobre todo, los griegos venidos directamente del paganismo. «Y la mano del Señor era con ellos, de suerte que un gran número de gentiles creyeron y se bautizaron.» Esta corriente arrolladora superaba todas las esperanzas y al mismo tiempo llenaba de inquietud a los puritanos de la Ley. ¿Es que ya no iba a existir distinción entre los hijos de Abraham y los de Caín? Los ancianos resolvieron enviar a un hombre de confianza para inspeccionar lo sucedido. No tenían intención de cerrar la entrada en la Iglesia a los infieles, sino sólo evitar toda facilidad indiscreta; y así, en vez de enviar a un fiel de la circuncisión, o a un defensor apasionado de las tradiciones farisaicas, diputaron al helenizante de Chipre, a Bernabé. Y Bernabé, dice San Lucas, vio la gracia de Dios. Del fango del paganismo salían ahora las margaritas de la santidad; judíos y gentiles luchaban con santa emulación para conseguir la perfección evangélica. Conmovido por este espectáculo, Bernabé sólo pudo decirles «que permaneciesen en el Señor con un corazón puro e inquebrantable». Las conversiones siguieron en aumento; muchos que repugnaban someterse a la circuncisión, aceptaron con entusiasmo la religión sublime donde se adora en espíritu y en verdad, encantados con el nuevo catequista, «porque era un hombre verdaderamente bueno, grande en la fe y lleno del Espíritu Santo.»

Este maravilloso despertar hizo que Bernabé se acordase «del instrumento predestinado para llevar el nombre de Cristo delante de los reyes y las naciones». No le importa nada su prestigio; sabe que hay otra voz más poderosa que la suya, y se esfuerza por presentarla a la multitud; lo único que le interesa es el progreso del Evangelio. Se presenta en Tarso, donde Saulo medita y trabaja, descubre su retiro y le trae a Antioquía. Durante un año los dos amigos instruyen y fortalecen a la nueva cristiandad; Bernabé, con la suavidad persuasiva que nos recuerda su nombre; Saulo, con el fuego de su palabra impetuosa y vibrante. La amplitud de sus ideas inquietaba a los demás doctores. Ya hablaban de lanzarse a través del mundo para predicar a todas las razas y a todas las naciones, y este lenguaje asustaba a los más atrevidos. Que el Evangelio se propagase en Siria parecía cosa muy natural, pues siempre los israelitas consideraron esta región como parte de la tierra santa; pero los dos helizantes de Chipre y de Tarso no reconocían fronteras para la buena nueva. Los pastores antioquenos estaban indecisos, cuando un día, en medio de la asamblea, mientras se celebraban los santos misterios, se oyeron estas palabras del Espíritu: «Separadme a Saulo y a Bernabé para la obra a la cual los he llamado.» En la jerarquía naciente de la Iglesia, el sacerdocio constituía ya una clase aparte dentro de las comunidades cristianas, y todo el mundo comprendió que Pablo y Bernabé debían entrar en el número de aquellos privilegiados. La orden fue ejecutada inmediatamente: habiendo ayunado y rezado con la Iglesia, los pastores impusieron las manos a los elegidos y los abandonaron al soplo del Espíritu Santo.

El Espíritu los lanzaba a la conquista evangélica. Ya no se discutía si era conveniente caminar, sino dónde había que caminar. Saulo hubiera preferido las vastas provincias del Asia Menor, pero Bernabé dirigía sus miradas hacia Chipre, su patria; y Bernabé, que había vivido en la intimidad de los Doce, que en Antioquía, lo mismo que en Jerusalén, seguía apareciendo como el tutor, como el guía del escriba convertido, hizo triunfar su parecer. Por última vez tomaba la iniciativa el chipriota. Acompañados de Juan Marcos, sobrino de Bernabé, salieron de la ciudad; iban a pie, sin alforja, sin pan, sin dinero, confiando en la providencia del Padre celestial. En Seleuca el patrón de una barca puso a su disposición tres asientos, y a las pocas horas descubrían la costa occidental de la isla. Primero, Salamina: ciudad comercial, ricas sinagogas, fértiles llanuras, avidez de novedades y vegetación exuberante de supersticiones. Bernabé está encantado: encuentra amigos, parientes, discípulos; Saulo, en cambio, parece soñar en las grandes ciudades asiáticas. No ama la isla de Chipre; muchas veces pasará cerca de ella, pero ésta es la última que pisa su suelo. Sin embargo, trabaja con ardor, tal vez porque no ha visto en ninguna parte una forma de paganismo más abyecta y repugnante. Venus es la reina y señora de los isleños; pero no la Venus helénica, tipo de gracia y de belleza, sino la bárbara divinidad de los orientales, símbolo de los más innobles placeres, pretexto de vergonzosos misterios, causa de seducciones y de caídas. En vano los griegos habían intentado depurar este mito brutal con la leyenda graciosa de Afrodita saliendo de aquellas aguas fecundadas por la sangre de Urano. Cipris, la belleza eterna, objeto de puro amor, la Venus celestial que Platón adoraba, era muy distinta de aquel ídolo monstruoso, cuyo cínico impudor exigía allí los sacrificios más infames.

Corrompidos por esta religión sensual, los chipriotas no estaban muy dispuestos para recibir ideales evangélicos. Bernabé y Saulo tuvieron que dirigirse a las gentes de su raza, «predicando la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos». Instruían, bautizaban y organizaban su primer grupo de catecúmenos, cuando les llegó un mensaje del gobernador, mandando que se presentasen en Patos. Patos era el centro político y religioso de la isla, el lugar donde se alzaba el santuario de la diosa con la piedra sagrada, símbolo de la fuerza generadora. Mezclados tal vez con los peregrinos, llegaron a la ciudad ilustre, residencia de las sacerdotisas y de los leguleyos. El procónsul les recibió con curiosidad y amabilidad a la vez. No era el gesto del perseguidor, sino el del discípulo. Se trataba de un romano de noble alcurnia, de alma leal y de espíritu cultivado. San Lucas ha recogido su nombre, Sergio Paulo, por su docilidad en aceptar la doctrina evangélica; Plinio le recuerda como un naturalista ilustre. En el retiro obligado de su isla, Sergio Paulo se había dado cuenta del vacío que la religión tradicional de Roma dejaba en su alma, y buscando algún otro acceso al mundo sobrenatural, preguntaba a los astrólogos, a los adivinos, a los magos y a los intérpretes de sueños. Un sabio judío llamado Elimas; había logrado apoderarse de su espíritu; pero creyó que no estaba demás oír también a aquellos extranjeros que andaban alborotando las sinagogas de su provincia. Elimas se inquietó, se opuso violentamente a la nueva doctrina: hubo una controversia pública, que terminó con la confusión del mago, y el procónsul se convirtió.

Después de este triunfo, Pablo se decide a salir de Chipre, y logra convencer a sus compañeros. Poco a poco se ha convertido en jefe de la misión. Bernabé se coloca a su lado discretamente, se eclipsa, se calla para que se oiga mejor aquella palabra de fuego, que transforma los corazones. Pablo ha llegado a dominarle con la fuerza de su genio. Su deseo es una orden. ¿Dejar la isla, cuando alborean en ella las más risueñas esperanzas con la conversión de aquel aristócrata de Roma? Juan Marcos regaña un poco, pero Bernabé acepta contento aquella empresa llena de peligros y de incertidumbres.

De Pafos, a las costas de Pamfilia; atraviesan a pie las llanuras insalubres de Perge, y suben la meseta del Tauro, caminando entre bosques de pinos retorcidos y cedros gigantescos. Atraviesan los dominios de Júpiter Labrandeo, el de la espesa barba y senos de mujer; abundan las ciudades famosas por sus santuarios; el pueblo tiene hambre de piedad y de doctrina, y los espíritus parecen preparados para recibir la revelación de los misterios divinos. Pero la empresa requiere corazones intrépidos: por todas partes, montes escarpados, puentes derribados por los aguaceros, sendas inseguras y accidentadas, «peligros de los ríos, peligros de los ladrones, peligros de las ciudades, peligros de los desiertos, tribulaciones y fatigas de toda suerte». Juan Marcos se desalentó, dejó a sus compañeros y se volvió a Jerusalén.

Entre tanto, Saulo y Bernabé recorrían la tierra desolada de la meseta, dejando a su lado áridas praderas, campos de estepas, tiendas de color oscuro, aldeas sórdidas y chozas de pastores rodeadas de rebaños de cabras y carneros. Junto al lago de Egherdir, el ceño de la tierra desaparece; los viajeros atraviesan valles rientes, saltan alegres riachuelos adornados de sauces y álamos y penetran en una ciudad bulliciosa y populosa: es Antioquía de Pisidia. Desde el primer día los dos misioneros entran en la sinagoga, escuchan devotamente la lectura de la Ley desde el fondo de la asamblea, y a una invitación del rabino, anuncian el Evangelio de Jesús crucificado. Es Pablo quien se levanta, impone silencio con la mano, y subyuga a la concurrencia de judíos y prosélitos con la vehemencia de su palabra. La ciudad se conmueve, la sinagoga se deshace, se organiza una cristiandad numerosa y surge la persecución inevitable de los judíos, amargados por el éxito de los recién venidos. Pablo combate con razones sus injurias. Bernabé se yergue intrépidamente junto a él, y los dos, dicen los Actos, se enardecen, lanzando contra los judíos palabras de condenación. Una disposición municipal arroja del territorio a los perturbadores del orden; pero la Iglesia ha nacido en Antioquía, «y los discípulos están llenos de júbilo en medio de la persecución, y el Espíritu Santo ilumina sus inteligencias».

En Iconio y en las demás ciudades de Galacia, las mismas escenas y el mismo fruto. «Por medio de sus misioneros, Dios obraba maravillas, y los prodigios daban testimonio a la palabra que anunciaba su gracia.» En Listra sucedió algo más pintoresco y más desagradable. Era la tierra más religiosa del Asia Menor, la que conservaba el recuerdo más vivo de los dioses y de su intervención visible entre los mortales. Creíase, sobre todo, que Júpiter y Mercurio recorrían el país ayudando a sus devotos; y mientras unos contaban la fábula de Licaón, convertido en lobo por haberse burlado de los dioses peregrinos, otros enseñaban como signo amable de su paso dos viejos árboles que, mezclando sus troncos y sus ramas, recordaban la historia de Filemón y Baucis, unidos así en eterno abrazo por haber dado piadosa hospitalidad a los visitantes celestes. Y sucedió que mientras Pablo predicaba, alguien dijo entre la multitud: «He aquí dos dioses que se han dignado venir a nosotros en figura humana.» «Efectivamente—replicaron otros—, ese pequeño, de feo rostro y apariencia mezquina, tiene el aspecto de Mercurio. No cabe duda; es él el encargado de hablar como conviene al mensajero de los dioses. Su compañero, el de la estatura prócer y el aire majestuoso y la noble presencia, es el padre de los dioses.» Así quedó Pablo confundido con Mercurio y Bernabé con Júpiter. El pueblo cayó de rodillas, llegaron los sacerdotes con las víctimas, dos toros adornados con cintas y guirnaldas, y ya iba a comenzar el sacrificio, cuando los Apóstoles, después de muchos esfuerzos, lograron convencer a la multitud de su engaño. Después de la adoración, vino la persecución, la lapidación, la fuga y el retorno a los hermanos de Siria.

Así terminaba aquella misión de cinco años. Pablo y Bernabé estaban contentos: habían sufrido mucho, pero también habían encontrado muchos consuelos: la semilla de la fe florecía pujante en un campo nuevo y virgen; y si los hombres de su raza habían empezado a distinguirlos con su odio, los nuevos cristianos los rodeaban con todas las solicitudes del amor y la gratitud. También San Bernabé hubiera podido decir lo que San Pablo escribía a los gálatas unos años más tarde: «Bien sabéis que cuando os anuncié el Evangelio por primera vez, os lo anuncié en las aflicciones de la carne; mas vosotros no me rechazasteis ni me despreciasteis, sino que me recibisteis como un ángel de Dios, como el mismo Cristo.»

«Dios ha abierto la puerta a los gentiles», decían los dos misioneros al abrazar nuevamente a los cristianos de Antioquía. Era el año 50. Bernabé continuaba al lado de Pablo, ponderando su elocuencia, el ardor de su fe, sus arrebatos sublimes. A su lado continúa en Jerusalén durante el Concilio. Pablo defiende la independencia de la predicación evangélica, la inutilidad de la circuncisión, la abolición de las prácticas externas de la ley mosaica. Pero también Bernabé se levanta delante de los apóstoles para defender la causa de los gentiles. No quiere discutir; le basta hacer el relato de su misión y de los prodigios con que Dios la ha ilustrado. La palabra de Pablo es nerviosa y ardiente; la suya es serena, suave, reposada. Una y otra se mezclan, se apoyan para conseguir el triunfo más completo. Los jefes de la Iglesia se declaran vencidos, rompen definitivamente con el mosaísmo y aprueban la conducta de los dos misioneros, «de los muy amados Bernabé y Pablo, que han expuesto sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo».

Se abría definitivamente libre, sin trabas internas, el camino del cristianismo puro. Con nuevos alientos, Pablo vuelve hacia las cristiandades del Asia, abandonadas durante dos años a sus propios recursos: «Vayamos—dice a Bernabé—, vayamos a visitar a nuestros hermanos de las ciudades en que hemos predicado la palabra del Señor.» Bernabé aceptó encantado, pero con la condición de que Juan Marcos, su sobrino, fuese con ellos. Marcos se arrepentía de su debilidad pasada, manifestándose dispuesto a sufrir todas las dificultades del apostolado. No obstante, desde que había puesto la mano al arado para mirar atrás, Pablo le miraba como un obrero inútil, y consideraba su presencia como un estorbo. Más indulgente con el joven, y conociéndole acaso más íntimamente, Bernabé le defendió con la misma vehemencia con que Pablo le atacaba. La disputa se agudizó, llegó al paroxismo, según la palabra griega de los Actos, y los dos apóstoles, con gran sentimiento de una y otra parte, comprendieron que debían renunciar a hacer juntos aquella segunda campaña. «Pablo, más severo—dice San Jerónimo—; Bernabé, más clemente; cada cual abunda en su parecer, y, sin embargo, la discusión tiene algo de la humana fragilidad.»

Y mientras el de Tarso se internaba por segunda vez en las estepas gálatas, el de Chipre desembarcaba nuevamente en la isla donde había nacido, y donde también los cristianos necesitaban ser visitados y confirmados en la fe. Fue el apóstol de su patria; continuó evangelizando con el mismo desinterés que hasta entonces, rehusando la ayuda de las piadosas mujeres que acompañaban a los demás apóstoles, y trabajando con sus manos para no tener que aceptar los presentes de sus neófitos. La dulzura de su palabra consoló, reanimó aquellas almas, hechas a un clima benigno y a una religión sensual, que el vigor impetuoso de Pablo hubiera tal vez abatido.

La última parte de su vida se esconde en la penumbra. Ante la luz cada vez más brillante de su antiguo compañero, él se oculta hasta desaparecer por completo. Sin embargo, las Iglesias primitivas guardaron el recuerdo de su enseñanza, pues a fines del siglo I un cristiano de Alejandría publicaba con su nombre un comentario de textos bíblicos. que la tradición conoce con el nombre de Epístola de San Bernabé. Sin duda, este venerable documento reflejaba el espíritu de su predicación. A vueltas de muchas interpretaciones alegóricas y de una hebreofobia indignas de un varon apostólico, hay bellos pensamientos que tienen el acento de las expresiones paulinas. «Todo es en Jesús y por Jesús. Por la remisión de los pecados y la esperanza en el Señor, somos renovados y creados de nuevo. Dios habita verdaderamente en nosotros. Allí permanece y profetiza, y esta habitación, este templo santo, consagrado al Señor, es nuestro corazón. Os escribo con gran sencillez a fin de que me entendáis, a mí, que soy la barredura de vuestra caridad.» Pero más que la influencia de Pablo, lo que en este escrito nos encanta es la bondad, rasgo distintivo del carácter de Bernabé. Ella le penetra y le ilumina con una luz tranquila y suave. «Hijos de la alegría, comprended que el Señor nos lo ha revelado todo de antemano. En pocas palabras os voy a descubrir el medio de estar alegres en el tiempo presente. Sed dulces, sed compasivos, sed bondadosos. Mi principal cuidado al escribiros es colocar vuestras almas en la alegría. Salud, hijos de la paz y la dilección. Vivid en la alegría del corazón.» Esta fue, al parecer, la predicación de Bernabé; dejando a Pablo la teología de los profundos misterios, limitóse él a presentar el lado más amable y asequible del Evangelio, a enseñar el camino de la dicha en la caridad eterna.

lunes, 10 de junio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y el hermano Timoteo, a la Iglesia de Dios que está en Corinto y a todos los santos que residen en toda Acaya: os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo!
Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios.
Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo.
Si nos toca luchar, es para vuestro aliento y salvación; si recibimos aliento, es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros.
Nos dais firmes motivos de esperanza, pues sabemos que si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el buen ánimo.

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor.

Beato Juan Dominici

¡Ignorante y tartamudo! No son éstas, padre prior, las mejores cualidades para un dominico.

Y Juan fue rechazado. Aquella noche Paula y Domingo lamentaron su pobreza. Su hijo era un obrero y cualquier otra aspiración fracasaría por la escasez de medios económicos. Aquel muchacho tendría que continuar partiendo el pan áspero con sus duras manos. Sin embargo, en aquel hogar pobre ardía una llama inextinguible y poderosa: Dios. Y lo llenaba todo, y todo lo envolvía y transformaba. El trabajo, duro y necesario, era un paréntesis que se abría, de madrugada, en la iglesia de los dominicos de Santa María-Novella, y se cerraba allí mismo con la tarde.

Su carácter viril y la voz de Dios vitalmente sentida le determinan a pedir nuevamente el ingreso en la Orden de Predicadores. Los Padres comprendieron que aquel joven tenía en su vida un camino único, que nacía allí, en Santa María-Novella. Y, sin querer parar mientes en su aspecto rústico y la torpeza de su decir, Juan fue admitido.

El año de noviciado fue una línea ascendente: desde los primeros días en que su estilo torpe constituía motivo para la sonrisa vana, hasta el respeto y la admiración por el hombre esforzado y por el religioso entregado a Dios plenamente. El silencio, la oración, el ascetismo de su vida, la amabilidad entregada, el amor absoluto a Dios y a los suyos constituyeron la meta ganada con la gracia de Dios y el esfuerzo continuo y vigilante. Desde el principio dio con la clave que transforma lo mínimo e insignificante. El detalle delicado, la palabra cálida, el gesto y la mirada reprochando dulcemente, todo habla de amor. La observancia exacta, la rúbrica sentida, la disciplina cruel, el sueño domeñado y la entrega absoluta y sencilla, todo habla de amor. Y Dios con él, impulsando aquel brío irresistible. Fray Juan tenía una misión difícil en la Orden: vitalizar la observancia. Por eso convenía que él probase hasta dónde puede el hombre y en qué punto ha de esperar.

La profesión constituyó para él la autonomía de la austeridad y de la exigencia. Frecuentemente era pan y agua su única refección. Dormía escasamente sobre un saco y vestía muy pobremente, pero con limpieza.

El estudio, tan sagrado en la Orden de Predicadores, constituyó su pasión. Hombre inteligente y fino terminó la carrera, siendo propuesto para graduarse académicamente. Renunció, sin embargo. Se lo sugirió una humildad sencilla y cierta.

La fatiga del estudio busca compensaciones. Fray Juan es artista. Y llenará los libros corales con sus delicadas y sugestivas miniaturas. Así comenzó su predicación. El dibujo cariñoso y sugerente de la vida de Cristo y sus milagros orientaba la salmodia hacia la meditación. Esta preocupación por el arte al servicio de Dios le acompañará más tarde a los conventos que visite y funde.

Con la ordenación sacerdotal el amor a las almas culmina en un anhelo impetuoso por la predicación. Sólo una pena ensombrece el gozo de su vida. Su lengua sigue torpe y ridícula. Estando en Siena le invadió la tristeza. Se sintió inútil. Lloró. Las lágrimas dieron transparencia a su mirada y aquella noche se arrodilló ante una imagen de Santa Catalina. Y le pidió un milagro. Se lo exigió por amor de Dios y el prodigio se realizó. Su lengua se torna ágil y expedita.

Florencia girará en torno de este extraordinario y súbito predicador. Su ciencia, su prodigiosa memoria, su pasión avasalladora y serena se conjugan en un decir limpio y cautivador. Predicará durante muchas Cuaresmas en Florencia. Habrá días que suba al púlpito cinco y seis veces. Nunca el cansancio en él. Siempre el interés en los que le escuchan. "El hombre tiene un alma generosa y se deja convencer más difícilmente por la dulzura que por el rigor." Eso dijo y así obró. Recorre las principales ciudades y villas de Italia. Censura los vicios con un patetismo profético e invita a los pueblos a una renovación de la vida cristiana. El flagelo en su palabra suscita el rencor hasta el punto de ser amenazado con el exilio. Por amor de la paz abandona Venecia y se retira a Florencia. Allí conjuga el aislamiento monástico con la predicación cíclica en los tiempos litúrgicos, San Vicente Ferrer renuncia a predicar en Florencia: "¿A quién queréis oír teniendo al padre Juan Dominici?"

Una idea le obsesiona: la restauración de los conventos. La terrible peste de 1348 y los cinco años siguientes arrasó los monasterios. El de Santa María-Novella vio morir en cuatro meses a setenta de sus frailes. Los supervivientes se retraían y se sentían incapaces del rigor primitivo. Juan Dominici predicaba. Los jóvenes eran su presa. Necesitaba muchachos generosos y decididos, y los tuvo en gran número después de su predicación.

Acepta el priorato de varios conventos con el ánimo de imponer la reforma ansiada. La labor es dura y surge la oposición. Santo Domingo de Venecia, el convento de Cittá di Castello, el de Fabriano y otros recibieron el impulso de su espíritu emprendedor. Posteriormente es elegido vicario general de los conventos observantes en los Estados de Venecia y de la provincia romana. Ha llegado el momento. Comprende que la labor es áspera y lenta. Por eso dedica su vitalidad y esfuerzo a la creación de una Casa Noviciado. Es la clave. Que el espíritu y la vida no se improvisan. Es preciso nacer y respirarlo para que se haga sangre en cada uno. Con este fin nació el convento de Cortona, situado en un paraje delicioso, donde el clima y el cielo empujan hacia Dios.

Las religiosas, pensó el padre Juan, están íntimamente vinculadas a nuestra vida dominicana. Con este convencimiento restauró el convento del Corpus Domini y el de San Pedro Mártir, de Florencia. En este monasterio su anciana madre terminó sus días. La labor tenía sólidas bases.

Una labor gigantesca exige un hombre fabuloso. El cisma de Occidente estaba enconado.

A la muerte de Inocencio VII es elegido Gregorio XII. Este y Benedicto XIII pudieron llegar a un acuerdo e intentaron reunirse en Saona. Tal entrevista no llegó a realizarse. Siete cardenales de Gregorio XII le abandonan. Lo mismo le sucede a Benedicto XIII. Ambos grupos convocan un concilio general en Pisa y allí eligen nuevo antipapa a Pedro Philargi, que toma el nombre de Alejandro V. A éste sucede Juan XXIII.

La labor diplomática del padre Juan Dominici en el cónclave de elección de Gregorio XII fue tal que el nuevo Papa a quien hizo prometer la renuncia al Papado en el momento conveniente, le mantuvo junto así. Fue elegido arzobispo de Ragusa y posteriormente cardenal. La critica se cebará en él. "Acepto esta dignidad como Cristo aceptó su corona de espinas.”

Gregorio XII le envía a Alemania para tratar con el emperador Segismundo el modo de terminar con el funesto cisma. Fiel a Gregorio, le convence de la urgencia de renunciar a la dignidad papal por el bien de la Iglesia. Por fin el Papa convoca el concilio de Constanza, en el que los tres papas renunciarán a su pretendida dignidad. Juan XXIII promete su asistencia. Benedicto XIII anuncia un representante suyo y Gregorio XII delega en Juan Dominici, quien, con la renuncia escrita, envolverá hábilmente a los presuntos papas. Anuncia que Gregorio XII abdicará si los otros dos lo hacen igualmente. Juan XXIII aceptó. Fue el momento. Juan Dominici leyó con gran emoción la renuncia escrita de Gregorio.

La huida de Juan XXIII y la rebeldía de Benedicto XIII fueron suficiente razón para que aquellos hombres perdieran el prestigio.

Juan Dominici convoca nuevamente el concilio en nombre de Gregorio XII y el 11 de noviembre de 1417 es elegido verdadero papa Martín V. Pero antes un gesto generoso de Juan Dominici emocionó a los cardenales. El, que había aceptado la púrpura cardenalicia para el bien de la Iglesia, renuncia ahora humildemente. Ahora que su labor parecía ya terminada. Despojándose de los distintivos fue a sentarse entre los obispos. Aquel gesto hizo que los cardenales volvieran a incorporarle al Sacro Colegio.

La unión anhelada ha sido conseguida. El prestigio de Juan Dominici no disminuye, como tampoco se apaga su dinamismo y trabajo por el bien de la Iglesia. Ahora es el encargo de extender en los reinos del Norte los decretos del concilio y vencer las herejías de Wiclef y de Hus. Acompaña a Martín V hasta su nombramiento de legado apostólico en Hungría y Bohemia.

Cuando trabajaba en el proyecto de una grandiosa obra apostólica y de evangelización de aquellos reinos, el Señor le llamó cariñosamente a su gozo.

Murió a los setenta años, el día 10 de junio de 1420. En plenitud de vida y santidad, dedicado entusiásticamente, juvenilmente, a la salvación de los hombres.

El ha muerto. Ahí quedaba su obra, su testimonio, su martirio, su figura como un hito sublime. Murió un hombre perfecto, un religioso terminado, un dominico íntegro. Un santo. Que, al fin, fue su máxima obra.